La obra ha sido adquirida en París por la editorial Mintzoa y, aunque era conocida, no se había ahondado en lo que señala sobre estos pescadores Este tratado es obra del jurista Étienne Cleirac, una eminencia en la época, y recoge también que “un vasco advirtió a Cristóbal Colón de las Indias Occidentales, dándole la dirección”
Portada del libro Us et Coutumes de la Mer.
Mintzoa
Las relaciones transoceánicas de los pescadores vascos desde el siglo
XVI están ampliamente documentadas. La huella de los balleneros vascos
ha quedado acreditada en la toponimia vasca en Terranova y Labrador, la
difusión de determinadas técnicas navales o incluso el surgimiento de
diferentes pidgins, lenguas simplificadas que mezclaban el
euskera con las lenguas locales, como las algonquinas, en el caso de
Terranova y Labrador, o el islandés. La editorial navarra Mintzoa, no
obstante, acaba de adquirir un libro que sitúa mucho antes la actividad
vasca en torno a la pesca de la ballena y la llegada de estos pescadores
a América, concretamente “cien años antes de las navegaciones de
Cristóbal Colón”.
La obra en cuestión se llama Us et Coutumes de la Mer, su primera
edición data del año 1647 y es obra del jurista Étienne Cleirac. La
obra fue un conocido tratado naval en el siglo XVII, si bien no se había
destacado su importancia desde la perspectiva de la historia de los
balleneros vascos.
Aritz
Otazu y el resto del equipo de la editorial Mintzoa se han encargado de
la compra de este ejemplar: “Se trata de uno de los seis ejemplares que
existe en el mundo de la primera edición del libro. Lo hemos adquirido
en París, a un anticuario ya jubilado. El interés para los vascos está
en el apartado dedicado a la pesca de la ballena, donde existen
múltiples referencias a los vascos y al papel que jugaron en la pesca de
la ballena y en la navegación”.
En
concreto, resulta particularmente interesante esa referencia histórica
de la llegada de los balleneros vascos a América. “Sabemos muchas cosas
de los balleneros vascos y de su presencia en Terranova, Labrador,
Groenlandia o Islandia. Y se ha especulado mucho sobre cuándo comenzó
esa navegación por el Océano Atlántico hacia América. En este caso, la
importancia estriba en que la sitúan 100 años ante de la llegada de
Colón y lo hacen en todo un tratado internacional de navegación, no en
un libro sobre los vascos. Además, vemos que quien lo recoge no es un
loco, el autor del tratado es una eminencia, el autor del primer
diccionario naval de la historia”, señala Otazu.
Cleirac,
además, recoge en su obra que “un vasco advirtió a Cristóbal Colón de
las Indias Occidentales, dándole a él la dirección” (textualmente y en
la grafía de la época: “un basque advertit Christophle Colomb des Indes
occidentales, et luy en donna l’adresse").
Otazu
señala que en ámbitos muy especializados conocían que esta obra se
refería a los balleneros vascos, si bien ahora han podido comprobarlo de
primera mano y conocer la profundidad de esas referencias.
Dentro
de las 450 páginas de este libro, en el apartado dedicado a la pesca de
las ballenas existen “siete capítulos en los que figuran los vascos”,
según señala Otazu.
Así,
la obra también recoge cómo pescadores vascos se quejaron a Luis XIII,
secundado por el Cardenal Richeliu, de las trabas que los pescadores
ingleses ponían a la caza de la ballena o que los vascos fueron quienes
enseñaron a cazar a los holandeses.
La
obra también señala la importancia de un vasco llamado François
Soupite, natural de la localidad de Ziburu, y su importancia al inventar
un método para despiezar la ballena en el mar evitando los olores que
provocaban su putrefacción en el barco.
Parte del texto en la que se menciona la llegada de los vascos a América "100 años antes que Colón".
China frena la producción de un mineral esencial para la fabricación de aluminio
Un trabajador llega a una fábrica en Monterrey, México
Julio César Aguilar / AFP
No
hay tregua en el mercado de las materias primas. La alarma esta vez
procede del magnesio. El mineral es esencial para mantener el
funcionamiento normal de músculos y nervios del cuerpo humano, pero en
la industria es un componente esencial para la fabricación de hojas de
aluminio o de titanio, con lo que la salud de la economía también
depende de él.
Los
primeros síntomas se vivieron a finales de septiembre, cuando los
precios repuntaron un 80% en un solo día. Las cotizaciones, que
acostumbraban a estar entre los 2.200-2.700 dólares, se dispararon hasta
casi 10.000. Desde entonces se han quedado arriba y no parece que vayan
a bajar a corto plazo. El origen del problema es China, donde se
produce el 87% del magnesio mundial. Allí las autoridades locales han
impuesto restricciones al consumo de energía. Extraer este mineral
supone un elevado consumo energético (35 megavatios la hora) y el país
asiático, que sufre carencias de suministro eléctrico, necesita poner
coto a los excesos. Unos 35 productores han sido obligados a parar la
extracción hasta finales de año.
“Preocupados
por la continua escasez de suministro de magnesio este año y en el
primer semestre (2022), algunos clientes extranjeros tienen la intención
de aumentar la adquisición de existencias”, subrayaba en un comunicado
Dong Chunming, de Sunlight Metal Consulting.
“No
hay sustitutos para el magnesio en la producción de aluminio. Si el
suministro se para, el sector de la automoción podría verse obligado a
interrumpirse”, afirmaba al Financial Times un analista de
Barclays. En Seat, donde ya están padeciendo las consecuencias de la
carencia de suministros, de momento no han notado alteraciones por este
motivo.
Evolución del precio del magnesio
LV
Europa
no tiene reservas suficientes de este mineral. WV Metalle, la
asociación de comercio de metales no ferrosos de Alemania, dijo en un
comunicado que “se espera que las reservas actuales de magnesio en
Alemania y en toda Europa se agoten en unas pocas semanas, a finales de
noviembre de 2021 a más tardar”. Las mismas fuentes dicen que pueden
verse afectados en la cadena de valor los aviones y las bicicletas
eléctricas, así como la construcción.
El
magnesio es un componente de difícil conservación, porque al cabo de
tres meses da señales de oxidación. Europa importa el 45% de todo el
magnesio producido en China y el 95% de lo que necesita. Una dependencia
total.
El silicio golpea a los paneles solares
Nadie está a salvo de la crisis energética. Ayer
se supo que los precios de la energía solar en Arabia Saudí se disparan
por la escasez de silicio. Este componente clave para la fabricación de
paneles solares ha subido a los niveles más altos desde abril del 2019,
también debido a cierres provisionales de la producción china. Antes de
la pandemia, en el 2017, la Comisión Europea ya empezaba a estar
preocupada por la dependencia de Europa de los minerales. Lanzó una
iniciativa titulada “Resiliencia de las materias primas críticas:
trazando un camino hacia una mayor seguridad y sostenibilidad” para
recoger opiniones al respecto.
La gigantesca erupción en Indonesia causó un brusco cambio del clima en 1816, un descenso de las temperaturas y la última gran hambruna en Europa
El cráter del volcán Tambora, en Indonesia
Algunos autores culpan de la derrota de Napoleón en Waterloo a
la lluvia torrencial y al lodo acumulado aquel día de mediados de junio
de 1815. Unas tropas agotadas tras años de guerras no pudieron resistir
a los ejércitos de la Coalición combinados con las infernales
condiciones meteorológicas. Algunas tesis, vinculan ese mal tiempo a un
fenómeno extraordinario a 12.000 kilómetros, en la isla de Sumbawa
(Indonesia), donde un par de meses antes había entrado en erupción el
volcán Tambora, un suceso de una magnitud infinitamente mayor a la del
volcán de La Palma y que cambió el mundo durante unos años.
No hay consenso en torno a la relación entre la erupción y la derrota
del ejército francés, pero lo que sí es seguro es que, al año siguiente,
el Tambora cambió la vida de millones de personas. “En realidad, no fue
un cambio climático, sino una alteración, una anomalía corta”, asegura
Mariano Barriendos, investigador de la historia del clima, pero, en
cualquier caso, una alteración que tuvo un impacto devastador en forma
de hambre, enfermedad y violencia en un periodo de entre seis meses y
tres años, según el punto del planeta del que se tratara.
A
primeros de abril 1815, un estruendo procedente del volcán había
sacudido la isla de Sumbawa, aunque la calma pareció volver al cabo de
unas horas. Sin embargo, el incidente había sido lo suficientemente
preocupante para que la administración colonial enviara un representante
a evaluar la situación. El celo del funcionario le llevó a la cima del
volcán el fatídico 10 de abril y le convirtió en la primera víctima de
una de las mayores erupciones volcánicas de la que existen registros.
Decenas
de pueblos y aldeas desaparecieron en pocas horas y miles de personas
quedaron enterradas por la lava y las cenizas. La columna de humo llegó a
medir 44 kilómetros y la montaña, de 4.300 metros de altura, se redujo
en una tercera parte cuando las paredes del cráter se hundieron. Las
explosiones se oyeron a cientos de kilómetros. En el 2004 los
arqueológos desenterraron alguna de las poblaciones sepultadas y quedó
al descubierto lo que el profesor Gillen Wood, autor de Tambora: The eruption that changed de world (Tambora: La erupción que cambió el mundo), llama la “Pompeya de Oriente”.
El
volcán arrojó unos 100 kilómetros cúbicos de material, parte del cual
fue a parar a la atmósfera en forma de partículas en suspensión. Ya en
la misma primavera de 1815 en varios puntos de Norteamérica se pudo
observar una persistente y densa niebla que hoy los especialistas
identifican como resultado de la erupción, pero la peor parte se la
llevó Asia donde los cultivos se resintieron de inmediato, no solo por
la disminución de la luz solar, sino también por los componentes tóxicos
emitidos a la atmósfera y la sequía. Las hambrunas no tardarían en
llegar en meses siguientes a todo el globo; en el Reino Unido 1816 fue
conocido como “el año sin verano”.
“Tuve
un sueño, que no era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba, y
los astros vagaban diluyéndose en el espacio eterno”, escribía entonces
Lord Byron. Las pinturas de William Turner o Caspar David Friedrich
reflejan la extraña luz de los cielos en aquellos meses.
Byron, formaba parte de la clase de aristócratas que aprovechó el fin de
las guerras napoleónicas para visitar Europa. Él, junto a Mary y Percey
Shilley, pasaron aquel verano en Suiza. Fue allí, donde ella concibió
Frankenstein, una novela que, según Gillen Wood, estuvo fuertemente
influida por las terribles imágenes de pobreza y hambre que debió
presenciar su círculo durante su estancia en tierras helvéticas.
Si los países anglosajones llaman a 1816 “el año sin verano”, en
Alemania, en cambio, se lo conoce como “el año de los mendigos”. Europa
había vivido décadas de penalidades provocadas por la guerra y ahora, en
tiempos de desmovilización de miles de soldados, las cosechas
resultaban ser las peores en mucho tiempo por la disminución de la luz
solar y el descenso de las temperaturas. Los desplazamientos masivos de
población, los disturbios y las protestas se extendieron por gran parte
del continente. Se considera la de 1816-17 como la peor hambruna
europea, y la última, del siglo XIX. Luego, la expansión del ferrocarril
facilitó que en situaciones similares los alimentos pudieran llegar con
más facilidad donde fueran necesarios.
Las
fuertes nevadas en Escocia, las terribles condiciones para la población
en Irlanda, los motines en Inglaterra o las nefastas cosechas en
Alemania, Francia y Bélgica, constituyen distintas manifestaciones de la
misma brusca anomalía. Con una caída de la producción agraria que en
algunas zonas alcanzó el 75%, los precios se doblaron; “la Europa rural
de aquellos años se convirtió en una tierra de muertos vivientes”,
asegura Wood. Aunque es imposible conocer los datos exactos, algunas
estimaciones sitúan en al menos 90.000 los muertos causados por el
hambre, pero otros muchos miles de personas emigraron. Numerosas
comunidades germanohablantes de Estados Unidos datan precisamente de la
década de 1820.
Las
malas condiciones también tuvieron consecuencias en la Península
Ibérica. Barriendos explica que en el primer cuarto de siglo se
registraron otras dos importantes erupciones volcánicas, una antes y
otra después del Tambora, que aunque no fueron de la misma magnitud, sí
tuvieron un impacto en el clima. El resultado fue un largo periodo de
sequía entre 1812 y 1824.
Como
en otras partes de Europa, 1816 fue el momento en que el impacto fue
más intenso. En Barcelona, el verano fue ese año el más frío desde 1780,
fecha de la que datan los primeros registros, con una temperatura hasta
cuatro grados más baja de lo habitual. El Baró de Maldà, que durante
décadas registró la vida cotidiana de la ciudad en su Calaix de Sastre,
destacó el impacto en cosechas de cereales y uva, y dejó constancia de
las nevadas anormales para la época cerca de la capital catalana. En
Madrid, las temperaturas descendieron algunas tardes de julio y agosto
hasta los trece grados.
Como recuerda Kyle Harper, autor de El fatal destino de Roma: Cambio climático y enfermedad en el fin de un imperio
(Crítica), los cambios medioambientales guardan una íntima relación con
las epidemias. Así ocurrió en varios momentos de la historia romana y,
así sucedió también en el siglo XIV, cuando las malas cosechas
provocadas por la llegada de un clima más frío dejaron a la población
europea en una situación de malnutrición que la hacía muy vulnerable a
la peste negra.
De
la misma manera, los investigadores vinculan el Tambora con el
estallido, en 1817, de la primera gran epidemia de cólera en la India,
coincidiendo con la alteración de los monzones causada por la erupción.
Una población ya debilitada por la malnutrición habría sido campo
abonado para una enfermedad que luego se manifestaría en sucesivas
oleadas durante el siglo XIX e incluso el XX.
Vista de un puerto, de Caspar David Friedrich, donde se aprecian los peculiares colores del cielo de 1815
wikimedia
El
mundo de hace 200 años tenía muy poco que ver con el actual. Hasta que
se desarrollaron las tecnologías relacionadas con la observación de la
atmósfera durante la Guerra Fría no se pudieron empezar a establecer
científicamente las interrelaciones entre los diversos factores que
determinan el clima. A pesar de la enorme trascendencia del Tambora, ni
los Shelley, ni lord Byron, ni el Baró de Maldà ni los millones de
personas que sufrieron sus consecuencias, tuvieron forma de saber que el
origen de lo que habían experimentado estaba a 12.000 kilómetros de
distancia.
La organización de defensa de los animales Sea Shepherd denuncia que puede tratarse de la captura de cetáceos más masiva de todos los tiempos
Captura de delfines en islas Feroe en 12 de septiembre de 2021 .
Sea Shepherd
Los pescadores de las islas Feroe batieron el pasado domingo día 12 un
triste récord. En una sola noche capturaron y dieron muerte a 1.1428
delfines. Buena parte de la población de este archipiélago con gobierno
autónomo bajo administración de Dinamarca insisten en que la pesca (o
caza) de cetáceos forma parte de sus tradiciones mientras que diversas
organizaciones de defensa de los animales y el medio ambiente reiteran
que masacres como la del pasado domingo no solo pueden poner en peligro
poblaciones locales de algunas especies, sino que son un símbolo de la
desidia y maltrato de los humanos respecto al resto de especies del
planeta. No es la primera vez que se denuncia este tipo de acciones, y todo parece indicar que no será la última.
Entre las organizaciones más activas en la denuncia de acciones como las de los pescadores de las islas Feroe destaca Sea Shepherd,
cuya delegación territorial ha difundido estos días vídeos y
fotografías de la masacre, advirtiendo de que las imágenes pueden herir
la sensibilidad de los lectores/espectadores.
"El domingo por la noche, 12 de septiembre, un grupo de 1.428 delfines de flanco blanco o delfín del Atlántico [Lagenorhynchus acutus]
fue conducido durante muchas horas, y unos 45 km, con ayuda de lanchas
rápidas y motos marinas, hacia las aguas poco profundas en la playa de
Skálabotnur en las islas Feroe, donde todos y cada uno de las animales
fueron asesinado", asegura la nota publicada por Sea Shepherd.
Los
responsables de esta entidad en islas Feroe, con larga experiencia en
este tipo de sucesos, cree que "esta es la caza individual más grande de
delfines o ballenas piloto en la historia de las Islas Feroe (la
siguiente más grande fue de 1.200 ballenas piloto en 1940), y es
posiblemente la caza individual más grande de cetáceos jamás registrada
en todo el mundo".
Si bien Sea Shepherd ha estado luchando para detener el Grind
[como se denomina esta acción de pesca masiva] desde principios de la
década de 1980, "esta última masacre de delfines fue tan brutal y mal
manejada que no es de extrañar que la caza esté siendo criticada en los
medios de comunicación de las Islas Feroe e incluso por muchos
balleneros y políticos de las Islas Feroe", afirma la entidad
conservacionista.
Según los lugareños que compartieron videos y fotos con Sea Shepherd,
esta caza rompió varias leyes de las Islas Feroe que regulan el Grind. Primero, el supervisor del Grind
para el distrito nunca fue informado y, por lo tanto, nunca autorizó la
caza. En cambio, fue el supervisor de otro distrito quien habría
autorizado la acción "sin la debida autoridad", según Sea Shepherd.
Los
ecologistas aseguran también que "muchos de los participantes de la caza
no tenían licencia, que se requiere en las Islas Feroe, ya que implica
un entrenamiento específico sobre cómo matar rápidamente a los
calderones y delfines". Sin embargo, las imágenes muestran que muchos de
los delfines todavía estaban vivos y moviéndose incluso después de
haber sido arrojados a la costa con el resto de su manada muerta.
Los restos de los animales muertos se acumularon durante horas en la playa de Skálabotnur Sea Sherpherd
En
tercer lugar, las fotos muestran que muchos de los delfines habían sido
atropellados por lanchas a motor, esencialmente golpeados por hélices,
lo que habría resultado en una muerte lenta y dolorosa. Sea Shepehrd
afirma que "la cacería ha sido denunciada a la policía de las Islas
Feroe por estas violaciones".
La
carne de delfín de este tipo de acciones es repartida entre los
participantes y el resto entre los lugareños del distrito donde se
realiza la caza. Sin embargo, según Sea Shepherd, en este caso se han
regalado piezas a otros distritos con la esperanza de no tener que
tirarlos a la basura.
El periódico danés Ekstra Bladet publicó
entrevistas con lugareños, cuyos nombres completos están censurados por
la seguridad de sus familias, explicando cómo muchos feroeses están
furiosos con lo sucedido, destaca Sea Shepherd en su página en internet.
Críticas incluso en las propias islas
“Mi
conjetura es que la mayoría de los delfines serán arrojados a la basura
o en un hoyo en el suelo”, dijo uno. “Deberíamos tener cuotas por
distrito y no deberíamos matar delfines”, dijo otro. Un lugareño le
pidió a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, que investigara
el asunto y dijo: "Si ella expresa sus críticas, también será más fácil
para los lugareños que quieren que se detenga esta tradición bárbara".
Otros
expresan preocupación porque la prensa internacional que muestra a los
delfines sacrificados pone en riesgo sus exportaciones (las Islas Feroe
exportan salmón al Reino Unido, Estados Unidos y Rusia).
Incluso
la prensa local de las Islas Feroe, generalmente reacia a publicar algo
en contra de la caza, cita a Hans Jacob Hermansen, ex presidente de
Grind, diciendo que la acción del domingo fue innecesaria.
"Que
una cacería de este tipo se lleve a cabo en 2021 en una comunidad
isleña europea muy rica a solo 230 millas del Reino Unido sin necesidad o
uso de una cantidad tan grande de carne contaminada es indignante", ha
afirmado Rob Read, director de operaciones de Sea Shepherd Reino Unido.
Muchos animales agonizaron durante horas en la playa antes de ser sacrificados .Sea Shepherd
Sea
Shepherd, organización también muy activa en contra de la caza de
delfines en Taiji (Japón), explica que para tener una idea de la escala,
"esta única caza de 1.428 delfines de Feroe Skálabotnur se acerca a la
cuota del gobierno japonés para la matanza/captura de delfines durante
seis meses en la infame ensenada de Taiji en Japón, y supera
significativamente el número de muertos en los últimos años de la
temporada de matanza de Taiji".
En
el caso de Feroe, entre las agravantes se encuentra el hecho de que
vecinos y curiosos pueden acercarse a la playa y dar muerte a los
animales sin ningún tipo de control, según indican algunas
organizaciones, y como parece observarse en algunas de las imágenes
difundidas (por ejemplo en este tuit de la parte inferior).
Video showed knives used to slaughter dolphins as Faroe Island locals, including children, watched on. Source: Sea Shepherd
El
suceso del pasado domingo, profundiza Sea Shepherd, se llevó a cabo a
finales del verano, cuando las Islas Feroe ya mataron a 615 ballenas
piloto de aleta larga, lo que elevó el número total de cetáceos muertos
en 2021 en las Islas Feroe a una impactante cifra de 2.043 cetáceos
muertos".
"Teniendo
en cuenta los tiempos en que nos encontramos, con una pandemia global y
el mundo paralizado, es absolutamente espantoso ver un ataque a la
naturaleza de esta escala en las Islas Feroe", dijo el capitán Alex
Cornelissen, director ejecutivo de Sea Shepherd Global. "Si algo hemos
aprendido de esta pandemia es que tenemos que vivir en armonía con la
naturaleza en lugar de acabar con ella", afirma el director ejecutivo de
esta organización de defensa de mares y océanos.
Sahraa Karimi, presidenta de la agencia estatal de cine pide ayuda a la comunidad internacional
La cineasta y presidenta de la agencia estatal de cine Sahraa Karimi, en la Bienal de Venecia 2019
Tristan Fewings / Getty
Ante la inminente llegada de los talibanes a Kabul, el cine afgano,
representado por Sahraa Karimi, directora de la agencia estatal de cine
Afghan Film, lanzó el pasado viernes un desesperado mensaje a la
comunidad internacional: “Esta retirada apresurada de tropas es una
traición a nuestro pueblo y a todo lo que hicimos cuando ganamos la
Guerra Fría para el Oeste. Nuestro pueblo fue olvidado entonces, lo que
condujo al periodo oscuro talibán, y ahora, después de 20 años de
inmensos avances para nuestro país, especialmente para las más jóvenes
generaciones, todo puede volver a perderse en este nuevo abandono”.
Karimi
enumera algunas de las atrocidades que ya habrían cometido los
talibanes, pese al “acuerdo de paz”, en su veloz reconquista del país
–asesinatos, ejecuciones públicas, torturas, secuestros, mujeres
vendidas como esclavas a sus guerreros–, y advierte de la “crisis
humanitaria”, que se está viviendo en Kabul donde se hacinan los que han
huido “y los niños mueren porque no tienen leche”. Pero sobre todo
denuncia indignada el silencio de “medios, gobiernos y organizaciones
humanitarias”.
El dinámico cine afgano suele evocar el infierno talibán como algo que nunca debería volver a repetirse
Además
de tratarse de la primera mujer que dirige Afghan Film, entidad que
funciona desde 1968, salvo por supuesto el lustro talibán (1996/2001),
Karimi también es cineasta. Presentó su primera película de ficción, Hava, Maryam, Ayesha –sobre
tres mujeres embarazadas que toman las riendas de su destino–, en la
Mostra de Venecia de 2019. Lógicamente, Karimi teme por su vida, pues el
cine siempre ha estado en el punto de mira de los talibanes, como fue
el caso de la cineasta y activista Saba Sahar, que escapó de milagro a
un atentado el pasado verano. Teme por el cine, pues durante aquel reino
del terror no sólo se cerraron las salas y se dejaron de producir
películas, sino que hubo que esconderlas heroicamente para que no las
destruyeran. Y teme, como mujer, volver a un régimen en el que no sólo
no podría volver a rodar, ni trabajar de cualquier otra cosa, sino que
tampoco podría salir de casa si no es metida en un burka y acompañada de
un varón.
Los
talibanes, asegura Karimi, volverán a finiquitar “los derechos de las
mujeres, empujándonos a la oscuridad de nuestros hogares, y nuestra voz,
nuestra capacidad de expresión volverá a ser reducida al silencio.
Cuando los talibanes estaban en el poder, había cero mujeres en las
escuelas. Desde entonces son ya casi nueve millones de mujeres afganas
en las escuelas. Herat, que acaba de caer en manos de los talibanes,
tiene un 50% de mujeres en sus universidades”. Desde el inicio de la
ofensiva, añade, “son ya dos millones de mujeres que se han quedado sin
poder ir al colegio”.
Panorama desolador
El
panorama no puede ser más desolador, más cuando el cine afgano se había
ido recuperando tras su forzado paréntesis. Ya en 2002, Fire dancer ,
de Jawed Wassel, una película realizada desde el exilio neoyorquino,
fue la primera producción afgana que se presentaba al Oscar de Habla no
Inglesa; al año siguiente, Osama , de Siddiq Barmak, sobre la
desventura de una niña que se disfraza de niño para poder ir al colegio
bajo el régimen talibán, obtuvo el Globo de Oro a la Mejor Película de
Habla no Inglesa. Osama se hizo gracias al apoyo del iraní Mohsen Malkmalbaf, que puso Afganistán en el mapa del cine mundial cuando presentó Kandahar (2001)
en el Festival de Cannes, apenas unos meses antes de que los
estadounidenses decidieran atacar a los talibanes tras los atentados del
11-S.
Los talibanes, ayer, en Kandahar, Afganistán.
STRINGER / EFE
Las hijas del cineasta iraní, Hana y Samira Malkmalbaf, también mostraron su preocupación por su país vecino en películas como Buda explotó por vergüenza (2007) y A las cinco de la tarde (2003),
que evocan la vida de las mujeres tras la caída de los talibanes. En la
primera, una niña que quiere ir al colegio es atacada por niños que
juegan a talibanes, mientras que, en la segunda, es otra chica la que
acude a la escuela, en contra de los deseos de su padre, y sueña con
convertirse en presidente.
El
dinámico cine afgano, dentro y fuera del país, suele evocar el infierno
talibán como un recordatorio de lo que nunca debería volver a repetirse.
Es el caso también de producciones extranjeras, animadas a partir de
obras literarias como Las golondrinas de Kabul (2019) o El pan de la guerra (2017),
que produjo Angelina Jolie. Joe Biden, que le echa la culpa a Trump, no
quiere comparaciones con Vietnam, pero inevitablemente nos vienen a la
cabeza aquellos tiempos en los que Ronald Reagan enviaba a Sylvester
Stallone ( Rambo III, 1988) y Su Majestad a James Bond ( 007: Alta tensión ,
1987) para luchar junto a los muyahidines contra el invasor ruso. Una
pena que ni el guerrillero más vigoréxico ni el espía más elegante vayan
a mover un dedo para luchar contra esos mismos muyahidines.
Esta
semana se ha hecho viral el tuit de una madre exasperada porque a su
hija le habían regalado un bañador con relleno. La niña solo tiene siete
años y la pieza en cuestión era de la talla 5-6 (cinco años). Lo
comparto aquí pues creo que merece un artículo, no tanto porque sea un
tema nuevo, que no, sino precisamente por eso: reincide en un gran
error.
Relleno.
A los siete años. Esta no es edad de querer aparentar pechos. Lo más
normal a los siete años es que te pidan hacer castillos con puentes de
arena, correr hacia el mar, saltar las olas... Lo más normal a los siete
años es que te pidan que la entierres de los pies al cuello en la
playa, que le hagas un sitio en la hamaca. Lo que no tendría que ser
normal es que te pidan un bikini con relleno en el sujetador... Ni
tampoco que la madre, o quien sea, se lo compre.
El
relleno se puede sacar, claro. Entonces, ¿qué caray hace allí? ¡Si las
niñas de siete años aún no tienen tetas! No hay nada que sujetar, ni que
esconder ni que lucir en un cuerpo infantil. Relleno, ¿para qué? El
mundo tiende a girar en sentido contrario: la sociedad convierte niñas
en mujeres, y al revés. Las presiones se dirigen hacia las menores para
que quemen etapas de su maduración, pero también hacia las adultas para
que se resistan a envejecer, afea, queda mal, hay que parecer
adolescentes.
Hace
unos días, la escritora Tina Vallès escribió un hilo interesante en
Twitter sobre este asunto. Hacía un relato que muchísima gente podría
hacer suyo. Hablaba de los problemas que tiene ella cuando va a comprar
ropa con y para sus hijas. Sin decirlo, se refería al interés de una
parte de la sociedad por hipersexualizar a las niñas, un fenómeno que no
podemos dejar de denunciar, y menos cuando se adelanta a edades cada
vez más tempranas.
Tina publicó lo que sigue:
“Hablo
como madre de dos chicas de casi 12 años que están hasta las narices de
ver que la mayoría de camisetas de verano que se hacen para ellas o son
muy estrechas o las obligan a enseñar el ombligo, o que los shorts les
hacen enseñar media nalga, etcétera”.
“Compramos
tallas más grandes para que puedan llevar la ropa holgada, pero sé qué
se puede llegar a sentir comprando una talla 16 si tienes 11 años, todo
lo que te pasa por la cabeza, y no me da la gana que mis hijas
experimenten nada de toda esta mierda que se te mete dentro y ya no sale
nunca más”.
Más razón que una santa.
De
todas las formas de crueldad de una sociedad hacia una criatura, esta es
una. Porque, de rebote, con tanta lentejuela, transparencia, tops con
rellenos, camisetas con mensajes sensuales, tallas imposibles, tras
tanta estupidez, estamos construyendo jóvenes frágiles, esclavas de su
imagen, que quizá no se aceptarán a sí mismas, que vivirán un infierno
al sentirse obligadas a entablar una batalla con su cuerpo. Todo, por un
ideal físico inexistente.
“Se
empieza haciendo bikinis de dos piezas para niñas de cuatro años y se
acaba diciendo que Winslet es vieja y está gorda. La madre que os parió,
el daño que hace todo eso es infinito e incurable, te queda una
vocecilla dentro de por vida”.
Therezinha
da Conceicao, de 80 años, y Dulcineia da Silva, de 59, tras recibir la
vacuna china Sinovac junto al Cristo Redentor de Río de Janeiro
MAURO PIMENTEL / AFP
Si
Gengis Kan, Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte levantaran la cabeza,
no lo creerían: en el siglo XXI, el instrumento de dominación del mundo
es una aguja. La vacuna, única estrategia de salida a la pesadilla
vírica, se ha convertido en el recurso más codiciado. Quien la controla
luce la corona más deslumbrante, cabalga a lomos del caballo más veloz.
No sólo posee el remedio para levantar su economía mientras los
adversarios siguen postrados, también tiene el poder para decidir a
quién se lo vende o regala.
Si
los conquistadores de la antigüedad levantaran la cabeza, verían hoy
unas naciones occidentales devastadas por un virus y enzarzadas en un
sálvese quien pueda, cuando no directamente en batallas fratricidas,
para asegurarse las dosis necesarias para sus propios
ciudadanos-votantes. Mientras, las vacunas de China y Rusia emergen como
la tabla de salvación para muchos países que, o bien no pueden
permitirse las occidentales o, aunque pudiesen, tendrían que esperar
meses para acceder a ellas.
Hace
tiempo que quedó claro que la carrera por la vacuna iba a ser un pulso
político entre las potencias que se disputan la hegemonía mundial. El 11
de agosto, Vladímir Putin anunció que había aprobado la primera vacuna
contra la covid del mundo, la Sputnik V, desarrollada por el estatal
Instituto Gamaleya. El nombre es toda una declaración de intenciones.
Alude a una de las grandes victorias rusas de la guerra fría, cuando en
1957 la URSS puso en órbita el primer satélite, adelantándose a EE.UU.
Sputnik V
Rusia nombró a su vacuna por el satélite que en 1957 logró lanzar antes que EE.UU.
Putin
registró la Sputnik V cuando sólo se había completado la fase 2 de los
ensayos clínicos. Había urgencia. Urgencia por atajar el virus, pero
también por anotarse la victoria frente a sus adversarios.
Tampoco
China esperó a la fase 3 para dar luz verde a dos vacunas –la del
laboratorio estatal Sinopharm y la de Sinovac, privado– y arrancar la
campaña de inmunización. Xi Jinping anunció que la vacuna china sería
“un bien global”, prometió una ayuda de 2.000 millones de dólares para
África y un préstamo de 1.000 a América Latina para comprar vacunas.
Desde
entonces, rusos y chinos han cerrado contratos bilaterales en todos los
continentes (ver gráfico). La lista de elegidos es significativa.
Gamaleya ha firmado con gobiernos amigos como Bielorrusia, Irán,
Venezuela, Argelia, Serbia o Hungría, y con las regiones rebeldes
ucranianas de Lugansk y Donetsk (ser prorruso tiene premio). Los chinos,
con Indonesia, Filipinas, Emiratos, Bahréin, Egipto, Perú, Brasil y
México.
Infografía LV
Si
para las farmacéuticas occidentales, empresas privadas aunque hayan
recibido enormes inyecciones de dinero público, la vacuna es un negocio
–Pfizer espera facturar 15.000 millones de dólares sólo en el 2021–,
para rusos y chinos el interés geopolítico pasa por encima del
comercial, lo que les permite ofrecer mejores precios, incluso
regalarla. “Para China, forma parte de su estrategia de soft power .
Hace años que ejercen este papel en África, donde han construido mucha
infraestructura sanitaria, y también alguna en Oriente Medio o en el
Caribe”, señala Marcela Vieira, del Centro de Sanidad Global del
Graduate Institute de Ginebra.
La
vacunas rusa y chinas pueden ser almacenadas en un refrigerador normal,
como la de AstraZeneca (anglosueca), a diferencia de los -70ºC que
requiere la de Pfizer o los -20ºC de Moderna, algo “crucial para
sistemas sanitarios menos capacitados”, señala Vieira. Y son más
baratas, pero el precio no ha sido determinante para que estos países
hayan recurrido a Pekín y Moscú, cree la investigadora. “Aunque tengan
el dinero, las farmacéuticas occidentales ya han reservado sus dosis
para los países más ricos, así que los otros han tenido que coger lo que
quedaba disponible”, dice. Vieira, que es brasileña y experta en el
acceso (siempre desigual) a las medicinas, celebra como algo positivo
que se reduzca la dependencia de estos países de las farmacéuticas
occidentales, cuyas prácticas distan mucho de ser intachables.
Pero
lo que es una buena noticia sanitaria –más oferta de vacunas, más gente
protegida– en términos políticos es preocupante, al menos desde el
punto de vista de los defensores de la democracia, advierte David
Fidler, experto en Salud Global del think tank estadounidense Council on Foreign Relations.
Las dos caras
Que haya más vacunas disponibles es bueno; que regímenes autoritarios ganen influencia es preocupante
El
escenario es un reflejo del vuelco que se ha producido en el equilibrio
de poderes mundial y que la pandemia ha acelerado, opina el analista:
“Se ha acabado la era dorada en que las potencias occidentales eran los
líderes indiscutibles de la sanidad global, pero también en que las
democracias estaban en auge frente a unos regímenes autoritarios en
retroceso y a la defensiva. Ahora es al revés”, sentencia Fidler, que
compara la falta de liderazgo de los países occidentales frente a la
covid con el papel determinante que ejercieron en la epidemia del ébola
del 2014 en el oeste de África.
“Basta
con mirar el espectáculo que están dando EE.UU., Reino Unido y la UE, y
no sólo tiene que ver con su mala gestión de la pandemia. EE.UU. acaba
de sufrir un intento de insurrección, ahí está el Reino Unido con su brexitmanía y
luego tienes a la UE, patas arriba, luchando por su acceso egoísta a la
vacuna. ¡Olvídate del mundo en desarrollo, esto es una lucha entre
democracias ricas por el acceso a un recurso escaso! Es bochornoso”,
dice Fidler.
Desaparecidos
La falta de liderazgo de los países occidentales contrasta con el papel clave que ejercieron con el ébola del 2014
Es
la incomparecencia occidental lo que está permitiendo que Rusia y China
utilicen sus vacunas para hacer avanzar sus intereses y su influencia,
considera el analista estadounidense. “No creo que los países se hagan
ilusiones con Rusia o China. Saben que habrá contrapartidas, seguramente
preferirían hacer tratos con los europeos. Pero si soy un gobernante y
veo todo esto, me doy cuenta de que tengo que tener al teléfono a Moscú y
Pekín, porque lo que necesito es que alguien me garantice el acceso a
una vacuna efectiva ya. Chinos y rusos pueden vender su vacuna o
regalarla. Pueden hacer lo que quieran porque ni Estados Unidos está
ahí, ni el Reino unido, ni Europa”.
Puede
que pasen a la historia no sólo como los salvadores de Asia,
Latinoamérica, África o Oriente Medio. También los europeos tocan hoy a
su puerta. Hasta ahora sólo la díscola Hungría de Viktor Orbán había
roto filas con la política de adquisición conjunta de la UE para comprar
por su cuenta a Moscú y Pekín. Pero los problemas de suministro de
Pfizer y Astrazeneca han desbaratado los planes de inmunización
europeos, agudizado la sensación de fracaso y obligado a los gobiernos a
buscar alternativas.
Esta semana Rusia se ha anotado una gran victoria: la publicación en la prestigiosa revista científica The Lancet de
los resultados del ensayo clínico de la Sputnik que, con una eficacia
del 91,6%, ha despejado las dudas sobre su seguridad (Rusia siempre
había dicho que eran infundadas) y abierto la puerta a su pronta
autorización en Europa. Tanto Alemania como Francia han dicho que
comprarán y también contemplan las vacunas chinas si se autorizan. “No
es una decisión política, es una decisión científica”, declaró Emmanuel
Macron, mientras Berlín anunciaba que el laboratorio alemán IDT ya está
en contacto con el Instituto Gamaleya.
La sartén por el mango
Rusia ha endurecido el tono con la UE por Navalni: sabe que necesita su Sputnik
Fidler
no tiene dudas: “Es malo. Muy malo”, dice. “Entiendo que tiene sentido
desde el punto de vista sanitario. Pero la otra cara de la moneda es que
cuando Merkel dice ‘bienvenida Sputnik’ está dando credibilidad a la
Rusia de Vladímir Putin, la que acaba de encarcelar a su principal
disidente. O a la China que oprime a los uigures y aplasta la democracia
en Hong Kong”.
El
momento no podía ser más propicio para Putin. Se sentará a negociar los
plazos y condiciones de entrega de su vacuna con los europeos justo
cuando estos tienen encima de la mesa la posibilidad de imponer nuevas
sanciones contra el Kremlin por el reciente encarcelamiento de Alexéi
Navalni. Que Rusia se siente fuerte quedó en evidencia este viernes con
la visita de Josep Borrell a Moscú. El jefe de la diplomacia europea vio
como le sacaban el tema de los presos independentistas catalanes y
anunciaban en sus morros la expulsión de diplomáticos suecos, polacos y
alemanes por manifestarse a favor de Navalni.
Si Napoleón, Gengis Kan o Alejandro Magno levantasen la cabeza, lo primero que harían sería poner sus científicos a trabajar.
Una imagen de la vida de fin de semana en el Berlín de los años 20
Corbis via Getty Images
La instauración de los dos festivos fue un proceso de más de un siglo vinculado al aumento de la capacidad de compra de los trabajadores industriales
Que
la semana tenga siete días tiene su origen hace miles de años, los
tiempos en que la antigua Babilonia los instauró en referencia a cada
uno de los planetas que entonces se creía que existían. Pero que la
semana laboral sea –normalmente- de cinco es comparativamente muy
reciente, a la época en que la industrialización trajo consigo nuevas
formas y ritmos de trabajo. Esta es la historia del largo camino que
llevó al nacimiento del concepto del fin de semana, y tal vez a su
decadencia.
El
fin de semana de dos días tardó casi un siglo, entre 1850 y 1945, en
poder traducirse en legislación y extenderse en los principales países
industrializados, para pasar de ser un mero gesto de generosidad a
discreción de cada empleador, a convertirse en un derecho de todos los
empleados.
Todo
ello, no fue producto únicamente de la presión continua de los
trabajadores por reducir sus jornadas laborales, sino más bien resultado
de un proceso bastante irregular y lento, donde confluyeron no sólo los
intereses de los sindicatos, sino también de los estamentos religiosos,
empresas de ocio y hasta de los propios dueños de fábricas, que
empezaron a verlo como una fórmula para aumentar la eficiencia.
El
origen del fin de semana se halla en la Gran Bretaña del siglo XIX, la
cuna de la Revolución Industrial. En la primera mitad de siglo, el
domingo, que era considerado como el festivo legítimo, era seguido por
un día libre no oficial, que muchos trabajadores se tomaban por voluntad
propia –si podían- para recuperarse de los excesos de alcohol del día
anterior.
Mujeres empleadas en una factoría antes de la Primera Guerra Mundial
Getty
Era el llamado lunes santo,
en realidad una práctica absolutamente secular, que alcanzó gran
popularidad en la sociedad británica del momento, al punto que el ocio
comercial alineaba su repertorio de eventos a este día de la semana.
El
cambio a una economía de mercado alteró los procesos de trabajo, al
demandar una mayor eficiencia para poder abastecer un mercado de bienes
en crecimiento. Fue en este contexto que la práctica de tomarse el lunes santo
empezó a perder el apoyo de diversos sectores que, impulsados por
motivaciones muy distintas, hacia 1840 introdujeron la idea de
intercambiar este día de descanso por las tardes de los sábados.
En el Reino Unido del siglo XIX, los lunes eran muchas veces un día de fiesta informal que se sumaba al domingo
Así
lo explica Bradley Beaven, profesor de historia social y cultural en la
Universidad de Portsmouth, en diálogo con La Vanguardia. “Para los
fabricantes era mucho más eficiente contar con una semana laboral
regular, donde se perdiera únicamente medio día de trabajo el sábado y
no todo el día del lunes. Al mismo tiempo, los estamentos religiosos
estaban convencidos de que los trabajadores no asistían a los servicios
de la Iglesia de los domingos por el cansancio, y que esta reforma
promovería una fuerza laboral sobria y trabajadora”, asegura.
El historiador Peter Borsay, relata en su libro Una historia de ocio: La experiencia británica desde 1500, que “una de las principales funciones de la festividad del sábado por la tarde era quitar credibilidad al lunes santo.
Fue utilizado como señuelo para alejar a los trabajadores de este otro
festivo no oficial, visto por los empleadores como un despilfarro
disruptivo”.
Henry Ford, al lado de su popular Ford T
Getty Images
En
1842, se creó la Asociación de Cierre Temprano, integrada por parte de
los fabricantes y miembros de las élites y del clero, para promover el
sábado libre por la tarde como espacio de ocio y la restitución del
lunes como día de trabajo completo, pero no fue hasta 1870, con la
presión de unos sindicatos que iban ganando fuerza, que esta costumbre
se extendió.
El
profesor emérito en sociología y experto en estudios del ocio de la
Universidad de Liverpool, Kenneth Roberts, explica que las tardes y
noches de ese día se comenzaron a utilizar mayormente para ver partidos
de fútbol y para ir de compras, mientras que el domingo se mantuvo como
un día de descanso, “donde las tiendas cerraban y se suponía que las
personas iban a la iglesia, aunque la mayoría no lo hacía”.
Durante la Gran Depresión muchas empresas adoptaron los dos días festivos para reducir jornada y así evitar despidos
En
1911, finalmente se aprobó la Ley de Tiendas que formalizó la semana de
trabajo de cinco días y medio. Tal como describe Peter Borsay, los
organismos religiosos fueron los encargados de restringir los usos
recreacionales que podrían haberse dado a los domingos.
Aunque
también aclara que “esta presión también protegía al domingo del
trabajo, y por lo tanto aumentaba su potencial para el ocio”. Todavía
faltaba atravesar un largo y lento proceso hasta que eventualmente el
sábado y el domingo se fusionaron para crear el fin de semana
recreativo
En
1926 Henry Ford inauguró en sus fábricas de EE.UU. las semanas de
trabajo de cinco días. De esta manera, “no sólo complacía y alentaba a
sus empleados sino que, además, les dejaba más tiempo para consumir
porque los obreros industriales se estaban transformando en
consumidores”, tal como recuerda Martín Caparrós en su libro Ahorita:
Apuntes sobre el fin de la Era del Fuego.
Sin
embargo, el fin de semana de dos días completos no sólo estuvo impulsado
por el nacimiento y la expansión del capitalismo, sino también por la
ola de desempleos que acarreó la Gran Depresión. Esto fue así debido a
que reducir las horas de trabajo se convirtió rápidamente en una fórmula
para aminorar los despidos masivos en los países industrializados.
Cientos de automóviles en la playa, en Massachusetts en los años 20 coincidiendo con un fin de semana
Getty Images
El
profesor Bradley Beaven destaca a la empresa farmacéutica británica
Boots como “una de las primeras en brindar a los trabajadores el sábado
completo en la década del 30’, en un intento por reducir las horas de
trabajo en lugar de recurrir a los despidos y perder personal valioso”.
Fue
entonces durante estos años que se estableció el fin de semana de 48
horas. Sin embargo, poco después de la Segunda Guerra Mundial se
extendió hasta volverse estándar. Para esta época, con la expansión
generalizada de los televisores y automóviles, las actividades de ocio cambiaron radicalmente.
El sábado y domingo festivos se consolidan cuando
la industria descubre que sus empleados pueden también ser clientes y
gastar en esos dos días
“Mientras
que en el siglo XIX la formación del fin de semana alentó una forma muy
pública de entretenimiento colectivo a través de partidos de fútbol,
cine y music hall, el fin de semana posterior a 1945 marcó una forma más
privatizada de ocio popular”, asegura Beaven.
Así,
apunta que mientras que el fútbol y los espectáculos de variedades (que
reemplazaron a las salas de música) continuaron, el crecimiento de
urbanizaciones con casas y jardines en las afueras de la ciudad junto
con la llegada de los televisores a las casas en la década de 1950,
hicieron que el fin de semana pasase a estar mucho más centrado en el
hogar.
El Seat 600 fue el modelo que permitió la motorización de la clase media en España Terceros
Kenneth
Roberts agrega que la generalización del automóvil como una posesión
doméstica entre 1950 y 1970, hizo que durante estas décadas se
consolidara lo que entendemos como el clásico fin de semana de dos días.
Según Peter Borsay, la película Noche de sábado y mañana de domingo de
Karel Reisz de 1960 hizo del fin de semana algo icónico, y el “paquete”
de sábado y domingo no tardó en volverse “parte de la cultura nacional, y
representó una gran reorientación del calendario recreativo”. Esta
misma evolución fue seguida por el resto de países industrializados a
medida que su riqueza progresaba, también la España de los 60 y 70, de
la mano de la motorización del país, con el Seat 600.
Al
igual que toda convención social, el fin de semana, que desde la
posguerra hasta ahora parecía una institución inamovible, siempre está
sujeta a cambios. Mientras que algunos defienden la necesidad de sumar
un día más de descanso a la semana, otros temen que la irrupción de
nuevas modalidades de trabajo, sobre todo tras la incorporación
acelerada del teletrabajo durante la pandemia, diluyan cada vez más el
espacio reservado al tiempo libre, hasta terminar por dinamitarlo.
¿Estaremos frente al fin de los fines de semana?
La expansión del automóvil popularizó el concepto actual del fin de semana tras la Segunda Guerra Mundial
El
auge y consolidación del modelo americano de consumo introdujo cada vez
más el ocio como momento de consumo y no de descanso. El domingo, que
hasta el momento en toda Europa significaba un día de tranquilidad, no
pudo resistir esta lógica. La ley de comercio dominical habilitó la
apertura de tiendas en Inglaterra y Escocia a partir de 1994. El mismo
camino siguieron la mayor parte de los países europeos; algunos, donde
el fin de semana está más protegido por la legislación, como España,
Francia y Bélgica, entre otros, lo circunscribieron a las ciudades
turísticas.
En
su libro, Martín Caparrós retrata este proceso mediante el cual el fin
de semana se empezó a desdibujar: “Hubo tiempos en que era inviolable.
En Europa, sobre todo, el finde era estricto: hace un par de décadas en
París o Munich o Estocolmo era muy difícil encontrar una librería o un
súper o una zapatería abiertos. Solo trabajaban los servicios más
públicos: transportes, entretenimientos, sanitarios, policías. Ya no: el
modelo americano, que supone que el fin de semana es tiempo para
comprar, se ha impuesto -y eso significa millones ocupados en vender”.
La idea de fin de semana de la era industrial se ve
cuestionado ahora por los horarios comerciales sin festivos, el
teletrabajo y las nuevas modalidades laborales
“La
existencia del fin de semana siempre fue una especie de quimera”
-afirma Peter Borsay en su libro, y agrega- “Para servir el ocio de
algunos, otros tenían que trabajar”. Sobre este mismo punto reflexiona
Kenneth Roberts, quien explica cómo “el fin de semana se ha convertido
para muchos en un momento de trabajo, al servicio del ocio de otros.
Asimismo, para quienes trabajan desde sus casas,
el fin de semana se ha borrado, no son días diferentes al resto”. De
esta manera, observa que los nuevos estilos de vida tienden a socavar
cada vez más aquello que ya parecía consolidado: “Estamos perdiendo las
ocasiones en que las personas tienen garantizado que pueden compartir el
tiempo libre con otros. De alguna manera, el fin de semana se ha vuelto
una cosa del pasado”.
La farsa insurreccionista que ayer presenció el mundo entero no es una sorpresa ni una anomalía. Este simulacro golpista, mezcla de
esperpento y sublevación, es en cierto modo la culminación natural del
ciclo político trumpista, nacido de una revuelta contra el establishment
de la derecha norteamericana tras el colapso de 2008, y alimentado
desde entonces por una colección de ansiedades -económicas, raciales,
religiosas- que Trump ha sabido explotar pero que no puede en ningún
caso resolver. Esa es la paradoja política que habita el corazón del
trumpismo: gracias a su capacidad comunicativa y su carisma, Trump ha sabido representar la pulsión reaccionaria y la necesidad de afirmación que ha sacudido en la última década a la
Norteamérica blanca y conservadora, llevándola al punto extremo de
asaltar el poder legislativo estadounidense. Pero Trump, producto y
artífice del mismo orden de la globalización neoliberal que generó el
problema, nunca podría traducir esa ansiedad en un programa político
real. Por eso el trumpismo lleva a la recreación permanente del
conflicto: sin proyecto de sociedad ni orden alternativo, el trumpismo
es conflicto puro, una revuelta contra un estado de cosas que en
realidad solo busca preservar.
Por eso no cabe sorpresa ante los hechos del 6 de enero, por mucho
que las imágenes de ayer parecieran menos verosímiles que la menos
verosímil de las ficciones (¿el Capitolio bajo asalto por orden del
presidente? ¿En los Estados Unidos?). La estrategia de Trump desde la
campaña electoral, anunciada y tuiteada hasta la saciedad, conducía
exactamente hasta este punto. La negativa a reconocer el resultado de
las elecciones no era, como se decía, una "estrategia de salida", un
intento de construir el relato de una victoria mutilada, de un fraude
electoral que maquillara la derrota en la reelección y permitiera
preparar su regreso en las primarias de 2024. La "marcha para salvar
América" estaba convocada en los términos exactos en que se produjo.
De ahí el cinismo extremo de los compañeros de viaje que ayer se
rasgaban las vestiduras, o de quienes llevan meses o incluso años
mirando hacia otra parte. Para llegar hasta aquí, el trumpismo ha
requerido la connivencia y complicidad de toda la derecha
estadounidense, de un partido republicano en el que prácticamente nadie
se había atrevido a alzar la voz, y de múltiples aliados dentro y fuera
del aparato del Estado, que han visto en el tumulto una posibilidad de
medrar o de obtener réditos a corto plazo. Conocer hasta dónde llega esa complicidad es probablemente una tarea imposible.
Es evidente que las fuerzas de seguridad, alertadas desde hace días
sobre la convocatoria, podrían haber sofocado fácilmente la mascarada:
con la cámara en sesión solemne, no se asalta el Capitolio blandiendo
banderas confederadas por imprevisión o sorpresa. Hace pocos meses, las
manifestaciones de Black Lives Matter en Washington DC fueron
recibidas con maniobras de helicópteros militares y la guardia nacional
enfundada en uniformes de combate.
La Policía del Capitolio apuntan sus armas mientras observan a unos
manifestantes que tratan de irrumpir en el recinto de la Cámara de
Representantes de Washington. (AP Foto/J. Scott Applewhite
En condiciones normales, el trumpismo no debería sobrevivir la
depuración de responsabilidades de esta intentona golpista, pero el
reducido margen de acción de los actores implicados, en un escenario
político caótico, deja dudas sobre el desenlace. La principal incógnita
concierne el futuro inmediato del partido republicano, hasta ahora
entregado al seguidismo por una combinación de adhesión al poder y miedo
al fervor de unas bases hipermovilizadas. Tras perder los dos asientos
en juego en el Estado de Georgia, y con ello la mayoría en el Senado que
podría haber paralizado la acción gubernamental de la presidencia de
Biden, es hoy evidente que el trumpismo ha sido duramente derrotado en
las urnas. El partido se encuentra así en una posición insostenible:
cómplice y cautivo de la deriva en que se encuentra el país, presionado
por una militancia cada vez más radicalizada, los republicanos se ven hoy huérfanos de poder
y a la vez a merced de los caprichos de Trump, que ya ha amenazado con
retar en las primarias a todos los cargos que se desmarquen de su
estrategia de boicot institucional.
De esta encrucijada dependen algunas de las claves fundamentales para
imaginar el desarrollo de la política estadounidense en los próximos
meses. ¿Sobrevivirá el trumpismo a la derrota de Trump? ¿Será este
simulacro de insurrección su esperpento final, o el primer paso de un
realineamiento abiertamente autoritario? ¿Podrá el partido republicano
desmarcarse de esa deriva en caso de producirse? ¿Tendrán los demócratas
la audacia necesaria para frenar la descomposición del orden político y
social estadounidense? En su comparecencia de ayer, Biden prometió de
nuevo cordura y el retorno a la normalidad institucional. Parecen
materiales endebles para forjar un nuevo contrato social.