![]() |
"No badges, no names, no IDs, no insignia, no camo, private comms, vague answers, expensive equipment and...
Vía @RobertDeNiroUS
|
Mostrando entradas con la etiqueta EEUU. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EEUU. Mostrar todas las entradas
miércoles, 3 de junio de 2020
#Blackwater
lunes, 1 de junio de 2020
domingo, 31 de mayo de 2020
La pandemia acelera la lucha por el poder mundial
| Una mujer miembro de la Guardia Nacional de Massachusetts, con una mascarilla con los colores de la bandera estadounidense y el lema 'EEUU Fuerte'. REUTERS/Brian Snyder |
Así parecen entenderlo en China, país foco de la pandemia y primero que la ha superado, como se desprende del discurso del presidente Xi Jinping, el pasado 26 de mayo, ante la Comisión Militar Central (la versión china del Pentágono, para hacernos mejor idea, ya que tenemos nuestro imaginario saturado de virus de simbología yanqui). Después de elogiar el papel de las fuerzas armadas en el combate contra la pandemia, Xi afirmó que "la epidemia ha generado un profundo impacto en el panorama global y también en la seguridad y el desarrollo de China". Xi "ordenó a las fuerzas armadas pensar en el peor de los escenarios, intensificar el entrenamiento y la preparación para la batalla, abordar rápida y eficazmente todo tipo de situaciones complejas y salvaguardar decididamente la soberanía nacional, la seguridad y los intereses de desarrollo". Imposible ser más claro. "Pensar en el peor de los escenarios" es referirse, sin decirlo, a una guerra abierta con EEUU, para lo que EEUU se prepara también, debe apuntarse.
El pasado 16 de mayo, el diario británico The Times publicó un artículo titulado US ‘would lose any war’ fought in the Pacific with China (EEUU perdería cualquiera guerra en el Pacífico contra China), artículo en el que daba cuenta de que EEUU había realizado simulaciones de juegos de guerra con China. Según recoge la información, "Fuentes de defensa estadounidenses le dijeron al Times que los conflictos simulados realizados por Estados Unidos concluyeron que sus fuerzas se verían abrumadas. Un juego de guerra fue situado en el año 2030, cuando la marina china tendrá operativos nuevos submarinos de ataque, portaaviones y destructores". El análisis concluyó "que la acumulación de misiles balísticos de mediano alcance de Beijing ha logrado desde ya que todas las bases estadounidenses y cualquier grupo de batalla de portaaviones estadounidense que opere en la región del Comando Indo-Pacífico sean vulnerables a ataques masivos". Esta situación también afectaba a la isla de Guam, con diferencia la principal base de bombarderos estratégicos estadounidenses, como el B-2. Nos llama la atención el año de los juegos de guerra, pues en el libro Réquiem polifónico por Occidente, señalábamos ese año como crucial en el choque de trenes que se avecina entre EEUU, Rusia y China. Los datos manejados no andaban mal encaminados.
Deben, en EEUU, tomarse muy en serio el tema, pues, el 16 de abril de este 2020, según informara Defense News, el presidente del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes, el republicano Mac Thornberry, propuso una Iniciativa de disuasión del Indo-Pacífico (IPDI) dotada con 6.000 millones de dólares para 2021."El Indo-Pacífico ha sido llamado nuestro teatro de mayor prioridad y creo que es cierto. Es hora de poner nuestro dinero donde está nuestra boca", dijo Thornberry a Defense News. "Este esfuerzo consolida y financia las políticas, la infraestructura y las plataformas necesarias para tranquilizar a nuestros aliados y socios mientras disuadimos a China".
Paralelamente, la Marina de EEUU está proponiendo readecuar su estrategia militar, haciendo algo hasta hace escaso tiempo absolutamente impensable: reducir el número de portaaviones y buques de guerra para adaptar la potencia naval de EEUU a las nuevas realidades armamentísticas. Los portaaviones pasarían de 11 a 9; reducirían el número de grandes buques de superficie a un máximo de 90; aumentarían las naves pequeñas a 70 unidades y, la gran novedad, construirían no menos de 65 buques no tripulados o con tripulación mínima, o sea, gigantescos drones marinos. La explicación a este nada sorprendente cambio es obvia: el desarrollo de misiles hipersónicos por Rusia y China y los nuevos modelos de submarinos, convierten a los portaaviones en algo no sólo inútil, sino suicida (remitimos al capítulo Hermes misilístico versus Vulcano armatoste de nuestro libro Réquiem polifónico). Lo dijo con sus palabras el actual secretario de Defensa de EEUU, Mark Esper, quien afirmó que el Pentágono quiere deshacerse de sus portaaviones como pieza principal de proyección de poder, para enfocarse en la producción de buques no tripulados que puedan ser sacrificados en caso de conflicto. Vaya, guerra sí, pero sin bajas humanas. Una utopía donde las haya (a ese paso, el siguiente proyecto estratégico de EEUU podría ser contratar a Darth Vader).
¿Y Rusia? Poca cosa. El gobierno ha anunciado que, para 2023, serán incorporados más de 60 buques a la Armada; que están en marcha las primeras pruebas de lanzamiento desde submarinos del misil hipersónico Tsirkón, capaz de portar ojivas nucleares y, ojo, lo más relevante. Que en unos meses pondrán a prueba el dron submarino Poseidón, llamado también el "arma del apocalipsis", por su devastadora capacidad de destruir lo que pueda haber de infraestructuras costeras en la zona geográfica atacada. El Poseidón podría cargar hasta 400 megatones (la bomba de Hiroshima tenía un máximo de 20 kilotones; un megatón equivale a mil kilotones). Para 2027, la Flota del Norte y la Flota del Pacífico de la Armada rusa recibirán 32 drones nucleares Poseidón, suficientes para dejar desinfectadas de virus y humanos las principales zonas costeras estadounidenses. EEUU no posee un arma similar. Como expresó un analista militar estadounidense, "los rusos tienen la ambición de usar el dron submarino de propulsión y armas nucleares como medio de represalia si su capacidad de lanzamiento de armas nucleares se neutraliza durante la guerra".
Hay más. El cazabombardero ruso de quinta generación Su-57, ha pasado casi todas las pruebas y se prevé que 76 de estas aeronaves sean entregadas a las fuerzas aeroespaciales rusas. El Su-57 está considerado el mejor del mundo en su especie. El presidente Vladimir Putin, no obstante, ha querido calmar al personal: "Rusia no se está preparando para una guerra, pero se están creando las condiciones precisas para que a nadie se le ocurra la idea de la guerra". Si vis pacem, para bellum, dijo Flavio Vegecio, quien escribió su máxima para seres razonables y quienes provocan las guerras suelen ser todo, menos eso, razonables (vean, si no, a Libia, Afganistán, Iraq o Siria).
Algo es algo, pero en EEUU andan por otros derroteros. Trump ha retirado al país de casi todos los tratados de control de armamentos y, sorpresa, anuncia la posibilidad de realizar nuevas pruebas de armas nucleares, lo que está prohibido en el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares, lo que podría ser anticipo de que EEUU se retirará del mismo. China y Rusia han respondido llamando al cumplimiento del tratado y avisando que, si EEUU vuelve a las andadas, ellos también. Por ese camino nos quiere llevar la mayor democracia occidental. Explicaremos por qué.
EEUU pudo ser lo que fue gracias a dos factores: su lejanía geográfica, que le evitó los estragos de las guerras mundiales, y poseer una supremacía naval indiscutible. Hoy, los nuevos armamentos han convertido la antigua ventaja en una desventaja insuperable (excluimos la guerra nuclear, pues esa sería el fin de todos los problemas). Los nuevos sistemas de misiles convierten el aislamiento geográfico en aislamiento militar y, por tanto, político y económico. Ya no tiene EEUU supremacía marítima irrebatible, ni su territorio escaparía a un ataque nuclear masivo. Ya no hay manera de transportar por mar a centenares de miles de soldados, ni forma alguna de proveer a sus aliados de material militar que, forzosamente, debe hacerse por barco. Los 560 o 580 buques que componen la flota de EEUU serían hundidos en semanas o, si se quiere, en meses.
Construir un portaaviones lleva, como poco, cinco años. Un buque de guerra al menos dos. No habría posibilidad ninguna de sustitución o reemplazo porque, en ese mismo periodo, se pueden fabricar decenas de miles de misiles. No hay que ser egresado de West Point para entenderlo. Esa razón explica por qué las simulaciones de guerra con China, hechas por el Pentágono, terminan todas en derrota de EEUU. Por ese mismo motivo, Rusia dedica su principal esfuerzo militar a misiles hipersónicos, drones pavorosos y sistemas de misiles antimisiles. Un mundo nuevo entierra al viejo, como las formaciones de ágiles flecheros sepultaron a los caballeros de relucientes armaduras, lentos y pesados y, por tanto, blanco fácil de los arqueros. Ocurrió en Crécy, en 1346.
En suma, la pandemia llevará a cambios internos en los países (más en unos que en otros), para prevenir nuevas pandemias y estar preparados para enfrentarla o dotarse de niveles mínimos de soberanía médico-sanitaria. Nos lavaremos más las manos, habrá pantallas separadoras en sitios públicos y, quizás, reciclemos más los desechos hogareños. Será peccata minuta en relación a lo que ocurrirá entre los grandes poderes. ¿Y la Unión Europea? Tiene ahora mejores condiciones que nunca para hacerse con su propio espacio internacional, atendiendo a los intereses de sus pueblos. ¿Lo hará? Piense mal y acertará. Lo más seguro es que siga de perrito faldero de EEUU y ponga en riesgo su futuro por asociarse a un país ‘que tiene su boca’ en el Pacífico. Algo así como el reflejo condicionado de Pavlov aplicado a la política. Una pena.
Fuente: https://blogs.publico.es/dominiopublico/33160/la-pandemia-acelera-la-lucha-por-el-poder-mundial/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico
viernes, 29 de mayo de 2020
jueves, 9 de abril de 2020
Un virus con clase – 8 de abril
![]() |
El virus que nos mata y nos encierra
nació en un sucio mercado chino y de chinos que comen animales salvajes.
Murciélagos, pangolines. No está demostrado, pero la fake news
es cierta en Occidente. Tranquiliza. Es calmante la imagen del oriental
asilvestrado devorando seres que Dios no creó para la alimentación.
Saturno en vírico. Pero Dios sí congregó a unos fieles en Corea del Sur
que fueron el principal foco de la pandemia en ese país. Seúl, con todas
sus apps y sus contenciones modélicas, todavía hoy tiene que pedir a los líderes de las sectas religiosas que dejen de reunir a la grey. Lo que Dios junta sí lo tiene que separar el hombre, si quiere vida en esta tierra.
El poeta Federico se
fijó en el cielo de Nueva York porque en su aurora veía cuatro columnas
de cieno y un huracán de negras palomas. Chapoteaban las aguas podridas.
Nueva York lleva más de un siglo rascando el cielo como si así pudiese
despojarse del lodo. Estos días valora crecer hacia el suelo para
enterrar ahí a sus muertos: diez ataúdes en línea de zanja. Una solución
temporal, digna y ordenada, explica el alcalde. No sería en Manhattan
sino en la isla de Hart, emplazamiento habitual para los hijos de la
pobreza. Los americanos son muy de respetar las clases: no como en la
España roja y rota del poeta Federico, donde las fosas comunes se abrían
por ideología o fe.
La lucha de clases que no existe y que ganan los millonarios de Wall Street, como dice Warren Buffett,
se comprueba estos días en Central Park. Los Samaritanos han levantado
un campamento para enfermos de tos letal porque los hospitales para
pobres no dan abasto. Se han colocado en la pradera más cercana al Monte
Sinaí, una mole de cristal y acero privada y lujosa, con más aspecto de
banco que de hospital. De hecho da dinero (doscientos millones al año) y
le mira las cuentas Ernst & Young: sus gestores presumen de lo poco
que se queda la gente en el hospital. Noticia: el capitalismo mide el
grado de civilización por el volumen de la cartera.
Cuando pase el virus se contarán sus
verdades. Por el momento se sabe que la peste se ha hecho rica en
manifestaciones, misas, residencias de ancianos, gimnasios y call centers.
La era de las multitudes debía encontrar su némesis. Lo cual no
significa que nada vaya a cambiar radicalmente. Nunca se sabe con el
caballo desbocado de la Historia. En los años veinte de hace un siglo,
sobre los restos de la Gran Guerra y la Gripe española, germinó la idea
de saneamiento social y racial. Los nazis crecieron a lomos de aquel
jinete pálido. Y tenían medicinas, como la aspirina de Bayer, la misma
empresa que luego fabricaría el gas Zyklon B con el que Hitler quiso exterminar a gays, gitanos, comunistas, y a todo el pueblo de Sión, favorito de ese Dios despistado.
Fuente: https://lasoga.org/un-virus-con-clase-8-de-abril/
viernes, 3 de abril de 2020
¿Se derrumbará el capitalismo como un castillo de naipes?
El novelista Douglas Kennedy denuncia la gestión de Trump en este “crepúsculo de los dioses virológico” y vaticina una pesadilla para millones de estadounidenses
![]() |
Hace una semana, juré que no volvería a ver las
noticias en la televisión. Llegué a la conclusión de que, en tiempos de
crisis, el flujo constante de información se convierte en una especie de
rueda de hámster en tu cabeza. Gira y gira y gira, abrumándote con
imágenes de un presente catastrófico, repitiéndote indefinidamente lo
que ya sabes, causando pánico existencial en todas las direcciones. Y,
como una rueda de hámster, no te lleva a ninguna parte. Es el mito de
Sísifo en versión electrónica, exacerbado por nuestra edad
sobreconectada.
Pero
hace unos días, rompí mi promesa cuando un escritor amigo mío me envió
un mensaje desde Nueva York: “Enciende la televisión. Trump está
batiendo sus propios récords de locura”.
Treinta segundos después, estaba de pie frente al único televisor de mi casa en Maine (donde estoy confinado –para
usar la nueva palabra de moda– con mi hija de 23 años, Amelia, y su
novio Zach desde que la epidemia se extendió por nuestras vidas). Y
allí, en la CNN, mantenía
su discurso ese promotor inmobiliario charlatán, convertido en estrella
de telerrealidad y, más tarde, jefe nominal del así llamado mundo
libre. En este caso, parecía un presentador de un concurso con
maquillaje muy malo y pelucas aún peores. Intentaba asegurar a la nación
que a este episodio viral se lo llevaría el viento antes del Domingo de
Pascua. Esperaba que las iglesias de todo el país estuvieran llenas
para la celebración anual de la resurrección de Cristo, después de su
horrible episodio en la cruz.
Incluso para los estándares de locura de Trump, esta
declaración era totalmente irracional. Trump es neoyorquino como yo. El
implacable avance de la Covid-19 ha hecho de nuestra ciudad natal el
epicentro estadounidense del virus, con nuevos casos que se duplican
cada tres días. El gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, cuya voz lleva un realismo furioso y un poderoso liderazgo local en estos tiempos vertiginosos,
advirtió ese mismo día de una inminente catástrofe sanitaria para la
ciudad. Explicó que Nueva York necesitaba 30.000 respiradores
artificiales, pero solo tenían 400 y se estaban esperando 7.000,
prometidos por el Gobierno federal. También dijo que los 3.800 millones
de dólares asignados a Nueva York en el plan de emergencia del Senado
eran
Se ha acusado a Trump de violación. Las amantes de
Trump eran estrellas porno; hasta una de ellas describió el sexo con él
como “los peores noventa segundos de mi vida”. Trump trata a las mujeres
como objetos desechables pero se presentó a las elecciones de 2016 como
un conservador social y eligió a Mike Pence como vicepresidente: un fundamentalista cristiano, homófobo y declarado antifeminista, que tiene el encantador
hábito de llamar a su esposa “Madre”. La elección de Pence fue un golpe
de genialidad, uniendo la base evangélica a la causa de Trump. La
aventura amorosa de Trump con este encantador inveterado, de dudoso
matiz cristiano, alcanzó nuevos niveles cuando nombró para el Tribunal
Supremo a dos jueces profundamente conservadores: Neil Gorsuch y Brett
Kavanaugh, acusado de agresión sexual. Estos hombres no escondieron su
oposición al aborto, lo que significa que la mayoría republicana que lo
legalizó a nivel nacional en 1973 –el llamado caso Roe contra Wade– podría ser revocada en los próximos años. Pero la erradicación de Roe contra Wade es el Santo Grial de los evangélicos en la guerra cultural que ha dividido a los Estados Unidos desde 1968.
En realidad, la necesidad de Trump de vincular la
Pascua a la promesa de un renacimiento comercial fue un guiño a los
conservadores cristianos y blancos que ayudaron a que fuera elegido
contra toda lógica hace casi cuatro años. Estos hombres seguirán siendo
fieles, aun sabiendo que es un completo hipócrita, si las próximas
elecciones se celebran en noviembre de este año (pero como todo está
sujeto a una cancelación estos días, no me sorprendería si este último
símbolo de la elección democrática también se suspendiera pronto).
Sin embargo, también fue un recordatorio de que,
incluso en este momento de grave crisis mundial –que reveló la total
falta de preparación del Gobierno federal de los Estados Unidos para
ayudar a sus ciudadanos a sobrevivir a este crepúsculo de los dioses
virológico–, Trump sigue cultivando en nuestro discurso nacional las
profundas divisiones que él mismo ha amplificado y profundizado.
Una lección de historia: Richard Nixon ganó la Casa
Blanca en 1968 gracias a su estrategia sureña, basada en el odio de los
Estados del sur contra la legislación de derechos civiles (que
garantizaban los derechos de los afroamericanos como ciudadanos en
igualdad de condiciones) aprobada por el Congreso bajo el liderazgo del
demócrata tejano Lyndon Johnson. Nixon también había jugado con el miedo
de los hombres blancos a las minorías: las mujeres, los radicales y los
hippies por el amor libre (era el año 68, después de todo), afirmando que existía una “mayoría silenciosa” en los Estados Unidos
que rechazaba el progresismo educado de Nueva York, California y las
principales ciudades del norte. También denunció públicamente todo lo
que pudiera ser percibido como intelectual y culto (aunque en privado
era un fanático del jazz y un aficionado a la Historia). Despreciar las
cosas del intelecto es un viejo hábito americano… especialmente entre
los populistas. Ronald Reagan, a su vez, cortejó a la derecha cristiana
en 1980, que, de repente, adquirió un inmenso capital político durante
su presidencia. Y los dos Bush –el propio Junior se convirtió en
cristiano renacido para curar su alcoholismo– también dieron a los
evangélicos lo que querían.
Así es como Trump hablaba a sus bases cuando jugó la
carta de “volver al trabajo por Pascua”. De la misma manera que
intentaba convencer a Wall Street y a las grandes empresas de que el “business as usual”
[la normalidad en los negocios] no estaba lejos. Unas horas antes de
escribir este artículo, hablé por teléfono con un amigo del Instituto
Pasteur de París. Me dijo: “Nuestro actual estado de confinamiento, el
cierre de las fronteras, el cese de la vida cotidiana (salvo por
estrictas necesidades dietéticas o médicas) durará, en el mejor de los
casos, otras seis semanas… y esa es la estimación optimista”. El daño
económico será colosal y con la devastación fiscal vendrá la devastación
personal. En Estados Unidos, donde no queda casi nada de la red de
Seguridad Social después de décadas de recortes y donde el Obamacare
es un sistema nacional de salud no del todo aceptable (aunque
esencial), la pesadilla que aguarda a millones de personas será
terrible.
Desde las reaganomics de los ochenta [la política económica de inspiración neoliberal del entonces presidente], la otrora próspera y estable clase media americana ha sido destruida. Manhattan, mi isla natal, estuvo habitada en su día por familias de clase obrera. En mi familia éramos cuatro y vivíamos en un apartamento de 60 metros cuadrados. Ahora mismo, Manhattan solo es accesible para los ricos. Hoy, para vivir como un joven artista en cualquier ciudad importante de América, tienes que vivir de rentas o tener dos o tres trabajos a la vez. Y, en lo más profundo de Estados Unidos, la lucha por la supervivencia económica es dura en el contexto del monocultivo hipermercantil. ¿Se derrumbará el capitalismo estadounidense como un castillo de naipes cuando sea atenuado el Covid-19? Mis amigos de la izquierda estadounidense ven una esperanza en la inminente carnicería; la esperanza que puede provocar un cambio radical, un New Deal para sacar al país de una inmensa depresión. Por supuesto, a mí también me encantaría ver semejante cambio de rumbo a nivel nacional, igual que vi consternación cómo la mayoría republicana en el Senado trató de torcer el plan de rescate de las grandes multinacionales a expensas de los trabajadores que ahora están en plena caída libre económica.
No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo de la Covid-19 será el fin del presidente Trump. Sobre todo porque es el Rasputín de la política moderna. ¿Recuerdas cómo ese místico charlatán ruso, disparado por enemigos que querían poner fin a su infamia, se las arregló para levantarse y abalanzarse sobre ellos? Trump posee la misma resistencia tóxica. Dado que ahora existen dos Américas, que se odian con sinceridad, no sería sorprendente que la base de Trump continuase apoyándolo… aunque eso signifique votar en contra de sus propios intereses.
No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo de la Covid-19 será el fin del presidente Trump. Sobre todo porque es el Rasputín de la política moderna. ¿Recuerdas cómo ese místico charlatán ruso, disparado por enemigos que querían poner fin a su infamia, se las arregló para levantarse y abalanzarse sobre ellos? Trump posee la misma resistencia tóxica. Dado que ahora existen dos Américas, que se odian con sinceridad, no sería sorprendente que la base de Trump continuase apoyándolo… aunque eso signifique votar en contra de sus propios intereses.
Escribo estas palabras a pocos metros de un hermoso
litoral en un Estado gobernado por una maravillosa mujer progresista,
Janet Mills, donde el matrimonio gay y el cannabis están legalizados,
donde puedes conseguir toda la cerveza casera que quieras, ir a
festivales impresionantes de música clásica y de cine de autor,
prestigiosas universidades y restaurantes de alimentos locales y
frescos. Maine, a lo largo de su majestuosa costa atlántica, encarna
todo lo que aprecian los americanos educados en la izquierda. Del mismo
modo, hay una parte del Estado rural, conservadora y económicamente
escabrosa, que vota a Trump y ve a los residentes de la costa como la
encarnación del elitismo esnobista. La guerra cultural nunca está lejos
de tu puerta en la América contemporánea. Desde ahora, tampoco lo está
la perspectiva de terribles dificultades. Justo antes de dejar Nueva
York, fui a escuchar a un amigo pianista en un pequeño club de jazz.
Divorciado y padre de dos hijos, vive de concierto en concierto,
completando sus ingresos con lecciones de música. “Estamos a pocos días
de un encierro general”, me dijo mientras tomaba un trago entre los
sets. “Cuando esto suceda, los clubes de jazz estarán cerrados, mis
estudiantes no podrán venir a mi casa… y el dinero se secará.
Siendo
pianista en Nueva York, no tengo ahorros. ¿Cómo voy a sobrevivir?”.
No supe cómo responder a su pregunta desesperada. Sin
embargo, en las últimas dos semanas he escuchado repetidamente esa misma
pregunta en conversaciones con muchos de mis amigos artistas de Nueva
York y de otros lugares. Aunque reciben una ayuda financiera simbólica
del Gobierno federal, saben que, cuando Estados Unidos vuelva al
trabajo, ellos estarán hasta el cuello de deudas. Y una vez que la
moratoria de desalojos termine, corren el riesgo de irse a la calle.
Gracias a los defensores de la economía de suministro y a los adoradores
de Milton Friedman que han dictado la política fiscal americana durante
los últimos cuarenta años, ahora vivimos en una versión high-tech
del capitalismo del siglo XIX, alimentada por un poderoso subtexto de
darwinismo social. Dentro de algún tiempo, cuando todos seamos polvo, no
me sorprendería que los historiadores del futuro escribieran: “Cuando
una amenaza viral invisible se extendió por el país a principios de
2020, mostró con despiadada claridad lo moribundo que se había vuelto el
tan elogiado sueño americano”.
miércoles, 1 de abril de 2020
“Necesitamos cooperación mundial para detener el contagio”
Transcripción y traducción de una entrevista en vídeo
de Amy Goodman para Democracy Now a la doctora Michele Barry, directora
del Centro de Innovación en Salud Global de la Universidad de Stanford,
futura presidenta del Consorcio de Universidad por la Salud Global y la
presidenta de la Sociedad Americana de Medicina Tropical.
[A día de hoy, 20 de marzo] la cifra total de víctimas mortales de la
actual pandemia de coronavirus asciende a 10.000, con casi un cuarto de
millón de casos confirmados de COVID-19. Los fallecidos en Italia han
superado ya los de China, con más de 3.400 muertos y más de 41.000 casos
confirmados. En Irán, la nación más afectada del Medio Oriente, el
ministro de Sanidad afirmó que el número de fallecidos es de 1.300, por
lo que muere una persona cada 10 minutos y se infectan 50 cada hora. En
Centroamérica, se han confirmado los primeros casos en El Salvador y en
Nicaragua. Sudamérica tiene cerca de mil infectados confirmados, Brasil,
Chile y Perú anunciaron cientos de casos. Venezuela ha convocado una
cuarentena nacional. En África ya hay 700 casos y el jefe de la
Organización Mundial de la Salud ha dicho que África debe “despertar
ante la amenaza del coronavirus y prepararse para lo peor”.
En Estados Unidos, los casos confirmados se han duplicado en los últimos dos días. Nueva York se ha convertido en el epicentro de la pandemia con más de 5.200, el número más elevado del país; mientras que en California, el gobernador Gavin Newsom ordenó el jueves 19 de marzo a los 40 millones de residentes que se quedaran en sus casas con efecto inmediato.
Más de 22 millones de personas se enfrentarán a la infección en California durante las próximas ocho semanas. Asimismo, el gobernador Newsom estimó que la capacidad de los hospitales públicos es de 20.000 camas menos de las que se necesitarán en el pico de la pandemia.
Antes de comenzar con la imagen global, ¿podría explicarnos de dónde viene el término “COVID-19”, qué significa y qué tipos de coronavirus hay?
El nombre coronavirus hace referencia a una serie de virus que se encuentran en los murciélagos. Hay unas 1.300 especies de murciélagos y, en cualquier momento, se pueden identificar entre seis y ocho coronavirus diferentes circulando por estos mamíferos. Sin embargo, solo se conocen siete coronavirus que infecten a las personas, de los que conocemos en profundidad cuatro. Todos estos virus causan un catarro común, aunque hay tres con efectos más letales: SARS1, SARS2 y MERS. El término corona proviene del halo que se observa alrededor del virus, que se puede identificar como una serie de pinchos que salen de este cuando es observado en un microscopio electrónico.
¿Qué significa COVID-19 entonces?
Es una enfermedad que se incluye entre los coronavirus y que empezó en 2019. Algunas personas adjuntan la palabra novel delante, pero en cualquier caso es un sinónimo del llamado SARS2, un grave síndrome respiratorio agudo. Es también el segundo coronavirus que hemos visto causar una afección respiratoria de esta índole.
Hablemos sobre los lugares más duramente afectados por la pandemia. Antes de la entrevista, comentábamos que Italia ha superado a China. ¿Qué tal si nos hace un pequeño recorrido por el mundo? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué es Italia o, mejor dicho, Europa el epicentro? ¿Por qué Irán está tan afectado ahora? ¿Cómo se desenvolvió todo esto?
Bueno, es un tema interesante. Me gustaría dar un paso atrás para poder mirar con mayor perspectiva la situación completa, ya que mis mayores inquietudes son las intersecciones entre salud y clima, así como la salud planetaria. Sé que estamos obsesionados con este virus, pero creo que tenemos que reflexionar sobre algunas de las actividades características del Antropoceno que han afectado al planeta. Hemos cambiado la ecología de nuestras relaciones con el resto de animales, lo que explica el hecho de que si miramos la mayoría de los virus que han aparecido durante los últimos cien años observamos que son de tipo zoonosis o, lo que es lo mismo, han sido contagiados por animales.
Los animales amplificadores suelen vivir íntimamente unidos a los humanos para, después, contagiarles. En el caso del SARS1, el amplificador probablemente fuera un gato algalia con usos comerciales y desconocemos si hay algún otro animal que haya funcionado como tal. Durante un tiempo se pensó que el SARS2 había sido amplificado por un pangolín, un animal con el que se trafica habitualmente. Ahora sabemos que probablemente no sea cierto, por lo que se desconoce cómo comenzó exactamente la infección en el mercado de marisco de Hunan donde se encontró por primera vez. Curiosamente, la transmisión humana del SARS1 también comenzó en un mercado de marisco en China.
Quiero insistir en que deberíamos estar vigilando mejor a nuestros animales, además de implicarnos mucho más en el cuidado de nuestro planeta. La gran epidemia del virus Nipah tiene mucho que ver con la deforestación y con que los murciélagos convivan de manera cercana con ciertos animales, lo que facilita la aparición de nuevos virus novel.
¿Hay alguna conexión con el cambio climático y con la crisis climática?
Sí, es un asunto importante. El cambio climático, la deforestación y la cambiante ecología son cruciales para entender cómo se están transformando las relaciones entre humanos y animales. Podemos tomar como ejemplo el brote de Zika ocurrido hace unos años en el norte de Brasil. Se discutió mucho sobre cómo la deforestación pudo haber tenido un papel importante o sobre cómo el aumento de temperaturas pudo implicar un cambio en los vectores de transmisión, mosquitos en ese caso. Cuando la situación del SARS2 se tranquilice –ahora estamos en el punto álgido de la epidemia– tendremos que prestar más atención a esto que llamo salud humana y planetaria. En Stanford estamos, de hecho, intentando generar un nuevo centro de estudio en esta línea, así como una nueva beca de posgrado para justamente estudiar este cambio en la ecología humana.
Antes de recorrer las situaciones en otros puntos del planeta, ¿nos podría explicar qué significa cuarentena?
Creo que hay muchas maneras distintas de entender qué significan cuarentena y aislamiento. La palabra cuarentena viene de la palabra italiana quaranta, o cuarenta días. Es el número de días que debía quedarse un barco en el puerto antes de entrar a Venecia durante la Peste Negra. El aislamiento se le aplica a una persona enferma, mientras que la cuarentena sirve para cuando se ha estado cerca de un enfermo y consiste en quedarse en casa y minimizar los contactos con la familia y con otras personas durante 14 días.
Bien, hablemos de Italia. ¿Por qué está tan gravemente afectada? ¿Por qué es el epicentro ahora mismo? Superó a China, país con el que tiene cierta relación. ¿Cuál es esta conexión? También podría compararse la situación con la de Corea del Sur.
Sí, solo podemos especular sobre por qué Italia está tan gravemente afectada. Tampoco quiero decir nada porque tengo muchos compañeros italianos que están trabajando muy intensamente para tratar de controlar la epidemia. La mayoría creemos que las medidas fueron tomadas demasiado tarde. Estas medidas, claro, no incluyen vacunas o ningún tratamiento efectivo, sino básicamente cuarentena y aislamiento, buena comunicación y transparencia, pruebas y vigilancia.
Creo que lo que Corea del Sur, Taiwán y Singapur han hecho para marcar la diferencia es comenzar pronto con las pruebas y con la vigilancia, poner en cuarentena a quienes habían tenido contacto con algún afectado y aislar a los enfermos. Es asombroso fijarse en los datos de lo que Wuhan consiguió, su aislamiento y su cuarentena fueron mucho más agresivos que en Italia, pero también resultaron mucho más efectivos, y esto tiene que ver también con medidas que van más allá de lo gubernamental. Por las razones que fueran –diferencias culturales, la aceptación social de aislarse o de usar mascarillas–, lo cierto es que Italia actuó con retraso.
Creo que nosotros, en California, estamos tratando de ser lo más radicales y ágiles posible, especialmente en mi condado, Santa Clara, que se convirtió tempranamente en el epicentro. Debo reconocerle el mérito a Sara Cody, nuestra encargada de salud pública, que instauró muy pronto el aislamiento, una intervención no farmacológica de gran importancia.
Además, pienso que es fundamental una coordinación muy fuertemente centralizada. En este texto publicado en JAMA, Jason Wang describe la temprana estrategia de Taiwán, basada en dicha coordinación centralizada: los ministros de trabajo, de educación y de transporte comenzaron a trabajar colaborativamente para poder informar adecuadamente a la ciudadanía.
¿Y hay alguna conexión particular entre Italia y China? Quizás movimientos entre las poblaciones, las cadenas de suministros o empresas localizadas en China pero que atienden a ciudadanos italianos, estadounidenses, etc.
Se movilizó una impresionante cantidad de mano de obra para detener la transmisión en China, como los 40.000 médicos que fueron trasladados a la zona de Wuhan. Además, contaron con miles de epidemiólogos, organizados en equipos de cinco especialistas; cada equipo encargado de hacer el seguimiento de los contactos de un solo paciente. No creo que Italia disponga de ese capital humano, ciertamente es insuficiente si solo cuenta con sus propios médicos y enfermeros.
Muchos de nosotros, en Estados Unidos, estamos preocupados por la posibilidad de que nuestros sistemas sanitarios se saturen. Mucho se ha hablado últimamente sobre bajar la curva de contagio. ¿Qué significa esto? No implica necesariamente curar la enfermedad, pero sí evita que se saturen los hospitales, siendo esta nuestra principal preocupación ahora. (Ya han comenzado a faltar hisopos nasales para realizar las pruebas) Estamos, de hecho, muy retrasados a este respecto: Corea del Sur realizó pruebas a 5.000 personas por millón de personas, mientras que nosotros no llegamos a las cien pruebas por millón de habitantes.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Se supone que Estados Unidos es el líder mundial. ¿Ha sido la combinación de los enfoques anticientífico y nacionalista, o directamente xenófobo, del presidente Trump? Quiero decir, ¿no han usado estos países las pruebas que diseñó la OMS y que, sin embargo, Estados Unidos rechazó, prefiriendo usar la del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades Infecciosas (CDC), que ha resultado ser defectuosa?
Sobre eso no puedo comentar mucho, ya que no he estado involucrada en esa decisión. Es, desde luego, ridículo que no tengamos suficientes pruebas y que no podamos realizarlas de manera más extensiva. No ha ayudado tener un presidente que no cree en la ciencia y que de hecho llegó a llamar “timo” a todo esto. Así que sí, es preocupante. Pero no puedo añadir nada sobre cómo se desarrollaron estas intrigas. Nuestro CDC y muchos de mis colegas trabajan sin descanso para mantener el coronavirus a raya.
En los casos de epidemias, es fundamental contar con lo que yo llamo una administración global o compartida de la salud mundial. El presupuesto de la Organización Mundial de la Salud es menor que el de muchos de nuestros hospitales. Incluso en Estados Unidos, nuestro grupo por excelencia, el CDC, no tiene permiso para entrar en ningún estado sin invitación previa del mismo. Tenemos una tradición federal en el que los estados son realmente la vanguardia en temas de salud pública. Incluso dentro de California, nuestro condado tiene recomendaciones diferentes que las del vecino. Cada condado está tomando sus propias decisiones.
Creo que lo que es tan increíblemente poderoso de algunos de los países que han logrado contener esto, como Singapur, Taiwán y China, es su coordinación central. Podemos criticarles por draconianos, pero no deja de ser impresionante el caso de Taiwán, un país pequeño que colinda con China, y que aun así consiguió controlar la situación mediante su Comando Central de la Sanidad Nacional.
En cualquier caso, y a pesar de que apenas se comente, estos países que han obrado tan bien habían tenido ya la experiencia del SARS1, por lo que estaban más preparados. Por ejemplo, había clínicas especializadas en pacientes febriles: si los pacientes tenían fiebre en cualquier otro lugar se les transfería inmediatamente a estos centros. También tienen la capacidad de construir hospitales rápidamente, de la que nosotros carecemos. Fueron capaces de aislar a los enfermos y de no devolverles a sus unidades familiares. Si nos fijamos en los datos del caso chino, la mayoría de los contagios ocurrieron en los núcleos familiares y no necesariamente en las guarderías y escuelas, como solemos pensar. De esta manera, aislar a los enfermos se convierte en una medida clave.
Por otro lado, tenemos un problema en este país con las personas sin hogar. Comentándolo con la encargada de salud pública de mi condado, me indicó que está trabajando intensamente para conseguir hoteles, comprar caravanas y, en definitiva, buscar maneras de aislar a nuestra población vagabunda para evitar su contagio.
¿Qué ocurrió en Irán?
El caso de Irán es el de una perfecta bomba de relojería compuesta por el entrecruzamiento de la religión, de la política y de la salud pública. Que la situación en Irán estallara así tiene que ver con que en la ciudad de Qom hay un importante lugar de peregrinación que, según mis colegas iraníes, recibió a unos 700 peregrinos chinos de la provincia de Hubei. La manera de rendir tributo en este lugar sagrado consiste en besarlo o lamerlo, lo que evidencia la facilidad con la que se ha transmitido el virus. Según estos colegas me comentaban, ha sido difícil, incluso en medio de la epidemia, simplemente cortar el acceso a este sitio religioso. En Corea del Sur la religión también ha tenido un papel importante: el primer núcleo de contagio fue en una iglesia, donde las concentraciones de personas tienden a ser grandes. Incluso en Nueva York, corrígeme si me equivoco, ha habido graves problemas con la población judía ortodoxa, ya que hubo un brote importante en la comunidad jasídica.
Ahora me gustaría que hablara sobre África, a la que también se ha referido en alguna ocasión como “una bomba a punto de explotar”.
Sí, estoy preocupada por dos bombas a punto de explotar: África y también la India. No hemos oído mucho sobre esta última y ya sabes que son más de mil millones de personas en un espacio geográfico relativamente pequeño [El 24 de marzo el gobierno indio ordenó por televisión el confinamiento de toda la población durante 21 días].
Pero la gravedad en África tiene que ver con la capacidad del sistema sanitario, la dificultad para hacer pruebas y tener una buena vigilancia. Durante mucho tiempo estuve trabajando en África subsahariana, por lo que conozco la situación. Estamos extremadamente preocupados por ver cómo se comienza a desarrollar en Sudáfrica. Los últimos datos que he recibido, que pueden estar ya un poco desfasados, indican que solo 40 de 54 países pueden realizar las pruebas del COVID-19 o SARS2.
Este no es el único coronavirus que vamos a ver. No podremos superar la epidemia a no ser que prestemos atención, y soy bastante inflexible en esto, a este concepto de una salud única, que no pierda de vista las intersecciones entre animales, medio ambiente y salud humana. Aunque creamos que esta es la grande, no lo es, la fuerte será tipo gripe y se transmitirá por el aire, al contrario que esta, cuya transmisión se basa en las gotas.
¿Qué significa que se transmitirá por el aire y no por gotas? ¿Está el coronavirus no solo relacionado con alguien tosiendo, estornudando o arrojando gotas de alguna manera sobre otra persona, sino también con el tema de la aerosolización?
Sí, el SARS2 puede propagarse cuando se realiza un procedimiento que implica una aerosolización masiva, como cuando se intuba a alguien. Es por esta razón por la que el personal sanitario es vulnerable al contagio; de hecho, en China se infectaron 4.000 sanitarios. La aerosolización tiene que ver con el tamaño de las gotas y con cómo quedan suspendidas en el aire. Las gotas del SARS2 o COVID-19 son grandes y pueden recorrer casi dos metros, lo cual determinó la distancia de seguridad instaurada entre personas. En el SARS1 las diseminaciones iniciales fueron de origen fecal, lo que generó un problema en los aseos del edificio residencial de Hong Kong en el que se produjo el brote. Así, la diseminación fecal del SARS1 es un elemento importante cuando tenemos aseos defectuosos y heces aerosolizadas. El COVID-19 se excreta en las heces, pero no es una manera común de contagio, principalmente porque la diarrea no es un síntoma habitual. Así que sí, potencialmente el COVID-19 puede aerosolizarse, pero tan solo ocurre en procedimientos muy concretos.
Me gustaría que ahora analizáramos en profundidad la respuesta de Estados Unidos al coronavirus. El presidente Donald Trump trató de eludir las críticas a su desastrosa administración de la crisis sanitaria, tanto ensañándose con China como con la prensa, a cuyas noticias se refirió como “falsas” y “corruptas”.
Ojalá nuestra respuesta hubiera sido mucho más agresiva. Si bien aquí estamos aún en un momento inicial, es absolutamente aterrador que la curva de contagios esté empezando a comportarse como en Italia. Estoy especialmente preocupada por Nueva York, una ciudad en la que el brote está siendo particularmente rápido, y por el estado en el que vivo, California, cuyo gobernador ha sido lo suficientemente atrevido como para pedir que la población se quede en casa. Precisamos el uso masivo de las que estamos llamando intervenciones no farmacológicas, especialmente ahora que no hay buenas propuestas farmacológicas: pruebas, pruebas, pruebas, aislamiento y cuarentena. Desafortunadamente, no estamos mejorando en la realización de pruebas, lo cual nos resulta incomprensible a los profesionales de la salud.
Explíquenos por qué son importantes las pruebas.
Porque para poder aplicar efectivamente las intervenciones no farmacológicas (aislamiento de los enfermos, cuarentena para quien haya tenido un contacto) necesitamos saber quién da positivo en las pruebas. Actualmente se están haciendo pruebas con una fiabilidad de tan solo un 70 o 75%, lo que hace aún más crucial averiguar quién da positivo, así como aislar y poner en cuarentena particularmente a nuestros mayores, quienes tienen las tasas de mortalidad más elevadas. Se ha estado llamando jocosamente al virus “boomer remover” (“quita-boomers”), justamente porque es para los mayores de 60 para los que el virus es fatal.
Tiene un informe, centrado en el caso francés e italiano, en el que indica que en estos países los millennials están también muy afectados. En las UCI francesas hay bastantes jóvenes, si no me equivoco.
Correcto. Es muy importante recordar que los millennials no son inmunes, especialmente cuando se está viendo a muchos irse de vacaciones de primavera. Según los datos extraídos de China, Singapur e Italia, efectivamente son los mayores los que mueren, pero los millennials también están enfermando, así como los bebés y los niños. A pesar de que son los que menos síntomas del COVID-19 presentan y, en general, los que tienen menos complicaciones, hay un pequeño porcentaje que también acaba siendo hospitalizado. Se trata, desafortunadamente, de un grupo de edad que se cree invencible y que se va de vacaciones en medio de esta crisis. Tengo entendido que en Miami y en Keys está habiendo problemas con estos jóvenes que no toman las medidas adecuadas.
El gobernador republicano de Florida se ha negado a cerrar las playas –lo que impacta a muchos– mientras su senador Rick Scott ha sido puesto en aislamiento.
Creo que eso es jugar a lavarse las manos.
El alcalde de Nueva york, Bill de Blasio, ha afirmado: “Necesitamos 3 millones de mascarillas N95, 50 millones de mascarillas quirúrgicas, 15.000 ventiladores, además de 25 millones de batas quirúrgicas, monos, guantes y mascarillas como equipo de protección para los trabajadores sanitarios y de primeros auxilios. Necesitamos grandísimas cantidades de todo esto”. Por todo el país se está recomendando a los sanitarios que reutilicen las mascarillas con filtro N95 como medida frente al crítico desabastecimiento. El presidente Trump dijo haber pedido 500 millones de mascarillas, pero los artículos de Bloomberg News señalan que podrían tardar hasta 18 meses en llegar. Por supuesto, hace dos semanas, dijo que esa misma semana habría millones de pruebas disponibles para ser usadas, lo que se reveló totalmente como una mentira. ¿Podría hablarnos del papel del gobierno federal y sobre qué cree que hay que hacer? Lleva mucho tiempo abanderando importantes medidas de salud pública que incluso presentó en el Congreso.
Sí, durante la epidemia del ébola propuse la generación de una fuerza especial de la OMS para emergencias sanitarias y de un brazo médico de los Cuerpos de Paz. Para esto último, presenté un proyecto de ley al senador Durbin que, lamentablemente, fue desestimado.
También resulta desalentador que la administración Trump haya desmantelado el modelo de gestión de pandemias –lo que negó el presidente, a pesar de ser cierto–, además de intentar lo mismo con la preparación de los hospitales y de eliminar esa parte del CDC. Necesitamos reforzar todo esto.
Además, abogaría por una fuerza de seguridad sanitaria global, quizás en forma de una liga de las Naciones Unidas preparada para enfrentarse a la aparición de nuevos virus, justamente porque en este mundo globalizado los virus no entienden de fronteras y no pueden ser combatidos con xenofobia. En definitiva, se trata de una amenaza existencial que afecta a toda la humanidad, al Homo sapiens.
Resulta interesante ver cómo escala la retórica de Trump contra China –“virus chino” llama al COVID-19– y cómo Bolsonaro, su aliado de extrema derecha y presidente de Brasil, empieza a usar el mismo lenguaje ahora que la tasa de infección aumenta en su país, tal y como la embajada china le ha hecho notar. ¿Qué tenemos que aprender de China, ahora vapuleada por Trump? ¿Está informada de que no usaremos la vital información que llega desde este país en relación con la contención del virus?
Desconozco qué pasa por las orejas y por el cerebro de Trump, pero todos nosotros estamos leyendo con avidez todo lo que llega desde China para identificar qué hicieron bien y qué podemos hacer en Estados Unidos para aplanar la curva y contener la enfermedad. En Singapur no llegaron a cerrar los colegios ni a interrumpir sus vidas, sino que se apoyaron en políticas de vigilancia enérgica, cuarentena intensiva y solidaridad comunitaria, lo que muestra la importancia de tener buenos servicios sanitarios públicos. Quizás esta sea una llamada de atención a nuestro país y haya llegado momento de construir buenas infraestrucuras de sanidad pública desde arriba, ya que francamente no estábamos preparados. No queremos nada del gobierno hasta que empieza una epidemia o un huracán y, entonces, de repente el gobierno importa.
El presidente Trump ha atacado a los gobernadores que están rogando ayuda de todo tipo. Ha dicho que está movilizando dos barcos, el Comfort y el Mercy, uno para Seattle y otro para Nueva York, pero en realidad están en reparación y podrían tardar semanas en estar disponibles. Los gobernadores insisten en que el presidente cumpla con su papel, a lo que este responde: “No estamos aquí para encargar nada para vosotros. No somos vuestros secretarios.” Coméntenos cómo sería para usted un sistema ideal para nuestro país y cómo podría encajar aquí “Medicare for All”.
Definitivamente “Medicare for All” encaja con lo que he ido diciendo, ya que si no cuidamos de todos los sectores de la población no será posible controlar el virus. Los virus no saben de clases económicas, lo que no evita que sean las poblaciones más vulnerables y que más hacinadas viven las que más dificultades van a tener para contenerlo y las que más afectadas serán. Para defendernos de este virus y de cualquier otra amenaza que se pueda presentar precisamos solidaridad comunitaria. El cambio climático, la contaminación del aire, así como muchos otros asuntos también deben afrontarse desde una gobernanza global y no país a país.
Algunas personas y colectivos, como Chesa Boudin –nuevo fiscal de San Francisco–, grupos abolicionistas y grupos de ayuda mutua, están pidiendo la liberación de los presos de las cárceles y de los centros de detención de inmigrantes. En Estados Unidos se encuentra la población presa proporcionalmente más grande del mundo.
Sí, son placas de Petri, quiero decir, están en incubación. Si bien hay aislamiento social en algunas prisiones, una vez comienza a expandirse el virus por una población que come junta y que no puede mantener los dos metros de seguridad nos podemos encontrar con un grave problema. De nuevo, necesitamos un enfoque centralizado, tanto para la salud en las prisiones como para las infraestructuras sanitarias públicas a nivel comunitario y federal.
¿Podría comentarnos qué está ocurriendo en algunos países africanos? ¿Están creciendo los casos de manera exponencial? ¿Es simplemente porque no pueden realizar pruebas?
No creo que se pueda reducir a las pruebas, sino que las ramificaciones económicas –de las que habló Joe Stiglitz–, la dificultad para mantener las cadenas de suministros alimentarios y la incapacidad de aislar a las personas también será devastador para el continente. Queda la esperanza de que, al tratarse de un continente joven, la mortalidad no sea tan elevada como en Italia, un país con una población envejecida y donde la mortalidad se concentra por encima de los 70 años.
Además están todas las inquietudes sobre los millones de refugiados viviendo en campos sobrepoblados e insalubres, incluyendo un millón de refugiados sudaneses del Sur y congoleños que se encuentran en Uganda.
Es absolutamente imposible el aislamiento, por lo que, y a pesar de ser una población joven, es devastador lo que puede ocurrir. Acabo de volver de la frontera de Tijuana, donde ofrecíamos atención sanitaria a los migrantes, por lo que pude ver sus condiciones de vida: están viviendo en grandes iglesias o en tiendas de campaña abarrotadas. En cuanto llegue el virus será el desastre.
La política del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ha sido de continuar, hasta esta semana, moviendo a los inmigrantes para deportarles a pesar de las órdenes de aislamiento en casa. Ahora están diciendo que no deportarán a los inmigrantes que no hayan cometido ningún crimen, sin embargo, para la ley estadounidense cruzar la frontera ya es un delito. Esta es la amenaza pública de la que nos habla Trump: simplemente llegar a este país buscando asilo fruto de la desesperación.
Estoy totalmente de acuerdo contigo, pero creo que debemos concentrarnos en establecer medidas de salud pública que realmente mitiguen la crisis y que estén orientadas a cuidar de nuestras poblaciones vulnerables y no solo de los ricos. Se está discutiendo en mi rincón del mundo, Silicon Valley, sobre si existe desigualdad en el acceso a las pruebas del COVID-19. Trabajamos ardua y apresuradamente para evitar que estas situaciones se produzcan.
¿Es cierto que el ibuprofeno puede hacerte más vulnerable al virus? No me gustaría extender bulos sobre este tema.
Esa información –falsa, como comenté en The New York Times– se publicó en una carta a The Lancet, pero lo cierto es que no hay sido revisada por pares, no está basada en evidencias y tampoco es un estudio de población. No se trata del único bulo extendido: está empezando a faltar cloroquina o hidroxicloroquina (Plaquenil) en las farmacias.
No es sorprendente, por supuesto, ya que ayer el presidente Trump, subido al estrado de la Casa Blanca frente al dr. Hahn, comisionado de la FDA, anunció que la cloroquina podría ser, no ya una vacuna, sino una cura. Por supuesto, nada más acabar la intervención de Trump, Hahn tomó la palabra para plantear preguntas sobre esto. Explíquenos por qué están hablando así de este medicamento contra la malaria.
Como médico especialista en enfermedades tropicales, tengo mucha experiencia con la cloroquina: básicamente es un medicamento barato que potencialmente podría mitigar la enfermedad, al alterar la manera en la que el SARS2 se fija a las células, según los estudios in vitro. Por eso se usó en China, a pesar de no haberse demostrado sus beneficios en un buen ensayo aleatorizado. Se realizó un ensayo en Francia en el que solo participaron entre seis y nueve pacientes, lo cual es claramente insuficiente. Es una negligencia por parte de Trump afirmar que esta es una cura para la enfermedad. Se está generando un ensayo controlado aleatorizado en Estados Unidos: la población debería intentar participar en este ensayo clínico. Quizás se pueda probar como un tratamiento profiláctico, tal y como funcionó en el caso de la malaria, pero dudo que sea la cura de la enfermedad. El funcionamiento del ciclo de los parásitos de la malaria es completamente diferente al del COVID-19, por lo que no podemos sacar conclusiones precipitadas. Las prematuras afirmaciones del presidente son las que han provocado los efectos que ahora vemos en el mercado.
¿Se puede uno reinfectar del COVID-19? ¿Podemos usar los anticuerpos de aquellos que se han recuperado como parte de un suero para otras personas?
Creo que sería de gran utilidad realizar análisis de sangre para evaluar si se están generando anticuerpos y cuáles son los niveles de inmunidad de las personas que ya se han recuperado. Mirando la situación china, no parece que se estén produciendo reinfecciones. Se identificaron un par de casos, uno de ellos en Japón, pero no podemos confirmar si verdaderamente se trataba de una reinfección, o simplemente de una recaída o de partículas víricas no infecciosas recogidas en las pruebas.
En relación con la segunda pregunta, China ha estado utilizando sueros con una combinación de inmunoglobulina o distintos anticuerpos. En medio de la epidemia, por supuesto, no se pudieron realizar los correspondientes ensayos clínicos, que probablemente ahora se estén comenzando en Estados Unidos, tal y como ya se está haciendo con el Remdesivir, la cloroquina y otros tantos medicamentos. Hemos entrado en una carrera para producir el mejor medicamento.
¿Cómo sería erigir una especie de Proyecto Manhattan en este país? Hablaba de la importancia de un gobierno federal muy implicado y que generase un Cuerpo de Paz sanitario. La ciudadanía está acostumbrada a que el ejército luche en guerras en el extranjero, ¿cómo es la cuestión, desde un punto de vista militar, de luchar en casa y contra un virus? Volviendo a la pregunta básica: ¿cuál es la manera más efectiva en la que la población se puede proteger a sí misma aquí, en Estados Unidos, y en todo el mundo?
Tal y como dices, se trata de una guerra en la que, en vez de invadir otros países, el ejército debe ser movilizado para asegurarse de que nuestros trabajadores y nuestros servicios sanitarios no se sobrecargan. Estoy muy preocupada por la fatiga crónica que la cuarentena y el aislamiento pueden provocar, así como por los servicios sociales y la salud mental de aquellos que están aislados solos. Un enfoque erróneo sería separar estas acciones por estados o por gobernadores en vez de apostar por la gobernanza federal.
¿Podría indicarnos las pautas para que las personas puedan protegerse a sí mismas y a sus comunidades: lavarse las manos, salir o no salir, incluso cuando no hay nadie más en la calle? ¿Deberíamos encerrarnos en casa, simplemente, y en especial en las ciudades?
Si eres mayor de 60 años deberías quedarte en casa todo lo posible. Si salimos a la calle –y es algo que defiendo hacer por un tema de salud mental– es fundamental asegurarnos de mantener la distancia de seguridad con otras personas. Debemos ser muy cuidadosos al tocar los botones de los ascensores o los pomos de las puertas, especialmente en lugares como Nueva York: evita tocarlos con las manos y, si lo haces, agua y jabón durante 20 segundos deberían bastar, no hay necesidad de enloquecer por la falta de desinfectante. Me gustaría recordar que hubo un importante brote de SARS1 –no de COVID-19, aunque sean similares– en un ascensor, justamente por tocar los botones.
¿Qué más le gustaría añadir?
Estamos todos juntos en esto: debemos trabajar juntos como sociedad por el bien común y recordar que se trata de una carrera de fondo que durará meses y no de un sprint final.
¿Considera entonces que estaremos durante meses aislados en nuestros hogares, con la sociedad, los colegios y los empleos detenidos tanto tiempo?
Si nos fijamos en Wuhan, cuya manera de detener la epidemia fue sin duda efectiva, tardaron dos meses y medio aplicando medidas que no creo que puedan ser viables en Estados Unidos. Así que, insisto de nuevo en la importancia de rescatar todo aquello que hicieron bien, en la manera en la que enfocaron la epidemia mis colegas del extranjero, así como de tomar muy en serio las indicaciones de aislarse en casa de los encargados de salud pública.
Dónde puede encontrar la gente información veraz?
Depende de las necesidades de cada persona: si eres un empleador que no sabe cómo lidiar con los empleados, la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (agencia del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos) tiene una página web muy adecuada; para indicaciones más generales y muy bien redactadas recomiendo la página del CDC. Recomiendo revisar estas páginas diariamente, ya que van siendo actualizadas.
Fuente: https://ctxt.es/es/20200302/Politica/31777/sars-coronavirus-michelle-barry-entrevista-salud-experta-covid-amy-goodman-democracy-now.htm
![]() |
Stanford Medicine |
En Estados Unidos, los casos confirmados se han duplicado en los últimos dos días. Nueva York se ha convertido en el epicentro de la pandemia con más de 5.200, el número más elevado del país; mientras que en California, el gobernador Gavin Newsom ordenó el jueves 19 de marzo a los 40 millones de residentes que se quedaran en sus casas con efecto inmediato.
Más de 22 millones de personas se enfrentarán a la infección en California durante las próximas ocho semanas. Asimismo, el gobernador Newsom estimó que la capacidad de los hospitales públicos es de 20.000 camas menos de las que se necesitarán en el pico de la pandemia.
Antes de comenzar con la imagen global, ¿podría explicarnos de dónde viene el término “COVID-19”, qué significa y qué tipos de coronavirus hay?
El nombre coronavirus hace referencia a una serie de virus que se encuentran en los murciélagos. Hay unas 1.300 especies de murciélagos y, en cualquier momento, se pueden identificar entre seis y ocho coronavirus diferentes circulando por estos mamíferos. Sin embargo, solo se conocen siete coronavirus que infecten a las personas, de los que conocemos en profundidad cuatro. Todos estos virus causan un catarro común, aunque hay tres con efectos más letales: SARS1, SARS2 y MERS. El término corona proviene del halo que se observa alrededor del virus, que se puede identificar como una serie de pinchos que salen de este cuando es observado en un microscopio electrónico.
¿Qué significa COVID-19 entonces?
Es una enfermedad que se incluye entre los coronavirus y que empezó en 2019. Algunas personas adjuntan la palabra novel delante, pero en cualquier caso es un sinónimo del llamado SARS2, un grave síndrome respiratorio agudo. Es también el segundo coronavirus que hemos visto causar una afección respiratoria de esta índole.
Hablemos sobre los lugares más duramente afectados por la pandemia. Antes de la entrevista, comentábamos que Italia ha superado a China. ¿Qué tal si nos hace un pequeño recorrido por el mundo? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué es Italia o, mejor dicho, Europa el epicentro? ¿Por qué Irán está tan afectado ahora? ¿Cómo se desenvolvió todo esto?
Bueno, es un tema interesante. Me gustaría dar un paso atrás para poder mirar con mayor perspectiva la situación completa, ya que mis mayores inquietudes son las intersecciones entre salud y clima, así como la salud planetaria. Sé que estamos obsesionados con este virus, pero creo que tenemos que reflexionar sobre algunas de las actividades características del Antropoceno que han afectado al planeta. Hemos cambiado la ecología de nuestras relaciones con el resto de animales, lo que explica el hecho de que si miramos la mayoría de los virus que han aparecido durante los últimos cien años observamos que son de tipo zoonosis o, lo que es lo mismo, han sido contagiados por animales.
Los animales amplificadores suelen vivir íntimamente unidos a los humanos para, después, contagiarles. En el caso del SARS1, el amplificador probablemente fuera un gato algalia con usos comerciales y desconocemos si hay algún otro animal que haya funcionado como tal. Durante un tiempo se pensó que el SARS2 había sido amplificado por un pangolín, un animal con el que se trafica habitualmente. Ahora sabemos que probablemente no sea cierto, por lo que se desconoce cómo comenzó exactamente la infección en el mercado de marisco de Hunan donde se encontró por primera vez. Curiosamente, la transmisión humana del SARS1 también comenzó en un mercado de marisco en China.
Quiero insistir en que deberíamos estar vigilando mejor a nuestros animales, además de implicarnos mucho más en el cuidado de nuestro planeta. La gran epidemia del virus Nipah tiene mucho que ver con la deforestación y con que los murciélagos convivan de manera cercana con ciertos animales, lo que facilita la aparición de nuevos virus novel.
¿Hay alguna conexión con el cambio climático y con la crisis climática?
Sí, es un asunto importante. El cambio climático, la deforestación y la cambiante ecología son cruciales para entender cómo se están transformando las relaciones entre humanos y animales. Podemos tomar como ejemplo el brote de Zika ocurrido hace unos años en el norte de Brasil. Se discutió mucho sobre cómo la deforestación pudo haber tenido un papel importante o sobre cómo el aumento de temperaturas pudo implicar un cambio en los vectores de transmisión, mosquitos en ese caso. Cuando la situación del SARS2 se tranquilice –ahora estamos en el punto álgido de la epidemia– tendremos que prestar más atención a esto que llamo salud humana y planetaria. En Stanford estamos, de hecho, intentando generar un nuevo centro de estudio en esta línea, así como una nueva beca de posgrado para justamente estudiar este cambio en la ecología humana.
Antes de recorrer las situaciones en otros puntos del planeta, ¿nos podría explicar qué significa cuarentena?
Creo que hay muchas maneras distintas de entender qué significan cuarentena y aislamiento. La palabra cuarentena viene de la palabra italiana quaranta, o cuarenta días. Es el número de días que debía quedarse un barco en el puerto antes de entrar a Venecia durante la Peste Negra. El aislamiento se le aplica a una persona enferma, mientras que la cuarentena sirve para cuando se ha estado cerca de un enfermo y consiste en quedarse en casa y minimizar los contactos con la familia y con otras personas durante 14 días.
Bien, hablemos de Italia. ¿Por qué está tan gravemente afectada? ¿Por qué es el epicentro ahora mismo? Superó a China, país con el que tiene cierta relación. ¿Cuál es esta conexión? También podría compararse la situación con la de Corea del Sur.
Sí, solo podemos especular sobre por qué Italia está tan gravemente afectada. Tampoco quiero decir nada porque tengo muchos compañeros italianos que están trabajando muy intensamente para tratar de controlar la epidemia. La mayoría creemos que las medidas fueron tomadas demasiado tarde. Estas medidas, claro, no incluyen vacunas o ningún tratamiento efectivo, sino básicamente cuarentena y aislamiento, buena comunicación y transparencia, pruebas y vigilancia.
Creo que lo que Corea del Sur, Taiwán y Singapur han hecho para marcar la diferencia es comenzar pronto con las pruebas y con la vigilancia, poner en cuarentena a quienes habían tenido contacto con algún afectado y aislar a los enfermos. Es asombroso fijarse en los datos de lo que Wuhan consiguió, su aislamiento y su cuarentena fueron mucho más agresivos que en Italia, pero también resultaron mucho más efectivos, y esto tiene que ver también con medidas que van más allá de lo gubernamental. Por las razones que fueran –diferencias culturales, la aceptación social de aislarse o de usar mascarillas–, lo cierto es que Italia actuó con retraso.
Creo que nosotros, en California, estamos tratando de ser lo más radicales y ágiles posible, especialmente en mi condado, Santa Clara, que se convirtió tempranamente en el epicentro. Debo reconocerle el mérito a Sara Cody, nuestra encargada de salud pública, que instauró muy pronto el aislamiento, una intervención no farmacológica de gran importancia.
Además, pienso que es fundamental una coordinación muy fuertemente centralizada. En este texto publicado en JAMA, Jason Wang describe la temprana estrategia de Taiwán, basada en dicha coordinación centralizada: los ministros de trabajo, de educación y de transporte comenzaron a trabajar colaborativamente para poder informar adecuadamente a la ciudadanía.
¿Y hay alguna conexión particular entre Italia y China? Quizás movimientos entre las poblaciones, las cadenas de suministros o empresas localizadas en China pero que atienden a ciudadanos italianos, estadounidenses, etc.
Se movilizó una impresionante cantidad de mano de obra para detener la transmisión en China, como los 40.000 médicos que fueron trasladados a la zona de Wuhan. Además, contaron con miles de epidemiólogos, organizados en equipos de cinco especialistas; cada equipo encargado de hacer el seguimiento de los contactos de un solo paciente. No creo que Italia disponga de ese capital humano, ciertamente es insuficiente si solo cuenta con sus propios médicos y enfermeros.
Muchos de nosotros, en Estados Unidos, estamos preocupados por la posibilidad de que nuestros sistemas sanitarios se saturen. Mucho se ha hablado últimamente sobre bajar la curva de contagio. ¿Qué significa esto? No implica necesariamente curar la enfermedad, pero sí evita que se saturen los hospitales, siendo esta nuestra principal preocupación ahora. (Ya han comenzado a faltar hisopos nasales para realizar las pruebas) Estamos, de hecho, muy retrasados a este respecto: Corea del Sur realizó pruebas a 5.000 personas por millón de personas, mientras que nosotros no llegamos a las cien pruebas por millón de habitantes.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Se supone que Estados Unidos es el líder mundial. ¿Ha sido la combinación de los enfoques anticientífico y nacionalista, o directamente xenófobo, del presidente Trump? Quiero decir, ¿no han usado estos países las pruebas que diseñó la OMS y que, sin embargo, Estados Unidos rechazó, prefiriendo usar la del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades Infecciosas (CDC), que ha resultado ser defectuosa?
Sobre eso no puedo comentar mucho, ya que no he estado involucrada en esa decisión. Es, desde luego, ridículo que no tengamos suficientes pruebas y que no podamos realizarlas de manera más extensiva. No ha ayudado tener un presidente que no cree en la ciencia y que de hecho llegó a llamar “timo” a todo esto. Así que sí, es preocupante. Pero no puedo añadir nada sobre cómo se desarrollaron estas intrigas. Nuestro CDC y muchos de mis colegas trabajan sin descanso para mantener el coronavirus a raya.
En los casos de epidemias, es fundamental contar con lo que yo llamo una administración global o compartida de la salud mundial. El presupuesto de la Organización Mundial de la Salud es menor que el de muchos de nuestros hospitales. Incluso en Estados Unidos, nuestro grupo por excelencia, el CDC, no tiene permiso para entrar en ningún estado sin invitación previa del mismo. Tenemos una tradición federal en el que los estados son realmente la vanguardia en temas de salud pública. Incluso dentro de California, nuestro condado tiene recomendaciones diferentes que las del vecino. Cada condado está tomando sus propias decisiones.
Creo que lo que es tan increíblemente poderoso de algunos de los países que han logrado contener esto, como Singapur, Taiwán y China, es su coordinación central. Podemos criticarles por draconianos, pero no deja de ser impresionante el caso de Taiwán, un país pequeño que colinda con China, y que aun así consiguió controlar la situación mediante su Comando Central de la Sanidad Nacional.
En cualquier caso, y a pesar de que apenas se comente, estos países que han obrado tan bien habían tenido ya la experiencia del SARS1, por lo que estaban más preparados. Por ejemplo, había clínicas especializadas en pacientes febriles: si los pacientes tenían fiebre en cualquier otro lugar se les transfería inmediatamente a estos centros. También tienen la capacidad de construir hospitales rápidamente, de la que nosotros carecemos. Fueron capaces de aislar a los enfermos y de no devolverles a sus unidades familiares. Si nos fijamos en los datos del caso chino, la mayoría de los contagios ocurrieron en los núcleos familiares y no necesariamente en las guarderías y escuelas, como solemos pensar. De esta manera, aislar a los enfermos se convierte en una medida clave.
Por otro lado, tenemos un problema en este país con las personas sin hogar. Comentándolo con la encargada de salud pública de mi condado, me indicó que está trabajando intensamente para conseguir hoteles, comprar caravanas y, en definitiva, buscar maneras de aislar a nuestra población vagabunda para evitar su contagio.
¿Qué ocurrió en Irán?
El caso de Irán es el de una perfecta bomba de relojería compuesta por el entrecruzamiento de la religión, de la política y de la salud pública. Que la situación en Irán estallara así tiene que ver con que en la ciudad de Qom hay un importante lugar de peregrinación que, según mis colegas iraníes, recibió a unos 700 peregrinos chinos de la provincia de Hubei. La manera de rendir tributo en este lugar sagrado consiste en besarlo o lamerlo, lo que evidencia la facilidad con la que se ha transmitido el virus. Según estos colegas me comentaban, ha sido difícil, incluso en medio de la epidemia, simplemente cortar el acceso a este sitio religioso. En Corea del Sur la religión también ha tenido un papel importante: el primer núcleo de contagio fue en una iglesia, donde las concentraciones de personas tienden a ser grandes. Incluso en Nueva York, corrígeme si me equivoco, ha habido graves problemas con la población judía ortodoxa, ya que hubo un brote importante en la comunidad jasídica.
Ahora me gustaría que hablara sobre África, a la que también se ha referido en alguna ocasión como “una bomba a punto de explotar”.
Sí, estoy preocupada por dos bombas a punto de explotar: África y también la India. No hemos oído mucho sobre esta última y ya sabes que son más de mil millones de personas en un espacio geográfico relativamente pequeño [El 24 de marzo el gobierno indio ordenó por televisión el confinamiento de toda la población durante 21 días].
Pero la gravedad en África tiene que ver con la capacidad del sistema sanitario, la dificultad para hacer pruebas y tener una buena vigilancia. Durante mucho tiempo estuve trabajando en África subsahariana, por lo que conozco la situación. Estamos extremadamente preocupados por ver cómo se comienza a desarrollar en Sudáfrica. Los últimos datos que he recibido, que pueden estar ya un poco desfasados, indican que solo 40 de 54 países pueden realizar las pruebas del COVID-19 o SARS2.
Este no es el único coronavirus que vamos a ver. No podremos superar la epidemia a no ser que prestemos atención, y soy bastante inflexible en esto, a este concepto de una salud única, que no pierda de vista las intersecciones entre animales, medio ambiente y salud humana. Aunque creamos que esta es la grande, no lo es, la fuerte será tipo gripe y se transmitirá por el aire, al contrario que esta, cuya transmisión se basa en las gotas.
¿Qué significa que se transmitirá por el aire y no por gotas? ¿Está el coronavirus no solo relacionado con alguien tosiendo, estornudando o arrojando gotas de alguna manera sobre otra persona, sino también con el tema de la aerosolización?
Sí, el SARS2 puede propagarse cuando se realiza un procedimiento que implica una aerosolización masiva, como cuando se intuba a alguien. Es por esta razón por la que el personal sanitario es vulnerable al contagio; de hecho, en China se infectaron 4.000 sanitarios. La aerosolización tiene que ver con el tamaño de las gotas y con cómo quedan suspendidas en el aire. Las gotas del SARS2 o COVID-19 son grandes y pueden recorrer casi dos metros, lo cual determinó la distancia de seguridad instaurada entre personas. En el SARS1 las diseminaciones iniciales fueron de origen fecal, lo que generó un problema en los aseos del edificio residencial de Hong Kong en el que se produjo el brote. Así, la diseminación fecal del SARS1 es un elemento importante cuando tenemos aseos defectuosos y heces aerosolizadas. El COVID-19 se excreta en las heces, pero no es una manera común de contagio, principalmente porque la diarrea no es un síntoma habitual. Así que sí, potencialmente el COVID-19 puede aerosolizarse, pero tan solo ocurre en procedimientos muy concretos.
Me gustaría que ahora analizáramos en profundidad la respuesta de Estados Unidos al coronavirus. El presidente Donald Trump trató de eludir las críticas a su desastrosa administración de la crisis sanitaria, tanto ensañándose con China como con la prensa, a cuyas noticias se refirió como “falsas” y “corruptas”.
Ojalá nuestra respuesta hubiera sido mucho más agresiva. Si bien aquí estamos aún en un momento inicial, es absolutamente aterrador que la curva de contagios esté empezando a comportarse como en Italia. Estoy especialmente preocupada por Nueva York, una ciudad en la que el brote está siendo particularmente rápido, y por el estado en el que vivo, California, cuyo gobernador ha sido lo suficientemente atrevido como para pedir que la población se quede en casa. Precisamos el uso masivo de las que estamos llamando intervenciones no farmacológicas, especialmente ahora que no hay buenas propuestas farmacológicas: pruebas, pruebas, pruebas, aislamiento y cuarentena. Desafortunadamente, no estamos mejorando en la realización de pruebas, lo cual nos resulta incomprensible a los profesionales de la salud.
Explíquenos por qué son importantes las pruebas.
Porque para poder aplicar efectivamente las intervenciones no farmacológicas (aislamiento de los enfermos, cuarentena para quien haya tenido un contacto) necesitamos saber quién da positivo en las pruebas. Actualmente se están haciendo pruebas con una fiabilidad de tan solo un 70 o 75%, lo que hace aún más crucial averiguar quién da positivo, así como aislar y poner en cuarentena particularmente a nuestros mayores, quienes tienen las tasas de mortalidad más elevadas. Se ha estado llamando jocosamente al virus “boomer remover” (“quita-boomers”), justamente porque es para los mayores de 60 para los que el virus es fatal.
Tiene un informe, centrado en el caso francés e italiano, en el que indica que en estos países los millennials están también muy afectados. En las UCI francesas hay bastantes jóvenes, si no me equivoco.
Correcto. Es muy importante recordar que los millennials no son inmunes, especialmente cuando se está viendo a muchos irse de vacaciones de primavera. Según los datos extraídos de China, Singapur e Italia, efectivamente son los mayores los que mueren, pero los millennials también están enfermando, así como los bebés y los niños. A pesar de que son los que menos síntomas del COVID-19 presentan y, en general, los que tienen menos complicaciones, hay un pequeño porcentaje que también acaba siendo hospitalizado. Se trata, desafortunadamente, de un grupo de edad que se cree invencible y que se va de vacaciones en medio de esta crisis. Tengo entendido que en Miami y en Keys está habiendo problemas con estos jóvenes que no toman las medidas adecuadas.
El gobernador republicano de Florida se ha negado a cerrar las playas –lo que impacta a muchos– mientras su senador Rick Scott ha sido puesto en aislamiento.
Creo que eso es jugar a lavarse las manos.
El alcalde de Nueva york, Bill de Blasio, ha afirmado: “Necesitamos 3 millones de mascarillas N95, 50 millones de mascarillas quirúrgicas, 15.000 ventiladores, además de 25 millones de batas quirúrgicas, monos, guantes y mascarillas como equipo de protección para los trabajadores sanitarios y de primeros auxilios. Necesitamos grandísimas cantidades de todo esto”. Por todo el país se está recomendando a los sanitarios que reutilicen las mascarillas con filtro N95 como medida frente al crítico desabastecimiento. El presidente Trump dijo haber pedido 500 millones de mascarillas, pero los artículos de Bloomberg News señalan que podrían tardar hasta 18 meses en llegar. Por supuesto, hace dos semanas, dijo que esa misma semana habría millones de pruebas disponibles para ser usadas, lo que se reveló totalmente como una mentira. ¿Podría hablarnos del papel del gobierno federal y sobre qué cree que hay que hacer? Lleva mucho tiempo abanderando importantes medidas de salud pública que incluso presentó en el Congreso.
Sí, durante la epidemia del ébola propuse la generación de una fuerza especial de la OMS para emergencias sanitarias y de un brazo médico de los Cuerpos de Paz. Para esto último, presenté un proyecto de ley al senador Durbin que, lamentablemente, fue desestimado.
También resulta desalentador que la administración Trump haya desmantelado el modelo de gestión de pandemias –lo que negó el presidente, a pesar de ser cierto–, además de intentar lo mismo con la preparación de los hospitales y de eliminar esa parte del CDC. Necesitamos reforzar todo esto.
Además, abogaría por una fuerza de seguridad sanitaria global, quizás en forma de una liga de las Naciones Unidas preparada para enfrentarse a la aparición de nuevos virus, justamente porque en este mundo globalizado los virus no entienden de fronteras y no pueden ser combatidos con xenofobia. En definitiva, se trata de una amenaza existencial que afecta a toda la humanidad, al Homo sapiens.
Resulta interesante ver cómo escala la retórica de Trump contra China –“virus chino” llama al COVID-19– y cómo Bolsonaro, su aliado de extrema derecha y presidente de Brasil, empieza a usar el mismo lenguaje ahora que la tasa de infección aumenta en su país, tal y como la embajada china le ha hecho notar. ¿Qué tenemos que aprender de China, ahora vapuleada por Trump? ¿Está informada de que no usaremos la vital información que llega desde este país en relación con la contención del virus?
Desconozco qué pasa por las orejas y por el cerebro de Trump, pero todos nosotros estamos leyendo con avidez todo lo que llega desde China para identificar qué hicieron bien y qué podemos hacer en Estados Unidos para aplanar la curva y contener la enfermedad. En Singapur no llegaron a cerrar los colegios ni a interrumpir sus vidas, sino que se apoyaron en políticas de vigilancia enérgica, cuarentena intensiva y solidaridad comunitaria, lo que muestra la importancia de tener buenos servicios sanitarios públicos. Quizás esta sea una llamada de atención a nuestro país y haya llegado momento de construir buenas infraestrucuras de sanidad pública desde arriba, ya que francamente no estábamos preparados. No queremos nada del gobierno hasta que empieza una epidemia o un huracán y, entonces, de repente el gobierno importa.
El presidente Trump ha atacado a los gobernadores que están rogando ayuda de todo tipo. Ha dicho que está movilizando dos barcos, el Comfort y el Mercy, uno para Seattle y otro para Nueva York, pero en realidad están en reparación y podrían tardar semanas en estar disponibles. Los gobernadores insisten en que el presidente cumpla con su papel, a lo que este responde: “No estamos aquí para encargar nada para vosotros. No somos vuestros secretarios.” Coméntenos cómo sería para usted un sistema ideal para nuestro país y cómo podría encajar aquí “Medicare for All”.
Definitivamente “Medicare for All” encaja con lo que he ido diciendo, ya que si no cuidamos de todos los sectores de la población no será posible controlar el virus. Los virus no saben de clases económicas, lo que no evita que sean las poblaciones más vulnerables y que más hacinadas viven las que más dificultades van a tener para contenerlo y las que más afectadas serán. Para defendernos de este virus y de cualquier otra amenaza que se pueda presentar precisamos solidaridad comunitaria. El cambio climático, la contaminación del aire, así como muchos otros asuntos también deben afrontarse desde una gobernanza global y no país a país.
Algunas personas y colectivos, como Chesa Boudin –nuevo fiscal de San Francisco–, grupos abolicionistas y grupos de ayuda mutua, están pidiendo la liberación de los presos de las cárceles y de los centros de detención de inmigrantes. En Estados Unidos se encuentra la población presa proporcionalmente más grande del mundo.
Sí, son placas de Petri, quiero decir, están en incubación. Si bien hay aislamiento social en algunas prisiones, una vez comienza a expandirse el virus por una población que come junta y que no puede mantener los dos metros de seguridad nos podemos encontrar con un grave problema. De nuevo, necesitamos un enfoque centralizado, tanto para la salud en las prisiones como para las infraestructuras sanitarias públicas a nivel comunitario y federal.
¿Podría comentarnos qué está ocurriendo en algunos países africanos? ¿Están creciendo los casos de manera exponencial? ¿Es simplemente porque no pueden realizar pruebas?
No creo que se pueda reducir a las pruebas, sino que las ramificaciones económicas –de las que habló Joe Stiglitz–, la dificultad para mantener las cadenas de suministros alimentarios y la incapacidad de aislar a las personas también será devastador para el continente. Queda la esperanza de que, al tratarse de un continente joven, la mortalidad no sea tan elevada como en Italia, un país con una población envejecida y donde la mortalidad se concentra por encima de los 70 años.
Además están todas las inquietudes sobre los millones de refugiados viviendo en campos sobrepoblados e insalubres, incluyendo un millón de refugiados sudaneses del Sur y congoleños que se encuentran en Uganda.
Es absolutamente imposible el aislamiento, por lo que, y a pesar de ser una población joven, es devastador lo que puede ocurrir. Acabo de volver de la frontera de Tijuana, donde ofrecíamos atención sanitaria a los migrantes, por lo que pude ver sus condiciones de vida: están viviendo en grandes iglesias o en tiendas de campaña abarrotadas. En cuanto llegue el virus será el desastre.
La política del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ha sido de continuar, hasta esta semana, moviendo a los inmigrantes para deportarles a pesar de las órdenes de aislamiento en casa. Ahora están diciendo que no deportarán a los inmigrantes que no hayan cometido ningún crimen, sin embargo, para la ley estadounidense cruzar la frontera ya es un delito. Esta es la amenaza pública de la que nos habla Trump: simplemente llegar a este país buscando asilo fruto de la desesperación.
Estoy totalmente de acuerdo contigo, pero creo que debemos concentrarnos en establecer medidas de salud pública que realmente mitiguen la crisis y que estén orientadas a cuidar de nuestras poblaciones vulnerables y no solo de los ricos. Se está discutiendo en mi rincón del mundo, Silicon Valley, sobre si existe desigualdad en el acceso a las pruebas del COVID-19. Trabajamos ardua y apresuradamente para evitar que estas situaciones se produzcan.
¿Es cierto que el ibuprofeno puede hacerte más vulnerable al virus? No me gustaría extender bulos sobre este tema.
Esa información –falsa, como comenté en The New York Times– se publicó en una carta a The Lancet, pero lo cierto es que no hay sido revisada por pares, no está basada en evidencias y tampoco es un estudio de población. No se trata del único bulo extendido: está empezando a faltar cloroquina o hidroxicloroquina (Plaquenil) en las farmacias.
No es sorprendente, por supuesto, ya que ayer el presidente Trump, subido al estrado de la Casa Blanca frente al dr. Hahn, comisionado de la FDA, anunció que la cloroquina podría ser, no ya una vacuna, sino una cura. Por supuesto, nada más acabar la intervención de Trump, Hahn tomó la palabra para plantear preguntas sobre esto. Explíquenos por qué están hablando así de este medicamento contra la malaria.
Como médico especialista en enfermedades tropicales, tengo mucha experiencia con la cloroquina: básicamente es un medicamento barato que potencialmente podría mitigar la enfermedad, al alterar la manera en la que el SARS2 se fija a las células, según los estudios in vitro. Por eso se usó en China, a pesar de no haberse demostrado sus beneficios en un buen ensayo aleatorizado. Se realizó un ensayo en Francia en el que solo participaron entre seis y nueve pacientes, lo cual es claramente insuficiente. Es una negligencia por parte de Trump afirmar que esta es una cura para la enfermedad. Se está generando un ensayo controlado aleatorizado en Estados Unidos: la población debería intentar participar en este ensayo clínico. Quizás se pueda probar como un tratamiento profiláctico, tal y como funcionó en el caso de la malaria, pero dudo que sea la cura de la enfermedad. El funcionamiento del ciclo de los parásitos de la malaria es completamente diferente al del COVID-19, por lo que no podemos sacar conclusiones precipitadas. Las prematuras afirmaciones del presidente son las que han provocado los efectos que ahora vemos en el mercado.
¿Se puede uno reinfectar del COVID-19? ¿Podemos usar los anticuerpos de aquellos que se han recuperado como parte de un suero para otras personas?
Creo que sería de gran utilidad realizar análisis de sangre para evaluar si se están generando anticuerpos y cuáles son los niveles de inmunidad de las personas que ya se han recuperado. Mirando la situación china, no parece que se estén produciendo reinfecciones. Se identificaron un par de casos, uno de ellos en Japón, pero no podemos confirmar si verdaderamente se trataba de una reinfección, o simplemente de una recaída o de partículas víricas no infecciosas recogidas en las pruebas.
En relación con la segunda pregunta, China ha estado utilizando sueros con una combinación de inmunoglobulina o distintos anticuerpos. En medio de la epidemia, por supuesto, no se pudieron realizar los correspondientes ensayos clínicos, que probablemente ahora se estén comenzando en Estados Unidos, tal y como ya se está haciendo con el Remdesivir, la cloroquina y otros tantos medicamentos. Hemos entrado en una carrera para producir el mejor medicamento.
¿Cómo sería erigir una especie de Proyecto Manhattan en este país? Hablaba de la importancia de un gobierno federal muy implicado y que generase un Cuerpo de Paz sanitario. La ciudadanía está acostumbrada a que el ejército luche en guerras en el extranjero, ¿cómo es la cuestión, desde un punto de vista militar, de luchar en casa y contra un virus? Volviendo a la pregunta básica: ¿cuál es la manera más efectiva en la que la población se puede proteger a sí misma aquí, en Estados Unidos, y en todo el mundo?
Tal y como dices, se trata de una guerra en la que, en vez de invadir otros países, el ejército debe ser movilizado para asegurarse de que nuestros trabajadores y nuestros servicios sanitarios no se sobrecargan. Estoy muy preocupada por la fatiga crónica que la cuarentena y el aislamiento pueden provocar, así como por los servicios sociales y la salud mental de aquellos que están aislados solos. Un enfoque erróneo sería separar estas acciones por estados o por gobernadores en vez de apostar por la gobernanza federal.
¿Podría indicarnos las pautas para que las personas puedan protegerse a sí mismas y a sus comunidades: lavarse las manos, salir o no salir, incluso cuando no hay nadie más en la calle? ¿Deberíamos encerrarnos en casa, simplemente, y en especial en las ciudades?
Si eres mayor de 60 años deberías quedarte en casa todo lo posible. Si salimos a la calle –y es algo que defiendo hacer por un tema de salud mental– es fundamental asegurarnos de mantener la distancia de seguridad con otras personas. Debemos ser muy cuidadosos al tocar los botones de los ascensores o los pomos de las puertas, especialmente en lugares como Nueva York: evita tocarlos con las manos y, si lo haces, agua y jabón durante 20 segundos deberían bastar, no hay necesidad de enloquecer por la falta de desinfectante. Me gustaría recordar que hubo un importante brote de SARS1 –no de COVID-19, aunque sean similares– en un ascensor, justamente por tocar los botones.
¿Qué más le gustaría añadir?
Estamos todos juntos en esto: debemos trabajar juntos como sociedad por el bien común y recordar que se trata de una carrera de fondo que durará meses y no de un sprint final.
¿Considera entonces que estaremos durante meses aislados en nuestros hogares, con la sociedad, los colegios y los empleos detenidos tanto tiempo?
Si nos fijamos en Wuhan, cuya manera de detener la epidemia fue sin duda efectiva, tardaron dos meses y medio aplicando medidas que no creo que puedan ser viables en Estados Unidos. Así que, insisto de nuevo en la importancia de rescatar todo aquello que hicieron bien, en la manera en la que enfocaron la epidemia mis colegas del extranjero, así como de tomar muy en serio las indicaciones de aislarse en casa de los encargados de salud pública.
Dónde puede encontrar la gente información veraz?
Depende de las necesidades de cada persona: si eres un empleador que no sabe cómo lidiar con los empleados, la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (agencia del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos) tiene una página web muy adecuada; para indicaciones más generales y muy bien redactadas recomiendo la página del CDC. Recomiendo revisar estas páginas diariamente, ya que van siendo actualizadas.
Fuente: https://ctxt.es/es/20200302/Politica/31777/sars-coronavirus-michelle-barry-entrevista-salud-experta-covid-amy-goodman-democracy-now.htm
miércoles, 25 de marzo de 2020
El coronavirus aviva la 'guerra fría'
Lo que nos puede deparar esta pandemia: un mundo menos abierto, fin de
la globalización, mayor dominio de China y debilitamiento del liderazgo
norteamericano.
Algunos dirigentes mundiales han acudido a la terminología bélica para referirse a la lucha contra el coronavirus. Resonancias churchillianas se han escuchado en Macron, en Sánchez
o en Conte. Menos en Merkel, siempre más comedida. No en Trump, que ha
vuelto a dar buena muestra de su incontinencia y su imprudencia.
La preocupación de la mayoría de los líderes mundiales ante una
situación desconocida por su magnitud y duración es comprensible. Las
invocaciones constantes a la unidad nacional, también. La cohesión
social está comprometida en situaciones como ésta. Es difícil ceder a la
tentación de sacar réditos políticos. Lamentablemente hemos asistido a
algunos casos estos días. Las razonables críticas a la falta de agilidad
en la respuesta están contaminadas, en algunos casos, por cálculos
ventajistas.
En las relaciones internacionales, la crisis del Coronavirus ha dejado rastros muy inquietantes.
TRUMP DEMONIZA A CHINA
En el centro de la tormenta se sitúa China. La pandemia ha vuelto a tensar las relaciones entre las dos superpotencias. Las autoridades de Pekín revertieron una situación desfavorable, con una combinación de autoritarismo sin complejos y una determinación asombrosa. En buena parte del mundo occidental se observa un reconocimiento medido de la actuación china.
En la administración Trump, sin embargo, se ha preferido optar por el espíritu combativo de la guerra fría. Desde el absurdo término de “virus chino” empleado por el lenguaraz presidente, hasta los reproches directos o velados de algunos de sus colaboradores. El secretario Pompeo acusó a Pekín de “provocar un riesgo para su pueblo y para todo el mundo”. El otrora ultraderechista jefe propagandístico, luego despedido, Steve Bannon, dijo que en realidad Trump se equivoca: no es “virus chino”, sino “virus comunista chino” (1).
Yanzong Huang, un colaborador del Consejo de Relaciones exteriores de Washington y especialista sanitario ha descrito la secuencia del enfrentamiento chino-norteamericano por el coronavirus (2). Lo curioso del caso es que Washington y Pekín comparten un historial de positiva colaboración en materia de pandemias. Al comienzo de la crisis, parecía que se iba a seguir en la misma línea. Trump charló cordialmente por teléfono el 7 de febrero con Xi Jinping y le ofreció la ayuda del Centro de prevención de enfermedades.
Pero algo ya se había torcido horriblemente unos días antes. Comenzaron los cruces de reproches y amenazas y el postureo nacionalista por ambas partes. A los chinos les ofendió la publicación de unos artículos en la prensa americana y expulsó a periodistas de varios medios afincados en Pekín (Wall Street Journal, New York Times y Washington Post). Las palabras subieron de tono hasta alcanzar el ridículo: acusaciones mutuas de haber provocado deliberadamente la producción y extensión del virus. Hasta llegar a la situación actual.
Otros veteranos de la cooperación china-norteamericana como Paul Haenle, miembro de las administraciones Obama y Bush Jr., (3) abogan por la recuperación de la confianza, en beneficio de la salud mundial, como han hecho, por ejemplo, Bill y Melinda Gates, que donaron 5 millones de dólares a China el pasado mes de enero, o el multimillonario chino Jack Ma, que envió un millón de mascarillas y 500.000 kits de pruebas a Estados Unidos.
EL 'DESACOPLAMIENTO'
Todo inútil. Centauros de la guerra fría insisten en el “poder maligno” de Pekín y en la necesidad de adoptar medidas en consecuencia. En esta administración y fuera de ella hay una línea de pensamiento que ha ganado fuerza en los dos últimos años: la promoción de lo que se ha llamado el desacoplamiento de las economías norteamericana y china. Se apreció claramente durante la reciente guerra comercial (inacabada). Mientras unos altos cargos pretendían simplemente obtener concesiones de Pekín, esa corriente radical vio llegado el momento de presionar a favor de desvincular progresivamente las economía de las dos superpotencias (4).
La lógica del desacoplamiento ha resurgido ahora como consecuencia del coronavirus, como era de temer. Los reproches sobre la supuesta estrategia de Pekín de favorecer la dependencia occidental en material sanitario (mascarillas, herramientas de pruebas, equipos de protección individual, etc.) han encontrado eco en el Congreso. Algunos legisladores republicanos han presentado proyectos de ley para reducir los intercambios entre los dos países en el dominio sanitario.
Los partidarios de la línea dura en las relaciones comerciales con China aseguran ahora que, debido a la recesión económica provocada por la crisis, Pekín no estará en condiciones de honrar el compromiso que puso fin a la guerra, en particular la compra adicional de productos norteamericanos por valor de 200.000 millones de dólares.
LAS VÍCTIMAS MÁS VULNERABLES
Mientras la paranoia de la seguridad cunde, se observa menos preocupación por la suerte de las poblaciones más vulnerables, como son los refugiados, por ejemplo. La ONU y las ONG han denunciado estos días la pavorosa situación de desprotección en la que se encuentran los 70 millones de personas desplazadas en todo el mundo. Se ha hecho especial hincapié en los cuatro millones de sirios agolpados en Turquía o llegados a Grecia, en otros tantos yemeníes al borde de la desnutrición, en los afganos que malviven en Pakistán o en Irán, o en los rohingya expulsados de Myanmar, o los incontables y olvidados africanos. Sin dejar de tener en cuenta, claro está, a los refugiados más estables o más veteranos, como los palestinos de Gaza y de todo Oriente Medio (5). Para ellos no hay material de protección, ni lo habrá. Y en un hábitat de hacinamiento e insalubridad, no hay lugar para la “distancia social”.
Trump ha respondido a esta inquietud creciente, a su estilo: limitando aún más un ya escuálido derecho de asilo en Estados Unidos. Estos seres humanos preocupan bastante menos que las supuestas maquinaciones perversas de los enemigos reconocibles.
Otros analistas más templados tratan de ofrecer una visión más allá de la angustia actual sobre cómo el Coronavirus cambiará el mundo. Una docena de expertos en relaciones internacional ofrecen un diagnóstico ligeramente pesimista: un mundo menos abierto, fin de la globalización en su estado actual, mayor dominio de China, más estados fallidos y debilitamiento del liderazgo norteamericano.
Pero también se hace virtud de la necesidad y se predice un renovado sentimiento de resistencia, la reinvención de empresas y sectores, la urgencia de diseñar nuestras estrategias de convivencia mundial y una optimista invocación de cada cual a sacar lo mejor de sí mismos (6). Lo que Macron, Sánchez y Conte, por citar sólo a los líderes europeos más agobiados, han tratado de hacer desde ya mismo.
Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/geopolitica-coronavirus-pandemia-guerrafria-eeuu-china-globalizacion/20200325084200172603.html
![]() |
En las relaciones internacionales, la crisis del Coronavirus ha dejado rastros muy inquietantes.
TRUMP DEMONIZA A CHINA
En el centro de la tormenta se sitúa China. La pandemia ha vuelto a tensar las relaciones entre las dos superpotencias. Las autoridades de Pekín revertieron una situación desfavorable, con una combinación de autoritarismo sin complejos y una determinación asombrosa. En buena parte del mundo occidental se observa un reconocimiento medido de la actuación china.
En la administración Trump, sin embargo, se ha preferido optar por el espíritu combativo de la guerra fría. Desde el absurdo término de “virus chino” empleado por el lenguaraz presidente, hasta los reproches directos o velados de algunos de sus colaboradores. El secretario Pompeo acusó a Pekín de “provocar un riesgo para su pueblo y para todo el mundo”. El otrora ultraderechista jefe propagandístico, luego despedido, Steve Bannon, dijo que en realidad Trump se equivoca: no es “virus chino”, sino “virus comunista chino” (1).
Yanzong Huang, un colaborador del Consejo de Relaciones exteriores de Washington y especialista sanitario ha descrito la secuencia del enfrentamiento chino-norteamericano por el coronavirus (2). Lo curioso del caso es que Washington y Pekín comparten un historial de positiva colaboración en materia de pandemias. Al comienzo de la crisis, parecía que se iba a seguir en la misma línea. Trump charló cordialmente por teléfono el 7 de febrero con Xi Jinping y le ofreció la ayuda del Centro de prevención de enfermedades.
Pero algo ya se había torcido horriblemente unos días antes. Comenzaron los cruces de reproches y amenazas y el postureo nacionalista por ambas partes. A los chinos les ofendió la publicación de unos artículos en la prensa americana y expulsó a periodistas de varios medios afincados en Pekín (Wall Street Journal, New York Times y Washington Post). Las palabras subieron de tono hasta alcanzar el ridículo: acusaciones mutuas de haber provocado deliberadamente la producción y extensión del virus. Hasta llegar a la situación actual.
Otros veteranos de la cooperación china-norteamericana como Paul Haenle, miembro de las administraciones Obama y Bush Jr., (3) abogan por la recuperación de la confianza, en beneficio de la salud mundial, como han hecho, por ejemplo, Bill y Melinda Gates, que donaron 5 millones de dólares a China el pasado mes de enero, o el multimillonario chino Jack Ma, que envió un millón de mascarillas y 500.000 kits de pruebas a Estados Unidos.
![]() |
| Xi Jinping |
EL 'DESACOPLAMIENTO'
Todo inútil. Centauros de la guerra fría insisten en el “poder maligno” de Pekín y en la necesidad de adoptar medidas en consecuencia. En esta administración y fuera de ella hay una línea de pensamiento que ha ganado fuerza en los dos últimos años: la promoción de lo que se ha llamado el desacoplamiento de las economías norteamericana y china. Se apreció claramente durante la reciente guerra comercial (inacabada). Mientras unos altos cargos pretendían simplemente obtener concesiones de Pekín, esa corriente radical vio llegado el momento de presionar a favor de desvincular progresivamente las economía de las dos superpotencias (4).
La lógica del desacoplamiento ha resurgido ahora como consecuencia del coronavirus, como era de temer. Los reproches sobre la supuesta estrategia de Pekín de favorecer la dependencia occidental en material sanitario (mascarillas, herramientas de pruebas, equipos de protección individual, etc.) han encontrado eco en el Congreso. Algunos legisladores republicanos han presentado proyectos de ley para reducir los intercambios entre los dos países en el dominio sanitario.
Los partidarios de la línea dura en las relaciones comerciales con China aseguran ahora que, debido a la recesión económica provocada por la crisis, Pekín no estará en condiciones de honrar el compromiso que puso fin a la guerra, en particular la compra adicional de productos norteamericanos por valor de 200.000 millones de dólares.
LAS VÍCTIMAS MÁS VULNERABLES
Mientras la paranoia de la seguridad cunde, se observa menos preocupación por la suerte de las poblaciones más vulnerables, como son los refugiados, por ejemplo. La ONU y las ONG han denunciado estos días la pavorosa situación de desprotección en la que se encuentran los 70 millones de personas desplazadas en todo el mundo. Se ha hecho especial hincapié en los cuatro millones de sirios agolpados en Turquía o llegados a Grecia, en otros tantos yemeníes al borde de la desnutrición, en los afganos que malviven en Pakistán o en Irán, o en los rohingya expulsados de Myanmar, o los incontables y olvidados africanos. Sin dejar de tener en cuenta, claro está, a los refugiados más estables o más veteranos, como los palestinos de Gaza y de todo Oriente Medio (5). Para ellos no hay material de protección, ni lo habrá. Y en un hábitat de hacinamiento e insalubridad, no hay lugar para la “distancia social”.
Trump ha respondido a esta inquietud creciente, a su estilo: limitando aún más un ya escuálido derecho de asilo en Estados Unidos. Estos seres humanos preocupan bastante menos que las supuestas maquinaciones perversas de los enemigos reconocibles.
Otros analistas más templados tratan de ofrecer una visión más allá de la angustia actual sobre cómo el Coronavirus cambiará el mundo. Una docena de expertos en relaciones internacional ofrecen un diagnóstico ligeramente pesimista: un mundo menos abierto, fin de la globalización en su estado actual, mayor dominio de China, más estados fallidos y debilitamiento del liderazgo norteamericano.
Pero también se hace virtud de la necesidad y se predice un renovado sentimiento de resistencia, la reinvención de empresas y sectores, la urgencia de diseñar nuestras estrategias de convivencia mundial y una optimista invocación de cada cual a sacar lo mejor de sí mismos (6). Lo que Macron, Sánchez y Conte, por citar sólo a los líderes europeos más agobiados, han tratado de hacer desde ya mismo.
Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/geopolitica-coronavirus-pandemia-guerrafria-eeuu-china-globalizacion/20200325084200172603.html
domingo, 22 de marzo de 2020
El miedo al coronavirus dispara las conspiraciones y el acopio de armas en EEUU
Las armerías no dan abasto por el miedo de los ciudadanos a la incertidumbre y al caos
La desinformación inunda las redes y compañías como Twitter tienen que tomar medidas
La desinformación inunda las redes y compañías como Twitter tienen que tomar medidas
![]() |
| Un hombre sostiene una pistola en una tienda de armas en Cheyenne, Wyoming, ante el temor al caos por la propagación del coronavirus. / JIM URQUHART (REUTERS) |
El coronavirus no respeta las fronteras ni las clases sociales, lo que no quita que la respuesta a la pandemia esté siendo diferente en función de las latitudes y el tamaño de la cuenta corriente. Entre las grandes fortunas estadounidenses se
ha disparado el uso de los aviones privados para evitar los engorros de
los aeropuertos y las cabinas potencialmente congestionadas. Algunos
han cambiado sus vacaciones en villas del Mediterráneo por la plácida
reclusión de sus yates. Y otros lo han dejado todo preparado para
refugiarse en las montañas de Idaho, las soledades de Dakota del Sur o
las playas idílicas de Nueva Zelanda si pintan bastos, lugares donde la
industria del desastre oferta búnkeres para sobrevivir a toda clase de calamidades sin tener que preocuparse por el papel de váter.
Para el común de los mortales, sin embargo, la ansiedad provocada por la vertiginosa propagación del Covid-19 y la distópica perturbación que ha generado en la vida cotidiana se ha traducido en el acopio de alimentos no perecederos y la búsqueda precipitada de mascarillas, geles desinfectantes de manos y el muy misterioso papel de váter. Las alacenas vacías y el racionamiento en algunos supermercados son estos días una constante. “No es que haya desabastecimiento, es que la gente ha perdido la cabeza”, decía esta semana el dependiente de un supermercado en Washington. “Un cliente se ha llevado esta mañana 17 botes de mantequilla de cacahuete y 14 latas de judías pintas”. Los dispensarios de marihuana legal están haciendo su agosto, pero también las tiendas de armas, que en Estados Unidos son un termómetro de la salud mental colectiva.
“Es una locura. Las ventas han aumentado más de un 200%, antes incluso de abrir hay gente en la puerta haciendo cola”, dice en una entrevista telefónica Dough Odishoo, dueño de Delta Arsenal, una tienda de armas en una zona rural de Connecticut. Generalmente los picos en las ventas se producen después de los grandes tiroteos de masas, cuando se reabre el debate para restringir las armas, o cuando los demócratas llegan al poder en los estados o la Casa Blanca. Pero esta vez es diferente. “No tiene mucho sentido lo que está pasando. Son ventas de pánico. La gente está alarmada. No necesariamente piensan que se va a desmoronar el orden social, pero quieren estar preparados en caso de que las cosas se pongan feas”, añade Odishoo.
Nuevos clientesDesde que estalló la pandemia, la gran mayoría de sus clientes son gente que nunca había tenido armas. Se llevan pistolas, recortadas y kilos de munición, tanta que está teniendo problemas para reponerla. La tendencia es la misma en todo el país, por más que nadie vaya a ser capaz de matar a tiros al virus. Las consultas para comprobar los antecedentes penales en la base de datos del FBI, necesarias para adquirir un arma, aumentaron un 36% en febrero respecto al mismo mes del año pasado. Las ventas online de munición en Ammo.com han crecido un 70% y el valor en bolsa de los fabricantes de armas se ha incrementado hasta un 40% pese al hundimiento general de los parqués, que en EEUU han vivido su peor semana desde la crisis del 2008.
Todo está pasando tan rápido que es difícil escapar al estado de 'shock' colectivo. El sábado se superó la barrera de los 20.000 contagios, tres populosos estados han decretado el confinamiento de su población y decenas de miles de personas están perdiendo rápidamente el empleo Las autoridades sanitarias se esfuerzan por contener la histeria, pero en las redes sociales circulan toda clase de bulos, conspiraciones y noticias falsas que fomentan la confusión y el pánico.
“La desinformación sobre el nuevo coronavirus se está expandiendo más rápido que la propia epidemia”, escribió recientemente, Graham Brookie, experto del Atlantic Council. El Departamento de Estado habla de dos millones de tuits con toda clase de teorías conspiratorias desde que el virus se propagó fuera de las fronteras chinas.
DesinformaciónHay bulos que describen al Covid-19 como una creación de la Fundación de Bill y Melinda Gates o un arma bioquímica desplegada por el Pentágono para hundir a China. Otros hablan de un ataque de bandera falsa, cocinado por el ‘estado profundo’ o el Banco Mundial para acabar con la presidencia de Donald Trump. Twitter ha empezado a purgar la basura, incluida toda la desinformación que contradice a las autoridades sanitarias. Cosas como que la distancia de seguridad no sirve para nada, que la comida se acabará en dos meses o que las crisis respiratorias causadas por el virus se curan bebiendo lejía, lo que algunos han bautizado como la “Solución Mineral Milagrosa”.
El problema es que parte de esa montaña de desinformación ha salido de la Casa Blanca y sus aliados. Trump decía hasta hace poco que el virus es un “timo” explotado por los demócratas para destruirle, mientras el gurú radiofónico de la derecha, Rush Limbaugh, minimizaba su gravedad afirmando que “no es más que una gripe común”. Ahora ya han cambiado la música, pero se tardará tiempo en reparar los daños ocasionados. Según una encuesta reciente, solo el 56% de los estadounidenses creen que el coronavirus es una “verdadera amenaza”. Para el resto, principalmente votantes republicanos, está “sobredimensionado”.
Los analistas del Banco de América predicen que tres millones de estadounidenses perderán esta misma semana sus empleos. Algo parecido auguran los economistas de JP Morgan Chase, que esperan que el paro pase del 3.5% actual al 20% en las próximas semanas, lo que supondría la destrucción de uno de cada cinco empleos. Tanto la Reserva Federal como el Congreso han tomado medidas para reducir la hecatombe, pero nada ha conseguido hasta ahora frenar el pánico que se vive en las bolsas o la complicadísima situación que enfrentan algunos sectores económicos.
Fuente: https://www.elperiodico.com/es/internacional/20200322/miedo-coronavirus-dispara-conspiraciones-acopio-armas-eeuu-7899761?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=cm
El alcalde de Baltimore pide a los vecinos que dejen de dispararse entre ellos para no colapsar hospitales de cara al COVID-19
Para el común de los mortales, sin embargo, la ansiedad provocada por la vertiginosa propagación del Covid-19 y la distópica perturbación que ha generado en la vida cotidiana se ha traducido en el acopio de alimentos no perecederos y la búsqueda precipitada de mascarillas, geles desinfectantes de manos y el muy misterioso papel de váter. Las alacenas vacías y el racionamiento en algunos supermercados son estos días una constante. “No es que haya desabastecimiento, es que la gente ha perdido la cabeza”, decía esta semana el dependiente de un supermercado en Washington. “Un cliente se ha llevado esta mañana 17 botes de mantequilla de cacahuete y 14 latas de judías pintas”. Los dispensarios de marihuana legal están haciendo su agosto, pero también las tiendas de armas, que en Estados Unidos son un termómetro de la salud mental colectiva.
“Es una locura. Las ventas han aumentado más de un 200%, antes incluso de abrir hay gente en la puerta haciendo cola”, dice en una entrevista telefónica Dough Odishoo, dueño de Delta Arsenal, una tienda de armas en una zona rural de Connecticut. Generalmente los picos en las ventas se producen después de los grandes tiroteos de masas, cuando se reabre el debate para restringir las armas, o cuando los demócratas llegan al poder en los estados o la Casa Blanca. Pero esta vez es diferente. “No tiene mucho sentido lo que está pasando. Son ventas de pánico. La gente está alarmada. No necesariamente piensan que se va a desmoronar el orden social, pero quieren estar preparados en caso de que las cosas se pongan feas”, añade Odishoo.
Nuevos clientesDesde que estalló la pandemia, la gran mayoría de sus clientes son gente que nunca había tenido armas. Se llevan pistolas, recortadas y kilos de munición, tanta que está teniendo problemas para reponerla. La tendencia es la misma en todo el país, por más que nadie vaya a ser capaz de matar a tiros al virus. Las consultas para comprobar los antecedentes penales en la base de datos del FBI, necesarias para adquirir un arma, aumentaron un 36% en febrero respecto al mismo mes del año pasado. Las ventas online de munición en Ammo.com han crecido un 70% y el valor en bolsa de los fabricantes de armas se ha incrementado hasta un 40% pese al hundimiento general de los parqués, que en EEUU han vivido su peor semana desde la crisis del 2008.
Todo está pasando tan rápido que es difícil escapar al estado de 'shock' colectivo. El sábado se superó la barrera de los 20.000 contagios, tres populosos estados han decretado el confinamiento de su población y decenas de miles de personas están perdiendo rápidamente el empleo Las autoridades sanitarias se esfuerzan por contener la histeria, pero en las redes sociales circulan toda clase de bulos, conspiraciones y noticias falsas que fomentan la confusión y el pánico.
“La desinformación sobre el nuevo coronavirus se está expandiendo más rápido que la propia epidemia”, escribió recientemente, Graham Brookie, experto del Atlantic Council. El Departamento de Estado habla de dos millones de tuits con toda clase de teorías conspiratorias desde que el virus se propagó fuera de las fronteras chinas.
DesinformaciónHay bulos que describen al Covid-19 como una creación de la Fundación de Bill y Melinda Gates o un arma bioquímica desplegada por el Pentágono para hundir a China. Otros hablan de un ataque de bandera falsa, cocinado por el ‘estado profundo’ o el Banco Mundial para acabar con la presidencia de Donald Trump. Twitter ha empezado a purgar la basura, incluida toda la desinformación que contradice a las autoridades sanitarias. Cosas como que la distancia de seguridad no sirve para nada, que la comida se acabará en dos meses o que las crisis respiratorias causadas por el virus se curan bebiendo lejía, lo que algunos han bautizado como la “Solución Mineral Milagrosa”.
El problema es que parte de esa montaña de desinformación ha salido de la Casa Blanca y sus aliados. Trump decía hasta hace poco que el virus es un “timo” explotado por los demócratas para destruirle, mientras el gurú radiofónico de la derecha, Rush Limbaugh, minimizaba su gravedad afirmando que “no es más que una gripe común”. Ahora ya han cambiado la música, pero se tardará tiempo en reparar los daños ocasionados. Según una encuesta reciente, solo el 56% de los estadounidenses creen que el coronavirus es una “verdadera amenaza”. Para el resto, principalmente votantes republicanos, está “sobredimensionado”.
Hasta 3 millones de estadounidenses podrían perder el empleo
La emergencia sanitaria provocada por el coronavirus está paralizando a marchas forzadas la economía estadounidense, cierra la hostelería, la educación y la oferta cultura, se suspenden las ligas deportivas o se seca el trajín de las capitales económicas. El miedo a la recesión recorre el país y esta semana podría marcar hito sin precedentes históricos.Los analistas del Banco de América predicen que tres millones de estadounidenses perderán esta misma semana sus empleos. Algo parecido auguran los economistas de JP Morgan Chase, que esperan que el paro pase del 3.5% actual al 20% en las próximas semanas, lo que supondría la destrucción de uno de cada cinco empleos. Tanto la Reserva Federal como el Congreso han tomado medidas para reducir la hecatombe, pero nada ha conseguido hasta ahora frenar el pánico que se vive en las bolsas o la complicadísima situación que enfrentan algunos sectores económicos.
El alcalde de Baltimore pide a los vecinos que dejen de dispararse entre ellos para no colapsar hospitales de cara al COVID-19
sábado, 21 de marzo de 2020
“Las camas de los hospitales se han suprimido en nombre de la eficiencia”
El filósofo y lingüista, presidente de honor de CTXT, concede una breve entrevista sobre el Coronavirus a su traductora italiana
![]() |
Edu Bayer |
Atrapado en casa como todos, o al menos como los
afortunados, decido escribir a Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) para
saber, en primer lugar, cómo está y luego preguntarle qué piensa de la
crisis generada por el coronavirus y la reacción de la opinión pública.
Últimamente hay quien da crédito a la idea de que
el virus puede haberse propagado deliberadamente, por intereses
económicos o geopolíticos. El profesor Chomsky, cuyos libros he tenido
el privilegio de traducir durante unos años, me responde en unas horas
con su habitual amabilidad.
Me dice que está bien. Él, como nosotros, se queda en casa
en Tucson con su esposa Valeria. No es que esto lo detenga, es
imposible.
Me hace saber que está inundado de cientos de solicitudes
de entrevistas cada día, ahora más que nunca, y que tiene una “agenda
torrencial, una agenda incandescente”. Me hubiera gustado preguntarle
más, pero sé que me respondería si pudiera.
“La situación es muy grave”, dice. “Y no hay credibilidad en la afirmación de que el virus se propagó deliberadamente.”
En cuanto a la actitud de los distintos gobiernos: “Los
países asiáticos parecen haber logrado contener el contagio, mientras
que la Unión Europea actúa con retraso”.
¿Qué hay de su propio país?: “La reacción de los Estados
Unidos ha sido terrible. Era casi imposible incluso hacer pruebas a las
personas, así que no tenemos ni idea de cuántos casos hay realmente”.
En sus respuestas –que minimiza diciendo “no sé si hay
algo que valga la pena publicar”– encontramos en pequeñas píldoras lo
que necesitamos para entender el núcleo de la verdad: “El asalto
neoliberal ha dejado a los hospitales sin preparación. Un ejemplo entre
todos: las camas de los hospitales han sido suprimidas en nombre de la
“eficiencia”.
Para empeorar las cosas, el “Huracán Trump”. Sólo ahora
parece que las cosas están cambiando en Estados Unidos, pero “hasta
ahora, tanto Trump como Kushner [Jared, el yerno de Trump y su asesor
cercano] han minimizado la gravedad de la crisis. Esta actitud se ha
visto amplificada por los medios de comunicación de la derecha, por lo
que muchas personas han dejado de tomar las precauciones más básicas”.
Chomsky resume en unas palabras lo que necesitamos saber
sobre el sistema en el que vivimos: “Esta crisis es el enésimo ejemplo
del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe
medioambiental. El gobierno y las multinacionales farmacéuticas saben
desde hace años que existe una gran probabilidad de que se produzca una
grave pandemia, pero como no es bueno para los beneficios prepararse
para ello, no se ha hecho nada”.
Gracias profesor, espero verle pronto.
“Cuídate, quédate en casa”.
lunes, 16 de marzo de 2020
COVID-19: El monstruo llama a la puerta
La globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia
de una infraestructura sanitaria pública internacional. Pero nunca
existirá hasta que se acabe con el poder de las farmacéuticas y la
sanidad con ánimo de lucro
I.
COVID-19 es finalmente el monstruo que llama a la puerta. Los investigadores están trabajando día y noche para caracterizar el brote, pero deben hacer frente a tres enormes desafíos. El primero es que la constante escasez o ausencia de kits de prueba ha acabado con cualquier esperanza de contención. Además, también está evitando que se puedan realizar cálculos precisos sobre algunos parámetros clave como el índice de reproducción, la cantidad de población infectada o el número de infecciones leves. El resultado es un caos en las cifras.
Al igual que lo hacen las gripes anuales, el virus está mutando a medida que atraviesa poblaciones con composiciones etarias e inmunidades adquiridas diferentes. La variedad que seguramente llegará a los estadounidenses ya es ligeramente diferente a la del brote original de Wuhan. Las nuevas mutaciones podrían ser triviales o podrían alterar la distribución actual de virulencia que aumenta con la edad, ya que los bebés y los niños muestran escaso riesgo de infección grave mientras que los octogenarios se enfrentan a un peligro mortal a causa de una neumonía vírica.
Aunque el virus permanezca estable y mute poco, su impacto entre los menores de 65 puede ser radicalmente diferente en los países pobres y entre los grupos con un alto grado de pobreza. Solo hay que pensar en la experiencia mundial de la pandemia de gripe de 1918 (o gripe española) que se calcula que acabó con la vida de entre el 1 y el 2% de la población mundial. Al contrario que el coronavirus, era más mortal entre los jóvenes adultos y esto a menudo se ha explicado como consecuencia de que su sistema inmunitario, al ser relativamente más fuerte, reaccionó de forma desproporcionada a la infección y desató unas “tormentas mortales de citocina” contra las células pulmonares. Como bien sabemos, el H1N1 original encontró un nicho favorable en los campamentos militares y en las trincheras de los campos de batalla, en los que liquidó a jóvenes soldados por decenas de millares. El fracaso de la Kaiserschlacht (ofensiva de primavera) de 1918 y, por tanto, motivo del resultado de la guerra, ha sido atribuido al hecho de que los aliados, al contrario que su enemigo, pudieron reabastecer sus tropas enfermas con tropas estadounidenses recién llegadas.
Sin embargo, no muy a menudo se reconoce que un 60% de la mortalidad mundial tuvo lugar en el oeste de la India, donde la exportación de cereales hacia el Reino Unido y unas brutales prácticas de requisamiento coincidieron con una grave sequía. La escasez de alimentos resultante condujo a millones de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de una siniestra sinergia entre malnutrición, que inhibió su respuesta inmunitaria a la infección, y una neumonía bacteriana y vírica galopante. En otro caso, en el Irán ocupado por los británicos, varios años de sequía, cólera y escasez de alimentos, seguidos de un brote generalizado de malaria, sentaron las condiciones previas para la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población.
Esta historia, y en particular las consecuencias desconocidas de la relación entre malnutrición e infecciones existentes, debería alertarnos de que el COVID-19 podría seguir un camino diferente y mucho más mortífero en los suburbios de África y del sur de Asia. El peligro para los pobres del mundo ha sido ignorado casi por completo por los periodistas y por los gobiernos occidentales. El único artículo que he visto publicado afirma que como la población urbana de África Occidental es la más joven del mundo, la pandemia debería tener allí solo un impacto leve. En vista de la experiencia de 1918, la extrapolación parece ridícula. Nadie sabe lo que pasará en las próximas semanas en Lagos, Nairobi, Karachi o Calcuta. Lo único que es seguro es que los países ricos y las clases ricas se concentrarán en salvarse a sí mismas y prescindirán de la solidaridad internacional y de la ayuda médica. Muros y no vacunas: ¿puede haber un modelo más malvado para el futuro?
II. En un año puede que echemos la vista atrás y admiremos el éxito de China a la hora de contener la pandemia y, al mismo tiempo, que nos sintamos horrorizados por el fracaso de EE.UU. (Estoy siendo valiente y dando por supuesto que la declaración de China con respecto al rápido descenso en el número de transmisiones es más o menos correcta). La incapacidad de nuestras instituciones para mantener cerrada la caja de Pandora, obviamente, no es ninguna sorpresa. Desde el año 2000 hemos observado en repetidas ocasiones las grietas en la primera línea sanitaria.

Por ejemplo, la temporada de gripe de 2018 desbordó a los hospitales de todo EE.UU., y puso de manifiesto la sorprendente escasez de camas de hospital que acusa el país tras 20 años de recortes motivados por el ánimo de lucro en la capacidad de pacientes ingresados (he ahí la versión de la industria sanitaria de cómo gestionar las existencias mediante el método de producción justo a tiempo). El cierre de hospitales privados y de beneficencia y la escasez de personal de enfermería también impuesto por la lógica de mercado han arruinado los servicios sanitarios en las comunidades más pobres y en las zonas rurales, y han trasladado la responsabilidad a los infrafinanciados hospitales públicos y centros de administración de veteranos. La situación del departamento de urgencias en esas instituciones ya es incapaz de hacer frente a las infecciones estacionales, así que ¿cómo van a afrontar la inminente saturación de casos críticos?
Estamos en las primeras etapas de un Katrina sanitario. A pesar de los años de advertencias de la gripe aviar y otras pandemias, el inventario de algunos equipos de emergencia básicos como los respiradores no es el adecuado para hacer frente a la afluencia prevista de casos críticos. Los sindicatos de enfermería más militantes se están asegurando de que todos comprendamos el grave riesgo que comporta la provisión insuficiente de algunos equipos de protección como las mascarillas N95. Y más vulnerables son aún, por invisibles, los cientos de miles de auxiliares sanitarios a domicilio y el personal de las residencias de ancianos que están sobreexigidos y mal pagados.
La industria de residencias asistidas o para personas mayores autónomas aloja a 2,5 millones de estadounidenses de la tercera edad (la mayoría de ellos con Medicare) y lleva mucho tiempo siendo un escándalo nacional. De acuerdo con el New York Times, un número increíble de 380.000 pacientes de residencias de la tercera edad muere cada año por la negligencia de las instituciones a la hora de aplicar los más básicos procedimientos de control de las infecciones. Muchas residencias, sobre todo en los estados del sur, consideran que les sale más barato pagar las multas por infracciones sanitarias que contratar personal adicional y darles la formación adecuada. Pero claro, como ha sucedido en Seattle, docenas, quizá cientos de residencias para ancianos se volverán zonas de riesgo del coronavirus, y los empleados que trabajan allí, y cobran el salario mínimo, lógicamente decidirán proteger a sus propias familias y quedarse en casa. En ese caso, el sistema podría colapsar y no creo que podamos esperar que la Guardia Nacional vacíe los orinales.
El brote ha puesto de manifiesto de forma instantánea esa marcada división de clases que existe en la asistencia sanitaria: aquellos con buenos planes de salud que también pueden trabajar o enseñar desde casa están cómodamente aislados siempre que cumplan con precauciones prudentes. Los empleados públicos y otros grupos de trabajadores sindicados que cuentan con una cobertura sanitaria decente tendrán que tomar decisiones difíciles entre cobrar y protegerse. Mientras tanto, millones de trabajadores con bajos salarios en el sector servicios, trabajadores agrícolas, empleados eventuales sin seguro, desempleados o personas sin hogar serán arrojados a los leones. Aunque el gobierno consiga finalmente resolver el desastre de los kits de prueba y pueda suministrar un número adecuado de ellos, los que carezcan de seguro seguirán teniendo que pagar a médicos u hospitales para realizarse el test. Los gastos médicos de las familias en general treparán por las nubes al mismo tiempo que millones de trabajadores pierden sus empleo y sus seguros médicos de empresa. ¿Puede haber un argumento más sólido y urgente a favor del Medicare para todos?
III
Pero la cobertura universal solo es un primer paso. Es decepcionante, por no decir algo peor, que en los debates de las primarias ni Sanders ni Warren hayan subrayado el abandono de la investigación y del desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales por parte de las grandes farmacéuticas. De las 18 empresas farmacéuticas más grandes, 15 han abandonado esa actividad por completo. Las medicinas para el corazón, unos tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son los más rentables, y no las defensas contra la infección de los hospitales, las enfermedades emergentes y las tradicionales enfermedades letales tropicales. Una vacuna universal contra la gripe, es decir, una vacuna cuyo objetivo sean las partes inmutables de las proteínas superficiales del virus, lleva siendo una posibilidad desde hace décadas, pero nunca ha sido una prioridad rentable.
Si la revolución de los antibióticos sigue retrocediendo, las viejas enfermedades volverán a aparecer acompañadas de nuevas infecciones y los hospitales se convertirán en mortuorios. Hasta Trump puede oponerse de manera oportunista a los abusivos costes de las recetas, pero necesitamos una visión más audaz que intente acabar con los monopolios farmacéuticos y facilite la producción pública de medicinas vitales. (Esto solía ser así: durante la 2ª Guerra Mundial, el ejército alistó a Jonas Salk y a otros investigadores para desarrollar la primera vacuna contra la gripe). Como escribí hace 15 años en mi libro El monstruo llama a nuestra puerta. La amenaza mundial de la gripe aviar:
El acceso a las medicinas vitales, incluidas las vacunas, los antibióticos y los antivirales deberían ser un derecho humano, y estar universalmente disponibles sin coste alguno. Si los mercados no pueden proporcionar los incentivos para producir de forma barata estos fármacos, entonces los gobiernos y las organizaciones sin ánimo de lucro deberían asumir la responsabilidad de fabricarlas y distribuirlas. La supervivencia de los pobres debe considerarse una prioridad mayor que las ganancias de las grandes farmacéuticas.
La actual pandemia profundiza el argumento: ahora parece que la globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública verdaderamente internacional. Pero esa infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos populares no pongan fin al poder de las grandes farmacéuticas y la asistencia sanitaria con ánimo de lucro.
Fuente: http://www.ctxt.es/es/20200302/Politica/31378/coronavirus-globalizacion-capitalismo-farmaceuticas-sanidad-privada-Mike-Davis.htm
![]() |
Gauthier DELECROIX |
I.
COVID-19 es finalmente el monstruo que llama a la puerta. Los investigadores están trabajando día y noche para caracterizar el brote, pero deben hacer frente a tres enormes desafíos. El primero es que la constante escasez o ausencia de kits de prueba ha acabado con cualquier esperanza de contención. Además, también está evitando que se puedan realizar cálculos precisos sobre algunos parámetros clave como el índice de reproducción, la cantidad de población infectada o el número de infecciones leves. El resultado es un caos en las cifras.
Al igual que lo hacen las gripes anuales, el virus está mutando a medida que atraviesa poblaciones con composiciones etarias e inmunidades adquiridas diferentes. La variedad que seguramente llegará a los estadounidenses ya es ligeramente diferente a la del brote original de Wuhan. Las nuevas mutaciones podrían ser triviales o podrían alterar la distribución actual de virulencia que aumenta con la edad, ya que los bebés y los niños muestran escaso riesgo de infección grave mientras que los octogenarios se enfrentan a un peligro mortal a causa de una neumonía vírica.
Aunque el virus permanezca estable y mute poco, su impacto entre los menores de 65 puede ser radicalmente diferente en los países pobres y entre los grupos con un alto grado de pobreza. Solo hay que pensar en la experiencia mundial de la pandemia de gripe de 1918 (o gripe española) que se calcula que acabó con la vida de entre el 1 y el 2% de la población mundial. Al contrario que el coronavirus, era más mortal entre los jóvenes adultos y esto a menudo se ha explicado como consecuencia de que su sistema inmunitario, al ser relativamente más fuerte, reaccionó de forma desproporcionada a la infección y desató unas “tormentas mortales de citocina” contra las células pulmonares. Como bien sabemos, el H1N1 original encontró un nicho favorable en los campamentos militares y en las trincheras de los campos de batalla, en los que liquidó a jóvenes soldados por decenas de millares. El fracaso de la Kaiserschlacht (ofensiva de primavera) de 1918 y, por tanto, motivo del resultado de la guerra, ha sido atribuido al hecho de que los aliados, al contrario que su enemigo, pudieron reabastecer sus tropas enfermas con tropas estadounidenses recién llegadas.
Sin embargo, no muy a menudo se reconoce que un 60% de la mortalidad mundial tuvo lugar en el oeste de la India, donde la exportación de cereales hacia el Reino Unido y unas brutales prácticas de requisamiento coincidieron con una grave sequía. La escasez de alimentos resultante condujo a millones de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de una siniestra sinergia entre malnutrición, que inhibió su respuesta inmunitaria a la infección, y una neumonía bacteriana y vírica galopante. En otro caso, en el Irán ocupado por los británicos, varios años de sequía, cólera y escasez de alimentos, seguidos de un brote generalizado de malaria, sentaron las condiciones previas para la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población.
Esta historia, y en particular las consecuencias desconocidas de la relación entre malnutrición e infecciones existentes, debería alertarnos de que el COVID-19 podría seguir un camino diferente y mucho más mortífero en los suburbios de África y del sur de Asia. El peligro para los pobres del mundo ha sido ignorado casi por completo por los periodistas y por los gobiernos occidentales. El único artículo que he visto publicado afirma que como la población urbana de África Occidental es la más joven del mundo, la pandemia debería tener allí solo un impacto leve. En vista de la experiencia de 1918, la extrapolación parece ridícula. Nadie sabe lo que pasará en las próximas semanas en Lagos, Nairobi, Karachi o Calcuta. Lo único que es seguro es que los países ricos y las clases ricas se concentrarán en salvarse a sí mismas y prescindirán de la solidaridad internacional y de la ayuda médica. Muros y no vacunas: ¿puede haber un modelo más malvado para el futuro?
II. En un año puede que echemos la vista atrás y admiremos el éxito de China a la hora de contener la pandemia y, al mismo tiempo, que nos sintamos horrorizados por el fracaso de EE.UU. (Estoy siendo valiente y dando por supuesto que la declaración de China con respecto al rápido descenso en el número de transmisiones es más o menos correcta). La incapacidad de nuestras instituciones para mantener cerrada la caja de Pandora, obviamente, no es ninguna sorpresa. Desde el año 2000 hemos observado en repetidas ocasiones las grietas en la primera línea sanitaria.

Por ejemplo, la temporada de gripe de 2018 desbordó a los hospitales de todo EE.UU., y puso de manifiesto la sorprendente escasez de camas de hospital que acusa el país tras 20 años de recortes motivados por el ánimo de lucro en la capacidad de pacientes ingresados (he ahí la versión de la industria sanitaria de cómo gestionar las existencias mediante el método de producción justo a tiempo). El cierre de hospitales privados y de beneficencia y la escasez de personal de enfermería también impuesto por la lógica de mercado han arruinado los servicios sanitarios en las comunidades más pobres y en las zonas rurales, y han trasladado la responsabilidad a los infrafinanciados hospitales públicos y centros de administración de veteranos. La situación del departamento de urgencias en esas instituciones ya es incapaz de hacer frente a las infecciones estacionales, así que ¿cómo van a afrontar la inminente saturación de casos críticos?
Estamos en las primeras etapas de un Katrina sanitario. A pesar de los años de advertencias de la gripe aviar y otras pandemias, el inventario de algunos equipos de emergencia básicos como los respiradores no es el adecuado para hacer frente a la afluencia prevista de casos críticos. Los sindicatos de enfermería más militantes se están asegurando de que todos comprendamos el grave riesgo que comporta la provisión insuficiente de algunos equipos de protección como las mascarillas N95. Y más vulnerables son aún, por invisibles, los cientos de miles de auxiliares sanitarios a domicilio y el personal de las residencias de ancianos que están sobreexigidos y mal pagados.
La industria de residencias asistidas o para personas mayores autónomas aloja a 2,5 millones de estadounidenses de la tercera edad (la mayoría de ellos con Medicare) y lleva mucho tiempo siendo un escándalo nacional. De acuerdo con el New York Times, un número increíble de 380.000 pacientes de residencias de la tercera edad muere cada año por la negligencia de las instituciones a la hora de aplicar los más básicos procedimientos de control de las infecciones. Muchas residencias, sobre todo en los estados del sur, consideran que les sale más barato pagar las multas por infracciones sanitarias que contratar personal adicional y darles la formación adecuada. Pero claro, como ha sucedido en Seattle, docenas, quizá cientos de residencias para ancianos se volverán zonas de riesgo del coronavirus, y los empleados que trabajan allí, y cobran el salario mínimo, lógicamente decidirán proteger a sus propias familias y quedarse en casa. En ese caso, el sistema podría colapsar y no creo que podamos esperar que la Guardia Nacional vacíe los orinales.
El brote ha puesto de manifiesto de forma instantánea esa marcada división de clases que existe en la asistencia sanitaria: aquellos con buenos planes de salud que también pueden trabajar o enseñar desde casa están cómodamente aislados siempre que cumplan con precauciones prudentes. Los empleados públicos y otros grupos de trabajadores sindicados que cuentan con una cobertura sanitaria decente tendrán que tomar decisiones difíciles entre cobrar y protegerse. Mientras tanto, millones de trabajadores con bajos salarios en el sector servicios, trabajadores agrícolas, empleados eventuales sin seguro, desempleados o personas sin hogar serán arrojados a los leones. Aunque el gobierno consiga finalmente resolver el desastre de los kits de prueba y pueda suministrar un número adecuado de ellos, los que carezcan de seguro seguirán teniendo que pagar a médicos u hospitales para realizarse el test. Los gastos médicos de las familias en general treparán por las nubes al mismo tiempo que millones de trabajadores pierden sus empleo y sus seguros médicos de empresa. ¿Puede haber un argumento más sólido y urgente a favor del Medicare para todos?
III
Pero la cobertura universal solo es un primer paso. Es decepcionante, por no decir algo peor, que en los debates de las primarias ni Sanders ni Warren hayan subrayado el abandono de la investigación y del desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales por parte de las grandes farmacéuticas. De las 18 empresas farmacéuticas más grandes, 15 han abandonado esa actividad por completo. Las medicinas para el corazón, unos tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son los más rentables, y no las defensas contra la infección de los hospitales, las enfermedades emergentes y las tradicionales enfermedades letales tropicales. Una vacuna universal contra la gripe, es decir, una vacuna cuyo objetivo sean las partes inmutables de las proteínas superficiales del virus, lleva siendo una posibilidad desde hace décadas, pero nunca ha sido una prioridad rentable.
Si la revolución de los antibióticos sigue retrocediendo, las viejas enfermedades volverán a aparecer acompañadas de nuevas infecciones y los hospitales se convertirán en mortuorios. Hasta Trump puede oponerse de manera oportunista a los abusivos costes de las recetas, pero necesitamos una visión más audaz que intente acabar con los monopolios farmacéuticos y facilite la producción pública de medicinas vitales. (Esto solía ser así: durante la 2ª Guerra Mundial, el ejército alistó a Jonas Salk y a otros investigadores para desarrollar la primera vacuna contra la gripe). Como escribí hace 15 años en mi libro El monstruo llama a nuestra puerta. La amenaza mundial de la gripe aviar:
El acceso a las medicinas vitales, incluidas las vacunas, los antibióticos y los antivirales deberían ser un derecho humano, y estar universalmente disponibles sin coste alguno. Si los mercados no pueden proporcionar los incentivos para producir de forma barata estos fármacos, entonces los gobiernos y las organizaciones sin ánimo de lucro deberían asumir la responsabilidad de fabricarlas y distribuirlas. La supervivencia de los pobres debe considerarse una prioridad mayor que las ganancias de las grandes farmacéuticas.
La actual pandemia profundiza el argumento: ahora parece que la globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública verdaderamente internacional. Pero esa infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos populares no pongan fin al poder de las grandes farmacéuticas y la asistencia sanitaria con ánimo de lucro.
Fuente: http://www.ctxt.es/es/20200302/Politica/31378/coronavirus-globalizacion-capitalismo-farmaceuticas-sanidad-privada-Mike-Davis.htm
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








