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sábado, 19 de mayo de 2018

Cosima Dannoritzer: “Controlar el propio tiempo es parte de la democracia”

"En el momento en el que hemos convertido el tiempo en dinero, el capitalismo lo exprime como cualquier otro recurso", analiza Cosima Dannoritzer en su nuevo documental.

Ladrones de tiempo
Cosima Dannoritzer. Foto: Meritxell Rigol
 Suele decirse que el tiempo es oro y la directora de cine documental Cosima Dannoritzer (Dortmund, 1965) lo ha constatado. Casi una década después del revulsivo Comprar, tirar, comprar (2010) −con el que “las cosas cada vez duran menos” tomó, para muchas personas, el nombre de obsolescencia programada−, se estrena en Barcelona (en el CCCB) Ladrones de tiempo. En este trabajo, Dannoritzer también parte de una impresión ampliamente extendida entre las personas, la de pobreza de tiempo, y explora cómo los mantras de productividad y eficiencia han impregnado nuestro (mal)vivir cotidiano, sin que rechistemos demasiado.

“Después de hacer el documental, me doy cuenta de que, cuando salgo de casa, no me doy unos minutos para descubrir algo nuevo”, expone. “Todo está planificado, salgo corriendo, con el tiempo justo ¿Y si alguien necesita ayuda por el camino? ¿Y si oigo a un músico y me apetece escucharlo?“, plantea. Dannoritzer construye en este film conciencia sobre el uso −y robo− de tiempo y pone las bases para empezar a concebir −y defender− la capacidad de controlarlo como derecho inalienable de cada persona.

¿Su relación con el tiempo es lo que da pie al documental?
Si trabajas de freelance es un tema que siempre tienes en la cabeza. Siempre tenemos la presión de que hay que hacer el trabajo. Otra cosa que noté es que nos hacen trabajar mucho en lugares en los que antes había alguien contratado para hacer ese trabajo. Fui al aeropuerto y tenía que hacer la gestión online, imprimir mi tarjeta de embarque, facturar la maleta y al final de todo esto, me cobraron una gestión. Y me preguntaba: ¿quién ha hecho el trabajo? 

En el documental se refiere a quienes realizamos estos trabajos como “trabajadores parciales”. ¿Qué papel juega esta figura? 
No es un nombre que me he inventado yo. Viene del marketing y de gestores de empresa desde los años 30. Meten a los consumidores en el business plan. Nos hacen trabajar. Lo del aeropuerto −imprimo mi tarjeta de embarque y facturo mi maleta− no es algo puntual. Nuestro trabajo es parte del presupuesto de muchas empresas y por lo tanto es un trabajo que ya no encarga a nadie más. En máquinas de autoservicio, por ejemplo, para sacar billetes de tren, suele haber una persona de la empresa cerca por si no sé cómo hacerlo, pero casi nunca tocan la máquina. Nos explican cómo hacerlo, como si fuera una empleada nueva que tiene que aprender. Esta técnica está en expansión. Hace años en un fast food tenías que coger la bandeja tú. Ahora ya puede ser que te también te sirvas la comida y te encuentres una hilera de microondas. 

¿Este fenómeno trasciende lo que sería precarizar las condiciones de trabajo? 
Cada vez se añaden más tareas a los trabajadores parciales y son tareas más especializadas. Nos tratan como empleados: ponen a una persona que explica un poco cómo funciona o ponen instrucciones en la web. La única diferencia es que no tenemos sueldo. Aquí está la atracción para las empresas. 

¿A quiénes incluye este concepto de “ladrones de tiempo” que da nombre a tu última película? 
Hay muchos tipos de ladrones de tiempo. Para una empresa, es un ladrón de tiempo cualquier segundo que tú no trabajas. Filmamos en una fábrica de comida rápida en Estados Unidos en la que no dejan a sus trabajadores ir al lavabo, porque lo consideran un ladrón de tiempo. Esto pasa en muchas fábricas y call centers. También puede ser que te den una tarjeta para fichar y que los cinco minutos que has utilizado para ir al lavabo no te los paguen. Están empezando a aparecer las primeras luchas en los tribunales. A veces también hay ladrones de tiempo que son un intercambio: dinero a cambio de tiempo. Vas a Ikea y es más barato porque vas a invertir tu tiempo en montarlo. Creo que es importante que sea una decisión consciente. Las redes sociales son grandes ladronas de tiempo. Después decimos que no tenemos tiempo de nada y quizás nos hemos pasado cuatro horas allí.

Si lo decidimos no nos roban tiempo, ¿no? Puede ser un entretenimiento.
Con el documental me gustaría abrir el debate para que seamos conscientes de cuando nos roban el tiempo y, en ese momento, pensar si lo permito o no. ¿Me dan algo a mí también o solo trabajo para alguien gratis? ¿Es más barato o más rápido si peso yo la fruta en el supermercado? Muchas veces nos intentan vender la idea de ventaja y tenemos que tomar consciencia de cuando es falso. Un pequeño cambio puede ser ir a tiendas y servicios en los que te atienda una persona, en lugar de convertirnos en trabajadores parciales. Hay que reivindicar el derecho a controlar el tiempo. 

¿El empleo es un ladrón de tiempo? 
No necesariamente. Es un ejemplo de cómo nuestro tiempo se ha convertido en dinero. Con un contrato de trabajo, lo que hago es vender mi tiempo. El sueldo puede ser justo o no en este intercambio y pueden obligarte a hacer horas extras que no te pagan. Entonces sí es un ladrón de tiempo. La obsesión de que el tiempo tiene que ser una moneda viene con el capitalismo industrial. Ya no se paga por pieza hecha sino por las horas que se está en la fábrica. En el momento en el que hemos convertido el tiempo en dinero, el capitalismo lo exprime como cualquier otro recurso.

¿La monetización del tiempo explica el malestar que nos genera sentir que estamos perdiendo el tiempo? ¿Diría que es algo que, generalmente, llevamos mal en esta sociedad? 
En el momento en el que entramos en la idea de que en el trabajo tengo que ser eficiente, es muy fácil dar el siguiente paso y pensar, ¿en mi tiempo libre, podría ser más eficiente también? Al pensar en nuestro tiempo libre, pensamos que también lo podríamos vender a alguien y cuesta a veces decir “tengo dos horas, pues voy a quedar con alguien o a dedicarlas a una afición”. Cuando una persona no está trabajando, tendemos a pensar que podría estar haciéndolo. O haciendo un curso para mejorar en el trabajo. Estamos con el chip del rendimiento y el aprovechamiento total. Es verdad que nuestro tiempo es limitado pero intercambiarlo por dinero no es la única cosa que podemos hacer con él.

¿En esta dinámica, el descanso pierde prestigio?
En un taller de gestión del tiempo que aparece en el documental, una participante veía el sueño como un ladrón de tiempo porque, si dormía menos, podía hacer más, como otras personas que hacían más. La película explica también el caso de un proyecto de emprendedores rusos que querían poner espejos en el espacio para reflejar la luz del sol a la tierra para estar más tiempo despiertos, trabajar más, consumir más. El tiempo de sueño es la gran resistencia que nos queda. Cuando dormimos tenemos nuestro tiempo al 100×100. El mercado ve absurdas las horas de sueño porque no se pueden monetarizar. Ahora ya hay empresas que te instalan unas máquinas y coleccionan datos mientras estás durmiendo.

Se ve aquí la contradicción entre acumulación de capital y cuidado de la vida que detecta la economía feminista.
Para mí la cuestión tiene que ver con la democracia. El proyecto de reforma horaria de Fabián Mohedano, un diputado catalán, tiene la faceta de defender el derecho al tiempo libre para la democracia. Él piensa que necesitamos más tiempo para relacionarnos con las demás personas y poder hacer proyectos, para hacer progresos democráticos. Si salgo de trabajar y llego a casa solo para cocinar y hacer deberes con los críos, no puedo ir a una reunión o participar en un proyecto del barrio, ni tengo tiempo de leer el periódico y saber qué está pasando. Existe el riesgo de convertirnos en seres menos sociales y que no permitamos que nos entren en la cabeza cosas que tienen que ver con las otras personas.

Son mujeres las que cargan mayoritariamente con una doble jornada, de trabajo remunerado y trabajo de cuidados. Triple, si sumamos el activismo. ¿La pareja puede ser uno de los ladrones de tiempo?
Si tu pareja no hace nada en casa puede ser un ladrón de tiempo, porque te fuerza a invertir mucho más tiempo mientras que él tiene más tiempo para divertirse o trabajar y conlleva una disparidad en el sueldo y en la capacidad de cotizar. Volver del trabajo a casa y tener muchas más cosas que hacer ha sido una constante para las mujeres. El derecho a controlar el propio tiempo es parte de la democracia. El tiempo se relaciona muchas veces con el poder. Hay muchas empresas a las que les gusta decir “tú me has vendido tu tiempo, yo te pago el sueldo, pues tu tiempo es mío y yo te digo cuando llegas y cuando sales”. Se olvidan de que con más flexibilidad hay más eficiencia y más ganas de trabajar. Menos ejercicio de poder igual lleva a un mejor rendimiento, pero a veces el poder sobre el tiempo de alguien es muy tentador y se llega a la locura de no dejar ir al lavabo a los trabajadores. Una cosa es la pasta, el capitalismo, y la otra las ganas de controlar a la gente. 

¿Qué consecuencias tiene para la sociedad funcionar con el tiempo bañado de productividad y la eficiencia? 
La gente ya no se para ayudar, no porque seamos crueles, pero si estoy estresado el cerebro se cierra, no vemos a la persona que tenemos ahí.  Si pensamos que el tiempo solo es dinero, no pensamos en una productividad social, en ayudar a otras personas ni en cuidar de mí mismo. Esto es un peligro. 

¿Hay manera de reapropiarnos de nuestro tiempo? 
Lo primero: consciencia del tiempo que tengo y de lo que quiero hacer yo con él. No diré que podemos vivir sin relojes, porque son muy útiles. ¡Tú imagínate hacer un rodaje si no aparece todo el mundo a la misma hora! Pues no podría hacerse. Pero hay que tener los espacios en los que el tiempo esté libre. El tiempo no puede pertenecer a otra persona. Ni ponernos a nosotros mismos bajo presión 24 horas. 

Las condiciones de precariedad dificultan salir de la lógica tiempo-dinero que critica. ¿Reflexionar sobre en qué quiero invertir mi tiempo es una reflexión que podemos plantearnos solo desde el privilegio de tener los mínimos cubiertos? ¿Cómo se relacionan pobreza económica y pobreza de tiempo? 
Si tienes que trabajar muchas horas por un sueldo con el que apenas vives, se relacionan. Estamos en un punto del sistema económico en el que nos quiere convertir a todos en pobres de tiempo, aunque tengas un sueldo que esté bien. Necesitamos una base legal  que nos dé derecho a pausas y horas libres, acceso a plazas en escuelas infantiles y servicios sociales para no tener que encargarnos de todo de manera individual. El tiempo es un recurso, como el agua y las tierras, y se explota igual.

¿La insostenibilidad en qué vivimos inmersos es un hilo conductor entre Ladrones de tiempo y el documental con el que popularizó el concepto de obsolescencia programada, Comprar, tirar, comprar?
La obsolescencia programada nos roba tiempo. Nos hace trabajar más para comprar más y destinar tiempo a comprar más. Vale la pena hacer el ejercicio mental de calcular cuánto tiempo te vale lo que vas a comprar. Nos cuesta más encontrar dos horas para tomar un café con alguien y escuchar que comprarle un regalo y enviarlo. Podemos ayudar mucho más a las personas con tiempo. De aquí experiencias comunitarias, por ejemplo, de banco del tiempo. Si compartimos más, quizás tengo que trabajar menos, porque gasto menos. Cuando alguien que hace encuestas por la calle se te acerca y te pide cinco minutos, mira las caras de las personas y es como si les hubiera pedido algo muy fuerte… Nos sentimos agredidos. La reacción no es proporcional. Es sintomático. Todas las personas nos quejamos de que no tenemos tiempo. 

¿Igual que pasó con el concepto de obsolescencia programada, espera que incorporemos el concepto de ladrones de tiempo a nuestra vida diaria?
Me gustaría instalar un poco de conciencia sobre el tiempo. Hay una desigualdad basada en el acceso al tiempo. Hay personas que tienen que trabajar más para acceder a lo mínimo para vivir y si no se les garantiza que el sacrificio de horas de trabajo permite, por ejemplo, una vivienda digna, no es un intercambio justo. Hay gente que sale de este sistema, pero muchas veces ves que quienes lo hacen son gente que se lo puede permitir. Yo quería hacer una película sobre la gente atrapada en la rueda económica. El cambio básico tiene que venir de dentro de la rueda porque no todos podemos o queremos salir e irnos al campo, a hacer yoga a las montañas. El tiempo libre tendría que ser un derecho básico, como la vivienda y poder comer. Tomando consciencia de ello podemos intentar recuperar el control sobre partes de nuestras vidas. Necesitamos contacto social. De máquinas ya hay suficientes.


Fuente: https://apuntesdeclase.lamarea.com/cultura/1682/

domingo, 4 de febrero de 2018

Cuando el cáncer se suma al paro y a la pobreza

Un estudio de la AECC muestra la otra cara de la enfermedad, la de su impacto económico y la que lleva a los pacientes a situaciones de pobreza. Se calcula que cada año unas 25.000 personas con cáncer se encuentran en riesgo de exclusión social a causa de su diagnóstico.

Los pacientes deben hacer frente a otros gastos derivados del cáncer que la Seguridad Social no contempla
Los pacientes de cáncer, en muchos casos, se ven afectados por situaciones de pobreza y exclusión.
 Ser autónomo, estar en desempleo o cobrar menos del salario mínimo…. y tener cáncer. Si en una situación precaria se intenta sobrevivir al día, con la llegada de la enfermedad vivir es una meta el doble de complicada. Son personas que sufren el proceso del cáncer, sus tratamientos y su recuperación trabajando como pueden o, en otros casos, sin poder hacerlo. El cáncer siempre supone un antes y un después, pero para las personas en esta situación es un salto al vacío rotundo.

Unas 11.000 personas trabajadoras por cuenta propia son diagnosticadas de cáncer, de las cuales más del 80%, al cotizar por la base mínima, sobrevive con tan solo 395 € durante su baja laboral, según un estudio de la Asociación Española contra el Cáncer. También indica que cada año, 9.832 pacientes se encuentran en situación de desempleo, y más de la mitad no recibe ninguna prestación económica.

3.744 pacientes con cáncer viven con menos de 710 € al mes que pueden ser, en muchos casos, el único ingreso de la familia. De estos, el 90.98% son mujeres.

Hablamos con tres pacientes que superaron la enfermedad en circunstancias laborales difíciles y con crisis, donde el cáncer supuso una pausa tan contundente en sus carreras que volver al trabajo suponía un esfuerzo imposible.

Begoña Gozalbes: “Empiezas de cero y vuelves a un mundo laboral que no es el mundo que dejaste”
Begoña recuerda perfectamente la fecha: el 23 de junio de 2012. Por entonces su vida era frenética, como autónoma empresaria en plena crisis, a la captura de clientes y echando horas sin parar para mantener a los que ya tenía: “En ese momento no escuchas el cuerpo, aunque sabes que no va bien. Estás más cansada, pero lo atribuyes a que cuando trabajas como autónoma eres, además de tu trabajo principal, el gestor, el community manager y todo lo que sea preciso. Si te duele algo no lo atiendes porque tiene prioridad el seguir adelante”, reconoce Begoña.

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Begoña Gozalbes / Ana I. Bernal Triviño
Tuvo que llegar ese día 23 de junio para, después de almorzar, se encontrase mal. “Vomité, pero yo misma le dije a mis amigos que era normal, producto del estrés y la ansiedad”, lamenta ahora. Al día siguiente no se podía levantar, con fuerte dolores abdominales, y al tercer día fue a urgencias. Estuvo desde las 9 de la noche hasta las 5 de la mañana. En principio no encontraron nada, pero cuando le hicieron la ecografía ya le indicaron que no saldría del hospital. “Yo recuerdo que comenté una molestia en los ovarios, pero la doctora, sin decirme diagnóstico, ya me avisó que no era de ahí”. 

Ingresó el día 26 en el hospital, le hicieron multitud de pruebas y el 6 de junio tuvo la confirmación: cáncer de colon. Tras saberlo, lo primero que respondió fue: “Y ahora, ¿qué tenemos qué hacer?”. 

“Supongo que fue una reacción porque no te puedes parar, tu mente está entrenada para no parar. Yo no era consciente de lo que era tener un cáncer. Yo les decía a los clientes que me operaba en agosto de un tumor y que en octubre pondría en marcha su proyecto. No era consciente de que la vida se para”, asume ahora Begoña.

Tardó dos años en volver a trabajar porque pasó dos veces por quirófano, más una depresión una vez superada la enfermedad. “O lloras cuando te enteras, que yo apenas lo hice, o lloras cuando lo superas y hay que retomar la vida. Yo, de septiembre a diciembre de 2013 me lo pasé llorando e intentando volver a trabajar. Empiezas de cero y vuelves a un mundo laboral que no es el mundo que dejaste”. 

Se tuvo que dar de baja de autónomo. Al no tener ingresos, adquirió deudas y recuerda que en su cuarta quimio tuvo hasta que firmar la dación en pago de su vivienda. “Si no fuese por la Seguridad Social que tenemos estaría muerta, estoy viva porque ella me ha curado. El día a día me lo pagaba todo mi familia porque mis ingresos eran cero”.

Hablamos de la diferencia de afrontar una enfermedad en un trabajo por cuenta propia y cuenta ajena: “Quien tiene un trabajo normal sigue cobrando y puede volver a su puesto de trabajo, pero de autónomo no tienes solo el reto de vivir por la enfermedad sino de sobrevivir, y económicamente te quedas sin nada”, denuncia. Tras los tres meses de duelo, empezó a reconstruirse. Fue a congresos y conferencias, empezó a buscar los primeros clientes y escribió un artículo, “Crujir el alma”, donde contaba que su vida acabó guardada en cajas, en un habitáculo de 6 metros cuadrados, cuando su cuerpo ni siquiera le ayudaba a levantar una hoja. Dice que escribir ese artículo la curó, en parte. 

Confiesa que con cada revisión el cuerpo se altera, y que cada día todo enfermo de cáncer piensa en la angustia de si volverá la enfermedad. O si se habrá ido para siempre y no perderá más su vida.

Mar Carpena.
Mar Carpena.
Mar Carpena: “Quieres lo mejor para ti y cuidarte, pero no puedes, ¿con qué dinero?”
La revista donde Mar trabajaba cerró en 2008. Desde entonces hizo varias colaboraciones en prensa hasta que consiguió un trabajo en una agencia de comunicación de una multinacional, pero he aquí la condición: ser falso autónomo. Mar acudía a su trabajo como alguien de plantilla, de lunes a viernes. En 2010 notó molestias en su abdomen. Los médicos decían que eran gases, hasta que un día, doblada de dolor, entró por urgencias y ya se quedó en el hospital. Con 38 años le detectaron un cáncer de colon.

“Claro que pensé en mi trabajo y, como tenía mis jornadas normales, creía que durante la enfermedad me protegería algún derecho. Me operaron y con el mismo parte médico del ingreso, el martes fue mi chico a la empresa. Y por correo les remitimos el resto de los partes de baja”, comenta. Pero la sorpresa vendría después. Ese mes de baja no lo cobró, así que llamó a la empresa, les comunicó que ya tenía el alta y preguntó si podía trabajar desde casa una semana. La respuesta: “Tú ya no trabajas aquí”.

Mar se encuentra sin opción a paro y sin trabajo. “Lo viví muy mal porque se generó una doble angustia. La primera era salir del cáncer y la segunda era ver que las sumas no alcanzaban para el alquiler ni el resto de los gastos. Y trabajar, mentalmente, me hubiese servido de ayuda, aún faltando los días de quimio”. Se sentía enferma y se dejó de sentir útil, inserta en el aislamiento de las quimioterapias. “Recuerdo que, por entonces, mi pareja no tenía una estabilidad económica y que había unos parches cicatrizantes que no me pude comprar. También cuando mis padres me prestaban dinero o esa preocupación cuando los médicos te dicen que comas mejor. Quieres lo mejor para ti y cuidarte, pero no puedes, ¿con qué dinero? Igual que las cosas de la casa, que las hacía todas mi pareja”.

Le faltaba un ciclo de quimio para terminar cuando le detectan al año un cáncer de mama. Vendría la radioterapia y más debilidad a su cuerpo. “Fue un mazazo, convencidísima de que tras el primer año de cáncer me incorporaría al trabajo, el segundo cáncer me lo impedía aún más.” En aquel tiempo la Mar que todos conocían intentaba vivir. La suya, la interior, se sentía a veces como un zombie. 

Tras el cáncer de 2010 y el de 2011, en 2012 le detectan un cáncer de tiroides. Le mandaron quimioterapia de pastillas y Mar no quería esperar más, aunque su cuerpo ya no era el mismo. “Tenía miedo a las entrevistas de trabajo. Era el miedo del cáncer y el miedo a que te rechacen porque ¿quién iba a contratar a alguien que sabe que faltaría cada tres meses para las revisiones? Y también me preguntaban qué había hecho en esos años, por qué había un parón laboral. Al principio mentía. Luego, ya decía la verdad, no quería esconderme”.

Con todas sus fuerzas consiguió un trabajo temporal de jefa de prensa de un evento. “Fue oxígeno, la mejor medicina. La otra me mantuvo viva pero esta me hizo volver a ser yo. A nivel profesional yo no era nadie”, admite. Comenta que subió su nivel de autoexigencia, que quería demostrar que aquel parón no era nada en su carrera. “Quería que vieran que era buena profesional y que estaba sana. Que iría a trabajar y a echar más horas que nadie, y si todo el mundo estaba cansado, yo diría que no. El cáncer volvió mi vida más precaria y, sin ayuda de todos los que estuvieron, hubiese tenido que dejar mi piso y a saber qué hubiese sido de mí”.

Eva Álvarez: “El cáncer precarizó mi vida al 100%”
En un hotel Radisson de Irlanda trabajaba Eva, en el año 2004. “Recuerdo que por ser extranjera me dieron como un bono social para una limpieza de boca gratis y una revisión ginecológica”. En la citología, menciona que sangró. Se lo echó a humor, dadas las circunstancias, pero no sabía que aquello era el primer síntoma de la enfermedad. La llamaron del hospital a los pocos días y recuerda que, al entrar en la consulta, junto al médico, había dos enfermeras que sostenían una caja de pañuelos. “Tienes cáncer de cérvix”, le dijo. Pidió quedarse un rato a solas y lloró. Le explicaron que este cáncer era muy agresivo pero muy lento. Tras la biopsia, le advirtieron sobre la operación.

Eva Álvarez.
Eva Álvarez
 Hizo las maletas corriendo, entre las lágrimas que sus compañeros de piso no sabían cómo consolar, y dejó su trabajo. De operarse, era en España. “Yo estaba acojonada de miedo. Yo estaba a 2000 kilómetros a mi familia. Sólo quería volver a casa”. A las pocas semanas, la operan en el hospital Virgen del Rocío en Sevilla. Y le hacen una histerectomía completa. Le aconsejaron que, para recuperarse antes, tenía que caminar pero “me salió una úlcera en el talón brutal y fue un posoperatorio muy molesto, donde engordé casi diez kilos por no poder moverme. Me decían en la calle…. ¿pero estás embarazada? Era horrible”.
 
Pero para ella, una mujer independiente, aquel estado físico no era lo peor. “Yo venía de Irlanda muy bien, pero aquí me empecé a sentir perdida, no sabía qué hacer. Necesité un psicólogo porque tuve que vivir en casa de mi madre de nuevo. No por ella, que es un cielo, sino el hecho de no tener mi vida, porque ya no tenía nada. Y, por el tipo de cáncer que es incluso me sentía culpable”.

Durante un año acudía, cada tres meses, a sus revisiones con el oncólogo. Y, a la vez, intentó buscar trabajo. Tampoco se sentía bien físicamente, así que solo pudo afrontar trabajos de fines de semana, sin cotización, en bares. “Recuerdo que aquella época vivía amargada, el cáncer precarizó mi vida el 100%. No sé en Irlanda qué hubiese sido de mí, pero lo de ahora no era lo mío, se acabó mi sustento económico propio y el cáncer me mandó a empezar de cero. Fue muy difícil”. Esa fue su situación de 2005 a 2007, cuando vuelve a trabajar en varios hoteles en Ronda, hasta que encuentra la que pensaba que sería la mejor oferta posible: trabajar de administrativa en una empresa de madera, Polanco. “No era tan duro como la hostelería, mejor horario y valoraban mis idiomas. Aquellos primeros seis meses fueron estupendos… Y de pronto se hundió, fue de las primeras empresas en hundirse durante la crisis. A los seis meses estaba en la calle.”

Regresó a la hostelería y se encontró con la misma situación. Hoteles que cierraban, o cuando le respondían que su trabajo lo haría otra persona. Pidió el paro, luego la ayuda…. y se agotó. Ahora está de cuidadora con un contrato de limpiadora, de 50 horas semanales, cobrando 700 euros. Fue al ginecólogo del 29 de enero, “y mi virus se ha vuelto a activar. En verdad nunca muere, lo que se queda es latente, y se ha activado otra vez. Me mandaron una crema vaginal que la Seguridad Social no la cubre, Papilocare, que son 22 euros a la semana”. Dice que las cuentas no le salen entre los 250 euros de piso, la luz, el agua, el coche, el seguro, la comida… Y añade que además de ser más pobre, queda el miedo del cáncer y que, “ante cada analítica, siga temblando”.