martes, 9 de abril de 2013

Muere el escritor y economista José Luis Sampedro


Escritor, humanista y economista, la voz de José Luis Sampedro, que saltó las barreras generacionales para convertirse en estandarte del desencanto juvenil en España, se apagó el domingo a los 96 años, en su casa de la calle Cea Bermúdez en Madrid. El intelectual manifestó su deseo de morir como había vivido, sin estridencias, sin ruido, sin actos de homenaje. Así, por su expreso deseo, la noticia de su fallecimiento no se ha conocido hasta esta mañana. Quería "irse" de "manera sencilla y sin publicidad", según su viuda Olga Lucas, con la que se había casado en 2003 y gracias a la cual, decía el novelista irónicamente, había encarado "la muerte con toda serenidad; ella hace que mi moribundez sea muy satisfactoria". El escritor ha sido incinerado esta mañana, ha confirmado su entorno. Sampedro es uno de los referentes intelectuales y morales de los indignados del movimiento del 15-M, un compromiso que popularizó enormemente su figura estos últimos años. No en vano fue el presentador en España de otro nonagenario rebelde, Stéphane Hessel, autor de ¡Indignaos!

"Hay dos tipos de economistas; los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres". El hombre que explicaba así su profesión tuvo como alumnos en la universidad a futuros ministros de economía de la democracia como Miguel Boyer, Carlos Solchaga, Pedro Solbes o Elena Salgado pero nunca cambió la influencia de los despachos por el latido de la calle. Senador por designación real en 1977, Sampedro tenía en su apartamento de Mijas Costa (Málaga), donde pasaba parte del invierno, una placa con la inscripción "Avenida de la República".

No obstante, la popularidad de Sampedro no es de ahora, creció como la espuma cuando en 1985 publicó la novela La sonrisa etrusca. Miles de lectores descubrieron entonces a "un hombre humilde y errante". Con esas palabras de Pío Baroja quiso definirse Sampedro cuando, en junio de 1991 ingreso en la Real Academia Española para ocupar el sillón F. Su discurso llevó por título Desde la frontera y, eso, un hombre de frontera, fue él toda su vida.

Aunque nació en Barcelona el 1 de febrero de 1917, vivió en Tánger (Marruecos) hasta los 13 años. Luego pasaría por Soria y Aranjuez. Si la primera ciudad supuso un viaje "a la Edad Media", la segunda fue "un paraíso". En 1936, con el estallido de la Guerra Civil y mientras trabajaba en Santander, fue movilizado por el ejército republicano. Un año más tarde lo abandonó para sumarse al bando sublevado, al que se consideraba más afín. Las atrocidades de la guerra le alejaron finalmente de ambos bandos. "Quise ser jesuita a los 9 años y anarquista a los 19", solía decir. Hijo de familia acomodada, hasta entonces se había limitado a estudiar y aprobar unas oposiciones para funcionarios de aduanas. De su experiencia en la guerra se nutrió su novela La sombra de los días (Alfaguara), escrita en 1945 y publicada en los años noventa. “Fui miliciano hasta agosto del treinta y siete, momento en que los nacionales tomaron Santander y me tomaron a mí. Me convertí en soldado nacional y hasta el final, que resultó aún peor que el inicio. Cuando llegaron los que yo suponía míos y empezaron a fusilar a gente, fue cuando me di cuenta de que los que habían ganado no eran los míos", se lee en Escribir es vivir, un libro compuesto en 2005 a partir de la transcripción de las charlas en torno a su obra que dos años antes había impartido en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, la misma ciudad que sirvió de escenario a aquel desengaño.

Octubre, octubre (1981), La sonrisa etrusca (1985), La vieja sirena (1990), Real Sitio (1993) -su favorita-, El amante lesbiano (2000), Escribir es vivir (2003), La senda del drago (2006) y La ciencia y la vida(2008) son algunos de los títulos de una obra que en 2001 fue reconocida con el Premio Nacional de las Letras Españolas. A ellos había que añadir ensayos como Realidad económica y análisis estructural (1959), Conciencia del subdesarrollos (1973) o El mercado y la globalización (2002).

Esa doble dedicación a los números y a las letras estuvo presente en la vida de José Luis Sampedro desde antiguo. Y a veces de forma, como poco, extravagante. Así, durante la posguerra alternó su trabajo como asesor en el ministerio de Comercio con la escritura bajo pseudónimo de obras de teatro para espectáculos de revista. Como autor de ficción se estrenó públicamente en 1951 con Congreso en Estocolmo. Tenía 34 años y era la tercera novela que escribía. Aquel libro surgió del viaje que en 1949 había hecho a un encuentro de economistas en la ciudad del título. Años después, Sampedro aún recordaba el contraste sideral entre España y Suecia en aquel tiempo. Para hacerlo citaba con ironía la carta que le envió un lector escandinavo para indicarle lo que consideraba un error de bulto: en la novela aparecía una muchacha de 18 años que seguía siendo virgen. Con virgen sueca o sin ella, aquella obra fue el aterrizaje en el terreno de la imaginación de un hombre que nunca se resignó a dejar el mundo como lo había encontrado, de un humanista al que solo la sordera de los últimos años consiguió aislar, aunque poco, de ese injusto pero fascinante mundo del que no quería marcharse. Olga Lucas, su viuda, ha explicado a la agencia Europa Press que el escritor había asumido con naturalidad la muerte, "dentro de que no le apetecía morirse". "Decía que tenía miedo a fallar, a no saber hacerlo con dignidad, pero no tenía miedo a morirse", ha añadido.

Hasta el final fue un ser peculiar. "Nos dijo que quería beberse un Campari, así que le hicimos un granizado de Campari", ha contado Lucas. "Me miró y me dijo: 'Ahora empiezo a sentirme mejor. Muchas gracias a todos'. Se durmió y al cabo de un rato su murió". A José Luis Sampedro, recuerda Lucas, "le daba pavor el circo mediático en torno a la muerte de los famosos". Por eso dejó escrito que solo debían anunciar su muerte "cuando ya estuviera incinerado". Y así ha sido.

Foto del mensaje
 Su viuda, Olga Lucas: "Nos dijo que quería beberse un Campari, así que le hicimos un granizado de Campari. Me miró y me dijo: 'Ahora empiezo a sentirme mejor. Muchas gracias a todos'. Se durmió y al cabo de un rato se murió". Informa Europa Press


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