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domingo, 13 de marzo de 2022

Refugiados

Refugiados españoles  1939. Corbis via Getty Images
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Una familia de refugiados belgas, portando todas sus pertenencias, llegan a Reino Unido huyendo de la Primera Guerra Mundial en Europa. Reino Unido, 1914 | Autor desconocido
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Un grupo de mujeres estadounidenses, refugiadas de la Gran Depresión, en la tienda de campaña que les servía como hogar provisional. Al fondo, Florence Owen Thompson, famosa por la fotografía "Migrant Mother". Nipomo, California, marzo de 1936 | Dorothea Lange

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Un policía griego impide a una familia de refugiados albaneses entrar en Grecia. Frontera gerco-albanesa, 1991 |  Nikos Economopoulos
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Decenas de niños griegos embarcan para huir del país durante la guerra civil griega. Grecia, 1948 |  David Seymour
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Un hombre, migrante de Eritrea, se envuelve en una manta térmica, después de er rescatados del agua por una embarcación de Médicos sin Fronteras, tras haberse hundido el bote en el que viajaban. Mar Mediterráneo, julio de 2015
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Tras volcar el bote en el que viajaban a causa del mal oleaje, un grupo de refugiados sirios trata de alcanzar la orilla. Lesbos, Grecia, octubre de 2015 |  Enri Canaj
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Miembros de la "South East Alliance", un grupo de supremacistas blancos británicos dirigidos por Paul Pitt (a la derecha de la imagen) protestan contra las políticas de inmigración europeas. Dover, Inglaterra, 30 de enero de 2016 |  Jérôme Sessini
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Un trabajador de Médicos sin Fronteras monitoriza el suero intravenoso de un niño pequeño en la enfermería de un campo de refugiados de civiles que habían huído del genocidio y la guerra en Rwanda. Benaco, Tanzania, 1995 |  Eli Reed
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Un hombre, con su mujer a cuestas, cruza el río Naf, la frontera entre Myanmar y Bangladesh, huyendo del genocidio contra el pueblo Rohingya. Anujman Para, Bangladesh, 16 de octubre de 2017 |  Moies Saman
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Un grupo de refugiados kosovares, huyendo de la guerra, cargan a ancianos y enfermos a cuestas mientras caminan por la vías del tren para evitar las minas antipersona. Blace, Macedonia, 1999 |  Alex Majoli
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Una madre siria sostiene en brazos a su hija de cuatro meses tras haber cruzado en un bote inflable la frontera marítima entre Grecia y Turquía. Inousa, Grecia, septiembre de 2014 |  Enri Canaj
 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Refugiados

  Una mujer tira de un palé sobre el que están su hijo y sus posesiones en su camino hacia un nuevo campamento de refugiados y migrantes en la isla griega de Lesbos. Foto: Yara Nardi / Reuters.

 
Vía @Guerraeterna

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Moria: cuando buscar agua te convierte en clandestino

El muchacho carga con una mochila y una botella de agua. No llevaba mucho más cuando atravesaba el desierto del Sahel en su camino a Europa desde Camerún. El sol cae a plomo y aún son las diez y media de la mañana. Cruza la carretera sin apenas tráfico, salta el quitamiedos y se adentra en olivares que rodean a lo que queda del campo de Moria, en la isla griega de Lesbos. 

“Es la única forma que tenemos de ir a comprar agua y comida. La policía no nos deja salir de la carretera a Moria”, explica, mientras sortea los charcos andando sobre tablones.

Las dos carreteras que comunican Mitilene, la capital de Lesbos, con lo que queda del mayor campo de refugiados de la Unión Europea, llevan cortadas por la policía desde la noche del martes, cuando comenzaron los incendios. Según empeoran las condiciones de las más de 13.000 personas que, como se presenta Abdou, ahora son también sin techo, las instituciones aumentan el perímetro al que, oficialmente, tampoco tiene acceso la prensa. En un primer control policial, varios agentes cierran el paso. En un segundo, una veintena de soldados y una decena de policías vigilan apostados tras dos autobuses atravesados en la vía. Esto lo veré más tarde, desde el otro lado, al que no habría podido llegar si no hubiese sido por Françoise Unzú. 

Estas prendas es todo lo que François Umzu pudo salvar de las llamas. Las ha dejado aquí escondidas esperando que nadie se las robe. P.S.

Este muchacho de 25 años que, según cuenta, fue obligado a hacer la guerra en el oeste de su país, tiene un pendiente en su oreja derecha y una necesidad imperiosa de verbalizar las injusticias que ha vivido durante los 13 meses que lleva atrapado en la isla de Lesbos.

“Hice mi entrevista para pedir asilo hace más de un año y aún no me han contestado. Y la siguiente cita la tengo para junio de 2021. La Unión Europea tiene que sacarnos de aquí, hay gente que lleva hasta tres años”, relata cuando un trabajador de una fábrica junto a la que pasamos nos mira insidiosamente mientras llama por teléfono. Avanzamos más rápido, cuando tres hombres aparecen zigzagueando monte abajo. Inicialmente, desconfían. Saben que hay grupos de griegos xenófobos y de extrema derecha impidiendo que vecinos y activistas puedan auxiliar a las personas refugiadas. Cuando los afganos ven que Françoise es negro, dejan de temer y nos explican lo que ya sabemos: “Llevamos dos días durmiendo en la calle, sin comida ni agua. Y la única forma de conseguirlos es por aquí”.

Para algunos refugiados, sobrevivir estos días ha vuelto a ser una cuestión de clandestinidad: saber cómo moverse por el monte, cómo racionar el agua y los alimentos, llamar poco la atención para no terminar teniendo problemas con la policía o con otros refugiados… Desde un alto, contemplamos un reguerito de puntos moviéndose por los montes. De nuevo la huida.

Un hombre nos recrimina desde su moto que estemos en una propiedad privada. Un poco más adelante, nos encontramos con un joven de Gambia acuclillado en un recodo del camino, rellenando en un riachuelo botellas de agua que ha recogido de la basura. A su lado, pasa un congolés cargando con un bidón en su cabeza. Es la única forma que tienen de poder ducharse, en Grecia, en la Unión Europea.

Reparto de raciones de comida para personas con enfermedades crónicas de la ONG vasca Zaporeak antes del incendio de Moria. En la actualidad han pasado de cocinar 2000 raciones a 3600. P.S.

Si no hubiese sido por el papel de ONG como la vasca Zaporeak, que ha casi duplicado el número de raciones de comida repartidas al día, más de 3.000, la crisis humanitaria a la que asistimos sería sustancialmente peor. 

Tras una hora subiendo y bajando laderas, llegamos a la carretera en la que llevan dos días tiradas miles de personas. Exactamente a 200 metros de donde está el control policial por el que no hemos podido acceder directamente. Aquí, lo más preciado es una sombra, por lo que los bajos de camiones, los túneles y los árboles se han convertido en sus nuevas tiendas de campaña. Y los aparcamientos de los dos supermercados en los que estas miles de familias se tuvieron que dejar buena parte de sus ahorros durante estos meses, o incluso años, de espera en Moria, en su nuevo campo de refugiados. 

“¿Por qué han cerrado los supermercados? ¿Por qué?”. Hay mucha rabia entre los desplazados por el incendio. Una rabia que ya resultaba evidente en el campo de Moria y que este abandono institucional hace incontenible. Antes, para comer, tenían que hacer interminables colas para recoger unas bandejas de catering que, como hemos constatado, resultaban bastante incomestibles. Por ello, muchos se gastaban en estos dos supermercados los ahorros que le quedaban, lo que les pudieran enviar familiares o los 90 euros que les ingresa mensualmente el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas en una tarjeta de Master Card –por supuesto, con sus respectivos logos. Si algo no faltaba en Moria eran los logos estampados en cada lona, mochila, camiseta….  reducidos ahora a cenizas–. Una de las quejas de la población local de Lesbos es que la gran beneficiaria económicamente de la llegada de los refugiados ha sido la cadena alemana Lidl, mientras que buena parte de sus comercios locales han quebrado por la crisis económica que sigue asolando Grecia. 

Así que cuando el jueves por la tarde, estos dos centros comerciales cerraron sus puertas, la sensación que se extendió fue, una vez más, la de vejación y aislamiento total. Que nos sobrevolase a baja altura un helicóptero militar de doble hélice, a personas que han huido en muchos casos de la guerra, no ayudó precisamente.

Houda sostiene un extremo de la manta a una de las estacas clavadas en la lengua de césped que flanquea la carretera. Su marido la tensa, construyendo así una pequeña carpa en la que proteger del sol a sus cuatro hijos: el más pequeño, de tan solo 18 días. La madre, de 33 años, me señala el vientre: aún se está recuperando de la cesárea. El recién nacido, envuelto en una manta naranja atada con un cordón, pasa de los brazos de un hermano a otro. Siguen siendo una familia preciosa de Siria, aunque los pequeños lleven dos días comiendo solo tomates crudos a bocados. Como ahora. Sorprende la pericia desarrollada por una niña de 5 años para que no le caigan chorros de jugo por las manos. 

La madre con su recién nacido. P.S.

Entonces, unas furgonetas de un catering local abre sus puertas y comienza el reparto de las reconocidas fiambreras, con el respectivo logo de la Unión Europea. Y paquetes de botellas de agua. Son los propios refugiados los que organizan el reparto. La congoleña Patricia avanza con un carrito del supermercado que ha llenado de agua, tomates y huevos. “Vamos a un sitio un poco apartado”, nos advierte. Decenas de personas se agolpan en un túnel que desemboca en la playa, desde la que contemplamos la costa turca de la que partieron todos ellos en patera: apenas 16 kilómetros de separación y toneladas de dolor. Por eso, muchos de ellos no quieren hablar, porque ya se han visto forzados a contar una y otra vez sus vidas, intimidades y hazañas para llegar hasta aquí en las sendas entrevistas con instituciones y ONG. Y la vida sigue yendo siempre a peor.

P.S.

¿Para qué te voy a contar mi sufrimiento? ¿Para el deleite del mundo sin que nadie haga nada? No hay palabras para describir mi dolor de todos estos años. Aquí nos tratan peor que animales. Todo el mundo lo sabe, ¿para qué repetírselo a gente que esta noche tendrá dónde dormir y qué comer?”, me espeta Sandrine, una camerunesa de 25 años con furia saltándole de los ojos. No quiere ser grabada en vídeo, pero sí que se sepa el porqué.

François me acompaña mientras sigue contando su historia. “De aquí solo sale quien tiene abogado. Yo no lo he tenido en ningún momento y hace un año que hice la entrevista de asilo”. Y me muestra sus papeles: nadie se mueve con tantos documentos como a los que los quieren clandestinos les llaman ‘sin papeles’. Su solicitud de asilo está en griego, así que no sabe si lo que él firmó, sin posibilidad de tener una copia en francés o que alguien se lo tradujese, son realmente las razones que él alega. Fundamentalmente, que no quiere verse forzado a matar en una guerra para la que fue reclutado forzosamente durante tres años.

Cuando llegamos al aparcamiento del supermercado Lidl, otros refugiados habían cogido parte de la plaza de aparcamiento, delimitada con pintura en el suelo, que Francois compartía con otros dos cameruneses. Era cuestión de 40 centímetros, los que marcan la diferencia entre tener o no un techo, así sea una tela plástica semitransparente. La discusión acabó en concordia, con la retirada a su posición inicial del padre de familia de Afganistán. 

Familia recoge la basura acumulada en las papeleras. P.S.

Un matrimonio con aspecto anciano pero que no superan los 50 años, recogen junto a sus hijos toda la basura acumulada en las papeleras: “Dormimos aquí, todos estos restos de comida son un peligro para la COVID-19”, explica el padre. Las risas de los niños y niñas jugando en esta especie de patio escolar resultan tan discordantes con el ambiente como la certeza de que, pese a todo, esas son las últimas que se apagan. Cuando dejan de escucharse es que ya solo queda tierra yerma atrás. Como la que dejaron a sus espaldas muchas de estas familias en Siria, Yemen, Afganistán… En el camino de vuelta, según se pone el sol, los padres y madres se me acercan para volver a enseñarme heridas, picaduras, hinchazones en los cuerpecitos de sus hijos. Buscan médicos, médicas. Les dirigimos al aparcamiento del Lidl, nuevo centro neurálgico de sus vidas. Pero, sobre todo, necesitan información. 

“¿Usted sabe dónde se las llevan?”, me pregunta un hombre señalando a las mujeres que son subidas a un autobús. Es el nuevo grupo de población en ser evacuados: tras los menores no acompañados, y las madres monomarentales, ha llegado el turno de las mujeres que viajan solas. No saben dónde van: si a un centro en la isla, a Atenas o a otro país europeo. La Marea tampoco ha podido confirmar este extremo.

Mujeres que viajan sin hijos ni pareja fueron trasladadas ayer (P.S.)

El ecosistema mediático que suele construirse en torno a este tipo de crisis empieza a florecer, con un retraso de 24 horas por las limitaciones impuestas por la pandemia de coronavirus. Para viajar a Grecia hace falta una prueba de PCR negativa, lo que está retrasando la llegada de medios internacionales. Aun así, están las agencias, que ahora graban cómo una delegación de miembros del Europarlamento y del Parlamento heleno de Syriza avanza por la carretera. Niños y niñas se acercan a los políticos, que les saludan y escuchan aunque no puedan entenderse por la diferencia de idiomas; un periodista local insta a los representantes a que hagan todo lo posible para que las instituciones locales y nacionales, gobernadas por la derecha, saquen a esas personas de ahí y les den condiciones dignas, mientras un grupo de cameruneses se me acercan para preguntarme quiénes son. 

No saber todo el tiempo, que las instituciones de un Estado de derecho den por sentado que no han de informarte sobre las cuestiones que te afectan de la manera más trascendental, que por no tener no tengas siquiera a quien preguntar, es una de las violencias más cotidianas, constantes y desestabilizadoras que sufren desde 2015 las personas desterradas en Moria. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2020/09/11/moria-buscar-agua-convierte-clandestino/

martes, 7 de abril de 2020

En Siria

Vía @alexaguiarpoa
Uma mulher desalojada pela guerra civil e sua filha, usando máscaras protetivas, visitam a sepultura de familiar morto em Ariha, província de Idlib, na Síria. Impactante fotografia de guerra em tempos de pandemia de

viernes, 27 de marzo de 2020

Lesbos Refugee Camp: The Crisis At The EU Border


Aquí está el reportaje que grabamos hace tres semanas en Lesbos sobre las terribles condiciones de vida en los campos de refugiados, la rebelión de las islas contra Atenas y Bruselas, el papel de la extrema derecha y la responsabilidad de las autoridades Vía  @Hibai_



miércoles, 18 de marzo de 2020

Hacinados y sin agua: la desprotección en los campos de refugiados frente al coronavirus

En la isla de Lesbos se ha confirmado un caso de Covid-19 en una ciudadana griega. De momento, no hay casos confirmados entre los refugiados, pero las organizaciones internacionales alertan de lo expuesta que está esta población al virus

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Campo de refugiados de Moria, en Lesbos. Foto: Anna Pantelia | MSF
Solo un grifo de agua por cada 1.300 personas, y un baño que cada hora es usado por entre 150 y 350 personas. Así es la vida en el campo de refugiados de Moria, en Lesbos, el más grande de toda Europa.

Son datos aportados por la organización internacional Médicos Sin Fronteras (MSF), que denuncia que mientras los gobiernos de diferentes países prohíben los eventos masivos y toman medidas de seguridad para proteger a la ciudadanía del Covid-19, en Lesbos los refugiados no pueden lavarse las manos ni estar confinados en un hogar.

Así lo declaraba la semana pasada MSF después de que en la isla de Lesbos se confirmase el primer caso de coronavirus. Este contagio no ha sucedido en ninguno de los campos de refugiados, sino que procede de una ciudadana griega que había viajado al extranjero y que reside en la isla. Sin embargo, alerta la organización, “las terribles condiciones de vida y hacinamiento aumentan el riesgo de propagación del brote”.

De hecho, tal y como confirma el equipo médico de MSF en Lesbos, “no hay ningún caso confirmado, de momento, en Moria”. “Podría haberlo, pero no se están realizando tests a la población refugiada porque estas pruebas solo están disponibles en hospitales”, añade esta fuente.
“La capacidad de los campos ha sido totalmente excedida. Hay superpoblación”, cuenta a Newtral.es George Makris, asistente de la coordinación médico del equipo de MSF en Lesbos. “Solo en Moria conviven 20.000 personas”, apunta Makris.

La situación, en palabras de este médico, «es inhumana” por diferentes factores. En primer lugar, porque el Gobierno griego suspendió el derecho a solicitar asilo de todos aquellos migrantes que ingresasen en el país a partir del 1 de marzo. ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, criticaba la decisión por carecer de “fundamentos jurídicos”: “Ni la Convención sobre el Estatuto de los refugiados de 1951 ni la legislación de la Unión Europea en esta materia” legitiman “la suspensión de la recepción de solicitudes de asilo”, señalaba ACNUR en un comunicado.

Campo de refugiados de Moria, en Lesbos. Foto de Anna Pantelia | MSF
A esto se suman “los recientes ataques xenófobos, por parte de grupos de extrema derecha, hacia el personal voluntario y hacia los refugiados”, explica George Makris. Este médico es contundente respecto a la preocupación frente al Covid-19: “La amenaza del coronavirus no debe usarse como una excusa para llevar a cabo medidas de control de migración. Quiero recordar que los países tienen la obligación de dar asilo”.

En este sentido, Makris apunta que hay una retórica xenófoba según la cual, “permitir el asilo traerá consigo la amenaza de más infecciones”: “En el caso confirmado en Lesbos el 9 de marzo, este ha sido importado por una mujer griega que había viajado al extranjero. Y el total de casos en el país griego [331 infectados hasta este lunes 16 de marzo] pertenecen a ciudadanos griegos también”.

Medidas de seguridad ineficaces para los refugiados
El médico voluntario en Lesbos, George Makris, reconoce que la preocupación desde una perspectiva salubrista no es reciente: “Llevamos tiempo alertando de que esta población sufre epidemias como la de la meningitis. Lo que defendemos no es solo proteger a esta población porque puedan esparcir el virus, sino que lo prioritario es no sumar a la lista otra enfermedad más”.

Kevin Pottie, profesor de Epidemiología y Medicina Comunitaria en la Universidad de Ottawa, explicaba en un artículo publicado en Cochrane que “los especialistas en enfermedades infecciosas han identificado enfermedades que emergen en el proceso migratorio, como la tuberculosis, el VIH, la hepatitis B y C, o la varicela”. A menudo, apunta Pottie, los refugiados “se enfrentan a importantes dificultades para conseguir asistencia social y sanitaria adecuada y sus necesidades tienden a ser distintas de las de la población local”.

“En algunas partes del campo de Moria no hay ni siquiera jabón disponible. Familias de cinco o seis miembros tienen que dormir en espacios de no más de tres metros cuadrados. Esto significa que las medidas recomendadas para prevenir la propagación del virus, como el lavado frecuente de manos y el distanciamiento social, resultan simplemente imposibles”, afirma, a través de un comunicado, la médica Hilde Vochten, coordinadora de MSF en Grecia.

En el campo de Moria, pedir a la población que se lave las manos varias veces al día o que mantengan un metro de distancia resulta impensable: “Las medidas de prevención y aislamiento propuestas crean nuevas formas de exclusión porque están diseñadas desde una posición de privilegio. Intersecciones como la migración, en este caso, deben tenerse en cuenta cuando se elaboran planes de salud o protocolos”, señala a Newtral.es Cristina Arcas, enfermera especialista en enfermedades infecciosas y salud pública que participó en campañas de ayuda humanitaria a refugiados en Grecia.

Campo de refugiados de Moria, en Lesbos. Foto de Anna Pantelia | MSF
Un informe de la Organización Mundial de la Salud, emitido en enero de 2019, apuntaba que los migrantes y refugiados presentan un mayor riesgo de tener mala salud que las poblaciones de acogida. Así, “los procesos de desplazamiento en sí mismos pueden provocar que los refugiados sean más vulnerables a las enfermedades infecciosas”, concluye el informe. “El derecho a la salud de todas estas personas no se está respetando”, incide Cristina Arcas.

Según explica el médico de MSF George Makris, “hay un plan elaborado por la Organización Nacional de Salud Pública para los campos de refugiados que incluye medidas de higiene y aislamiento”. “Pero si el virus se expande aquí, el sistema sanitario no tendrá posibilidad de respuesta porque ya está colapsado”, añade.

De facto, apunta Makris, “los refugiados están excluidos”: “Por un lado, porque el plan no es realista en estas condiciones. Por otro, porque no serán ciudadanos de pleno derecho a ojos del sistema sanitario”. A esto se sumaría el hecho de que varios voluntarios de las ONGs “se están yendo de los campos por miedo a que afecte a su propia salud, por lo que el número de sanitarios para dar atención médica y social a estas personas ha disminuido”, añade este médico cooperante.

Desde MSF también alertan de que los refugiados suponen “una población vulnerable” por su comorbilidad. Es decir, la presencia de una o más enfermedades aumenta el riesgo de que la persona padezca nuevas enfermedades o, incluso, impedir la mejoría si hay una interacción entre las afecciones. Desde la organización internacional reclaman “la evacuación de estos campos, comenzando por las personas más vulnerables”.

Fuente: https://www.newtral.es/hacinados-y-sin-agua-la-desproteccion-en-los-campos-de-refugiados-frente-al-coronavirus/20200317/?utm_content=buffer92c54&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

domingo, 8 de marzo de 2020

Ser mujer y refugiada

Ser mujer y refugiada es haber huido de tu país (a veces por el hecho de ser mujeres) y realizar una ruta donde sus cuerpos muchas veces se consideran parte del pasaje. Estar expuesta a violencia, a embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.

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Vía @SAlonsoEsparza
 Ser mujer,en un campo de refugiados como el de Moria, es no disponer de ningún tipo de intimidad.Pasar menstruaciones sin productos de higiene, hacer colas para retretes ubicados entre basura (1 para cada 200 personas) y también para ducharse (1 cada 550) en cabinas putrefactas

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Vía @SAlonsoEsparza
 Ser mujer y refugiada en el campo de Moria es no poder salir del cobertizo de plástico en la noche para evitar cruzarse con un violador. Es hacer pis en una botella para evitar agresiones sexuales. Es no denunciar por vergüenza.

 Ser mujer en el campo de Moria es pasar embarazos durmiendo en el suelo, sin colchón y con una alimentación deficiente. Es gestar sin seguimiento del embarazo, sin un médico cerca y parir como puedas.

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Vía @SAlonsoEsparza
 Las mujeres en el campo de Moria tienen las mismas preocupaciones que las demás madres por sus hijos. Sólo que sus hijos están en condiciones deplorables. Ser mujer ahí, es estar todo el día peleando, sacando fuerza de donde no la hay.

https://pbs.twimg.com/media/ESlJ79RWAAAQ1IL?format=jpg&name=small
Vía @SAlonsoEsparza
  Ser mujer refugiada no tiene edad. Ser niña aquí es por ejemplo, no tener acceso a educación. Ser anciana es no poder recibir atención médica.

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Vía @SAlonsoEsparza
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. Así es la vida para muchas mujeres que viven en nuestra Europa. En @Rowing_Together, una humilde consulta de ginecología y obstetricia en la entrada del campo, ven a 40 cada día. rtve.es/alacarta/audio

jueves, 5 de marzo de 2020

Cuando los europeos huíamos como refugiados a Siria

Grecia ha suspendido hoy el Derecho de Asilo. Una medida sin precedentes en la historia de Europa.
Qué pronto olvidamos. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de griegos cruzaron el Mediterráneo en sentido inverso y buscaron refugio en países de Oriente Medio. Aquella era la ruta más accesible para escapar de las tropas nazis.

Un programa llamado "Organización para los Refugiados en Oriente Medio", lanzado en 1942 y liderado por Reino Unido ayudó a escapar en dirección Este a decenas de miles de griegos, polacos y yugoslavos.

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 Los refugiados eran llevados a campos situados en Siria, Egipto y Palestina. La ciudad de Alepo, (sí, estáis leyendo bien, Alepo) se convirtió en una de las principales centros de acogida.
Mapa con la localización de los campos usando las fronteras contemporáneas:
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En marzo de 1944, se escribieron varios informes oficiales sobre el estado de los campos. Un estudio realizado por la Public International Radio recoge el protocolo de ingreso de los refugiados y su vida cotidiana:

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"Una vez registrados, los recién llegados se abrían paso a través de una inspección médica exhaustiva. Los refugiados se dirigían a lo que a menudo eran instalaciones hospitalarias improvisadas, generalmente carpas, pero ocasionalmente edificios vacíos reutilizados para atención médica, donde se quitaban la ropa, los zapatos y eran lavados hasta que las autoridades creían que estaban suficientemente desinfectados.



Algunos refugiados, como los griegos que llegaron al campamento de Alepo desde las islas del Dodecaneso en 1944, podían esperar que las inspecciones médicas se convirtieran en parte de su rutina diaria.

Después de que los funcionarios médicos estuvieran satisfechos de que estaban lo suficientemente saludables como para unirse al resto del campamento, los refugiados se dividían en viviendas para familias, niños no acompañados, hombres solteros y mujeres solteras. Una vez asignados a una sección particular del campo, los refugiados disfrutaron de pocas oportunidades para aventurarse afuera. De vez en cuando podían salir bajo la supervisión de los funcionarios del campamento.



Cuando los refugiados en el campo de Alepo hacían el viaje de varias millas a la ciudad, por ejemplo, podrían visitar tiendas para comprar suministros básicos, ver una película en el cine local o simplemente distraerse de la monotonía de la vida en el campo.

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 Aunque el campamento en Moses Wells [en Egipto], ubicado en más de 100 acres de desierto, no estaba a poca distancia de una ciudad, a los refugiados se les permitía pasar un tiempo cada día bañándose en el cercano Mar Rojo."



La "Organización para los Refugiados en Oriente Medio" era parte de una red de campos de refugiados alrededor del mundo que eran administrados por gobiernos y ONGs internacionales.
Y no sólo llegaron refugiados a la región árabe: Irán recibió a 200.000 polacos entre 1939 y 1941.
¿Tan pronto lo hemos olvidado?



 Fuente: https://blogs.publico.es/alberto-sicilia/2020/03/04/cuando-los-europeos-huiamos-como-refugiados-a-siria/

No, esta no es la UE que queremos

La Unión Europea ha encomendado al Gobierno griego hacer impenetrable la frontera de su sagrado territorio. Poco parece importar que se suspenda un derecho humano fundamental como es el asilo

No, esta no es la UE que queremos
Todos hemos visto las imágenes de familias con niños, gaseados por el Ejército griego en la frontera. Las de balsas pinchadas por sus guardacostas con resultado de, al menos, la muerte de un niño. Las de demandantes de refugio apaleados por los otrora acogedores habitantes de Lesbos, los mismos que ahora insultan a las mujeres que llegan a sus costas tratándolas de prostitutas o ratas… Del otro lado, el cada vez más autoritario Erdogan ejerce descaradamente su chantaje utilizando como moneda de cambio para sus pretensiones a miles de desplazados forzosos en una guerra en la que nadie tiene el menor rastro de legitimidad y en la que el derecho internacional humanitario se ha esfumado. Todo ello ante la aparente impotencia de los chantajeados, la supuesta potencia del soft power, agente internacional y mediadora por la paz, la democracia y los derechos humanos que dice defender: la UE.

 Es muy grave la reacción de Grecia, un Estado miembro al que la UE ha encomendado la defensa de su frontera suroriental, más que la gestión de la movilidad humana forzosa que llega a través de Turquía. El Gobierno griego ha suspendido durante un mes la existencia de un derecho humano fundamental como el asilo, en incumplimiento abierto, sin vergüenza alguna, de deberes jurídicos vinculantes. El relator de la ONU para derechos de los inmigrantes ha denunciado contundentemente la ilegalidad de la medida del Gobierno griego. Pero la UE no ha respondido ni con media palabra de condena. No lo hace, digámoslo claro, porque la tarea encomendada a Grecia por la propia UE no tiene que ver con una política migratoria y de asilo europea, coherente con las orientaciones recogidas en los dos grandes acuerdos de la ONU de diciembre de 2018. Lo que importa aquí es hacer impenetrable la frontera: contener esa movilidad, mantenerla fuera del espacio de libertad, seguridad y justicia que dice ser la UE, sí. Pero solo para los de aquí, los seres humanos de primera, los ciudadanos europeos. O, al máximo, para los de segunda: los no europeos oficialmente necesarios para nuestro mercado.

En aras de ese objetivo, la UE y sobre todo los Estados de la frontera sur se han embarcado en esa política de contención, y han considerado imprescindible a esos efectos una tarea de externalización de frontera. La hemos negociado, por mor del pragmatismo que impone el imperativo de la geografía, con líderes autoritarios como Erdogan, regímenes predemocráticos como los de Marruecos o Mauritania o incluso directamente Estados fallidos como Libia. A cambio de ingentes sumas de dinero, claro está, que no se destinan a la mejora de la democracia, el desarrollo y los derechos de los ciudadanos de esos países, ni se condicionan al respeto de los derechos de las masas de seres humanos así retenidas. Quedan en los bolsillos de esas élites o esos líderes, mientras, en el mejor de los casos, nos tapamos la nariz y miramos hacia otro lado cuando se violan de la forma más grosera los derechos de los inaceptables.

Pero lo más grave, insisto, es la posición oficial de la UE. Nadie ha reprochado a Grecia esa grosera violación del derecho europeo e internacional. Ni una palabra sobre la suerte de miles de personas bloqueadas. No: los tres líderes de la UE, Von der Leyen, Michel y Sassoli, han viajado a Grecia para apoyar la defensa de la frontera (otra vez con el eufemismo de que se trata de una frontera europea). La señora Von der Leyen, además, ha calificado a Grecia —el país que ha suspendido un mes un derecho fundamental como el asilo— como “escudo de Europa”. Como si lo que estuviera en juego fuera la integridad territorial de Grecia o de la propia UE. Como si asistiéramos al enésimo episodio de conflicto entre Grecia y Turquía. Como si no supiéramos que esos muros, vallas, barcos de guerra y no solo de policía desempeñan solo una función simbólica, que no real, como supuesta garantía de una premoderna noción de soberanía, hoy inexistente, y que manipula a la opinión pública, como explicó muy bien Wendy Brown: “El deseo popular por los muros alberga el anhelo por los poderes de protección, contención e integración inherentes a la soberanía; un deseo que recuerda las dimensiones teológicas de la soberanía política”. Lean, por lo demás, el magnífico Nostalgia del soberano, de Manuel Arias Maldonado, en el que argumenta el porqué de “esa ansia de recuperar el control ante un presente —que ya no un futuro— amenazante e incierto…”, (de donde) la pulsión hacia “la restauración de la fuerza soberana del Estado nación”.

Con todo, el disparate jurídico es que los líderes de la UE actúan como si no existiera el artículo 78 del TFUE, que establece en su apartado 1 lo siguiente: “La Unión desarrollará una política común en materia de asilo, protección subsidiaria y protección temporal destinada a ofrecer un estatuto apropiado a todo nacional de un tercer país que necesite protección internacional y a garantizar el respeto del principio de no devolución. Esta política deberá ajustarse a la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y al Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados, así como a los demás tratados pertinentes”. Más aún, actúan como si no pudiera recurrirse, al menos, a la cláusula de solidaridad del apartado 3 del mismo artículo: “Si uno o varios Estados miembros se enfrentan a una situación de emergencia caracterizada por la afluencia repentina de nacionales de terceros países, el Consejo podrá adoptar, a propuesta de la Comisión, medidas provisionales en beneficio de los Estados miembros afectados. El Consejo se pronunciará previa consulta al Parlamento Europeo”. Nada de eso se ha intentado. Solo exhibir cierre de filas en torno al socio griego.

Pues bien, es la hora de decir no: no, a esta UE empeñada en la supuesta defensa de su sagrado territorio, al precio de violar exigencias básicas del derecho. Si la UE tiene sentido es como comunidad de derecho. La UE de la que queremos formar parte es la que respeta el derecho, comenzando por su propio derecho: el TFUE, el convenio europeo de derechos humanos, con sus protocolos adicionales 4 (1963) y 7 (1984), que remiten a la vinculatoriedad del Convenio de Ginebra que establece la protección internacional (asilo y protección suplementaria), basadas en el principio elemental del non refoulement, esto es, la consideración básica de no arrojar a su suerte a quienes huyen de la persecución y de la muerte, a los que tratan de obtener protección huyendo de una espantosa guerra como la de Siria. Para formar parte de una comunidad en la que lo que manda es la ley del más fuerte, los intereses de quienes acumulan dinero y poder y pretenden escapar a todo control, no merece la pena seguir en este viaje. La pregunta es si podemos esperar un cambio quienes creemos y luchamos por otra UE.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2020/03/04/opinion/1583331431_258812.html?ssm=TW_CC

martes, 3 de marzo de 2020

Europa está cometiendo crímenes contra la humanidad

<p>Bienvenidos. </p>
Malagón
 La Unión Europea está cometiendo crímenes contra la humanidad. El único motivo por el que esta afirmación puede resultar fuerte o excesiva es que no la encontramos habitualmente en forma de titulares de prensa. Titulares que deberían ser habituales visto lo visto. Desde el día en que Europa decidió solucionar la crisis de refugiados encerrando y hacinando personas en campos de concentración. “Se considera delito de lesa humanidad la deportación o el traslado forzoso de población, así como la encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales del derecho internacional”. Si el periodismo, como Europa, tuviera alguna finalidad más allá de la meramente empresarial, el titular, por habitual, no nos sorprendería para nada.

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Miles de personas duermen esta noche al raso en tierra de nadie. Los refugiados sirios se han vuelto a convertir en peones del juego de chantajes entre Turquía y la UE.@pmarsupia
 Si a aquellos padres fundadores de la UE en los años 50 les mostrasen hoy las imágenes de los campos de refugiados, probablemente preguntarían: ¿cómo va lo del mercado común del carbón y el acero? Es lo que tiene que te hablen de velocidad si tú habías venido a vender tocino. Setenta años después, fiel a su ADN fundacional, la Unión Europea no ha mostrado demasiada preocupación por el drama humanitario que se vive en nuestro territorio más allá de intentar quitarlo de en medio de forma inhumana. Tampoco hay motivos para involucrarse más allá. Al fin y al cabo, el Nobel de la Paz “por contribuir a los Derechos Humanos” no es algo que te vayan a quitar una vez otorgado. La Unión Europea, esa máquina de coordinar políticas de sus Estados miembros para facilitar la labor comercial del sector privado, nos tiene acostumbrados en los últimos años a ser también la máquina que echa balones fuera cuando el problema es de tipo humanitario. Ya se sabe, si la banca necesita ayuda se actúa con urgencia. Si la urgencia es humanitaria, se organizan reuniones, cumbres, foros y días internacionales.

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Tras el anuncio de Erdogan de que abría sus fronteras con Europa, muchos refugiados han viajado hacia la frontera terrestre entre Turquía y Grecia Allí se han encontrado con la frontera griega cerrada y protegida por fuerzas antidisturbios. (Fotografía de Bulent Kilic)

En las últimas jornadas, las políticas de la UE han pasado de ser inhumanas por omisión a serlo por acción. Las pocas imágenes que llegan desde la frontera entre Turquía y Grecia son, cada minuto que pasa, más insoportables para quien conserve algo de estómago. Grupos de extrema derecha atacan a los refugiados que llegan a las costas griegas. También atacan a las ONG que tratan de ayudar a estos refugiados y atacan por supuesto a los periodistas que tratan de contarlo. Lo hacen con impunidad. La policía griega no interviene. Quizá porque tiene tareas más importantes de las que ocuparse. Por ejemplo, la tarea de observar cómo un bebé muere ahogado frente a sus narices o cómo estos grupos fascistas hacen su trabajo. También tienen las autoridades griegas tareas más activas, como la de tratar de lanzar gases lacrimógenos contra familias enteras, hacer naufragar embarcaciones con personas a bordo o, incluso, disparar contra estas personas. Ayer, al menos una persona fue asesinada cuando llegaba a Europa –qué cosas– huyendo de la guerra. Mientras todo esto ocurre, la misma UE que hace unos años puso su bota y su ira sobre el cuello de la Grecia que se resistía a los salvajes recortes, ahora le muestra su apoyo en el asunto migratorio. Lo ha hecho por boca de Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, antes conocido como el hombre al que la tensión en Cataluña le resultaba insoportable. La alta política debe de ser esto.

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Dos policías antidisturbios detienen a un niño que llora mientras decenas de solicitantes de asilo llegados de Siria se manifiestan a las afueras del campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos. EFE/Orestis Panagiotou
Si el mundo fuera justo, todos esos líderes europeos que llevan años vulnerando los derechos humanos por acción u omisión tendrían que dar explicaciones ante un tribunal. Por desgracia, parece que el mundo es otra cosa: eso que pasa en la isla de Lesbos.

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@pmarsupia
Pues aquí está. Decreto del Gobierno de Grecia suspendiendo el derecho de asilo. Muchas organizaciones internacionales ya han denunciado q se pasa por alto toda la legalidad internacional construida en el siglo XX.

Fuente: https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31221/Gerardo-Tece-Europa-derechos-humanos-lesbos-refugiados.htm

viernes, 13 de diciembre de 2019

El sueño europeo: Serbia

 

 El sueño europeo: Serbia es un documental de investigación del periodista Jaime Alekos sobre las torturas de la policía húngara a los refugiados y migrantes que atrapan intentando cruzar su frontera y las durísimas condiciones en las que sobreviven en Serbia mientras esperan una oportunidad para entrar en la Unión Europea.

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Cuando los países de la ruta de los Balcanes cerraron sus fronteras a principios de 2016, miles de migrantes y refugiados quedaron atrapados en Serbia.

Alrededor de 8.000 viven en los campos oficiales del Gobierno Serbio, edificios abandonados y campamentos clandestinos, mientras esperan una oportunidad para cruzar las fronteras fuertemente custodiadas de la Unión Europea.

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El 46% son menores de edad. Uno de cada tres viaja sin la compañía de un adulto.

Aquellos que han intentado cruzar ilegalmente la frontera húngara, reportan palizas y torturas sistemáticas antes de ser devueltos en caliente por la policía húngara.

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sábado, 5 de octubre de 2019

Stephanie Besson: “No puedes dejar morir a la gente, da igual qué les suceda después”

Briançon, ciudad alpina de apenas 13.000 habitantes, se ha convertido en lugar de paso para quienes tratan de alcanzar el sueño europeo. En 2016, Besson y un grupo de vecinos fundaron Tous Migrants, un colectivo que acoge y da asistencia legal y sanitaria a quienes se juegan la vida para cruzar las montañas.

Stephanie Besson
Christian García
 Siempre del lado de la vida. Stephanie Besson (Briançon, 1973) es guía de media montaña y lo tuvo claro cuando el drama humanitario de la migración asomó por su ciudad, Briançon, la más alta de la Unión Europea (1.326 metros de altitud), en los Alpes franceses, a 15 kilómetros de la frontera con Italia. Patrimonio mundial de la Unesco por sus edificaciones fortificadas, destino turístico para los amantes de la montaña y el esquí, esta localidad de apenas 13.000 habitantes se ha convertido en los últimos años en lugar de paso para quienes tratan de alcanzar, tras dejar sus países, el sueño europeo de paz y prosperidad. En 2016, Besson y un grupo de vecinos fundaron Tous Migrants, un colectivo ciudadano que acoge, alimenta y da asistencia legal y sanitaria a quienes se juegan la vida para cruzar las montañas y sortear así sus fronteras. Más de 8.000 personas lo han logrado hacer hasta hoy por Briançon gracias a su labor solidaria.

La cordillera de los Alpes, 515 kilómetros de norte a sur, más de un centenar de cimas por encima de los cuatro mil metros, separa Italia y Francia. Un muro, otra frontera más. Ahora en la propia Unión Europea. En 2017, sólo en el departamento francés de los Alpes Marítimos, cerca de 50.000 personas fueron detenidas cruzando sin papeles y devueltas a Italia. La escasez de vías legales y la vigilancia policial han reabierto pasos fronterizos que se creían olvidados. ¿Por qué son tan peligrosos estos caminos?
Los Alpes son muy altos y no hay muchos pasos, al menos que conozcas bien los senderos. Y no es el caso porque estos chicos a veces ni saben que hay montañas, nunca han visto la nieve y son muy frágiles debido a las muchas penalidades que han sufrido en su viaje hasta aquí. No están preparados. No tienen agua, ni comida, ni calzado apropiado. Y cuando te pierdes por esos caminos comienzas a dar vueltas hasta que mueres de cansancio o hipotermia. Las temperaturas pueden ser muy bajas, incluso en verano, que rondan los cero grados. Además, tienen que cruzar de noche, evitando las rutas más cómodas, para que no les detenga la policía. A veces caminan tres o cuatro días para cubrir un recorrido de 5 kilómetros que normalmente se puede hacer en un par de horas.

¿Cuántas personas han cruzado por los pasos más cercanos a Briançon? ¿Y cuántas han muerto?
Desde 2017, han pasado más de 8.000 personas y, oficialmente, han muerto cinco, aunque podrían ser más. Además, hay varias que han sufrido accidentes graves y amputaciones en sus piernas o manos. Y también sabemos de varias personas desaparecidas, que iban por la montaña con otros compañeros y perdieron su pista.

¿Qué ha supuesto la llegada de esas personas para una localidad que apenas tiene 12.000 habitantes?
Como movimiento ciudadano, desde el colectivo Tous Migrants hemos hecho mucha sensibilización con la gente que vive en Briançon y también con los turistas. Y todavía no hemos tenido ningún problema. Recuerdo que una vez un tipo de París hizo un comentario sobre que si siguen las cosas así no iba a volver de vacaciones aquí. Pues, ¡qué no venga! ¡Queremos un territorio abierto! La mayoría del turismo que llega no es de mucho dinero y cada vez que vamos a hablar en los mercados, en las estaciones de esquí, la gente muestra interés y escucha. En 2016 abrimos en Briançon un albergue de emergencia para quienes cruzan la frontera por el monte pero son muy pocos los que se quedan aquí. La mayoría siguen su camino porque somos una pequeña ciudad en la que ni siquiera puedes pedir tus papeles.

¿Y qué tal están quienes se han quedado a vivir en Briançon?
A finales de 2016, la ciudad otorgó la residencia a un grupo de sudaneses que estaban en el campamento de Calais cuando fue desmantelado. Además, hay también otras 24 personas que llegaron de la montaña y se han quedado aquí. En total, unas 100 personas. Al comienzo hubo algunos comentarios negativos pero luego todo fue bien. Sin embargo, la policía repite una y otra vez eso de que no podemos aceptar a todos. Pero ese no es el problema. La cuestión es si puedes dejar morir a la gente o no. Lo que les suceda después da igual, es otro tema. Lo más importante es que no puedes dejar morir a la gente.

Unas 40.000 personas han muerto ya a su paso por el Mediterráneo.
Cada muerto es una persona muerta de más. Y no son 40.000 muertos, son Amiri, Omar, Alfa… cada uno tiene su nombre, su historia y familia. A mí me da mucha pena que se les trate como a un número. Y eso es lo que no queremos. Es cierto que cinco personas muertas en Briançon parecen muy pocas pero si mañana tu hijo se muere… es tu hijo. Y para ellos es lo mismo. Mathew Blessing, una joven nigeriana de 21 años, falleció en mayo de 2018 mientras huía por la montaña. En el siglo XXI no puede ser que la gente muera porque le persigue la policía. ¿Por qué? Porque tienen la piel negra y no tienen papeles. ¿Qué son los papeles? No podemos acostumbrarnos a pensar que son solamente cinco muertos. Cinco son demasiados.

¿Cuándo supisteis que vuestra labor de socorro en la frontera no iba a ser algo puntual?
Por desgracia, el Estado no te escucha cuando alertas de que hay gente muriendo y explicas que poner a policías y militares cazando a las personas en la montaña no va a resolver los problemas. Al contrario, vamos a tener muertos, amputaciones, helicópteros de rescate que cuestan mucho dinero… Al comienzo, cuando das las primeras alertas, piensas que ellos van a decir ‘ah, ustedes son los profesionales, gracias por avisarnos, vamos a tener en cuenta eso’. Sin embargo, la represión aumentó. Hubo muertos, personas malheridas. Y ahí empiezas a ver que no puedes creer en tu Estado y que todo lo que te enseñaron en la escuela de que está para proteger la vida humana es falso. Y eso te estalla en la cara. Y entonces tienes que decidir de qué lado estás, del de la vida o del de la seguridad. En mi caso, he elegido la vida. No necesito protegerme de unas personas que no son gente peligrosa. Hay malos, hay buenos, como en todos los sitios. Cuando comenzamos a ir a la montaña a hacer rescates nunca pensé que íbamos a tener que hacerlo tantas veces y durante tanto tiempo. Cuando llegan por la noche hay que cuidarlos, llevarlos al hospital, darles comida, encontrarles una cama... Al principio éramos muy poquita gente, después se sumaron de otros lugares de Francia y ahora por fortuna llegan también de toda Europa. Una ola de ayuda que nos ha permitido a las personas de Briançon no salir de momento a la montaña porque necesitamos descanso. Sin embargo, aún hoy, cuando está nevando o hace mucho frío, no duermes bien porque piensas que hay chicos en la montaña.

A pesar de que vuestra labor salva vidas, os relacionan a menudo con el tráfico de seres humanos.
Es una de las críticas que recibimos al comienzo. Hicimos mucha campaña en contra de que la gente pague para cruzar. Repartimos unos folletos por el lado italiano de la frontera, en Turín y en Bardonecchia, que son las ciudades más importantes antes de pasar. Sabemos que hay gente que cobra por enseñar el camino y a nuestro albergue han llegado un par de personas que habían recibido dinero por acompañar a los migrantes. Pero son casos aislados. Muchos pagan unos 100 euros para que les digan dónde tienen que tomar el tren para llegar a Bardonecchia y después qué camino tiene que tomar desde ahí. Pero nadie les acompaña luego en su travesía. Siempre que hemos tenido la sospecha de que alguien era traficante hemos ido a la policía a denunciarlo para que en lugar de perseguir negros en la montaña atrapen a esas personas.


Stephani Besson 2
Christian García

La policía os criminaliza y pone todo tipo de trabas.
Cuando nos encuentran en la montaña, inspeccionan el coche para buscar cualquier problema y poder multarnos, nos retienen horas en sus oficinas… Ahora hay dos juicios, el 2 y el 24 de octubre. En este último, por ejemplo, la policía acusa a uno de nuestros voluntarios de ayudar a que los migrantes escapen. Por suerte, cuando sucedió todo había también dos periodistas italianos y en la película que grabaron se ve como nuestro compañero lleva a los inmigrantes ante la policía porque hay una persona que necesita ir al hospital. Y es la propia policía la que se niega a llevarlo. La represión policial está ahora muy fuerte contra quienes cruzan la montaña y contra los solidarios. En nuestro caso, por supuesto que es un problema para la gente a la que le toca pero tenemos claro cuál es nuestra tarea y que vamos a seguir realizándola. En los últimos meses han traído policías de fuera que son muy duros con los migrantes, que les cazan como a animales, les pegan, les roban, no respetan su derecho a pedir asilo. En este sentido, ha subido la represión policial.

Varios activistas tienen juicios pendientes en los que se enfrentan hasta a 10 años de prisión.
Está claro que si aumenta la represión hay solidarios que ya no van a patrullar porque tienen miedo. Es muy difícil, desde el punto de vista personal, estar siempre frente a una policía que te molesta y acosa todo el tiempo. Y la represión también te afecta sicológicamente. Vas a tu casa tras enfrentarte a la policía, discutiendo por ayudar a una persona inmigrante que está delante ti, y no te sientes bien. Hay muchas personas que hacían patrullas y ya no van. En eso, el Estado francés ha ganado. Pero, en otro sentido, hay personas que solamente eran montañeros humanitarios y que comienzan a ser más militantes y activistas. Y aunque algunos puedan terminar en la cárcel van a seguir otros. En eso, el Estado pierde porque cuando una persona siente e interioriza la injusticia ya no va a ceder. Briançon es un territorio que apuesta por el respeto de los derechos humanos. El alcalde y varios cargos de la ciudad, voluntarios, asociaciones, la Iglesia, otros pueblos de los alrededores… somos muchísimos, más de mil personas, activistas, que podemos dar un poco de comida, pasar toda la noche en la montaña… Hay muchísima gente, viejos, madres, jóvenes, estudiantes… somos juntos y el Estado pierde porque no vamos a dejarlo mañana. Pueden hacer lo que quieran, pueden pegarnos, bueno, van a pegarnos, pero hay tanta gente, incluso de otros lugares, que no van a poder con todos. Estamos y seguiremos del lado del humanismo. Entonces, ¿qué van a hacer?

En Francia, pese a una sentencia judicial de 2018 que reconoce que ayudar a las personas migrantes está protegido constitucionalmente, las autoridades siguen agarrándose al llamado “delito de solidaridad” para obstaculizar vuestra tarea.
Ahora se supone que cuando tú llevas en el coche a una persona en la montaña por una cuestión humanitaria no te pueden decir nada. Sin embargo, te buscan las cosquillas y te van a encontrar cualquier cosa, te van a hacer pagar una multa por cómo están tus ruedas, lo que sea con tal de que dejes de hacerlo. Y esa represión se nota. ¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, con la persona que murió de cansancio y frío al lado de la carretera nacional? Imagínate que tal vez algunas personas pasaron por allí y no quisieron ayudarla porque sabían que después la policía les iba a molestar. Y eso no puede ser. Cuando su primo vino para reconocer el cuerpo, de regreso a Italia pasamos por el lugar donde encontramos muerta a su familiar y él sólo pudo decir ‘No puede ser, está al lado de las casas, al lado de la carretera. ¿Cómo ha podido morir aquí?’. Es terrible. Creo que esa muerte es consecuencia de una represión policial que siembra el miedo y hace que las personas que en una situación normal ayudarían a la gente que ven necesitada ya no lo hagan. Si ahora me encuentro contigo y tu hijo con problemas en la calle y me pides ayuda cómo te voy a decir ‘No, no puedo, porque tu hijo es negro’. Y sin embargo, eso es lo que está pasando ahora, nos cuestionamos a quién ayudar y a quién no.

¿La situación empeoró cuando en junio de 2018 Matteo Salvini fue nombrado Ministro de Interior en Italia?
Antes de Salvini las personas que llegaban por la montaña no habían pasado demasiado tiempo en Italia y después hubo muchas personas que huyeron de allí por miedo. Eran refugiados de Italia que llegaban a Francia. Habían pasado 5 o 10 años en Italia pero como Salvini dijo tantas veces que iba a expulsar a todo el mundo a sus países de origen muchos decidieron marcharse y renunciar a todo lo que tenían. Ahora, de nuevo, ha comenzado a bajar el número de personas que pasan por la montaña pero creo que se debe a que cada vez está más difícil cruzar desde Libia y deciden intentarlo por Marruecos y España.

Desde setiembre, Matteo Salvini no gobierna. Pero, ¿hasta que punto la política migratoria de la Unión Europea tiene que ver con unos políticos o partidos determinados y no es algo más estructural y sistémico?
No lo sé. Eso sí, hace falta una política europea más solidaria. Detrás de Europa siempre ha estado la economía y en un segundo plano los derechos humanos .Y ahora con los migrantes lo vemos más todavía. No hay ninguna solidaridad. No puede ser que tú quieras estar en Europa y tomar sólo el lado bueno y no la parte un poquito más complicada. Los países de Europa del Este están en Europa y tienen que asumir todas las consecuencias. Pero ahora, ¿cómo vas a decirle a un refugiado que tiene que ir a Hungría si allí la gente le va a pegar y no le acepta? Por Briançon han pasado 8.000 personas en un par de años y no ha habido ningún robo, pelea o problema. Entonces, la gente de Briançon, aunque no estaba a favor, no puede quejarse porque no tiene argumentos para poder decir que van a echar a perder nuestra tierra. Al contrario, ha habido un desarrollo económico con la llegada de estas personas porque comen aquí, compran aquí, utilizan el tren local… Nosotros teníamos en marcha una campaña para que no desapareciera el tren de nuestra ciudad y la llegada de estas miles de personas ha supuesto un argumento más para que siga funcionando. Hay consecuencias económicas reales. Y son positivas.

El invierno, la estación más dura para cruzar los Alpes, asoma ya en el calendario. ¿Cómo se presenta?
Lo esperamos con miedo porque sabemos que este año va a ser más complicado atravesar la frontera por la montaña ya que la policía va a ser más dura, va a haber más represión. Además, en unos meses llegará también la sentencia de los juicios contra nuestros compañeros solidarios. Estamos preocupados, tristes, pero no nos vamos a callar y vamos a seguir defendiendo el humanismo. En Briançon empezamos unas pocas personas y ahora la solidaridad aquí está muy fuerte. Y cada una de las 8.000 personas que han pasado por nuestra ciudad seguro que dan las gracias a quienes decidieron no plegarse ante la política represiva. Sin duda lo han pasado un poco mejor de lo que podría haber sido

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/migracion/stephanie-besson-tous-solidaires-paso-alpes-migrantes-delito-de-solidaridad