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lunes, 18 de junio de 2018

El 18 de junio de 1928 Amelia Earhart se convierte en la primera mujer que cruza el Atlántico en avión

El 18 de junio de 1928 Amelia Earhart se convierte en la primera mujer que cruza el Atlántico en avión. / Luis de Mano
LUIS DEMANO / SINC

 Amelia Earhart (1897-1937) es, quizás, una de las aviadoras más conocidas, gracias a sus marcas de vuelo y a su trágica muerte en las aguas del océano Pacífico. Earhart nació en Kansas y desde muy joven se interesó por actividades que en aquella época no se consideraban propias del género femenino.

Tomó sus primeras clases de vuelo con Anita Snook, otra piloto pionera, y comenzó a hacerse un nombre en el mundo de la aviación. En 1927 recibió una propuesta que cambiaría su vida: participar en un vuelo de EE UU a Europa que la convertiría en la primera mujer en cruzar el Atlántico.
El vuelo se realizó al año siguiente a bordo del trimotor Friendship, y terminó con un aterrizaje el 18 de junio en el sur de Gales. A pesar de que Earhart solo viajaba en calidad de pasajera, el vuelo le dio fama mundial y le permitió dedicarse plenamente a la aviación.

Tras desarrollar su carrera como aviadora en EE UU y batir varios récords de velocidad, Earhart emprendió un vuelo solitario a través del Atlántico en 1932 con el que no solo se convirtió en la primera mujer piloto en realizarlo, sino que batió el récord de velocidad.

Earhart siguió volando y batiendo marcas (en 1934 cruzó el Pacífico de Honolulú a California), hasta que un accidente en medio del Pacífico dio al traste con su sueño de cruzar el mundo en avión.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Multimedia/Ilustraciones/El-18-de-junio-de-1928-Amelia-Earhart-se-convierte-en-la-primera-mujer-que-cruza-el-Atlantico-en-avion

lunes, 24 de julio de 2017

Coraje




El coraje es el precio que nos exige la vida a cambio de
   la paz.
El alma que no lo sabe es prisionera
de las pequeñas cosas.

No conoce la lívida soledad del miedo
ni las cimas de las montañas, donde la alegría amarga
   puede oír
el sonido de las alas.

¿Cómo puede la vida concedernos el don de vivir,
    contrarrestar
la fealdad monótona y gris y el odio grávido a menos
   que nos atrevamos 
a dominar el alma?

Cada vez que tomamos una decisión, pagamos con
    coraje
por contemplar el día irresistible
y considerarlo hermoso.

AMELIA EARHART



   "Por favor, ten la seguridad de que soy muy consciente de los riesgos. Quiero hacerlo porque quiero hacerlo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han intentado los hombres. Y cuando fracasan, su fracaso sólo debe ser un desafío para otras" *

* Una carta dirigida a George Palmer Putmam para ser leída si aquél resultaba ser su último vuelo
                                                              

viernes, 31 de agosto de 2012

Último vuelo

........... 
Vi por primera vez un avión a la edad de diez años. Se encontraba en un recinto parcialmente cerrado de la Feria Estatal de Iowa, en Des Moines. Era un cacharro de metal oxidado y madera que no parecía en absoluto interesante. Uno de los adultos que me acompañaba lo señaló y me dijo: "Mira, querida, vuela". Miré hacia donde me indicaba, pero debo confesar que me interesaba mucho más el absurdo sombrero hecho con un cesto para melocotones invertido que acababa de comprar por quince centavos.
  Desconozco a qué conclusiónes llegarían los psicoanalistas a la luz de mi conducta de los años siguientes. Actualmente, no soporto los sombreros; me los quito a los pocos minutos de llevarlos, y estoy segura de que sería incapaz de fijarme en el modelo más elegante si cerca hubiese un avión.
  La siguiente ocasión en que me llamó la antención un aeroplano fue por la época en que finalizó la Gran Guerra. Me encontraba de nuevo en una feria, en esta ocasión en la gran exposición que tuvo lugar en Toronto, Canadá. Una amiga y yo habíamos ido para ver una exhibición de vuelo acrobático que realizaría un destacado piloto que acababa de volver de la guerra. Aquellos hombres eran los héroes del momento y se los contrataba para los eventos sociales con el fin de que entretuvieran a los asistentes con sus acrobacias. Los aviones que con tanta valentía pilotaban eran tan sigulares como ellos porque, por aquel entonces, la aviación estaba en pañels. Lo único que podían hacer los pilotos era volar con unos cuantos clientes temerarios, eseñar a volar a unos alumnos todavía más temerarios y dedicarse a los vuelos de exhibición. La idea de que los aviones pudieran convertirse en medios de transporte, como lo son hoy, no entraba en la cabeza de nadie.


  Mi amiga y yo nos situamos en medio de un claro para contemplar el espectáculo. Vimos un pequeño avión que describía giros y rizos en el aire, con su silueta negra recortada contra el cielo excepto cuando el sol de la tarde iluminaba el rojo escarlata de sus alas. Al cabo de quince o veinte minutos de acrobacias, el piloto empezó a descender en picada hacia la multitud. Hoy, al recordar ese momento con la perspectiva de una aviadora experimentada, creo que comprendo por qué lo  hizo: estaba aburrido. Había hecho piruetas y tirabuzones y toneles y había agotado su corto repertorio. No le quedaba nada más por hacer que observar cómo la gente corría despavorida mientras él se precipitaba hacia el suelo.
  En 1918, para aliviar la monotonía de no ir nunca a ningún sitio. los pilotos hacían deslizar las ruedas de sus aparatos sobres trenes de carga en movimiento, sobrevolaban los barcos a tan baja altura que los ocupantes, aterrorizados, se tumbaban boca abajo en la cubierta, o descendían en picado sobre la gente que estaba en la playa o que había salido de comida camprestre.  Hoy día, por supuesto, las autoridades retirarían la licencia al piloto que hiciese tales travesuras.



  Estoy segura de que, para el piloto, dos mujeres solas era un objetivo tentador. Apostaría algo a que se dijo: "Mirad cómo las hago huir por piernas."
   Después de varios intentos, una de ellas lo hizo, pero la otra se quedó donde estaba. Recuerdo la mezcla de miedo y placer que me invadió mientras contemplaba aquel pequeño aeroplano en el punto máximo de su descendo en picado hacia la tierra. El sentido común me decía que, si algo fallaba en el mecanismo o el piloto perdía el control, él, el avión y yo formaríamos juntos una bola de fuego. En aquel momento no lo comprendí, pero creo que, al pasar zumbando junto a mí, aquel pequeño aeroplano rojo me dijo algo.
  Durante la guerra había trabajo en un hospital. A partir de aquella experiencia decidí que lo que más me interesaba era la medicina. Tanto si ésta me necesitaba como si no, me matriculé en la Universidad de Columbia, y empecé a hacer todas la cosas raras que hacen los futuros médicos, como dar zumo de naranja a ratones o diseccionar cucarachas. Desde entonces no he vuelto a ver ninguna, pero recuerdo que tenían un cerebro extraordinariamente grande.
  Sin embargo, no podía olvidar los aviones.
......
Último vuelo
Amelia Earhart