El lobo es una especie que despierta pasiones encontradas.
Para unos representa una grave amenaza a la ganadería extensiva y las
tradiciones rurales. Para otros es el símbolo de la naturaleza salvaje y
pieza básica para el equilibrio de los ecosistemas.
A pesar de ser una especie protegida en toda Europa, es perseguido
incesantemente. Al lobo se le ha continuado cazando tanto en países
donde escasea, como Suecia y Noruega, como en países en los que es más
frecuente, como España.
Acosado hasta el exterminio en gran parte de Europa, el lobo acabó
arrinconado en unos pocos refugios remotos. Paradójicamente, Chernóbil
se ha convertido en uno de ellos.
Se cumplen ahora 35 años del accidente en la central nuclear de
Chernóbil (Ucrania). Este accidente, el más grave de la historia
nuclear, provocó la evacuación de unas 350 000 personas y la creación de
una zona con asentamiento humano limitado. Este área de más de
4 000 km² quedó, básicamente, despoblada, sin actividad humana y con los
animales salvajes como únicos ocupantes. Esta situación se ha mantenido
hasta la actualidad.
La zona de exclusión de Chernóbil da cobijo hoy a una gran diversidad de fauna, incluidos muchos de los grandes mamíferos europeos, como el lince boreal, el oso pardo y, también, el lobo.
Los lobos de Chernóbil
En el momento del accidente los lobos estaban presentes en Chernóbil,
aunque intensamente perseguidos por la población local. Tres décadas
después, Chernóbil mantiene una de las mayores densidades de lobos de
Europa. Estudios de campo en la parte bielorrusa de la zona de exclusión
han revelado que allí viven más de 100 individuos por cada 1 000 km² . En ese área los lobos son siete veces más abundantes que en reservas naturales cercanas.
Grupo de lobos alimentándose de los restos de un alce, zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2020.CHAR Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack
Además, la abundancia de lobos en Chernóbil no está condicionada por
los niveles de radiación. La especie ocupa toda la zona, desde las áreas
menos contaminadas hasta ambientes como el del bosque rojo, uno de los
lugares más radioactivos del planeta. Hasta la fecha, no se ha detectado
ningún efecto negativo de la radiación sobre los lobos que viven en
Chernóbil.
Algunos investigadores opinan que la presencia de lobos en Chernóbil es solo un reflejo del aumento de sus poblaciones a lo largo de toda Europa.
Pero esto no justifica por qué son tan abundantes allí, más que en
ninguna otra zona, ni por qué ocupan todos los hábitats óptimos en
Chernóbil, independientemente del nivel de radiación.
Grupo de lobos en el interior de la zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2021.CHAR Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack
Varias claves explican la abundancia de lobos en Chernóbil. La
ausencia de persecución directa por los humanos, ausentes de la zona, es
la principal. El mantenimiento de una zona muy amplia libre de la
presencia humana es determinante. En comparación con los más de
4 000 km² de Chernóbil, el parque nacional de los Picos de Europa ocupa
solo unos 650 km². La zona de exclusión acoge además una gran abundancia
de las principales presas naturales del lobo: alce, ciervo, jabalí y
castor. Sin interferencia humana, aún a pesar del ambiente radiactivo,
el lobo y sus presas mantienen un sistema predador-presa totalmente
natural.
Lobo europeo persiguiendo a un alce dentro del bosque rojo, zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2017.REDFIRE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchack
Lobos en movimiento
Recientemente se ha detectado a un lobo juvenil equipado por los científicos con un collar transmisor GPS dispersándose desde Chernóbil hacia zonas del exterior.
Esto refleja que Chernóbil empieza a actuar como un lugar desde el que
la fauna se expande a áreas cercanas, y no como un área de mala calidad
en la que los animales entran y mueren por la radiación.
Lobo europeo junto a una grabadora
de sonidos para investigación en el bosque rojo, zona de exclusión de
Chernóbil, Ucrania. 2016.REDFIRE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchac
El desplazamiento de este lobo no se diferencia del que realizan
numerosas especies migratorias que usan Chernóbil durante la temporada
de cría o la época invernal, y no constituye ningún riesgo para la fauna
de otros lugares. La dispersión de individuos jóvenes es un proceso
natural en estos animales, fruto de la necesidad de buscar nuevos
territorios en poblaciones con una alta densidad. En ningún modo
contribuye a expandir mutaciones causadas por la radiación que puedan
ser negativas para la especie.
El futuro de los lobos de Chernóbil
La zona de exclusión de Chernóbil se enfrenta ahora, tres décadas
después del accidente, al reto de definir su futuro y, con él, el de los
lobos que la habitan.
Será necesario compatibilizar el manejo de una zona todavía
contaminada, con el desmantelamiento de la central nuclear, el creciente
turismo y la conservación de la naturaleza.
Lobo en la zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania. 2015.TREE Project / Nick Beresford, Sergey Gashchac
En Chernóbil existe la oportunidad de preservar un área de una
extensión casi única en Europa como lugar dedicado no solo a la memoria
del accidente, si no también al estudio y conservación de la naturaleza.
El mantenimiento de esta gran superficie será vital para la
conservación de multitud de especies amenazadas.
35 años después del accidente nuclear que se suponía iba a acabar con
la vida de la zona durante milenios, Chernóbil se ha convertido en uno
de los grandes refugios europeos para el perseguido lobo. Y así debería
continuar.
Censurada durante décadas en su tierra natal. Svetlana Alexiévich (1948), recibió el Premio Nobel de Literatura en 2015.
La academia sueca consideró que su trabajo es “una obra polifónica que
es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”. Nada más
lejos de la realidad. Nacida en Ucrania, hija de un militar de origen
bielorruso ha sabido retratar como nadie episodios trascendentales del
mundo comunista y ha dedicado su vida a recoger los testimonios de
protagonistas de la historia contemporánea. Su obra literaria se agrupa
bajo un género propio denominado “novela de voces”, en la que combina la literatura y la crónica periodística para dar voz a la gente común y explicar la historia de la antigua Unión Soviética y de los actuales estados que formaron parte de ella. En España ha publicado con Debate
la mayoría de sus libros como ‘La Guerra no tiene rostro de mujer’
donde retrató, a través de entrevistas personales, la participación de
las mujeres rusas en la Segunda Guerra Mundial o ‘Últimos Testigos’
dedicada a los niños soviéticos de los Segunda Guerra Mundial. Su novela
o ‘Voces de Chernóbil’ ha inspirado una de las series televisivas de la
temporada acerca de la catástrofe nuclear que se produjo el 26 de abril de 1986.
Hay
un puzle de países que se derrumbó a causa de un comunismo que no supo
adaptarse a las circunstancias, ¿la ensoñación soviética dejó algún
legado positivo? ¿queda algo de aquel heroísmo soviético?
Yo creo que la gente tiene nostalgia de aquellos
tiempos en los que se vivía de ideas sobre algo perfecto, algo ideal. En
cambio, ahora, la gente arrastra la tristeza de los viejos sueños, de
la vida ideal.
Entonces, ¿es una nostalgia de la que se pueden sacar pensamientos positivos?
Además del recuerdo de los gulags o los
campos de concentración, la gente se ha quedado con la nostalgia de un
sueño que querían realizar. Por lo tanto, de vez en cuando, recuerdan el sueño. Es
primitivo pensar que el país cayó en manos de un salvaje Lenin y su
banda. Esa gente no era primitiva, esa gente era idealista.He
leído muchos libros, recuerdos y diarios de los revolucionarios y ves
que querían hacer algo bueno. Lo que pasa es que fracasaron porque no
puedes dar un salto directamente desde el feudalismo al socialismo.
Por lo que usted describe hay todavía un
sentimiento de tristeza por el recuerdo de aquella época y de lo que
pudo haber sido, ¿prevalece el sentimiento de tristeza o el de orgullo?
El orgullo es algo que se genera hoy en día. Más bien es una tristeza del pasado. La gente añora su pasado y sus sueños.
Svetlana Alexiévich durante un momento de la entrevista
/ Cadena SER
A veces los sueños y el pasado se añoran porque cuando ocurrieron eras joven y no es realmente una añoranza política…
Creo que es una idea bastante esparcida la
nostalgia sobre la juventud. Pero no solamente es eso. Es la tristeza
por unos ideales perdidos.
¿Cómo vivió usted personalmente la caída de la Unión Soviética?
Yo soy una intelectual, por lo que viví la caída
del imperio soviético trabajando. Yo me dedico al estudio de la
conciencia humana. Quería dejar testimonio de qué es lo que querían materializar los soñadores y de cómo luego estas ideas han fracasado.
Desde la infancia me traumatizaban las historias sobre lo fácil que la
gente mataba y moría a la vez. Yo crecí en una aldea y recuerdo
perfectamente todas las historias sobre la muerte, porque en la
conciencia popular, la guerra y la muerte se fusionaban. En el
socialismo también: todo iba sobre la muerte. En la escuela nos
contaban lo maravilloso que era morir por la patria, sin embargo, a
nuestro alrededor nos contaban unas historias tremendas.
Hablando de la muerte, ¿por qué se suicidó tanta gente?
La fortaleza de la idea soviética residía en que
la gente se entregaba por completo y una vez que la idea fracasó, mucha
gente no sabía cómo sobrevivir sin ella.
Svetlana Aleksiévich con su intérprete y Javier del Pino
/ Cadena SER
En muchas familias hay madres para las que Stalin fue un héroe y, en cambio, para sus hijos un asesino, ¿pesa tanto el pasado?
Me sorprendí yo misma cuando estaba escribiendo el libro 'El fin del Homo sovieticus' (Tiempo de segunda mano: el fin del hombre rojo es la traducción literal del título original). Me sorprendí viajando por Bielorrusia descubriendo lo importante que sigue siendo Stalin para la población.
Hoy en día no es Putin, sino el propio pueblo el que inaugura
monumentos y museos dedicados a Stalin. Esto no viene desde arriba, esto
es una iniciativa del pueblo. Es fácil sacar la momia de Lenin del
mausoleo y pensar que se puede acabar con las ideas del comunismo, pero
no es nada fácil extirpar esas ideas del cerebro humano. Éramos ingenuos
en los años noventa cuando gritábamos “libertad, libertad”. Una persona
que abandona un campo de concentración no puede abrazar la libertad
cuando la puerta del campo se cierra detrás de él. Solo ahora hemos
entendido que la libertad es un largo camino.
En el libro ‘El fin del homus sovieticus’
usted reflexiona sobre la idea de que cuando se marcharon los
comunistas, llegaron los especuladores, ¿es una idea extendida en Rusia?
No es una idea mía propia la de que se
fueron los comunistas y vinieron los especuladores. Es un sentimiento
general. La gente tenía esperanzas y esperaba muchas cosas, pero nadie
esperaba el capitalismo. Resultó que la sociedad no está
preparada para ese sistema económico. Quizás las próximas generaciones
estarán mejor preparadas. Las antiguas generaciones continúan educando a
nuestros niños en sus colegios y en sus casas desde el punto de vista
de pensamientos caducos. Nosotros pensábamos que la nueva generación iba
a renovar el mundo, pero no ha sido así porque esta generación ha sido
educada con los manuales y maestros soviéticos. El presidente Putin es
un oficial de la KGB, pero es también, y esto es muy importante, un
hombre soviético. Él no tiene otro sistema en su cabeza.
En esa nueva generación ¿hay un resurgir de Marx?
Hay mucha gente joven que está pensando tanto en
Marx como en Trotski. No diría que estas ideas estén muy extendidas o
que sean tendencia, pero sí que sobreviven y están presentes. Yo doy
conferencias en colegios mayores y los estudiantes hablan de socialismo
con rostro humano, no están hablando sobre el capitalismo con rostro de
Alés Adamóvich o el académico Dimitri Lijachov. Ellos tienen otra idea
del capitalismo. No sabían cómo era el capitalismo y que podían
terminar, precisamente, en un capitalismo de cavernas extremadamente
cruel.
¿El socialismo no es de partida una ideología que debe tener siempre un rostro humano?
Por supuesto que debe tener rostro humano, pero
si nace del feudalismo, como en Rusia, no es así. Por ejemplo, yo tuve
la posibilidad de vivir varios años en Suecia y he visto el capitalismo
que han construido. Efectivamente, es una paulatina evolución con rostro
humano, pero en Rusia no ha pasado lo mismo. Al final el país se baña
en sangre. Una vez visitando un campo de concentración vi un eslogan que decía: “Con mano de hierro obligaremos al ser humano a vivir felizmente”. Eso es en realidad lo que han hecho los comunistas.
Uno de sus personajes precisamente, se pregunta él y le pregunta a usted qué es la felicidad ¿sabe usted lo que es la felicidad?
Nadie lo sabe. Ni usted ni yo. Es como un pájaro
de fuego. Yo les preguntaba a mis interlocutores: ¿Ustedes quieren vivir
en un país tan importante y potente como Rusia o quieren vivir en un
país acomodado como Dinamarca? Ocho de diez querían vivir en la gran
patria rusa. Tenemos un potente concepto del totalitarismo.
En sus memorias, el escritor Arthur Koestler dice
que la revolución soviética la salvaron las gentes anónimas que cumplían
con su deber y eran humanas. En su libro, las historias que salen de
personas anónimas reflejan ese mundo: la maestra solidaria, el médico
que cumple con su deber, la enfermera o el hombre anónimo que pasa por
la calle y ayuda a un fugitivo… ¿Son los que han salvado el comunismo?
Las ideas comunistas han sobrevivido durante un
largo periodo de tiempo. No obstante, el sistema no es capaz de cambiar y
transformarse desde abajo. Todas las reformas en Rusia se hacen desde
arriba. Si recordamos los cambios de Nikita Jrushchov o de Mijaíl
Gorbachov siempre son cambios que vienen desde arriba. Sin embargo, la
mayoría de las personas se sienten impotentes y todas colaboran con el
sistema que tenemos hoy en día. Siempre me sorprendía y me preguntaba por qué ese sufrimiento no se transforma en deseo de libertad y en libertad. No encontré respuesta. Por separado todos los hombres son maravillosos, pero cuando se juntan, esta es nuestra historia.
¿Se parece en algo la Rusia que imaginaron durante la caída del muro de Berlín en la era de Gorbachov a la Rusia actual?
El comunismo ha recibido un golpe muy fuerte.
Vuelve a aparecer de un modo o de otro, pero creo que no podrá volver a
renacer como antes. Hoy observamos la aparición del nuevo hombre. Por un
lado, está contento y quiere tener un nuevo coche, irse de vacaciones a
Egipto y tener el visado Schengen, pero por otro, quiere mano dura,
como la mano de Stalin.
¿Es compatible esa idea de libertad con la idea de tiranía?
Nuestro ejemplo más amado y deseado es el ejemplo de China.
Dicen que Gorbachov es el culpable de destruir el país, mientras que
los chinos han conservado el comunismo y tienen capitalismo.
Probablemente hay algún sistema nuevo donde por arriba están los
comunistas y por debajo los capitalistas. Es una idea que gusta mucho a
nuestros dirigentes.
A China le preocupa mucho la imagen que proyecta
ante el mundo, ¿a la Rusia de Putin le preocupa algo la imagen que tiene
el resto del mundo de su país?
Putin es más oficial de la KGB que político,
por lo que piensa que hay mucho enemigo alrededor, que el mundo está
lleno de peligros, que nos quieren engañar y que por lo tanto él tiene
una misión. La misión de salvar Rusia.Yo, honestamente, temo a estos misioneros.
Dos Guerra Mundiales, la represión estalinista, la
guerra en Afganistán… ¿la mujer de la Unión Soviética ha sufrido más
que el hombre?
La mujer siempre sufre más en la guerra que el hombre.
En cualquier guerra. Yo creo que la mujer sufre siempre mucho. Durante
la guerra porque el país vive del trabajo de las mujeres. Después de la
guerra, cuando regresan los hombres, la mujer tiene que cuidar del
hombre, pero también seguir trabajando para levantar el país.
En 1997 usted publicó ‘Voces de Chernóbil’, una de
sus obras maestras en la que se basa además la serie de televisión que
tanta gente ha visto. Es un mosaico de testimonios de cientos de
víctimas del accidente nuclear que se produjo el 26 de abril de 1986.
¿Chernóbil es un enigma que, de alguna manera, usted ha descifrado?
No es así. Yo estoy en contra de la banalización
del mal. No creo que unos sean malos y que por eso haya ocurrido la
desgracia. Yo quería ver qué futuro hay después de una catástrofe como
esta. Hace poco he visitado Fukushima y ahí he visto cuál va a ser nuestro futuro. Allí ocurre lo mismo que en Chernóbil:
el gobierno miente, nadie sabe lo que está pasando, la gente ha sido
trasladada a otras regiones, y está perdida, no está permitido acercarse
a Fukushima en un radio de diez quilómetros, nadie sabe lo que va a
pasar. No hay información.
En ‘Voces de Chernóbil’ usted escribe que hace tiempo que no ve a mujeres embarazadas felices…
Todos mis amigos y todo mi entorno están muriendo
de cáncer y hay muchísimos casos de niños que nacen enfermos. El terror
de cualquier mujer es tener un hijo enfermo. Nada más dar a luz la
mujer exige que le traigan el bebé para ver si tiene todos los dedos,
todos los huesos y si es un niño normal. Los bielorrusos piensan de sí
mismos que son una especie de caja negra. Y nadie sabe lo que hay en una
caja negra de un avión. Los bielorrusos piensan que nadie sabe lo que
le está pasando a la gente que vive cerca de la zona de Chernóbil.
¿El resentimiento contra las autoridades no debería haber sido mayor por parte de la población?
Yo creo que sí, pero para eso es necesario tener un pueblo y otra conciencia diferentes. Cuando
una persona abandona el campo de concentración sigue teniendo
mentalidad de esclavo y sería un error exigirle una idea sobre la
libertad.En monumentos al Premio Nobel Aleksandr Solzhenitsyn,
con frecuencia, aparecen inscripciones en las que le llaman “gran
traidor de Rusia”. La alcaldía de la ciudad en la que él vivía quería
ponerle su nombre a una calle y eso motivó una rebelión popular. Esta
situación sería impensable en los años noventa, sin embargo, hoy la
gente se queja y dice que no les da la gana de cambiar su dirección
postal y sus documentos. Para ellos Solzhenitsyn ya no es un héroe.
Recuerdo que en los años noventa cuando iba a las ferias del libro era
casi imposible acercarse a él. Sin embargo, hace unos años fuimos con su
viuda a la feria y la mujer se sentía perdida porque no se le acercaba
nadie. Quizás una persona a la hora. La gente se interesa por otras
cosas, estamos viviendo una época muy material. No solo las grandes
ideas, sino la propia idea de la dignidad humana ha desaparecido.
‘Archipiélago Gulag’, de Aleksandr Solzhenitsyn, o
la obra de León Tolstói, por ejemplo, ¿ese modelo de literatura
reflexiva tiene lugar en el mundo actual?
Cuando yo buscaba mi camino a la literatura y
buscaba mi género, tenía esa sensación de que el tiempo se ha acelerado,
va muy rápido y la literatura no alcanza ese tiempo que se escapa. Fue
entonces cuando pensé que cada persona tiene su propio texto y se puede
hacer la novela de las voces reuniendo todos esos textos. Una novela
coral va a reflejar mejor y de manera más profunda el espíritu de
nuestro tiempo. Es mi propia filosofía.
Ese modelo de literatura no solamente es el suyo.
También están otros autores como Valeria Luiselli, la escritora mexicana
que escribió el libro sobre inmigración basado en testimonios de niños
que están retenidos en la frontera americana, ¿hasta que punto es
literatura y no periodismo?
Depende de cómo esté escrito.La frontera entre el periodismo y la literatura es muy fina, es intangible.
Creo que la literatura no puede reducirse a los hechos, sino que debe
reunir todas las ideas metafísicas: primero tenemos al hombre desnudo
sobre la tierra desnuda. Luego viene todo lo demás: el hombre social. La
literatura americana que yo conozco que trata sobre estas voces y estas
entrevistas, desde mi punto de vista, no deja de ser periodismo. Yo
quería hace una cosa diferente porque la vida en sí es una obra de arte.
A Rodin le preguntaban “¿cómo trabaja usted?” Y respondía: cojo una
piedra y retiro todo lo que sobra, y a esto me dedico.
En un párrafo de su libro relata que una mujer
bielorrusa le cuenta su vida y al acabar se pone a llorar y le pregunta:
“¿usted me cree?” Usted responde que sí porque es del mismo país y
también se pone a llorar. No es normal que un periodista reconozca que
llora…
Pertenecemos a la misma época, la época soviética
y, por eso, hay un efecto de complicidad entre nosotras. Ellas me
contaban su vida y sabían que yo era capaz de entenderla. A lo mejor no
estaba de acuerdo o estaba en contra, pero a pesar de todo, ellas sabían
que yo las iba a entender. Sabía qué preguntas hacerles y qué palabras
usar. Como decía Dostoievski: “Somos gente con la misma locura”
Cuando escribe, ¿lo hace para esa mujer?
Yo no escribo para esa mujer. Solo intento
comprender qué es lo que está pasando y, si eso es interesante para mí,
para los vecinos, con el tiempo también será interesante.
Hay un mundo femenino anterior que es un mundo de
mujeres enamoradas. El mundo joven es un mundo de mujeres que ya no
buscan el amor sino el dinero. ¿Es así?
Yo no puedo decir que el amor sea un valor en sí.
Es al revés. Antes la cultura rusa no se planteaba la felicidad, sino
que era una cultura de lucha y de barricadas. En el mejor de los casos,
el hombre aparecía para conquistar a la mujer y luego se iba a la
guerra, a la inmigración o al campo de concentración. El hombre
desaparecía del mundo de la mujer. Es entonces cuando aparecía la mujer
que cargaba absolutamente con todo. No es hasta hoy cuando la gente
empieza a pensar en lo que es un hogar, lo que es el amor o qué es la
existencia humana. Es ahora cuando empiezan a plantearse, por fin, estos
valores. Una de mis heroínas dice: “Antes vivía como una mariposa en el
cemento y ahora no hay cemento”. La gente se ha liberado. Los que han
estado luchando en Chechenia, en Ucrania o en Siria lo hacen por dinero.
La idea de la guerra también se ha transformado: ¿qué podían defender
en Siria o en Afganistán? ¿algunas supersticiones de sus políticos?
Han pasado 32 años desde el escape de Chernóbil, el accidente nuclear –y desastre medioambiental- más grave de la historia junto con Fukushima, en Japón. ¿Mucho tiempo? Nada en términos de radiactividad, de miles de años de radiactividad. Por eso la desolación y el drama siguen instalados en ese territorio entre Ucrania, Rusia y Bielorrusia. El fotógrafo albaceteño Raúl Moreno
lo pisa año tras año, desde 2010, para retratar la vida cotidiana de
quienes lo perdieron todo, sobre todo su salud y la salud de sus hijos,
sus nietos, sus biznietos y la de muchas generaciones
que les sucederán en esa tierra contaminada. Hasta el 12 de abril expone
una muestra de sus imágenes de las víctimas de Chernóbil en la sala de
la escuela defotografía EFTI, en Madrid.
Las malformaciones siguen siendo habituales en los pueblos del entorno de Chernóbil.
Monólogo sobre Chernóbyl, de Raúl Moreno, encoge
el alma. Más que encogerla, la deja aterida, con sus tonos de frío,
tristeza y soledad, azules y grises, negros más los blancos de las
nieves. Unas fotografías pictóricas, tenebristas, con personajes que
dejan flotando en el aire una pregunta espesa, de esas que acartonan los
pulmones: ¿hasta dónde es capaz de aguantar el ser humano?
Tania y Serguéi esperan un bebé. En muchos casos, las madres en Orane
(Ucrania) aún hoy temen por los hijos que ni siquiera han nacido por el
accidente de Chernóbil
El día
lluvioso en Madrid deja el ánimo preparado. Leo las cartelas de las
imágenes: “La escasez de recursos económicos hace que tengan que
alimentarse con los productos contaminados que ellos mismos producen”.
“El llamado bosque rojo. Un área altamente radiactiva que será
inhabitable durante más de 20.000 años; al fondo, el reactor número 4 de
Chernóbil”. “El bosque cercano a la zona esconde manadas de lobos
radiactivos. Estos animales han ocupado el espacio que la gente ha
dejado libre”.
Esta anciana jamás abandonó su casa. Sigue diciendo que teme más a los nazis que a la radiactividad.
Imagino esas noches heladas, cortadas por los
aullidos y los isótopos; les miro a la cara, a sus ojos que no me ven, a
esa gente retratada por Raúl que sigue viviendo allí, los retornados
que han regresado tras algunos años de desocupación, a pesar de que
saben que la zona está altamente contaminada; que han vuelto porque no
tienen otra opción, porque no tienen adonde ir, y los gobiernos de
Rusia, de Ucrania y Bielorrusia lo han permitido -allá vosotros-,
mirando para otro lado, sin prestarles apoyo; gente que se alimenta de
sus patatas, de sus peras y manzanas y coles y sus remolachas
radiactivas. Dos millones de personas, calcula Raúl Moreno, diseminadas
en pueblos de pequeño y mediano tamaño, habitando tierras malditas, en
los límites de la zona de exclusión total. Les miras a la cara, sus
arrugas, rostros duros, enjutos, a los ojos de esa anciana que lleva a
la cocina unos huevos radiactivos de sus gallinas radiactivas, una
anciana que declara que no teme la radiactividad, que a quien teme es a
los nazis. Y uno la entiende, si a sus 90 años sigue viviendo. Y
entiende también que es mentalidad muy rural: esa que lleva a pensar que
lo que no se ve no existe. “Esa mujer y su marido jamás se marcharon,
no fueron evacuados; y la frase que me dijo al poco de estar con ella se
me quedó grabada a fuego: Sólo nos quedamos nosotros y los perros
ladrando”, comenta Raúl. Los perros ladrando, y los lobos aullando en
las noches de invierno.
Otro de los ancianos retratado en el trabajo de Raúl Moreno ‘Monólogo sobre Chernóbyl’
“Son gente ruda, dura, que ha sufrido
mucho, pero muy hospitalaria, amable con el visitante, con mucha energía
y, a pesar de todo, sacando alegría y esperanza de donde otros no la
sacarían. Han normalizado ya mucho lo atípico de su vida e incluso
bromean diciendo por ejemplo: vamos a comernos unas setas radiactivas”.
Anatoly junto a los diplomas recibidos en tiempos de la URSS por el trabajo hecho como liquidador.
Quizá por eso dos de sus retratos preferidos de la muestra de EFTI sean
el de la niña discapacitada mental elegantemente vestida, que con la
cabeza vuelta hacia un lado, los ojos vidriosos, guapa, se nos presenta
con extraordinaria dignidad sentada en su camita; o el hombre abrazado a
su mujer embarazada, de prominente barriga, sonríen los dos, con una
mirada perdida en un futuro de esperanza, extrañamente confiados, ¿es
que no saben nada o quieren ignorarlo?, ¿qué van a hacer?, no tienen
adonde ir, acompañándose de muchos iconos de su religión ortodoxa, quizá
confíen en que rodear las ventanas con esas imágenes les proteja, a
ellos y a su hijo. Hay retratos de personas con malformaciones y de
gente que en el espacio de tiempo transcurrido desde que Raúl les
fotografió hasta ahora ya han muerto.
Una escena cotidiana en una casa del entorno de Chernóbil.
Raúl Moreno se ha quedado enganchado a esa gente de tan pocos
recursos, azotados por el olvido, las enfermedades, el alcoholismo. Y
vuelve y vuelve a Ucrania, quizá atraído por la dureza de esos
caracteres que siguen encontrando esperanza donde otros quizá no la
halláramos. ¿O sí? Nunca se sabe.
Tiene 39 años, ¿no teme por su salud?
“A
la gente de fuera nos controlan mucho. Vamos permanentemente con un
guía y un contador de radiactividad, con una alarma que salta si
traspasa determinados niveles; dentro de la zona de exclusión hay
manchas a evitar totalmente. Estás trabajando un día, de 9 de la mañana a
5 o 6 de la tarde. Y tengo calculado que en un día allí recibes más o
menos las mismas radiaciones que en un vuelo internacional; y en la zona
de exclusión entro muy pocas veces; me interesa más donde vive la
gente, retratar toda esa vida que se desarrolla en los límites de la
zona prohibida. También suelo viajar en invierno, porque aparte de que
consigo mejor luz para captar la desolación, la lluvia o la nieve evita
que se levante polvo que te puede entrar por las vías respiratorias y
eso sí es peligroso”.
El parque de atracciones de Prypiat, a 3 kilómetros de la central
nuclear que sufrió el terrible accidente, se quedó así, parado en el
tiempo
Enganchado a los temas de salud y a los fantasmas invisibles que nos
acorralan, tras la radiactividad de Chernóbil, ahora ha puesto en marcha
un proyecto fotográfico en torno al VIH en Europa, empezando por
Ucrania (en la actualidad, el país de Europa con la tasa más alta de
infectados de VIH) y siguiendo por Italia, Islandia, España; otro
proyecto sobre lo invisible –retos para un fotógrafo, cómo plasmarlo en
imágenes quietas que hablen por sí solas- y cómo el virus afecta de muy
desigual manera según el entorno y el país donde vivas. También prepara
junto a dos compañeros fotógrafos, Guillem Trius y Javier Corso, del colectivo Oak,
un proyecto para abordar la cara B de los países nórdicos, “esos países
donde las estadísticas dicen que mejor se vive del mundo, pero hay una
trastienda de soledad, endogamia, suicidios y alcoholismo”. No todo allí
es felicidad y facilidad.
El 26 de abril de 1986 se produjo en Chernóbil, Ucrania, el
accidente nuclear más grave de la historia. Un repentino aumento de
potencia en uno de los reactores de la Central Nuclear de la ciudad
provocó un sobrecalentamiento que causó la explosión del hidrógeno
acumulado en su interior.
El material radiactivo liberado, unas
500 veces mayor que la de la bomba atómica arrojada en Hiroshima en
1945, causó la muerte de 31 personas, forzó al gobierno de la Unión
Soviética a la evacuación de unas 135.000 personas y provocó una gran
alarma internacional, puesto que se detectó radiactividad en varios
países de Europa septentrional y central.