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sábado, 8 de enero de 2022

Cuando las palabras nos piensan

Ilustración: Sofía Fernández Carrera 

 En los estados de Idaho y Washington todavía subsisten cientos de hablantes de kalispel. No pueden decir lago. Tampoco río o montaña. No usan sustantivos para el paisaje, sino verbos; algo como aquí montañea o ahí laguea. La cultura occidental, con arrogancia, califica de animista su profunda relación con la naturaleza. Pero esa cosmovisión podría resultar de una lengua que obliga a considerar lagos o montañas como fenómenos que están sucediendo ante sus ojos. Tal vez no sea casual que la revolución industrial se produjese precisamente en Europa, dado que las lenguas indoeuropeas nombran el paisaje con sustantivos, es decir, como cosas. Siendo una cosa, no habrá problema en que el río mueva una turbina para producir energía; o en que una montaña sea horadada para obtener sus minerales. No están sucediendo; son meras herramientas. Y pueden trabajar en nuestro beneficio.

El contraste con el kalispel ilustra nuestra dependencia de la gramática. En la lengua en que escribo, puedo ver el agua que cae del cielo como un fenómeno –llueve– o como una sustancia –lluvia–. Para el agua que discurre por el suelo, en cambio, la primera posibilidad está denegada; apenas puedo concebirla como un objeto, río, aunque el verbo riear me hubiera regalado interesantes matices. Este tipo de análisis no son habituales; las lenguas suelen considerarse en su dimensión práctica de códigos que abren puertas y sus convenciones se aceptan como reglas del juego de la comunicación. Solo en círculos filosóficos aflora el debate de si esas convenciones determinan lo que podemos pensar. Si hablo alemán, diferenciaré con formas específicas el estar sobre la mesa de una botella y de un lápiz: una se apoya verticalmente en esa superficie y el otro de forma horizontal. Eso significa que, cuando hablo alemán, pienso en esos estar sobre la mesa de maneras sutilmente diferentes.

En términos técnicos, la idea de que cada lengua encierra una cosmovisión e induce a sus hablantes a pensar en realidades diferentes tiene un nombre pomposo: hipótesis de relatividad lingüística (HRL). Es curioso que el prestigio de su pariente, la teoría de la relatividad en Física, no la haya catapultado más alto: incluso los manuales de Lingüística se refieren a la HRL como una mera hipótesis, no como una teoría contrastada.

Todo comenzó hace cien años, cuando en las universidades estadounidenses se destapó un auténtico furor por el estudio de las lenguas amerindias. Una potencia emergente, cimentada sobre la diversidad cultural, estaba acogiendo a especialistas de todas partes del mundo. No era difícil percatarse de que los estudios gramaticales se habían centrado en exceso en las variantes europeas. Se pusieron manos a la obra. En particular, un alemán emigrado, Franz Boas, alentó a promociones enteras de estudiantes a recopilar el patrimonio inmaterial de los pueblos indígenas americanos antes de que desapareciese. Quería acabar con el mito de que todas las sociedades evolucionan igual y demostrar que cada una confecciona una peculiar representación para ordenar su entramado social: las gramáticas exóticas de los pueblos aborígenes eran muy reveladoras. Pero Boas no se llevaría la fama. Uno de sus estudiantes, Edward Sapir, publicó en 1921 una obra monumental, Language, donde escribía «la lengua determina el pensamiento», vinculando para siempre su nombre a ese enunciado: la HRL también será conocida como Hipótesis de Sapir-Whorf.

Whorf, discípulo de Sapir, había llegado tarde a los estudios lingüísticos; era ingeniero químico y durante años trabajó en una compañía de seguros. Aunque no sería un agente trajinando todo el día entre pólizas, se había fijado en que, cuando se colocaba el rótulo de vacío junto a un bidón de gasolina, las personas tenían conductas imprudentes. Bajo el influjo de esa palabra, encendían cigarrillos despreocupadamente, a pesar de que sabrían que las emanaciones restantes bastaban para causar una explosión. Whorf unió esta experiencia a las teorías aprendidas con Sapir y al estudio de la lengua hopi, bien diferente de su inglés, y comentó: «Las personas que utilizan gramáticas diferentes son dirigidas por ellas a tipos diferentes de observación».

Durante este siglo la HRL ha suscitado un debate intelectual tan intenso como productivo. Sus detractores la simplifican esgrimiendo un ejemplo falaz, el de los muchos nombres para la nieve en inuit. Lo de menos es que el tiempo viniese a demostrar que no eran tantos; el ejemplo no venía al caso. La HRL no preveía que las diferencias de la realidad se materializasen en la lengua sino, al revés, que fuese la lengua la que produjese la realidad que vemos. Sería más adecuado ir al espectro cromático. Ya en el jardín de infancia vemos en la caja de pinturas dos lápices diferentes. Pero, si la lengua nos obliga a llamarlos con el mismo nombre –verde claro y verde oscuro– acabamos tratando lo diferente como si fuese idéntico. El poder de las convenciones lingüísticas operando en las mentes es tan inmenso que, por ejemplo, en galés una misma palabra, glas, sirve para denominar azul, verde o gris. Cuando se formuló la HRL, faltaban bastantes años para que en filosofía se verificase el llamado giro lingüístico y más todavía para que la posmodernidad imperase. Sin embargo, se estaba postulando ya una verdad débil, enflaquecida, la misma que aparecerá en la hermenéutica, en la crítica ecologista o en los estudios culturales sobre la diversidad.

Sospechar de la verdad —también de la contenida en nuestras lenguas— es, además de una cautela científica, una actitud política que pone los dogmas en cuarentena. Al insinuar que, en vez de lago, podría ser laguea y que esto nos daría otra perspectiva, aceptamos los propios límites y actuamos en coherencia con el principio ético de respeto a lo Otro. La HRL es una reacción contra el proyecto eurocéntrico, capitalista, patriarcal y urbano que inventó los conceptos de negro, obrero, mujer o selva para justificar la dominación. Implica una actitud radicalmente democrática que viene de la mano de la alteridad, la diferencia y la pluralidad. Por eso es extraño que se vea envuelta en una leyenda negra que la identifica con la defensa de idearios de supremacía nacionalista.

Convendría analizar los sujetos que popularizaron la HRL. Whorf murió joven y sus escritos fueron publicados póstumamente. Entretanto, Sapir llegó a ser un eminente catedrático en Yale y veló por su versión. La difusión de sus trabajos contribuyó a que se perdiese el rastro de la escuela de Boas, apenas citado como antecedente. Es importante destacar aquí que Boas animó a muchas mujeres a iniciarse en los estudios antropológicos. Entre sus discípulas aparecen figuras conocidas, como Margaret Mead o Ruth Benedict, y otras prácticamente anónimas. La mayoría de ellas nunca hizo carrera universitaria: compaginaron sus expediciones con criar a sus familias, subvencionar los trabajos de sus compañeras o convertir sus cuadernos de campo en materia literaria. Pero también pertenecieron a esa escuela Gladys Reichard, autora de una veintena de gramáticas, o Zora Neale Hurston, una afroamericana que escribía su obra en Black English, mostrando una rebeldía poco habitual. Aunque ellas documentaron la HRL, aunque fueron las únicas especialistas en determinadas lenguas, ninguna aparece en los manuales de lingüística. Después de que el Me Too conmoviese nuestro imaginario, conviene recordar que Sapir tuvo comportamientos claramente machistas con sus compañeras. Desde su posición privilegiada, sembró el descrédito sobre su trabajo, las vetó, dificultó su ascenso y hasta dejó escritas lindezas como que Margaret Mead, con quien había tenido una relación íntima, era «una incompetente incapaz de llevar a cabo un proyecto riguroso» o «una prostituta aborrecible». Erigido en padre de la HRL, Sapir eclipsó a un colectivo de investigadoras inesperadas en el contexto antropológico y que revelaban un ambiente intelectual propicio a la diversidad: se interesaban por temas inéditos en la agenda antropológica, introducían procedimientos novedosos y desafiaban los cánones de su sociedad. En otras palabras, las relativistas eran ellas.

Además, la HRL suele reducirse a unos supuestos radicales que convertirían cada lengua en un universo impracticable. Pero, cuando queremos defender lenguas en peligro de extinción, apelamos al argumento de que cada una guarda un tesoro inaprensible desde otros idiomas. No parece un exceso chovinista dados los riesgos del pensamiento único en que estamos a punto de sumergirnos. Y no debe serlo tampoco a tenor de otras evidencias: ensayos filosóficos y registros formales están repletos de expresiones en la lengua original en que fueron emitidas. Si se admite que la traducción implicaría una pérdida de matices, el relativismo no está tan errado. Todavía es más interesante observar las aplicaciones de la HRL que se abren paso en nuestra época. Diferentes movimientos sociales promueven prácticas higiénicas para no infligir heridas a grupos desfavorecidos en una lucha abierta contra el odio —sexista, homófobo, racista, clasista o capacitista—. Parten de que el lenguaje moldea nuestras mentes. Habrá quien diga que el machismo o el racismo deben ser eliminados pero que no dependen de nuestros usos lingüísticos. Sin embargo, como en los siniestros de Whorf, las palabras nos orientan. No es lo mismo hablar de crimen pasional que de violencia de género o feminicidio. Para eso sirve la HRL. Para vigilar nuestros usos. Para que, como sugería María Zambrano, nuestra palabra, la que habla en nosotros, nos contenga.

 

martes, 5 de marzo de 2019

La frontera entre España y Portugal: un tesoro lingüístico amenazado

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Edificio abandonado de la aduana española en el municipio pacense de La Codosera. Fotografía proyecto FRONTESPO, CC BY-SA
Los territorios fronterizos son espacios heterogéneos. Por propia definición, son lugares en donde las personas pasan de un país a otro y, con ellas, sus lenguas, culturas, objetos personales o de comercio. Esta circulación de personas, ideas y materiales va imprimiendo una identidad propia a las comunidades de frontera. El límite político entre España y Portugal no es, desde luego, una excepción, sino una franja que atesora un impresionante patrimonio cultural y lingüístico.

Un rico mosaico lingüístico
Los límites políticos y los límites lingüísticos siguen su propio camino, y no siempre se solapan. La frontera hispano-portuguesa proporciona varios ejemplos.

Las variedades asturleonesas se hablan en Portugal, bajo el nombre de mirandés, e incluso tienen el reconocimiento oficial que se niega al otro lado de la frontera.

En España existen varias localidades en las que todavía se hablan dialectos del idioma vecino. Entre ellas, las extremeñas Cedillo, Herrera de Alcántara y Olivenza, o la salmantina La Alamedilla. Las explicaciones para su origen son diversas. Algunos de estos pueblos son nuevas fundaciones, a cargo de emigrantes del otro lado de la Raya. Sin embargo, en ocasiones el pueblo ya estaba allí, y lo que cambió fue el trazado de la frontera, por acuerdo entre los estados o, incluso, por conquista militar.

Por otro lado, el territorio de frontera es periférico en relación a los centros de poder de España y Portugal. Está lejos de los núcleos políticos, económicos y comerciales, donde se habla una lengua considerada como prestigiosa. Por tanto, las innovaciones lingüísticas tardan en llegar, y eso favorece que allí se conserven características gramaticales y léxicas más arcaicas que en el resto del país.

Para desgracia de quienes sueñan con erigir muros, nuestra frontera ha sido muy permeable a lo largo de la historia. Jornaleros y pastores la han atravesado en busca de trabajo. Los bailes y romerías de la zona han contado con público de ambos lados. Por supuesto, las noches de muchos habitantes se han dedicado al contrabando. Y desde la práctica abolición de los controles fronterizos, los pobladores compran en uno u otro país según los precios de cada producto.

Este contacto cotidiano tiene un claro reflejo lingüístico. La lengua va incorporando palabras del vecino y en el día a día se acomoda la manera de hablar para que este nos entienda mejor cuando compra en nuestro comercio o charla de cualquier asunto en el bar.

Mucho más que lengua
Por supuesto, el interés de este territorio no se detiene en su riqueza lingüística. Existen numerosos aspectos antropológicos, culturales e históricos de relieve, derivados directamente de su condición fronteriza. Es conocida la cuestión del contrabando, pero no debe olvidarse su condición de lugar de refugio para perseguidos por los estados español o portugués.

Por citar dos ejemplos más, son muy interesantes los testimonios sobre la abundante emigración, legal o clandestina, o sobre la vida décadas atrás.

Un mundo en transformación
El territorio fronterizo vive momentos de profundo cambio. Como tantas comunidades rurales, se despuebla a pasos agigantados. Las cabeceras de comarca están a pocos minutos en coche, por lo que la gente ya no estudia, trabaja o compra en los pueblos. La escuela y los medios de comunicación transmiten nuevos modelos lingüísticos que, poco a poco, suplantan las palabras y expresiones de siempre. Desaparece el modo de vida tradicional y, con él, las palabras ligadas a la agricultura, la ganadería, la artesanía, etc.

Se hace urgente, por tanto, documentar lo que puede quedar de los estratos más antiguos. No menos importante es estudiar cómo cambian la lengua, las actitudes y los juicios sobre la vida en la frontera de los hablantes más jóvenes.

¿Cómo documentar el patrimonio?En el año 2015 nace el proyecto Frontera hispano-portuguesa: documentación lingüística y bibliográfica (FRONTESPO), dirigido por la Universidad de Alcalá. Se realizaron entrevistas en 64 localidades españolas y portuguesas. En cada pueblo se conversaba con un mínimo de tres personas, distribuidas por franja de edad (menores de 50 años, entre 50 y 75, y mayores de 75). De ese modo, pueden observarse las posibles diferencias que hayan ido apareciendo en las últimas décadas.
Se dialogaba alrededor de tres ejes temáticos. El primero, los nombres usados por los informantes para plantas, animales, utensilios de la vida cotidiana, etc. El segundo, sus percepciones lingüísticas: ¿es igual la lengua de los jóvenes y de los mayores? ¿en qué pueblos hablan distinto? ¿se entienden bien con la gente del otro lado de la Raya?… En tercer lugar, se conversaba sobre la vida en la Raya: historias del contrabando, ocasiones de convivencia entre españoles y portugueses, etc.
El resultado ha sido un corpus de más de 200 horas de grabaciones, casi todas en vídeo, que se están editando actualmente.



Cocina tradicional de Herrera de Alcántara. Años 60 del s. XX. Fotografía de MC Vilhena, cedida al grupo LEPOLL de la Univ. de Extremadura, miembro de FRONTESPO
Difusión De poco valdría este proyecto si las entrevistas se quedasen en un armario para uso interno o si hubiese que desplazarse a una hemeroteca para oír DVDs. Por eso, el corpus se publica en línea y en acceso abierto


Las entrevistas han sido segmentadas temáticamente, para facilitar su consulta. Las grabaciones de audio y de vídeo, así como las transcripciones que se están haciendo, pueden descargarse, difundirse y reutilizarse libremente, bajo una licencia CC BY-SA 4.0.

Esperamos, de este modo, contribuir a un mejor conocimiento del patrimonio cultural y lingüístico de la frontera, así como a su puesta en valor.

Fuente:  https://theconversation.com/la-frontera-entre-espana-y-portugal-un-tesoro-linguistico-amenazado-111924

lunes, 14 de enero de 2019

Popur


https://market.unicef.org.uk/product/unique-colourful-african-tribal-mask-handmade-in-ghana-bobo-butterfly/E51190/

Dicen que la palabra "mariposa" es bonita en todas las lenguas; en tedaga la llaman popur.

Karlos Zurutuza

domingo, 8 de abril de 2018

"Lalengua"

mamá con bebé

    El nacimiento de la vida es siempre el nacimiento del mundo, es decir, el nacimiento del lenguaje. Con cada nacimiento nace siempre, de nuevo, una vez más, la lengua. Esta lengua no es desde luego la que está encerrada en el código anónimo del lenguaje, sino una lengua, que Lacan denominó lalengua, de signos, de sonidos, de gestos, de murmullos, de cuerpo, una especie de enjambre que todavía no responde a las leyes del lenguaje, sino que es la materia prima sobre la que esas leyes se aplicarán. Se trata de una lengua del cuerpo, irreductible a sus elementos gramaticales. Consiste en un primer depósito estratificado de signos generados por la relación entre la madre y el niño. Es la lengua que alimenta los primeros intercambios vitales entre la madre y su niño y que precede al acceso al el lenguaje alfabético.
   Es la madre, en efecto, la que inscribe al sujeto en el campo del lenguaje a través de los gestos de sus cuidados. La alimentación y el cuidado del cuerpo, al igual que los chillidos, el llanto, la mirada y la sonrisa son ya lenguaje. Eso significa que, en contra de cierta retórica psicoanalítica que pretende excluir a la madre de la génesis del lenguaje es la madre la que lleva al hijo el milagro de la palabra sobre todo a través de su voz cuya densidad trasciende la estructuración puramente gramatical del lenguaje. También en este sentido la lalengua precede al lenguaje como estructura articulada semánticamente. Es la experiencia de una lengua hecha de cuerpo y, al mismo tiempo, la experiencia del cuerpo de la lengua.
   Mientras se encarga de cuidar a su hijo, la madre acarrea la palabra, construye, junto a su hijo, la tupida textura de lalengua. Sin esta construcción no hay acceso a lo simbólico. Lo resalta el atroz experimento practicado por Federico II, el gran reformador, cuando en su búsqueda de la lengua originaria, del idioma que precede a todos los demás idiomas, confió unos cuantos recién nacidos a sus amas de cría con la consigna de no dirigirles jamás palabra alguna. De esta manera, para el monarca intelectual, podría observarse en vivo qué lengua hablarían primero los niños. Resultado: todos los niños, privados del alimento de la palabra, se dejaron morir.

Massimo Recalcati

sábado, 20 de agosto de 2016

‘El rumor de los desarraigados’, una historia «peligrosa» del español

 

Fueron las palabras que empleó Àngel Colom, entonces secretario de Esquerra Republicana, cuando El rumor de los desarraigados se presentó en Barcelona: «Este libro es muy peligroso, parece que dice una cosa y en realidad dice otra». Pero el lingüista Ángel López (Zaragoza, 1949) no solo cosechó críticas en Cataluña. También hubo ciertos sectores a los que no gustó la revelación de que el español no fuese patrimonio original o exclusivo de Castilla y, ni mucho menos, que hundiese sus raíces en el euskera.

El ensayo (Premio Anagrama 1985), subtitulado ‘Conflicto de lenguas en la península ibérica’, apelaba en sus conclusiones por qué todas las lenguas que se hablan en la península deberían ser patrimonio de todos los españoles. Un bilingüismo para todos. No hace falta que abundemos en la popularidad de esta idea. Pruebe usted mismo a sugerir en Madrid que todos los españoles deberían, si no hablar o dominar, sí conocer las otras lenguas de España, al menos sus rudimentos. Pues el mismo caso se le hizo entonces.
Sin embargo, treinta años después, hay que valorar la oportunidad de esta propuesta en una época, la actual, en la que la articulación del Estado, administrativa e identitaria, está cada vez más cuestionada. La otra opción que tenemos es seguir dándonos mamporros, pero resultaría especialmente lacerante a tenor de la historia de nuestra lengua principal, el español, que nunca antes, al menos hasta la era moderna, generó conflictos, más bien todo lo contrario. Pero dejemos que esta historia nos la cuente su autor.

En El rumor de los desarraigados hablaste de que el español surge en la península como koiné, como lengua de intercambio entre gentes de distinto idioma.
En la Edad Media la lengua sería era el latín y las populares, los dialectos románicos. Teníamos lo que se denomina sequilingüismo, un fenómeno que consiste en que, aunque se hablen lenguas distintas, la gente se entiende. Por ejemplo, es lo mismo que puedes encontrarte ahora en Valencia con alguien que solo habla castellano, pero que entiende perfectamente cuando se dirigen a él en valenciano. O el caso que pueda darse en un avión de Scandinavian Airlines, donde la azafata se exprese en danés, los pasajeros la contesten en noruego o en sueco y todos se entiendan. En España, esto ocurría con todos los pueblos, unos hablaban catalán, otros gallego, y se comprendían perfectamente. Todos, excepto los vascohablantes, que no entendían ni el latín ni las lenguas romances.

¿Qué ocurrió entonces? Los vascos desarrollaron un ‘pidgin’ que acabaría convirtiéndose en uno de los dialectos del romance central y a la postre en su representante normativo. El origen del término ‘pidgin’ alude a la situación que se produjo en el Mar de la China en el siglo XIX, cuando los chinos intentaron comerciar con los británicos y simplificaron rudamente el inglés. Igual que le ocurriría a un español que hoy tuviese que irse a vivir un año él solo a un pueblo de Turquía donde solo se habla turco; esa persona tendría que aprender los rudimentos del turco para comunicarse en las tiendas, aunque no lo hablase bien, porque no le quedaría otro remedio. Una ‘pidgin’ es una lengua de urgencia. Los vascos articularon una para entenderse con los pueblos que les rodeaban.

¿Cómo se extendió esta lengua ‘pidgin’ por España?
España era el nombre latino con el que se designaba a la península. En la Edad Media, España era Al Andalus. Y para los cristianos del norte, España era lo que no tenía nombre. Hablaban de España como de lo que podían conquistar. El Fuero de Jaca, de hecho, distingue entre el hombre de montaña y el hombre de España.

También hay que tener en cuenta que en la Edad Media, a la lo largo del Camino de Santiago, se instalaron montones de europeos. Y conforme avanzó la Reconquista, los ejércitos reales, de Aragón, Castilla o León, arrastraban detrás guerreros, comerciantes, frailes y curas que venían allende del Pirineo. Todas estas gentes de diversos orígenes fueron repoblando las ciudades devastadas que se fueron arrebatando a Al Andalus.
Los reyes, con el fuero de cada ciudad, daban ventajas a los pobladores. En vez de hacerlos depender de un señor feudal, como ocurría en el resto de Europa, dependían directamente del rey. De este modo, en estas ciudades se instalaron barrios enteros de franceses, alemanes, judíos y también mozárabes que subían del sur. Toda esta población de origen dispar tiene que comunicarse y es ahí cuando adoptan la variedad simplificada de los vascos, más sencilla y accesible que otras modalidades románicas próximas, como eran el navarro-aragonés, el castellano o el leonés. Pero esta sencillez se refiere a su origen, no a sus características actuales. No es un argumento para publicitar el español como lengua extranjera fácil de aprender, sino para entender la rapidez de su propagación por el centro de la península.

Estos primeros pobladores de la España reconquistada son los que llamas ‘desarraigados’ que adoptan el ‘pidgin’ en sus intercambios con gentes de lengua diferente.
Son los desarraigados, que no desarrapados. No eran necesariamente pobres. Pero era gente sin raíces locales o espaciales fijas. En la Edad Media, en toda Europa la gente se quedaba en su pueblo. Lo normal era que una persona en toda su vida no viajase más de cinco kilómetros alrededor de la localidad donde había nacido. Ahí pagaba sus tributos, dependía de un señor feudal y poco más.

La propia Francia en la Edad Media estaba fragmentada en múltiples lenguas y dialectos. El francés no empieza hasta después de la Revolución francesa, cuando se plantea un sentimiento nacional. De todas las lenguas que hay adoptan la de región de París y la imponen a través de la escuela a todos los demás. En Italia ocurrió lo mismo, cuando Garibaldi unifica la península hay un montón de lenguas. Fuera de la Toscana no se hablaba el italiano que conocemos ahora hasta que no se impone por la televisión, por la RAI, a partir de los años 50.

En España la Reconquista cambia totalmente ese patrón. Lo que había aquí era un poco como el Oeste americano, una tierra de oportunidades. Con el citado Fuero el rey llamaba a poblar esos núcleos dando beneficios, eximiendo de impuestos; y llegó gente de todas partes. Personas que no tenían nada, siervos de la gleba que se instalan y se convierten en comerciantes. Era, por otra parte, gente muy poco proclive a mantener los privilegios nobiliarios, lo que explica que España sea el primer estado moderno europeo.
Este tipo de asentamientos son los que hay en León, Navarra o Castilla, donde se habla esta variedad. Es la lengua en la que están escritas las Glosas Emilianenses, el Mío Cid o los textos de Berceo. Al principio solo se usaba en el centro, desde el Ebro hasta los límites de León con Galicia, pero luego se fue extendiendo por toda la península como lengua vehicular. Y no destruyó a las otras lenguas porque no tenía orgullo de lengua, no tenía adscripción nacional, motivo por el que la adoptaron tranquilamente los judíos, que tenían sus barrios tanto en ciudades de Extremadura como de Tarragona.

Aquí, si eras un comerciante de lengua francesa que tenía que vender sus productos a un cruzado alemán y a un labrador musulmán que solo hablaba árabe, tú me dirás cómo te las arreglas: pues en la lengua vehicular que se usa para el comercio y que con el tiempo algunos acabaron teniendo como lengua propia. Algo de esto ha ocurrido modernamente en Nueva Guinea con el tok pisin, así que sabemos perfectamente cómo funciona.

Entonces de esta lengua, que ya podríamos denominar español por su alcance, surge el castellano, y no al revés.
Comúnmente se cree que el español viene del castellano, pero es al contrario, el castellano viene del español, que no es lo mismo. En el escenario que hemos descrito, el rey Alfonso X el Sabio puso una fijación léxica, una serie de normas a esa variedad y con el tiempo se le dio el nombre de su reino: castellano. No trato de negar la aportación de los castellanos, pero es que esa lengua es la que se hablaba entonces en todas partes.

Por eso no tiene sentido decir que el castellano se impuso en Aragón en el siglo XIV. El reino de Castilla y el de Aragón eran enemigos feroces; de imponerse algo en Aragón habría sido lógicamente el catalán. Piensa que Zaragoza tardó en conquistarse más de un siglo porque el rey de Castilla era aliado del rey moro. ¿A santo de qué iban a dejar de hablar aragonés y ponerse a hablar castellano? Es de locos, lo que pasaba es que todos hablaban lo mismo.

En la literatura, los primeros poetas catalanes escribían en provenzal y los castellanos, en gallego. La literatura en español, como no era una lengua culta, no tenía importancia, y aparecía en los géneros populares, eran romances escritos en pliegos, cuartillas, lo mismo que hoy serían los programas de corazón de televisión o el Pronto, el ¡Hola!

¿Y qué ocurrió con el descubrimiento de América?
La lengua española que llegó a América era canaria y andaluza. Los barcos salían de Sevilla, después de Cádiz, y las expediciones tenían que pasar allí un año aproximadamente para dotar a los barcos de los medios necesarios. Luego llegaban a Canarias y allí permanecían otros meses. Pero este español, cuando llega la independencia de las repúblicas americanas en 1812, solo lo hablaba un 10% de la población. El español empezó a crecer realmente en el continente cuando se impone a través de las constituciones de los nuevos países, que consideran que el único lazo de unión de todos los pobladores es la posibilidad de la lengua.

En tu libro dices que hasta entonces el español en América coexistió con las lenguas indígenas sin conflicto.
En América lo que ocurrió cuando llegó Colón es que se quedaron estupefactos porque los indígenas no hablaban ni latín, ni hebreo, ni árabe. Hubo una verdadera crisis en este sentido porque consideraban que las lenguas del mundo eran las de la visión bíblica de Babel. Hay correspondencia de frailes con Carlos V y Felipe II y el Consejo de Indias donde informaban desesperados de que cada veinte leguas cambiaba la lengua. Ellos creían que en el Nuevo Mundo se hablaría una lengua exótica, pero solo una.

Hay que tener en cuenta que el pretexto de la conquista de América fue evangelizar a los indígenas. Con esa idea el papa Alejandro VI dividió el Nuevo Mundo entre portugueses y españoles, para encomendarles la cristianización de los indígenas. Ir, iban naturalmente por el oro, pero al mismo tiempo la legitimación de esta empresa era la predicación de la fe cristiana. Y muchos frailes creían en eso.

Pero la clave en todo esto es que los españoles en América se encontraron con que ya había dos imperios. Castilla consiguió los éxitos de la conquista porque se derrumbaron los dos grandes imperios indígenas, de lo contrario, si hubieran tenido que conquistar a los indígenas uno por uno, no habría sido tan rápido ni muchísimo menos. Al caer Moctezuma se quedaron con todo lo que había aglutinado y con Atahualpa, igual.
Entonces se dieron cuenta de que en los imperios caídos había una lengua general de entendimiento, una koiné en cada uno de ellos. En el Inca el quechua y en el Azteca el náhuatl. Y la política que se creó no fue la de difundir el español. Los religiosos españoles aprendieron estas lenguas indígenas generales y se pusieron a predicar en ellas.

Eso explica que la primera cátedra de quechua fuese del año 1580, en la Universidad de San Marcos en Lima. Y que Domingo de Santo Tomás publicara en 1560 en Valladolid un arte de la lengua quechua, una gramática. De modo que se promovieron estas lenguas, no el español. Lo que no quita que la finalidad del colonialismo fuera quedarse con los recursos de otro. Eso está claro. Pero el español, si algo no ha sido en Sudamérica, es una lengua imperialista, sino todo lo contrario. En Estados Unidos no se conservan las lenguas indígenas, esto es un hecho.

¿Cuál es el futuro del español actual?
España ya pinta poco en el futuro del español. En Estados Unidos el crecimiento del idioma es espectacular; hay 50 millones de hispanohablantes, más que aquí. Aunque la lengua en Estados Unidos está sometida a un proceso de desaparición, hay una batalla incruenta entre el español y el inglés; disputa que yo estoy viviendo muy de cerca porque soy miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y me consta se ponen toda clase de dificultades para escolarizar a los niños en español, etcétera. Pero como Estados Unidos es un país capitalista, naturalmente, la lengua significa dinero. Es decir, hay consumidores que se captan con publicidad en español, productos audiovisuales, cadenas de radio. La lengua está viva.
Además, los medios de comunicación son tremendamente pragmáticos y han terminado por crear un español internacional. Una modalidad por si quieren vender un producto simultáneamente en México, Argentina y Estados Unidos, y han buscado un español que no suene raro en ninguno de los sitios. Se lo están inventando de una manera empírica, no es que hayan reunido lingüistas. El español que sale de ahí se escucha en todos los países hispanohablantes y creará cierta uniformidad.

Y volviendo a España, ¿cómo ves la convivencia del español con las otras lenguas peninsulares?
Pues qué quieres que te diga: mal. Mal por las actitudes de los tirios y también por las de los troyanos. Vayamos por partes. El español es una lengua vehicular que se habla y entiende en todo el estado español y que en el siglo XVI también era comprendido en Portugal, según nos confirman algunos testimonios como el de la Grámatica de la lengua vulgar de España, publicada en Lovaina en 1559. Esto, guste o no guste, es así. ¿Razones? Hasta los decretos de Nueva Planta (siglo XVIII), en los que se impone a los territorios catalanohablantes por la fuerza, su progreso obedeció a una necesidad comunicativa y su empleo siempre fue libre. Esto quiere decir que el mapa con el que se suele ilustrar la variedad lingüística peninsular en los manuales está desenfocado. Por mucho que coloreemos Galicia, Euskadi y Cataluña-Valencia-Baleares con colores diferentes de los del resto, esto no significa que sean territorios monolingües. España no es ni Bélgica ni Suiza, se parece más a Rusia o a Gran Bretaña.

Estos son los hechos. Ahora viene la política. Si de lo que se trata es de independizar esos territorios coloreados de manera diferente, interesará ocultar su condición bilingüe todo lo posible. Y en eso estamos, aunque no tengo duda de que por su propio interés la independencia traería consigo un apoyo a la enseñanza del español porque es la lengua mundial que dominan y el pretender que se vuelvan anglohablantes constituye una utopía. Mas los troyanos no son los únicos insensatos, los tirios tienen su parte de culpa igualmente. ¿De verdad creen –en Madrid, en Sevilla, en Zaragoza, en Salamanca…– que los catalanes, los valencianos, los gallegos o los vascos aceptarán seguir siendo españoles si su lengua propia, en el mejor de los casos, se tolera y, en el peor, simplemente desaparece? Miren, eso no va a ocurrir de ninguna manera; primero porque es imposible; segundo, porque sería injusto y tercero, porque resulta innecesario. El catalán/valenciano, el euskera y el gallego no son una extravagancia. Son patrimonio de todos los españoles, exactamente igual que el río Ebro, la mezquita de Córdoba o la propia lengua española. Admitirlo y obrar en consecuencia es la única actitud inteligente. Y, desde luego, si alguna vez se logra la unidad política peninsular, el viejo sueño iberista, no esperen conseguirlo con la cutre visión centralista y casticista predominante.



Fuente:  http://www.yorokobu.es/desarraigados/