martes, 31 de marzo de 2020

Dinero hay, lo que falta es voluntad de salvar a las personas

Personal sanitario traslada a un paciente desde una ambulancia en la entrada de emergencias del Hospital 12 de Octubre de Madrid. REUTERS/Juan Medina
Personal sanitario traslada a un paciente desde una ambulancia en la entrada de emergencias del Hospital 12 de Octubre de Madrid. REUTERS/Juan Medina
El primer caso de coronavirus se detectó el 1 de diciembre de 2019 en Wuhan. Han paso, por tanto, 120 días y, según las estadísticas internacionales que acabo de leer cuando escribo estas líneas, desde entonces han muerto en el mundo 37.091 personas. Es seguro que muchas más, porque en algunos países no se están contabilizando, por ejemplo, a quienes mueren en sus casas o en residencias de ancianos.

Desde hace semanas, docenas de hospitales están saturados y el personal sanitario está sobrecargado porque en casi todos los países del mundo se han realizado recortes de gasto en los últimos años, sobre todo durante y después de la pasada crisis. Aunque los medios no suelen incidir en las circunstancias más escabrosas, todos sabemos que la situación es muy difícil. Se han encontrado ancianos muertos desde hacía días en residencias y las morgues empiezan a no poder acoger más cadáveres...

Esto ocurre en los países más avanzados, mientras que en otros más pobres donde comienza a propagarse el virus, ni siquiera hay posibilidad de recibir atención médica sanidad pública. En Estados Unidos hay alrededor de cuarenta millones de personas sin seguro, lo que ha obligado al gobierno a tomar medidas para evitar una propagación fatal del virus, garantizando que se hagan las pruebas de detección también a quienes se encuentren en esta situación. En Italia, nos cuentan que en muchos hospitales tienen que elegir a qué enfermo colocan un respirador para dejar morir a otro.
Es un drama, pero no es el único que se está produciendo en el mundo. En el mismo periodo en el que, según las cifras oficiales, han muerto esas 37.091 personas por el coronavirus, también han fallecido 2,95 millones (80 veces más) por hambre; 1,2 millones (33 veces más) por no haber podido recibir atención médica; 720.000 (20 veces más) por accidentes laborales; 96.000 mujeres (2,5 veces más) por no tener suficiente atención médica en el embarazo y 672.000 niños (18,1 veces más) han nacido muertos por esa misma razón. Y tantas muertes de seres humanos por estas causas evitables se vienen produciendo todos los años, aunque es cierto que se pueden ir reduciendo.

Cuando los estudiantes entran en las facultades de ciencias económicas lo primero que aprenden es que todo eso, la insuficiencia de medios como la que ahora tenemos para afrontar la pandemia, se produce porque los recursos son escasos. Les enseñan que, por esta razón, hay que elegir. Sí, exactamente lo mismo que tienen que hacer los sanitarios en algunos hospitales cuando no disponen de respiradores para todos los infectados por el coronavirus que lo necesitan.

Pero eso es mentira.

En nuestro planeta no hay escasez de recursos, no falta dinero, sino que hay un orden de prioridades que antepone el beneficio, el armamento, el despilfarro o su concentración en pocas manos a la satisfacción de las más básicas necesidades humanas. Eso es lo que de verdad explica que los recursos y el dinero que hay de sobra en nuestro planeta para proporcionar una vida digna a todos los seres humanos no se utilicen para ello.

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En Nevada (EEUU), donde duerme gente en la calle, han pintado unas líneas en el suelo para que sigan durmiendo en la calle pero guarden la distancia de seguridad .https://nypost.com/2020/03/30/las-vegas-parking-lot-turned-into-homeless-shelter-during-coronavirus-crisis/

Tengo entendido que un respirador homologado de los que se usan contra el coronavirus cuesta unos 15.000 euros. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero a veces nos sirven para hacerlos una idea de las magnitudes que utilizamos para una y otra cosa. Por ejemplo, con lo que ha cobrado cualquiera de las grandes figuras del fútbol europeo en estos cuatro meses último se podráin comprar unos 2.000 respiradores (el doble de los que parece que ahora parece que va a comprar España con ugencia); con el presupuesto anual del Barcelona FC unos 45.000;  o 140.000 con el presupuesto de los 346 carros blindados que va a adquirir el ejército español de aquí a 2030.

Los gastos de todos los gobiernos del mundo suman unos 20 billones de dólares. Si se tiene en cuenta que, según los datos que proporciona el Banco Internacional de Pagos, en todo el mundo se mueven cado años unos 14.900 billones (millones de millones) de dólares, resulta que, con una tasa de menos de 15 céntimos por cada 100 dólares de transacción financiera, y sin necesidad de pagar ni un solo impuesto más en ningún lugar del mundo, se podría sufragar todo ese gasto público. Y cubrir la satisfacción adicional de las necesidades básicas y dignas de toda la población mundial costaría unos pocos céntimos más, en términos porcentuales, de todo ese astronómico volumen de transacciones, la mayor parte del cual no paga impuesto alguno.

Sin necesidad de recurrir a esa tasa, hoy día no muy difícil de establecer porque la gran mayoría de esas transacciones dejan huella digital, hay otras fórmulas quizá más inmediatas de obtener dinero: según el Fondo Monetario Internacional, en los paraísos fiscales se ocultan unos 7 billones de dólares de las grandes empresas y fortunas; lo escondido allí por españoles supondría unos  140.000 millones de españoles y la evasión fiscal anual en España entre 40.000 y 70.000 millones, según las estimaciones. Si todas las grandes empresas y bancos cumplieran con sus obligaciones fiscales (se calcula que evaen un 30% de sus ingresos) y se prohibieran de verdad los paraísos fiscales, habría bastante dinero para resolver una buena parte de las principales carencias del mundo de nuestros días.
Ahora bien, ni siquiera combatir la elusión fiscal y generar nuevos tipos de impuestos (que podría permitir que la presión fiscal fuera 200 veces más baja que la actual) son la única fuente de creación de dinero. Si se necesita con mayor urgencia, los bancos centrales pueden proporcionar todo el que sea necesario de un día para otro.

La Reserva Federal de Estados Unidos anunció hace unos días que realizaría "compras ilimitadas de títulos" para evitar que su precio se desplome. Eso significa que se va a crear dinero sin límite para comprar, entre otras, las acciones de empresas que durante años han estado dedicando miles y miles de millones a comprar sus propias acciones. Así las revalorizaban y sus propietarios aumentaban su capital. Y ahora que sus cotizaciones se vienen abajo la Reserva Federal pone dinero sin límite para evitar que se arruinen.

El actual candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, el senador Bernie Sanders, solicitó en 2011 una auditoría de la Reserva Federal y al realizarse se encontró con que ésta había gastado en secreto, sin dar ningún tipo de información, 16 billones de dólares en dar préstamos sin interés a las mayores empresas y bancos del planeta. Para ellos tampoco hubo escasez cuando necesitaron ayuda y la recibieron prácticamente regalada: el banco central de Estados Unidos creó dinero de la nada para sacar a flote a quienes habían provocado la crisis.

Ahora, asustados por la enorme tragedia económica que puede suponer la pandemia del coronavirus, los bancos centrales vuelven a poner dinero, aunque, como acabo de decir, para comprar acciones o dando dinero al 0% a la banca privada para que ésta haga negocio prestando a tipos de interés bastante más altos a los gobiernos y a las empresas.

Y mientras tanto, los hospitales se saturan careciendo de medios, muchas personas mueren por falta de recursos materiales y de personal, miles de empresas están a punto de cerrar por la inactividad forzada y millones de personas se van al paro.

Es una doble tragedia. La del virus y la del comportamiento criminal -vamos a llamar ya a las cosas por su nombre- de quienes pueden disponer de todo el dinero necesario para afrontar con medios suficientes la emergencia sanitaria y, sin embargo, prefieren crea artificialmente la escasez, la que produce el miedo con el que se favorece el sometimiento y la carencia que mata a millones de seres humanos.

No estoy reclamando que los bancos centrales despilfarren el dinero, ni que los gobernantes puedan disponer de él a sus anchas para malgastarlo. Hay multitud de vías para establecer controles que garanticen su buen uso. Se trata, simplemente, de ponerlo allí donde ahora mismo es imprescindible que esté para evitar una catástrofe humana y económica.

Nos están engañando cuando dicen que no hay más recursos.

No es que falte el dinero sino que sobran la maldad, la avaricia y la mentira, "los tres monstruos -como dijo Máximo Gorki- que han socavado y amedrentado al mundo con la fuerza de su cinismo".

Fuente: https://blogs.publico.es/juantorres/2020/03/31/dinero-hay-lo-que-falta-es-voluntad-de-salvar-a-las-personas/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web

lunes, 30 de marzo de 2020

Eurythenes plasticus

Este #crustáceo ha sido descubierto a 6.500 metros de profundidad y ¿sabéis que encontraron en su cuerpo? ¡#Plástico! Le han llamado Eurythenes plasticus para que nos dé vergüenza • vía@WWF

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Resonancia

https://i2.res.24o.it/images2010/Editrice/ILSOLE24ORE/DOMENICA/2017/01/09/Domenica/ImmaginiWeb/Ritagli/lutero-ki4H--835x437@IlSole24Ore-Web.jpg
Martin Lutero (1483-1546) di fronte al portale della chiesa di Wittenberg in un'illustrazione di Arthur Kampf del 1936
...
   la actitud ante el mundo influida por el catolicismo estaría caracterizada por una sensibilidad claramente superior a la resonancia, puesto que los católicos conocen lugares cargados y hablantes (iglesias, lugares sagrados, procesiones), así como también cosas (reliquias, agua bendita, etc.), seres humanos (sacerdotes), acciones (la comunión, bendiciones ), y tienen prácticas rituales cuasimágicas como, por ejemplo, cuando invocan al Espíritu Santo, o a un ángel protector, y esperan su ayuda. Desde una perspectiva católica ortodoxa, y a diferencia de lo que ocurre en una estrictamente protestante, el mundo tiende a aparecer como un campo de resonancia, en el cual los acontecimientos, procesos y fenómenos externos, internos, terrenales y supraterrenales se "tocan" e influyen recíprocamente. El protestantismo, no solo prohíbe todas las prácticas mágicas en la cotidianeidad y en el mundo para  convertir a Dios en un poder puramente trascendente, inalcanzable y silencioso, sino que a la vez impone una actitud frente al mundo que resulta instrumental y que apunta al incremento en todos los ámbitos de la vida: los protestantes deben racionalizar sistemáticamente todo su comportamiento para no desperdiciar dinero ni tiempo, y esto implica justamente no dejarse afectar por la empatía o la resonancia.
   Conservar una actitud de indiferencia o rechazo ante las tentaciones de resonancia social y material del mundo (al que se entiende como infame) deviene la virtud central del ascetismo intramundano. Sucumbir a ellas significa divinizar la criatura. No se debe ceder a los temples anímicos, los humores ni las necesidades anímicas o corporales, y tampoco a las urgencias o necesidades de los prójimos: también la compasión e incluso la amistad tienden pues a convertirse en una debilidad, en una puerta de entrada del pecado; y la conducción de una vida consecuente y carente de resonancia se convierte en modelo a seguir. Con esto se vinculan fuertes tendencias a la individualización, que contribuyen también a anular el campo de la experiencia comunitaria como fuente de resonancia. El protestante se encuentra solo ante su Dios y este, en la doctrina calvinista, no le responde....

Resonancia
Una sociología de la relación con el mundo 
 
Hartmut Rosa


domingo, 29 de marzo de 2020

“Es la hora de la solidaridad europea, habrá que compartir la deuda”

El presidente del Parlamento Europeo defiende la máxima solidaridad europea ante la tragedia que recorre medio mundo: la epidemia del coronavirus

“Es la hora de la solidaridad europea, habrá que compartir la deuda”
Imagen de archivo del presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli (FREDERICK FLORIN / AFP)
David Sassoli (Florencia, 1956), presidente del Parlamento Europeo, defiende la máxima solidaridad europea ante la tragedia que recorre medio mundo: la epidemia del coronavirus Covid-19. Sin pelos en la lengua, Sassoli se pronuncia a favor de la mutualización del endeudamiento que sea necesario para la reconstrucción económica de los países europeos más afectados, en una entrevista concedida ayer a ‘La Vanguardia’, por vía telemática desde la sede del Parlamento Europeo en Bruselas.

¿Por que ha reaccionado tarde la Unión Europea?
La Unión Europea ha intervenido cuando se ha dado cuenta que las respuestas de algunos gobiernos eran equivocadas, como lo fue cerrar la libre circulación de productos farmacéuticos. Ese es el momento en el que las instituciones europeas han entendido que debían actuar con fuerza. Se ha producido estos días una cierta corrección de algunos comportamientos nacionales. El primer paquete de medidas de la Comisión Europea, la intervención del Banco Central Europeo, la suspensión temporal del Pacto de Estabilidad, han sido los primeros pasos. A partir de ahora deberemos tomar decisiones a medio y largo plazo.

¿Qué decisiones?
Deberemos inventar instrumentos nuevos. No podemos afrontar esta crisis diciendo a los países: “Gastad todo lo que haga falta y endeudaros por vuestra cuenta y riesgo”. Esto no puede funcionar así. Hemos de compartir la deuda. Todos nuestros países tienen la necesidad de gastar lo que haga falta para salvar las vidas. Y necesitamos instrumentos para afrontar el futuro, porque esta crisis será muy profunda y afectará a la calidad de vida de los europeos.

La parte más rica de Europa se niega a compartir los costes de la crisis sanitaria. Ya lo han hecho saber.
No digamos Europa. Digamos que hay estados nacionales que no comparten esta línea que le he expuesto. Tienen nombre y dirección. Son países que piensan que no sea necesaria la solidaridad. La Comisión Europea y la mayoría del Parlamento Europeo creen que es necesaria una respuesta común. Le comentaba antes que no podemos decir a nuestros países que gasten todo lo que sea necesario y que después se endeuden por su cuenta. Necesitamos mecanismos para compartir la deuda: eurobonos, coronavirus, o como les queramos llamar, pueden ser la respuesta.

El Consejo Europeo se ha dado quince días de plazo para decidir. ¿Cree que habría un cambio de enfoque en las próximas dos semanas?
Lo espero. Espero que los países que hoy se muestran menos disponibles se daran cuenta de la profundidad de esta crisis. También creo que no sólo hemos de pensar en viejos instrumentos, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otros instrumentos creados durante la última crisis económica. Hemos de inventar mecanismos nuevos. La reflexión sobre este punto está abierta. Atención: de esta crisis ningún país podrá salir por sus propios medios.

El primer ministro español, Pedro Sánchez, ha propuesto un nuevo Plan Marshall. ¿Comparte esta idea?
Estoy absolutamente de acuerdo con Pedro Sánchez. Él y yo hemos sido los primeros en usar esta expresión. Necesitamos un plan de reflotación de la economía europea. Nos encontramos ante una situación absolutamente inédita, comparable a la situación posterior a la Segunda Guerra Mundial. Tendremos empresas con grandes dificultades para reabrir, tendremos graves cuestiones sociales que deberán ser afrontadas con decisión. Hemos de defender nuestro modelo social y querremos reforzarlo. Un nuevo plan Marshall. Sí, es una buena idea.

El ministro de Finanzas holandés ha venido a decir que España se espabile con lo que tiene. El primer ministro portugués, Antonio Costa, ha calificado de “repugnante” esta toma de posición. ¿Comparte la indignación de Costa?
El primer ministro Antonio Costa es buen amigo mío.

Hemos visto un convoy militar ruso entrando en Italia con especialistas y ayuda médica. Una columna militar rusa en dirección a Bérgamo. ¿Qué le sugiere esa imagen? ¿Estamos en vísperas de grandes cambios geopolíticos en Europa?
Cambiará todo. Tengo dos sentimientos al respecto. Felicidad al ver que nuestros países en dificultad reciben ayuda de fuera de la Unión Europea, puesto que esto es lo que hace, constantemente, Europa en muchos países cuando surgen graves problemas. Recordemos el material sanitario enviado desde Europa a China durante el inicio de la epidemia. Hoy los chinos nos ayudan a nosotros. Esto es positivo. Pero esa solidaridad también debe existir en el interior del espacio europeo. El comportamiento de algunos países europeos no ha sido ejemplar en las primeras semanas de la crisis. Ahora se está corrigiendo. Ahora vemos como enfermos de unos países son acogidos en países vecinos. Hemos visto la llegada de aviones de países europeos a Italia y España con material médico. Hay que reforzar la solidaridad concreta.

Me decía que el convoy ruso le sugiere dos sentimientos. ¿Cuál es el segundo?
Si alguien quiere decirme que la solidaridad de algunos países nos debe llevar a adoptar sus mismos modelos políticos y sociales la respuesta es no. No. Esta crisis hay que afrontarla desde la democracia y debemos estar orgullosos de la democracia. No saldremos de este tiempo de dificultad renunciando a nuestros valores.

Por fin parece haber una cierta sintonía entre los gobiernos de Italia y España. ¿Está surgiendo un frente sur?
Los países del sur de Europa son los más afectados. Naturalmente sienten una fuerte necesidad de mecanismos europeos de ayuda. Estamos viendo estos días mucha sintonía entre los gobiernos italiano y español, también hay sintonía con el gobierno francés y el portugués. Hay que poder transmitir esa sintonía a los demás países europeos.

¿Cuándo llegará el material sanitario que ha comprado la Comisión Europea?
La presidenta Ursula von der Leyen ha informado al Parlamento Europeo que el material llegará en breve. Esperamos que esta sea una previsión realista.

¿Qué hará el Parlamento Europeo?
Anteayer celebramos una sesión telemática del Parlamento Europeo, quizá la primera en el mundo con tal dimensión. Con un mecanismo extraordinario de voto a distancia hemos podido aprobar los tres paquetes de medidas presentados por la Comisión Europea. Estamos a punto. En abril habrá otra sesión plenaria a distancia. Esperamos que las otras instituciones europeas adopten iniciativas rápidas. En este sentido todos esperábamos que del Consejo Europeo del pasado jueves saliesen acuerdos muchos más concretos. El Parlamento Europeo sigue abierto y funciona y espera que las demás instituciones europeas cumplan con su deber.

La Unión
https://www.eldiario.es/vinetas/Union_10_1010098981.html
Fuente: https://www.lavanguardia.com/internacional/20200328/48118987853/entrevista-david-sassoli-europa-coronavirus-covid19.html

sábado, 28 de marzo de 2020

Presentimiento



Miguel Hernández fue anticlerical pero no ateo' - Protestante digitalSabe:
        Que me iré, como el sendero,
         muy melancólicamente,
         muy pálido, muy ligero
         y que será muy temprano...
         Tal vez no esté todavía
         el sol en el meridiano.

Miguel Hernández

Solidaridad: de la retórica a la oportunidad

upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/6/...
Javier de Lucas
Hace unos días discutía con unos amigos en Facebook sobre el tópico que señala que la solidaridad crece en los momentos de dificultades comunes, como éstos de la crisis del coronavirus. Una buena amiga, de las que no callan lo que piensan y además sabe argumentarlo, mostró su escepticismo ante lo que denominaba “solidaridad puntual”: “…cuando todo se calma, si estás mal, casi nadie se acuerda de ti. ¿Cuántos te llaman para saber cómo te encuentras y si necesitas algo? ¿Cuántos ancianos están solos, que cuando mueren nadie se entera hasta que empieza la cosa a oler mal?

Cuánta gente se ha quedado sin trabajo y no encuentra nada a pesar de estar activamente en búsqueda, pero ¿cuántos se acuerdan de esta persona cuando saben de un empleo?”

Creo que mi amiga apuntaba certeramente. Lo peor que puede pasar con la solidaridad es la retórica vacía, la moralina, en el sentido nietzscheano, que la desvirtúa. Por eso me preocupa su exaltación efectivamente puntual, como una especie de salmodia que, a fuerza de entonarla, obrara milagros. Y los milagros, desgraciadamente, tienen poco que ver con el remedio a lo que nos ha caído encima.

Este malentendido, a mi juicio, tiene que ver con cierta caricaturización de la solidaridad como una suerte de versión laica de la caridad. Una virtud que nos llevaría a empatizar con los demás y a “hacer algo” por ellos. Se trata, en realidad, de dos errores: primero, el que hace de la solidaridad una cualidad digna de elogio, pero no exigible; esto es, lo que en filosofía moral se califica como una conducta supererogatoria. Admirable, sí, pero excepcional, propia de personas particularmente generosas. En ningún caso, un deber. El segundo error es el que reduciría la solidaridad a una actitud propia del que da lo que le sobra, es decir, de la versión farisea y habitual de la caridad como limosna. Por eso, la contradicción que señalaba mi amiga Bel y que, en cierto modo, es la inversión de la parábola de las vacas gordas y las vacas flacas de José: cuando nos sentimos en peligro y vemos que ese peligro afecta al de al lado, reconocemos al de al lado como uno de nosotros. Pero en cuanto desaparece la emergencia y retorna la normalidad, la prosperidad, volvemos cada uno a nuestros propios asuntos.

¿De qué hablamos cuando hablamos de solidaridad? El notable filósofo norteamericano Richard Rorty, “el filósofo de la ironía”, como le calificó Manuel Cruz, se ocupó de las contradicciones o asimetrías de la solidaridad en la aproximación pragmática al concepto que llevó a cabo en su importante Contingencia, ironía, solidaridad (1989), desde la pista obligada de Durkheim y la referencia al Derecho Romano, cuya concepción de las obligaciones in solidum está en el origen de la noción: son obligaciones de las que deben responder todos los que están unidos como socios de una persona jurídica, los que tienen una causa común, cuando surge el peligro común. Rorty enfatiza la diferencia entre una noción abstracta, universalista, de solidaridad (que le parece una aspiración justa, pero en todo caso una idea-guía, en línea con la habitual reducción del concepto de utopía) y la concepción que ancla la solidaridad en la distinción entre “nosotros” y “ellos”, menos ambiciosa, más fácil de concretar, más útil, en definitiva.

A mi juicio, esta crisis del coronavirus nos ofrecería precisamente la clave para salir de la contradicción entre la retórica de la solidaridad, propia de las almas buenas, y la solidaridad pragmática del nosotros que. tantas veces, es sobre todo negativa y excluyente: negativa, porque aparece cuando se percibe que lo que tenemos en común es lo que nos distingue de otros, ellos, sobre todo de esos otros entendidos como enemigo (un error que, a mi juicio, se repite en el lenguaje belicista con el que se enfoca esta crisis). Es la solidaridad cerrada, la que ejemplifica maravillosamente el cine que se ha ocupado de la mafia, como por ejemplo Goodfellas (Uno de los nuestros), de Scorsese. Excluyente, porque aparta de los beneficios del reconocimiento a quienes quedan fuera de la tribu, del clan. Frente a ella, la existencia de una conciencia común que amplía universalmente el nosotros llevaría a una solidaridad abierta, más allá de los rasgos e intereses de la tribu, que tiene mucho que ver a mi juicio con la noción de sociedad abierta de Bergson. Se abriría así la posibilidad de tomar en serio la solidaridad, como he tratado de apuntar en otras ocasiones, por ejemplo, en estas mismas páginas o también en estas.

Esta crisis es una oportunidad, sí. Se ha dicho con acierto, creo, que la pandemia del coronavirus nos planta ante la conciencia real de humanidad y no sólo ante la noción abstracta a la que suelen apelar los proyectos de cosmopolitismo, tal y como se encuentran en la tradición filosófica y ética del estoicismo (y, por lo que se refiere a la idea de derechos y deberes, en Kant). No estoy seguro de que se trate de un ideal moral impecable, sobre todo por el riesgo de su dimensión especeísta que puede seguir encerrándonos en un nosotros al fin y al cabo excluyente, el nosotros adanista, el de dueños y señores de la naturaleza, frente a la evidencia de que somos parte de un nosotros más amplio, el de la vida en y del planeta. En todo caso, la amenaza mortal, el virus, esta vez nos afecta a todos (aunque no todos nos encontremos en las mismas condiciones frente a ella) y, sí, por primera vez, hay una conciencia común y simultánea, gracias a la interconectividad, de que todos estamos amenazados y que nos ha hecho valorar como nunca a las profesionales que se ocupan de nuestra salud, de nuestras vidas, en primer lugar en el sector de la salud, pero también, por ejemplo, en el de la dependencia. Es lo que Alicia García Ruiz supo explicar con claridad y agudeza en un ensayo de 2017, Fraternidad, la fuerza de las fragilidades, en el que sostenía la tesis de que “las prácticas del cuidado serán cada vez más relevantes, dada la vulnerabilidad potencial generalizada en todos nosotros y los formidables retos que plantean la demografía y la extensión de la desigualdad”

Pero eso no significa que, gracias a la crisis, hayamos alcanzado la conciencia de un nosotros universal y que cuando superemos la pandemia se asiente un verdadero cambio civilizatorio, una transformación polanyana, como proponía Joaquin Estefanía en un artículo reciente: más bien, temo, asistiremos a un nuevo paso de la dimensión tecnoeconómica, dominante en nuestro proceso de globalización, y no de la ético-jurídica, propia del universalismo. Y lo creo porque me parece que, frente a la exaltación de la solidaridad que algunos dicen que estamos protagonizando, no estamos viviendo ni viviremos el triunfo del ideal de fraternidad universal que inspiró a Schiller y a Beethoven, sino que asistimos más bien a un juego que tiene mucho que ver con la geoestrategia global, en la que los actores se están reposicionando en el así llamado gran tablero, quizá para alterar a fondo la correlación de poder en este siglo. China está jugando a fondo sus cartas sirviéndose de modo inteligente de la apelación a la solidaridad, y del sello del liderazgo en el combate y la victoria frente al virus. Nos regala, en efecto, medios y personal, al mismo tiempo que propicia con ello que el mercado global vaya a buscar en China remedio: no hay más que ver las carreras de Estados (de Comunidades Autónomas, incluso, en nuestro caso) que acuden a comprar medios en el mercado chino. Y Putin, que no pierde comba, aprovecha también el vacío que deja la torpeza de Trump, encerrado en la contradicción aislacionista de su ¡America First!, desmentida por el virus de marras. La prueba es que la pulsión de la tribu ha resurgido con fuerza y se esconde también en la obsesión por el cierre territorial, en la idea de la frontera como defensa, incluso si tratamos de ampliar esas murallas al ámbito supranacional –el europeo–. De nuevo, como en el argumento de Orwell en Animal Farm, también en esta crisis hay seres humanos que son más iguales que otros.

Creo advertir esa forma perversa de justificación de la desigualdad, en la habitual reducción de las personas que pertenecen a determinados grupos a meras cifras estadísticas, en una cadena argumentativa que temo que pueda acabar propiciando la abominable idea de su identificación como desechables, al menos en su modalidad de la resignación ante el hecho científico de que tienen menos viabilidad: los mayores entre nuestros mayores, donde resurge el prejuicio de esa modalidad de discriminación que llaman edadismo (perdonen el palabro) y encima, con el recochineo de que decimos que lo que más nos preocupa es que el virus les alcance a ellos y que todo lo hacemos para evitarlo. Pero si tienes ochenta, estás jodido en el triage. No por maldad, insisto, sino por el irrefutable argumento de la ciencia, al servicio de un cierto darwinismo social.

Y se advierte a todas luces esa visión desigualitaria en esos otros, despojados de la condición de humanos por la indiferencia con la que les miramos, cuando les miramos. Me refiero a los que han de hacer frente al coronavirus en los campos de concentración para refugiados en las islas griegas, a los sirios que lo afrontarán en medio de una guerra inhumana como pocas, a los inmigrantes irregulares que ven cómo las puertas se blindan frente a ellos. No son nuestro problema, no somos solidarios con ellos. No nos vacuna contra eso el ver que el argumento es reversible: antes al contrario, nos indignamos cuando asistimos al espectáculo de que la alcaldesa de Guayaquil prohíba un avión porque ¡viene de Madrid!, o escuchamos compungidos y asombrados las historias de nuestros pobres compatriotas en países lejanos, que son ahora mirados como apestados qua españoles. ¡Como si los españoles no fuéramos gente civilizada, sana y superior!

Necesitamos otra noción de solidaridad, abierta, inclusiva, universalista. La solidaridad entendida como conciencia conjunta de derechos y deberes que tenemos todos los seres humanos y que se activa, sí, de forma extraordinaria, en momentos de riesgos o amenazas cuyo carácter común resulta evidente. Es la solidaridad que nos recuerda la primera de las sátiras de Horacio “¿Quid rides? Mutato nomine, de te fabula narratur”. No somos tan diferentes: lo que nos une es mucho más importante que lo que nos diferencia. Para que esa noción de solidaridad arraigue y no se desvanezca cundo superemos la pandemia, es necesario que arraigue en terreno firme, para dar lugar a deberes exigibles hacia todo otro ser humano. Es necesario que profundicemos en la concepción republicana de 1789 que nos propone la solidaridad, la fraternidad, como principio vertebrador del espacio público, común, pero ahora no limitado al Estado-nación. Ese terreno es el del reconocimiento de la prioridad de derechos humanos iguales para todos, y el de un constitucionalismo cosmopolita, una gobernanza mundial en los términos que propone nuestro colega, el iusfilósofo Luigi Ferrajoli, que invoca la tradición estoica reformulada por los juristas teólogos de la Escuela de Salamanca (Vitoria, Suárez, Las Casas). El fundamento de esa nueva solidaridad abierta, que trasciende las fronteras y las identidades de las tribus, es la existencia de bienes, necesidades e intereses comunes a todos los seres humanos, propia de una communitas omnium Gentium. Hay que construir un sistema de gobernanza también común, que, insisto, garantice a todos los derechos que son de todos y, al tiempo, propicie la cooperación y la negociación, bajo las reglas del Derecho, para asegurar la convivencia, en lugar de la competencia sin reglas que inevitablemente propicia, por el contrario, la desigualdad, la crueldad y la humillación de los más débiles.

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/luces_rojas/2020/03/27/solidaridad_retorica_oportunidad_105253_1121.html

viernes, 27 de marzo de 2020

La naturaleza va recuperando su sitio

Vía @Elzo_

“Las élites aprovechan las crisis para aprobar políticas que profundicen aún más la desigualdad”


Naomi Klein, en Berkeley en 2014.
Moizsyed
El coronavirus es oficialmente una pandemia mundial y hasta ahora ha infectado diez veces más personas que el SARS de 2003. En EE.UU., escuelas, universidades, museos y teatros, cierran sus puertas; y pronto, ciudades enteras harán lo mismo. Los expertos advierten de que algunas personas, sospechosas de estar infectadas por el virus, prosiguen su rutina cotidiana. Porque su empleo no les permite bajas remuneradas dadas las deficiencias del sistema privatizado de salud norteamericano.

La mayoría de nosotros [NT.: ciudadanos norteamericanos] no sabe qué hacer ni a quién escuchar. El presidente Donald Trump ha rechazado las recomendaciones de los centros de control y prevención de enfermedades; y estos mensajes contradictorios han reducido nuestro margen de maniobra para atenuar los daños causados por este virus extremadamente contagioso.

Son las condiciones perfectas para que los gobiernos y la élite mundial desplieguen programas políticos, que, de otra forma, encontrarían gran oposición. Esta cadena de acontecimientos no es exclusiva de la crisis creada por el coronavirus; es el proyecto que los políticos y los gobiernos persiguen desde hace décadas, conocido con el nombre de “doctrina del shock”, término inventado por la activista Naomi Klein en un libro del mismo título de 2007.

La historia es una crónica de “shocks”: las guerras, las catástrofes naturales y las crisis económicas, y sus consecuencias. Estas consecuencias se caracterizan por el “capitalismo catástrofe”: “soluciones” calculadas y de libre mercado para las crisis que estallan y exacerban las desigualdades existentes.

Según Klein, asistimos ya a un capitalismo catastrófico en el terreno nacional; para responder al coronavirus, Trump ha propuesto un plan de estímulo de 700.000 millones de dólares que incluye reducción de las cargas sociales (que devastarán la seguridad social) y proporcionará ayuda a las industrias faltas de oportunidades de negocio causadas por la pandemia: “No lo hacen porque crean que es el medio más eficaz para paliar el sufrimiento causado por la pandemia; formulan tales ideas porque ven una oportunidad para desplegarlas”, ha declarado Klein.

VICE ha preguntado a Klein sobre la forma en la que el “shock” del coronavirus está llevando a la cadena de acontecimientos que describió hace ya más de diez años en La doctrina del shock.

Empecemos por lo esencial. ¿Qué es el capitalismo de catástrofe? ¿Cuál es su relación con la “doctrina del shock”?
La forma en que defino el ‘capitalismo catástrofe’ es muy simple: describe cómo las industrias privadas emergen para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala. La especulación sobre las catástrofes y la guerra no es un concepto nuevo, pero se intensificó claramente con la administración Bush a partir del 11 de septiembre, cuando el gobierno declaró este tipo de crisis de seguridad sin plazo, y simultáneamente la privatizó y externalizó; esto incluyó la privatización del Estado de seguridad nacional, así como la invasión y ocupación (privatizada) de Irak y Afganistán.

La “doctrina del shock” es la estrategia política que consiste en emplear las crisis a gran escala para hacer avanzar políticas que profundicen sistemáticamente las desigualdades, enriqueciendo a las élites y debilitando a los demás. En tiempos de crisis, la gente tiende a concentrarse en las urgencias cotidianas para sobrevivir como sea y tiende a contar sobre todo con los que están el poder. En épocas de crisis, desviamos un poco la mirada, lejos del juego real.

¿De dónde viene esta estrategia política? ¿Cómo trazar su historia en la política norteamericana?
La estrategia de la doctrina del shock fue una respuesta de Milton Friedman al programa del New Deal. Este economista neoliberal creía que todo estaba equivocado en el New Deal: para responder a la Gran Depresión y al Dust Bowl [N.del.T: Tormenta de polvo] surgió un gobierno mucho más activo en el país, que se propuso resolver directamente la crisis económica de la época creando empleos públicos y ofreciendo ayudas directas.

Si usted es un economista neoliberal, comprenderá que cuando los mercados quiebran hay preparado un cambio progresivo mucho más orgánico que el tipo de políticas de desregulación que favorecen a las grandes empresas. La doctrina del shock se desarrolló como un medio de evitar que las crisis cedan el lugar a momentos orgánicos en los que surjan políticas progresistas. Las élites políticas y económicas entienden que los momentos de crisis son la ocasión para hacer avanzar su lista de deseos de políticas impopulares que polarizan aún más la riqueza, en este país y en todo el mundo.

Actualmente estamos confrontados con múltiples crisis: una pandemia, falta de infraestructuras para resolverla y hundimiento de la bolsa. ¿Podría explicarnos cómo cada uno de estos elementos se inscribe en el esquema que ha descrito en la doctrina del shock?
El shock en realidad es el mismo virus. Se le ha tratado de manera que maximice la confusión y minimice la protección. No creo que sea una conspiración; es justo la forma en que el Gobierno estadounidense y Trump han gestionado, horriblemente mal, esta crisis. Hasta ahora Trump ha tratado esta situación, no como una crisis de salud pública, sino como una crisis de percepción y un problema potencial para su reelección.
 
Es el peor de los escenarios, máxime si se tiene en cuenta el hecho de que Estados Unidos no dispone de un programa nacional de salud y que la protección de la que se benefician los trabajadores es muy mala: por ejemplo, la ley no establece prestaciones por enfermedad. Esta combinación de fuerzas ha provocado un choque máximo. Será explotado para salvar industrias que están en el núcleo de las crisis más extremas a las que hemos de enfrentarnos, como la climática: la industria aérea, la petrolera y gasística, la de los cruceros. Quieren apuntalar todo esto.

¿Cuándo hemos visto esto antes?
En La doctrina del shock hablo de lo que pasó después del huracán Katrina. Grupos de expertos de Washington como la Heritage Foundation se reunieron creando una lista de soluciones “pro libre mercado” para el Katrina. Podemos estar seguros de que ahora se hará el mismo tipo de reuniones.

De hecho, la persona que presidió el grupo Katrina fue Mike Pence [N. del T.: la persona que dirige ahora la gestión del coronavirus]. En 2008, ese movimiento se tradujo en salvar a los bancos, cuando los países les entregaron cheques en blanco, que finalmente se elevaron a varios billones de dólares; pero el coste real de esta situación tomó la forma de amplios programas de austeridad económica (reducciones ulteriores de servicios sociales). Así que no se trata tan solo de lo que pase ahora, sino también de la forma en que lo pagaremos en el futuro, cuando se presente la factura de todo lo que se debe.

Si nuestros gobernantes y la élite mundial van a beneficiarse de esta crisis para sus propios fines, ¿qué puede hacer la gente para apoyarse mutuamente?
“Voy a cuidar de mí y de los míos, podemos adquirir la mejor póliza de seguro privado de enfermedad, y si usted no la tiene, probablemente es su culpa, no es mi problema”. He aquí lo que una economía de vencedor mete en nuestros cerebros. Lo que revela un momento de crisis como el actual es nuestra interrelación de unos con otros. Comprobamos en tiempo real que estamos mucho más interconectados de lo que nuestro brutal sistema económico nos permite creer.

Podemos pensar que estaremos seguros si obtenemos buenos cuidados médicos, pero si la persona que prepara o suministra nuestros alimentos, o que envuelve las cajas, no tiene acceso a cuidados médicos y no puede permitirse los análisis, y aún menos quedarse en casa porque no tiene prestación por enfermedad, no estaremos seguros. Si no nos cuidamos unos a otros, ninguno estará seguro. Estamos atrapados.

Las diferentes formas de organizar la sociedad favorecen o refuerzan diferentes partes de nosotros mismos. Si está en un sistema que, como sabe, no cuida de la gente, y no distribuye los recursos de manera justa, nuestro impulso por la acumulación estará en alerta. Piense esto, y reflexione. En vez de empecinarse en pensar en cómo pueden cuidarse a sí mismos y a su familia, podemos cambiar y reflexionar sobre la forma de compartir con nuestros vecinos, y ayudar a las personas más vulnerables.

Fuente:  https://ctxt.es/es/20200302/Politica/31508/Marie-Solis-entrevista-Naomi-Klein-coronavirus-crisis-elites-doctrina-shock.htm#.XnzETG9OQTA.twitter

Lesbos Refugee Camp: The Crisis At The EU Border


Aquí está el reportaje que grabamos hace tres semanas en Lesbos sobre las terribles condiciones de vida en los campos de refugiados, la rebelión de las islas contra Atenas y Bruselas, el papel de la extrema derecha y la responsabilidad de las autoridades Vía  @Hibai_



Crisis del coronavirus vs. crisis climática: lecciones de un confinamiento forzado



Un equipo de la @UPV señala que las concentraciones de dióxido de nitrógeno han disminuido un 64% de media en las ciudades españolas desde el comienzo de la cuarentena por la #COVID2019, según las imágenes satelitales obtenidas a través de
agenciasinc.es/Reportajes/Cri

jueves, 26 de marzo de 2020

Hai-kai

Ito Jakuchu 1716-1800







Sea para ti
mi corazón.
La luna sobre el agua 
y el cerezo en flor.


Federico García Lorca

¿A quién vamos a matar?

Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Sin embargo, la desinformación o el desconcierto ante el covid19 ha dado relevancia a discursos teñidos de la peligrosa ideología del ecofascismo.

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Byron Maher

 Un jabalí pasea tranquilamente por la calle Balmes, en Barcelona. Atraviesa una Diagonal desierta y silenciosa y sigue su camino. Alguien lo graba con el móvil y lo sube a las redes sociales. En pocos minutos, el vídeo acumula miles de reproducciones. La imagen es hermosa, pero también inquietante. Se parece demasiado a las escenas apocalípticas que hemos visto cientos de veces en el cine y la televisión. El vídeo se viraliza en unos minutos y comienza a extenderse por Twitter, por Facebook, por WhatsApp. No es el único de este tipo que ha circulado por las redes sociales en los últimos días. Hemos visto también pavos reales en las calles de Madrid, delfines en el puerto de Cagliari, peces en los canales de Venecia. Los vídeos aparecen acompañados de comentarios. Un buen número de ellos afirma que esas imágenes son la prueba de que la verdadera pandemia es el ser humano, que el verdadero virus somos nosotros.

No es la primera vez que leemos este tipo de afirmaciones desde la extensión del covid19. La reducción de los niveles de contaminación en Wuhan, el primer foco de extensión de la pandemia, también fue interpretada por un buen número de usuarios de las redes sociales como una prueba de que el planeta se defendía de la nocividad del ser humano creando una enfermedad para la que no teníamos cura. La Tierra se purgaba de la plaga humana. Gaia se vengaba de nosotros.

La mayoría de estos tuits y posts no tenían una reflexión estructurada detrás. Eran simples comentarios rápidos que mezclaban ecologismo mal entendido, culpa judeocristiana y cultura de la distopía. Sin embargo, aunque las personas que los lanzaban a las redes no fueran conscientes de ello, compartían un marco de pensamiento peligroso. No solo porque eran tremendamente insensibles con el sufrimiento de miles de personas que están viendo enfermar y morir a sus seres queridos, que están luchando ellos mismos contra el virus o que están afrontando despidos y pérdida de ingresos, sino también porque contribuían a extender el sustrato necesario para el desarrollo de una ideología peligrosa, el ecofascismo.

Las semillas del ecofascismo
Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. En este marco de pensamiento, lo que se identifica como causa de la crisis es el exceso de seres humanos, por lo que la muerte de una buena cantidad de ellos sería la única posibilidad de restaurar el equilibrio ecológico.

La pregunta entonces es ¿quién va a morir? Parece difícil creer que las personas que defienden este tipo de ideas estén pensando en organizar el suicidio colectivo de su familia o asesinar a sus amigos. Lo más probable es que piensen que eso no va a sucederles a ellos, que van a estar en el grupo de población que no se vea afectado por esa medida. ¿A quién vamos a considerar “desechable” entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? En una sociedad capitalista parece bastante plausible que se esgrimiesen criterios de productividad y meritocracia, que en realidad solo encubrirían una tremenda violencia de clase contra los de más abajo. Los “desechables” probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Otra posibilidad sería que, desde esta ideología ecofascista, se quisiese aplicar un criterio demográfico. En la actualidad, la zona del mundo que presenta una mayor tasa de crecimiento de población es el África subsahariana, así que parece bastante probable que los países occidentales quisieran externalizar el exterminio de población a esta zona. La historia de violencia colonial niega cualquier tentación de considerarlo exagerado.

Más allá del exterminio directo de la población, se podrían optar por medidas como la esterilización. De nuevo, surge la misma pregunta ¿las personas que piensan que el ser humano es una plaga están considerando esterilizar a sus amigos, a sus seres queridos? ¿A quién vamos a esterilizar? Las esterilizaciones masivas tampoco son nuevas en la historia, ni ajenas a las democracias liberales: el Perú de Fujimori esterilizó sin consentimiento a 300.000 personas, la mayoría mujeres indígenas, entre 1996 y 2001; Japón esterilizó a 25.000 personas con enfermedades hereditarias o diversidad funcional entre 1948 y 1996 gracias a la Ley de Protección de la Eugenesia que buscaba “un Japón mejor”; Estados Unidos esterilizó forzosamente a más de 60.000 personas en la primera mitad del siglo XX, gracias a leyes de eugenesia que daban potestad a los funcionarios públicos para esterilizar a personas consideradas “no aptas” para tener hijos, la mayoría mujeres negras, indias, latinas y con diversidad funcional. Y podríamos seguir con decenas de ejemplos más por todo el mundo.

Otra posibilidad sería establecer políticas de limitación del número de hijos, como la política del hijo único vigente en China durante varias décadas. Sin embargo, con una natalidad desplomada en Occidente, lo más probable es que de nuevo esto se aplicase, haciendo uso de un alto grado de violencia colonial, a las zonas del mundo que tienen una tasa de fecundidad superior a la tasa de reposición, como África subsahariana o Asia occidental.

Si seguimos el razonamiento de muchos de los comentarios en redes sociales, parece que es el propio planeta el que se va a hacer cargo de la “purga” de la población a través de pandemias y enfermedades. Esto va bien para descargarnos de la responsabilidad de tener que asesinar o esterilizar, pero lo cierto es que es bastante absurdo. El planeta no es un ente con capacidad de pensar, no hace planes, no se venga del daño que le han causado los humanos. Esta especie de ecofascismo místico que antropomorfiza al planeta no solo no resiste ningún tipo de razonamiento lógico, sino que además es bastante desconsiderado con el sufrimiento de enfermos y familiares. Tienes que ser una persona bastante terrible para decirle a alguien que acaba de perder a su madre que en realidad es un sacrificio de Gaia.

Desviar el foco 
El marco ideológico del ecofascismo no es ajeno a algunos de los principales partidos de extrema derecha europeos. El Frente Nacional de Marine Le Pen o el Fidesz de Viktor Orban ya han hablado en varias ocasiones de la necesidad de endurecer el cierre de fronteras como medida de lucha contra el cambio climático. En una entrevista hace unos meses, Le Pen argumentaba que la preocupación por el clima es “inherentemente nacionalista” y que los “nómadas”, como llama a los migrantes, “no se preocupan por el medio ambiente porque no tienen patria”. De momento, las medidas que proponen no incluyen el exterminio o la esterilización forzosa de la población, pero parece irresponsable alimentar en redes el sustrato de este marco ideológico. Al fin y al cabo, solo hay un paso entre uno y otro, y la experiencia histórica ya nos advierte de lo sencillo que es recorrerlo.

Pero además de contribuir a extender las semillas del ecofascismo, los comentarios que señalan el exceso de población como causa de la crisis ecológica también desvían el foco del problema principal: el capitalismo. Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Esta misma población, con otra forma de organización social, podría vivir de forma sostenible.

Un estudio publicado en la revista Nature en enero de este mismo año mostraba que el planeta sería capaz de alimentar a 10.000 millones de personas, casi 3.000 millones más que en la actualidad, sin sobrepasar los límites ecológicos. Para ello, claro, serían necesarios cambios en la producción y en la dieta, como el descenso en el consumo de carne, la sustitución de unos alimentos por otros o la reducción del regadío y la fertilización química en determinadas zonas del planeta. El informe partía de un escenario capitalista, por lo que es fácil imaginar lo que podríamos hacer en otro escenario.

Responsabilizar de la crisis climática al conjunto de la población por igual también supone desviar el foco del problema de clase. La realidad, sin embargo, es que el 10% de la población más rica del planeta genera la mitad de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo. La mitad más pobre del planeta, en cambio, solo contribuye con un 10%. Las medidas destinadas a reducir la población parecen poco efectivas para hacer frente a una contaminación que es producida de forma mayoritaria por un conjunto bastante pequeño de la población mundial.

Si de verdad nos preocupa la crisis ecológica y esta no es una mera excusa para imponer políticas de cierre de fronteras y control de la población, deberíamos poner el foco en las relaciones de producción y consumo capitalistas y no en la cifra global de población. Y si nos preocupan las tasas de natalidad de algunas zonas del planeta ─según los datos de la ONU la global ya descendió hasta el 2,3 mujeres por hijo, muy cerca de la tasa de reposición de 2,1─ deberíamos hacernos fervientes feministas, porque si algo nos ha demostrado la experiencia histórica es que las tasas de natalidad descienden cuando las mujeres tienen el control sobre sus propios cuerpos y pueden acceder libremente a métodos anticonceptivos y a abortos seguros.

No necesitamos medidas de control de la población ni esterilizaciones masivas, y tampoco necesitamos pandemias que lo hagan por nosotros. Necesitamos acabar con un sistema de producción y consumo que está llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes y que ha supuesto ya el exterminio de cientos de miles de especies. Necesitamos entender que el capitalismo es un sistema fracasado que no es capaz de garantizar la supervivencia en el planeta y que debe ser sustituido por otra forma de organización social. Frente al riesgo de la extensión del ecofascismo, necesitamos articular un ecosocialismo que será necesariamente diferente del socialismo del siglo pasado, pero que nos permitirá garantizar la supervivencia de todos los habitantes del planeta ─humanos y no humanos─ y asegurar la mejor de las vidas posibles para todos, no solo para unos pocos. Quizá, como decía el filósofo Jason Read hace unos días, la elección del siglo XXI ya no es entre socialismo o barbarie, sino entre socialismo o extinción.
 Los hospitales de Estados Unidos están debatiendo la posibilidad de NO hacer maniobras de resucitación para reanimar a los pacientes con un paro cardíaco provocado por el coronavirus con el fin de evitar contagios entre el personal sanitario que les atiende.

miércoles, 25 de marzo de 2020

COVID-19

https://www.covidvisualizer.com/

El coronavirus aviva la 'guerra fría'

Lo que nos puede deparar esta pandemia: un mundo menos abierto, fin de la globalización, mayor dominio de China y debilitamiento del liderazgo norteamericano. 

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 Algunos dirigentes mundiales han acudido a la terminología bélica para referirse a la lucha contra el coronavirus. Resonancias churchillianas se han escuchado en Macron, en Sánchez o en Conte. Menos en Merkel, siempre más comedida. No en Trump, que ha vuelto a dar buena muestra de su incontinencia y su imprudencia.

La preocupación de la mayoría de los líderes mundiales ante una situación desconocida por su magnitud y duración es comprensible. Las invocaciones constantes a la unidad nacional, también. La cohesión social está comprometida en situaciones como ésta. Es difícil ceder a la tentación de sacar réditos políticos. Lamentablemente hemos asistido a algunos casos estos días. Las razonables críticas a la falta de agilidad en la respuesta están contaminadas, en algunos casos, por cálculos ventajistas.
En las relaciones internacionales, la crisis del Coronavirus ha dejado rastros muy inquietantes.

TRUMP DEMONIZA A CHINA
En el centro de la tormenta se sitúa China. La pandemia ha vuelto a tensar las relaciones entre las dos superpotencias. Las autoridades de Pekín revertieron una situación desfavorable, con una combinación de autoritarismo sin complejos y una determinación asombrosa. En buena parte del mundo occidental se observa un reconocimiento medido de la actuación china.

En la administración Trump, sin embargo, se ha preferido optar por el espíritu combativo de la guerra fría. Desde el absurdo término de “virus chino” empleado por el lenguaraz presidente, hasta los reproches directos o  velados de algunos de sus colaboradores. El secretario Pompeo acusó a Pekín de “provocar un riesgo para su pueblo y para todo el mundo”. El otrora ultraderechista jefe propagandístico, luego despedido, Steve Bannon, dijo que en realidad Trump se equivoca: no es “virus chino”, sino “virus comunista chino” (1).

Yanzong Huang, un colaborador del Consejo de Relaciones exteriores de Washington y especialista sanitario ha descrito la secuencia del enfrentamiento chino-norteamericano por el coronavirus (2). Lo curioso del caso es que Washington y Pekín comparten un historial de positiva colaboración en materia de pandemias. Al comienzo de la crisis, parecía que se iba a seguir en la misma línea. Trump charló cordialmente por teléfono el 7 de febrero con Xi Jinping y le ofreció la ayuda del Centro de prevención de enfermedades.

Pero algo ya se había torcido horriblemente unos días antes. Comenzaron los cruces de reproches y amenazas y el postureo nacionalista por ambas partes. A los chinos les ofendió la publicación de unos artículos en la prensa americana y expulsó a periodistas de varios medios afincados en Pekín (Wall Street Journal, New York Times y Washington Post). Las palabras subieron de tono hasta alcanzar el ridículo: acusaciones mutuas de haber provocado deliberadamente la producción y extensión del virus. Hasta llegar a la situación actual.

Otros veteranos de la cooperación china-norteamericana como Paul Haenle, miembro de las administraciones Obama y Bush Jr., (3) abogan por la recuperación de la confianza, en beneficio de la salud mundial, como han hecho, por ejemplo, Bill y Melinda Gates, que donaron 5 millones de dólares a China el pasado mes de enero, o el multimillonario chino Jack Ma, que envió un millón de mascarillas y 500.000 kits de pruebas a Estados Unidos.

Xi Jinping
Xi Jinping

EL 'DESACOPLAMIENTO'
Todo inútil. Centauros de la guerra fría insisten en el “poder maligno” de Pekín y en la necesidad de adoptar medidas en consecuencia. En esta administración y fuera de ella hay una línea de pensamiento que ha ganado fuerza en los dos últimos años: la promoción de lo que se ha llamado el desacoplamiento de las economías norteamericana y china. Se apreció claramente durante la reciente guerra comercial (inacabada). Mientras unos altos cargos pretendían simplemente obtener concesiones de Pekín, esa corriente radical vio llegado el momento de presionar a favor de desvincular progresivamente las economía de las dos superpotencias (4).

La lógica del desacoplamiento ha resurgido ahora como consecuencia del coronavirus, como era de temer. Los reproches sobre la supuesta estrategia de Pekín de favorecer la dependencia occidental en material sanitario (mascarillas, herramientas de pruebas, equipos de protección individual, etc.) han encontrado eco en el Congreso. Algunos legisladores republicanos han presentado proyectos de ley para reducir los intercambios entre los dos países en el dominio sanitario.

Los partidarios de la línea dura en las relaciones comerciales con China aseguran ahora que, debido a la recesión económica provocada por la crisis, Pekín no estará en condiciones de honrar el compromiso que puso fin a la guerra, en particular la compra adicional de productos norteamericanos por valor de 200.000 millones de dólares.

LAS VÍCTIMAS MÁS VULNERABLES        
Mientras la paranoia de la seguridad cunde, se observa menos preocupación por la suerte de las poblaciones más vulnerables, como son los refugiados, por ejemplo. La ONU y las ONG han denunciado estos días la pavorosa situación de desprotección en la que se encuentran los 70 millones de personas desplazadas en todo el mundo. Se ha hecho especial hincapié en los cuatro millones de sirios agolpados en Turquía o llegados a Grecia, en otros tantos yemeníes al borde de la desnutrición, en los afganos que malviven en Pakistán o en Irán, o en los rohingya expulsados de Myanmar, o los incontables y olvidados africanos. Sin dejar de tener en cuenta, claro está, a los refugiados más estables o más veteranos, como los palestinos de Gaza y de todo Oriente Medio (5). Para ellos no hay material de protección, ni lo habrá. Y en un hábitat de hacinamiento e insalubridad, no hay lugar para la “distancia social”.

Trump ha respondido a esta inquietud creciente, a su estilo: limitando aún más un ya escuálido derecho de asilo en Estados Unidos. Estos seres humanos preocupan bastante menos que las supuestas maquinaciones perversas de los enemigos reconocibles.

Otros analistas más templados tratan de ofrecer una visión más allá de la angustia actual sobre cómo el Coronavirus cambiará el mundo. Una docena de expertos en relaciones internacional ofrecen un diagnóstico ligeramente pesimista: un mundo menos abierto, fin de la globalización en su estado actual, mayor dominio de China, más estados fallidos y debilitamiento del liderazgo norteamericano.
Pero también se hace virtud de la necesidad y se predice un renovado sentimiento de resistencia, la reinvención de empresas y sectores, la urgencia de diseñar nuestras estrategias de convivencia mundial y una optimista invocación de cada cual a sacar lo mejor de sí mismos (6). Lo que Macron, Sánchez y Conte, por citar sólo a los líderes europeos más agobiados, han tratado de hacer desde ya mismo.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/geopolitica-coronavirus-pandemia-guerrafria-eeuu-china-globalizacion/20200325084200172603.html

lunes, 23 de marzo de 2020

Lo absurdo nace...

René Magritte
 "Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo"

Albert Camus

El filósofo Byung-Chul Han sobre la pandemia: El COVID-19 no vencerá al capitalismo

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han es, sin duda, uno de los filósofos más famosos y respetados de la actualidad. Es un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo.

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras.

Compartimos con vosotros el análisis del filósofo de origen coreano y residente en Berlín, a propósito de la pandemia desatada por el el coronavirus COVID-19.

byung chul han cultura inquieta
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han

Entre los varios análisis y artículos de opinión y reflexión que sin duda muchos esperábamos a propósito del momento en que vivimos se encuentra el de Byung-Chul Han, un filósofo especialmente agudo e inteligente y en quien destaca una capacidad de síntesis pocas veces vista en la historia de la disciplina.

A Han le debemos algunos conceptos particularmente útiles para entender nuestra época, entre otros, los de la “sociedad del cansancio”, el “sujeto del rendimiento” y la idea de “positividad” como una característica fundamental de nuestras sociedades (para Han vivimos en un “infierno de lo igual”, en donde el afán de efectividad y optimización hace que todo tienda a parecerse).

Este 21 de marzo, el diario El País publicó un texto en el que Han examina algunos de los efectos que ha tenido la crisis sanitaria, social y geopolítica desatada por el coronavirus COVID-19, surgido en China pero que a la fecha se encuentra ya en todo el mundo. El filósofo se detiene en algunos fenómenos puntuales provocados por esta pandemia.

Han comienza por señalar el regreso de la soberanía al que se asiste en Europa, el cual se manifiesta en los actos del cierre de fronteras, la prohibición del paso a inmigrantes y otros que, a decir del filósofo, son anacrónicos, pues corresponden a una idea pasada y sin vigencia tanto del “soberano” (en el sentido de dirigente de un país) como de la soberanía de un Estado.

Por otro lado, Han esgrime algunos elementos sobre la superioridad de la respuesta de los gobiernos asiáticos frente a la epidemia (en comparación con los gobiernos europeos), que se explica según Han por el uso que han dado éstos al “big data”, esto es, al enorme cúmulo de datos e información que proviene sobre todo del uso de los teléfonos inteligentes, las tarjetas de crédito y el Internet en general, lo cual ha permitido rastrear con un detalle inusitado los movimientos de personas contagiadas de COVID-19 o en riesgo de contagio.

Según el filósofo, esta estrategia sería impensable en los países europeos, donde las ideas de “privacidad”, “intimidad” e “individualidad” se combinan para crear una gran resistencia social al uso de los datos personales. “Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa”, dice contundentemente el filósofo.

Finalmente, Han intenta dar respuesta a la que sin duda es una pregunta que muchísimas personas tienen ahora en mente: ¿por qué si el virus no es tan letal (su tasa de mortalidad continúa alrededor del 4%, esto es, cerca de 4 personas fallecidas por cada 100 infectados), por qué entonces la respuesta del mundo ha sido tan desmedida, en especial la respuesta simbólica: la respuesta emocional colectiva, la de los mercados financieros, la de los discursos políticos, etc.? En términos generales puede decirse que se ha creado un ambiente general de pánico excesivo que no parece corresponderse del todo con las cifras absolutas del daño provocado por el coronavirus? “Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía”, dice Han. ¿Por qué?

byung chul han cultura inquieta 2
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han
 A decir del filósofo, esta reacción puede comenzar explicarse con la hipótesis de que “hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos”, una idea quizá un tanto arriesgada o que podría percibirse como alejada del problema pero que, en el sistema de pensamiento del filósofo, guarda coherencia con varias de sus exposiciones previas. Escribe Han:
"En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas.

Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo.

Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital.

La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo.

Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva.

La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo."

Y continúa:
"Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus.

Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera.

El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente."

Hasta este punto, la perspectiva de Han se asienta, como vemos, en su idea de la “positividad”: dado que las sociedades contemporáneas han tendido (voluntaria e involuntariamente) a expulsar todo indicio de negatividad, de diferencia y de otredad (en aras de conservar únicamente lo funcional, lo útil, lo eficaz, etc., lo cual en última instancia deriva en “lo mismo”), ahora que se presenta un elemento que justamente reúne todas esas características: es ajeno, es imprevisible, es nuevo (y, por lo tanto, diferente), es nocivo…

En fin, es la negatividad condensada en un sólo agente. No resulta extraño entonces que, desde la hipótesis de Han, en sociedades como las actuales, tan acostumbradas a únicamente dar cabida a lo “positivo”, la irrupción de este nodo de negatividad sea recibido con reacciones tan excesivas en el orden simbólico.

A esta idea Han añade otro elemento que es igualmente interesante y necesario para pensar la situación contemporánea, no sólo al respecto de la epidemia sino a la forma en que habitamos la realidad; dice el filósofo:
"Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa.

La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia.

Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción.

La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad."

En la tendencia hacia la positividad hemos creado un recelo hacia todo lo que implique contradicción, conflicto, desencuentro, siendo que, como sugiere Han entre líneas, estos y otros son estados propios de nuestra relación con la realidad.

El filósofo lo resume con maestría: “la realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece”.
Dicho con otras palabras, no hay ni experiencia ni conocimiento de la realidad si no aceptamos que, por definición, ésta se nos resiste.

Paradójicamente, en nuestra resistencia a esa resistencia, es decir, en nuestra reticencia a aceptar que para experimentar y conocer la realidad tenemos que lidiar con las contradicciones propias de ésta, con sus conflictos y los desencuentros que emanan de ella.

De otro modo, nos estamos negando a experimentar lo que vivimos, creándonos una barrera de falsedad en la percepción que se interpone entre la realidad y nuestra experiencia de ésta.

¿Necesitamos, entonces, de un enemigo? Expresada así, la idea suena quizá un tanto radical. Pero es claro, si seguimos la argumentación de Han, que el mundo necesita de la negatividad (en todas sus expresiones) para despertar del letargo en el que ha vivido al menos desde el fin de la Guerra Fría.
Las inercias derivadas del capitalismo en las que viven ahora las sociedades de prácticamente todo el mundo –la ganancia económica como objetivo señero de toda acción, el individualismo, el racionalismo aplicado a ultranza y en todos los campos posibles, la pretendida primacía de la ciencia como único saber válido, etc.– tienen que detenerse en algún punto.

Y no es que el virus sea ese punto. Como dice Han: contrario a lo que piensa Slavoj Zizek, “el virus no vencerá al capitalismo”. Pero sí, en todo caso, esta crisis inicialmente sanitaria está dejando ver todos esos ámbitos en donde es necesario reconsiderar nuestras formas de ser y estar en el mundo.

A este respecto, Han termina su texto de este modo:
"Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta."

Texto completo de Byung-Chul Han: La emergencia viral y el mundo de mañana, en El País

Fuente: https://culturainquieta.com/es/pensamiento/item/16613-el-filosofo-byung-chul-han-sobre-la-pandemia-el-covid-19-no-vencera-al-capitalismo.html