Por
primera vez en los 32 años que el PNUD lo ha estado calculando, el
Índice de Desarrollo Humano, que mide la salud, la educación y el nivel
de vida de una nación, ha disminuido mundialmente durante dos años
consecutivos. El desarrollo humano ha retrocedido hasta los niveles de
2016, revirtiendo gran parte del progreso hacia los Objetivos de
Desarrollo Sostenible.Foto: PNUD PAPP
La comunidad mundial debe salir del estancamiento en que se encuentra
inmersa a fin de asegurar un futuro para las personas y el planeta y
reiniciar la trayectoria de desarrollo
El mundo va de crisis en crisis, apagando fuegos en un ciclo aparentemente inagotable y somos incapaces de abordar la raíz de los problemas a los que nos enfrentamos. Si no se produce un cambio drástico de rumbo, puede que nos dirijamos hacia un futuro con aún más privaciones e injusticias, según alerta el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
El último Informe sobre Desarrollo Humano 2022 del PNUD, “Tiempos
inciertos, vidas inestables: configurar nuestro futuro en un mundo en
transformación”, advierte de la existencia de múltiples capas de
incertidumbre interconectadas entre sí que están provocando una
desestabilización sin precedentes en nuestras vidas. Los últimos dos
años han resultado devastadores para miles de millones de personas en
todo el mundo, con la pandemia de COVID-19 seguida por la guerra en
Ucrania y su interrelación con enormes transformaciones sociales y
económicas, amenazantes cambios a nivel planetario y un avance
extraordinario de la polarización.
Por primera vez en los 32 años que el PNUD lleva elaborándolo, el
Índice de Desarrollo Humano (IDH), que mide la situación de la salud, la
educación y las condiciones de vida de los países, ha empeorado a nivel
mundial durante dos años consecutivos. El desarrollo humano ha
retrocedido a niveles de 2016, revirtiendo gran parte de los avances
hacia la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
El retroceso es prácticamente universal, ya que más del 90 % de
países registran un deterioro de los niveles de su IDH en 2020 o en
2021, y más del 40 % en ambos años, una demostración de que la crisis
sigue empeorando para muchos.
Algunos países están empezando a recuperar el terreno perdido, pero
la recuperación es parcial y desigual, lo que amplía aún más las brechas
en el desarrollo humano a nivel global. América Latina y el Caribe se
ha visto particularmente afectada como región. Al observar el IDH, que
captura la situación de los países a finales de 2021, vemos que varios
países de la región sufrieron retrocesos significativos en el desarrollo
humano en comparación con 2019. Esto no es sorprendente, ya que la
región fue una de las más afectadas por la pandemia, con el 9 % de la
población mundial y el 33 % de las muertes por COVID-19 a nivel mundial a
finales de 2021. También fue la región con la contracción económica más
fuerte, de cerca del 7 % en 2020. Mientras que algunas economías de la
región se recuperaron en 2021, la recuperación en la región fue lenta y
desigual.
“El mundo trata desesperadamente de responder a las sucesivas crisis.
Con las crisis inflacionaria y energética hemos visto que, si bien es
tentador adoptar medidas de corto plazo, como los subsidios a los
combustibles fósiles, tales respuestas están retrasando los cambios
sistémicos a largo plazo que es preciso adoptar”, advierte Achim
Steiner, Administrador del PNUD. “Estamos estancados delante de los
cambios que debemos realizar. En un mundo definido por la incertidumbre,
necesitamos un sentido renovado de solidaridad mundial para abordar
nuestros desafíos comunes e interconectados”, afirma Achim.
El Informe examina por qué que no se están produciendo los cambios
necesarios y ofrece muchas razones, como la mutua interconexión entre
inseguridad y polarización y su impacto en la erosión de la solidaridad y
la acción colectiva necesarias para combatir las crisis a todos los
niveles. Nuevos cálculos muestran, por ejemplo, que las personas con una
mayor sensación de inseguridad son más propensas a caer en el
extremismo político.
“Ya antes de la COVID-19 se veía la doble paradoja que supone un
progreso acompañado por una mayor inseguridad y una creciente
polarización. Hoy en día, una tercera parte de la población mundial se
siente estresada y menos de un tercio confía en los demás, lo que supone
un importante obstáculo a la hora de adoptar políticas constructivas
para las personas y el planeta”, observa Achim Steiner. “Este nuevo y
profundo análisis nos insta a romper el inmovilismo y a trazar un nuevo
rumbo que nos saque de la incertidumbre global en que estamos inmersos.
Contamos con una estrecha ventana de oportunidad para reiniciar nuestros
sistemas y construir un futuro con acciones decisivas ante el cambio
climático y la creación de nuevas oportunidades para todas las
personas”.
Para trazar este nuevo rumbo el Informe recomienda aplicar políticas
dirigidas a fomentar las inversiones —desde las energías renovables
hasta la preparación frente a las pandemias— y el aseguramiento —como la
protección social— para preparar a las sociedades ante las
contingencias de un mundo incierto. Al mismo tiempo, la innovación en
sus múltiples variantes —tecnológica, económica, cultural— puede también
desarrollar capacidades para responder a los desafíos que vayan
surgiendo en el futuro.
“Navegar esta incertidumbre exige reforzar nuestra apuesta por el
desarrollo humano y mirar más allá de mejorar la riqueza o la salud de
las personas”, explica Pedro Conceição, autor principal del Informe.
“Estos objetivos siguen siendo importantes, pero es preciso también
proteger el planeta y proporcionar a las personas herramientas que les
permitan sentirse más seguras, recuperar la sensación de control sobre
sus vidas y tener esperanza en el futuro”.
Inflación galopante. De dos cifras. Guerra. Problemas energéticos
cada vez más graves. Olas de calor más potentes y tempranas. Detenciones
de científicos. Matanzas en las fronteras. Retroceso en los derechos de
la mujer en la –supuesta– cima del Imperio, que nos lleva 50 años
atrás… Justo 50 años. ¿Tiene todo esto alguna relación?
En realidad sí.
Se cumplen 50 años de la publicación de uno de los trabajos más importantes del siglo XX, Los límites del crecimiento.
Aquel informe encargado al MIT (Instituto de Tecnología de
Massachusetts) que ya en 1972 avisaba de que el planeta tenía límites y
poco tiempo para enfrentar el choque contra los mismos.
Por ello, Dennis Meadows (EE.UU, 1942), uno de los dos autores
principales del estudio, ha estado concediendo entrevistas para medios
como Le Monde o el Suddeutsche Zeitung. Fue un honor entrevistarle para CTXT.
En el cincuentenario de la publicación del informe, uno de los escenarios –el standard– de su modelo sigue siendo muy similar y consistente con la realidad; en él adelantaban que el crecimiento se detendría por la fuerza alrededor del 2020. ¿Es esto lo que estamos experimentando ya? ¿Fue una previsión o una predicción?
Nosotros no hicimos predicciones. Ya dijimos que es imposible “predecir” con exactitud nada en lo que el comportamiento humano sea un factor, lo que hicimos fue modelar 12 escenarios consistentes con las reglas físicas y sociales. 12 futuros posibles. Uno de ellos, el standard, como sabes, mostraba que el crecimiento se iba a detener cerca del año 2020. Entonces todas las variables (producción industrial, de alimentos, etc.) tocaban techo y en unos 15 años comenzaban a declinar inexorablemente.
¿Se parece esto a lo que estamos viviendo? Yo diría que sí. El mundo
está mostrando cada vez más consecuencias de un choque contra los
límites.
Lo que sí tuvimos fue mucho cuidado, ya en 1972, dejando claro que
después del pico de cualquier variable todo se vuelve aún más
impredecible, porque entran en juego factores que no podían ser
representados en nuestro modelo. Una vez llegados a este punto es obvio
que vamos a ser dirigidos más por factores psicológicos, sociales y
políticos que por limitaciones físicas.
Le he escuchado denominar al cambio climático como un “síntoma”, ¿de qué exactamente?
Es esencial reconocer que el cambio climático, la inflación, la
escasez de alimentos, a veces son considerados problemas, pero en
realidad son síntomas de un problema mayor.
Así como un dolor de cabeza persistente puede en ocasiones ser un
síntoma de cáncer, muchas dificultades actuales son síntomas de niveles
de consumo de materiales que han crecido más allá de los límites del
planeta. Por supuesto que los síntomas son importantes. Un dolor de
cabeza merece una respuesta. Sin embargo, una aspirina puede hacer que
el paciente se sienta mejor temporalmente, pero no resuelve el problema
de fondo. Para ello hay que tratar el crecimiento incontrolado de las
células cancerosas en el cuerpo.
No se puede sostener el crecimiento, digamos, enfrentándonos a
problemas uno por uno. Aunque solucionásemos el cambio climático, nos
encontraríamos con el siguiente problema al empecinarnos en seguir
creciendo, ya sea escasez de agua, de alimentos o de otros recursos
cruciales. El crecimiento se va a detener, por una razón o por otra.
Llegados a este punto, por el retraso en la acción necesaria, ya no
podemos evitar un cambio climático grave. Hagamos lo que hagamos. Aunque
siempre hay grados.
El mito del progreso, de que la
tecnología vendrá al rescate, es una de las ideas más paralizantes para
hacer frente al problema real: el decrecimiento es inevitable, ya que
esto no se trata de un problema técnico. ¿Quizá lo que necesitamos es un
cambio cultural, moral y ético?
Sí, completamente, ese era uno de los puntos cruciales de nuestra
obra hace ya medio siglo. En condiciones ideales, la tecnología puede
darte más tiempo, pero no va a solucionar el problema. Te puede ampliar
el margen, la oportunidad de hacer los cambios políticos y sociales que
son necesarios. Pero mientras tengas un sistema que se basa en el
crecimiento para solucionar cada problema, la tecnología no podrá evitar
que se sobrepasen muchos límites cruciales, como ya estamos viendo.
Pese a la tremenda utilidad e importancia de su trabajo, a
usted y sus compañeros les criticaron mucho. Esto sigue ocurriéndole a
cualquiera que se sale del discurso dominante: la “happycracia”. ¿Existe
una imposibilidad social para hablar de según qué temas porque te
convierten en el catastrofista, el pesimista que amarga?
Yo era muy ingenuo en los setenta, cuando lanzamos el libro. Fui
formado como científico, y tenía la impresión de que utilizando el
método científico, producíamos datos incuestionables, y si se los
enseñábamos a la gente, entonces esto bastaría para producir un cambio
en la mirada y las acciones de las personas. Eso fue ingenuidad cuanto
menos.
Hay dos maneras de enfrentar estas situaciones: en una recoges datos y
entonces decides qué conclusiones son consistentes con los datos, la
manera científica. En la otra, muy habitual, decides qué conclusiones
son importantes, y buscas datos que cuadren y apoyen tus “conclusiones”.
Esto es lo que ocurre con los negacionistas climáticos, por ejemplo.
No he tratado de ganar esos debates entre pesimistas y optimistas,
con este tipo de personas. Cuando alguien viene enfadado a acusarme de
lo que sea, simplemente les digo: “ojalá tengas razón”, y sigo adelante.
Existe una tendencia en los sistemas, las empresas, las personas hacia la autopreservación,
fundamentándonos muchas veces en miradas cortoplacistas que no nos
dejan avanzar a largo plazo, ¿cómo luchar contra estas inercias y
hábitos?
Sí, la única manera de gestionar esto es ampliar el horizonte
temporal y espacial. Y así ver con perspectiva los posibles costes y
beneficios. Un ejemplo: la pandemia y la gestión en mi país [EE.UU.] ha
sido lamentable, muy corta de miras. Si no extiendes las vacunas a todo
el espacio, al resto del mundo, no son tan útiles.
¿Cómo ampliar ese marco temporal? Con las siguientes generaciones. La
mayoría de la gente tiene preocupaciones legítimas, genuinas, sobre el
futuro de sus hijos, sobrinos, nietos.
En España últimamente estamos teniendo buenas noticias al
respecto del decrecimiento: la primera asamblea ciudadana por el clima
ha elegido entre sus 172 medidas la necesidad de hacer pedagogía con el
decrecimiento, varios políticos –incluyendo al ministro de Consumo– han
hecho declaraciones a favor de abrir este debate ineludible, y el IPCC
cada vez incluye más esta palabra en sus informes.
¿Estamos más cerca de un Tipping Point social –como suele decir Timothy Lenton–, o tendremos que esperar a que las crisis sean aún más patentes para reaccionar?
La respuesta a ambas cuestiones es sí. Estamos más cerca de un punto
de vuelco social positivo, pero por otro lado, me temo que tendremos que
esperar al agravamiento de las crisis para reaccionar. Y es aún peor:
si nos hubieran descrito nuestra actual situación en, digamos, el año
2000, habríamos pensado que eso era ya una crisis catastrófica. Somos la
rana que no salta de la olla, cocida demasiado a fuego lento.
Desgraciadamente creo que esa es nuestra situación.
Según el modelo HANDY–otro
modelo de dinámica de sistemas– un parámetro fundamental para causar
colapsos es la desigualdad, que crece en paralelo a la falta de
confianza entre semejantes, otra de las principales razones de los
colapsos. El diseño de nuestro sistema económico hace que ambas aumenten
cada año. Y hace imposible ajustarse a los límites, porque la élite
–que suele estar alejada de la realidad y por tanto no detecta las
alarmas– es la que sirve de modelo. ¿Cómo desenredar semejante lío?
La verdad no se encuentra en unas pocas ecuaciones, obviamente. Se
encuentra en la historia. Y nuestra historia durante miles de años
muestra que los poderosos buscan más poder, y lo tienen más fácil por su
situación para encontrarlo, es un bucle de retroalimentación positivo.
En dinámica de sistemas esto se llama “éxito para los ya exitosos”. Rara
vez nos desviamos de ese fenómeno.
Nadie puede desenredar este enredo. No creo que exista ninguna acción
o ley que pueda hacer eso. En unas pocas culturas, sin embargo, se han
visto mecanismos evolucionados de redistribución. En el Noroeste de los
Estados Unidos hay algunas tribus que tienen una costumbre llamada
“Potlatch”, es una ceremonia en la que los jefes de la tribu, los más
ricos, regalaban parte de sus posesiones –estoy simplificándolo,
seguro–. En el budismo también hay una tradición de desapego a lo
material en muchos de sus practicantes. Pero son raras excepciones. En
nuestro mundo la tendencia es a acumular poder y, como dices, eso ayuda a
estar desapegado de la realidad. Es entonces cuando se acaba
produciendo un colapso –también del propio poder– y todo vuelve a
empezar de nuevo. Es un proceso que se produce como respuesta a los
límites. Y la desigualdad está creciendo en todos los países.
¿Hasta qué punto están las élites anticipando la necesidad
matemática de reducir la desigualdad? ¿O solo se están preocupando por
su supervivencia?
Bueno, no se puede hablar con propiedad de “élites”. Algunas élites
están preocupadas y hacen todo lo que pueden para reducir la
desigualdad, otras ni siquiera piensan en ello, –probablemente la
mayoría–, y otras, sin duda, están trabajando para hacerla cada vez más
grande. Desde luego no hay una tendencia hacia la reducción de la
desigualdad. Y a veces se dice que el crecimiento ayuda a que llegue
riqueza a todo el mundo, lo cual, viendo cómo han crecido
simultáneamente las tasas de crecimiento y de desigualdad, es
manifiestamente falso.
¿Ve hoy en día más preocupación por el colapso de la
civilización en los círculos de poder, económicos y políticos? ¿O siguen
con los beneficios a corto plazo como siempre?
Yo no estoy en círculos de poder así que no puedo responder a eso. Soy un profesor jubilado de 80 años. Es el 50 aniversario de Los límites del crecimiento y salvo por las entrevistas que se hacen sobre un libro que aún despierta interés, no hay tanta atención como podría parecer.
Teniendo en cuenta la miopía espacial y temporal respecto a
los límites, ¿no cree que la visión moderna del mundo está obsoleta?
¿Podría sugerir algunas ideas filosóficas para una transición hacia una
nueva cosmología?
Gracias por imaginar que puedo tener la capacidad de hacer tales
cosas. Que la actual forma de ver el mundo está obsoleta es obvio solo
con mirar las noticias. Casi nadie puede estar contento con el estado
del mundo.
Sobre una nueva cosmología: hay una diversidad enorme de filosofías,
prácticas espirituales, muchas de ellas consistentes con el
funcionamiento del mundo. Cualquiera que vaya a funcionar tiene que
reconocer la interacción y dependencia que tenemos con el mundo natural.
Ya hemos comentado el extendido mito de que la tecnología nos llevará a
superar cualquier obstáculo. Lo vemos con el reto climático: existe
esta cosa llamada Captura y Secuestro de Carbono (CCS). A pesar del
hecho irrefutable de que es más barato, rápido y fácil reducir el
consumo energético, la tendencia es buscar la solución tecnológica que
nos permita hacer lo que ya no podemos seguir haciendo sin causar graves
daños. Es una fantasía total. Lo mejor que podemos decir del CCS es que
es una idea que va a hacer a unas pocas personas ganar mucho dinero.
Estamos como en una cinta de correr que se acelera rápidamente. Ya
sabes, esas cintas en las que corres pero no vas a ningún sitio. Eso es
lo que estamos haciendo. A medida que vamos tomando malas decisiones,
eso nos aboca a crisis que por obligación acortan nuestra perspectiva
temporal, todo se vuelve reactivo mientras aceleramos. Eso a su vez
ayuda a que tomemos más malas decisiones, porque estrechamos más y más
nuestro horizonte temporal. Es un círculo vicioso.
Creo que vamos a ver más cambios en los próximos 20 años que los que
hemos vivido en los últimos 100. No quiero que pase lo que voy a decir,
pero creo que es lo más probable: habrá desastres significativos debido
al caos climático y al agotamiento de los combustibles fósiles, esto
devolverá a la humanidad a estados más descentralizados y desconectados.
Lentamente, evolucionarán culturas que estén más preparadas para la
situación. Solo así, creo, podrá aparecer una “nueva cosmología”
apropiada.
¿Crees que una coalición de élites dotadas podría cambiar el curso de los acontecimientos?
Primero fue la salida de la pandemia, y ahora la guerra de Ucrania. Las
dificultades de abastecimiento y el alto precio de los recursos
energéticos están a la orden del día. Ocampo Téllez repasa los factores
coyunturales, pero advierte: esto es estructural.
Edgar Ocampo Téllez, en una imagen de archivo (UNAM)
El mexicano Edgar Ocampo Téllez dio sus primeros pasos en el campo de
la energía a finales de los 90, ligado a la petrolera estatal Pemex. El
tema lo atrapó tanto que lleva más de dos décadas dedicado a ello, como
consultor independiente. No pone paños calientes a la situación, habla
de colapso sin pelos en la lengua y repasa críticamente el desarrollo de
las renovables.
Vivimos en una sociedad que no podemos imaginar sin
hidrocarburos. Los necesitamos hasta para comer. ¿Podemos prescindir de
ellos?
Tras la Segunda Guerra Mundial, la sociedad le confió todo al
petróleo. No hay nada, absolutamente nada, que no se haga, en alguno de
sus procesos, con petróleo. Lo único que podemos hacer en esta sociedad
sin utilizarlo es caminar desnudos por la playa o por el bosque. Hasta
para comer lo usamos, y esta es la parte que me preocupa más. El sistema
agroalimentario es una máquina que toma calorías del petróleo y del gas
y las transforma en calorías alimenticias; es un sistema que colapsa
sin hidrocarburos.
Como si no fuera suficiente con la crisis climática, nos llega la energética.
Desde mi perspectiva, el tema de la energía está por encima del tema
climático. Va a detener la sociedad, es lo que va a provocar que no
causemos tantas emisiones de gases invernadero, que no dañemos el
planeta.
¿Qué ha pasado para llegar a esta crisis?
Quien no perdió el trabajo en los últimos dos años, tiene recursos
para gastar, y como salimos de la pandemia con singular alegría, el
consumo se ha disparado, la demanda de energéticos está siendo bestial.
Al otro lado, el sistema global de servicios energéticos se durmió con
la pandemia. Se dejó de invertir, está totalmente acalambrado. Digamos
que la humanidad dice ‘ya me voy de viaje, échele gasolina, vámonos’; y
el sistema responde: ‘pues espérense, porque hay una fila de 100
vehículos, y además estoy sirviendo 10 litros por carro’.
¿Por qué dice que el sistema se durmió?
El problema de los hidrocarburos es que es una industria intensiva en
recursos financieros. Se venía a un ritmo de 700.000 millones de
dólares anuales de inversión para poder sacar 100 millones de barriles
al día, que es el consumo mundial en la actualidad. En 2014, el fracking
estadounidense empieza a tener una producción fenomenal, y como ese
tipo de explotación no se puede detener ni regular, ese petróleo inundó
los mercados internacionales y el precio se desplomó. El barril estaba
por los 100 dólares y cayó hasta los 20-30.
Arabia Saudí contraatacó manteniendo el precio del petróleo muy bajo,
apostaron a quebrar financieramente el fracking. En realidad no era
necesario hacerlo, porque el fracking no da dinero, es una maquina de
quemar billetes y que ahora ha creado una burbuja a punto de estallar.
El caso es que el bajo precio del petróleo ocasionó una bajada de
inversiones global. En los últimos años, el ritmo de inversión había
bajado a 500.000 millones de dólares, y con la pandemia, la inversión ha
bajado hasta los 200.000 millones, cuando el nivel de inversión
requerido para poner esos 100 millones de barriles diarios encima de la
mesa está entre los 700.000 y los 800.000 millones anuales.
La guerra de Ucrania no ayuda.
Desde mi perspectiva, Putin está jugando la carta geopolítica del gas
natural, para ver hasta dónde puede llegar con los europeos. Es una
guerra un poco ridícula, porque todo el mundo quiere ponerle una
tonelada de sanciones a Rusia, pero le siguen comprando energéticos de
manera desesperada. Y eso que el gas vale oro en este momento. Generar
electricidad con gas es quemar millones y millones de euros a lo bestia.
Ahora que la electricidad está tan cara, la carpeta nuclear se ha puesto de nuevo encima de la mesa. ¿Es una alternativa?
El futuro iban a ser los reactores EPR de Flammanville y Finlandia.
Arrancaron la construcción en 2007 y el francés no genera todavía un
solo MW. Más de 15 años para acabar un reactor, y con unos sobrecostes
monumentales. En el campo de la nuclear podría llegar algo en los años
2030-2032, pero ya es demasiado tarde, el problema energético ha
empezado ya y lo vamos a sentir más violentamente a final de año y en
los próximos años. La nuclear no va a llegar a tiempo, y además, solo
ofrece electricidad.
A veces parece que el sector eléctrico es el que nos está causando
todos los problemas ahora, pero no estamos entendiendo que el problema
es general, que es el alto consumo de combustibles el que nos está
llevando al abismo.
¿Veremos un incremento de la lucha por unos recursos cada vez más limitados?
Ya ha ocurrido, la empresa petrolera italiana ENI dejó sin gas
natural a Pakistán, pese a tener contratos firmados a largo plazo. Los
barcos que iban hacia allí dieron un giro de 180º y regresaron a Europa,
porque pese a las penalidades, el europeo les era un mercado mucho más
rentable. Estamos en los últimos estertores de una sociedad moderna
necia y adicta a los combustibles fósiles.
La época de los hidrocarburos baratos y abundantes se acabó.
Para que te hagas una idea, los pozos del siglo pasado producían
durante 10, 15 y hasta 30 años. En México tuvimos un pozo, el Cerro Azul
4, que fue perforado en 1916, llegó a generar 260.000 barriles diarios y
no se cerró hasta hace unos siete años. Produjo de media entre 30.000 y
40.000 barriles diarios. Por contra, los pozos del fracking se mueren
al año y medio o dos años. Empiezan produciendo 900 barriles al día y al
año ya están produciendo 100.
El petróleo que queda requiere inversiones tres o cuatro veces
mayores que las de hace unas décadas, y soluciones tecnológicas como las
aguas profundas o el mismo fracking son un fiasco. Tras inversiones
millonarias cubren poco más del 20% de la demanda global.
El problema es sistémico, no coyuntural. Los costes de extracción
siguen y seguirán incrementándose, pero llevamos ocho años de descenso
de las inversiones. Las consecuencias ya están aquí, y van a ir
empeorando, lo están avisando varias agencias de energía importantes,
incluida la estúpida Agencia Internacional de la Energía.
¿Por qué califica de estúpida a la AIE?
Son unos brutos. Jamás advirtieron con suficiente antelación de este
problema, han estado negando el fenómeno del peak oil durante años y
años, cuando venimos avisando desde los años 2000-2003. Vamos a un caos
energético que va a seguir la senda de lo ocurrido con Pakistán, y es de
prever que empiecen los conflictos sociales, porque a la gente no se le
ha informado de que va a haber una escasez, se le ha prometido
crecimiento y se le han hecho promesas que no se van a poder cumplir.
¿Algo se podrá hacer?
Nosotros teníamos un indicador: cuando los financieros y los
economistas empezaran a poner el tema en los medios, es que ya estaba
aquí, ya era demasiado tarde para hacer algo. Y en ese momento estamos.
Vamos a colapsar.
Insisto, por muy tarde que sea, ¿algo se podrá hacer?
Cuando me lo preguntan, yo contesto: ¿Estás dispuesto a tomarte la
amarga medicina que se requiere? La solución pasa por cultivar nuestros
propios alimentos de forma agroecológica y practicar la permacultura.
Ese sería el objetivo final, pero tenemos una sociedad demasiado
elevada, demasiado tecnológica, y necesita ser desmantelada de forma
cuidadosa.
Hay que empezar, por ejemplo, por desmantelar la industria
automovilística, sacar a todos sus empleados, que son unos cuatro
millones en todo el planeta, e introducirlos en nuevos sistemas
laborales. Y eso también habría que hacerlo poco a poco, deberíamos
pasar antes a automóviles más pequeños, de dos personas, y prohibir los
grandes recorridos y los vehículos de gran consumo; solo con eso se
reduciría la demanda en unos 15 millones de barriles diarios. También
habría que empezar a reducir los recorridos de las personas a sus
lugares de trabajo, y comenzar a implementar sistemas de producción
agroecológica en las áreas periféricas de las ciudades.
Es muy crítico con el modelo seguido con las renovables.
Desde finales de los 90 nos han querido hacer creer que las
renovables son la solución. Estamos metidos en una locura de montar
turbinas eólicas y solares, y no va a funcionar.
¿Por qué?
El problema de las renovables es que requiere instalar demasiada
potencia, mucha más de la que se demanda. Alemania es el ejemplo.
Consume 60.000 MW en tiempo real. Tienen un parque de 220.000 MW, casi
cuadruplican la demanda, y más de la mitad es renovable. Cuando toda la
renovable está funcionando, puede producir el doble de lo que necesitan,
es una aberración y genera varios problemas. Para financiar la
introducción de renovables, el Gobierno firmó contratos de compra
obligatoria, es decir, está obligada a comprar la renovable se use o no
se use. Y cuando tiene sobrantes, pasa la pelota a Polonia o Austria.
Y como en esos casos, las centrales convencionales de gas, de carbón y
de energía nuclear deben parar para no producir más, se les paga para
no funcionar, porque de lo contrario serían inviables, y son necesarias
porque las renovables no siempre producen lo necesario. Una central de
gas debe funcionar 18-20 horas al día para ser rentable, en la
actualidad están funcionando 8-10 horas. Sin ayudas, quebrarían.
Todo esto ha hecho que la electricidad más cara del mundo esté en
Alemania, un país con más de 120.000 MW de renovables. Y cuando el gas
está por las nubes, la alternativa sigue siendo el carbón. Es una
aberración, diseñaron el sistema con los pies.
El aeropuerto de Dakar, en la capital
de Senegal, no tiene keroseno para que despeguen los aviones y pide a
las compañías aéreas que aterrizan que aseguren su propio suministro de
combustible para los vuelos de regreso. En otras palabras, que se
busquen la vida como puedan.
La empresa que suministra el combustible para la aviación (Smcady) ha
anunciado interrupciones durante dos semanas en el repostaje a partir
de hoy a mediodía.
La empresa SMCady es propiedad de varios grupos petroleros extranjeros.
La empresa AIBD (Aeropuerto Internacional Blaise-Diagne) que gestiona
el aeropuerto es propiedad a dos empresas turcas. Ha pedido a las
compañías aéreas que “tomen las medidas necesarias […] para garantizar
la autonomía de combustible de los vuelos de regreso”.
“El sistema de abastecimiento de parafina está gravemente perturbado
debido a una situación internacional desfavorable combinada con
tensiones sin precedentes en los precios de ciertas materias primas,
señala un comunicado de prensa de AIBD.
Ayer la compañía aérea nacional Air Senegal quiso tranquilizar a sus
clientes. Anunció en un comunicado de prensa que «llevará a cabo su
programa de vuelos habitual con el mismo horario», a pesar de la escasez
de keroseno.
Según la prensa local, el gobierno ha tomado medidas para que el
suministro de combustible sea prioritario para Air Senegal y el
ejército. “A raíz de esta situación, nuestros vuelos Dakar-París están
haciendo una escala en Las Palmas” para repostar, dijo ayer un portavoz
de Air France en París.
Desde el inicio de las sanciones contra Rusia, los precios del
petróleo se han disparado en los mercados mundiales, lo que ha provocado
carestía y una fuerte subida de los precios de los combustibles en
muchos países.
Varios automovilistas dicen que han tenido dificultades para
encontrar gasóleo en Dakar durante el fin de semana (el lunes era
festivo), y a veces tuvieron que pasar por varios surtidores antes de
poder repostar.
Hemos pasado el verano de la historia, en el que todo iba cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma
Campo de cereal
/ GETTY IMAGES
Históricamente, en nuestras latitudes, el otoño era un tiempo de
recogimiento. De frenar el ritmo trepidante del verano. De prepararse
para el inevitable y crudo invierno. Pero eso era antes. En la
actualidad hemos logrado difuminar las estaciones. Gracias a nuestro
ingenio, hemos creado un desarrollo tecnológico que nos permite –a los
privilegiados– habitar ambientes cálidos en inviernos fríos y viceversa.
Las frutas y verduras ya nos llegan en todas las estaciones y de
cualquier parte del mundo en cualquier momento, gracias a la complejidad
de nuestro sistema. En uno de los grandes –quizá aparentes– avances de
nuestra civilización, en cierta manera, hemos disciplinado a la fuerza de los ciclos naturales.
Sin embargo –habrá quien le encuentre un reverso poético a esto–,
para lograr someter a los ciclos, hemos usado tal cantidad de
combustibles fósiles que ya no solo los tiempos están cambiando. Las
estaciones también. Nuestra pírrica victoria solo ha sido temporal.
Temporal, como los que estamos desatando. No solo hemos diluido los
ciclos, digamos, de puertas para dentro, sino que estamos creando un
nuevo estado climático caótico que nos va a sorprender con fenómenos
meteorológicos cada vez más abruptos, inesperados, potentes y
frecuentes. Es la consecuencia de haber pretendido dominar los ciclos,
sin antes comprenderlos.
A la cadena de suministros le está pasando algo que parece que
tampoco comprendemos bien. Al principio fueron los microchips. No se
producían los suficientes. Las fábricas de coches empezaron a parar
algunos días para acomodar su producción. Después, la escasez de chips
afectó a la PlayStation 5. Si quieres una nueva, tienes que encargarla y
esperar unos meses.
Luego empezaron a escasear –y a aumentar de precio– muchos materiales
de construcción: acero laminado, aluminio, cobre, cemento…hasta madera.
También faltan ya algunos pigmentos, resinas epoxi y varios tipos de
plásticos. La lista de materias primas que está escaseando es cada vez
más larga, y eso empieza a afectar a las materias elaboradas a partir de
las materias primas. Faltan recambios para algunos coches, o para
bicicletas. Hay ordenadores e impresoras que discretamente han
desaparecido del catálogo.
Pero eso no es todo, ojalá. De repente el precio de la electricidad
también se ha disparado, y las familias y empresas lo sufren.
Rápidamente los medios de distracción y los tertulianos han puesto el
grito en el cielo, atacando al Gobierno o a las eléctricas, pero –aunque
hay responsabilidades compartidas y el pulso del oligopolio a un ejecutivo blando pero que no controlan del todo es evidente–,
poco a poco se empieza a escuchar cuál es la causa principal de la
subida de la luz: falta gas natural. Y no falta solo en España: falta en
toda Europa. Argelia, antaño suministrador fiable de gas a España,
ahora solo nos envía menos de la mitad que hace unos años, y las
energéticas han buscado gas en otros países. Obviamente, pagándolo a un
precio mucho más caro. Incluso hemos llegado al punto en el cual compañías
productoras de fertilizante están paralizando ya algunas de sus plantas
en España y Reino Unido debido al creciente precio del gas. Habrá
que vigilar bien esto: tras aquella “revolución verde” en la
agricultura, que más bien fue negra, color crudo, la cadena alimentaria
es absolutamente petrodependiente.
El mundo se ha vuelto loco. Después de la convulsión de la covid,
cuando se esperaba la recuperación económica, todo parece irse al
garete, así, por las buenas. Sin previo aviso.
¿Sin previo aviso?
En realidad, sí que hubo aviso. Y no uno: muchos. Y no solo
recientes, sino algunos que vienen resonando desde hace décadas. Nada de
lo que pasa es casual ni del todo inesperado. Se sabía que acabaría
pasando. Se sabía, pero no se quería actuar, porque eso implicaba
cambiarlo casi todo. Tantas cosas, que cada gobernante y cada consejero
delegado decidió cerrar los ojos y esperar a que el problema se
solucionase solo o lo solucionase otro. Tal vez llegara un milagro
tecnológico, pensaron. Pero no vino otro que lo solucionase ni se
resolvió solo. Y el milagro no llega.
Hace 16 años, en 2005, la producción de petróleo crudo tocó su máximo. Es lo que se conoce como cenit del petróleo convencional, el peak oil del
petróleo más versátil y fácil de extraer. Desde entonces, se han
introducido un montón de (malos) sucedáneos del petróleo para compensar
el estancamiento y posterior caída de la cantidad de petróleo bueno
que se producía cada año; así, se empezaron a producir biocombustibles
obtenidos a través de cultivos, se extrajeron alquitranes en Canadá y
Venezuela para combinarlos químicamente con gas natural y obtener algo
vagamente parecido al petróleo. Por último, se impulsó la locura/burbuja
del fracking en los EE.UU. Había que intentar rebañar las
gotas dispersas de hidrocarburos degradados que se encuentran en algunas
rocas. Todo prácticamente en vano. Estos sucedáneos, los petróleos no
convencionales, son demasiado caros de extraer y tratar, y encima no son
tan buenos. Algunos no valen ni para producir diésel.
Las compañías petroleras intentaron seguir en el negocio, pero tras
años de pérdidas enormes a pesar de que el petróleo se vendía caro, en
2014 decidieron comenzar a arrojar la toalla. No merecía la pena seguir
luchando. Desde 2014, las petroleras han reducido un 60% su inversión en
la búsqueda y puesta en explotación de nuevos yacimientos. Ese frenazo
tan rápido garantizaba que la producción de petróleo comenzaría a caer
en breve, y así ha sido: desde diciembre de 2018 la producción va
cayendo, problema que ha agravado en 2020 la covid. Ojo, importante:
agravado. No provocado.
Como hemos dicho, este proceso de caída de la producción de petróleo
es conocido desde hace décadas, se ha avisado de él con frecuencia. Y ya
está pasando, con el carbón, el uranio y, en menor medida, con el gas
natural. Hemos topado con los límites de muchos de los recursos
naturales esenciales. Tal y como se avisó ya en 1972. Hemos entrado en
el siglo de los límites.
Durante décadas, geólogos, ingenieros de minas y científicos de
diversos ramos habían advertido sobre la inevitable crisis energética y
de materiales que causaría el peak oil. Y no se ha hecho nada. Se ha esperado a que la escasez comenzara a ser notoria.
Falta diésel desde 2015, y por ello, la extracción de minerales y el
transporte marítimo se encarecen. Todas las carencias que se van
desencadenando se retroalimentan y hacen el problema cada vez más grave:
si hay menos plástico y menos cobre faltan cables, y entonces faltan
máquinas, que disminuyen la producción de tantas otras materias primas y
elaboradas. Si se extrae y transporta menos hierro por la falta de
diésel y el encarecimiento de los portes marítimos, se fabrican menos
contenedores y eso hace que los precios del transporte por mar se
disparen aún más. El efecto mariposa de la complejidad, dentro de la propia cadena de suministros.
Europa se enfrenta a una crisis de suministro de gas natural en los
próximos meses. Motivo: sus dos principales proveedores (Rusia y
Argelia) llegaron a su máximo de producción, su peak gas, y su
producción ya cae en este momento. Esto encarece la electricidad, pero
también la fabricación de cemento, los fertilizantes y un largo
etcétera. Las ramificaciones de la escasez de petróleo y de gas se
extienden por todo el tejido industrial y productivo del mundo. Tanto el
mundo empresarial como el político asisten aparentemente perplejos, no
saben cómo reaccionar. Bueno, algunos en realidad sí saben: la compañía
Maersk –el principal operador mundial de transporte marítimo de
mercancías- ha multiplicado por 10 sus beneficios en el primer semestre.
La propia Agencia Internacional de la Energía, el organismo de
referencia en su sector, aún no ha anunciado las conclusiones
principales de su informe anual cuando falta un mes para su publicación:
ni siquiera se han atrevido a abrir la compra previa –que en julio
habitualmente ya estaba disponible–, seguramente porque no saben cómo
tiene que continuar la historia para resultar creíble. Todo ello
entremezclado además con el enorme reto climático que tantos sustos ha
dado ya este verano: olas de calor por todas partes que llevan el
termómetro a valores inéditos, incendios que arrasan casi países
enteros, DANAS, inundaciones sin precedentes y trombas de agua en medio
mundo. Por supuesto también en España. Hasta tornados estamos viendo en
algunas zonas del interior de nuestro país. E incluso hemos asistido a un pequeño terremoto dentro del IPCC.
Volviendo a la cruda cuestión de la energía: no se puede resolver la
crisis energética y de materias primas con más inversión. El problema es
estructural. Los yacimientos han tocado máximos y decrecen
inevitablemente. Cada vez costará más obtener petróleo, gas u otras
materias primas.
Y como las materias primas ya escasean, no podremos implementar todos
esos masivos parques de energías renovables que se proyectan en todas
partes al mismo tiempo –presionando más la cadena de suministros–, y que
requieren de ese neodimio, plata, disprosio y otros tantos materiales
cada vez más buscados. Además, el abaratamiento de muchos de esos
paneles o aerogeneradores (que tienen una vida útil determinada de unas
pocas décadas y luego han de ser sustituidos) ha sido posible gracias a
la globalización y a las economías de escala. Cuestionable, como mínimo,
que se puedan mantener a medio plazo.
Deberíamos dejar de hablar de macroproyectos y tecnofábulas
fantasiosas, y centrarnos en cosas más simples e imprescindibles.
Garanticemos el suministro de alimentos, garanticemos el agua limpia,
aseguremos las necesidades locales, relocalicemos el trabajo, trabajemos
con materiales de proximidad y montemos los sistemas locales y
resilientes que necesitamos, tanto de producción de energía como de todo
lo demás. Dejemos de encandilarnos con las eternas promesas
tecnológicas incumplidas y salvemos lo salvable. Adaptémonos a lo que ha
de venir igualmente.
Repensemos el modelo Just In Time, ese modelo basado en la
aceleración perpetua y evitar almacenar para ahorrar costes. Asumamos
que solo fue posible mientras sobraba de todo. Que nos ha dado problemas
durante la pandemia –ahora sabemos bien que las cosas no siempre llegan
justo a tiempo– y que su influencia en la escasez creciente también es
notoria. Al fin y al cabo, qué era el otoño sino el momento de almacenar
para afrontar el duro invierno.
Hemos pasado el verano de nuestra civilización, en el que todo iba
cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma.
Como la cigarra de la fábula, no hemos aprovechado la bonanza del verano
para hacer acopio para los malos tiempos. Ahora se acerca el otoño de la civilización.
El otoño siempre fue una especie de ruptura natural en la cadena de
suministros. De repente, pasado el cénit energético del verano, se
llegaba a un punto en el que se empezaba a tener menos, y había que
adaptarse para afrontar el invierno. Aún tenemos tiempo para hacer
preparativos, para tomar medidas adecuadas con determinación, para
evitar lo peor. Pero no podemos esperar más, porque de hecho ya llegamos
tarde. Estos preparativos tardíos de otoño no serán tan efectivos como
habrían podido serlo en pleno verano.
El otoño de la civilización no es ni más ni menos que
nuestro inexorable regreso –en principio lento– a vivir dentro de unos
ciclos que nunca debimos dar por vencidos. En tiempos que cada vez serán
menos complejos, pero más difíciles, vamos a tener menos energía para
aclimatarnos a un invierno profundo que puede durar décadas, incluso
siglos. Y ni la primavera ni el siguiente verano aparentemente
invencible están asegurados. Habrá que ganárselos. Benedetti, a su
manera, también lo vio venir: aprovechemos el otoño / antes de que el
invierno nos escombre […] aprovechemos el otoño / antes de que el futuro
se congele / y no haya sitio para la belleza /porque el futuro se nos
vuelve escarcha.
El covid-19 ha dado el golpe de gracia a la industria petrolera, según
el físico. Pero dentro de este sistema económico no hay alternativa
viable
Antonio Turiel. /
David Aparicio
Nuestra economía adicta al petróleo se enfrenta a un inminente síndrome
de abstinencia, debida al “pico del petróleo”: una caída irreversible en
la producción de hidrocarburos. Es esta la tesis del último libro de
Antonio Turiel (“Petrocalpisis”, Alfabeto, 2020), físico del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) y autor del blog The Oil Crash. Ante este reto, podemos decidir colapsar como el Imperio Romano o florecer como el Japón de la época Edo.
¿Por qué dice que no vamos a salir nunca de la crisis actual?
Un sistema que crece al infinito no se puede sostener en un
planeta finito. Todo el sistema económico y productivo que gira entorno
al crecimiento no tiene sentido. No saldremos de esta crisis dentro de
este sistema económico. Y tampoco en un sistema comunista, que en todo
caso estaría orientado al productivismo.
Hace mucho que se habla de pico del petróleo. ¿Esta vez va en serio?
En 1971, [el geofísico M. King] Hubbert previo que el pico
llegaría en 2005. Eso no quiere decir que se acabaría todo el petróleo.
Efectivamente, en 2005 se llegó al máximo de la producción del petróleo
crudo convencional: lo certificó la Agencia Internacional de la Energía
en su informe de 2010. Mientras tanto, se pusieron en circulaciones
sustancias que más o menos reemplazan al petróleo [convencional], como
la que deriva del 'fracking'. Gracias a la aportación del 'fracking' de
EEUU postergamos hasta diciembre de 2018 el pico del conjunto de
hidrocarburos líquidos. Desde entonces, estos están en un declive
irreversible.
¿No cree que las petroleras encontrarán nuevos yacimientos?
Entre 1998 y 2014 las compañías multiplicaron por tres su esfuerzo
para buscar nuevos yacimientos. Desde el 2014, viendo que estaban
perdiendo muchísimo dinero, redujeron drásticamente su inversión, un
60%. La covid lo ha acelerado. En EEUU hay una avalancha de quiebras en
el sector del 'fracking': veo imposible que se recupere. El World Energy
Outlook de 2020 de la Agencia Internacional de la Energía prevé que la
producción podría llegar a caer hasta un 50% dentro de 2025, en el peor
escenario.
Si eso es cierto, ¿por qué apenas forma parte del debate político?
Los funcionarios europeos
conocen perfectamente la cuestión. El problema es que no hay soluciones
sencillas y políticamente aceptables. Pero el asunto ya ha entrado en la
agenda política. Se habla tanto del hidrógeno verde porque se reconoce
que vamos a tener un problema: cómo vamos a mover los camiones.
¿Cuándo vamos a tener ese problema?
Hoy la producción de petróleo ya es el 10% menor que en 2019.
Cuando haya recuperación económica, crecerá la demanda pero no habrá la
manera de que crezca la oferta. Aunque no hubiera recuperación, lo
notaríamos en todo caso en 2023-24. El problema se nos cae encima a toda
velocidad. La opinión mayoritaria es que ya estamos en el pico del
petróleo. Que ya se ha producido.
¿Este colapso del petróleo llegaría a tiempo para evitar lo peor del cambio climático?
Tendría un efecto beneficio en el sentido de reducir las
emisiones. Sin embargo, no se sabe si sería suficiente para evitar los
peores efectos. Y si lo hiciera, ¡a qué coste!
Petroleros varados frente a las costas de California que no pueden
descargar por la falta de demanda durante la primera ola del covid-19.
EL PERIÓDICO
¿No sería bueno deshacernos del petróleo de golpe?
No podemos prescindir del 50% del petróleo de la noche a la
mañana. Habría problema de abastecimiento de alimentos, tensiones
políticas, guerras. A un adicto no le puedes quitar una sustancia de
golpe. Algo tan rápido puede ser muy destructivo. Piensa en las
tecnologías de la información. Se basa en minería alimentada con
petróleo, en transporte de larga distancia y en una producción
concentrada en pocos sitios. La fabricación de chips se vería
seguramente afectada.
¿No basta con apostar fuerte por las renovables?
La transición hacia las renovables no es fácil. El 80% de la
energía que consumimos no tiene forma de electricidad [que se puede
reemplazar fácilmente por renovables]. Además, no va a haber 25 millones
de coches eléctricos en España. El hidrógeno verde tampoco es viable:
es un vector con muchas pérdidas de energía, difícil de manejar y con
impacto ambiental. La caída del petróleo dificulta la transición. Para
montar un parque eólico necesitas camiones, acero, excavadoras,
etcétera.
Ni petróleo, ni renovables. ¿Cuál es la solución?
No hay ninguna tecnología que permita mantenerlo todo igual,
cambiando las fuentes de energía. Hay que cambiar el modelo social. No
hay ninguna duda de que el futuro será 100% renovable. Pero ese total
debería ser bastante menor que el actual. Hay que producir menos. Se
puede montar un sistema económico que garantice un buen nivel de vida,
pero no orientado al crecimiento.
¿Cómo sería ese sistema?
La globalización es posible por tener mucho petróleo barato. Hay
que relocalizar la producción: no es viable fabricar en China y llevar
productos en carguero. También hay que cancelar la deuda. En un mundo en
contracción económica, las deudas son impagables. Luego hay que hacer
reformas que garanticen la plena ocupación sin una economía en
expansión. El fin social de la empresa no debería ser repartir
beneficios a sus accionistas sino dar empleo a sus trabajadores. Es el
modelo de las empresas pequeñas, donde el jefe trabaja para llegar a fin
de mes como un empleado más.
Es pedir mucho. ¿Cómo se pueden hacer cambios como esos?
Ahora es implanteable. Sería como subir una montaña altísima de
prejuicio social. Pero cuando la sociedad vea cierto grado de colapso,
una situación de crisis económica persistente, va a estar receptiva a un
replanteamiento. La altura de esa montaña va a bajar. Sin embargo, si
el cambio se hace de forma desordenada, se pueden perder muchas
capacidades industriales. Como en el colapso del Imperio Romano, donde
se perdió mucho conocimiento.
¿Vamos a caer en otra edad media?
Hay decenas de civilizaciones que han colapsado. Es un evento
relativamente frecuente. Pero también hay casos contrarios. El Japón de
la época Edo ejercía una enorme presión sobre unas islas, pero supo
producir un cambio de vida que generó un florecimiento. Los valores de
esa cultura eran el equilibro con la naturaleza, vivir dentro de tus
límites, lentamente, pero con perfección. Siempre estamos a tiempo. Y los colapsos también se pueden revertir.
David Harvey, legendario geógrafo y teórico marxista, es el primer entrevistado de la serie. De su mano, Qué Hacer se embarca
en un viaje tras la estela de los flujos del capital en el planeta.
Harvey encuentra en dichos flujos los orígenes de las crisis que nos
afectan — la social, la climática y la política– incluido el ascenso
político de Donald Trump. Pero el profesor emérito de la City University
of New York también observa puntos de tensión en el sistema que origina
esas crisis. Tan implacable en sus métodos como ecléctico al elegir
dónde poner la lupa, el académico británico ofrece un análisis
totalizador, que nos invita a pensar qué nos trajo hasta aquí para así
poder afrontar cómo salimos de esta.
Esta serie
arranca con una premisa para enfocar soluciones políticas a tiempos
convulsos: ‘Qué hacer?’Usted ha dicho alguna vez que si la energía que
se emplea hoy en día en la ayuda humanitaria se dedicase a desarrollar
modelos para superar el capitalismo nos iría mucho mejor como sociedad.
Partiendo de esa base, ¿cómo respondería a la pregunta ‘Qué hacer?’
La revolución es un proceso. No es un acontecimiento, y es
un proceso que tarda mucho en salir adelante y tiene que avanzar en
diferentes frentes. Supone transformaciones en conceptos mentales sobre
el mundo, las relaciones sociales, las tecnologías y también en estilos
de vida. Ahora bien, cada uno de nosotros tiene una posición en nuestra
sociedad, donde puede contribuir en alguno de estos frentes. Yo soy
académico y puedo intentar influir en los conceptos mentales del mundo,
pero sé que no es lo único que hay que hacer. Así, todos tenemos que
emplear nuestras habilidades para lograr un proceso revolucionario que
nos aleje de la locura del capitalismo contemporáneo para crear una
sociedad cuerda en la que cada uno de nosotros tenga una vida decente y
unas condiciones de vida decentes y conceptos razonables sobre un futuro
decente.
Ha dedicado gran parte de su vida al estudio y la
difusión de la obra de Marx. Muchos críticos del marxismo hoy en día
–tanto en la derecha como en la izquierda– señalan que si bien esas
ideas pudieron ser útiles para el siglo XIX, han dejado de ser
relevantes. Usted no tiene inconveniente en abordar asuntos
aparentemente dispares, según el mundo que le rodea cambia, desde el
desarrollo tecnológico a la crisis climática. Para quienes no conozcan
la obra de Marx o no la hayan leído, ¿por qué sigue teniendo valor, en
pleno siglo XXI, dados los retos a los que nos enfrentamos, y el mundo
en que vivimos?
Hay una historia del marxismo que es problemática, y tiene
cosas muy buenas y cosas muy malas. Es como el capitalismo. Es como
todo. Después están los escritos de Marx, que me impresionan
particularmente. Lo que hacía era abstraerse de las actividades
cotidianas de una economía y trataba de contribuir al entendimiento del
modo en que funciona el capital. El capital tan solo es la producción de
valor y plusvalías a través de una serie de configuraciones y
actividades, y en la época de Marx, ese sistema de llevar el pan a la
mesa y todo ese tipo de cosas, ese sistema existía sólo en un
relativamente pequeño rincón del mundo. Ahora, el mundo entero está
atrapado es el modo de producción capitalista. Si vas a China, lo ves.
Si vas a India, lo ves. Si vas a Brasil, lo ves. Vayas adonde vayas, lo
ves.
De modo que no escribía sobre el siglo XIX. Escribía sobre
algo llamado capital y sobre cómo funciona el capital. El capital sigue
con nosotros, y sigue haciendo cosas muy perjudiciales y sigue haciendo
algunas cosas muy fascinantes, y Marx tiene un modo de analizarlo que
examina sus contradicciones. Por una parte, desarrolla tecnologías
nuevas. Por otra parte, observamos cómo estas nuevas tecnologías no se
emplean para liberar a los seres humanos y emanciparlos, sino para
generar más riqueza y poder para unos pocos. La economía contemporánea
tiende a evitar las contradicciones. No le gustan las contradicciones,
así que finge que no existen. Ahora bien, Marx va y dice que el capital
por definición es contradictoria, y si quieres un análisis sobre el
funcionamiento de las contradicciones, tienes que ponerte y tienes que
estudiar a Marx.
Ha desarrollado en su trabajo la idea de que el
modo en que salimos de una crisis –la manera en que nos enfrentamos a
las contradicciones que nos arrojaron a ella– determina la siguiente
crisis. Me pregunto, una década después de la última gran crisis
financiera, ¿ha observado algo en la manera en que salimos de ella que
le ayude a explicar la situación política en EE.UU. y el resto del
mundo?
A toda crisis que ha tenido lugar desde la década de 1980
le ha seguido lo que llamamos una recuperación sin empleo, que es como
se encuentra la clase trabajadora que no se ha recuperado de la crisis.
El capital se ha recuperado, pero la gente no. En 2009, las estadísticas
oficiales mostraban que nos habíamos recuperado, pero todo el mundo
sabía que no había trabajo. No había trabajos decentes. Las crisis son
una de las maneras que tiene el capital para renovarse, de modo que no
suponen el final del capitalismo. En realidad son un modo de
reconfigurar el capitalismo, y creo que cabe preguntarse si 2007, 2008
era el modo en que iba a reorganizar el capital. Bien, en múltiples
aspectos no se reorganizó en absoluto. Mi interpretación del
neoliberalismo fue que desde el principio fue un proyecto político
acerca de la consolidación y la creciente concentración de la riqueza y
el poder dentro de la clase capitalista, y que la concentración ha
continuado.
Algunos leímos la elección de Trump, de la mano
del Brexit y otros fenómenos, como una señal del fin de la era
neoliberal. Como, entre otras cosas, historiador del neoliberalismo, ¿la
leyó usted del mismo modo? Me refiero en concreto a su decisión de
sacar a EEUU de acuerdos comerciales como el TPP o el NAFTA, sus
promesas de crear puestos de trabajo, etc. Un año después de su
elección, ¿cómo interpreta el ascenso político de Trump y su encaje con
el proyecto neoliberal?
Los únicos que verdaderamente se han beneficiado de la
crisis de 2007-2008 fueron el 1% más rico y el 0,1% más rico, mientras
que todos los demás perdían. Una de las cosas que ha cambiado es que
después de 2007-2008 ya no era posible alegar ideológicamente que los
mercados lo resolverían todo. El neoliberalismo era inestable y era
probable que evolucionara en algo que se haría muchísimo más
autoritario. El neoliberalismo generó una gran desilusión. Las
poblaciones cada vez se sentían más alienadas en sus puestos de trabajo.
De modo que los trabajos dignos cada vez eran más difíciles. La vida
cotidiana cada vez era más agobiante, y la política no hablaba de esa
alienación. Entonces apareció Donald Trump y habló de ello de un modo u
otro, de forma que las poblaciones alienadas no necesariamente votan a
la izquierda. Pueden volverse neo-fascistas. Pueden ir en cualquier
dirección y creo que existía cierto anhelo, en muchos sectores de la
población alienada, de que se produjera una alteración de algún tipo.
Lo que Donald Trump prometió fue alteración y lo que por
supuesto ha proporcionado ha sido alteración. Creo que es significativo
que haya recurrido a Goldman Sachs para sus nombramientos económicos y
que Goldman Sachs haya controlado el Departamento de Tesoro de EE.UU.
desde aproximadamente 1992. Trump ha eliminado normativas que detenían
la concentración de mayor riqueza y poder, de modo que no ha adoptado
ninguna medida en absoluto en ese sentido. Solo ha continuado el
proyecto neoliberal porque él es la quintaesencia del hombre neoliberal
en persona. Hay un estancamiento general, y, a la vez, la continua
acumulación de riqueza y poder por parte de los que cada vez se están
convirtiendo más en una especie de oligarquía global. Entonces surge la
pregunta: ¿de quién es la culpa?
Ahora bien, se puede echar la culpa al capital. Yo
culparía al capital, pero a los capitalistas no les gusta que les culpen
de las crisis. Les gusta echar la culpa a otros, de modo que los
inmigrantes son el problema o la deslocalización es el problema desde
las décadas de 1970 y 1980.La pérdida de empleo en la fabricación se
debe al cambio tecnológico, no a que se envíe a China, no a que se envíe
ahora. Si te presentas a unas elecciones y dices que estás en contra
del cambio tecnológico mira lo lejos que puedes llegar. Si te presentas y
dices que esa pérdida de empleos tiene que parar, que tenemos que
impedir la entrada a los inmigrantes y tenemos que culpar a alguien más,
¿a quién culpamos? A China, y así tenemos ahora mismo las políticas en
contra de los inmigrantes y las políticas en contra de China. Ahora
bien, esto es interesante. China, dijo Trump, el primer día que suba al
poder, me encargaré de eso. ¿Ha sido capaz de encargarse de ello? En
absoluto. ¿Quién posee la deuda de EE.UU.? China. Y ese fue un momento
interesante en la crisis, que es cuando aparecen Fannie Mae y AIG, las
dos grandes compañías aseguradoras. El 60% de las acciones de estas
instituciones pertenecían solo a los chinos y a los rusos, y en 2008 los
rusos fueron a los chinos y les dijeron: “Vendamos todas nuestras
acciones, colapsemos el mercado de Estados Unidos”. Si lo hubieran
hecho, habría sido un desastre. Los chinos no lo hicieron porque no
tenían ningún interés en arruinar la economía de EE.UU. porque esa
economía es su mercado principal. A los rusos les da igual el mercado de
EE.UU. porque no es importante para ellos. Pero esta es la situación:
si Estados Unidos intenta presionar demasiado a China en cuestiones
comerciales, China tiene mucho poder sobre la economía estadounidense.
Si EE.UU. empieza a dejar de vender sus productos en el mercado,
entonces los chinos dirán, está bien, no tenemos razón alguna para
mantener tan precipitadamente el mercado de EE.UU. Vamos a deshacernos
de toda la deuda, y entonces veremos qué le pasa con el endeudamiento de
Estados Unidos.
El imperialismo es un concepto al que ha dedicado
gran parte de su trabajo, incluido un libro completo. Sin embargo,
últimamente ha dicho que ya no le parece un concepto útil para entender
el mundo. ¿Por qué lo cree así? ¿Tiene algo que ver con su análisis de
los flujos del capital y el advenimiento de una clase rentista global?
No creo que la explotación de la gente en una parte del
mundo por alguien que está en otra parte del mundo haya cesado en
absoluto. De hecho, se realizan enormes transferencias de valores
principalmente en tiempos de crisis. Ese 1% de más ricos en realidad ha
alcanzado ese puesto gracias a transferencias masivas de riqueza de la
población mundial general a dicha clase, y de este modo, se trata más de
una cuestión de clase que del hecho de que una parte del mundo domine a
otra.
¿Puede la gente conservar su patrimonio? ¿Puedes obtener
ingresos sobre las rentas, sobre alquiler de propiedades, de inmuebles?
Y, cada vez más, por supuesto, en los últimos 50 años, se imponen los
ingresos sobre la propiedad intelectual. Hay muchas corporaciones
capitalistas que creen que unos ingresos sobre la propiedad intelectual
es lo único que han de tener y que no tienen que producir nada. De modo
que hay organizaciones como Google o Facebook u otras parecidas que son
la base de fortunas tremendas que acumulan unos pocos basadas en el
cobro de réditos. Cuando se observa la estructura de los activos del 1% o
el 0,1% de los más ricos, dos tercios de los activos son en propiedad o
similar. La gente muy, muy, muy rica está empezando a dedicarse a este
proceso de acumulación de tierras. Un gran pedazo de la Patagonia
pertenece a una sola familia.
Deteniéndonos por un momento en el medioambiente,
¿cómo relaciona la emergencia de esa oligarquía global con la crisis
climática a la que nos enfrentamos? Pareciera que la decisión de Trump
de sacar a EEUU del Acuerdo de París no hará más que ahondar en esa
crisis. ¿Comparte el diagnóstico?
El contexto de esto es que hay algún tipo de relación con
la naturaleza, una relación metabólica con la naturaleza. Marx se
refiere a esto como regalos de la naturaleza, y para que el capital
sobreviva tiene que haber un caudal de estos regalos de la naturaleza,
lo cual supone que tiene que estar en posición de apropiarse o si se
quiere emplear otro lenguaje, saquear los regalos que ofrece el entorno
natural que entonces se puede incorporar en el sistema de circulación.
Por ejemplo, hemos hablado de por qué Trump no organizó un
vasto proyecto de infraestructura. ¿Quién organizó un enorme proyecto
de infraestructura en 2007, 2008? China. Los chinos consumieron en dos
años más cemento, un 40 % más de cemento que los Estados Unidos en 100
años. Necesitaban resolver el problema del desempleo. Resolvieron ese
problema descargando en el entorno, y el resultado ahora es un desastre
medioambiental en muchos sentidos. Ahora bien, los chinos son
conscientes de ello y ahora están diciendo que muy bien, vamos a tener
coches eléctricos y a reorganizar la sociedad porque ahora tenemos que
solucionar el problema medioambiental. A esto me refiero cuando digo que
el capital traslada sus problemas. Tenían un problema de desempleo. Lo
solucionaron, pero ahora tienen un problema medioambiental. ¿Y cómo lo
van a resolver? Bueno, lo harán con otra cosa y probablemente
descubriremos que hay dificultades financieras. Esto está conectado con
el hecho de que el capital como sistema tiene que crecer. No puede ser
siempre el mismo.
Creo que el Acuerdo de París era sumamente deficiente.
Intentó resolver el problema del cambio climático recurriendo a las
fuerzas del mercado, y creo que en realidad las fuerzas del mercado son
el problema y no la solución. No estoy particularmente molesto con que
Trump se saliera de él.
Cómo idear una transición en la que la mayoría de nosotros
no pase hambre me parece que tiene que ser parte de lo que consista
cualquier revolución o transformación. Creo que sigue habiendo una
tendencia en la sociedad que establece esta distinción cartesiana entre
humanidad y naturaleza o cultura y naturaleza, y economía y naturaleza
como si fueran dos compartimentos separados, pero soy tristemente
célebre por decir que no hay nada antinatural en la ciudad de Nueva
York. Las hormigas construyen hormigueros. Los seres humanos construyen
ciudades. Es decir, que … los castores construyen presas. Todos los
organismos a cierto nivel transforman sus entornos de manera que se
suponen positivos para ellos. En lugar de verlo como un conflicto entre
cultura y naturaleza, lo veo como un conflicto entre posiciones, si se
prefiere o entre poblaciones, que están discutiendo que deberíamos estar
yendo en otra dirección.
La cuestión es a quién beneficia todo esto. Ahora mismo,
las transformaciones medioambientales son esencialmente las que dicta el
capital, que no se está organizando para el bienestar de la población.
Aquí en Nueva York, por ejemplo, hay un enorme boom inmobiliario en el
que todo son estructuras de inversión para ingresos altos. Tenemos una
crisis de vivienda asequible. Estamos construyendo para los
multimillonarios de los estados del golfo y Rusia y de allá donde se
pueda invertir, de modo que puedan tener un lugar para venir come y
quedarse dos semanas al año en las que van de compras o lo que sea. Es
una locura. Es una economía demente, y sigo pensando para mis adentros
que es tan demente que no entiendo por qué la gente lo sigue tolerando.
Esto se debe al hecho de que el proyecto neoliberal de concentración de
la riqueza y poder está cambiando la forma de nuestras ciudades
convirtiéndolas en ciudades para invertir, no en ciudades para vivir.
Hay un concepto que usted desarrolló mucho antes
del ascenso de Trump, y que tiene especial resonancia en el momento
político actual: la alienación universal. ¿En qué consiste esa idea, qué
manifestaciones tiene, y cómo puede ayudarnos a entender el presente e
imaginar el futuro?
Es interesante, muchas de las revueltas que han tenido
lugar en el mundo en los últimos 15 o 20 años han sido en torno a
problemas urbanos. El parque Gezi en Turquía, las revueltas en ciudades
brasileñas en 2013, etcétera. Mucho descontento en zonas urbanas,
incluso sobre asuntos como la vigilancia policial y demás… Estamos
viendo muchos disturbios urbanos, y tiendo a pensar que se trata de una
de las zonas clave de organización y reflexión, el lugar donde realmente
podemos cambiar la naturaleza del capitalismo. No solo luchando por los
problemas en el lugar de trabajo, algo que sigue siendo tremendamente
importante, pero también luchando por unas nuevas condiciones en el
espacio vital donde todos podamos tener un hogar decente y un entorno
decente e imaginemos una vida cotidiana decente.
Cuando la gente empieza a decir qué sentido tiene mi vida,
qué sentido tiene mi trabajo, y las encuestas indican que
aproximadamente el 70 % de la población en Estados Unidos bien odia su
trabajo o bien le es absolutamente indiferente de lo que trata… Cuando
piensas en las novedades que ahorran tiempo en el hogar, pero si vas por
las casas y preguntas: “¿tienes mucho tiempo libre?”, la respuesta es
que no tenemos tiempo libre en absoluto. Una de las genialidades de Marx
fue sugerir que el tiempo libre es señal de una gran sociedad, pero el
hecho es que incluso la vida diaria en la ciudad te absorbe. Que si
llevo la televisión a arreglar e invito a alguien a casa… y las
frustraciones de hacer frente al seguro médico… y lo que se te ocurra.
El papel de la maquinaria no es la de facilitarte el trabajo. El papel
de la maquinaria es establecer una situación donde el capitalista puede
obtener más plusvalía. Por este motivo la maquinaria no revertirá en
beneficio del trabajo. Siempre se utilizará bajo el capitalismo para
beneficiar al capital.
Lo mismo se aplica a los procesos culturales de consumo.
Todos hemos visto esa especie de pequeños robots que merodean por el
suelo y lo limpian por ti y ese tipo de cosas, pero ¿cuál es propósito
de todo eso? ¿El propósito es darle tiempo libre a la gente o en
realidad es llevarla a una situación en la que cada vez es más
consumista? De modo que el consumismo consiste en liberar a la gente de
las labores domésticas para que puedan salir y comprar. Es decir, la
gente no tiene tiempo de tumbarse ni el derecho a vaguear. Eso provoca
mucho estrés y mucha alienación, porque ves que estás sumamente ocupado,
pero ¿con qué propósito y para el propósito de quién? Y sabes que no es
tu propósito. Es el propósito de otro. ¿El propósito de quién? Creo que
es probablemente uno de los problemas más serios que subyacen en gran
parte de las turbulencias políticas que estamos viendo.
El próximo 15 de septiembre se cumple el 10º aniversario de la quiebra de Lehman Brothers,
el banco de inversión cuyo desplome transformó lo que se había vendido
hasta entonces como un tropezón accidental de la economía estadounidense
en una crisis sistémica que puso en jaque a buena parte del mundo. En la memoria colectiva, fue el principio de la peor catástrofe económica desde 1929, una larga travesía por el desierto que arruinó la vida de millones de personas.
Pero no todo el mundo parece pensar igual. La prensa británica publicó
hace unas semanas que cientos de antiguos empleados de Lehman pretenden
aprovechar el aniversario para celebrar fiestas de reencuentro en
Londres, Hong Kong y Nueva York. Se han anunciado cócteles y canapés. Y
es que, después de todo, la élite del sector financiero sigue teniendo
bastantes motivos por los que brindar.
Todas las crisis son un drama. Y esta fue particularmente desagradable. Solo en EEUU, se perdieron ocho millones de empleos. Siete millones de familias fueron desahuciadas. Barrios
enteros se vaciaron como si un ejército de zombis los hubiera arrasado.
Quebraron empresas. Y un océano de billetes verdes en ahorros y
pensiones se evaporó con el 'crash' bursátil. Pero las crisis también
ofrecen oportunidades únicas para reformar los desequilibrios
estructurales del sistema. En este caso el capitalista, que, por su
propia naturaleza, basada en la acumulación de la riqueza y la
maximización del beneficio, tiende a inmolarse periódicamente. Lo hace
por puro empacho y especialmente los corsés que lo regulan desaparecen. Victoria del neoliberalismo
Es lo que sucedió tras la Gran Depresión, que sentó las bases para la época más dorada de la historia estadounidense. Por entonces, se impuso transparencia en el sistema financiero.
Materias primas y futuros pasaron a comerciarse en mercados regulados
y, para proteger los depósitos de los clientes de la tentación
especuladora, se separaron los bancos comerciales de los de inversión y
las aseguradoras. Aquellas medidas del New Deal, unidas a sus políticas
sociales, crearon una época de enorme estabilidad que propulsó la gran expansión de la clase media y la reducción de las abismales desigualdades de principios de siglo.
Esta vez también se habló de reformar el capitalismo, pero tras 10 años de tortuosa recuperación pocas cosas parecen haber cambiado sustancialmente. Así lo sugiere la desafección de los millones de votantes alrededor del mundo que se han echado en brazos de partidos y salvadores de la patria que prometen soluciones mágicas y buscan chivos expiatorios para
problemas que tienen generalmente una raíz económica. Desde la
precariedad al miedo al pobre que llega de fuera, algunas de las
enfermedades propias del neoliberalismo imperante desde los años 80. Ese
modelo, implacable en su deconstrucción del Estado de bienestar, lleva
tiempo dando señales de agotamiento. Pero está más vivo que nunca. La
llegada del multimillonario Donald Trump al poder es su victoria final. Resentimiento ante la gestión de la crisis
El resentimiento con la gestión de la crisis fue uno de los
motivos que allanó su camino hasta la Casa Blanca. Una sensación que no
se ha disipado porque la recuperación en EE UU ha sido enormemente
desigual. Es cierto que prácticamente no hay paro para aquellos que
siguen buscando activamente empleo o que los ingresos medios de las
familias han vuelto a los niveles previos a la crisis. Pero los salarios ajustados a la inflación apenas han subido en 40 años y el patrimonio de los hogares sigue muy por debajo de donde estaba a comienzos de la recesión en diciembre del 2007.
Todo eso contrasta con la fiesta que se vuelve a vivir entre las instituciones de Wall Street y
las grandes empresas al mando de la economía. Unas y otras llevan
muchos meses registrando beneficios récord, una bonanza que se refleja
en los máximos históricos de las bolsas. Sus comandantes tampoco tienen motivo de queja. Las compensaciones de los consejeros delegados no se han recuperado del todo, pero aun así cobran 312 veces más que el trabajador medio, según el Economic Policy Institute. Culpables beneficiados
A estas alturas hay pocas dudas de las causas que provocaron la
crisis, que comenzó con el estallido de la burbuja y no tardó en revelar
cómo las arterias del sistema financiero se habían contaminado por la
codicia temeraria o directamente fraudulenta de sus capitanes. Billones
de dólares en hipotecas de dudosa calidad y alto riesgo de impago se
empaquetaron en productos financieros tóxicos que bancos y aseguradoras
vendieron alrededor del mundo mientras se endeudaban hasta el paroxismo.
Las agencias de calificación, que todavía cobran de las mismas
instituciones que evalúan, dieron a esos títulos la máxima calificación.
Y a medida que el gas mostaza se repartía por el orbe, unos y otros
solo se preocuparon de cobrar sus comisiones.
«Cuando los bancos son meros intermediarios de riesgo, los
desplomes en determinados mercados solo les afectan relativamente. Es lo
que pasó durante la burbuja tecnológica de finales de los 90, cuando no
cayó un solo banco», dice el profesor de la Universidad Americana Arturo Porzecanski,
quien trabajó 30 años en Wall Street. «Lo que pasó esta vez es que
bancos como Lehman Brothers, Bear Stearns o JP Morgan no solo ejercieron
de intermediarios, sino que se quedaron con los productos de riesgo en
sus carteras. El cáncer estaba en Wall Street y el paciente casi se
muere». 700.000 millones que aún escuecen
La comisión encargada por el Congreso de establecer las causas de la crisis no dejó dudas de lo que había pasado. Apuntó a bancos, aseguradoras y reguladores. Pero lejos de ser penalizados en los remedios de la crisis, todos ellos acabaron en gran medida saliendo beneficiados.
Ya fuera en el rescate masivo a la banca, en los estímulos monetarios
de la Reserva Federal o en la falta de castigos para los responsables
del desaguisado. «Lo que sucedió en el 2008 fue un golpe sin sangre. Lo
llamamos crisis financiera, pero en realidad fue la compra del pasivo de
EEUU. Washington ocupó Wall Street y Wall Street capturó Washington», escribió el periodista financiero Bob Ivry en
su libro 'Los siete pecados de Wall Street'. Como muchos otros críticos
de la gestión de la crisis, Ivry denunció una simbiosis casi perfecta
entre los dos grandes poderes del país.
El rescate a los bancos y aseguradoras fue quizá el ejemplo más palmario. Unos 700.000 millones de dólares que todavía escuecen entre la población.
No solo por lo que se hizo, sino por cómo se hizo. «Wall Street le dio
totalmente la vuelta a la situación y los medios compraron su narrativa.
Aunque eran los bancos los que tenían que dar explicaciones, los que
tenían la pistola en la sien, lograron que calara el mensaje de que no
había otra opción que rescatarlos», recuerda ahora el economista Dean Baker,
quien por aquel entonces trabajó en los pasillos de Congreso tratando
de explicar otras opciones, como una nacionalización transitoria, lo que
se hace habitualmente con los pequeños bancos que quiebran. Cheque en blanco
Baker recuerda cómo aquí y allá se repetía que la alternativa al
rescate sería una nueva depresión, una tesis que defendió el entonces
presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke.
«Estaban acorralados y como mínimo les tendrían que haber impuesto
condiciones estrictas a cambio del dinero: obligarles a reducir su
tamaño, recortar las compensaciones de los consejeros delegados y
restringir sus actividades especulativas», dice Baker. Lo que recibieron
al final de Henry Paulson, secretario del Tesoro de Bush salido de las
filas de Goldman Sachs, fue una especie de cheque en blanco sin
contrapartidas ni preguntas. Con el tiempo devolvieron el dinero con
intereses, pero no fue el último regalo que recibieron.
La reforma financiera del 2010, ya con Barack Obama en el poder,
quiso tapar los agujeros creados por la desregulación en tiempos de Clinton y Bush. Casi todos los economistas coinciden hoy en que el sistema es más seguro de
lo que era como consecuencia de esa ley mastodóntica de 2.300 páginas
que la Administración Trump ha empezado ahora a desmontar. Aumentaron
los requisitos de capital de los bancos. Se redujo su exposición a la
deuda. O se les obligó a ser sometidos periódicamente a pruebas de
estrés. «Todas esas son cosas positivas, pero el sistema financiero que
tenemos hoy es básicamente el mismo que había en el 2008», ha dicho Sheila Bair, quien fuera directora durante la crisis de la entidad pública encargada de asegurar los depósitos bancarios. Los lobistas ganan
Pero aquella ley dejó como mínimo dos grandes asignaturas
pendientes. En parte, gracias al trabajo denodado de los lobistas de la
industria. Si bien restringió la capacidad de las entidades para
especular con el dinero de sus clientes, no llegó a separar los bancos comerciales de los bancos de inversión. Y tampoco se rompió ni se redujo el tamaño de los grandes supermercados financieros,
aquellos que presentan riesgos sistémicos para el sistema, como se
pretendía para no tener que volver a rescatarlos. Desde entonces su
tamaño no ha hecho más que crecer.
Obama aprobó un monumental programa de estímulo keynesiano a
principios de su mandato, pero fue la Reserva Federal la que tuvo que
tirar del carro después de que el demócrata perdiera el Congreso en el
2010. La Fed bajó a cero los tipos de interés para estimular el crédito y
la inversión, pero en una maniobra más controvertida también se dedicó a
inyectar dinero en el sistema mediante la compra de bonos del Tesoro y
títulos respaldados por hipotecas, esencialmente los activos tóxicos que
arrastraban los bancos en sus carteras. «En realidad fue un segundo
rescate bancario», dice el economista y regulador Bill Black.
«¿Cómo podemos bajar los tipos de interés? Comprando títulos
hipotecarios. ¿Quién los tiene? Los bancos. ¿Qué pasa cuando lo hacemos?
Sube el valor de esos activos», afirma. Impunidad
Millones de estadounidenses fueron también corresponsables de la
orgía de endeudamiento que desencadenó la crisis. Compraron casas,
coches y villas que no podían pagar, símbolos de unos días felices que
acabaron enterrados por las malas hierbas. Pero, como muchos siguen
recordando, las ayudas para las familias al borde del desahucio se
racionaron religiosamente. En los primeros cuatro años de la crisis, la
Administración Obama desembolsó unos 10.000 millones de dólares para
rescatar a aquellos con una deuda hipotecaria superior al valor de sus
viviendas, migajas comparado con la operación de salvamento a Wall
Street. El círculo de prebendas se cerró con la ausencia de condenas penales para los responsables de la crisis. Algo
que sí sucedió durante la crisis de los bancos hipotecarios Savings and
Loans a finales de los 80. Por entonces se logró la condena de más de
un millar de banqueros y unos 800 pasaron por la cárcel. Esta vez la cifra oficial de condenas está en 324, pero son todas de prestamistas y 'brokers' de medio pelo y entidades desconocidas. Ninguno de los titanes de la industria ha sido procesado. Oportunidad perdida y desregulación
«El Departamento de Justicia de Obama no quiso recomendar
procesamientos y optó por las demandas civiles. Fue una decisión
deliberada, ni siquiera investigaron cómo se hacían los préstamos, que
es donde estaba el fraude», dice Black, quien fue la figura central en
la investigación de los Savings and Loans. Al final las entidades
financieras han pagado unos 150.000 millones de dólares en multas, según
el recuento del 'Financial Times', pero ni siquiera han tenido que
reconocer culpabilidad alguna y han visto cómo sus acciones subían cada
vez que cerraban un caso civil.
«Fue una oportunidad histórica para prevenir futuros fraudes
bancarios con mecanismos efectivos de disuasión, una ocasión para
desacreditar ciertas formas y lograr una verdadera reforma», dice Black.
Pero no se hizo y, por el camino, el Partido Demócrata perdió una enorme legitimidad frente a su electorado trabajador. Ahora es ya demasiado tarde. Con Trump y su gabinete de multimillonarios ha vuelto el hambre por la desregulación. La historia no hace más que repetirse.
Hablamos con el economista portugués sobre las políticas del país luso,
la austeridad, la deriva europea, el auge de la extrema derecha y el fin
de las medidas expansivas del Banco Central Europeo
Francisco Louça fue coordinador del Bloco Esquerda durante siete años
El político y economista portugués Francisco Louça coordinó el Bloco
Esquerda durante siete años. Ahora se encuentra en una segunda línea
política, pero asesora y trabaja junto a partidos de izquierda para
labrar estrategias y alternativas a las recetas de austeridad.
Muy crítico con la deriva neoliberal europea y el euro, explica a El Salto
las medidas que está tomando Portugal para salir de la crisis
contradiciendo las exigencias del FMI. Pero también avisa: "El fin del
Quantitative Easing [el plan de compra de activos del Banco Central
Europeo] provocará una nueva recesión en Europa". A España llegan noticias que apuntan a que Portugal está saliendo de la crisis con medidas antiausteridad, ¿qué hay de cierto y qué limitaciones tiene?
El Gobierno, desde hace dos años, empezó una política moderada de expansión económica, pero con un efecto político y social muy fuerte: el alivio de la gente. En Portugal ya no se tiene la presión y la incerteza de que les van a bajar los salarios y las pensiones. Más bien al contrario, se están incrementando. El salario mínimo se ha incrementado un 20%, lo que ha producido un aumento en la demanda agregada y por lo tanto un aumento en el empleo. Tampoco habrá más privatizaciones. Fue una de las cosas que se cerró en el acuerdo de gobierno. También hay un aumento de las exportaciones y el turismo y, aunque estos dos factores nos vienen dados por el exterior, tienen un impacto importante en la economía. Toda una serie de factores que producen una reconstrucción del poder de decisión política que, por ejemplo, permiten que se paren las privatizaciones.
Ahora bien, es moderado y limitado porque en el sector financiero, que por la presión de la Troika y de la vertiente neoliberal europea está totalmente privatizado, a excepción del principal banco nacional, está en manos extranjeras. Un 80% de nuestra banca está en manos de españoles, chinos, americanos... Un porcentaje de los más altos de Europa. Esto sí que lo tuvo que aceptar el Gobierno de Portugal. Por lo que es cierto que hay un crecimiento económico, pero con muchas limitaciones en temas estructurales como la deuda externa y la vulnerabilidad al exterior y del sistema bancario.
¿Por qué Portugal es capaz de hacer un cambio que Grecia no ha podido? Grecia
aceptó un plan de destrucción de su seguridad social y de subidas de
impuestos, en unas condiciones políticas muy excepcionales. Aquí el
Partido Socialista, al contrario que hizo el PASOK en Grecia, pactó con
la izquierda por primera vez en su historia. Fue una alianza que les
obligó a no subir impuestos y parar privatizaciones. Esto les ha dado
unos resultados económicos positivos que han hecho que el Partido
Socialista se afiance en el centro y que, según los sondeos, volvería a
ganar. La izquierda se mantiene muy fuerte y la derecha se ha
destrozado.
Hemos visto como en el Reino Unido, después del
Brexit, el Partido Laborista de Corbyn ha sacado su mejor resultado en
años, ¿es esta una vía a seguir por la izquierda europea? La
situación de Reino Unido es especial porque no están en el euro. Además
es una gran potencia industrial y financiera, por lo que no tiene la
misma presión que Portugal o España. Es muy significativo ver cómo
tienen la oportunidad de intentar darle la vuelta a tantos años de
neoliberalismo, pero no creo que sea un escenario que puedan imitar
otros países.
¿Qué crees que pasará cuando Mario Draghi,
tal y como ya ha anunciado, deje de comprar deuda, suba los tipos de
intereses y finalice el Quantitative Easing (QE)? No está
decidido cómo va a ser todavía, pero es que además se juntan dos
decisiones muy importantes: la sustitución de Draghi y el fin del QE.
Las dos pueden conjugar en algo muy peligroso. Porque una subida en los
tipos de interés sumado al fin de la política monetaria con el QE
provocará una recesión en Europa.
El euro, que ya crea desigualdades, es una máquina de destrozar
economías de países con problemas de balanza exterior o de deuda
importantes. Si hay una política monetaria recesiva tendremos
inmediatamente una nueva crisis en el sur de Europa.
¿Cuál sería el paliativo para no caer o poder sobrevivir en esas crisis? La
única posibilidad es tener un margen de maniobra para defenderse. Se
debe tener preparado un plan b para salir del euro, tener un banco
central independiente que pueda tener una política monetaria propia que
estimule la economía, todo ello sin las restricciones que nos están
siendo impuestas. Esto necesita mucha preparación técnica, pero también
una preparación social y política que logre una mayoría democrática en
cada país. Pero no hay una salida volviendo a las mismas privatizaciones
y recetas de antes. Además, las próximas privatizaciones, ya que no
queda casi nada público, serán la salud y la seguridad social.
Esos tipos de interés también afectarán al pago de la deuda. Portugal tiene una deuda del 120% de su PIB. Algo
más, pero vamos a disminuirla a final de año con unos pagos anticipados
al FMI. Pero esa es la deuda pública, la parte privada es mayor incluso
que la de Grecia. Una subida de los tipos de interés a la hora de
refinanciar esas deudas se traducirá en una pérdida enorme de los
recursos de Portugal que llevarán a una austeridad aún mayor.
¿Qué plan tenéis para esta deuda? Hay
un grupo de trabajo del Bloco Esquerda con los grupos parlamentarios
socialistas para proponer un plan de reestructuración. Tenemos un plan
técnico detallado, firmado por el Partido Socialista, que plantea un
método para reestructurar la deuda existente con una tasa de interés más
baja, a la vez que se aumentan los plazos. Esto permitiría que el valor
actualizado de la deuda disminuya al 90%, lo cual no llegaría todavía
para el tratado presupuestario europeo, pero sería una disminución de
casi un 40% de la deuda. Ahorraríamos unos 60.000 millones de euros en
deuda.
En algunos países donde crece la desigualdad vemos como la extrema derecha está creciendo. En Portugal no ha pasado. No,
en Portugal no tienen ningún papel. Creo que hay que tener en cuenta
las condiciones estructurales. En Portugal no hay ese sentimiento de
crisis de régimen, como la que está sufriendo España con Catalunya. Hay
una base popular muy fuerte de la izquierda, entre el Bloque Esquerda y
el Partido Comunista suman casi un 20% de los votantes, por lo que las
bases populares se sienten representadas. No hay una presión por la
inmigración muy fuerte, es más, Portugal tiene una gran emigración. Hay
muchos portugueses por Europa que sufren esas presiones, como le pasa a
españoles o griegos. Pero todo esto hace que haya una concepción
distinta del problema y no es que no haya racismo, que lo hay, pero no
es un contexto diferente el de la clase obrera española.
Con todos los acontecimientos que están ocurriendo ahora mismo en Europa, ¿cómo ves Portugal y Europa en diez años? Es
muy difícil pronosticar, en diez años sufriremos una o dos nuevas
crisis financieras globales. La última crisis nos costó un retroceso de
10 años, más paro estructural, precarización laboral, más desigualdad
social y de género. Esto lleva a una financiarización de la política y a
la desconfianza en la democracia, porque la gente puede llegar a pensar
que para qué van a votar si no sirve de nada, lo cual nos puede llevar a
poderes políticos mucho más jerárquicos y agresivos, como podemos ver
en la respuesta de España a Catalunya.
Eso es lo que pasa ahora
mismo y seguirá pasando si no hay una izquierda social con un proyecto
alternativo que sea integrador, movilizador, que de confianza a la
gente. Que pueda ofrecer un gobierno basado en la lucha popular y en una
respuesta anticapitalista.