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jueves, 8 de septiembre de 2022

Múltiples crisis frenan el progreso en desarrollo humano causando retrocesos en 9 de cada 10 países


Por primera vez en los 32 años que el PNUD lo ha estado calculando, el Índice de Desarrollo Humano, que mide la salud, la educación y el nivel de vida de una nación, ha disminuido mundialmente durante dos años consecutivos. El desarrollo humano ha retrocedido hasta los niveles de 2016, revirtiendo gran parte del progreso hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible.Foto: PNUD PAPP

 La comunidad mundial debe salir del estancamiento en que se encuentra inmersa a fin de asegurar un futuro para las personas y el planeta y reiniciar la trayectoria de desarrollo

El mundo va de crisis en crisis, apagando fuegos en un ciclo aparentemente inagotable y somos incapaces de abordar la raíz de los problemas a los que nos enfrentamos. Si no se produce un cambio drástico de rumbo, puede que nos dirijamos hacia un futuro con aún más privaciones e injusticias, según alerta el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El último Informe sobre Desarrollo Humano 2022 del PNUD, “Tiempos inciertos, vidas inestables: configurar nuestro futuro en un mundo en transformación”, advierte de la existencia de múltiples capas de incertidumbre interconectadas entre sí que están provocando una desestabilización sin precedentes en nuestras vidas. Los últimos dos años han resultado devastadores para miles de millones de personas en todo el mundo, con la pandemia de COVID-19 seguida por la guerra en Ucrania y su interrelación con enormes transformaciones sociales y económicas, amenazantes cambios a nivel planetario y un avance extraordinario de la polarización.

Por primera vez en los 32 años que el PNUD lleva elaborándolo, el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que mide la situación de la salud, la educación y las condiciones de vida de los países, ha empeorado a nivel mundial durante dos años consecutivos. El desarrollo humano ha retrocedido a niveles de 2016, revirtiendo gran parte de los avances hacia la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

El retroceso es prácticamente universal, ya que más del 90 % de países registran un deterioro de los niveles de su IDH en 2020 o en 2021, y más del 40 % en ambos años, una demostración de que la crisis sigue empeorando para muchos.

Algunos países están empezando a recuperar el terreno perdido, pero la recuperación es parcial y desigual, lo que amplía aún más las brechas en el desarrollo humano a nivel global. América Latina y el Caribe se ha visto particularmente afectada como región. Al observar el IDH, que captura la situación de los países a finales de 2021, vemos que varios países de la región sufrieron retrocesos significativos en el desarrollo humano en comparación con 2019. Esto no es sorprendente, ya que la región fue una de las más afectadas por la pandemia, con el 9 % de la población mundial y el 33 % de las muertes por COVID-19 a nivel mundial a finales de 2021. También fue la región con la contracción económica más fuerte, de cerca del 7 % en 2020. Mientras que algunas economías de la región se recuperaron en 2021, la recuperación en la región fue lenta y desigual.

“El mundo trata desesperadamente de responder a las sucesivas crisis. Con las crisis inflacionaria y energética hemos visto que, si bien es tentador adoptar medidas de corto plazo, como los subsidios a los combustibles fósiles, tales respuestas están retrasando los cambios sistémicos a largo plazo que es preciso adoptar”, advierte Achim Steiner, Administrador del PNUD. “Estamos estancados delante de los cambios que debemos realizar. En un mundo definido por la incertidumbre, necesitamos un sentido renovado de solidaridad mundial para abordar nuestros desafíos comunes e interconectados”, afirma Achim.

El Informe examina por qué que no se están produciendo los cambios necesarios y ofrece muchas razones, como la mutua interconexión entre inseguridad y polarización y su impacto en la erosión de la solidaridad y la acción colectiva necesarias para combatir las crisis a todos los niveles. Nuevos cálculos muestran, por ejemplo, que las personas con una mayor sensación de inseguridad son más propensas a caer en el extremismo político.

“Ya antes de la COVID-19 se veía la doble paradoja que supone un progreso acompañado por una mayor inseguridad y una creciente polarización. Hoy en día, una tercera parte de la población mundial se siente estresada y menos de un tercio confía en los demás, lo que supone un importante obstáculo a la hora de adoptar políticas constructivas para las personas y el planeta”, observa Achim Steiner. “Este nuevo y profundo análisis nos insta a romper el inmovilismo y a trazar un nuevo rumbo que nos saque de la incertidumbre global en que estamos inmersos. Contamos con una estrecha ventana de oportunidad para reiniciar nuestros sistemas y construir un futuro con acciones decisivas ante el cambio climático y la creación de nuevas oportunidades para todas las personas”.

Para trazar este nuevo rumbo el Informe recomienda aplicar políticas dirigidas a fomentar las inversiones —desde las energías renovables hasta la preparación frente a las pandemias— y el aseguramiento —como la protección social— para preparar a las sociedades ante las contingencias de un mundo incierto. Al mismo tiempo, la innovación en sus múltiples variantes —tecnológica, económica, cultural— puede también desarrollar capacidades para responder a los desafíos que vayan surgiendo en el futuro.

“Navegar esta incertidumbre exige reforzar nuestra apuesta por el desarrollo humano y mirar más allá de mejorar la riqueza o la salud de las personas”, explica Pedro Conceição, autor principal del Informe. “Estos objetivos siguen siendo importantes, pero es preciso también proteger el planeta y proporcionar a las personas herramientas que les permitan sentirse más seguras, recuperar la sensación de control sobre sus vidas y tener esperanza en el futuro”.

Para más información sobre el Informe sobre Desarrollo Humano 2022 y el análisis del PNUD sobre cómo navegar en tiempos de incertidumbre, visita https://hdr.undp.org/human-development-report-2021-22

Fuente: https://www.undp.org/es/comunicados-de-prensa/multiples-crisis-frenan-el-progreso-en-desarrollo-humano-causando-retrocesos-en-9-de-cada-10-paises

jueves, 21 de julio de 2022

“El crecimiento se va a detener, por una razón o por otra”

 

Dennis Meadows. Cedida por el entrevistado

Inflación galopante. De dos cifras. Guerra. Problemas energéticos cada vez más graves. Olas de calor más potentes y tempranas. Detenciones de científicos. Matanzas en las fronteras. Retroceso en los derechos de la mujer en la –supuesta– cima del Imperio, que nos lleva 50 años atrás… Justo 50 años. ¿Tiene todo esto alguna relación?

En realidad sí.

Se cumplen 50 años de la publicación de uno de los trabajos más importantes del siglo XX, Los límites del crecimiento. Aquel informe encargado al MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) que ya en 1972 avisaba de que el planeta tenía límites y poco tiempo para enfrentar el choque contra los mismos.

Por ello, Dennis Meadows (EE.UU, 1942), uno de los dos autores principales del estudio, ha estado concediendo entrevistas para medios como Le Monde o el Suddeutsche Zeitung. Fue un honor entrevistarle para CTXT.

En el cincuentenario de la publicación del informe, uno de los escenarios –el standard– de su modelo sigue siendo muy similar y consistente con la realidad; en él adelantaban que el crecimiento se detendría por la fuerza alrededor del 2020. ¿Es esto lo que estamos experimentando ya? ¿Fue una previsión o una predicción? 
 
Nosotros no hicimos predicciones. Ya dijimos que es imposible “predecir” con exactitud nada en lo que el comportamiento humano sea un factor, lo que hicimos fue modelar 12 escenarios consistentes con las reglas físicas y sociales. 12 futuros posibles. Uno de ellos, el standard, como sabes, mostraba que el crecimiento se iba a detener cerca del año 2020. Entonces todas las variables (producción industrial, de alimentos, etc.) tocaban techo y en unos 15 años comenzaban a declinar inexorablemente.

¿Se parece esto a lo que estamos viviendo? Yo diría que sí. El mundo está mostrando cada vez más consecuencias de un choque contra los límites.

Lo que sí tuvimos fue mucho cuidado, ya en 1972, dejando claro que después del pico de cualquier variable todo se vuelve aún más impredecible, porque entran en juego factores que no podían ser representados en nuestro modelo. Una vez llegados a este punto es obvio que vamos a ser dirigidos más por factores psicológicos, sociales y políticos que por limitaciones físicas.

Le he escuchado denominar al cambio climático como un “síntoma”, ¿de qué exactamente?

Es esencial reconocer que el cambio climático, la inflación, la escasez de alimentos, a veces son considerados problemas, pero en realidad son síntomas de un problema mayor.

Así como un dolor de cabeza persistente puede en ocasiones ser un síntoma de cáncer, muchas dificultades actuales son síntomas de niveles de consumo de materiales que han crecido más allá de los límites del planeta. Por supuesto que los síntomas son importantes. Un dolor de cabeza merece una respuesta. Sin embargo, una aspirina puede hacer que el paciente se sienta mejor temporalmente, pero no resuelve el problema de fondo. Para ello hay que tratar el crecimiento incontrolado de las células cancerosas en el cuerpo.

No se puede sostener el crecimiento, digamos, enfrentándonos a problemas uno por uno. Aunque solucionásemos el cambio climático, nos encontraríamos con el siguiente problema al empecinarnos en seguir creciendo, ya sea escasez de agua, de alimentos o de otros recursos cruciales. El crecimiento se va a detener, por una razón o por otra.

Llegados a este punto, por el retraso en la acción necesaria, ya no podemos evitar un cambio climático grave. Hagamos lo que hagamos. Aunque siempre hay grados.

El mito del progreso, de que la tecnología vendrá al rescate, es una de las ideas más paralizantes para hacer frente al problema real: el decrecimiento es inevitable, ya que esto no se trata de un problema técnico. ¿Quizá lo que necesitamos es un cambio cultural, moral y ético?

Sí, completamente, ese era uno de los puntos cruciales de nuestra obra hace ya medio siglo. En condiciones ideales, la tecnología puede darte más tiempo, pero no va a solucionar el problema. Te puede ampliar el margen, la oportunidad de hacer los cambios políticos y sociales que son necesarios. Pero mientras tengas un sistema que se basa en el crecimiento para solucionar cada problema, la tecnología no podrá evitar que se sobrepasen muchos límites cruciales, como ya estamos viendo.

Pese a la tremenda utilidad e importancia de su trabajo, a usted y sus compañeros les criticaron mucho. Esto sigue ocurriéndole a cualquiera que se sale del discurso dominante: la “happycracia”. ¿Existe una imposibilidad social para hablar de según qué temas porque te convierten en el catastrofista, el pesimista que amarga?

Yo era muy ingenuo en los setenta, cuando lanzamos el libro. Fui formado como científico, y tenía la impresión de que utilizando el método científico, producíamos datos incuestionables, y si se los enseñábamos a la gente, entonces esto bastaría para producir un cambio en la mirada y las acciones de las personas. Eso fue ingenuidad cuanto menos.

Hay dos maneras de enfrentar estas situaciones: en una recoges datos y entonces decides qué conclusiones son consistentes con los datos, la manera científica. En la otra, muy habitual, decides qué conclusiones son importantes, y buscas datos que cuadren y apoyen tus “conclusiones”. Esto es lo que ocurre con los negacionistas climáticos, por ejemplo.

No he tratado de ganar esos debates entre pesimistas y optimistas, con este tipo de personas. Cuando alguien viene enfadado a acusarme de lo que sea, simplemente les digo: “ojalá tengas razón”, y sigo adelante.

Existe una tendencia en los sistemas, las empresas, las personas hacia la autopreservación, fundamentándonos muchas veces en miradas cortoplacistas que no nos dejan avanzar a largo plazo, ¿cómo luchar contra estas inercias y hábitos?

Sí, la única manera de gestionar esto es ampliar el horizonte temporal y espacial. Y así ver con perspectiva los posibles costes y beneficios. Un ejemplo: la pandemia y la gestión en mi país [EE.UU.] ha sido lamentable, muy corta de miras. Si no extiendes las vacunas a todo el espacio, al resto del mundo, no son tan útiles.

¿Cómo ampliar ese marco temporal? Con las siguientes generaciones. La mayoría de la gente tiene preocupaciones legítimas, genuinas, sobre el futuro de sus hijos, sobrinos, nietos.

En España últimamente estamos teniendo buenas noticias al respecto del decrecimiento: la primera asamblea ciudadana por el clima ha elegido entre sus 172 medidas la necesidad de hacer pedagogía con el decrecimiento, varios políticos –incluyendo al ministro de Consumo– han hecho declaraciones a favor de abrir este debate ineludible, y el IPCC cada vez incluye más esta palabra en sus informes.

¿Estamos más cerca de un Tipping Point social –como suele decir Timothy Lenton–, o tendremos que esperar a que las crisis sean aún más patentes para reaccionar?

La respuesta a ambas cuestiones es sí. Estamos más cerca de un punto de vuelco social positivo, pero por otro lado, me temo que tendremos que esperar al agravamiento de las crisis para reaccionar. Y es aún peor: si nos hubieran descrito nuestra actual situación en, digamos, el año 2000, habríamos pensado que eso era ya una crisis catastrófica. Somos la rana que no salta de la olla, cocida demasiado a fuego lento. Desgraciadamente creo que esa es nuestra situación.

Según el modelo HANDY –otro modelo de dinámica de sistemas– un parámetro fundamental para causar colapsos es la desigualdad, que crece en paralelo a la falta de confianza entre semejantes, otra de las principales razones de los colapsos. El diseño de nuestro sistema económico hace que ambas aumenten cada año. Y hace imposible ajustarse a los límites, porque la élite –que suele estar alejada de la realidad y por tanto no detecta las alarmas– es la que sirve de modelo. ¿Cómo desenredar semejante lío?

La verdad no se encuentra en unas pocas ecuaciones, obviamente. Se encuentra en la historia. Y nuestra historia durante miles de años muestra que los poderosos buscan más poder, y lo tienen más fácil por su situación para encontrarlo, es un bucle de retroalimentación positivo. En dinámica de sistemas esto se llama “éxito para los ya exitosos”. Rara vez nos desviamos de ese fenómeno.

Nadie puede desenredar este enredo. No creo que exista ninguna acción o ley que pueda hacer eso. En unas pocas culturas, sin embargo, se han visto mecanismos evolucionados de redistribución. En el Noroeste de los Estados Unidos hay algunas tribus que tienen una costumbre llamada “Potlatch”, es una ceremonia en la que los jefes de la tribu, los más ricos, regalaban parte de sus posesiones –estoy simplificándolo, seguro–. En el budismo también hay una tradición de desapego a lo material en muchos de sus practicantes. Pero son raras excepciones. En nuestro mundo la tendencia es a acumular poder y, como dices, eso ayuda a estar desapegado de la realidad. Es entonces cuando se acaba produciendo un colapso –también del propio poder– y todo vuelve a empezar de nuevo. Es un proceso que se produce como respuesta a los límites. Y la desigualdad está creciendo en todos los países.

¿Hasta qué punto están las élites anticipando la necesidad matemática de reducir la desigualdad? ¿O solo se están preocupando por su supervivencia?

Bueno, no se puede hablar con propiedad de “élites”. Algunas élites están preocupadas y hacen todo lo que pueden para reducir la desigualdad, otras ni siquiera piensan en ello, –probablemente la mayoría–, y otras, sin duda, están trabajando para hacerla cada vez más grande. Desde luego no hay una tendencia hacia la reducción de la desigualdad. Y a veces se dice que el crecimiento ayuda a que llegue riqueza a todo el mundo, lo cual, viendo cómo han crecido simultáneamente las tasas de crecimiento y de desigualdad, es manifiestamente falso.

¿Ve hoy en día más preocupación por el colapso de la civilización en los círculos de poder, económicos y políticos? ¿O siguen con los beneficios a corto plazo como siempre?

Yo no estoy en círculos de poder así que no puedo responder a eso. Soy un profesor jubilado de 80 años. Es el 50 aniversario de Los límites del crecimiento y salvo por las entrevistas que se hacen sobre un libro que aún despierta interés, no hay tanta atención como podría parecer.

Teniendo en cuenta la miopía espacial y temporal respecto a los límites, ¿no cree que la visión moderna del mundo está obsoleta? ¿Podría sugerir algunas ideas filosóficas para una transición hacia una nueva cosmología?

Gracias por imaginar que puedo tener la capacidad de hacer tales cosas. Que la actual forma de ver el mundo está obsoleta es obvio solo con mirar las noticias. Casi nadie puede estar contento con el estado del mundo.

Sobre una nueva cosmología: hay una diversidad enorme de filosofías, prácticas espirituales, muchas de ellas consistentes con el funcionamiento del mundo. Cualquiera que vaya a funcionar tiene que reconocer la interacción y dependencia que tenemos con el mundo natural. Ya hemos comentado el extendido mito de que la tecnología nos llevará a superar cualquier obstáculo. Lo vemos con el reto climático: existe esta cosa llamada Captura y Secuestro de Carbono (CCS). A pesar del hecho irrefutable de que es más barato, rápido y fácil reducir el consumo energético, la tendencia es buscar la solución tecnológica que nos permita hacer lo que ya no podemos seguir haciendo sin causar graves daños. Es una fantasía total. Lo mejor que podemos decir del CCS es que es una idea que va a hacer a unas pocas personas ganar mucho dinero.

Estamos como en una cinta de correr que se acelera rápidamente. Ya sabes, esas cintas en las que corres pero no vas a ningún sitio. Eso es lo que estamos haciendo. A medida que vamos tomando malas decisiones, eso nos aboca a crisis que por obligación acortan nuestra perspectiva temporal, todo se vuelve reactivo mientras aceleramos. Eso a su vez ayuda a que tomemos más malas decisiones, porque estrechamos más y más nuestro horizonte temporal. Es un círculo vicioso.

Creo que vamos a ver más cambios en los próximos 20 años que los que hemos vivido en los últimos 100. No quiero que pase lo que voy a decir, pero creo que es lo más probable: habrá desastres significativos debido al caos climático y al agotamiento de los combustibles fósiles, esto devolverá a la humanidad a estados más descentralizados y desconectados. Lentamente, evolucionarán culturas que estén más preparadas para la situación. Solo así, creo, podrá aparecer una “nueva cosmología” apropiada.

¿Crees que una coalición de élites dotadas podría cambiar el curso de los acontecimientos?

¿Élites dotadas? Me suena a oxímoron.

Fuente:https://ctxt.es/es/20220701/Politica/40230/Dennis-Meadows-crecimiento-limites-colapso-crisis-ecologica-decrecimiento.htm

jueves, 5 de mayo de 2022

«Sin petróleo, hoy día solo podemos caminar desnudos por la playa»

 Primero fue la salida de la pandemia, y ahora la guerra de Ucrania. Las dificultades de abastecimiento y el alto precio de los recursos energéticos están a la orden del día. Ocampo Téllez repasa los factores coyunturales, pero advierte: esto es estructural.

Edgar Ocampo Téllez, en una imagen de archivo
Edgar Ocampo Téllez, en una imagen de archivo (UNAM)

El mexicano Edgar Ocampo Téllez dio sus primeros pasos en el campo de la energía a finales de los 90, ligado a la petrolera estatal Pemex. El tema lo atrapó tanto que lleva más de dos décadas dedicado a ello, como consultor independiente. No pone paños calientes a la situación, habla de colapso sin pelos en la lengua y repasa críticamente el desarrollo de las renovables.

Vivimos en una sociedad que no podemos imaginar sin hidrocarburos. Los necesitamos hasta para comer. ¿Podemos prescindir de ellos?

Tras la Segunda Guerra Mundial, la sociedad le confió todo al petróleo. No hay nada, absolutamente nada, que no se haga, en alguno de sus procesos, con petróleo. Lo único que podemos hacer en esta sociedad sin utilizarlo es caminar desnudos por la playa o por el bosque. Hasta para comer lo usamos, y esta es la parte que me preocupa más. El sistema agroalimentario es una máquina que toma calorías del petróleo y del gas y las transforma en calorías alimenticias; es un sistema que colapsa sin hidrocarburos.

Como si no fuera suficiente con la crisis climática, nos llega la energética.

Desde mi perspectiva, el tema de la energía está por encima del tema climático. Va a detener la sociedad, es lo que va a provocar que no causemos tantas emisiones de gases invernadero, que no dañemos el planeta.

¿Qué ha pasado para llegar a esta crisis?

Quien no perdió el trabajo en los últimos dos años, tiene recursos para gastar, y como salimos de la pandemia con singular alegría, el consumo se ha disparado, la demanda de energéticos está siendo bestial. Al otro lado, el sistema global de servicios energéticos se durmió con la pandemia. Se dejó de invertir, está totalmente acalambrado. Digamos que la humanidad dice ‘ya me voy de viaje, échele gasolina, vámonos’; y el sistema responde: ‘pues espérense, porque hay una fila de 100 vehículos, y además estoy sirviendo 10 litros por carro’.

¿Por qué dice que el sistema se durmió?

El problema de los hidrocarburos es que es una industria intensiva en recursos financieros. Se venía a un ritmo de 700.000 millones de dólares anuales de inversión para poder sacar 100 millones de barriles al día, que es el consumo mundial en la actualidad. En 2014, el fracking estadounidense empieza a tener una producción fenomenal, y como ese tipo de explotación no se puede detener ni regular, ese petróleo inundó los mercados internacionales y el precio se desplomó. El barril estaba por los 100 dólares y cayó hasta los 20-30.

Arabia Saudí contraatacó manteniendo el precio del petróleo muy bajo, apostaron a quebrar financieramente el fracking. En realidad no era necesario hacerlo, porque el fracking no da dinero, es una maquina de quemar billetes y que ahora ha creado una burbuja a punto de estallar.

El caso es que el bajo precio del petróleo ocasionó una bajada de inversiones global. En los últimos años, el ritmo de inversión había bajado a 500.000 millones de dólares, y con la pandemia, la inversión ha bajado hasta los 200.000 millones, cuando el nivel de inversión requerido para poner esos 100 millones de barriles diarios encima de la mesa está entre los 700.000 y los 800.000 millones anuales.

La guerra de Ucrania no ayuda.

Desde mi perspectiva, Putin está jugando la carta geopolítica del gas natural, para ver hasta dónde puede llegar con los europeos. Es una guerra un poco ridícula, porque todo el mundo quiere ponerle una tonelada de sanciones a Rusia, pero le siguen comprando energéticos de manera desesperada. Y eso que el gas vale oro en este momento. Generar electricidad con gas es quemar millones y millones de euros a lo bestia.

Ahora que la electricidad está tan cara, la carpeta nuclear se ha puesto de nuevo encima de la mesa. ¿Es una alternativa?

El futuro iban a ser los reactores EPR de Flammanville y Finlandia. Arrancaron la construcción en 2007 y el francés no genera todavía un solo MW. Más de 15 años para acabar un reactor, y con unos sobrecostes monumentales. En el campo de la nuclear podría llegar algo en los años 2030-2032, pero ya es demasiado tarde, el problema energético ha empezado ya y lo vamos a sentir más violentamente a final de año y en los próximos años. La nuclear no va a llegar a tiempo, y además, solo ofrece electricidad.

A veces parece que el sector eléctrico es el que nos está causando todos los problemas ahora, pero no estamos entendiendo que el problema es general, que es el alto consumo de combustibles el que nos está llevando al abismo.

¿Veremos un incremento de la lucha por unos recursos cada vez más limitados?

Ya ha ocurrido, la empresa petrolera italiana ENI dejó sin gas natural a Pakistán, pese a tener contratos firmados a largo plazo. Los barcos que iban hacia allí dieron un giro de 180º y regresaron a Europa, porque pese a las penalidades, el europeo les era un mercado mucho más rentable. Estamos en los últimos estertores de una sociedad moderna necia y adicta a los combustibles fósiles.

La época de los hidrocarburos baratos y abundantes se acabó.

Para que te hagas una idea, los pozos del siglo pasado producían durante 10, 15 y hasta 30 años. En México tuvimos un pozo, el Cerro Azul 4, que fue perforado en 1916, llegó a generar 260.000 barriles diarios y no se cerró hasta hace unos siete años. Produjo de media entre 30.000 y 40.000 barriles diarios. Por contra, los pozos del fracking se mueren al año y medio o dos años. Empiezan produciendo 900 barriles al día y al año ya están produciendo 100.

El petróleo que queda requiere inversiones tres o cuatro veces mayores que las de hace unas décadas, y soluciones tecnológicas como las aguas profundas o el mismo fracking son un fiasco. Tras inversiones millonarias cubren poco más del 20% de la demanda global.

El problema es sistémico, no coyuntural. Los costes de extracción siguen y seguirán incrementándose, pero llevamos ocho años de descenso de las inversiones. Las consecuencias ya están aquí, y van a ir empeorando, lo están avisando varias agencias de energía importantes, incluida la estúpida Agencia Internacional de la Energía.

¿Por qué califica de estúpida a la AIE?

Son unos brutos. Jamás advirtieron con suficiente antelación de este problema, han estado negando el fenómeno del peak oil durante años y años, cuando venimos avisando desde los años 2000-2003. Vamos a un caos energético que va a seguir la senda de lo ocurrido con Pakistán, y es de prever que empiecen los conflictos sociales, porque a la gente no se le ha informado de que va a haber una escasez, se le ha prometido crecimiento y se le han hecho promesas que no se van a poder cumplir.

¿Algo se podrá hacer?

Nosotros teníamos un indicador: cuando los financieros y los economistas empezaran a poner el tema en los medios, es que ya estaba aquí, ya era demasiado tarde para hacer algo. Y en ese momento estamos. Vamos a colapsar.

Insisto, por muy tarde que sea, ¿algo se podrá hacer?

Cuando me lo preguntan, yo contesto: ¿Estás dispuesto a tomarte la amarga medicina que se requiere? La solución pasa por cultivar nuestros propios alimentos de forma agroecológica y practicar la permacultura. Ese sería el objetivo final, pero tenemos una sociedad demasiado elevada, demasiado tecnológica, y necesita ser desmantelada de forma cuidadosa.

Hay que empezar, por ejemplo, por desmantelar la industria automovilística, sacar a todos sus empleados, que son unos cuatro millones en todo el planeta, e introducirlos en nuevos sistemas laborales. Y eso también habría que hacerlo poco a poco, deberíamos pasar antes a automóviles más pequeños, de dos personas, y prohibir los grandes recorridos y los vehículos de gran consumo; solo con eso se reduciría la demanda en unos 15 millones de barriles diarios. También habría que empezar a reducir los recorridos de las personas a sus lugares de trabajo, y comenzar a implementar sistemas de producción agroecológica en las áreas periféricas de las ciudades.

Es muy crítico con el modelo seguido con las renovables.

Desde finales de los 90 nos han querido hacer creer que las renovables son la solución. Estamos metidos en una locura de montar turbinas eólicas y solares, y no va a funcionar.

¿Por qué?

El problema de las renovables es que requiere instalar demasiada potencia, mucha más de la que se demanda. Alemania es el ejemplo. Consume 60.000 MW en tiempo real. Tienen un parque de 220.000 MW, casi cuadruplican la demanda, y más de la mitad es renovable. Cuando toda la renovable está funcionando, puede producir el doble de lo que necesitan, es una aberración y genera varios problemas. Para financiar la introducción de renovables, el Gobierno firmó contratos de compra obligatoria, es decir, está obligada a comprar la renovable se use o no se use. Y cuando tiene sobrantes, pasa la pelota a Polonia o Austria.

Y como en esos casos, las centrales convencionales de gas, de carbón y de energía nuclear deben parar para no producir más, se les paga para no funcionar, porque de lo contrario serían inviables, y son necesarias porque las renovables no siempre producen lo necesario. Una central de gas debe funcionar 18-20 horas al día para ser rentable, en la actualidad están funcionando 8-10 horas. Sin ayudas, quebrarían.

Todo esto ha hecho que la electricidad más cara del mundo esté en Alemania, un país con más de 120.000 MW de renovables. Y cuando el gas está por las nubes, la alternativa sigue siendo el carbón. Es una aberración, diseñaron el sistema con los pies.

Fuente: https://www.naiz.eus/eu/info/noticia/20220501/sin-petroleo-hoy-dia-solo-podemos-caminar-desnudos-por-la-playa

jueves, 21 de abril de 2022

El aeropuerto de Dakar no tiene keroseno para que despeguen los aviones

 El aeropuerto de Dakar, en la capital de Senegal, no tiene keroseno para que despeguen los aviones y pide a las compañías aéreas que aterrizan que aseguren su propio suministro de combustible para los vuelos de regreso. En otras palabras, que se busquen la vida como puedan.

La empresa que suministra el combustible para la aviación (Smcady) ha anunciado interrupciones durante dos semanas en el repostaje a partir de hoy a mediodía.

La empresa SMCady es propiedad de varios grupos petroleros extranjeros.

La empresa AIBD (Aeropuerto Internacional Blaise-Diagne) que gestiona el aeropuerto es propiedad a dos empresas turcas. Ha pedido a las compañías aéreas que “tomen las medidas necesarias […] para garantizar la autonomía de combustible de los vuelos de regreso”.

“El sistema de abastecimiento de parafina está gravemente perturbado debido a una situación internacional desfavorable combinada con tensiones sin precedentes en los precios de ciertas materias primas, señala un comunicado de prensa de AIBD.

Ayer la compañía aérea nacional Air Senegal quiso tranquilizar a sus clientes. Anunció en un comunicado de prensa que «llevará a cabo su programa de vuelos habitual con el mismo horario», a pesar de la escasez de keroseno.

Según la prensa local, el gobierno ha tomado medidas para que el suministro de combustible sea prioritario para Air Senegal y el ejército. “A raíz de esta situación, nuestros vuelos Dakar-París están haciendo una escala en Las Palmas” para repostar, dijo ayer un portavoz de Air France en París.

Desde el inicio de las sanciones contra Rusia, los precios del petróleo se han disparado en los mercados mundiales, lo que ha provocado carestía y una fuerte subida de los precios de los combustibles en muchos países.

Varios automovilistas dicen que han tenido dificultades para encontrar gasóleo en Dakar durante el fin de semana (el lunes era festivo), y a veces tuvieron que pasar por varios surtidores antes de poder repostar.

Fuente: https://mpr21.info/el-aeropuerto-de-dakar-no-tiene-keroseno-para-que-despeguen-los-aviones/

lunes, 13 de septiembre de 2021

El otoño de la civilización (y la ruptura de la cadena de suministros)

 Hemos pasado el verano de la historia, en el que todo iba cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma

Campo de cereal
Campo de cereal / GETTY IMAGES

 Históricamente, en nuestras latitudes, el otoño era un tiempo de recogimiento. De frenar el ritmo trepidante del verano. De prepararse para el inevitable y crudo invierno. Pero eso era antes. En la actualidad hemos logrado difuminar las estaciones. Gracias a nuestro ingenio, hemos creado un desarrollo tecnológico que nos permite –a los privilegiados– habitar ambientes cálidos en inviernos fríos y viceversa. Las frutas y verduras ya nos llegan en todas las estaciones y de cualquier parte del mundo en cualquier momento, gracias a la complejidad de nuestro sistema. En uno de los grandes –quizá aparentes– avances de nuestra civilización, en cierta manera, hemos disciplinado a la fuerza de los ciclos naturales.

Sin embargo –habrá quien le encuentre un reverso poético a esto–, para lograr someter a los ciclos, hemos usado tal cantidad de combustibles fósiles que ya no solo los tiempos están cambiando. Las estaciones también. Nuestra pírrica victoria solo ha sido temporal. Temporal, como los que estamos desatando. No solo hemos diluido los ciclos, digamos, de puertas para dentro, sino que estamos creando un nuevo estado climático caótico que nos va a sorprender con fenómenos meteorológicos cada vez más abruptos, inesperados, potentes y frecuentes. Es la consecuencia de haber pretendido dominar los ciclos, sin antes comprenderlos.

A la cadena de suministros le está pasando algo que parece que tampoco comprendemos bien. Al principio fueron los microchips. No se producían los suficientes. Las fábricas de coches empezaron a parar algunos días para acomodar su producción. Después, la escasez de chips afectó a la PlayStation 5. Si quieres una nueva, tienes que encargarla y esperar unos meses.

Luego empezaron a escasear –y a aumentar de precio– muchos materiales de construcción: acero laminado, aluminio, cobre, cemento…hasta madera. También faltan ya algunos pigmentos, resinas epoxi y varios tipos de plásticos. La lista de materias primas que está escaseando es cada vez más larga, y eso empieza a afectar a las materias elaboradas a partir de las materias primas. Faltan recambios para algunos coches, o para bicicletas. Hay ordenadores e impresoras que discretamente han desaparecido del catálogo.

Pero el problema no se acaba en lo más anecdótico: ocurre que algunos alimentos comienzan también a escasear. Que este año la cosecha de trigo en Rusia será mala y el precio del trigo está aumentando. Que falta acero y aluminio para las latas, que los costes de los contenedores, de los transportes marítimos, se han multiplicado por diez o por veinte. Que falta de todo.

Pero eso no es todo, ojalá. De repente el precio de la electricidad también se ha disparado, y las familias y empresas lo sufren. Rápidamente los medios de distracción y los tertulianos han puesto el grito en el cielo, atacando al Gobierno o a las eléctricas, pero –aunque hay responsabilidades compartidas y el pulso del oligopolio a un ejecutivo blando pero que no controlan del todo es evidente–, poco a poco se empieza a escuchar cuál es la causa principal de la subida de la luz: falta gas natural. Y no falta solo en España: falta en toda Europa. Argelia, antaño suministrador fiable de gas a España, ahora solo nos envía menos de la mitad que hace unos años, y las energéticas han buscado gas en otros países. Obviamente, pagándolo a un precio mucho más caro. Incluso hemos llegado al punto en el cual compañías productoras de fertilizante están paralizando ya algunas de sus plantas en España y Reino Unido debido al creciente precio del gas. Habrá que vigilar bien esto: tras aquella “revolución verde” en la agricultura, que más bien fue negra, color crudo, la cadena alimentaria es absolutamente petrodependiente.

El mundo se ha vuelto loco. Después de la convulsión de la covid, cuando se esperaba la recuperación económica, todo parece irse al garete, así, por las buenas. Sin previo aviso.

¿Sin previo aviso?

En realidad, sí que hubo aviso. Y no uno: muchos. Y no solo recientes, sino algunos que vienen resonando desde hace décadas. Nada de lo que pasa es casual ni del todo inesperado. Se sabía que acabaría pasando. Se sabía, pero no se quería actuar, porque eso implicaba cambiarlo casi todo. Tantas cosas, que cada gobernante y cada consejero delegado decidió cerrar los ojos y esperar a que el problema se solucionase solo o lo solucionase otro. Tal vez llegara un milagro tecnológico, pensaron. Pero no vino otro que lo solucionase ni se resolvió solo. Y el milagro no llega.

Hace 16 años, en 2005, la producción de petróleo crudo tocó su máximo. Es lo que se conoce como cenit del petróleo convencional, el peak oil del petróleo más versátil y fácil de extraer. Desde entonces, se han introducido un montón de (malos) sucedáneos del petróleo para compensar el estancamiento y posterior caída de la cantidad de petróleo bueno que se producía cada año; así, se empezaron a producir biocombustibles obtenidos a través de cultivos, se extrajeron alquitranes en Canadá y Venezuela para combinarlos químicamente con gas natural y obtener algo vagamente parecido al petróleo. Por último, se impulsó la locura/burbuja del fracking en los EE.UU. Había que intentar rebañar las gotas dispersas de hidrocarburos degradados que se encuentran en algunas rocas. Todo prácticamente en vano. Estos sucedáneos, los petróleos no convencionales, son demasiado caros de extraer y tratar, y encima no son tan buenos. Algunos no valen ni para producir diésel.

Las compañías petroleras intentaron seguir en el negocio, pero tras años de pérdidas enormes a pesar de que el petróleo se vendía caro, en 2014 decidieron comenzar a arrojar la toalla. No merecía la pena seguir luchando. Desde 2014, las petroleras han reducido un 60% su inversión en la búsqueda y puesta en explotación de nuevos yacimientos. Ese frenazo tan rápido garantizaba que la producción de petróleo comenzaría a caer en breve, y así ha sido: desde diciembre de 2018 la producción va cayendo, problema que ha agravado en 2020 la covid. Ojo, importante: agravado. No provocado.

Como hemos dicho, este proceso de caída de la producción de petróleo es conocido desde hace décadas, se ha avisado de él con frecuencia. Y ya está pasando, con el carbón, el uranio y, en menor medida, con el gas natural. Hemos topado con los límites de muchos de los recursos naturales esenciales. Tal y como se avisó ya en 1972. Hemos entrado en el siglo de los límites. Durante décadas, geólogos, ingenieros de minas y científicos de diversos ramos habían advertido sobre la inevitable crisis energética y de materiales que causaría el peak oil. Y no se ha hecho nada. Se ha esperado a que la escasez comenzara a ser notoria.

Falta diésel desde 2015, y por ello, la extracción de minerales y el transporte marítimo se encarecen. Todas las carencias que se van desencadenando se retroalimentan y hacen el problema cada vez más grave: si hay menos plástico y menos cobre faltan cables, y entonces faltan máquinas, que disminuyen la producción de tantas otras materias primas y elaboradas. Si se extrae y transporta menos hierro por la falta de diésel y el encarecimiento de los portes marítimos, se fabrican menos contenedores y eso hace que los precios del transporte por mar se disparen aún más. El efecto mariposa de la complejidad, dentro de la propia cadena de suministros.

Europa se enfrenta a una crisis de suministro de gas natural en los próximos meses. Motivo: sus dos principales proveedores (Rusia y Argelia) llegaron a su máximo de producción, su peak gas, y su producción ya cae en este momento. Esto encarece la electricidad, pero también la fabricación de cemento, los fertilizantes y un largo etcétera. Las ramificaciones de la escasez de petróleo y de gas se extienden por todo el tejido industrial y productivo del mundo. Tanto el mundo empresarial como el político asisten aparentemente perplejos, no saben cómo reaccionar. Bueno, algunos en realidad sí saben: la compañía Maersk –el principal operador mundial de transporte marítimo de mercancías- ha multiplicado por 10 sus beneficios en el primer semestre.

La propia Agencia Internacional de la Energía, el organismo de referencia en su sector, aún no ha anunciado las conclusiones principales de su informe anual cuando falta un mes para su publicación: ni siquiera se han atrevido a abrir la compra previa –que en julio habitualmente ya estaba disponible–, seguramente porque no saben cómo tiene que continuar la historia para resultar creíble. Todo ello entremezclado además con el enorme reto climático que tantos sustos ha dado ya este verano: olas de calor por todas partes que llevan el termómetro a valores inéditos, incendios que arrasan casi países enteros, DANAS, inundaciones sin precedentes y trombas de agua en medio mundo. Por supuesto también en España. Hasta tornados estamos viendo en algunas zonas del interior de nuestro país. E incluso hemos asistido a un pequeño terremoto dentro del IPCC.

Volviendo a la cruda cuestión de la energía: no se puede resolver la crisis energética y de materias primas con más inversión. El problema es estructural. Los yacimientos han tocado máximos y decrecen inevitablemente. Cada vez costará más obtener petróleo, gas u otras materias primas.

Y como las materias primas ya escasean, no podremos implementar todos esos masivos parques de energías renovables que se proyectan en todas partes al mismo tiempo –presionando más la cadena de suministros–, y que requieren de ese neodimio, plata, disprosio y otros tantos materiales cada vez más buscados. Además, el abaratamiento de muchos de esos paneles o aerogeneradores (que tienen una vida útil determinada de unas pocas décadas y luego han de ser sustituidos) ha sido posible gracias a la globalización y a las economías de escala. Cuestionable, como mínimo, que se puedan mantener a medio plazo.

Deberíamos dejar de hablar de macroproyectos y tecnofábulas fantasiosas, y centrarnos en cosas más simples e imprescindibles. Garanticemos el suministro de alimentos, garanticemos el agua limpia, aseguremos las necesidades locales, relocalicemos el trabajo, trabajemos con materiales de proximidad y montemos los sistemas locales y resilientes que necesitamos, tanto de producción de energía como de todo lo demás. Dejemos de encandilarnos con las eternas promesas tecnológicas incumplidas y salvemos lo salvable. Adaptémonos a lo que ha de venir igualmente.

Repensemos el modelo Just In Time, ese modelo basado en la aceleración perpetua y evitar almacenar para ahorrar costes. Asumamos que solo fue posible mientras sobraba de todo. Que nos ha dado problemas durante la pandemia –ahora sabemos bien que las cosas no siempre llegan justo a tiempo– y que su influencia en la escasez creciente también es notoria. Al fin y al cabo, qué era el otoño sino el momento de almacenar para afrontar el duro invierno.

Hemos pasado el verano de nuestra civilización, en el que todo iba cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma. Como la cigarra de la fábula, no hemos aprovechado la bonanza del verano para hacer acopio para los malos tiempos. Ahora se acerca el otoño de la civilización.

El otoño siempre fue una especie de ruptura natural en la cadena de suministros. De repente, pasado el cénit energético del verano, se llegaba a un punto en el que se empezaba a tener menos, y había que adaptarse para afrontar el invierno. Aún tenemos tiempo para hacer preparativos, para tomar medidas adecuadas con determinación, para evitar lo peor. Pero no podemos esperar más, porque de hecho ya llegamos tarde. Estos preparativos tardíos de otoño no serán tan efectivos como habrían podido serlo en pleno verano.

El otoño de la civilización no es ni más ni menos que nuestro inexorable regreso –en principio lento– a vivir dentro de unos ciclos que nunca debimos dar por vencidos. En tiempos que cada vez serán menos complejos, pero más difíciles, vamos a tener menos energía para aclimatarnos a un invierno profundo que puede durar décadas, incluso siglos. Y ni la primavera ni el siguiente verano aparentemente invencible están asegurados. Habrá que ganárselos. Benedetti, a su manera, también lo vio venir: aprovechemos el otoño / antes de que el invierno nos escombre […] aprovechemos el otoño / antes de que el futuro se congele / y no haya sitio para la belleza /porque el futuro se nos vuelve escarcha.

 Fuente:https://ctxt.es/es/20210901/Firmas/37191/civilizacion-escasez-trigo-petroleo-gas-suministros-antonio-turiel-juan-bordera.htm

martes, 12 de enero de 2021

Antonio Turiel: "Las consecuencias del pico del petróleo se nos echan encima"

 El covid-19 ha dado el golpe de gracia a la industria petrolera, según el físico. Pero dentro de este sistema económico no hay alternativa viable

Antonio Turiel.
Antonio Turiel. / David Aparicio

  Nuestra economía adicta al petróleo se enfrenta a un inminente síndrome de abstinencia, debida al “pico del petróleo”: una caída irreversible en la producción de hidrocarburos. Es esta la tesis del último libro de Antonio Turiel (“Petrocalpisis”, Alfabeto, 2020), físico del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) y autor del blog The Oil Crash. Ante este reto, podemos decidir colapsar como el Imperio Romano o florecer como el Japón de la época Edo.

¿Por qué dice que no vamos a salir nunca de la crisis actual?

Un sistema que crece al infinito no se puede sostener en un planeta finito. Todo el sistema económico y productivo que gira entorno al crecimiento no tiene sentido. No saldremos de esta crisis dentro de este sistema económico. Y tampoco en un sistema comunista, que en todo caso estaría orientado al productivismo.

Hace mucho que se habla de pico del petróleo. ¿Esta vez va en serio?

En 1971, [el geofísico M. King] Hubbert previo que el pico llegaría en 2005. Eso no quiere decir que se acabaría todo el petróleo. Efectivamente, en 2005 se llegó al máximo de la producción del petróleo crudo convencional: lo certificó la Agencia Internacional de la Energía en su informe de 2010. Mientras tanto, se pusieron en circulaciones sustancias que más o menos reemplazan al petróleo [convencional], como la que deriva del 'fracking'. Gracias a la aportación del 'fracking' de EEUU postergamos hasta diciembre de 2018 el pico del conjunto de hidrocarburos líquidos. Desde entonces, estos están en un declive irreversible.

¿No cree que las petroleras encontrarán nuevos yacimientos?

Entre 1998 y 2014 las compañías multiplicaron por tres su esfuerzo para buscar nuevos yacimientos. Desde el 2014, viendo que estaban perdiendo muchísimo dinero, redujeron drásticamente su inversión, un 60%. La covid lo ha acelerado. En EEUU hay una avalancha de quiebras en el sector del 'fracking': veo imposible que se recupere. El World Energy Outlook de 2020 de la Agencia Internacional de la Energía prevé que la producción podría llegar a caer hasta un 50% dentro de 2025, en el peor escenario.

Si eso es cierto, ¿por qué apenas forma parte del debate político?

Los funcionarios europeos conocen perfectamente la cuestión. El problema es que no hay soluciones sencillas y políticamente aceptables. Pero el asunto ya ha entrado en la agenda política. Se habla tanto del hidrógeno verde porque se reconoce que vamos a tener un problema: cómo vamos a mover los camiones.

¿Cuándo vamos a tener ese problema?

Hoy la producción de petróleo ya es el 10% menor que en 2019. Cuando haya recuperación económica, crecerá la demanda pero no habrá la manera de que crezca la oferta. Aunque no hubiera recuperación, lo notaríamos en todo caso en 2023-24. El problema se nos cae encima a toda velocidad. La opinión mayoritaria es que ya estamos en el pico del petróleo. Que ya se ha producido.

¿Este colapso del petróleo llegaría a tiempo para evitar lo peor del cambio climático?

Tendría un efecto beneficio en el sentido de reducir las emisiones. Sin embargo, no se sabe si sería suficiente para evitar los peores efectos. Y si lo hiciera, ¡a qué coste!

Petroleros varados frente a las costas de California que no pueden descargar por la falta de demanda durante la primera ola del covid-19.

 EL PERIÓDICO

¿No sería bueno deshacernos del petróleo de golpe?

No podemos prescindir del 50% del petróleo de la noche a la mañana. Habría problema de abastecimiento de alimentos, tensiones políticas, guerras. A un adicto no le puedes quitar una sustancia de golpe. Algo tan rápido puede ser muy destructivo. Piensa en las tecnologías de la información. Se basa en minería alimentada con petróleo, en transporte de larga distancia y en una producción concentrada en pocos sitios. La fabricación de chips se vería seguramente afectada.

¿No basta con apostar fuerte por las renovables?

La transición hacia las renovables no es fácil. El 80% de la energía que consumimos no tiene forma de electricidad [que se puede reemplazar fácilmente por renovables]. Además, no va a haber 25 millones de coches eléctricos en España. El hidrógeno verde tampoco es viable: es un vector con muchas pérdidas de energía, difícil de manejar y con impacto ambiental. La caída del petróleo dificulta la transición. Para montar un parque eólico necesitas camiones, acero, excavadoras, etcétera. 

Ni petróleo, ni renovables. ¿Cuál es la solución?

No hay ninguna tecnología que permita mantenerlo todo igual, cambiando las fuentes de energía. Hay que cambiar el modelo social. No hay ninguna duda de que el futuro será 100% renovable. Pero ese total debería ser bastante menor que el actual. Hay que producir menos. Se puede montar un sistema económico que garantice un buen nivel de vida, pero no orientado al crecimiento.

¿Cómo sería ese sistema?

La globalización es posible por tener mucho petróleo barato. Hay que relocalizar la producción: no es viable fabricar en China y llevar productos en carguero. También hay que cancelar la deuda. En un mundo en contracción económica, las deudas son impagables. Luego hay que hacer reformas que garanticen la plena ocupación sin una economía en expansión. El fin social de la empresa no debería ser repartir beneficios a sus accionistas sino dar empleo a sus trabajadores. Es el modelo de las empresas pequeñas, donde el jefe trabaja para llegar a fin de mes como un empleado más.

Es pedir mucho. ¿Cómo se pueden hacer cambios como esos?

Ahora es implanteable. Sería como subir una montaña altísima de prejuicio social. Pero cuando la sociedad vea cierto grado de colapso, una situación de crisis económica persistente, va a estar receptiva a un replanteamiento. La altura de esa montaña va a bajar. Sin embargo, si el cambio se hace de forma desordenada, se pueden perder muchas capacidades industriales. Como en el colapso del Imperio Romano, donde se perdió mucho conocimiento.

¿Vamos a caer en otra edad media?

Hay decenas de civilizaciones que han colapsado. Es un evento relativamente frecuente. Pero también hay casos contrarios. El Japón de la época Edo ejercía una enorme presión sobre unas islas, pero supo producir un cambio de vida que generó un florecimiento. Los valores de esa cultura eran el equilibro con la naturaleza, vivir dentro de tus límites, lentamente, pero con perfección. Siempre estamos a tiempo. Y los colapsos también se pueden revertir.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/entre-todos/20210111/antonio-turiel-consecuencias-pico-petroleo-11434959?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=cm

jueves, 13 de diciembre de 2018

David Harvey


David Harvey, legendario geógrafo y teórico marxista, es el primer entrevistado de la serie. De su mano, Qué Hacer se embarca en un viaje tras la estela de los flujos del capital en el planeta. Harvey encuentra en dichos flujos los orígenes de las crisis que nos afectan  — la social, la climática y la política– incluido el ascenso político de Donald Trump. Pero el profesor emérito de la City University of New York también observa puntos de tensión en el sistema que origina esas crisis. Tan implacable en sus métodos como ecléctico al elegir dónde poner la lupa, el académico británico ofrece un análisis totalizador, que nos invita a pensar qué nos trajo hasta aquí para así poder afrontar cómo salimos de esta.

Esta serie arranca con una premisa para enfocar soluciones políticas a tiempos convulsos: ‘Qué hacer?’Usted ha dicho alguna vez que si la energía que se emplea hoy en día en la ayuda humanitaria se dedicase a desarrollar modelos para superar el capitalismo nos iría mucho mejor como sociedad. Partiendo de esa base, ¿cómo respondería a la pregunta ‘Qué hacer?’
La revolución es un proceso. No es un acontecimiento, y es un proceso que tarda mucho en salir adelante y tiene que avanzar en diferentes frentes. Supone transformaciones en conceptos mentales sobre el mundo, las relaciones sociales, las tecnologías y también en estilos de vida. Ahora bien, cada uno de nosotros tiene una posición en nuestra sociedad, donde puede contribuir en alguno de estos frentes. Yo soy académico y puedo intentar influir en los conceptos mentales del mundo, pero sé que no es lo único que hay que hacer. Así, todos tenemos que emplear nuestras habilidades para lograr un proceso revolucionario que nos aleje de la locura del capitalismo contemporáneo para crear una sociedad cuerda en la que cada uno de nosotros tenga una vida decente y unas condiciones de vida decentes y conceptos razonables sobre un futuro decente.

Ha dedicado gran parte de su vida al estudio y la difusión de la obra de Marx. Muchos críticos del marxismo hoy en día –tanto en la derecha como en la izquierda– señalan que si bien esas ideas pudieron ser útiles para el siglo XIX, han dejado de ser relevantes. Usted no tiene inconveniente en abordar asuntos aparentemente dispares, según el mundo que le rodea cambia, desde el desarrollo tecnológico a la crisis climática. Para quienes no conozcan la obra de Marx o no la hayan leído, ¿por qué sigue teniendo valor, en pleno siglo XXI, dados los retos a los que nos enfrentamos, y el mundo en que vivimos?
Hay una historia del marxismo que es problemática, y tiene cosas muy buenas y cosas muy malas. Es como el capitalismo. Es como todo. Después están los escritos de Marx, que me impresionan particularmente. Lo que hacía era abstraerse de las actividades cotidianas de una economía y trataba de contribuir al entendimiento del modo en que funciona el capital. El capital tan solo es la producción de valor y plusvalías a través de una serie de configuraciones y actividades, y en la época de Marx, ese sistema de llevar el pan a la mesa y todo ese tipo de cosas, ese sistema existía sólo en un relativamente pequeño rincón del mundo. Ahora, el mundo entero está atrapado es el modo de producción capitalista. Si vas a China, lo ves. Si vas a India, lo ves. Si vas a Brasil, lo ves. Vayas adonde vayas, lo ves.

De modo que no escribía sobre el siglo XIX. Escribía sobre algo llamado capital y sobre cómo funciona el capital. El capital sigue con nosotros, y sigue haciendo cosas muy perjudiciales y sigue haciendo algunas cosas muy fascinantes, y Marx tiene un modo de analizarlo que examina sus contradicciones. Por una parte, desarrolla tecnologías nuevas. Por otra parte, observamos cómo estas nuevas tecnologías no se emplean para liberar a los seres humanos y emanciparlos, sino para generar más riqueza y poder para unos pocos. La economía contemporánea tiende a evitar las contradicciones. No le gustan las contradicciones, así que finge que no existen. Ahora bien, Marx va y dice que el capital por definición es contradictoria, y si quieres un análisis sobre el funcionamiento de las contradicciones, tienes que ponerte y tienes que estudiar a Marx.

Ha desarrollado en su trabajo la idea de que el modo en que salimos de una crisis –la manera en que nos enfrentamos a las contradicciones que nos arrojaron a ella– determina la siguiente crisis. Me pregunto, una década después de la última gran crisis financiera, ¿ha observado algo en la manera en que salimos de ella que le ayude a explicar la situación política en EE.UU. y el resto del mundo?
A toda crisis que ha tenido lugar desde la década de 1980 le ha seguido lo que llamamos una recuperación sin empleo, que es como se encuentra la clase trabajadora que no se ha recuperado de la crisis. El capital se ha recuperado, pero la gente no. En 2009, las estadísticas oficiales mostraban que nos habíamos recuperado, pero todo el mundo sabía que no había trabajo. No había trabajos decentes. Las crisis son una de las maneras que tiene el capital para renovarse, de modo que no suponen el final del capitalismo. En realidad son un modo de reconfigurar el capitalismo, y creo que cabe preguntarse si 2007, 2008 era el modo en que iba a reorganizar el capital. Bien, en múltiples aspectos no se reorganizó en absoluto. Mi interpretación del neoliberalismo fue que desde el principio fue un proyecto político acerca de la consolidación y la creciente concentración de la riqueza y el poder dentro de la clase capitalista, y que la concentración ha continuado.

Algunos leímos la elección de Trump, de la mano del Brexit y otros fenómenos, como una señal del fin de la era neoliberal. Como, entre otras cosas, historiador del neoliberalismo, ¿la leyó usted del mismo modo? Me refiero en concreto a su decisión de sacar a EEUU de acuerdos comerciales como el TPP o el NAFTA, sus promesas de crear puestos de trabajo, etc. Un año después de su elección, ¿cómo interpreta el ascenso político de Trump y su encaje con el proyecto neoliberal?
Los únicos que verdaderamente se han beneficiado de la crisis de 2007-2008 fueron el 1% más rico y el 0,1% más rico, mientras que todos los demás perdían. Una de las cosas que ha cambiado es que después de 2007-2008 ya no era posible alegar ideológicamente que los mercados lo resolverían todo. El neoliberalismo era inestable y era probable que evolucionara en algo que se haría muchísimo más autoritario. El neoliberalismo generó una gran desilusión. Las poblaciones cada vez se sentían más alienadas en sus puestos de trabajo. De modo que los trabajos dignos cada vez eran más difíciles. La vida cotidiana cada vez era más agobiante, y la política no hablaba de esa alienación.  Entonces apareció Donald Trump y habló de ello de un modo u otro, de forma que las poblaciones alienadas no necesariamente votan a la izquierda. Pueden volverse neo-fascistas. Pueden ir en cualquier dirección y creo que existía cierto anhelo, en muchos sectores de la población alienada, de que se produjera una alteración de algún tipo.

Lo que Donald Trump prometió fue alteración y lo que por supuesto ha proporcionado ha sido alteración. Creo que es significativo que haya recurrido a Goldman Sachs para sus nombramientos económicos y que Goldman Sachs haya controlado el Departamento de Tesoro de EE.UU. desde aproximadamente 1992. Trump ha eliminado normativas que detenían la concentración de mayor riqueza y poder, de modo que no ha adoptado ninguna medida en absoluto en ese sentido. Solo ha continuado el proyecto neoliberal porque él es la quintaesencia del hombre neoliberal en persona. Hay un estancamiento general, y, a la vez, la continua acumulación de riqueza y poder por parte de los que cada vez se están convirtiendo más en una especie de oligarquía global. Entonces surge la pregunta: ¿de quién es la culpa?

Ahora bien, se puede echar la culpa al capital. Yo culparía al capital, pero a los capitalistas no les gusta que les culpen de las crisis. Les gusta echar la culpa a otros, de modo que los inmigrantes son el problema o la deslocalización es el problema desde las décadas de 1970 y 1980.La pérdida de empleo en la fabricación se debe al cambio tecnológico, no a que se envíe a China, no a que se envíe ahora. Si te presentas a unas elecciones y dices que estás en contra del cambio tecnológico mira lo lejos que puedes llegar. Si te presentas y dices que esa pérdida de empleos tiene que parar, que tenemos que impedir la entrada a los inmigrantes y tenemos que culpar a alguien más, ¿a quién culpamos? A China, y así tenemos ahora mismo las políticas en contra de los inmigrantes y las políticas en contra de China. Ahora bien, esto es interesante. China, dijo Trump, el primer día que suba al poder, me encargaré de eso. ¿Ha sido capaz de encargarse de ello? En absoluto. ¿Quién posee la deuda de EE.UU.? China. Y ese fue un momento interesante en la crisis, que es cuando aparecen Fannie Mae y AIG, las dos grandes compañías aseguradoras. El 60% de las acciones de estas instituciones pertenecían solo a los chinos y a los rusos, y en 2008 los rusos fueron a los chinos y les dijeron: “Vendamos todas nuestras acciones, colapsemos el mercado de Estados Unidos”.  Si lo hubieran hecho, habría sido un desastre. Los chinos no lo hicieron porque no tenían ningún interés en arruinar la economía de EE.UU. porque esa economía es su mercado principal. A los rusos les da igual el mercado de EE.UU. porque no es importante para ellos. Pero esta es la situación: si Estados Unidos intenta presionar demasiado a China en cuestiones comerciales, China tiene mucho poder sobre la economía estadounidense. Si EE.UU. empieza a dejar de vender sus productos en el mercado, entonces los chinos dirán, está bien, no tenemos razón alguna para mantener tan precipitadamente el mercado de EE.UU. Vamos a deshacernos de toda la deuda, y entonces veremos qué le pasa con el endeudamiento de Estados Unidos.

El imperialismo es un concepto al que ha dedicado gran parte de su trabajo, incluido un libro completo. Sin embargo, últimamente ha dicho que ya no le parece un concepto útil para entender el mundo. ¿Por qué lo cree así? ¿Tiene algo que ver con su análisis de los flujos del capital y el advenimiento de una clase rentista global?
No creo que la explotación de la gente en una parte del mundo por alguien que está en otra parte del mundo haya cesado en absoluto. De hecho, se realizan enormes transferencias de valores principalmente en tiempos de crisis. Ese 1% de más ricos en realidad ha alcanzado ese puesto gracias a transferencias masivas de riqueza de la población mundial general a dicha clase, y de este modo, se trata más de una cuestión de clase que del hecho de que una parte del mundo domine a otra.
¿Puede la gente conservar su patrimonio? ¿Puedes obtener ingresos sobre las rentas, sobre alquiler de propiedades, de inmuebles? Y, cada vez más, por supuesto, en los últimos 50 años, se imponen los ingresos sobre la propiedad intelectual. Hay muchas corporaciones capitalistas que creen que unos ingresos sobre la propiedad intelectual es lo único que han de tener y que no tienen que producir nada. De modo que hay organizaciones como Google o Facebook u otras parecidas que son la base de fortunas tremendas que acumulan unos pocos basadas en el cobro de réditos. Cuando se observa la estructura de los activos del 1% o el 0,1% de los más ricos, dos tercios de los activos son en propiedad o similar. La gente muy, muy, muy rica está empezando a dedicarse a este proceso de acumulación de tierras. Un gran pedazo de la Patagonia pertenece a una sola familia.

Deteniéndonos por un momento en el medioambiente, ¿cómo relaciona la emergencia de esa oligarquía global con la crisis climática a la que nos enfrentamos? Pareciera que la decisión de Trump de sacar a EEUU del Acuerdo de París no hará más que ahondar en esa crisis. ¿Comparte el diagnóstico?
El contexto de esto es que hay algún tipo de relación con la naturaleza, una relación metabólica con la naturaleza. Marx se refiere a esto como regalos de la naturaleza, y para que el capital sobreviva tiene que haber un caudal de estos regalos de la naturaleza, lo cual supone que tiene que estar en posición de apropiarse o si se quiere emplear otro lenguaje, saquear los regalos que ofrece el entorno natural que entonces se puede incorporar en el sistema de circulación.
Por ejemplo, hemos hablado de por qué Trump no organizó un vasto proyecto de infraestructura. ¿Quién organizó un enorme proyecto de infraestructura en 2007, 2008? China. Los chinos consumieron en dos años más cemento, un 40 % más de cemento que los Estados Unidos en 100 años. Necesitaban resolver el problema del desempleo. Resolvieron ese problema descargando en el entorno, y el resultado ahora es un desastre medioambiental en muchos sentidos. Ahora bien, los chinos son conscientes de ello y ahora están diciendo que muy bien, vamos a tener coches eléctricos y a reorganizar la sociedad porque ahora tenemos que solucionar el problema medioambiental. A esto me refiero cuando digo que el capital traslada sus problemas. Tenían un problema de desempleo. Lo solucionaron, pero ahora tienen un problema medioambiental. ¿Y cómo lo van a resolver? Bueno, lo harán con otra cosa y  probablemente descubriremos que hay dificultades financieras. Esto está conectado con el hecho de que el capital como sistema tiene que crecer. No puede ser siempre el mismo.

Creo que el Acuerdo de París era sumamente deficiente. Intentó resolver el problema del cambio climático recurriendo a las fuerzas del mercado, y creo que en realidad las fuerzas del mercado son el problema y no la solución. No estoy particularmente molesto con que Trump se saliera de él.
Cómo idear una transición en la que la mayoría de nosotros no pase hambre  me parece que tiene que ser parte de lo que consista cualquier revolución o transformación. Creo que sigue habiendo una tendencia en la sociedad que establece esta distinción cartesiana entre humanidad y naturaleza o cultura y naturaleza, y economía y naturaleza como si fueran dos compartimentos separados, pero soy tristemente célebre por decir que no hay nada antinatural en la ciudad de Nueva York. Las hormigas construyen hormigueros. Los seres humanos construyen ciudades. Es decir, que … los castores construyen presas. Todos los organismos a cierto nivel transforman sus entornos de manera que se suponen positivos para ellos. En lugar de verlo como un conflicto entre cultura y naturaleza, lo veo como un conflicto entre posiciones, si se prefiere o entre poblaciones, que están discutiendo que deberíamos estar yendo en otra dirección.

La cuestión es a quién beneficia todo esto. Ahora mismo, las transformaciones medioambientales son esencialmente las que dicta el capital, que no se está organizando para el bienestar de la población. Aquí en Nueva York, por ejemplo, hay un enorme boom inmobiliario en el que todo son estructuras de inversión para ingresos altos. Tenemos una crisis de vivienda asequible. Estamos construyendo para los multimillonarios de los estados del golfo y Rusia y de allá donde se pueda invertir, de modo que puedan tener un lugar para venir come y quedarse dos semanas al año en las que van de compras o lo que sea. Es una locura. Es una economía demente, y sigo pensando para mis adentros que es tan demente que no entiendo por qué la gente lo sigue tolerando. Esto se debe al hecho de que el proyecto neoliberal de concentración de la riqueza y poder está cambiando la forma de nuestras ciudades convirtiéndolas en ciudades para invertir, no en ciudades para vivir.

Hay un concepto que usted desarrolló mucho antes del ascenso de Trump, y que tiene especial resonancia en el momento político actual: la alienación universal. ¿En qué consiste esa idea, qué manifestaciones tiene, y cómo puede ayudarnos a entender el presente e imaginar el futuro?
Es interesante, muchas de las revueltas que han tenido lugar en el mundo en los últimos 15 o 20 años han sido en torno a problemas urbanos. El parque Gezi en Turquía, las revueltas en ciudades brasileñas en 2013, etcétera. Mucho descontento en zonas urbanas, incluso sobre asuntos como la vigilancia policial y demás… Estamos viendo muchos disturbios urbanos, y tiendo a pensar que se trata de una de las zonas clave de organización y reflexión, el lugar donde realmente podemos cambiar la naturaleza del capitalismo. No solo luchando por los problemas en el lugar de trabajo, algo que sigue siendo tremendamente importante, pero también luchando por unas nuevas condiciones en el espacio vital donde todos podamos tener un hogar decente y un entorno decente e imaginemos una vida cotidiana decente.

Cuando la gente empieza a decir qué sentido tiene mi vida, qué sentido tiene mi trabajo, y las encuestas indican que aproximadamente el 70 % de la población en Estados Unidos bien odia su trabajo o bien le es absolutamente indiferente de lo que trata… Cuando piensas en las novedades que ahorran tiempo en el hogar, pero si vas por las casas y preguntas: “¿tienes mucho tiempo libre?”, la respuesta es que no tenemos tiempo libre en absoluto. Una de las genialidades de Marx fue sugerir que el tiempo libre es señal de una gran sociedad, pero el hecho es que incluso la vida diaria en la ciudad te absorbe. Que si llevo la televisión a arreglar e invito a alguien a casa… y las frustraciones de hacer frente al seguro médico… y lo que se te ocurra. El papel de la maquinaria no es la de facilitarte el trabajo. El papel de la maquinaria es establecer una situación donde el capitalista puede obtener más plusvalía. Por este motivo la maquinaria no revertirá en beneficio del trabajo. Siempre se utilizará bajo el capitalismo para beneficiar al capital.

Lo mismo se aplica a los procesos culturales de consumo. Todos hemos visto esa especie de pequeños robots que merodean por el suelo y lo limpian por ti y ese tipo de cosas, pero ¿cuál es propósito de todo eso? ¿El propósito es darle tiempo libre a la gente o en realidad es llevarla a una situación en la que cada vez es más consumista? De modo que el consumismo consiste en liberar a la gente de las labores domésticas para que puedan salir y comprar. Es decir, la gente no tiene tiempo de tumbarse ni el derecho a vaguear. Eso provoca mucho estrés y mucha alienación, porque ves que estás sumamente ocupado, pero ¿con qué propósito y para el propósito de quién? Y sabes que no es tu propósito. Es el propósito de otro. ¿El propósito de quién? Creo que es probablemente uno de los problemas más serios que subyacen en gran parte de las turbulencias políticas que estamos viendo.

 Si quieres ver la entrevista completa en  vídeo: https://agora.ctxt.es/quehacer/david-harvey

domingo, 9 de septiembre de 2018

Lehman Brothers, año 10: Wall Street vuelve a ser una fiesta

Un empleado de Lehman Brothers, hoy cara de la crisis económica que vino a continuación, carga con una caja tras la quiebra del banco de inversión. 

El próximo 15 de septiembre se cumple el 10º aniversario de la quiebra de Lehman Brothers, el banco de inversión cuyo desplome transformó lo que se había vendido hasta entonces como un tropezón accidental de la economía estadounidense en una crisis sistémica que puso en jaque a buena parte del mundo. En la memoria colectiva, fue el principio de la peor catástrofe económica desde 1929, una larga travesía por el desierto que arruinó la vida de millones de personas. Pero no todo el mundo parece pensar igual. La prensa británica publicó hace unas semanas que cientos de antiguos empleados de Lehman pretenden aprovechar el aniversario para celebrar fiestas de reencuentro en Londres, Hong Kong y Nueva York. Se han anunciado cócteles y canapés. Y es que, después de todo, la élite del sector financiero sigue teniendo bastantes motivos por los que brindar.

Todas las crisis son un drama. Y esta fue particularmente desagradable. Solo en EEUU, se perdieron ocho millones de empleos. Siete millones de familias fueron desahuciadas. Barrios enteros se vaciaron como si un ejército de zombis los hubiera arrasado. Quebraron empresas. Y un océano de billetes verdes en ahorros y pensiones se evaporó con el 'crash' bursátil. Pero las crisis también ofrecen oportunidades únicas para reformar los desequilibrios estructurales del sistema. En este caso el capitalista, que, por su propia naturaleza, basada en la acumulación de la riqueza y la maximización del beneficio, tiende a inmolarse periódicamente. Lo hace por puro empacho y especialmente los corsés que lo regulan desaparecen.

Victoria del neoliberalismo

Es lo que sucedió tras la Gran Depresión, que sentó las bases para la época más dorada de la historia estadounidense. Por entonces, se impuso transparencia en el sistema financiero. Materias primas y futuros pasaron a comerciarse en mercados regulados y, para proteger los depósitos de los clientes de la tentación especuladora, se separaron los bancos comerciales de los de inversión y las aseguradoras. Aquellas medidas del New Deal, unidas a sus políticas sociales, crearon una época de enorme estabilidad que propulsó la gran expansión de la clase media y la reducción de las abismales desigualdades de principios de siglo.

Esta vez también se habló de reformar el capitalismo, pero tras 10 años de tortuosa recuperación pocas cosas parecen haber cambiado sustancialmente. Así lo sugiere la desafección de los millones de votantes alrededor del mundo que se han echado en brazos de partidos y salvadores de la patria que prometen soluciones mágicas y buscan chivos expiatorios para problemas que tienen generalmente una raíz económica. Desde la precariedad al miedo al pobre que llega de fuera, algunas de las enfermedades propias del neoliberalismo imperante desde los años 80. Ese modelo, implacable en su deconstrucción del Estado de bienestar, lleva tiempo dando señales de agotamiento. Pero está más vivo que nunca. La llegada del multimillonario Donald Trump al poder es su victoria final.

Resentimiento ante la gestión de la crisis

El resentimiento con la gestión de la crisis fue uno de los motivos que allanó su camino hasta la Casa Blanca. Una sensación que no se ha disipado porque la recuperación en EE UU ha sido enormemente desigual. Es cierto que prácticamente no hay paro para aquellos que siguen buscando activamente empleo o que los ingresos medios de las familias han vuelto a los niveles previos a la crisis. Pero los salarios ajustados a la inflación apenas han subido en 40 años y el patrimonio de los hogares sigue muy por debajo de donde estaba a comienzos de la recesión en diciembre del 2007.

Todo eso contrasta con la fiesta que se vuelve a vivir entre las instituciones de Wall Street y las grandes empresas al mando de la economía. Unas y otras llevan muchos meses registrando beneficios récord, una bonanza que se refleja en los máximos históricos de las bolsas. Sus comandantes tampoco tienen motivo de queja. Las compensaciones de los consejeros delegados no se han recuperado del todo, pero aun así cobran 312 veces más que el trabajador medio, según el Economic Policy Institute.

Culpables beneficiados

A estas alturas hay pocas dudas de las causas que provocaron la crisis, que comenzó con el estallido de la burbuja y no tardó en revelar cómo las arterias del sistema financiero se habían contaminado por la codicia temeraria o directamente fraudulenta de sus capitanes. Billones de dólares en hipotecas de dudosa calidad y alto riesgo de impago se empaquetaron en productos financieros tóxicos que bancos y aseguradoras vendieron alrededor del mundo mientras se endeudaban hasta el paroxismo. Las agencias de calificación, que todavía cobran de las mismas instituciones que evalúan, dieron a esos títulos la máxima calificación. Y a medida que el gas mostaza se repartía por el orbe, unos y otros solo se preocuparon de cobrar sus comisiones.

«Cuando los bancos son meros intermediarios de riesgo, los desplomes en determinados mercados solo les afectan relativamente. Es lo que pasó durante la burbuja tecnológica de finales de los 90, cuando no cayó un solo banco», dice el profesor de la Universidad Americana Arturo Porzecanski, quien trabajó 30 años en Wall Street. «Lo que pasó esta vez es que bancos como Lehman Brothers, Bear Stearns o JP Morgan no solo ejercieron de intermediarios, sino que se quedaron con los productos de riesgo en sus carteras. El cáncer estaba en Wall Street y el paciente casi se muere».

700.000 millones que aún escuecen

La comisión encargada por el Congreso de establecer las causas de la crisis no dejó dudas de lo que había pasado. Apuntó a bancos, aseguradoras y reguladores. Pero lejos de ser penalizados en los remedios de la crisis, todos ellos acabaron en gran medida saliendo beneficiados. Ya fuera en el rescate masivo a la banca, en los estímulos monetarios de la Reserva Federal o en la falta de castigos para los responsables del desaguisado. «Lo que sucedió en el 2008 fue un golpe sin sangre. Lo llamamos crisis financiera, pero en realidad fue la compra del pasivo de EEUU. Washington ocupó Wall Street y Wall Street capturó Washington», escribió el periodista financiero Bob Ivry en su libro 'Los siete pecados de Wall Street'. Como muchos otros críticos de la gestión de la crisis, Ivry denunció una simbiosis casi perfecta entre los dos grandes poderes del país.

El rescate a los bancos y aseguradoras fue quizá el ejemplo más palmario. Unos 700.000 millones de dólares que todavía escuecen entre la población. No solo por lo que se hizo, sino por cómo se hizo. «Wall Street le dio totalmente la vuelta a la situación y los medios compraron su narrativa. Aunque eran los bancos los que tenían que dar explicaciones, los que tenían la pistola en la sien, lograron que calara el mensaje de que no había otra opción que rescatarlos», recuerda ahora el economista Dean Baker, quien por aquel entonces trabajó en los pasillos de Congreso tratando de explicar otras opciones, como una nacionalización transitoria, lo que se hace habitualmente con los pequeños bancos que quiebran.

Cheque en blanco

Baker recuerda cómo aquí y allá se repetía que la alternativa al rescate sería una nueva depresión, una tesis que defendió el entonces presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke. «Estaban acorralados y como mínimo les tendrían que haber impuesto condiciones estrictas a cambio del dinero: obligarles a reducir su tamaño, recortar las compensaciones de los consejeros delegados y restringir sus actividades especulativas», dice Baker. Lo que recibieron al final de Henry Paulson, secretario del Tesoro de Bush salido de las filas de Goldman Sachs, fue una especie de cheque en blanco sin contrapartidas ni preguntas. Con el tiempo devolvieron el dinero con intereses, pero no fue el último regalo que recibieron.

La reforma financiera del 2010, ya con Barack Obama en el poder, quiso tapar los agujeros creados por la desregulación en tiempos de Clinton y BushCasi todos los economistas coinciden hoy en que el sistema es más seguro de lo que era como consecuencia de esa ley mastodóntica de 2.300 páginas que la Administración Trump ha empezado ahora a desmontar. Aumentaron los requisitos de capital de los bancos. Se redujo su exposición a la deuda. O se les obligó a ser sometidos periódicamente a pruebas de estrés. «Todas esas son cosas positivas, pero el sistema financiero que tenemos hoy es básicamente el mismo que había en el 2008», ha dicho Sheila Bair, quien fuera directora durante la crisis de la entidad pública encargada de asegurar los depósitos bancarios.

Los lobistas ganan

Pero aquella ley dejó como mínimo dos grandes asignaturas pendientes. En parte, gracias al trabajo denodado de los lobistas de la industria. Si bien restringió la capacidad de las entidades para especular con el dinero de sus clientes, no llegó a separar los bancos comerciales de los bancos de inversiónY tampoco se rompió ni se redujo el tamaño de los grandes supermercados financieros, aquellos que presentan riesgos sistémicos para el sistema, como se pretendía para no tener que volver a rescatarlos. Desde entonces su tamaño no ha hecho más que crecer.

Obama aprobó un monumental programa de estímulo keynesiano a principios de su mandato, pero fue la Reserva Federal la que tuvo que tirar del carro después de que el demócrata perdiera el Congreso en el 2010. La Fed bajó a cero los tipos de interés para estimular el crédito y la inversión, pero en una maniobra más controvertida también se dedicó a inyectar dinero en el sistema mediante la compra de bonos del Tesoro y títulos respaldados por hipotecas, esencialmente los activos tóxicos que arrastraban los bancos en sus carteras. «En realidad fue un segundo rescate bancario», dice el economista y regulador Bill Black. «¿Cómo podemos bajar los tipos de interés? Comprando títulos hipotecarios. ¿Quién los tiene? Los bancos. ¿Qué pasa cuando lo hacemos? Sube el valor de esos activos», afirma.

Impunidad

Millones de estadounidenses fueron también corresponsables de la orgía de endeudamiento que desencadenó la crisis. Compraron casas, coches y villas que no podían pagar, símbolos de unos días felices que acabaron enterrados por las malas hierbas. Pero, como muchos siguen recordando, las ayudas para las familias al borde del desahucio se racionaron religiosamente. En los primeros cuatro años de la crisis, la Administración Obama desembolsó unos 10.000 millones de dólares para rescatar a aquellos con una deuda hipotecaria superior al valor de sus viviendas, migajas comparado con la operación de salvamento a Wall Street.

El círculo de prebendas se cerró con la ausencia de condenas penales para los responsables de la crisis. Algo que sí sucedió durante la crisis de los bancos hipotecarios Savings and Loans a finales de los 80. Por entonces se logró la condena de más de un millar de banqueros y unos 800 pasaron por la cárcel. Esta vez la cifra oficial de condenas está en 324, pero son todas de prestamistas y 'brokers' de medio pelo y entidades desconocidas. Ninguno de los titanes de la industria ha sido procesado.

Oportunidad perdida y desregulación

«El Departamento de Justicia de Obama no quiso recomendar procesamientos y optó por las demandas civiles. Fue una decisión deliberada, ni siquiera investigaron cómo se hacían los préstamos, que es donde estaba el fraude», dice Black, quien fue la figura central en la investigación de los Savings and Loans. Al final las entidades financieras han pagado unos 150.000 millones de dólares en multas, según el recuento del 'Financial Times', pero ni siquiera han tenido que reconocer culpabilidad alguna y han visto cómo sus acciones subían cada vez que cerraban un caso civil.
«Fue una oportunidad histórica para prevenir futuros fraudes bancarios con mecanismos efectivos de disuasión, una ocasión para desacreditar ciertas formas y lograr una verdadera reforma», dice Black. Pero no se hizo y, por el camino, el Partido Demócrata perdió una enorme legitimidad frente a su electorado trabajador. Ahora es ya demasiado tarde. Con Trump y su gabinete de multimillonarios ha vuelto el hambre por la desregulación. La historia no hace más que repetirse.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20180908/lehman-brothers-10-anos-vuelve-fiesta-wall-street-7023178

jueves, 9 de noviembre de 2017

Francisco Louça: “En Portugal el salario mínimo se ha subido un 20% y ha creado empleo”

Hablamos con el economista portugués sobre las políticas del país luso, la austeridad, la deriva europea, el auge de la extrema derecha y el fin de las medidas expansivas del Banco Central Europeo

Francisco Louça Bloco Esquerda
Francisco Louça fue coordinador del Bloco Esquerda durante siete años
 El político y economista portugués Francisco Louça coordinó el Bloco Esquerda durante siete años. Ahora se encuentra en una segunda línea política, pero asesora y trabaja junto a partidos de izquierda para labrar estrategias y alternativas a las recetas de austeridad.

Muy crítico con la deriva neoliberal europea y el euro, explica a El Salto las medidas que está tomando Portugal para salir de la crisis contradiciendo las exigencias del FMI. Pero también avisa: "El fin del Quantitative Easing [el plan de compra de activos del Banco Central Europeo] provocará una nueva recesión en Europa".
  
A España llegan noticias que apuntan a que Portugal está saliendo de la crisis con medidas antiausteridad, ¿qué hay de cierto y qué limitaciones tiene?
El Gobierno, desde hace dos años, empezó una política moderada de expansión económica, pero con un efecto político y social muy fuerte: el alivio de la gente. En Portugal ya no se tiene la presión y la incerteza de que les van a bajar los salarios y las pensiones. Más bien al contrario, se están incrementando. El salario mínimo se ha incrementado un 20%, lo que ha producido un aumento en la demanda agregada y por lo tanto un aumento en el empleo. Tampoco habrá más privatizaciones. Fue una de las cosas que se cerró en el acuerdo de gobierno. También hay un aumento de las exportaciones y el turismo y, aunque estos dos factores nos vienen dados por el exterior, tienen un impacto importante en la economía. Toda una serie de factores que producen una reconstrucción del poder de decisión política que, por ejemplo, permiten que se paren las privatizaciones.

Ahora bien, es moderado y limitado porque en el sector financiero, que por la presión de la Troika y de la vertiente neoliberal europea está totalmente privatizado, a excepción del principal banco nacional, está en manos extranjeras. Un 80% de nuestra banca está en manos de españoles, chinos, americanos... Un porcentaje de los más altos de Europa. Esto sí que lo tuvo que aceptar el Gobierno de Portugal. Por lo que es cierto que hay un crecimiento económico, pero con muchas limitaciones en temas estructurales como la deuda externa y la vulnerabilidad al exterior y del sistema bancario.

¿Por qué Portugal es capaz de hacer un cambio que Grecia no ha podido?
Grecia aceptó un plan de destrucción de su seguridad social y de subidas de impuestos, en unas condiciones políticas muy excepcionales. Aquí el Partido Socialista, al contrario que hizo el PASOK en Grecia, pactó con la izquierda por primera vez en su historia. Fue una alianza que les obligó a no subir impuestos y parar privatizaciones. Esto les ha dado unos resultados económicos positivos que han hecho que el Partido Socialista se afiance en el centro y que, según los sondeos, volvería a ganar. La izquierda se mantiene muy fuerte y la derecha se ha destrozado.

Hemos visto como en el Reino Unido, después del Brexit, el Partido Laborista de Corbyn ha sacado su mejor resultado en años, ¿es esta una vía a seguir por la izquierda europea?
La situación de Reino Unido es especial porque no están en el euro. Además es una gran potencia industrial y financiera, por lo que no tiene la misma presión que Portugal o España. Es muy significativo ver cómo tienen la oportunidad de intentar darle la vuelta a tantos años de neoliberalismo, pero no creo que sea un escenario que puedan imitar otros países.

¿Qué crees que pasará cuando Mario Draghi, tal y como ya ha anunciado, deje de comprar deuda, suba los tipos de intereses y finalice el Quantitative Easing (QE)?
No está decidido cómo va a ser todavía, pero es que además se juntan dos decisiones muy importantes: la sustitución de Draghi y el fin del QE. Las dos pueden conjugar en algo muy peligroso. Porque una subida en los tipos de interés sumado al fin de la política monetaria con el QE provocará una recesión en Europa.

El euro, que ya crea desigualdades, es una máquina de destrozar economías de países con problemas de balanza exterior o de deuda importantes. Si hay una política monetaria recesiva tendremos inmediatamente una nueva crisis en el sur de Europa.

¿Cuál sería el paliativo para no caer o poder sobrevivir en esas crisis?
La única posibilidad es tener un margen de maniobra para defenderse. Se debe tener preparado un plan b para salir del euro, tener un banco central independiente que pueda tener una política monetaria propia que estimule la economía, todo ello sin las restricciones que nos están siendo impuestas. Esto necesita mucha preparación técnica, pero también una preparación social y política que logre una mayoría democrática en cada país. Pero no hay una salida volviendo a las mismas privatizaciones y recetas de antes. Además, las próximas privatizaciones, ya que no queda casi nada público, serán la salud y la seguridad social.

Esos tipos de interés también afectarán al pago de la deuda. Portugal tiene una deuda del 120% de su PIB.
Algo más, pero vamos a disminuirla a final de año con unos pagos anticipados al FMI. Pero esa es la deuda pública, la parte privada es mayor incluso que la de Grecia. Una subida de los tipos de interés a la hora de refinanciar esas deudas se traducirá en una pérdida enorme de los recursos de Portugal que llevarán a una austeridad aún mayor.

¿Qué plan tenéis para esta deuda?
Hay un grupo de trabajo del Bloco Esquerda con los grupos parlamentarios socialistas para proponer un plan de reestructuración. Tenemos un plan técnico detallado, firmado por el Partido Socialista, que plantea un método para reestructurar la deuda existente con una tasa de interés más baja, a la vez que se aumentan los plazos. Esto permitiría que el valor actualizado de la deuda disminuya al 90%, lo cual no llegaría todavía para el tratado presupuestario europeo, pero sería una disminución de casi un 40% de la deuda. Ahorraríamos unos 60.000 millones de euros en deuda.

En algunos países donde crece la desigualdad vemos como la extrema derecha está creciendo. En Portugal no ha pasado.
No, en Portugal no tienen ningún papel. Creo que hay que tener en cuenta las condiciones estructurales. En Portugal no hay ese sentimiento de crisis de régimen, como la que está sufriendo España con Catalunya. Hay una base popular muy fuerte de la izquierda, entre el Bloque Esquerda y el Partido Comunista suman casi un 20% de los votantes, por lo que las bases populares se sienten representadas. No hay una presión por la inmigración muy fuerte, es más, Portugal tiene una gran emigración. Hay muchos portugueses por Europa que sufren esas presiones, como le pasa a españoles o griegos. Pero todo esto hace que haya una concepción distinta del problema y no es que no haya racismo, que lo hay, pero no es un contexto diferente el de la clase obrera española.

Con todos los acontecimientos que están ocurriendo ahora mismo en Europa, ¿cómo ves Portugal y Europa en diez años?
Es muy difícil pronosticar, en diez años sufriremos una o dos nuevas crisis financieras globales. La última crisis nos costó un retroceso de 10 años, más paro estructural, precarización laboral, más desigualdad social y de género. Esto lleva a una financiarización de la política y a la desconfianza en la democracia, porque la gente puede llegar a pensar que para qué van a votar si no sirve de nada, lo cual nos puede llevar a poderes políticos mucho más jerárquicos y agresivos, como podemos ver en la respuesta de España a Catalunya.
Eso es lo que pasa ahora mismo y seguirá pasando si no hay una izquierda social con un proyecto alternativo que sea integrador, movilizador, que de confianza a la gente. Que pueda ofrecer un gobierno basado en la lucha popular y en una respuesta anticapitalista.


Fuente: https://elsaltodiario.com/portugal/francisco-louca-entrevista-bloco-esquerra-sufriremos-nuevas-crisis-financieras-globales