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jueves, 16 de abril de 2020

La crisis global vista por Naomi Klein y Angela Davis

Angela Davis y Naomi Klein participan en una charla organizada por ‘The Rising Majority’, una coalición antirracista y anticapitalista de organizaciones y movimientos, para evaluar colectivamente este momento y buscar soluciones concretas para esta crisis sin precedentes.

Angela Davis (izda.) y Naomi Klein (dcha.).
“Hace 15 años que las personas manteras seguimos unidas manteniendo la lucha por los derechos humanos. A pesar de que la policía nos persigue, los políticos nos utilizan y los medios nos criminalizan, a pesar de sobrevivir con 200 euros al mes, si hay suerte. Durante este tiempo pasado en la vulnerabilidad hemos vivido algunos aprendizajes que queríamos compartir por si hoy os pueden ser de ayuda a vosotras. Aprendizaje #1: La creatividad es revolucionaria. Os animamos a usar vuestra creatividad para pensar cómo podemos cambiar nuestro modelo de vida y poner en el centro a las personas cuando el virus pase. Aprendizaje #2: Compartir el dolor. (…) Al final, vulnerables en mayor o menor medida, lo somos casi todas. Que hablen las mujeres, las personas que aman diferente, las ancianas, las trabajadoras del hogar, las cajeras de supermercado que no ganan ni para pagar el alquiler (…) No nos une el dolor sino la respuesta al dolor”.

El 3 de abril Top Manta, la marca de ropa impulsada por algunas personas del Sindicato de Vendedores Ambulantes de Barcelona, empezó a compartir en su cuenta en Instagram algunos aprendizajes para enfrentarnos al momento de emergencia que estamos viviendo y a la crisis que seguirá.

Mientras Top Manta regalaba sabiduría a quien la quisiese recoger, al otro lado del mundo, en una charla online en directo, Angela Davis y Naomi Klein también compartían sus ideas sobre cómo fortalecer los movimientos sociales en la época del coronavirus. Muchas personas conocen estas dos líderes, la primera siendo una activista, filósofa, escritora y educadora feminista afrodescendiente estadounidense de reputación internacional y la segunda una escritora, activista y cineasta canadiense conocida por sus críticas al capitalismo y a la globalización corporativa.

Como si hubiera un hilo rojo a enlazar estos discursos, Angela Davis al final de la charla compartía el deseo de crear conversaciones globales que involucren a personas de África, de América Latina, de la India, convencida de que, para un cambio profundo, tenemos que aprender de la gente que viene de otras vivencias, de otras partes del mundo y que busca abordar esta crisis de manera creativa.

Thenjiwe McHarris, moderadora de la charla organizada por The Rising Majority y activista de Amnesty International, afirma que es necesario amplificar el poder colectivo para poner en marcha una democracia transformadora a través de una visión feminista y antirracista que ayude a un cambio estructural real y profundo de las políticas de izquierda.

Está claro que este momento de emergencia es complicado y peligroso, pero también pone en evidencia el porqué necesitamos una visión diferente. Hoy más que nunca estamos viviendo una situación que lleva consigo la posibilidad de levantar demandas poderosas y audaces para construir el movimiento que la gente y el planeta se merecen.

“Esta conversación –sigue McHarris– nos permite entrar realmente en una evaluación colectiva de lo que es este momento (…) Empezando por Naomi Klein, me gustaría preguntar cuál es su evaluación de esta crisis sin precedentes y qué nos dice sobre los fracasos y las amenazas de las soluciones capitalistas a este desastre”.

“La respuesta rápida a esta pregunta –empieza Klein– es que el capitalismo es el desastre porque esta crisis está generada por él. (…) Si nos alejamos para ver la imagen completa lo que veremos es que nuestro sistema económico, que (…) se basa en la voluntad de sacrificar la vida en el interés del beneficio (…), ha generado las precondiciones para que esta crisis sea aun más profunda, debilitando nuestro sistema inmunitario colectivo y generando las condiciones para que el virus corra desenfrenado”.

Está claro para Naomi Klein que el sistema sanitario privado de Estados Unidos, la demolición de la sanidad pública en Inglaterra e Italia a causa de los recortes económicos de los años pasados, así como la denigración constante del trabajo de los cuidados o de los servicios básicos (preparar comida, meterla en cajas, distribuirla), no solo está facilitando la difusión del virus sino que vuelve a poner en evidencia el oportunismo de las corporaciones que, en lugar de contestar a la pregunta ¿cómo podemos salvar vidas?, buscan estrategias para aumentar sus propias riquezas y sus propios intereses.

Sigue Klein: “Ya sabemos lo que están haciendo: están empujando su lista de deseos en nombre de `la crisis´. Y no tenemos que olvidar los ataques explícitos contra nuestra democracia (…). Viktor Orban, en Hungría; Jair Bolsonaro [presidente de Brasil], Benjamin Netanyahu [primer ministro de Israel], Trump [presidente de Estados Unidos], todos ellos están tomando poderes extras para vigilarnos y, en el caso de Orban y Netanyahu, lo han hecho con decretos legislativos sin plazo de vencimiento”.

Y si esto es lo que pasa en Italia, Estados Unidos e Inglaterra –añade Davis–, ¿qué es lo que está pasando en Palestina, en Kurdistán -especialmente en el Kurdistán sirio– o en otras poblaciones que siempre han estado bajo diferentes formas de represión? ¿Qué es lo que está pasando en las cárceles de todo el mundo?

“Si ha habido tanta preocupación por la gente que estaba confinada en los cruceros –afirma Angela Davis –, donde una rápida trasmisión y contagio es inevitable pues, por supuesto, tendríamos también que preocuparnos aún más por las personas que están en la cárcel o en los centros de detención de inmigrantes. En primer lugar, las personas que están en la cárcel, por lo general, se quedan por un período de tiempo bastante corto: tal vez un mes, seis meses. Sin embargo, en las condiciones actuales, una sentencia de tres meses puede equivaler a una pena de muerte (…). Muchas organizaciones como Critical Resistance, No New Jails, All Of Us or None, Transgender Gender-Variant & Intersex Justice Project han exigido que muchos prisioneros sean liberados (…) Estamos exigiendo especialmente la liberación inmediata de los ancianos, pero, claro, cuando consideramos el hecho de que el encarcelamiento acelera el envejecimiento, si hablamos de ancianos, tenemos que pensar en personas mayores de 50 años. Y sé que la mayoría de las personas que tienen 50 años no necesariamente se consideran viejas en el llamado ‘mundo libre’, pero ese no es el caso tras las rejas. También se está pidiendo la liberación de todos los niños que están en centros de menores y de todas las personas que están a la espera de juicio. La liberación tiene que suceder y no solo por el bien de los que están detrás de las barras sino por la salud de todas las personas. Y luego, aunque logremos sacar de la cárcel a un gran número de gente, tenemos que pensar que tendrán solo la calle para refugiarse. Se da por hecho que las personas tienen casas, tienen dinero para la comida y también los medios para estar en contacto las unas con las otras. Muchas no tienen acceso a estos lujos. Así que esta situación debería hacernos pensar también en como obtener vivienda y comida accesibles y gratuitas”.

Teniendo más clara la situación dibujada por Klein y Davis, según McHarris, haría falta saber qué es lo que se requiere concretamente de los movimientos en este momento.

Para Klein hay mucho que hacer especialmente porque estamos solo en las primeras etapas de esta tremenda crisis. Si hubiera sido por Trump o por Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido, se hubiesen dejado las personas ancianas morir silenciosamente para así solucionar el problema. Pero gracias a los viajes geográficos del virus, que ha llegado a golpear partes del mundo que tienen un tejido social fuerte –como por ejemplo Italia y España– estos líderes han sido forzados a tomar decisiones diferentes. Su estrategia es rápida porque temen –afirma Klein– que las personas exijan precisamente lo que Angela Davis comentaba: vaciar las cárceles, exigir que todas tengan una casa y acceso a la comida, alcanzar un “acuerdo verde” por el bien del planeta. Y puntualiza: “En esta crisis nos encontramos en una posición mejor que la última vez en 2008, cuando la economía global colapsó y teníamos muy claro que nos estaban obligando a pagar para salvar a los banqueros.
Ocupamos las plazas y dijimos que no, y sé que hay personas que nos están escuchando desde el Sur de Europa y que fueron parte de este movimiento (…) pero entonces no empujamos nuestras propuestas con el coraje y con la fuerza suficiente. Esto es lo que tenemos que hacer ahora. (…) Es una carrera contra el tiempo”.

Por otro lado, Davis sostiene que mucha gente se está dando cuenta de que el capitalismo no está equipado para servir verdaderamente las necesidades de las personas: “La razón por la que existe esta crisis sanitaria es precisamente por el proceso de privatización que comenzó en los años 80, que es la misma época que vio el nacimiento del complejo industrial carcelario. Los hospitales ahora operan en gran medida bajo el mandato de ganancias del capital… y las camas vacías no son rentables. Creo que la gente tiene la capacidad de darse cuenta de que la asistencia sanitaria no tiene que ser comprada y vendida como si fuera una mercancía o que la gente no tiene que estar en la cárcel solo por el hecho de que no hay lugar para ella en la economía actual”.

Angela Davis no olvida mencionar que la crisis está revelando la naturaleza del capitalismo racial que impulsa, a través de las instituciones, un racismo estructural contra el cual es necesario organizarse desde una perspectiva feminista. Y explica: “El racismo es una cuestión feminista. La falta de vivienda es una cuestión feminista. La abolición de las prisiones es una cuestión feminista (…) Las personas que están en el centro de esta crisis y en primera líneas son mujeres. Mujeres de todos los orígenes raciales y étnicos, mujeres pobres, mujeres trans, especialmente en los países del hemisferio sur”. No olvida mencionar a las personas que están padeciendo violencia machista y maltrato infantil y que están obligadas a pasar las 24 horas con sus abusadores sin poder entrar en contacto con quienes son sus “salvavidas” y acaba afirmando que la pandemia es una oportunidad para construir una organización que mejora la idea de una solidaridad internacional.

Y si de alguien podemos aprender, añade por su parte Klein, es del poder transformador de la crisis de Argentina en 2001, cuando ella misma asistió a la reconversión de las fábricas abandonadas en cooperativas de trabajadores. “Si no queremos terminar en un mundo donde Jeff Bezos [dueño de Amazon] será el último hombre vivo en esta Tierra, lo trabajadores que están trabajando en negocios que se están cerrando tienen que saber que pueden hacerse cargo, por derecho, de estos sitios y transformarlos en cooperativas”, afirmó.

Klein no olvida poner en la mesa otra cuestión importante: el derecho al acceso global a internet, que ahora mismo está en manos de unas pocas corporaciones. “Cuando hablamos de represión y hablamos de respuestas autoritarias a esta crisis, eso incluye la capacidad, desafortunadamente, de cerrar unilateralmente nuestras plataformas (…) Hay que ser capaces de encontrarse sin el permiso de Mark Zuckerberg [dueño de Facebook]. Necesitaremos todas las herramientas de las que hemos hablado: (…) las huelgas de renta, las huelgas de deuda, tal vez incluso una huelga general”.
Según Davis estamos obligadas a vivir dentro de los límites de los Estados-nación, pero los Estados-nación ya no funcionan para mejorar nuestras vidas. De hecho son cada vez más obsoletos y, por esta razón, está convencida que este tipo de conversaciones internacionales y globales tendrían que pasar cada vez más y concluye: “Tenemos que crear formaciones duraderas que nos ayuden a alejarnos de este monstruo capitalista hacia un futuro mejor”.

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2020/04/la-crisis-vista-por-klein-y-davis/

sábado, 27 de julio de 2019

Danica Jurisic, solidaridad como patria y bandera

Danica Jurisic es un rostro conocido en los campos de refugio de París. La vida de esta activista nacida en Sarajevo, refugiada durante la guerra de los Balcanes de los 90, está irremediablemente unida a quienes llegan a Francia huyendo de conflictos armados en todo el mundo.

una mujer sentada en el medio. media melena rubia y vestido negro, un halo de luz ilumina su cara
Danica Jurisic, durante la entrevista con Pikara Magazine. / Foto: Teresa Suárez
Lo primero que pide Danica Jurisic cuando se le propone este perfil es que no se centre en ella, sino en a quienes defiende: los miles de personas refugiadas que luchan cada día por sobrevivir en las calles de París y de toda Europa. La activista llega exultante a la entrevista, literalmente como niña con zapatos nuevos: alguien ha donado unas botas de fútbol para un joven afgano que ayuda en los campos. “Escribes en las redes sociales que necesitas algo y la magia ocurre: alguien dona el material o aporta algo de dinero… así vamos consiguiendo las cosas”, asegura sonriente.

Danica no siempre sonríe: cuando habla de la actual situación de las y demandantes de asilo de Europa su rostro se ensombrece y su tono alterna tristeza y rabia. Dos palabras le provocan un rechazo frontal, casi escupiendo al pronunciarlas: fronteras y nacionalismo. Fue el nacionalismo el que la arrancó de su ciudad natal, Sarajevo, cuando primero el clima de odio insoportable y más tarde cuando los bombardeos en plena guerra de Bosnia en los años noventa la alejaron para siempre de su hogar. Las fronteras, en su caso recién creadas, fueron las que, aún siendo adolescente, la convirtieron en extranjera, la otra en su propia tierra.

Aquella experiencia determinó de tal forma su vida que cuando dos décadas después llegó a París y se topó con la mal llamada crisis de los refugiados en pleno apogeo, volcarse con quienes sufrían lo que ella vivió se impuso de forma natural: “Ayudar no es una elección: no puedo hacer otra cosa, no puedo ignorar que esa gente necesita ayuda. Sé cómo hacerlo y lo hago”.

Desde 2015 recorre incansable los asentamientos que salpican la ciudad, precarios campamentos de tiendas de campaña que se forman y deshacen al ritmo de los desalojos policiales. Entre las miles de personas provenientes de países como Afganistán o Somalia, Eritrea o Siria, Iraq o Sudán que esperan por las calles de la capital francesa unos papeles que en muchos casos nunca llegarán, Danica Jurisic se mueve como pez en el agua, repartiendo sonrisas, comida o medicamentos.

Paralelamente, multiplica las peticiones en redes sociales, recolecta material, acompaña o coordina acompañamientos en visitas médicas o demandas de asilo, busca hogar de acogida temporal para familias refugiadas o menores, y documenta y denuncia el maltrato policial e institucional, las pésimas condiciones de higiene en los campos, el abandono de las autoridades. “No imagino que vaya a salvar el mundo, sé que lo que hago es pequeño, pero a pequeña escala, cambia cosas”, considera.

Su pasado se entrelaza de forma irremediable con su activismo porque vivió en su propia piel lo que hoy sufren las personas a quienes ayuda. Ante la pregunta de si revivir de forma cotidiana lo que sufrió de niña le afecta, responde rotunda: “No revivo mi trauma: lo arreglo”.

“La guerra, nadie pensó que ocurriría”
Suena lejano y casi irreal, pero hace solo 20 años un cruento conflicto desangró el extremo oriental de Europa. La guerra de los Balcanes, saldada con la desintegración de la antigua Yugoslavia, fue la más trágica en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, dejando en torno a 140.000 víctimas y cuatro millones de personas desplazadas. Hija de un país que ya no existe, Danica se siente ante todo refugiada, indisolublemente ligada a una “nación sin bandera”: la de quienes huyeron de su hogar para salvar la vida y quedaron varados en tierra de nadie.

“La guerra… nadie pensó que ocurriría. Sabíamos que Croacia y Eslovenia se estaban separando, pero Bosnia era un lugar muy mixto, donde pese a haber una mayoría musulmana, no existían tensiones religiosas porque la mayoría de la gente era atea. Entonces empezaron a producirse algunos incidentes alrededor Sarajevo. Alguien fue apuñalado, otro recibió una paliza, de repente, comenzaron los movimientos militares… La gente quedó dividida en grupos nacionalistas, religiosos. Y un día mi ciudad fue bombardeada por el que era nuestro ejército, aquel que supuestamente estaba ahí para protegernos. Simplemente, era algo que no podíamos entender”, rememora. “Si miras a toda esa gente -musulmana, croata, bosnia, cristiana- no sabrías diferenciarla; sin embargo, fue dividida por alguna estúpida ideología que primero les hizo temerse y luego matarse entre sí”.

El conflicto en Bosnia irrumpió como un huracán en vidas hasta entonces apacibles. Y lo destruyó todo para siempre. “Yo tenía 15 años cuando empezó la guerra; con 16, la situación había empeorado tanto que mis padres me pusieron en un autobús, un convoy de niños, y me mandaron a Croacia”. Ahí se convirtió en una menor refugiada no acompañada, “como los críos con los que trabajo ahora”.

Danica acabó en la ciudad costera de Rijeka, donde pasaría los siguientes seis años de su vida. A llegar, fue aceptada en una residencia de estudiantes y empezó a ir al instituto, pero la discriminación era atroz: las niñas y niños refugiados estaban marcados con una letra escarlata. “Vivíamos en un ambiente muy hostil. Los profesores no nos querían allí. Algunos chicos fueron arrestados, maltratados por la policía, deportados… mi instituto era un campo de caza de refugiados”. En cierta medida, fue afortunada: “Mi madre era croata, así que a los 18 años obtuve la nacionalidad, me dieron el diploma de graduado escolar y pude ir a la universidad; otros no tuvieron tanta suerte”.
En verano, la residencia en la que vivía cerraba sus puertas y Danica se encontraba en la calle. “Mi familia ya no podía apoyarme, ni financiera ni emocionalmente; con mi estatuto de refugiada en teoría no tenía derecho a trabajar, pero tampoco tenía alternativa, así que buscaba empleo que incluyera alojamiento y trabajaba sin descanso”.

Danica recuerda la violencia continua, la dejadez de las autoridades croatas y los abusos por parte de quien debía protegerla. “Cuando llegamos a Croacia, quedamos a nuestra suerte porque no había nadie a cargo de los menores. La Cruz Roja estaba contratando a basura de la peor calaña en el país. Recuerdo un episodio con un trabajador, haciendo cola para recibir artículos de higiene. Éramos todo mujeres con niños o menores como yo. Le pregunté si tenía compresas y me respondió: ‘Ven conmigo a la parte de atrás, te daré un tampón que te va a servir para nueve meses’; al parecer era una broma recurrente”, recuerda asqueada. “Me trataron como un parásito que no merecía estar allí”.
Su paso por la universidad en Croacia, donde estudió Historia del Arte y Educación, y en Eslovenia, donde cursó un máster en Fotografía, no fue mejor: en los Estados nacidos de la antigua Yugoslavia y con la guerra aún no concluida, el extremismo nacionalista impregnaba cada aspecto de la vida cotidiana.

se ven partes de tiendas de campaña y se ven los pies de varias personas
Personas refugiadas en París. / Foto: Teresa Suárez
 En aquellos años comenzó a salir con quien se convertiría en su marido, también hijo de un matrimonio mixto; sus primeros trabajos, la compra de un apartamento y el nacimiento de su hijo les permitieron crear una ilusión de hogar, pero la xenofobia rampante en el país nunca les dio tregua. “En Croacia, me sentía viviendo en una distopía. El aire era tan tóxico que se nos hacía imposible respirar”, recuerda. El punto de ruptura definitivo llegó en 2008, cuando sufrió el ataque de un grupo nacionalista neonazi a la salida de su casa. Ella y su hijo, que entonces tenía dos años, fueron golpeados, y la policía no investigó lo ocurrido. Allí supo que marcharse era la única opción para vivir con dignidad y sin miedo.

“No te irás del sitio en el que vives a no ser que no tengas más remedio porque tu vida corre peligro. Ser refugiado es cualquier cosa salvo un privilegio: al marcharte pierdes tu familia, tus relaciones, tus propiedades (si las tienes), tu identidad… lo pierdes todo”, sentencia.

Danica llegó con su familia a Francia a finales de 2012. Aunque los inicios fueron duros, a principios de 2015 la postal de cuento se desdibujó: “Me encontré con todos esos refugiados durmiendo en la calle en distintas partes de la ciudad”. Su situación era desesperada, pero a diferencia de lo que ella vivió de niña, en París había cientos de personas colaborando para ayudar a los recién llegados. “Así entré en esta inmensa red de solidaridad de gente que defiende a refugiados en todo el mundo; entré y ya no puedo salir”.

“Las autoridades se han desentendido de los refugiados”
Es una tarde calurosa de principios de julio y nos acercamos al asentamiento de Porte de la Chapelle, en los confines del norte de París. Hace tres años, el Gobierno municipal inauguró con gran bombo y eco mediático el denominado “primer centro humanitario para refugiados” del país, donde supuestamente las personas demandantes de asilo iban a ser acogidas en “condiciones dignas”. De la gigantesca estructura blanca con forma de carpa de circo ya no queda nada: en 2018 el centro cerró sus puertas, con mucho menos bombo, por falta de sostenibilidad financiera.

En esta zona marginal, siguen viviendo entorno a un millar de demandantes de asilo a la espera de resolver su situación legal en Francia. “Las autoridades se han desentendido totalmente de ellos”, lamenta Danica, mientras su ojo experto se pasea detectando dónde faltan mantas o sacos de dormir; calculando la talla de los pañales de los críos que pululan entre las tiendas, abroncando a quien intenta quedarse con algo que pertenece a otra familia o mediando en las disputas cotidianas que estallan por la dureza de la vida en la calle.

Arremete contra el discurso imperante, utilitarista y xenófobo, en las instituciones y la sociedad europeas: “Es importante entender que toda esta gente solo quiere rehacer su vida. Incluso quienes llegan profundamente deprimidos o traumatizados por lo que han vivido en su países de origen o lo que han visto en el viaje, -compañeros ahogándose a su lado en el mar, torturas en Hungría…- siguen luchando. Solo quieren encontrar trabajo, integrarse y formar parte de la sociedad”, recuerda.

A ratos, Danica se desespera porque las cosas solo parecen ir a peor, con el blindaje de las fronteras, la violencia policial en los Balcanes, Grecia o Melilla, y la multiplicación de leyes que hacen la vida imposible a quienes llegan en busca de puerto seguro. Arremete especialmente contra el Convenio de Dublín, la normativa europea por la que quienes demandan asilo y cuyas huellas digitales fueron registradas a su llegada a Europa pueden ser deportadas al país por el que entraron en la Unión Europea. “Lo que estamos haciendo no es solo moralmente incorrecto, es también increíblemente estúpido. Dublín ha dado millones y millones de euros a la peor basura del mundo, los traficantes de seres humanos. Seamos realistas: van a venir igual. La diferencia es las condiciones en las que llegarán, ¿por qué tienen que perderlo todo para pagar a criminales?”.

Danica se indigna sobre todo por la creciente tendencia de castigar a quienes prestan ayuda, “gente como Carola (Rackete). Esta criminalización de la solidaridad es solo una muestra más de lo jodida que está nuestra sociedad. Ya no distinguimos lo que es correcto de lo que está mal. ¿Como se puede encarcelar a alguien que ha salvado a 40 personas? Es algo que escapa a mi comprensión porque va en contra de todo lo que representa nuestra civilización, contra un valor fundamental de la especie humana que es la preservación de la vida”.

Danica Jurisic se debate cada día entre la impotencia ante unas leyes injustas y la generosidad inagotable que ve cada día mientras trabaja con voluntariado y asociaciones que, como ella, dedican su tiempo de forma a hacer la vida de los refugiados un poco más llevadera. “A mi alrededor veo a mucha gente compartiendo valores de humanidad. Eso me da esperanza”.

martes, 8 de enero de 2019

“La gente tiene que saber que sus privilegios son a costa del sufrimiento de muchos pueblos”

La colombiana Francia Márquez, lideresa social y defensora incansable de los derechos humanos y medioambientales, expone cómo en su país se sigue asesinando a personas por oponerse al saqueo de las multinacionales. Su discurso, que nace en la esclavización que sufrieron sus ancestras, remarca que la paz aún no ha llegado a Colombia.

Francia Márquez, durante un acto en Barcelona. / fotos de Arianna Giménez Beltrán
Francia Márquez, durante un acto en Barcelona. / fotos de Arianna Giménez Beltrán
 Esto también es Colombia: la ganadora del Premio Goldman -conocido como el Nobel Ambiental-, mujer afro y descendiente de personas esclavizadas, comparte experiencias con la comunidad colombiana en la diáspora, en Barcelona. Escuchan en silencio. Francia Márquez Mina, lideresa social y defensora incansable de los derechos humanos y medioambientales, es ejemplo de lucha, pero también del precio que ésta tiene en su país: el desplazamiento forzado o la muerte.

Márquez ha sido galardonada con este premio por su lucha contra la minería ilegal en Colombia. La hondureña Berta Cáceres y el mexicano Isidro Baldenegro también recibieron este reconocimiento por su lucha contra el proyecto hidroeléctrico de Agua Zarca y la tala irregular en la Sierra Madre Occidental (México), respectivamente. Ambos han sido asesinados.

A miles de kilómetros del parche -como la población colombiana llama al grupo de amistades-, los asesinatos a lideresas y líderes sociales están a la orden del día. Y es que dos años después de la firma de los acuerdos de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), el país americano está enterrando los primeros muertos de lo que podría ser un nuevo genocidio en el país.

—¿Por qué quieren acabar con ustedes? ¿Quién está detrás de esta matanza?
A mis ancestras las esclavizaron por un modelo económico de desarrollo. Si hablamos de comercio internacional, la primera comercialización que hubo fue la de personas. Les cosificaron, quitándoles su don de seres humanos y les volvieron cosas. Hoy existe el mismo modelo, pero basado en una economía extractivista que saca recursos naturales de los territorios donde vivimos. Ya no pueden volvernos cosas, pero nos desechan igual. Para nosotros, estos territorios no son fuente de riqueza acumulativa sino de vida para las próximas generaciones y nos oponemos a la entrada de las multinacionales y a su saqueo. Por eso nos matan. En Colombia no están matando a la gente porque sí, sino porque defienden los derechos humanos y dentro de éstos, los colectivos. A la alimentación, a un ambiente sano, al agua. A vivir tranquilos. Matan o desplazan a la gente porque se enfrenta a un modelo económico de muerte -la minería, por ejemplo- que, si uno mira, es el mismo modelo económico histórico. Punto. A mí me han declarado objetivo militar por oponerme a la entrada de multinacionales en mi territorio. Nosotros hemos estado allí desde 1636, cuando llevaron a nuestros ancestros de África y, ahora, que hemos hecho comunidad y establecido relaciones en el lugar, somos un obstáculo para el desarrollo. Europa y el mundo tiene que replantearse su forma de vida. La gente tiene que dejar de consumir tanto y saber que sus privilegios son a costa del sufrimiento de muchos pueblos como el nuestro. Lo que hoy está pasando con la migración africana no es gratis: a África la han saqueado y violentado. Y, si no, uno puede preguntar ¿de dónde llegan las armas a África que ponen a la gente a matarse? ¿Cuáles son las industrias que las mueven para que la gente se mate? ¿Cuáles saquean y ponen a la gente a aguantar física hambre? Estos países que dicen ser desarrollados tienen que cambiar su lógica de ver la vida, porque de lo contrario nosotros seguiremos poniendo los muertos y ellos gozando de sus privilegios que, a veces, ni se dan cuenta que tienen.

— No es la primera vez que Europa comete un genocidio en nombre del desarrollo. Usted dice que el conflicto en Colombia no solo es cuestión de estos últimos 60 años, sino que debemos remontarnos a la época en la que los españoles invadieron América Latina.
— Este conflicto se ha degradado, pero no se puede separar del conflicto histórico. Para el pueblo afrodescendiente, el conflicto no empezó hace 60 años. Desde la colonización, cuando nos trajeron de África a América, hemos estado en medio de la violencia. La invasión de América por España y Europa, de alguna manera, generó las condiciones para que luego la gente se levantara en armas: la concentración de la tierra, la desigualdad, el racismo estructural… esas situaciones no son de ahora, empezaron durante la época colonial. Se hacen estadísticas de los líderes que están muriendo este año, olvidando los de los años anteriores. Eso me parece terrible. Se va olvidando esa memoria. Ha pasado lo mismo con la violencia histórica: la violencia que importa es la de hace 60 años, pero la violencia que vivimos como pueblos étnicos, afrocolombianos e indígenas, no
Ahora se habla de reparación a las víctimas del conflicto armado pero, como pueblo afrodescendiente y pueblo indígena ¿cómo va a ser la reparación?

— ¿Cómo tiene que ser esta reparación?
El primer paso es que estos países no sigan saqueando nuestros pueblos. Mostrar una fe de reparación implica, por lo menos, dejar de destruir los territorios. Son las presiones económicas que están matando a la gente. Yo no estoy pensando en una reparación económica simplemente para que me den plata y ya. La reparación tiene que llevarnos a dignificar nuestro ser, porque nos quitaron ese ser de humanos. Tiene que ser la dignidad humana y la vida digna, permitirnos vivir en condiciones dignas en los territorios a los que hemos llegado. Una reparación real tiene que permitirnos vivir en libertad como pueblos afrodescendientes, como pueblos indígenas. Permitirnos ejercer nuestra propia democracia y no una democracia impuesta basada en el discurso del desarrollo.

Francia Márquez posa al finalizar la entrevista. / Foto: Arianna Giménez Beltrán
Francia Márquez posa al finalizar la entrevista. / Foto: Arianna Giménez Beltrán
 — Empezó su activismo con apenas 15 años, para defender el río Ovejas. Consiguieron que el Gobierno de entonces no desviara el río hacia la presa de Salvajina, lo que hubiera supuesto un gran impacto para la gente y el medioambiente. ¿Qué la llevó a decir “hasta aquí”?
 Nosotros disfrutábamos mucho del río. Era todo para nosotros y, de un momento a otro, se había construido una represa. Unión Fenosa, una empresa española, era la dueña del embalse y quería desviar el río a otra represa, la Salvajina, para aumentar su capacidad productiva. La comunidad se opuso y yo me hice parte de esa lucha. Salvajina ya nos había generado muchos impactos ambientales, culturales, económicos, de salud…y la gente dijo no. Así de sencillo. Hacíamos obras de teatro durante las reuniones y allí fui formándome, reconociéndome como una mujer afrodescendiente. Me fui empoderando y metiendo en los procesos organizativos y comunitarios. En 2014, un grupo de mujeres nos movilizamos para denunciar cómo la minería ilegal estaba destruyendo el territorio, igual que la minería inconstitucional [Márquez a menudo se refiere a la minería con este término], entendida como aquella que el Gobierno ha promovido sin consulta previa durante el conflicto armado, concediendo derechos a terceros y negando nuestros derechos ancestrales sobre el territorio. Inicialmente salimos 15 mujeres y llegamos a Bogotá 80. Nos constituimos en la Movilización de Mujeres Negras por el Cuidado de la Vida y los Territorios Ancestrales. Como mujeres, usamos nuestro amor maternal para así, igual que cuidamos a nuestros hijos, sacar nuestro amor para cuidar nuestro territorio para las próximas generaciones. Hoy soy parte del Proceso de Comunidades Negras nacional, que es una de las organizaciones más grandes del país y que ayudó a hacer la Ley 70 del 93, empujando el derecho a la consulta y al consentimiento previo, libre e informado que tenemos como pueblo afrodescendiente cada vez que un proyecto o una ley nos vaya a afectar.

— La lucha de 2014 le valió amenazas de muerte y tuvo que abandonar su tierra. Imagino que es imposible resumir o explicar en palabras lo efectos psicológicos o afectivos que usted ha sufrido por este desplazamiento…
— Son muchos: esto te cambia la vida. Uno termina dejando a veces de ser feliz, de vivir los sueños que tiene. Como persona, uno termina poniendo todo a la lucha. Cuando salí desplazada sentí que el mundo se me venía encima, que mi vida ya no tenía sentido y que todo se me estaba acabando. Tenía que seguir luchando por mis dos hijos y por una comunidad que también estaba en riesgo. No es un trabajo individual de Francia, es un trabajo colectivo que ha pasado de generación en generación. A veces he tenido frustraciones y pensar que no es posible, pero ha habido momentos en que me ha llegado mucha inspiración que me dice: “Sí, hay que seguir”. Tener esperanza ha sido importante para mí. Yo amo la lucha. Creo en la justicia para la humanidad, el territorio y el planeta. Apelo a la necesidad de aplicarla y luchar por ella. Como seres humanos hemos sido muy egoístas. Destruimos el planeta: nuestra casa. Toca que repensemos todo esto.

— Muchos colombianos y colombianas que se encuentran en la diáspora también sufren efectos psicológicos y afectivos muy fuertes –sobretodo los considerados en plano institucional como ilegales–. Estos días en Barcelona, usted ha podido hablar con algunas de ellas y de ellos. ¿Cómo se pueden tejer redes con tanta distancia de por medio?
— Hay que trabajar en la educación para la libertad, la autonomía y la vida porque la de hoy es la educación para la muerte. ¿Cuánta gente estudia para ponerse al servicio de la muerte, de las multinacionales, violentando el derecho de las comunidades? También discutimos sobre las situaciones económicas de la gente: cómo repensar alternativas al desarrollo que permitan otras economías. Salió una estrategia de articulación inicial, de empezar, al menos, a comunicarnos.

— Como desplazada por el conflicto armado, fue invitada a La Habana para dialogar con los negociadores del Gobierno de Juan Manuel Santos y de las FARC. Actualmente, pertenece al Consejo Nacional de Paz y Convivencia que se encarga de velar por la reconciliación en el país. Con casi 400 líderes y lideresas sociales asesinadas en los dos últimos años, ¿qué está fallando de acuerdos?
La paz no ha llegado a los territorios donde había violencia. Hay que tener muy claro que los acuerdos de La Habana se firman para la dejación del conflicto armado como un paso muy importante para la paz, pero que no son la paz en sí. La paz implica transformaciones sociales, cerrar las brechas de inequidad y desigualdad, acabar con el racismo estructural. Implica terminar con ese modelo de muerte que hizo que personas se levantaran en armas. Si no se acaba con las razones por las cuales se generó el conflicto armado, difícilmente vamos a lograr un proceso de paz. Ahora, hay una mesa de diálogo con el ELN (Ejército de liberación Nacional) que no avanza, porque el nuevo Gobierno, bien de ultraderecha, se opuso. Ganó el Gobierno que dijo ‘no’ a la paz y está echando para atrás todos los acuerdos. ¿Esto qué significa? El recrudecimiento de la violencia en los territorios. Es muy preocupante porque, sobre todo a nivel internacional, se vende como que no, en Colombia ya se hizo un acuerdo de paz y ya todo está bien y la paz no es un papel. La paz son acciones de transformación de esas situaciones de violencia, de las situaciones que generaron la violencia. Estuve en el Parlamento Vasco hablando de esto con su presidenta y estaba como “¿en serio? ¿Colombia no está en paz? ¿Yo pensaba que ustedes ya estaban en paz?” [exagera el tono pero no es de burla, más bien de sorpresa]. Me pareció muy ridículo porque la paz no se hace con la firma de un acuerdo, la paz implica acciones concretas. Y esas acciones son las que este Gobierno nuevo está echando para atrás.

— Si los acuerdos no garantizan la paz en los territorios ni el cese de la violencia sobre las comunidades, ¿quién garantiza la vida de estas personas?
 Ustedes tienen que ayudar a que el Gobierno asuma la implementación de los acuerdos y genere condiciones de transformación que permitan avanzar hacia una paz real. Necesitamos una paz para vivir tranquilos, no para seguir generando empobrecimiento de la gente y despojo de las tierras. La comunidad internacional puede jugar un papel importante: en cómo la paz se consolida en la justicia social y en garantías reales para las comunidades. Y sostener los acuerdos de La Habana es importante: que no haya un actor armado dándose plomo en nuestros territorios es un avance muy importante.

España también forma parte de este despiste y silencio internacional al que apunta Márquez. Desde su llegada a la Casa Nariño en agosto, dos representantes políticos tan distantes -al menos en apariencia- como Pedro Sánchez y José María Aznar han visitado al nuevo presidente colombiano Iván Duque. Ambos ven en él un garante para la paz. Nada más lejos de la realidad. Desde su llegada, los asesinatos a lideresas y líderes sociales se han disparado (sobre todo en el Cauca, territorio de donde ella viene) y su mentor, Álvaro Uribe, lideró la campaña por el no a los acuerdos en 2016. A Uribe se le relaciona desde hace tiempo con el paramilitarismo, el narcotráfico, los asesinatos selectivos, los falsos positivos y la corrupción. Las pasadas elecciones presidenciales en Colombia, las primeras después de la firma de los acuerdos, han supuesto la vuelta del uribismo al poder. También la participación de Márquez por primera vez en la política institucional. Dice que nunca ha creído mucho en ella y que no tenía interés en convertirse en “una politiquera”. Lo hizo de la mano del partido Colombia Humana, con Gustavo Petro.

— Muchos se ilusionaron con Colombia Humana, pero el cambio no fue posible. Aún así algo se ha movido en la sociedad colombiana. ¿Se ha plantado una semilla en estos últimos meses?
— Sí, sin duda. Yo creo que se está generando un cambio. Nunca antes un Gobierno progresista había sacado más de tres millones de votos en Colombia. La derecha siempre había sacado muchos votos y siempre había estado ahí. Esta vez le tocó usar muchas mentiras y engaños [durante su campaña, se acusó al Centro Democrático de lanzar fakenews]. Sin embargo, yo creo que la gente no está comiendo cuento. Hay un movimiento que está pensando en una alternativa al desarrollo, luchando por el medio ambiente, por unas condiciones dignas, frente a esas situaciones de inequidad que ha generado una diligencia política que ha estado allí por 200 y pico de años. Colombia Humana perdió, pero hay un movimiento político y alternativo que está creciendo. El uribismo también se valió de una ignorancia política que han sembrado por muchos años para que la gente no piense en un cambio. Ese cambio va a llegar.

— Durante los años de esclavitud, sus ancestras dibujaban con tropas -trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo- mapas que mostraban cómo escapar de las haciendas esclavistas. Eran los mapas de fuga, un código oculto que permitía huir a los esclavos. ¿Cómo dibujaría usted el mapa de fuga hoy en Colombia?
 No creo que hoy haya un mapa de fuga. Al contrario: estamos haciendo resistencia para permanecer en los territorios. El territorio es esencial para hacer comunidad afrocolombiana. Hacemos parte de Colombia. Hemos construido y apostado por este país y lo único que queremos es vivir dignamente y tranquilos de una vez, pero el racismo estructural no lo permite. Estamos resistiendo con toda la fuerza para que nos permitan ejercer gobierno propio, autonomía y pensar en el buen vivir. A veces poniendo el cuerpo. A veces, el alma y el espíritu. Nos posicionamos en un espacio que no fue regalado, que le costó a las ancestras y ancestros muchos años de sufrimiento y de trabajo. En ese sentido, seguimos pariendo la libertad de nuestro pueblo.

 Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2018/12/francia-marquez/

lunes, 3 de septiembre de 2018

La grasa es política

Periodistas, activistas y políticas han conseguido abrir el melón de la gordofobia en Francia. Señalan la relación entre obesidad y precaridad, y denuncian que la discriminación corporal aboca a la exclusión laboral y social, especialmente en el caso de las mujeres.

Gabrielle Deydier, autora de 'No se nace gorda'./ Teresa Suárez
Gabrielle Deydier, autora de ‘No se nace gorda’./ Teresa Suárez
A los 36 años, Gabrielle Deydier vivía encerrada en su apartamento parisino, 13 metros cuadrados con vistas a la escalera, 650€ al mes. Durante el invierno dejó de pagar su alquiler debido a la falta de ingresos. Acababa de dejar el último de sus trabajos por culpa del acoso que sufría por parte de su jefa, que no soportaba que Gabrielle fuera obesa. Hundida en la depresión, un día encuentra a los que serán sus futuros editores, que le animan a contar su historia. Entonces, decidió escribir un libro: “Pensé: voy a contar mi historia y voy a hacer una investigación periodística en paralelo, así hablaré a la gente de algo que no conocían, les explicaré qué es esto de la gordofobia, por qué es tan duro ser gorda en Francia y todos los obstáculos a los que una se enfrenta cada día”. En mayo de 2017 se lanza la primera edición de “No se nace gorda”, título en homenaje a Simone de Beauvoir y su “No se nace mujer, se llega a serlo”. 

 A los 16 años, Gabrielle vivía cerca de Nîmes y utilizaba una talla de ropa más que sus compañeras, lo que le hacía sentir mal y la empujó a acudir al doctor. Tras el diagnóstico erróneo de un nutricionista que le recetó hormonas que no necesitaba y una severa dieta, ganó 60 kilos en 9 meses. Al provenir de una familia humilde, mantener el régimen era casi imposible con sus recursos económicos. Además de los kilos, Gabrielle se llevó de regalo un severo acné a causa de las hormonas y la desregulación de sus hábitos alimentarios. “Yo no entendía qué pasaba, no paraba de engordar y me crecía pelo donde no debía. Era muy violento y me sentía fatal, un monstruo”. De golpe, a la vuelta al instituto el año siguiente, empieza a sufrir acoso por parte de sus compañeros, de sus profesores e incluso de la enfermera del centro. Poco a poco va dejando los estudios, deja de ir a clase, repite curso y deja de salir de casa.

 Más de quince años y dos licenciaturas después, Cine y Ciencias Políticas, Gabrielle sufre una discriminación tras otra, como en las entrevistas de trabajo, donde nunca es seleccionada debido a su físico. Entonces se muda a París y decide montar su propio medio de comunicación en internet. Se trata de un blog de entrevistas a personajes culturales. Por primera vez Gabrielle puede dedicarse al periodismo, su sueño desde la adolescencia. “Elegí fotos de otras mujeres como imágenes de mi perfil, no quería que nadie imaginara cómo era porque ya sabía hasta qué punto corría el riesgo de ser discriminada. Incluso inventé un equipo de redacción para el blog donde había una jefa que enviaba siempre a las entrevistas a la chica en prácticas, y esa era yo”. Como con el blog no podía mantenerse, encontró trabajo como asistente de una profesora en un colegio para niños con necesidades especiales. La profesora la acosaba: “Nada más llegar me miró de arriba abajo y dijo que la cosa no iba a funcionar”. Al final cogió la baja y comenzó, tal y cómo ella lo define, “un largo periodo de decadencia financiera, física y moral”. Es entonces cuando deja de pagar su alquiler y empieza a escribir sus memorias.

Una discriminación sistémica al descubierto

'No se nace gorda' ya ha vendido más de 4.500 ejemplares y será traducido al inglés./ T.S.
No se nace gorda’ ya ha vendido más de 4.500 ejemplares y será traducido al inglés./ T.S.
El catálogo de discriminaciones al que se ha visto expuesta Gabrielle debido a su peso es inmenso. En su libro apoya esta lista con numerosos estudios que hablan de una violencia de carácter sistémico. El Observatorio de la Discriminación de la Sorbona reveló en 2005 la dificultad de las personas gordas para encontrar trabajo. El estudio fue llevado acabo por Jean-François Amadieu, doctor en Ciencias de Gestión y Recursos Humanos y uno de los pocos investigadores sobre la gordofobia en Francia. Se enviaron a 200 ofertas de empleo diferentes 2 currículum exactamente iguales salvo por la foto, en uno el solicitante de empleo era un hombre delgado, en otro era un hombre gordo. Los resultados son alarmantes: los candidatos obesos tienen la mitad de posibilidades de obtener una entrevista de trabajo; tres veces menos posibilidades para puestos de cara al público.

¿Y si se suma otro factor de discriminación? Ser gorda y ser mujer, gordofobia y patriarcado. No son sólo los comentarios constantes en el espacio público a los que se ve expuesta la mujer gorda debido al culto a la imagen. A la hora de acudir al médico las mujeres con sobrepeso tienden a ser maltratadas sistemáticamente. El recurso a la cirugía bariátrica, una operación consistente en extirpar una inmensa parte del estómago para reducir drásticamente la ingesta de comida y por tanto el peso, se ha multiplicado por cuatro en los últimos diez años. A día de hoy se realizan 50.000 operaciones en Francia cada año, de las cuales el 80% de las operadas son mujeres, y esto a pesar de que el porcentaje de obesidad en hombres y mujeres es similar, según un artículo de Jean Gugenheim, cirujano y presidente de la Sociedad francesa de Cirugía de la Obesidad. Deydier ha reflexionado mucho en su libro sobre esta operación: el escaso éxito que tiene al largo plazo, el abandono del seguimiento a los pacientes, la tasa de suicidios que se dispara al doble tras la operación y la nula información que ofrecen los profesionales de la salud sobre estas cuestiones a sus pacientes. En una sociedad donde las mujeres viven permanentemente presionadas en relación a su aspecto, la cirugía es vendida como única y mágica solución.

‘No se nace gorda’ ya ha vendido más de 4.500 ejemplares y pronto será traducido al inglés, y aunque para el español aún no hay traductores, el eco mediático internacional ya ha llevado la historia de Gabrielle a dar la vuelta al mundo. “Los periodistas internacionales están muy interesados en mí, me parece que es porque rompo radicalmente con el estereotipo de la parisina, extremadamente delgada y siempre a la ultima moda”. La publicación de su libro ha supuesto que en Francia se abriera el melón de la gordofobia, que desde entonces ha llamado la atención de los medios de comunicación e incluso de algunos políticos. Para Gabrielle ha supuesto no sólo la recuperación de la confianza en sí misma, sino también el reconocimiento a su trabajo y la posibilidad de escapar del círculo de discriminación laboral. Con este libro se abre en su carrera periodística un ciclo que, según ella, durará dos o tres años: “Ahora estoy preparando un documental y una novela de ficción sobre la misma temática, pero no quiero ser ‘Madame gordofobia’ toda mi vida”, ironiza.

La grasa es política


Eva Pérez y Daria Marx, fundadoras del colectivo Gras Politique./ T.S.
Eva Pérez y Daria Marx, fundadoras del colectivo Gras Politique./ T.S.
La cuestión política detrás de la gordofobia también es económica, la obesidad es multifactorial y uno de los factores más importantes es la precariedad”, recuerda Eva Pérez, activista contra la gordofobia. Es un tema sobre el que Gabrielle Deydier también ha reflexionado y cuando se le pregunta por qué casi no se ven personas gordas en París contesta que basta con coger el tren de Cercanías y acercarse a la periferia. En otras palabras, el mapa del paro y de los barrios populares coincide con el de la obesidad. El ObÉpi, un estudio realizado en 2012 a nivel nacional sobre el sobrepeso y la obesidad confirma esta realidad, en la que las regiones más pobres del norte y el sur de Francia son las que cuentan con mayor tasa de obesidad. También influye el nivel socioeconómico, ya que mientras para las personas con estudios primarios la tasa de obesidad alcanza el 18,4%, el porcentaje baja hasta el 8,8% para aquellas con estudios universitarios según el último Eurostat.

Daria Marx también es activista contra la gordofobia desde sus 18 años. A la vez comenzó su militancia feminista para darse cuenta de que, en sus propias palabras, “el feminismo francés no se interesaba por las gordas, cuando en realidad es una discriminación que impacta especialmente a las mujeres”. Junto con Eva Pérez, también conocida como Queen Mafalda, decidieron crear la asociación Gras Politique (Grasa Política), una plataforma para luchar desde el feminismo contra la gordofobia. “Hemos aprendido mucho del feminismo, en especial a deconstruir el sistema de opresión y dominación que se aplica también a las gordas”, explica Marx. Entre las dos han escrito “Gordo no es un insulto. Crónica de una discriminación ordinaria”, una investigación-manifiesto político que acaba de ser publicado y que tampoco ha sido traducido al español.

Gras Politique, que se define como una asociación feminista y queer, cumple ahora dos años y, a pesar de constar con apenas siete socias, es uno de los colectivos que más está luchando contra la gordofobia. Este trabajo se realiza sobre dos vertientes, una de ellas es interna y consiste en la organización de actividades para las militantes como salidas conjuntas a la piscina, grupos de debate o clases de yoga. “En la actividad del yoga hemos encontrado un espacio seguro en el que todos los tipos de cuerpo son aceptados, y además es muy interesante porque consiste en una práctica que nos permite reapropiarnos de nuestro cuerpo”, cuenta Pérez. La otra vertiente es teórica, enfocada al gran público y a la divulgación de la problemática. Para ello organizan coloquios y conferencias, van a los medios de comunicación y colaboran con instituciones en campañas contra la discriminación.

La gordofobia existe


Detalle de la chapa del colectivo Gras Politique que luce Daria Marx./ T.S.
Detalle de la chapa del colectivo Gras Politique que luce Daria Marx./ T.S.
 El ayuntamiento de París se ha convertido en pionero en Europa al organizar el pasado mes de diciembre la primera jornada de lucha contra la gordofobia. Se trata de la primera vez que esta cuestión es abordada desde las instituciones. Ha sido gracias a Hélène Bidard, adjunta para la igualdad y la lucha contra las discriminaciones de la alcaldesa de París y Consejera comunista electa de la ciudad: “Llevábamos tiempo centrados en la lucha contra la discriminación debido a la apariencia física, entonces empezamos a encontrar las pocas asociaciones e investigadores que hablaban de la gordofobia. Quisimos hacer algo que lanzara un debate que nunca antes se había tenido”, contextualiza.

La jornada fue organizada en los salones del Hôtel de Ville de París, acostumbrados a albergar desfiles de moda, que por un día acogieron mesas redondas y ruedas de prensa para abrir los ojos al mundo sobre el respeto a la diversidad corporal. Los cuatro ejes en que se centraron las conferencias fueron la lucha contra la gordofobia en los ámbitos sanitarios, educativos, laborales y en el espacio público. Mientras tanto la ciudad se llenó de carteles denunciando la discriminación a las personas gordas y los diarios, televisiones y redes sociales no dejaron de comentar lo que estaba sucediendo. El ayuntamiento contabilizó más de 40 apariciones en prensa y radio nacional y 3.400 artículos a nivel internacional en menos de un mes. 

La consejera Bidard decidió entonces realizar un gesto que ha encantado a las asociaciones y que abre un camino de esperanza en la superación de la gordofobia: escribió a la directora editorial del diccionario Petit Robert, uno de los más importantes y conocidos de la lengua francesa, apreciado por ser el que mejor se adapta a los tiempos integrando nuevos vocablos para reclamar la inclusión de la palabra gordofobia en la siguiente edición del diccionario, explicando que “se trata de una de las raras formas de discriminación aún toleradas” y poniendo de manifiesto la aparición de esta palabra en varios millares de artículos y su inclusión en la política pública parisina.

Fuente: http://www.pikaramagazine.com/2018/09/gordofobia-francia/

lunes, 16 de julio de 2018

Croacia: poco que celebrar y de lo que presumir

Frente a la imagen de modernidad que ha vendido en el Mundial de fútbol la presidenta croata, Kolinda Grabar-Kitarovic, su población se enfrenta a importantes retrocesos en derechos civiles, sexuales y reproductivos: una campaña para prohibir el aborto, cuestionarios sobre la vida sexual para el acceso a la píldora del día después, la criminalización de organizaciones, así como el auge del neofascismo, la islamosfobia y la LGTBIQfobia.

Imagen de una protesta en Zagreb. / Foto: Autor: Jadran BobanUna monja mayor se acerca a otra joven y examina su hábito: “Nunca antes había visto uno como éste”. Resulta obvio que la religiosa no había visto la famosa serie ‘The handmaid´s Tale’ (‘El cuento de la criada‘, en español), por lo que no podía imaginar que aquellas doce mujeres que se había encontrado en el centro de Zagreb, y con las que creía que compartía la religiosidad, se habían vestido así para exigir al Gobierno de Croacia que desoyera a los grupos ultracatólicos que están marcando la política de su país e implementara de una vez el Convenio de Estambul

Un mes después, en abril de este año, el Parlamento aprobaba diseñar políticas específicas para desarrollar este tratado internacional dirigido a prevenir la violencia machista, proteger a sus supervivientes y enjuiciar a sus autores. Según datos de la policía croata, entre 2013 y 2017 fueron asesinadas 195 personas en un país de unos cuatro millones, 91 de ellas mujeres por parte de quienes eran sus parejas o lo habían sido. Y, como sabemos, los homicidios son sólo la punta del iceberg.

Las imágenes de la presidenta Kolinda Grabar-Kitavoric, del partido ultraconservador Unión Democrática Croata, animando a la selección croata en el Mundial de fútbol masculino, regalando camisetas reglamentarias a sus homólogos en la cumbre de la OTAN, y las loadoras noticias sobre que había pagado de su bolsillo el viaje a Rusia –pese a que en 2010 vio su carrera política peligrar al descubrirse que, siendo embajadora en Estados Unidos, usó junto a su marido el coche oficial para usos privados–, han despertado el pasajero interés que todo gran evento destina a los, inicialmente, no invitados a la fiesta, a los que alimentan la fantasía de que cualquiera puede llegar a la gran final tirando de esfuerzo y talento.

Mientras, desde Croacia, colectivos feministas, LGTBIQ y de derechos humanos esperaban que la necesidad de alimentar las cientos de horas destinadas a informar sobre su selección nacional, finalmente subcampeona, les permitiese colar en los medios internacionales el asedio que sufren en su país a causa del auge del neofascismo y del fundamentalismo católico. No ha sido así, pero quienes sí han aprovechado este fenómeno futbolero han sido los colectivos antiaborto, que han convertido una moneda acuñada en el año 2000 por el Banco Nacional croata con la imagen de un feto en el símbolo de su lucha durante el Mundial. Justo, cuando la exrepública yugoslava se encuentra inmersa en la elaboración de una nueva ley del aborto, estos grupos antiaborto han lanzado una campaña para la celebración de un referéndum para prohibirlo, en un país en el que es legal desde mediados de 1946, cuando era parte de la Yugoslavia de Tito

Sentada frente una marcha antiabortista en Zagreb. / Foto: Women´s Network Croatia
Sentada frente una marcha antiabortista en Zagreb. Petra Karmelic es la segunda por la izquierda. / Foto: Women´s Network Croatia
 “Estamos viviendo una situación muy alarmante desde que el partido conservador llegó al Gobierno en 2016. Nos enfrentamos al intento de prohibir el aborto –ahora legal hasta la décima semana de gestación–, al aumento de los delitos de odio contra el colectivo LGTBIQ, a la oposición del Gobierno a luchar contra la violencia contra las mujeres. Y a los estereotipos que una sociedad tan conservadoramente católica como la croata nos adjudica a las mujeres: tenemos que ser sumisas, madres, esposas…”, explica Petra Karmelic, una de la docena de activistas feministas de la Red de Mujeres Croatas, que se disfrazó, el pasado 4 de marzo, de las criadas de la serie basada en la novela de Margarit Artwood, que aborda un escenario distópico en el que las mujeres son privadas de sus derechos y explotadas para la gestación de bebés para las familias pertenecientes a la clase gobernante. 

Karmelic, estudiante de Sociología y Filología Inglesa, también fue una de las seis mujeres que en mayo de este año hizo una sentada frente una marcha antiabortista en la capital croata, Zagreb, en la que participaron más de 10.000 personas. Vestidas de negro luto y con ataúdes que simbolizaban la muerte de los derechos de las mujeres, fueron finalmente detenidas por la policía por impedir el tránsito.

 n Croacia, donde según datos de Radio France Internacional, un 90 por ciento de la población se define como católica, la Iglesia juega un destacado rol político. Además, “el conservacionismo que ahora está también en el Gobierno, quiere erradicar el aborto, como todo lo que tenga que ver con el anterior régimen, que era comunista y anticatólico”, sostiene Karmelic en la entrevista, celebrada durante un encuentro feminista organizado por la Fundación Mujeres del Mediterráneo este mes de julio en Turín (Italia). 
 
Este contexto explica que, siendo legal el aborto, se estime que un 70 por ciento del personal médico se declare objetor de conciencia, lo que en 2014 desembocó en que en cinco hospitales públicos no realizasen interrupciones del embarazo. Por ello, el entonces Ministro de Salud del Gobierno socialista aprobó una medida para revertir esta situación para que, si nadie del personal sanitario estuviese dispuesto a realizar la intervención, se contratase a profesionales externos a la sanidad pública. Una medida, que con la llegada del Ejecutivo de derechas, no se ha mantenido, pese a que la presidenta Grabar-Kitarovic se ha mostrado contraria a la prohibición del aborto.

Actitivas feministas croatas se disfrazaron, el pasado 4 de marzo, de las criadas de la serie 'El cuento de la criada'. / Foto: Jadran Boban
Actitivas feministas croatas se disfrazaron, el pasado 4 de marzo, de las criadas de la serie ‘El cuento de la criada’. / Foto: Jadran Boban
 Croacia ha pasado de 701 abortos por cada 1000 nacimientos en 1980, a 76 en 2014, según datos la Organización Mundial de la Salud. La tasa más baja de los Balcanes. Aunque la mejora en el uso de los métodos anticonceptivos es una razón sustancial, también hay un subregistro de los realizados en las clínicas privadas. Y un dato muy significativo: los abortos justificados en posibles riesgos para la salud de la madre o el feto se han duplicado: de un 21 por ciento en 1998 a un 48 por ciento en 2014, según datos oficiales citados por The Guardian.  

En 2017, la Corte Suprema negó a los abolicionistas del aborto su pretensión de prohibirlo, pero ordenó al Gobierno aprobar antes de dos años una nueva ley que introduzca medidas preventivas y educacionales sobre el embarazo, para convertir el aborto en una medida excepcional. Los movimientos feministas temen que el resultado sea más restrictivo que la norma actual, que data de 1978. Según una encuesta de Pew Research, en 2017 el 60 por ciento de las personas encuestadas sostenía que el aborto debe ser legal en casi todos o todos los casos, mientras que el 37 por ciento consideraba que debe ser ilegal en casi todos o todos los supuestos.

La objeción de conciencia no se limita al aborto: los y las farmacéuticas no sólo pueden negarse por cuestiones de conciencia a vender la píldora del día después, sino que por ley tienen que hacer un cuestionario a las potenciales clientas sobre su actividad sexual. Y, si no consideran adecuadas sus respuestas, pueden negarles el tratamiento. En cualquier caso, tienen que enviar el cuestionario a su médico de la sanidad pública. Esto es así desde octubre de 2015 cuando, gracias a la presión de la Comisión Europea, la pastilla del día después está a la venta en las farmacias. Eso sí, a un precio de más de 21 euros, mientras el salario medio es de unos 690 euros mensuales.

No se trata sólo del aborto
“Gran parte de la identidad croata se ha construido por oposición a la de nuestros vecinos, especialmente a raíz de la guerra en Yugoslavia. Ese nacionalismo resultante alimenta el racismo, la islamofobia, y es algo que recogen los políticos en sus programas, esa búsqueda del enemigo sobre la que proyectar un odio que nos una”, explica Karmelic. 

De hecho, el 15 de mayo, el Consejo de Europa publicó un informe que recogía  su preocupación por el auge del neofascismo en Croacia y alertaba de los discursos incendiarios que emplea la clase política para avivar los conflictos entre los distintos sectores de la población. Y subrayaba que no era una práctica exclusiva de los partidos más extremistas, sino de “todo el espectro político”. Discursos de odio que a menudo van dirigidos contra la población gitana y las personas que buscan refugio a través de su territorio, especialmente las de religión musulmana. 

Por su parte, Amnistía Internacional denuncia que el Gobierno croata continúa deportando ilegalmente a Serbia a las personas que llegan a su territorio (las llamadas en el Estado español ‘devoluciones en caliente’), sin cumplir el debido proceso por el que deben ser informadas de su derecho a solicitar asilo, entre otras cuestiones. Esta organización ha documentado cómo la policía realiza habitualmente estas expulsiones ilegales “con medidas coercitivas, intimidación, la confiscación o destrucción de sus propiedades y un uso de la fuerza desproporcionado”. Croacia se comprometió a aceptar a 1.600 solicitantes de asilo, y sólo ha autorizado 100. 

En el caso de la población gitana, además del asedio, de los delitos de odio y de la discriminación diaria que sufren, Amnistía Internacional estima que una de cada cinco personas no tiene acceso a la atención sanitaria, mientras que el resto sufre serias barreras para acceder a ella.

ONGs enemigas de CroaciaEl Ejecutivo conservador de la estos días vitoreada Kolinda Grabar-Kitavoric ha reducido las ayudas a las ONGs, al considerarlas “antisistema”. “Dice que defendemos valores contrarios a los que ellos consideran croatas. De hecho, la Unión Europea ha llamado en numerosas ocasiones la atención a nuestro Gobierno sobre su incumplimiento con las medidas destinadas a combatir la violencia contra las mujeres, la homofobia… Pero les da igual, porque no van a perder los votos de sus votantes para satisfacer a la Unión Europea”, analiza Karmelic. 

El caso de las personas transexuales es, si cabe, más desalentador. “Es un tema tabú en Croacia, no existen públicamente. No hay mucha gente que luche por sus derechos porque nadie habla de ello. En Croacia ser LGTBIQ significa ser percibidas como personas enfermas que deben ser curadas”, añade la activista.

Sin embargo, hay un ejemplo que ha insuflado esperanzas a las feministas croatas: la victoria del referéndum por el aborto en Irlanda. “Tenemos una Plataforma por los Derechos Reproductivos y las irlandesas nos están apoyando, viniendo a explicarnos cómo luchar para conservar este derecho, cómo evitar errores que ellas cometieron. Esta forma de apoyo internacional entre feministas es muy importante porque nos da la oportunidad de no ser sólo reactivas, sino proactivas”, afirma Karmelic volviendo a recuperar un brío en su tono de voz que se había ido apagando a lo largo de la conversación.


Fuente: http://www.pikaramagazine.com/2018/07/croacia-aborto-neofascismo/