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viernes, 19 de febrero de 2021

Caída de la tarde

 
Edvard Munch

Atardezco. Lo noto en las horas que se apagan en mi frente, en la poca y blanda luz que doy.
   Empiezo a oscurecer. Con la mano sobre el pecho, advierto las primeras señales del relente. Y al percibir a gran distancia mis latidos me percato de que soy el único que de mí se marcha y el único que poco a poco en mí termina.
   Atardezco aunque no quiero. Me viene, no sé si de dentro o fuera, esta forzosa tendencia a atardecer. Y, francamente, ignoro para qué declino ni por qué me llega por la espalda, según me apago, un ruido borroso de puertas que se cierran.
   Es el horizonte, con los primeros puntos luminosos y el bosque cada vez más negro, el que viene a mí y no al revés, como era común hasta hace poco.
   Soy las siete de la tarde. Suena en mi voz, al dar la hora, un eco solitario de campana vespertina. Se pone el sol por detrás de mi cabeza; asoma ya en mi sombra la luna fría, pálida como un recuerdo olvidado.
   Y sin parar de hacerme niebla a ras de suelo, consumo mis mermadas esperanzas contando grietas, desmontando ese artilugio cuyo funcionamiento desconozco, mi pasado.
   En fin, que atardezco sin remedio; que mientras me hago tarde me va envolviendo una tristeza de despedida, más morada que azul; pero, por lo demás, no pasa nada.
   ¿Qué va a pasar si luce ahí cerca el sol de mediodía; si está jugando en la calle, bajo mi ventana un grupo de niños eternos?

Autorretrato sin mí
Fernando Aramburu

lunes, 21 de diciembre de 2020

Agua feliz

Ilustración de un saxofón tocando saxo en una calle Foto de archivo - 14484199
: Isabel Da Silva Azevedo
 De pronto, mientras camino por el centro de la ciudad, me obliga a detenerme, me roba el pensamiento, volviéndome del derecho o del revés según me pille con las tormentas por dentro o el corazón por fuera, esa propiedad acústica del aire que en todas las edades obra su prodigio.
   De espaldas a la luna de un escaparate, un hombre ajeno al vaivén de la muchedumbre, las mejillas hinchadas, sopla seriamente un saxo. No lo puedo no escuchar. Me ahogaría si no inhalase ahora este oxígeno sonoro. Y, como yo, otros transeúntes, remedando la quietud de los maniquíes del escaparate, se paran ante el artista, atraídos por el encanto irresistible de la fluencia musical.
   Noto cómo dicha fluencia se expande a la manera de una onda líquida a través de mis órganos y comunica al pecho un ritmo gozoso de latido. Y noto, con perdón, que me corre por dentro un río de ternura, un río sin orillas, cuando compruebo humildemente emocionado que la misma especie que ataca y destruye, que se desangra y agoniza, es capaz de suscitar la belleza.
   Ya está la música colmándome con su bálsamo melódico. Ycierro los ojos para mejor abandonarme a los efectos de la delicada melodía y cruzo así, sin necesidad de proponérmelo, la linde que separa nuestro mundo diario de ruidos infernales y silencios opresivos, de esa dimensión que conforma por sí sola, en cualquiera de sus variantes, la música, añadida al universo por el diminuto hombre creativo.
   Miro las caras a mi lado, ensimismadas y soñadoras las unas, sonrientes en el deleite las otras, abiertamente regocijadas aquellas de quienes no pueden abstenerse de seguir el ritmo con el cuello o la punta del zapato. No menos que la pericia del saxofonista callejero disfruto en este instante de la paz fraterna entre desconocidos. Mis monedas en la escudilla no agradecen menos lo uno que lo otro. Aprieto a continuación los tres minutos de agua feliz que he recogido en la palma de la mano y reanudo mi camino.

Fernando Aramburu

sábado, 5 de marzo de 2016