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viernes, 29 de enero de 2016

La culpa es de los ciclistas


 

Hannah Arendt y sus compañeros de desgracia aborrecían la palabra refugiados

 Hace unos días supimos que el ministro de Exteriores polaco, Witold Waszczykowski, se ha impuesto la misión de acabar con esta degenerada Europa de “vegetarianos y ciclistas”. Es posible que el ministro, al que suponemos más proclive a devorar un chuletón que un libro, no haya leído Symzonia —esa utopía de Adam Seaborn publicada por La Biblioteca del Laberinto sobre un lugar habitado por vegetarianos, abstemios y demócratas—, pero parece que se ha tomado en serio un chiste que circuló a partir de 1918. Cuando un antisemita afirma que la culpa de la Primera Guerra Mundial es de los judíos, su interlocutor añade: “Sí, de los judíos y de los ciclistas”. Entonces el primero pregunta: “¿Por qué los ciclistas?”. Y el segundo: “¿Por qué los judíos?”.

Hannah Arendt reproduce ese chiste en Los orígenes del totalitarismo (Alianza), un ensayo de 1951 que va camino de convertirse en el libro que mejor explica no ya lo que pasó en el siglo XX sino lo que pasa en el XXI. Entre otras cosas, la pérdida de los derechos humanos cuando se pierde la ciudadanía. Sobrecoge pensar en los refugiados que llegan a Europa a la luz de las reflexiones de Arendt, que apunta que los citados derechos nunca han sido una “cuestión política práctica” por mucho que aparezcan en algunas constituciones. Según ella, esos derechos fueron definidos como inalienables porque se suponía que eran independientes de todos los Estados, pero en la práctica resultó que “cuando los seres humanos carecieron de su propio Gobierno y tuvieron que recurrir a sus derechos básicos, no quedó autoridad que los protegiera ni institución dispuesta a garantizarlos”.

La pensadora alemana sabía de qué hablaba: escribió su libro en Estados Unidos, cuando era una apátrida huida de la persecución contra los judíos en Alemania y Francia. Había experimentado en carne propia cómo quedarse sin Estado al que pertenecer la expulsó de la mismísima Humanidad. La privación de los derechos humanos empieza por la privación de un lugar en el mundo.

Arendt llegó a Nueva York en 1941 con 25 dólares. Enseguida acudió a una organización humanitaria que le asignó por dos meses una familia de Massachusetts para que aprendiese algo de inglés, primer paso para ganarse la vida. Lo hizo ante la chanza de su madre, que le recordó cómo en la escuela en Konigsberg se negó a estudiar ese idioma. Había preferido el francés, el latín y el griego. Dos años más tarde escribió un artículo antológico titulado Nosotros, los refugiados ahora recogido en Escritos judíos (Paidós), un volumen ideal para conocer la gigantesca dimensión periodística de la filósofa. Allí cuenta cómo ella y sus compañeros de desgracia aborrecían esa palabra. Entre ellos se llamaban recién llegados o inmigrantes. Cualquier cosa menos parecer pesimista. Y certifica algo difícil de maquillar: que “la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Arendt y su marido se libraron de los primeros huyendo de Montauban a Marsella. Para fastidio de ministros carnívoros, hicieron el recorrido en bicicleta.

Fuente:  http://cultura.elpais.com/cultura/2016/01/26/actualidad/1453831497_576043.html

domingo, 10 de agosto de 2014

El malentendido sobre Hannah Arendt

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del totalitarismo, era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.

Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir.

Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann.

De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se convirtió en “poeta”.

Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén. Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la intelectualidad neoyorkina y europea.

Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su película Hannah Arendt, que ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa. Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las décadas, ha ido cobrando peso.
La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la “banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito en The New York Times que “Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y debido a ello malinterpretó a Eichmann.

El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.

Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud.

Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos.

Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos.

Fuente:  http://elpais.com/elpais/2013/07/25/opinion/1374764105_218903.html

domingo, 23 de diciembre de 2012

La banalidad del sufrimiento



Fuente: https://carmesi.wordpress.com/2011/08/29/la-banalidad-del-sufrimiento/

Cuando yo era joven y estudiaba para psiquiatra trabajé en uno de aquellos horrorosos antros llamados manicomios y que recibian el “cariñoso” nombre kraepeliniano por parte de vecinos, trabajadores del lugar y población en general de pabellón de dementes. Alli se daban cita personajes de lo más diverso que tenian algo en común: estaban todos mal de la cabeza con independencia del diagnóstico, pero entrar y salir de alli no era algo fácil o habitual, y ahora cuando vuelvo la vista atrás y comparo la frecuentación y el número total de ingresos que una unidad de hospitalización psiquiátrica sostiene en la actualidad y las urgencias que atendemos en un año no puedo menos que preguntarme qué ha sucedido para que una población relativamente pequeña haya aumentado su incidencia casi multiplicándose por cien en apenas 30 años.
Al volver la vista atrás suceden cosas muy interesantes: por ejemplo, en  mi infancia a los hospitales solo iban los pobres, los tuberculosos y las madres solteras pero ahora los hospitales se han convertido en una especie de catedrales donde todos pasamos buena parte de nuestra vida, estar enfermo es ya normal y es por eso que todos pasamos más tiempo en los hospitales que en cualquier otra institución del Estado, contando bibliotecas o templos, ir a hacerse un análisis, una radiografia, un TAC o recibir quimioterapia por un cáncer, mirarse la vista o acudir a una visita  de un especialista ha pasado a formar parte de nuestro ritual de vida. El Hospital es el templo de nuestro tiempo y todos los rituales de paso se ofician alli, desde el nacimiento hasta nuestra muerte.

El caso es que cuando pregunto qué es lo que ha podido suceder en el mundo para que una población relativamente pequeña -y me refiero ahora a la población psiquiátrica- se haya multiplicado de ese modo, los gestores de la cuestión suelen aducir ciertas variables, pongo por caso:
  • La población ha crecido.
  • Las drogas han envilecido las enfermedades mentales.
  • La gente presenta hoy más patologías psiquiátricas que antaño por aquello del progreso.
  • La laicización del mundo ha tenido costes del mismo modo que los cambios sociales. (Nótese la ambiguedad de esta variable).
  • El acceso a los servicios de salud se ha facilitado.
  • No es que haya más enfermedades mentales sino que las familias ya no sirven de soporte al malestar de sus miembros.
  • Ahora diagnosticamos mejor que antes y es por eso que detectamos casos con más facilidad. Y etc.


Ni que decir que todos estos criterios no pueden explicar -todos ellos juntos- el incremento de las enfermedades mentales asi como otros, la urbanicidad, la inmigración interior y exterior con la aculturación que conllevan y otros  similares que no llegan a convencerme para entender esa enorme multiplicación de casos psiquiátricos que soportamos hoy, cuando lo esperable de acuerdo con la sofisticación de los medios ambulatorios y los tratamientos precoces seria lo contrario.
¿Qué le ha sucedido al mundo, para que en apenas 30 años hayamos centuplicado la incidencia de enfermedades mentales?
Pues que tal y como dice el dicho popular “ni son todos los que están ni están todos los que son”, dicho de otra forma no es enfermedad mental todo lo que se encuentra diagnosticado de enfermedad mental y tambien es cierto lo contrario: existe un número indeterminado de población psiquiátrica sin diagnosticar, pero atendiendo a mi argumento lo que me propongo es averiguar qué ha sucedido para que existan casos de diagnosticos psiquiatricos en ausencia de enfermedad.¿Es esto realmente asi de crudo?.

Cuando yo era médico de cabecera o generalista apenas veía casos psiquiátricos, sin embargo hoy es la norma, se supone que el 20% de todas las consultas ambulatorias huelen a salud mental y hacia allí son dirigidas. La epidemia se ha consumado y yo lo que creo es que ha sido por razones bien distintas a lo que la mayor parte de la gente , incluyendo especialistas, creen
Lo que yo creo es que en los ochenta comenzó en nuestro pais un proceso de diseminación de los malestares psíquicos, un proceso de banalización que ha tenido consecuencias epidemiológicas importantes en la situación actual. De repente la gente comprendió que deprimirse era una enfermedad, y que tenia prebendas, comprensión, asistencia y sobre todo una derivación, una externalización de la responsabilidad desde lo íntimo hacia lo publico. La gente comenzó a comprender que deprimirse era algo útil para lidiar con los problemas o adversidades de la cotidianeidad. La gente comprendió que deprimirse era una enfermedad lo que la liberaba de la responsabilidad de deprimirse.

Los casos de enfermedad mental y por tanto la sobrecarga de diagnósticos psiquiátricos procede de estas situaciones:
1.- La conceptualización de las enfermedades mentales.
Es seguro que la conceptualización que hagamos sobre los malestares psíquicos tendrá alguna influencia en la presentación del sufrimiento mental. Lo que ha sucedido en los ultimos años (desde la emergencia de los manuales diagnósticos y estadisticos) es la desorbitada multiplicación de las entidades morbosas del eje 1 , es decir de los estados o procesos. Ahora existen cantidad de nichos nosográficos donde colocar el malestar y cada dia alguien inventa uno nuevo que aun no se encuentra en las clasificaciones, pase lo que le pase en la vida es seguro que usted o su psiquiatra podrán filiar su contrariedad y asimilarla a algún diagnóstico.
El problema que tiene esta estrategia de nombrar y psiquiatrizar los sufrimientos es que aliena a las personas que los sufren. Pues alienación -en este sentido- significa que hay algo que procede de algun extraño lugar que toma el mando de nuestra voluntad y nos obliga a enfermar, sean genes, serotoninas, compulsiones o traumas. No cabe ninguna duda de que atribuir nuestros malestares a estas misteriosas entidades nos permite salir indemnes de nuestra responsabilidad a cambio de cederle el mando de nuestra subjetividad a alguna extraña instancia.

Y es asi que cuando nos depriminos lo que buscamos es una solución rápida y eficaz y por eso recurrimos a los antidepresivos o a los tranquilizantes cuando estamos angustiados. Nos permiten no pensar, pero al mismo tiempo nos sustraen la posibilidad de aprender algo sobre nuestros miedos, nuestras culpas o nuestro deseo. Taponar con fármacos cualquier eventualidad nos impide aprender de la experiencia y lo que es peor: favorece la convicción de que estamos a merced de los imponderables aumentando nuestra dependencia de ellos.
La banalización del sufrimiento arranca de dos exilios: el de la melancolia y el de la histeria, Concretamente desde que estas entidades ya no se diagnostican han aumentado los desórdenes depresivos y los trastornos psicosomáticos asi como las enfermedades inexplicables médicamente. Es la venganza de las entidades amputadas por los consensos de la ciencia. La una (la histeria porque pone en cuarentena el saber médico organicista), la otra -la melancolia- porque nos recuerda nuestro origen culpable, dual y sometido a los vaivenes de las pérdidas, los duelos y las reparaciones.

2.- La intolerancia a las contrariedades de la vida.
No cabe ningun duda de que vivimos en una sociedad que ha renegado del dolor, del aburrimiento, de la nostalgia, de la incapacidad, de la pereza o de la incompetencia. El resultado de este blanqueamiento del mal (como decía Baudrillard) es un aumento de los malestares vinculados a aquellas emociones. Si existe un ideal de delgadez lo que es de esperar es que existan contraestrategias basadas en contravalores (obesidades mórbidas), si existe un ideal de capacidad y competencia lo que es de esperar es que existan muchos irresponsables o incapaces, si existe un ideal de no sufrir o no sentir dolor lo que es de esperar es que existan muchas depresiones y muchos dolores sin causa médica que los justifique.
El sufrimiento inherente a la vida se ha vuelto intolerable para nuestros conciudadanos opulentos inmunodeprimidos por una sociedad paternalista y asistencial, los que se echaron en manos de la ciencia para adorarla como un totem con la esperanza religiosa de que cuidaria de ellos son los más perjudicados. Esta expectativa de felicidad inocente e irresponsable ha ajustado cuentas con nuestra especie mutiplicando las entidades responsables de generar sufrimiento, dolor e incapacidad.
Pues el hombre tal y como sostuvo Cioran está hecho para no hacer nada.
3.- Las ventajas de portar un diagnóstico psiquiatrico.
No siempre ser portador de un diagnóstico psiquiátrico estigmatiza a sus “victimas” sino tan sólo en aquellos enfermos más graves (enfermos verdaderos) que presentan graves sintomas conductuales que pueden ser detectados por los sanos y dotados de cierta incomprensibilidad. La estigmatización no se hace sobre la base de la especialidad médica de que se trate sino de la comprensibilidad de la experiencia subjetiva. Es obvio que ser portador de anticuerpos del SIDA es más estigmatizante que tener una depresión

Sobrellevar un diagnostico de depresión no es estigmatizante porque todo el mundo sabe o cree saber de que se trata: a raíz de algun problema quizá en el trabajo, familiar o vital las personas se vienen abajo y precisan de intervenciones médicas, los sintomas de la depresión por su vecindad con la experiencia normal de la tristeza son tan comunes y tan comprensibles que todo el mundo puede llegar a empatizar con el deprimido sea cual sea la situación que le llevó allí, lo mismo sucede con la ansiedad o con las manias obsesivas, con los trastornos psiquiátricos menores por asi decir. Una experiencia de comprensible continuidad con las adversidades de la vida.
Deprimirse en este contexto no sólo es algo bien visto por la sociedad en general y que no estigmatiza a los que aparecen como tales sino que muchas veces incluso estas personas pueden obtener apoyos para sus causas dependiendo de su habilidad para gestionar sus quejas. Se puede tener un enorme poder desde la minusvalia y desde la debilidad.
Es por eso que Hanna Arendt habló de la banalidad del sufrimiento , no porque el sufrimiento sea banal sino porque se han banalizado las circunstancias del sufrir y porque en definitiva ni es necesaria la patología para sufrir ni ser un malvado para ejercer el Mal.
De ahi su ligereza y la levedad de los sufrimientos del hombre actual, una operación de hiperrealidad, una simulación de los sufrimientos verdaderos que maximizan su ventaja: la de no saber.