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jueves, 22 de junio de 2017

"A furore normannorum libera nos Dómine"

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Sta Mª de La Lanzada

    La Lanzada se ofrece pagana, desnuda y bella, con el prestigio milenario del baño nocturno de las "nueve olas", curador de la esterilidad en las mozas y de otros maleficios, y los restos de la fortaleza de Santa Mª de La Lanzada, alzada por el obispo guerrero Sisnando para contención de los asoladores vikingos. Es precisamente Sisnando, que muere en la lucha atravesado por dura saeta, el que tuvo que enfrentarse a los audaces y crueles leodomanes.
   Hermana de esta torre es la cambadesa de San Saturnino, que sufrió iguales asaltos, y a la que avisaba por medio de hogueras de la proximidad de los terribles y temidos visitantes -"A furore normannorum libera nos Dómine"- para que, a su vez, y por parejo mensaje, fueran alertadas la de Villanueva de Arosa y las lengendarias Torres del Oeste, que en la desembocadura del Ulla, eran avanzadas de Compostela, guardadora del sepulcro de Santiago. Son estas torres, río abajo, que fueron erigidas como defensa y atalaya de vikingos, por Alfonso V y el obispo Cresconio, pero es Gelmírez el que las reedifica y refuerza -se dice que nació en ellas siendo allí gobernador su padre-, y bajo cuya protección los diestros constructores maestros de ribera, Augurio y Fuxón, que trajo de Italia, echan las bases de la primera marina militar de la Península en el 1124; calafatean y construyen los barcos que han de detener al rubio y destemido hereje nórdico. Estas torres tuvieron que hacer frente a los terribles ataques de los piratas vikingos, bebedores de mar, cuyo cuerno de marfil bruaba como señal de espanto sobre las endragonadas proas de sus drakars y snekkars, que enfilaban la sensualidad del estuario del Ulla, dejando tras sí el incendio, la violación y el llanto.

Las Torres del Oeste. Catoira

   Se dice que en la torre de San Saturnino lloró una bella la ausencia de su amado don Payo Tamerlán, bajo Enrique III el Doliente. Payo Gómez enamoró en la fontana de Xódar a la, según unos, princesa húngara doña María, cautiva del oriental, y para otros, sobrina del "Gran Tambureque", que éste enviaba, con otros presentes, al rey de Castilla. El romance lo recuerda:

En la fontana de Xódar
vi la niña de ojos bellos
y fiqué ferido de ellos
 sin tener de vida una hora...

   Don Payo huyó a Francia hasta que alcanzó el perdón del rey, enojado por la burla, y tuvo que casar con la paloma del Gran Tamerlán, a la que abanonó a la muerte del monarca castellano, matrimoniando con una Mendoza, hermana del arzobispo de Compostela. La hija de sus amores con la cautiva o sobrina del Tamerlán casó a su vez con Martín Rodríguez de Xunqueiras, en la Puebla del Caramiñal, y la enamorada madre vivió en triste soledad, hasta morir, en Santo Tomé de Cambados.
   En la misma torre de San Saturnino, otra bella dama lloró, en cruel abandono, abundantes lágrimas de mujer. Fue la desventurada doña Juana de Castro, breve esposa de una noche del cruel rey don Pedro.



José Mª Castroviejo

sábado, 4 de abril de 2015

Francachela en la "Taberna del Cojo"


  Hicimos cónclave con "Chischís" y fue decidida, por unanimidad, la celebración de la fiesta en Cíes, ya que el temporal no amainaba, y no se consideró factible la salida. Estábamos al abrigo y era reconfortante oir fungar el viento desesperadamente y entender el restallo frenético de las olas sobre los cantiles, en la noche tenebrosa. Saltamos a bordo de las chalanas y remamos hacia tierra, cantando como energúmenos en la paz del abrigo.
  Tocada la playa, fuimos en peregrinación los tripulantes de los barcos, subiendo por un camino endiablado, con "Patachín" al frente. Nos encaminábamos a la "Taberna del Cojo" -especie de pirata, nieto de otro célebre Cojo, que tenía establecida su industria en lo alto del monte de la Cíes grande- que nos recibió con su pata de palo, su grueso pitillo, que siempre conocí apagado, y su vieja malicia.
  Este cojo era una especie de rey natural de las Cíes y no toleraba competidores -tres que quisieron allí establecerse desparecieron misteriosamente-, vendía vino, tabaco y aguardiente a los marineros y no estoy seguro de que en ciertas noches de temporal no ejerciera, como su abuelo, la piratería por su cuenta; parecía un personaje de Stevenson yo lo tenía por pájaro de gran cuidado, aunque conmigo fuese siempre deferente y cordial.
  En un periquete armamos la fiesta, y se procedió a un condumio maravilloso, entre la voz tremenda del viento, que entraba borracho por la chimenea, el socavón cercano del mar y la pinocha, que nos llenaba con olor de incienso campesino al asar los jureles.
  Cenamos largo y bien y bebimos propiamente. Hubo congrio, acezado, un jamón de "York" que guardaba el "Cojo", procedente de un naufragio, unos conejos, de los que pululan por las islas, y chorizos fritos, aparte de los jureles que nosotros pescamos. Después de la cena, la mujer del "Cojo", que era aún más temible que el marido, con los ojos ardidos y la morena greña despeinada, nos hizo café en una vieja tartera y procedimos a tomarlo acompañado de una buena "queimada", mientras se retorcía por la chimenea el trasgo aullador del viento.
  La "queimada" tiene mucho de litúrgico y no puede hacerla cualquiera; lo que de menos es prender fuego al aguardiente y dorar las cáscaras de limón mientras el azúcar se va tostando. Hay un punto especial que no puede ser descrito y que no sólo una gran práctica, aparte de cierta precisa intuición, logra hacer viable. Por unánime consenso, del que me sentí orgulloso, me fue encomendada la conducción de la misma y procedí a encender una gran pota de aguardiente, que pronto iluminó, con los más avernales reflejos, los rostros de los participantes en aquella extraordinaria Nochebuena.
   Don Serapio, congestionado como un llamador de bronce, parecía un antiguo dios munificiente, "Perrachica" un jocundo Sileno, "Chischís" un gato encendido y "Patachín" un diablo burlón y fosforecente. Pero a todos superaba el "Cojo", verdoso y siniestro, con los ojos en lumbre y la risa espantable, verdadero demonio oficiante entre el lóstrego del cucharón ígneo que, sin cesar, iba y  venía, de la pota a los viejos vasos de vidrio tallado, restos de otros naufragios.
   Estaba todo tan adecuado -temporal, lívidas luces, y Francisco el "Cojo" como marco- que nos pareció naturalísimo el aceptar la extraña proposición de este último, para asomarnos a las rocas que bordean "Punta do Cabalo" y ver si se acercaba a la isla el antiguo bergantín naufragado, con toda su tripulación de muertos.
  Este bergantín se hundió comido por la mar en una noche de tempestad, hace ya mucho tiempo. Traía un cargamento de onzas y doblones, parte del cual fue a parar a la arena del fondo de una gruta -bajo la misma "Punta do Cabalo" -que conserva desde entonces el nombre de "Cova dos pesos".
  Los tripulantes del bergantín parece ser que eran piratas desalmados y su Capitán el más desalmado de todos. Cuando se hundió el navío, su negra alma, estaba tan solo con las riquezas del mismo y blasfemaba, impotente, alzando los puños al cielo, mientras las olas lo tragaban.
  Desde entonces se ve el barco en ciertas noches de tempestad, surgir siniestro dando bordadas entre la mar y la rompiente y con ruido de lucha a bordo.
  Allá fuimos todos, calentados por la "queimada" y entre un viento desgarrado y agorero. Francisco "el Cojo" que nos guiaba, parecía desaparecer por veces, pero luego surgía enigmático y excitado, trepando con increible agilidad por las escurridizas y negras piedras. Llegamos al fin al borde del acantilado y nos asomamos con respeto. Era en el fondo un fragor siniestro de "De Profundis", entre los gritos agrios de las aves marinas desveladas. Nada veíamos, salvo unos blancores repentinos, que se alzaban por veces ululantes, y nos salpicaban con amargos y tristes goterones, pero el socavón de las olas angustiaba...
   De pronto "el Cojo" dió una voz y se alzó como un gigante, poseso y frenético, mientras su mano señalaba como una garra hacie el Norte. Por allí venía, raudo y cabeceando, un bergantín con las velas aferradas y una siniestra luz, que proyectaba, desde el palo mayor, sus resplandores sobre cubierta. Lo teníamos ante nuestra vista, sin posible engaño, y enfilaba la boca al Norte con la proa hacia las peñas guardadoras de la gruta, y un tremendo vocerío a bordo. Oímos un juramento terrible y vimos sobre el bauprés, la figura de un hombre alto, con la barba negra y crecida que el viento aborrascaba y los ojos como carbones enciendidos. Cuando el bergantín rozaba, en lo alto de una ola las piedras oscuras, dio un salto hacia la cima de una roca, con las manos en alto. Francisco "el Cojo" lanzó un gran grito y desapareció por las piedras abajo, yo sentí sobre mi mano, la helada del "Perrachica" que me arrastraba hacia el interior de la isla, mientras "Patachín", "Cavite" y "Maumau", rezaban de rodillas, llorando.
  Cuando al día siguiente regresamos a Cangas, ya pasado el temporal, nadie hablaba a bordo, y al relatar al cura de Darbo lo sucedido, me dijo muy serio, bajo el deslumbramiento de su enorme nariz, que si volvía a acompañar al Cojo de Cíes en sus expediciones nocturnas, no podría ser absuelto.


El pálido visitante
José Mª Castroviejo

domingo, 22 de marzo de 2015

San Martiño de Mondoñedo

luscofusco

Templo originario del siglo VI, aunque reedificado entre los siglos X y XII, fue la primera catedral construída en el sur de Europa y constituye el único vestigio de un monasterio de gran importancia en la alta Edad Media gallega. Se trata de un edificio románico primitivo, de planta basilical de tres naves con crucero y tres ábsides semicirculares en la cabecera, con grandes contrafuertes añadidos posteriormente.Presenta características del románico catalán, como las bandas lombardas y las grecas de ajedrezado que decoran los vanos.


El rey Alfonso III estableció, en San Martiño de Mondoñedo la nueva sede episcopal, siendo primer obispo Sabarico, al que sigueron otros catorce, entre ellos San Rosendo (925-948, luego retirado al monasterio que fundó en Celanova-Ourense), Gonzalo (1070-1108, sepultado en esta iglesia cuya terminación impulsó) y Nuño Alonso (1112-1136, uno de los autores de la magnifia Historia Compostelana). En el siglo XII,el oriente del Obispado-Provincia de Britonia (denominación con que se conocía toda la comarca que va de Ferrol hasta el rio Navia) fué cedido al de Oviedo,y en 1112, la reina Urraca traslada definitivamente la sede episcopal a Vlibría o Villamayor de Val de Brea, redenominada Mondoñedo en honor de la antigua catedral. Aún existe un dialecto Mindoniense como recuerdo de los antiguos repobladores de estas tierras.


  Según José Mª Castroviejo, San Martiño de Mondoñedo sería la primera sede del obispado de Dumio (Braga. Portugal) ya que en ella se acogieron los monjes cuando vieron su residencia amenazada por los árabes. El templo fue sede y refugio de abades, siendo San Gonzalo el más significativo; es venerado en toda la comarca por sus numerosos milagros entre los que cabe destacar el que obró frente a los vikingos que habían vuelto -Normandus ad portas-  para asolar de nuevo el estuario y la tierra del Masma. Las endragonadas proas implacables, con el mito boreal del caballo de Odín,  se acercaban desafiantes sobre un mar de verde y plomo, bajo las nubes agoreras de las grandes batallas del hierro y el fuego. Gonzalo había tenido la visión, en un pozo de la eremita de Louro, de la derrota de las naves asoladoras. Son más de cien los barcos normando que siguen a la nao capitana de Harmand, rey de Escania, sobre los que vuela la canción vikinga de la guerra y el espanto:

                                                                                 No queda ni un gerrero en tierra,
                                                                                       y hay más espadas sobre las olas
                                                                                      que arenas desde Hitra a Seeland.

 ¿Volverán de nuevo los ahumados reyes del mar a subir Masma arriba, dejando tras ellos el incendio y el llanto?... Desde San Martiño de Mondoñedo, desde la Agrela que avanza como una proa contra el mar de las ballenas, el signo de la cruz de Gonzalo provoca una tempestad de Dies irae. Se alzan enormes e imprevistos oleones entre rayos de apocalipsis, mientras el bienaventurado entona, de rodillas y rodeado de su pueblo fiel, el Salve Regina de San Pedro de Mezonzo. Nunca habían visto los ojos de los normandos una tempestad igual. La gran flota es engullida por el mar, en tanto Gonzalo ora, en éxtaisis. Dicen que tan sólo se salva una nao, portadora a Escandinavia de la nueva del tremendo desastre.



Más información: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:San_Marti%C3%B1o_de_Mondo%C3%B1edo-Foz%28Lugo%29.jpg