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lunes, 3 de octubre de 2022

Una chaladura suicida

https://www.democracynow.org/es/2022/9/30/titulares/sweden_discovers_fourth_leak_in_nord_stream_pipeline_as_nato_cites_sabotage
 Este mes se cumplen sesenta años de la crisis de los misiles en Cuba. Hoy nos acercamos hacia algo parecido, pero la opinión pública está en la inopia

 Entre el 14 y el 28 de octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de su total perdición. Un profundo y extremo sentido de inseguridad, derivado de la presencia de recursos militares de destrucción masiva del adversario nuclear junto a las propias fronteras, generó aquella crisis.

Todo el mundo entendió entonces los peligros de desplegar misiles y avanzar infraestructuras militares junto a las fronteras de la superpotencia nuclear rival. Entonces, los misiles nucleares de la URSS habrían podido golpear territorio de Estados Unidos desde Cuba, mientras los misiles de Estados Unidos emplazados en Turquía podían hacer lo propio. La solución fue dar un paso atrás y, de paso, inaugurar una línea telefónica directa, el famoso “teléfono rojo”, entre el Kremlin y la Casa Blanca. Hoy Ucrania desempeña el papel de Cuba, pero el mundo está en la inopia.

Las circunstancias son diversas pero el sentido de las advertencias de Moscú es idéntico al formulado entonces por Kennedy: se proclama un “peligro existencial”. A partir de aquí, comienzan las diferencias.

Las advertencias de Putin a Occidente sobre lo que entonces se llamaba “MAD” (“Mutually Assured Destruction”), la mutua destrucción garantizada, no están funcionando. Políticos y medios de comunicación hablan del “chantaje” de Putin, cuando éste no está más que formulando lo que era el consenso al que todos atendían después de 1962. Negociar una desescalada, ante la evidencia del desastre, como se hizo entonces, parece hoy descartado. Atentados como el de Moscú en agosto contra Alexander Dugin, un marginal ideólogo nacionalista, al que los think tanks atlantistas atribuyen una importancia de la que carece, y que acabó matando a su hija, o el cometido en septiembre contra los gaseoductos del Báltico, un atentado contra Alemania, confirman la velocidad con la que Estados Unidos alimenta la espiral.

Hoy se habla de la guerra nuclear como si fuera un videojuego. Parafraseando el título del último libro de Diana Johnston, estamos derivando From MAD to Madness, desde aquel consenso de la Guerra Fría acerca del común peligro a una especie de chaladura suicida.

La advertencia de Putin de que usará “todas las armas disponibles” para defender Rusia de un ataque de la OTAN es genuina, admite el encargado de la política exterior de la UE, Josep Borrell, “pero eso no cambia nuestra determinación y nuestra unidad por sostener a Ucrania”. Solo se atiende a la criminal invasión de Ucrania, iniciada en febrero, sin mencionar siquiera la serie de treinta años que contiene los motivos que la propiciaron.

En el centro de la actual crisis se encuentra la afirmación de Estados Unidos: “Soy la única gran potencia y quiero seguir siéndolo”, y “estoy perdiendo posiciones en el mundo, pero mi superioridad militar es abrumadora y aplastante, así que la utilizo a fondo para compensar esas pérdidas”.

En ese esquema, el dominio de Ucrania y la ruptura del complementario vínculo económico entre Alemania y Rusia (tecnología/energía) es fundamental para dominar Eurasia.

La importancia que para Estados Unidos tiene Ucrania para dominar Eurasia es bien conocida. Washington lleva por lo menos 25 años proclamándolo. Meter a Ucrania en la OTAN, desplegar allí misiles capaces de impactar en Moscú en cinco minutos, anular/interceptar la capacidad misilística rusa, y convertir Sebastopol, ciudad de todas las glorias rusas, en una base de la OTAN en Crimea, era la perspectiva concreta que se abrió con el cambio de régimen en Kiev, en el invierno de 2014. Desde que la gran estrategia china de la Nueva Ruta de la Seda (B&RI) se dispuso, a partir de su formulación en 2013, a integrar Eurasia mediante una tupida red energética y comercial desde Shanghai hasta Hamburgo, la partida estaba planteada con toda claridad: a un lado recursos económico-comerciales chinos y europeos, potencial energético ruso y gigantescas inversiones chinas, al otro lado, recursos militares de Estados Unidos.

Respecto a la ruptura del vínculo energético entre Alemania (Unión Europea) y Rusia, la historia también es conocida. No comienza con el Nord Stream 2, sino mucho antes, con los acuerdos entre Bonn y Moscú de 1981 para construir gaseoductos y exportar gas ruso. Aquel hito de la gran política alemana de distensión a través del comercio fue combatido sin piedad por Washington desde sus mismos inicios, con todo tipo de argumentos de “defensa” y chantajes. La respuesta del canciller Helmuth Schmidt ante aquellas presiones fue clara: “Que canten misa, el proyecto se mantiene”. La reacción de Estados Unidos, después de amenazar con retirar sus tropas estacionadas en Alemania y otros recursos fallidos, fue desenfundar la pistola.

Como algunos de los componentes de la obra se producían en Estados Unidos, la CIA introdujo en ellos un software de control de la presión de las tuberías capaz de volarlas. En el verano de 1982, las obras del gaseoducto se volaron así en territorio soviético, algo que reveló en sus memorias, en 2004, Thomas Reed, un militar de la fuerza aérea y exmiembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Los atentados de septiembre contra los gaseoductos, en una de las zonas marítimas del mundo más controladas por la OTAN, no han sido, por tanto, los primeros de la acción de Estados Unidos contra el vínculo energético entre Alemania y Rusia.

“Nuestro principal aliado, ese al que la mayoría de los alemanes y la Alemania oficial, tanto en la política como en los medios, considera un amigo, destruye los canales de transporte de nuestro suministro energético que es la base de la actividad industrial de nuestro país” ¿y no pasa nada?, se pregunta Albrecht Müller, editor del principal medio de comunicación independiente alemán (NachDenkSeiten, medio millón de lectores, más del doble que la tirada del principal diario del establishment alemán, el Frankfurter Allgemeine Zeitung).

Aún más grave, porque denota una manifiesta ausencia de anticuerpos: la posibilidad de una guerra nuclear, que en los años ochenta sacó a la calle a centenares de miles de ciudadanos, especialmente en Alemania, no parece inquietar hoy a la opinión pública. ¿Qué está pasando? Vivimos, ciertamente, en un “medio ambiente cultural” bien distinto al de los años ochenta, particularmente en Alemania. Uno de los aspectos de esa diferencia hay que buscarlo en la corrupción estructural de los medios de comunicación europeos, particularmente flagrante en Alemania.

Los medios de comunicación del establishment nos explican cada día los crímenes del ejército ruso en Ucrania, sin soltar prenda sobre el abultado cúmulo de crímenes ucranianos. Explican, con la ayuda del Organismo Internacional de la Energía Atómica (IAEA), controlado por Occidente, que la central nuclear de Zaporiyia está siendo bombardeada, sin explicar quién la está bombardeando, se hacen los tontos sobre los atentados del Báltico y banalizan el riesgo de un conflicto nuclear que puede irse de las manos con gran facilidad.

“Los diarios más influyentes del mundo están haciendo propaganda para la tercera guerra mundial, mientras que las voces que empujan hacia la verdad, la transparencia y la paz son marginalizadas, silenciadas, rechazadas y encarceladas”, dice la periodista australiana Caitlin Johnston, sin relación con la autora del libro antes mencionado.

En el aniversario de la crisis de Cuba de 1962, estamos más cerca que nunca de un peligro que crece día a día. Por la combinación del militarismo estructural de su economía, por la ausencia de derrotas militares en su territorio, por su reputada predisposición a la violencia desde su misma formación como Estado y por la completa falta de experiencias directas y en carne propia del sufrimiento humano de la guerra, Estados Unidos está en el epicentro de ese peligro mundial. Dejo para los ciegos la calificación de “antiamericanismo” por esta constatación: todos los imperios venidos a menos son peligrosos cuando son descabalgados, pero aquí y ahora no hay nada más peligroso que la actual reacción de Estados Unidos a su relativo declive como potencia hegemónica.

Fuente: https://ctxt.es/es/20221001/Firmas/40970/Rafael-Poch-Rusia-EEUU-crisis-nuclear-Nord-Stream-2-misiles-Cuba-escalada-belicismo.htm

jueves, 22 de septiembre de 2022

La guerra se extiende

 Una escalada se enrosca en la otra. ¿Hasta cuándo tanta insensatez?

Vladímir Putin, durante el discurso del presidente del 21 de septiembre.Presidencia de Rusia

Con la próxima anexión a Rusia de los distritos ucranianos de Jersón, Zaporozhie y los territorios del Donbás, y con la movilización parcial decretada, el Kremlin lanza una señal inequívoca: “Ante una amenaza existencial, no tenemos nada que perder y no vamos a ceder”.

Que Ucrania, a la que la OTAN quiere convertir en una temible potencia militar directamente enfocada contra Rusia, constituya una “amenaza existencial” para Rusia es discutible. De lo que no hay duda es de que para el régimen ruso perder la actual guerra es perderse irremisiblemente. Una cuestión de vida o muerte para Putin. Y cuando Putin dice que para evitarlo “utilizaremos, sin duda, todos los medios de que disponemos” y que “esto no es un bluf”, hay que tomárselo en serio. Porque la opción de tomarse a broma una amenaza nuclear no existe.

Durante las crisis de la Guerra Fría la discusión sobre si las amenazas de usar el armamento nuclear (“todos los medios de que disponemos”) eran farol o no, no tenía cabida: siempre se tomaba muy en serio. Así se evitó el desastre.

Independientemente del juicio que tengamos sobre esta guerra, hay algo en lo que debemos estar de acuerdo: situar infraestructuras militares, misiles incluidos, junto a las fronteras de una superpotencia nuclear es una provocación. Y eso es lo que se ha venido haciendo en Europa desde hace años. Los políticos occidentales prefieren jugar a la ruleta rusa en una situación en la que geográficamente Ucrania juega el papel de Cuba en 1962.

La anexión de esas regiones ucranianas a Rusia significa que lo que el Kremlin denomina “operación militar especial” pasa a ser una guerra. Una guerra en territorio ruso. Eso quiere decir dos cosas. Que aumentará la intensidad de la campaña, que hasta ahora ha sido muy comedida de parte rusa. No ha habido destrucción de infraestructuras fundamentales, ni misiles contra los centros de poder en Kiev, que es lo primero que se hizo en Belgrado y Bagdad. Seguramente, ahora se atacarán objetivos hasta ahora preservados. Pero sobre todo se concreta la amenaza nuclear, pues una guerra en Rusia, según la doctrina rusa, permite utilizar armas de último recurso para defender la integridad del país. Pronto, para Rusia, el sureste de Ucrania formará parte de la Federación Rusa, así que por quimérico que parezca, el mensaje es inequívoco.

La “movilización parcial” decretada por el Kremlin incrementará la carne de cañón para una guerra que tiene un frente de mil kilómetros, cuya fragilidad ha evidenciado la ofensiva ucraniana en Járkov. Emigrantes del entorno soviético atraídos por la promesa de papeles y gente pobre en general necesitada de dinero acudirán a la llamada, tal como ocurre en el ejército de Estados Unidos. Por ahí nada extraordinario. Respecto a los reservistas rusos y juventud en general, muchos de los que pueden optarían por marcharse del país. Lamentablemente, nuestros genios en Bruselas impiden esa estampida de sentido común, con su estúpida política de restricción de visados que, en algunos países, es prohibición total a rusos, lo que confirma que hay en marcha un castigo colectivo contra la población rusa, cuyo entusiasmo por combatir es mínimo.

A la despolitizada y pragmáticamente conformista sociedad rusa, que consiente la autocracia a cambio de estabilidad, se le va a pedir sacrificios, patriótica movilización y economía de guerra. Eso quiere decir que se rompe el contrato social entre poder y sociedad que ha funcionado en Rusia los últimos años. Ese contrato decía: “Tú haces lo que te dé la gana, siempre y cuando no nos devuelvas a los desastres de los años noventa”. Ahora, si el Kremlin quiere sobrevivir a esa ruptura deberá formular un nuevo contrato con la sociedad, compensando a los de abajo.

Si el Kremlin no propicia un cambio y no sale del actual esquema socioeconómico al servicio de una minoría privilegiada, si, además de más autoritario, no se hace más “social”, la represión no bastará para encauzar el descontento de la población.

Según cifras oficiales, la guerra ya ha producido 6.000 muertos, sin contar las unidades “Wagner” ni las milicias del Donbás. La cifra real puede ser, por tanto, el doble. ¿En nombre de qué esa sangría?

La movilización parcial y la anexión es respuesta a los más de 60.000 millones en ayuda occidental a Ucrania (equivalente al presupuesto militar ruso) y a la implicación militar directa de la OTAN en la guerra, con armas, cuadros, inteligencia, ataques a territorio ruso y atentados en Moscú y en las zonas ocupadas de Ucrania. Una escalada se enrosca en la otra. ¿Hasta cuándo tanta insensatez? 

Fuente: https://ctxt.es/es/20220901/Firmas/40847/#.YysvaSXd_Tg.twitter

miércoles, 31 de agosto de 2022

Luces y sombras de Mijaíl Gorbachov (1931-2022)

Dos trabajadores del Palacio del Pardo izan la bandera soviética en uno de los balcones del edificio, residencia oficial de Mijaíl Gorbachov durante su viaje oficial a España en 1990. Una fotografía de Marisa Florez.

El gran ruso universal que minusvaloró al imperialismo

Fallecido esta noche a los 91 años de edad, Mijaíl Gorbachov fue un político extraordinario; honesto, valeroso y humanista. Es el único político que he conocido y tratado personalmente cuya foto tengo enmarcada en mi biblioteca. Si hubiera podido tratar a Mandela, Gandhi, Ho Chi Minh o al Che, y posar junto a ellos, los tendría también, pero no fue el caso. Era un tipo simpático. Con sentido del humor y exento de toda arrogancia. Con las mejores cualidades del hijo de muzhik de Stávropol que era.

Gorbachov tendía a ver en los demás el aspecto positivo. Creía en la capacidad de las personas y sociedades en avanzar hacia algo mejor. Sin ese fondo de ingenuidad y optimismo sobre las personas y sobre el mundo, nunca habría podido proponerse metas como acabar con la guerra fría o democratizar el sistema soviético.

La ingenuidad y el optimismo, además de la valentía, son imprescindibles en un político que quiera cambiar las cosas. Esos rasgos convierten a Gorbachov en una figura universal. Armados únicamente del pragmatismo y del cálculo aritmético, los realistas nunca cambiarán el mundo. Si además son mediocres administradores de “lo que hay” y están sometidos a intereses financieros, empresariales y oligárquicos, como suele ser el caso, el asunto no tiene vuelta de hoja…

Pero Gorbachov era, al mismo tiempo, un animal político. Lo más curioso de su ingenuidad era que convivía con la piel de lobo, con las habilidades necesarias para moverse y ascender en el mundo de la nomenclatura soviética, un universo lleno de intrigas por el que ascendió desde lo más bajo hasta lo más alto. Aún más curioso fue que en ese ascenso, Gorbachov fuera potenciado por sus mentores -fundamentalmente por Yuri Andrópov- precisamente por el fondo de honestidad que se veía en él y que lo hacía preferible a otros, como Gregori Románov o Viktor Grishin, en la URSS de los setenta y ochenta. Ese hecho sugiere que un sistema, que históricamente era a la vez heredero de Stalin y de la desestalinización, un sistema que creíamos tan podrido, quizá no lo fuera tanto puesto que algunos de sus máximos responsables aún eran capaces de distinguir, valorar y potenciar las cualidades positivas de Gorbachov y preferirlas a los rasgos de sus adversarios.

En el grupo dirigente soviético que le acompañó, había otros personajes a los que traté personalmente y siempre consideré como honestos; el primer ministro Vladímir Rizhkov, por ejemplo, o el miembro del politburó Yegor Ligachov, que acabó siendo un adversario de Gorbachov y al que la leyenda occidental convirtió en una especie de demonio con rabo y cuernos, o el Mariscal Sergei Ajromeyev… Pero Gorbachov destacaba claramente entre todos ellos.

Anomalía nacional

Desde el punto de vista de la secular tradición del poder moscovita, Gorbachov es una anomalía. Esa tradición, tanto con el llamado comunismo como en la época zarista, se fundamenta en la autocracia. La tendencia natural del gobernante autócrata es acumular y centralizar más y más poder en su persona. Gorbachov rompió con esa lógica. Delegó poder de autócrata en cámaras representativas. Eso no tiene precedentes en la secular historia rusa y fue interpretado como debilidad por la arcaica y tradicional mentalidad de la sociedad. Gorbachov iba claramente por delante de ella. Creía en la democratización -y en un socialismo más humano- y se suicidó políticamente en aras de esa creencia, porque en Rusia fue un general sin ejército para aquella causa. Recuerdo sus declaraciones, muy claras, ante una veintena de periodistas rusos y extranjeros reunidos en el Kremlin el día que le disolvieron la URSS, en la que mencionó la soledad de Jesucristo en la cruz. Lo hizo sin la más mínima pretensión. Los periodistas rusos allí presentes no entendieron aquella analogía. Los americanos, Bill Keller luego director de The New York Times, David Remnick de The Washington Post, sonrieron cínicamente. Yo me quedé boquiabierto. Y él era consciente de aquella incomprensión, pero le daba igual: estaba en paz consigo mismo. Por eso no es una figura trágica, como afirman equivocadamente tantos observadores.

Gorbachov fue un socialdemócrata, pero un socialdemócrata en las condiciones de la URSS. En un universo sin poder financiero, sin propiedad privada y donde lo político dominaba a lo económico, ser socialdemócrata no tenía nada que ver con el SPD o el PSOE. Era democratizar el socialismo. Palabras mayores sin la menor relación con la acción de los Mitterrand, Soares, González y demás personajes.

La sociedad rusa que tanto criticó a Gorbachov prefirió seguir a caudillos como Boris Yeltsin, o luego Vladímir Putin, mucho más tradicionales y acordes con su mentalidad. Gorbachov no tuvo nada que ver con la creación del actual sistema político ruso, un conglomerado de estatismo moscovita y capitalismo parasitario de magnates. Al revés, con Gorbachov como Zar, el adversario, Boris Yeltsin, ganó unas elecciones. Pero Yeltsin ya no consintió lo mismo: cuando su poder fue puesto en cuestión sacó los tanques y disparó contra su parlamento fiel a la tradición autocrática y entre el aplauso de Occidente. El sistema político de la Rusia de hoy es hijo de Yeltsin, y de Occidente, tanto o más que de la tradición soviética. El futuro, si es que vamos hacia un mundo mejor, queda para el ejemplo y los precedentes que Gorbachov sentó.

Demasiado optimista hacia Occidente

En política internacional, Gorbachov emprendió algo también glorioso. Se centró en la cancelación del conflicto Este-Oeste con la idea de abordar los retos del siglo que amenazan a toda la humanidad: el Apocalipsis nuclear, el calentamiento global, la desigualdad Norte/Sur, las pandemias, añadiríamos ahora… En definitiva, la necesidad en el siglo actual de un mundo integrado. Para ello hablaba de “desarrollar el enorme potencial del socialismo” y de la necesidad de propiciar una nueva civilización, un concepto que tomó de Einstein y fue siempre su referencia finalista.

Todo eso que dicho por un predicador de provincia habría sido banal e irrelevante, era, por errático que fuera, sensacional en boca del líder de una de las dos superpotencias mundiales. Pero en ese camino glorioso se olvidó del imperialismo, es decir del dominio mundial de las naciones más fuertes sobre las menos, del desarrollo desigual y de la competición por recursos. Aún nos falta perspectiva histórica para juzgarlo, pero es evidente que ese olvido fue nefasto y garrafal.

Con la URSS aún no disuelta, Occidente recibió luz verde para amarrar un poco más su control sobre el petróleo, con la primera guerra de Irak. Luego todos los espacios de los que la URSS se retiró fueron ocupados por la OTAN contra Rusia, operación que continua aún hoy con dramáticas consecuencias bélicas. En Occidente no creían en ninguna “nueva civilización”. Los interlocutores de Gorbachov eran políticos vulgares y reaccionarios como Ronald Reagan o Margaret Thatcher o socialdemócratas que abrazaron el neoliberalismo de aquellos, como Mitterrand o González. Y en el sistema en el que estaban insertos esos líderes no había la menor intención de reforma. Gorbachov demostró que lo irreformable no era el comunismo, sino el capitalismo.

En la operación de la reunificación alemana, cometió un error monumental sobre el que discutimos acaloradamente en varias ocasiones: podría haber condicionado la reunificación a la firma de un documento que excluyera la pertenencia de Alemania a la OTAN así como su ampliación al Este, aspecto que quedó en poco más que declaraciones verbales de buenas intenciones. Gorbachov no lo hizo pese a que la opinión pública alemana estaba claramente de acuerdo con ello. El oportunismo occidental, y en especial de Estados Unidos, que sin la OTAN perdía su control sobre Europa, el caos ruso de los años noventa, con tres golpes de estado, y la ansiedad de los antiguos vasallos de Moscú por ser vasallos de Washington, pusieron el resto. Por todo ello, la retirada imperial de Rusia no contribuyó a la necesaria integración mundial, sino al avance y crecimiento del otro gangster global de la guerra fría que desde entonces va de una guerra a otra. Fue una gran ocasión perdida. Esperemos que no sea irremediable para la humanidad y el planeta.

Un cuarto de siglo después del fin de la guerra fría, los muros Norte/Sur, viejos y nuevos, convierten en minucia aquel “telón de acero” del comunismo. La falta de libertad que había en los países de Europa del Este en el marco de aquella mezcla de socialismo y dictadura, palidece al lado de la pobreza, y las relaciones de desigualdad, explotación y vasallaje que imperan en la mayor parte del mundo, incluidos algunos de los países antes dominados por la URSS y que hoy padecen la habitual mezcla de democracia de baja intensidad y capitalismo.

Desde ese punto de vista, el de Gorbachov es un balance muy, muy ambiguo. Pero pese a ese balance creo firmemente que puede considerarse a Mijaíl Gorbachov como una de las grandes personalidades del Siglo XX. Un ruso universal que podemos colocar en la galería de los grandes hombres universales, al lado de los Mandela, Gandhi, Ho Chi Minh o Che Guevara.

Fuente: https://rafaelpoch.com/2022/08/30/luces-y-sombras-de-mijail-gorbachov-1931-2022/

viernes, 13 de mayo de 2022

Por qué la OTAN crece sin fin

 La historiadora estadounidense Mary Sarotte explica en su libro ‘Not one inch’ cómo EE.UU. impulsó la ampliación permanente de la OTAN para cerrar las puertas al cambio del orden mundial tras la caída del muro de Berlín

 

La primera ministra británica, Thatcher, el secretario de Estado de EE.UU., James Baker y su presidente,George H.W. Bush, en la cumbre de la OTAN de 1990 otan

La caída del muro de Berlín en 1989-90 y de los regímenes autoritarios del este de Europa fue “un momento con muchas posibles líneas de tiempo, diferentes opciones para determinar el futuro” sostiene Mary E. Sarotte, la historiadora y autora de Not one inch (Yale, 2021), que documenta la caída de la Unión Soviética y la ampliación de la OTAN en la década de los noventa.

Pero ese momento fecundo fue desaprovechado, con resultados trágicos para la paz y la libertad. Esto no era inevitable. En aquella época, “la gente en el poder dio unas vueltas al trinquete para cerrar las puertas al cambio”, dijo Sarotte en una entrevista parcialmente publicada la semana pasada en La Vanguardia. “Utilizo la metáfora de trinquete porque una vez que se da el giro no hay vuelta atrás”, añadió en comentarios aún inéditos.

Las puertas al cambio empezaron a cerrarse ya a finales de 1990, y el portazo definitivo se dio en los años siguientes. Las sucesivas administraciones de Bush padre y Clinton, en lugar de buscar una fórmula para establecer una paz duradera con Rusia, optaron por incentivar la ampliación de la OTAN para consolidar su victoria en la Guerra Fría. Desde 1990, catorce países se han incorporado a la OTAN, entre ellos Polonia, Hungría, Checoslovaquia y los Estados bálticos. Pronto se incorporarán Finlandia y Suecia.

Sarotte –catedrática de la conservadora Universidad Johns Hopkins y alejada de una tradición intelectual de la izquierda– no se opone a la ampliación de la OTAN de por sí. Pero lamenta que se hiciera sin tomar las necesarias medidas para que Rusia no se sintiera amenazada y humillada. “El deshielo tras la Guerra Fría fue un momento precioso pero fue desaprovechado”, dijo en la entrevista.

En 1990, varios políticos europeos quisieron aprovechar la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética para desmantelar tanto la OTAN como el Pacto de Varsovia. Así se daría vida a una nueva Europa independiente de EE.UU. Hans Martin Genscher, responsable de asuntos exteriores del gobierno de Helmut Kohl en Alemania, por ejemplo, defendía la creación de un pacto de defensa paneuropea que habría incluido a Rusia, pero no a EE.UU.

Por su parte, Vaclav Havel, el líder de la lucha por la democracia en Checoslovaquia y futuro presidente de la República Checa, propuso el desmantelamiento de las dos alianzas militares que consideraba anacrónicas en el nuevo mundo postsoviético. Pero “este escenario no era posible bajo la administración de George H.W. Bush (…) Para Bush, la OTAN no solo tenía que mantenerse, sino que también se tenía que mantener su capacidad para ser ampliada”, dijo Sarotte en la entrevista. “EE.UU. había ganado la Guerra Fría, de modo que Bush se preguntaba: ¿Por qué vamos a hacer concesiones?”

James Baker, el secretario de Estado de Bush, se acercó a la posición de Genscher durante unas semanas de 1990. De ahí la famosa oferta planteada en una reunión con Mijail Gorbachov, en febrero de 1990, de no ampliar la OTAN “ni una sola pulgada” –el título del libro de Sarotte– a cambio de lograr el apoyo de Gorbachov a la reunificación alemana.

Pero, tal y como Sarotte explica en la entrevista en La Vanguardia, fue una oferta improvisada por el impulsivo secretario de Estado sin contar con el apoyo del presidente. Bush forzó a Baker a cambiar de idea. La OTAN permanecería y se ampliaría. En realidad, “no es de extrañar que se mantuviera la OTAN”, dice Sarotte. “Cuando tienes una institución tan grande como la OTAN, siempre es difícil desmantelarla”.

Bush anunció a bombo y platillo un “nuevo orden mundial” tras la caída de la URSS. Pero, en realidad, –sostiene Sarotte– la decisión de ampliar la OTAN se tomó precisamente para garantizar la permanencia del viejo orden mundial. El del dominio estadounidense. “Es extraño que Bush lo llamase el nuevo orden mundial. Porque no lo era”. EE.UU. había dominado en los años de la Guerra Fría, y dominaría aún más en la nueva era sin la URSS, pero con la ayuda de la OTAN. “La OTAN había ganado la Guerra Fría. EE.UU. era la potencia dominante en la OTAN, así que el orden mundial existente era estupendo para EE.UU.” dijo Sarotte.

Cabe recordar que Bush padre fue animado en su afán de ampliación de la OTAN por el joven Dick Cheney, artífice de las guerras en Afganistán (bajo la bandera de la OTAN) e Irak, una década después durante la administración de George Bush hijo.

De ahí la ingenuidad de libertarios antisoviéticos como Havel, que creían que la caída de la URSS haría innecesaria la OTAN. “Havel, y otros, gente que había luchado contra la represión de la URSS, querían crear una Europa sin armas, sin la OTAN, y sin el Pacto de Varsovia . Esto sí habría sido un nuevo orden mundial”, dice Sarotte. “Bush tenía que parar todo eso”. Pronto Havel se apuntaría a la causa al convertirse en uno de los defensores más ideologizados de la OTAN y la hegemonía de Washington.

Tal y como se explica en el libro de Sarotte, una prodigiosa obra de documentación con 1.800 pies de página referentes a cientos de fuentes de información desclasificada, todos los líderes en Moscú se sintieron engañados tras las primeras ofertas de no ampliar la alianza atlantista. Primero Gorbachov, luego Yeltsin, y finalmente Putin. La ampliación de la OTAN generó una preocupación –real o imaginada, da lo mismo– en Rusia por su propia seguridad interna dada la proximidad de la alianza militar occidental a sus fronteras. Esto ha desatado una dinámica peligrosa muy evidente en estos momentos. La OTAN insiste en que su ampliación y el aumento de su presencia militar es una respuesta preventiva a la militarización rusa. Y Rusia responde de igual forma.

La segunda vuelta del trinquete que cerraba definitivamente la posibilidad de un futuro mejor la dio Bill Clinton. “Cuando llega Clinton a la presidencia en 1992, el debate no era si la OTAN sería expandida. Esto ya era un hecho consumado. La cuestión era cómo”.

Clinton, al principio, apoyaba un proceso gradual para que Rusia no tuviera que sufrir una humillación. “Se optó por no darle a Rusia una bofetada a la cara. Se buscaba un término medio, y esto era la Asociación para la Paz (Partnership for Peace) en la que se plantearon opciones para ingresar en la OTAN sin el artículo 5 (que garantiza las intervenciones de los demás miembros de la alianza en caso de agresión contra uno de ellos). Esto, sobre todo para países geográficamente próximos a Rusia, parecía una provocación en Moscú, y los diseñadores de la Asociación para la Paz como William Perry, el secretario de Defensa de Clinton, hicieron caso a esos temores. “Se optó por una fórmula al estilo de Noruega que, al ser un país fronterizo, quiso reducir la impresión de agresividad al rechazar bases estadounidenses y armas nucleares”.

Clinton entendía en ese momento la importancia de buscar una fórmula de ampliación de la OTAN aceptable para Rusia. Pero en 1994, bajo presiones de los neoconservadores republicanos de Newt Gingrich en el Congreso, el presidente demócrata cambió de postura, un ejemplo típico de la política clintoniana de triangulación ya visible de nuevo en la administración Biden. “Clinton, en un momento clave, cambió de opinión y dibujó una plan para la ampliación ya con el artículo 5, un proceso sin fin con la puerta siempre abierta”. Perry dimitió en protesta contra la nueva política de Clinton que –según entendía el secretario de Defensa– forzaría a Rusia a defender su seguridad interna.

Se quiera o no, todo esto es la raíz de la actual guerra en Ucrania y el grave peligro de escalada militar, incluso nuclear. Putin es el responsable de la agresión contra Ucrania. Pero el trasfondo es la insistencia de Bush, Clinton y todos los presidentes de EE.UU. de consolidar el poder de la superpotencia mediante una alianza diseñada desde el inicio –aunque esa no sea la perspectiva de Sarotte– para camuflar sus propias agresiones.

Y al mantener y expandir la OTAN, lejos de proteger el derecho de autodeterminación de las naciones que se desprendían de la órbita soviética, se imposibilitó el pleno ejercicio de su soberanía. Con la OTAN en plena expansión en las fronteras rusas, la preocupación en Moscú por su seguridad garantizaría reacciones violentas contra los nuevos –y viejos– nacionalismos.

 Fuente: https://ctxt.es/es/20220501/Firmas/39666/mary-sarotte-otan-george-bush-bill-clinton-rusia.htm

domingo, 27 de marzo de 2022

El informe que predijo hace 50 años el colapso de la sociedad actual

El trabajo publicado por científicos del MIT en el Club de Roma en marzo de 1972 situó el declive del modelo económico y social a partir del 2020

Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens
Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens Club de Roma

 En 1972 El Club de Roma, una institución privada formada por economistas, científicos y políticos de todo el planeta, encargó a un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) un informe que respondiera a la siguiente pregunta: ¿puede el crecimiento económico y material continuar indefinidamente en un planeta finito?.

El grupo de expertos liderados por la doctora y científica ambiental Donella Meadows presentó el informe titulado Los límites del crecimiento cuyos resultados estaban apoyados por un nuevo modelo matemático. El documento ofrecía varios escenarios sobre la evolución de la sociedad en función de una serie de variables como el crecimiento de la población, la contaminación y la disponibilidad de recursos. «Los llamados modelos sobre dinámica de sistemas describen de qué forma interactúan las variables agregadas o conjuntas, que son la suma de muchas. Se parte de un estado inicial, los años 70, y a partir de ahí se introducen diversas situaciones que dan como resultado diferentes futuros», explica Antonio Turiel, físico, investigador del CSIC y experto en recursos energéticos.

Uno de los escenarios que se contempló tomaba como referencia el modelo business as usual o «todo sigue igual». Se daba por hecho que la población crecería con la misma intensidad con la que consume recursos y deteriora el medio ambiente. Sobre este escenario, el texto menciona literalmente que «si la industrialización, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales se alcanzará los límites en cien años».

«La publicación del informe tuvo un gran impacto y recibió críticas muy duras por parte de la comunidad científica, pero sobre todo del ámbito económico ya que ponía en cuestión el paradigma del capitalismo, que no es otro que el crecimiento ilimitado. Hubo una campaña muy potente para desprestigiar los resultados con la clara intención de no hacer ningún cambio», apunta Turiel.

En las décadas posteriores la explotación de nuevos yacimientos de petróleo y la aparición de nuevos recursos lograron enmascarar el problema de raíz. El futuro parecía quitarle la razón a los agoreros. «Lo que la gente nunca ha entendido es que el modelo también tuvo en cuenta que se producirían progresos en cada una de las variables», sostiene el investigador.

  

  La predicción incluye una especie de momento de inflexión, un punto en el que las líneas de las diferentes variables se cruzan. El modelo matemático de los 70 pronosticó que se produciría un declive del modelo social y económico a partir del 2020. «Tal y como apuntaba el informe hace medio siglo las cosas empiezan ahora a ir muy mal. Por desgracia todas las revisiones que se han realizado del trabajo desde su publicación en 1972 reconocen que hemos llegado hasta aquí por medio del peor de los escenarios. En estos momentos nos estamos topando con las contradicciones del sistema», reconoce.

La segunda década del siglo XXI ha comenzado con una pandemia global y continúa con una guerra que está produciendo un encarecimiento de la vida y amenaza con generar un grave problema de abastecimiento de productos básicos. La realidad parece estar reproduciendo la dinámica que conduce al desastre que predijo el informe. «Un colapso no se produce de un día para otro, es un proceso que puede durar décadas, pero todo lo que está pasando nos lleva al escenario que pronosticó el Club de Roma hace justo medio siglo. Quizás la pandemia no entraba en los planes, aunque es una consecuencia más porque estamos chocando contra los límites biofísicos del planeta. La historia nos enseña que un colapso se produce por un daño autoinfligido por las sociedades, por cabezonería. En nuestro caso el culpable es la idea del crecimiento infinito», sostiene.

Además, la crisis sanitaria del covid-19 y el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia introducen nuevos elementos que provocan que las matemáticas pierdan predictibilidad. Es decir, ahora mismo resulta difícil saber qué más puede ocurrir. «Creo que esta guerra forma parte de una lucha por los recursos. Y ha llegado para quedarse. Muchos países están anunciando ya un aumento en el gasto militar. Nos estamos preparando para un futuro en el que seremos agresores de otros países para tratar de conseguir sus recursos», concluye Turiel.

El historiador israelí Yuval Harari, autor de Sapiens, advirtió hace unos días a propósito de la situación actual sobre el riesgo que conllevaría que la comunidad internacional priorice ahora el gasto en defensa. Esta nueva estrategia belicista podría ser la estocada final a la crisis climática, el único problema real con dimensiones existenciales. Ayer mismo, el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, afirmó que las medidas a corto plazo que tomen las grandes economías para satisfacer la escasez con las opciones disponibles suponen el riesgo de crear una dependencia de los combustibles fósiles a largo plazo, cerrando la posibilidad de limitar el aumento de las temperaturas globales a 1,5 grados para fin de siglo con respecto a los niveles preindustriales. «Estamos avanzando como sonámbulos hacia la catástrofe climática», aseguró.

Fuente: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/ciencia/2022/03/21/cumplen-50-anos-informe-predijo-colapso-modelo-actual/00031647872514762315155.htm

sábado, 26 de marzo de 2022

¿El suicidio del dólar?

Divisas: cambio de monedas, cotización de divisas | ElEconomista.es -  elEconomista.es

 El 26 de febrero Estados Unidos y sus aliados confiscaron las reservas de oro y divisas del Banco Central de Rusia que este tenía en Occidente, alrededor de la mitad del total de sus reservas, es decir unos 300.000 millones de dólares. Ni la reserva federal de Estados Unidos (FED) ni el Banco Central Europeo (BCE) fueron consultados al respecto. Son muchos los observadores que estiman que la medida será autodestructiva para la hegemonía global del dólar, sobre la que reposa la estabilidad de la deficitaria y monumentalmente endeudada economía de Estados Unidos.Desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro en la convertibilidad del dólar, el sistema de Bretton Woods, los bancos centrales organizaron sus reservas en dólares en lugar de oro. Al hacerlo, compraban bonos del tesoro de Estados Unidos y financiaban los déficits presupuestarios y de la balanza de pagos de ese país. El comercio del petróleo en dólares añadía poderío al dólar como indiscutida moneda global de referencia.

Estados Unidos ha venido utilizando esa posición de poder para ordenar el mundo a su gusto e interés. Puede bloquear pagos, congelar activos y practicar confiscaciones en cualquier momento. Ahora, al confiscar las reservas de Rusia se ha lanzado un mensaje inequívoco a todo el mundo. En palabras del ex diplomático británico Alastair Crooke, “si hasta un país importante del G-20 puede ver sus reservas confiscadas con solo pulsar un botón, para aquellos que aún tienen reservas en Nueva York el mensaje es meridiano: sacarlas de allí mientras sea posible”.

Rusia no es un caso aislado. Las reservas de Irán ya fueron confiscadas en el pasado. Los 9000 millones de fondos de Afganistán, que impedirían la catástrofe humana y el hambre que está teniendo lugar allá, también fueron confiscados por Biden como cruel represalia por la espantada militar occidental forzada por los talibanes el pasado agosto. El año pasado Inglaterra le robó a Venezuela el oro que ésta tenía en el Banco de Inglaterra y del que Caracas intentó disponer para comprar recursos médicos contra la pandemia.

Con todas estas medidas lo que Estados Unidos dice al mundo es que cualquier país que tenga sus reservas allí está expuesto a que, si su política no gusta a Washington, bien porque comercia con países adversarios, bien porque reparte demasiado su renta entre las clases populares en perjuicio de los beneficios de multinacionales, o porque simplemente busque una mayor independencia política o económica del entramado controlado por Estados Unidos, sus reservas pueden ser confiscadas.

“Hemos convertido los depósitos en euros y dólares en un factor de riesgo”, dice Wolfgang Münchau un conocido analista alemán de derechas y estrella del Financial Times. “Confiscando los fondos de Afganistán, Venezuela, Irán y ahora Rusia, politizando el mecanismo de pagos y transferencias del Swift, la influencia global de Estados Unidos disminuye”, dice el ex embajador americano Chas Freeman.

La confiscación de las reservas rusas, “animará a rusos, chinos, BRIC´s, etc. a buscar otras monedas y mecanismos más seguros”, augura Münchau, pero en realidad esto no es un horizonte sino un proceso ya en marcha. Desde que hace ocho años se impusieron sanciones a Rusia por la anexión de Crimea, la participación del dólar en el conjunto de los pagos internacionales ha disminuido 13,5 puntos: pasó del 60,2% en 2014 al 46,7% en 2020. “El dólar se ha convertido en una moneda tóxica”, dice el economista ruso y consejero de Putin, Sergei Glaziev. ¿Qué pasará a partir de ahora con esta tendencia?

La principal consecuencia es que se están creando las condiciones para el crecimiento de un bloque no-occidental en la economía global que tendrá un impacto negativo para los intereses del hegemonismo. Hace más de una década que el Presidente Lula ya comprendió que había que salirse mancomunadamente del dólar y su entramado. Parece que fue Lula el primero que compartió con Vladimir Putin y Hu Jintao, el entonces presidente chino, la idea de avanzar conjuntamente en una política en esa dirección, algo que los chinos tenían claro desde hacía mucho tiempo. El protagonismo de Lula en aquella iniciativa pudo haber sido incluso determinante para el irregular derrocamiento del brasileño y su posterior encarcelamiento. Hoy las cosas han cambiado y no solo porque Lula puede regresar a la presidencia de Brasil.

Ningún BRIC ha participado en las sanciones contra Rusia: ni India, ni el Brasil de Bolsonaro, ni África del Sur, ni la atlantista Turquía, ni los países del Golfo, ni por supuesto China…

El miércoles la conferencia de ministros de exteriores de la Organización de la Conferencia Islámica (57 países miembros) rechazó sumarse a las sanciones contra Rusia. Ningún país de África, ni de Asia Occidental y Central, con solo Singapur y Japón en Asia Oriental, han impuesto sanciones a Rusia, con China e India marcando la línea general.

Aún más significativo, Arabia Saudí está manteniendo conversaciones con China para comerciar en yuanes el pago de su petróleo. El 25% del petróleo saudí va a China. Que el petróleo deje de venderse en dólares, ¿no equivale a una quiebra de la economía de Estados Unidos?

Fuente: https://rafaelpoch.com/2022/03/25/el-suicidio-del-dolar-ii/

domingo, 20 de marzo de 2022

Prohibir a los rusos

  Aquella Rusia de 1848 era una especie de Atenas bajo Pericles, un vergel de cultura. Nikolái Gógol, tras un periplo relativamente largo por Europa, decide volver al país eslavo. Es difícil encontrar tanto talento condensado en la historia universal de la literatura, y sólo el Madrid de principios del siglo XVII se acerca. El gran referente de Gógol, el padre de la literatura moderna rusa, Aleksandr Pushkin, había muerto pocos años antes de un balazo en el pecho en un duelo por amor. Se hallan entonces los círculos culturales de Rusia en pleno debate sobre la libertad: los ensayos de Aksákov, las tesis del recientemente fallecido Baratynski, la ciencia histórica de Granovski, el discurso narrativo de Turguéniev… Gógol, ucraniano, por cierto, se decanta, en su ultraconservadurismo, por las bondades del zarismo. Belinski le reprocha en una famosa carta a Gógol que se pliegue ante el autoritarismo Romanov. El debate es encarnizado, tanto que un joven autor decidirá leer la carta de Belinski ensalzando el liberalismo en público. Ese joven autor es Fiodor Dostoievski, y por esa lectura y su interpretación de la libertad será condenado a muerte. Estando Dostoievski amarrado al poste sobre el que habría de ser fusilado, se le conmutó la pena. Sin el debate que, a mediados de los cincuenta, se llevó a cabo entre los escritores rusos en torno a la libertad no se habrían sustentado los posteriores discursos, desde Tolstói hasta Lenin.

 Tras la invasión de Ucrania por parte de los rusos, una parte de la sociedad occidental ha decidido apartar a los autores eslavos de las estanterías, de las carteleras, de las plataformas, de los colegios. Una vez más, la sociedad moderna es incapaz de separar el arte y la cultura de la realidad. Y en esta ocasión tiene aún menos sentido, pues las letras eslavas, junto a las hispánicas las más preciadas de toda la literatura universal, están plagadas de ejemplos como los narrados en el primer párrafo, es decir, de mentes brillantes que dialogan entre sí a propósito de la susodicha libertad, de la guerra, del imperialismo y de tantos otros conceptos que, como siempre, el adanista contemporáneo cree suyos en exclusividad. Pero no. Están en ellos. A menudo nacen con ellos. ¿Tiene sentido prohibirlos? ¿Tiene sentido desconocerlos deliberadamente?

 Obviar las tragedias de la historia es el primer paso para repetirlas. Obviar a Turguéniev, a Gógol, a Pushkin, a Dostoievski, a Tólstoi, a Gorki o a Lenin es no sólo una muestra de profundo aldeanismo, sino una irresponsabilidad para todo aquel que pretenda comprender la base de un conflicto. Creer que, mirando para otro lado, creer que callando a este o a aquel autor en lengua rusa se soluciona algo es un ejemplo más de la inocencia de Occidente, que se apaga irremediablemente al calor de su propia ignorancia. Como en el famoso cuento de Gógol, El capote, donde el protagonista se resigna a su triste destino envuelto en una manta raída, Europa se resigna al declinar de su viejo reinado cultural envuelto en su wokismo absurdo. «Es mejor ser infeliz conociendo la tragedia que ser feliz en el país de los ignorantes», dejó dicho Dostoievski. Pues eso.

Fuente:  https://www.zendalibros.com/prohibir-a-los-rusos/

jueves, 17 de marzo de 2022

De espirales y hogueras

La insumisión no es un pasado. Sabemos que su tiempo es el de la espiral. Siempre vuelve. Sigue viva. Hoy se nos ofrece de nuevo como la más sensata forma de respirar

Fotografía de un paso subterráneo.  Pxhere

Cuando llegamos a Moscú muchos de nosotros apenas nos entendíamos. Veníamos de mundos diminutos que estaban por todas partes. Cada uno desde el suyo. Portando un idioma particular en el habla y en la escucha. También unas costumbres otras. Y el mínimo tragaluz por el que habíamos mirado la vida hasta entonces. Enseguida supimos que para entendernos necesitábamos aprender la lengua rusa cuanto antes. Mientras tanto, nos empeñamos en inventar los modos de comprendernos. Así fue como descubrimos que en la noche y en la fiesta residía la derrota de Babel. O que para conocernos bastaba con identificar aquello que sentíamos o amábamos. Desde el primer día le nacimos pasadizos al uno y al otro lado de la diferencia. La primera palabra rusa de la que me enamoré fue pirijod. Paso subterráneo. 

El idioma común que encontramos Abdel y yo fue el fútbol. Después de las clases de ruso de la camarada Liuba, nos dábamos al balón para hablarnos con los pies. Todavía coleteaba la inercia tenaz de un verano que languidecía. Abdel era de Siria y yo de Moratalaz. En la mímica de gestos y carreras de la que éramos capaces, enseguida resultó evidente que por nuestros respectivos tragaluces no habíamos visto las mismas cosas. Luego aprendí que lo verdaderamente distinto era la mirada. No se trataba de una cuestión de anchura, sino de profundidad. El modo de mirar de mi amigo poseía una perspectiva capaz de posarse en lugares a los que yo no llegaba. No era solo él. Aquellos que habían aterrizado desde sitios como Líbano, El Salvador, Palestina, Angola o Kurdistán atesoraban una astucia de la que yo carecía. Viveza en la inteligencia y densidad en la sensibilidad. También un dolor que yo no podía tocar. En sus pasaportes no lo decía, pero todos venían de un mismo lugar. Se llamaba guerra.

Habíamos llegado a la Unión Soviética para estudiar. Unos con becas de la Unesco. Otros rescatados de conflictos violentísimos. También aquellos que eran enviados por gobiernos o entidades afines a los aires del Kremlin en aquel tiempo. Los destinos eran dispares. A mí me tocó la Universidad Estatal de Moscú. Tuve suerte. La Lomonosov era el centro de educación superior más importante del país. Otros estudiantes marcharon a Kiev, Járkov, Minsk o Leningrado. Éramos jovencísimos. Animales poríferos con todas las esporas abiertas. Aprendíamos rápido. Así que para el inicio del invierno ya balbuceábamos decentemente en ruso y leíamos sin dificultad el cirílico. Eso creció las conversaciones. El frío conspiró con nuestra nueva piel lingüística y trasladó los encuentros con Abdel a los comedores universitarios. Dialogábamos sin reloj. Compartíamos y compartíamos. Estrechábamos el vínculo y estirábamos el bolsillo común en el que guardábamos todo lo que del uno al otro nos aprendíamos. Hasta que un día me dijo que se marchaba. Había llegado para estudiar medicina y partía como enfermero voluntario. Se iba a un país llamado Irak. Uno que no se veía por el diminuto tragaluz desde el que yo miraba los días. “La paz sea contigo”, me dijo antes de marcharse a la guerra. Fue lo último que le escuché. Mi amigo nunca regresó. 

Meses más tarde, recibí la llamada de su hermano. Nos encontramos en un bulevar cerca de la calle Arbat. Él me contó que Abdel había muerto en un ataque aéreo. Dieciocho mil toneladas de bombas fueron lanzadas por el ejército estadounidense y sus aliados en las primeras veinticuatro horas de esa embestida. Una de las bombas cayó en el hospital en el que mi amigo ayudaba a salvar vidas. Su hermano mayor trataba de amortiguar su fragilidad envolviéndola con una mirada perdida. Me hablaba para no romperse. Nos abrazamos. 

En esos días, la primavera lucía altanera su cíclico trofeo de doblegadora del hielo. Un tiempo en el que la desintegración de la URSS había desbordado irreversiblemente su velocidad de crucero. Estábamos en mil novecientos noventa y uno. El descontento aparecía cada vez más cercado por emociones identitarias. Y las energías encontraban en el muladar pestilente del nacionalismo los materiales con los que alicatar su morfología y su sentido. En el curso de ese proceso, mientras el crimen organizado nos recordaba la naturaleza perenne de la acumulación originaria, los burócratas que habían gobernado el orden soviético se reciclaban. Una mutación virtuosa que no alteraba la verdad de su ADN tornaba los dinosaurios en camaleones. Literalmente. Como la velocidad de la luz, que se mueve a sus anchas en el vacío, la instructora a la que habíamos padecido en sus alucinadas clases de marxismo-leninismo se convirtió en directora de la recién creada cátedra de economía de mercado. Repito, literalmente. Pero eso fue dos años después. En aquel día de primavera, cuando el hermano de Abdel y yo deshicimos nuestro abrazo, me dijo algo que mi cabeza ha refugiado todo este tiempo en uno de sus rincones: “Este país era una mentira insoportable, pero servía para contener el desastre definitivo del mundo. Los árabes sabemos que la caída de la Unión Soviética no es más que el principio del fin”.

Treinta años después he recordado sus palabras. Y anoche soñé con Abdel. No logro reconstruir el sueño, pero sí sé que mi amigo no tenía boca. También me visita el eco del vocablo “abismo”. Esta mañana he buscado el poema de Mahmud Darwish que él me tradujo una tarde. “La rosa se hizo herida y los arroyos, sed”, declara uno de sus versos. Tres décadas después tengo la sensación de que el día en que asesinaron a Abdel entramos en otra dimensión. Una en la que se aceleró el tiempo y, con él, se desbocó la barbarie que hasta entonces existía contenida. Además de robarme a mi amigo, la primera guerra del golfo Pérsico me enseñó a desconfiar definitivamente de los gobernantes y a entender la centralidad sistemática de la mentira en aquello que son y en todo lo que hacen. Da igual el color y el pelaje. Que habiten un palacio presidencial en Moscú, Washington, Kiev, Berlín o la Conchinchina. 

En aquellos días, la imagen falsa de un pobre cormorán empapado en petróleo también nos hizo aprender que la información que nos componen los medios no es más que un modo de ficción. Y que las guerras, siembra de una destrucción siempre hecha de muertos y de acaudalados, recrean un combate entre dos narrativas que resultan igualmente falaces. Treinta años después parece que lo hemos olvidado. Como si la amnesia fuera el patógeno más dañino que la pandemia nos hubiera inoculado. Rafael Sánchez Ferlosio lo llamaba fariseísmo. “La regresión a la niñez, la vuelta a Caperucita y el lobo feroz, al punto cero de la experiencia moral: aquel en el que el bueno y el malo aparecen absolutizados y encarnados como figuras ontológicas”, escribió en la página veinticuatro de su copioso libro Sobre la guerra. 

Mi amigo Abdel murió en marzo. Yo me marché de Moscú en el mes de julio del siguiente año. Entre los bártulos y las experiencias con las que regresé a Madrid, alojé el firme propósito de hacerme insumiso. Y eso pasó. En cuanto recibí la carta que me llamaba a filas, la rompí en mil pedazos. Conviví casi tres años con una orden de búsqueda y captura. El fiscal me pedía más de dos años de cárcel y lo que entonces se llamaba “muerte civil”, la inhabilitación absoluta para el empleo en cualquier tipo de administración pública. La policía iba a buscarme a casa de mi madre y de mi padre. Ella ya no está, pero él os podría contar cómo lo sufrieron. Nos detenían. Casi mil quinientos de los nuestros pasaron por las prisiones. Pero nos daba igual. Seguíamos y seguíamos. Inventábamos, creábamos, desobedecíamos. Éramos miles.

Tantos años después, cada vez que me reúno con alguno de aquellos insumisos, el sentido en común actualiza en segundos aquel latido. La memoria es una hoguera en torno a la que nos reconocemos. Pero la insumisión no es un pasado. Sabemos que su tiempo es el de la espiral. Siempre vuelve. Sigue viva. Hoy se nos ofrece de nuevo como la más sensata forma de respirar. Del lado de las miles de personas encarceladas en Rusia por negarse a participar del crimen perpetrado por su gobierno. Con las gentes ucranianas que, entre las bombas, escondidas en refugios, no hablan de honor ni de héroes, no piden armas sino paz. Inventemos pirijods. Pasos subterráneos para llegar hasta ellos. “La guerra tendrá mal fin y eso vamos a ganar”, cantaba El Piyayo por tangos. Hagamos hogueras. Dancemos los saberes cantados de los nadies, esos que morimos en todas las guerras. 

Ángel Luis Lara es profesor de Estudios Culturales en la State University of New York.

Fuente: https://ctxt.es/es/20220301/Firmas/39023/guerra-rusia-insumision-union-sovietica-irak-moscu.htm

sábado, 5 de marzo de 2022

¿Qué significa defender a Europa?

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GEOFFROY VAN DER HASSELTAFP via Getty Images

 LIUBLIANA – Tras el ataque ruso a Ucrania, el gobierno esloveno proclamó de inmediato que estaba dispuesto a recibir a miles de refugiados ucranianos. Como ciudadano de Eslovenia, sentí orgullo, pero también vergüenza.

Cuando hace seis meses Afganistán ante los talibanes, este mismo gobierno se negó a aceptar refugiados afganos, con el argumento de que debían quedarse en su país y luchar. Y hace un par de meses, cuando miles de refugiados (en su mayoría kurdos iraquíes) trataron de entrar a Polonia desde Bielorrusia, el gobierno esloveno aseguró que Europa estaba siendo atacada y ofreció ayuda militar para colaborar con el vil intento de Polonia de rechazarlos. En la región han aparecido dos clases de refugiados. Un tuit del gobierno esloveno publicado el 25 de febrero puso en claro la distinción: «Los refugiados de Ucrania proceden de un entorno que en sentido cultural, religioso e histórico es algo totalmente diferente del entorno del que proceden los refugiados de Afganistán». Tras el escándalo que siguió el gobierno se apresuró a borrar el tuit, pero la verdad obscena ya estaba a la vista de todos: Europa debe defenderse de lo no europeo. Esta idea será catastrófica para Europa en la competencia mundial que se está librando por la influencia geopolítica. Nuestros medios y élites la presentan como un conflicto entre una esfera «liberal» occidental y una esfera «eurasiática» rusa, pasando por alto el conjunto mucho más grande de países (en América Latina, Medio Oriente, África y el sudeste de Asia) que están mirándonos con mucha atención. Ni siquiera China está dispuesta a dar apoyo total a Rusia, pero tiene planes propios. En un mensaje al líder norcoreano Kim Jong‑un, un día después del inicio de la invasión rusa a Ucrania, el presidente chino Xi Jinping dijo que China está lista para colaborar en el desarrollo de una relación de amistad y cooperación con la RPDC «conforme a una nueva situación». Hay temor a que China use la «nueva situación» para «liberar» a Taiwán. Lo que debería preocuparnos ahora es que la radicalización que vemos (más evidente en el caso del presidente ruso Vladímir Putin) no es sólo retórica. Muchos integrantes de la izquierda liberal, convencidos de que ambos lados sabían que no podían permitirse una guerra total, pensaron que cuando Putin acumulaba tropas en la frontera con Ucrania se estaba echando un farol. Incluso cuando al gobierno del presidente ucraniano Volodímir Zelenski como una «banda de drogadictos y neonazis», la mayoría esperó que Rusia sólo ocuparía las dos «repúblicas populares» escindidas, controladas por separatistas rusos con respaldo del Kremlin, o a lo sumo que extendería la ocupación a toda la región del Donbás en Ucrania oriental. 

 Y ahora algunos que se dicen izquierdistas (yo no los llamaría así) culpan a Occidente por el hecho de que el presidente estadounidense Joe Biden haya tenido razón respecto de las intenciones de Putin. El argumento es bien sabido: que la OTAN fue rodeando lentamente a Rusia, fomentó revoluciones de colores en su vecindario e ignoró los temores razonables de un país que durante el último siglo recibió ataques desde Occidente. Por supuesto que aquí hay un elemento de verdad. Pero decir solamente eso es equivalente a justificar a Hitler echándole la culpa al injusto Tratado de Versalles. Peor aún, implica otorgar que las grandes potencias tienen derecho a esferas de influencia, a las que todos deben someterse por el bien de la estabilidad global. El supuesto de Putin de que las relaciones internacionales son una competencia entre grandes potencias se ve reflejado en su repetida afirmación de que no tuvo más alternativa que intervenir por la fuerza militar en Ucrania. ¿Es verdad eso? ¿Se trata en realidad de un problema de fascismo ucraniano? Esa pregunta hay que dirigirla a la Rusia de Putin. El autor de cabecera de Putin es Iván Ilyín, cuyas obras se están reimprimiendo y se distribuyen entre apparatchiks estatales y conscriptos. Tras su expulsión de la Unión Soviética a principios de los años veinte, Ilyín propugnó una versión rusa del fascismo, donde el Estado es una comunidad orgánica guiada por un monarca paternal y la libertad consiste en conocer el lugar que a cada cual le corresponde. Para Ilyín (y para Putin), se vota para expresar apoyo colectivo al líder, no para legitimarlo ni elegirlo. Aleksandr Dugin, el filósofo de la corte de Putin, sigue muy de cerca los pasos de Ilyín, añadiéndole un complemento posmoderno de relativismo historicista: «(…) las así llamadas verdades son cuestión de creencia. Creemos en lo que hacemos, creemos en lo que decimos. Y ese es el único modo de definir la verdad. Nosotros tenemos nuestra verdad especial rusa, y ustedes tienen que aceptarla. Si Estados Unidos no quiere iniciar una guerra, tienen que reconocer que Estados Unidos ya no es más el único amo. Y [con] la situación en Siria y Ucrania, Rusia está diciendo “ustedes ya no son el que manda”. Es la cuestión de quién domina el mundo. En realidad, sólo la puede decidir una guerra». Pero ¿qué hay de la gente en Siria y Ucrania? ¿Pueden también decidir su propia verdad o son sólo un campo de batalla para aspirantes a dueños del mundo? La idea de que cada «modo de vida» tiene una verdad propia es lo que vuelve a Putin atractivo para populistas de derecha como el expresidente de los Estados Unidos Donald Trump, que dijo que la invasión rusa de Ucrania era obra de un «genio». Y el sentimiento es mutuo: Putin habla de «desnazificar» Ucrania, pero no hay que olvidar que apoya a la Agrupación Nacional de Marine le Pen en Francia, a la Liga de Matteo Salvini en Italia y a otros movimientos neofascistas reales. La «verdad rusa» es sólo un mito conveniente para justificar la visión imperial de Putin, y el mejor modo que tiene Europa para contrarrestarla es tender puentes con los países en desarrollo y emergentes, muchos de los cuales tienen una larga lista de quejas justificadas contra la colonización y la explotación por parte de Occidente. No basta «defender a Europa». La verdadera tarea es persuadir a otros países de que Occidente puede ofrecerles mejores opciones que Rusia o China. Y el único modo de lograrlo es cambiarnos a nosotros mismos, mediante una erradicación implacable del neocolonialismo, incluso cuando se presenta en la forma de ayuda humanitaria. ¿Estamos listos para demostrar que al defender a Europa luchamos por la libertad en todas partes? Nuestra vergonzosa negativa a dar trato igualitario a todos los refugiados envía al mundo un mensaje muy diferente.  
 

Fuente: https://www.project-syndicate.org/commentary/europe-unequal-treatment-of-refugees-exposed-by-ukraine-by-slavoj-zizek-2022-03/spanish

viernes, 25 de febrero de 2022

El despropósito de las sanciones a Rusia en materia de semiconductores

Las sanciones en materia de semiconductores pueden dañar aún más el mercado global. (Pixabay)

 Una de las sanciones que EEUU pretende imponer a Rusia tras el estallido de la guerra en Ucrania es el acceso a los semiconductores. Este movimiento evidencia, una vez más, la evolución que han tenido los conflictos bélicos en este siglo, encaminándose más hacia la tecnología, ya sea con una deriva de ciberataques –como hemos visto semanas atrás- o buscando cortar suministros.

La industria de los semiconductores vive una crisis de desabastecimiento desde 2020 que ha puesto en jaque a los mismos EEUU, que están destinando miles de millones de dólares a recuperar la soberanía tecnológica, entregada décadas atrás a Asia por una cuestión de abaratamiento de costes.

Si a esos problemas en las cadenas de suministro se añaden las sanciones cortando el suministro de semiconductores, sobre el papel no sólo Moscú podría pasarlo mal desde la óptica industrial y de defensa nacional sino que, sacada del mercado Rusia, habría más semiconductores para repartir. Sin embargo, como veremos más adelante, esto no es del todo así.

Para poder llevar a término esta sanción, la Administración Biden podría presionar a las empresas estadounidenses que tienen fondos rusos o a directivos rusos en sus consejos de administración. Otra de las medidas sería amenazar con sacar de las Bolsas americanas a las empresas rusas o, directamente, prohibir exportaciones no sólo de hardware, sino también de software, como el sistema operativo Android.

¿Cuáles son las empresas con las que podrían jugar EEUU  la Unión Europea para sancionar a Rusia? En el primer caso, Nvidia, Intel, AMD y GlobalFoundries, mientras que en Europa se encuentran Infineon y STMicro. Podrían unirse también TSMC (Taiwán) y Samsung (Corea del Sur), es decir, dos de los principales fabricantes del mundo y que podría terminar por desequilibrar la balanza.

¿Es realista este tipo de sanciones? Tan realista como temerario, porque algunas de las materias primas con que las empresas arriba mencionadas fabrican sus procesadores proceden de Rusia, como es el caso del paladio, del que suministra el 45% mundial y se emplea en chips, memorias y sensores, así como el escandio, una tierra rara también empleada en los procesadores. La respuesta desde el Kremlin, como es de esperar, será el ojo por ojo, diente por diente.

Se suma otra complejidad añadida deriva de esta guerra y que afecta de pleno a la industria de los semiconductores: Ucrania es uno de los principales suministradores de gases C4F6, neón, argón, criptón y xenón que se utilizan en la producción de semiconductores. Sólo de gas neón, Ucrania suministra el 70% de la capacidad mundial, por lo que si se ve afectado ese sector o, directamente, pasa a ser controlado por Rusia, buena parte de los fabricantes sufrirán desabastecimiento y tendrán que alterar sus cadenas de suministro. En el caso de EEUU, la situación es aún peor según los datos que maneja la empresa de estudios de mercado Techcet, que sostiene que el 90% del neón que utilizan las empresas estadounidenses para fabricar semiconductores procede de Ucrania y el 35% del paladio, de Rusia.

Lo que ya parece inevitable es un aumento del coste de la producción de obleas para semiconductores. De hecho, cuando en 2014 se produjeron los enfrentamientos que desembocaron en la guerra que hasta ahora se ha librado en la región este de Ucrania, el precio del neón se disparó un 600%.

Este tipo de gases se están utilizando en los procesos de producción de última generación a escala de 5 y 7 nanómetros, especialmente en los que utilizan litografía ultravioleta extrema. TSMC y Samsung son las compañías con tecnología más puntera en este ámbito, ya en producción. Otras como Intel, andan todavía peleándose para poder sacarla al mercado. Además, esta tecnología también es utilizada por fabricantes de memoria NAND Flash, sumándose a la lista de fabricantes damnificados Marvel.

Como efecto adverso de este tipo de sanciones de cara a EEUU, además, aparece una todavía mayor confraternización de Rusia con China, toda vez que Moscú habría de mirar a Pekín para suplir sus carencias tecnológicas.

Fuente: https://blogs.publico.es/kaostica/2022/02/25/sanciones-chips/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web

miércoles, 9 de febrero de 2022

Las realidades debajo del griterío


El presidente de Rusia, Vladimir Putin y el de China, Xi Jinping, durante su encuentro en Pekín en febrero de 2022. Kremlin
El verdadero objetivo del puñetazo ruso podría ser la reactivación de los acuerdos de Minsk. La cumbre Putin-Xi en Pekín provoca acidez de estómago en Washington

En los últimos días hemos asistido a un verdadero concierto diplomático de encuentros, declaraciones y medidas. Todos los occidentales han pasado por Kiev. A Moscú han viajado la ministra de Exteriores alemana, el presidente de Francia, el secretario de Estado americano y el presidente iraní. Por Washington han desfilado el canciller alemán y los europeos para hablar del desacuerdo sobre el gasoducto Nord Stream 2, al que Alemania no piensa renunciar. Los americanos han respondido públicamente (la “filtración” casi nunca es casual) al catálogo de Rusia con la fórmula “No, no y quizás”. No a las dos cuestiones centrales de Moscú: no a excluir a Ucrania y Georgia de toda perspectiva de ingreso en la OTAN, no a la retirada de ese bloque a las posiciones anteriores a su ampliación al Este. Y, quizás, posible disposición a negociar los desarmes de los que Washington se retiró unilateralmente y a eventuales inspecciones mutuas de lo que hay desplegado en Rumanía y Polonia, siempre y cuando Moscú retire las tropas que tiene apostadas cerca de la frontera ucraniana (“cuestiones secundarias”, según Moscú). A eso, la OTAN añade su propio catálogo de retiradas militares rusas de Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y Crimea.

Paralelamente, los anglosajones han enviado más armas y asesores militares a Ucrania, y refuerzan con soldados el entorno ruso –de momento poca cosa– mientras producen patrañas baratas, como la del gobierno títere que Moscú prepara para Kiev, divulgada en Londres, pero cocinada en Washington, o la del supuesto vídeo con actores para escenificar una falsa masacre que proporcione un casus belli, como la OTAN hizo en Bosnia y Kosovo con la masacre del mercado de Sarajevo y la matanza de Rachac, preludio de sus dos intervenciones militares allí. Todo ello de acuerdo a esa fuente de información, que llamaremos SelojuroNews (en inglés, US officials), que nuestros periodistas compran con disciplinado entusiasmo.

Parece evidente que el puñetazo en la mesa que acompañaba el documento de máximos de Moscú del 17 de diciembre ha movido las cosas. Esa es la noticia que oculta el griterío de “¡Rusia puede invadir Ucrania en cualquier momento!”, (la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki), y que el Estado mayor anglosajón, Estados Unidos, y su perrito faldero londinense han interpretado para salir al paso del gruñido del oso.

Lo más curioso no es que Rusia repita, una y otra vez, con descarado cinismo, que no piensa “invadir” y que sus medios oficiales ridiculicen la “histeria” creada (como si Moscú no hubiera contribuido), sino que las presuntas víctimas así lo confirman. Tras una reunión del Consejo de Seguridad Nacional de Ucrania, el presidente Zelensky subrayó la semana pasada que “no hay motivo para el pánico” y ha discutido por ello con Joe Biden, a quien ha pedido que EE.UU baje el tono, mientras los propios militares ucranianos explican que no se dan las condiciones técnicas para una invasión de parte rusa. Ukraínskaya Pravda, medio nacionalista-liberal vinculado al anciano especulador George Soros, explica con detalle la ausencia de esas condiciones. La histeria ya ha hecho caer un 10% el valor de la moneda ucraniana y los bonos, así que el ambiente amenaza con arruinar la delicada economía nacional.

En el campo occidental, hay diversas posiciones. Estados Unidos, Inglaterra, los polacos y los bálticos mantienen el griterío. Como los dos primeros dominan el complejo mediático, su actitud da el tono a la “información”. Luego están los franceses y alemanes, que intentan moderar el gallinero y, en tercer lugar, están los pequeños europeos que gesticulan y cumplen en diferente medida el expediente de vasallos en la OTAN. Todo esto es bastante anecdótico al lado de la cuestión fundamental en este conflicto, que es la línea de Estados Unidos.

En Washington hay varias líneas de actuación, pero, poco a poco, parece que se impone una. Podríamos formularla así: contener a Rusia, sólo en la medida en que eso no impida, o complique lo principal que es contener a China. Si eso es así, el puñetazo en la mesa de los rusos, que obviamente no van a conseguir lo que se exige en el documento del 17 de diciembre, está bastante bien dirigido, y de todas las cumbres diplomáticas de los últimos días, la más destacable ha sido la del 4 de febrero, en Pekín, entre Putin y Xi Jinping.

Hace años que en Washington preocupa la profundización de la alianza entre China y Rusia, forjada a pulso por su propia estupidez estratégica. Hace más de un año, fuentes del mundo de los expertos bien conectadas con los servicios secretos advirtieron a Biden de que una alianza entre China y Rusia podría resistir mucho mejor las represalias de Estados Unidos. Es algo que ya estamos viendo en las medidas que ambos países están tomando para independizarse de los sistemas de transferencias financieras, del uso del dólar y de los monopolios digitales, recursos todos ellos que Washington utiliza políticamente a conciencia. El mismo think tank Atlantic Council ha apelado a “equilibrar las relaciones con Rusia”, con el objetivo de “separar a Rusia de China”, en uno de sus documentos programáticos, significativamente titulado “The Longer Telegram”, en un intento de solemnizar el disparatado documento de George F. Kennan de 1946. 

El 4 de febrero, en Pekín, se hicieron realidad algunas de las peores pesadillas de Washington. China ha declarado su apoyo a las “garantías de seguridad a largo plazo jurídicamente vinculantes en Europa” que pide Moscú, así como su rechazo a cualquier nueva ampliación de la OTAN. Los dos países están preocupados por los planes de Washington de construir un sistema global antimisiles, por la militarización del espacio y por el despliegue de misiles nucleares de corto alcance, escenario, hay que decir, mucho más probable en Asia Oriental que en Europa. La lectura de la declaración conjunta ruso-china del 4 de febrero ha debido de producir acidez de estómago en Washington.

A la luz de todo esto se entienden las fuertes presiones que todos los occidentales (gritones, moderados y comparsas) están ejerciendo sobre el presidente ucraniano para que Ucrania cumpla los acuerdos de Minsk, que firmó el 12 de febrero de 2015 con miras a pacificar el Donbass. Esos acuerdos contemplan el alto el fuego con retirada de armas pesadas, elecciones y estatuto de autonomía para las regiones rebeldes de Donetsk y Lugansk, amnistía general, restablecimiento del control de la frontera nacional por Ucrania, retirada de unidades y armas extranjeras y reforma constitucional “descentralizadora” (léase federalizante).

 “La crisis ucraniana solo puede solucionarse políticamente, los acuerdos de Minsk pueden pacificar la crisis”, dijo Macron el lunes 7 de febrero en el Kremlin. Putin prometió, a cambio, no realizar nuevos movimientos militares y retirar sus tropas de Bielorrusia en cuanto finalicen las actuales maniobras. Mientras tanto en Washington, el secretario de Estado, Antony Blinken, y Josep Borrell se sumaron con declaraciones parecidas: “Los acuerdos de Minsk tratan sobre un estatuto especial para el Donbass y creo que los ucranianos estarán dispuestos a avanzar”, dijo Blinken. El Gobierno ucraniano no quiere saber nada de los acuerdos de Minsk porque teme que, por esa puerta, Rusia pueda volver a tener voz en Ucrania, pero la presión de “todo Occidente” va a ser fuerte. Es complicado para el presidente Zelensky, porque si cede será acusado de traición por sus adversarios más nacionalistas, pero si no lo hace la crisis continuará y, con ella, el conflicto interno en Ucrania, aspecto que nuestros “expertos” niegan contra toda evidencia.

Una vez más hay que insistir en el hecho de que Ucrania es un Estado que contiene diferentes identidades nacionales, culturales y lingüísticas. Eso no es resultado de las “interferencias de Rusia” en sus asuntos, sino de la historia, de la azarosa y accidentada forma en que el país se creó, a partir de diferentes trozos sometidos a distintos centros de poder político, cultural y religioso. Esa diversidad no impide que Ucrania llegue a ser una nación bien cohesionada algún día, pero hoy no lo es, y convertirla en exclusivo satélite occidental contra Rusia es apartarla de toda perspectiva de estabilidad y cohesión, de la misma forma en que lo sería configurarla como un mero satélite ruso.

La actual separación de Crimea y gran parte del Donbass es consecuencia de la imposición de una Ucrania sobre otra. La aplastante mayoría de la población no quiere ser rusa sino ucraniana, pero millones de ucranianos rechazan aspectos fundamentales de esa imposición.

Tras el cambio de régimen de 2014, se aprobaron leyes lesivas para los rusoparlantes, se enterró el precepto constitucional de neutralidad, se prohibieron fuerzas políticas como el Partido Comunista de Ucrania, que hasta 1998 era el más votado, junto con dos partidos más. Los 32 diputados comunistas fueron expulsados del Parlamento por considerar lo sucedido como un “golpe de Estado”. Un año después, se impuso una ley de “descomunización” que demolió monumentos, forzó el cambió de nombre de 22 ciudades y 44 pueblos y criminalizó los símbolos, banderas e himnos en los que millones de ucranianos creyeron, murieron y vivieron con diferente fortuna, mientras otros, sobre todo en Galitzia, los sufrían y maldecían. El líder del partido Comunista, Petró Symonenko, fue excluido como candidato en las elecciones presidenciales de 2019 en aplicación de  aquella infame ley, y la imagen de colaboracionistas con los nazis, como Stepan Bandera, ha llegado a los sellos de correos. En febrero del año pasado, los populares canales de televisión en lengua rusa, 112 Ukrania, ZIK y NewsOne, todos ellos adversarios de la particular línea nacionalista del Gobierno, fueron prohibidos y desconectados. Sus periodistas han sido objeto de agresiones y desde el poder se les considera “propagandistas extranjeros”, fórmula que recuerda mucho a la utilizada en Rusia. Con todo eso, y después de que tres regiones del país se independizaran de facto, todo el este y el sur de Ucrania, de mayoría ruso parlante, sigue votando (entre el 50% y el 20% del voto, según las zonas en las elecciones de 2020) por fuerzas políticas opuestas al gobierno de Kiev. Es ridículo presentar al gobierno de Kiev como una banda de filonazis, pero la simple realidad es que Ucrania nunca será un país cohesionado ni próspero sin unas estrechas relaciones con Rusia, con un estatuto de neutralidad y con un gobierno federal en el que las diferentes identidades e intereses puedan actuar y expresarse de forma democrática.

Como dice el popular comentarista ucraniano Mijaíl Chaplyga, “a los occidentales les interesa el territorio de Ucrania y sus recursos privatizados y gestionados por sus empresas, a Rusia le interesa, sobre todo, la distancia con la OTAN”. El futuro de una Ucrania estabilizada pasa por el diálogo con el Donbass, una organización federal del país, la abolición de las leyes lingüísticas discriminatorias para los rusoparlantes, la derogación de la ley de “descomunización”, la privatización de la tierra y el establecimiento de un estatuto internacional de neutralidad con el que Ucrania podría jugar a dos manos con sus vecinos del Este y del Oeste, obteniendo ventajas de ambos. A Finlandia, que también formó parte del Imperio Ruso hasta 1917, no le fue nada mal en ese mismo papel. Retomar los acuerdos de Minsk parece una perspectiva en esa dirección.

Fuente: https://ctxt.es/es/20220201/Firmas/38721/ucrania-acuerdos-de-minsk-donbass-rusia-rafael-poch.htm