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lunes, 26 de abril de 2021

Chernóbil, territorio lobo

https://images.theconversation.com/files/390115/original/file-20210317-19-q9uybe.JPG?ixlib=rb-1.1.0&rect=0%2C241%2C2560%2C1280&q=45&auto=format&w=1356&h=668&fit=crop

El lobo es una especie que despierta pasiones encontradas. Para unos representa una grave amenaza a la ganadería extensiva y las tradiciones rurales. Para otros es el símbolo de la naturaleza salvaje y pieza básica para el equilibrio de los ecosistemas.

A pesar de ser una especie protegida en toda Europa, es perseguido incesantemente. Al lobo se le ha continuado cazando tanto en países donde escasea, como Suecia y Noruega, como en países en los que es más frecuente, como España. Acosado hasta el exterminio en gran parte de Europa, el lobo acabó arrinconado en unos pocos refugios remotos. Paradójicamente, Chernóbil se ha convertido en uno de ellos.

Se cumplen ahora 35 años del accidente en la central nuclear de Chernóbil (Ucrania). Este accidente, el más grave de la historia nuclear, provocó la evacuación de unas 350 000 personas y la creación de una zona con asentamiento humano limitado. Este área de más de 4 000 km² quedó, básicamente, despoblada, sin actividad humana y con los animales salvajes como únicos ocupantes. Esta situación se ha mantenido hasta la actualidad.

La zona de exclusión de Chernóbil da cobijo hoy a una gran diversidad de fauna, incluidos muchos de los grandes mamíferos europeos, como el lince boreal, el oso pardo y, también, el lobo.

Los lobos de Chernóbil

En el momento del accidente los lobos estaban presentes en Chernóbil, aunque intensamente perseguidos por la población local. Tres décadas después, Chernóbil mantiene una de las mayores densidades de lobos de Europa. Estudios de campo en la parte bielorrusa de la zona de exclusión han revelado que allí viven más de 100 individuos por cada 1 000 km² . En ese área los lobos son siete veces más abundantes que en reservas naturales cercanas.

Grupo de lobos alimentándose de los restos de un alce, zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2020. CHAR Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack

Además, la abundancia de lobos en Chernóbil no está condicionada por los niveles de radiación. La especie ocupa toda la zona, desde las áreas menos contaminadas hasta ambientes como el del bosque rojo, uno de los lugares más radioactivos del planeta. Hasta la fecha, no se ha detectado ningún efecto negativo de la radiación sobre los lobos que viven en Chernóbil.

Algunos investigadores opinan que la presencia de lobos en Chernóbil es solo un reflejo del aumento de sus poblaciones a lo largo de toda Europa. Pero esto no justifica por qué son tan abundantes allí, más que en ninguna otra zona, ni por qué ocupan todos los hábitats óptimos en Chernóbil, independientemente del nivel de radiación.

Grupo de lobos en el interior de la zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2021. CHAR Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack
Varias claves explican la abundancia de lobos en Chernóbil. La ausencia de persecución directa por los humanos, ausentes de la zona, es la principal. El mantenimiento de una zona muy amplia libre de la presencia humana es determinante. En comparación con los más de 4 000 km² de Chernóbil, el parque nacional de los Picos de Europa ocupa solo unos 650 km². La zona de exclusión acoge además una gran abundancia de las principales presas naturales del lobo: alce, ciervo, jabalí y castor. Sin interferencia humana, aún a pesar del ambiente radiactivo, el lobo y sus presas mantienen un sistema predador-presa totalmente natural.
 
Lobo europeo persiguiendo a un alce dentro del bosque rojo, zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2017. REDFIRE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack
Lobos en movimiento

Recientemente se ha detectado a un lobo juvenil equipado por los científicos con un collar transmisor GPS dispersándose desde Chernóbil hacia zonas del exterior. Esto refleja que Chernóbil empieza a actuar como un lugar desde el que la fauna se expande a áreas cercanas, y no como un área de mala calidad en la que los animales entran y mueren por la radiación.

Lobo europeo junto a una grabadora de sonidos para investigación en el bosque rojo, zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2016. REDFIRE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchac

El desplazamiento de este lobo no se diferencia del que realizan numerosas especies migratorias que usan Chernóbil durante la temporada de cría o la época invernal, y no constituye ningún riesgo para la fauna de otros lugares. La dispersión de individuos jóvenes es un proceso natural en estos animales, fruto de la necesidad de buscar nuevos territorios en poblaciones con una alta densidad. En ningún modo contribuye a expandir mutaciones causadas por la radiación que puedan ser negativas para la especie.

El futuro de los lobos de Chernóbil

La zona de exclusión de Chernóbil se enfrenta ahora, tres décadas después del accidente, al reto de definir su futuro y, con él, el de los lobos que la habitan.

Será necesario compatibilizar el manejo de una zona todavía contaminada, con el desmantelamiento de la central nuclear, el creciente turismo y la conservación de la naturaleza.

Lobo en la zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2015. TREE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchac
En Chernóbil existe la oportunidad de preservar un área de una extensión casi única en Europa como lugar dedicado no solo a la memoria del accidente, si no también al estudio y conservación de la naturaleza. El mantenimiento de esta gran superficie será vital para la conservación de multitud de especies amenazadas.

35 años después del accidente nuclear que se suponía iba a acabar con la vida de la zona durante milenios, Chernóbil se ha convertido en uno de los grandes refugios europeos para el perseguido lobo. Y así debería continuar.

Fuente: https://theconversation.com/chernobil-territorio-lobo-157248

viernes, 26 de abril de 2019

Olor a guerra y miedo a lo invisible: las escalofriantes voces de Chernóbil

En 2015, la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich se convertía en la primera periodista ganadora del Premio Nobel de Literatura. Uno de sus libros más reconocidos es Voces de Chernóbil, que refleja los testimonios de decenas de afectados recogidos durante veinte años de trabajo. Este es un viaje por sus páginas cuando se cumplen tres décadas de la tragedia nuclear.

<p>María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko</p>
María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko
 El 26 de abril de 1986, en mitad de la noche, Liudmila Ignatenko oyó un ruido y despertó. Al mirar por la ventana vio a su marido salir de la casa y le oyó decir:
Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
La central era la central nuclear de Chernóbil, y esa noche se produjo la explosión en su cuarto reactor. Su marido, bombero, le dijo algo cierto: había un incendio y él iba a ser de los primeros en acudir a sofocarlo. A la vez también mintió, porque ya nunca regresó.

Al día siguiente, junto con el resto de compañeros que sobrevivieron, fue trasladado a un hospital de Moscú. Liudmila averigua el nombre del hospital y viaja hasta allí para estar con él, pero los supervivientes ‘arden’ de radiactividad y los médicos desaconsejan las visitas, más aún si son mujeres jóvenes y pueden estar o quedarse embarazadas.

Ella oculta su embarazo, soborna a algunas empleadas y pasa todo el tiempo que puede con él. Aun así le dicen:
No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es un marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recupere la sensatez.
Pero les ignora. Aunque lo colocan en una cámara hiperbárica, aunque usan instrumentos a distancia para evitar acercarse, ella duerme con él.

A los pocos días el marido muere. Dos meses más tarde ella da a luz a una niña con cirrosis y un defecto en el corazón. Apenas sobrevive cuatro horas. Cuenta que en su hígado había 28 roentgen de radiactividad y que los médicos no se la quieren dar. Reacciona así:
¿Cómo que no me la vais a dar? ¡Soy yo quien no os la voy a dar a vosotros! ¡La queréis para vuestra ciencia, pues yo odio vuestra ciencia! ¡La odio! Vuestra ciencia fue la que se lo llevó y ahora aún quiere más. ¡No os la daré!
*
Lo anterior es un resumen del primer capítulo de Voces de Chernóbil, el libro de testimonios sobre la tragedia escrito por Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015.

Con la ciencia de fondo borroso, los (en muchas ocasiones brutales) testimonios humanos, la falta de información, la psicología rusa, los entresijos del comunismo y, sobre todo, la amenaza invisible y latente de la radiactividad, pululan por un libro que funciona como una grabadora polifónica.

Si Truman Capote presumía de recordar “el 96% de sus conversaciones”, Aleksiévich no duda en calificarse como un “oído humano”. Un oído que más que datos parece registrar tonos. Los de las mujeres, los soldados, los científicos, algún político, los miembros de las distintas asociaciones, los evacuados, los pocos que retornaron, los niños.

Imagen relacionadaAl hojear el libro, compuesto por capítulos de coros y monólogos, uno se pregunta cómo transcribir todos esos testimonios si la autora solo usa su propia voz en un breve segundo capítulo. Cómo habrá sido su proceso para filtrar, ordenar, para componer desde su teórica invisibilidad. Seguramente, en ese collage de entrevistas hay una voz por encima de cada voz, pero apenas se hace evidente; cada testimonio adopta la misma altura.

Coros de voces horizontales y semianónimas recogidas durante 20 años describen lo que allí vivieron (y muchos siguen viviendo), y de ellas sobresalen las comparaciones con la guerra, el miedo y la temeridad ante un enemigo invisible; el tema del héroe y la víctima; la historia de un pueblo que busca en el pasado explicaciones a lo que Aleksiévich llama “una crónica del futuro”.

Un accidente civil teñido de guerra
Ya habían ocurrido Hiroshima y Nagasaki, pero cómo compararlos con Chernóbil. La explosión del reactor provocó niveles de radiactividad cientos de veces superiores a los de las bombas atómicas. Aquellas habían sido lanzadas deliberadamente, con devastadores efectos inmediatos. Esto era distinto, lo llamaban “el átomo para la paz”.

Sin embargo, ante la ausencia de referencias para explicarlo, casi todos los testimonios hablan de “una guerra”. Los rusos tiran de su pasado reciente (la II Guerra Mundial, las constantes revueltas entre las repúblicas de la entonces Unión Soviética) y no encuentran sino paralelismos: a pesar de tratarse de un accidente civil, es el ejército, armado incluso con tanques, quien acude a ocupar la zona; miles de personas son evacuadas, convirtiéndose así en refugiadas; empiezan, poco a poco, a acumularse las bajas; hay un vacío de información y el Gobierno minimiza la catástrofe.
En plena guerra fría, acusan a los países capitalistas de inventar una tragedia y entre medias desatienden consejos básicos, como repartir pastillas de yodo para prevenir el cáncer de tiroides, uno de los más relacionados con la radiación. No es de extrañar el paralelismo: aun sin enemigo, Chernóbil desprendía olor bélico.
Imagen relacionada
Los liquidadores, trabajando en el tejado del reactor - YouTube
 A pesar de ello, según Aleksiévich, “para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra, sino se diría que de otro planeta”. Un planeta del futuro.

Pero por entonces no se veía así. Para el exdirector del Instituto de Energía Nuclear de Bielorrusia: “Se debía hablar de física. Y, en cambio, se hablaba de enemigos. Se buscaba al enemigo”.

El riesgo invisible
A menos que se sobrevolara o se entrase en la central, la radiación no dejaba marcas físicas, no quemaba, era invisible.

Una residente de la zona preguntaba a Aleksiévich: ¿Y cómo es? Puede que se la hayan enseñado en el cine. ¿Usted la ha visto? ¿Es blanca o cómo? ¿De qué color?
Algunos vivían con el miedo de la amenaza constante: la dosis recibida, los posibles efectos acumulándose pero aún por aparecer. Pero para muchos otros la invisibilidad minimizaba o anulaba el riesgo. Algunos se resistieron a abandonar sus casas y volvieron a ellas tras ser evacuados. El Gobierno acabó permitiendo a más de 300 de ellos, todos mayores de 50 años, residir en la zona de exclusión.

Uno de ellos, consciente del riesgo, decía: Por envenenada que esté, con toda esta radiación, es mi tierra. Ya no hacemos falta en ninguna otra parte. Hasta los pájaros prefieren sus nidos.
Otra desplaza la atención hacia una amenaza distinta, constante en su memoria: Este miedo [a la radiación] no lo conozco. A quien temo es a los hombres. A la gente armada. 

Los liquidadores: héroes o víctimas
Hasta 600.000 personas llegaron a colaborar en las labores de descontaminación de la zona de Chernóbil. Eran los llamados ‘liquidadores’. Una mayoría procedían del ejército, pero en última instancia terminaron siendo una amalgama de militares, militantes (y no militantes) comunistas obligados por el partido, y voluntarios en general muy bien pagados.

Apenas fueron informados de los riesgos, no tenían protección adecuada y las mediciones de radiactividad que se les practicaban en muchas ocasiones se trucaban o directamente se les ocultaban. Las estadísticas fluctúan inconcebiblemente según los estudios, pero la principal organización de liquidadores estima que 60.000 han fallecido y más de 150.000 se encuentran discapacitados. Tras el desastre, les llovieron las condecoraciones.

¿Fueron héroes o víctimas? ¿Se puede hacer una clara distinción?
Un liquidador: Yo no vi héroes allí. Locos sí que vi, gente a la que le importaba un rábano su vida.
Un soldado: ¿Y si nos llevan a Chernóbil? Y sonó la orden: ¡A callar! Las expresiones de pánico serán juzgadas por un tribunal militar como en tiempo de guerra.

El vicepresidente de la asociación Escudo para Chernóbil habla de los liquidadores, gente anónima que vio en aquel momento la oportunidad de trascender:
Un día discutí con uno. El hombre me quería demostrar que una actitud como aquella se explicaba por el poco valor que le damos a la vida. Que era cosa de nuestro fatalismo asiático. (...) Es la añoranza de un papel. Hasta entonces era una persona sin texto; un figurante. Y aquí de pronto se convierte en el personaje principal. ¿Qué es nuestra propaganda? Le proponen a uno morir para dar un sentido a su vida. 

Aleksiévich parece en un momento deslizarse hacia la protesta y la identificación de los culpables políticos, pero inmediatamente amplía el foco. Muestra la historia como una sucesión de hechos de desidia, de traslado de responsabilidades.

El exdirector del Instituto de Energía Nuclear: No, no eran una pandilla de criminales. Más bien nos encontramos ante una combinación letal de ignorancia y corporativismo.
Pero, ante todo, siguen planeando el futuro.

Un soldado: Regreso a casa. Voy al baile. Me gusta una chica. Me presento. Soy tal. ¿Cómo te llamas?
-Para qué. Si ahora eres de los de Chernóbil. ¡Cualquiera se casa contigo!
Y los niños, la encarnación de ese futuro. Los más sensibles a la radiación.
Una pediatra: ¿Y sus juegos? Corren por las salas del hospital uno tras otros y gritan: ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación! Cuando mueren, ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos.

El futuro presente
Aleksiévich trata de permanecer ajena al baile de cifras que diversos estudios ofrecen sobre las víctimas. Prefiere la visión de la gente y su realidad. En el único capítulo en que alza su voz dice: Este libro no trata sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que denominado la historia omitida. 

Esa historia llega hasta hoy. En una página de internet se ofrecen excursiones a Chernóbil, asegurando que “durante dos días en la zona, el cuerpo humano recibe dosis de radiación equivalentes a una radiografía en el hospital o un vuelo intercontinental”.

En el epílogo del libro, Aleksiévich recoge recortes similares de periódicos bielorrusos. Dicen: “La experiencia no tiene punto de comparación con un viaje a las islas Canarias o a Miami. (…) El turismo nuclear goza de gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno”.

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Una turista en un viaje organizado a Chernóbil, 2011. / D. Markosian
 No es difícil imaginar a Aleksiévich, resignada, pensando que el futuro ha encontrado su tiempo.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Olor-a-guerra-y-miedo-a-lo-invisible-las-escalofriantes-voces-de-Chernobil

lunes, 3 de diciembre de 2018

Brillantes de noche, radioactivas todo el día: la lucha obrera de las chicas del Radio

Capitán Swing publica Las chicas del Radio, una investigación sobre las mujeres que lucharon en su lecho de muerte para salvar a la sociedad de la industria del tóxico elemento periódico
En 1920, las pintoras de relojes fosforescentes perdieron los dientes y desarrollaron terribles tumores por haber estado expuestas al Radio sin protección

Las chicas del radio

Era lo más cerca que Katherine Schaub iba a estar nunca del "sol líquido", como se referían al Radio en los años 20. Las muchachas de clase obrera como ella no podían permitirse los dentífricos mezclados con el elemento milagroso que garantizaba una sonrisa perlada ni los tónicos de rejuvenecimiento, aunque esto aún no lo necesitaba porque solo tenía 15 años. Su única opción era manipularlo en una fábrica de relojes de lujo en Newark, Nueva Jersey.

Las chicas como Schaub se enrolaban con entusiasmo porque, además de pintar las manecillas de los relojes, mandaban piezas luminosas a la guerra en Europa y decían que así aportaban su "granito de arena". Pero lo cierto es que las más rápidas tenían mejor sueldo que sus padres y además el polvo brillante les hacía parecer ángeles de otro mundo. "El trabajo de élite para las pobres chicas trabajadoras". Al menos hasta que empezaron los letales efectos secundarios.

Las chicas del Radio (Capitán Swing) rescata la investigación de Kate Moore sobre las mujeres que murieron intoxicadas por radiación en los años 20 en Estados Unidos.

La fiebre por el elemento que había descubierto Marie Curie a principios del siglo XX se contagió sin freno en la industria cosmética, en los centros de salud, en el ocio y en la decoración. Todos querían su trozo del pastel y lo anunciaban con bombo y platillo en la etiqueta de cualquier producto, aunque tuviese tanto radio como pelo de unicornio.

PORTADA
Curie lo describía como una "luz que parecía suspendida en la negrura. Siempre nos sorprendía con nuevas emociones, con su hechizo". Fue su hija quien, años después, eliminó la épica de la ecuación y detalló sus efectos tal y como se observaban en el laboratorio. "Dejaba una impresión sobre las placas fotográficas. Corroía el papel y el tejido de algodón con el que se envolvía: lo dejaba todo reducido a polvo. ¿Había algo que no pudiera hacer?", clamó Hebe Curie.

Pero las advertencias de Hebe llegaron tarde para las chicas del radio: adolescentes con las manos pequeñas y ágiles que enfermaron de anemias, neoplasias, necrosis de los huesos y una degradación bucal que más tarde sería conocida como "mandíbula de radio".

Kate Moore descubrió esta historia mientras dirigía en Londres una dramatización sobre los pintores de esferas de reloj de Ottawa llamada These Shining Lives. Al ver que no existía ningún libro que se centrara en la experiencia de ellas, comenzó una investigación por toda Norteamérica que le llevó de Nueva Jersey hasta Nueva York, Washington, Chicago o Illinois entre otros estados. Moore visitó los hogares de estas mujeres, a sus familias y sus tumbas, sus oficinas y talleres, y dedicó el libro a Grace, Mollie, Katherine y otras pintoras de esferas que "lucharon por la justicia y pagaron con sus vidas".

Las letales "chupaditas"
"Mi precioso radio", lo llamaba con cariño Marie Curie, quien estuvo años expuesta sin protección a las radiaciones de estas sustancias cancerígenas que finalmente la  mataron de una anemia aplásica. Mientras investigaba las propiedades curativas, el inventor William J. Hammer tomó una muestra atraído por su destello verdoso. Y su ojo no le engañó, pues el radio combinado con pegamento y sulfuro de zinc formaba  una sustancia que brillaba en la oscuridad y que pronto resultó de una gran utilidad industrial.

Además de para facilitar la visión de los aparatos en la noche, se decía que tenía la capacidad de "hacer jóvenes a los viejos". Las aguas con radio no estaban al alcance de cualquiera, pero sí sus aplicaciones cosméticas, incluso las más espontáneas. Las chicas que trabajaban en la United States Radium Corporation iban a la fábrica con sus mejores galas porque, al quedar cubiertas de polvo, brillaban en los salones de baile nocturnos. También se lo esparcían por los dientes. Las llamaban "las chicas fantasma". 

Muestra de "la mandíbula del radio"
Muestra de "la mandíbula del radio"
 Pero lo peor no fue eso, sino cuando lo ingerían a palo seco durante sus jornadas laborales. Usaban un pincel muy fino de pelo de camello para pintar las manecillas y, cuando las cerdas se separaban, las chupaban para no salirse nunca de la línea de la esfera. El radio era un material prohibitivo y cada desperdicio les podía acarrear una buena bronca o el despido inmediato. Con cada chupada, un poco de veneno entraba directamente a su organismo.

La primera en notar las consecuencias fue Mollie Maggia, de 24 años, a partir de un dolor de muelas leve. El problema fue cuando el calvario se mantuvo tras extirpar los dientes. De los huecos en las encías "surgieron unas úlceras como flores negras, con partes rojas y amarillas debido al sangre y al pus". En poco tiempo, la infección se le extendió por la garganta, el paladar y el oído, hasta que un médico descubrió horrorizado que la mandíbula de Mollie se resquebrajaba entre sus dedos durante una delicada observación.

Cuando murió en 1922, le diagnosticaron erróneamente de sífilis. A la empresa no le interesaba romper sus contratos militares con el Gobierno, así que prefirió lanzar injurias sobre la vida sexual de sus empleadas. Aunque por ese entonces, otras chicas del radio -extrabajadoras incluidas- ya tenían problemas con sus mandíbulas y pies. La cajera de banco Grace Fryer, por ejemplo, comenzó a perder piezas dentales y a presentar degradación ósea en la mandíbula. Sus médicos no sabían a qué atenerse, pero ella sí: había sido colega de Mollie en la USRC. 

Pintora en la fábrica de relojes USRC
Pintora en la fábrica de relojes USRC
Brillantes por fuera y por dentro
Fryer se decidió a buscar a antiguas compañeras para iniciar una demanda, aunque le costó años dar con un grupo numeroso y un abogado dispuesto a representarlas ante la multimillonaria compañía. Aún así, el caso llegó a los periódicos y, a pesar de los intentos de encubrir la relación entre las muertes y la intoxicación por radio de la USRC, la demanda llegó a juicio.

En 1927 más de 50 chicas habían muerto. "De hecho, hubo que esperar a que el primer empleado varón de la empresa de radio muriera para que los expertos finalmente se hicieran cargo", explica Moore.

Las Radium Girls, como las bautizó la prensa, copaban la primera plana y captaron la atención de todo el país. "Por entonces, sin embargo, el tiempo se estaba acabando: a las mujeres les habían dicho que apenas les quedaban cuatro meses de vida y la empresa parecía dispuesta a retrasar los procedimientos legales". La misma Marie Curie envió una carta a las chicas del radio brindándoles su ayuda y asegurando que era imposible destruir la sustancia una vez estuviese dentro del cuerpo.
Fue un proceso largo y traumático en el que muchas se quedaron por el camino e incluso tuvieron que ver cómo exhumaban los restos de Mollie Maggia. Al final, el caso de las chicas del radio fue uno de los primeros en los que una empresa fue declarada responsable de la salud de sus empleados. "Llevó a la creación de normas que salvaron vidas y, en última instancia, al establecimiento de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional", cuenta la escritora en su ensayo.

Recorte de periódico de la lucha de las 'Radium Girls'
Recorte de periódico de la lucha de las 'Radium Girls'
 Muchas de estas mujeres pelearon desde su lecho de muerte, con enormes tumores en las caderas y los pies, las bocas desdentadas y los huesos frágiles como el cristal. Lo hicieron sabiendo que la justicia llegaba tarde para ellas, pero había esperanza para todas las demás. Brillaban por dentro por culpa del radio, pero mucho más por fuera, iluminando un pedazo de Historia que nunca les atribuyeron como merecían. Es el momento de honrar a "las chicas fantasma".