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miércoles, 12 de abril de 2023

Átomos y neuronas

16 de julio de 1945. Ese día el mundo cambió y no solo figuradamente. En esa precisa fecha, los EE.UU. probaron un tipo de arma completamente nueva en el desierto de Nuevo México. Contenía una esfera de plutonio del tamaño de una pelota de tenis y un peso de 6,2 kg. La bomba Trinity produjo una explosión equivalente a 20.000 toneladas de TNT, 20 kilotones. Fue el inicio de la era nuclear.

Desde entonces se han purificado decenas de miles de toneladas de plutonio y uranio enriquecido. Los analistas consideran muy probable que nueve países posean armas nucleares, mientras que otros cuarenta tienen acceso a los materiales y la tecnología para fabricarlas. También calculan que el arsenal nuclear mundial asciende a unas 27.000 bombas. La energía nuclear también está presente en 442 reactores en 32 naciones que generan el 16% de la energía eléctrica que se consume en el mundo y en numerosos aparatos hospitalarios como las máquinas de radioterapia y otras.

La energía nuclear es defendida como una fuente de energía barata, flexible y necesaria pero este perfil favorable se vio socavado a finales del siglo XX por accidentes de reactores de alto perfil, como los de Fukushima, Three Miles Island y Chernóbil, los problemas de eliminación de residuos radiactivos, la competencia de las fuentes de electricidad renovables y los vínculos inevitables entre la investigación sobre energía atómica y la proliferación de armas nucleares. No obstante, la evidencia clarísima del calentamiento global ha llevado a algunos a argumentar que la energía nuclear es la única forma de generar energía asequible sin emitir gases de efecto invernadero.

La era nuclear cambió nuestro mundo en cosas que apenas sospechamos. Las explosiones nucleares en superficie generaron un aumento paulatino del nivel de radioactividad en la atmósfera y la proporción de carbono-14 en el CO2 atmosférico aumentó lenta pero constantemente. El 5 de agosto de 1962, Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética alcanzaron un acuerdo, el tratado de Prohibición Parcial de Pruebas Nucleares que establecía en sus términos que era ilegal detonar cualquier explosión nuclear salvo bajo tierra, con el fin de reducir la precipitación atmosférica de residuos radiactivos. El tratado entró en vigor en octubre de 1963, por lo que en ese año y pico entre el acuerdo y su implementación, los tres países firmantes hicieron un alto número de pruebas nucleares en superficie, de hecho parece que probaron con todo lo que tenían en sus arsenales, con los que la cantidad de radiactividad en la atmósfera subió hasta unos niveles nunca antes alcanzados.

Desde entonces la radioactividad en la atmósfera ha ido decayendo lentamente, pero a partir de aquel incremento súbito, cualquier planta existente incorporó una cantidad variable de carbono -14 en función del año o años en que estuviera viva. Los animales que comieron esas plantas y a su vez los carnívoros que comieron a esos animales herbívoros también tendrían un nivel cuantificable de carbono-14 en su cuerpo y en cada una de sus células. El carbono-14 entra en la cadena alimenticia y encuentra su camino hacia las células, que integran los átomos disponibles de carbono-14 en su ADN cuando una célula madre se divide en dos nuevas células hijas. Por tanto, la cantidad de carbono-14 en la atmósfera se refleja en las células en el momento en que nacen. Desde 1963 todos los seres vivos del planeta somos parcialmente radiactivos y esa cantidad de carbono-14 en los cuerpos vivos se ha ido reduciendo progresivamente, al no haber nuevas explosiones en superficie. El dato interesante es que esos niveles de radioactividad nos permiten fechar un ser vivo. Un ejemplo puede ser el del marfil. El 1 de enero de 1990 se incluyó en el tratado CITES la prohibición de la comercialización del marfil de elefante africano; sin embargo, las piezas históricas seguían siendo legales, por lo que existía el riesgo de que se intentara pasar marfil ilegal como marfil legal y prolongar el daño causado por furtivos y traficantes. Los niveles de carbono-14 en cada pieza permitían fechar el marfil y saber, por tanto, si era procedente de un elefante protegido por CITES o no. IFAW hizo un estudio en 2007 del marfil que se vendía en el portal de internet eBay encontrando que al menos el 90% era ilegal. En 2008, un año después, eBay prohibió completamente las ventas de marfil en su portal.

Otro de los productos afectados por la radioactividad presente en la atmósfera fue el acero. El acero es un producto artificial que se fabrica utilizando el proceso Bessemer, fundir el arrabio y soplar aire a través de él. El oxígeno reacciona con las impurezas del metal y las oxida y esos restos son eliminados como gas o como escoria. El problema es que ese aire atmosférico contiene también partículas radiactivas y por tanto, el acero producido desde 1945 tiene niveles mensurables de radiactividad. Esto puede ser un problema para los instrumentos sensibles, por lo que desde muy pronto hubo una demanda de acero de bajo fondo, aquel fabricado antes de las pruebas Trinidad. ¿Por qué necesitamos acero de bajo fondo? Cualquier aparato que tenga un sensor que necesite ser extremadamente sensible a bajos niveles de radiación va a tener problemas si usa un acero fabricado después del inicio de la era atómica. Entre ellos están los contadores Geiger, muchos dispositivos médicos y los vehículos destinados a la exploración espacial. Si estos aparatos contienen material hecho con acero ligeramente radiactivo, hay una radiación de fondo que genera un ruido inaceptable y ensucia los resultados. Ahí es donde entra el acero de bajo fondo.

Entonces, ¿de dónde sacas acero, que es un material hecho por el hombre, fabricado antes de 1945? Principalmente del océano, de los barcos hundidos de la Segunda Guerra Mundial. No fueron expuestos al aire de la era atómica cuando fueron fabricados, y no han sido reciclados y mezclados con el nuevo acero radioactivo. Literalmente cortamos los barcos bajo el agua, raspamos los percebes y cualquier otra cosa incrustada y reutilizamos el acero.

La radioactividad atmosférica afectó a todos los seres vivos, a nosotros mismos. Los isótopos radiactivos del carbono proporcionaron la primera evidencia definitiva de que generamos nuevas células cerebrales a lo largo de nuestras vidas. El estudio también proporcionó el primer modelo de la dinámica del proceso, mostrando que la regeneración de las neuronas no disminuye con la edad tan bruscamente como se esperaba. En los mamíferos, la mayoría de las células cerebrales se crean al nacer o poco después y nunca se renuevan. Pero los estudios en roedores y monos han demostrado que en dos regiones cerebrales se siguen creando nuevas neuronas incluso en la edad adulta: el hipocampo, que participa en el aprendizaje y la formación de nuevos recuerdos, y el bulbo olfativo, que es parte de la ruta neuronal del olfato. Sin embargo, ha habido cierta controversia sobre si lo mismo es cierto para los humanos. Hace quince años un estudio encontró evidencia de neurogénesis en adultos de hasta 72 años de edad utilizando una sustancia química llamada bromodeoxiuridina (BrdU) para marcar las neuronas. La BrdU se utilizó en su momento para rastrear la propagación de tumores en personas con cáncer, pero se prohibió poco después y por lo tanto el estudio nunca se repitió, lo que llevó a algunos investigadores a cuestionar los resultados. Aun así, la BrdU es un análogo de la timina y se incorpora en aquella célula que esté haciendo síntesis de ADN, el requisito previo antes de su división, de formar nuevas células.

En lugar del etiquetado químico, Jonas Frisén, del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia), y sus colegas, utilizaron el carbono-14, el subproducto de los ensayos de bombas nucleares en superficie realizados entre 1945 y 1963.  Mediante el análisis del tejido cerebral con equipos de espectrometría de masas, el grupo de investigadores pudo cuantificar el número de átomos de carbono-14 atrapados en diferentes poblaciones de células en diferentes regiones del cerebro. Luego pudieron comparar esta cifra con los datos conocidos de los niveles atmosféricos de carbono-14 desde la fecha de nacimiento de una célula en diferentes personas hasta dentro de un año aproximadamente. El nivel de carbono-14 es mayor en las células más antiguas, que crecieron más cerca del pico de las pruebas de las bombas nuclear, que en las células nacidas más recientemente, que absorbieron menos elementos de la atmósfera.

 El equipo de Frisén demostró que los humanos son el único mamífero conocido en el que no hay neurogénesis en el bulbo olfativo adulto, ya que todas las células de esta región del cerebro tenían la misma edad. Pero al observar el hipocampo en 55 cerebros post-mortem de entre 19 y 92 años, el equipo descubrió que un grupo de neuronas en un área del hipocampo llamada el giro dentado había nacido a lo largo de la edad adulta. La capacidad de crear nuevas neuronas parece permanecer en los humanos más tiempo que en los ratones. En lugar de la disminución de 10 veces entre los ratones jóvenes y los de mediana edad, el equipo encontró sólo una disminución de cuatro veces en los humanos.

 Una pequeña parte de nuestro cerebro permanece permanentemente joven, renovándose continuamente, con nuevas células que llegan, se diferencian y se conectan. Al modelar el proceso, el equipo estimó que generamos alrededor de 1400 nuevas neuronas cada día. No es mucho, no nos sirven de gran cosa, no sustituyen a las neuronas que perdemos en el alzhéimer o en el párkinson, pero es una expectativa, una posibilidad de que quizá, algún día podremos cambiar las cosas. Eso es la ciencia, una herramienta para conocer y una puerta a la esperanza.

Fuente: https://jralonso.es/2023/04/12/atomos-y-neuronas/

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Cuatro motivos para tomarse el anuncio de la energía de fusión con más calma

Estos son algunos “peros” que los propios científicos ponen al anuncio triunfalista del Laboratorio Livermore y el gobierno de EE.UU. sobre la fusión nuclear.

Cuatro motivos para tomarse el anuncio de la energía de fusión con más calma
Instalaciones del Laboratorio Lawrence Livermore donde se ha hecho el experimento | Lawrence Livermore National Security

 El Departamento de Energía de EE. UU. y la Administración Nacional de Seguridad Nuclear han anunciado este martes oficialmente que han conseguido por primera vez la ignición por fusión en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, un gran avance científico que lleva décadas en desarrollo y allanará el camino para el futuro de la energía limpia.

Según han asegurado sus responsables en rueda de prensa, el primer experimento de fusión controlada de la historia ha conseguido producir más energía a partir de la fusión que la energía láser utilizada para impulsarla. “La búsqueda de la ignición por fusión en el laboratorio es uno de los desafíos científicos más importantes jamás abordados por la humanidad, y lograrlo es un triunfo de la ciencia, la ingeniería y, sobre todo, de las personas”, ha asegurado Kim Budil, directora del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore.

Este logro histórico confirma la viabilidad del concepto y refuerza la posibilidad de lograr en un futuro una energía limpia de fusión, como la que se produce en las estrellas. Pero a pesar de los titulares triunfalistas y las afirmaciones del tipo “con una botella de agua se obtendrá la energía de un hogar durante un año”, conviene poner los matices necesarios para entender que se trata de una prueba de concepto y que aún queda un largo camino.

Estos son algunos de los matices que ponen los propios expertos para entender este logro en su justa medida:

1. La fusión comercial está muy lejos

Lo ha resaltado la propia directora del Laboratorio Livermore. “Hay obstáculos muy significativos, no solo en la ciencia, sino en la tecnología”, ha recalcado Kim Budil en la rueda de prensa del anuncio oficial.  “Esto es una sola cápsula de ignición y se ha producido una vez, y para hacer energía de fusión comercial tienes que hacer muchas cosas, tienes que hacer muchos eventos de fusión por minuto”. De modo, que llevará “décadas”. “No cinco décadas, como solíamos decir”, ha resaltado divertida, “pero requerirá grandes esfuerzos de inversión y unas cuantas décadas de investigación”. 

"Para convertir la fusión en una fuente de energía, necesitaremos aumentar aún más la ganancia de energía”, asegura Jeremy Chittenden, profesor de Física de Plasma del Imperial College de Londres en declaraciones al Science Media Centre. “También tendremos que encontrar una manera de reproducir el mismo efecto con mucha más frecuencia y mucho más barato antes de que podamos convertir esto de manera realista en una planta de energía".

“Este es un paso clave en un posible camino hacia la fusión comercial”, asegura el físico de materiales Robin Grimes. “Sin embargo, extraer esta energía para que pueda aprovecharse y desarrollar los materiales que puedan resistir la operación continua son desafíos enormes”. “Es probable que este anuncio tenga más importancia científica que práctica”, señala Mark Wenman, experto en física de materiales, “pero como prueba de concepto debería ayudar a que más fondos fluyan hacia la investigación de la fusión nuclear”.

“Este es un gran resultado científico, pero todavía estamos lejos de la fusión comercial”, subraya la investigadora Aneeqa Khan, de la Universidad de Manchester. “Necesitamos una ganancia de energía neta de ingeniería de todo el dispositivo que tenga en cuenta todas las ineficiencias de la planta. La construcción de un plan de energía de fusión también tiene muchos desafíos de ingeniería y materiales […] Necesitamos capacitar a una gran cantidad de personas con las habilidades para trabajar en el campo y espero que la tecnología se utilice en la segunda mitad del siglo".

2. Aún falta la revisión por pares

Tal y como ha señalado Kim Budil, sus equipos han pasado una semana contrastando los datos para asegurarse de que son correctos e incluso invitaron a "un equipo externo de expertos para hacer una revisión por pares”, ha anunciado. Eso no les exime de pasar el proceso de revisión habitual que requerirá la publicación en una revista científica de primer nivel, donde aún se pueden detectar errores, como sucedió con otros grandes anuncios anteriores.

“Me gustaría poder leer los detalles de este nuevo hito, pero supongo que habrá que esperar varios meses hasta que el artículo esté escrito y enviado a publicación”, asegura el físico y divulgador Francis Villatoro a Vozpópuli. “La gran duda actual es la estimación de la energía producida por la ignición del combustible”, añade. “La medida es indirecta. Si han observado 3.5 MJ es una medida dudosa porque podría estar por encima de lo que los detectores estaban capacitados para medir. Quizás incluso alguno haya sido dañado. Así que esta estimación habría que cogerla con alfileres”. 

“En cualquier caso, para ellos es algo muy relevante, pues su financiación peligraba”, agrega. Su hito de lograr un 72% de la energía inyectada, en agosto de 2022, no había podido ser repetido, destaca el investigador. Y tras muchos intentos a principios de este año se publicó una noticia en Nature sobre posibles problemas de financiación. “Antes de diciembre de 2022 tenían que lograr repetir y superar el logro anterior si querían más financiación. Lo han logrado in extremis”, asegura. “Esto también puede generar dudas en ciertos sectores. ¿Cómo es posible que hayan hecho a principios de diciembre lo que parecía en noviembre que no podrían lograr este año tras múltiples fracasos?”.

3. Los cálculos tienen un “punto débil”

Abundando en el argumento anterior, algunos expertos creen que el punto débil puede estar en los datos sobre el imput de energía. “Aunque es una noticia positiva, este resultado todavía está muy lejos de la ganancia de energía real requerida para la producción de electricidad", asegura  Tony Roulstone, especialista en energía nuclear de la Universidad de Cambridge al Science Media Centre. En resumen, insiste, lo obtenido todavía es mucho menos que la energía que necesitaban para los láseres en primer lugar. "La producción de energía (principalmente energía térmica) seguía siendo solo el 0,5% de la entrada”.  

En el mismo sentido se manifiesta Enrique Borja, doctor en Física y divulgador científico. “[El anuncio] no considera la energía que hemos de suministrar a los propios láseres para su funcionamiento”, señala. “Es decir, hemos visto que podemos sacar energía de la fusión, pero aún estamos muy lejos de poder hacerlo de forma eficiente como para poder ser usada a nivel "industrial". ¿Qué pasaran? ¿Dos años? ¿Cinco? ¿Veinte?  No lo sé. Pero lo que sí sé seguro es que lo conseguiremos”.

"Otro punto clave es que nadie sabe cómo extraer energía eléctrica útil de la fusión inercial mediante láser", añade Villatoro. "No solo es pulsada, sino que cada pulso tiene una duración muy corta (decenas de nanosegundos como mucho) con lo que el método usual de extracción de electricidad, que es el calentamiento de un material que a través de un intercambiador de calor genere vapor de agua que mueva una turbina, es completamente inviable. Nadie sabe cómo en el futuro se podrá extraer energía eléctrica útil de este tipo de instalaciones", sentencia.

  

4. No nos salva de la crisis climática

El último 'pero' tiene que ver con las implicaciones sociales y políticas de este anuncio, porque la sociedad puede interpretar que la crisis climática ya tiene solución y rebajar la presión para adoptar políticas que reduzcan el consumo de combustibles fósiles, lo que sería un grave error. 

“La fusión ya llega demasiado tarde para hacer frente a la crisis climática, ya nos enfrentamos a la devastación del cambio climático a escala mundial, observando las inundaciones en Pakistán, las sequías en China y Europa solo este verano”, señala Aneeqa Khan. "A corto plazo, debemos utilizar tecnologías bajas en carbono existentes, como la fisión y las energías renovables, mientras invertimos en fusión a largo plazo, para ser parte de una combinación energética diversa baja en carbono. Tenemos que utilizar todo lo que tenemos en la crisis climática. Es importante tener estrategias tanto a corto como a largo plazo”.

Fuente:  https://www.vozpopuli.com/next/fusion-nuclear-livermore-anuncio.html

jueves, 7 de julio de 2022

Verde nuclear, verde gas


https://es.wikipedia.org/wiki/Central_nuclear_de_Chooz

  Las clarificadoras contradicciones de la transición energética

Verde que te quiero verde, verde metano, verde nuclear. Francia con el uranio y Alemania con el gas. Ni el eterno García Lorca logró poner tan de moda el verde como la transición energética. Pero al mirar de cerca, el supuesto verde destiñe y lo que encontramos es más bien tendente al oscuro. Oscuro color crudo.

Está celebrándose una suerte de derbi entre las dos potencias europeas por excelencia. Los equipos están nerviosos por los últimos compases del “encuentro”, donde los precios del gas –y por tanto, de la luz en un mercado marginalista– han batido récords que pocos habrían augurado para tan pronto. Francia y su defensa poblada de centrales (nucleares) ataca la retaguardia alemana alegando que la nuclear es imprescindible para superar otras opciones peores como el carbón. Alemania, en su productivo terreno de juego, busca contraatacar con la defensa del gas como ineludible energía de transición. Argumentan que no genera residuos tan peligrosos, sirve para estabilizar la red y tiene la tasa de emisiones más baja de las fuentes fósiles –aproximadamente la mitad de las del carbón–.

El debate está caliente porque los miembros del lobby nuclear apoyan (oh, sorpresa) a la nuclear, y los que consideran que esa fuente de energía es una ruina económica llena de riesgos, suelen defender el gas como mal menor, o argumentan que las renovables se bastarán pronto para cubrir el suministro. ¿Quién tiene razón? ¿Qué sería más sensato hacer?

Según la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, el borrador filtrado a la prensa, que aboga por incluir en la “taxonomía de finanzas sostenibles” –término que podemos traducir como: invierta aquí sin remordimientos–, se equivoca: “No tiene sentido y manda señales erróneas para la transición energética del conjunto de la UE”. 

Pero, ¿y si le diéramos un poco la vuelta al argumento? ¿Y si en realidad lo que está mandando son señales muy claras, inequívocas? La transición va a ser muchísimo más compleja de lo que se suele contar y los altos precios y contradicciones son algunas de las últimas señales. Y de poco sirve que arteramente se diga que son “energías de transición”, solo válidas por un plazo prefijado: a todos los efectos, se las considerará verdes. Verde nuclear y verde gas.

Según la propuesta pendiente de aprobación, las nuevas plantas nucleares serán verdes como una aceituna hasta –de momento– 2045, y para ello tendrán que contar con un plan para eliminar de forma segura los desechos (ja).

Los países defensores de su categorización como verde, capitaneados por una Francia que tiene la mitad de los reactores de Europa, afirman que es una fuente imprescindible para la transición; sin ella, nos veremos abocados al sucio carbón y al carísimo y solicitado gas, dicen. No comentan que la producción de uranio del mundo ha caído un 20% desde los máximos de 2016. No comentan que la perspectiva es que caiga todavía otro 30% de aquí a 2040. No comentan que Francia mantiene 5.000 soldados en el África Sahariana para asegurar el cada vez más maltrecho suministro de uranio desde Níger. No nos dicen que el 25% de las centrales francesas están permanentemente paradas. Nos venden el sueño nuclear para que no veamos la pesadilla que es ahora mismo.

Intentan hacer creer que tenemos al alcance de la mano tecnologías para reaprovechar los residuos y así callemos. En última instancia, Francia intenta que el rescate de Areva, la compañía semipública que se encarga de la gestión del combustible nuclear y que quebró en 2016, no arrastre a la semipública EDF, que la absorbió. Francia sabe que no hay futuro en la nuclear, pero necesita una coartada para que la UE no le impida seguir dando subvenciones públicas a un tinglado que se tambalea. Y mientras, aquí en España, algunos dan palmas con las orejas y le hacen el juego al Gobierno francés mientras nos intentan encandilar diciendo que esta decadente industria salvará el mundo (no queremos que nos salven de esta manera, gracias).

En cuanto al gas, sería [teñido de] verde hasta 2030. La elección de la fecha no responde a ningún criterio climático: ya el informe del Grupo III del IPCC que filtramos hace meses revelaba que, para alrededor de 2030, todas las centrales de gas y de carbón debían ser cerradas. Cerradas, no indultadas hasta esa fecha y a partir de ahí ya veremos cómo las vamos cerrando. Lo que sí que se espera que aguante –más o menos– hasta 2030 es la producción mundial de gas. El techo de producción se alcanzaría en ese 2030, que mágicamente aparece en el texto de la Comisión Europea. El mensaje es claro: vamos a tirar del gas natural tanto como se pueda, y si luego bajamos no será por compromiso climático alguno, sino porque cada vez habrá menos. Un cálculo que peca de mucho cinismo: se cuenta con que Europa acaparará el escaso gas que debería ir a otros lugares pero que acabará en nuestros lares, que pagan con moneda fuerte.

Y llegamos al carbón: una noticia reciente ha hecho que medio mundo se avergüence. Tras 26 Cumbres del Clima, y con un consenso del 99,9% de la comunidad científica sobre la gravedad del cambio climático, el precio del gas y la recuperación económica han hecho que, según la Agencia Internacional de la Energía, la cantidad de electricidad generada con carbón haya aumentado un 9% hasta batir el registro histórico. Grandioso. Hay que ver cómo funciona de bien la transición energética sin apenas planificar. 

El aumento se ha debido a India y China, principalmente. Entre las dos se va a dirimir una buena parte de la laberíntica transición, en la que no se les puede negar la aspiración de cierta equidad con respecto al nivel de vida en Occidente. Eso conduce, aunque no se quiera admitir, a que Occidente (Estados Unidos, Europa, Australia, Japón, etc.) tendría que decrecer voluntaria y planificadamente hasta tratar de equilibrar nuestra huella.

Por si con esto no bastara, el petróleo no nos da ningún respiro. Con precios que coquetean ya con la barrera de los 90 dólares y una demanda actualmente insatisfecha –la caída en la producción ha sido del 4%–, las mismas previsiones de la Agencia Internacional de la Energía prevén una caída, si persistiese el proceso de desinversión comenzado en 2014, de entre el 20% y el 50% para 2025. 

Incluso con una cierta actuación de los Estados para parar la sangría, es probable que este año veamos una caída adicional de la producción del oro negro del 8% y que tengamos una o dos crisis de precios en este 2022. Peor aún, la producción mundial de diésel cae en barrena: casi un 15% desde el máximo de 2015, arrastrada por la falta de petróleos de buena calidad. Lo vemos en las estaciones de servicio, cómo sube imparable hasta precios no vistos desde 2008. Y diésel significa transporte, maquinaria pesada y de mina, tractores… Si falta diésel, falta –y faltará– de todo. 

Ante semejante problemón, si con las renovables fuera a bastar para cubrir nuestras necesidades energéticas, tal y como alegan sus acérrimos defensores, si son más baratas, más limpias… en definitiva, ¡más verdes! –como los billetes que irán a parar a las grandes empresas y fondos de inversión– ¿por qué un modelo explotador de todos los recursos disponibles, que sólo busca maximizar beneficios a toda costa como el capitalista, no ha instalado ya una cantidad ingente de las mismas, para que el maná energético siga fluyendo al mismo ritmo y el espectáculo pueda continuar?  

La respuesta es compleja, pero a la vez muy simple. No es posible. De momento, ni por asomo. Y todo parece indicar que los que creen que se podrá sostener la cantidad de energía actual con fuentes de captación de energía renovable, en el mejor de los casos pecan de bienintencionada ingenuidad, en el peor, se parecen más a unos vendedores de “elixires de la eterna juventud” que a visionarios.  

Se suele alegar –y es verdad– que el coste de producción de electricidad por medios renovables ha caído en picado, y que hace tiempo que es más barato que el coste de las térmicas de carbón o las nucleares, y, desde hace unos años, incluso que los ciclos combinados del gas. Mirar solamente el precio, sin embargo, oculta ciertas verdades incómodas. Como, por ejemplo, que los paneles fotovoltaicos se fabrican mayoritariamente en China, país que genera el 65% de su electricidad con carbón. O que se requieren grandes cantidades de materiales, extraídos usando diésel, para paneles y aerogeneradores. O que todo se transporta de la mina a la planta de procesamiento, de la planta a la fábrica, de la fábrica al lugar de instalación, usando diésel. 

Aunque la huella de CO2 de los sistemas renovables sea, indudablemente, mucho menor que la de otros tipos de centrales eléctricas, no es menos cierto que las renovables necesitan esos mismos combustibles fósiles para su fabricación e instalación (nadie ha cerrado nunca el ciclo de vida de las renovables usando solo energía renovable). Pero hay más. Las renovables han podido llegar a ser competitivas –económicamente– comparadas con otros sistemas mientras han sido relativamente pocas, menos del 2% de la energía primaria mundial. Pero, a medida que se fueran extendiendo, su competitividad iría empeorando: cada vez quedarían menos emplazamientos idóneos para su instalación; cada vez los costes de instalación y mantenimiento serían mayores.

Los que defienden acríticamente el modelo renovable actual quizá están cayendo en la trampa del crecentismo, cuando definen el progreso de las renovables como “crecimiento exponencial”. Nada crece exponencialmente por mucho tiempo en un planeta finito. Y mejor no hablemos de alguno de los materiales que se requieren, cada vez más escasos, para ese modelo de transición que, según reconocía la Agencia Internacional de la Energía, tendría que multiplicar por factores desorbitados su producción anual: el litio por 42, el cobalto por 21, las tierras raras por 7. 

Si no asumimos el decrecimiento inevitable y nos adaptamos, hasta 2050 estaremos esperando un milagro. Algo poco científico, la verdad. Un milagro que no tiene pinta de que se vaya a producir y que irá dejando a más personas fuera de unos niveles de vida aceptables, mientras el mercado asigna los recursos eficientemente, si eres millonario.

Hace unos pocos días, el ingeniero Marcel Coderch ilustraba en un programa en la televisión catalana con un ejemplo magnífico por qué este tipo de promesas tecno-optimistas del tipo, algo inventaremos, son un peligro: “Es como si te compras un boleto de lotería y dices, venga, voy a comprarme un coche” [eléctrico, como no] “y al ir a pagar dices, tome, e intentas pagar con el billete de lotería”. Eso es lo que estamos haciendo con la fe en la tecnología. Y no solo con la transición energética, también con el enorme reto climático: algunas de las “soluciones” más aceptadas, incluso por parte de la comunidad científica, son la captura y secuestro de carbono, de momento un pufo que no funciona salvo como agujero negro de fondos y recursos, o la geoingeniería, cuyos peligros sobrepasan ampliamente a sus supuestos efectos positivos. 

La última bala de plata verde parece ser el hidrógeno: un vector, no una fuente de energía. No hay minas de hidrógeno en el mundo, el hidrógeno se obtiene consumiendo combustibles o electricidad. En el último informe anual de la Agencia Internacional de la Energía se reconocía que uno de los grandes retos del modelo al que se quiere transitar son las pérdidas por las sucesivas transformaciones, y el hidrógeno es un buen ejemplo: a día de hoy las pérdidas de obtener hidrógeno de manera industrial para producir calor están alrededor del 50% y para vehículos son de un apabullante 90% (en laboratorio todo es mejor, pero hay que ir al mundo real). Por ese motivo, la Estrategia Europea del Hidrógeno reconoce que Europa no se podría autoabastecer con el hidrógeno que puede producir usando sus propias renovables. 

Alemania ha firmado acuerdos comerciales ventajosos para importar hidrógeno desde Ucrania (qué casualidad), Marruecos, Chile, Namibia o el Congo. Y, en parte por eso, a España se le ofrecen generosas partidas de los fondos Next Generation: para instalar infinidad de macroparques eólicos y solares, al tiempo que se le recuerda que el mercado del hidrógeno es único para toda Europa y que Alemania espera que los países del Sur “sean solidarios” con los del frío Norte. 

Ese es el juego al que estamos jugando: uno en el que podemos acabar convirtiéndonos en una colonia energética del Norte de Europa. Pero, tranquilos, que todo será verde. La nuclear, verde radioactiva y fosforescente. El gas, verde fósil. La contaminación de la extracción masiva de materiales para nuestras renovables, verde mina. Si nos descuidamos, en un periquete habrá también macrogranjas verdes. Y, cuando ya no nos quede otra, acabaremos pintando el carbón del color de la esmeralda. Porque de todas las materias no renovables, el carbón es la que decae más lentamente. O asumimos el laberinto en el que estamos, o en los próximos años el mundo seguirá usando carbón a tutiplén.

Aunque faltan flecos y el resultado del partido está por determinar, tiene pinta de que va a acabar en un empate pírrico y pactado para evitar (temporalmente) el descenso de categoría –convertir tanto al gas como a la nuclear en energías puente, de transición–, algo muy conveniente para los dos países más poderosos de una Europa que se empeña, vieja, desvencijada, y malherida por un protofascismo emergente que no quiere oír hablar de límites de ningún tipo y que la tiene atemorizada, en al menos aparentar frente al espejo que se pinta un poco de verde. Verde que te quiero verde.

 Fuente: https://ctxt.es/es/20220701/Firmas/38615/Juan-Bordera-Antonio-Turiel-energeticas-ecologismo-transicion-gas-nuclear-centrales.htm

martes, 26 de abril de 2022

26 de Abril,1986: El mundo aprende tristemente donde está Chernóbil

 Hasta la catástrofe de Fukushima (Japón), fue el mayor accidente nuclear de la historia. El 26 de abril de 1986 el reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, a unos 18 kilómetros de la ciudad ucraniana de Chernóbil, se sobrecalentaba provocando la explosión de su núcleo.

El origen del desastre se desencadenó por unas pruebas de corte de suministro eléctrico en la central. Los técnicos querían comprobar que, en el caso de fallo en la red, se podía mantener la electricidad suficiente para refrigerar el reactor hasta que comenzase a funcionar la energía auxiliar.

El resultado fue la explosión del hidrógeno acumulado en el núcleo del reactor, lo que provocó la expulsión de materiales tóxicos y radiactivos en una cantidad 500 veces mayor a los generados por la bomba de Hiroshima. Toda la zona fue evacuada por el Ejército Rojo durante los días siguientes, pero se esperó demasiado y gran parte de la población se vio afectada.

El símbolo del desastre nuclear en los campos cercanos a Chernobyl (AP)
El símbolo del desastre nuclear en los campos cercanos a Chernobyl (AP)

 De forma directa el accidente causó la muerte de 31 personas, pero los efectos más devastadores son los indirectos. Los informes realizados desde entonces no se ponen de acuerdo en los números, pero siempre se cifran en miles los muertos y enfermos de cáncer por la exposición a la radiación, extendida a varios países a pesar de las medidas de protección que se adoptaron.

Entre esos miles destacan los llamados ‘liquidadores’: especialistas científicos, obreros, bomberos y militares que trabajaron en las labores de descontaminación para minimizar los daños de la catástrofe. Unas 600.000 personas, de las cuales, varios miles han muerto y otras sufren graves problemas de discapacidad a consecuencia de la radiactividad.

Parte de una escuela en Pripyat, el pueblo a tres kilómetros de la central atómica de Chernobyl (AP)
Parte de una escuela en Pripyat, el pueblo a tres kilómetros de la central atómica de Chernobyl (AP)

 A pesar del horror y el miedo a otro episodio similar, la necesidad eléctrica del país provocó que el resto de reactores de la central siguiesen funcionando hasta su cierre definitivo en el año 2000.

La zona de exclusión, unos 30 km alrededor del accidente, alberga aldeas y ciudades fantasma como Pripiat, hogar de los trabajadores de la central. Los turistas que la visitan aún pueden ver como ondea la bandera soviética en los edificios que quedan en píe, como símbolo del día en el que se paró el tiempo en la que fue conocida como la ‘ciudad del futuro’ de la URSS.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Visual/Ilustraciones/Chernobil-el-mayor-desastre-nuclear-del-siglo-XX#results

jueves, 15 de abril de 2021

Israel ya no oculta la participación del Mossad en los atentados contra el programa nuclear iraní

Dos filas de centrifugadoras conectadas en la planta nuclear de Natanz, en Irán.

Esta vez, no fue necesario que fuentes anónimas de inteligencia de EEUU apuntaran a Israel como probable responsable de un ataque contra el programa nuclear iraní. La censura militar israelí no se ocupó de comunicar a los medios de comunicación del país que no podían aportar información propia sobre el incidente o que si acaso sólo podían citar artículos de medios extranjeros. La inteligencia israelí se ocupó de informar, a través de fuentes anónimas, que el Mossad era el autor de lo que al principio se denominó como un ciberataque contra la red eléctrica de las instalaciones de la central iraní de Natanz. La censura militar permitió la publicación de la noticia.

Sobre la intencionalidad política de un hecho sin precedentes, Efraim Halevy, director del Mossad desde 1998 a 2002, tenía pocas dudas. «Aparentemente, aquellos interesados en este asunto (el programa nuclear iraní) en el Estado de Israel, en el liderazgo político del país, están interesados en que se atribuya a Israel», dijo el lunes. «No hace mucho tiempo, Israel no asumía la responsabilidad de estas acciones». Halevy no tuvo inconveniente en señalar al primer ministro, Binyamín Netanyahu, como responsable de estas decisiones. No cabía hablar de una filtración sin control.

Israel lleva años realizando ciberataques y atentados contra instalaciones y personas relacionadas en el programa nuclear de Irán. El sabotaje de este domingo se produce en un momento singular, cuando EEUU reanuda los contactos con Teherán con vistas a negociar la recuperación del acuerdo nuclear que la Administración de Donald Trump decidió boicotear. El Gobierno de Netanyahu confía en que una represalia iraní impida a Biden recuperar un acuerdo que fue el mayor éxito internacional del Gobierno de Barack Obama cuando Biden era su vicepresidente.

El atentado coincidió con la presencia en Israel del secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin. No hay confirmación sobre si el Gobierno de EEUU estaba informado previamente del ataque.

No pasó mucho tiempo hasta que se supieron otros datos del ataque ocurrido a las cuatro de la madrugada del domingo. Israel necesitaba que la situación fuera aun más humillante para Irán. No había sido un ciberataque, según una televisión israelí, sino un atentado con explosivos que destruyó la red eléctrica que alimenta la central de Natanz, el lugar donde las centrifugadoras realizan el enriquecimiento del uranio. No está conectada por razones de seguridad a la red nacional. Es autosuficiente y cuenta con un sistema de reserva. Alguien colocó una bomba en una instalación que goza de la máxima seguridad controlada por los Guardias Republicanos Islámicos (IRGC).

Las autoridades iraníes ofrecieron más datos sobre los daños causados por la explosión a la que calificaron de terrorismo nuclear. Varios miles de centrifugadoras habían quedado «completamente destruidas», según un diputado que dirigió la agencia nuclear iraní. El cálculo que hacen los servicios de inteligencia israelíes y norteamericanos es que se tardará varios meses, quizá hasta nueve, en reparar los destrozos.

La respuesta de Irán fue anunciar el martes que aumentará el proceso de enriquecimiento de uranio hasta el 60%. Cuenta con la planta de Fordo con un millar de centrifugadoras con capacidad de hacerlo. El mayor umbral tecnológico consiste en llegar al 4% de enriquecimiento (a partir del cual ese combustible puede emplearse en una central nuclear civil) y pasar de ahí al 20%. A partir de ese punto, sólo hay que poner más centrifugadoras en funcionamiento.

Cuando Trump dio por cancelado el acuerdo nuclear, Irán se sintió liberada de respetar sus términos. Esa actitud se hizo más firme cuando Washington le aplicó sanciones que han tenido un efecto evidente en la economía del país.

Después de las últimas elecciones, las cuartas en dos años, Israel tiene un Gobierno en funciones. Los ataques en suelo extranjero deben contar con la autorización de todo el Gabinete o del Gabinete de Seguridad, con el primer ministro y un número reducido de miembros del Gobierno. El exjefe de inteligencia militar, Amos Yadlin, duda de que se hayan respetado estos procedimientos: «Incluso siendo cauteloso, dudo de que no estemos ante un calendario político que ha iniciado una crisis de seguridad con el objetivo de facilitar que Netanyahu forme otro Gobierno bajo su liderazgo». El periodo electoral ha hecho que el Gabinete de Seguridad no se haya reunido desde febrero. Netanyahu ha tenido las manos libres para dar vía libre al ataque contra Irán.

Las negociaciones de Viena en las que participan EEUU, Irán y otros actores del proceso cobran ahora una mayor importancia. No es sólo el ayatolá Jamenéi, la cúpula militar y los diputados conservadores los que ven con escepticismo la posible reanudación de las conversaciones. El Gobierno israelí hará todo lo posible para que no concluyan con una vuelta al anterior acuerdo nuclear. El sabotaje del domingo plantea serias dudas sobre la capacidad de Biden de controlar los planes de Netanyahu. No sería la primera vez que Israel desafía a una Administración demócrata en su intento de poner fin a la confrontación histórica con Irán.

Fuente: http://www.guerraeterna.com/israel-ya-no-oculta-la-participacion-del-mossad-en-los-atentados-contra-el-programa-nuclear-irani/

miércoles, 5 de febrero de 2020

Ante la falta de energía nuclear por el desastre de Fukushima, Japón abrirá 22 plantas de carbón y da marcha atrás en la lucha contra la contaminación

Ante la falta de energía nuclear por el desastre de Fukushima, Japón abrirá 22 plantas de carbón y da marcha atrás en la lucha contra la contaminación

El mundo está perdiendo la guerra contra el carbón. Pese a ser una de las formas de generar energía que más CO2 producen, la quema de carbón es también una de las formas más económicas y funcionales. Según el acuerdo de París, países como Japón se han comprometido a controlar sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030, pero lejos de cumplir estos objetivos, el gobierno nipón está apostando por nuevas plantas a carbón.

22 nuevas plantas en 17 lugares diferentes durante los próximos cinco años, justo en el momento en que la lucha contra el cambio climático pide poner freno a esta forma de generar energía. Y es que una de las consecuencias del desastre nuclear de Fukushima en 2011 fue el cierre del programa de energía nuclear en Japón, algo que ha provocado que el país tenga que optar por otras formas para poder abastecer de energía a su población. Porque como en Alemania, sin energía nuclear y sin poder basarse enteramente en energías renovables, las distintas variedades de carbón siguen suponiendo un gran porcentaje de la industria energética.

 22 nuevas plantas de energía basadas en el carbón durante los próximos 5 años

Plantas Tepco
Algunas de las plantas de carbón propuestas, según recoge la web Japan Coal Plant Tracker.

A través del portal Japan Coal Plant Tracker es posible observar cuáles son las plantas planeadas para los próximos años. Podemos ver cómo algunas han sido finalmente canceladas mientras que otras están ya bajo construcción, previstas para ser iniciadas a partir de 2022.

Según describen vecinos de Yokosuka al New York Times: "Es lo peor que podrían construir". Y es que estas 22 centrales juntas emitirían casi la misma cantidad de dióxido de carbono anual que todos los coches que se venden en un año en los EE.UU. Una cantidad de contaminación enorme que contrasta con el mensaje de Japón de intentar conseguir los JJ.OO 2020 lo más ecológicos posibles.

Tepco
Mapa de las actuales centrales de Tepco en la Bahía de Tokio. Fuente: Tepco Fuel & Power

En Yokosuka la empresa Tokyo Electric Power Company, más conocida simplemente como Tepco, ya disponía de una central eléctrica en el mismo lugar donde se planea la construcción de dos de estas nuevas centrales a carbón. Pero la construcción ha generado mucha controversia entre los grupos ambientalistas. Según explica el NYT, Tokyo Electric declaró que las nuevas centrales no necesitaban una revisión ambiental completa, porque estaban siendo construidas en el mismo sitio que las instalaciones de quema de petróleo.

Para grupos ambientalistas como No Coal Japan, el problema es que se ha aceptado el proyecto sin una evaluación ambiental adecuada y se pone en peligro no solo a los vecinos de la zona, también al resto del planeta al contribuir al cambio climático.

Pikachu Cumbre
Activistas japoneses disfrazados de Pikachu durante la Cumbre del Clima en Madrid. Vía 3DJuegos
"Japón promociona unas Olimpiadas de bajas emisiones, pero en el mismo año, comenzará a operar cinco nuevas centrales eléctricas de carbón que emitirán muchas veces más dióxido de carbono que cualquier cosa que las Olimpiadas puedan compensar", explicaba la activista Kimiko Hirata, directora de Kiko Network, durante la COP25.

En el pasado, la nuclear llegó a suponer un tercio del tipo de energía producido
Japón depende del carbón en más de un tercio de su energía. En el pasado, la energía nuclear llegó a suponer un porcentaje parecido, pero debido al desastre de Fukushima se reduce drásticamente hasta representar únicamente el 3% en 2017.

Japan Eia
Energía eléctrica generada por Japón. Fuente: EIA

El carbón, junto al gas natural y el petróleo, representa aproximadamente el 80% de la generación de energía. Es decir, la mayoría de la energía en Japón se produce a partir de combustibles fósiles y únicamente el 16% se basa en energías renovables, con la hidroeléctrica como la más utilizada entre ellas, según los datos de EIA.

La crisis energética de Fukushima ha promovido esta apuesta de Japón por el carbón, pero no es el único motivo. El gobierno ha seguido manteniendo la creencia de que las empresas públicas del país deben seguir invirtiendo en combustibles fósiles para mantener una mezcla diversificada de fuentes de energía. Y es que la construcción de estas nuevas plantas de carbón no solo significa ampliar la producción, también renovar las plantas de carbón más antiguas.

Japón depende de las importaciones para la mayor parte de la energía, pero además de Fukushima, en la década de los 70 también decidieron abandonar parte del petróleo extranjero a raíz de la crisis del petróleo. Esto ha llevado a que desde hace años, Japón ha ido lenta pero progresivamente ampliando su apuesta por el carbón.

Tepco Fabrica

Países como Reino Unido, Francia o España tienen entre sus objetivos eliminar el uso del carbón para 2025 y por ejemplo en nuestro país, el uso del carbón representa menos del 14%. Pero como explica Yukari Takamura, experto en política climática del Instituto de Futuras Iniciativas de la Universidad de Tokio: "Japón es una anomalía entre las economías desarrolladas. La era del carbón está terminando, pero para Japón, está resultando muy difícil renunciar a una fuente de energía en la que ha dependido durante tanto tiempo".

Shinjiro Koizumi, Ministro de Ambiente y Energía de Japón, ha explicado que el país nipón "no puede declara una salida del carbón inmediata", aunque sí ha declarado que "el país se moverá constantemente hacia hacer de las energías renovables su principal fuente de energía". Unas promesas que contrastan con los planes de construcción de estas nuevas centrales basadas en el carbón. Para contrarrestarlo, el gobierno también ha explicado que Japón invertirá en tecnologías de captura y almacenamiento para limpiar las emisiones generadas por el carbón. Una tecnología que por el momento sigue sin estar disponible.

Fuente: https://www.xataka.com/energia/falta-energia-nuclear-desastre-fukushima-japon-da-marcha-atras-lucha-contaminacion-apuesta-carbon

domingo, 28 de julio de 2019

La ola de calor es tan extrema en Europa que algunas centrales nucleares están parando los reactores

La ola de calor es tan extrema en Europa que algunas centrales nucleares están parando los reactores

 La segunda gran ola de calor del verano de 2019 está afectando a España, pero sobre todo a países de más al norte de Europa, donde no están para nada acostumbrados a estas altas temperaturas. De hecho, en algunos países se están alcanzando temperaturas récord desde que se tienen registros. Esto tiene incidencia en muchos ámbitos, y uno de ellos es la producción energética de las centrales nucleares.

Según conocemos por Reuters, la producción de energía nuclear se ha visto reducida en un 8%, lo que supone una caída de 5,2 gigavatios (GW). Según datos del operador de la red eléctrica francesa, seis centrales han reducido su producción en el día de ayer, con otros dos haciendo una parada de los reactores. En Alemania, que también ha conocido temperaturas récord en algunas regiones, la eléctrica E.ON, también ha anunciado que su reactor de Grohnde, en Baja Sajonia, sería desconectado hoy viernes hasta el domingo.

El problema es la temperatura a la que el agua se devuelve a los ríos

 Estas centrales nucleares están preparadas para funcionar en contextos de ola de calor como el que atraviesan sus regiones. El problema es que, el agua de los ríos, que en las nucleares se emplea en labores de refrigeración, puede devolverse a los cauces de los ríos con un límite de temperatura para no afectar al ecosistema de éstos.

Las centrales pueden refrigerarse con el agua a una temperatura mayor de la habitual, es decir, que no es un problema que afecte al rendimiento productivo, pero la legislación impide que se devuelva a una temperatura nociva para el medio. Así, actualmente, según conocemos por electricityMap, en Francia se están utilizando 35 GW de 63,1 GW que marcan la capacidad máxima de producción de nucleares galas, mientras que en Alemania se están utilizando 6,20 GW de 9,52 GW totales.

Otro factor puede afectar es el caudal, pues cuando se recibe poco, las centrales también pueden bajar de temperatura para adaptarse a la realidad de la pérdida de refrigeración. Esto, como apunta en Twitter @OperadorNuclear, divulgador sobre temas relacionados con la energía nuclear, no ocurre en las centrales nucleares refrigeradas por agua del mar.

Fuente: https://www.xataka.com/energia/ola-calor-extrema-europa-que-algunas-centrales-nucleares-estan-parando-reactores

lunes, 11 de marzo de 2019

Fukushima 7 años después nos recuerda el riesgo nuclear

Se cumplen hoy siete años del accidente nuclear de Fukushima, en medio de los intentos infructuosos del Gobierno nipón para tratar de pasar página de la catástrofe. Los altos niveles de radiación en la zona, la incapacidad para controlar la situación y los vertidos radiactivos continuados al mar hacen que la pesadilla continúe.
La idea de que una catástrofe nuclear puede ser ‘limpiada’, y de que los afectados pueden retomar sus vidas con normalidad es un mito. La realidad es muy distinta: estamos ante escenarios de contaminación a muy largo plazo, y con consecuencias directas sobre la salud y el medio ambiente.


 Se cumplen hoy siete años del accidente nuclear de Fukushima, en medio de los intentos infructuosos del Gobierno nipón para tratar de pasar página de la catástrofe. Los altos niveles de radiación en la zona, la incapacidad para controlar la situación y los vertidos radiactivos continuados al mar hacen que la pesadilla continúe.

La idea de que una catástrofe nuclear puede ser ‘limpiada’, y de que los afectados pueden retomar sus vidas con normalidad es un mito. La realidad es muy distinta: estamos ante escenarios de contaminación a muy largo plazo, y con consecuencias directas sobre la salud y el medio ambiente.
El levantamiento parcial el pasado marzo de las órdenes de evacuación de las localidades de Namie e Iitate, situadas entre 10 y 40 kilómetros de la central de Fukushima, se ha acabado convirtiendo en un escándalo. Con ello se pretende dar una imagen de normalización, pero según Greenpeace, la radiación continúa en niveles “muy por encima de los estándares internacionales”. De hecho, de los 27.000 habitantes de Namie e Iitate solo han regresado unos 950, un 3,5%, según datos del propio Gobierno de la prefectura de Fukushima. Cientos de habitantes de la zona se manifestaban ayer mismo protestando contra la medida del Gobierno japonés.

A pesar de los constantes intentos de minimizar su impacto, el efecto del accidente de Fukushima sobre la salud empieza a hacerse visible: el primer efecto esperado es el incremento de cáncer de tiroides en niños y jóvenes a partir del 3º-4º año del escape nuclear. Pues bien, el primer estudio epidemiológico publicado constata esa realidad: se ha encontrado un aumento del cáncer de tiroides en el área de Fukushima entre 2011 y 2014, que ya es 30 veces superior al resto de Japón.
En realidad, el intento de minimizar la imagen de catástrofe de los accidentes nucleares es una constante por parte fundamentalmente de la industria. Quizás el caso más sangrante fue el intento de dejar fuera de las estadísticas de víctimas de Chernóbil a los cientos de miles de “liquidadores” que participaron en los equipos que actuaron en los primeros momentos del accidente, y que se vieron gravemente afectados por la radiación.

Resultado de imagen de fukushima

 Lo que es evidente es que Fukushima nos recuerda cada día que el riesgo nuclear sigue latente. Es necesaria una transición energética hacia un modelo limpio que prescinda de las nucleares y transite hacia la descarbonización. El reto no es fácil, pero es mucho lo que nos jugamos.

Fuente: https://blogs.publico.es/ecologismo-de-emergencia/2018/03/11/fukushima-7-anos-despues-nos-recuerda-el-riesgo-nuclear/

martes, 11 de septiembre de 2018

El irresoluble problema de los residuos de alta radiactividad

Las 12.000 toneladas métricas que se generan en el mundo van a ser peligrosos durante cientos de miles de años y no disponemos de una forma de gestión satisfactoria

<p>Traslado de residuos radiactivos desde Nevada a Nuevo México. </p>
Traslado de residuos radiactivos desde Nevada a Nuevo México.
Gobierno de EE.UU
 Uno de los problemas que tiene la energía nuclear de fisión es la generación de residuos radiactivos de alta actividad. Para los legos en esta materia me permito una breve explicación de qué son, aunque resulte un tanto árida. Se trata de una combinación de sustancias que contienen dos tipos de radionucleidos: los productos de la fisión y los transuránidos  o actínidos menores. En el reactor de la central nuclear se introduce uranio enriquecido, esto es, uranio natural en el que se ha incrementado la proporción de uranio-235 desde el 0,7% del total al 3 o 4%. El resto hasta el 100% es sobre todo uranio-238. Sólo el uranio-235 es fisible en las condiciones de la mayoría de los reactores que funcionan en el mundo. Este isótopo se rompe mediante las reacciones de fisión y da lugar a dos isótopos más ligeros, conocidos como productos de fisión, que son altamente radiactivos. Los actínidos menores son elementos que se forman por la captura de neutrones por el uranio-238  y son, por tanto, muy pesados y tienen tiempos de semidesintegración de decenas de miles de años. El más conocido es el plutonio-239, tristemente famoso por ser útil para fabricar bombas atómicas de fisión, con un tiempo de semidesintegración de 24.200 años. Cuanto más tiempo está el uranio enriquecido en el reactor, más cantidad de productos de fisión y actínidos menores se producirán y más radiotóxico será el combustible gastado.

A estas sustancias que se generan en el combustible nuclear, hay que añadir los llamados internos de la vasija del reactor. Se trata de las piezas metálicas que están sometidas al intenso baño de neutrones y que, a su vez, se vuelven muy radiactivas y hay que tratarlas con las mismas precauciones que al combustible gastado.

Los residuos de alta actividad son muy peligrosos, tanto por irradiación externa como por contaminación interna por ingestión o inhalación, y deben ser apartados de la biosfera mientras son radiactivos. En los primeros años desde su producción son muy activos y calientes y, después de unos miles de años, decaen más lentamente. 

Si no se consigue neutralizar la radiactividad de alguna forma, será necesario guardar a buen recaudo los reiduos durante cientos de miles de años. Y este es el principal problema. Cómo garantizar que la instalación que guarde los residuos dure tanto tiempo, cómo predecir lo que sucederá en el futuro para preverlo y defender el almacén frente a esos sucesos. Un elemento que hay que tener en cuenta es que esos tiempos de los que estamos hablando son ya de la escala de la evolución del clima o de los tiempos geológicos.

Por otro lado tenemos el problema económico. ¿Cuánto costaría el mantenimiento de estas instalaciones durante cientos de miles de años? Si pensamos en una plantilla de unas 100 personas que trabajen en un cementerio nuclear, con un sueldo de unos 50.000 euros brutos durante 250.000 años llegamos a la cifra insensata de 1,25 billones de euros. Y esto aceptando que todo irá bien y que no habrá que gastar sumas de dinero significativas  en reparaciones y posibles reubicaciones de los residuos. Y queda todavía una cuestión crucial: ¿quién pagará el mantenimiento de las instalaciones dentro de, digamos, unos cientos o miles de años? En buena lógica deberían ser las empresas que los generaron, pero es más que dudoso que esas empresas sigan existiendo. 

Estamos, por tanto, ante un escabroso problema que engloba aspectos técnicos, sociales y políticos. Es algo tan espantoso que cuesta aceptar que alguien piense aún en la tecnología de fisión como una fuente de energía de futuro que puede, por ejemplo, ayudar a luchar contra el cambio climático.

Los métodos de gestión 
A la hora de buscar un método de gestión apropiado para estas sustancias, hay que pensar en la protección ambiental, los aspectos económicos y la justicia para perjudicar lo menos posible a personas y comunidades que no son responsables de la generación de los residuos. Cuando se tienen en consideración todos estos aspectos, uno se encuentra con que no hay solución satisfactoria. 
Cuando se produce una recarga de combustible en una central nuclear, los residuos de alta se depositan en piscinas en el propio recinto de la central con el doble fin de refrigerarlos y de que el agua haga de blindaje para la radiactividad. Pero la capacidad de estas piscinas es limitada y, además, deben vaciarse cuando se procede al desmantelamiento de la central, si es que se quiere dejar expedito el emplazamiento. 

Desde que en 1942 Enrico Fermi y su equipo realizaran la primera reacción de fisión controlada bajo las gradas de un estadio de Chicago, se han gastado enormes sumas de dinero para intentar solventar este problema. Se han propuesto muchas formas de gestión tan insensatas que, afortunadamente, no llegaron a ponerse en práctica. Se pensó en enviarlos al sol, lo que se desechó por los enormes costes y por el riesgo: no hay más que recordar los accidentes del Columbia y del Challenger para horrorizarse ante la idea. Se propuso enterrarlos en las zonas de subducción entre dos capas tectónicas, pero son justo estas zonas donde más orogénesis se produce y no sería descartable ver cómo un volcán expulsa los residuos de nuevo. Se consideró enterrarlos en el hielo de la Antártida y, de hecho, los residuos se podrían sepultar por sí mismos debido al calor que emiten, pero esta idea se desechó para mantener la Antártida como paraíso natural. Incluso se propuso enterrarlos en los estratos de los fondos oceánicos, lo que también se descartó para no contaminar estos ecosistemas de forma definitiva.

En la actualidad se barajan técnicas de almacenamiento, sean temporales o definitivas, en superficie o enterrados, en seco o en piscina, y también se trabaja en la transmutación que sería la hipotética solución final. La transmutación consiste en bombardear los residuos con partículas energéticas con el fin de transformarlos en sustancias estables o, al menos, con el fin de reducir su vida radiactiva hasta unas cifras sensatas. Una de las líneas de trabajo de la transmutación es fisionar los actínidos menores como el plutonio para convertirlos, a su vez,  en productos de fisión, con tiempos de semidesintegración mucho más cortos. En la industria nuclear se llega a hablar de “reciclaje” puesto que se recuperaría la energía que queda en los actínidos menores de los residuos. De hecho en algunas centrales nucleares, como la de Fukushima e Japón o la de Garoña en España, se introdujeron óxidos mixtos de uranio y plutonio para producir electricidad. El uso de los residuos de alta con el fin de la extracción de isótopos como el plutonio se conoce como reproceso y es una técnica que tiene varios problemas. El primero es que es de doble uso militar y civil y contribuye, por tanto, a la proliferación de armas atómicas. Además, conlleva una serie de procesos muy contaminantes que, a su vez, generan enormes cantidades de residuos radiactivos líquidos y sólidos. Y, por si fuera poco, no resuelve el problema totalmente, puesto que siguen quedando productos de fisión y sustancias de vida larga. Es necesario seguir investigando en transmutación antes de considerarla como una alternativa realista.

Para el almacenamiento definitivo de los residuos se planea el enterramiento profundo en zonas geológicas estables, lo que se conoce en el argot como AGP o Almacenamiento Geológico Profundo. Este método tiene varios problemas relacionados con el enorme tiempo que es necesario mantener esos residuos aislados. En primer lugar, no se puede garantizar que las formaciones geológicas sean estables durante tanto tiempo. En particular, la hidrogeología puede variar por los cambios naturales de clima: los periodos de tiempo entre glaciaciones, que cambian radicalmente las propiedades del subsuelo, pueden ser de unos 15.000 años. En segundo lugar, es imposible prever los avatares de la historia humana en ese larguísimo tiempo: cómo mantener la instalación vigilada, cómo comunicar a las generaciones futuras lo que ahí hay almacenado, cómo garantizar que nadie se apodere de los residuos con fines maliciosos… En tercer lugar, sería necesario transportar los residuos desde las centrales hasta el AGP, lo que obligaría a que el territorio fuera surcado por transportes especiales muy peligrosos, con los consiguientes efectos negativos sobre las rutas de transporte. Finalmente, estos residuos deberían ser recuperables por si dentro de unos miles de años funciona alguna forma de transmutación. Y queda un detalle más: ¿dónde se construirán los AGPs? ¿qué zonas del planeta serán condenadas a convivir con esa amenaza? 

En el mundo existe un único proyecto de construcción de un AGP. Se trata de Onkalo en Finlandia, bien retratado en el documental titulado Into Enternity. Aparte, ha habido varios intentos de investigación en emplazamientos, ente los que destacan el de Yucca Mountain en EE.UU. y el de Asse, en Alemania. En el primer caso se invirtieron más de 3.000 millones de dólares en un emplazamiento que se abandonó en 2010 por su falta de idoneidad, mientras que en el segundo hubo que movilizar los residuos que se habían almacenado en un domo salino cuando éste fue invadido por una corriente de agua y los bidones amenazados de corrosión por la salmuera que se formó. Como han puesto de manifiesto estos casos, el principal temor en torno al AGP viene de las posibles inestabilidades geológicas y, en especial, hidrogeológicas. 

Dados los problemas del enterramiento, se han barajado alternativas temporales en superficie para ganar tiempo y avanzar en las técnicas de gestión y en el consenso político y social. Se estudian las posibilidades de construir almacenes centralizados, donde depositar los residuos de todas las centrales de un país, o bien en instalaciones próximas a las nucleares. El hecho de que estas instalaciones estén en superficie implica que los residuos estarían sometidos a los avatares de la historia humana, con posibles robos, sabotajes e intrusiones. Las instalaciones centralizadas implican además la realización de peligrosos transportes y son más injustas porque condenan a un único emplazamiento a sufrir todos los residuos. Mientras que la opción por las instalaciones individualizadas elimina los transportes pero obliga a vigilar varios emplazamientos. Finalmente, estos almacenamientos temporales pueden ser en seco, como en el caso de Habog (Holanda), o en piscina, como el caso del almacén centralizado de Clab (Suecia).

Estas instalaciones superficiales temporales están también sometidos a los riesgos geológicos, puesto que los terrenos en que se construyan pueden no estar exentos de inestabilidades geológicas de todo tipo. En todo caso, la diversidad entre las opciones que han tomado unos países y otros muestra el desconcierto y la inmadurez tecnológica de los métodos de gestión de estas peligrosas sustancias.

 La situación española
En España funcionan hoy siete reactores nucleares, de los diez que llegaron a ponerse en marcha, tras decisión de Franco de optar por la energía nuclear. Esta decisión, por cierto, no fue cuestionada hasta 1984, cuando el Gobierno del PSOE decretó la moratoria nuclear y puso freno a los planes para construir una treintena de centrales nucleares en España. Si las centrales nucleares españolas en operación funcionaran 40 años, habría que gestionar unas 7.000 toneladas métricas de residuos de alta actividad. En nuestro país es la empresa pública ENRESA la encargada de la gestión y, desde su creación en 1984 hasta 2005, se financió con cargo al recibo de la electricidad. A partir de ese año, se cobra un canon a los productores de residuos que resulta insuficiente para cubrir los gastos. 
España no es una excepción en el desconcierto técnico en torno a la gestión de los residuos de alta actividad, pues los proyectos de gestión de los residuos se han modificado en numerosas ocasiones. En 1986 se planteó trabajar para el enteramiento y se planteó el proyecto IPES (Instalación Piloto Experimental Subterránea) en Aldeadávila de la Ribera (Salamanca), con el fin de estudiar un emplazamiento para construir un AGP. Las fuertes protestas de los habitantes de la zona y las presiones del gobierno portugués dieron al traste con este proyecto. Cuando se paralizó en 1987, empezó a estrudiarse la opción del enterramiento, pero esta vez en Nombela (Toledo). Estos trabajos duraron aproximadamente hasta 1992 cuando se abandona de nuevo la idea por las protestas populares. En ese momento ENRESA pone en marcha los Proyectos AFA y ZOA (acrónimos de Zonas Favorables y Áreas Favorables), que consisten en estudiar zonas cada vez menos extensas del territorio español y cada vez en más detalle. Los resultados de estos dos proyectos aún están disponibles para que ENRESA pueda tomar una decisión sobre un hipotético AGP en el futuro. Las numerosas protestas que se produjeron en los emplazamientos estudiados por ENRESA forzaron la paralización de estas actividades. 

Todos los intentos antes citados contaron con una amplia oposición social y política. Cada uno de los proyectos fue contestado con fuertes protestas ciudadanas. Esto motivó que en diciembre de 2004 el Parlamento optara por la construcción de un Almacén Temporal Centralizado (ATC), donde se depositarían en seco y en superficie los residuos de alta de todas las centrales españolas. Esto se fijó en el 6º Plan General de Residuos Radiactivos que contemplaba el desmantelamiento de las instalaciones nucleares y radiactivas y presupuestaba los fondos necesarios para todas estas actividades. Según este plan, el ATC debería haber empezado a funcionar en 2010, pero hoy en día aún no ha empezado a construirse. El pueblo de Villar de Cañas (Cuenca) fue el lugar elegido por el Gobierno de Rajoy, pero cuenta con la oposición de la Junta de Castilla-La Mancha, que ha anulado el Plan de Ordenación Municipal y protegido los terrenos incluyéndolos en una ZEPA, y de los vecinos de las localidades cercanas, que realizan numerosas movilizaciones y actividades culturales. El proyecto ha sido detenido por el Gobierno de Pedro Sánchez, que está estudiando la idoneidad de la política de gestión de los residuos de alta. 

Dado el retraso del ATC y la saturación gradual de las piscinas, las centrales nucleares y ENRESA han puesto en marcha los Almacenes Temporales Individualizados (ATIs), que reciben sólo los residuos de la central a que pertenecen. Los ATIs son sencillas instalaciones consistentes en una losa de hormigón sísmico y sofisticados contenedores que blindan la mayor parte de la radiactividad. Como se ha comentado, tienen la ventaja de que no necesitan transportes y de que la amenaza de los residuos permanece cerca de la instalación. La desventaja principal es que esa opción implica mantener varios emplazamientos nucleares todo el tiempo que se mantengan estas instalaciones. En la actualidad todas las centrales nucleares tienen ya ATIs o proyectos para construirlos, lo que hace innecesaria la construcción del ATC. Ésta sería una instalación más compleja que seguiría el diseño del ATC de Habog en Holanda, pero con una capacidad diez veces mayor. 

Un tipo de residuos especial son los de la central de Vandellós I (Tarragona), que se cerró tras el accidente sufrido 1989. Esta central estaba diseñada para generar plutonio en grado militar y, dado que España es un país firmante del TNP, sus residuos se enviaron a Francia para ser reprocesados. Los residuos siguen allí, en La Hague, y ENRESA está obligada a pagar unos 74.000 euros diarios en concepto de depósito, hasta que estos residuos sean devueltos a España, momento en que ENRESA recuperará esa “fianza”.

Estamos en un momento clave para diseñar una política sensata de gestión de los residuos de alta en nuestro país. De entrada es necesario suspender definitivamente el proyecto de ATC, puesto que los ATIs dan tiempo suficiente para que se produzca un debate sereno entre los técnicos, la clase política y toda la sociedad, y se pueda optar por la opción consensuada menos mala. Pero para que este debate pueda darse, el Gobierno ha de poner sobre la mesa un calendario de cierre de nucleares aceptable. Así se sabrá cuantos y qué residuos habrá que gestionar.

Conclusiones
Nos encontramos ante el grave problema de deshacernos de unas sustancias que jamás deberían haberse fabricado. Cada año se generan unas 12.000 Tm de estos residuos en el mundo, que van a ser peligrosos durante cientos de miles de años y para los que no tenemos hoy una forma de gestión satisfactoria. 

El enorme lapso de tiempo que hay que vigilar los residuos implica graves problemas éticos, ambientales, económicos, sociales y políticos. Dado que no existe una forma de gestión satisfactoria, lo más sensato es dejar de producirlas y reducir el problema a la mínima  expresión cerrando lo antes posible las centrales nucleares de fisión. Además, las técnicas que se han desarrollado para reprocesarlos son de doble uso, militar y civil, y aumentan la inseguridad del planeta. El camino hacia el desarme nuclear pasa, por tanto, por el abandono de la energía nuclear de fisión.

lunes, 6 de agosto de 2018

Una mañana cualquiera en Hiroshima

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JOSÉ MORENO
 Debo advertiros de que esta mañana que os voy a narrar es difícilmente asimilable. Debo advertiros que ocurrió de verdad. Debo advertiros que esta es la historia de la que parecía una mañana más en la vida de Shinji Mikamo, un militar japonés residente en Hiroshima que, el 6 de agosto de 1945, decidió tomarse un día libre en sus quehaceres en el ejército. Era una mañana alegre, porque en el fondo Mikamo no soportaba la guerra. Ni al bando enemigo que había obligado a su padre a mudarse de su casa medio destruida, ni al bando japonés que endiosaba al emperador sin ningún tipo de autocrítica. Pero esa mañana cualquiera, Mikamo no tenía ganas de pensar demasiado, ni de sufrir. Solamente quería ayudar a su padre y descansar.

 «Algunos trabajos recientes realizados por Enrico Fermi y Leó Szilárd, de los cuales he sido informado en manuscritos, me llevan a esperar, que el elemento uranio pueda convertirse en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato…", ¿qué te parece como introducción, Leó?», le consultó Albert Einstein a Leó Szilárd un tanto nervioso por escribirle directamente al presidente Roosevelt. Sería una mañana corriente en la vida del físico, más concretamente el 3 de agosto de 1939. Sí, hemos dado un salto de seis años atrás en el tiempo, acostumbraos. Einstein pensó que era fundamental escribir una carta, sobre todo desde que sabía que los alemanes tenían bombas atómicas listas. Qué amarga ironía debió sentir cuando se enteró de que esa llave que regaló a los americanos nunca fue utilizada por los alemanes… por los alemanes no.

El padre de Mikamo siempre decía que «todo esto no tiene ningún sentido», cuando se percataba por milésima vez del desastroso estado de su casa. Mikamo pensaba igual, pero a sus 19 años, sabía que pensase lo que pensase estaba muy próximo a formar filas en el frente, muy lejos de su padre y su hogar. Aquella mañana, sobre las 7:45 horas, Mikamo subió a la azotea de su vieja casa a por unas tejas de barro para construirse un baño propio (todo un lujo en aquel momento). La luz de un cielo libre de cualquier rastro de nube lo encandiló. Una vez arriba, la ciudad de Hiroshima se reveló bajo sus pies como su hogar, un hogar que amaba. Precioso, magnífico, limpio… pero, aunque él todavía no lo supiese, tan volátil como las nubes que no estaban. «¡Mikamo! ¡Esas tejas! ¡No tenemos todo el día!», gritó su padre desde el piso de abajo, sin ser consciente de la razón que tenía.

Hacía calor en aquel desierto cuando se probó la efectividad de Trinity en la mañana del 16 de julio de 1945, un mes antes de toda esta historia. La luz cegadora llegó hasta Alamogordo, el pueblo cercano, y Robert Oppenheimer sonrió. «Funcionó», dijo sonriente mientras observaba aquel denso humo formar una esfera. El proyecto Manhattan había sido todo un éxito destructivo, y Opphenheimer, posiblemente obnubilado de éxito, recordó una cita de un poema hindú que no podía ser más idóneo para la ocasión: «Ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos». Agradeció para sus adentros a todos los científicos partícipes del proyecto, a Bohr, a Fermi, a Bethe, a Chadwick, a Szilárd… e incluso a Einstein, pólvora del asunto, aunque no fuera admitido por comunista. Ahí estaba el resultado y era terriblemente precioso.

Quiero que imaginéis ahora que os llamáis Mikamo y que el reloj de bolsillo de tu padre marca las 8:15 horas del 6 de agosto de 1945, que estáis bajando hasta el piso de abajo con unas tejas y que, entonces, en cuestión de unos segundos, ves venir una luz desde lejos. Una luz tan intensa como el sol, que ciega. Imagina que tu padre te tira al suelo y grita «¡¡¡NO TE LEVANTES, SHINJI!!!», mientras la luz llega hasta ti, abrasando todo lo que toca como si fuese puro fuego. Quiero que imagines cómo ese fuego se extiende por tu piel como si te bañases en él, cómo sientes el ardor de miles de grados, ¡miles! Quiero que imagines que se produce entonces una sordera, un pitido que no te deja escuchar nada a tu alrededor. Que estás sordo y aturdido. Que miras a tu lado derecho y ves que está ardiendo, literalmente, pero que no te duele menos que tu lado izquierdo. Que tu padre te empieza a apagar mientras gritas, aunque solo escuchas ese pitido. Que ves cómo toda esa parte de tu cuerpo tiene la piel desprendida y que cuelga, como si fuese un harapo, en las extremidades de tus dedos. Cómo ves tu propia carne sin piel, rosada. Y que transcurridos unos segundos y ese pitido, el dolor comienza a ser el más terrible de tu vida. Tu padre está bien, aunque también le duele todo el cuerpo. La pared ha frenado la luz. Imagina que te levanta a cuestas fuera a buscar ayuda. Imagina que sales de los escombros donde antes hubo una casa medio derruida, y descubres que ya no queda rastro de Hiroshima. Que no queda nada en pie. Que muchos supervivientes deambulan como almas en pena con las manos adelantadas para no tocarse el cuerpo y hacerse más daño, porque queman. Que los cadáveres avanzan de espaldas, flotando en la corriente. Imagina que de cuarenta y cinco hospitales, solo quedan tres disponibles y que no es posible mitigar tu dolor. Imagino que es duro de imaginar, imagina entonces lo que es vivirlo.

Szilárd se llevó las manos a la cabeza en otra mañana de 1945, días después de las explosiones en Hiroshima y Nagasaki. Estaba horrorizado. «Es culpa nuestra», se repetía una y otra vez, dando vueltas por el salón. Einstein lo agarró y lo zarandeó, y le dejó bien claro algo: «Contrólate, Leó, por Dios. La ciencia no entiende de política, ni de guerras. Solo de progreso. La ciencia debe ocuparse de aportar cosas nuevas, y es responsabilidad de la humanidad el cómo se utilicen. No podíamos preveerlo». Leó se tranquilizó casi a la fuerza y miró al suelo. Einstein se dio la vuelta y avanzó hacia la salida, pero antes, sin girarse, remató su discurso: «aunque juro que si hubiese sabido todo esto, me habría cortado los dedos antes de escribir esa dichosa carta».

Horas antes de toda esa locura, pero aquella misma mañana, un avión sobrevolaba el pacífico rumbo a Japón. Lo tripulaba Paul Tibbets, que había sido honrado con una de las misiones más importantes de la Segunda Guerra Mundial. «Pagaréis por Pearl Harbor», pensó Tibbets en el Enola Gay, nombre que escogió en honor a su madre, Enola Gay Tibbets. No sabía muy bien qué ocurriría al lanzar a Little Boy en Hiroshima, pero debía hacerlo por su país. Era una orden. Y punto. En este punto de la historia, debéis saber que Mikamo nunca tuvo rencor hacia Paul, porque sabía que estaba cumpliendo órdenes y que arriesgó su propia vida. Fue valiente. Y si de algo sabía el ejército japonés es de seguir órdenes a ciegas. «Dos minutos para la explosión, señor», dijo Tibbets desde el cielo despejado mientras Mikamo terminaba de recoger esas tejas.

Akiko amaba aquel lago. Eran los años ochenta y, como cada verano, la familia Mikano viajaba para pasar una temporada en la naturaleza. Tenían la costumbre de darse un baño en el lago casi cada tarde. Akiko veía normal que a su padre le faltara la oreja derecha. O las terribles cicatrices de su madre. Ella estaba acostumbrada y no le sorprendía. Los cuentos de su padre sobre una mañana cualquiera que resultó no serlo, siempre habían sido parte de ella. Aunque su viejo padre nunca había permitido que el odio la inundase, y eso la hacía sentirse ligera como un pájaro. Estaba triste y alegre a la vez porque en breve partiría a la universidad. Pero no a una cualquiera. A una universidad americana.

Szilárd se convirtió en un clarísimo detractor del uso nuclear desde aquella mañana de 1945 en la que supo lo sucedido. Permaneció así quince años, hasta que otra mañana cualquiera de 1960 le diagnosticaron cáncer. Fue entonces cuando decidió probar el cobalto 60 para curar su enfermedad. Quién sabe si lo que una vez sirvió para matar a tantos, esta vez serviría para que otros no muriesen. Sería justo. Incluso puede que pacificador.

Sería algo así como una mañana de 1989 cuando Akiko visitó el Museo de América donde su padre había donado el reloj de bolsillo de su abuelo, único recuerdo que le quedaba de él a la familia Mikamo. Estaba tan entusiasmada que le temblaban las manos, siempre había querido verlo. Pero al llegar al museo se le cayó el alma al suelo al descubrir que lo habían robado. Llena de ira llamó a su padre. Esta fue, literalmente, su respuesta: «Akiko, no los odies. Es fácil culpar a alguien cuando se sufre una pérdida significativa».


Fuente: https://principia.io/2017/08/06/una-manana-cualquiera-en-hiroshima.IjYxOSI/