El aeropuerto de Dakar, en la capital
de Senegal, no tiene keroseno para que despeguen los aviones y pide a
las compañías aéreas que aterrizan que aseguren su propio suministro de
combustible para los vuelos de regreso. En otras palabras, que se
busquen la vida como puedan.
La empresa que suministra el combustible para la aviación (Smcady) ha
anunciado interrupciones durante dos semanas en el repostaje a partir
de hoy a mediodía.
La empresa SMCady es propiedad de varios grupos petroleros extranjeros.
La empresa AIBD (Aeropuerto Internacional Blaise-Diagne) que gestiona
el aeropuerto es propiedad a dos empresas turcas. Ha pedido a las
compañías aéreas que “tomen las medidas necesarias […] para garantizar
la autonomía de combustible de los vuelos de regreso”.
“El sistema de abastecimiento de parafina está gravemente perturbado
debido a una situación internacional desfavorable combinada con
tensiones sin precedentes en los precios de ciertas materias primas,
señala un comunicado de prensa de AIBD.
Ayer la compañía aérea nacional Air Senegal quiso tranquilizar a sus
clientes. Anunció en un comunicado de prensa que «llevará a cabo su
programa de vuelos habitual con el mismo horario», a pesar de la escasez
de keroseno.
Según la prensa local, el gobierno ha tomado medidas para que el
suministro de combustible sea prioritario para Air Senegal y el
ejército. “A raíz de esta situación, nuestros vuelos Dakar-París están
haciendo una escala en Las Palmas” para repostar, dijo ayer un portavoz
de Air France en París.
Desde el inicio de las sanciones contra Rusia, los precios del
petróleo se han disparado en los mercados mundiales, lo que ha provocado
carestía y una fuerte subida de los precios de los combustibles en
muchos países.
Varios automovilistas dicen que han tenido dificultades para
encontrar gasóleo en Dakar durante el fin de semana (el lunes era
festivo), y a veces tuvieron que pasar por varios surtidores antes de
poder repostar.
Unos 400.000 africanos lucharon en las guerras europeas del siglo XX. Entre ellos, los 'tirailleurs', los tiradores de infantería senegaleses. Pocos sobreviven. Hablamos con tres de ellos, que se debaten entre el orgullo de haber combatido con Francia en contiendas como la II Guerra Mundial y el dolor por el trato recibido
Moussa
Bitteye, `tirailleur' o soldado de infantería, que combatió en
Indochina y Argelia, aún sueña con la guerra y los cadáveres que recogía
en el campo de batalla.ALFREDO CÁLIZ
A Sadio Coulibaly le crujen los huesos cuando se levanta del sillón.
Apoyado en su bastón de madera, da unos pasitos y busca el apoyo
cómplice de su esposa. A sus 96 años, es uno de los últimos tirailleurs (tiradores) vivos que lucharon en la II Guerra Mundial,
Argelia e Indochina, soldados africanos reclutados por Francia para dar
su vida por la metrópoli, enviados al frente como carne de cañón y
discriminados a la hora de los reconocimientos, las pensiones y los
premios, incluso represaliados por exigir un trato igualitario. “En
Hanoi las balas no distinguían entre blancos y negros”, asegura
Coulibaly con amargura, “para ir a la guerra no nos pidieron visado”
En su modesta casa del barrio de Ndolofenne, en Saint Louis,
Coulibaly conserva sus ajadas medallas y un certificado de la Orden del
León que le concedió el presidente de Senegal hace tres años. Pese a su
avanzada edad y a fuerza de repetirlo, recita con detalle lugares y
fechas como una letanía. “Del campo de Kayes fuimos a Tambacounda,
Kaolack, Thies y Rufisque. Luego salimos en barco hacia Marsella. Siete
días tardamos en llegar y había chicos de todas partes, de Senegal,
Malí, Guinea y Mauritania”, asegura.
A partir de aquí su relato es confuso y enmarañado, salta de una
guerra a la otra, de la liberación de París al puerto de Tourane, del
barro de Indochina al desierto de Argelia. Pero algunos detalles están
clavados en su memoria. “Nos llevó hasta Saigón el barco SS Pasteur.
La guerra allí fue durísima, nos mandaban a la selva y pasabas días y
días sin dormir, el enemigo salía de la nada de repente, había cadáveres
por todos lados”, explica. Al frente de un destacamento de 140 tirailleurs, el sargento Coulibaly se empachó de muerte. Luego vendría Argelia, donde resultó herido, y lo mandaron de vuelta a casa.
Tras 18 años en el Ejército llegó el momento del retiro. “A los tirailleurs
nos pagan una pensión que es la cuarta parte de lo que reciben los
veteranos blancos. ¿Por qué? Las balas en Hanoi no sabían si eras
europeo o negro, en la guerra de Europa muchos hermanos africanos murieron bajo las bombas.
También nos prometieron la nacionalidad y nunca lo cumplieron, eso fue
una traición. Ya no tengo edad para viajar, pero mis hijos podrían haber
ido a Europa a trabajar y buscarse la vida. Si quisiera ir de visita a
Francia, país por el que lo di todo, tendría que sacarme un visado, pero
para ir a la guerra no me lo pidieron”, asegura con dolor.
Los tirailleurs senegaleses integraban el cuerpo colonial de
infantería y fueron reclutados a lo largo y ancho del territorio
africano bajo dominio francés. Recibieron el apelativo de senegaleses
porque de esta antigua colonia procedían los primeros, pero con el paso
de los años llegaban de Guinea, Malí, Chad, Níger e incluso del Magreb, a
los que denominaron argelinos o turcos. Tras su creación en 1857
participaron por reclutamiento o de forma voluntaria sobre todo en las dos guerras mundiales (al menos 400.000) y en los conflictos de descolonización, como los citados de Argelia e Indochina.
En Gandiol, a una decena de kilómetros de Saint Louis, Moussa Bitteye
pasa casi todo el día acostado en la cama. Escucha con dificultad y le
cuesta reconocer a sus propios nietos. También tiene 96 años y hay
noches que sueña con aquello y se revuelve inquieto en la cama. A veces
se despierta gritando. “Pasábamos cuatro o cinco días en la selva
recogiendo a los heridos, a muchos los cargué sobre mis hombros, eran
hermanos negros, malienses y senegaleses sobre todo”, explica con
dificultad. Su nieto Masseck completa el relato: “Se siente orgulloso de
haber sido militar, pero luego tuvo que volver. Era hijo único y su
padre lo reclamó. Su vida la pasó entre el campo y el mar, como
agricultor y capitán de pesca”.
Uno de los episodios más trágicos de la historia de los tirailleurs
no tuvo lugar en una guerra lejana, sino de vuelta a casa. Ocurrió el 1
de diciembre de 1944 cuando un nutrido grupo de ellos que había sufrido
prisión y trabajos forzados en Europa fue trasladado a Thiaroye (Senegal) tras la liberación de Francia.
Decenas de ellos se rebelaron contra el incumplimiento del pago de sus
primas de desmovilización y fueron reprimidos con brutal violencia por
sus propios compañeros a las órdenes del general francés Dagnan. La
historia oficial habla de 35 muertos, pero se cree que pudieron fallecer
al menos 70. El cineasta Ousmane Sembène recogió estos hechos en su
película Camp de Thiaroye (1988).
A escasos metros de Bitteye, en la misma Gandiol, vive Issoupha Diop,
nacido en 1937, quien estuvo dos años luchando en Argelia. “No tengo
ningún recuerdo bueno de ese tiempo, lo más que me marcó fue la muerte
de un amigo del mismo batallón. Se adentró en el desierto persiguiendo a
un rebelde y luego apareció su cadáver”. El viejo Diop pasa las horas
sobre una alfombra en la entrada de su casa, ya jubilado. Fue militar
hasta 1972 y llegó a caporal jefe. “Pero nada se parece a la guerra, no
es un juego ni una película, es durísima”, dice.
Un puñado de antiguos tirailleurs senegaleses, entre los que
se encontraba Sadio Coulibaly, héroes de guerra que se sienten
maltratados por Francia, trasladaron al presidente Macron en su última
visita a este país africano su malestar por el trato recibido. “Se
comprometió a darnos la nacionalidad”, asegura el militar retirado,
“pero aún no ha cumplido”. Cada vez quedan menos con vida, pero siguen
siendo una herida abierta de una época no tan lejana.