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martes, 16 de noviembre de 2021

Just say no

"La responsabilidad individual no es una mala idea si uno quiere cortocircuitar la movilidad social"

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Nancy Reagan en un acto de la campaña en la Casa Blanca, en mayo de 1986. Licencia CC0

 La versión más extendida dice que la campaña surgió durante una visita a un centro de educación infantil en Oakland (California) tras la investidura como presidente de su marido en 1981. Una niña se acercó a Nancy Reagan y le preguntó qué podía hacer si alguien le ofrecía droga. «Di que no» (Just Say no), habría respondido. Aceptemos el mito. En 1982, Nancy Reagan lanzó una potente campaña con ese eslogan que completaba el “di no a las drogas” con un “di sí a la vida”. En uno de los anuncios, aparecía junto a Clint Eastwood.

En 1982, Estados Unidos llevaba ya once años de Guerra contra las Drogas. Nixon había lanzado su campaña en 1971, cuando la heroína comenzaba a ganar terreno a las recreativas, LSD y marihuana. El primer director de la Oficina Especial de Acción para Combatir la Adicción a las Drogas, Jeffrey Donfeld, había presentado en los 70 un plan con tres ideas: presionar a los países productores, quitar el glamour que tenía entonces el consumo y ayudar a los adictos a través, por ejemplo, de los tratamientos con metadona.

Es probable que las buenas intenciones se disolvieran frente al poder que las drogas adquirieron dentro de los equilibrios de poder externos o internos. El gran tráfico como forma de financiar estructuras aliadas dentro de la Guerra Fría, como la Contra nicaragüense, y el pequeño tráfico como sistema para degradar comunidades reivindicativas. Quizá, la realidad se abre paso sin necesidad de ninguna mano negra que la empuje. Lo interesante es el cambio de mentalidad que se produce del enfoque de Donfeld al de Reagan: la responsabilidad individual. 

Todo es un mercado

La visión de Reagan es maoísmo mercadista: si se acaba la demanda, se acaba la oferta. Chimpum. “Los vendedores tienen que saber que los queremos fuera de nuestras escuelas, de nuestros vecindarios, de nuestras vidas. Y la única manera de hacerlo es manteniendo al cliente alejado del producto”, decía Nancy Reagan. El tono de los anuncios no dista mucho de los actuales libros de autoayuda: “Las drogas roban los sueños de los niños y los reemplazan por pesadillas” o “depende de nosotros cambiar las actitudes”. Es decir, si tienes un problema es que no te has esforzado lo bastante. 

La campaña realizaba un movimiento que hoy nos parece lógico: transformar un problema social en personal, es decir, que todo depende de tu actitud. Si usted no tiene trabajo, no se ha reinventado; si su hijo tiene problemas en el colegio, no se ha esforzado ni ustedes lo han ayudado. Las situaciones colectivas, como la pobreza, el desempleo o el urbanismo, son irrelevantes. Como sostiene el periodista Michael McGrath, el programa colocaba sobre los hombros de cada individuo el peso de una industria clandestina intratable que manejaba miles de millones de dólares. “Al igual que la educación sexual basada en la abstinencia, el ‘just say no’ difunde el miedo y la ignorancia en lugar de la información, colocando toda la responsabilidad en el individuo y negándole las herramientas que necesita para tomar sus decisiones”. Es decir, sálvese quien pueda. La sociedad ya no es una comunidad, sino la suma de las decisiones individuales cada uno de sus miembros. Es decir, un mercado. 

Los problemas no tienen contexto, sino emoción. El secreto es desear que las cosas sucedan. No importa la situación de los padres, la ratio de alumnado o la situación del barrio. Si uno quiere, puede. Hay decenas de ejemplos inspiradores y sólo necesitas encontrar el tuyo. Da igual que vivas en las casas baratas de Baltimore oeste o en Beverly Hills 90210. Si te drogas, es que has dicho que sí. Si el problema es personal, una buena opción es el castigo. La visión punitivista provocó un aumento exponencial de la población encarcelada o con antecedentes; sobre todo, entre los afroamericanos y los hispanos. La responsabilidad individual no es una mala idea si uno quiere cortocircuitar la movilidad social. 

La gran epidemia de crack comenzó en 1984, dos años después de la campaña de Nancy Reagan. El crack, una pasta de cocaína barata y sencilla de producir, asumía el excedente de fariña que llegaba a Estados Unidos. Era la gran época de los cárteles colombianos. De hecho, su bajo precio hizo que se multiplicasen los emprendedores con capacidad para entrar en el negocio y, por tanto, las guerras entre los mismos. Entre 1984 y 1994, la tasa de homicidios de varones afroamericanos entre 14 y 24 años se duplicó. También aumentaron los arrestos, la población reclusa, la mortalidad fetal o los niños en régimen de acogida. Pero, tras el cambio de modelo, ya no era una crisis de salud pública, sino un fracaso personal. Cuestiones como el aumento de la segregación escolar o la desindustrialización formaban parte de un contexto irrelevante para ese deseo de superación personal.

No ha habido cambios, salvo la profundización en el modelo individualista y punitivista de sálvese quien pueda. Entre 2006 y 2016, las compañías farmacéuticas de Estados Unidos colocaron en el mercado alrededor de 76.000 millones de analgésicos con opioides. La epidemia llegó a tal punto que, en octubre de 2017, el presidente Trump la calificó de emergencia médica. Y ya. Usted sabe que eso es malo. Si lo consume, es porque quiere. Tiene que hacer frente a su responsabilidad. Es interesante que el esquema no sirva para el sector privado, periódicamente rescatado por el sector público.

Distancia, manos, mascarilla

Siguiendo el modelo de Nancy Reagan, las administraciones también han optado por colocar sobre los hombros de cada individuo el peso de una pandemia intratable que ha matado a millones de personas. Es obvio que el control de una enfermedad necesita de ciertas actitudes individuales, pero no todo puede reducirse a eso, salvo que asumas que la sociedad ya no es una comunidad, sino la suma de decisiones personales; es decir, un mercado. La diferencia entre derecha e izquierda no es estética, no son las guerras culturales, sino un modelo social y económico: redistribución o acumulación, comunidad o dispersión. 

Tras el discurso inicial de reforzar los servicios públicos, la mayoría de medidas ha ido por otro lado: la responsabilidad individual. Las campañas de las administraciones e incluso sus discursos se centraban en los comportamientos personales: si te saltas las medidas, lo paga quien más quieres. La administración puede cerrar centros de salud, subir las ratios en los colegios, despedir a personal sanitario, no tomar ninguna medida e incluso firmar un protocolo para no hospitalizar a determinados grupos, pero la responsabilidad de enfermar es de cada persona. 

La clave es asumir esta última parte. El resto viene solo. Si las soluciones para un problema público y colectivo son privadas e individuales, sólo queda aplaudir a Nancy Reagan y a su esposo. Una vez que se asume que el mundo se construye con decisiones individuales, es más fácil acabar con los servicios públicos porque pertenecen a otro mundo. Si la solución para la movilidad son peajes o la solución para un desastre natural son donaciones es que la sociedad ya no existe. Todo es un mercado. Y, en los mercados, no hay política, sino gestión. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2021/11/16/just-say-no/

martes, 2 de noviembre de 2021

Los talibanes emprenden una ofensiva contra el consumo de heroína y cristal

Drug users detained during a Taliban raid walk in line on their way to the detoxification ward of the Avicenna Medical Hospital for Drug Treatment in Kabul. [Felipe Dana/AP Photo]

 Bajo los puentes de Kabul han tardado dos meses en darse cuenta de la llegada del Emirato. Un ejército de toxicómanos sobrevive a orillas del río que atraviesa la capital afgana en condiciones infrahumanas. Tirados entre la basura, acuclillados mientras preparan la dosis, están a la vista de todos, pero nadie quiere verlos. Los talibanes han heredado armas y vehículos del anterior Gobierno, pero también problemas como el de la creciente adicción a la heroína y al cristal (metanfetamina) y tratan de atajarlo con mano dura. Estos problemas crecieron durante su mandato en la sombra en amplias zonas del sur en las que convirtieron el cultivo de amapola -de donde extraen goma de opio que se refina en morfina y heroína- y su tráfico al exterior su principal fuente de ingresos.

El consumo se ha disparado en el país y el último informe de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) constata que «el aumento de la adicción a los narcóticos ha seguido el mismo patrón hiperbólico de producción de opio». Los datos del organismo internacional muestran que en Afganistán hay más de un millón de adictos (de 15 a 64 años), lo que supone un 8% de la población, una tasa que es el doble del promedio mundial. 

Afghans gather under a bridge to consume drugs, mostly heroin and methamphetamines, in capital Kabul. [Felipe Dana/AP Photo]

 Desde su llegada al poder el pasado 15 de agosto, los islamistas han desplegado patrullas especiales que se encargan de detener por la fuerza a los drogadictos para enviarles a centros de desintoxicación como el Hospital Avicenna, una base americana reconvertida en centro médico desde 2016 con capacidad para mil pacientes. El doctor Wahedullah Koshan señaló a la agencia Associated Press (AP) que el tratamiento de choque en este lugar dura 45 días, pero lamentó la carencia de los opiáceos alternativos como la metadona, que se usan normalmente para tratar estas adicciones. Otro de los problemas añadidos, y compartido por todos los centros médicos vinculados al Ministerio de Salud, es que el personal no ha cobrado desde julio. 

Dr. Wahedullah Koshan, left, gestures as he talks to Sitara, centre, after she reunited with her 21-year-old son who was taken to the Avicenna Medical Hospital for Drug Treatment during a Taliban raid in Kabul. Sitara wails when she is reunited with her son, who had been missing for 12 days. 'My entire life is my son,' she weeps. [Felipe Dana/AP Photo]

 Las imágenes captadas por las cámaras de agencias como AP han sacado a la luz el submundo de la drogadicción en Kabul y los métodos inflexibles aplicados por los talibanes para tratar a unos enfermos que parecen auténticos fantasmas.

Que Afganistán es el mayor productor mundial de opio no es ningún secreto (genera el 80% del tráfico mundial), lo que ha supuesto toda una revolución en los últimos años es el auge en la producción de metanfetamina cristalina. Un informe de 2020 del Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías (OEDT) advierte que la metanfetamina podría pronto igualar al comercio de opio ya que la efedra, su componente clave, es una planta que crece de manera silvestre en amplias zonas del país. Según el OEDT, más de trescientos laboratorios ilegales operan en el país.

El trauma de la guerra

«Después de tres décadas marcadas por el trauma de la guerra la disponibilidad ilimitada de narcóticos baratos y el acceso limitado al tratamiento han creado un problema de adicción importante y creciente en Afganistán», apunta Antonio María Costa, director de UNODC, en un reciente informe del organismo. Costa invita a la comunidad internacional a «apoyar los esfuerzos de Afganistán para frenar el cultivo de opio», pero sin olvidarse de los «700.000 adictos afganos sin acceso a tratamiento de desintoxicación».

Las mayores superficies de cultivo de amapola son Helmand y Kandahar, que constituyen también los dos grandes bastiones de los talibanes. Durante los veinte años de misión internacional, Reino Unido y Estados Unidos se desplegaron en estas provincias, pero las políticas de erradicación fueron un fracaso y en casos como el de Helmand se convirtieron en escándalos de corrupción. 

Drug users are taken to their room at the detoxification ward. [Felipe Dana/AP Photo]

 Opio e insurgencia han ido de la mano desde la época de la yihad contra la Unión Soviética. Entonces Moscú acusaba a la CIA de favorecer el narcotráfico para financiar la 'guerra santa'. El único capaz de frenar en seco el cultivo fue el mulá Omar, máximo dirigente talibán, a través de una 'fatwa' emitida en 2000 que declaraba «antiislámico» el cultivo de la adormidera, pero el parón apenas duró una cosecha y posteriormente los talibanes convirtieron las tasas al cultivo y tráfico de opio en su principal fuente de ingresos. Es una incógnita saber qué ocurrirá en este nuevo emirato del siglo XXI, pero parece claro que los talibanes no quieren adictos en sus calles. 

Fuente: https://www.elcorreo.com/internacional/oriente-proximo/talibanes-emprenden-ofensiva-20211024010647-nt.html

domingo, 31 de enero de 2021

Atrapados en ‘The Wire’

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Una calle de Baltimore. MÓNICA G. PRIETO

Baltimore (Estados Unidos) es un icono de la criminalidad con más muertes per cápita que México, Honduras y El Salvador.

BALTIMORE (MARYLAND). En las calles de West Baltimore, desconchadas y desiertas salvo por algunos mendigos, traficantes y clientes del trapicheo, las bandas callejeras se pasean con una impunidad descarnada. Flamantes coches color crema con las ventanas bajas revelan a hombres con la cara tatuada que desafían el rojo de los semáforos, pendientes de sus teléfonos, de camino al siguiente encargo. En una esquina, una joven corre tras un hombre que se escabulle saltando por una valla. «¿Estás intentando colocarle droga a mi primo, hijo de puta? ¡Te vas a enterar! ¡Tú te metes con los míos, y yo me meto con los tuyos!» .

El ambiente en Baltimore es inquietante y desgarrado, pero eso no lo sabía el sirio Khaled Heeba cuando llegó con sus ancianos padres tres años atrás, pensando que dejaba atrás el infierno de la guerra y por fin hallaba la seguridad que le permitiría construir un futuro. Sobrevivió al conflicto en su Damasco natal durante tres largos años antes de huir a un lugar seguro. Cruzó la frontera hasta Egipto, donde trabajó 14 horas al día para mantener a su familia, a la espera de que el programa de reasentamiento de refugiados le asignase un destino.

El día en que le comunicaron que había sido admitido en Estados Unidos, pensó que su mala suerte había acabado: podría reunirse con su familia paterna, que regentaba un local de pizzas en la ciudad de Baltimore. «Venía con toda su ilusión», explica cabizbajo su primo Mansoor, de 19 años, en el interior de Vizzini’s Pizza, en una pausa del horneado. «Aprendió inglés desde cero, trabajaba incansablemente, todo el mundo le apreciaba».

El 7 de febrero, se quedó a cargo de tres últimos repartos antes de acudir a la mezquita, donde le esperaba su familia. «Cuando volvimos no estaba aquí. Sonó el teléfono y era el último cliente, enfadado porque su comida no había llegado». Al equipo de Vizzini’s, habituados al infierno de Baltimore, se les heló el corazón. El padre, el tío y la hermana de Khaled acudieron a buscarlo. Cuando vieron tres coches patrulla en torno al vehículo de reparto supieron que era demasiado tarde.

«Vieron su cuerpo tendido en un charco de sangre. Tres agentes tuvieron que sujetar a mi tío para impedir que corriera hacia él. Aún hoy se siguen atormentando con su destino, con la muerte de Khaled y con el error que cometieron instalándose en Baltimore«, articula el joven. 

A sus 31 años, la irónica muerte de Heeba no desafía las crueles estadísticas de Baltimore, un icono de la criminalidad –con más muertes per cápita que México, Honduras y El Salvador– consagrado por la magistral The Wire. El asesinato del refugiado solo fue uno más de los 335 registrados en la ciudad de 600.000 habitantes el pasado año, y, como el resto, la investigación resulta estéril.

«El inspector nos dijo que le sorprendió un incidente y que bajó del automóvil para auxiliar a alguien. Un hombre encapuchado le disparó al pecho», explica Mansoor. Murió por disparos como otras 296 víctimas de 2020, en medio de la calle y a plena luz del día. Sus familiares no tienen ninguna esperanza en la investigación. «Será cerrada próximamente, como la mayoría. No creemos que nunca se haga justicia», añade el primo de Heeba.

Las bandas se pasean con impunidad por West Baltimore. MÓNICA G. PRIETO

«Baltimore es la ciudad norteamericana más letal no sólo por el número de asesinatos per cápita, también porque cuando alguien es disparado allí, tiene más posibilidades de morir. Una de cada tres víctimas de disparos muere, no a manos de la policía, sino de las bandas. Hay una cultura armada distinta a la del resto de ciudades, mucho más despiadada, porque cuando alguien dispara allí usa un calibre mayor, a menor distancia y más veces», explica Sean Kennedy, investigador asociado del Maryland Public Policy Institute y autor de varios informes sobre criminalidad en la ciudad. 

No siempre fue así. Tras un breve renacimiento de la seguridad en la ciudad entre 2000 y 2009, el crimen violento se disparó, hasta aumentar un 65% desde 2014. En 2019 alcanzó el terrible récord de 348 muertes violentas tras pasar 27 años batiendo marcas, una cifra muy similar a la de 1993, cuando se registró la peor estadística de su historia con 353 asesinatos, pero en aquel entonces contaba con 130.000 residentes más que en la actualidad. Porque la población de la localidad –a la que no queda nada del encanto con el que se conocía a la ciudad en los años 70– se encoge a fuerza de desesperación y violencia. Kennedy calcula que 130.000 residentes –todo aquel que se lo puede permitir– ha buscado un hogar fuera de sus límites desde 1993 esperando encontrar seguridad.

«Nuestra tasa de criminalidad armada se sale de los gráficos»

«En 2016, cuando Chicago tuvo un año asombrosamente sangriento con 762 homicidios, su tasa de homicidios per cápita seguía siendo la mitad de Baltimore. En 2018, las cifras de Chicago cayeron a una cuarta parte de las de Baltimore», incide Kennedy desde la cafetería de Washington donde hablamos. La criminalidad llegó a ser endémica en las urbes estadounidenses, pero fue frenada en todas, excepto en Baltimore.

Hoy en día, se produce una terrible ironía: la llegada de un nuevo jefe del Departamento de Policía en 2019, Michael Harrison, frenó la tendencia, aunque las cifras siguen siendo trágicas. «A nivel nacional, en las principales 50 ciudades del país se ha incrementado el número de homicidios per cápita en números de dos dígitos, salvo en la ciudad de Baltimore, donde ha habido un leve descenso del 3%», explica por teléfono Willy Moore, analista y miembro de la junta de asesores de Safe Streets, una de las organizaciones que lucha contra la criminalidad mediante la mediación pacífica. «Aún así, nuestra tasa de criminalidad armada se sale de los gráficos. Suele imprimirse una lista anual de las ciudades del mundo más violentas, con más homicidios, por cada 100.000 habitantes, y Baltimore está desde hace años entre los 25 primeros puestos. Es algo atroz», señala Moore.

A diferencia del resto, la violencia en Baltimore es más descarnada y cruel. En 2020, 212 de las víctimas recibieron disparos en la cabeza, signo de que habían sido sentenciados; en 2018, la cifra ascendía a 309, según la Unidad de Homicidios del Departamento de Policía. El 38% de los fallecidos y criminales había cometido previamente crímenes armados, pero seguían en las calles porque la confianza en el sistema ahuyenta las denuncias y espanta a los testigos. De las víctimas de 2020, siete tenían menos de 10 años y, sin embargo, el número de arrestos disminuyó en todo el año. ¿Qué está pasando con Baltimore?

Hace años que Baltimore está entre los 25 primeros puestos de la lista anual de las ciudades más violentas del mundo. MÓNICA G. PRIETO

El origen de la criminalidad, como ocurre con la del resto del país, remite a finales de los años 80 y principios de los 90, cuando la heroína y el crack –producto de la escandalosa política de la Administración Reagan Irán-Contra– inundó las calles de Estados Unidos criando una generación de drogodependientes alimentados por bandas callejeras que manejaban tanto dinero como influencias e impunidad, hechos que inspiraron la popular The Wire. Una imagen perpetuada por la realidad, porque Baltimore se ha quedado atrapada en el tiempo.

«Cuanta más droga, más crimen, y el crimen atrae más droga. La esperanza de vida de esos jóvenes afroamericanos es menor que la del resto lo cual les lleva a maximizar su placer lo más rápido posible», explica en su despacho de Baltimore Robert Embry, presidente de la Fundación Abell y con una larga trayectoria en cargos políticos locales. «A eso se añade el enorme desempleo, y crecer en comunidades pobres con muy pocos padres presentes. El índice de familias monoparentales en la comunidad afroamericana de Baltimore es del 82%, y sus madres tienen que trabajar, lo que se traduce en que los niños se crían en el barrio», añade.

«Cada año he perdido, de media, a entre 10 y 15 conocidos y vecinos por muertes violentas»

La práctica totalidad de Baltimore, con la excepción de una estrecha franja de terreno donde habitan los blancos, donde tiene su oficina Abell, tiene apariencia de gueto. Hay barrios mejores y peores, como el Distrito Oeste, al noroeste de la ciudad. Apodado el Salvaje Oeste por sus ciudadanos, las calles abandonadas y destartaladas, revelan su condición marginal mediante las planchas de madera llenas de grafitis que ciegan puertas y ventanas, los traficantes que vocean su mercancía a gritos en las esquinas y atienden a sus clientes encorvándose en las ventanas de los coches que se aproximan, dejando entrever fajos de dólares envueltos por gomas elásticas, y la ausencia de mujeres, niños o ancianos en las aceras. Los pocos que llegan lo hacen en coche y apenas recorren unos metros antes de meterse en sus casas. 

Marvin Cheatham vive en el corazón del barrio, cerca de la avenida West North Avenue, donde a cada pocos metros un ramo de flores o unas guirnaldas recuerdan a la víctima de un homicidio. En una de las casas tapiadas, un cartel destrozado reza: «Dejemos de matarnos entre nosotros». «Cada año he perdido, de media, a entre 10 y 15 conocidos y vecinos por muertes violentas. En los últimos años solíamos tener ocho homicidios por año en el barrio, pero hace tres años la cifra se disparó a 18 y desde entonces tenemos 50 asesinatos al año«, estima Marvin, apodado Doc, presidente de la Matthew A. Henson Neighborhood Association y responsable comunitario. «De los nueve distritos de Baltimore, hay tres especialmente malos y en los últimos 10 años el Distrito Oeste se ha consagrado como el peor. Al menos hemos detectado 50 establecimientos que venden alcohol en nuestro distrito, y medio centenar de puntos de distribución de drogas», continúa.

«En general, Baltimore ha sido muy violenta a través de los años, pero las cosas se pusieron un poco mejor en los 2000, aunque imagino que para los estándares europeos suena a locura. La muerte de Freddy Gray volvió a disparar la violencia. Podemos discutir por qué ocurrió, pero no cuándo ocurrió. En cualquier otro lugar del mundo han mejorado las estadísticas de violencia en relación a décadas anteriores, incluso en Chicago, mientras en Baltimore seguimos con cifras propias de El Salvador», explica Alec MacGillis, reportero de ProPublico, en una de las escasas cafeterías de Baltimore abiertas durante la pandemia. 

MacGillis se refiere a Gray, el particular George Floyd de Baltimore, un joven de 25 años arrestado en West Baltimore por posesión de arma blanca (una navaja) totalmente legal en 2015. A Freddy le metieron en una camioneta de la Policía de Baltimore: pese a que la comisaría estaba a cuatro calles de distancia, el traslado se demoró 45 minutos tras los cuales el joven estaba inconsciente, no respiraba y su espina dorsal estaba dañada de forma irreversible a causa de una conducción agresiva empleada por los agentes.

Tras siete días en coma, falleció. Un video ciudadano mostraba a Grey en el momento de su detención gritando de dolor ante la indiferencia de los agentes, a quienes pedía a gritos su inhalador para el asma. Como escribía MacGillis en The Atlantic: «Las protestas estallaron con disturbios y saqueos. Poco después, el fiscal jefe anunció cargos penales contra los oficiales involucrados en el arresto. Sus colegas respondieron descuidando su trabajo, haciendo solo lo mínimo en las siguientes semanas. Con ese vacío de poder, las bandas tomaron nuevas esquinas para vender drogas y ajustaron viejas cuentas. Los homicidios aumentaron a niveles récord y el cierre de casos se desplomó. «La policía dejó de hacer su trabajo y dejó que la gente jodiera a otras personas», dijo Carl Stokes, ex concejal demócrata de la ciudad de Baltimore, el año pasado. ‘Punto. Fin de la historia'». 

Las calles están desiertas en West Baltimore. MÓNICA G. PRIETO

Impunidad, estigma y desconfianza en el sistema

Eso explica que menos del 35% de los asesinatos derive en arrestos en Baltimore. La impunidad es espeluznante. En su libro Guettoside –traducido en España como Muerte en el Gueto y publicado por la editorial Capitán Swing–, Jill Leovy lo explica así: «Allí donde el sistema de justicia penal no reacciona con firmeza ante los heridos y los muertos por violencia, el homicidio se hace endémico. Los afroamericanos han padecido precisamente esa falta de una justicia penal eficaz, que es la principal causa de la duradera peste de homicidios de negros en el país. Específicamente, […] no se han beneficiado de lo que Max Weber llamó el monopolio estatal de la violencia, el derecho exclusivo del Gobierno a usar la fuerza con legitimidad. Tal monopolio proporciona a los ciudadanos autonomía legal, el conocimiento liberado de que el gobierno perseguirá a todo el que viole su seguridad personal. Pero la esclavitud, el sistema Jim Crow [que legalizó la segregación racial] y las condiciones de la población negra en casi todos el territorio de EEUU durante varias generaciones han impedido la formación del monopolio. Y teniendo en cuenta que la violencia personal estalla irremisiblemente donde falta el monopolio estatal, el resultado son las muertes de miles de estadounidenses al año». 

En el fondo subyacen problemas endémicos como la crisis económica permanente y persistente, la desesperanza y el factor racial: el 62% es comunidad negra, lo cual implica peores sueldos, peor educación, peores oportunidades, mayor estigma y muchísima más indiferencia ante sus crímenes, algo extensible al resto del país. «En Washington, el año pasado hubo 200 muertes violentas: solo tres víctimas fueron blancas«, pone de relieve MacGillis. «Aquí ocurre lo mismo, la muerte de un blanco atrae escándalo y titulares, mientras que la de un afroamericano pasa inadvertida. Prácticamente todas las víctimas son afroamericanas. La criminalidad en Estados Unidos se cobra vidas negras de forma desproporcionada», añade, incidiendo en que solo un 13% de la población norteamericana es afroamericana, pese a ser víctimas de todo tipo de desamparo.

«El factor racial es uno de ellos, aunque hay otros y la situación es mucho más compleja. En Baltimore, el 25% de sus habitantes vive oficialmente por debajo del límite de la pobreza, y según los expertos la cifra real es más cercana al 30% o el 40%, pero muy pocos matan a nadie o trafican con drogas, y la mayoría de la violencia está relacionada con las drogas. Quizás traten de hacerse ricos más rápido, porque en las bandas no tienen que ir al colegio o trabajar para hacerse ricos. Quien se gradúa tampoco vende drogas, pero no es un problema de acceso a la educación porque sí existe, aunque la calidad puede llegar a ser terrible y buena parte de la población no sabe leer o escribir, ni hacer simples cálculos matemáticos, a pesar de que son nativos en inglés», explica Kennedy. 

«El problema está más relacionado con la confianza. Alguien dispara a alguien a plena luz del día y quienes le ven hacerlo no creen que la policía le vaya a atrapar o consideran que, si lo hacen, le soltarán muy pronto. No confían en que el fiscal le meta en prisión, ni que el alcalde devuelva la seguridad a las calles y cree trabajos. No creen en el sistema«. Esa pescadilla se completa con otros factores: policías desmotivados y sin recursos –hay 500 agentes menos que hace una década y los arrestos han caído un 48% en los últimos cinco años– que no confían en los testigos; fiscales que no se atreven a cuestionar la dudosa honradez de los agentes –la corrupción policial está extendida en Baltimore– ni protegen a los testigos y eso crea lo que Kennedy define como «un círculo vicioso».

«Lo contrario es un círculo virtuoso, cuando tienes fe en el sistema y confías en las instituciones. Quieres ser un buen ciudadano y denuncias los malos comportamientos a la policía confiando en que te protejan apartando de las calles a quien los comete y, a cambio, cumples el deber de testificar en un juicio contra el asesino, a cara descubierta porque lo exige la legislación, porque confío en que el sistema me proteja y meta al criminal en prisión. Y eso, además, implicaría que el menor que presenció el asesinato piense: ‘yo no quiero acabar en prisión, ni quiero morir vendiendo drogas’. Pues bien, eso no ocurre en Baltimore. Allí no hay consecuencias y cuando la gente hace lo correcto, no es recompensada por ello«, añade Kennedy.

«Existe cierta frustración, la sensación de que Baltimore no tiene solución»

En definitiva, es la impunidad que pesa en el ambiente como una fuga de gas tóxico que lo envuelve todo. Los barrios están impregnados de violencia. Los destrozos, las cintas amarillas de la policía, las puertas y ventanas tapiadas, ocasionales manchas de sangre en las aceras, coches vandalizados y restos de lunas y carrocería omnipresentes y, sobre todo, los grupos de adolescentes que trapichean a plena luz del día. Un domingo a las 11:00 hora local, frente al Mercado de Lexington –el más emblemático de la localidad–, un coche con dos ocupantes baja la velocidad al paso de uno de estos jóvenes, que no sobrepasa los 20 años. «Hey, yo… ¿Tienes un poco?», le pregunta el copiloto mientras saca por la ventanilla un billete de 20 dólares, que el chaval intercambia por una pequeña bolsa de droga. Al otro lado de la acera, una patrulla de la policía observa el tráfico de armas sin intervenir: da la impresión de que pretenden disuadir los tiroteos, no impedir que la droga envenene las calles de Baltimore. Las escenas son escalofriantemente corrientes, como lo son las sirenas de las ambulancias que ponen su particular banda sonora a la ciudad. 

Las puertas y ventanas están tapiadas. MÓNICA G. PRIETO

«Baltimore no está del todo desesperada, está falta de esperanza. Hay un sentimiento de futilidad, de nihilismo, y no me refiero a los ciudadanos sino a los políticos. Existe cierta frustración, la sensación de que Baltimore no tiene solución. Cuando aparecieron los primeros casos de Covid en EE. UU., surgió un chiste muy representativo: «14:00 horas. El coronavirus hace su aparición en Baltimore. 14:01. Abatido a tiros el coronavirus en Baltimore». Hay un meme que reaparece cada año, antes de Navidad, que muestra a Santa Claus poniéndose el chaleco antibalas para entrar en Baltimore.

«La verdadera tragedia de Baltimore es que la gente atrapada, las madres, abuelas, los padres y los tíos de quienes matan están atrapados, no sólo por las armas y las drogas sino también por la situación económica. No tienen escapatoria», aduce Kennedy. 

En el desangelado Distrito Oeste, el septuagenario Marvin Cheathman coincide en que la desesperanza es clave a la hora de comprender las exorbitantes tasas de criminalidad. «El sistema ha colapsado. Hace 20 años, estas casas estaban llenas de vida, había trabajo, teníamos industrias y siderurgia y los niños estaban escolarizados. Había violencia pero nunca fue así. Creo que en general a nadie le importa la situación, ni siquiera a nosotros mismos, hemos aceptado que no podemos cambiarla. No hay bastante gente que se preocupe por el resto, ni políticos que lo hagan, no hay bastante fe para cambiar las cosas. En esta comunidad hay ocho parroquias y no hacen lo suficiente, como tampoco lo hacen las asociaciones comunitarias. Tenemos demasiado por hacer y demasiada poca voluntad». 

Su asociación se dedica a promover los servicios públicos e identificar problemas e irregularidades, pero una vez que llegan a las autoridades, las sugerencias mueren en un cajón. La pandemia solo empeora a medio y largo plazo las expectativas de una ciudad condenada por su normalización del crimen, un infierno en la tierra, como decía una de las compañeras de Khaled, sobrecogida por la idea de que escapara de la guerra para terminar en otra clase de conflicto igualmente letal.

Los colegios cerrados dejan a los niños sin educación ni alternativas a la calle. «Aquí en el distrito Oeste no tenemos supermercados, así que la alimentación de la mayoría de las familias que no tienen coche es terrible, no es sana. Las autoridades han cerrado tres escuelas, tenemos la mayor tasa de ex convictos residiendo en el barrio y varios centros de rehabilitación de drogas, más que en cualquier otro distrito», explica Marvin Cheatham. «La salud mental, que ya era mala, se está resintiendo enormemente, y eso lleva a más violencia», dice.

La pandemia podría agravar la criminalidad en Estados Unidos

«A corto plazo, no se ha visto un incremento dramático de los crímenes desde la pandemia pero a largo plazo cabe pensar que aumentará, porque a menor educación, menos posibilidades de conseguir un empleo y más de sentirse atraídos por actividades ilegales que les permitan obtener ingresos», añade Embry, en un argumento en el que coincide Willy Moore. «El COVID no va a cambiar los problemas inmediatos de la criminalidad, pero los va a perpetuar a largo plazo».

Los primeros informes apuntan a que la pandemia podría agravar la criminalidad en el resto del país. «Los confinamientos, George Floyd y todas sus derivaciones con la anarquía, así como el sentimiento de impunidad que alimentó, y el hecho de que no se rindan cuentas es la clave del actual repunte de la criminalidad, algo que se está extendiendo a otras ciudades», alega MacGillis.

«En Filadelfia, por ejemplo, hubo una disminución espectacular de la violencia en la última década o dos, solía ser como un Baltimore de mayor tamaño pero en el último año, los resultados fueron terribles, no tan malos como aquí pero espectacularmente negativos», añade el periodista. «Hace unos tres años pensé en escribir un libro llamado Disparo de Advertencia, sobre cómo Baltimore puede convertirse en la vía que sigue el resto. Pero la ciudad es diferente al resto en muchos sentidos, como la demografía, dado que es la segunda ciudad con más población negra de EE. UU. por detrás de Detroit, y la realidad del racismo, de la desigualdad, de la discriminación es diferente al resto«.

La sensación de derrota es generalizada. Quien no se involucra en la violencia –la ingente mayoría– parece haberse rendido. Apenas hay viandantes en los barrios pobres, y la pandemia ha llevado al cierre de los pocos negocios que salpican las calles. Los residentes viven virtualmente encerrados por miedo a las bandas y al virus, e incluso las iglesias –antes, el único reducto de vida comunitaria, muchas de ellas implicadas en la disminución de la violencia– han cerrado para minimizar contagios entre los feligreses. No hay protección, ni servicios sociales, ni sanidad, ni una educación decente ni nada que se parezca a los servicios que un gobierno da a su comunidad. El sentimiento de abandono es total.

Apenas hay viandantes y la pandemia ha obligado a los pocos comercios a cerrar. MÓNICA G. PRIETO

¿Y la sociedad civil? La desesperanza no doblega el espíritu de lucha de una comunidad harta de crímenes y de condenar a sus hijos a la violencia, aunque hay episodios que les parten en dos. Ocurrió el pasado 17 de enero, cuando uno de los más valientes y destacados activistas fue abatido en plena calle, una vez más a plena luz del día, de un disparo inequívoco en la cabeza. Dante Barksdale, uno de los fundadores de Safe Streets –la organización de ex reclusos reformados, dedicada a patrullar las calles para detectar incidentes y mediar pacíficamente con los concernidos para desactivar tensiones– era un icono para la ciudad desesperada por su propia redención.

Era el sobrino de Nathan Barksdale, el traficante de opio conocido que inspiraba el personaje de Avon Barksdale en The Wire, y el propio Dante había cumplido ocho años de condena por tráfico de crack antes de sufrir una transformación radical e inspiradora. Su vida en el lado oscuro y su conocimiento del mundo criminal fue su mejor baza cuando se reconvirtió, en 2008, como agente civil del orden ante la pasividad del sistema, con la esperanza de limpiar su pasado dejando un legado positivo para su comunidad y al grito de «resolución de conflictos y mediación».

«Aunque estoy devastado por la pérdida de mi hermano en la lucha por salvar vidas en Baltimore, no permitiré que quienes le mataron violentamente apaguen la luz de su trabajo», dijo el alcalde Brandon Scott. «El trabajo de Dante salvó vidas. Su muerte es un recordatorio aleccionador de lo peligroso que es trabajar en primera línea«, sentenció.

Uno de los fundadores de la organización Safe Streets fue abatido en plena calle el 17 de enero. MÓNICA G. PRIETO

«No creo que su muerte afecte de forma distinta al resto. La posibilidad de que se arreste a su asesino es mucho menor aquí que en cualquier otra ciudad de Estados Unidos porque tenemos menos detectives y menos posibilidades de que los testigos testifiquen porque no funciona bien el sistema de protección de testigos», apostilla Embry. «Eso no lo voy a ver yo», rechista Marvin desde el Distrito Oeste. «Fue un buen hombre, que desafió una vida terrible para ayudar a los demás pero no sabremos nunca quién lo mató», remata el anciano antes de desaparecer en su destartalada vivienda de West Baltimore. «Si alguien lo vio, nunca se atreverá a denunciarlo por miedo a ser el siguiente».

 Fuente: https://www.lamarea.com/2021/01/29/atrapados-en-the-wire/

jueves, 5 de noviembre de 2020

La otra urna: cinco estados legalizan la marihuana y uno despenaliza la posesión de todas las drogas

EEUU legaliza la marihuana
Arte El Salto

  Cinco estados aprovechan las elecciones presidenciales estadounidenses para refrendar el uso del cannabis. Oregon además legaliza el componente psicoactivo de las setas alucinógenas y despenaliza la posesión de todas las drogas.

En las urnas estadounidenses no solo se elige el próximo presidente, en cinco estados también se han votado varias propuestas para regularizar el cannabis de forma recreacional o medicinal. A los once estados en los que ya es legal su uso recreativo, se les suma Arizona, Nueva Jersey, Mississippi, Montana y Dakota del Sur. En total, tras estas votaciones, más de 111 millones de estadounidenses viven en estados donde los adultos podrán acceder o cultivar marihuana para uso recreacional, un 33,8% de la población total de los Estados Unidos. Según los cálculos realizados por varios medios especializados, estos cinco nuevos estados podrían abrir un nuevo mercado de marihuana, tanto terapéutica como recreacional, que asciende a 2.500 millones de dólares en 2024.

Montana podrá empezar 2021 encendiendo un porro. El estado también aprueba el uso recreativo del cannabis mediante la Iniciativa 190 con más del 60% de los votos, que permitirá el uso recreacional del cannabis para los mayores de 21 años. Los que superen dicha edad podrán poseer legalmente hasta una onza (28 gramos) y hasta ocho de concentrados de cannabis, como los aceites. El autocultivo casero permitirá cultivar hasta cuatro plantas maduras y cuatro esquejes por persona, con un límite máximo de ocho plantas por hogar. La venta todavía tendrá que esperar un año. El sistema para vender marihuana de uso recreativo se desarrollará durante 2021 para entrar en vigor en enero del siguiente año. Pero la iniciativa ya aprueba un impuesto fijo del 20% para la venta de todos sus productos.

En Dakota del Sur, la votación verde constaba de dos papeletas: aprobar el uso recreacional y el medicinal. La Enmienda Constitucional A, la recreativa, ha sido aprobada con un 52% de los votos, mientras que la Iniciativa 26, la medicinal, fue aprobada con un amplio margen del 69% de los votos. Además, la enmienda A obliga al estado a generar un programa de legalización del cáñamo. La legalización será efectiva en julio de 2021. La posesión permitida para los usuarios de marihuana recreativa será la misma que en Montana, pero la nueva ley permitirá que los usuarios de cannabis medicinal puedan plantar un número ilimitado de plantas en sus hogares, aunque con la salvedad de que las plantas tendrán que estar en un sitio que no sea visible para el resto de la población. Sin duda un gran avance para uno de los estados que tenía leyes muy estrictas y punitivas en el uso de la planta. Las ventas de cannabis recreacional tendrán un impuesto del 15%, mientras que el cannabis medicinal, que necesitará de un carnet médico específico, estará libre de impuestos en una política fiscal para favorecer a las personas enfermas que usan la marihuana y sus componentes como paliativo

En Nueva Jersey, el estado más poblado de los cinco, con el 60% de las papeletas contadas, los votos a favor llegan a casi el 70%, por lo que el estado legalizará el uso de cannabis recreacional para adultos. Esta victoria puede modificar mucho el tablero de los estados que apuestan por una regulación, ya que es el primero que da el paso en el noroeste del país, lo que podría acelerar los debates que se están dando en algunos estados vecinos como Nueva York y Pensilvania. Según cálculos realizados por el medio especializado en la industria del cannabis Marijuana Business Daily, el estado de Nueva Jersey podría desarrollar un mercado de entre 850 y 950 millones de dólares en 2024. El senador Nicholas Scutari, unos de los promotores de la propuesta, ha declarado que pretenden acelerar el proceso y anuncia que esta próxima semana se anunciarán las medidas, ya que la propuesta se basa en debates previos que ya se han desarrollado en el senado. Los dispensadores con licencia para vender cannabis medicinal, doce hasta el momento, podrán vender cannabis recreacional muy pronto, pero la ley también promoverá que se puedan crear otros pequeños negocios que se aprovechen de esta legalización y que seguramente estarán en marcha para la segundo semestre de 2021.

No solo “estados azules”

No es una cuestión solo de estados normalmente dominados por los Demócratas, los “estados azules”. Arizona, estado en el que el Partido Republicano suele obtener la mayoría de los votos, la Proposición 207 para la legalización del cannabis gana por un margen del 60% con más del 80% del escrutinio. El cambio de rumbo de este estado es sin duda uno de los más significativos, ya que la legislación por posesión o cultivo era una de las más severas del país, llegando a las penas de cárcel por la simple posesión de pequeñas cantidades. De hecho, la Proposición 207 también contiene varias disposiciones de justicia restaurativa, como la de permitir que las personas con condenas anteriores por marihuana soliciten a los tribunales la eliminación de los antecedentes penales. La venta de cannabis será gravada con un impuesto del 16 por ciento, que se añadirá al IVA normal del estado del 5,6%. Por lo que se tendrá una recaudación efectiva del 21,6%. Los ingresos fiscales cubrirán los costos de implementación y luego se dividirán entre fondos para colegios comunitarios, infraestructura, una reinversión en justicia y servicios públicos como la policía y los bomberos.

Los mayores de 21 años podrán poseer una onza de cogollos y hasta cinco gramos de productos concentrados. La posesión de entre una y 2,5 onzas será tratada como una infracción menor, sin ser acusados de tráfico de estupefacientes tal y como ocurre en la actualidad. Los menores de edad a los que se les incaute con menos de una onza recibirán una multa máxima de cien dólares y tendrán que asistir a terapias de asesoramiento sobre el consumo de drogas de cuatro horas.

En el estado de Mississippi, también un “estado rojo”, se ha llamado Iniciativa 65 y se ha centrado en el cannabis de uso medicinal. Ha sido aprobada también con un amplio margen del 74% de los votos escrutados hasta el momento, pese a la fuerte campaña que ha hecho el Partido Republicano en este estado contra la legalización de la planta. Esta normativa se deja fuera el uso recreativo, por lo que solo podrán disponer y llevar consigo marihuana aquellas personas que tengan un carnet de paciente expedido por las autoridades públicas del estado, a la que podrán acceder desde julio de 2021. Las autoridades también tendrán que otorgar licencias a los productores, que hasta el momento era ilegal, y además formalizar y regular los dispensarios y centros de tratamiento, por lo que no se prevé que se pueda vender regularmente hasta finales del año que viene. La Iniciativa 65 también incluye el listado de 22 enfermedades o condiciones médicas para las que se podrá usar el cannabis con uso medicinal, entre las que se encuentran el cáncer, la epilepsia, la distrofia muscular, Parkinson o glaucoma entre otras.

Setas y otras drogas también legales

El estado de Oregon ha hecho historia siendo el primero que aprueba el uso la psilocibina, el principal ingrediente que se encuentra en varios tipos de hongos psicoactivos. La Medida 109, también votada al mismo tiempo que estas elecciones presidenciales, ha sido aprobada con un 56% de los votos. La medida requiere de un proceso de dos años para que las autoridades sanitarias del estado desarollen la legislación específica, por lo que no se prevé que la legalización sea hasta inicios de 2023 o incluso 2024. Según lo que se sabe de la futura regularización, la psilocibina se podrá consumir bajo la supervisión y presencia de “facilitadores” con licencia para ello, lo que recuerda mucho a las tomas de esta droga y otras naturales bajo la supervisión de la figura del chamán que se pueden hacer en muchos países latinoamericanos, donde el consumo de este tipo de drogas naturales y ancestrales es parte de su cultura. La venta de este tipo de sustancias también será gravada con un 15% sobre el precio.

Pero además, el estado hace historia en el mundo al despenalizar la posesión de cualquier tipo de drogas mediante el voto este martes en las urnas de la Medida 110, incluida la cocaína o la heroína. Lo que no significa que lo haya legalizado todo, sino que eliminará las sanciones penales por la posesión de drogas ilegales. Las personas que sean interceptadas con pequeñas cantidades de dichas drogas podrán pagar una multa de cien dólares o asistir a una evaluación de salud en un centro de recuperación de adicciones. La venta de todo este tipo de drogas seguirá siendo ilegal.

Todos los ingresos recaudados mediante la venta, sumado a los ahorros que tendrán las administraciones penales por la reducción de las penas de cárcel y de manutención de presos, se destinará a la creación de un programa público específico y amplio de tratamiento y recuperación de la adicción a las drogas.

 Fuente: https://www.elsaltodiario.com/legalizacion-cannabis/urna-elecciones-eeuu-cinco-estados-legalizan-marihuana-despenaliza-posesion-drogas

lunes, 15 de junio de 2020

Anfetaminas y kamikazes

Kiyoshi Ogawa - Simple English Wikipedia, the free encyclopediaLas anfetaminas son unos potentes estimulantes del sistema nervioso central. Actúan como agonistas indirectos de los receptores presinápticos para noradrenalina. La anfetamina se une a estos receptores y los activa, induciendo la liberación de los neurotransmisores alojados en las vesículas presinápticas. De esta manera, las anfetaminas incrementan las concentraciones de los respectivos neurotransmisores en el espacio sináptico, promoviendo la transmisión del impulso nervioso en las redes neuronales dopaminérgicas y noradrenérgicas, aumentando selectivamente la actividad neuronal. El resultado es, a dosis terapéuticas, euforia, excitación sexual —por eso se usan también como afrodisíaco—, incremento de la sensación de alerta y un mayor control cognitivo. También tienen otros efectos como disminuir los tiempos de respuesta, aumentar la resistencia a la fatiga e incrementar la fuerza muscular. A dosis mayores, que son las habituales cuando se usan como drogas recreativas, pueden producir lesiones musculares y alteraciones de las funciones cognitivas, episodios psicóticos (delirios y paranoia), insomnio y adicción.

Las anfetaminas fueron sintetizadas por primera vez en 1887 por el químico rumano Lazăr Edeleanu que trabajaba en la Universidad de Berlín y que las denominó fenilisopropilaminas. Posteriormente, las cambió el nombre a alfa-metilfeniletilamina, un término químico que se simplificó a anfetamina. Seis años más tarde, el químico japonés Nagai Nagayoshi sintetizó un derivado, la metanfetamina y tres décadas después, otro japonés, el farmacólogo Akira Ogata sintetizó el hidrocloruro de metanfetamina, la sal cristalina o “crystal meth” que fabrican los protagonistas de Breaking Bad.

Benzedrine_inhaler_for_wiki_articleLas anfetaminas no se comercializaron hasta 1932, cuando suscitaron el interés del gigante farmacéutico Smith, Kline and French (SK&F) que las vendió bajo el nombre comercial de Bencedrina siendo recomendadas para el tratamiento de la congestión nasal causada por las alergias y los constipados y como dilatador bronquial para el asma. En menos de tres años se recetaban para 39 problemas médicos diferentes, del hipo a la esquizofrenia. Más tarde, una vez comprobados sus efectos excitadores se empezaron a recomendar para el tratamiento de la narcolepsia y para otros problemas clínicos para los que no resultaba realmente útiles como la adicción a sustancias opioides. Con el tiempo se han usado para el abordaje terapéutico de la obesidad y la depresión refractaria pero ya a los pocos años de su salida al mercado se convirtieron también en sustancias de abuso y en 1939 las anfetaminas se incluyeron en un listado de sustancias tóxicas y potencialmente dañinas realizado en el Reino Unido.

hiropon1Ese mismo año, en 1939, y a pesar de esa clasificación como tóxicos se inició otro campo de acción para las anfetaminas: los conflictos bélicos. En septiembre de ese año, Otto Ranke, director del Instituto de Fisiología General y de la Defensa de la Academia de Medicina Militar de Berlín, probó la metanfetamina en 90 estudiantes universitarios comprobando que aumentaba la confianza en sí mismos, la concentración y la disposición a asumir riesgos, al mismo tiempo que aumentaba su umbral para el dolor, el hambre y la sed y conseguían aguantar muchas horas, incluso tres o cuatro días seguidos, sin dormir. Ranke pensó que había encontrado -otro de esos temas recurrentes en la historia de la Humanidad- la fórmula para conseguir supersoldados. Con el inicio de la II Guerra Mundial, millones de pastillas de anfetaminas fueron repartidas entre la tropa de ambos bandos para luchar contra la fatiga, subir la moral, mantener el estado de alerta, aguantar con pocas horas de sueño y aumentar la agresividad. El Pervitin, una metanfetamina fabricada por la compañía farmacéutica berlinesa Temmler se distribuyó entre las tropas alemanas que las denominaron Panzerschokolade (el chocolate de los Panzer), Stuka-Tabletten (las tabletas de los Stuka, un avión de caza) y las Hermann-Göring-Pillen, las píldoras de Hermann Göring, el comandante supremo de la Luftwaffe, la fuerza aérea. Las anfetaminas también era usadas por las autoridades civiles y se ha dicho que el historial médico de Hitler recoge que recibía ocho inyecciones diarias de metanfetamina una droga que genera paranoia y un comportamiento impredecible cuando se administra en esas dosis altas.

En el otro frente principal, el del Pacífico, ambos bandos, americanos y japoneses, repartieron también anfetaminas. En particular, se dice que los pilotos kamikazes, tomaban Philopon (pronunciado Hiropon), el hidrocloruro de metanfetamina, antes de realizar su último vuelo. Antes de montar en aviones obsoletos imposibles de reparar y cargados de media tonelada de explosivos aquellos adolescentes participaban en una ceremonia cuasireligiosa con vasos de sake, ramos de flores, senninbari -cintas bordadas por mil mujeres, donde cada una había dado una puntada- y, en algunos casos, una dosis alta de Hiropon inyectable. Unos 3.860 pilotos kamikazes murieron por el emperador y en torno a un quinto de ellos consiguieron estrellarse contra un barco americano.

El origen del mito kamikaze se sitúa en la época de las grandes invasiones mongolas que llegaron hasta Centroeuropa y que prepararon dos flotas, en 1274 y en 1281 para la conquista de Japón. Los barcos de Kublai Khan, contra los que Japón no disponía de una defensa eficaz, fueron destruidos por un tifón, al que se denominó Viento Divino, mal leído por unos traductores estadounidenses como Kami Kaze. Para los habitantes del archipiélago nipón fue una demostración de que Japón era el país elegido por los dioses y que ellos se encargarían de que su suelo sagrado nunca fuese invadido.

525px-USS_Bunker_Hill_hit_by_two_KamikazesCuando el desarrollo de la guerra del Pacífico se empezó a torcer y la marina estadounidense empezó a machacar a los barcos japoneses y a conquistar isla tras isla, se volvió a pensar en Kami Kaze. En los primeros combates aeronavales hubo pilotos, en ambos bandos, que con el avión gravemente dañado chocaban deliberadamente contra un barco enemigo. Estos suicidios eran decisiones individuales tomadas sin pensarlo mucho por hombres que estaban mentalmente preparados para morir, pero el mando japonés decidió convertirlo en una estrategia militar, diseñando vehículos cargados de explosivos pilotados por soldados, las llamadas unidades de ataque especial o tokkotai. Los ataques suicidas se dieron entre los soldados de infantería, las llamadas cargas Banzai; en el mar, con lanchas Shin’yo, los torpedos tripulados Kaiten (Retorno hacia el cielo) y los Fukuryu (Dragón agarradizo) o buzos suicidas y por supuesto, en la aviación, tanto aviones Zero como cohetes Ohka (flor de cerezo). A estos cohetes kamikazes los americanos les pusieron un nombre en clave –Baka- que significaba subnormal (moron) o gilipollas (asshole). Esa era la opinión de alguien que se metía en una bomba y se lanzaba contra un portaaviones. Como cualquier nueva arma, fue eficaz al principio: los ataques hundieron varios buques de guerra y los marinos estadounidenses estaban aterrorizados pero nuevas defensas se pusieron en marcha. Las escoltas de destructores de los portaaviones se adelantaron, se intensificaron las patrullas aéreas preventivas, los radares permitían localizar los aviones enemigos a 100 km de distancia, los nuevos aviones Helicat derribaban muchos de camino y al llegar a la cercanía de los buques, los kamikazes y sus cacharros voladores eran recibidos por una lluvia de disparos de cañones de alta repetición de las baterías navales. Aun así, los kamikazes hundieron 34 barcos, dañaron otros 368, mataron a 4.900 marinos e hirieron a otros tantos. Dicho todo ello, los ataques kamikaze no cambiaron el curso de la guerra que terminó como todos sabemos.
Yasukuni_Jinja_7_032-recSe ha dicho que los kamikazes estaban drogados, bebidos o atados a sus asientos. No es así. Algunos tomaban Hiropon para mejorar su estado de alerta pero otros decían que conseguían los mismos efectos tomando fruta o algunas verduras y otros no tomaban nada. La mayoría eran adolescentes asustados y desconcertados, atiborrados de propaganda que si dudaban eran ayudados a subir al avión por unos compañeros. Si el piloto tokkotai no encontraba ningún barco enemigo se le permitía salvar el avión y la vida regresando a la base pero a la novena vez que ello se producía, era ejecutado. Con respecto al alcohol, en realidad era tan solo una copa de sake con la que se brindaba con los pilotos por su pronta conversión en Eirei, espíritus guardianes del país. De todas formas, las anfetaminas, que antes de la guerra solo se utilizaban para el tratamiento psiquiátrico, se distribuyeron ampliamente los soldados y eso generó auténticos problemas en la posguerra donde almacenes repletos de Hiropon se sacaron al mercado libre y fueron recomendadas para los veteranos del conflicto bélico, los trabajadores exhaustos y los jóvenes con dificultades para adaptarse al formidable cambio social del nuevo Japón. Entre 1945 y 1960 se publicaron miles de artículos en los periódicos nipones recogiendo delitos atroces cometidos por adictos a las metanfetaminas.

Pilotos Kamikazes Japoneses - La Segunda Guerra
Los pilotos kamikaze tenían un entrenamiento escaso pero extenuante y estaban sometidos a continuos castigos físicos. Tampoco es cierto que todos fueran voluntarios. Al principio hubo más del doble de voluntarios que de aviones y algunas misiones volaban con tripulantes extra para animar al piloto durante el vuelo y compartir su destino.

Posteriormente, el Alto Mando tuvo que solicitar a algunas unidades que enviasen pilotos para las misiones tokkotai. Los comandantes de algunos escuadrones rechazaron cumplir esa orden pues necesitaban a sus pilotos o o simplemente la traspapelaron para ganar tiempo e intentar que sus hombres llegasen con vida al final de la guerra.

Yushukan es un museo tokiota adjunto al santuario Yasukuni y dedicado a las almas de los soldados que murieron combatiendo por el emperador. Ha sido blanco de distintas controversias pues hay quien piensa que glorifica el imperialismo agresivo de Japón, da una visión edulcorada o directamente omite en su discurso museográfico algunas de las atrocidades cometidas bajo la bandera del Sol naciente y es el lugar de reposo de algunos militares calificados como criminales de guerra. Muchos kamikazes morían esperanzados pensando que su alma residiría en Yasukuni, el único lugar donde el emperador iba dos veces al año a honrar a hombres comunes.

 Evidentemente Yushukan cuenta la otra parte de la historia, la que en nuestro mundo, dominado por los producciones cinematográficas norteamericanas, apenas nos han relatado: historias como en todos los museos militares del mundo de sufrimiento, de heroísmo, de unión nacional, de amor a la patria. Las películas bélicas de Hollywood deshumanizan a los japoneses, nos los muestran como insectos, enjambres de seres idénticos con espadas y bayonetas como aguijones que se arrojaban en grupo lanzando gritos contra las ametralladoras de los marines -las cargas Banzai. En Yushukan ves el lado humano de esos soldados (fotos de niñas y una mujer en kimono en una cartera), el trabajo en equipo (una maroma de barco tejida con los cabellos de miles de mujeres para apoyar a los marinos) y el lado místico (el libro con los nombres de las almas que pueblan el santuario y que visitan los dioses). Lo que más me llamó la atención en Yushukan eran unas preciosas muñecas vestidas de novia. Muchos de los pilotos kamikazes eran muy jóvenes, de 17, 18 o 19 años y nunca habían estado con una mujer antes de morir ni habían conocido el amor. Tras su sacrificio, sus madres llevaban esas muñecas al templo para que sus hijos no estuvieran solos, para que tuvieran una pareja que les acompañase en la eternidad.

JD.3L

Fuente: https://jralonso.es/2014/10/07/anfetaminas-y-kamikazes/

miércoles, 15 de enero de 2020

¿Drogas en la Guerra Civil española?

Imagen editada a partir del cartel ‘Quien trabaja contra la unidad lucha en favor de Franco’, de autoría desconocida, publicado en 1938 bajo la sigla H. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España).
“Yo, ¡el gran cobarde!, convertido en héroe gracias a una brutal borrachera de morfina”. Esta fue la reflexión del soldado republicano Juan Alonso cuando en mayo de 1937 sus superiores le ascendieron de teniente a capitán por el coraje ejemplar que demostró en el campo de batalla.

Gracias al éxito internacional de ciertas series de televisión, cuando hoy pensamos en drogas lo primero que nos viene a la cabeza son narcos como Pablo Escobar o El Chapo y sus sicarios, desplazando el icono más duradero relacionado con las drogas: las estrellas de rock.

Al mismo tiempo, en nuestro imaginario colectivo siguen latentes también otras poderosas y contradictorias imágenes: desde el bróker esnifando cocaína en un hotel de lujo al yonqui tirado en una calle con una jeringuilla colgando del brazo.

Cuando pensamos en la relación entre las drogas y la guerra, lo primero que nos viene a la mente es la ‘Guerra contra las Drogas’. Los más mayores quizás se remonten a las campañas de Richard Nixon, Ronald Reagan o George W. Bush. Los más jóvenes probablemente pensarán en la guerra desplegada por Vicente Fox contra los carteles mexicanos.

Usos terapéutico y bélico
Sin embargo, las drogas y la guerra tienen una larga y estrecha relación, especialmente debido a su consumo por parte de los combatientes.

El uso de drogas en contextos de guerra está vinculado a sus virtudes terapéuticas, pero en modo alguno su consumo se redujo a la práctica médica. Varios ejércitos prescribieron drogas a su personal militar para mejorar su rendimiento en el campo de batalla. Al mismo tiempo, los propios combatientes también se auto administraron drogas por su cuenta, ya fuera sin el consentimiento de sus superiores o mientras éstos hacían la vista gorda.

Drogas estimulantes como el alcohol (en pequeñas cantidades), la cocaína y las anfetaminas podían resultar de gran ayuda para eliminar la necesidad de sueño, combatir la fatiga y reforzar el coraje. En contraste, depresores como el alcohol (en grandes cantidades), el opio, la morfina o la marihuana se han utilizado para reducir el estrés en el combate y mitigar los traumas causados por la guerra.

El punto de inflexión en la relación entre las drogas y la guerra se produjo en el siglo XX. Si bien durante la Guerra Civil Americana (1861-1865), la Guerra Austria-Prusiana (1866), la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y la Guerra Hispano-Estadounidense (1898) se empleó de forma masiva y rutinaria el opio y, sobre todo, la morfina, su uso por parte de los ejércitos fue fundamentalmente terapéutico, para tratar de aliviar el dolor físico y moral de los soldados.

Drogas en las guerras mundiales
La situación cambió radicalmente en las dos guerras totales que acontecieron en la primera mitad del siglo XX. Nunca antes hubo un consumo tan masivo de drogas por parte de los soldados como durante la Primera Guerra Mundial, cuando el alcohol, la morfina y la cocaína adquirieron un enorme protagonismo. Pero la gran novedad no fue solo las altas tasas de consumo, sino que su propósito iba más allá de las funciones terapéuticas. Además de las raciones diarias de alcohol, al menos los ejércitos británico, australiano, francés y alemán proveyeron a sus soldados de cocaína para aumentar su energía y espíritu en el combate.

Durante la Segunda Guerra Mundial se mantuvo la tendencia de consumo masivo de alcohol, morfina y cocaína, pero unas nuevas drogas tomaron la delantera: las anfetaminas y metanfetaminas. De forma rutinaria los soldados alemanes, británicos, norteamericanos y japoneses recibieron del Ejército estas drogas para combatir el sueño, estimular su valor y reforzar su resistencia física.

Franco y el hachís
La Guerra Civil española tuvo lugar entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no siguió la tendencia general de la guerra moderna de convertir a los Ejércitos en los principales proveedores de sus sustancias psicoactivas.

Algunos expertos internacionales han señalado desde los años 40 que en la Guerra Civil española se utilizó por primera vez las anfetaminas para el combate. Sin embargo, como explico en el Estudio preliminar a las memorias de Juan Alonso, esta afirmación se trata tan solo de un malentendido que se ha repetido hasta la actualidad. Lo que sí distribuyeron ambos ejércitos fue grandes cantidades de tabaco y alcohol. Además, el Ejército de Franco también autorizó –e incluso suministró– kif (hachís), consumido por los soldados marroquíes alistados en los Tabores Regulares.

Puesto de moro vendiendo vinos, aguardiente y tabaco. Frente de Aragón, sector Teruel, 24 de febrero de 1938. Biblioteca Digital Hispánica - Biblioteca Nacional de España.
Sin embargo, ni el Ejército Republicano ni el rebelde administraron morfina, cocaína o anfetaminas de forma sistemática a los soldados para reforzar su desempeño en el combate. Tres fueron las razones principales:
  • Primero, ambos Ejércitos asumieron un discurso moral en torno a las nuevas masculinidades que desde comienzos del siglo XX se venía difundiendo en contra del consumo de drogas, las cuales se atribuían a bohemios, aristócratas decadentes, afeminados, homosexuales y prostitutas.
  • Segundo, el Ejército español –uno de los pocos ejércitos europeos ausentes en la Primera Guerra Mundial– permaneció en muchos aspectos anquilosado en el pasado. De este modo, no participó de algunas de principales corrientes y novedades de la guerra moderna, como fue el uso de drogas en beneficio de reforzar la actuación de los soldados en el campo de batalla.
  • Tercero, España carecía de una industria farmacéutica poderosa en contraste con Alemania, EEUU, Japón o el Reino Unido, donde las drogas jugaron un papel fundamental tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial. Suplir de sustancias psicoactivas a los Ejércitos hubiera supuesto un gasto oneroso para una guerra marcada por la escasez y las dificultades para surtir adecuadamente la intendencia.
En cualquier caso, la falta de suministros periódicos de drogas a los soldados por parte del Ejército republicano y rebelde no significó que los combatientes en la guerra civil española no consumieran sustancias como la morfina y la cocaína. De hecho, las memorias de Juan Alonso, recientemente publicadas, demuestran como hubo un aumento de su consumo, sustentado fundamentalmente a través de la autoprescripción.

Escenas del frente. Foto: Albero y Segovia. Biblioteca Digital Hispánica - Biblioteca Nacional de España.
El caso de Juan AlonsoJuan Alonso era un joven estudiante de medicina en la Universidad de Valencia y miembro de la Federación Universitaria de Escolar durante la Segunda República. Antes de 1936 ya había coqueteado con la cocaína y la morfina, pero fue durante la guerra civil española cuando se convirtió en morfinómano. Al comenzar la guerra se presentó voluntario en unas milicias republicanas y durante el resto de la guerra sirvió como doctor en el Ejército Republicano.

Años después, tras superar la depuración franquista, también se convirtió en adicto a las anfetaminas y al alcohol. Sus memorias, donde habla abiertamente de estas adicciones durante la Segunda República, la guerra civil y la dictadura de Franco, son un valiente y honesto testimonio del papel de las drogas en la España contemporánea.

Fuente: https://theconversation.com/amp/drogas-en-la-guerra-civil-espanola-127822?__twitter_impression=true

martes, 27 de agosto de 2019

Johnson & Johnson, condenada a pagar 515 millones por promover el consumo de opiáceos en EEUU

El fabricante de productos farmacéuticos y de higiene personal ha anunciado que apelará la sentencia
El juez de distrito del condado de Cleveland, Thad Balkmam, considera que los acusados "tomaron parte en la comercialización engañosa de sus drogas y opiáceos en general"
Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EEUU, el consumo de opiáceos estuvo relacionado con 400.000 muertes por sobredosis en el país entre los años 1999 y 2017


Pastillas, fármacos
Imagen de archivo de diversas pastillas.
  La multinacional estadounidense Johnson & Johnson (J&J) ha sido condenada en Oklahoma a pagar 572,1 millones de dólares (515 millones de euros) por su papel en la crisis sanitaria por la adicción al consumo de opiáceos, aunque el fabricante estadounidense de productos farmacéuticos y de higiene personal ha anunciado que apelará la sentencia.

Por su parte, las farmacéuticas Purdue Pharma y Teva habían llegado anteriormente a sendos acuerdos extrajudiciales por importe de 270 millones de dólares (243 millones de euros) y 85 millones de dólares (76,5 millones de euros), respectivamente, para evitar el juicio.

En su sentencia, el juez de distrito del condado de Cleveland, Thad Balkmam, considera que los acusados "tomaron parte en la comercialización engañosa de sus drogas y opiáceos en general", añadiendo que la crisis generada por la adicción a estas sustancias representa "un peligro inminente y una amenaza".

Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EEUU, el consumo de opiáceos estuvo relacionado con 400.000 muertes por sobredosis en EEUU entre los años 1999 y 2017. Desde el año 2000, alrededor de 6.000 personas murieron por esta causa en Oklahoma, según los datos de las autoridades del Estado.

"La decisión en este caso es errónea", ha señalado J&J en un comunicado, ya que el Estado no presentó evidencias de que los productos o acciones de la empresa provocaran las molestias, además de considerar que las reclamaciones del Estado violan los principios fundamentales del proceso al tratar de responsabilizar a una empresa por conductas permitidas por las leyes y regulaciones federales.

"Janssen (J&J) no causó la crisis de los opiáceos en Oklahoma, y ni los hechos ni la ley respaldan este resultado", declaró Michael Ullmann, vicepresidente ejecutivo y asesor general de Johnson & Johnson. "Reconocemos que la crisis de opiáceos es un problema de salud pública tremendamente complejo y tenemos una profunda solidaridad por todos los afectados", añadió.

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/mundo/2019/08/27/johnson_johnson_condenada_pagar_515_millones_por_promover_consumo_opiaceos_eeuu_98229_1022.html

miércoles, 22 de mayo de 2019

La compañía del cannabis

La empresa canadiense Tilray abre en Portugal un gran centro de cultivo de esta planta con fines medicinales para abastecer a la UE

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Bendita 'maría'. Es lo que piensan millones de personas en todo el mundo que soportan sus males de una forma más llevadera gracias al cannabis; empleado de la manera adecuada lo mismo ayuda a sobrellevar efectos secundarios de la quimioterapia, como las náuseas, que alivia la esclerosis múltiple, reduce el impacto de la epilepsia y el dolor crónico o contribuye a luchar contra la anorexia y afecciones psiquiátricas, entre otros usos medicinales. Lo certifica la Asociación Internacional para los Cannabinoides Medicinales (IACM).

A cultivarlo de manera industrial se dedica la empresa canadiense Tilray, que acaba de inaugurar una gran planta en Cantanhede, al norte de Portugal, con miras a abastecer el mercado europeo. En el país vecino, el cannabis medicinal es legal desde que el año pasado lo aprobara el Parlamento. «Con orgullo de ser pioneros -dicen en la empresa-, somos el primer productor de cannabis medicinal que suministra flores de esta hierba y productos derivados a decenas de miles de pacientes, médicos, farmacias, hospitales, gobiernos e investigadores de los cinco continentes». Sus productos se venden en dos formatos primarios: extractos y flores secas, tanto enteras como molidas, «que pueden ser administrados o consumido a través de una variedad de métodos».

El año pasado, la empresa ya consiguió con éxito la primera cosecha al aire libre, y a principios de este año llegó la plantada en su invernadero de más de dos hectáreas. Han invertido 20 millones de euros en la instalación. Emplea actualmente a un centenar de personas y esperan duplicar este número para finales de 2019. Quieren llegar a producir 60 toneladas al año. Brendan Kennedy, consejero delegado de Tilray, asegura que toda esta apuesta de expansión empresarial precede al cambio que están experimentando los países europeos al autorizar el uso de cannabis con este objetivo. Alemania es su principal destino, allí se legalizó en 2017. En Gran Bretaña, el año pasado. La empresa vende ya en Canadá, EE UU, Australia, Nueva Zelanda, Chile, Argentina, Sudáfrica, Chipre, República Checa y Croacia. En Portugal aún no se comercializa porque no hay ninguna farmacéutica que lo haya solicitado.

«Perplejidad» en España
En nuestro país, el Observatorio Español de Cannabis Medicinal (OECM) -integrado por médicos, investigadores y asociaciones de pacientes- muestra su «absoluta perplejidad» por que el cannabis medicinal siga siendo una quimera que solo se dispensa a un puñado de pacientes -en su mayor parte, enfermos de esclerosis- con receta médica hospitalaria, es decir, el 'Sativex' que se consigue solo en las farmacias de los hospitales. «Ni siquiera llega al 1% de las 300.000 personas que lo necesitan en nuestro país y que lo están usando gracias a una de las tres vías por las que se puede conseguir: el mercado negro, los clubes de cannabis o el autoconsumo», explica su presidenta y usuaria, Carola Pérez. Denuncia la «vergüenza» que supone que España se esté quedando rezagada en este sentido, «alegando que no existe evidencia científica, y que aboquen a tanta gente a automedicarse con sustancias de las que no conocen su procedencia, la variedad de la planta, la dosis... Efectivamente, hacen falta muchos más estudios, pero ahí está la experiencia de países como Canadá o Israel, con programas de dispensación, controlada por el gobierno, con un cannabis trazado, analizado y recetado bajo supervisión médica».

La legalización del cannabis medicinal en Portugal y el desembarco allí de Tilray es para muchos usuarios españoles como ponerle a un niño un caramelo en la boca y no acabar de dárselo. De todos modos, recuerda Pérez que en nuestro país hay dos empresas que cultivan cannabis para exportar a otros países con licencia de la Agencia Española del Medicamento, Alcaliber y Linneo Health. «Una contradicción, puedes plantarlo aquí pero para los de fuera, alemanes, israelíes, italianos... ¿El cáncer y el dolor son diferentes allí? ¿Aquí no existen evidencias y allí sí?».

Fuente: https://www.hoy.es/sociedad/compania-cannabis-20190519003448-ntvo.html

lunes, 1 de abril de 2019

Una tragicomedia fotográfica regada con mucho alcohol


 Cada vez quedan menos, pero todavía hay alguno en Viena. Los Branntweiner son bares de mala muerte donde solo se permite la venta de bebidas fuertes tipo whisky o coñac. Frecuentados por obreros jubilados, alcohólicos anónimos, exprostitutas y bandidos que han colgado su pistola hace años, son el reducto de una generación de trabajadores sin familia, sin futuro y sin esperanzas, que languidece a la espera de la muerte.

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El fotógrafo austriaco Klaus Pichler decidió documentar los últimos días de estos bares, que están cerrando por falta de público a medida que sus clientes fallecen. El resultado es Golden days before they end, un retrato descarnado de vidas alcohólicas con un trasfondo de divorcios, paro y enfermedades. Es también una mezcla de drama y de locura en la que los protagonistas interpretan su propia vida delante de la cámara del documentalista. 

«Son los supervivientes de una generación que definía su identidad a través de sus habilidades profesionales. En su mayoría son jubilados con problemas de adicción al alcohol. No tienen familias. Necesitan estos bares para socializar porque aquí encuentran una especie de familia de reemplazo», explica Pichler desde Viena.

Durante cuatro años, este fotógrafo visitó más de 120 bares junto al periodista Clemens Marschall; tanto los Branntweiner como los Tschocherln, locales más pequeños en los que se permite la venta de vino, cerveza y refrescos, además de las copas. En 70 de ellos realizó los retratos recogidos en su fotolibro. «Estos bares tenían una mala reputación y todavía la tienen. Desde siempre han sido frecuentados por criminales y prostitutas; y a menudo había peleas. Mis padres vivían enfrente de uno de los más famosos de Viena y siempre me contaban historias curiosas», cuenta Pichler.
El fotógrafo y el periodista pasaron más de 200 noches en estas tabernas charlando con los clientes, los camareros y los dueños. «Nos lo tomamos muy en serio porque sabíamos que eran los últimos coletazos», señala Pichler. «Estos bares te dan una idea perfecta de cómo era la vida de la clase obrera en los años 70. Hace 50 años en Viena podías encontrar uno casi en cada esquina. De los 600 Branntweiner que hubo en el auge, hoy solo quedan dos. Sentí la necesidad de documentarlos antes de que sea demasiado tarde», agrega.

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En todos ellos fue recibido con cordialidad. «Los dueños son conscientes de que sus establecimientos desaparecerán por completo dentro de unos años. Todos entendieron la importancia de nuestro trabajo y eso facilitó enormemente nuestra labor», revela Pichler. En su opinión, la extinción de estas tascas se debe a que la clase obrera actual es muy diferente de la de antaño. «Hoy, en Austria, los obreros aspiran a algo mejor: quieren ser dueños de su propia casa o de su piso, y tener una vida estable. Además, ya no beben tanto. Antiguamente había una cierta tolerancia con el alcohol. Hoy los obreros no pueden beber durante el horario de trabajo. Por eso consiguen tener una vida mucho más sólida que las generaciones de los años 60 y 70», cuenta.

Tradicionalmente, Austria es un país de bebedores tenaces. Con 12,2 litros de alcohol puro por persona y año, los austriacos encabezan las estadísticas de consumo per cápita de la OCDE, junto a los estonios. «Mi país desde siempre ha tenido un problema serio de alcoholismo y eso no ha cambiado mucho. Simplemente se bebe en otros sitios, entre las paredes domésticas, y se bebe de otra forma. Hoy los austriacos prefieren el vino más caro. Los chupitos baratos que encontraban en estos bares ya no forman parte de sus costumbres», aclara el fotógrafo.

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 Todo el proceso creativo del libro ha sido permeado por la muerte. Muchos de los personajes ya no están entre los vivos. «Recuerdo que un día un hombre no quiso ser retratado porque quería aparecer con una camiseta diferente. Nos citó para la semana siguiente. Cuando volvimos, nos contaron que había fallecido dos días antes. Estas historias, por desgracia, se repetirían a menudo», subraya Pichler. «Otros estaban muy enfermos y, de hecho, algunos murieron a las dos o tres semanas de fotografiarlos. Nuestros protagonistas se estaban apagando delante de nuestros ojos. En la mayoría de los casos fue por la mala vida que llevaron en estos bares. Un día uno de los dueños me contó que le costaba creer que la edad media de los austriacos es de 82 años, porque todos sus clientes se morían entre los 55 y los 60 años», añade.

Las páginas de Golden days before they end están pobladas por seres al borde de la muerte, que en el pico de su adicción celebran todos los días que están vivos. «Saben que mañana tal vez no estarán, que están condenados a fallecer y precisamente por esto intentan aprovechar todo lo que pueden en sus últimos días hasta que colapsan, literalmente. Tienen una visión muy dura y fatalista de la vida, y la disfrutan intensamente», revela el autor del libro.

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 «Una vez un hombre me contó que había estado en el médico y que le había dicho que, si continuaba con el mismo ritmo, tendría a lo sumo uno o dos años de vida. Pero le importaba un comino si no se despertaba al día siguiente. Ninguno de ellos quiere cambiar su estilo de vida, porque se sienten muy identificados con él. Prefieren disfrutar de la única forma que saben en vez de dejar el alcohol y el tabaco, y a lo mejor ganar 10 años a la muerte, porque se sentirían tristes, infelices y solos. Son plenamente conscientes de los riesgos que corren y no les importa. Por supuesto, cuando sienten que están a punto de morir, comienza el drama, se vuelven como niños. Antes no, son muy fatalistas y no quieren oír de cambiar», agrega.

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Precisamente por este fatalismo y este apego a la dureza de sus vidas desoladas, adoraron el libro. Pichler mostró a sus modelos improvisados las imágenes durante el proceso documental y también la edición final. «Les encantó porque es muy fiel a la realidad. Apreciaron que no hiciera correcciones cosméticas ni concesiones a la estética. Es la pura realidad en toda su crudeza. Se sienten muy orgullosos de haber sido retratados y de que fuéramos capaces de reflejar esta crudeza en el libro», reconoce.

El libro, publicado en junio de 2016, tiene entre sus principales referentes al mítico Café Lehmitz de Anders Petersen, y un fotolibro austriaco de los años 80 llamado Weinhaus, de Leo Kandl. Pichler revela que sintió cierta curiosidad por descubrir cuál sería la reacción de los clientes delante de la cámara 50 años después, en un mundo en el que todos poseen un móvil de última generación.

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«En Café Lehmitz, más de la mitad de las personas se muestran tímidas. En nuestro trabajo esto ha cambiado mucho. No hay timidez alguna. Muchos actuaron delante de la cámara. Por momentos me sentía como si estuviese en el escenario de un teatro. No lo estaban haciendo por primera vez. Tuve la sensación de que era una obra de teatro ensayada, que ya lo habían hecho decenas de veces enfrente de sus propias cámaras. La única diferencia es que estaban mostrando sus mejores trucos delante de un profesional», cuenta el fotógrafo.

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 Quizás es aún más llamativo que, a pesar de su deriva imparable hacia la muerte, estos seres lúdicos y descarnados tienen una relación muy fuerte con la fotografía. «Tienen la costumbre de retratarse los unos a los otros e incluso cuelgan sus hazañas fotográficas en las paredes de su bar preferido», dice Pichler. Es la gran paradoja de una generación al borde de la extinción que se exhibe con alegría e ironía antes de marcharse para siempre.

Fuente: https://www.yorokobu.es/klaus-pichler-y-clemens-marschall/