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viernes, 9 de diciembre de 2022

Reclaman que el racismo y la discriminación sean declarados riesgos universales para la salud

 El racismo, la xenofobia y la discriminación tienen un profundo impacto en la salud, pero en muchas ocasiones se pasan por alto y se descartan, debido a los prejuicios que aún persisten en ciencia. Esta es una de las conclusiones de una serie de artículos publicados en The Lancet. Los expertos ponen como ejemplo las grandes disparidades observadas durante la pandemia de la covid-19 para ilustrar la necesidad de un cambio significativo que ayude a combatir las desigualdades sanitarias.

E 70 % de la población europea ha recibido al menos una vacuna contra la covid-19, mientras que en África esta cifra sigue siendo solo el 32 %. / Adobe Stock

 El racismo, la xenofobia y la discriminación ocurren en todas partes del mundo y tienen un impacto crítico en la salud de las personas. Esta es una de las principales conclusiones de una serie de cuatro artículos que publica esta semana The Lancet, en la que un grupo internacional de científicos analiza cómo afectan estos determinantes a la vida de las minorías sociales.

A través de una revisión de la literatura científica actual, los autores describen las diversas formas a través de las cuales la discriminación daña la salud, incluido el impacto directo en el cuerpo a través de las respuestas al estrés, la caracterización de los entornos del día a día y la limitación de las oportunidades individuales de las personas para mejorar su salud.

“El racismo, la xenofobia y la discriminación son determinantes importantes que han sido relativamente ignorados en el ámbito de la salud. Son procesos que ocurren en todas partes del mundo, con resultados similares para la salud. ”, explica a SINC Delan Devakumar, autor principal de la serie y profesor en la University College London.

Comprender la discriminación en salud

El racismo y la xenofobia son problemáticas globales con particularidades en cada territorio. Si bien los contextos y las historias difieren, las consecuencias para la salud que tiene la discriminación basada en características como la pertenencia a una casta, una etnia, a grupos indígenas, el estatus migratorio, la raza, la religión y el color de piel, son similares en todo el mundo.

Para comprender el impacto de estas problemáticas en la salud, los autores estudiaron las causas que producen el racismo y la xenofobia. “Describimos dos conceptos centrales, la separación y el poder jerárquico. La separación se da cuando los individuos se ven a sí mismos como diferentes de los demás. Después aparece una jerarquía, en la que se considera que algunas personas son mejores que otras. Las personas en la parte inferior de esta jerarquía tienen las peores condiciones de salud física y mental”, explica Devakumar.

La jerarquía puede plasmarse en barreras de acceso al sistema de salud para los inmigrantes. “La pandemia de la covid-19 propició un ejemplo real. En Reino Unido vimos un aumento de la mortalidad entre hombres y mujeres según el origen étnico. La Oficina de Estadísticas Nacionales encontró que, en la segunda ola en el Reino Unido, las mujeres procedentes de Bangladesh tenían un riesgo 4,11 veces mayor de morir y los hombres bangladesíes un riesgo 4,96 veces mayor en comparación con la población británica blanca. Otras etnias también tuvieron mayores tasas de mortalidad”, argumenta Devakumar.

Sesgos raciales de la ciencia

Los autores advierten también que las suposiciones inexactas e infundadas sobre diferencias genéticas entre las razas continúan dando forma a los resultados de salud a través de la investigación, la política y la práctica.

“El racismo puede afectar muchos aspectos en ciencia, desde la elección de qué investigación se realiza en primer lugar, qué poblaciones se incluyen o excluyen, quién realiza la investigación, a cómo se interpretan los resultados. Hay pocos estudios sobre este tema, especialmente fuera de Estados Unidos”, explica el autor principal.

La ciencia ha demostrado con el tiempo que la raza humana es una de las especies más similares genéticamente, explican los autores. La variación genética y fisiológica se asocia a las categorías raciales y étnicas, que son construcciones sociopolíticas. Aun así, persiste el mito de que las razas son biológicamente distintas, lo que se manifiesta en la investigación y la práctica médica de diversas formas.

Estereotipos raciales

A menudo, la raza y el origen étnico se cuentan como factores de riesgo para la salud. Por ejemplo, al diagnosticar la enfermedad renal crónica, la raza y el origen étnico se han utilizado como variables para calificar la función renal de los pacientes en varios países, incluidos EE UU y Reino Unido. En este caso, el uso de una puntuación basada en la raza sobre la función renal podría contribuir a los estereotipos raciales y las desigualdades entre los pacientes negros con enfermedad renal crónica.

Sin embargo, las razones por las que las personas que pertenecen a las minorías tienen un mayor riesgo de enfermedad no han sido tan estudiadas por los profesionales de la salud y los investigadores. Existe una tendencia a asumir que estas desigualdades están determinadas genéticamente y son inmutables.

Los autores argumentan que estas desigualdades no deben explicarse solo por patrones de privación socioeconómica entre grupos raciales y étnicos y destacan el papel significativo de las respuestas fisiológicas, causadas por la discriminación pasada y presente, en la explicación de las desigualdades raciales en salud.

Según los expertos, a nivel individual, la discriminación puede activar las respuestas hormonales y de estrés del cuerpo, lo que podría causar cambios biológicos a corto y largo plazo.

La discriminación afecta a los entornos en los que viven las personas y sienta las bases para muchos de los factores de riesgo asociados con la mala salud, como las viviendas en mal estado, la pobreza, la violencia en los vecindarios, la contaminación del aire y el acceso limitado a espacios verdes y alimentos nutritivos. Además, la discriminación limita las oportunidades a través de las cuales las personas pueden mejorar su salud y bienestar, a través de la educación formal, la recreación, el trabajo y la atención médica.

Estos procesos complejos afectan a las personas en las minorías durante toda su vida. La evidencia confirma las consecuencias intergeneracionales de la discriminación, a través de cambios en la salud mental materna y cambios epigenéticos, es decir, la forma en que los factores ambientales influyen en el funcionamiento de los genes de una persona.

“La discriminación afecta la salud maneras que a menudo han sido difíciles de medir, porque sus efectos pueden aparecer durante largos períodos de tiempo. La evidencia existente sugiere que los impactos biológicos de la discriminación son un factor importante de las desigualdades raciales en la salud en todo el mundo, en lugar de la diferencia genética, como a menudo se ha asumido debido a las nociones erróneas de la diferencia racial”, explica la doctora Sujitha Selvarajah, coautora del trabajo y profesora de la University College of London.

Según Selvarajah, desde una perspectiva social, “la discriminación es costosa e inflige un trauma colectivo. Hacemos un llamamiento para que se considere el racismo, la xenofobia y la discriminación como determinantes fundamentales de la salud, como ya ocurre con los factores políticos, sociales y económicos”.

Intervenciones de salud pública antirracistas

Los autores argumentan que son necesarias acciones amplias y profundas para transformar los sistemas existentes, caracterizados por racismo y xenofobia estructurales. Sugieren que dicho cambio se puede lograr mediante la implementación de intervenciones de salud pública antirracistas. Por ejemplo, programas de educación temprana que reduzcan los prejuicios hacia los grupos discriminados, mejoren la sensibilidad cultural entre los proveedores de atención médica y fortalezcan la provisión de seguridad social.

“Debemos centrarnos en las políticas y leyes preliminares que tienen el mayor efecto. Es el ejemplo de las batallas judiciales para mejorar los derechos de las personas con VIH o las leyes para reducir la discriminación basada en castas en la India. También debemos tener una visión a largo plazo y centrarnos en los niños, para mejorar su salud ahora y en el futuro”, explica a SINC Delan Devakumar.

Por otro lado, los autores indican que las medidas deben contemplar otras formas de opresión, como el sexismo y el capacitismo. También teniendo en cuenta la historia y la colonización de los territorios.

“En los últimos años, hemos sido testigos de la persistencia del colonialismo y en la pandemia de la covid-19, por ejemplo, vimos como el acceso a vacunas se perpetuaban los privilegios coloniales y raciales. Las últimas estimaciones sugieren que, si bien el 70 % de las personas en Europa han recibido al menos una vacuna, esta cifra sigue siendo solo el 32 % en África”, afirma Gideon Lasco, coautor del estudio y profesor de la Universidad de Filipinas.

Lasco señala que “se está produciendo una situación demasiado familiar en el contexto de la crisis climática, con poblaciones minoritarias que ya se ven afectadas negativamente por los impactos del cambio climático en la salud, a pesar de que a menudo son los que menos contribuyen a las emisiones históricas de dióxido de carbono. A menos que tomemos medidas para transformar los sistemas que perpetúan el racismo y la xenofobia, seremos incapaces de abordar las desigualdades raciales en salud en su totalidad o, de hecho, los mayores desafíos de salud de nuestros días”.

 Fuente: https://www.agenciasinc.es/Noticias/Reclaman-que-el-racismo-y-la-discriminacion-sean-declarados-riesgos-universales-para-la-salud

martes, 15 de noviembre de 2022

Ocho mil millones de personas: así amenazan a la salud pública el cambio climático y la superpoblación

Las enfermedades infecciosas como la covid-19 encabezan la lista de preocupaciones sanitarias. Marco Longari / AFP via Getty Images

 Hay cuestiones que me preocupan profundamente como científica de la población y la salud ambiental.

¿Tendremos suficientes alimentos para una población mundial creciente? ¿Cómo atenderemos a más personas en la próxima pandemia? ¿Qué hará el calor con los millones de hipertensos? ¿Los países librarán guerras por el agua a causa de las crecientes sequías?

Todos estos riesgos tienen tres cosas en común: la salud, el cambio climático y una población creciente que, según las previsiones de Naciones Unidas, habrá alcanzado los 8.000 millones de personas en torno al 15 de noviembre de 2022, el doble de la población de hace sólo 48 años.

En mis 40 años de carrera, primero trabajando en la selva amazónica y en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, y luego en el mundo académico, me he encontrado con muchas amenazas para la salud pública, pero ninguna tan inflexible y omnipresente como el cambio climático.

De la multitud de efectos adversos para la salud relacionados con el clima, los cuatro siguientes representan las mayores preocupaciones para la salud pública de una población creciente.

1. Enfermedades infecciosas

Los investigadores han descubierto que más de la mitad de las enfermedades infecciosas humanas pueden empeorar con el cambio climático.

Las inundaciones, por ejemplo, pueden afectar a la calidad del agua y a los hábitats donde bacterias y vectores peligrosos como los mosquitos pueden reproducirse y transmitir enfermedades infecciosas a las personas.

El dengue, una dolorosa enfermedad vírica transmitida por los mosquitos que enferma a unos 100 millones de personas al año, es más frecuente en entornos cálidos y húmedos. Su R0, o número básico de reproducción –un indicador de la rapidez con la que se propaga– aumentó alrededor de un 12% desde la década de 1950 hasta la media de 2012-2021. La temporada de la malaria se expandió un 31% en las zonas altas de América Latina y casi un 14% en las tierras altas de África, a medida que las temperaturas aumentaban en el mismo periodo.

Las inundaciones también pueden propagar organismos transmitidos por el agua que causan hepatitis y enfermedades diarreicas, como el cólera, sobre todo cuando un gran número de personas se ven desplazadas por las catástrofes y viven en zonas con agua de mala calidad para beber o lavarse.

También las sequías pueden degradar la calidad del agua potable. Como resultado, más poblaciones de roedores entran en las comunidades humanas en busca de comida, aumentando el potencial de propagación del hantavirus.

2. Calor extremo

Otro grave riesgo para la salud es el aumento de las temperaturas.

El calor excesivo puede exacerbar los problemas de salud existentes, como las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Y cuando el estrés por calor se convierte en insolación, puede dañar el corazón, el cerebro y los riñones y llegar a ser letal.

En la actualidad, cerca del 30% de la población mundial está expuesta cada año a un estrés térmico potencialmente mortal. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático estima que ese porcentaje aumentará al menos al 48% y hasta el 76% a finales de este siglo.

Además de las vidas perdidas, se prevé que la exposición al calor haya provocado 470.000 millones de horas de trabajo potencialmente perdidas en todo el mundo en 2021, con pérdidas de ingresos asociadas que ascienden a 669.000 millones de dólares. A medida que la población crezca y el calor aumente, más personas dependerán del aire acondicionado alimentado por combustibles fósiles, lo que contribuye aún más al cambio climático.

3. Seguridad alimentaria y del agua

El calor también afecta a la seguridad alimentaria y del agua de una población creciente.

Una revisión de The Lancet descubrió que las altas temperaturas en 2021 acortaron la temporada de cultivo en unos 9,3 días de media para el maíz y seis días para el trigo en comparación con la media de 1981-2020.

El calentamiento de los océanos, por su parte, puede matar a los mariscos y desplazar la pesca de la que dependen las comunidades costeras. Las olas de calor sólo en 2020 hicieron que 98 millones de personas más se enfrentaran a la inseguridad alimentaria en comparación con la media de 1981-2010.

Una mujer de pie en un campo examina un tallo de sorgo
Un agricultor de Zimbabue se pasó al sorgo, un cultivo de grano que puede prosperar en condiciones de sequía, ya que la falta de agua marchitó otros cultivos en 2019. Jekesai Njikizana/AFP via Getty Images

El aumento de las temperaturas también afecta al suministro de agua dulce a través de la evaporación y de la reducción de los glaciares de montaña y del manto de nieve que históricamente han mantenido el flujo de agua durante los meses de verano.

La escasez de agua y la sequía tienen el potencial de desplazar a casi 700 millones de personas para 2030, según estimaciones de la ONU. Combinadas con el crecimiento de la población y las crecientes necesidades energéticas, también pueden alimentar conflictos geopolíticos cuando los países se enfrentan a la escasez de alimentos y compiten por el agua.

4. Mala calidad del aire

La contaminación del aire puede verse exacerbada por los factores del cambio climático. El clima cálido y los mismos gases de los combustibles fósiles que calientan el planeta contribuyen al ozono a nivel del suelo, un componente clave de la contaminación. Esto puede agravar las alergias, el asma y otros problemas respiratorios, así como las enfermedades cardiovasculares.

Los incendios forestales alimentados por ambientes cálidos y secos aumentan el riesgo de contaminación del aire para la salud. El humo de los incendios forestales está cargado de partículas diminutas que pueden llegar hasta los pulmones, causando problemas cardíacos y respiratorios.

Tres escolares con mochilas caminan entre el smog a lo largo de una carretera mientras se cubren la boca con pañuelos.
La contamianción del aire en Nueva Delhi, India, es un problema constante. Se agravó tanto en 2017 que la ciudad cerró temporalmente sus escuelas primarias. Sajjad Hussain/AFP via Getty Image
¿Qué podemos hacer al respecto?

Muchos grupos y expertos médicos están trabajando para contrarrestar esta cascada de consecuencias climáticas negativas para la salud humana.

Abordar la carga sanitaria de los países de ingresos bajos y medios es fundamental. A menudo, las personas más vulnerables de estos países se enfrentan a los mayores daños del cambio climático sin disponer de los recursos necesarios para proteger su salud y su entorno. El crecimiento demográfico puede agravar estas iniquidades.

Las evaluaciones de adaptación pueden ayudar a los países de alto riesgo a prepararse para los efectos del cambio climático. Los grupos de desarrollo también están liderando proyectos para ampliar los cultivos que puedan prosperar en condiciones de sequía. La Organización Panamericana de la Salud, que se centra en el Caribe, es un ejemplo de cómo los países están trabajando para reducir las enfermedades transmisibles y avanzar en la capacidad regional para contrarrestar el impacto del cambio climático.

En última instancia, para reducir los riesgos para la salud será necesario reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que impulsan el cambio climático.

Los países de todo el mundo se comprometieron en 1992 a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Treinta años después, las emisiones mundiales sólo están empezando a desacelerarse, y comunidades de todo el mundo sufren cada vez más olas de calor extremas e inundaciones y sequías devastadoras.

La 27 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –y que, en mi opinión, no se está centrando lo suficiente en la salud– puede ayudar a llamar la atención sobre los impactos climáticos clave que perjudican la salud. Como señaló el Secretario General de la ONU, António Guterres: Mientras celebramos nuestros avances, “al mismo tiempo, es un recordatorio de nuestra responsabilidad compartida de cuidar de nuestro planeta y un momento para reflexionar sobre los aspectos en los que todavía no cumplimos nuestros compromisos mutuos.”

Fuente: https://theconversation.com/ocho-mil-millones-de-personas-asi-amenazan-a-la-salud-publica-el-cambio-climatico-y-la-superpoblacion-194421

viernes, 11 de noviembre de 2022

La epopeya de llegar vivo a Santiago (y volver)

Lázaro esperando en la puerta del rico. Fresco románico de la iglesia de Taüll DP. camino de Santiago
Lázaro esperando en la puerta del rico. Fresco románico de la iglesia de Taüll. (DP)

 Florent Boullier hizo un par de nudos al hato en el que había metido unos mendrugos y las pocas prendas que se llevaría, se ajustó las correas de los borceguíes con sumo cuidado para no dañar la piel de los tobillos que ya apenas sentía, cerró la puerta del cobertizo que tenía como vivienda y echó a andar. No dejaba a nadie detrás: sus padres habían fallecido con dos días de diferencia y había perdido a su esposa, quemada en la hoguera, después de que fuera acusada de brujería en el juicio sumarísimo al que fue sometida junto a las monjas ursulinas del convento en el que servía. 

Desde que se casaron, ella había preñado en cinco ocasiones, pero había abortado en cuatro de ellas; no pudo amamantar a la única niña que parió viva porque de sus pechos no brotó ni una gota de leche y, a falta de alimento, la pequeña murió a las pocas semanas de nacer. Sus espasmos, trances y bailes descontrolados junto a la incapacidad de tener hijos sanos eran pruebas evidentes de posesión demoníaca, y por ello el dominico que la sentenció al fuego no se anduvo con contemplaciones.

Florent había decidido emprender el camino a la abadía de Sant Antoine-en Viennois, cerca de Grenoble, desde su Loudun natal —a unas doce jornadas hacia el sureste— donde se encontraban los restos de san Antonio Abad, el santo milagroso que curaba el fuego sagrado o fuego de san Antonio que ya afectaba a sus piernas. Corría el año 1634 y albergaba pocas esperanzas de llegar con vida al hospital de los Hermanos Antoninos, cuya fundación se atribuía a la promesa hecha por Gaston de la Valloire después de que su hijo Guérin se curase de lo que hoy se conoce como ergotismo, un mal que producía gangrena, fuertes dolores similares a los de las quemaduras y la pérdida de los miembros afectados. 

Los antoninos se especializaron en el tratamiento de estos enfermos y llegaron a fundar más de trescientos setenta hospitales, conocidos como hôpitaux des démembrés por la manera en la que se presentaban los que buscaban amparo y curación, y por los exvotos naturales que cubrían sus paredes siguiendo la costumbre de colgar de ellas las extremidades caídas, ya secas o amojamadas, que componían las estampas gore o cuadro de los horrores que el viajero encontraba al llegar. Los hermanos hospitalarios y la imagen del propio santo lucían una tau griega en sus hábitos, quizá en referencia a las muletas usadas por los tullidos aquejados de este morbo a los que atendían.

Todavía más espectaculares que las de las tierras francesas regadas por el Ródano eran las curaciones de los peregrinos a Santiago cuando consumían los cereales de la meseta castellana, y eso hizo que, a lo largo del Camino francés, se fundaran hospicios a los que venían a parar los desesperados de Centroeuropa o los que podían permitirse medios de transporte que no fueran sus propios pies; en España los más conocidos fueron los de Castrojeriz (Burgos) y Olite (Navarra) que tuvieron jurisdicción sobre tierras y hombres hasta que el rey Carlos III mandó disolverlos en 1791 e integrarlos en la Orden de Malta.

Hoy sabemos que el ergotismo es consecuencia de la infección por el hongo Claviceps purpurea o cornezuelo del centeno, que parasita los cereales y que se reproduce con mucha facilidad en ambientes muy húmedos. Los peregrinos a Sant-Antoine-en-Viennois mejoraban o curaban al ser tratados con buenos alimentos, verduras frescas y pan de trigo limpio, además de las consabidas sangrías, oraciones y ofrendas.

Los afectados que presentaban convulsiones, delirios, alucinaciones y espasmos (ergotismo convulsivo) tenían peor pronóstico, porque eran condenados a la hoguera sin el menor atisbo de clemencia o se les dejaba morir en cualquier barrizal, abandonados hasta de la mano de Dios. Si había una imagen nítida de posesión luciferina, esta era, sin duda: un enfermo de ergotismo en fase avanzada o terminal.

La infección tocaba más a los pobres que a los ricos, a cuyas mesas llegaban los panes de trigo candeal que no se veían contaminados por el cornezuelo, del que ya se tenían sospechas en el siglo XVI. En 1670, un médico francés, llamado Thullier, atribuyó este padecimiento al consumo de centeno ennegrecido por la humedad y describió las dos maneras en las que se manifestaba, tanto la gangrenosa (más extendida en tierras francesas) como la convulsiva, propia de tierras germanas y eslavas. Las epidemias remitieron en el siglo XIX, cuando se extendieron los cultivos de trigo y se afianzó el consumo de la patata como sustitutivo del pan. 

A principios del siglo XX se aislaron los alcaloides del Claviceps purpurea para usos medicinales por su potencia como vasoconstrictor y como remedio para las migrañas, aunque pronto trascendería de los laboratorios y, convertido en LSD o ácido lisergénico por obra y gracia de Albert Hoffman, llegaría al mundo de la noche y de la creación artística con un éxito arrollador en la generación beat y sucesivas de la misma cuerda psicodélica.

Entre un buen tripi y el consumo habitual de centeno contaminado mediaron siglos de diferencia y creencias religiosas, hospitales especializados, remedios anafilácticos y poco más, porque si los efectos del alcaloide natural conducían a la hoguera, los del sintético lo harían y lo siguen haciendo a la pira de la locura y el desvarío mental, otra forma de arder que tan magistralmente relatara Tito Davison en la película de 1969 The Big Cube (traducida en España como El terrón de azúcar), con Lana Turner en el papel principal. 

Otros peligros contagiosos

El ergotismo fue una más de las enfermedades infecciosas de las que tenemos noticia gracias a la profusión de textos que refieren las más comunes, sus síntomas y remedios. O, dicho de otra manera, la enfermedad era el gran peligro de una aventura que podía tener como objetivo la curación o la prevención y que en la práctica podía comportar también su adquisición, ocasionando imprevistos que harían bueno el verso de Machado de «se hace camino al andar», sin más opción para los romeros que vivir el día a día.

Contagiarse de cualquier plaga era una de las circunstancias que podían alterar el plan de viaje junto a hechos violentos, accidentes, muertes repentinas o incluso enamoramientos que detenían las caminatas allí donde el peregrino a Santiago encontraba un hogar. También las conversiones e ingresos en conventos y las vocaciones podían poner punto final a la expedición fijando al peregrino de por vida o temporalmente a un lugar o a una institución. Terminar en Santiago era una hazaña en ocasiones improbable, dados los peligros que acechaban al caminante; se llegaba o no se llegaba y se cumplía el propósito o se dejaba a medias, pues era muy difícil determinar si lo que acababa siendo una carrera de obstáculos encontraría su meta en la sonrisa divina del profeta Daniel

Los achaques de la salud fueron el común denominador de las gentes que marchaban y prueba de ello son los numerosos hospitales que jalonaron las vías, las recetas de sus boticas o algunos rituales que todavía hoy se recuerdan. En Zubiri, a mitad de camino entre Roncesvalles y Pamplona, los peregrinos daban tres vueltas alrededor del pilar central del puente sobre el río Arga —llamado puente de la Rabia— porque, según la tradición, se construyó sobre los restos de santa Quiteria, abogada de perrillos y personas contagiados de Lyssavirus

Muy frecuentes también eran la sarna (escabiosis), las ladillas (pediculosis pubis) y los piojos (pediculosis capiti), tres padecimientos generados por parásitos con una habilidad extraordinaria para multiplicarse y saltar de un cuerpo a otro, aunque el oro lo ganaban siempre las pulgas, capaces de lanzarse a un blanco situado a un metro de distancia portando en sus intestinos un buen catálogo de bacterias para repartir. 

El amontonamiento y lo que ahora describiríamos como clamorosa falta de higiene eran el estadio ideal para estos ácaros, cuya presencia era delatada por los rasquijones de los caminantes a la entrada de monasterios y hospederías; allí se llevaba a cabo una selección de los recién llegados y, una vez examinados sus cuerpos desnudos, se les separaba en función de su grado de afectación y de su sexo. Los remedios monacales prescribían frotaciones con vinagre y ungüentos con azufre, así como la sacudida o la quema de ropas y tejidos que hubieran estado en contacto con los infectados.

La proximidad de los cuerpos y la consiguiente promiscuidad de las carnes favoreció la recurrencia de contagios que se extendían entre los transeúntes a través del aliento, los humores corpóreos o las coyuntas vaginales y anales que debían de ser corrientes, a juzgar por lo que se muestra en los canecillos de algunos templos como la Colegiata de San Pedro de Cervatos en Cantabria. 

Ya en la antigüedad se daba el nombre genérico de peste a cualquier dolencia periódica que se llevara por delante a un número considerable de personas; la palabra procedía del latín pestis, que significaba ruina, destrucción o azote, unida casi siempre a la griega epidemia que, según el diccionario etimológico de Joan Corominas, aludía a la residencia en un lugar o país extranjero.

A pesar de la generalidad con la que nació, el término peste se asocia todavía con la más letal de las infecciones. Causada por la Yersinia pestis y transmitida por la pulga de la rata Rattus rattus, la peste negra o bubónica asoló el continente europeo llevándose por delante a un tercio de la población, unos sesenta millones de habitantes, en 1348, aunque san Isidoro y su contemporáneo el rey visigodo Sisebuto habían dado noticia en el siglo VII de los estragos en sus reinos de una pestilencia contra la que lucharon piadosamente convirtiendo a los arrianos al catolicismo, lo que debió resultar un remedio mágico; a lo largo de los siglos posteriores las noticias periódicas sobre las oleadas de peste confinaban a la población y aislaban a los afectados en iglesias u otros edificios que se declaraban en cuarentena y en cuyas puertas se depositaban misericordiosos odres de agua y algunos comistrajos, como refiere el doctor José Fernández Arienza en sus interesantes escritos sobre la medicina en la ciudad de León.

La más conocida de sus manifestaciones era la infección de los ganglios linfáticos, comúnmente llamados bubones, que reventaban de podredumbre y fetidez; los enfermos, desasistidos, morían de cualquier manera, aunque había otras formas de entregar el alma al Altísimo provocadas por la Yersinia y que afectaban a los pulmones (peste neumónica) o a la sangre (peste septicémica). 

El segundo lugar en el ranking de mortíferas lo ocupaban las epidemias de paludismo. Las temidas hembras del mosquito Anopheles camparon a sus anchas transportando Plasmodium malariae en todas sus variantes allí donde había lagunas o aguas estancadas, especialmente en las zonas más llanas de la meseta. El paludismo o malaria —llamada así por los romanos que atribuían el trastorno al mal aire de los pantanos— cursaba con fiebres pútridas y solía ser mortal. Los remedios a base de plantas no dieron fruto hasta que empezó a utilizarse la quinina que aplacaba los síntomas, pero no evitaba las recidivas.

El paludismo cursaba con fiebre y mucho malestar, escalofríos, dolores de cabeza, dolores musculares, cansancio, náuseas, vómitos y diarrea, síntomas igualmente atribuibles a las fiebres tifoideas o tabardillo de las tripas, causadas por la Salmonella typhi que se encontraba en aguas contaminadas y que afectaba tanto a las personas como a los animales, especialmente a la caballería; otro tipo de tifus, también muy extendido era el llamado tabardillo pintado, causado por la Rickettsia typhi, una bacteria transmitida por las pulgas y los piojos, que generaba exantemas en toda la piel del cuerpo.

La lepra, llamada gafedad o elefancia, las tuberculosis y otras enfermedades infecciosas se trataban en hospitales especializados denominados lazaretos en honor del protagonista de la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro del Evangelio de Lucas (16,19-31), a cuya advocación se encomendó la Orden de San Lázaro —creada en el siglo XI, cuando Godofredo de Bouillon tomó Jerusalén en la primera Cruzada (1099)— a partir de una orden monacal que, bajo la regla de san Agustín, cuidaba leprosos. Este Lázaro no era el hermano de Marta y María al que Jesús resucitó, aunque, con el tiempo, sus figuras han llegado a confundirse.

La lepra se considera originaria del lejano oriente y se tienen noticias de su existencia en el antiguo Egipto y en los pueblos que habitaron el Mediterráneo oriental, desde donde se expandió por Europa posiblemente a partir de las Cruzadas; hay autores que afirman que había llegado antes a la península en las naves fenicias y más tarde en las de los entonces llamados «moros». 

Era una dolencia sin cura de la que se tenía la certeza de que se contagiaba simplemente por la cercanía a un afectado; por ello, la solución primera consistía en el aislamiento de por vida de los enfermos, lo que suponía en la práctica su desaparición social. Se les obligaba a vestir de color ceniza, salir en grupo y siempre precedidos de un fraile que «tocaba una campanilla avisando de lo que llevaba detrás» para que las buenas gentes se escondieran o desaparecieran, tal como relata el Fuero de Viguera y Val de Funes, dado por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Pamplona, en el siglo XII.

En dicho fuero se establecía que los afectados debían estar completamente aislados en un «cercado de chozas» y se les obligaba a no contestar a quienes les preguntasen, no comer ni beber sino en compañía de otros leprosos y no tocar nada a no ser con un cayado. Una vez declarado un caso nuevo, se oficiaba una misa votiva pro infirmis (por los débiles) en la leprosería en la que se les encerraba. Las más conocidas fueron las de Estella (Navarra), la de Villamartín, en Palencia, la de Sahagún y la iglesia de San Lázaro en León.

Instituciones de cuidados

La amplia red asistencial se fue configurando a lo largo de los siglos y esa misma infraestructura fue instituyendo las rutas a Compostela desde el Camino primitivo al francés. En el siglo XI, gracias al patrocinio de los reyes, la nobleza y las órdenes monásticas, especialmente la de los benedictinos de Cluny, había hospitales en todas las etapas del Camino: Jaca, Pamplona, Estella, Nájera, Burgos, Frómista, Carrión, Sahagún, León, Foncebadón, Villafranca del Bierzo, Portomarín y Santiago. En los siglos posteriores aparecieron otras órdenes tanto monásticas como militares que abrieron hospitales en los núcleos urbanos en los que se asentaron, como fue el caso de la orden de San Juan de Jerusalén establecida en Navarrete o la de los Templarios en Ponferrada.

Se mantenían con las donaciones que recibían, con los impuestos que cobraban, oblaciones, limosnas y diezmos. Cuando eran fundaciones reales, recibían cuantiosas dotaciones en forma de tierras de cuya explotación obtenían los réditos fijados por su fundador.

La asistencia era tanto sanitaria como alimentaria y espiritual. Los contagiados que ingresaban en una institución debían someterse a las reglas de la misma y si esta era de carácter religioso, se les hacía cumplir con los oficios de la orden que la gobernaba. Debían confesar, comulgar y hacer testamento de sus bienes en beneficio del monasterio, de la cofradía o del hospital y si fallecía allí, se le enterraba como a uno más de sus habitantes. Rara vez se reclamaban sus restos a no ser que el difunto fuera un noble o un caballero y sus allegados tuvieran interés en darle sepultura en sus tierras.

Y el maestro Mateo lo sabía

El trayecto que hoy día se concibe como lineal, de ida y vuelta, no ha sido la tónica hasta bien entrado el siglo XX. Lo habitual era iniciar la marcha con un propósito que podía quedar tan abierto como vulnerable según los acontecimientos que iban sucediendo: el recorrido se fijaba en etapas y se iba haciendo camino sin las pautas temporales que ahora establecemos para hacer una de las cosas que todos tenemos pendiente en la vida —según las encuestas de la revista Pronto—.

Ajenos a lo que ocurre en el mundo, resistiendo los embates del demonio y entrenadas las carnes, aquellos que se proponen recorrer el Camino de Santiago, en todo o por partes, salen a caminar seguros de que sus pasos los llevarán hasta el Pórtico sin más incidencias que los escasos imprevistos, casi siempre remediables. 

¿Cómo no estarlo? La web contiene tantas páginas y consejos sobre indumentarias, recorridos, avituallamientos, épocas adecuadas y actividades alternativas que, de hacer caso a tanta información, uno puede peregrinar con la sensación de hacerlo a un lugar de sobra conocido al que llegará cansado, satisfecho y reseteado para volver a vida de la que ha estado ausente por un tiempo. El viaje es una línea recta de doble sentido, no cabe otra concepción porque estamos en el siglo XXI.

Cada uno hace su camino, obviamente, y con ello se justifica que se pueda dormir en un hotel de cinco estrellas, ir en bicicleta o echar mano de las comodísimas empresas de transporte de mochilas por la módica cantidad de cinco euros, aliviando así la espalda del peso de lo necesario. Existen otras ofertas lenitivas: los servicios de podología que ofrecen algunos albergues, y los taxis y VTC si no se puede resistir la dureza del trayecto. Las comodidades de la civilización nos han reblandecido el cuerpo, pero para eso sirve la civilización, para ponernos las cosas tan cómodas que podamos llegar a Santiago habiendo hecho un itinerario cerrado de antemano y sin los peligros que acechaban tradicionalmente a los que se aventuraban a pedir ayuda y consuelo al apóstol taumaturgo.

¿Conocía el maestro Mateo las penalidades del Camino? Aquellos que, a pesar de todo, conseguían llegar, merecían un recibimiento extraordinario: esa debió de ser una de las razones por las que Mateo (si es que existió de verdad) o el conjunto de artesanos que agrupamos bajo ese nombre, decidió dotar de tanta vida y alegría al Pórtico de la Gloria. Una vez allí, besarían el parteluz como primera muestra de agradecimiento, cumplirían con el resto de rituales, comprarían la piedra de azabache y rogarían al santo para que la vuelta fuera tan exitosa como lo había sido la llegada, suplicando por la supervivencia en el camino de regreso a casa.

Fuente: https://www.jotdown.es/2022/11/epopeya-de-llegar-vivo-a-santiago-y-volver/

lunes, 12 de septiembre de 2022

Nueva York declara estado de emergencia por poliomielitis

(Derechos de autor 2022 The Associated Press. Todos los derechos reservados)

 La gobernadora Kathy Hochul emite la declaración de catástrofe de un mes de duración en un intento de reforzar las tasas de vacunación 

Las autoridades de Nueva York declararon el estado de emergencia por la poliomielitis al detectarse el virus en muestras de aguas residuales en un cuarto condado, apenas dos meses después de que el estado confirmara el primer caso en suelo de EE.UU. en casi una década.

La gobernadora Kathy Hochul anunció el viernes que había emitido una declaración de desastre de un mes de duración para el estado en un intento de reforzar las tasas de vacunación contra el virus.

La medida se produjo pocas horas después de que las autoridades del condado de Nassau confirmaran que habían detectado rastros positivos del poliovirus en sus muestras de aguas residuales.

Con ello, el condado se convierte en el cuarto en el que se ha detectado el virus paralizante, y se une a los condados de Rockland, Orange y Sullivan, así como a la ciudad de Nueva York, lo que refuerza la preocupación de que se esté extendiendo por la Gran Manzana.

El estado comenzó a investigar la posible presencia de poliomielitis en las aguas residuales cuando un varón adulto no vacunado contrajo el virus en julio y quedó paralizado.

El hombre, del condado de Rockland, no había viajado al extranjero durante el periodo de incubación, lo que llevó a los funcionarios a la conclusión de que lo había contraído en suelo estadounidense.

Se trata del primer caso conocido del virus en EE.UU. en casi una década.

Hasta ahora, este hombre sigue siendo el único caso humano confirmado de polio en Nueva York. Sin embargo, las pruebas revelaron que el virus ya circulaba por la comunidad en abril, por lo que se insta a los residentes no vacunados a que se vacunen.

En virtud de la declaración de emergencia, la gobernadora podrá impulsar los esfuerzos de vacunación en todo el estado, incluyendo la ampliación del programa para incluir a los farmacéuticos, las parteras y los trabajadores de los servicios de emergencia. También se exigirá a los proveedores de atención sanitaria que compartan los datos de la vacuna al estado.

La comisionada de Salud del Estado, Mary Bassett, instó a los residentes no vacunados a vacunarse lo antes posible.

“La polio en Nueva York es hoy una amenaza inminente para todos los adultos y niños que no están vacunados o no están al día con sus vacunas contra la polio”, subrayó en un comunicado.

“En cuanto a la polio, no podemos dejarlo todo a la suerte. Si tú o tu hijo no están vacunados o no están al día con las vacunas, el riesgo de enfermedad paralítica es real”.

Al detectarse el poliovirus en muestras de aguas residuales de la ciudad de Nueva York y de cuatro condados, las autoridades advirtieron que los residentes no vacunados de esas zonas son los que corren mayor riesgo.

La poliomielitis se declaró eliminada en EE.UU. en 1979, tras un amplio esfuerzo por vacunar a la población contra el virus. No obstante, las tasas de vacunación han disminuido en los últimos años, en parte debido a la pandemia de covid-19 y al escepticismo sobre las vacunas, explicó la oficina de la gobernadora en su anuncio.

En la actualidad, menos de ocho de cada diez niños menores de dos años en el estado de Nueva York han recibido la vacuna antipoliomielítica, según cifras estatales.

En varios condados, la tasa de vacunación es aún más baja, con solo el 60 por ciento de los residentes vacunados en el condado de Rockland y el 58 por ciento en el condado de Orange.

La declaración de emergencia se mantendrá durante un mes, hasta el 9 de octubre. 

Fuente: https://www.independentespanol.com/noticias/eeuu/polio-nueva-york-estado-emergencia-b2164930.html

viernes, 19 de agosto de 2022

El capitalismo infiltrado en nuestros cuerpos: una reflexión desde la historia cultural

 El pasado nos sirve para entender que la aceleración de nuestras vidas no es una fatalidad ni responde a fragilidades individuales. Su explicación habría que buscarla en las condiciones que impone el sistema económico

‘Tiempos Modernos’ (Charlie Chaplin, 1936).

Vivimos sacudidos por la prisa. También aquejados por síndromes conceptualizados como hiperactividad, trastorno de déficit de atención, adicciones, estrés, burnout, cansancio crónico. ¿Qué hay detrás de este creciente número de afecciones mentales? El estudio de la cultura material del presente y del pasado nos permite pensar cómo los objetos que acompañan nuestra cotidianeidad condicionan nuestra psicología, nuestros comportamientos y el modo en que nos relacionamos con el mundo. 

Quizás el ejemplo más evidente sean las pantallas. El uso generalizado de tablets y smartphones además de generar adicciones, nos mantienen en continuo en estado de alerta, con notificaciones que nos avisan de cambios de estado, al tiempo que propician un consumo acelerado de contenidos al incitarnos a responder a varias aplicaciones, o incluso pantallas, simultáneamente. En Inglaterra, el diario británico The Guardian señalaba que después del confinamiento de los primeros meses de pandemia los alumnos no se acostumbraban a las clases magistrales tradicionales. Los contenidos a los que accedían en streaming a una velocidad de 1,5 volvían lentas las clases teóricas al uso. La velocidad se ha convertido en un componente más de nuestra cotidianeidad. Vivimos más deprisa, fruto de la exigencia constante de nuestra atención, y somos cada vez más impacientes, producto de la cultura de la inmediatez en que estamos insertos. 

Hace casi medio siglo, una de las escritoras que mejor ha sabido captar los vericuetos de la cotidianeidad en nuestra lengua, Carmen Martín Gaite, advertía ya de esta enfermedad de la prisa y, en particular, del peligro que supone entender que este estado rutinario de velocidad pudiera naturalizarse: “Y es que cuando vemos que a todo el mundo le pasan las mismas cosas no nos paramos a pensar por qué, ni si podrían dejar de pasarle. Nos abandonamos a la inercia de aceptar que lo que ocurre siempre es porque tiene fatales raíces en la esencia de lo humano” (Recetas contra la prisa, 1973).

Esa inercia fatal que nos aqueja, que Martín Gaite formulaba con juiciosa intuición, ha sido cuestionada por la perspectiva histórica. Los modos en que sentimos no están radicados “en la esencia de lo humano” sino anclados históricamente, condicionados de forma histórica y geográfica. Ser conscientes de ello nos permite desuniversalizar y desnaturalizar ciertas prácticas y formas de sentir y actuar. Así, por ejemplo, tendemos a entender el estrés como un condicionante forzoso en nuestras vidas cuando, en cambio, se encuentra inextricablemente unido a unas condiciones de trabajo, las regidas por la productividad del sistema capitalista que somete nuestro mundo. De hecho, los primeros casos de estrés fueron identificados a finales del siglo XIX, en el momento en que se consolidaba la economía industrial, como han demostrado recientemente colegas británicas. No es casual que el consumo de drogas se popularizase entonces, como paliativo ante la aparición de enfermedades nerviosas.

La hiperestimulación a la que se somete el individuo con el surgimiento de la metrópolis moderna y su impacto sobre la psicología del urbanita fueron advertidos a finales del siglo XIX, en plena modernidad capitalista, por el sociólogo Georg Simmel. Lo formuló del siguiente modo, señalando que la cultura objetiva –las producciones materiales– se imponen sobre la subjetividad –la vida mental de los individuos–, es decir, las producciones materiales nos acaban definiendo como individuos. Simmel identificó que la metrópolis moderna ejercía un impacto en la psicología del individuo con su sobrevenir de estímulos: escaparates cambiantes repletos de objetos en transformación, anuncios publicitarios dispuestos en el mobiliario y en el transporte urbanos, o las nuevas relaciones interpersonales definidas por el contacto estrecho y fugaz entre desconocidos. La economía capitalista creaba así las condiciones para una demanda continua de atención que buscaba seducir con sus productos. Todo ello suponía que la cultura objetiva tuviese un impacto definitivo en la psicología del individuo moderno, cuya memoria de sí mismo y su identidad se presentaban inestables por primera vez en la historia a finales del XIX. 

Como componente fundamental de la experiencia perceptiva moderna se sumaba a ello el empleo de tecnologías en constante renovación. El propio nacimiento del capitalismo es consustancial a un artefacto tecnológico: el reloj, que con la Revolución Industrial pasó a convertirse en un objeto necesario en la sincronización del trabajo, y los empleados priorizaban entre sus adquisiciones en cuanto mejoraban sus niveles de vida. 

La tecnología aparece asociada a la ideología del progreso decimonónica. Para un individuo de finales del siglo XIX resultaba evidente que el cambio, la transformación histórica, equivalía a progreso. Eran precisamente la tecnología y las comunicaciones los ámbitos en los que de forma más palpable este se manifestaba. Unas tecnologías ya en el siglo XIX asociadas a la idea de obsolescencia, lo cual exigía, y exige, de sus compradores un adiestramiento constante. Unas tecnologías que se renuevan para mantener vivo el interés en su adquisición, lo que favorece a su vez el consumo, que desde el capitalismo industrial aparece asociado a otro fenómeno contemporáneo como es el fomento de la compra por capricho, innecesaria: de ahí el papel crucial de la publicidad, el escaparatismo y otras técnicas de marketing.

Las tecnologías nacen en el siglo XIX bajo la utopía de hacernos la vida más fácil: evitarnos la escritura mediante el dictado de la voz o ahorrarnos el desplazamiento a los conciertos trayéndonos la reproducción de música a casa. Ambas situaciones planeaban en el imaginario de finales del siglo XIX como utopías realizables en el año 2000. 

Hoy tal vez sea el momento de imaginar nuevos escenarios de futuro. El buceo en el pasado nos sirve para entender que la aceleración de nuestras vidas no es una fatalidad, ni responde únicamente a fragilidades individuales. Su explicación habría que buscarla más bien en las condiciones que impone nuestro sistema económico, que no son las únicas posibles. En efecto, desde el origen del capitalismo existían zonas en el planeta ajenas a la economía capitalista en las que sus habitantes disponían de las necesidades materiales básicas: alimento y cobijo. Sin apelar a evocaciones nostálgicas ni al retroceso tecnológico, pueden ser imaginadas otras condiciones de producción y consumo que den cita a una tecnología más humana y confortable, posicionada en torno al bienestar del individuo. Cambiar las condiciones supondría cambiar nuestra salud y también la de un planeta que flaquea ante el crecimiento económico desmedido y la esquilma de sus recursos. Quizás así podamos volver a sentirnos dueños de nuestros cuerpos y más conectados con nuestro entorno. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20220801/Firmas/40512/sonsoles-hernandez-barbosa-estres-capitalismo-relojes-aceleracion-vital.htm

miércoles, 3 de agosto de 2022

El agua de lluvia de todo el planeta está contaminada por 'sustancias químicas para siempre

Las sustancias PFAS son peligrosas para la salud humana y los ecosistemas. Su toxicidad se extiende por la atmósfera. / Pixabay

Incluso en lugares remotos, como la Antártida o la meseta del Tíbet, llueve agua contaminada por agentes químicos sintéticos perfluoroalquilados y polifluoroalquilados (PFAS). Un equipo de investigación europeo asegura que se ha superado su límite planetario, teniendo en cuenta que son compuestos tóxicos persistentes y se propagan por la atmosfera.

Existen una serie de contaminantes que el hombre ha producido en grandes cantidades, como los compuestos polifluoroalquilados y perfluoroalquilados (PFAS, por sus siglas en inglés). Estos agentes químicos, conocidos como ‘sustancias químicas para siempre’, se pueden encontrar desde en textiles, pinturas, cajas de pizza o productos de limpieza hasta en la espuma para combatir los incendios

Son peligrosas para la salud humana y los ecosistemas, porque su toxicidad es persistente, se extiende por la atmósfera y pueden encontrarse en el agua de lluvia y nieve de las regiones más recónditas del planeta. Además, si el cuerpo humano los absorbe a través de los alimentos o el agua, este los acumula.

Si bien es cierto que en los últimos veinte años los valores de PFAS en el agua potable, las aguas superficiales y los suelos han disminuido drásticamente, debido a su prohibición y legislación sobre su uso al conocer su alta toxicidad, un estudio apunta que se ha superado el límite planetario de los niveles establecidos.

"El nivel general de conocimiento de los efectos en la salud humana de la exposición a los PFAS es desigual según el país o la región. En general es bajo y se podría hacer más para comunicar el problema. Necesitamos que la gente tenga un nivel de concienciación similar al de la contaminación por plásticos", dice a SINC Ian Cousins, autor principal del trabajo sobre la presencia y el transporte atmosférico de PFAS durante la última década.

Cousins, profesor del departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Estocolmo (Suecia), junto a su equipo y científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH), han publicado los resultados de la investigación de laboratorio y de campo en la revista Environmental Science & Technology.

"Se ha producido un asombroso descenso de los valores guía para los PFAS en el agua potable. Por ejemplo, el valor de referencia del agua potable para una sustancia muy conocida de la clase de los PFAS, el ácido perfluorooctanoico (PFOA, por sus siglas en inglés), que puede provocar cáncer, ha disminuido en 37,5 millones de veces en los EE UU", añade Cousins.

Algunas legislaciones sobre estos compuestos no los prohíben totalmente, si no que restringen su uso y contemplan excepciones. "Tendría que referirse a algo esencial para la salud y la seguridad, o crítico para el funcionamiento de la sociedad. Por ejemplo, la protección contra fluidos biológicos en las batas médicas para los profesionales que trabajan en los quirófanos. Pero incluso para estos usos esenciales puede haber alternativas o la innovación debería llevar al desarrollo de alternativas. Personalmente, creo que los usos esenciales son pocos", argumenta el experto.

Agua de lluvia no potable

Los PFAS son muy persistentes, pero su presencia continuada se debe también a sus propiedades y a los procesos naturales que los devuelven continuamente a la atmósfera desde el medio ambiente.

"Según las últimas directrices estadounidenses sobre el PFOA en el agua potable, el agua de lluvia de todo el mundo se consideraría insegura para beber. Aunque en el mundo industrializado no solemos beber agua de lluvia, mucha gente del planeta espera que sea segura para beber y abastece a muchas de nuestras fuentes de agua potable", señala el investigador.

Uno de los procesos naturales más importantes del ciclo de los PFAS es el transporte del agua de mar al aire marino por medio de los aerosoles, que es otra área de investigación activa para el equipo de la universidad sueca.

"Debido a la propagación mundial de los PFAS, el medioambiente de todas partes superará las directrices de calidad ambiental diseñadas para proteger la salud humana y podremos hacer muy poco para reducir su contaminación. En otras palabras, tiene sentido definir un límite planetario específico para los PFAS y, como concluimos en el documento, este límite ya se ha superado", afirma Martin Scheringer, coautor del estudio y científico del ETH suizo y de RECETOX, de la Universidad de Masaryk (República Checa).

Sustancias químicas para siempre

Los PFAS son un nombre colectivo con el que se ha englobado a las sustancias altamente fluoradas que tienen una estructura química similar. Todos ellos son extremadamente persistentes en el medio ambiente o se descomponen en otros de este grupo extremadamente persistentes, de ahí les viene el apodo de ‘sustancias químicas para siempre’.

Los PFAS se han asociado a una amplia gama de daños graves para la salud, como: cáncer, problemas de aprendizaje y comportamiento en los niños, infertilidad, complicaciones en el embarazo, aumento del colesterol y los problemas del sistema inmunitario.

"Los que viven cerca de los puntos calientes de contaminación son los que más sufren, por supuesto, como cerca de las fábricas o de las bases militares o donde se utilizan espumas contra incendios. Los alimentos y el agua allí están muy contaminados y aquellos que consumen productos locales están muy expuestos", enfatiza el investigador de la universidad sueca.

Jane Muncke, directora general de la Fundación del Foro de Envasado de Alimentos de Zúrich (Suiza), que no ha participado en el trabajo, señala: "No puede ser que unos pocos se beneficien económicamente, mientras contaminan el agua potable de otros millones de personas y provocan graves problemas de salud. Las enormes cantidades que costará reducir los PFAS en el agua potable a niveles seguros, según los conocimientos científicos actuales, deben ser pagadas por la industria que produce y utiliza estas sustancias químicas tóxicas. El momento de actuar es ahora".

Cousins también se muestra favorable a esta idea, pero es consciente de que la legislación actual no lo hace posible fácilmente. "El principio de 'quien contamina paga' significa que los usuarios de las sustancias químicas son los responsables, no el fabricante. Por ejemplo, en el caso de la contaminación por PFAS de las espumas contra incendios, los responsables suelen ser los departamentos de defensa y, en última instancia, quien paga es el contribuyente", concluye.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Noticias/El-agua-de-lluvia-de-todo-el-planeta-esta-contaminada-por-sustancias-quimicas-para-siempre

sábado, 16 de julio de 2022

Sin cromosoma Y

Cromosmas sexuales | DNA Didactic Blog
Es probable que en las noticias hayáis oído que, con la edad, los hombres pierden el cromosoma Y y que eso podría explicar su menor esperanza de vida. Bien, como siempre pasa en biología, las cosas no son tan simples, así que he pensado que valía la pena contaros lo que realmente se ha descubierto y todo lo que queda por investigar.

El sexo biológico en mamíferos (por ejemplo, los humanos) se determina, en principio, por la presencia o no del cromosoma Y en el cigoto, la célula resultante de la fecundación de un óvulo y espermatozoide. El desarrollo de órganos sexuales en el embrión depende de diferentes genes, pero un gen "maestro" del desarrollo de los órganos masculinos, el gen SRY, se localiza en este cromosoma Y. El programa de desarrollo de los órganos sexuales del embrión es, inicialmente, femenino, y sólo si existe la expresión del gen SRY y sus genes diana (que se localizan en otros cromosomas) se determina que el embrión tenga sexo masculino si no hay otras mutaciones (cambios genéticos) o cambios sobrevenidos (por ejemplo, cambios epigenéticos).

El embrión humano, que ha recibido su dotación genética cromosómica de los progenitores (mitad de cada parental), copia sus cromosomas (le llamamos replicación) y los transmite a las células hijas, de forma que cada célula hija recibe una copia completa de los cromosomas iniciales. Sin embargo, es muy difícil copiar 6,600 millones de nucleótidos (las "letras" del DNA) sin incorporar alguna mutación o cambio. Por término medio, se ha calculado que hay una mutación incorporada cada dos divisiones celulares. Asumimos que muchas mutaciones son puntuales, es decir, una "letra" ha sido cambiada por otra, pero existen muchos otros tipos de mutaciones. En un organismo, las mutaciones o cambios en la secuencia del DNA pueden ser causadas por agentes endógenos o exógenos, es decir, pueden depender de errores debidos a la propia maquinaria replicativa, o pueden ser causadas por agentes físicos o químicos que interaccionan con el DNA, provocándole cambios y, por lo tanto, mutando la secuencia.

Todo esto os lo explico para que empecéis a mentalizaros que nuestras células, las que tenemos en nuestro cuerpo, van mutando su secuencia de DNA por el solo hecho de estar viviendo. Si lo comparamos con toda la magnitud de nuestro genoma, estas mutaciones alteran un pequeñísimo porcentaje, pero ya podéis imaginar que depende mucho de qué gen (es decir, de qué instrucción genética) se ve afectado. Estas mutaciones que se dan dentro del organismo se llaman mutaciones somáticas y no se transfieren a la descendencia. Sin embargo, son primordiales para explicar muchas de las enfermedades que nos afectan a todos, por ejemplo, son importantísimas para comprender cómo y por qué podemos desarrollar un cáncer.

En general, la mayoría de mutaciones, como os acabo de mencionar, son puntuales, pero hay otros tipos. Las hay que comprenden fragmentos muy grandes de cromosomas o, incluso, cromosomas enteros. Los humanos tenemos 46 cromosomas (organizados por parejas, 23 proceden de la madre y 23 del padre). Como los cromosomas contienen muchísimos genes, la falta o exceso de información genética de un cromosoma (sea porque tenemos un cromosoma de más o un cromosoma de menos) afecta a muchos genes importantes en muchos tejidos y órganos, por eso hablamos de síndromes. Seguro que conocéis algunos síndromes causados por el incremento o decremento de un cromosoma. Por ejemplo, el síndrome de Down (caracterizado por tener 47 cromosomas, con un cromosoma 21 adicional, o el síndrome de Turner (las pacientes son mujeres con 45 cromosomas, ya que contamos sólo con un único cromosoma X). Estos síndromes presentan patologías complejas, con una cierta variabilidad entre individuos, pero mayoritariamente se dan por un error en la formación de los gametos, es decir, un error en la formación del espermatozoide o en el óvulo.

No obstante, hay que remarcar que hay otras mutaciones cromosómicas que se dan dentro de las células del individuo, es decir, dentro de las células somáticas de nuestro cuerpo. Hasta cierto punto, podemos entender que en las células que se dividen mucho sea más fácil que se generen errores en la copia del DNA o en la división de los cromosomas entre las células hijas. Uno de estos errores implica al cromosoma Y, que es pequeño y contiene "sólo" en torno a 70 genes (muchos menos que los 800 genes descritos del cromosoma X). Si se "pierde" este pequeño cromosoma, en principio, no compromete la viabilidad ni la supervivencia de la célula. Entonces, la persona sería mosaico, tiene células con cromosoma Y y otras que no. Sin embargo, ¿cómo sabemos que esta pérdida sucede? No podemos ir arrancando célula a célula de un hombre (XY) con el fin de ver si tiene los 46 cromosomas originales, o sólo tiene 45 porque ha perdido uno, el cromosoma Y. Ciertamente, no podemos saber qué pasa en las neuronas, ni en las células musculares, ni el hígado, pero sí que podemos analizar fácilmente qué pasa con las células sanguíneas, es decir, qué pasa en la médula, que es donde crecen y se dividen las células madre hematopoyéticas, las que originan los glóbulos rojos, los blancos, las plaquetas y muchas otras células implicadas en la respuesta inmunitaria, como los macrófagos.

Pues bien, los hombres de una cierta edad, no sólo pierden el pelo, la musculatura o la elasticidad de los cartílagos, sino que se sabe que sus células sanguíneas pierden el cromosoma Y y se quedan con 45 cromosomas. No son todas, sólo un porcentaje, pero este va incrementando con la edad. Los hombres de 70 años tienen en torno a un 40% de células sanguíneas sin cromosoma Y, mientras que la proporción es del 57% en los hombres de 93 años. Si analizamos la sangre de hombres todavía más viejos, la pérdida del cromosoma Y puede afectar al 80% de sus células. Claramente, esta pérdida es progresiva con la edad. Para analizar si esta pérdida del cromosoma Y puede tener alguna consecuencia grave para la salud de los hombres, los investigadores cogieron células madre hematopoyéticas de ratón, y mediante la técnica de edición genética, destruyeron –de forma específica y precisa– la secuencia del centrómero del cromosoma Y, la secuencia que asegura la permanencia de un cromosoma en las células y sin la cual el cromosoma se pierde en las divisiones celulares. Estas células editadas genéticamente han sido introducidas dentro de la médula de un ratón receptor, por lo cual, este ratón produce un porcentaje de células sin cromosoma Y (entre 49% al 81%), tal como pasa en los hombres con la edad. Estos ratones trasplantados son en principio viables, pero si se estudian durante dos años, se ve que se incrementa el número de los que mueren antes comparándolo con los ratones de la misma edad que tienen el cromosoma Y. Aunque el resto de células del cuerpo no están modificadas, las células trasplantadas producen, como hemos dicho, muchos tipos de células, entre los cuales encontramos los macrófagos. Los macrófagos son los encargados de reconocer, "comer" y eliminar patógenos (bacterias, células infectadas por virus o células estropeadas), y se infiltran por todos los tejidos, incluyendo el corazón. Los investigadores determinan que estos ratones tienen más problemas de corazón y mueren más que los ratones de la misma edad a los que no les falta el cromosoma Y. De aquí hipotetizan que podría ser que los hombres mayores de 70 años que tienen problemas de fibrosis cardiaca probablemente presentaran un mayor porcentaje de pérdida del cromosoma Y. Hacen un estudio prospectivo con muestras de pacientes de biobancos del Reino Unido y parece que los hombres que han muerto por deficiencia cardiaca presentan más fibrosis del corazón y, al mismo tiempo, tienen un mayor porcentaje de células que han perdido el cromosoma Y.

Ahora bien, aunque este trabajo está bien realizado, es sobre todo descriptivo y los investigadores no proporcionan ningún mecanismo molecular definitivo. Sólo presentan un conjunto de datos, muy bien trabajados, que indican que la pérdida del cromosoma Y puede ser relevante para explicar la menor esperanza de vida de los hombres. Sin embargo, tiene que haber forzosamente otros factores que aquí no se tienen en cuenta, como el impacto de las hormonas masculinas en diferentes vías metabólicas relacionadas con la longevidad. No sabemos por qué se da esta pérdida del cromosoma Y, ni cuáles son los genes importantes de este cromosoma, cuya deficiencia determina la fibrosis cardiaca. Creo que no podemos simplificar tanto un problema que, a la fuerza, tiene que ser complejo y no se debe a una única causa. Aunque es un resultado sorprendente e interesante, queda mucho trabajo por hacer todavía para averiguar por qué los hombres viven, por término medio, menos que las mujeres.´

FOTO GEMMA MARFANY OK
Gemma Marfany

Fuente: https://www.elnacional.cat/es/opinion/cromosoma-y-gemma-marfany_788223_102.html

miércoles, 18 de mayo de 2022

El siniestro Proyecto Tuskegee, un atroz experimento que engañó y condenó a muerte a pacientes durante 40 años

En 1932 se inició en una zona muy pobre de Alabama un estudio médico para seguir el avance de la sífilis. Fueron elegidos 600 trabajadores rurales de color. Las mentiras de los médicos. Cómo se los dejó morir. Por qué no les proporcionaron penicilina cuando apareció. El escandaloso final 

Un médico le da una inyección con un placebo a uno de los participantes del Proyecto Tukesgee. De fondo se ve a Eunice Rivers, la enfermera que permaneció los cuarenta años en el programa.
National Archives Atlanta, GA (U.S. government)
Un médico le da una inyección con un placebo a uno de los participantes del Proyecto Tukesgee. De fondo se ve a Eunice Rivers, la enfermera que permaneció los cuarenta años en el programa. National Archives Atlanta, GA (U.S. government)

 Esta es la historia de un experimento médico. Es, también, la historia de un engaño criminal que se cobró muchas vidas. Es una historia sobre los límites éticos pulverizados.

En 1932 la sífilis era incurable y se expandía a gran velocidad. Un grupo de médicos decidió llevar a cabo un experimento, un estudio con trabajadores rurales de raza negra de un pequeño pueblo muy pobre de Alabama, en el sur de Estados Unidos. La gran mayoría de ellos nunca había visitado a un médico. Serían 600: 399 contagiados y 201 sanos que funcionarían como grupo de control. La idea era estudiar el avance de la enfermedad, comprobar cómo iba afectando al organismo etapa por etapa. Los tratamientos disponibles en el momento eran muy tóxicos y de eficacia improbable: derivados del mercurio, del bismuto y del arsénico. Por eso los investigadores, al principio, pretendían averiguar si valía la pena someter al paciente a ese riesgo y a los efectos casi de envenenamiento de esas terapias.

Por otro lado, los estudios disponibles hasta el momento hablaban de la enfermedad ya avanzada, de los efectos de la sífilis ya desatados sus peores síntomas. Lo que pretendían los de Tuskegee era seguir de cerca su progresión. El verdadero fin del proyecto, entonces, era poder trazar la historia de la sífilis y su desenvolvimiento natural sin ser tratada.

Los creadores del experimento partieron de una suposición que no necesitaron comprobar en la realidad, de un prejuicio: la gente de color, de cualquier modo, no habría recibido tratamiento médico. Al principio les costó reclutar participantes porque temían que fuera un engaño para luego hacerlos ingresar a la fuerza al ejército. Diseñaron una estrategia para derribar esa reticencia: revisaron a mujeres y niños y les dieron medicinas y les curaron afecciones menores, como intentando demostrar sus buenas intenciones. Se debe tener en cuenta que esos trabajadores negros eran segregados, las condiciones laborales eran pésimas, cercanas a la esclavitud, carecían de cualquier beneficio social y no estaban escolarizados. Su situación de vulnerabilidad era evidente y extrema. Una vez rota la desconfianza inicial, se pusieron en manos de sus doctores. Se les prometió tratamiento médico, una cura, el pago de algunos gastos, comida y hasta un seguro de sepelio.

El engaño se montó desde el principio. A los elegidos se les ocultó su propio diagnóstico. Se les dijo que se los trataría por Mala Sangre, un genérico que en la época podía referirse a la anemia, sífilis, fatiga o hasta leucemia. Al momento de realizarles una punción lumbar, por ejemplo, se les dijo que era un medicamento que se les estaba inoculando. En la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos fueron llamados a filas pero no fueron alistados por tener sífilis. Los directores del experimento consiguieron que no se los tratara con la excusa de que ellos lo estaban haciendo.

Según los cálculos de ese momento, alrededor de un tercio de la población masculina de la zona había contraído sífilis.

En la historia hay un solo personaje que, además de los pacientes que no murieron en el camino, atravesó los cuarenta años en que el proyecto se mantuvo. Eunice Rivers era una enfermera afroamericana que estuvo desde el inicio. Ella convenció a varios de participar y fue el enlace entre los médicos y los trabajadores rurales utilizados para el experimento.

Una aclaración necesaria: en ese tiempo, principios de la década del treinta, los protocolos de estos estudios médicos no tenían el rigor actual. Había algunas cuestiones éticas que no se consideraban primordiales. La información que recibían los pacientes era muy limitada. El concepto de consentimiento informado de los pacientes no se había instalado. Algunos médicos retaceaban datos sobre su condición a los pacientes. Se creía que era más importante el avance de la ciencia que la salud o el bienestar de algunos pacientes particulares. Todo eso cambió tras la Segunda Guerra Mundial. Los experimentos crueles de Mengele y del resto de los médicos nazis hicieron tomar conciencia de que debían reglarse. La toma de conciencia fue casi inmediato. Se instrumentó a través del Código de Nuremberg en 1947; allí se establecieron las normas a seguir para proteger los derechos de los sujetos sometidos a ensayos clínicos.

Pero, al parecer, estas noticias nunca llegaron a Alabama. Porque no modificaron la manera de actuar. Después de la guerra el tratamiento con penicilina era usual y eficaz. Sin embargo, los médicos del experimento Tuskegee no permitieron que los pacientes que estaban dentro de su estudio la recibieran. Continuaron durante un cuarto de siglo más utilizándolos como conejillos de indias. Pudieron haber interrumpido y dar por terminado el experimento ante la llegada de la penicilina y curar a sus participantes; o continuarlo suministrándole la penicilina y tomarlos a esos hombres como grupo de control. Pero nada de eso se hizo. Se les ocultó la información, la posibilidad de la curación. Los médicos permitieron que la enfermedad siguiera avanzando, que los fuera consumiendo, volviéndolos locos, matándolos.

Duró cuarenta años. Y en un solo día se suspendió. Lo que se hacía en Tuskegee era tan atroz que ni siquiera se necesitó investigación estatal o judicial, no se dilató la decisión. En el transcurso del estudio se produjeron 29 muertes y otros 110 pacientes murieron por las secuelas graves e irreparables, por complicaciones derivadas de la sífilis. 40 esposas se contagiaron y 19 hijos nacieron con sífilis. Pero hubo otro daño que produjo el Experimento Tuskegee. Uno no calculado, que no se centró sólo en estas víctimas evidentes y que se extendió largamente en el tiempo. Estudios posteriores determinaron que erosionó de manera irreversible durante décadas la confianza de la población negra en los estudios médicos y en los tratamientos más novedosos. Temían volver a ser utilizados como ratas de laboratorio.

Mientras los hombres negros morían, se quedaban ciegos o eran tomados por la demencia, los facultativos sólo les daban placebos o suplementos minerales. Esta situación se agravó a partir de 1947 cuando la penicilina estuvo disponible para el tratamiento. Es decir, pasaron otros 25 años hasta la suspensión del programa.

En 1964, la Organización Mundial de Salud emitió una resolución en la que determinaba que todos los experimentos médicos con humanos debían contar con el conocimiento expreso de los pacientes. El Programa de Tuskegee no creyó que eso se aplicara a ellos.

No es que el Experimento Tuskegee quedó oculto y olvidado durante ese tiempo para el sistema público de salud norteamericano. Hubo llamados de atención y denuncias que nunca fueron escuchados. El Dr. Taliaferro Clark, fundador del proyecto, renunció un año después de su puesto en marcha por no estar de acuerdo con el manejo de los pacientes y la información. En los años siguientes hubo otras dimisiones de cariz similar. A cargo del proyecto, durante la siguiente etapa, estuvo el Dr. Oliver Wenger. En una carta felicitaba a uno de los médicos del equipo por su capacidad para engañar a esos “Negros”, utilizando una palabra de claro perfil racista.

Tal vez la mayor alerta se dio a mediados de los sesenta cuando el Dr. Peter Buxton, que trabajaba en un hospital de San Francisco, denunció el experimento ante las autoridades nacionales por sus conductas alejadas de la ética profesional. Sin embargo, luego de unas someras actuaciones las autoridades permitieron que el experimento continuara sin modificaciones. La razón dada por ese comité fugaz fue que era imposible todavía evaluar el estudio porque su finalidad, desde el inicio, era seguir el devenir de la enfermedad en los pacientes hasta el momento de su muerte y ver el resultado de la autopsia. Buxton ante este revés siguió intentando que las autoridades sanitarias prestaran atención a las aberraciones que sucedían en Alabama. Pero no logró modificar nada. Hasta que cansado de los fracasos de la vía administrativa, cambió la estrategia: le contó la historia y le brindó las pruebas con las que contaba a un periodista amigo. Jean Heller de la Associated Press publicó su artículo en el Washington Post en julio de 1972. El efecto fue inmediato y explosivo. Al día siguiente el New York Times replicó la noticia en su portada. Esa misma tarde el programa fue cerrado. No aguantó ni siquiera 24 horas el escrutinio público.

Al momento de la difusión de la noticia, cuarenta años después del inicio del programa, sólo 74 de los participantes iniciales seguían vivos.

Una vez desatado el escándalo se conocieron detalles de cómo funcionaba el programa y de los engaños a los que eran sometidos los pacientes para ser estudiados o para no recibir el tratamiento adecuado que curara o atenuara sus padecimientos.

El estado norteamericano indemnizó a los sobrevivientes a los deudos de los fallecidos. La cifra fue de 10 millones para el conjunto que fueron repartidos de manera equitativa.

En mayo de 1997, Bill Clinton recibió a ocho sobrevivientes del experimento y les pidió perdón en nombre del país.
 (AP Photo/Doug Mills, File)
En mayo de 1997, Bill Clinton recibió a ocho sobrevivientes del experimento y les pidió perdón en nombre del país. (AP Photo/Doug Mills, File)

El 18 de mayo de 1997, Bill Clinton ofreció una recepción en la Casa Blanca. Entre los presentes había 8 participantes sobrevivientes del experimento. Clinton brindó disculpas sin condicionamientos por lo que tuvieron que sufrir. “No se puede volver el tiempo atrás, deshacer lo hecho, pero sí se puede terminar con el silencio. Podemos dejar de mirar a otro lado”. Y dirigiéndose a los sobrevivientes presentes continuó: “Podemos, por fin, mirarlos a los ojos a ustedes y decirles, de parte del pueblo norteamericano, que lo que hizo el Gobierno fue vergonzoso y que lo sentimos profundamente”.

En un reciente trabajo sobre el caso, el Dr. Martin Tobin hace conclusiones más allá del caso concreto y habla de las lecciones atemporales que deben sacarse: “Todas las regulaciones de investigación en el mundo nunca sustituirán la conciencia del investigador. Las tres lecciones centrales del Estudio Tuskegee para los investigadores (y para las personas en todos los ámbitos de la vida) pueden reducirse a la importancia de hacer una pausa y examinar la propia conciencia, tener el coraje de hablar y, sobre todo, la fuerza de voluntad. Actuar”.

Para que se entienda bien: los doctores del Programa Tuskegee le ocultaron el diagnóstico, no los trataron de su enfermedad y hasta les negaron el acceso a los procedimientos que podrían haberlos curado. Un estudio aberrante e inhumano, que olvidó todo precepto ético y que se extendió por cuarenta años, la gran mayoría de los cuales transcurrieron después del descubrimiento de la penicilina y, también, después de Auschwitz.

 Fuente: https://www.infobae.com/historias/2022/05/18/el-siniestro-proyecto-tuskegee-un-atroz-experimento-que-engano-y-condeno-a-muerte-a-pacientes-durante-40-anos/