Mostrando entradas con la etiqueta Libia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libia. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de abril de 2019

Libia: “Fue desgarrador ver a personas enjauladas en los centros de detención”

Jai Defranciscis es una enfermera australiana que regresó recientemente de una asignación como coordinadora de actividades de enfermería en Misrata, Libia, donde estamos brindando atención a migrantes, refugiados y solicitantes de asilo que enfrentan detenciones arbitrarias y sufrimientos extremos. Así recuerda su experiencia.

Sara Creta/MSF
Fue completamente desgarrador ver a personas enjauladas en los centros de detención, de pie tras las rejas. Sus ojos miraban al vacío. Sin embargo, cuando hablé con ellos, cada persona tenía una historia. Había niños soldados que escaparon de una vida horrible buscando un nuevo comienzo; personas que anhelan una educación o más oportunidades para su familia. Me decían: "No he hecho nada malo, ¿por qué estoy en una prisión?".

En Libia, estamos brindando asistencia de emergencia y atención médica a los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo que se encuentran atrapados en un ciclo de violencia y explotación. Tenemos dos equipos móviles que trabajan en cuatro centros de detención en Misrata, Khoms y Zliten, ubicados al este de Trípoli, para brindar atención médica básica a las personas detenidas en centros bajo la autoridad de la Dirección de Lucha contra la Migración Ilegal.

También tenemos una clínica ambulatoria en Misrata. En Bani Walid, una región donde se generaliza el secuestro de migrantes y refugiados y el uso de la tortura para obtener un rescate, regularmente brindamos consultas médicas en un recinto para las personas que son liberadas o escapan de las prisiones ilegales administradas por traficantes. Los pacientes allí a menudo han sufrido horribles torturas y requieren atención continua. Organizamos traslados médicos a clínicas y hospitales para los casos más graves.

Las condiciones de vida que vi en los centros oficiales de detención son impactantes. Tratamos principalmente enfermedades de la piel como sarna, infecciones del tracto respiratorio y problemas gastrointestinales, relacionados con condiciones de vida poco higiénicas, hacinamiento y una dieta excepcionalmente deficiente. También tenemos pacientes con lesiones antiguas por tortura y heridas que han empeorado debido a la falta de tratamiento.

Muchas personas están psicológicamente rotas y traumatizadas por lo que han experimentado, y por permanecer detenidas indefinidamente. Se podría suponer que las personas que llegan a Libia están muy enfermas por haber huido de sus países de origen, pero en realidad la mayoría de los problemas de salud física que afectan a las personas se deben directamente a los horribles abusos y las condiciones de vida a las que están sometidas en Libia.

Ciclo interminable de sufrimiento
En varias ocasiones, mientras trabajaba en Libia, nuestro equipo pudo acceder a los puntos de desembarque, donde conocimos a personas que fueron devueltas por los guardacostas libios después de intentar escapar de Libia en bote. Evaluamos sus necesidades y distribuimos kits de higiene que contienen zapatos, ropa interior, toallas, detergentes, artículos de tocador y productos de higiene femenina.

A ellos les brindamos atención médica de urgencia, que a menudo incluía el tratamiento de quemaduras químicas de combustible, dolor generalizado del cuerpo, infecciones del tracto respiratorio, deshidratación, náuseas y vómitos (por mareo), hipotermia e inhalación de agua. Luego remitimos casos graves o complicados al hospital. El resto de las personas fueron llevadas a centros de detención por las autoridades.

En Libia me di cuenta del ciclo devastador en el que los migrantes, los refugiados y los solicitantes de asilo quedaron atrapados interminablemente entre el mar y la detención. Comencé a ver a las mismas personas apareciendo en los botes en los desembarcos. Tan pronto como los llevaron a tierra, la gente estaba tratando de organizar el próximo viaje.

"Habían desaparecido en la noche"
Había una paciente, una niña de unos 8 años, que formaba parte de un grupo de personas que conocí en un punto de desembarco. Le dije que cuando visitara el centro de detención al que se asignaría su familia, le traería unos zapatos que eran de su tamaño. Cuando llegué, ella vino saltando por el patio para encontrarse conmigo, cuando noté que su madre estaba detrás de ella con sus pertenencias.

Miré a mi alrededor y había 20 personas, todas agarrando sus pertenencias y caminando hacia autos que esperaban. La niña dijo: "¡Vamos a vivir en una casa en Trípoli!". No tenía idea de a dónde iban, posiblemente para estar mejor que en un centro de detención indefinidamente. Me aferro a esa idea, aunque también existe el riesgo del trabajo forzoso y la trata de personas. Esto ocurría con frecuencia, y les sucedía a todos: hombres, mujeres embarazadas y bebés.

Yo sabía sus nombres y sus caras. Yo había establecido una relación con estas personas, ya que las habíamos cuidado por algún tiempo.  Sin embargo, un día atendíamos personas en un centro de detención y al día siguiente esas personas ya no estaban. Habían desaparecido en la noche. Algunas personas decían: "Por favor, envíenme a un hospital, porque no creo que esté aquí mañana si no lo hacen".

Es un desafío continuo llegar a las personas que necesitan nuestra atención en Libia. Hay muchos puntos ciegos. Necesitamos negociar constantemente con las autoridades para mantener el acceso a los centros de detención. A veces, los guardias ocultan a algunos pacientes y solo llevan a ciertas personas a las salas de consulta para que las tratemos. El seguimiento de los pacientes es extremadamente difícil cuando no podemos rastrear dónde se han trasladado.

Si MSF no estuviéramos en Libia prestando atención, muchas de estas personas probablemente no tendrían acceso a tratamiento médico. No podemos liberar a las personas de la detención. Pero al estar allí y tratar a alguien por una herida grave o una infección en el pecho, y escuchar su historia, pude ver que al menos habíamos hecho algo para ayudar a esa persona en esta terrible situación. También es nuestra responsabilidad compartir estas historias, para exponer este terrible ciclo de violencia que los países europeos están alimentando deliberadamente en nombre de la gestión de la migración.

Fuente: https://www.msf.es/actualidad/libia/libia-fue-desgarrador-ver-personas-enjauladas-los-centros-detencion?utm_campaign=coschedule&utm_source=twitter&utm_medium=MSF_Espana&utm_content=Libia:%20%E2%80%9CFue%20desgarrador%20ver%20a%20personas%20enjauladas%20en%20los%20centros%20de%20detenci%C3%B3n%E2%80%9D

miércoles, 25 de julio de 2018

"Libia es la vergüenza de Europa"

Libia es hoy un agujero negro del que apenas sabemos nada, por más que sea la tierra que atraviesan los migrantes que quieren llegar a la orilla norte del Mediterráneo, por más que de sus costas parta ese flujo de barquillas que las guerras, la persecución y el hambre alimentan sin fin. Pocos periodistas tienen los visados, las fuentes y el polvo en los zapatos que garanticen una información creíble del país. Entre los más fiables se encuentran los freelance Karlos Zurutuza (Donostia, 1971) y Ricardo García Vilanova (Barcelona, 1971), redactor y fotógrafo que acaban de sacar de la imprenta Tierra adentro. Vida y muerte en la ruta libia hacia Europa (Libros del K.O.). Frente al apagón informativo posterior a la primavera de 2011, esta entrevista de Zurutuza con ElHuffPost es un destello de luz, la de quien va, ve y lo cuenta, aunque ya no esté de moda.

Una se acerca al libro pensando que es una crónica de inmigración y se encuentra con una radiografía global de Libia, mucho más profunda. ¿Tocaba hacerle justicia a un lugar tan demonizado?
Sí. Nosotros llegamos en 2011 a Trípoli y luego, de un día para otro, me di cuenta de que la gente desaparecía, cayó la capital y todo quedó vacío. Yo llegué como un paracaidista más, aunque generalmente evito trabajar en sitios de los que no sé nada, como me pasaba entonces con Libia, pero aparecí allí presionado por la necesidad, porque cuando empezaron las revueltas árabes yo estaba en Bagdad intentando vender historias y no había interés por parte de nadie, así que me dije: "¿Dónde hay que ir en este momento?". Y la respuesta era: "Libia". Pero vas allí y empiezas a contar una historia que te engancha y se crean unos vínculos que van más allá de las historias, a nivel humano. Desde entonces tengo grandes amigos en Libia, gente a la que quiero mucho. Se crea ese lazo personal con el país que tienes el gusto de ir destripando, es descubrir una historia a la que cada vez le encuentras más matices. Eso me resulta fascinante. A veces pienso que hay un gran trecho entre lo que sabía de Libia cuando llegué y lo que sé hoy. Produce mucha satisfacción la sensación de que estoy desentrañando un misterio, en cierta manera.

¿Tan poco sabemos de esa tierra?
Es duro decirlo, pero sí, poquísimo. Hoy en día hay gente que sigue confundiendo Libia con Líbano. Cuando lo ven en el mapa, ahí abajo, en la otra orilla de Europa, al lado de Italia, es cuando dicen: "Coño, esto está muy cerca, no es el lejano Oriente Medio". Esa es otra cuestión, además, que a toda esa zona se la llama también Oriente Medio o mundo árabe, cuando estamos hablando del norte de África y de mucha gente que no es árabe. Es una batalla en la que primero tienes que desmontar clichés, muy enquistados desde hace mucho tiempo.

¿Cómo definiría la Libia de hoy, sin Muamar el Gadafi?
Como un estado en descomposición progresiva, un estado fallido sin duda alguna. Hay tres gobiernos sobre el papel y sobre el terreno se calcula que hay más de 2.000 grupos armados. La renta per cápita de armas es de cuatro o cinco por cada libio, según datos de Naciones Unidas. Y luego, además, el problema al que nos enfrentamos es que hemos intentado analizar la situación con paradigmas de otros lugares que creemos parecidos, como puede ser el caso de Siria, pero no, las claves sectarias sunitas y chiítas de Siria no valen para Libia, donde se calcula que hay unas 140 tribus y miles de subtribus. Para llegar a entender lo que es Libia tenemos que mirar con un microscopio el tejido tribal, que es lo que realmente cohesiona a los libios; lo único posiblemente que lo hace.

PHILIPPE DESMAZES via Getty Images

Un grupo de mujeres enarbolan la bandera nacional, en la celebración de la liberación de Libia, en Misrata (octubre de 2011).
Explica que los migrantes económicos y los refugiados no están llegando ahora, sino que llevan décadas en el país. ¿Cómo están ahora?
Hay que entender que Libia era destino para muchos subsaharianos en los años 90, cuando el país tiene a Gadafi que se autoproclama rey de reyes de África, cuando realmente hay trabajo en condiciones para ellos, con el que pueden sobrevivir y mantener a sus familias, cuando es un país estable, lo cual no quiere decir que respetara los derechos humanos más básicos, ni de los de fuera ni de sus propios ciudadanos. Estalla entonces la guerra y esta gente se ve atrapada en el fuego cruzado y tiene el dilema de intentar llegar a Europa o volver a casa. A ellos se suman los que estaban de paso buscando salir, que ya entonces había pero eran muchos menos, porque antes había oportunidades. Hay gente que se ha quedado en lugares muy concretos, por ejemplo en Misrata, una ciudad-estado, probablemente el lugar más estable de toda Libia, pero ya son excepciones. Los migrantes que quedan de los 90 ya son muy pocos. Ahora la cuestión es que Libia ya no es destino, sino que es tránsito, solamente.

¿Cómo es esa "yincana" que explica en el libro? ¿De dónde vienen, cómo sobreviven tierra adentro, antes de tomar una patera?
Hay dos rutas esenciales de acceso: una que llega del oeste y otra del este, el movimiento está en el arco que se forma entre Nigeria y Senegal, a un lado, y Somalia y Eritrea, en el otro extremo. En cualquier caso, tienen que atravesar el África Subsahariana, con lo que ello conlleva. En el caso de la ruta del oeste tienen que pasar por el Sahel [una zona en la que conviven conflictos tribales, grupos de delincuencia organizada y yihadistas]. Por ahí pasan en camiones abarrotados de gente, que se tiene que atar porque sabe que, si alguien se cae por el camino, el conductor no para. Es una travesía en la que no sabemos cuántos mueren pero son muchísimos, se dice que incluso más que en aguas del Mediterráneo. Llegan al sur de Libia, una zona en la que confluyen todos y que está totalmente fuera de control. El otro día hablaba con un colega de la zona que me decía que ya no hay ningún líder ahí, es el caos más absoluto entre milicias de todos los colores, los leales a Gadafi, gente del Estado Islámico... Y aún así tienen que pasar por ahí todos los migrantes.

¿Y una vez dentro de Libia?
Ahí empieza un proceso en el cual hay generalmente dos opciones: o acabar secuestrado por una mafia que te maltrata hasta que tu familia paga un rescate o ir a un centro de detención, que son generalmente antiguas escuelas, muy precarias, en las que evidentemente se cometen abusos, aunque creo que muchos menos de los que se denuncian generalmente. Tenemos que tener en cuenta que Libia es un país de seis millones de habitantes que está viviendo una postguerra y que según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) acoge a un millón de personas de fuera. ¡Si no tienes medios para recuperar tu propio país, imagina qué medios vas a tener para alimentar a esta gente! Hay una narrativa enferma, yo creo, un bucle, generalmente alimentado por periodistas que necesitan vender historias y van con el titular en la frente, lo cual no quiere decir, insisto, que no haya abusos, pero hay que hacer esta distinción, entre lo que son los centros de las mafias y los de detención oficiales entre comillas.

Entre las personas que ha entrevistado hay gente que prefiere morir ahogada a que las salven las autoridades libias y tener que volver al país...
Sí, es que el que se embarca está en la última etapa de un trayecto, ha sufrido lo indecible y ha pagado lo incalculable para sus estándares. Por tanto, volver a Libia es volver a empezar de cero, a la casilla de salida. A ser detenido, a tener que trabajar en la precariedad para lograr dinero para una patera, a verse expuesto a ser maltratado o a perder la vida.

Ismail Zetouni / Reuters

Una mujer subsahariana y su bebé, tras haber sido rescatados por los guardacostas de Libia, el pasado abril.
¿Son tan demoníacos los guardacostas libios como se cuenta?
Hay que entender que Libia tiene un esquema de ciudades-estado. En las ciudades de la costa que tenían los restos de la antigua flota es la propia milicia o el propio consejo local el que maneja esas embarcaciones. Hasta el punto de que yo he estado en una patrulla con la gente de Zuara y recuerdo que llegamos a un punto en el que ya eran aguas jurisdiccionales de Sabratah, la ciudad vecina, y no podías ni avanzar. Cada puerto tiene sus propias aguas jurisdiccionales.

O sea, que el error para empezar es hablar de "guardacostas libios", porque de eso en realidad no hay.
Eso es, no hay un mando central. He intentado hablar para el libro con el mando de la operación naval conjunta Sophia de la Unión Europea para que me lo expliquen y valoren, pero no dan entrevistas, sólo evasivas. Pero sí he podido hablar con gente que había estado implicada en algo parecido, en 2013, y aquel mando me dijo que ya entonces habían tenido el mismo problema. Resumiendo: no había un mando único, eran todo unidades independientes que funcionaban de forma autónoma, con la diferencia de que entonces todavía llegaban a los libios los sueldos de rentismo de tiempos de Gadafi, mientras que hoy esos sueldos no llegan, con lo cual el riesgo de infiltración de las mafias en estas estructuras de control es mucho mayor. Está más que comprobado que en ciertas localizaciones de la costa los guardacostas locales dejaban pasar a las pateras del traficante que había pagado la mordida, mientras que aquellos a los que detenían eran los barcos de que no habían pagado ese peaje. Y de toda esta gente se hace un contingente bajo el paraguas italiano, los que llamamos guardacostas, que al final se trata de una unidad cuando menos controvertida. Es el cordón sanitario que buscaba Italia, básicamente. Querían que se frenara el tránsito y lo están consiguiendo.

¿Los barcos de rescate alientan el efecto llamada, como dicen los críticos con su labor?
No. Eso se demuestra con datos sobre la mesa: cuando concluye la misión de rescate Mare Nostrum de Italia y asume la responsabilidad el Frontex [la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas], lo que hacen es retirarse hacia atrás, hacia aguas jurisdiccionales europeas, con lo cual el número de gente que muere en el mar se multiplica por 30. ¿Deja de llegar la gente porque no haya barcos de rescate? No, la gente se echa a la mar en la misma proporción, pero lo que pasa es que mueren muchos más. Esa es la diferencia, porque lo que sí existe es el efecto salida o huida, de la guerra y de la miseria de sus lugares de origen.

¿Qué le parece la actitud del nuevo Gobierno de Italia de cerrar sus puertos a los barcos de rescate?
La gente que más personas ha rescatado en la costa son los italianos, nadie ha salvado a más migrantes que la Guardia Costera. Eso hay que decirlo. Italia en su día pidió ayuda a la UE, allá por 2014, para mantener Mare Nostrum, porque era una operación que costaba nueve millones de euros al mes, más el coste político que suponía al Gobierno de entonces. Pero no, la UE le dio la espalda. Por supuesto que me parece fatal que se cierren los puertos, pero me parece también fatal que se delegue toda la responsabilidad de la gestión de un drama como este a un solo país. Entonces, sin justificar lo que hace Italia, creo que esta polémica para lo que sirve es para poner sobre la mesa que hace falta una estrategia conjunta a nivel europeo. No se puede deja a Italia que asuma todo. Es inviable. Yo me pregunto si la situación hoy sería otra si la UE en 2014 hubiera apoyado Mare Nostrum. Hemos llegado a la situación que hemos llegado un poco por culpa de todos.

¿Qué piensan los libios de los centros de detención de inmigrantes que proponen en la orilla del norte?
Lo de los centros es de risa. Para poder abrirlos en la costa necesitan, primero, una labor diplomática de manual con las milicias que controlan cada ciudad y, segundo, mucho dinero, por supuesto. Aún así, sería muy difícil crearlos. El plan de Matteo Salvini [el ministro del Interior italiano] de abrirlas en el desierto, en el sur, donde la situación está fuera de control, es imposible, absolutamente inviable. Hay dos opciones: o Salvini no conoce la situación en Libia, lo cual me cuesta creer porque los mejores analistas del país son los italianos, los que más controlan por motivos históricos ya que fue colonia suya, o simplemente estamos ante un mensaje populista de cara a su pueblo, como decirle a los italianos: "No sólo cierro los puertos sino que busco soluciones en suelo libio", aunque sean soluciones que no tienen ninguna perspectiva de prosperar.

LIBROS DEL K.O.

Portada del libro de Zurutuza, con foto de García Vilanova.

En el libro aborda también el escándalo del que fuera enviado especial de la ONU para Libia, el español Bernardino León, de quien se filtraron varios emails intercambiados con el gobierno de Emiratos Árabes, que tiene importantes intereses en el país y que hoy le paga por dirigir su academia diplomática. Patinazos como ese, mediadores que no sirven... ¿Están haciendo algo realmente valioso la UE o la ONU sobre el terreno?
Es todo un despropósito. El Gobierno que respalda la ONU, que salió del plan puesto en marcha por Bernardino León, no cuenta con el refrendo de los libios, por ejemplo. Creo que es la primera vez que eso ocurre desde la creación de las Naciones Unidas, optar un gobierno que no ha pasado por una elección popular y que se sustenta sobre una milicia salafista para poder estar sobre el terreno, como es Trípoli. Si esta va a ser la actitud de la UE también... pues ha perdido toda credibilidad de cara a los libios. Los ciudadanos no confían en ninguno de los tres gobiernos, ninguno tiene legitimidad para ellos. Estamos ante un resto de la visión colonial que seguimos teniendo sobre estos territorios, en este caso Libia, tratando a esta gente como cosas, como si no tuvieran derecho a tener una vida como la nuestra. Nosotros disponemos esto y que se aguanten. Libia es, sin duda, la vergüenza de Europa.

Tras la decena de viajes intensos que ha hecho a la zona, ¿ha encontrado a algún libio que aún tenga esperanza y, más aún, a corto plazo?
No. La descomposición es tal que la vida en Libia se ha convertido en una lucha diaria. Los ciudadanos han dejado de vivir en un país en el que no había una democracia como la entendemos nosotros ni libertad de expresión, donde el mismo señor mandaba desde hacía 40 años, pero en el que había un bienestar porque era un estado rentista, donde te daban dinero por no hacer nada. Ahora, de repente, ese dinero deja de contar y vale ocho o diez veces menos de lo que valía en su día, de 2011 a hoy. Salir adelante es una cuestión de pura supervivencia, por eso hasta los libios han empezado a saltar a pateras. Antes lo hacían muy pocos y habitualmente usaban sus propios barcos de pesca para llegar a Europa, pero ya ni eso. Así que no, no tienen ninguna esperanza, en nadie, no conozco a ninguno que defienda a los gobiernos de corazón; puede que alguno lo haga por razones pragmáticas, porque algunos sueldos aún siguen llegando y punto, los necesitan. Pero ni los libios, ni la ONU ni los enviados especiales hasta la fecha, nadie tiene ninguna legitimidad. Es demasiado categórico lo que digo, quizá, pero créame, es también bastante descriptivo.

Fuente: https://www.huffingtonpost.es/2018/07/09/entrevista-con-karlos-zurutuza-libia-es-la-verguenza-de-europa_a_23478014/

martes, 10 de abril de 2018

Esclavos del Sáhara

Decenas de migrantes vendidos como esclavos en Libia dan fe de su infierno y de un cambio de tendencia: son ya más los que regresan que los que parten hacia Europa

Esclavos del Sáhara

Jóvenes migrantes esperan en guetos de las afueras de Agadez para cruzar el desierto hacia Libia. (Pau Coll / RUIDO Photo)

Mubarak Abdaha corría con una sola certeza: si le atrapaban, le iban a matar. Abdaha corría de noche, sin descanso, ocultándose entre los arbustos, desconfiado y decidido a escapar de una pesadilla propia de otro siglo: seis meses como esclavo en Libia. Hace sólo diez días, Abdaha huyó de la mina de oro donde durante medio año le habían rebajado a ser un animal. Cada día a las cinco de la mañana, unos guardias libios le despertaban a latigazos para obligarle a picar piedra bajo el aplastante sol del sur del país. Sin apenas agua ni comida, a golpes. Hasta el anochecer.

Abdaha había huido medio año antes de la guerra de su país en Darfur (Sudán) con el sueño de encontrar la paz en Europa, pero tras atravesar el norte de Chad y entrar en Libia empezó su calvario. Unos milicianos armados detuvieron el coche en el que viajaba y secuestraron a todos los migrantes. Ahora Abdaha tiene una cicatriz fresca en la cabeza –un bastonazo por picar lento– y otras muchas que no se ven. “La noche que huí, no pensaba en los demás; mataban a quien intentaba escapar y exponían el cadáver en la mina para evitar más huidas, así que sólo quería sobrevivir; pero ahora sí pienso en los que están allí. Me pone triste”. Según Abdaha, en aquella mina al este de Sabha, en el sur de Libia, trabajaban –trabajan, también hoy– más de 200 esclavos sudaneses, chadianos, cameruneses y nigerianos. “Algunos llevaban dos años allí y les habían pegado tanto que habían enloquecido”.

A Abdaha, de 23 años, no le hace falta insistir en que Libia es un país fallido dominado por milicias y mafias que secuestran, extorsionan y venden como esclavos a miles de migrantes y refugiados en su camino a Europa. Le basta levantar la cabeza para confirmar sus palabras. Junto a él, apelotonados en un cobertizo en Agadez (Níger), hay medio centenar de sudaneses que acaban de huir de una suerte parecida. En los últimos meses han llegado desde Libia a la ciudad nigerina, el punto clave donde confluyen las rutas migratorias a través del Sáhara, 1.200 sudaneses en busca de refugio.

Maborok Noon-Deng-Noon, de 55 años, sabe hasta su precio. Al segundo día de llegar a Sabha, unos tipos con AK-47 le cerraron el paso en la calle y lo metieron en un garaje donde había hacinadas 70 personas. “Días después vino un hombre a hablar con los guardias, escuché cómo negociaban por un lote de ocho sudaneses por 360 dinares por cabeza”. 220 euros el esclavo.

Una docena de entrevistados para este reportaje denunciaron que civiles libios compran esclavos a las milicias para que trabajen en sus granjas, cultivos o casas sin pagarles salario, donde son maltratados y malviven en condiciones higiénicas deplorables.

Mubarak Abadaha, un joven sudanés de 24 años, hace pocos días que ha escapado de Libia donde fue vendido como esclavo.
Mubarak Abadaha, un joven sudanés de 24 años, hace pocos días que ha escapado de Libia donde fue vendido como esclavo. (Pau Coll / RUIDO Photo)
  El desgobierno tras la caída del régimen de Muamar Gadafi en el 2011, con cientos de milicias disputándose las sobras del país, ha convertido Libia en el paraíso de los traficantes de personas. Aunque antes hubo otras rutas migratorias muy transitadas por Mauritania y Marruecos, el mayor control de las vías del oeste africano, unido a la ausencia de ley en Libia, han convertido la ruta central, vía Níger y Libia hasta Italia, en el itinerario principal hacia Europa. Desde el año 2014, 500.000 personas han llegado a costas italianas por este camino, el que más muertes provoca en África. El mercadeo de esclavos suma peligro a una ruta central que ya cuenta con las trampas mortales del Sáhara y el Mediterráneo: alrededor de 15.000 personas han muerto en el mar en cuatro años.

El horror libio y el mayor control policial promovido por la Unión Europea y varios países africanos en el Acuerdo de La Valeta (Malta) en el 2015 han provocado un cambio de tendencia: desde finales del año pasado, la cifra oficial de migrantes que regresan a Níger desde Libia y Argelia es mayor que la de quienes parten de Níger hacia Europa. Según la Organización Internacional para la Migración de la ONU (OIM), en enero de este año 4.151 migrantes regresaron, por 3.085 que partieron hacia el norte.

Para el chadiano Lincoln Gaingar, responsable del centro de tránsito de la OIM en Agadez, hay tres factores que explican el cambio. En primer lugar, el miedo. “Las cifras son reflejo del caos y la inseguridad en Libia. Allí los migrantes son diamantes andantes; los secuestran, los venden o extorsionan, les roban… ¿Cómo no querer huir?”. En segundo lugar, un empujón. El año pasado la OIM inició un programa de repatriación al país de origen para quien decida regresar. En el primer trimestre del 2018, la OIM ha retornado a su hogar a 3.000 migrantes, aunque de forma discutiblemente voluntaria: las cifras incluyen a los expulsados por las autoridades argelinas o quienes, tras meses en centros de detención libios, se acogen al plan de la OIM para acabar con los maltratos.

Por último, dice Gaingar, las cifras se explican por los fantasmas. La prohibición del transporte de migrantes –hasta hace poco salían libremente de Agadez convoyes de hasta cien 4x4 atiborrados de migrantes– y la consiguiente detención de 282 conductores o traficantes y la confiscación de 169 todoterrenos ha generado la aparición de nuevas rutas clandestinas más largas –desde Zinder, en el sur nigerino–, más caras y más peligrosas. Más desierto y más rodeos significan también más muertos y más migrantes “fantasma”. Gaingar admite que las estadísticas no registran a esos migrantes indetectables pero aun así cree que las cifras de la OIM reflejan la realidad: “Ahora regresan más de los que se van, estoy convencido”.

El maliense Somaila Maiga, de 23 años, es uno de esos retornados. Habla en voz baja, con un gorro de lana calado hasta las cejas, en el centro de tránsito de la OIM, donde hay 309 jóvenes que acaban de llegar de Libia y esperan ir a casa. Primer hijo de una familia numerosa de Bamako, Maiga quería ir a Europa para ayudar a su madre viuda. Su sueño era ir a Alemania y ser boxeador. Estuvo a punto de llegar. Apenas 30 minutos después de pagar 400 euros y subirse a una lancha para cruzar el mar, una barca con hombres armados les abordó y les llevó a una casa baja. Y cuando dice “la casa”, la mirada de Maiga se ensombrece.

Un Joven enfermo de Guinea Conakry en un hangar de autobuses de Niamey donde esta siendo deportado des de Argelia.
Un Joven enfermo de Guinea Conakry en un hangar de autobuses de Niamey donde esta siendo deportado des de Argelia. (Pau Coll / RUIDO Photo)
 Después de llevarse a las mujeres –“nunca más supe de ellas”–, llevaron a 58 hombres a una habitación sin luz, de techo bajo, sin lavabo y con sólo un agujero para respirar. Luego empezaron las torturas. “Nos pegaban con un látigo, con palos y patadas. Nos daban un teléfono para llamar a casa y decir que, si no enviaban 500 euros, nos matarían. Mientras hablaba con mi madre me pegaban para que llorara”. Si te negabas a llamar o el dinero no llegaba, estabas muerto. Literal. Maiga vio morir a cinco compañeros. Después de tres meses, su madre reunió el dinero –“no sé cómo lo hizo, no tiene nada”– y fue liberado.

En cuanto salió a la calle, empezó a ahorrar para volver a casa. Tras trabajar cuatro meses de albañil en Libia para nada –su jefe libio se negó a pagarle– y otros seis meses de pintor en una compañía china en Argelia, Maiga se las vio con la policía argelina. “Fui a denunciar con varios compañeros que la empresa nos debía tres meses y al día siguiente nos expulsaron”.

En la frontera, las autoridades argelinas habían reunido a más de 2.000 migrantes indocumentados. Antes de echarlos a Níger, les vaciaron los bolsillos. “Éramos muchos, llenábamos 40 buses. A mí me quitaron 600 euros y el móvil, todos mis ahorros; a otros más. Algunos se volvieron locos y la policía disparó al aire”.

Desde hace meses, las historias de esclavitud y explotación recorren todos los rincones de Agadez. También llegan a los “guetos”, casas clandestinas donde los migrantes esperan la señal del passeur o traficante para salir hacia Libia. Detrás del aeropuerto, al final de una calle de arena con casas bajas de adobe, llamamos a una puerta oxidada y la abre un chico de pelo pincho. Dentro, en una habitación sin ventanas ni muebles, hay una docena de jóvenes de Senegal, Gambia, Togo, Camerún, Costa de Marfil y Guinea tumbados en esterillas. Ninguno duda de ir a Libia. El marfileño Binaté Bemssi, de 17 años, se incorpora al preguntar si conoce los peligros. “¡No me creo nada! ¿Esclavitud y secuestros? A algunos les pasa, pero otros lo consiguen. La OIM y los políticos exageran para dar miedo y ganar dinero”. Los demás asienten. Lo quieren intentar. Lo van a intentar.

Al rato Bemssi se calma, se sienta en un bidón de agua amarillo y se pierde en sus pensamientos. Justo detrás de él, en la pared sucia alguien ha escrito una frase con un trozo de carbón: “Europe ou rien”. Europa o nada.


Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20180325/441917806451/esclavos-sahara-migracion-niger.html

domingo, 25 de marzo de 2018

Las ONG en el Mediterráneo central: cuando salvar vidas te puede llevar ante un juez

Rescate Mediterráneo 7
Olmo Calvo
 El pasado fin de semana el fiscal jefe de Catania (Italia) ordenó inmovilizar el barco de la ONG Proactiva Open Arms. Lo hizo tras acusar al personal al mando de la nave de asociación criminal y promoción de la inmigración clandestina. La embarcación continúa en estos momentos en el puerto de Pozzalo, una pequeña localidad al sur de Sicilia, a la espera de que la justicia italiana decida qué hacer con ella.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Por qué una ONG especializada en salvar vidas en el mar se enfrenta a un posible proceso judicial por su actividad en el Mediterráneo central? ¿Qué decisiones políticas se han tomado en los últimos meses en esta frontera, la más mortífera del mundo según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM)?

Empujar la frontera Sur 
Hay una fecha clave que cambia la gestión de las tragedias que día a día cruzan el trozo de mar que separa Italia de Libia. Hace poco más de un año, el 2 de febrero de 2017, el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, y el presidente del Gobierno de Reconciliación Nacional de Libia —la autoridad reconocida por la Unión Europea (UE) en el caos del país norteafricano—, Fayez Mustafa Serraj, firmaron en Roma un acuerdo de colaboración contra la “inmigración ilegal y el tráfico de seres humanos” y para “reforzar la seguridad fronteriza” entre ambos países.

Este memorándum y sus ampliaciones posteriores tienen el objetivo de evitar a toda costa las llegadas de barcos con migrantes y solicitantes de asilo a las playas italianas y, en la medida de lo posible, impedir su salida desde Libia. Igual que en 2016 se hizo con Turquía, la intención es externalizar las fronteras comunitarias y llevarlas más allá de lo que indican los mapas. También lejos de los medios de comunicación europeos.

La maniobra del Gobierno de Italia, que un día después obtuvo el respaldo del resto de Estados miembros de la UE —incluida España— durante una cumbre de primeros ministros en Malta, se dio en un contexto de auge del discurso xenófobo y anti-inmigración en todo el continente, con especial incidencia en el país transalpino. Las elecciones que han entregado el poder a la derecha nacionalista ya se vislumbraban en el horizonte.

Reglas de juego cambiantes
El pacto libio-italiano, basado en un fondo de financiación de cerca de 200 millones de euros, cambió las reglas de juego en el Mediterráneo Central. A las numerosas ONG de salvamento que trabajaban entonces en la zona se les impidió acceder dentro de las 12 millas náuticas del litoral libio. Pero las trabas a su labor no se quedaron ahí.

Según relataba en una reciente entrevista con CTXT el jefe de operaciones de Proactiva, Gerard Canals, en la primavera de 2017 la actitud de los guardacostas libios cambió radicalmente. De convivir e incluso cooperar en algunos rescates en alta mar se pasó a un hostigamiento constante. “No nos quieren frente a sus costas. A veces lo hacen de un modo más normal, pero otras es violento”, relataba Canals en febrero, antes del episodio de la semana pasada que ha provocado el secuestro preventivo del Open Arms.

En un vídeo publicado por el diario ARA se observa cómo en medio de su última operación de rescate, una fragata libia reclama a la ONG con sede en Badalona que entregue a las personas rescatadas. En un momento de gran tensión, en el que varios de los migrantes amenazaron según diversos testigos con tirarse al agua si eran devueltos a Libia, los guardacostas advierten de sus intenciones a los socorristas de Proactiva: “I kill you”. Poco después abandonaban la zona.


Este es el último de varios episodios similares y recientes. En noviembre la organización alemana Sea Watch denunció el “comportamiento temerario” de las patrulleras libias tras un caótico rescate en el que murieron 5 migrantes. Antes, en agosto, otro buque de Proactiva, el Golfo Azurro, fue retenido durante dos horas con la intención de ser llevado a Trípoli. La intermediación de varios eurodiputados que iban en el barco lo impidió.

Por esas mismas fechas el Ejecutivo italiano impuso una nueva medida de presión a las organizaciones gubernamentales. Un código de conducta que incluye cláusulas que dificultan todavía más la eficacia de los rescates (limita el traslado de migrantes de un barco a otro para su evacuación o el uso de luces para facilitar el salvamento) o que van en contra del principio de neutralidad de estos grupos (exige la presencia, en ciertas situaciones, de policías armados en los buques). Actores hasta entonces muy activos en la zona como Médicos Sin Fronteras rechazaron acogerse a este código.

El caldo de cultivo idóneo para más muertes 
Durante el verano de 2017 el fiscal que ahora ha inmovilizado el Open Arms, Carmelo Zuccaro, echó más leña a la hoguera de los bulos incitados desde grupos xenófobos europeos al asegurar en una entrevista con La Stampa que contaba con pruebas para demostrar la connivencia entre las ONG y las redes de traficantes de personas. Aquello se quedó en una simple insidia. Meses antes, desde la agencia de la UE Frontex se acusaba, también sin pruebas, a algunas ONG de actuar como “taxis del mar”.

A fianco di Ada Colau sindaco di Barcellona per il ritorno alla libera navigazione della nave soccorso OpenArms sequestrata a Pozzallo. Erri De Luca

La tóxica teoría de que las labores de rescate en el Mediterráneo central actúan como un factor de atracción (pull factor, según el término más utilizado en los estudios migratorios) para las personas que tratan de llegar a Europa no se basa en dato alguno. Al contrario. Tal y como demuestra el estudio Blaming the Rescuers, elaborado desde la Universidad de Londres, los flujos migratorios en esta frontera natural responden a dinámicas mucho más complejas. Pero no a la presencia de barcos de salvamento.

En cambio, el citado discurso sí ha servido para infundir y propagar la sospecha en torno a las organizaciones humanitarias. Matteo Salvini, líder de la xenófoba Liga Norte y uno de los triunfadores de los últimos comicios en Italia, publicaba el siguiente mensaje en Facebook después de conocerse la acusación contra Proactiva: “¿Salvamento humanitario? No, es un farol, se trata de una asociación para delinquir”.

Los datos más recientes añaden un elemento todavía más trágico a la ecuación que se calcula sobre las aguas frente a Libia. Aunque el número de llegadas a suelo italiano se ha reducido claramente en el último medio año, las cifras de muertes registradas —cuerpos encontrados, aquellos que el mar no ha tragado— ha bajado en una proporción mucho menor.

Según los datos de la OIM, hasta mediados de marzo de 2017 por cada 32 llegadas a suelo italiano se contabilizaba un cadáver que añadir al enorme cementerio que es hoy el Mediterráneo. En lo que llevamos de año la proporción de muertes se ha prácticamente duplicado: cada 17 migrantes que tocan tierra uno queda por el camino.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/fronteras/ong-mediterraneo-central-cuando-salvar-vidas-te-puede-llevar-ante-un-juez

jueves, 22 de marzo de 2018

Mediterráneo central: Europa obstruye rescates que salvan vidas

Nos hemos dirigido al Gobierno de Italia y a los de otros países de Europa para condenar cualquier acción que impida las operaciones de rescate en el Mediterráneo central y que implique el retorno de personas a la insegura Libia. 

 El último incidente
“El reciente incidente, donde las autoridades italianas han ordenado la retención del buque Open Arms de la organización Proactiva tras el rescate y desembarco de 216 personas, es el último de una larga serie de acciones que obstruyen las operaciones de rescate vitales de las ONG”, denuncia Annemarie Loof, nuestra coordinadora de operaciones.

“Entendemos que el Open Arms rescató a personas en aguas internacionales. En uno de los rescates, a 73 millas náuticas de las costas de Libia, los guardacostas libios amenazaron a los equipos de rescate con violencia”, continúa Loof.

“Existe un nivel preocupante de cooperación entre gobiernos europeos y la guardia costera libia: desde entrenamiento y material de apoyo a pavimentar el camino de los guardacostas libios en aguas internacionales con el fin de que devuelvan a estas personas a Libia”.

Menos operaciones de búsqueda y rescate
Si bien los hechos en torno al rescate y la captura del buque aún no se han esclarecido completamente, estas acciones llevan el sello de una campaña de criminalización contra las ONG que realizan operaciones de búsqueda y rescate.

"Estamos viendo una tendencia alarmante por parte de los gobiernos italianos y de otros países europeos en la criminalización y el bloqueo a las ONG, incluida Médicos Sin Fronteras (MSF), que realizan actividades de búsqueda y rescate en el Mediterráneo central", añade.

"Desde el verano de 2017, las autoridades italianas, respaldadas por la Unión Europea, han obstruido cada vez más las operaciones de las ONG para salvar las vidas de las personas en el mar: desde un código de conducta mal concebido, hasta investigaciones criminales con intereses políticos que alimentan prosigue. Según ella, "con la reciente incautación del Open Arms en Sicilia, el Aquarius, operado conjuntamente por SOS Méditerranée y MSF, es ahora el único barco en este mar perteneciente a una ONG”.

Vidas en riesgo
Los gobiernos europeos están aplicando políticas de disuasión y contención en Libia aun cuando a las ONG se les impide salvar vidas en el mar, y a pesar también de que las personas no tienen una ruta segura y una alternativa legal para huir de horribles niveles de violencia, abuso y explotación.

"Bajo ninguna circunstancia los refugiados y los migrantes deben ser devueltos a Libia o permanecer atrapados allí. Claramente, los gobiernos europeos no están dando prioridad a la seguridad de estas personas; más bien están jugando a un sucio juego político mientras las vidas de estas personas penden de un hilo", concluye Loof. Nos hemos dirigido al Gobierno de Italia y a los de otros países de Europa para condenar cualquier acción que impida las operaciones de rescate en el Mediterráneo central y que impliquen el retorno de personas a una insegura Libia.


Fuente: https://www.msf.es/actualidad/mediterraneo/mediterraneo-central-europa-obstruye-rescates-que-salvan-vidas?utm_campaign=coschedule&utm_source=twitter&utm_medium=MSF_Espana&utm_content=Mediterr%C3%A1neo%20central:%20Europa%20obstruye%20rescates%20que%20salvan%20vidas

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LIBIA. Subastas de migrantes en mercados de esclavos

La cadena CNN denunció subastas que venden migrantes en Libia, como en la época de los esclavos,  en un informe exclusivo que muestra la venta de dos personas por unos 800 dólares.

En el video se escucha la voz de un hombre que ofrece a uno de los jóvenes a los traficantes por “800 dinares… 900, 1.100… vendido por 1.200 dinares (cerca de 800 dólares)”, tras ser definido como un “muchacho fuerte, capaz de hacer trabajos en el campo”.

Luego de haber recibido la filmación, la CNN viajó a verificar y registró un video sobre la venta de unas 12 personas en pocos minutos.
 
 
 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Exigimos a los jefes de Estado europeos que dejen de alimentar el negocio del sufrimiento humano en Libia

Hacemos pública una carta abierta dirigida a los líderes de la UE en la que denunciamos su determinación de mantener retenidos a migrantes y refugiados en el país africano a cualquier precio.

 Con el fin de alertar del sufrimiento humano que las políticas europeas están fomentando en Libia, Médicos Sin Fronteras (MSF) hemos hecho pública hoy una carta abierta dirigida a los líderes de los Estados miembro de la UE y a las Instituciones europeas.

En esta misiva, -que también hemos hecho llegar al presidente español, Mariano Rajoy- denunciamos la determinación de los líderes europeos de mantener retenidos a los migrantes y refugiados en Libia a cualquier precio, así como su complicidad con el daño que miles de mujeres, hombres y niños padecen.

Un sistema abusivo y criminal
“Cegados por su obtuso objetivo de mantener a estas personas al otro lado de sus fronteras, los Gobiernos europeos están ayudando, con su financiación, a detener la salida de embarcaciones desde Libia. Pero esta política también alimenta un sistema abusivo y criminal”, afirma en la misiva David Noguera, nuestro presidente de MSF España.

Así, recordamos a los presidentes y jefes de Estado de los 27 que el sistema de detención de migrantes y refugiados en Libia “está podrido hasta la médula” y que no es más que una próspera empresa de secuestro, tortura y extorsión. “Los Gobiernos europeos han optado por dejar a estas personas en manos de tal sistema”.

Nuestros equipos, que llevan más de un año asistiendo a las personas retenidas en los centros de detención de Trípoli, han sido testigo directo del régimen de arresto arbitrario, extorsión, abuso físico y privación de servicios básicos que hombres, mujeres y niños sufren en estas instalaciones. “Los refugiados y migrantes no pueden ser devueltos a Libia, ni permanecer retenidos en ese país”, aseveramos.

En Libia, migrantes y refugiados son tratados como mera mercancía para ser explotada. “Los encierran en habitaciones oscuras, sucias y sin ventilación. Los hacinan unos encima de otros. A las mujeres las violan y después las obligan a llamar a sus familias para que paguen por su liberación. La desesperación es abrumadora”.


 Complicidad de Europa
Con esta carta, queremos insistir en la complicidad de los estados europeos con un sistema de detención que ha devenido en una próspera empresa de secuestro, tortura y extorsión.
Destacamos la criminalización de aquellos que buscan ayudar a migrantes y refugiados y la continua externalización de las fronteras europeas en un esfuerzo para asegurar que los refugiados y migrantes permanezcan lejos de las costas europeas.

“En lugar de afrontar el círculo vicioso que están creando sus decisiones, los políticos se esconden tras infundadas acusaciones contra las ONG y contra las personas que intentan ayudar a quienes sufren esta situación desesperada. Durante nuestras operaciones de búsqueda y rescate en el mar, hemos sido blanco de disparos de una Guardia Costera libia que Europa financia.  No podemos decir –continúa David Noguera– que no sabíamos lo que estaba sucediendo. La depredación que se alimenta de la miseria y del horrible sufrimiento de quienes están atrapados en Libia debe terminar ya”.

Las personas atrapadas en esta bien documentada pesadilla necesitan una salida. Requieren que se les facilite protección, asilo y procedimientos mejorados de repatriación voluntaria desde Libia. Necesitan huir del peligro mediante vías seguras y legales; pero, hasta la fecha, solo unos pocos han podido hacerlo.

Nuestra carta concluye con un llamamiento a la Unión Europea en general, y al Gobierno español en particular: “En sus esfuerzos por frenar el flujo de migrantes y refugiados, los líderes europeos están aceptando que la gente sea arrojada a la extorsión, la violación, la tortura y la esclavitud. Nos preguntamos si es este el precio que Europa, y más en concreto el Gobierno que Vd. preside, están dispuestos a asumir”.

#VíasSeguras
Lee la carta abierta a los líderes de la UE

Fuente: https://www.msf.es/actualidad/libia/exigimos-los-jefes-estado-europeos-que-dejen-alimentar-negocio-del-sufrimiento

miércoles, 16 de agosto de 2017

"Atención: estamos siendo secuestrados por guardacostas libios, a punto de dispararnos"

El fundador de la ONG española Proactiva Open Arms denuncia en directo cómo los guardacostas libios obligan a su barco de rescate a abandonar aguas internacionales bajo amenazas de abrir fuego contra ellos

Un voluntario de Proactiva Open Arms rescata a un menor que iba junto a cientos de eprsonas en una bote hinchable en el Mediterráneo.- Una embarcación cargada de personas flota a la deriva en el Mediterráneo.- REUTERS/Yannis Behrakis
Un voluntario de Proactiva Open Arms rescata a un menor que iba junto a cientos de eprsonas en una bote hinchable en el Mediterráneo.- Una embarcación cargada de personas flota a la deriva en el Mediterráneo.- REUTERS/Yannis Behrakis
 "ATENCIÓN !! [el barco] Golfo Azzurro de [la ONG] @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos".

Así está narrando en directo Oscar Camps en su cuenta de Twitter los últimos acontecimientos en el Mediterráneo central, donde su ONG, Proactiva Open Arms, lleva más de un año rescatando a personas a la deriva que tratan de llegar a Europa huyendo del hambre y la guerra a través de la vía más mortífera que existe.

Una patrullera libia se acercó al "Golfo Azzurro" cuando la embarcación se hallaba en misión de búsqueda de inmigrantes en aguas internacionales del Mediterráneo y amenazó a sus tripulantes con abrir fuego si no se alejaba de la zona, dijo a Efe uno de los miembros de la organización.
Camps asegura que los guardacostas libios les obligaron a abandonar aguas internacionales, sobre las que no tienen ninguna jurisdicción. Y amenazaron con abrir fuego contra uno de los barcos de la ONG.

La diputada socialista, María Dolores Galovart, que iba a bordo del "Golfo Azzurro" como voluntaria de la misión internacional también ha denunciado "un intento de secuestro por parte de la Guardia Costera libia". "Nos han tenido vigilados y amenazados con armas y nos han obligado por la fuerza a suspender nuestra misión", ha dicho.

ATENCIÓN !! Golfo Azzurro de @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos
 Amenazados con abrir fuego si no ponemos rumbo a sus aguas territoriales, es un secuestro en toda regla. pic.twitter.com/QqVUqwlzrX

Ver imagen en Twitter

 @campsoscar
ATENCIÓN !! Golfo Azzurro de @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos pic.twitter.com/sIBkIgFUdF
 @openarms_fund
Secuestro Aguas Internacionales por Guarda Costas libios.Amenazan con disparar si no seguimos órdenes

Nos es la primera vez que Proactiva Open Arms denuncia hoistigamiento por parte de los guardacostas libios, funcionarios de un país sin Gobierno estable, un Estado fallido al que la Unión Europea está destinando fondos millonarios para que cierre la puerta de la inmigración, al igual que ya hizo con Turquía hace más de un añó para frenar la llegada de refugiados a las costas de Grecia.
"Esta mañana los guardacostas libios financiados por Italia y la UE nos han amenazado de una forma muy agresiva, llegando a dispararnos por encima de nuestras cabezas, al aire. Ese barco estaba a 13 millas, fuera de las aguas libias (...) Ha sido un acto deplorable", narró el propio Camps la pasada semana, cuando uno de los barcos de la ONG se encontraba realizando labores de rescate en aguas internacionales.

Libia se adueña del Mediterráneo
Pero hace pocos días, las amenazas de Libia daban un paso más allá al exigir a las ONG que patruyan las aguas internacionales próximas al país norteafricano un permiso especial para llevar a cabo operaciones de rescate. Poco después, Libia Seguidamente Trípoli estableció su propia área de búsqueda y rescate (SAR, en inglés) frente a sus aguas territoriales, empujando más adentro a las ONG que rescataban en aguas internacionales.

Esta maniobra implica que Libia amplía sus competencias más allá de las 12 millas de aguas territoriales hasta 70 millas, dentro de aguas internacionales. Es decir, se apropió de varios kilómetros de aguas internacionales saltándose el derecho internacional ante la pasividad de la UE. Sólo Alemania se ha pronunciado al respecto aunque de una forma bastante descafeinada.

Esta decisión se suma a la puesta en marcha de un código de conducta para las ONG que patrullan el Mediterráneo que Italia está obligado a firmar. Esta postura ya ha supuesto que tres grandes ONG abandonen sus labores de recate. En concreto, Médicos Sin Fronteras (MSF), Save The Children y la alemana Sea Eye, informaron la semana pasada de que suspenden sus operaciones de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo como consecuencia de la inseguridad y la incertidumbre ante el reciente anuncio de Libia y al código de conducta italiano.

La ONU alerta de que aumentarán las muertes
Este martes, una experta independiente de la ONU ha advertido de que habrá más muertes de inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo Central debido a las razones que han obligado a desistir a esta tres ONG.

Resultado de imagen de Golfo Azzurro
Golfo Azzurro
 Agnes Callamard, ralatora especial de las Naciones Unidas, apunta en un comunicado que el nuevo plan de acción diseñado para apoyar a Italia a reducir la presión de las llegadas de inmigrantes y "aumentar la solidaridad" los países de la Unión Europea (UE) deben respetar sus obligaciones internacionales y proteger la vida de todo individuo.

Eso incluye a los refugiados e inmigrantes, "sin discriminación", recalcó Callamard en referencia al nuevo código de conducta italiano que prohíbe a las ONG que hacen búsqueda y rescate de migrantes el traspaso de estos a otras naves y las obliga a acoger a bordo a un oficial judicial armado para investigar a las mafias del tráfico de personas.

"Italia y la UE imponen procedimientos que podrían reducir la capacidad de las ONG para efectuar actividades que salvan vidas. Ello podría conducir a más muertes en el mar y la pérdida de vidas, siendo previsible y prevenible, constituiría una violación de las obligaciones de Italia en materia de derechos humanos", recalcó la relatora.

Para  Callamard está claro que "Italia, la Comisión Europea y los países de la UE consideran el riesgo y la realidad de las muertes en el mar un precio menor a cambio de disuadir a los inmigrantes y refugiados" de cruzar de Libia a Italia.

La experta también advirtió de que la financiación de 46 millones de euros de la CE a Libia para apoyar a su guardia costera y sus operaciones de búsqueda y rescate puede exponer a "más violencia abominable" a los inmigrantes y refugiados devueltos a ese país.

lunes, 17 de julio de 2017

Libia: el cazador de refugiados


Miles de refugiados aguardan en Libia su oportunidad para lanzarse en un bote y llegar a Europa. La Unión Europea está decidida a impedírselo. El trabajo sucio se lo hace este hombre: el comandante Al Bija, un caudillo local que decide quién cruza el Mediterráneo y quién no… Hablamos con él. Por Michael Obert / Moises Saman (Magnum Photos / Contacto 


LIBYA. Zawiyah. April 5, 2017. Abdulrahman Al-Bija, a former revolutionary fighter and now a Libyan Coast Guard commander in Zawiyah, rides his horse in a farm on the outskirts of Zawiyah.
Magnum Photos / Contacto

Llevamos diez días recorriendo la costa libia, la frontera más peligrosa del mundo. Hasta un millón de refugiados y emigrantes se agolpan en estos momentos en Libia, el país de tránsito más importante en la ruta marítima entre África y Europa. Se cree que 300.000 de esas personas podrían alcanzar las costas europeas este año. Pero la Unión Europea está decidida a retenerlas en Libia.

Los países miembros acordaron en la cumbre de Malta de este año que los guardacostas libios se encargaran de interceptar a los refugiados y de llevarlos a centros de acogida en tierra. Este servicio de guardacostas tiene su base al oeste de la capital, Trípoli. Su jefe: el comandante Al Bija, un temido señor de la guerra. Su equipo: una única embarcación y 37 hombres.


actualidad, cazador de refugiados, libia, xlsemanal
En 2015, el comandante y un grupo de hombres echaron del puerto a una milicia rival. Tras un sangriento combate se hicieron con una patrullera armada con una ametralladora. Diseñaron su propio logotipo y se autobautizaron. Servicio de Guardacostas Libio de Zauiya
Al Bija, de 30 años, tiene una mano mutilada, le faltan dos dedos. «He tenido que matar a mucha gente»,cuenta de sí mismo. Para unos, es un héroe; para otros, un asesino. Y para los líderes políticos de Europa, la única posibilidad de poner fin a los traficantes de personas en Libia.

«Nosotros somos lo único que hay», dice el comandante. Al Bija, pelo hacia atrás, barba cerrada, mirada penetrante, pistola metida en el cinturón, pantalones vaqueros. Mientras nos habla, Al Bija sostiene un cigarrillo entre el anular y el meñique de su mano mutilada, lo enciende con un mechero y da una profunda calada. Junto con él están varios de sus hombres armados con Kaláshnikov. «Somos la única vigilancia costera operativa en el oeste de Libia», concluye. 

El comandante Al Bija controla desde hace dos años las aguas desde la frontera tunecina hasta Jansur, cerca de Trípoli. Es un territorio inmenso, y Al Bija solo cuenta con una embarcación -el Tileel, de 16 metros de eslora-, un par de lanchas rápidas y un puñado de hombres. «Nuestra misión es rescatar a los refugiados en el mar, localizar a los traficantes y, si es necesario, matarlos», dice.

Según sus propios cálculos, Al Bija y su gente han devuelto a Libia a más de 37.000 personas desde agosto de 2015. El Ministerio de Defensa libio confirma esta cifra.

¿Pero es el comandante Al Bija el aliado que busca Europa? ¿Es «uno de los buenos», como él mismo asegura? ¿O juega a dos bandas? Lo cierto es que Europa no dispone de otra alternativa. Seis años después de la muerte del dictador Gadafi, ya no queda prácticamente nadie en Libia que confíe en una transición a la democracia. El «Gobierno de Unidad Nacional», por el que pasan todos los planes de la Unión Europea, apenas ejerce control alguno. Hay unos 1700 grupos armados combatiendo entre sí. Milicias rivales se enfrentan por el control de ciudades, carreteras, refinerías, campos petrolíferos… y también por el multimillonario negocio que suponen los seres humanos que quieren cruzar el Mediterráneo y llegar a Europa.

actualidad, cazador de refugiados, libia, xlsemanal
Este traficante resultó herido de gravedad durante un intercambio de disparos con la tripulación de la embarcación del comandante. Falleció pocas horas después de que se tomara esta foto. «Nuestra misión es rescatar refugiados, localizar a los traficantes y, si es necesario, matarlos», dice Al Bija
«La gente de la UE se queda sentada en sus elegantes despachos pensando soluciones geniales», dice el comandante Al Bija. Pero la costa occidental libia es «la madre de todos los clanes y tribus», en palabras de Al Bija: un mundo cerrado a los extraños, incluso a libios de otras regiones. «El que no ha nacido y crecido aquí no sobrevive».

Para poder liberar estas costas de los traficantes, hacen falta cientos de hombres bien adiestrados, dice Al Bija. Pero ¿quién se va a encargar de seleccionarlos? ¿El débil Gobierno de Trípoli? ¿La UE? «Yo -responde el comandante-. Conozco a los hombres adecuados».

Un hombre dedicado a la lucha
Al Bija nos resume su vida: en 2011, la revolución puso un abrupto final a sus estudios en la Academia Naval de Trípoli. Se unió a los rebeldes que se alzaron contra Gadafi, fue herido nueve veces, perdió dos dedos de la mano derecha por una granada. Desde entonces tuerce un poco la pierna izquierda al caminar y tiene la cadera desviada. Cuando cree que nadie lo ve, se toma un puñado de analgésicos.

En el verano de 2015, él y un grupo de hombres echaron del puerto a una milicia rival. Tras un sangriento combate construyeron lo que hoy es el puesto de mando y repararon el achacoso Tileel, una patrullera armada con una ametralladora. Luego diseñaron su propio emblema, se autobautizaron «Servicio de Guardacostas Libio de Zauiya» y se echaron al mar.

Su enemigo: los traficantes de seres humanos. La ONU habla de docenas de bandas organizadas. A los refugiados y emigrantes que no pueden reunir el dinero para la travesía los retienen, a menudo durante meses, en prisiones privadas, en las que se los golpea, viola, tortura y asesina.

¿Por qué arriesga su vida Al Bija? «Tengo buen corazón -dice, y se pone la mano sobre el pecho-. ¿Acaso puedo dejar que mis hermanos se ahoguen en el mar?».

¿Y de dónde sacan el dinero, de qué viven? Dice que él se dedica al comercio de caballos, y que sus camaradas trabajan en la construcción, son cerrajeros… «Parte de los ingresos se nos van en nuestras operaciones», asegura. Más tarde nos dirá que salen al mar unos 300 días al año. Si eso es así, ¿cómo se las apañan para dar de comer a sus familias? «Requisamos pesqueros ilegales de Egipto y Túnez, vendemos las capturas y nos quedamos con el barco hasta que pagan la multa».

Sin embargo, a lo que se dedican sobre todo es a combatir a los traficantes. ¿Por qué lo hacen? «Sus clanes ganan millones con el tráfico de personas, compran armas modernas, vehículos blindados… Si no entorpecemos su negocio, acabarán dominándonos, expulsándonos, matándonos».

Aquí, en este mundo turbio de los señores de la guerra, las milicias y el tráfico de seres humanos, es donde Europa pretende poner en marcha una «gestión de fronteras» para contener la emigración que llega de África. Pero ¿un señor de la guerra como Al Bija es el socio ideal a sueldo de la UE?

Sobre Al Bija se vierten graves acusaciones. En su cuartel general, le leemos un artículo del 22 de febrero de 2017 publicado por TRT World, uno de los portales de noticias líderes en Turquía: «Al Bija es el pez gordo de la mafia de la vigilancia costera, que controla el lucrativo negocio del tráfico de personas en Zauiya y la región circundante. Todos los traficantes al oeste de Trípoli le pagan un porcentaje», afirma el artículo. A los que se niegan, el comandante los ataca con el Tileel.

actualidad, cazador de refugiados, libia, xlsemanal
El refugiado Mohamed Moseray enseña una foto de sus amigos, a los que perdió en el Mediterráneo cuando se hundió el bote en el que viajaban. A los vivos, «nos dejan que nos pudramos aquí», dice Mohamed, que está recluido en el campo de Annasser
Expertos en la materia, como la periodista italiana Nancy Porsia, están seguros: «Los guardacostas de la Marina libia participan en el tráfico de personas». El coronel Tarek Shanboor, a las órdenes del Ministerio del Interior del Gobierno de unidad en Trípoli, admite: «Tenemos traficantes en nuestras filas, es un problema real».

El comandante Al Bija reposa su mano mutilada sobre la mesa. «Mentiras -dice con calma amenazadora-. Mentiras vertidas por los propios traficantes». Si consiguen quitarles a ellos de en medio, argumenta, los criminales tendrán las manos libres para llevar a cabo sus asquerosos negocios.A los africanos que viajan en los botes de los traficantes interceptados en el Mediterráneo, Al Bija y sus hombres los llevan a campamentos especiales gestionados por el Gobierno de unidad apoyado por la ONU. Es lo que la UE ha acordado.

En el campo de Surman, a media hora en coche al oeste de Zauiya, más de 200 mujeres -muchas de ellas, con bebés y niños- están acuclilladas en el suelo de una nave con rejas oxidadas en las ventanas. Mantienen la vista clavada en los pies. Nadie se atreve a moverse. No se oye ni un susurro.
Solo cuando el guardián -un hombre con uniforme de camuflaje, barba descuidada, ojos enrojecidos y olor a alcohol- sale un instante de la nave, una mujer joven reúne el valor suficiente para ponerse en pie y acercarse a hablar con nosotros. Es de Nigeria y lleva más de diez meses retenida en el campo de Surman, sin contacto con el mundo exterior, dice. Nadie sabe dónde se encuentra, seguramente su familia cree que está muerta.

Se arrodilla delante de nosotros, junta las manos temblorosas. «¡Nos violan!», susurra, y nos enseña los brazos. Los tiene cubiertos de cardenales, se aprecian perfectamente las marcas de los dedos. «¡Ayudadnos, por favor!». Se levanta el pañuelo. El chándal que lleva está empapado de sangre desde la entrepierna hasta la rodilla. ¿Quién lo ha hecho? «Todos ellos. Uno detrás de otro».

actualidad, cazador de refugiados, libia, xlsemanal
A los africanos que intercepta Al Bija los llevan a campamentos especiales gestionados por el Gobierno. En Surman, las mujeres están a merced de sus guardianes. Mientras ellos estén presentes, apenas se atreven a hablar o a moverse
El guardián vuelve. La joven enmudece y nos lanza una mirada implorante. Nos invade una enorme sensación de impotencia. No podemos hacer nada por estas mujeres. Al contrario. una palabra en falso por nuestra parte y ellas lo pagarían, nos tememos. Quizá con la vida.

Afuera aguarda el coronel Ibrahim al Abdusalám, el director del campo de mujeres. Oficialmente, se encuentra a las órdenes del Ministerio del Interior; en realidad, el campo está bajo el control de la milicia local. «Mire lo quietas que están -dice, y se echa a reír-. Eso quiere decir que se sienten bien aquí, con nosotros».

¿Por qué las retienen durante meses en condiciones tan lamentables? «Europa no quiere a estas mujeres -dice con toda tranquilidad-, así que, bueno, las metemos aquí». Pero, añade, ya va siendo hora de que Europa aporte algo de dinero. «Para baños y duchas portátiles, toboganes y columpios, tampones, pañales, leche infantil…».

Poco a poco lo vamos entendiendo. cuantos más africanos tengan aquí hacinados, cuanto peor le vaya a esta pobre gente, más fuerte es la posición de las milicias de cara a las negociaciones con los países europeos. Hace tiempo que a Surman llegó la noticia de que Europa quiere encargar a Libia la protección de sus fronteras y que está dispuesta a invertir grandes cantidades.

¿Y los derechos humanos?

 Las organizaciones humanitarias se oponen enérgicamente a este plan. «Mientras en Libia los refugiados y migrantes estén expuestos a cárcel, maltrato, secuestro o violación, muchos de ellos seguirán viendo la travesía del Mediterráneo como la única esperanza de huir de ese infierno -explica Markus Beeko, de Amnistía Internacional-. Si la UE quiere plantearse una posible colaboración con Libia, primero hay que poner fin a las graves vulneraciones de los derechos humanos de refugiados y migrantes».

«Nos dejan que nos pudramos aquí», nos susurra un hombre desde el interior de su celda en el campo de Annasser, instalado en una antigua planta de refinado en Zauiya. A través de la diminuta mirilla en la puerta de acero solo podemos percibir el blanco de sus ojos. Nos golpea un olor penetrante. Poco a poco empiezan a encenderse cerillas en el interior de la celda y en medio de la oscuridad vemos surgir rostros asustados y torsos desnudos, cubiertos con enfermedades cutáneas y heridas.

Los hombres, hacinados, están acuclillados en el suelo. Duermen sentados porque no hay sitio para tumbarse. Tampoco hay duchas ni retretes. Orinan en pequeñas botellas de agua bajo sus mantas y defecan en bolsas.

El hombre asomado a la mirilla de la celda se llama Mohamed Moseray, tiene 25 años, un estudiante de Informática de Sierra Leona. Todavía lleva el chándal rígido por la sal con el que hace cuatro semanas lo sacaron, medio ahogado, del Mediterráneo. Debajo de la tela, su piel está cubierta de quemaduras por el combustible vertido en el fondo del bote neumático. En Sierra Leona, cuenta, tuvo que abandonar sus estudios porque no encontraba un trabajo para ayudar a su familia. Simplemente, no veía perspectivas de futuro. «Mi objetivo es licenciarme en la universidad», dice Moseray, y empieza a temblar antes de echarse a llorar. Se rehace. «Por eso quiero ir a Italia, y luego a Canadá». Allí, dice, el Estado le financiará los estudios.

Tras una odisea de cinco años por África occidental y el Sáhara, cuenta Moseray, por fin un buen día los traficantes echaron al agua el bote neumático que debía llevarlo a Italia. Era la medianoche del pasado 19 de marzo. Los traficantes amontonaron a 150 personas en la embarcación. «Si no te subías, te disparaban». No estuvieron ni dos horas a flote. lo que tardó el bote en zozobrar.

«Gritos, rezos, gente por todas partes, en el agua, mujeres embarazadas, bebés… ¡No sabían nadar!». Hace el recuento de sus amigos. «Mohamed Focus Diallo. ahogado; Amadou Melodiba: ahogado; Mohamed Bah: ahogado». Uno tras otro, los vio desaparecer bajo las aguas.

Mohamed Moseray no sabe muy bien qué pasó después. Solo recuerda que un barco se acercó a ellos. Tampoco ha olvidado la mano que le tendió su salvador. «Era una garra
-dice Mohamed Moseray-, le faltaban un par de dedos».

Son las diez de la noche y subimos a bordo del Tileel con una docena de hombres armados vestidos de camuflaje. El comandante Al Bija ha recibido un soplo. el mar está agitado, pero los traficantes han hecho zarpar un bote hinchable lleno de refugiados con dirección a Europa.

Los hombres introducen las balas en los cargadores de sus Kaláshnikov, colocan los lanzagranadas en posición y meten una cinta de proyectiles en la ametralladora de proa. Para ellos, rescatar es combatir. Cada vez más bandas de traficantes cuentan con escoltas armadas para proteger sus cargamentos humanos.

En estos momentos, la travesía a Italia cuesta hasta 2500 dólares por persona. Si multiplicamos esta cifra por las 181.000 personas que el año pasado cruzaron el Mediterráneo hasta Italia, de las que unas 5000 murieron ahogadas, los traficantes libios ingresaron en torno a los 450 millones de dólares. Y eso solo en 2016.

Aunque el pasaje se paga antes de salir, perder el cargamento a manos del Tileel es un contratiempo en un sector marcado por una fuerte competencia. Los refugiados interceptados en el mar y devueltos a Libia desaconsejan recurrir a los mismos traficantes que usaron ellos, y lo hacen a través de las amplias redes de contactos que se extienden por las rutas migratorias africanas. Para los traficantes, que sus clientes se ahoguen y desaparezcan es un mal menor.

Con las luces apagadas, como un fantasma, el Tileel abandona el puerto de Zauiya y cabecea en medio de las olas que van cobrando altura. Las ráfagas de viento silban en la cabina de mando. «Si no los encontramos, morirán», dice el comandante Al Bija, sujetando el timón.
En Libia, donde todo gira en torno a la supervivencia, nadie juega con las cartas sobre la mesa. Sea cual sea la agenda oculta de Al Bija, ahora, a bordo del Tileel, intuimos que nosotros formamos parte de ella. Que nos está usando. ¿Quiere aparecer como un socio digno para Europa en el reportaje que escribiremos sobre él a la vuelta? ¿Quiere demostrar que puede hacerse cargo de la tarea?

Intereses comunes

Al Bija cuenta que su acuerdo con la UE va viento en popa. Poco antes de nuestra llegada se reunió en Trípoli con diplomáticos británicos. ¿Qué temas se tratan en esas negociaciones? «¡Secreto!», dice, pero acaba revelándonos una de sus exigencias: «Seguros de vida y médicos para mí y mis hombres. Y visados para dos semanas de vacaciones en Europa, para descansar».

Rumbo norte-noroeste, 18 nudos. Las luces de la costa han quedado atrás; la luna brilla sobre unas aguas oscuras como la pez. En ese momento, algo parpadea en la pantalla del radar. Tensos, los hombres de la tripulación se arremolinan en torno a Al Bija. Las ventanas de la cabina se empañan por el efecto de tantas respiraciones aceleradas. Los hombres tocan con el dedo la pantalla del radar, como si pudieran percibir a través del cristal qué es lo que nos aguarda. Navegamos durante media hora en dirección a la señal del radar. La cámara de rayos infrarrojos capta algo a 400 metros de distancia. Es una embarcación. Al Bija estudia la silueta en el monitor. «¡Es un bote hinchable!», dice por fin con tono de triunfo.

Los pilares sobre los que descansa el acuerdo de la UE se tambalean. El presunto servicio de guardacostas libio está en manos de unos actores bastante dudosos. Los campos de acogida seguros son de momento naves industriales gestionadas por las milicias y donde se hacina multitud de personas desamparadas, un recurso más del que sacar partido en la guerra por hacerse con Libia… y con los millones de la UE.

«No hay soluciones rápidas -dicen desde la ONU-. Tenemos que hacer todo lo posible por estabilizar el país». Una vez conseguido, la gente, en vez de subirse a un bote, preferirá quedarse en un país rico en petróleo para trabajar, como ocurría antes, en tiempos de Gadafi. Y los traficantes de seres humanos verían escasear su mercancía.

A las 150 personas que abarrotan el bote neumático y tratan de resistir los embates de las olas, las soluciones a largo plazo no les sirven de mucho. El Tileel ya casi ha llegado a su altura cuando la lancha surge de entre las sombras, los traficantes abren fuego contra nosotros y nos ponemos a cubierto tirándonos al suelo.

El comandante Al Bija corre por la cubierta, devuelve los disparos, saca a un herido de la línea de fuego, se arrastra hasta llegar a nosotros. Nos sacude los hombros con su mano mutilada. ¿Seguimos vivos? Lo dice como si el éxito de su misión dependiera de ello.

De repente se hace el silencio. Alzamos la cabeza con precaución. Al Bija y sus hombres utilizan un gancho para acercar la lancha rápida al costado del Tileel. Tres traficantes yacen en el fondo de la embarcación, dos de ellos gravemente heridos.

«¿Nos creéis ahora? -nos grita el comandante-. ¿Os habéis convencido ya de que no estamos con ellos?». De lo que nos hemos convencido es de que, para demostrar que puede ser el socio que busca Europa, no solo ha puesto en peligro su vida y la de sus hombres, sino también la nuestra. Y la de las personas amontonadas en el bote hinchable.

Los refugiados se quedan inmóviles como estatuas mientras los iluminamos con nuestras linternas. Ninguno parece herido. Las mujeres rezan. Los niños lloran y hunden las caras en los abrigos de sus madres. Arrastrarlos de vuelta al puerto llevaría horas. Y los traficantes han alertado a su base usando un teléfono por satélite. El Tileel no tendría nada que hacer contra toda una flotilla de lanchas rápidas.

«Demasiado arriesgado», dice Al Bija, y empuja el bote con el pie, alejándolo. El agua les llega ya hasta la pantorrilla. ¿Por qué no sube a bordo a unos cuantos? ¿Aunque sea a los niños? En vez de responder, el comandante Al Bija da la vuelta y regresa a tierra a toda máquina. Las personas a bordo del bote hinchable se quedan flotando a la deriva y desaparecen en la oscuridad.

LIBYA. Zawiyah. April 5, 2017. Abdulrahman Al-Bija, a former revolutionary fighter and now a Libyan Coast Guard commander in Zawiyah, rides his horse in a farm on the outskirts of Zawiyah.

¿Héroe o asesino? 
 El comandante Al Bija perdió dos dedos de la mano derecha en un ataque con granadas. Según sus propios cálculos, él y su gente ya han devuelto a Libia más de 37.000 personas. «Nosotros somos lo único que hay -afirma-. La única vigilancia costera». Al Bija también se dedica a la cría de caballos. ¿Cuánto puede costar su semental Jordan? «Cincuenta mil dólares», dice. 

Fuente:http://www.xlsemanal.com/actualidad/20170716/libia-el-cazador-de-refugiados-al-bija.html#ns_campaign=rrss&ns_mchannel=xlsemanal&ns_source=fb&ns_fee=0&ns_linkname=sem28-actualidad-cazador