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jueves, 5 de julio de 2018

"En Libia, cada noche violaban delante de nosotros a quien iban a matar"

Los testimonios de las personas rescatadas por el Open Arms denuncian torturas y explotación sexual durante su paso por Libia
A pesar de ello, la Unión Europea defiende la devolución de migrantes al país vecino

Tagnabou Elvis, rescatado por el Open Arms, relata las torturas sufridas en Libia.
Tagnabou Elvis, rescatado por el Open Arms, relata las torturas sufridas en Libia. Olmo Calvo
 Elvis vivió durante un año y medio encerrado en un búnker oscuro del que no podía escapar. Cada día, cada hora y cada minuto sobrevivía sumido en sus pensamientos para evitar concentrarse en el exterior. Despertarse a gritos, llamar a su madre para explicarle, entre sollozos de dolor, que ha sido capturado mientras su secuestrador le golpea con su rifle en la misma zona de su cuerpo que la tarde anterior. Escuchar a su madre llorar, pidiéndole perdón por no tener dinero suficiente para pagar lo exigido y acabar con el sufrimiento de su hijo. Esta es solo una pequeña parte de ese "infierno libio" descrito por cada migrante rescatado en el Mediterráneo.

Esta es la Libia a la que la Unión Europea apuesta por devolver a quienes tratan de llegar a Italia arriesgando su vida en el mar, a través del traspaso de las labores de rescate ejercidas hasta ahora por la Guardia Costera italiana y las ONG a una supuesta guardia costera libia.

Dos grandes cicatrices inflamadas le recuerdan los golpes diarios de las milicias que lo mantenían en cautiverio. El dolor más profundo, detalla, no venía de las armas con las que dejaban en carne viva su hombro y su cabeza. El mayor sufrimiento procedía de la voz que le obligaban a escuchar cada día al otro lado del teléfono: "Mi madre lloraba pero no tenía dinero. No podía hacer nada pero oía mis gritos. Me forzaban a llamarla", relata Tagnabou Elvis a bordo del Open Arms.

"Los criminales libios lo hacían cada día, excepto cuando se cansaban de pegar. Como nos golpeaban tanto, había días que estaban agotados y se hartaban de pegarnos", normaliza el joven de Burkina Faso.

Tagnabou Elvis, rescatado por el Open Arms.
Varias cicatrices recuerdan a Tagnabou Elvis los golpes diarios de las milicias que lo mantenían en cautiverio. Olmo Calvo
 No recuerda el número de asesinatos presenciados. "Cada día uno debía morir", sentencia Elvis con entereza. Cuando llegaba la noche al búnker sin ventanas en el que eran hacinadas decenas de personas, "si te llamaban, era mala señal", continúa. "Decían 'ven, ven' y disparaban. Yo vi como mataron a mi amigo. Cuando estás en esa situación, solo dios puede ayudarte", lamenta.

A las llamadas forzadas, las lesiones y el sentimiento de culpa se añadía el ritual de cada día. "Antes de matarles, los violaban delante de nosotros. Les bajaban los pantalones y después los asesinaban", dice tras ser preguntado por posibles casos de explotación sexual. Ninguno de sus compañeros agredidos sexualmente sobrevivió: "Si te violaban debías morir", dice Elvis en el barco español por el que fue rescatado tras su huida de Libia.

En su caso, solo había hombres en la habitación donde él permanecía encerrado.

"Cada día asesinaban a uno delante de nosotros. Antes solían violarle. Todas las semanas traían a gente nueva. Mataban, dejaban hueco, para encerrar a otras personas capturadas", añade el joven burkinés.

Las quemaduras de cigarrillo, las breves descargas eléctricas, los cortes con cuchillos o pellizcos con tenazas son otros de los métodos de tortura a los que se refieren muchas de las personas rescatadas por el Open Arms que atracarán este miércoles en Barcelona. Las mujeres y los hombres muestran señales que su paso por los calabozos libios ha dejado en su cuerpo. Algunas de estas provocadas tras las devoluciones realizadas por la supuesta guardia costera libia.
Elvis logró escapar del cautiverio que le mantuvo encerrado durante la mayor parte de su paso por Libia. "El carcelero se emborrachó y se dejó la llave puesta. Huimos todos. Me acuerdo de correr mucho, me quedé solo. Eran las cinco de la mañana. Entonces encontré a la persona que más me ha ayudado, mi padre en Libia", recuerda el burkinés. Se trataba de un hombre libio que, junto a su familia, lo acogió en su casa. "Durante un mes, me curó las heridas con agua caliente. Hasta que se frenó la hemorragia", apunta Elvis, quien le contó su necesidad de escapar de Libia. Hasta que la familia debía irse a vivir a Egipto. "Me dejaban su casa de libia para que viviese allí, pero tenía mucho miedo de que volviesen a capturarme las milicias. Al final, él me pagó el viaje a Europa", asegura el joven. Dos semanas después, viajaba sobre una barca neumática con 60 personas a bordo.

Tras siete horas de travesía, observaron a lo lejos un gran barco. Pensaban que se trataba de una patrullera libia. "Sigamos, sigamos", dije a mis compañeros. "Habíamos hablado que si venían los agentes libios a devolvernos nos íbamos a tirar al agua", sentencia. "Es demasiado Libia".

No era una patrullera libia. Era el barco español de Open Arms que este miércoles los desembarca en un puerto seguro. "Si hubiese sido un barco de Libia el que nos hubiese encontrado, todos nosotros estaríamos muertos. Lo habíamos acordado", concluye el burkinés horas antes de tocar por fin suelo europeo.


lunes, 25 de junio de 2018

Rescato a personas en el Mediterráneo y es diferente a como lo ves en la tele

Así es mi día a día en un barco de rescate de migrantes y refugiados.

Anabel durante un rescate. Imagen vía Open Arms
 Me llamo Anabel Montes y soy la responsable de misión de salvamento de Proactiva Open Arms. Cuando tenía 17 años empecé a trabajar como socorrista. A la vez, hacía voluntariados de rescate. Me apasionaba todo aquello, pero al final, por el clima que tenemos en España en general y en Asturias en particular, que es de donde soy, tenía que buscarme otros trabajos en invierno para ganarme la vida. Tras 8 años en Asturias me fui a Barcelona y trabajé en playas durante 4 años.

En 2015, durante unas vacaciones, me enteré de que se acababa de crear Proactiva Open Arms, una ONG cuyo fin era —y es— rescatar del mar a los refugiados que llegan a Europa huyendo de conflictos bélicos, de la persecución o de la pobreza. Me ofrecí como voluntaria. Era el trabajo que estaba haciendo allí pero en otro contexto, en un lugar donde verdaderamente había necesidad. Me fui a Lesbos 15 días que al final se convirtieron en un mes y sentí que me estaba dando cuenta de cómo es verdaderamente el mundo.

Llamé por teléfono a Barcelona y dejé mi trabajo. La mayor parte del tiempo la pasaba en una barca rápida de rescate en Lesbos. Era 2015. Para finales de diciembre de 2016 pasé a formar parte de la operación en el mediterráneo central y estoy en ella hasta ahora.

El 17 de marzo de este año nuestro barco fue retenido tras atracar en el puerto de Pozzallo, en Italia, para desembarcar a 216 migrantes. Nos acusaban asociación ilícita criminal, que es una acusación que se le hace a la mafia, y de inmigración clandestina. Llevábamos viendo durante un tiempo que las cosas estaban cambiando en el terreno. Que, desde 2017, había un cambio de actitud por parte de las instituciones y había más hostilidad y agresividad hacia nosotros. Pero no hubo ninguna notificación oficial, ningún cambio legislativo, nada que nos hiciera imaginar lo que ocurriría.

El barco fue liberado el 16 de abril. La sensación era de frustración, de impotencia. De no entender qué estaba pasando ni cómo era posible que ocurra algo así por hacer lo que consideramos que es lo correcto: no dejar morir a los refugiados y migrantes. Que por qué nos persiguen por hacer la labor que no se ocupan de hacer las instituciones es la pregunta que nos llevamos haciendo mucho tiempo, y que hacemos pública un montón de veces. Nosotros estamos rescatando a personas en el Mediterráneo porque los organismos que deberían hacerlo no se hacen cargo totalmente de la situación.

La labor que llevamos a cabo es mucho más cruda, mucho más difícil y mucho más dramática de lo que se ve en la televisión o en las fotografías. Partimos de la base de que estamos un poco anestesiados ante un aluvión enorme de fotos e información. Además, tenemos una visión muy sesgada de la inmigración. Creemos que es gente pobre, gente sin educación. Cuando estás en contacto con ella te das cuenta de que es algo tan grande y tan diverso que te rompe los esquemas. Te das cuenta de que podrías ser tú perfectamente el que llegara en una barca. Y de que, aunque lo niegues, llevas dentro, arraigado, el clasismo.

El proceso habitual es, una vez que tenemos a las personas rescatadas a bordo, darles lo que necesitan. Comida, bebida, mantas, ropa si están mojados... Pero también tenemos que darles el derecho a poder descansar. A sentirse seguros durante todo el tiempo que estén a bordo. Estamos hablando de que muchos de ellos no han estado seguros desde hace mucho tiempo, probablemente desde hace meses o incluso años. Después, dependiendo de las circunstancias, los llevamos hasta tierra firme o los pasamos a otro barco.

Los problemas más comunes con los que llegan son la desnutrición y la deshidratación, que son generalizados. También hay muchas personas agredidas sexualmente. Quizá parece una sentencia muy alarmista, pero te diría que todas las mujeres y algunos hombres de los que llegan han sufrido abusos sexuales. Todos y todas sufren un drama, pero el hecho de ser mujer intensifica el sufrimiento por todo el abuso masculino con intención de humillar y hacer uso de ese "privilegio" que es ser hombre. También está lo que no se ve a simple vista: el daño psicológico derivado de esta serie de abusos y maltratos.

A bordo se viven momentos muy difíciles. Yo siempre digo que hay distintos niveles de dureza. Está la parte más traumática, que es cuando tienes que sacar cuerpos del agua, pero realmente yo considero muy duro también lo que se vive con la gente que se queda a bordo, con los vivos. Sus historias, que a veces no hace falta ni que te cuenten. Se leen en sus cuerpos, en sus cicatrices, en sus miradas. Y también la sensación de mirarlos y saber que, cuando lleguen a tierra, el sufrimiento no se va a acabar sino que, simplemente, les queda una nueva lucha, probablemente mucho más larga. Quizá menos violenta físicamente en comparación con lo que han vivido, pero más traumática en lo psicológico. Ese probablemente sea el momento más duro. Cuando ves que ellos se sienten a salvo pero sabes que no es del todo así.

Pero a bordo también se viven momentos de alegría absoluta. Me sigue impactando y gustando mucho cuando las personas rescatadas ya llevan unas cuantas horas a bordo y se sienten un poco más descansadas y a salvo. Entonces algunas empiezan a cantar y bailar, ves que sonríen. Nosotros les ponemos músicas de sus países y culturas a través de un altavoz enorme. Antes lo hacíamos por pequeños altavoces de bluetooth.

Es una pasada cómo bailan, cómo cantan. Cómo se dan cuenta de que están vivos. Eso es un chute de energía tremendo, y una lección de vida tremenda también. Relativizas qué es lo importante, relativizas las cosas por las que te has preocupado, por las que te has quejado... creo que verlo te hace mucho más consciente de la realidad, por mal que te haga sentir. Te hace conocer el verdadero valor de las cosas. Te hace ser más feliz en cierto sentido, porque las cosas que te hacen feliz en esas situaciones son reales. No son materiales, no son banales.

Por eso el rescate del Aquarius es importante. Es un gesto humanitario que tiene gran valor, teniendo en cuenta que el nuestro ha sido el primer país que, voluntariamente, se ha ofrecido en este escenario a hacer algo así. Pero también hay que tener en cuenta que, por lo menos desde donde estamos nosotros, desde el mar, las cosas se viven de manera diferente. Está legitimando que se hayan quebrantado las leyes internacionales vigentes que ha firmado Italia, les ha "dado una salida". El clima que hay ahora en Italia, el discurso xenófobo y racista del Gobierno italiano está calando mucho en la sociedad y hay que recordar que a pesar de cualquier ley internacional estamos hablando de personas. Y la ley marítima no escrita desde el principio de los tiempos dice que no podemos dejar a nadie morir en el mar, independientemente de los temas legales y de cualquier otra cosa pueda afectar. No podemos permitir que nadie muera en el mar.

 Es un tema muy complicado en el que entran cuestiones de derecho internacional, de derecho marítimo, de relaciones institucionales y diplomáticas... Pero, más allá de eso, creo que lo importante es recordar que hay una serie de leyes internacionales, de acuerdos marítimos y de derechos humanos que hay que respetar. Que hay que reclamar que se respeten.


Fuente: https://www.vice.com/es/article/mbkdgp/equipo-rescate-open-arms-mediterraneo-refugiados-aquarius