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domingo, 14 de marzo de 2021

Un señuelo

 ¿Quién chulea a quién?
Prince

Las trufas son los cuerpos fructíferos subterráneos de varios tipos de hongos micorrícicos. Durante buena parte del año, los hongos de la trufa solo existen como redes de micelio, que subsisten gracias a los nutrientes que obtienen del suelo y a los azúcares que extraen de las raíces de las plantas. Sin embargo, su hábitat suberráneo les pantea un problema básico: las trufas son órganos que producen esporas, análogos a la fruta que produce semillas en una planta. Las esporas evolucionaron para que los hongos pudieran dispersarse pero, bajo tierra, estas esporas no pueden ser atrapadas por las corrientes de aire ni vistas por los animales.

Tuber magnatum. Foto di Pietro Curti.

Su solución es desprender olor. Pero oler por encima del festival olfativo de un bosque no es moco de pavo. En los bosques se mezclan los olores, cada uno con un interés o distracción potencial para el hocico de un animal. Las trufas deben ser lo bastante acres para que sus aromas atraviesen las capas de suelo y entren en el aire, lo bastante peculiares para que un animal las distinga en medio del olor ambiental, y lo bastante deliciosas para que los animales las busquen, escarben y se las coman. Todas las desventajas visuales de las trufas -estar sepultadas bajo tierra, difíciles de ver cuando se desentierran y visualmente poco atractivas- quedan compensadas por el aroma.

   La trufa cumple con su función cuando es comida: se ha atríado al animal para que olisqueara el suelo y ha sido reclutado para que transporte las esporas del hongo en sus heces y las deposite en otro lugar. La fascinación de una trufa es, por consiguiente, el resultado de cientos de miles de años de entrelazamiento evolutivo con los gustos animales. La selección natural favorecerá a las trufas que encajen con las preferencias de sus mejores dispersores de esporas. Las trufas con mejor `química' atraerán a animales con más éxito que aquellas con peor química. Como las orquídeas que imitan la forma y olor de una abeja hembra sexualmente receptiva, estos hongos proporcionan una descripción de los gustos animales -un retrato aromático evolutivo de la fascinación animal [...].
   La capacidad para detectar y reaccionar a sustancias químicas es una capacidad sensorial fundamental. La mayoría de organismos utiliza sus sentidos químicos para explorar y entender su entorno. La plantas, hongos y animales emplean receptores similares para detectar sustancias químicas. Cuando las moléculas se adhieren a estos receptores, desencadenan una cascada de señales: una molécula desencadena un cambio celuar, que desata un cambio mayor, y así sucesivamente. De esta manera, una causa, por pequeña que sea, puede propagar efectos mayores: la nariz humana puede detectar concentraciones muy bajas, de hasta 34000 moléculas en 1cm2, el equivalente a una sola gota de agua en 20000 piscinas olímpicas.
   Para que un animal perciba un olor, una molécula debe depositarse en su epitelio olfativo. En los seres humanos, es una membrana en la parte superior de la cavidad nasal. La molécula se adhiere a un receptor, y los nervios se activan. El cerebro se implica mientras identifica las sustancias químicas, o desata pensamientos y respuestas emocionales. Los hongos están equipados con otro tipo de órganos. No tienen nariz ni cerebro y toda su superficie se comporta como un epitelio olfativo. Una red de micelios es una gran membrana con sensibilidad a las sustancias químicas: una molécula puede adhererirse a un receptor en cualquier parte de su superficie y desencadenar una cascada de señales que altera el comportamiento de los hongos.
   Los hongos viven inmersos en un campo nutrido de información química. Las trufas usan las sustancias químicas para avisar a los animales de que ya están listas para ser ingeridas; también las utilizan para comunicarse con las plantas, los animales y otros hongos -y consigo mismas-. No es posible entender los hongos sin explorar estos mundos sensoriales aunque nos sea difícil interpretarlos. Aunque quizá no importe, pues nosotros, como los hongos, nos pasamos casi toda nuestra vida atraídos por cosas. Sabemos que significa ser atraídos o rechazados. Además, a través del olor, podemos participar en la conversación molecular que emplean para gestionar gran parte de su existencia.
 
La red oculta de la vida
Merlin Sheldrake

viernes, 1 de enero de 2021

El herbario de Emily Dickinson, entre la ciencia y la poesía

  En 1845, la escritora estadounidense recolectó, prensó y clasificó 424 especies de flores en una zona rural de Massachusetts. Hoy, el manuscrito es una fuente de investigación para botánicos y naturalistas de todo el mundo

Fotografía de una de las páginas del herbario de Emily Dickinson / Universidad de Harvard
 

Otros pies caminan mi jardín,

otros dedos remueven la tierra,

un trovador sobre el olmo

traiciona la soledad.

Otros niños juegan sobre el césped,

otros cansados duermen debajo,

y aun así regresa la pensativa primavera,

¡Y aun así la nieve puntual!

El herbario de Emily Dickinson, conservado en la biblioteca de libros raros de la Universidad de Harvard y digitalizado recientemente para la consulta del público, contiene 424 especímenes de flores silvestres de la zona rural de Massachusetts, Estados Unidos, ordenados en 66 páginas con el sistema de clasificación de Linneo. El manuscrito original, que tiene el lomo verde y los nombres de las plantas escritos a mano en latín botánico con la elegante caligrafía de Dickinson, se terminó de hacer en 1845, cuando la poeta tenía apenas 14 años. Con el paso del tiempo, este herbario desconocido para la mayoría de críticos literarios se convirtió en un documento científico que ha servido de investigación para muchas generaciones de biólogos y naturalistas en el mundo.

Con motivo de la conmemoración de los 190 años del nacimiento de la poeta estadounidense celebrados este diciembre, Inés Álvarez, científica titular en el Real Jardín Botánico de Madrid, cuenta por teléfono que el herbario de Dickinson es un documento “extraordinario para la época”. “Conseguir una colección de este calibre”, dice Álvarez, “con el mimo y el cuidado con la que está hecha es sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta que es la obra de una adolescente de principios del siglo XIX”.

De acuerdo con la científica, especializada en la biología evolutiva de las plantas, los especímenes que Dickinson recolectó, ordenó y prensó para su herbario se conservan en condiciones casi ideales. “Ella era naturalista, le gustaban las plantas, pero también los insectos, las mariposas y los pájaros”, afirma Álvarez. Y continúa: “Creo que dejó un legado importante para la botánica. Su herbario es un catálogo de las flores que crecían o se cultivaban en una zona específica de América del Norte, que sirve para que los científicos hagamos estudios y comparaciones”.

Aunque la faceta científica de la escritora ha sido históricamente opacada por su calidad literaria, varios artículos académicos de las últimas décadas reconocen que en el herbario de Dickinson ya estaba contenida su capacidad poética y su amor por la naturaleza. Richard B. Sewall, pensador norteamericano experto en la vida y obra de Dickinson, escribió en un artículo publicado en la revista de Harvard: “En el cuidado que Emily tuvo en su herbario, en el preciso conocimiento botánico que muestra y en la fina composición de cada página, la inclinación de su naturaleza es clara: fue una creadora desde el principio”.

El herbario de Dickinson se conserva en buen estado en la Biblioteca de libros raros de Harvard

La escritora María Popova cuenta en un artículo de la revista Brain Pickings que la poeta norteamericana comenzó a estudiar botánica a los nueve años y a ayudar a su madre en el jardín a los doce. Cuando inició sus cursos en la escuela Mount Holyoke en su adolescencia, se acercó a la botánica con rigor científico. De acuerdo con Popova, Mary Lyon, la fundadora y primera directora de la escuela, fue una apasionada botánica, entrenada por el famoso educador y horticultor Dr. Edward Hitchcock. “Aunque Lyon animó a todas sus niñas a recolectar, estudiar y conservar las flores locales en los herbarios, el de Dickinson fue una obra maestra de una exactitud poco común y una belleza poética”.

Este herbario, que comienza con un jazmín blanco común y culmina con un racimo de flores de un romero azul, es un documento científico que permite aproximarse con rigurosidad a la vegetación de la zona y es una primera herramienta para trazar el origen desconocido de muchas especies no nativas. Álvarez insiste en que la identificación botánica de los más de 400 especímenes es acertada. “Es cierto que muchos nombres cambian con el tiempo, pero todos los sinónimos usados por Dickinson son correctos para la ciencia”, dice la científica. “Gracias al herbario, podemos saber, por ejemplo, que en el jardín de su finca había cannabis sativa, cáñamo o marihuana”.

Para la investigadora del Jardín Botánico de Madrid, el herbario de Dickinson, a diferencia de la recolección científica clásica, no tiene anotadas las fechas ni la ubicación exacta de las plantas. Además, la poeta no prensó los especímenes completos, con las raíces y los tallos. “En la mayoría de los casos, Dickinson solo clasificó las hojas y las flores. Entonces, si los científicos de ahora quieren hacer mediciones del tamaño o del momento de floración no tienen cómo comparar”.

Emily Dickinson, reconocida por sus poemas como uno de los pilares de la literatura moderna estadounidense junto con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, usó una técnica de recolección y prensa de las plantas muy similar a la que usan los estudiantes de botánica en la actualidad. Álvarez explica que probablemente Dickinson “envolvió las flores en hojas de papel periódico o en un material similar antes de pasarlas a las cartulinas del herbario. Por encima y por debajo de la planta envuelta, Dickinson debió haber puesto almohadillas de material secante para que absorbieran la humedad, igual que se hace ahora”.

Daguerrotipo de la joven Emily Dickinson
 Para hacer una pradera es necesario un trébol y una abeja-

Un trébol, y una abeja.

Y un ensueño.

Bastará solo con el ensueño,

si abejas hay pocas.

El herbario de Dickinson es uno de los primeros documentos de botánica realizados por una mujer joven en la era victoriana. “Emily era una mujer rebelde, especial, íntima, que no se relacionaba mucho con el mundo exterior, que no viajó y no tuvo amantes conocidos, pero a quien le interesaba mucho la ciencia y la belleza de la naturaleza”, dice Álvarez. Y añade: “No conozco mujeres de la época con inquietudes similares. Hay científicas, pero esta mezcla de sensibilidad por lo natural, por la ciencia materializada en la poesía y en el arte no era muy común”. Más de dos tercios de las cartas de Dickinson a familiares y amigos, y un tercio de sus poemas tienen a las flores como tema principal.

La editorial Ya lo dijo Casimiro publicó por primera vez en noviembre de 2020 un libro que reúne las fotografías completas del herbario, acompañadas por una antología botánica de poemas que giran en torno a las plantas, los árboles y las flores, en edición bilingüe y con traducción de Eva Gallud. De acuerdo con los editores, los poemas incluidos “recorren los bosques en mitad de la noche, trepan a los árboles, encuentran pájaros dormidos y recolectan flores y hojas a diario para convertirse en un registro del entorno, una radiografía de lo que observa su mirada y acaricia con la yema de sus dedos”.

Las hojas, como las mujeres, intercambian

astutas confidencias;

unos cuantos saludos, y unas cuantas

portentosas conclusiones,

En ambos casos las partes

disfrutan del secreto,

compacto e inviolable,

a la visibilidad.

Fuente: https://elpais.com/ciencia/2020-12-31/el-herbario-de-emily-dickinson-entre-la-ciencia-y-la-poesia.html

lunes, 5 de octubre de 2020

Reforestando, el proyecto de una gallega que eleva la botánica a las paredes del mundo

 Doa Ocampo Álvarez pinta murales llenos de vida, luz y color con el objetivo de hacer renacer espacios abandonados u olvidados con especies vegetales vinculadas a la zona y a sus habitantes



Reforestando es un bonito proyecto que lleva la botánica a las paredes de todo el mundo. La responsable de la iniciativa es la gallega Doa Ocampo Álvarez, que estudia la historia del lugar y la relación que sus habitantes tienen con las plantas para crear un mural en el que la vegetación vuelve a crecer más viva que nunca.

Ocampo Álvarez se formó en Bellas Artes, aunque no se especializó en ninguna disciplina en concreto. La muralista, oriunda de Sober (Lugo), comenzó a pintar con varios compañeros y aprendió la técnica a base de práctica. "Cuando empecé a pintar en Vigo, cerca de donde yo estudié, pintaba mucha gente: Liqen, Pelucas, Tallone...", explica la responsable de Reforestando, que añade que actualmente continúa con su proceso de aprendizaje, gracias a las obras que realiza.

 Crecer rodeada por los paisajes de la Ribeira Sacra despertaron en la artista un gran amor por la botánica. Reforestando es la forma que encontró para aunar sus dos pasiones, la naturaleza y el arte, mediante la aplicación de pintura plástica de exteriores de una forma muy personal. Últimamente, y siempre que es posible por las condiciones de la superficie y su precio, Ocampo trabaja también con pinturas minerales porque son menos perjudicales para el medioambiente, tienen un aspecto más natural y su durabilidad es mayor.

Reforestando

 El proyecto de la artista gallega nació en 2014 con el nombre de Reforestando y un objetivo claro: hacer renacer espacios que están abandonados u olvidados con especies vegetales. "Empecé a intervenir espacios que estaban más cerca de áreas naturales, bosques, áreas rurales, lugares donde había más presencia vegetal... El proyecto fue evolucionando y ahora le doy más importancia a que se vea la ilustración botánica. Antes quería que se supiese que era vegetal pero no importaba tanto la especie", explica Ocampo Álvarez sobre los cambios que la iniciativa ha experimetado.

Las plantas varían de un lugar a otro, ya que son elegidas en función de las tradiciones y la historia de la zona en la que van a ser representadas. La muralista selecciona los motivos que más le llaman la atención o que, por estética, van mejor con su trabajo. "A veces me interesan especies más desconocidas que tengan una relación histórica y otras, que sean súper populares en un lugar en el que todos las reconocen, para que se sientan identificados con la intervención", indica la lucense.

 Las representaciones no son exactas porque a la artista le gusta plasmar las plantas descompuestas, en fragmentos en lugar de enteras, para que la composición sea más decorativa. Ocampo Álvarez, sin embargo, busca que aquellos que contemplan la belleza de sus creaciones puedan distiguir las partes representadas: la hoja, la flor, los pétalos... En ocasiones, hace dibujos de alguna parte en sección para que el diseño esquemático interior quede a la vista. Esto convierte las ilustraciones de la artista gallega no solo en un elemento decorativo, sino también didáctico.

A través de la belleza de sus obras y de la calma que transmite la naturaleza, Ocampo Álvarez construye ambientes o espacios en los que "se siente cierta armonía" y es posible crear una conexión con el lado más abstracto o universal de la vida, "para sentirse bien".

Un trabajo hecho con ilusión

La muralista suele recibir propuestas sobre los lugares en los que desarrollar su trabajo, aunque en alguna ocasión también propuso alguna zona de su interés. "Siempre pinto ilusionada porque me gusta lo que hago. Me dedico a hacer también cosas de otras áreas artísticas, pero esto para mí es muy especial porque me gusta el enfoque científico asociado con las artes", asegura esta amante de las plantas.

 Los murales que más ilusión le hace desarrollar son aquellos en los que detecta una especial necesidad de luz y color, en los que su trabajo es recibido "como agua de mayo". Las ocasiones en las que los vecinos de la zona reconocen una planta y le explican que se comían sus frutos cuando eran pequeños aunque ahora apenas se ven, hace todavía más especial su labor. "Veo que el mensaje que quiero dar llega a la gente", asegura Ocampo Álvarez. Su arte es bien recibida por los ciudadanos y da vida a zonas en las que el gris y la suciedad lo habían inundado prácticamente todo.

 "La semana pasada estuve trabajando en Kosovo, con una historia reciente de conflictos muy duros. Fue una experiencia genial porque al crear algo en un lugar así, sentí que era muy especial para ellos, que apreciaban el gesto de hacer algo bello por su lugar", relata la muralista sobre su trabajo más reciente. El arte es una disciplina que te permite evadirte de la realidad, "dejar volar la mente en otra dirección", y los trabajos de Reforestando lograron este objetivo con los vecinos del edificio donde la gallega pintó su última obra.


El proceso creativo de Doa

Desde que Doa recibe una llamada pidiéndole poner un poco más de luz y color a un espacio hasta que el mural está terminado, hay un proceso largo que comienza con la documentación. La artista estudia el clima de la zona, la vegetación, las tradiciones en las que se usan las plantas y los colores que tienen. Cuando el proyecto se lo permite, la lucense habla con los residentes del lugar para conocer más de cerca su realidad y cómo se vincula su vida con la vegetación del entorno: alimentación, medicina, usos para tejidos o tintes e incluso aplicaciones "más místicas". Poco a poco, prueba a prueba, se acerca al diseño final.

 Pintar un mural le lleva entre una semana y 15 días, según el tamaño. Ocampo Álvarez se ocupa sola de la parte creativa y en ocasiones recibe la ayuda de otros muralistas, como Maz, a la hora de plasmar sus ideas sobre la pared. La elección de los colores varía según la planta que representa, aunque en ocasiones se permite la licencia de modificarlos un poco sin distanciarse de los tonos naturales. "A veces me apetece que sean colores más pardos, otras más vibrantes...", indica la artista, que hace también referencia a que las marcas tienen unas limitaciones en la gama que hacen que las obras "sean producto de las circunstancias".

 

Más información: https://www.elespanol.com/quincemil/articulos/actualidad/reforestando-el-proyecto-de-una-gallega-que-eleva-la-botanica-a-las-paredes-del-mundo?amp=1

viernes, 17 de julio de 2020

Declaración de los derechos de las plantas

Yeşil Güzel Ceviz Yaprakları HD Wallpaper



Art. I: La Tierra es la casa común de la vida. Su soberanía pertenece  a todos los seres vivos.

Art. 2: La Nación de las Plantas reconoce y garantiza los derechos inviolables de las comunidades naturales en cuanto sociedades basadas en las relaciones mutuas entre los organismos que las conforman.

Art. 3: La Nación de las Plantas no reconoce jerarquías animales basadas en la centralización del mando y la concentración de funciones, sino que favorece las democracias vegetales difusas y descentralizadas.

Art. 4: La Nación de las Plantas respeta por igual los derechos de los seres vivos actuales y futuros.

Art. 5: La Nación de las Plantas garantiza el derecho al agua, a la tierra y a la atmósfera limpias.

Art. 6: El consumo de cualquier recurso no renovable queda vetado.

Art. 7: La Nación de las Plantas no conoce fronteras. Todo ser vivo es libre de circular, desplazarse y vivir en ella sin limitación alguna.

Art. 8: La Nación de las Plantas reconoce y promueve el mutuo apoyo entre las comunidades naturales de seres vivos como instrumento de convivencia y de progreso.

Stefano Mancuso

lunes, 8 de octubre de 2018

Estiércol en rama

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https://asociacionconciencia.wordpress.com/2018/01/22/viscum-album/
...
   El muérdago (Viscum album) incluye a una enorme variedad de plantas distribuidas por todo el planeta, pertenecientes a cinco familias vegetales diferentes pero que, a pesar de ello, poseen características comunes entre ellas. En primer lugar, se trata de organismos hemiparásitos, es decir: poseen cloroplastos y clorofila y, por tanto, realizan la fotosíntesis; pero el agua y los minerales que necesitan para llevar a cabo este proceso (que otras plantas extraen del suelo a través de sus raíces) los obtienen de otro vegetal al que parasitan. Para robar los recursos de otro vegetal, el muérdago desarrolla unas estructuras en forma de pequeños tubitos llamados "haustorios", los cuales introducirá en los vasos leñosos de su hospedador. A través de los haustorios, el parásito acapara parte del agua y las sales que su presa ha recogido, y los utiliza para llevar a cabo la fotosíntesis.
   Otro aspecto común a la mayoría de los muérdagos -con algunas excepciones- es que necesitan utilizar un vector que propague la semilla por las ramas de los árboles. Así, para cazar un lindo pajarillo que transporte sus semillas hacia un nuevo hospedador, el muérdago dispone de un rico y vistoso fruto en forma de baya que las aves no dudarán en ingerir. Cuando el fruto atraviesa el tubo digestivo del animal, una sustancia llamada "viscina" ve incrementada su viscosidad, lo que provoca que cuando parte de su fruto sea regurgitado o defecado quede adherido al pico o a la cloaca del pájaro, y este no tenga otro remedio que frotarse contra la rama del árbol para deshacerse de tan pegajosa sustancia. Esta pringosa estrategia permite al muérdago aumentar las probabilidades de que sus semillas sean depositadas sobre las ramas de un árbol y no caigan al suelo, donde nunca podrán germinar. Debido a este mecanismo de propagación que utiliza el muérdago, antiguamente se creía que la planta se originaba directamente de las heces de los pájaros, y por tal motivo se le dio el nombre de "muérdago", que significa "estiércol en rama"...

https://asociacionconciencia.files.wordpress.com/2018/01/muerdago_aves.jpg

David G. Jara

jueves, 20 de septiembre de 2018

¡Te quiero!... pero de lejos

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Salsola kali dispersando sus semillas mientras gira arrastrada por el viento.
   Es difícil encontrar en la historia de la humanidad otro contexto social que sea similar al que vivimos en la actualidad, en el que individuos ya dentro de su tercera década de vida mantengan comportamientos y necesidades que antes solo se les admitían a los preadolescentes. Y si en el curso de las complejas y heterogéneas sociedades humanas no existe un claro trasunto de esta situación, ni que decir tiene que en el resto de la naturaleza tampoco nos será posible encontrar algo parecido. Lo cierto es que la mayoría de los animales ni siquiera se preocupan de sus descendientes, y los que cuidan de sus crías invierten el tiempo indispensable para enseñarles todo aquello que necesitan saber para defenderse por sí solos durante una vida independiente. En el mundo de las plantas, la cosa es aún más radical: en general, cuanto más lejos de sus progenitores se desarrollen los vástagos, más probabilidades tendrán de sobrevivir, tanto ellos como su especie. Así, mientras que en nuestra sociedad algunas madres acaban irrumpiendo en la peña durante las fiestas del pueblo para asegurarse de que su chiquitín de treinta y tantos ha echado el aire del último cubata, por su lado -y como radical contraste-, los progenitores vegetales se quitan a sus hijos de encima incluso antes de que estos hayan nacido.
   Múltiples investigaciones han llegado a la conclusión de que, al menos de un modo general, el índice de mortalidad de las semillas tiende a ser muy elevado cuando estas tratan de germinar junto a los que han sido sus progenitores. En cambio, las opciones de supervivencia de aquellas que consiguen separarse de la protección de sus papás aumentan radicalmente  al alejarse de ellos. Los científicos han comprobado que la mayor parte de los depredadores que se alimentan de las semillas y de los pequeños plantones se acumulan próximos a los vegetales adultos; que allí, en el mundo de los mayores, las enfermedades infecciosas presentan una mayor prevalencia debido a la proliferación de patógenos entre los individuos adultos; y sobre todo, que en el hogar parterno la competencia por los nutrientes, el agua y la luz suele ser tan intensa que pone en serias dificultades a cualquier pequeño vegetal que quiera salir adelante. Mas la importancia de germinar lejos de casa no se limita a escapar de los inconvenientes que presenta vivir bajo las estrictas normas de papá y mamá, sino que también dota al vegetal de la posibilidad de "conocer mundo" y colonizar nuevos territorios. Teniendo en cuenta que las condiciones ambientales que se dan en el hábitat concreto dentro del que se desarrolla una especie vegetal pueden verse modificadas con el paso del tiempo, dispersar las semillas hacia otros entornos podría ser la clave para asegurar la supervivencia de la especie.
   Tan importante resulta tomar distancia de los progenitores que la evolución ha dotado a las plantas de una enorme cantidad de increíbles adaptaciones para catapultar lo más lejos posible a sus futuros descendientes. La multitud de mecanismos que implementan los vegetales para dispersar sus semillas nos confirman la gigantesca plasticidad que poseen unos organismos que, para algunos -claramente equivocados-, tan solo conforman elementos decorativos con los que engalanar las calles y parques de la ciudad.
   Con frecuencia, el proceso de dispersión de las semillas puede ser un evento solitario, pues algunas de ellas emigran de forma individual en busca de su destino; en otras muchas ocasiones, sin embargo, las semillas viajan en grupo, protegidas por el fruto que fabricaron sus progenitores. Incluso, en algunos casos concretos (Salsola kali) es la propia planta la que se pone en marcha para asegurarse de dispersar adecuadamente sus semillas....
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Sámara de Ulmus sp
El reino ignorado
David G. Jara   

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Toxinas en la cocina

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https://www.elnuevoherald.com/vivir-mejor/salud/article22498314.html
Las plantas poseen una variedad inmensa de venenos, y solo la selección artificial que, poco a poco, los humanos hemos ido realizando ha permitido que en la actualidad podamos consumir miles de especies vegetales sin asumir demasiados riesgos. Sin embargo, que un vegetal sea comestible no quiere decir en modo alguno que se se encuentre totalmente libre de tan peligrosas sustancias: muchas de las frutas, verduras y hortalizas que consumimos diariamente conservan las toxinas de sus antepasados no domesticados. Mas no debemos preocuparnos demasiado, ya que la cantidad en la que estos venenos aparecen entre nuestros alimentos suele ser muy pequeña; y, tal como acertadamente dijo Paracelso: solo la dosis hace el veneno.
   Así, el fruto del almendro (Prunus dulcis), especialmente cuando aún no ha alcanzado su grado óptimo de madurez, a veces contiene, como una misérrima herencia de sus tatarabuelos silvestres, pequeñas cantidades de un compuesto tóxico llamado "amigdalina". Esta sustancia -que, por otro lado, también aparece en los huesos de albaricoques, ciruelas y melocotones o en las pipas de las manzanas- pertenece a la categoría de los glucósidos cianogénicos, que son utilizados por más de de 2.500 especies diferentes de vegetales como mecanismo de protección Cuando el fruto del almendro, sobre todo en sus variedades salvajes, es dañado por la acción de un insecto o de un herbívoro, la amigdalina se escinde en otras dos sustancias: el amargo benzaldehído y el letal cianuro. El primero, debido a su desagradable sabor, avisa al animal de la equivocación en la que está incurriendo; y el segundo, impidiendo que las células del comensal utilicen el oxígeno del aire en su metabolismo, lo golpea si este ha cometido el error de hacer oídos sordos a la amarga advertencia. Pese a ello cuando, tranquilamente apoyados en la barra de un bar con una caña bien fresquita, entre el plato de almendras que nos han puesto como tacaño aperitivo nos topemos con la desagradable almendra amarga no debemos preocuparnos demasiado: la cantidad de amigdalina que presenta es tan pequeña que necesitaríamos ingerir varias docenas de ellas, tan acibaradas como la hiel, para empezar a sentir ligeramente los síntomas de un intoxicación por cianuro.
   Es cierto que la selección artificial ha sido la principal responsable de que las toxinas naturalmente presentes en los vegetales hayan desaparecido en las variedades comestibles, o que al menos su cantidad se haya visto drásticamente disminuida. Sin embargo, bajo algunas circunstancias especiales, la concentración del veneno en las plantas domesticadas puede verse puntualmente incrementada, y de ese modo manifestar de forma inesperada sus nocivos efectos. Precisamente, tan inusual circunstancia acaeció, allá por el año 1969, en un escuela de Londres, cuando 78 de los 300 niños que habitualmente almorzaban en el comedor del colegio tuvieron que ser atendidos en el hospital con síntomas de envenenamiento, que fueron atribuidos a la ingesta de... ¡patatas cocidas!

Solanum tuberosum.JPG
Solanum tuberosum. Patatera https://ca.wikipedia.org/wiki/Patatera#/media/File:Solanum_tuberosum.JPG
   La patata (Solanum tuberosum), así como otras plantas comestibles de la familia de las solanáceas como el tomate o la berenjena, utiliza glicoalcaloides tóxicos  para protegerse de los herbívoros y de los hongos parásitos. Estos tóxicos aparecen en concentraciones apreciables tanto en la planta como en los frutos verdes, aunque en estos últimos prácticamente desaparecen al madurar. Los tubérculos de las solanáceas, como la patata, también poseen glicoalcaloides, pero en cantidades tan minúsculas que resultan totalmente inofensivos. De modo que ¿cómo pudieron las patatas provocar un intenso cuadro de vómitos, diarrea y somnolencia en aquellos escolares? Lo médicos encontraron en los restos de las patatas que habían ingerido los niños niveles los glicoalcaloides tóxicos que triplicaban las cantidades que normalmente presenta este tubérculo. Parece ser que aquellas patatas procedían de una remesa que había sido almacenada durante todo el verano, y que las condiciones de almacenamiento no habían sido las más adecuadas, razón por la cual se produjo un incremento significativo en los glicoalcaloides tóxicos típicos de las solanáceas. Se sabe que las condiciones de luz y temperatura influyen drásticamente en la concentración de los tóxicos en la patata. Así, en presencia de luz, la cantidad de una de estas sustancias tóxicas que contiene el tubérculo se cuadruplica en solo 24 horas al pasar de los 7 a los 16ºC, y se multiplica por nueve cuando la temperatura de almacenamiento alcanza los 24ºC. Aunque las intoxicaciones debidas a estas sustancias son muy raras y sus síntomas suelen limitarse a leves indisposiciones gastrointestinales, si queremos evitar cualquier mínima posibilidad de vernos afectados por ellas, debemos almacenar las patatas en lugar fresco y oscuro, y evitar las partes verdes del tubérculo o aquellas en las que haya empezado a brotar un pequeño tallo.....

David G. Jara

sábado, 6 de enero de 2018

La doble partida de la lógica


Desde la nervaduras de las hojas a la estructura del aparato radical: en la planta, todo tiene forma de red.

No es tan fácil admitir que al mayor parte de los seres vivos toman decisiones, resuelven problemas y se adaptan a condiciones en cambio constante pese a no tener cerebro. Y sin embargo, las plantas lo hacen, y lo hacen aplicando mecanismos de inteligencia distribuida tan eficaces que han sido adaptados por la mayor parte de los seres vivientes, incluido el ser humano. El hecho de que tengan o no cerebro no tiene la menor relevancia.
   Puede parecer extraño, pero muchísimas de las decisiones que tomamos no son fruto del razonamiento y de la lógica, como nos gusta pensar. Nosotros los llamamos instintos, y, aunque se encuentren en la base de nuestras decisiones, tendemos a reprimirlos porque no nos gusta reconocer que condicionan nuestros actos. Preferimos imaginarnos como seres puramente racionales, guiados por una inteligencia que no admite más que las leyes cristalinas de la lógica, pero todas las pruebas experimentales apuntan lo contrario. Nos gusta creer que somos atentos, reflexivos y analíticos, y que respondemos a los problemas de manera ponderada, pero en realidad no es así: gran parte de nuestras acciones son inconscientes y tienen su origen en procesos totalmente ajenos a cualquier tipo de racionalidad.
   Una de las aplicaciones más famosas de esta álgebra moral, o doble partida de la razón, la encontramos en los cuadernos de Charles Darwin. El problema que angustiaba a Darwin era si debía casarse o no casarse. El 7 de abril de 1838, un Charles Darwin de veintinueve años traza en un folio de papel dos columnas tituladas "Casarse" y "No casarse" y anota una detallada lista de argumentos a favor y en contra del matrimonio.
 
Casarse
No casarse
-Hijos (si Dios quiere)
-Una fiel compañera (amiga hasta la vejez) que se interese por mí
-Objeto de amor y solaz
-Mejor que un perro
-Una casa y alguien que la cuide
-La música y el parloteo femenino.
Son cosas que hacen bien ala salud, aunque sea una terrible pérdida de tiempo
-Por Dios, es intolerable pensar en dedicar la vida entera, como una abeja obrera, a trabajar, trabajar, trabajar, y al final para nada. No, eso no puede ser. Imaginar una vida en soledad en una sucia casa londinense llena de humo. Piensa mejor en una esposa tierna y dulce, un sofá, una buena chimenea y libros y quizá música.  
-Casarse, casarse, casarse
-Libertad para ir adonde uno quiera
-Conversar con hombres inteligentes en el club
-No tener que visitar a la parentela ni tener que ceder a cada tontería
-No tener preocupaciones económicas ni angustias debidas a los hijos
-No se puede leer por la noche
-Gordura y ocio
-Angustia y responsabilidad
-Menos dinero para comprar libros
-Si hay muchos hijos, obligación de ganarse el pan (aunque también es cierto que trabajar demasiado no es bueno para la salud)
-Quizá a mi mujer no le guste Londres. Entonces la sentencia sería el exilio y la degradación hasta convertirme en un idiota holgazán e indolente 

   ¿Creéis que identificar al detalle los distintos aspectos del problema, catalogarlos en orden más o menos de importancia a ambos lados del folio y calcular el "remanente" ayudó a Darwin a tomar su decisión?¿Y cuál creéis que fue esa decisión? Leyendo ambas columnas se hace difícil defender los motivos a favor del matrimonio. La parte derecha del folio parece contener más elementos, y de mayor peso, que la de la izquierda. Y con todo y con eso, al igual que miles de millones de seres humanos antes que él, a pesar de las dudas y el álgebra racional, menos de seis meses después de atormentarse con esta lista, Charles Darwin se casó encantado con su prima, Emma Wedgwood. Resultado: 10 hijos y un matrimonio que, a juzgar por la correspondencia y los testimonio de la época, fue muy feliz.
   Aunque todos defendamos que las elecciones ponderadas -adoptadas tras haber valorado todos los datos disponibles y sopesado pros y contras- son las mejores porque ofrecen mayores posibilidades de lograr el resultado esperado, lo cierto es que gran parte de nuestras decisiones dependen de reglas muy distintas. Quizá no sean irracionales, pero sí de una racionalidad distinta de la que santificamos a diario cuando idealizamos el pensamiento lógico; una racionalidad que compartimos con las plantas, fruto de la experiencia evolutiva y no del escrutinio atento de nuestra glorificada corteza cerebral.


El futuro es vegetal
Stefano Mancuso

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Memoria sin cerebro



Mimosa pudica
Supongo que todo el mundo conoce la Mimosa pudica: hoy en día la venden hasta en los supermercados. Para los pocos que no la hayan visto nunca, se trata de una agraciada e insólita planta que, como su nombre indica, cierra delicadamente las hojas, en un movimiento de extremo pudor, cuando éstas reciben algún estímulo externo  (por ejemplo, cuando las tocamos). Gracias a esta reacción, tan rara en el mundo vegetal, esta planta originaria de las regiones tropicales del continente americano despertó un gran interés a su llegada a Europa. La estudiaron científicos del calibre de Robert Hooke, el famoso microscopista inglés, o el médico francés Henri Dutrochet de Néons, considerado el padre de la biología celular. Es decir, que durante algunos años la Mimosa pudica fue toda una estrella de la botánica.
   Tampoco el caballero Lamarck supo sustraerse a su atractivo, y profundizó en su conocimiento sirviéndose de innumerables experimentos mediante los cuales estudiaba su comportamiento en situaciones, cuando menos, originales. Lo que más fascinó a Lamarck fue el hecho de que, cuando se las sometía de forma repetida a estímulos de la misma naturaleza, a partir de cierto punto las hojas dejaban de reaccionar e ignoraban los estímulos sucesivos. Lamarck estaba en lo cierto cuando atribuyó esta interrupción al "cansancio"; básicamente, tras haber retraído las hojas en repetidas ocasiones, la planta se quedaba sin energía para seguir moviéndose.
   Lamarck cayó en la cuenta de que, a veces, tras muchos estímulos idénticos, el "sujeto" dejaba de cerrar las hojas mucho antes de haber agotado sus reservas de energía. Hasta que un día dio con un original experimento de René Desfontaines. El botánico francés había ideado un pintoresco experimento: le pidió a uno de sus estudiantes que cargara un buen número de plantas en un carruaje, que se las llevara a dar un tour por París y que vigilase escrupulosamente su comportamiento. Sobre todo debía fijarse cuándo cerraban las hojas. El estudiante, tras acomodar varias macetas de Mimosa pudica en el asiento de un coche de caballos, ordenó al cochero que diera una vuelta  a trote moderado y, a ser posible, sin hacer paradas.
Imagen relacionada

   El muchacho estuvo ocupado anotando en su cuaderno hasta el último detalle relativo al comportamiento de las plantas, que habían contraído sus hojas al producirse las primeras vibraciones del carruaje sobre los adoquines. Como era de esperar, las plantas habían cerrado las hojas al notar las primeras vibraciones del carruaje. No obstante, mientras seguían paseando, ocurrió algo inesperado. Primero una, luego dos, luego cinco y finalmente todas, las plantas comenzaron a abrir las hojas a pesar de que el carruaje seguía vibrando con la misma intensidad. Nuestro estudiante apuntó en el cuaderno que las plantas se estaban "acostumbrando".
   Los resultados del experimento acabaron plasmados en una interesante memoria de la Sociedad Botánica de Francia, pero pronto quedaron olvidados. Las indicaciones de Desfontaines eran más que claras ya entonces apuntaban hacia un comportamiento adaptativo derivado de la memorización de información.[...]
  Hoy en día se cree que se trata de una memoria epigenética, pero hasta hace poco no se sabía nada acerca de su funcionamiento. Es probable que las células puedan recordar las alteraciones en la expresión de los genes causadas por un factor estresante. [...]
   Más allá del puro interés botánico, comprender el funcionamiento de la memoria en seres sin cerebro, además de resolver el misterio de cómo recuerdan las plantas, puede servir para entender mejor cómo funciona nuestra propia memoria, qué mecanismos derivan en alteraciones o patologías y cómo sus formas particulares pueden localizarse también fuera del sistema nervioso.

Stefano Mancuso

martes, 26 de diciembre de 2017

Un farmacéutico metido a botánico

Citrus grandis (L.)
La historia de Juan José Ruperto de Cuéllar y Villanueva (Aranjuez, 1739-Ilocos, en Filipinas 1801), farmacéutico y botánico español que desde 1786 a 1789 dirigió la Real Compañía de Filipinas en Manila.

En 1760 compra una farmacia en Madrid e ingresa en el Real Colegio de Farmacéuticos, donde desempeña diversos cargos, hasta que en 1781 acaba vendiendo la farmacia por motivos financieros y entre 1783 y 1784 recibe clases de botánica para farmacéuticos en el Real Jardín Botánico, consiguiendo el título de botánico.

El 10 de marzo de 1785 Carlos III firmó la Real Cédula por la que se creaba la Real Compañía de Filipinas; una sociedad político-mercantil, con sede en Filipinas, que debería potenciar el estudio y la explotación de los recursos naturales propios de estos territorios. Si bien, ¿con qué recursos naturales contaba este archipiélago? o ¿cuáles podrían ser comercializados? Para responder a éstas y otras preguntas similares, la Compañía solicitó del ministro de Indias, José de Gálvez, la necesidad de contar con el personal técnico adecuado que le permitiera valorar las posibilidades de explotación de los recursos naturales con los que contaba el archipiélago filipino, con más de 7.100 islas.

Gálvez trasladó la petición a Casimiro Gómez Ortega, primer catedrático del Real Jardín Botánico, y éste propuso para realizar tales actividades a Juan de Cuéllar, nombrado por Carlos III, en noviembre de 1785, "...botánico sin sueldo, pero con
la calidad de que los gastos que se le ofrecieren en la formación de los dibujos, disecación de plantas, y expediciones que hiciere para recoger y observar los objetos de historia natural, se le han de satisfacer en las Cajas Reales de aquellas islas, dándome cuenta cada medio año de los progresos que hiciere en esta comisión por mano de mi secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias: a fin de que yo pueda a su tiempo recompensar a dicho botánico a proporción del servicio que en esta parte me hiciere...".

A comienzos de enero de 1786 embarca en Cádiz, a bordo del Águila Imperial, con destino al puerto de Cavite; con el objetivo de "recoger todas las plantas y cuerpos preciosos (...) para llenar el Jardín y el Gabinete de Historia Natural" y estudiar las producciones útiles para el comercio e industria.

Cuéllar se instala en Manila y contrata a los pintores nativos Miguel de los Reyes, José Loden y Tomás Nasario. Con ellos organiza un estudio de pintura y un laboratorio para el examen y dibujo de las especies que se remitirían a la Corte. También contrató a dos escribanos, Andrés Fernández y Apolinar Montes, para que elaboraran los manuscritos y anotaran las descripciones de las especies, y a algunos marineros españoles para que le ayudaran con las tareas de herborización y recolección de ejemplares.

Desde su llegada al archipiélago filipino, Juan de Cuéllar acumula materiales con destino a los Reales Gabinetes; los primeros envíos de producciones naturales del archipiélago filipino (conchas, semillas, resinas, maderas, dibujos, minerales y algunas macetas con plantas vivas) datan de comienzos de 1787 y desde entonces los realizará con la asiduidad que le permite el sistema de flotas con España; estos envíos prosiguieron, no sin altibajos, hasta 1797.

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Los materiales herborizados por Juan fueron escasos, aunque él supo suplir estas carencias adquiriendo cuantas curiosidades naturales tenía a su acceso, por ello no son raros algunos cajones con producciones asiáticas, remitidos por él con destino a los Reales Gabinetes.

Cuéllar y la pasión por la canela
Cuéllar fue el primer botánico que consiguió que llegasen vivos a Europa el canelo, el árbol del pan y el mangostán, plantas por cuya obtención y aclimatación la Real Sociedad de Londres convocaba premios infructuosamente desde 1777.

Pese a todo, los intentos de Juan de Cuéllar y su equipo por obtener beneficio de los canelos filipinos fueron en vano, como vana fue su propuesta de realizar una expedición botánica por el archipiélago o la de establecer un jardín botánico en los terrenos que la Real Compañía disponía en Malate.

Una Real Orden, fechada el 19 de junio de 1793, suprimía la junta de gobierno de la Real Compañía en Manila, comisionando a la de Madrid para que decidiera sobre el futuro de aquel establecimiento. La junta de Madrid cesó de sus cargos a los empleados en Manila, un cese efectivo desde el 31 de diciembre de 1794. Juan de Cuéllar fue destituido junto al resto del personal al servicio del establecimiento de Manila, aunque el naturalista conoció la noticia, como el resto, en junio de 1795.

Cuéllar permanecería en Filipinas hasta su muerte. El gobernador de Filipinas le nombró comisionado para el alumbrado público en Manila y, más tarde, superintendente de las fábricas de tejidos de la provincia de Ilocos, un territorio del que fue nombrado "Alcalde Mayor", cargo equivalente a gobernador provincial, y en el que falleció a finales de 1801.

martes, 26 de septiembre de 2017

Verdolatría ucrónica.


La invasión de los ladrones de cuerpos

Si el reto utópico supremo consiste en "imaginar un nuevo paraíso y una nueva Tierra", podemos preguntarnos cómo serían las plantas que crecerían en esos mundos soñados. No son pocas las películas, en especial las de serie B, y las novelas que tienen como protagonistas a plantas de toda índole y condición (carnívoras, inteligentes, ambulantes, antropomorfas, vampíricas, etc.), que se pueden agrupar en cinco categorías fundamentales: a) plantas alienígenas, b) plantas mutantes, c) plantas extraterrestres, d) plantas en naves, transbordadores y estaciones espaciales y e) ciberjardines y plantas virtuales.
   En el apartado a) se encontrarían aquellos relatos y cómics en los que las plantas procedentes de otros planetas prosperan en la Tierra, a la que han llegado a bordo de platillos volantes, meteoritos, asteroides, cometas o literalmente caídas del cielo. Un ejemplo emblemático de este primer tipo es el clásico cinematográfico de Don Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos, basado en un relato de Jack Finney que llevaba por título Los ladrones de cuerpos, y que ha sido objeto de sucesivos remakes. Salvando las diferencias y las particularidades, en todos los casos el argumento es similar: unas extrañas plantas provenientes del espacio producen unas vainas de enorme tamaño semejantes a judías o habas, solo que, en su interior, crecen cuerpos humanos. Estos resultan ser sosias o copias perfectas de los habitantes del pueblo de Santa Mira, a los que sigilosa y paulatinamente van suplantando. Esta historia se ha interpretado por parte de los críticos cinematográficos como una parábola de la deshumanización, la pérdida de identidad y el conformismo que aquejaba a la sociedad estadounidense.[...]
   En el segundo apartado de la clasificación aparecen las plantas mutantes, resultado de experimentos genéticos y accidentes nucleares. [...]
   Quizá una de las más insólitas, hilarantes y descerebradas producciones cinematográficas que se recuerdan sobre plantas mutantes sea El ataque de los tomates asesinos de John De Bello. Todo comienza cuando un grupo de tomates modificados genéticamente empieza a atacar a la población, en especial a aquellas personas que acostumbran a ingerir o manipular estos frutos. El gobierno estadounidense encarga a una unidad de élite que combata a esos "terroristas rojos"que están sembrando el pánico y el caos en las calles.[...]
   La tercera posición en esta particular taxonomía corresponde a la botánica sideral o extraterrestre. [...]
   Wells, uno de los indiscutibles padres de la ciencia ficción, especuló con la posibilidad de que las plantas en otros planetas fueran de colores diferentes al verde. Leemos en La guerra de los mundos: "el reino vegetal de Marte, en vez de tener al verde como color dominante, es de tinte rojo-sangre vívido". La clorofila es el pigmento que da a estos organismos su característico color y que, a su vez, permite la fotosíntesis . Mediante este proceso las plantas aprovechan los fotones azules y los fotones rojos de la luz solar a la par que reflejan los fotones verdes. Imaginémonos por un momento un planeta que orbitara alrededor de una estrella de un tamaño y con una composición atmosférica diferente a la nuestra. La energía luminosa necesaria para llevar a cabo la fotosíntesis que captarían las especies vegetales variaría a tal punto que estas presentarían colores diversos, como ha señalado Nancy Y Kiang en un artículo de Scientific American. Según esta científica, alrededor de estrellas más calientes y más azules que nuestro sol, las plantas tenderían a absorber el celeste y presentarían un color que podría ir del verde al rojo, pasando por el amarillo. Por el contrario, en la proximidad de estrellas más frías, como las enanas rojas,los planetas recibirían menos luz visible. Y, en consecuencia, las plantas tratarían de absorber tanta como les fuera posible, razón por la que probablemente, tendrían un aspecto negruzco.[...]
   En el apartado de plantas en naves, transbordadores y estaciones espaciales, cabe destacar la película Naves misteriosas de Douglas Trumbull. Esta fábula ecologista de inspiración hippy, aderezada por la música folk de Joan Baez y sus canciones reivindicativas, se desarrolla a comienzos del siglo XXI. Para entonces, la fauna y flora han desaparecido de la faz de la Tierra y el único resto de la antigua naturaleza sobrevive a bordo de la nave espacial Valley Forgue, que hace las veces de arca de Noé botánica mientras orbita alrededor de Saturno. Cuando el jefe de la expedición recibe la orden de destruir esa reserva de biodiversidad, se rebela contra sus jefes y, tras asesinar a sus tres compañeros, emprende una huida a la desesperada rumbo a lo desconocido. Con la ayuda del trío de androides que forma la tripulación, cuida de su jardín o, mejor sería llamarlo, invernadero galáctico hasta que, a  punto de darle caza las autoridades terrestres, decide inmolarse junto a su paraíso en un acto de idealismo demente.
   La última categoría la ocupan los ciberjardines. Estamos ante una manifestación nueva, característica de la era digital, que utiliza progrmas de realidad virutual y telepresencia para generar simulaciones electrónicas de un jardín. El objetivo ideal de estos dispositivos, al que nos vamos aproximando de día en día, sería crear en el usuario la ilusión tridimensional de un espacio ajardinado con el que poder interactuar. En un futuro no muy lejano será posible sumergirse en una realidad perceptiva continua, semejante a la avalancha de impresiones sensoriales que inundan nuestros sentidos cuando nos desplazamos por un parque real. En la medida en que podamos no solo deambular por esos incorpóreos paisajes, sino también disfrutar de una visión de 360º e incluso manipular el entorno, la experiencia del jardín dejará de estar asociada a un espacio físico concreto.
   Si bien la historia de los ciberjardines está toavía por escribir, las tecnologías abren un horizonte inabarcable e inquietante. Basta recordar el jardín virtual que se ha creado en el aeropuerto de Ámsterdam para ayudar a combatir el estrés de los pasajeros, o las aplicaciones ya existentes para smarphones y tablets que permiten diseñar, cuidar y regar jardines en las pantallas táctiles.[...]
Airport Park - A walk in the Park
Aeropuerto de Amsterdam
   Si partimos de la tesis aceptada por muchos estudiosos de que los filmes de ciencia ficción expresan nuestras ansiedades y miedos acerca del futuro, y las dudas que suscitan los avances de la ciencia y la tecnología, y su carácter ambivalente, a un mismo tiempo creador y destructivo, benéfico y amenazante, las extrañas criaturas vegetales que protagonizan algunas de esas cintas hablan de la problemática relación de hombre con la naturaleza. Algunas veces quieren plantear una relfexión sobre los problemas medioambientales, en otras ocasiones cuestionan el progreso y los límites de la investigación, y a menudo también pretenden advertirnos sobre los riesgos de la manipulación genética y el impacto de la actividad humana.
   El hecho es que las plantas ocupan un lugar de honor en el imaginario de la ciencia ficción. A veces se enfrentan a los protagonistas; otras les sirven de guías o son sus aliados; y en ocasiones también representan un oasis de felicidad. Y por más que, técnicamente, provengan del espacio exterior o de un laboratorio, en realidad brotan de las profundidades de la psique humana. Son, por así decirlo, una proyección del inconsciente y una fantasía poética. La imposible comunicación con esas criaturas verdes facilita, justamente, la transferencia de nuestros recónditos temores y angustias, convirtiéndolas a un mismo tiempo en el símbolo de lo que se pliega y escapa a nuestro dominio.
   El ancestro, si se puede calificar como tal, de esa vasta flora alienígena y mutante es la mítica mandrágora. A esta planta herbácea del grupo de las solanáceas, también conocida como manzana de Satán o del amor y hierba de Circe, de hojas verdes oscuras, flores blancas ligeramente teñidas de púrpura y frutos parecidos a pequeñas manzanas malolientes, que crece en el suelo boscoso y en las umbrías orillas de ríos y arroyos, la rodea una aura mágica. Esta reputación se debe a la supuesta forma humana de sus raíces más que a sus propiedades narcóticas, medicinales o a sus virtudes generativas o afrodisíacas.
   Según una leyenda medieval, los mejores ejemplares crecían justo debajo de los patíbulos, a partir del semen que, antes de expirar su último aliento, eyaculaban los ahorcados sobre la tierra. La persona que recolectaba la mandrágora debía tener la precaución de taparse los oídos para no enloquecer o, en el peor de los casos, morir con el grito que emitía su raíz cuando era desenterrada, tal y como se cuenta en Romeo y Julieta de William Shakespeare. Un procedimiento para arrcarla del suelo sin correr riesgos innecesarios fue propuesto por el historiador romano Flavio Josefo, quien recomienda atar el extremo de una cuerda al tallo y el otro a un perro negro convenientemente adiestrado para que, al acudir a la llamada de su amo, la desplantara de un tirón antes de expirar. Se cuenta que los nigromantes y los alquimistas las empleaban para crear homúnculos, esto es, seres artificiales que utilizaban como sirvientes. Podemos concluir diciendo que el cine y la literatura de ciencia ficción han reinventado el mito medieval de las mandrágoras, actualizando su contenido.





Jardinosofía
Una historia filosófica de los jardines
Santiago Beruete

domingo, 17 de septiembre de 2017

Gastamos más recursos en investigar procesos relacionados con la biología animal que con la vegetal, pero es ahí donde se encuentran muchas de las respuestas que buscamos.


Ilustración de señor salme

UNOS VERSOS de Fernando Pessoa sirvieron de inspiración a la fotógrafa Ouka Leele para componer su obra Nuestras hermanas las plantas, esas santas a las que nadie reza. La obra, cargada de una nostalgia evocadora, representa una vieja escoba apoyada en un árbol rodeada de bruma y de piedras llenas de musgo. Aunque uno no sea muy religioso y nunca se le haya ocurrido rezar a una planta, es cierto que estas son las grandes olvidadas cuando se habla de ciencia. En su libro Elogio de la planta, el botánico Francis Hallé recuerda que un académico francés, analizando la obra Robinson Crusoe, describía cómo el marino camina por la isla rodeado por una catedral de verdor, se fabrica un gorro de helechos y varias horas después encuentra al primer ser viviente, un animal. Realmente todo el tiempo había estado rodeado de seres vivientes: las plantas que forman la selva. No obstante, este olvido es muy común. La divulgación científica peca de zoocentrismo. Cojan cualquier título que tenga que ver con la biología y normalmente hablará de animales. Da igual que el libro trate de virus, de la percepción de la luz o de la evolución. Esto no deja de ser una clamorosa injusticia, ya que la mayoría de los avances en biología se han hecho estudiando plantas. La primera célula la descubrió Hooke sobre tejidos vegetales, de la misma forma que el primer virus fue descubierto por Ivanovski y Beijerinck tratando de encontrar el agente causante de una enfermedad que afectaba a las plantas de tabaco. La cromatografía, una técnica básica en la química que sirve, entre otras cosas, para hacer muchos de los análisis que le manda el médico, la desarrolló el botánico ruso Tsvet tratando de separar una mezcla de pigmentos de plantas. La primera evidencia de que los cromosomas se entrecruzan durante la división celular y de que existen elementos móviles dentro del genoma la obtuvo McClintock estudiando el maíz. Y, por supuesto, un monje agustino trabajando en el patio de su monasterio en Brno y haciendo cruces con guisantes o judías logró descifrar las leyes de la herencia, mundialmente conocidas como leyes de Mendel.

El zoocentrismo en la divulgación científica es injusto: la mayoría de los avances se han hecho estudiando a las plantas

De hecho, si hemos descubierto más procesos básicos en plantas que en animales es debido a que su biología es mucho más interesante que la de un animal. Cuando a una vaca le pica un bicho mueve el rabo, cuando tiene sed busca agua y cuando tiene calor se va a la sombra. Es decir, ante cualquier circunstancia adversa, la respuesta se basa en el sistema nervioso para captar la señal, procesarla y enviar las órdenes al sistema músculo-esquelético para que se mueva y encuentre una solución. Las plantas, en cambio, son organismos inmóviles. Sin embargo, llevan millones de años sobreviviendo a circunstancias ambientales adversas y a bichos que se las quieren comer, lo que indica que tener músculos o cerebro (desarrollarlos suele ser excluyente) está sobrevalorado. Las plantas, ante cualquier circunstancia adversa, lo que hacen es poner en marcha una respuesta basada en la activación y represión de genes para sintetizar moléculas tóxicas que las protejan frente a depredadores, antioxidantes que las amparen del exceso de luz solar, moléculas solubles que retengan agua… Desde hace tiempo hemos sabido sacar provecho a esta impresionante riqueza química que poseen las plantas, y así, además de alimentarnos de ellas, hemos obtenido medicamentos, especias, colorantes, fibras y un largo etcétera.

A nivel molecular eso se traduce en que, en general, cualquier planta tiene un genoma bastante más grande que el de un animal y un mayor número de genes. El que se considera el organismo con mayor genoma conocido es, cómo no, una planta: Paris japonica, una especie ornamental. Por eso, estudiar cómo se regulan y cómo interaccionan estos genes para producir estas moléculas es complicadísimo y a la vez fascinante, además de tener muchísimas aplicaciones; entre otras, producir alimentos de forma más eficiente. No deja de ser curioso que en la actualidad gastemos muchos más recursos en investigar procesos relacionados con la biología animal que con la vegetal, cuando en el mundo sigue habiendo más gente que se muere de hambre que de cáncer. 

 La vida en verde                              

2137Psicologia2Los animales somos organismos heterótrofos. Esto quiere decir que no somos capaces de sintetizar nuestra propia materia orgánica, por lo que tenemos que alimentarnos de plantas o de animales que hayan comido plantas. La energía que mueve la vida es la energía solar que captan las plantas en la fotosíntesis, que se utiliza para convertir el dióxido de carbono en azúcar. A efectos prácticos, esto implica que los animales desaparecerían si no existieran las plantas. Sin embargo, las plantas podrían vivir muy bien sin animales. Una catástrofe que matara a todos los animales podría implicar la extinción de alguna planta muy dependiente de los insectos para la polinización, pero pronto otra especie sin zoodependencia ocuparía su lugar. Larga vida a las plantas.



Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/poder-de-las-plantas/

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Los árboles que viven en la nieve



Para los árboles que viven en la nieve, el invierno es un viaje. Las plantas no viajan por el espacio como nosotros; por regla general, no se desplazan de un sitio a otro. Pero sí que viajan en el tiempo, soportando un suceso tras otro, y, en este sentido, el invierno es un trayecto especialmente largo. Los árboles sigue el consejo habitual para cualquier viaje prolongado a través de un entorno rústico: preparar bien el equipaje.
   Estar desnudo sin moverse del sitio, al aire libre y a temperaturas bajo cero durante tres meses es una sentencia de muerte para casi cualquier ser vivo del planeta, salvo para las numerosas especies arbóreas que llevan haciéndolo cien millones de años o más. Las píceas, los pinos, abedules y el resto de especies que pueblan Alaska, Candá, Escandinavia y Rusia soportan hasta seis meses de clima gélido todos los años.
   Los organismos vivos están hechos fundamentalmente de agua, y los árboles no son una excepción. Cada célula de un árbol es básicamente una caja de agua, y el agua se congela a exactamente cero grados Celsius. El agua, además, aumenta de volumen al congelarse -justo lo contrario que la mayoría de los líquidos-, y esa expansión puede reventar cualquier receptáculo que la contenga.
   Las células animales pueden soportar temperaturas bajo cero durante un breve espacio de tiempo porque están quemando azúcar constantemente para producir energía en forma de calor. Las plantas, en cambio, fabrican azúcar absorbiendo energía en forma de luz. Si el sol no pega lo bastante fuerte para mantener el aire por encima de los cero grados, tampoco lo hace con el árbol. Debido a la inclinación del eje de rotación de la Tierra, el Polo Norte se esconde del sol durante parte del año, con lo que se reduce la cantidad de calor que se recibe a altas altitudes, y esto es lo que causa el invierno en el hemisferio norte.
   A fin de prepararse para su largo viaje invernal, los árboles pasan por un proceso conocido como "endurecimiento". En primer lugar, aumentan drásticamente la permeabilidad de las paredes de las células, permitiendo que salga el agua pura y aumentando así la concentración de azúcares, proteínas y ácidos que deja tras de sí en el interior. Estos compuestos químicos actúan como un potente anticongelante, de forma que la temperatura de las células ya puede caer muy por debajo de cero, mientras que el fluido que contienen se mantiene en forma de líquido espeso. Los espacios intercelulares, a su vez, se han llenado de un destilado extremadamente duro de agua de las células, tan pura que no hay átomos sueltos en torno a los que pueda formarse y crecer un núcleo de hielo. El hielo es un cristal tridimensional de moléculas, y la congelación requiere un punto de nucleación; alguna anormalidad química a partir de la cual pueda empezar a construirse la estructura. El agua pura, libre de tales puntos, puede estar "superrefrigerada" hasta cuarenta grados bajo cero y mantenerse en forma líquida, sin cristales de hielo. En ese estado "endurecido", con algunas células atestadas de compuestos químicos, es como el árbol se embarca en su viaje invernal y permanece impasible al paso de las heladas, granizadas y ventiscas propias de la estación. Estos árboles no crecen durante el invierno; se limitan a permanecer en pie y conducir al planeta hasta el otro lado del Sol, donde el Polo Norte volverá a inclinarse por fin hacia la fuente de calor, y el árbol vivirá su verano.
   La inmensa mayoría de los árboles septentrionales se preparan bien para su travesía del invierno, y es muy raro que alguno muera por el daño producido por las heladas. Un otoño muy frío trae el mismo endurecimiento que uno templado, porque no es el cambio de temperatura lo que les da la señal a los árboles, sino el acortamiento de los días, que perciben como una disminución constante de luz a lo largo de los sucesivos ciclos de veinticuatro horas, y que desencadena el endurecimiento. A diferencia de la tónica general de invierno, que puede ser suave un año y riguroso al siguiente, el ciclo de cambios en la luz es exactamente el mismo todos los años.
   Multitud de experimentos han demostrado que es el cambiante "fotoperiodo" lo que pone en marcha el proceso de endurecimiento arbóreo; se puede hacer que se dispare en julio si engañamos a los árboles mediante luz artificial. El endurecimiento funciona desde hace eones, porque un árbol puede confiar en que el sol le dirá cuándo se avecina el invierno, incluso en aquellos años en que el clima se vuelve caprichoso. Son plantas que saben que cuando tu mundo está cambiando rápidamente es importante tener identificado lo único con lo que siempre puedes contar.


La memoria secreta de las hojas
Una historia de árboles, ciencia y amor

Hope Jahren

jueves, 31 de agosto de 2017

Una semilla sabe esperar

Resultado de imagen de germinación del roble
Germinación. Quercus sp

La mayoría de las semillas esperan un año antes de empezar a crecer; una semilla de cereza puede llegar a esperar hasta cien años sin ninguna dificultad. ¿Y a qué esperan exactamente? Cada semilla aguarda a que suceda algo, y solo ella sabe qué es. Debe darse una combinación única de temperatura, humedad y luz, junto a otros factores adicionales, para convencer a una semilla de que salte al exterior y se decida a cambiar. Para que aproveche su primera y única oportunidad de crecer.
   Mientras permanece a la espera, la semilla sigue viva. Las bellotas caídas al suelo están tan vivas como los robles de trescientos años que se elevan sobre ellas. Y ninguno de los dos, ni la semilla ni el roble centenario, están creciendo, sino que ambos se encuentran a la espera. Pero no aguardan lo mismo. La semilla espera su brote, mientras que el árbol únicamente aguarda su muerte. Si te adentras en un bosque, es muy probable que tiendas a mirar las plantas que ha crecido muy por encima de la altura de los humanos. Posiblemente no bajarás la vista al suelo, pero justo ahí, bajo tus pies, se encuentran centenares de semillas todas ellas vivas y a la espera. Mas de la mitad morirán antes de sentir que han llegado a alcanzar esa combinación única que estaban esperando, y en el curso de unos años terribles no sobrevivirá ni una sola. Cuando vamos a un bosque, por cada árbol que vemos, hay por lo menos un centenar esperando en la tierra, ansiando salir a la luz.
   Un coco es también una semilla, solo que tan grande como nuestra cabeza. Puede flotar desde las costas de África y, después de atravesar el Atlántico, echar raíces y crecer en una isla del Caribe. Las semillas de las orquídeas, en cambio, son muy pequeñas: un millón de ellas no pesa más que un simple clip. Sea cual sea su tamaño, lo que en realidad hacen las semillas es alimentar al embrión que permanece a la espera. Es no es más que una colección de células, pero aloja en su interior el molde de la planta futura, con su raíz y tallo ya formados.

Nelumbo nucifera
    Cuando el embrión contenido en una semilla empieza a crecer, básicamente lo que hace es estirarse desde su posición primigenia hasta que materializa la forma que lleva contenida en su seno. De hecho, la cubierta dura que rodea a un hueso de melocotón, a una semilla de sésamo o a una cáscara de nuez está ahí justamente para evitar esa expansión; basta raspar esa cubierta y añadir un poco de agua para hacer crecer prácticamente cualquier semilla. Todo lo difícil puede lograrse si se cuenta con algo de ayuda. Y es que, estando en el sitio adecuado y contando con las condiciones adecuadas, al final se puede llegar a alcanzar aquello a lo que uno estaba destina a ser.
Semillas de Nelumbo nucifera
   Cuando un equipo de científicos rompió la cubierta de una semilla de loto sagrado (Nelumbo nucifera) se encontró con que allí dentro estaba alojado el embrión en su proceso de crecimiento, pero ellos se quedaron solamente con la cáscara. Una vez sometida a la prueba del radiocarbono, resultó que la plántula alojada en su interior llevaba dos mil años esperando en una turbera de China. Aquella semillita había mantenido tercamente la esperanza en su propio futuro mientras las civilizaciones humanas aparecían y desaparecían. Hasta que de pronto, un buen día, el deseo de aquella plantita se hizo realidad en un laboratorio.
   Todo comienzo es el final de una espera. A cada uno de nosotros se nos ha concedido una única oportunidad de existir. Todos somos algo en esencia imposible y a la vez inevitable. De la misma manera que todo árbol repleto de frutos fue antes una semilla que aguardaba su momento.


Hope Jahren