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domingo, 28 de noviembre de 2021

Aunque tú no lo sepas


 

Tinos Cyclades

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos...

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.
 Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
 
 Así he vivido yo,
como la luz del sueño,
que no recuerdas cuando te despiertas.
 
Luis García Montero

domingo, 8 de octubre de 2017

El orgullo de ser un elitista


La valla de Melilla, donde ocurrieron los hechos en 2014.
La valla de Melilla
EUROPA PRESS
Es verdad que el populismo de los votantes de Trump, por ejemplo, marca un proceso corrosivo. Empuja a la gente hacia la indignación y le da protagonismo a costa de desarticular su representación política y borrar su conciencia de clase. Pero si queremos analizar lo que está ocurriendo en nuestro mundo resulta también necesario advertir que hay un sentido común, responsable, culto, orgulloso de su elitismo intelectual, que pierde al mismo tiempo su conciencia de clase para concebir como valores democráticos absolutos aquello que se adapta a sus posibilidades económicas o a sus apetencias sentimentales.

Tengamos algo en cuenta: la gente tiene razones para estar indignada. El populismo furioso (la mansedumbre furiosa) es inseparable del capitalismo autoritario. Y no me refiero ya a la deriva de personajes como Trump o Rajoy, sino a unas reglas de juego anteriores, la lógica neoliberal que provoca una desigualdad cada vez más grave y un vacío sentimental condenado a escudarse en la agresividad del nosotros contra los otros.

No hace falta profundizar mucho para saber que vivimos en un mundo global que borró las fronteras de los Estados en nombre del capital especulativo. Pero no generó al mismo tiempo un nuevo tejido de control democrático capaz de velar por los intereses de las mayorías sociales. Esto se relaciona de forma íntima con cambios de carácter cultural. La nueva realidad es cosmopolita de manera inevitable debido no ya a unos inmigrantes aislados, sino a amplios movimientos migratorios y a los códigos de las nuevas redes de comunicación. Cuando la inseguridad económica de la avaricia capitalista impide una cultura de los derechos humanos y del diálogo, el multiculturalismo se convierte en una amenaza para nuestras pertenencias, ya sean unos puestos de trabajo, ya sea una identidad nacional.

No se puede olvidar que hay situaciones concretas de explotación que convierten en un admirable ejercicio de conciencia política o en un lujo de clases medias la defensa de los valores humanos fundamentales. Conviene no ignorarlo y no desatender la verdad que encierran algunos síntomas. Cuando un obrero francés odia a un marroquí por robarle su calidad de vida, no sólo evidencia un sentimiento racista. Nos está diciendo además otras cosas: el bienestar capitalista en insostenible en el mundo que vivimos, el planeta no da para mucho más, es imposible regresar al bienestar anterior, la riqueza de unos sale de la explotación descarnada de otros.

La crisis económica europea y el neoliberalismo galopante sólo han democratizado la pobreza. De un primer mundo que iba a entrar en el Tercer Mundo para solucionar la miseria, hemos pasado a un Tercer Mundo que ha entrado en el primero con todo su testimonio de dolor e impotencia. Ahora se ve a las claras el monstruo de la explotación, la impiedad del desamparo y el hambre. La educada y sensata prudencia de los hombres de Estado pierde todo el crédito porque las secuelas de su democracia formal y su explotación económica están ahí, en el propio barrio, en las puertas de los colegios, los puestos de trabajo, los insomnios, los amores y las enfermedades.

Es necesario seguir defendiendo con firmeza los derechos humanos y el valor democrático, la importancia de las instituciones y el crédito del diálogo político; pero sin perder de vista que derechos, valores, instituciones y políticas están situadas en medio del conflicto y toman postura por obligación. En Europa y EE.UU, llevan muchos años poniéndose en contra de la gente y de parte de los bancos y las grandes multinacionales.

El dinero no tiene patrias. Resulta patética, por ejemplo, la alegría mostrada por el nacionalismo español ante el anuncio solemne de La Caixa, el Banco de Sabadell, Gas Natural y otras grandes empresas: cambian su sede social fuera de Cataluña. Bueno, nos seguirán desahuciando y explotando a todos desde otro lugar sin patria, igual que antes. Del mismo modo, el nacionalismo catalán era sonrojante cuando afirmaba “España nos roba”, como si el dinero generado en Cataluña tuviese patria, como si fuese un acto de robo la posibilidad de organizar un reparto social del dinero a través de los impuestos.

Otro ejemplo. Denunciar la llegada masiva de emigrantes andaluces o dominicanos como un peligro para la permanencia cultural catalana es tan reaccionario como agredir desde el Ministerio de Educación las políticas encaminadas por la Generalitat a defender y consolidar una lengua de 10 millones de hablantes. En la vorágine de la globalización merece la pena conservar aquello que consolida una tradición rica y una comunidad. ¿Se puede conseguir esto sin renunciar a la construcción de un mundo democrático y sin fronteras? Se debe conseguir, aunque lo pone muy difícil un capitalismo autoritario generador de populismos furiosos.

El intelectual democrático, una figura hoy desesperada, necesita ser consciente de los peligros de su elitismo para estar junto a la gente. Pero, al mismo tiempo, advierte que no se puede identificar con las dinámicas de rencor y miedos que acaban dándole el liderazgo a personas como Mariano Rajoy y Artur Mas o a entidades como la Caixa y el Banco de Sabadell.

Esta desesperación no la puede calmar ningún sabio, ningún saber abstracto. Necesita una ilusión política que saque a la gente del rencor y la haga cómplice, en su trabajo, en su salón de estar, en su tiempo de ocio, en su poesía y en sus camas de enamorados, de una idea mucho más normal que la locura en la que vivimos: otro mundo es necesario.

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/opinion/2017/10/08/el_orgullo_ser_elitista_70432_1023.html?platform=hootsuite

domingo, 1 de mayo de 2016

Aunque tú no lo sepas



Bertrand Carrière



"Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación"



Luis García Montero



Más información:http://www.aunquetunolosepas.es/#

lunes, 21 de enero de 2013

La Educación

Fuente: http://www.luisgarciamontero.com/


¿Qué puedo aprender de ti? Esa es la pregunta que se repiten los buenos profesores, aquellos que tienen algo importante que enseñar. ¿Qué puedes enseñarme tú para que mi labor docente sea un proceso de aprendizaje, un esfuerzo por reconocerme y reconocer, una tarea de reconocimiento? Pregunta clave, porque nos ayuda a comprender que todos nos necesitamos y que la libertad es inseparable de la existencia compartida.
La transmisión de saberes supone una reivindicación de los vínculos. Espero de ti algo que necesito: y no para tener, sino para hacerme. Esperas de mí algo que te hace, que nos hace en común, que nos forma como individuos en comunidad. La palabra nosotros establece el presente como un lugar en el que conviven los pasados y los futuros. La educación implica la única confianza verdadera en los vínculos. Nada más vinculado que un profesor a sus alumnos, que un escritor a sus lectores, que el hablante al oyente, que las operaciones del decir y del escuchar, imprescindibles para que las palabras no acaben en palabrería y las enseñanzas no sean ruidos, sermones de catecismo o de trivialidad.
La educación sustituye las identidades posesivas del yo soy por las más abiertas del yo estoy y el yo hago. Estoy con los demás, hago con y para los demás. La dedicación a la enseñanza, igual que ocurre con la medicina, sigue siendo el más alto ejemplo de que la vida laboral no representa sólo el dominio de una tecnología, sino también el ejercicio de una vocación, una llamada que genera en su hacer sentimientos de utilidad, de servicio público y de ciudadanía. La crisis del amor pedagógico parece inevitable en el imperio de la tecnocracia.
No existe contrato social sin contrato pedagógico, sin compromiso con el saber estar y el saber hacer en el nosotros. La libertad no es una selva en la que cada cual impone su ley, la del más fuerte o el más desalmado, sino la obligación de crear un marco de convivencia en el que todos los individuos puedan realizar de forma pacífica, libre y respetuosa sus propias vidas. Por eso el contrato pedagógico es la raíz de la sociedad justa, de la libertad social, de la comunidad que comprende su razón de ser. Afirmó Antonio Machado que no hay nada verdaderamente importante en la vida que no pueda o deba explicarse a un niño o una niña. Basta con encontrar el lenguaje apropiado. Y eso es en el fondo una sociedad, el deseo de un lenguaje, el esfuerzo común para encontrar las palabras que conforman las constituciones, los códigos, los valores públicos y las conciencias.
La defensa de una educación pública libre, común a todos los ciudadanos, sin desigualdades provocadas por el sexo, el poder económico o las identidades cerradas del yo soy, supone la verdadera apuesta por la igualdad y la libertad. El camino que va de los hogares familiares a la escuela pública es la mejor metáfora de la democracia. La nación que no se toma en serio sus inversiones en la educación pública se convierte en una empresa, en una selva, en un vodevil de corruptos y de manipuladores del lenguaje, pero no en una comunidad. Deberían avergonzarse todos los que levantan las banderas nacionales con palabrerías huecas mientras descuidan la educación pública y la formación de sus ciudadanos. Y deberían sentir orgullo de patriotas los que se entregan por vocación a la enseñanza, los que se preguntan todos los días delante de sus alumnos ¿qué puedo aprender de vosotros?, ¿cómo puedo convertir el ayer y el hoy en un mañana no sólo legal, sino legítimo? Resulta poco convincente un patriotismo que no se funde hoy en la defensa radical de los derechos públicos de una sociedad. Y no hay nada más radical que la cultura y la educación.

Luis García Montero