Mostrando entradas con la etiqueta Toni Negri. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Toni Negri. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de agosto de 2022

¿Nueva realidad?

 No cabe duda de que la guerra en Ucrania representa un punto de inflexión en torno al cual se juega el futuro de Europa, pero no por las razones que se suelen invocar. Existe la posibilidad concreta de que la guerra suponga el fin de Europa como proyecto político. 

Acción antimilitarista en Madrid durante la cumbre de la OTAN del pasado mes de junio. Álvaro Minguito

 Tras seis meses de conflicto, el ejército ruso, incapaz de tomar Kiev durante medio año de guerra, se nos presenta como una amenaza para el conjunto del continente europeo. Ucrania se ha convertido, afirma el presidente Zelensky, en “un trampolín para un ataque ruso contra otras naciones de Europa”. Para el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, Rusia representa, nada menos, que “un desafío para los pueblos libres de todo el mundo”. Estas palabras, pronunciadas en la base aérea estadounidense de Ramstein (Alemania), parecían el guion de una recreación histórica de la Guerra Fría.

La guerra en Ucrania se considera una guerra contra el expansionismo ruso y, por lo tanto, una guerra por Europa. Las fantasías de la Guerra Fría que deliraban con la imagen de los cosacos dando de beber a sus caballos en las fuentes de San Pedro de Roma han cobrado una segunda vida. Los cosacos están ahora motorizados y nada que no sea una coalición del llamado mundo libre impedirá que los submarinos clase Kilo, esto es, los submarinos rusos según el código empleado por la OTAN, amarren en Gdansk o que las columnas de los carros armados T-14 del Kremlin corran por las autopistas alemanas. Si no queremos abastecernos de harina y azúcar, tenemos que ampliar la OTAN incorporando a Suecia y Finlandia. Y ya puestos, ¿por qué no combatir y derrotar a Rusia en el campo de batalla con la OTAN en primera línea?

El realismo escasea en estos días, mientras nos tambaleamos ante el abismo de una guerra global. Sería realmente útil que recordáramos con mayor frecuencia que desde 1945 los arsenales nucleares han impuesto límites absolutos a los conflictos mundiales y a la posibilidad de modificar sustancialmente el orden global. Entre las potencias nucleares existe un acuerdo tácito de que este orden no puede ser alterado radicalmente. No deberíamos tratar de averiguar en estos momentos dónde se halla realmente el punto de ruptura.

A pesar de los anuncios recurrentes de que vivimos en una “nueva realidad”, ni el final de la Guerra Fría ni la globalización han alterado fundamentalmente esta situación. El mundo interconectado por los mercados globales y los sistemas productivos y de comunicación es menos flexible de lo que imaginamos. Dadas sus abundantes reservas de materias primas y dado que cuenta con sectores altamente desarrollados en el ámbito de las tecnologías militares y espaciales, ya está claro que Rusia seguirá formando parte del sistema global a pesar de las sanciones occidentales. A lo sumo, estos límites se han hecho menos visibles y más frágiles. Nada sería más peligroso que confundir una guerra por delegación entre potencias nucleares con un conflicto asimétrico contra un “Estado terrorista” librado en nombre de los elevados ideales de la “democracia” o los “derechos humanos”.

Si el realismo pugna por ser escuchado, es también porque en tiempos de guerra todo es pasto de las llamas de la propaganda. La democracia, la resistencia antifascista y la lucha contra el imperialismo son objetivos nobles, pero también son fácilmente moldeables (no hace mucho, motivaron la operación militar especial para “desnazificar” Iraq). Dado que en estos momentos estos tropos constituyen la narrativa predominante para propiciar la resistencia ucraniana ante la invasión rusa, el realismo se ha asimilado de facto a la propaganda del Kremlin o a algo peor. Ya se trate de John Mearsheimer o de Jürgen Habermas, ¡ay de aquellos que se atrevan a reequilibrar el idealismo frente a las realidades de la política internacional!

Y, sin embargo, precisamos de una evaluación sobria de los objetivos perseguidos por la coalición de países que apoya a Ucrania. ¿Se trata de expulsar a los rusos del país y de recuperar sus provincias orientales? A pesar de la impresionante actuación de los militares ucranianos, e incluso sin tener en cuenta Crimea, es poco probable que ello pueda lograrse. ¿Se trata de poner fin a los atroces crímenes de guerra que las tropas rusas parecen cometer a diario? Únicamente una lógica perversa puede buscar la justicia en la continuación de una guerra que por definición permite tales crímenes. O, ¿se trata de propinar a Rusia una derrota decisiva en el campo de batalla capaz de dejar al país “debilitado”, si no “humillado”? Ambos escenarios exceden claramente las demandas más intransigentes de Kiev y corren el riesgo de propiciar una escalada del conflicto al tiempo que incrementan las posibilidades de que se utilicen armas no convencionales. En cualquier caso, hablar de “victoria” carece de sentido.

En esta peligrosa situación, ¿qué debe hacer Europa? No cabe duda de que la guerra en Ucrania representa un punto de inflexión en torno al cual se juega el futuro de Europa, pero no por las razones que se suelen invocar. Existe la posibilidad concreta de que la guerra genere una fractura entre el este y el oeste del continente y que ello suponga el fin de Europa como proyecto político. A los europeos –y a los ucranianos, que finalmente acabarán incorporándose a la Unión Europea– les interesa absolutamente que este proyecto no se convierta en una víctima colateral del conflicto. Para evitarlo es necesario volver al realismo.

En primer lugar, Europa debe reconocer que, cada vez más, sus intereses no coinciden con los de Washington. Hay que repetir incesantemente que la unidad europea se logró al margen de las estrategias que favorecían los intereses nacionales estadounidenses: para Estados Unidos la OTAN siempre ha tenido más prioridad que la unidad europea. Sin embargo, por muy penosa, trabajosa y tentativa que haya podido ser esta unidad ha logrado recientemente importantes hitos (por ejemplo, la mutualización de la deuda para hacer frente a la pandemia). Todo ello no debería sacrificarse al objetivo de debilitar a Rusia.

Estados Unidos puede permitirse el lujo de apostar por un conflicto prolongado y elevar los envites en torno al mismo, porque las consecuencias de esas decisiones las asume en su mayor parte Europa: el reasentamiento de millones de refugiados, el coste de las sanciones, que son devastadoras para las economías europeas, y la necesidad de luchar por nuevas fuentes de energía. El incremento de los presupuestos de defensa europeos afectará aún más a los sistemas de bienestar social ya debilitados por décadas de políticas neoliberales y por la crisis de 2008. Estos sistemas de bienestar social son, sin embargo, fundamentales para la regulación de los equilibrios sociales en los que se basa la estabilidad política de la Unión Europea. Por último, si el conflicto se intensifica, Europa se convertiría en su principal escenario.

La guerra en Ucrania ofrece a Washington la oportunidad de apuntalar su hegemonía en declive, trasladando a los países europeos algunos de sus costes, al tiempo que los incorpora a su confrontación global con China. En este sentido, la continuidad entre los gobiernos de Trump y Biden es sorprendente. Todo ello tendría un gran impacto en el orden constitucional europeo, que disminuirá la capacidad de sus miembros históricos para definir la orientación política de la Unión Europea en favor de gobiernos más dóciles con el proyecto atlantista.

El debilitamiento político de Europa se ha convertido en un objetivo explícito de la ampliación de la OTAN, especialmente entre los neoconservadores, reanimados por las perspectivas de la guerra con Rusia vendida como una lucha por la democracia. A fin de contrarrestar el riesgo de que la Alianza Atlántica se haga inmanejable por el aumento inmoderado de sus miembros y la asunción de una misión hipertrofiada, que ahora incluye la contención de China, algunos expertos sugieren utilizar la ampliación de la OTAN para reajustar el equilibrio de poder en el seno de la Unión Europea. Su objetivo es promover una coalición que incluiría a “los Estados de Europa del Este y del Báltico, con Polonia a la cabeza [...] los Estados escandinavos, en particular Finlandia y Noruega”, pero también a “las potencias externas de habla inglesa, incluidos el Reino Unido y Canadá”. La misma estrategia se halla detrás de la reciente propuesta británica de crear una “Commonwealth europea”, que equivaldría al establecimiento de una Unión en la sombra más alineada con las agendas transatlánticas. Este planteamiento encuentra apoyo en el nuevo concepto estratégico de la OTAN, que promueve la “máxima participación” de los miembros no pertenecientes a la Unión Europea en los esfuerzos de defensa europeos.En este contexto, la candidatura de Suecia y Finlandia al ingreso en la OTAN destaca por sus implicaciones políticas más que por su importancia estratégica. Como ha señalado Adam Tooze, su decisión de solicitar el ingreso fue posible por la debilidad del ejército ruso, no por la amenaza que este representaba. Es demasiado pronto para decir cómo la aparición de un grupo nórdico en el seno de la OTAN alienado con las posiciones más intransigentes dará forma al conflicto, pero sin duda ello propiciará claramente nuevas líneas de fractura en Europa.

¿Podemos salvar a Ucrania y al mismo tiempo salvar también a Europa? Como escribió recientemente el físico italiano Carlo Rovelli, “el problema de las guerras no es ganarlas, sino ponerles fin”. Europa no es un club de ganadores. Se construyó sobre el rechazo a la guerra, la limitación de la soberanía estatal y la adopción del federalismo como principio fundacional. Su principal objetivo fue siempre organizar la paz en el continente y hoy debe seguir siéndolo, si Europa quiere sobrevivir.

El apoyo de los gobiernos europeos a Ucrania no puede ser el vehículo de estrategias que impidan una mayor integración política de Europa, lo cual no significa abandonar a Kiev a su suerte o negarse a enviar ayuda militar. Significa que esta ayuda debe ir acompañada de condiciones diplomáticas explícitas, las cuales deben ser cuidadosamente calibradas para no impedir futuras negociaciones o futuras relaciones con Rusia. Tarde o temprano se verificará una solución negociada, que probablemente se aproximará a los contornos de los Acuerdos de Minsk.

Europa también debe mantener una distancia de seguridad con respecto a la gran estrategia de Estados Unidos, país que aún no ha encontrado la fórmula política para acomodar el declive global de su poder y su pérdida de prestigio. Volver a la Guerra Fría no restaurará la supremacía estadounidense, pero sí perjudicará a Europa. Tampoco restaurará su prestigio: liderar la lucha global por la “democracia” es menos convincente cuando el país que lidera tal proyecto cuenta con un Senado que está celebrando una investigación en profundidad sobre el intento de golpe de Estado perpetrado en el Capitolio en enero de 2021, en el que los derechos de las mujeres son pisoteados por las administraciones que se supone que los protegen y en el que la posibilidad de una guerra civil es un tema de conversación recurrente. No es de extrañar que la mayor parte del mundo no esté de acuerdo con el diseño global de una potencia que presenta estas características.

Sería un error que Europa apostará su suerte a esta estrategia. Debería optar, por el contrario, por el creciente bloque de los “partidarios de la moderación”, que en Washington abogan por una política exterior diferente y menos belicosa, alejada de las homilías pegajosas sobre el orden internacional liberal y sus fundamentos militares. Atrapada entre la crisis de la hegemonía estadounidense y las astutas maniobras del Kremlin, que intenta fortalecer las fuerzas políticas más antieuropeas y reaccionarias, Europa debe convertirse en un sujeto político y desarrollar la correspondiente autonomía estratégica a escala mundial. La guerra de Ucrania ha convertido tal objetivo en una tarea urgente e inaplazable.

 Fuente: https://www.elsaltodiario.com/analisis/toni-negri-nicolas-guilhot-guerra-ucrania-rusia-otan-nueva-realidad

sábado, 26 de enero de 2019

“Hay que reanudar un discurso de reformismo duro y radical en Europa”

<p>Antonio Negri.</p>
Antonio Negri.
N.A.
Nacido en 1933 en Padua, buena parte de la vida de Antonio Negri es historia de la Autonomía obrera italiana y de la vida política europea más vinculada a los movimientos de base. Estos días presenta en España la primera parte de sus memorias: Historia de un comunista, publicadas por Traficantes de Sueños, que comprenden desde su infancia hasta el proceso judicial que, en 1979, le llevaría a la cárcel por motivos políticos, y luego al exilio en Francia. Marxista heterodoxo, su biografía está apegada a la experiencia singular del operaísmo –un movimiento que tuvo su origen en los años 60 y que acabó siendo parte del ciclo de luchas del largo 68 italiano. Un movimiento que, además de la revuelta estudiantil, se articulaba a partir de las movilizaciones de fábrica: la vivencia y resistencia en la cadena de montaje que tuvieron su eclosión en el “otoño caliente de 1969”. En los años 70, aquellos grupos operaístas conectaron con las nuevas subjetividades que surgieron tras las revueltas sesentayochistas y los comienzos del capitalismo postindustrial –con su rechazo del trabajo asalariado y nuevas prácticas autónomas que rompían con la idea clásica de socialismo y de partido.

Buena parte de su obra ha destacado por ser una investigación sobre las posibilidades del comunismo hoy a partir de una práctica militante basada en la coinvestigación junto a los explotados y oprimidos en un mundo colonizado por el capital  En sus memorias recién publicadas encontramos un recorrido que parte de la Europa atravesada por la guerra en un mundo de nacionalismos, fascismos y colonialismos europeos que mucho tienen que decir sobre el presente.

Se acaba de publicar la primera parte de sus memorias. El libro empieza con su experiencia de la infancia marcada por la guerra: es hijo de un comunista, asesinado por los fascistas, mientras que su hermano mayor muere como voluntario fascista en los últimos años de la guerra en Italia. Es decir, una vida que comienza marcada por el dolor de la guerra, y el sacrificio de su hermano por una idea trascendente de patria y nación. ¿Qué nos puede decir esa experiencia –la de los últimos coletazos del nazifascismo en Italia– sobre el fascismo que pueda venir?
Es difícil trasladar las experiencias infantiles de una persona a una perspectiva racional sobre el futuro, porque al hacerlo las explicamos como se explica una pesadilla, que es lo que experimento si trato de considerar hoy el fascismo bajo esa luz. Prefiero más bien pensar el fascismo en términos racionales, es decir, intentando entender lo que ha sido siempre: el poder de una clase de patronos, de una clase de capitanes de industria y de las finanzas para reprimir y bloquear la lucha de clases. Para mí el fascismo fue esto. Hoy de aquella experiencia, después de más de ochenta años de vida, me queda fundamentalmente la pesadilla de una cosa que ha de ser rechazada hasta el fondo.

En el libro hablo por primera vez de mi hermano, que murió por rechazar la guerra civil diciendo que se marchaba a defender la patria contra la invasión aliada en vez de quedarse en casa, donde –en los meses inmediatamente posteriores– habría tenido que enfrentarse en la guerra civil que comenzó en Italia –lo que hoy en Italia se llama la Guerra de Resistencia, pero que fue en realidad una guerra civil–.  Nunca había hablado de la historia de mi hermano Enrico hasta bien cumplidos los ochenta años. En esos setenta años de silencio se encuentra la dureza de pensar el fascismo.

¿Qué balance puede hacer del periodo llamado de la globalización neoliberal y qué tiene que ver con la situación de avance autoritario y racista en todo el planeta?
El hecho de que el neoliberalismo –después de tantos himnos y elogios a la libertad– termine asumiendo una posición autoritaria significa que no puede seguir avanzando a menos que realice un acto de fuerza sobre las condiciones sociales para poder aplicar sus medidas. Está claro que este impulso autoritario que empieza a afirmarse de manera tan extendida en el ámbito global corresponde a una crisis en el desarrollo del neoliberalismo y esa crisis responde a su vez al fracaso de sus técnicas de invasión del mundo y de reestructuración del circuito de la producción y de la circulación de las mercancías. Se ha alcanzado un límite crítico al que el neoliberalismo no sabe responder salvo en términos autoritarios. Probablemente esto tiene que ver con límites intrínsecos a la ola neoliberal, que es un pensamiento y un proyecto que trató de superar el reformismo capitalista, el New Deal, es decir, la gran política occidental contra la Unión Soviética desde los años treinta. En los años treinta se define esa política reformista, que asume formas contrarias a los principios del liberalismo, pero dentro del capitalismo. Roosevelt se alía con los soviéticos para derrotar al fascismo – esto es algo que hay que recordar siempre.

El neoliberalismo es un intento de volver al momento anterior a Roosevelt, como si la Revolución de Octubre y el llamado “siglo breve” comprendido entre esa revolución y la caída del Muro de Berlín en 1989 y que permitió el gran desarrollo de las fuerzas productivas populares y proletarias no hubiesen existido. De este modo, dentro del neoliberalismo hay una idea profundamente regresiva: la lógica misma del proyecto trata de destruir la historia del enfrentamiento entre las clases en el siglo XX. Esto implica un elemento de violencia extrema que hoy –precisamente porque el proyecto empieza a verse en dificultades– se revela como un reclamo del fascismo, del viejo fascismo; pero que se expresa en términos completamente distintos, en una dimensión biopolítica, porque el fascismo originario surge contra el bolchevismo y hoy, en cambio, lo hace contra determinados niveles de vida conquistados por los trabajadores.

¿Qué puede enseñarnos la situación de Brasil, con la victoria de Bolsonaro –cuyo gobierno se perfila como autoritario y racista– y en qué medida implica una reacción contra los gobiernos progresistas latinoamericanos y el fin de un ciclo que se cierra definitivamente en el continente?
Es difícil establecer parangones con América Latina. El neoliberalismo tiene necesidad de una estabilización, de un esfuerzo para superar lo que E.P. Thompson llamaba “la economía moral de la multitud”, que era también la de las viejas clases de trabajadores antes y durante de Revolución Industrial. Hoy el neoliberalismo se enfrenta a una desestabilización del estado de bienestar, fundamentalmente de determinadas dimensiones biopolíticas de regulación de la sociedad –educación, sanidad, derechos reproductivos y autonomía de las mujeres, etc.– que se presentan como algo irreversible. En Brasil han sido capaces de conquistar una mayoría electoral en nombre de la denuncia de la corrupción y de la promesa de acabar con la violencia vinculada a la inseguridad ciudadana. El problema de la corrupción en Brasil es un problema completamente intrínseco a la estructura del poder; una estructura omnipresente en la que el pago de sobornos a los distintos actores del juego parlamentario es una costumbre y los procesos contra la corrupción han provocado una disgregación de la clase política y de las élites del poder.

El otro elemento, el de la seguridad, es terrible, porque supone también un elemento de disgregación y al mismo tiempo es un elemento puramente racial, de racismo, un elemento colonial reintroducido en el discurso político. Las élites blancas quieren ser absolutamente dominadoras, es el alma colonial de los dirigentes blancos en Brasil –que son minoritarios demográficamente–. Esto es algo evidente y monstruoso. Yo no sé lo que sucederá en Brasil, pero cabe decir que nunca se había llegado a un tipo de fascismo tan cruel, salvo en la época del dominio nazi.

¿Por qué el antifeminismo está teniendo un papel destacado dentro de la ideología de estos nuevos proyectos fascistas?
El odio hacia la emancipación femenina es un elemento completamente central. ¿Por qué ese odio a las mujeres? Por una razón muy sencilla,: porque la lucha de las mujeres hoy, cuando se plantea en el terreno de la reproducción, afecta a elementos fundamentales del liberalismo: al mantenimiento del concepto de familia y de herencia del liberalismo y que constituye la base misma del sistema capitalista desde el punto de vista jurídico. Propiedad, familia y herencia son elementos que forman un todo interconectado en la filosofía del derecho de Hegel, del mismo modo que propiedad, soberanía y pueblo. Así que tenemos estas dos dimensiones en torno al movimiento feminista, que conlleva por un lado, el ataque al autoritarismo, pero también al patriarcado de la propiedad de la familia y de la educación. Esto me parece completamente central, aunque este elemento antifeminista no se dé con tanta violencia en los gobiernos actuales en Europa. No hay de momento ningún ministro europeo que se haya presentado poniendo en tela de juicio todos los derechos que las mujeres han conquistado.

En su obra la reflexión sobre el común tiene un papel destacado, ¿podríamos decir que el feminismo se ha convertido en el movimiento fundamental de reconstrucción del común?
En mis trabajos el discurso feminista es bastante reciente, y aquí tengo que hacer autocrítica. En realidad lo conozco desde los años 70, cuando las compañeras con las que trabajaba en Potere Operaio teorizaron sobre el salario para el trabajo doméstico. Desde entonces pienso que la lucha de clases tiene que comprender no solo el trabajo de producción, sino también el trabajo de reproducción. Pero desde aquellos años –y aunque he introducido el punto de vista feminista en mi investigación– he hecho un discurso que ha estado fundamentalmente vinculado a la producción. Cuando he hablado de la reproducción siempre lo he hecho en general, a veces con una especie de miedo benévolo a afrontar problemas que se remitían a lo femenino porque en nuestra historia muchas veces nos hemos encontrado con el feminismo de la diferencia italiano y su actitud de exclusividad y de rechazo respecto a cualquier utilización del discurso feminista. Esta es mi experiencia: aún entendiendo las conexiones he tenido que limitar mi discurso, porque me he encontrado con esta situación de bloqueo, de limitación, donde se nos venía a decir: “tú a tu discurso, que nosotras hacemos el nuestro”.

Pero esta expresión nueva y formidable que se ha producido ahora con el movimiento feminista, ha sido para mí un suspiro de alegría, porque se presenta la posibilidad de reanudar un discurso que espero que pueda ser común. En los años 70, uno de los mayores pasos adelante dados por el operaismo en aquel periodo se dio precisamente a través de la introducción del discurso sobre el trabajo femenino. Para la hipótesis del paso del obrero masa al obrero social fueron determinantes las elaboraciones feministas y poscoloniales. El feminismo y la teoría poscolonial nos dieron una gran perspectiva para avanzar: la perspectiva de la socialización de la explotación y, por lo tanto, de una valorización basada no tanto sobre la producción sino también sobre la circulación y la reproducción.

¿Cómo analiza la emergencia de nuevas figuras políticas como la de los “Gilets jaunes” (chalecos amarillos) y cuál es su relación con un régimen neoliberal que se está radicalizando? ¿Qué nos dice esa revuelta sobre el presente de las luchas y hacia dónde apunta esta protesta?
Francia es el país en el que el neoliberalismo ha intentado con Macron poner en marcha un proyecto radical, a pesar de que la crisis del neoliberalismo ya se había hecho sentir y habían aparecido fuerzas populistas a derecha e izquierda, donde la de derechas es particularmente peligrosa.

Muchos consideran que este intento de Macron podía aportar una continuidad de las reformas neoliberales, solo que el coste se ha revelado insoportable. No se trata solo de las grandes reformas que ha impuesto: las pensiones, la reforma laboral, etc., sino que se trata de lo que en Italia se llama la pidocchieria (cicatería): un método fiscal de pequeña sustracción de rentas. Se retiran a cada salario 10, 15, 50 euros para otros proyectos: una especie de método propio de un patrono de fábrica pero aplicado al Estado y a la sociedad de una manera injuriosa y cínica. La miseria existente, sumada al rechazo de ese cinismo, han creado esta explosión impresionante. Cuando lees que el 70% de la población aprueba las acciones violentas de los “chalecos amarillos” –en un país que no es en absoluto un país fanático–, significa que hay algo que verdaderamente no funciona. Los “chalecos amarillos” suponen la denuncia de una crisis profunda de la regulación neoliberal, algo que está sucediendo en todas partes en Europa. La gente no aguanta más.

Otro elemento positivo es la unidad que se ha producido en relación a dos reivindicaciones irrenunciables: la reintroducción del impuesto sobre las grandes fortunas –que fue eliminado por Macron– y el aumento del salario –del poder adquisitivo–. Creo que no se ha llegado a la idea de una renta básica pero está virtualmente ahí, apoyada en la idea de igualdad que está presente en el movimiento: “hay que quitar a los ricos para dar a los pobres”. Se ha logrado el aumento del salario mínimo y se ha superado el techo de déficit público y fiscal: se ha vulnerado el pacto fiscal, pero no es suficiente, el movimiento continúa y crece. Ahora mismo el sistema constitucional está siendo puesto en tela de juicio por un contrapoder activo que no se reconoce en la representación, que por ahora se niega a convertirse en partido y que busca nuevas formas de organización, de expresión. Esta es hoy la situación francesa: una situación absolutamente explosiva.

¿Qué enseñanzas podemos extraer de la apuesta institucional que hicieron una parte de los movimientos sociales surgidos con el 15M en España y que sentaron las bases de la emergencia de Podemos y de las experiencias municipalistas?
Yo creo que las luchas preceden siempre a los movimientos del capital, y no cabe duda de que en este caso nos encontramos con esta anticipación institucional. ¿Podía representarse el movimiento del 15M de manera distinta de la forma partido? Yo esperaba que sí, porque me parecía que era una fuerza que podía expresarse a través de dos formas de contrapoder difuso: por un lado el municipalismo y, por el otro, las Mareas articuladas en torno a problemas específicos. Me parecía que esto podía ser una clave para evitar la aceleración que la construcción del partido ha producido sobre la madurez del movimiento: una aceleración que ha quemado muchas posibilidades. Esa aceleración podría justificarse si ese partido hubiera mantenido un articulación amplia con el movimiento. El partido, por el contrario se ha cerrado inevitablemente. El sistema representativo no es un sistema de representación, sino de gestión del poder. Mientras no entendamos esto, no conseguiremos inventar una democracia que funcione. Hay que superar el sistema de representación tal y como está hecho porque ha sido un sistema inventado por los liberales, un sistema adecuado a una sociedad basada en la organización de la extracción de la ganancia. Hoy con los sistemas mediáticos que tenemos esta forma de gobierno es indestructible desde dentro, no se puede atravesar. Esto es algo que sabíamos desde hace muchos años y que los teóricos liberales mismos teorizaron en este sentido.

En este contexto, una parte de la izquierda europea responde con una apuesta por lo nacional-popular. En España, por ejemplo, se está teniendo un debate sobre si la respuesta a la ultraderecha y al neoliberalismo tiene que pasar por enarbolar la bandera de la nación y de la soberanía nacional...
¡Bueno esto sí que es “la imaginación al poder”!: el intento de recomponer sobre la nostalgia del pasado –porque se trata de formas nostálgicas– algo que hoy es completamente diferente. Lo nacional-popular se basaba en la hegemonía de un partido que era un partido bolchevique, y ese partido poseía los instrumentos para subordinarse los mecanismos de producción de hegemonía cultural, como por ejemplo los sindicatos. Poseía en cierto modo las claves de la intermediación social. Esa intermediación social era posible en una realidad sumamente estratificada y en una sociedad –esto no hay que olvidarlo– completamente atrapada dentro del mecanismo reformista, porque sin reformismo no tiene sentido hablar de lo nacional popular. Era una sociedad reformista keynesiana, fordista, en la que había fuerzas sociales que podían ser mediadas a través de un discurso que, en el caso concreto de los partidos comunistas europeos, era un discurso puramente reformista de mantenimiento del orden en el interior del desarrollo capitalista basado en el crecimiento. Decidme cuáles de estas condiciones existen hoy para crear un proyecto nacional-popular: hoy no existe ninguna de las condiciones que permitirían recrear un modelo de ese tipo.

El problema organizativo radica hoy en la organización de la multitud, en grandes movimientos transversales como son el movimiento feminista, los movimientos del sindicalismo social, los movimientos de los jóvenes, etc. porque la sociedad misma ya no está estratificada, sino que el valor de la sociedad es extraído y organizado en el plano financiero. No se puede pensar sin esta dimensión, si no contemplamos la crisis del liberalismo en el plano financiero, si no pensamos la extracción del valor, la financiarización del valor y todo lo que vincula las cosas que se producen en el plano local con el ámbito mundial, con la logística mundial. El mundo hoy funciona como dos muñecas rusas, una dentro de  la otra. La primera es la globalización física del mundo: hoy la globalización ya no es una idea, sino que es algo físico, es un orden financiero, son los bancos, etc. Luego están todas las redes de energía, la energía que circula a través de tubos y cables y que es también algo físico. Por otra parte está la comunicación, la producción y circulación del dinero: un mundo que se produce con sus propias fuerzas. Pero hay algunos que creen que pueden reducir el mundo a su propio jardín soberanista y hacerse su propia casa sin tener en cuenta estos dos mundos. Dos mundos que giran en direcciones contrarias y el problema es hacer que giren juntos, que giren en la misma dirección: volver a vincular la globalización material –la estructura– a todo lo inmaterial que gira a su alrededor. Por supuesto, hoy está también la temática ecológica que atraviesa todo esto, pero sobre todo tenemos encima la guerra como un riesgo cercano.

Las revueltas que se producen en el 68 fueron objeto de una “contrarrevolución neoliberal” –en palabras de Paolo Virno–, aunque algunos de sus componentes de revuelta subjetiva han dado lugar a conquistas en derechos y formas de vida alternativas. Hoy el 68 es impugnado tanto por parte de la derecha más reaccionaria –en el nuevo fascismo de muchas partes del mundo hay componentes antifeministas, contra los derechos LGTBI, etc.– como por parte de cierta izquierda cuyo análisis es que los movimientos sociales que se han derivado en buena manera del 68 han fragmentado la clase obrera –con un concepto estático de la clase obrera – y han hecho diluirse el horizonte de emancipación. ¿Qué piensa de estas impugnaciones?
Frente a estas críticas la única respuesta es que no es cierto que el 68 haya fragmentado lo social ni nada por el estilo. El 68 fue un gran proceso de luchas obreras. En Francia hubo un millón de estudiantes en lucha, pero también diez millones de obreros industriales en huelga general durante un mes. Se trató de la última gran batalla defensiva frente al proyecto capitalista de destruir la fábrica como elemento central en la producción. Lo mismo ocurrió en Italia. Así que no fue el 68 el que fragmentó la clase obrera, antes al contrario: el 68 fue un gran movimiento de los estudiantes y de las capas intelectuales que se dirigieron a la fábrica precisamente para defenderla.

Yo creo que estas críticas se dirigen más al post 68. En el post 68 se produce una gran mutación cultural a partir de un desarrollo de las capacidades productivas de los componentes sociales de la multitud. No tiene sentido lamentarse de que la clase obrera se haya disuelto en la sociedad, porque a través de esa disolución, de ese devenir multitud, la clase obrera se ha hecho más rica en términos de productividad y ha transformado la propia producción –que estaba directamente sometida al poder de mando de los patronos en la fábrica– en algo difuso, cuyo elemento fundamental ha sido la cooperación social. Esto ha traído consigo que los instrumentos de una clase obrera que se había unificado en la fábrica hayan estallado y hayan desaparecido.

El gran defecto del movimiento obrero consistió en no haber percibido que esa diferencia estaba formándose, en no haber tenido la capacidad de adecuarse a ella. Por el contrario, los grandes movimientos autónomos siempre han seguido la pista de estas transformaciones, las han representado a pesar de toda la confusión y todas las dificultades que se han dado. ¿Por qué hoy nos quedamos estupefactos ante acontecimientos como el 15M o como los “chalecos amarillos”? ¿Quién se los esperaba? Ante estas cosas, en los movimientos autónomos siempre hemos dicho : “nosotros no las hemos creado, pero hemos organizado lo que ha venido después”.

Europa ha tenido siempre un papel importante en su pensamiento, ¿considera que todavía puede ser un espacio o una herramienta para combatir las amenazas del imperialismo, la guerra y el fascismo?
Soy un hombre del siglo XX y para mí Europa sigue siendo, a pesar de todo, un paso adelante porque creo que el significado de Europa como punto final de la guerra es algo que permanece. Ha habido demasiados muertos, muchos jóvenes que fueron a morir por nada. Esa angustia está antes que nada en la raíz de mi adhesión a Europa. Luego el proyecto europeo se ha convertido en un elemento de represión de las necesidades y los deseos, y esto supone una enorme decepción. Y hay que luchar contra esto, pero hay que luchar de manera realista, desde dentro. Tenemos que pensar que vivimos en un mundo en el que, si cae Europa, las potencias que están por encima no tardarán en comérsela. Se merendarán cada uno de nuestros países como la Troika se ha merendado a Grecia.

Europa sigue siguiendo un terreno común, de manera mucho más realista que cualquier discurso soberanista. Hasta los fascistas franceses, que eran los más duros contra el euro, se han dado cuenta de que no se puede estar en contra. Para nosotros se trata de empezar a luchar dentro en términos continentales y considerando que somos hermanos y compartimos una historia y rasgos culturales comunes. Desde el punto de vista de nuestras pasiones y necesidades, los europeos somos algo próximo. Pero es fundamental cambiar el neoliberalismo, ir más allá. Hoy la batalla no es contra Europa, sino contra el neoliberalismo y tenemos que construir alianzas en este terreno. No creo que se puedan hacer en términos de populismo o de nacional-populismo, donde los diferentes modelos de soberanismo tendrían que ponerse de acuerdo. Cuando los soberanistas italianos han tratado de conseguir el apoyo de los austríacos para resolver algún problema se los han encontrado de frente. Es un propósito completamente contradictorio.

Para encontrar una unidad hay que reanudar un discurso de reformismo duro y radical en Europa. Este es el único camino que podemos recorrer. Hay temas como los que están surgiendo ahora con la lucha de los “chalecos amarillos” que habría que recuperar a nivel europeo: una justicia fiscal radical –no puede ser que los patronos no paguen impuestos–que implique una progresividad altísima de los impuestos; una elevación del salario medio y de las rentas del trabajo y la introducción de una renta básica de ciudadanía. Estos son los elementos con los que debemos buscar el acuerdo en Europa y son también los primeros pasos para la construcción del común. El comunismo consiste en poner en común esas formas de vida en las que nos encontramos cooperando, en hacerlas capaces de un esfuerzo, de una lucha y de una construcción. Porque hoy el problema es el de la construcción del común. Cuando hoy trabajas en red, sabes perfectamente lo que es el común. ¿Cómo se gobierna esa red? Los patronos la gobiernan individualizando, se trata de gobernarla comunalizándola. Y este es un problema que parece difícil, pero en realidad no lo es tanto, pero pasa por una toma de conciencia. El común en sí ya existe, el común para sí hay que inventarlo o mejor dicho, hay que inventar el pasaje de uno a otro. Lo importante es afirmar que no será el para sí liberal el que terminemos alcanzando. De eso no cabe duda.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190116/Politica/23956/Antonio-Negri-entrevista-fascismo-europa-operaismo-Nuria-Alabao-Raul-Sanhcez-Cedillo.htm

lunes, 20 de abril de 2015

Por una iniciativa constituyente en Europa

Toni Negri

 Antonio Negri
Militante, filósofo y escritor italiano. Autor, junto a Michael Hardt, de la trilogía Imperio, Multitud y Commonwealth.
 Raúl Sánchez Cedillo
Activista y traductor y participa en fundacionesdeloscomunes.net

El sistema democrático constitucional en la última postguerra europea se organizó en todos los países (y después de 1978 también en España, con el complemento de las fuerzas nacionalistas y/o independendistas) en torno a un modelo de recambio en el ejercicio del gobierno entre izquierda y derecha, en el marco de un sistema capitalista en evolución y susceptible de reformas – pero no sometido a discusión en lo fundamental. Erán los términos de Yalta. Este modelo está en crisis. De hecho, en muchos países europeos ya han surgido terceras fuerzas, presentes en el campo electoral, que desbaratan ese esquema dual. A este respecto habría que preguntarse si la nueva estructura constitucional de la Unión Europea no comenzó a construirse precisamente a partir de la previsión de la crisis del modelo constitucional postbélico –y de todos modos a partir de la percepción de una incontinencia ya manifiesta del modelo democrático clásico. Esa estructura se presentó como garantía del mantenimiento de un modelo capitalista de desarrollo frente a la decadencia de sus formas estatales nacionales. Por otra parte, tanto la izquierda como la derecha ya se habían deslizado hacia el «centro», construyendo formas artificiales de representación y de gobierno destinadas a un equilibrio que debía garantizar la estabilidad ad futura, eliminando toda dialéctica de reforma o de transformación.
Así las cosas, hoy la situación está cambiando con rapidez. La crisis griega empieza a poner de manifiesto que esa homogeneidad del poder de mando (compuesto de «derecha» e «izquierda») representa una función en un sentido conservador y no pocas veces manifiestamente reaccionaria. Por un lado, la derecha considera Europa como un botín propio. El modo en que han actuado y continúan actuando las derechas hasta ahora mayoritarias en Europa muestra que quieren una Europa que sea su producto exclusivo –una verdadera cosificación. Por otro lado, si atendemos a los gobiernos socialistas, atrapados en un bloque centrista que les permite gestionar intereses parciales, se observa que han renunciado a toda esperanza de renovación. Sirvan de botón de muestra el penoso haraquiri de Zapatero en mayo de 2010 o la autodestrucción del PASOK griego.
La Unión europea, tal y como se ha formado y como se presenta hoy, gobernada por un «centro» político –que es capaz de llevar a cabo acciones extremistas y devastadoras en defensa de los equilibrios capitalistas– está sometida a un chantaje y tal vez destinada a terminar hecha añicos. Cuanto más han entendido las multitudes europeas que, en un mundo globalizado, solo una organización continental puede permitir la satisfacción de las necesidades vitales de las poblaciones, menos dispuestas a acceder a una Unión política se han mostrado las clases políticas europeas –salvo que esta se cree para satisfacer directa y exclusivamente sus intereses.
Necesitamos sustraernos a ese declive y volver a poner en juego la democracia en la construcción del proyecto europeo. Esto es necesario para que Grecia sobreviva, para que las fuerzas democráticas españolas se afirmen y consigan ganar, y para que todos los europeos se reconozcan en Europa y salgan de una crisis y una austeridad que ya no solo hacen difícil la supervivencia, sino que impiden ser libres. Ellos pueden jugársela en ambos terrenos, el de la Europa existente y el de los viejos nacionalismo agresivos. Nosotros, en cambio, no.
***
Resulta particularmente doloroso el hecho de que para hablar a favor de Eeuropa, para trabajar en la fundación de un poder constituyente que imponga su carácter social y su caracterización democrática con una perspectiva federalista, hoy haya que desarrollar la polémica contra buena parte de las izquierdas en Europa. Esta claro que estas han vendido su derecho de primogenitura. Ya en 2005, momento del referéndum sobre la Constitución europea, la ceguera de las izquierdas europeas se puso claramente de manifiesto. El hecho es que los socialistas europeos no ven otra posibilidad de hacer política y de gestionar el poder que no se dé en el ámbito del Estado nación. Esta sectaria ceguera nacionalista ha renacido (tras un largo eclipse) y ha llegado a su auge en el curso de la crisis europea. En lugar de aliarse con los movimientos de lucha para modificar la realidad de la Unión europea, las izquierdas europeas se han declarado con frecuencia no solo a favor de las políticas de austeridad, sino también contra Europa (como, por ejemplo, está sucediendo ahora en Francia), movidas por un egoísmo corporativo que está despojando a la palabra «izquierda» del poco esplendor que le quedaba. Tanto es así que ese egoísmo se confunde fácilmente con el odio de las fuerzas fascistas contra la Unión. Se dice, por parte de las izquierdas oficiales, que Europa no puede funcionar porque, desde el principio, en vez de un gobierno politico se optó, en el proceso naciente, por encomendarse a burocracias jurídicas : y es cierto. Se dice también que en una segunda fase se intentó acompasar políticamente economías que tenían un ritmo distinto y a veces contradictorio sin introducir, en aquel momento, motivos eficaces de unidad programática en los planos fiscal y cultural : y es cierto. Luego, bajo el fuego de la crisis, no podían dejar de fallar todos los mecanismos de compensación, lo que ha llevado a la Unión y al Euro –precisamente en ausencia de todo contrafuerte político– al borde de la disolución, en menoscabo de la gran mayoría de las poblaciones del Sur de Europa : y es cierto.
¿Pero por qué quieren darnos lecciones los partidos de izquierda cuando han sido precisamente su visión exclusivamente estatal, el corporativismo de los sindicatos y la traición de toa esperanza internacionalista las que nos han llevado a esta situación? A nadie se le escapa que la unidad política de Europa constituye el elemento fundamental de su éxito ecónomico y civil en el marco global. Se trata de una política cuya promoción correspondería a la izquierda –mientras que esta se ha trabucado y se ha corrompido en la alianza con la derecha no solo en el ámbito de las instancias de gobierno nacionales, sino sobre todo europeas.
***
Ahora ya no queda tiempo que perder. Reanudar la integración quiere decir hoy abrir una campaña constituyente, quiere decir eliminar el consenso pasivo que hasta ahora ha permitido el triunfo de las actuales estructuras europeas y la continuidad del desastre provocado por sus políticas. Quiere decir desarrollar una opinión pública que empiece a plantearse una nueva perspectiva constitucional. Tras la victoria de Syriza y albergando esperanzas en la de Podemos, después de que en muchas partes de Europa empiezan a nacer fuerzas políticas euroradicales, no cuesta entender que constituir Europa significa quitarse de encima los parámetros conservadores que hasta ahora han determinado sus estructuras y sus políticas. Resulta extraño ponerlo ahora de manifiesto, pero lo cierto es que desde la victoria de Syriza las dimensiones interna y externa de la Unión han empezado a superponerse y a caminar de la mano, como estímulo a un régimen de mayores igualdad y libertad, como esfuerzo para hacer del «común», más allá de la dicotomía entre lo privado y lo público, un valor reconocido dentro de cada país de Europa y al mismo tiempo una presión –que atraviesa todos los países europeos– en favor de la integración federal sancionada democráticamente. Se trata de un proceso que solo está en sus inicios, pero tendencialmente mayoritario. En todo caso, hay que reconocer que se barrunta un nuevo espíritu constituyente ; ¿no será precisamente la percepción de esto lo que –como réplica– produce tanto histerismo y tanta vulgaridad en los media de los mandamases, en las declaraciones de los partidos y de las burocracias europeas? Hay una nueva comprensión de que la dimensión de liberación dentro de cada uno de los países ha de conjugarse con la potencia de la federación en toda Europa –no es esto lo que da miedo a las estrechas e ignorantes oligarquías nacionales ?
***
En un hermoso artículo, publicado hace poco en el diario italiano Il Manifesto, se recordaba el Juramento del Juego de pelota que los revolucionarios del Tercer Estado pronunciaron cuando se hizo evidente que los demás estamentos del Ancien régime no podían suscribir una reforma costitucional basada en la libertad, la igualdad y la solidaridad. Hoy las fuerzas democráticas en Europa necesitan dar un paso análogo, es decir, hacer un juramento constituyente que permita identificar nuevas formas de unión federal y nuevas estructuras de unidad económica en el plano europeo que recojan en su base la nueva radicalidad democrática expresada desde 2011 en adelante.
Hay elementos de política exterior, jurídicos, económicos, que fundamentan esta necesidad constituyente –a la que debe corresponder una decisión política que se encarne en los movimientos. Los elementos de política exterior surgen de una reflexión atenta sobre la colocación de Europa en el ámbito globaal. Hoy Europa forma parte de un bloque de fuerzas agrupadas en el Tratado del Atlántico Norte que orienta, de manera irresponsable, las políticas exteriores de los países de la Unión. Los intereses de las poblaciones europeas están completamente subordinados al poder atlántico. En este terreno asistimos todos los días a paradojas injustificadas y a enredos injustificables, entre las cuales aparece recientemente la financiación europea de la guerra ucraniana al mismo tiempo que se impide la refinanciación de la deuda griega. Pero la confusión de la pasividad de los pueblos y la opacidad de las decisiones, de los compromisos y las vilezas en política exterior de cada uno de los países y de la Unión es indescriptible: ¡hay que decir basta! La irresponsabilidad de esa relación estratégica y militar, en esta época de inestabilidad global, representa una peligrosísima condición que toda iniciativa constituyente tendrá que tener en cuenta en primera línea de importancia. (Y aquí se trata también de acabar con la violencia y el asesinato de personas en las fronteras externas de la Unión).
Europa, liberándose del condicionamiento atlántico, debe llegar a ser capaz de desarrollar políticas autónomas tanto para promover intercambios y poner a disposición del mundo la inteligencia colectiva –il general intellect del que hablaba Marx– construido hasta ahora; tanto para apoyar a los pueblos que siguen oprimidos como para construir una paz y un desarrollo duraderos. En efecto, no olvidemos que lo que hoy está en juego es la paz.
En cuanto a las condiciones jurídicas, lo cierto es que el impulso hacia una estructura federal del gobierno de las multitudes de Europa no puede dejar de representar el objetivo central en esta fase constituyente. Somos partidarios de un poder constituyente que construya una federación en Europa. Somos partidarios de poner las bases y fijarse el objetivo de un ordenamiento federal que recoja, movilice y consolide los intereses civiles, económicos y morales de las y los ciudadanos de cada uno de los Estados, en una comunidad de europeos que reconozca asimismo la ciudadanía europea de esos ciudadanos y ciudadanas de segunda y tercera categoría que son los migrantes comunitarios y no comunitarios. Sabemos que «federarse» es difícil porque, en la fase actual, exige la destrucción de las oligarquías del gobierno europeo y por lo tanto de las de los partidos de cada uno de los países de la Unión. Pero la federación puede construirse a pesar de estos obstáculos si recordamos que no se trata únicamente de una unidad de Estados, de distintas configuraciones económico-políticas, sino que es el proceso en cuyo interior se revelan una nueva historia de Europa (más allá de las guerras del pasado) y las virtudes de las que hoy puede ser capaz (de una riqueza de fuerza de trabajo cognitiva y de trabajo de cuidados, productora de innovación económica y civil).
Pero sobre todo tenemos que insistir aún más en el hecho de que, a partir del grado que han alcanzado las luchas políticas y sociales, de las nuevas luchas de clase, de la organización social del trabajo y de la extracción capitalista de riqueza, la unidad europea y el federalismo no pueden constituir una máquina jurídicamente intocable que reproduzca las actuales diferencias de clase. No puede ser el juego en el que todo cambia para que nada cambie, como sucedió en las transiciones europeas del fascismo a la democracia en las postguerra y también en los años 80 en la transición española. Queremos una constitución que exija, desde arriba, una gobernanza de libertades ; desde abajo, desde las multitudes, un ejercicio de gestión igualitaria en la producción y en la redistribución de la riqueza. En los últimos años hemos asistido a la formación en América Latina de nuevas constituciones democráticas que combinaban el pluralismo de los sujetos con  dispositivos de reforma económica muy eficaces, y que construían nuevas solidaridades sociales alumbradas por un irresistible sentido de la igualdad. No se trata de imitar esas experiencias o de discutir su éxito. Se trata de suscitar y promover una dinámica democrática capaz de ganar en el terreno de una constitución federal basada en el común. Se trata de difundir y de poner en práctica una capacidad de construir empresas políticas de la sociedad que combine libertad y riqueza. Se trata de eliminar definitivamente todo sentimiento de identidad amenazada, que no produce siempre otra cosa  que nacionalismos o democracias suicidas en su reproducción de tipo oligárquico. Se trata de construir una Europa justa y unida. Desgraciadamente, no hay alternativa. Las irrupciones democráticas de las multitudes en Grecia, en España y luego el éxito de Syriza y la esperanza de Podemos no son, desde este punto de vista, más que un comienzo, una ocasión que hay que aferrar con valentía e inteligencia.

Fuente:  http://blogs.publico.es/dominiopublico/13144/por-una-iniciativa-constituyente-en-europa/