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viernes, 29 de julio de 2022

Viaje (solo de ida) a la costa de los Esqueletos

El primer europeo que puso los pies en la costa de los Esqueletos, el navegante portugués Diogo Cão, no se anduvo con sutilezas a la hora de darle nombre en su idioma: Porta do Inferno. Es la franja costera de quinientos kilómetros donde el desierto del Namib, una de las regiones más áridas del mundo, linda con el océano Atlántico. También es el mayor cementerio de barcos del mundo. En los tiempos de la navegación de cabotaje las naves evitaban tocar tierra en este lugar, ya que resultaba sencillo aproximarse y atracar, pero hacerse de nuevo a la mar era prácticamente imposible. La culpa es del cassimbo, un fenómeno natural exclusivo de esta región que levanta neblinas oceánicas extraordinariamente densas. Y también del relieve poco abrupto de esta ribera, cuyas mareas más altas hacen que el agua salada se interne en el desierto. Bienvenidos a la costa de los Esqueletos. Los bosquimanos la llaman «la tierra que Dios hizo con ira».


costa de los Esqueletos

1. En la actualidad la costa de los Esqueletos forma parte del Parque Nacional costa de los Esqueletos, una reserva natural de dieciséis mil kilómetros cuadrados. Fue creada por el gobierno de Namibia en 1971. Fotografía: Getty.
costa de los Esqueletos

2. Se cree que en la costa de los Esqueletos reposan los restos de más de mil embarcaciones. En los tramos de costa menos abruptos los restos de las naves han sido arrastrados al interior del desierto por las mareas altas. Fotografía: Paul Souders / Getty.


costa de los Esqueletos

3. Entre los pecios más notables de la costa de los Esqueletos se cuentan el Benguela Eagle, el Otavi, el Eduard Bohlen, el Dunedin Star, el Zelia India y el Tong Taw. La última nave en encallar fue el pesquero japonés Fukuseki Maru, que lo hizo en 2018. Fotografía: Freepik.
costa de los Esqueletos

4. El Eduard Bohlen, un carguero alemán que naufragó debido a la niebla el 5 de septiembre de 1909. En la actualidad los restos del barco están a cuatrocientos metros de la costa. Fotografía: Martin Harvey / Getty.
costa de los Esqueletos

5. El cassimbo, la niebla oceánica tan característica de la zona. Este fenómeno, responsable de casi todos los naufragios y encallamientos de barcos, ocurre por efecto de la interacción de la corriente de Benguela, un flujo oceánico frío, y las masas de aire cálido procedentes del desierto del Namib. Fotografía: Angelo Cavalli / Getty.
costa de los Esqueletos

6. Estamos en uno de los mayores caladeros del sur de África. La corriente de Benguela hace que se eleven hasta la superficie aguas abisales muy frías y muy ricas en nutrientes que favorecen la aparición de grandes concentraciones de fitoplancton, primer eslabón de la cadena trófica oceánica. Fotografía: Getty.


costa de los Esqueletos

7. La abundancia de plancton explica la concentración de peces y cetáceos filtradores y la presencia de estos justifica la de sus depredadores, como las focas y los seres humanos. Aunque antiguamente abundaban los barcos balleneros, lo más común hoy en día son las grandes naves pesqueras. Fotografía: Alex Saurel / Getty.
costa de los Esqueletos

8. Un cráneo de ballena junto al pecio del Benguela Eagle. La costa de los Esqueletos recibió su nombre por la abundancia de huesos en sus playas, principalmente de ballena y de foca. Fotografía: Maramade / Freepik.
costa de los Esqueletos

9. Los restos del Benguela Eagle, un pesquero angoleño de setenta y ocho toneladas que naufragó en 1973. Como este, muchos barcos encallados en la playa han ido enterrándose poco a poco en la arena. Se sospecha que el número de pecios completamente soterrados en la costa de los Esqueletos podría igualar al de los naufragios todavía visibles. Fotografía: Maramade / Freepik.


costa de los Esqueletos

10. El Zelia India, un pesquero arrastrero indio que encalló en 2008. Los restos del barco se han convertido en un punto de anidación de cormoranes. Es uno de los pecios más conocidos de la costa de los Esqueletos. Fotografía: Jeremy Woodhouse / Getty.
costa de los Esqueletos

11. La Puerta Ugabmund o Puerta del río Ugab, que da acceso por tierra al Parque Nacional de la costa de los Esqueletos. La entrada está decorada con imágenes de calaveras y flanqueada por varias mandíbulas y cráneos de ballenas. Fotografía: Jens Kühnel (CC).
costa de los Esqueletos

12. El Parque Nacional de la Costa de los Esqueletos se divide en dos zonas. La zona sur solo puede visitarse usando vehículos motorizados, que además no tienen permitida la incursión en la sección más peligrosa del desierto. La zona norte del Parque Nacional solo puede visitarse en avioneta. Fotografía: Martin Harvey / Getty.
costa de los Esqueletos

13. Huellas de vehículos en torno a los restos de un barco semienterrado en la arena. La costa de los Esqueletos se ha convertido en una de las zonas con más turistas de Namibia. Fotografía: Getty.

Fuente: https://www.jotdown.es/2022/07/viaje-costa-de-los-esqueletos/

lunes, 9 de marzo de 2020

Subida a los montes Aquilianos

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 El prodigio de Santiago de Peñalba está en un rasgo genial de su constructor: tomó, como si dijéramos, la doble ventanita árabe del atrio de San Miguel de la Escalada y la convirtió en puerta de esta cenobio. En esto coincide todo el mundo, y también en que la subida hasta el monasterio es una experiencia en sí misma. Peñalba o Peña-alba, es decir, piedra o roca blanca o marmórea, oculta su belleza allí donde las águilas anidan; que por eso estos montes se llaman Aquilianos. Un camino estrecho y abrupto como el de una senda mística defendía el silencio y la plegaria, la vida eremítica de unos cuantos hombres; y, cerca de aquí mismo, la foresta amparaba los viejos cultos de Sérapis, el gnosticismo y lo que se ha dado en llamar priscilianismo. [...] Pero la montaña con su bosque espeso y su silencio, los ecos tan sonoros de un aullido o un canto, la luna más cercana y solemne, el ruido del agua y la interminable fauna, su mismo izamiento al cielo, siempre ha sido sacral y ha segregado o conservado historias de teofanías y encantamientos . Así que por aquí anduvieron rezagados todos esos cultos y creencias; aunque los monjes sólo ocultamiento y silencio buscaban, o el disfrute de este paisaje realmente primigenio y salvaje, pero no sagrado.

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   En esta parte septentrional de los montes Aqulianos, muy cerca de este cenobio de Peñalba, se ven dos de los canalillos que llevaron el agua a la explotación minera de oro, levantada por los romanos al noroeste, en Las Médulas. Otros siete canales aportaban allí desde sus cauces el agua de lo ríos Caro y Cabrera. Una leyenda dice que un sultán dueño de esas minas tenía siete esclavos hermanos y había prometido su hija a quien concluyese antes el canal que excavaba. El más joven de ellos comenzó su trabajo partiendo de la mina misma, y así encontró el canal que desde arriba iba excavando otro de su hermanos y que llenó impetuosamente de agua el recinto minero, de manera que pudo desposarse con la bella mora de ardientes ojos y piel muy morena. Y otras leyendas hablan también de que bajo estas fantásticas y caprichosas formas  de tierra que los meteoros han ido tallando en su erosión se encuentran reyes y princesas, brujas terribles y tesoros inacabables de preciosas piedras. Pero estas leyendas no pueden ahuyentar la historia, obstinada en sus "facta", y esa historia es terrible. "Vicena milia pondo ad hunc modum annis  singulis Asturiam atque Gallaeciam et Lusitaniam praestare quidam prodiderat", dice Plinio. Esto es, veinte mil libras de oro salían de estas rojas arrugas, cada año; y el total de la explotación enjugaba el presupuesto del Imperio de los Césares en una proporción de un 6 a un 7,5 % y doraba sus fastos. Lo que quiere decir: sangriento trabajo de esclavos, y muertes anónimas de irrelevantes seres humanos, pura mano de obra.



   Las enormes bocas de la explotación nos rememoran las fauces del Infierno de Dante; pero allí adentro no había ningún Virgilio o mano amiga, sino sólo el látigo del capataz y el sudor, y el agua. Y la muerte. Estas son las bocas del Infierno , en efecto . Es decir: la atroz garganta del poder devorador de hombres. "Roma, vorax hominum". O cualquier otro poder de cualquier tiempo: "Esa pestilencia que contamina cuanto roza", que decía Shelley. Y, aunque aquí el rojo de la tierra sea tan bello, nos ofece a la vez el recuerdo de la púrpura y la sangre.

   Así que, subamos a Peñalba a mirar la encantadora doble ventana de dos arquillos partida por una columna y encajada en un alfiz, que aquí es la puerta de la iglesita. ¿Vino a construirla un cordobés, como nos consta que estuvo trabajando en Castañeda?


  ¡Es algo tan delicioso, tan gratuito en su belleza -estos arcos están realmente descargados de cualquier función de soporte- que es una verdadera "Porta coeli" o Puerta de la Alegría abierta porque sí, por su hermosura, para ser vista, ni siquiera para ser atravesada!


   En un lateral de la iglesia  en su exterior está enterrado Gennadio, el fundador de esta casa, obispo que fue de Astorga y renunció al episcopado: bajo unos preciosos arquillos. En 919, el propio Gennadio, siendo todavía obispo; Frumina, obispo de León; Dulcido, de Salamanca, y Salarico, de Dumo, en  Portugal, pasaron por este lugar a caballo para dirgirse aún un poco más arriba en la montaña a consagrar la iglesita de San Pedro de Montes, ahora pura ruina, con una sola ventanita como solo vestigio de aquella aventura mozárabe de búsqueda de una almunia y de silencio -como silencio es el propio río que discurre en el estrecho valle, casi abismo-, y plasmada en una estética de lo pequeño, lo alegre y gratuito y puro: el reverso del rostro del poder que nos aterra en las Médulas.

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José Jiménez Lozano

domingo, 23 de abril de 2017

Egeria: la primera gran viajera que escribió sin saberlo el primer libro de viajes

En el año 384, una mujer escribió en su cuaderno de viajes: «Como soy un tanto curiosa, quiero verlo todo». Se llamaba Egeria y entre los años 381 y 384 cruzó tres continentes, recorrió más de 5.000 kilómetros, en su mayor parte a lomos de un burro (o de una mula) y hoy es considerada la primera gran viajera y peregrina allende los mares de la que se tiene noticia y la primera en dejar un documento escrito de su aventura.

Una hazaña loable por muchos motivos, pero sobre todo porque, como mujer, el peso de la vulnerabilidad y de la crítica social ante semejante muestra de independencia superaba incluso el ostracismo que llegaría con el medievo. «Su experiencia muestra hasta qué punto podían romperse los roles de género en la sociedad de la antigüedad tardía, al presentarse como una auténtica aventurera», escribe Rosa María Cid, profesora titular de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo.

«Las exploradoras fueron señoras de gran coraje, ignoradas por sus esposos en los escritos sobre sus hallazgos. Si se aventuraban sin un hombre al lado eran vistas como marimachos excéntricos. Como dice un refrán alemán del medievo: “Peregrina salió, puta volvió”. Que una mujer quisiera salir de su casa levantaba estas ronchas», explica Cristina Morató en su libro Viajeras intrépidas y aventureras.

Egeria

 Egeria fue escritora sin buscarlo y aventurera sin proponérselo. Era culta, profundamente religiosa (aunque muchos descartan que fuese monja, concepto que todavía no existía en esa época) y pertenecía a la alta clase social, entre otras cosas porque se ha barajado la idea de que viajaba con la ayuda de un salvoconducto o pasaporte que le facilitaba el cruce de fronteras y que en aquella época estaba reservado tan sólo para personas importantes.

Para muchos analistas de la historia el conjunto de las cartas que escribió durante su periplo, al que se bautizó como Itinerarium Egeriae, desde el que aspiraba a verlo todo y del que sólo se conserva una parte, puede considerarse uno de los primeros antecedentes de la literatura de viajes. El género existía de alguna manera ya entre los griegos, en las descripciones itinerantes a las que llamaron periégesis y de las que Hecateo de Mileto fue su máximo precursor.

No fue hasta 1903 cuando un estudio publicado por Mario Ferotín en la Revista de Cuestiones Históricas finalmente le atribuye Egeria la autoría del Itinerarium, después de que durante años se pensase que era obra de otra autora más reciente. Curiosamente, la pista que sirvió para relacionar el códice con Egeria estaba en otra carta: la que San Valerio, un eremita y abad de El Bierzo de la segunda mitad del siglo VII, escribe mostrando su gran respeto por la mujer que había viajado de Gallaecia a Tierra Santa: «Hallamos más digna de admiración la constantísima práctica de la virtud en la debilidad de una mujer, cual lo refiere la notabilísima historia de la bienaventurada Egeria, más fuerte que todos los hombres del siglo». El Bierzo era también el lugar donde permanecían las hermanas a las que Egeria escribía sus cartas, argumento que refuerza la idea de que esa comarca leonesa limítrofe con Galicia era también el lugar de origen de la aventurera.

La verdad literaria en la escritura vulgar
En su colección Historia de España, Menéndez Pidal afirma que «Egeria ha de colocarse con todo derecho al frente de las escritoras españolas». Aunque en su escritura resulta evidente que Egeria no escribía con ánimo de ‘literaturizar’ su viaje, sólo buscaba transmitir a sus hermanas la sensación de los descubrimientos, su obra es pionera en la literatura de viajes.

Su lenguaje fresco y cercano, escrito en forma de cartas, quizás sea el antecedente más remoto de los libros y guías de viajes. «Para empezar, elige el vehículo epistolar como armazón para montar su relato. Por las alocuciones que de tarde en tarde animan su escritura vemos que se trata de una suerte de larga carta que dirige a las dominae et sorores que quedaron en la patria. La excusa de tener que ver por ellas, fijarse bien en todo para después contárselo a ellas, proporciona la armadura del género», escribe Carlos Pascual en su libro El viaje de Egeria.

Escritores insignes como Flaubert también entraron en el clasicismo viajero por la puerta del género epistolar. «La escritura es para Egeria un mero instrumento. Por eso ha optado por un latín vulgar, ella, sin duda una mujer cultivada; por eso no le importa despacharse con unas fórmulas o entretenerse de manera desproporcionada en un determinado pasaje. Eso es precisamente lo que vale de su estilo, lo que le confiere una categoría literaria a pesar de las palabras», añade Pascual.

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 En el texto el estilo lo marca la personalidad de la autora, profundamente curiosa y crítica. «La palabra de Egeria puede ser llana y vulgar, excesivamente coloquial, candorosa, pobre si se quiere. Puede que a veces se repita, se atropelle, pierda el hilo de lo que estaba diciendo. Pero ni el estilo mismo ni las palabras misma pueden a veces con la verdad literaria, con la fuerza interior de una determinada escritura», afirma Pascual.

«Otro aspecto de la personalidad de Egeria que llama poderosamente la atención es su juicio crítico», escribe César Morales, autor de novela histórica. «Es una devota cristiana, pero intenta comprobar por sí misma lo que cuentan los textos sagrados y, cuando no lo logra, no tiene problema en reconocerlo. Así, en una ocasión en la que uno de sus guías le habla de un lugar en el que podrá ver a la mujer de Lot transformada en estatua de sal, afirma sin rubor: «Pero creedme, (…) cuando nosotros inspeccionamos el paraje, no vimos la estatua de sal por ninguna parte, para qué vamos a engañarnos».

La autora marcó con su escritura improvisada un nuevo estilo y aborda pistas sobre el propio recorrido del lenguaje. «Para los filólogos es una verdadera joya, algo obligado en las universidades que cuentan con departamentos de Filología clásica. Escrito en el latín vulgar que se hablaba a finales del siglo IV, aquel sermo cotidianus que se enfundaba al acento peculiar de cada callejón de un Imperio Romano tan extenso, el texto de Egeria está trufado de modismos», añade Pascual.

5.000 kilómetros de viaje peregrino
Los pasos de Egeria arrancan de la zona de Gallaecia (Galicia), continúa por Tarraco (Tarragona), cruza el río Ródano por el sur de la Galia, atraviesa Italia, embarca hacia Constantinopla y desde allí sigue hasta Palestina para visitar la Tierra Santa en una peregrinación que años antes había inaugurado santa Helena, madre de Constantino.

Visitó Jericó, Belén, Nazaret, Cafarnaúm y establece en Jerusalén su centro de operaciones. En el año 382 continúa su viaje por Egipto, con el fin de conocer a los monjes y anacoretas que vivían en el desierto. Pasa de nuevo a Jerusalén y de ahí inicia su peregrinación al monte Sinaí (momento en el cual comienza la parte encontrada de su relato) visitando Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria. En la ciudad de Tarso, Egeria anota en su cuaderno el feliz reencuentro con una amiga.

«Encontré allí a una muy amiga mía, a la que todos en oriente tienen como modelo de vida, una santa diaconisa de nombre Marthana, a la que yo había conocido en Jerusalén una vez que ella subió a orar. Tenía bajo su gobierno monasterios de aputactitas, o sea, vírgenes. Cuando me vio ¡con cuánto gozo de ambas, que no podría expresarlo!».

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 Un tiempo después, a su vuelta hacia Costantinopla, escribe a sus hermanas una última carta: «Tenedme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado». Escribe también sobre su deseo de visitar la ciudad de Éfeso, pero se pierde el rastro de sus pasos. No sabemos si alguna vez regresó a Hispania, si murió o si Egeria continuó viajando. Quizás por eso, por la hazaña y por el misterio, su viaje permanece eterno.

Pero, a pesar de la hazaña, poco se habla del viaje de Egeria. En 1984 Filatelia Española emitía cuatro millones de ejemplares del sello dedicado al XVI centenario del viaje de la monja Egeria (insisten en hacer monja a Egeria aunque ha quedado demostrado que en aquella época todavía no existía el concepto de monja y, pese a su religiosidad manifiesta, nadie puede asegurar que fuera siquiera abadesa).

Hay libros, varios libros, que estudian su Itinerario, el lenguaje que emplea, las costumbres que describe. Su hazaña ha sido traducida a numerosos idiomas (español, francés, alemán, ruso, inglés); hay una calle a las afueras de Ponferrada y otra calle en León que lleva su nombre. Una pequeña empresa de cerveza artesana en El Bierzo se llama como ella y en el pequeño municipio leonés de  Villaquilambre desde 2007 funciona una Escuela de Formación de mujeres Egeria.

Pero ¿por qué no es referencia Egeria en la historia común de la cultura viajera y en el género literario de viajes?

Pascual, como muchos de los que han estudiado el texto de Egeria, insiste en la necesidad de sacar a la peregrina del anonimato. «Su relato, por sí mismo y por lo que significa, merece ser mejor conocido por el público en general. Lo merece el relato y lo merece su autora. Porque la figura de Egeria tiene todos los ingredientes para encandilar a cualquier lector sensible: es una figura tan apasionada como apasionante».

En el año 384 una mujer que aspiraba a verlo todo escribió todo lo que vieron sus ojos.


Fuente:  http://www.yorokobu.es/egeria-la-primera-viajera/

sábado, 6 de diciembre de 2014

Un año atrapado en el hielo

Los tripulantes disfrutando de un momento distendido jugando al fútbol en pleno Ártico.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

Frank Hurley, el fotógrafo a bordo, consiguió documentar el espectacular viaje. En la foto aparece Ernest H. Shackleton durante la expedición.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

El australiano Frank Hurley tomando fotos de la expedición.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

El sol bañando al 'Endurance' encallado en el hielo ártico.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

El fotógrafo fue capaz de rescatar 400 negativos de placa de vidrio, pero debido a supeso, solo pudo llevar 150. El 'Endurance' escorando en un momento de la expedición.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

Para evitar la tentación de volver a por el resto de negativos, Hurley los rompió. Frank Hurley durante la expedición ártica.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

Los tripulantes haciendo esfuerzos extenuantes para liberar el 'Endurance' del hielo, sin éxito.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

La estela del 'Endurance' a través del hielo durante la expedición.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)

El físico Reginald James en la puerta de su observatorio durante la expedición.
Scott Polar Research Institute, University of Cambridge (Getty Images)
El 'Endurance' encallado entre grandes bloques de hielo.
 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Las notas perdidas del explorador

Hallado en la vieja base del capitán Scott el cuaderno del naturalista y fotógrafo George Murray Levick, miembro de la expedición de 1910 al polo sur

Miembros de la expedición británica al Polo Sur (1910-13) retratados por George Murray Levick
El hielo raramente suelta a los exploradores polares que captura —y por ahí andan aún los cuerpos congelados del capitán Scott y su malogrado grupo deslizándose lentamente con la deriva continental antártica—, pero a veces devuelve algunas de sus cosas, y resulta de lo más emocionante. Es lo que ha sucedido con un cuaderno de notas recién hallado en la vieja base de Cabo Evans y que pertenecía a George Murray Levick (1876-1956), uno de los miembros de, precisamente, la expedición al Polo Sur liderada por Scott. Esa expedición, llegada en 1910 a bordo del Terra Nova, tenía el objetivo de conquistar el polo —empresa en la que Scott y sus cuatro acompañantes fracasaron, dejándose la vida— y realizar distintas investigaciones científicas, buena parte de ellas relacionadas con los pingüinos.

El cuaderno, que ha aparecido junto a la cabaña de la expedición, al fundirse la nieve, es un sencillo bloc que contiene las anotaciones a lápiz de Levick especificando la fecha, sujetos y detalles de exposición de las fotos que tomó en 1911 en Cabo Adare. No contienen nada muy épico —del tipo de las cartas de despedida y los diarios de Scott—, ni tan práctico como las botellas de brandy de Shackleton, pero sus páginas amarillentas son una emocionante ventana abierta a la aventura polar. Y las notas han servido ya para documentar y contextualizar fotos. Para leer el cuaderno, que se encontraba en un estado tan deplorable como se puede imaginar tras 100 años a la intemperie, ha sido preciso someterlo a una minuciosa restauración, a cargo del Antartic Heritage Trust, que ha realizado un vídeo explicando el proceso.

Levick formó parte de la cuadrilla de seis conocida como Grupo Norte que realizó investigaciones en la línea costera de Tierra Victoria y que, aunque no murieron como el grupo de Scott, lo pasaron realmente fatal, en la más pura tradición de la exploración polar británica. Tras invernar en una cabaña en Cabo Adare y pasar la primavera y el verano estudiando la gran colonia de pingüinos adelaida, el grupo fue llevado a bordo del Terra Nova a la bahía que lleva su nombre pero no pudieron ser sacados luego de ahí por mar y tuvieron que pasar otro invierno en una cueva de hielo en Isla Inexpresable (!) alimentándose de focas y pingüinos, y volver luego por tierra arrastrando sus trineos hasta la base de Cabo Evans. Unas vacaciones, vamos.

Imagen del cuaderno recuperado. / NZAHT
Levick dijo luego que el infierno debía de estar hecho de algo del estilo de Isla Inexpresable, y no se refería al calor.

Murray Levick era cirujano, zoólogo y fotógrafo, además de miembro de la Royal Navy. En Cabo Adare tuvo la suerte —para alguien interesado en los pingüinos— de poder observar durante mucho tiempo una de las grandes colonias de esas aves, y todo su ciclo reproductor. Reunió los conocimientos adquiridos en una obra clásica, Antartic Penguins, expurgada de parte de su contenido sexual considerado demasiado fuerte para la época.

Efectivamente, Levick se guardó para un opúsculo de circulación reducida lo que consideraba “depravada sexualidad” de los pingüinos adelaida, incluidos el acoso, la homosexualidad y la necrofilia. En realidad, los pingüinos macho montan a las hembras muertas no por vicio sino porque creen que están vivas (lo que, cierto, no dice mucho sobre la calidad de su vida erótica).

En 1940, con 64 años, Levick regresó a la Marina para ejercer de instructor de comandos en la II Guerra Mundial. Sin duda más por su experiencia de supervivencia que por su conocimiento de los pingüinos.

 Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/10/20/ciencia/1413832523_506712.html

miércoles, 20 de agosto de 2014

El arroz

Los arroces constituyen un elemento importante en la dieta española y son el soporte alimenticio en muchos países orientales. La cocina ibérica está llena de platos en los que este cereal milenario constituye la base o es el complemento.

 En cualquier caso, siempre ha formado parte de platos de día de fiesta, como el arroz con pollo, en Castilla, o la paella, en el Levante español. Y también ha sido minuta de enfermo, como aquel arroz blanco con jamón que cortaba radicalmente las diarreas. En la actualidad, aunque su consumo se ha extendido por cartas de restaurantes y cocinas hogareñas, poco es lo que se sabe del arroz.


La leyenda
Se cuenta de Siwa, dios mayor de las divinidades hindúes, creó una doncella hermosísima a la que llamó Retna-Dumila, que significa joya radiante. Deslumbrado por la belleza de su propia creación, Siwa quiso desposarla. Mas, para aceptar, Retna le impuso varias condiciones, entre ellas, una que el dios no pudo cumplir y que consistía en que le presentara un manjar que nunca le causara hastío.

Impotente, Siwa mató a la bella doncella y dispuso un príncipe ante la tumba para que la custodiase. Fue éste el que observó cómo del túmulo brotaba una planta desconocida que presentó a Siwa quien anunció:
“En esta planta vive el espíritu de Retna-Dumila y lo que de ella ha nacido se llamará Padi (arroz). Reparte sus semillas entre los hombres, porque desde hoy será su principal alimento”.
Esta historia legendaria se sitúa hace siete mil años en la India y se sabe con certeza que en China se consumía arroz hace cinco mil años. Incluso, su acopio y venta usurera permitió el nacimiento de la banca de la China milenaria. Con harina de arroz, los griegos clásicos elaboraban el orince.

Por su parte, los árabes lo dieron a conocer por el área mediterránea de su influencia, por lo que se encuentra en Egipto y en Arabia hacia el siglo II antes de Cristo y, entre el siglo VIII y X, lo introdujeron en Al-Andalus. Isabel la Católica era amiga de comer arroces, en particular el manjar blanco, que se elaboraba con harina de arroz, gallina y especias.

Del arroz oriental, llamado oriza sativa, descienden las variedades españolas entre las que destaca la mítica variedad conocida como bamba, de grano grueso y redondo, siendo de excelente calidad, el de la zona de Calasparra.

El arroz es el protagonista de cientos de platos de la cocina levantina. Los arroces y paellas han traspasado las fronteras nacionales y han dado fama universal a la cocina levantina y española.

 Fuente: http://www.revistaiberica.com/el-arroz-gastronomia/

viernes, 15 de agosto de 2014

Hospital do Incio


Desde Samos, y algo apartado de la Ruta Jacobea, pero ligada a la misma, está el conjunto de Hospital do Incio, formado por la iglesia de San Pedro Fiz, la torre-campanario románica y el panteón funerario de los Quiroga. Su construcción data del siglo XII y se debe a la Orden Hospitalaria de San Juán de Jerusalén con el objeto de dar posada y abrigo a los peregrinos.

jueves, 30 de enero de 2014

El olivo y el aceite

En el principio de los tiempos, Adán, antes de morir, pidió a Dios el aceite de la misericordia y su hijo Seth recibió en el paraíso tres semillas del árbol de la vida y de la muerte y, poniéndolas en la boca de Adán, una vez muerto y sepultado, vio nacer un olivo, un cedro y un ciprés.

aceitunas Las primeras manifestaciones sobre el cultivo del olivo se remontan a unos seis mil años antes de Cristo y todo indica que las primeras plantaciones tuvieron lugar en Libano, Siria e Israel. Por ello, no en vano que la Biblia cuente que cuando Noé soltó una paloma, ésta regresó hasta su arca o navío con un ramo de oliva en el pico. Era, posiblemente, la única especie vegetal que no había sucumbido a la catástrofe del diluvio. Quizás así, el olivo se convirtió para los antiguos cristianos en representación de la paz, como hoy sucede con la figura de una paloma con un ramo de oliva en su pico.

La mitología griega también recoge el olivo en sus textos. De hecho, cuenta que, en una ocasión, una colonia griega era pretendida a la vez por Poseidón y por Palas Atenea. Para intentar dilucidar la cuestión, los dioses del Olimpo solicitaron a ambos competidores la donación de un presente a los ciudadanos de la colonia. Así, Poseidón, con un poderoso golpe de tridente, consiquió que surgiera del suelo un caballo, ejemplo de vigor, con él que haría a los ejércitos invencibles. Por su parte, Palas Atenea hizo brotar un olivo de donde se obtendría el aceite, alimento de los hombres, fuente de luz, símbolo de la abundancia, remedio para las heridas y óleo de unción. Ante tales donaciones, los dioses del Olimpo dictaron sentencia a favor de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, en cuyo honor se fundó la ciudad de Atenas.
“…los árboles se pusieron en camino para buscar un rey a quien ungir. Dijeron al olivo: “Sé tu nuestro rey”. Les respondió el olivo: “¿Voy a renunciar al aceite con el que, gracias a mí, son honrados los dioses y los hombres para ir yo a vagar por encima de los árboles?” – Jueces, 9–8–9 -
Junto a la vid, el olivo es una constante en la mitología girega y romana. Por ejemplo, Atenea, la Minerva romana, era una de las cuatro deidades que custodiaban los frutos de la tierra y el mar y su obligación era la de salvaguardar la paz y cultivar las artes, llevando por símbolo un búho con una rama de olivo.
 
Fenicios y griegos contribuyeron a la introducción del olivo en la Península Ibérica, mientras que los romanos se encargaron de difundir su cultivo. De ello, dejó constancia L. J. Moderato Columela, hispano romano nacido en Cádiz, que, en su “De Re Rustica” o “Doce libros de Agricultura”, habla ampliamente del olivo, del aceite y del adobo de aceitunas en Hispania.

Y Tito Livio, por su parte, relata cómo Viriato fue perseguido por el ejército de Roma, del cual se refugió en la sierra de la Estrella, cerca de Talavera de la Reina, que estaba plantada de olivos.

Olivo u oliva
Un antiguo aforismo afirma “ex oriente lux”, es decir “del oriente viene la luz”. Luz no sólo de sabiduría, sino también la luz física que aporta el aceite. Es, por eso y porque, según Columela, es el primero de los árboles, que, en latín, el olivo es de género femenino, la oliva,

 El olivo u olea europea, proviene de Siria, Líbano e Israel. No obstante, todo hace indicar que aquél, a su vez, origina del olea cuspidata, propio de Afganistán. Su terminología latina hace que, en castellano, se denomine olivo u oliva al árbol, aunque, excepto en algunas zonas, a su fruto se le conoce como aceituna y, al zumo de ésta, aceite. Estas dos últimas palabras se introdujeron en España durante la dominación árabe y tienen su ráiz en los términos zait y zaitun, respectivamente. Unas cuestiones y otras han llevado a algunos estudiosos a apuntar que el olivar español proviene del olea laperrini, originario de las montañas del Sáhara. Teoría que tiene sus orígenes en lo expuesto por Abu-Zacaria, hispano-árabe nacido en Sevilla, quién, a últimos del siglo XII, dejó escrita una obra sobre la agricultura española en la que manifiestaba que gran parte del olivar peninsular fue traído desde Africa por los musulmanes a causa de una gran sequia que destruyó el olivar autóctono.

aceiteTambién el talaverano Alonso de Herrera, en su “Agricultura General”, publicada en 1513, realizó un buen estudio del olivar y del aceite de la zona, recomendando su consumo, sobre todo, porque no era del agrado de los reconquistadores de estas tierras originarios del norte peninsular, más acostumbrados a guisar con untos y mantecas, motivo por el cual, el aceite fue, hasta el siglo XVI, alimento de gentes de origen musulmán y hebreo. Este, tal vez, sea el motivo de su escasez en algunas poblaciones como San Martín de Valdepusa, que, en 1576, cuando se escribieron las relaciones mandadas hacer por Felipe II, era un cultivo minoritario. Mas, el mejor ejemplo de su calidad viene referido por Francisco López Moreno, presbítero y comisario subdelegado del Santo Oficio de la Inquisición, quién, a finales del siglo XVIII, afirmó que “crían las olivas que hay un aceite especialísimo, claro como agua y de bello sabor, que comparo al aceite de almendras dulces”.

De cualquier modo, se debió de promocionar mucho su consumo y, en consecuencia, la plantación, pues en las relaciones de Tomás López, el nivel de producción era alto e, incluso, se disfrutaba de un excedente en pueblos como Genindote, Carmena, Mozarambroz , Mora y otros. Incluso, la calidad del aceite de la zona de los Montes de Toledo era ya la mejor del mundo, pues, en 1888, el zumo de la aceituna de San Martín de Pusa, peresentado por el marqués de Montalvo en la I Exposición Internacional celebrada en Barcelona, fue premiado con la medalla de oro.

Y, para terminar, no se puede olvidar que olivos, olivareros y aceite han sido mil veces cantados por los mejores poetas. Sirvan como ejemplo estos versos dedicados a la oliva por Antonio Machado:

 “Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede”

sábado, 18 de enero de 2014

La expedición en balsa más larga de la historia



En 1973 un grupo de hombres cruzó el Océano Pacífico en balsas en la que es la expedición más larga de este tipo de la historia. Más de 15.000 kilometros desde Sudamérica hasta Australia, para probar que las antiguas civilizaciones podrían haber sido capaces de viajar entre los dos continentes. Estas son algunas fotos de su odisea.

Los 12 expedicionarios costruyeron tres balsas en Ecuador, lugar donde originó el viaje, usando madera de balsa y bambú para las cabinas.

Los troncos fueron cortados durante la fase de luna llena, cuando el contenido de savia es más alto, para incrementar la flotabilidad de la madera.

"Parecíamos hombres primitivos, con pelo largo, barbas pobladas y ropas harapientas", le dice Mike Fitzgibbons uno de los miembros de la expedición, a la BBC.

La rutina diaria consistía en pescar, cocinar y conseguir agua de lluvia para beber. También llevaban consigo alguna botella de champán para celebrar los cumpleaños.

Cuando necesitaba un rato solo, Fitzgibbons se "ponía a trabajar... aunque teníamos un fin común, eramos individuos con ciertas necesidades o egos"

"Durante las tormentas perdíamos de vista a las otras balsas oculatas por las olas. El viento golpeando las velas y las olas gigantes eran aterradoras" dice Gabriel Salas, otro de los miembros de la expedición.

Durante las noches de calma, el mar era como un espejo "reflejando las estrellas tan bien que te sentías como si estuvieras flotando en el espacio, rodeado de estrellas por todas partes", recuerda Salas.

Tres gatos y dos monos viajaron con la tripulación para servir de distracción. "Los gatos eran muy divertidos y nos hacían réir todo el rato -dice Fitzgibbons- pero uno de los monos era un diablo y tiraba todo por la borda, desde el azúcar hasta los cigarrillos de alguno de nosotros".

La expedición fue idea del explorador español Vital Alsar (en la foto). "La presencia de Vital lo permeaba todo. No era un motivador nato sino que su espíritu se metía en ti y tu te convertías en parte de su sueño", dice Fitzgibbons.

"Cuanto más nos acercábamos a Australia, más tristes nos poníamos. Nadie quería volver a la rutina de sus trabajos soportando jefes antipáticos, yendo a la oficina cada día, siempre con estrés. La verdad es que ninguno de nosotros queríamos llegar a puerto", dice Salas.

El viaje duró tres meses y acabó en una pequeña isla en Nuevo Gales del Sur. Hoy en día Salas está retirado y divide su tiempo entre España y Australia. Fitzgibbons trabaja como conductor de vehículos en una compañia de Nueva Jersey. Sus testimonios fueron recojidos por Claire Bowes para el programa Testigos de BBC World Service.


Fuente: http://www.bbc.co.uk/mundo/video_fotos/2014/01/140116_galeria_fotos_expedicion_finde_re.shtml?print=1