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miércoles, 9 de diciembre de 2020

Ser y aparecer

Le addizioni stagliate Eduardo Arroyo

¿A quién llamas malo? Al que siempre quiere avergonzar.
¿Que es para ti lo más humano? Evitarle a uno la vergüenza.
¿Qué es el sello de la libertad conquistada? No avergonzarse ya
 
Nietzsche. Friedrich, La gaya ciencia.

  Todas las descripciones de la vergüenza, ya sean literarias, psicológicas o cotidianas, acostumbran a centrarse en sus efectos sobre el rostro. Sonrojarse, taparse la cara  los ojos, cerrarlos, tener ganas de desaparecer..., la vergüenza es una emoción que se expresa de manera visible en el rostro y que tiene que ver con el hecho de ser vistos en una situación que podemos considerar inadecuada, ya sea bajo los ojos de un tercero o de uno mismo. El juego de miradas de la vergüenza es muy complejo, incluso puede darse únicamente en el plano ideal, pero, en cualquier caso, la vergüenza es una emoción de dolor intenso que afecta al yo (lo que yo soy) a través de cómo aparezco ante los demás (reales o ideales). Puede ser tan intensa que incluso conduzca al deseo de desintegrar la propia existencia. 
Como explica la filósofa Sara Ahmed en su ensayo "Vergüenza ante los otros", "la vergüenza se siente como estar expuesta -otra persona ve lo que he hecho, que es malo y por lo tanto vergonzoso-, pero también involucra un intento de esconderse, una ocultación que requiere que el sujeto le dé la espalda al otro y se gire hacia sí mismo." Si la vergüenza se quedara en este juego de aparición y de ocultación no iría más allá del juego de luces y sombras con el que nos presentamos o nos representamos ante los otros. Pero en este giro hacia uno mismo que señala Sara Ahmed, la vergüenza afecta al yo más íntimo: "Es una sensación intensa y dolorosa que está ligada a la manera como el yo se siente respecto a sí mismo". Por lo tanto, nos encontramos ante una experiencia en la que comparecer de una determinada manera ante los demás (o de los otros como yo ideal) hiere lo que yo soy o podría ser. La vergüenza no se queda en lo que he hecho o en lo que ha pasado, habla dolorosamene de lo que soy. Mi vergüenza se lee en los ojos del otro, pero se siente en lo más íntimo y profundo de mi ser, que de alguna manera se encuentra negado.
   ¿Qué le pasa a este yo interrumpido por la vergüenza? Se puede explicar de muchas maneras, pero todas coinciden en señalar algún tipo de escisión que separa al yo de sí mismo. El sociólogo alemán Georg Simmel dedicó en 1901 un artículo a la psicología de la vergüenza, a partir de un análisis que Darwin había escrito sobre las emociones humanas. Darwin ya señalaba que la vergüenza era fruto de la atención sobre el yo a través de la mirada de un tercero. Simmel desarrolla el hilo de este argumento, pero añade una precisión interesante: la atención del tercero no sólo tiene como consecuencia sentirse expuesto o cosificado, sino que crea una tensión en la cual este yo se encuentra al mismo tiempo acentuado y reducido. Es decir, intensificado como objeto de la atención, pero reducido en su percepción y estima de sí mismo. Es "un intenso énfasis en el sentimiento del yo, que va de la mano de una reducción de éste". Esta tensión es lo que explica que el dolor de la vergüenza se dé en situaciones tan diversas y aparentemente incomparables como tener un agujero en la ropa, tener una deformidad corporal, ser pobre o haber cometido una falta moral grave. 
   Cuando hablamos de la vergüenza, entonces, estamos hablando de lo que somos a través de las maneras en que nos prestamos atención. Estas maneras se educan. Son parte de cualquier proceso de aprendizaje. Si hay algo importante que podamos aprender a través de la educación es a prestar atención (al mundo, a las cosas, a los demás) y a merecer atención (o todo lo contrario). Por eso, la vergüenza, aunque sea tan íntima, es la emoción del vínculo. A través de ella se manifiestan, se transmiten, se consolidan y, a veces, se transforman las relaciones de poder y de verdad que articulan como una teleraña invisible, nuestros vínculos.

Escuela de aprendices
Marina Garcés

miércoles, 14 de febrero de 2018

Mal de amores

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El beso de Klimt en un muro devastado de Siria. Obra del artista Tamman Azzam

 Errico Malatesta (1853-1932), anarquista italiano de vida trepidante, reflexiona en uno de sus textos, sobre la imposibilidad de poner remedio a los males que provienen del amor. "Eliminaremos la explotación del hombre por el hombre, combatiremos la pretensión brutal del macho que se cree amo de la hembra, combatiremos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguraremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propagaremos la instrucción y entonces podremos alegrarnos con razón si no nos quedan otros males que los que provienen del amor."
   Incluso en la sociedad más libre y perfecta seguiríamos sufriendo por amor, dice Malatesta. El amor puede ser libre o cautivo, igualitario o clasista, basado en la reciprocidad o en la dominación masculina. Pero sea como sea, porque conmueve las emociones más profundas de nuestro ser, de alguna manera nos hará sufrir. Hay una opción que es atenuar el sentimiento amoroso hasta convertirlo en un sentimiento fraternal hacia el conjunto de la humanidad. Lo ha predicado el cristianismo, y el anarquismo de alguna manera lo retoma. Pero, dice Malatesta, querer a todo el mundo se parece demasiado a no querer a nadie. El amor singulariza y nos singulariza. Nos hace hijos, hermanos, amigos, amantes, compañeros, y no un ser humano en general.
   Cuando pensamos en el mal de amores, imaginamos historias de pasiones no correspondidas o relaciones imposibles. Siempre, pues, dentro del imaginario romántico de la pareja joven como centro y culminación del sentimiento amoroso. Pero Malatesta nos lleva a un nivel mucho más radical del sufrimiento amoroso: el de los que no son queridos, nunca, por nadie. O muy poco, y tan remotamente que ya ni se acuerdan. Esta posibilidad existe, encarnada en las vidas de muchas personas que nos rodean y que viven en silencio su falta de amor.
   No son los protagonistas de bellas historias trágicas, ni de historias que nos ponen la piel de gallina. Son hombres, mujeres y niños que pasan desapercibidos, en la indiferencia. Niños de padres ausentes, jóvenes que no se sienten físicamente agraciados, cuerpos que se salen de los estándares, mujeres que se hacen mayores, viejos que se quedan solos. Una mañana cualquiera, me crucé debajo de casa con tres mujeres que iban hacia el mercado, cada una con su carro. Estuve a tiempo de escuchar a una que decía: "Hace tres años que no me abraza nadie". Tres años. No lo decía llorando, ni con voz dramática. Era la expresión cotidiana de una soledad de la piel que Malatesta sabía que ninguna revolución podría resolver nunca del todo.


Fuera de clase
Marina Garcés

lunes, 29 de enero de 2018

Insostenibilidad

Bauhaus Circles Monochrome
    La sostenibilidad apareció como pregunta o como problema cuando en 1972 el Club de Roma planteó, en su informe Los límites del crecimiento, que en un planeta finito el crecimiento ilimitado no era posible. La pregunta que este informe lanzaba al mundo contenía también un "hasta cuándo": ¿hasta cuándo podrá el planeta, como conjunto de los recursos naturales necesarios para la vida, aguantar sin colapsar el ritmo de explotación y de deterioro al que lo somete la actividad productiva y vital del ser humano?
   A este problema se respondió con el concepto de desarrollo sostenible, promovido ya no como contradicción que resolver sino como solución que proponer. Tal como lo definía en 1987 el Informe Brundland, el desarrollo sostenible sería aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. Es un concepto que ya en ese momento despertó una controversia terminológica que en realidad era un conflicto político. Lo que se consiguió con el cierre ideológico en torno a la sostenibilidad del desarrollo fue blindar toda discusión en torno a la sostenibilidad del sistema económico mismo. El neoliberalismo estaba ganando la batalla de ideas y el imaginario que dominaría, hasta hoy, los deseos personales y colectivos a lo largo y ancho del planeta.
   Sin embargo, a partir de la crisis de 2008, lo que se ha puesto seriamente en cuestión es, precisamente, la sostenibilidad del capitalismo mismo. La pregunta que hoy alimenta los relatos apocalípticos y la cancelación del futuro apunta a la difícil viabilidad de un sistema económico basado en el crecimiento y en la especulación. La pregunta por el "hasta cuándo" ya no interroga solamente la disponibilidad de recursos y fuentes de energía naturales. Va más allá: ¿hasta cuándo podrá el sistema capitalista aguantar su propio ritmo de crecimiento sin pinchar? La pregunta se desplaza del planeta y sus límites a las burbujas y su inestabilidad. Vivimos en un planeta finito al borde del colapso y sobre burbujas (financieras, inmobiliarias, etc.) siempre a punto de estallar.
   La crisis es un problema intrínseco al capitalismo. Pero lo que está ahora en cuestión es la premisa misma del crecimiento como condición para la actividad económica. Que en el siglo XVIII el crecimiento fuera inseparable de la economía política tenía su sentido, porque era lo que se estaba experimentando directamente: expansión colonial, aumento exponencial de la riqueza, salto técnico en la industrialización, crecimiento demográfico, etc. Pero actualmente la percepción es exactamente la contraria. ¿Por qué tendrá que mantenerse un principio que contradice la experiencia real que estamos haciendo hoy acerca de nuestras condiciones de vida? Es entonces cuando un principio, afirmado por sí mismo y contra toda evidencia, se convierte en dogma. Ahora, la sostenibilidad que se predica no lo es solo de los recursos naturales sino del sistema económico en cuanto tal. La nueva consigna es: hacer sostenible el sistema. Este ha sido el gran argumento de lo que se denominan las políticas de austeridad. Es decir, los recortes y la privatización de los servicios públicos, especialmente en el sur de Europa.
   "Austeridad" es una de las palabras que están en juego, hoy, en la encrucijada de las decisiones colectivas de nuestro tiempo. Lejos de la austeridad como valor ético, como posición anticonsumista, "decrecentista" y respetuosa con el medio ambiente, la austeridad que se invoca para asegurar la sostenibilidad del sistema funciona como una máquina de reducir el gasto público y de reducir las expectativas de una buena vida a la condición de privilegio. Dicho más directamente: se trata de un reajuste de los márgenes de una vida digna.[...]
   Ya lo anunciaba un autor como Günther Anders en los años cincuenta en sus ensayos sobre La obsolescencia del hombre. Lo que planteaba entonces es que el hombre se ha hecho pequeño. Pequeño, ya no ante la inmensidad del mundo o bajo los cielos infinitos sino pequeño respecto a las consecuencias de su propia acción. Anders escribía cuando la racionalidad técnica había producido y administrado los campos de exterminio y la bomba atómica. Pero no hablaba solamente de esta nueva capacidad de destrucción programada. Apuntaba a la intuición cada vez más inquietante de que la acción humana, tanto individual como colectiva, no está ya a la altura de la complejidad que ella misma genera y bajo la cual tiene que desarrollarse. El sujeto, como conciencia y voluntad, ha perdido la capacidad de dirigir la acción en el mundo y de ser, por tanto, el timonel de la historia. En esta intuición se adelantaba, también, la derrota del ciclo moderno revolucionario, con su pulsión para rehacer radicalmente el mundo desde la acción política. Desde entonces tenemos un problema de escala que nos sitúa en la encrucijada de una dolorosa contradicción: somos pequeños y precarios, pero tenemos un poder desmesurado.

Nueva ilustración radical
Marina Garcés