BALTIMORE (MARYLAND). En las calles de West Baltimore, desconchadas y desiertas salvo por algunos mendigos, traficantes y clientes del trapicheo, las bandas callejeras se pasean con una impunidad descarnada.
Flamantes coches color crema con las ventanas bajas revelan a hombres
con la cara tatuada que desafían el rojo de los semáforos, pendientes de
sus teléfonos, de camino al siguiente encargo. En una esquina, una
joven corre tras un hombre que se escabulle saltando por una valla.
«¿Estás intentando colocarle droga a mi primo, hijo de puta? ¡Te vas a
enterar! ¡Tú te metes con los míos, y yo me meto con los tuyos!» .
El ambiente en Baltimore es inquietante y desgarrado, pero eso no lo sabía el sirio Khaled Heeba
cuando llegó con sus ancianos padres tres años atrás, pensando que
dejaba atrás el infierno de la guerra y por fin hallaba la seguridad que
le permitiría construir un futuro. Sobrevivió al conflicto en su
Damasco natal durante tres largos años antes de huir a un lugar seguro.
Cruzó la frontera hasta Egipto, donde trabajó 14 horas al día para
mantener a su familia, a la espera de que el programa de reasentamiento de refugiados le asignase un destino.
El
día en que le comunicaron que había sido admitido en Estados Unidos,
pensó que su mala suerte había acabado: podría reunirse con su familia
paterna, que regentaba un local de pizzas en la ciudad de Baltimore. «Venía con toda su ilusión»,
explica cabizbajo su primo Mansoor, de 19 años, en el interior de
Vizzini’s Pizza, en una pausa del horneado. «Aprendió inglés desde cero,
trabajaba incansablemente, todo el mundo le apreciaba».
El 7 de
febrero, se quedó a cargo de tres últimos repartos antes de acudir a la
mezquita, donde le esperaba su familia. «Cuando volvimos no estaba aquí.
Sonó el teléfono y era el último cliente, enfadado porque su comida no
había llegado». Al equipo de Vizzini’s, habituados al infierno de
Baltimore, se les heló el corazón. El padre, el tío y la hermana de
Khaled acudieron a buscarlo. Cuando vieron tres coches patrulla en torno
al vehículo de reparto supieron que era demasiado tarde.
«Vieron
su cuerpo tendido en un charco de sangre. Tres agentes tuvieron que
sujetar a mi tío para impedir que corriera hacia él. Aún hoy se siguen
atormentando con su destino, con la muerte de Khaled y con el error que cometieron instalándose en Baltimore«, articula el joven.
A sus 31 años, la irónica muerte de Heeba no desafía las crueles estadísticas de Baltimore, un icono de la criminalidad –con más muertes per cápita que México, Honduras y El Salvador– consagrado por la magistral The Wire. El asesinato del refugiado solo fue uno más de los 335 registrados en la ciudad de 600.000 habitantes el pasado año, y, como el resto, la investigación resulta estéril.
«El
inspector nos dijo que le sorprendió un incidente y que bajó del
automóvil para auxiliar a alguien. Un hombre encapuchado le disparó al
pecho», explica Mansoor. Murió por disparos como otras 296 víctimas de
2020, en medio de la calle y a plena luz del día. Sus familiares no tienen ninguna esperanza en la investigación. «Será cerrada próximamente, como la mayoría. No creemos que nunca se haga justicia», añade el primo de Heeba.
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| Las bandas se pasean con impunidad por West Baltimore. MÓNICA G. PRIETO |
«Baltimore
es la ciudad norteamericana más letal no sólo por el número de
asesinatos per cápita, también porque cuando alguien es disparado allí,
tiene más posibilidades de morir. Una de cada tres víctimas de disparos
muere, no a manos de la policía, sino de las bandas. Hay una cultura armada distinta a la del resto de ciudades,
mucho más despiadada, porque cuando alguien dispara allí usa un calibre
mayor, a menor distancia y más veces», explica Sean Kennedy,
investigador asociado del Maryland Public Policy Institute y autor de
varios informes sobre criminalidad en la ciudad.
No siempre fue así. Tras un breve renacimiento de la seguridad en la ciudad entre 2000 y 2009, el crimen violento se disparó, hasta aumentar un 65% desde 2014.
En 2019 alcanzó el terrible récord de 348 muertes violentas tras pasar
27 años batiendo marcas, una cifra muy similar a la de 1993, cuando se
registró la peor estadística de su historia con 353 asesinatos, pero en
aquel entonces contaba con 130.000 residentes más que en la actualidad.
Porque la población de la localidad –a la que no queda nada del encanto
con el que se conocía a la ciudad en los años 70– se encoge a fuerza de desesperación y violencia.
Kennedy calcula que 130.000 residentes –todo aquel que se lo puede
permitir– ha buscado un hogar fuera de sus límites desde 1993 esperando
encontrar seguridad.
«Nuestra tasa de criminalidad armada se sale de los gráficos»«En
2016, cuando Chicago tuvo un año asombrosamente sangriento con 762
homicidios, su tasa de homicidios per cápita seguía siendo la mitad de
Baltimore. En 2018, las cifras de Chicago cayeron a una cuarta parte de
las de Baltimore», incide Kennedy desde la cafetería de Washington donde
hablamos. La criminalidad llegó a ser endémica en las urbes estadounidenses, pero fue frenada en todas, excepto en Baltimore.
Hoy
en día, se produce una terrible ironía: la llegada de un nuevo jefe del
Departamento de Policía en 2019, Michael Harrison, frenó la tendencia,
aunque las cifras siguen siendo trágicas. «A nivel nacional, en las
principales 50 ciudades del país se ha incrementado el número de
homicidios per cápita en números de dos dígitos, salvo en la ciudad de
Baltimore, donde ha habido un leve descenso del 3%», explica por
teléfono Willy Moore, analista y miembro de la junta de asesores de Safe Streets,
una de las organizaciones que lucha contra la criminalidad mediante la
mediación pacífica. «Aún así, nuestra tasa de criminalidad armada se
sale de los gráficos. Suele imprimirse una lista anual de las ciudades
del mundo más violentas, con más homicidios, por cada 100.000
habitantes, y Baltimore está desde hace años entre los 25 primeros puestos. Es algo atroz», señala Moore.
A
diferencia del resto, la violencia en Baltimore es más descarnada y
cruel. En 2020, 212 de las víctimas recibieron disparos en la cabeza,
signo de que habían sido sentenciados; en 2018, la cifra ascendía a 309,
según la Unidad de Homicidios del Departamento de Policía. El 38% de
los fallecidos y criminales había cometido previamente crímenes armados,
pero seguían en las calles porque la confianza en el sistema ahuyenta
las denuncias y espanta a los testigos. De las víctimas de 2020, siete tenían menos de 10 años y, sin embargo, el número de arrestos disminuyó en todo el año. ¿Qué está pasando con Baltimore?
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| Hace
años que Baltimore está entre los 25 primeros puestos de la lista anual
de las ciudades más violentas del mundo. MÓNICA G. PRIETO |
El
origen de la criminalidad, como ocurre con la del resto del país,
remite a finales de los años 80 y principios de los 90, cuando la
heroína y el crack –producto de la escandalosa política de la
Administración Reagan Irán-Contra– inundó las calles de Estados Unidos
criando una generación de drogodependientes alimentados por bandas callejeras que manejaban tanto dinero como influencias e impunidad, hechos que inspiraron la popular The Wire. Una imagen perpetuada por la realidad, porque Baltimore se ha quedado atrapada en el tiempo.
«Cuanta
más droga, más crimen, y el crimen atrae más droga. La esperanza de
vida de esos jóvenes afroamericanos es menor que la del resto lo cual
les lleva a maximizar su placer lo más rápido posible», explica en su
despacho de Baltimore Robert Embry, presidente de la Fundación Abell y
con una larga trayectoria en cargos políticos locales. «A eso se añade
el enorme desempleo, y crecer en comunidades pobres con muy pocos padres presentes.
El índice de familias monoparentales en la comunidad afroamericana de
Baltimore es del 82%, y sus madres tienen que trabajar, lo que se
traduce en que los niños se crían en el barrio», añade.
«Cada año he perdido, de media, a entre 10 y 15 conocidos y vecinos por muertes violentas»La
práctica totalidad de Baltimore, con la excepción de una estrecha
franja de terreno donde habitan los blancos, donde tiene su oficina
Abell, tiene apariencia de gueto. Hay barrios mejores y peores, como el
Distrito Oeste, al noroeste de la ciudad. Apodado el Salvaje Oeste por
sus ciudadanos, las calles abandonadas y destartaladas, revelan su
condición marginal mediante las planchas de madera llenas de grafitis
que ciegan puertas y ventanas, los traficantes que vocean su mercancía a
gritos en las esquinas y atienden a sus clientes encorvándose en las
ventanas de los coches que se aproximan, dejando entrever fajos de
dólares envueltos por gomas elásticas, y la ausencia de mujeres, niños o
ancianos en las aceras. Los pocos que llegan lo hacen en coche y apenas recorren unos metros antes de meterse en sus casas.
Marvin
Cheatham vive en el corazón del barrio, cerca de la avenida West North
Avenue, donde a cada pocos metros un ramo de flores o unas guirnaldas
recuerdan a la víctima de un homicidio. En una de las casas tapiadas, un
cartel destrozado reza: «Dejemos de matarnos entre nosotros». «Cada año
he perdido, de media, a entre 10 y 15 conocidos y vecinos por muertes
violentas. En los últimos años solíamos tener ocho homicidios
por año en el barrio, pero hace tres años la cifra se disparó a 18 y
desde entonces tenemos 50 asesinatos al año«, estima Marvin,
apodado Doc, presidente de la Matthew A. Henson Neighborhood Association
y responsable comunitario. «De los nueve distritos de Baltimore, hay
tres especialmente malos y en los últimos 10 años el Distrito Oeste se
ha consagrado como el peor. Al menos hemos detectado 50 establecimientos
que venden alcohol en nuestro distrito, y medio centenar de puntos de
distribución de drogas», continúa.
«En general, Baltimore ha sido
muy violenta a través de los años, pero las cosas se pusieron un poco
mejor en los 2000, aunque imagino que para los estándares europeos suena
a locura. La muerte de Freddy Gray volvió a disparar
la violencia. Podemos discutir por qué ocurrió, pero no cuándo ocurrió.
En cualquier otro lugar del mundo han mejorado las estadísticas de
violencia en relación a décadas anteriores, incluso en Chicago, mientras
en Baltimore seguimos con cifras propias de El Salvador», explica Alec
MacGillis, reportero de ProPublico, en una de las escasas cafeterías de
Baltimore abiertas durante la pandemia.
MacGillis se refiere a
Gray, el particular George Floyd de Baltimore, un joven de 25 años
arrestado en West Baltimore por posesión de arma blanca (una navaja)
totalmente legal en 2015. A Freddy le metieron en una camioneta de la
Policía de Baltimore: pese a que la comisaría estaba a cuatro
calles de distancia, el traslado se demoró 45 minutos tras los cuales el
joven estaba inconsciente, no respiraba y su espina dorsal
estaba dañada de forma irreversible a causa de una conducción agresiva
empleada por los agentes.
Tras siete días en coma, falleció. Un video ciudadano mostraba a Grey en el momento de su detención gritando de dolor ante la indiferencia de los agentes,
a quienes pedía a gritos su inhalador para el asma. Como escribía
MacGillis en The Atlantic: «Las protestas estallaron con disturbios y
saqueos. Poco después, el fiscal jefe anunció cargos penales contra los
oficiales involucrados en el arresto. Sus colegas respondieron
descuidando su trabajo, haciendo solo lo mínimo en las siguientes
semanas. Con ese vacío de poder, las bandas tomaron nuevas esquinas para
vender drogas y ajustaron viejas cuentas. Los homicidios aumentaron a
niveles récord y el cierre de casos se desplomó. «La policía dejó de
hacer su trabajo y dejó que la gente jodiera a otras personas», dijo
Carl Stokes, ex concejal demócrata de la ciudad de Baltimore, el año
pasado. ‘Punto. Fin de la historia'».
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| Las calles están desiertas en West Baltimore. MÓNICA G. PRIETO |
Impunidad, estigma y desconfianza en el sistemaEso
explica que menos del 35% de los asesinatos derive en arrestos en
Baltimore. La impunidad es espeluznante. En su libro Guettoside
–traducido en España como Muerte en el Gueto y publicado por la
editorial Capitán Swing–, Jill Leovy lo explica así: «Allí donde el
sistema de justicia penal no reacciona con firmeza ante los heridos y
los muertos por violencia, el homicidio se hace endémico. Los
afroamericanos han padecido precisamente esa falta de una justicia penal
eficaz, que es la principal causa de la duradera peste de homicidios de negros en el país.
Específicamente, […] no se han beneficiado de lo que Max Weber llamó el
monopolio estatal de la violencia, el derecho exclusivo del Gobierno a
usar la fuerza con legitimidad. Tal monopolio proporciona a los
ciudadanos autonomía legal, el conocimiento liberado de que el gobierno
perseguirá a todo el que viole su seguridad personal. Pero la
esclavitud, el sistema Jim Crow [que legalizó la segregación racial] y
las condiciones de la población negra en casi todos el territorio de
EEUU durante varias generaciones han impedido la formación del
monopolio. Y teniendo en cuenta que la violencia personal estalla
irremisiblemente donde falta el monopolio estatal, el resultado son las
muertes de miles de estadounidenses al año».
En el fondo subyacen problemas endémicos como la crisis económica permanente y persistente, la desesperanza y el factor racial:
el 62% es comunidad negra, lo cual implica peores sueldos, peor
educación, peores oportunidades, mayor estigma y muchísima más
indiferencia ante sus crímenes, algo extensible al resto del país. «En
Washington, el año pasado hubo 200 muertes violentas: solo tres víctimas fueron blancas«,
pone de relieve MacGillis. «Aquí ocurre lo mismo, la muerte de un
blanco atrae escándalo y titulares, mientras que la de un afroamericano
pasa inadvertida. Prácticamente todas las víctimas son afroamericanas.
La criminalidad en Estados Unidos se cobra vidas negras de forma
desproporcionada», añade, incidiendo en que solo un 13% de la población
norteamericana es afroamericana, pese a ser víctimas de todo tipo de
desamparo.
«El factor racial es uno de ellos, aunque hay otros y la situación es mucho más compleja. En Baltimore, el 25% de sus habitantes vive oficialmente por debajo del límite de la pobreza,
y según los expertos la cifra real es más cercana al 30% o el 40%, pero
muy pocos matan a nadie o trafican con drogas, y la mayoría de la
violencia está relacionada con las drogas. Quizás traten de hacerse
ricos más rápido, porque en las bandas no tienen que ir al colegio o
trabajar para hacerse ricos. Quien se gradúa tampoco vende drogas, pero
no es un problema de acceso a la educación porque sí existe, aunque la
calidad puede llegar a ser terrible y buena parte de la población no
sabe leer o escribir, ni hacer simples cálculos matemáticos, a pesar de
que son nativos en inglés», explica Kennedy.
«El problema está
más relacionado con la confianza. Alguien dispara a alguien a plena luz
del día y quienes le ven hacerlo no creen que la policía le vaya a
atrapar o consideran que, si lo hacen, le soltarán muy pronto. No
confían en que el fiscal le meta en prisión, ni que el alcalde devuelva
la seguridad a las calles y cree trabajos. No creen en el sistema«.
Esa pescadilla se completa con otros factores: policías desmotivados y
sin recursos –hay 500 agentes menos que hace una década y los arrestos
han caído un 48% en los últimos cinco años– que no confían en los
testigos; fiscales que no se atreven a cuestionar la dudosa honradez de
los agentes –la corrupción policial está extendida en Baltimore– ni
protegen a los testigos y eso crea lo que Kennedy define como «un
círculo vicioso».
«Lo contrario es un círculo virtuoso, cuando
tienes fe en el sistema y confías en las instituciones. Quieres ser un
buen ciudadano y denuncias los malos comportamientos a la policía
confiando en que te protejan apartando de las calles a quien los comete
y, a cambio, cumples el deber de testificar en un juicio contra el
asesino, a cara descubierta porque lo exige la legislación, porque
confío en que el sistema me proteja y meta al criminal en prisión. Y
eso, además, implicaría que el menor que presenció el asesinato piense:
‘yo no quiero acabar en prisión, ni quiero morir vendiendo drogas’. Pues
bien, eso no ocurre en Baltimore. Allí no hay consecuencias y cuando la gente hace lo correcto, no es recompensada por ello«, añade Kennedy.
«Existe cierta frustración, la sensación de que Baltimore no tiene solución»En
definitiva, es la impunidad que pesa en el ambiente como una fuga de
gas tóxico que lo envuelve todo. Los barrios están impregnados de
violencia. Los destrozos, las cintas amarillas de la policía, las
puertas y ventanas tapiadas, ocasionales manchas de sangre en las aceras, coches vandalizados y restos de lunas y carrocería omnipresentes
y, sobre todo, los grupos de adolescentes que trapichean a plena luz
del día. Un domingo a las 11:00 hora local, frente al Mercado de
Lexington –el más emblemático de la localidad–, un coche con dos
ocupantes baja la velocidad al paso de uno de estos jóvenes, que no
sobrepasa los 20 años. «Hey, yo… ¿Tienes un poco?», le pregunta el
copiloto mientras saca por la ventanilla un billete de 20 dólares, que
el chaval intercambia por una pequeña bolsa de droga. Al otro lado de la
acera, una patrulla de la policía observa el tráfico de armas sin intervenir:
da la impresión de que pretenden disuadir los tiroteos, no impedir que
la droga envenene las calles de Baltimore. Las escenas son
escalofriantemente corrientes, como lo son las sirenas de las
ambulancias que ponen su particular banda sonora a la ciudad.
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| Las puertas y ventanas están tapiadas. MÓNICA G. PRIETO |
«Baltimore
no está del todo desesperada, está falta de esperanza. Hay un
sentimiento de futilidad, de nihilismo, y no me refiero a los ciudadanos
sino a los políticos. Existe cierta frustración, la sensación de que
Baltimore no tiene solución. Cuando aparecieron los primeros casos de
Covid en EE. UU., surgió un chiste muy representativo: «14:00 horas. El
coronavirus hace su aparición en Baltimore. 14:01. Abatido a tiros el
coronavirus en Baltimore». Hay un meme que reaparece cada año, antes de Navidad, que muestra a Santa Claus poniéndose el chaleco antibalas para entrar en Baltimore.
«La
verdadera tragedia de Baltimore es que la gente atrapada, las madres,
abuelas, los padres y los tíos de quienes matan están atrapados, no sólo
por las armas y las drogas sino también por la situación económica. No
tienen escapatoria», aduce Kennedy.
En el desangelado Distrito Oeste, el septuagenario Marvin Cheathman coincide en que la desesperanza es clave a la hora de comprender las exorbitantes tasas de criminalidad.
«El sistema ha colapsado. Hace 20 años, estas casas estaban llenas de
vida, había trabajo, teníamos industrias y siderurgia y los niños
estaban escolarizados. Había violencia pero nunca fue así. Creo que en
general a nadie le importa la situación, ni siquiera a nosotros mismos,
hemos aceptado que no podemos cambiarla. No hay bastante gente que se
preocupe por el resto, ni políticos que lo hagan, no hay bastante fe
para cambiar las cosas. En esta comunidad hay ocho parroquias y no hacen
lo suficiente, como tampoco lo hacen las asociaciones comunitarias.
Tenemos demasiado por hacer y demasiada poca voluntad».
Su
asociación se dedica a promover los servicios públicos e identificar
problemas e irregularidades, pero una vez que llegan a las autoridades,
las sugerencias mueren en un cajón. La pandemia solo empeora a medio y
largo plazo las expectativas de una ciudad condenada por su
normalización del crimen, un infierno en la tierra, como decía una de las compañeras de Khaled, sobrecogida por la idea de que escapara de la guerra para terminar en otra clase de conflicto igualmente letal.
Los
colegios cerrados dejan a los niños sin educación ni alternativas a la
calle. «Aquí en el distrito Oeste no tenemos supermercados, así que la
alimentación de la mayoría de las familias que no tienen coche es
terrible, no es sana. Las autoridades han cerrado tres escuelas, tenemos
la mayor tasa de ex convictos residiendo en el barrio y varios centros
de rehabilitación de drogas, más que en cualquier otro distrito»,
explica Marvin Cheatham. «La salud mental, que ya era mala, se está resintiendo enormemente, y eso lleva a más violencia», dice.
La pandemia podría agravar la criminalidad en Estados Unidos«A
corto plazo, no se ha visto un incremento dramático de los crímenes
desde la pandemia pero a largo plazo cabe pensar que aumentará, porque a
menor educación, menos posibilidades de conseguir un empleo
y más de sentirse atraídos por actividades ilegales que les permitan
obtener ingresos», añade Embry, en un argumento en el que coincide Willy
Moore. «El COVID no va a cambiar los problemas inmediatos de la
criminalidad, pero los va a perpetuar a largo plazo».
Los primeros informes apuntan a que la pandemia podría agravar la criminalidad en el resto del país. «Los confinamientos, George Floyd
y todas sus derivaciones con la anarquía, así como el sentimiento de
impunidad que alimentó, y el hecho de que no se rindan cuentas es la
clave del actual repunte de la criminalidad, algo que se está
extendiendo a otras ciudades», alega MacGillis.
«En Filadelfia,
por ejemplo, hubo una disminución espectacular de la violencia en la
última década o dos, solía ser como un Baltimore de mayor tamaño pero en
el último año, los resultados fueron terribles, no tan malos como aquí
pero espectacularmente negativos», añade el periodista. «Hace unos tres
años pensé en escribir un libro llamado Disparo de Advertencia, sobre
cómo Baltimore puede convertirse en la vía que sigue el resto. Pero la
ciudad es diferente al resto en muchos sentidos, como la demografía,
dado que es la segunda ciudad con más población negra de EE. UU. por
detrás de Detroit, y la realidad del racismo, de la desigualdad, de la discriminación es diferente al resto«.
La
sensación de derrota es generalizada. Quien no se involucra en la
violencia –la ingente mayoría– parece haberse rendido. Apenas hay
viandantes en los barrios pobres, y la pandemia ha llevado al cierre de
los pocos negocios que salpican las calles. Los residentes viven virtualmente encerrados por miedo a las bandas y al virus,
e incluso las iglesias –antes, el único reducto de vida comunitaria,
muchas de ellas implicadas en la disminución de la violencia– han
cerrado para minimizar contagios entre los feligreses. No hay
protección, ni servicios sociales, ni sanidad, ni una educación decente
ni nada que se parezca a los servicios que un gobierno da a su
comunidad. El sentimiento de abandono es total.
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| Apenas hay viandantes y la pandemia ha obligado a los pocos comercios a cerrar. MÓNICA G. PRIETO |
¿Y
la sociedad civil? La desesperanza no doblega el espíritu de lucha de
una comunidad harta de crímenes y de condenar a sus hijos a la
violencia, aunque hay episodios que les parten en dos. Ocurrió el pasado
17 de enero, cuando uno de los más valientes y destacados activistas fue abatido en plena calle,
una vez más a plena luz del día, de un disparo inequívoco en la cabeza.
Dante Barksdale, uno de los fundadores de Safe Streets –la organización
de ex reclusos reformados, dedicada a patrullar las calles para
detectar incidentes y mediar pacíficamente con los concernidos para
desactivar tensiones– era un icono para la ciudad desesperada por su
propia redención.
Era el sobrino de Nathan Barksdale, el traficante de opio conocido que inspiraba el personaje de Avon Barksdale en The Wire,
y el propio Dante había cumplido ocho años de condena por tráfico de
crack antes de sufrir una transformación radical e inspiradora. Su vida
en el lado oscuro y su conocimiento del mundo criminal fue su mejor baza
cuando se reconvirtió, en 2008, como agente civil del orden ante la
pasividad del sistema, con la esperanza de limpiar su pasado dejando un legado positivo para su comunidad y al grito de «resolución de conflictos y mediación».
«Aunque
estoy devastado por la pérdida de mi hermano en la lucha por salvar
vidas en Baltimore, no permitiré que quienes le mataron violentamente
apaguen la luz de su trabajo», dijo el alcalde Brandon Scott. «El
trabajo de Dante salvó vidas. Su muerte es un recordatorio aleccionador de lo peligroso que es trabajar en primera línea«, sentenció.
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| Uno de los fundadores de la organización Safe Streets fue abatido en plena calle el 17 de enero. MÓNICA G. PRIETO |
«No
creo que su muerte afecte de forma distinta al resto. La posibilidad de
que se arreste a su asesino es mucho menor aquí que en cualquier otra
ciudad de Estados Unidos porque tenemos menos detectives y menos
posibilidades de que los testigos testifiquen porque no funciona bien el
sistema de protección de testigos», apostilla Embry. «Eso no lo voy a
ver yo», rechista Marvin desde el Distrito Oeste. «Fue un buen hombre, que desafió una vida terrible para ayudar a los demás pero no sabremos nunca quién lo mató»,
remata el anciano antes de desaparecer en su destartalada vivienda de
West Baltimore. «Si alguien lo vio, nunca se atreverá a denunciarlo por
miedo a ser el siguiente».