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martes, 9 de octubre de 2018

Permafrost: el suelo que baila y suda gases de efecto invernadero

Carretera ondula por los efectos del permafrost
Carretera ondulada por el permafrost Alberto Arce / Fairbanks, Alaska.
 Circular en coche por Fairbanks, Alaska, es desplazarse sobre una alfombra arrugada. Subirse a un carrusel. Sentir vértigo al volar sobre el desnivel que irrumpe en la recta. Agarrarse al volante para mantener el equilibro y no perder el control del vehículo.

Las carreteras, rodeadas de árboles borrachos. Caídos. Con las raíces intactas, pero muertos. El mismo gigante que azota la tela de asfalto los succionó y colocó junto a postes de luz torcidos e inseguros. A punto de caerse. Entre lagos ya congelados a comienzos de octubre y moteados por burbujas de metano. 

Aquejados todos de la misma dolencia.

Esas carreteras y árboles, el gas en el hielo de los lagos, son algunas de las consecuencias de un cambio climático veloz, irreversible, tangible, visible y comprensible.

Aquí, ahora. 

Bailan sobre permafrost y el permafrost se derrite.

¿Por qué debería importarnos el permafrost?

Si abriésemos un agujero en Fairbanks en dirección al centro de la tierra nos encontraríamos con más de un kilómetro de tierra congelada hace miles de años. Cualquier pedazo de tierra congelada más de dos años es permafrost. Aquí, en el campus, en Alaska, en Siberia o en la planicie tibetana flotamos sobre millones de kilómetros cuadrados de tierra congelada. El calentamiento global convierte ese hielo que agarra la tierra en agua. Esa tierra que se descongela gradualmente ocupa el 24% de la superficie del hemisferio norte, el casquete Ártico. Forma parte de la Criosfera que regula en cascada gran parte de la dinámica de los cambios de la temperatura del planeta y se calienta al doble de velocidad que el resto del globo.

Esa tierra, ese agua, almacenan ingentes cantidades de gases invernadero. Carbono y metano. El metano tiene entre 20 y 30 veces la potencia del carbono. Y al quemarse no se va. Se convierte en carbono y sigue calentando. Una vez liberados del hielo que los retiene en la tierra esos gases se filtran a la superficie, donde pasan a formar parte de la vegetación, de la dieta de los microbios, de los lagos. Terminan en la atmósfera y contribuyen a gran velocidad al calentamiento global. Que a su vez descongela permafrost y vuelta a empezar. Cada vez más rápido. 

Podemos verlo. A principios de septiembre dos hombres jugaban al golf a las afueras de la ciudad. Pisaron una burbuja que flotaba bajo el césped. Se rieron. Ya sabían de que se trataba. Aquí todos los saben.  Tenían un viral para subir a Facebook. La agujerearon, aplicaron la llama de un encendedor y le prendieron fuego. El metano dibujó una llama azul, vertical, rápida, divertida. Para ellos. Para sus seguidores en Facebook. Para la publicidad del promotor de un campo del golf que se vende con un “Juega al golf al campo mas al norte de América”. Que con tanta facilidad podríamos traducir en un “Ven a jugar al golf sobre el cambio climático”.

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Burbujas de metano en un lago Katey Walter Anthony / Fairbanks, Alaska
 La situación es tan desesperanzada como la imagen que nos devuelve el campo de golf. Es peor aún. Sobre todo en los lagos. Apunta a cruzar umbrales de los que no permiten la marcha atrás.

Según un estudio publicado el mes de agosto en  Nature por Katey Walter Anthony, investigadora de la Universidad de Alaska, las consecuencias sobre el calentamiento global del metano que emerge en los lagos creados por el permafrost descongelado serán fatales. Por ese poder concentrado que guarda el metano. La investigación de Walter Anthony estima que podemos encontrarnos, solo en el caso del Ártico y en un puñado de años, con el doble de las emisiones actuales de metano a la atmósfera. El seis por ciento de la superficie, los lagos, puede duplicar las emisiones del total del Ártico. 
Sumarle dos Alemanias consumiendo y emitiendo gas al ritmo de calentamiento actual, que ya avanza cuesta abajo sin frenos. En su conjunto, el metano de las siguientes tres décadas, de cumplirse la proyección, igualará a la agricultura, segunda fuente de emisión humana de gases invernadero tras la actividad industrial. Además, no es reversible. Una vez iniciado el proceso, ni reduciendo el resto de emisiones podríamos detener la transformación del permafrost y su liberación de gas, que sucede con un cierto retardo. 

Una condena.

La limitación de las emisiones de dióxido de carbono derivadas de los combustibles fósiles que, al final, pudiera acordar y poner en marcha el ser humano -de hacerlo, si lo hiciera- se encontrará con las emisiones provenientes de la naturaleza, imposibles de detener, que han sido a su vez impulsadas por la presión y el calentamiento provocados por la actividad humana. 

El del permafrost es un problema digno de la inmensa capacidad de la tecnología para imponerse sobre la naturaleza desde que se escribe la historia. También de su ambivalencia.

Para el campo de golf hay una solución técnica tan inmediata como superficial y efímera: una alfombra de césped que filtre los gases a la atmósfera sin crear burbujas. Pura cosmética. Para las carreteras, los oleoductos, algunos de los edificios e infraestructuras, también la hay: Un sistema de refrigeración que evite que se descongele el pedazo de suelo sobre el que se levantan. Si se mantiene la temperatura sobre la que reposan, no se derrite el suelo. Al menos ese pedazo.

Se gana tiempo. Solo eso. 

Porque cuando nos detenemos a reflexionar sobre la tierra que sujeta los oleoductos, esa solución técnica, en marcha a lo largo de todo el estado de Alaska, nos devuelve una imagen, paradójica, cuando menos, para la ética. La solución, mero parche, alimenta el círculo perverso del calentamiento. Son las empresas que extraen el petróleo y el gas que quemamos y con el que calentamos la atmósfera, las que impulsan gran parte de la economía, el estado que administra sus impuestos, quienes necesitan enfriar -y enfrían- el suelo que contribuyen a derretir con su actividad económica para seguir extrayendo. Y calentando. Y derritiendo. Y reparando. Para extraer. Para consumir. Y calentar más.

Un modelo que se encierra sobre sí mismo. Sobre el que circulamos cada día. Sobre el cual algunos se atreven, incluso, a jugar al golf. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

"Se busca: fotógrafo perdido en Alaska que olvidó comprar el billete de vuelta": la muerte del señor McCunn

Alaska. AP
 Ocurrió el 2 de febrero de 1982. Un tipo que se encontraba de excursión en el lado más salvaje de Alaska, muy cerca del río Coleen, parece divisar una tienda de campaña. Dentro se encontraba el cuerpo de un hombre junto a un diario. Aquel diario iba a narrar de manera muy gráfica un viaje hasta la muerte.

El hombre que había encontrado el cuerpo abrió la maltrecha libreta por la primera página. Había 100 escritas en hojas sueltas. Tras un primer vistazo, todo empezó a cuadrar. El diario comenzaba con una letra ordenada, explicando las maravillas del paisaje en verano, pero a medida que las hojas iban pasando las letras ordenadas daban paso a garabatos de un alma abandonada, cada vez con menos fuerzas.

El río Coleen es un afluente de 84 kilómetros del río Porcupine en la parte noreste de Alaska. Comienza en las montañas de Davidson, en el Arctic National Wildlife Refuge, y fluye generalmente sur-sureste, es el río más grande al este de la montaña de Coleen.

Puede sonar idílico, e incluso las imágenes de la zona son de una tremenda belleza, pero si alguien se alejara unos kilómetros del sendero, tan solo un par de horas perdiendo de vista los mapas recomendados de la zona, entonces se encuentra con la otra Alaska. Es precisamente lo que le ocurrió a un fotógrafo a comienzos de la década de los 80. Esta fue su (triste) historia.

El soldado fotógrafo

En 1946 nace Carl McCunn en Alemania. Su pasaporte será estadounidense, pero su padre Donovan McCunn estaba en el ejército de Estados Unidos destinado en Europa. Poco después vuelven a San Antonio, Texas, donde McCunn pasa su infancia. El chico se graduó en la escuela secundaria en 1964 y se alistó en la Marina de Estados Unidos tras abandonar la universidad.

McCunn sirvió durante cuatro años, hasta 1969. Vivió brevemente en Seattle, Washington, antes de establecerse en Anchorage, Alaska, en 1970. Allí vivió varios meses en la desolada cordillera de Brooks. Esta última experiencia le gustó tanto que pensó en repetirla en el futuro.

Río Coolen en verano. Wikimedia Commons
 Así fue como en marzo de 1981 voló al valle cuando el invierno terminaba. Ya conocía la zona y se había convertido en fotógrafo de naturaleza. Su idea era captar la belleza de la Tundra de Alaska. En su equipaje cargó 500 rollos de película, equipos de fotografía, dos rifles, una escopeta y víveres. Quería permanecer hasta mediados de agosto, unos cinco meses.

Unos días antes, McCunn había arreglado con un piloto de la zona que le acercara hasta Brooks. Se trata de una región que se extiende del Oeste al Este a lo largo de Alaska del Norte hasta el territorio del Yukón de Canadá. Una inmensa área que tiene una distancia de más de mil kilómetros. Las montañas alcanzan hasta más de 2.700 metros de altitud y se cree que la cordillera tiene aproximadamente 126 millones de años.

Sin embargo, y mientras McCunn veía alejarse al piloto desde la zona inhóspita de Alaska, el fotógrafo se percató de un “ligero” falló: no había contratado billete de vuelta. Es más, no le había dicho a sus amigos el punto o la zona donde tenía pensado trabajar. Él creía que sí, pero jamás lo hizo.

En sus primeras anotaciones del diario escribió sobre el regreso de los animales a las zonas de verano: “Los seres humanos estamos tan fuera de nuestro elemento “moderno” en un lugar como este”. A principios de agosto, con sus suministros disminuyendo, su preocupación comenzó a aumentar, “creo que debería haber organizado mejor mi partida”, escribió. “Ahora me cuesta recordar si contraté la vuelta, pronto lo averiguaré”.

A mediados de agosto, sus entradas en el diario ya no estaban fechadas. McCunn se dio cuenta de que el piloto no iba a regresar a por él. En este punto, intentó hacer que sus provisiones durasen más; pasaba gran parte de su tiempo buscando comida, matando algunos patos y ratas o secando la carne de un caribú que murió en el lago. Su ansiedad crecía cada día más y más.

En el diario de McCunn se podía apreciar su esperanza de que su familia o amigos enviarían a alguien a buscarlo después de que no regresara. El hombre creía haber dejado tres mapas con su camping marcado para algunos amigos y su padre, pero era un recuerdo vago y, en tal caso, no tenía claro el itinerario exacto que indicó.

Lo cierto es que, aunque su padre sabía que estaría en la zona, no sabía cuándo planeaba regresar. McCunn también le había dicho a su padre que no se preocupara si no regresaba al final del verano, ya que pensaba en la posibilidad de quedarse más tiempo si las cosas iban bien.

Mientras tanto, sus amigos, preocupados, pidieron a los guardas de Alaska que iniciaran las labores de búsqueda. Así fue como se produjo el segundo momento más triste del viaje de Carl McCunn. Un piloto voló sobre el campamento y lo vio. Sin embargo, posteriormente declaró que no lo vio angustiado y que este estaba ondeando una bolsa roja. “Dimos un rodeo para asegurarnos, y el hombre nos saludó de manera casual, nos vio pasar sin señal ningún de estar pasándolo mal”.

La policía declaró más tarde que no veía ninguna razón para suponer que McCunn necesitaba ayuda. El fotógrafo escribió más tarde en su diario:
Recuerdo levantando mi mano derecha, hombro en alto y sacudir mi puño en el segundo paso del avión. Recuerdo esbozar una sonrisa, fue un momento de alegría, como cuando tu equipo anota un touchdown o algo así.
Sin embargo, esa es justamente la señal en la montaña para indicar que todo está bien. Un soldado del estado que habló con McCunn antes de su viaje le había ayudado a marcar su campamento en un mapa, declaró que el fotógrafo estaba al tanto de una cabaña de caza ubicada a varios kilómetros de su campamento. No está claro por qué no lo utilizó cuando el clima empezó a enfriarse.

Cordillera Brooks. AP
 Con la llegada del invierno escribió lo siguiente: “No me lo puedo creer. Ahora ha pasado demasiado tiempo. Ha llegado la nieve y el lago se ha congelado. He visto al primer lobo, como un husky gigante. He intentado dispararle y lo oí gritar, pero creo que no acerté”.

La caza se hizo cada vez más escasa, y McCunn armaba trampas para conejos, pero las trampas eran atacadas por lobos y zorros, “Ha sido un día terrible para mí y no voy a poder seguir. Tengo las manos cada vez más congeladas. Sólo me quedan frijoles. Honestamente, tengo miedo por mi vida. Pero no me rendiré”.

Para el mes de noviembre, se había quedado sin provisiones. Entonces consideró intentar caminar hasta Fort Yukon, a aproximadamente 90 kilómetros de distancia, pero no pudo hacer la caminata debido a la nieve y a su debilitada condición. Durante el Día de Acción de Gracias, el 26 de noviembre y más bajo que nunca, escribió: “Me siento miserable. He tenido escalofríos al despertar durante los últimos tres días. No puedo durar mucho más que esto. No puedo dejar de pensar en usar una bala”.

Poco después escribió una carta a su padre diciéndole cómo desarrollar una posible película sobre su aventura. Con lo poco que tenía se encendió un último fuego y escribió:

Querido Dios en el cielo, por favor, perdóname mi debilidad y mis pecados. Por favor, cuida a mi familia. Estoy quemando el último rayo de luz y mi última madera partida. Cuando las cenizas se enfríen, me enfriaré con ellas.
Añadió una nota separada pidiendo que sus pertenencias personales fueran devueltas a su padre, y dijo que la persona que lo encontrara debería guardar su rifle y escopeta. Firmó con su nombre y adjuntó su licencia de conducir de Alaska. “La identificación. Este soy yo”, escribió.

Su última entrada en el diario fue “dicen que no duele”. Después de eso, el señor McCunn de 35 años apretó el gatillo. Fueron las últimas palabras de su último y fatídico viaje a Alaska.

Imagen: Wikimedia Commons


Fuente: http://es.gizmodo.com/se-busca-fotografo-perdido-en-alaska-que-olvido-compr-1815183443