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La valla de Melilla
EUROPA PRESS
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Es verdad que el populismo de los votantes de Trump, por ejemplo, marca
un proceso corrosivo. Empuja a la gente hacia la indignación y le da
protagonismo a costa de desarticular su representación política y borrar
su conciencia de clase. Pero si queremos analizar lo que está
ocurriendo en nuestro mundo resulta también necesario advertir que hay
un sentido común,
responsable, culto, orgulloso de su elitismo intelectual,
que pierde al mismo tiempo su conciencia de clase para concebir como
valores democráticos absolutos aquello que se adapta a sus posibilidades
económicas o a sus apetencias sentimentales.
Tengamos algo en cuenta:
la gente tiene razones para estar indignada.
El populismo furioso (la mansedumbre furiosa) es inseparable del
capitalismo autoritario. Y no me refiero ya a la deriva de personajes
como Trump o Rajoy, sino a unas reglas de juego anteriores, la lógica
neoliberal que provoca una desigualdad cada vez más grave y un vacío
sentimental condenado a escudarse en la agresividad del
nosotros contra los otros.
No hace falta profundizar mucho para saber que vivimos en un mundo
global que borró las fronteras de los Estados en nombre del capital
especulativo. Pero no generó al mismo tiempo
un nuevo tejido de control democrático
capaz de velar por los intereses de las mayorías sociales. Esto se
relaciona de forma íntima con cambios de carácter cultural. La nueva
realidad es cosmopolita de manera inevitable debido no ya a unos
inmigrantes aislados, sino a amplios movimientos migratorios y a los
códigos de las nuevas redes de comunicación. Cuando la inseguridad
económica de la avaricia capitalista impide una cultura de los derechos
humanos y del diálogo,
el multiculturalismo se convierte en una amenaza para nuestras pertenencias, ya sean unos puestos de trabajo, ya sea una identidad nacional.
No se puede olvidar que hay situaciones concretas de explotación que
convierten en un admirable ejercicio de conciencia política o en un lujo
de clases medias la defensa de los valores humanos fundamentales.
Conviene no ignorarlo y no desatender la verdad que encierran algunos
síntomas. Cuando un obrero francés odia a un marroquí por robarle su
calidad de vida, no sólo evidencia un sentimiento racista. Nos está
diciendo además otras cosas:
el bienestar capitalista en insostenible en el mundo que vivimos,
el planeta no da para mucho más, es imposible regresar al bienestar
anterior, la riqueza de unos sale de la explotación descarnada de otros.
La crisis económica europea y el neoliberalismo galopante sólo han
democratizado la pobreza. De un primer mundo que iba a entrar en el
Tercer Mundo para solucionar la miseria, hemos pasado a un Tercer Mundo
que ha entrado en el primero con
todo su testimonio de dolor e impotencia.
Ahora se ve a las claras el monstruo de la explotación, la impiedad del
desamparo y el hambre. La educada y sensata prudencia de los hombres de
Estado pierde todo el crédito porque las secuelas de su democracia
formal y su explotación económica están ahí, en el propio barrio, en las
puertas de los colegios, los puestos de trabajo, los insomnios, los
amores y las enfermedades.
Es necesario seguir defendiendo con firmeza los derechos humanos y el
valor democrático, la importancia de las instituciones y el crédito del
diálogo político; pero sin perder de vista que derechos, valores,
instituciones y políticas están
situadas en medio del conflicto
y toman postura por obligación. En Europa y EE.UU, llevan muchos años
poniéndose en contra de la gente y de parte de los bancos y las grandes
multinacionales.
El dinero no tiene patrias. Resulta patética, por
ejemplo, la alegría mostrada por el nacionalismo español ante el anuncio
solemne de La Caixa, el Banco de Sabadell, Gas Natural y otras grandes
empresas: cambian su sede social fuera de Cataluña. Bueno,
nos seguirán desahuciando y explotando
a todos desde otro lugar sin patria, igual que antes. Del mismo modo,
el nacionalismo catalán era sonrojante cuando afirmaba “España nos
roba”, como si el dinero generado en Cataluña tuviese patria, como si
fuese un acto de robo la posibilidad de
organizar un reparto social del dinero a través de los impuestos.
Otro ejemplo. Denunciar la llegada masiva de emigrantes andaluces o
dominicanos como un peligro para la permanencia cultural catalana es tan
reaccionario como agredir desde el Ministerio de Educación las
políticas encaminadas por la Generalitat a defender y consolidar una
lengua de 10 millones de hablantes. En la vorágine de la globalización
merece la pena conservar aquello que consolida una
tradición rica y una comunidad.
¿Se puede conseguir esto sin renunciar a la construcción de un mundo
democrático y sin fronteras? Se debe conseguir, aunque lo pone muy
difícil un capitalismo autoritario generador de populismos furiosos.
El intelectual democrático, una figura hoy desesperada, necesita ser
consciente de los peligros de su elitismo para estar junto a la gente.
Pero, al mismo tiempo, advierte que no se puede identificar con las
dinámicas de rencor y miedos que acaban dándole el liderazgo a personas como Mariano Rajoy y Artur Mas o a entidades como la Caixa y el Banco de Sabadell.
Esta desesperación no la puede calmar ningún sabio, ningún saber abstracto. Necesita una
ilusión política que
saque a la gente del rencor y la haga cómplice, en su trabajo, en su
salón de estar, en su tiempo de ocio, en su poesía y en sus camas de
enamorados, de una idea mucho más normal que la locura en la que
vivimos:
otro mundo es necesario.
Fuente:
https://www.infolibre.es/noticias/opinion/opinion/2017/10/08/el_orgullo_ser_elitista_70432_1023.html?platform=hootsuite