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miércoles, 14 de abril de 2021

¿Un republicanismo trans-ibérico?

 Con 600 millones de hispanoparlantes y 260 millones de habla portuguesa, las posibilidades del trans-iberismo son inmensas. Podría ser un antídoto a la internacional neofascista y contribuir a un nuevo orden menos imperial y más republicano

Una miliciana del movimiento anarquista del CNT y la FAI despliega la bandera rojinegra en Barcelona (1936).
A pocos días del 90 aniversario del 14 de abril de 1931, emociona leer el reciente ensayo de Ian Gibson, Hacia la República Federal Ibérica. Reflexión y sueño de un hispanista irredento. En él, el hispanista irlandés, biógrafo, entre otros, de Federico García Lorca y de Antonio Machado, recupera la necesidad de conectar el iberismo a un nuevo republicanismo capaz de estrechar vínculos entre los pueblos y gentes de toda la Península, pero también más allá de sus fronteras. 

En medio de la espesa niebla pandémica, el Iberismo puede parecer una empresa lejana a las preocupaciones actuales de la gente. No obstante, como el propio Gibson muestra, son cada vez más las personas que tanto en Portugal como en España consideran que un mayor conocimiento y una cooperación más estrecha entre los pueblos peninsulares comportaría ventajas innegables. De entrada, contribuiría a una mayor toma de conciencia de una riqueza lingüística, cultural, plurinacional, tan formidable como poco aprovechada. Asimismo, reforzaría el peso de los países del Sur en Europa y ofrecería –como se ha visto la propia negociación de fondos de recuperación– un saludable contrapeso a las grandes potencias centrales y nórdicas.

Junto a ello, existe sin embargo otra importante razón para rescatar la necesidad de un nuevo republicanismo ibérico, o mejor, trans-ibérico, para utilizar el término acuñado por el escritor José Saramago con el objetivo de incluir en él tanto a América Latina como a África. Y es que ese proyecto republicano aparece hoy como un eficaz antídoto al proyecto reaccionario, también transoceánico, con el que la extrema derecha pretende ganar influencia política y económica en lo que, de manera algo críptica, llaman la “iberoesfera”.     

Este último objetivo, defendido abiertamente por Santiago Abascal y sus adláteres, utiliza la vieja retórica imperial, autoritaria y nacional católica del franquismo. Pero se plantea recrearla, con la ayuda de fenómenos como el trumpismo, de la mano de personajes como Steve Bannon y de aliados como Bolsonaro, en Brasil, o como el fugado exministro golpista de Bolivia Arturo Murillo. Con el objeto de gobernar la “iberoesfera”, precisamente, la ultraderecha española ha impulsado iniciativas como la Fundación Disenso, cuyo objetivo sería combatir, a uno y otro lado del Atlántico, lo que con desdén denominan el “consenso progre”, un epíteto que en realidad incluye las grandes conquistas civilizatorias de nuestro tiempo, desde los derechos humanos y la defensa de la justicia social y ambiental, hasta el feminismo o el respeto por los derechos de las personas migrantes o LGTBI.

1- Las diferentes declinaciones políticas del iberismo

En un contexto de este tipo, un rescate del republicanismo iberista como el que plantea Gibson adquiere una importancia de primer orden. Ya desde la revolución francesa, el republicanismo de ámbito ibérico fue una pieza central de las iniciativas más modernas y vanguardistas que se fraguaron a ambos lados del río Tajo.

Fue en 1792, de hecho, cuando el abate sevillano José Marchena lanzó una primera propuesta de República federal ibérica que todavía hoy sorprende por su audacia. Y lo mismo puede decirse de las propuestas iberistas lanzadas durante la llamada Revolución liberal de Oporto de 1820 por progresistas portugueses que estaban en contacto con los seguidores de Rafael del Riego que luchaban contra el absolutismo de Fernando VII.

Algunas de estas iniciativas apuntaban a un Iberismo fusionista, moderado, partidario simplemente de reunir a Portugal y España bajo un único proyecto, pero siempre monárquico. Este fue el sentido, por ejemplo, de la iniciativa pionera apoyada por el diplomático catalán Simbald de Mas, quien en La Iberia, de 1851, defendió las ventajas económicas, políticas y sociales de la unión de las dos monarquías en un solo reino multinacional. Junto a estas propuestas, en todo caso, hubo otras más radicales y democráticas, directamente republicanas, como la que llegó a plantear la unión federada de siete repúblicas peninsulares, de las cuales cinco estarían del lado español y dos del portugués.

En general, cuando las ideas republicanas se abrían paso a ambos lados del Tajo, los proyectos iberistas, progresistas, cobraban fuerza, sobre todo porque la monarquía aparecía como un tapón para los avances científicos y para la democratización y modernización de la Península. Y a la inversa, cuando la monarquía se restauraba, iba acompañada de iniciativas anexionistas, como la que intentó impulsar Alfonso XIII de Borbón, o de alianzas reaccionarias, sin ninguna aspiración democratizadora, como las que establecieron Franco y Oliveira Salazar en el contexto de la Guerra Fría.

2- Los orígenes del republicanismo ibérico

A pesar de su escasa visibilidad presente, las iniciativas iberistas, republicanas, atravesaron la historia peninsular a lo largo de todo el siglo XIX. En pleno fragor de la revolución francesa de 1848, por ejemplo, ya había en París centenares de exiliados de toda la Península debatiendo estrategias comunes y organizando manifestaciones iberistas. Más tarde, y bajo el influjo aún vivo de la Comuna parisina de 1871, la Primera República Española de 1873 también dio pábulo a propuestas iberistas antimonárquicas, de claro contenido social y de inspiración municipalista, cantonal, federales y confederales. 

Uno de los efímeros presidentes de la Primera República española, Francesc Pi i Margall, criticó en su libro Las Nacionalidades, de 1877, la política prepotente, agresiva y unitarista que la monarquía española había tenido con Portugal. En su opinión, y partiendo de ejemplos como el de Suiza, hacía falta un régimen confederal más que simplemente federal para que el país vecino aceptara algún tipo de unión ibérica. También el federalista y socialista cartagenero Fernando Garrido escribió por ese entonces un precioso libro –Los Estados Unidos de Iberia, de 1881– defendiendo el republicanismo ibérico como la única alternativa viable a la decadencia del régimen centralista y oligárquico de la Primera Restauración borbónica. Y algo similar ensayó el socialista portugués Sebatião de Magalhães Lima, quien en 1893 publicó en francés La Federación Ibérica, donde entre otras cuestiones describía un encuentro republicano e iberista realizado en Badajoz, con representantes políticos y de la sociedad civil de ambos lados de la frontera hispano-lusa.   

Hacia finales de siglo, la idea de un iberismo de los oprimidos, que incluyera a las clases trabajadoras y no simplemente a las élites, fue cuajando en círculos socialistas y anarquistas de toda la Península. Entre los más entusiastas había figuras como las del republicano federalista Teófilo Braga, quien antes de ser presidente de la República portuguesa en 1915 había escrito un prólogo para el libro Iberisme, escrito en catalán por el periodista y poeta Ignasi Ribera i Rovira. También formaron parte de estas corrientes artistas notables como Eça de Queirós o Antero de Quental. Este último, influido como muchos de sus coetáneos por el anarquismo de Proudhon y por el socialismo utópico, pronunció en 1871, en el Casino de Lisboa, una conferencia titulada Causas da decadência dos povos peninsulares nos últimos três séculos. En ella, identificaba los factores clave en la explicación del declive. La expansión ultramarina, que había favorecido el rentismo y el dinero fácil; la contrarreforma católica, con su carga de intolerancia inquisitorial; y el absolutismo monárquico, desde el de Felipe II –“verdugo de las naciones”– hasta el borbónico. A la “monarquía centralizada, uniforme e impotente”, Antero oponía la “federación republicana […] de todas las voluntades soberanas, ampliando y renovando la vida municipal, dándole un carácter radicalmente democrático, porque solo ella es base e instrumento natural de las reformas prácticas, populares, niveladoras”.

El vínculo entre ese republicanismo ibérico federal y las nuevas ideas socialistas y anarquistas no fue algo excepcional. En 1872, el propio Antero organizó la sección portuguesa de la Asociación Internacional de Trabajadores y se presentó a las elecciones como candidato socialista. Al calor de este clima político cultural se crearían también organizaciones como la Federación Anarquista Ibérica, de 1927, o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, de 1932.

3- Una Iberia republicana, federal y plurinacional

El propio poeta Fernando Pessoa, tan complejo en sus afinidades ideológicas, saludó a la República que en 1910 derrocó al rey Manuel II como un primer paso hacia lo que llamaba “la civilización ibérica”. Ese ideal, que dibujó en su texto “El problema ibérico”, exigía acometer algunos cambios inaplazables. De entrada, abolir la monarquía borbónica española, a la que detestaba. Segundo, impulsar algún tipo de articulación confederal de la Península en sus tres “nacionalidades esenciales”: Castilla, Catalunya y el Estado galaico-portugués con sus tres lenguas respectivas (Pessoa no mencionaba aquí a Euskadi, aunque también reconocía su especificidad nacional). Tercero, “expiar el crimen que cometimos al expulsar de la Península a los árabes que la civilizaron”. Cuarto, conseguir que España abandonara el “vasto sepulcro” de Marruecos, y Portugal sus colonias, a las que ya no tenía derecho.

Ideas como las de Pessoa y otros iberistas resonarían en muchas otras tradiciones republicanas peninsulares. Desde luego, en el republicanismo andaluz de Blas Infante, para quien era central poner en valor la herencia árabe “tolerante y de libre civilización”, como la describía Pessoa. También una parte importante del republicanismo gallego y catalán recibieron estas propuestas con entusiasmo.

Ramón María del Valle Inclán defendió siempre la idea de una federación ibérica. De hecho, propuso la división de la península en cuatro grandes zonas coincidentes con las que plantearon los romanos: Cantabria, Bética, Tarraconense y Lusitana, y sugirió que Bilbao, Sevilla, Barcelona y Lisboa fueran como capitales como Madrid. La primera Asamblea Nacionalista de Lugo, de 1918, proclamó abiertamente la necesidad de que las diferentes nacionalidades peninsulares fueran reconocidas “en una Gran Iberia”. La segunda, de 1919, pidió directamente que se anulara el pasaporte con Portugal. Y Alfonso Castelao, figura prominente del republicanismo gallego, defendió con igual entusiasmo el iberismo en sus reflexiones sobre “Hespaña” incluidas en su obra Sempre en Galiza.

En Cataluña, la idea de un iberismo republicano y plurinacional, superador del centralismo uniformista de los Borbones, se fue gestando a partir de escritos como el ya citado de Ribera i Rovira o los del poeta Joan Maragall, quien acompañó su Adéu a la España humillada en Cuba y Filipinas con un encendido Himne Ibéric que entusiasmó a Miguel de Unamuno, otro iberista convencido, aunque más cultural y “espiritual” que estrictamente político.

Las emociones positivas que el iberismo despertaba en muchos círculos republicanos eran tales que no sorprende que Francesc Macià, presidente de la Generalitat por Esquerra Republicana de Catalunya, proclamara en 1931 “la República catalana dentro de una Federación de Repúblicas ibéricas”. O que la propia Constitución de la II República concediera la doble nacionalidad a los lusitanos afincados en España, así como a los brasileños.

4- La transición a la monarquía parlamentaria y el olvido del iberismo

Tras la caída de la II República, la dictadura franquista recuperó las veleidades neocoloniales y nacional-católicas que habían entusiasmado a Alfonso XIII y marginó y reprimió a las tradiciones ibéricas. Franco y Oliveira Salazar, de hecho, no pasaron de celebrar en 1942 un escueto Pacto Ibérico que renunciaba a cualquier aspiración iberista, limitándose a resguardar las fronteras y a asegurarse la pervivencia de los dos regímenes dictatoriales.

Con el movimiento antifranquista, en cambio, las propuestas republicanas de alcance ibérico reaparecieron, sobre todo bajo el influjo de la Revolución portuguesa de los Claveles de 1974. Pero aquello duró poco. La transición de la dictadura a una monarquía débilmente parlamentarizada no tardó en desdibujar o minimizar estas iniciativas. Y no solo eso. A partir de los fastos del Quinto Centenario de 1492 y sobre todo de la llegada al poder de José María Aznar, comenzó a ganar fuerza un nuevo nacionalismo de Estado, españolista, neoliberal y dócilmente subordinado al Gobierno de los Estados Unidos, aunque furiosamente autoritario respecto de su pluralidad nacional interna y ferozmente neocolonial en su relación con América Latina y África.

Esta deriva, en todo caso, no se produjo sin resistencias. Hacia 1990, José Saramago decidió profundizar algunas de las ideas de Pessoa en un texto titulado “Mi iberismo” que incorporó como prólogo al prolijo libro Sobre el iberismo, y otros escritos de literatura portuguesa de César Antonio Molina. En su introducción, el autor de La balsa de piedra (A janglada de pedra) reconocía la existencia en Portugal de cierto recelo frente a la prepotencia española-castellana, mayor incluso que ante los abusos de Inglaterra o Francia. No obstante, consideraba que era imprescindible recuperar una perspectiva ibérica que impulsara un diálogo renovado, no ya solo entre dos Estados, sino entre todas las naciones y gentes peninsulares, como quería el propio Pessoa. Por otro lado, el futuro Nobel de Literatura se mostraba convencido de que ni Portugal ni España podían apuntarse a un europeísmo eurocéntrico y frívolo que acabara convirtiendo el “ser europeo [en] el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna”. Por el contrario, defendía la necesidad de volver “los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano”.

5- Hacia una red republicana fraternal y trans-ibérica

Estas reflexiones de Saramago sobre la necesidad de un iberismo democrático, transoceánico, continuaron en las décadas siguientes. Junto a su compañera Pilar del Río, estimuló estos debates no solo en la Península sino en los Foros Sociales que, a partir de 2001, se plantearon como contrapunto a los Foros de Davos, haciendo suya la consigna de que “Otro mundo es posible”. En estos Foros, Saramago discutió las potencialidades de este iberismo contrahegemónico junto a activistas y pensadores de izquierdas y anticolonialistas como el republicano gallego Xosé Manuel Beiras, el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, la líder indígena y activista guatemalteca Rigoberta Menchú o el escritor Eduardo Galeano. En estos debates, el reconocimiento de una Iberia plurinacional y plurilingüe se mostró inescindible del reconocimiento de una América igualmente plural. Esto es, no exclusivamente hispano-portuguesa sino respetuosa de los pueblos originarios que antes de la llegada de Colón ya habitaban lo que el pueblo Kuna en Panamá y Colombia denominó Abya Yala (Tierra Viva o Tierra en florecimiento).

Este debate sobre la pluralidad nacional no sólo de la Península sino del propio continente americano se plantearía con fuerza, años después, en países como Bolivia, Ecuador o México. Pero no se agotaría en una discusión puramente cultural. Vendría acompañada, también, de una crítica al neocolonialismo económico impuesto por ciertas oligarquías políticas y económicas del Norte aliadas con otras del Sur. A partir de este debate y de la aparición de nuevos movimientos sociales que denunciaron esta realidad, se planteó la necesidad de pensar una comunidad, una confederación Ibero-afro-americana de repúblicas no solo con intereses culturales compartidos, sino comprometidas con relaciones económicas justas, no depredadoras y ecológicamente sostenibles.

Con unos 600 millones de hispanoparlantes en el mundo y unos 260 millones de habla portuguesa, las posibilidades del trans-iberismo son hoy inmensas. De hecho, no solo podría ser un eficaz antídoto a la internacional neofascista con la que sueñan los Bolsonaro, los Trump o los Abascal de turno. También podría contribuir a la construcción de un nuevo orden global menos imperial, menos colonial, más policéntrico y más republicano, a la altura de los tiempos.

Como bien recuerda el estimulante ensayo de Gibson, un nuevo republicanismo transibérico está lejos de ser una causa perdida. No solo porque sus partidarios crecen en toda la Península, sino porque podría ser el embrión de una prometedora Matria –más que Patria– ibero-afro-americana. Esa nueva “terra da fraternidade”, capaz de conectar el Mediterráneo con el Atlántico del Norte y del Sur, resultaría –qué duda cabe– tan inspiradora como la evocada por Grândola, vila morena en los inolvidables días de la revolución de abril de 1974.

Fuente:  https://ctxt.es/es/20210401/Firmas/35650/republica-iberismo-trans-iberico-valle-inclan-pessoa-monarquia-pisarello.htm

martes, 4 de agosto de 2020

La huida de Juan Carlos encadena tres generaciones seguidas de Borbones fuera de España

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Lausanne (Suiza), Marzo 1969.- Juan de Borbón y Juan Carlos pasean por "Villa Fontaine", residencia de la reina Victoria Eugenia, que se encontraba enferma.

Nació en el exilio en la Italia fascista de Benito Mussolini. Y afronta el ocaso de su vida huyendo de la justicia española. El rey emérito, Juan Carlos I (Roma, 1938), es hijo y nieto de Borbones que vivieron fuera de España. Su abuelo, Alfonso XIII, abandonó España mientras se proclamaba la Segunda República, en abril de 1931, después de haber apadrinado, a la manera italiana –como hizo Víctor Manuel con Mussolini– la dictadura de Primo de Rivera –1923-1930–. Alfonso huyó en su coche hasta Cartagena en la noche del 14 al 15 de abril, y de allí partió hacia Marsella para concluir su huida en París.

De aquella época se atribuye al escritor Ramón María del Valle Inclán la siguiente frase: “Los españoles han echado al último Borbón, no por rey, sino por ladrón”.

Unamuno 2.0 on Twitter: "“Los españoles han echado al último ...

Su padre, Alfonso XII, ya había accedido al trono a finales de 1874 proveniente del exilio al que recurrió su madre, la reina Isabel II, cuando estalló la Revolución Gloriosa de 1868 –que alumbró el Gobierno Provisional (1868-1871), la monarquía de Amadeo de Saboya (1871-1873) y la I República (1873-1874), liquidada por el golpe de estado del general Pavía–. Previamente, entre 1808 y 1814, otro Borbón, Fernando VII, abandonó España, en este caso a consecuencia de la invasión napoleónica.

Sin embargo, Alfonso XIII acabó sus últimos años de vida en Roma, donde su hijo Juan tuvo a Juan Carlos dos años después del inicio de la Guerra Civil española. Y fue así no sólo por la huida de Alfonso de una España que se había hecho republicana, sino porque Franco tampoco quiso la ayuda de los Borbones en la Guerra Civil: el 1 de agosto de 1936 el general Mola despachó a un Juan de Borbón, que había cruzado la frontera francesa con camisa azul para ponerse al servicio de los golpistas.

Pero no le querían: el futuro "caudillo de España por la gracia de Dios" no estaba dispuesto a compartir el poder con un linaje que llevaba ocupando la monarquía española desde la guerra de sucesión (1701-1713).

Alfonso XIII murió en Roma a principios de 1941, cuando su nieto Juan Carlos tenía tres años, y fue el momento en el que Juan se trasladó a Lausana, donde proclamó, después de que el final de la Guerra Civil desembocara en una dictadura en la que Franco no había reservado ningún papel para los Borbones, su aspiración de volver a España como rey, algo que nunca ocurrió: Franco logró que saltara el orden dinástico en favor el ahora huido Juan Carlos I. Las gestiones borbónicas con la Alemania nazi y la Italia fascista habían resultado estériles.

En 1944, como recordaba La Vanguardia, Francisco Franco le decía lo siguiente a Juan de Borbón, instalado en Lausana: "a) La Monarquía abandonó en 1931 el poder a la República. b) Nosotros nos levantamos contra una situación republicana. c) Nuestro Movimiento no tuvo significación monárquica, sino española y católica, d) Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no era monárquico (...) Por lo tanto, el Régimen no derrocó a la Monarquía ni está obligado a su restablecimiento". Cuatro años después, en 1948, Juan de Borbón pactaba con Franco que su hijo Juan Carlos se instalara en España.

Lausana, Suiza, un paraíso fiscal: allí fue donde Juan de Borbón, quien posteriormente renunciaría a a sus derechos dinásticos, abrió una cuenta que legó a su hijo Juan Carlos con 375 millones de pesetas. Según reveló el diario El Mundo, el conde de Barcelona dejó a sus hijos bienes y fondos por un valor de 1.100 millones de pesetas tras su muerte, el 1 de abril de 1993. La mayor parte de ese patrimonio se encontraba en tres cuentas en Suiza, dos en Lausanne y una en Ginebra. En ellas había fondos depositados por un valor de 728,75 millones de pesetas, que al cambio actual, y aplicando el IPC de estos últimos 20 años, serían unos 7,85 millones de euros. A esa cantidad se sumaría un patrimonio inmobiliario cercano a los 350 millones de pesetas, entre el que destacan el chalet familiar de Puerta de Hierro en Madrid, un edificio en la Gran Vía de la capital y un apartamento en la ciudad portuguesa de Estoril.

Tal y como afirmaba El Mundo, el grueso de las cantidades depositados en las cuentas suizas de Juan de Borbón acabó en manos del rey. En concreto, unos 375 millones de pesetas. Juan Carlos de Borbón los recibió a través de tres cheques que fueron ingresados el 21 de octubre de 1993, momento en el que se procedió al reparto de la herencia, en la cuenta 10.031 de Sogenal –Société Générale Alsacienne de Banque–, de Ginebra.

Buena parte de los fondos que recibió el rey procedían de una de las cuentas de Lausanne denominada en el testamento "cuenta de usufructo". Esta cuenta, de la Société de Banques Suisse, fue parcialmente vaciada, pero siguió abierta con un saldo de 24 millones de pesetas. Los albaceas recomendaron al rey y sus hermanas, que recibieron 172 y 131 millones cada una, que no repatriaran la fortuna para no levantar sospechas sobre el patrimonio del conde de Barcelona, de quien siempre se dijo que no contaba con importantes bienes.

Unos dineros opacos en cuentas secretas en lugares donde casi no se pagan impuestos que son los que han terminado de acorralar al emérito: el anuncio de su marcha se produce, precisamente, en plena investigación judicial de las finanzas de Juan Carlos.

Si algo aprende un rey en el exilio es que sólo tiene una misión en la vida: conservar el trono. Juan de Borbón lo aprendió en Roma, en Lausana y en Estoril, donde instaló la corte con la que empezó a conspirar tras abandonar Lausana. Y, como lo aprendió, cedió los derechos dinásticos a su hijo Juan Carlos, como lo había hecho Alfonso con él meses antes de morir. Está en el ADN de quien aspira a monarca.

Ahora, Juan Carlos sigue los pasos de su padre y de su abuelo. Al contrario que su padre, parece que consiguió amasar una fortuna para sufragar varios exilios. Como su padre, está tomando una decisión que pretende despegar su caso de la corona de su hijo para, así, preservar la primera misión de un rey: preservar el trono. Y, durante un tiempo, la jugada salió bien: el 23F le dio a Juan Carlos una legitimidad que no tenía después de haber jurado los principios fundamentales del régimen franquista en 1969; España parecía más juancarlista que monárquica, y los principales partidos del régimen del 78, PSOE y PP, apuntalaban a un jefe del Estado hasta el punto de acordar su abdicación en el verano de 2014 cuando su situación ya era insostenible.

Juan de Borbón regresó a España en 1963, después de 32 años. La huida de Juan Carlos seis años después de entregar la corona a su hijo encadena tres generaciones seguidas de Borbones fuera de España, con la incógnita de si, como su padre, volverá a pisar suelo español. O, como su abuelo, no llegará a hacerlo.

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Felipe saluda al dictador en el pazo de Meirás, aún propiedad de la Fundación Francisco Franco, en julio de 1975, dos meses antes de que Franco firmara las últimas sentencias de muerte antes de fallecer. EFE

Fuente: https://www.eldiario.es/politica/huida-juan-carlos-encadena-tres-generaciones-seguidas-borbones-fuera-espana_1_6145892.html

martes, 28 de julio de 2020

A los Borbones los echamos, pero siempre vuelven, vivos o muertos

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Una esquina cualquiera. Vía
@TomasGalvanM
En la historia familiar de los Borbones se ha visto de todo. Felipe V, el primero, llegó en la vuelta de esquina del siglo XVIII tras la Guerra de Sucesión, una guerra privada entre pretendientes, Felipe, duque de Anjou, frente al archiduque Carlos de Austria, en la que el pueblo, los súbditos, contaban poco.

A los Borbones los echamos pero siempre vuelven. Ciertamente unos vivos como Alfonso XII y otros muertos como Alfonso XIII. El rey Juan Carlos recorrió el camino inverso de su abuelo, Alfonso XIII, que pasó del Palacio Real al exilio. Juan Carlos volvió del exilio y a punto está de volver a él.

En el plano familiar quizás la historia destaque el hecho de que Felipe VI renunciara a los dineros espurios donación de su padre, que suspendiera a éste de empleo y sueldo y que esté a punto de desahuciarle del palacio donde oficialmente todavía reside Juan Carlos I, primero y quizás último.

No faltan antecedentes. La historia recoge hechos embarazosos como los que protagonizaron Carlos IV y Fernando VII dándose sendos autogolpes, abdicándose mutuamente bajo la presión de Napoleón. Y recoge la traición de Fernando a la Constitución liberal de 1812, “la Pepa”, restableciendo el gobierno absoluto. Al final de sus días, asesta un golpe de Estado sucesorio a favor de su hija Isabel y contra su hermano Carlos, lo que generaría una guerra fratricida que marcaría la historia decimonónica y que prolongaría sus efectos hasta la sublevación de Franco y, bien mirado, hasta la mismísima ETA.

Afortunadamente, gracias a aquel golpe dinástico, un matrimonio de conveniencias de la Corona con los liberales, España marchó por la senda constitucional cien años, hasta Franco, con la excepción del golpe de Alfonso XIII apoyando la dictadura de Primo de Rivera, como luego apoyaría la de Franco.

O en nuestra historia reciente cuando Juan Carlos le birlara la Corona a su padre, Don Juan, heredero de la Corona según las leyes dinásticas, ante el ultimátum de Franco. Bendita traición, por cierto.

Atropellos institucionales

Ha habido Borbones destronados como Isabel II y Borbones que regresaron por medio de un golpe militar, como Alfonso XII a lomos de los caballos del general Pavía. Ciertamente el joven monarca fue recibido con entusiasmo desbordante por la multitud. Encantado Don Alfonso por las constantes aclamaciones se dirigió a uno de los que le vitoreaban para agradecerle su entusiasmo. El aclamador le aclaró perfectamente las ideas: “Majestad, esto no es nada comparado con el entusiasmo con que echamos de España al putón de su augusta madre”.

Alfonso XIII tuvo que huir de España desplazado por una ola de entusiasmo general republicano, quien regresó al país, muerto. Juan Carlos I hizo el camino a la inversa, regresando desde el exilio en Estoril.

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Abdicación de Alfonso XIII (14 de Abril de 1931)
 No hubo un solo monarca desde Fernando VII que no se valiera de un atropello constitucional. Con estos antecedentes apoyarse en los derechos de la dinastía histórica como hizo Juan Carlos es una broma que sólo puede aceptarse como expresión de cariñoso agradecimiento de los constituyentes a quien había sido el motor del cambio, o para decirlo con las palabras de Carrillo en conversaciones con quien escribe estas líneas como “el verdadero jefe del partido de la reforma”.

Juancarlistas, que no monárquicos

Este no es país de monárquicos. Nos hicimos juancarlistas para asegurar una transición pacifica desde el franquismo y ahora se nos hunde Juan Carlos. Dura tarea la de Felipe para mantener la institución. Si la Monarquía se desploma se deberá a sus propios deméritos.

Instaurada, restaurada, medio instaurada y medio restaurada, o “reinstaurada” la monarquía española es uno de los pocos casos en que la institución ha vuelto al país después de haber sido despedida por el pueblo en movimiento casi unánime el 14 de abril de 1931. Los Borbones, siempre vuelven a España, vivos o muertos.

 Fuente: https://elsiglodeuropa.es/a-los-borbones-los-echamos-pero-siempre-vuelven-vivos-o-muertos/

sábado, 24 de agosto de 2019

Los españoles que ayudaron a liberar París

La capital francesa recuerda los 75 años de la llegada de La Nueve, la compañía integrada por soldados republicanos que entró primero en la ciudad

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París conmemora este fin de semana el 75º aniversario de la liberación de la capital francesa de la ocupación nazi, una gesta en la que soldados españoles republicanos que combatían en las filas de la Segunda División Blindada del general Leclerc tuvieron un papel clave —fueron los primeros en entrar en la ciudad, la tarde del 24 de agosto, y en llegar hasta el Ayuntamiento— que durante décadas fue ampliamente ignorado. No fue hasta 2004, sesenta años más tarde, cuando Francia empezó a reconocer, tímidamente, el papel de La Nueve, como se conocía a la compañía de composición abrumadoramente española —146 de sus 160 miembros eran soldados republicanos—, y que este sábado recibirá, ahora sí, un homenaje propio previo a los fastos generales del domingo, día en que París sigue celebrando oficialmente su liberación.

Decenas de miles de personas reciben a las fuerzas de la resistencia y tropas aliadas el 26 de agosto de 1944 en la plaza de la Concordia, al día siguiente de la liberación de París.

Decenas de miles de personas reciben a las fuerzas de la resistencia y tropas aliadas el 26 de agosto de 1944 en la plaza de la Concordia, al día siguiente de la liberación de París. AFP
Apostados frente al número 20 de la calle Esquirol, Françoise y Jacques, dos vecinos jubilados, admiran el nuevo mural de su barrio, en el distrito 13 de París, conocido por el arte callejero que adorna numerosas fachadas de la zona. La recién acabada pintura, de 17 metros de altura y cinco de ancho del artista francoespañol Juan Chica Ventura, retrata en tres viñetas momentos clave de la llegada de los soldados españoles a París, la noche del 24 de agosto de 1944. La obra resalta el sentimiento profundamente antifascista que los animaba y sus esperanzas, rápidamente frustradas, de que a la caída de los regímenes de Hitler y Mussolini les seguiría, con apoyo europeo, la de Franco. Este sábado, el mural será inaugurado por la ministra española de Justicia, Dolores Delgado, y la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, de origen español, nieta de exiliados republicanos y principal artífice de que este episodio, tanto tiempo oculto, empezara a ser reconocido. A solo un centenar de metros, también inaugurarán el Jardín Federica Montseny, en honor de la que fuera la primera mujer ministra en España, en plena guerra civil, antes de trasladarse hasta el Ayuntamiento capitalino para descubrir una placa ofrecida por Madrid y que se instalará en el Jardín de los Combatientes de La Nueve, creado por Hidalgo en 2015 junto a la sede consistorial.

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Fueron los primeros en entrar en la ciudad. El blindado 'Guadalajara', con soldados extremeños, llegó hasta la plaza del Ayuntamiento, mientras que el 'Ebro', capitaneado por el canario Campos y conducido por el catalán Bullosa, combatía en el Arco del Triunfo.Mientras se esperaba la capitulación de los nazis, los republicanos españoles seguían luchando contra las últimas unidades del ejército alemán. Se hicieron con el control de la Cámara de los Diputados, el Hotel Majestic y la Plaza de la Concordia.Finamente, los blindados 'Madrid', 'Jarama', 'Ebro', 'Teruel', 'Guernica', 'Belchite', 'Guadalajara', 'Brunete' y 'Don Quijote' se hicieron con el control del Ayuntamiento; París había sido liberada.

“No se habla mucho de La Nueve. Y hay que reconocer su papel, sin ellos no habríamos logrado la liberación”, señala Françoise, una apasionada de la historia. También está contenta por este nuevo reconocimiento a La Nueve la periodista y escritora Evelyn Mesquida. Al fin y al cabo, recuerda la autora de La Nueve, los españoles que liberaron París, el libro que documenta la gesta española y que impulsó su creciente reconocimiento en Francia, no abundan los recordatorios de esta acción en París: además del jardín, solo diez placas en los puntos por donde pasaron los españoles desde su entrada por la Porte d’Italie hasta el Ayuntamiento conmemoran a estos soldados en una ciudad donde en casi cada calle hay un recordatorio de la caída de un ciudadano francés a manos nazis.

Durante décadas, el relato oficial fue, como dijo el general Charles de Gaulle en su discurso ante el Ayuntamiento el 25 de agosto de 1944, que París había sido “liberada por sí misma, por su pueblo, con la colaboración de los Ejércitos de Francia”. Los diarios de la época celebraban que “el capitán Bronne, de la división Leclerc, sobre su tanque Romilly es el primer francés que llega al Ayuntamiento” la noche del 24 de agosto, como rezaba el titular del diario Libération. Uno de esos ejemplares forma parte de la colección del Museo de la Liberación de París que recrea la semana de la sublevación de la capital hasta la llegada de las fuerzas aliadas. El museo se inaugurará el domingo como parte de las celebraciones oficiales, que también incluirán un desfile "de la libertad” y un homenaje a la 2ª División Blindada.

Volviendo al histórico titular, un problema: el oficial no se llamaba Bronne, sino Dronne, y si bien técnicamente fue el primer “francés” en llegar al Ayuntamiento, antes lo había hecho uno de sus suboficiales, el español Amado Granell. Él fue el primer soldado aliado en llegar allí, con otros republicanos y tanquetas con nombres tan reveladores como Guadalajara o Teruel, que abrieron paso a los Romilly o Montmirail que llegarían más tarde con Dronne y el resto de sus hombres.
En ese momento, “Francia necesitaba franceses, necesitaba decir que había sido liberada por los franceses, por cuestiones políticas, de ahí el discurso de De Gaulle”, apunta Sylvie Zaidman, directora del Museo de la Liberación que, por cierto, también pasa bastante de puntillas por el capítulo de La Nueve.

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Los parisinos salieron poco a poco de sus casas para celebrar la victoria. "Eres el primer soldado francés al que beso", dijo una mujer que se acercó a abrazar a los soldados de 'La Nueve'. "Somos rojos españoles", le respondió Francisco Izquierdo.

Un “discurso oficial” que Mesquida dice haber escuchado demasiadas veces y que, dice, ya no se sostiene. “Creo que Francia es suficientemente fuerte ya como para reconocer ciertas cosas y esto no lo han reconocido todavía”, señala. “Se está recuperando la historia, pero todavía falta mucho por hacer” hasta que un día “de forma clara” se diga: “Son estos españoles los que, en La Nueve, perteneciente a la Segunda División Blindada de Leclerc, entran en París los primeros y simbólicamente liberaron la capital. Esto no pueden todavía admitirlo. Todavía les falta decirlo claramente y que no siga diciéndose que la liberación de París fue el 25 de agosto. Pues mire, no. Si los símbolos sirven, y sirven cuando quieren, pues que este sirva también. Fue La Nueve. Y punto. Si hubieran entrado ellos, seguro que el 24 estaría presente de forma clara”, afirma Mesquida.

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En España, salvo algún Ayuntamiento (como el de Madrid en 2017), jamás ha habido un reconocimiento de estado a los republicanos y antifascistas españoles que liberaron París de la tiranía nazi, tal día como hoy, hace 75 años.

 

lunes, 6 de mayo de 2019

La crueldad inimaginable de Mauthausen

El menosprecio por la vida humana de los guardias, las palizas mortales, las ejecuciones sumarias y la desesperación componen el cuadro dantesco de un verdadero infierno en la tierra

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Francesc Boix
  Dentro de la lógica criminal del III Reich, Mauthausen no era propiamente un campo de exterminio como Treblinka o Belzec y en parte Auschwitz, pero significaba esclavitud y muerte para los que iban a parar allí. Se aplicaba un terrible aniquilamiento por el trabajo, trabajo extenuante, implacable, con los presos sometidos a un régimen de hambre y privaciones de una crueldad inimaginable. El nombre de Mauthausen va parejo al de otros campos de espantosa celebridad como Dachau o Buchenwald. Allí, a ese agujero negro, verdadero vientre de la bestia nazi, fueron a caer la mayoría de los republicanos españoles capturados en Francia. Trasladados desde otros lugares, se les concentró en Mauthausen a partir de agosto de 1940. Fueron unos 7.000, considerados por el régimen hitleriano apátridas enemigos del Reich no reeducables, con la categoría de "Rotspanier", rojos españoles, identificados con el triángulo azul y una S (de Spanier, español) y privados de todo derecho jurídico.


Grupo de españoles de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) tras su liberación del campo de concentración de Mauthausen fotografiados por Francisco Boix.
En total 190.000 presos fueron deportados a Mauthausen, cerca de Linz, a 170 kilómetros de Viena, y sus campos satélites, el peor de los cuales era Gusen, donde la esperanza de vida se reducía a seis meses. Más de la mitad de los presos de Mauthausen murieron en el campo y el porcentaje entre los españoles sube al 65 %. Quedaban 2.184 al liberar el campo en los primeros días de mayo de 1945. De las condiciones del lugar dio fe el peso medio de los presos tras ser liberados: 40 kilos. Este campo de concentración es tristemente famoso por su cantera, Wienergraben, donde se trabajaba a beneficio de las SS en un ambiente que habría hecho estremecerse a Espartaco.

Fotografía de Francesc Boix de los presos españoles tras la liberación de Mauthausen. /EL NORTE
Fotografía de Francesc Boix de los presos españoles tras la liberación de Mauthausen. / EL NORTE
De Mauthausen se conserva la memoria gracias, especialmente, a las imágenes del deportado Francesc Boix que aprovechó que le incluyeron en el servicio fotográfico del campo para esconder negativos que documentan aquel horror y a las victimas y verdugos. Cualquiera que piense que aquello tiene algún paralelismo con nuestra actualidad solo tiene que mirarlas un rato. El menosprecio por la vida humana de los guardias, su brutalidad, las palizas mortales, las ejecuciones sumarias, el trato vejatorio, el dolor y la desesperación componen el cuadro dantesco de un verdadero infierno en la tierra, solo redimido en parte por el valor, la resistencia y el compromiso de no olvidar de algunos de los que sufrieron allí el peor de los destinos.

Fuente: https://elpais.com/politica/2019/05/05/actualidad/1557064344_375039.html

lunes, 18 de febrero de 2019

Las cicatrices de La Retirada

Hace 80 años, entre enero y febrero de 1939, casi medio millón de republicanos espaoles huyeron a una Francia que les acogió en condiciones deplorables
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Refugiados republicanos españoles construyen una carretera en Argelès-Sur-Mer en marzo de 1941
 A estas alturas, hace 80 años el destino estaba ya trazado. Entre el 28 de enero y el 13 de febrero de 1939, unos 475.000 españoles, hombres, mujeres y niños, cruzaron prácticamente con lo puesto la frontera por los Pirineos catalanes huyendo del avance de las tropas franquistas, en lo que se conocería como La Retirada.

Creyeron que en Francia encontrarían seguridad y dignidad. Se equivocaron en lo uno y en lo otro. Las autoridades francesas no ardían precisamente en deseos de acoger a los que consideraba elementos incómodos cuando estaban ya en conversaciones con el vencedor de la Guerra Civil, Francisco Franco. Y Francia tampoco sería ese ansiado remanso de paz para quienes llevaban tres años combatiendo: la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de estallar y muchos de los recién llegados, agotados, derrotados en el más profundo sentido de la palabra y a menudo heridos o enfermos, acabarían viéndose involucrados en un nuevo conflicto.

Unos lo hicieron ilusamente convencidos de que combatir a Hitler sería combatir a Franco. Otros porque, desengañados tras perder el sueño republicano en casa, tampoco tenían a dónde regresar. Ocho décadas más tarde, Francia les rinde un homenaje que muchos de sus descendientes sienten que España les debe aún. La visita que el próximo domingo hará el presidente Pedro Sánchez a varios enclaves del exilio español se considera un primer paso, pero insuficiente aún.

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 Hay cosas de La Retirada que Pepita León no olvidará jamás. Como el intenso frío que pasó al atravesar los Pirineos nevados, el 6 de febrero de 1939, 15 días antes de cumplir dos años de edad y un día después de que lo hiciera el todavía presidente de la República Manuel Azaña. O el hambre. “Llegué a comer nieve”, cuenta en su casa en Bages, desde donde se alcanzan a ver esos Pirineos que atravesó, “a veces a hombros de brigadistas, otros tramos en camiones”, siempre con miedo a una emboscada.

Aunque era muy pequeña, jamás olvidará el silbido de las bombas lanzadas por los aviones alemanes o italianos que atacaron hasta el último momento las columnas de republicanos que buscaban dejar España. Muchos de ellos, como Pepita y sus padres, no volverían a pisar su patria hasta la muerte del dictador. A sus 82 años tiene suficiente energía para contar su historia, dispuesta a que no caiga en el olvido, y está segura de que el día que se muera sentirá aún en la garganta el humo del tren en el que la embarcaron nada más traspasar la frontera junto a su madre, embarazada de ocho meses, y a su padre, un militar del Ejército de la República herido en la Batalla del Ebro. Su destino era el campo de Limoges, a 500 kilómetros de la frontera española, donde permanecieron un año durmiendo “tirados en el suelo, sobre paja”.

Otros ni siquiera llegaron tan lejos. Como el padre de Rosario Rosy Gómez, Valeriano, un comandante republicano que también llegó herido a territorio francés. “Dos inviernos y dos veranos” pasó encerrado en el campo improvisadamente levantado en la larga playa de Argelès-sur-Mer, rodeado de alambradas de espino, a la intemperie, a solo 30 kilómetros de la frontera española y a cinco de Colliure, el pueblo donde descansa el poeta Antonio Machado, otro protagonista de La Retirada que falleció menos de un mes después de traspasar los Pirineos.


Argelès fue el primer campo erigido para los españoles. Pronto llegarían otros, incluso más siniestros, como Rivesaltes, por donde primero pasarían republicanos como Valeriano y luego otros “indeseables”: gitanos, judíos… Pero ninguno tan abarrotado como el de Argelès, donde llegaron a internar a más de 100.000 personas. Todos estos campos de concentración —así lo llamaron las autoridades francesas en 1939, aunque para indignación de Rosy hoy no figura esa palabra en los memoriales— estaban en unas condiciones que, tanto historiadores como testigos de este capítulo aún bastante desconocido en España califican de indignas.

 “Los primeros llegados, como mi padre, hacían agujeros en la arena, ponían una manta y dormían allí, con la espalda tocando la arena húmeda. En invierno, con la tramontana, hacía mucho frío”, relata Rosy. “Fue una falta de preparación criminal”, zanja Maëlle Maugendre, autora de Mujeres en exilio. Las refugiadas españolas en Francia (1939-1942). “Los republicanos que venían a la república francesa, al país de los derechos humanos, se quedaron asombrados de la mala manera en que fueron recibidos”, lamenta Pepita.

Sentimiento de culpa El campo de Argelès y los vecinos de Saint-Cyprien y Barcarès, construidos también sobre la arena, fueron un tema tabú para la población local durante décadas. “Existe un sentimiento de culpa que durante mucho tiempo impidió a los locales hablar de ello”, dice Antoine Parra, alcalde de Argelès. Fue uno de sus predecesores, Jean Carrère, quien en 1999 decidió conmemorar el 60º aniversario de La Retirada y, con ello, realizar un homenaje que desde entonces se repite cada año en Argelès y alrededores.

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Un monolito “a la memoria de los 100.000 republicanos españoles internados en el campo de Argelès cuya desgracia fue haber luchado por defender la democracia y la república contra el fascismo en España de 1936 a 1939” recuerda el drama sucedido en esa playa a los ignorantes campistas que hoy la disfrutan. Cerca, en la carretera renombrada Avenida de La Retirada, está el cementerio de los españoles, donde un monumento con varios centenares de nombres —nunca se sabrá con certeza cuántos fallecieron allí— se ha erigido en homenaje a los que jamás pudieron abandonar la pesadilla de Argelès. La bandera republicana ondea por doquier.

Buena parte de la recuperación de esa memoria histórica se debe a organizaciones como Hijos e hijas de republicanos españoles y niños exiliados (FFREEE) que durante años presidió Rosy Gómez y ahora dirige Jacqueline Payrot, quien trabajó con el alcalde Carrère para destapar esa historia tanto tiempo enterrada. Para el alcalde de Argelès no se trata solo de honrar el pasado. “Unas cicatrices tan profundas no se curan solas. Si no nos acordamos de lo que pasó en 1939, no podremos comprender lo que está pasando hoy”, advierte.

Aunque le costó, Francia ha empezado a afrontar su pasado menos glorioso y su deuda con los españoles. Algo que los hijos de republicanos sienten que todavía está pendiente en España. “El que no conoce su historia, está condenado a revivirla”, advierte Pepita.

 Fuente: https://elpais.com/politica/2019/02/16/actualidad/1550313381_833417.html

miércoles, 29 de agosto de 2018

Clapton CFC, el equipo inglés de fútbol que rinde homenaje a la República española

La camiseta luce los colores de la tricolor y elementos alusivos a las Brigadas Internacionales con motivo del 80 aniversario de su disolución
 
Un jugador del Clapton CFC con la nueva camiseta que rinde homenaje a la II República española.
 Un homenaje a la tricolor que llega desde Inglaterra. El Clapton Community Football Club, un modesto equipo de Earlham Grove, jugará la próxima temporada con una equipación en honor a las Brigadas Internacionales que lucharon por la II República española. Este club ha sobrevivido a pandemias globales, una depresión económica y dos Guerras Mundiales. La unión hizo la fuerza, y de tres equipos que compartían campo en un pequeño rincón del Este de Londres, surgió el club a finales de la década de 1870.
 
Detalle de la camiseta en honor a las Brigadas Internacionales.
El Clapton es un club de izquierda, promotor de iniciativas sociales. La segunda camiseta de la temporada 2018/2019 luce los colores de la bandera republicana y ha tenido una gran repercusión en las redes sociales. Puede adquirirse por internet por un precio aproximado de 30 euros, aunque reconocen que ante el éxito y la gran demanda están desbordados. La equipación sólo estará disponible durante este año, ya que cada temporada el equipo dedica su vestimenta en conmemoración de un tema diferente.

El Clapton CFC de Inglaterra luciendo su segunda equipación.

El equipo, al igual que en su nacimiento, sigue en pie gracias a la unión. Actualmente está regido totalmente por una junta de aficionados. Hace meses se abrió una votación para elegir el diseño de la nueva camiseta visitante, elaborada al igual que la local por la marca italiana Rage Sports, saliendo elegida la que homenajea a las Brigadas Internacionales. ¿El motivo? Se cumplen 80 años desde que finalizara la guerra civil y, por ende, se disolviera este cuerpo. La camiseta cuenta además con motivos que aluden al bando republicano, como la estrella de tres puntas o el lema de “No pasarán”.

El Clapton comercializa la prenda deportiva por 25 libras a través de su página web con envíos a todo el mundo. La marca encargada del diseño, Rage Sports, es una compañía local de Caserta, en Italia y solo suministra a pequeños clubes antirracistas utilizando materiales de origen ético y trabajadores con salarios justos. Mientras que en España saltó hace unos meses a todos los medios de comunicación la polémica equipación de la selección española que, mediante un efecto óptico, recordaba a la tricolor, este equipo inglés lleva con orgullo no sólo los colores sino la ideología de base.

Fuente: https://www.lavozdelsur.es/clapton-cfc-el-equipo-londinense-que-rinde-homenaje-a-la-ii-republica-espanola/

miércoles, 18 de julio de 2018

Memoria y futuro de la República

La historia republicana, contada por las víctimas de la guerra civil, la dictadura y exilio, nos habla de un porvenir de República para España
<p>Celebración por la proclamación de la II República en España. Madrid, 14 de abril de 1931. </p>
Celebración por la proclamación de la II República en España. Madrid, 14 de abril de 1931.
 El 18 de julio en España es día de memoria; no hay nada que celebrar y sí mucho que recordar. Es, por ejemplo, como la “Kristallnacht” o Noche de los cristales rotos en Alemania, la del 9 de noviembre, día en el que en 1938, asaltando viviendas y establecimientos de los judíos, dio comienzo la persecución contra los mismos en el gigantesco pogromo que desembocó en los campos de exterminio. El 18 de julio es para recordar el golpe de Estado contra la II República a cuya cabeza se puso el general Franco para acabar con el orden constitucional, apoyado por las fuerzas fascistas del momento e iniciando una guerra de exterminio de todo vestigio republicano, con la sacrílega bendición de la guerra civil como “cruzada” por parte de la Iglesia católica. Las víctimas de la guerra civil y de la cruenta dictadura que le siguió, muchas de ellas enterradas en fosas comunes de las que todavía no han sido exhumados sus restos, son el aguijón de memoria que a día de hoy la democracia española lleva clavado. Ese aguijón es lo que nos obliga a mirar el futuro sin pasar la página de un pasado imborrable, y ello porque la justicia también ha de ser anamnética, es decir, ha de implicar memoria, reconocimiento y reparación.

Sin memoria no hay futuro. Sin memoria sólo hay, en todo caso, mera prolongación del presente; y el futuro, más allá de lo que sea el solo sucederse de los días, humanamente es otra cosa. Sin memoria no hay más que espurias ilusiones puestas en el falso horizonte de una visión continuista del tiempo. Sólo la memoria moviliza la intención utópica que delinea ese verdadero horizonte de libertad, igualdad y solidaridad en el que se ubican las exigencias de justicia que en el pasado quedaron insatisfechas. Sin memoria no cabe más que la espera, mientras que la esperanza la nutre el recuerdo de lo que no debe ser olvidado. No es ese recuerdo el que se limita a hacer crecer la indiscriminada acumulación de datos que nos puede hundir en el sinsentido a causa del “mal de archivo” –perspicazmente diagnosticado por el filósofo Derrida hace años. La memoria que vale es la memoria de las víctimas a las que la vida les fue injusta y violentamente arrebatada. Y, siendo así, el punto de vista de las víctimas es el que aporta la perspectiva privilegiada para hablar de futuro más allá de todo cinismo, es decir, para hablar de futuro sin dejar atrás la dignidad.

El ejercicio de lo que hemos llamado “memoria histórica” no es ningún pasivo mirar hacia atrás que, pervirtiendo la memoria psicológica, ata al pasado; tampoco se queda en académica tarea historiográfica, por más que sea de todo punto necesaria.  La memoria histórica es recuerdo de quienes y de lo que desde el pasado nos interpela. Datos, restos, documentos y testimonios se sitúan en la órbita de un cuestionar el presente para que en ningún caso sea amnésico, esto es, despiadado. Es impío dejar tapadas las fosas comunes, es inhumano pasar de largo ante las cunetas donde los asesinados fueron arrojados…, como si allí no hubiera pasado nada. Ya dejó escrito Goethe en su Fausto que la tarea en la que el diablo se empeña con especial saña es la destrucción del recuerdo. Como añade Adorno, es demoníaco sustraerle a los asesinados lo único que de suyo podemos regalarles: la memoria.  Por eso, está bien la justa decisión política de exhumar restos, de rescatar voces, de levantar impunidades de verdugos inmisericordes y sentencias de tribunales inicuos, de reconocer, en suma, tanta deuda acumulada con quienes padecieron una injusticia que ya no se puede liquidar pero que, sin embargo, es deuda que se nos incrementa a diario en tanto nuestro presente, y lo que en él disfrutamos de políticamente valioso, les hace acreedores de lo logrado en una historia que les fue robada.

Velar por esa memoria histórica, además de obligación moral contraída con las víctimas y sus allegados, es compromiso político de una democracia que no puede gravitar sobre la amnesia –a la que los interesados en el olvido condujeron la amnistía con la que se inauguró la transición de la dictadura a la democracia. Hablamos, pues, igualmente de memoria democrática desde el convencimiento de que una democracia amnésica es un páramo de indignidad. La memoria nos dignifica, personal y colectivamente, tanto como nos humaniza la esperanza que ella misma enciende. Y si el recuerdo de las víctimas es lo prioritario, junto a él es importante también el reconocimiento de aquello con lo que las víctimas estaban identificadas y con cuyo sello quedaron estigmatizadas para el sacrificio a manos de sus matarifes. Sin pasar por alto la pluralidad de las víctimas –teniendo también en cuenta que no sólo las hubo por el lado republicano–, lo cierto es que la memoria histórica debe abarcar también la memoria de la II República como orden constitucional legítimo que fue violentamente abortado.

Tras cuarenta años de democracia, es inexcusable reivindicar la legitimidad de la II República. Con ello va el reconocer lo que quedó reprimido respecto a ella, no sólo bajo la opresión de la dictadura franquista, sino también en el pacto que permitió que ésta quedara atrás. Sobre todo lo vinculado a la República cayó un manto de espeso silencio que apenas ahora empieza a levantarse, teniendo que vencer incluso la presión ideológicamente dominante que convirtió en maldita la misma palabra “república” y todo lo que tuviera sabor republicano. Y la democracia española no podrá seguir viviendo bajo la férula de esa represión, con la que quedó bien trabado un sistema democrático en el que el orden constitucional se vio condicionado a la renuncia al pronunciamiento de la ciudadanía sobre la alternativa monarquía o república –la defensa de la república por parte del diputado socialista Gómez Llorente en la Comisión Constitucional del Congreso quedó atrapada en la red del “accidentalismo” teorizado por Alfonso Guerra, luego convertido en inamovible defensa de la monarquía sine die. Todo se metió en el mismo paquete de un Estado definido como monarquía parlamentaria en una Constitución sometida en bloque al refrendo popular, ocultando que con la instauración de la democracia iba la restauración borbónica al modo impuesto por el dictador. De esa forma, el sistema político, con su estructura social y su base económica, quedó construido como edificio en el que la Corona no fue diseñada sólo para la representación simbólica del Estado, sino para ser piedra angular de la que depende la permanencia de lo que se denomina “régimen del 78”.

Si hoy se habla en esos términos es porque el sistema político nacido con la Constitución del 78 ha mostrado sus límites en la actual crisis institucional del Estado. Además de los graves problemas atinentes a su configuración territorial y otros, es inocultable la crisis profunda que afecta también a la Corona. Se quiso soslayar con la abdicación de Juan Carlos I, pero la ha acentuado el papel jugado por Felipe VI ante el conflicto de Cataluña. Elemento añadido en cuanto a factor de deslegitimación son los casos de corrupción, primero en los aledaños del rey y después, como estamos comprobando al tener noticia de lo que pueden ser comportamientos del rey emérito calificables como posibles presuntos delitos fiscales, tocando más en su núcleo a la institución monárquica. Si en la ciudadanía crece la sospecha de que hay un extraño hilo que conecta las cloacas del Estado con su jefatura, el replanteamiento político de la monarquía será aún más perentorio. Pero, sea como sea, la memoria de la República y el valor de lo republicano –no sólo una forma de Estado, sino además una idea de democracia y un concepto de ciudadanía– no dependen en exclusiva de los lamentables avatares negativos en los que se vea metida la familia real. Sin Urdangarín, yerno del rey emérito y cuñado del actual jefe del Estado, en prisión y sin “caso Corinna”, los argumentos a favor de la República serían igual de fuertes. Su valor político no depende de tales hechos coyunturales, aunque ciertamente indicativos del deterioro de una institución sin credibilidad. Son fuertes por sí mismas las razones que aviva la memoria republicana, desde la cual abrimos el futuro de una España republicana como horizonte postulado para nuestra democracia. Sabemos, además, que en España no habrá reforma constitucional en serio mientras dicho horizonte no se abra, pues la monarquía no resiste una reforma constitucional de la envergadura de la que necesitamos, que por eso mismo se ve constantemente bloqueada. La memoria republicana, pasando por la prioritaria memoria de las víctimas de la guerra civil y la dictadura –y del exilio–, nos habla ciertamente de un futuro de República para España.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180718/Firmas/20784/Jose-Antonio-Perez-Tapias-memoria-historica-Republica-monarquia-Juan-Carlos-Felipe.htm#.W09sHkfRDTE.twitter

jueves, 14 de junio de 2018

El ‘Aquarius’ republicano del 39

Supervivientes de la travesía del ‘Stanbrook’, que evacuó a casi 3.000 refugiados españoles a Orán tras la guerra, reviven su historia al hilo del actual drama migratorio

Republicanos españoles, hacinados en abril de 1939 en la cubierta del mercante 'Stanbrook' en el puerto de Orán, donde permanecieron retenidos 40 días.
Republicanos españoles, hacinados en abril de 1939 en la cubierta del mercante 'Stanbrook' en el puerto de Orán, donde permanecieron retenidos 40 días.
  Helia González Beltrán ve las noticias sobre el Aquarius y naufraga. Regresa a los días de marzo de 1939 cuando, con cuatro años, viajó sentada sobre un baúl desde Alicante hasta Orán a bordo del Stanbrook con cerca de 3.000 republicanos españoles que habían perdido la guerra. “El drama del Aquariusme ha removido todo, son muchas cosas que coinciden. Es importante que la gente sepa que son personas llenas de necesidades de todo tipo”, sostiene durante una entrevista por teléfono desde su casa de Elche, no demasiado lejos del puerto mediterráneo donde desembarcarán los refugiados que nadie ha querido en Malta e Italia.

Alicia y Helia González Beltrán, pasajeras del 'Stanbrook'.
Alicia y Helia González Beltrán, pasajeras del 'Stanbrook'. efe
 El Stanbrook cambió naranjas, tabaco y azafrán por derrotados el martes 28 de marzo de 1939, después de que su capitán, Archibald Dickson, zanjase su dilema entre obedecer a los armadores o a su conciencia. “Entre los refugiados había toda clase de gente, algunos aparentaban ser extremadamente pobres y parecían consumidos por el hambre y mal vestidos, vistiendo una variedad de atuendos que iban desde monos a viejas y desgastadas piezas de uniformes e incluso mantas y otros peculiares trozos de tela. Había también algunas personas, mujeres y hombres, con una buena apariencia y que asumí eran mujeres y parientes de funcionarios”, contaría días después el capitán en una carta dirigida al editor del londinense Sunday Dispatch.

Entre ellos subieron a bordo las niñas Alicia y Helia González junto a sus padres. “El capitán recibía a cada uno de los que subían al barco. A mí me cogió en brazos y me besó en las mejillas. Más tarde sabría por qué: tenía a una hija de mi edad. El barco iba repleto, no cabía más gente. Algunos llevaban baúles y cajas de herramientas, pero nosotros subimos sin nada”, revive Helia González.

El acceso, controlado inicialmente por funcionarios de aduanas, se convirtió en un caos cuando los propios agentes decidieron sumarse al resto de refugiados “tirando sus armas y equipo para unirse a la estampida por subir a bordo”, según el capitán, que jamás había asistido a una emergencia semejante en sus 33 años en el mar. “Cuando todos los refugiados se hallaron a bordo, era prácticamente imposible dar una descripción adecuada de la escena que mi buque presentaba, y la semejanza más cercana que puedo dar es decir que parecía unos de esos vapores vacacionales del río Támesis en un día festivo, solo que muchas veces peor”, describió Dickson en abril de 1939. “Los pasajeros abarrotaban la cubierta y las bodegas, y la línea de flotación se hallaba muy por debajo de la superficie”, cuenta el historiador Paul Preston en su libro El final de la guerra (Debate).

Aquel barco, acondicionado solo para alojar a 24 tripulantes, zarpa con “cerca de 3.000 personas, entre las que van el teniente Amado Granell, uno de los que liberaría París en 1944 al frente de la Nueve”, explica Rafael Arnal, fundador de la asociación Operación Stanbrook, que ha rescatado la historia de las 20 horas de travesía en libros y documentales.

Refugiados españoles desembarcan en Orán en 1939.
Refugiados españoles desembarcan en Orán en 1939.
 El capitán y algunos oficiales cedieron sus camarotes a los débiles. Había exiliados apiñados en la cubierta, alrededor de la chimenea, en las bodegas, en el salón. Helia y su familia pasaron la noche del 29 de marzo en un pasillo. Sin apenas moverse. “Al día siguiente temprano llegamos a Orán.

Estuvimos un par de días en el barco hasta que dejaron bajar a las madres, a los niños, a los mayores y a los enfermos. En el Stanbrook quedaron casi todos, incluido mi padre”, relata.

Las autoridades francesas se niegan a aceptar aquel pasaje de desesperados tan ideologizados como para necesitar huir de España. “Trataron por todos los medios de impedir el desembarco de los llegados alegando no disponer de ninguna infraestructura adecuada para instalarlos. En realidad lo que temían era la presencia de rojos que pudieran alterar el orden público”, expone Ricard Camil Torres, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia y comisario de la exposición Stanbrook, 1939. El exilio republicano hacia el norte de África, celebrada en 2014.

Refugiados españoles, a bordo del 'Stanbrook' en 1939.
Refugiados españoles, a bordo del 'Stanbrook' en 1939.
40 días a bordoDurante 40 días, los exiliados permanecieron a bordo en condiciones extremas. “Las autoridades francesas no facilitaron alimentos ni agua potable. Las necesidades fisiológicas se debían realizar a la vista de todo el mundo. Los pasajeros se debieron contentar con aquello que les era suministrado por miembros de la colonia española en Orán y franceses a título individual”, añade Torres.

Helia González recuerda pequeñas embarcaciones que se aproximaban al mercante para facilitar alimentos al pasaje: “Mi padre escribió la dirección de unos familiares en un papel de fumar y la entregó a una de esas barquitas. No hemos sabido quién lo hizo, pero lo cierto es que esa nota llegó a Sidi Bel Abbef, a 90 kilómetros de Orán, donde vivían aquellos tíos, que reclamaron la salida de mi padre del Stanbrook”.

Tras la propagación de casos de tifus y otras enfermedades infecciosas, se autorizó el desembarco. Los refugiados se enviaron a cárceles y campos de trabajo. La familia de Olimpia Ruiz Candelada, un bebé de 12 meses en 1939, cambió el hacinamiento del Stanbrook por otros horrores. “Vivimos mucha brutalidad en los campos durante cuatro años. A mi madre le sangraban las manos de lavar colchonetas y a mi padre le dieron palizas”, recuerda Ruiz. Su padre fue uno de los 2.000 españoles destinados a la construcción del Transahariano, “una delirante idea”, según el historiador Ricard Camil Torres, “de enlazar por medio del ferrocarril a través del desierto los puertos mediterráneos franceses con sus colonias en Níger”. Otros, como Amado Granell, acabarían haciendo historia al liberar París en 1944.

Más infomación: https://elpais.com/cultura/2018/06/13/actualidad/1528917360_425119.html?id_externo_rsoc=TW_CC

sábado, 14 de abril de 2018

14 de abril: la Segunda República vista desde la lengua de una mariposa

Escondieron y sepultaron a los hombres y mujeres que llegaban a los pueblos más recónditos con bibliotecas portátiles, con gramófonos, llevando la cultura a toda la ciudadanía como un derecho

Cine, misiones pedagógicas, educación Española
Muchos de los niños veían por primera vez el cine y gracias a el descubrían los vehículos, las ciudades, el mar… en definitiva el mundo que había más allá de su pequeño entorno rural
Una vez recogidos los animales y cerrada la puerta de casa, el padre se sentaba a liarse un cigarrillo junto a la chimenea, la madre cosía con la tenue luz de las brasas dejándose la vista en no perder el hijo y el hijo pequeño sacaba de la cómoda el libro que les había correspondido, se sentaba junto al fuego y comenzaba a leerles una historia a sus padres. La imagen resulta inusual, pero fue muy real en miles de pueblos españoles en los que los cambios de la Segunda República, su esfuerzo en alfabetizar el país construyó ese momento histórico en el que los hijos de jornaleros analfabetos pudieron recibir instrucción pública y, una vez que sabían leer, acceder a alguno de los 600.000 libros que las misiones pedagógicas distribuyeron por más de 5.000 pueblos, donde apenas unos pocos señoritos eran propietarios de libros que no fueran la biblia.

Misiones pedagógicas, cultura española, historiografía
Ante los sucesivos recortes que desde el gobierno se hizo a las misiones Américo Castro denunció en su artículo, Dinamiteros culturales que: “Por lo visto, llevar a campos y aldeas cultura, arte e ideas españolas es un pecado mortal”
 La imagen de esos hijos contándoles cuentos a sus padres forma parte de la historia de uno de los proyectos pedagógicos más hermosos que se han desarrollado en la historia de la humanidad. Explica milimétricamente, además, lo que fueron los proyectos de transformación social de la Segunda República y todo el esfuerzo educativo que llevó a cabo para luego caer en ese agujero de la historia al que el fascismo arrastró a este país que estuvo durante casi veinte años de la dictadura sin construir un solo centro de enseñanza.

De camino a Burgohondo (Ávila), julio de 1932; el último en burro es Luis Cernuda.
Luis Cernuda montado en burro en Burgohondo (Ávila), julio de 1932.


Cultura para escapar del hambre, para adquirir ciudadanía, para conocer los derechos, para igualarse con los que pontificaban desde los púlpitos y los cortijos de los latifundios. Había tardado en llegar el siglo de las luces, pero cuando el trabajo de la Institución Libre de Enseñanza se convirtió en guía de la política educativa, España inició un periodo de profunda transformación social, construida desde las urnas y el deseo de abandonar el atraso secular con el que los grandes estamentos españoles habían condenado a la ciudadanía.
De pronto el Estado, ese instrumento que regulaba de forma amañada los grandes intereses, extendió su radio de acción, se volvió inclusivo, señaló como ciudadanas a millones de personas que hasta entonces eran insignificantes para las autoridades.

Niños leyendo, fotografía misiones pedagógicas
Hacer llegar la cultura a todos los estamentos sociales fue el gran reto de las misiones pedagógicas
 La Segunda República nació de forma pacífica, desde las urnas, pasando por los ayuntamientos y por el convencimiento mayoritario de que la monarquía era el principal impedimento para modernizar la sociedad. Mujeres llamadas a votar, cientos de miles de personas analfabetas que dejaban de serlo, remodelación de un Estado que hasta entonces estaba al servicio de la iglesia católica y de los latifundistas; redacción de la primera Constitución en el mundo que admitió como propio el derecho humanitario elaborado por la sociedad internacional hasta la época.

Fue un momento hermoso sobre el que la dictadura echó toneladas y toneladas de difamaciones, de falsificaciones, de generalizaciones, repitiendo y repitiendo el relato de la violencia, los conflictos sociales, los brotes revolucionarios, para justificar la necesidad del fascismo, de filonazismo, de una mano dura que pusiera orden.

Escondieron y sepultaron a los hombres y mujeres que llegaban a los pueblos más recónditos con bibliotecas portátiles, con gramófonos, llevando la cultura a toda la ciudadanía como un derecho, sacando el poder de la enseñanza de las sacristías, de los casinos de los propietarios, de las instituciones constituidas por y para privilegiados.

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La Barraca de García Lorca
 Contaba un octogenario Agustín Aragón, en el año 2002, al pie de una fosa común en la localidad burgalesa de Caleruega que en los años de la república él era pastor y había sido alcalde de su pueblo, Espinosa de Cervera. Lo explicaba entre bocanada y bocanada del oxígeno de la bombona. “Eso fue la República, que un pastor como yo podía ser alcalde”.

Los años de la Segunda República concentraron el deseo de generaciones y generaciones de desposeídos, de iletrados, de descalzos, de olvidados, de personas cuya existencia estaba destinada a servir a señoritos, a trabajar para señoritos, a dejar su destino en manos de señoritos.

La metáfora más hermosa para explicar el significado de lo que fue la Segunda República está escondida en los pliegues de La lengua de las mariposas, la película de José Luis Cuerda basada en el relato del escritor gallego Manuel Rivas. En ella hay una escena en la que el maestro republicano, cumpliendo el rito de la Institución Libre de Enseñanza de mantener el contacto del alumnado con la naturaleza, sale a pasear con ellos a observar las plantas, las aves, los insectos.

Hay un momento en que una mariposa se posa sobre una flor y entonces uno de los alumnos pregunta cómo consigue mariposa introducir su lengua en la flor para libar el néctar. Y el maestro para que lo entiendan todos, les pone un ejemplo extraído de la propia vida de los niños. Le explica que cuando está en casa y quiere tomar azúcar a escondidas, una vez que se asegura de que no hay nadie en la cocina, acerca una silla a la pared de la estantería se sube a ella en busca del bote del azúcar, lo coge, le quita la tapa y cuando ya lo tiene al alcance de la mano se chupa la punta de un dedo y pone el dedo sobre el azúcar. En ese momento, le explica el maestro, cuando el dedo está en contacto con el azúcar el niño ya está sintiendo el dulzor que tardará unos segundos en estallarle en la boca.  La Segunda República fue para millones de personas, después de decenas y decenas de generaciones, su primera oportunidad para poner un dedo sobre el azúcar de la historia.


Los miles de libros que las personas que formaban parte de las Misiones Pedagógicas repartieron a lo largo y ancho del país, eran el manual de instrucciones de una sociedad que llevaba siglos siendo esperada. El valor ético de los hombres y mujeres que llevaron a cabo ese esfuerzo es un patrimonio sin el que será posible reconstruir el civismo ético y el compromiso necesario para volver a poner el bote de azúcar de la historia al alcance de las manos de quienes necesitan de la decencia democrática para dejar de sufrir.