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Antonio Negri.
N.A.
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Nacido en 1933 en Padua, buena parte de la vida de Antonio Negri es
historia de la Autonomía obrera italiana y de la vida política europea
más vinculada a los movimientos de base. Estos días presenta en España
la primera parte de sus memorias:
Historia de un comunista, publicadas por Traficantes de Sueños,
que comprenden desde su infancia hasta el proceso judicial que, en
1979, le llevaría a la cárcel por motivos políticos, y luego al exilio
en Francia. Marxista heterodoxo, su biografía está apegada a la
experiencia singular del
operaísmo
–un movimiento que tuvo su origen en los años 60 y que acabó siendo
parte del ciclo de luchas del largo 68 italiano. Un movimiento que,
además de la revuelta estudiantil, se articulaba a partir de las
movilizaciones de fábrica: la vivencia y resistencia en la cadena de
montaje que tuvieron su eclosión en el “otoño caliente de 1969”. En los
años 70, aquellos grupos operaístas conectaron con las nuevas
subjetividades que surgieron tras las revueltas sesentayochistas y los
comienzos del capitalismo postindustrial –con su rechazo del trabajo
asalariado y nuevas prácticas autónomas que rompían con la idea clásica
de socialismo y de partido.
Buena parte de su obra ha destacado por ser una investigación sobre
las posibilidades del comunismo hoy a partir de una práctica militante
basada en la coinvestigación junto a los explotados y oprimidos en un
mundo colonizado por el capital En sus memorias recién publicadas
encontramos un recorrido que parte de la Europa atravesada por la guerra
en un mundo de nacionalismos, fascismos y colonialismos europeos que
mucho tienen que decir sobre el presente.
Se acaba de publicar la primera parte de sus memorias. El
libro empieza con su experiencia de la infancia marcada por la guerra:
es hijo de un comunista, asesinado por los fascistas, mientras que su
hermano mayor muere como voluntario fascista en los últimos años de la
guerra en Italia. Es decir, una vida que comienza marcada por el dolor
de la guerra, y el sacrificio de su hermano por una idea trascendente de
patria y nación. ¿Qué nos puede decir esa experiencia –la de los
últimos coletazos del nazifascismo en Italia– sobre el fascismo que
pueda venir?
Es difícil trasladar las experiencias infantiles de una persona a una
perspectiva racional sobre el futuro, porque al hacerlo las explicamos
como se explica una pesadilla, que es lo que experimento si trato de
considerar hoy el fascismo bajo esa luz. Prefiero más bien pensar el
fascismo en términos racionales, es decir, intentando entender lo que ha
sido siempre: el poder de una clase de patronos, de una clase de
capitanes de industria y de las finanzas para reprimir y bloquear la
lucha de clases. Para mí el fascismo fue esto. Hoy de aquella
experiencia, después de más de ochenta años de vida, me queda
fundamentalmente la pesadilla de una cosa que ha de ser rechazada hasta
el fondo.
En el libro hablo por primera vez de mi hermano, que murió por
rechazar la guerra civil diciendo que se marchaba a defender la patria
contra la invasión aliada en vez de quedarse en casa, donde –en los
meses inmediatamente posteriores– habría tenido que enfrentarse en la
guerra civil que comenzó en Italia –lo que hoy en Italia se llama la
Guerra de Resistencia, pero que fue en realidad una guerra civil–.
Nunca había hablado de la historia de mi hermano Enrico hasta bien
cumplidos los ochenta años. En esos setenta años de silencio se
encuentra la dureza de pensar el fascismo.
¿Qué balance puede hacer del periodo llamado de la
globalización neoliberal y qué tiene que ver con la situación de avance
autoritario y racista en todo el planeta?
El hecho de que el neoliberalismo –después de tantos himnos y elogios
a la libertad– termine asumiendo una posición autoritaria significa que
no puede seguir avanzando a menos que realice un acto de fuerza sobre
las condiciones sociales para poder aplicar sus medidas. Está claro que
este impulso autoritario que empieza a afirmarse de manera tan extendida
en el ámbito global corresponde a una crisis en el desarrollo del
neoliberalismo y esa crisis responde a su vez al fracaso de sus técnicas
de invasión del mundo y de reestructuración del circuito de la
producción y de la circulación de las mercancías. Se ha alcanzado un
límite crítico al que el neoliberalismo no sabe responder salvo en
términos autoritarios. Probablemente esto tiene que ver con límites
intrínsecos a la ola neoliberal, que es un pensamiento y un proyecto que
trató de superar el reformismo capitalista, el New Deal, es decir, la
gran política occidental contra la Unión Soviética desde los años
treinta. En los años treinta se define esa política reformista, que
asume formas contrarias a los principios del liberalismo, pero dentro
del capitalismo. Roosevelt se alía con los soviéticos para derrotar al
fascismo – esto es algo que hay que recordar siempre.
El neoliberalismo es un intento de volver al momento anterior a
Roosevelt, como si la Revolución de Octubre y el llamado “siglo breve”
comprendido entre esa revolución y la caída del Muro de Berlín en 1989 y
que permitió el gran desarrollo de las fuerzas productivas populares y
proletarias no hubiesen existido. De este modo, dentro del
neoliberalismo hay una idea profundamente regresiva: la lógica misma del
proyecto trata de destruir la historia del enfrentamiento entre las
clases en el siglo XX. Esto implica un elemento de violencia extrema que
hoy –precisamente porque el proyecto empieza a verse en dificultades–
se revela como un reclamo del fascismo, del viejo fascismo; pero que se
expresa en términos completamente distintos, en una dimensión
biopolítica, porque el fascismo originario surge contra el bolchevismo y
hoy, en cambio, lo hace contra determinados niveles de vida
conquistados por los trabajadores.
¿Qué puede enseñarnos la situación de Brasil, con la victoria
de Bolsonaro –cuyo gobierno se perfila como autoritario y racista– y en
qué medida implica una reacción contra los gobiernos progresistas
latinoamericanos y el fin de un ciclo que se cierra definitivamente en
el continente?
Es difícil establecer parangones con América Latina. El
neoliberalismo tiene necesidad de una estabilización, de un esfuerzo
para superar lo que E.P. Thompson llamaba “la economía moral de la
multitud”, que era también la de las viejas clases de trabajadores antes
y durante de Revolución Industrial. Hoy el neoliberalismo se enfrenta a
una desestabilización del estado de bienestar, fundamentalmente de
determinadas dimensiones biopolíticas de regulación de la sociedad
–educación, sanidad, derechos reproductivos y autonomía de las mujeres,
etc.– que se presentan como algo irreversible. En Brasil han sido
capaces de conquistar una mayoría electoral en nombre de la denuncia de
la corrupción y de la promesa de acabar con la violencia vinculada a la
inseguridad ciudadana. El problema de la corrupción en Brasil es un
problema completamente intrínseco a la estructura del poder; una
estructura omnipresente en la que el pago de sobornos a los distintos
actores del juego parlamentario es una costumbre y los procesos contra
la corrupción han provocado una disgregación de la clase política y de
las élites del poder.
El otro elemento, el de la seguridad, es terrible, porque supone
también un elemento de disgregación y al mismo tiempo es un elemento
puramente racial, de racismo, un elemento colonial reintroducido en el
discurso político. Las élites blancas quieren ser absolutamente
dominadoras, es el alma colonial de los dirigentes blancos en Brasil
–que son minoritarios demográficamente–. Esto es algo evidente y
monstruoso. Yo no sé lo que sucederá en Brasil, pero cabe decir que
nunca se había llegado a un tipo de fascismo tan cruel, salvo en la
época del dominio nazi.
¿Por qué el antifeminismo está teniendo un papel destacado dentro de la ideología de estos nuevos proyectos fascistas?
El odio hacia la emancipación femenina es un elemento completamente
central. ¿Por qué ese odio a las mujeres? Por una razón muy sencilla,:
porque la lucha de las mujeres hoy, cuando se plantea en el terreno de
la reproducción, afecta a elementos fundamentales del liberalismo: al
mantenimiento del concepto de familia y de herencia del liberalismo y
que constituye la base misma del sistema capitalista desde el punto de
vista jurídico. Propiedad, familia y herencia son elementos que forman
un todo interconectado en la filosofía del derecho de Hegel, del mismo
modo que propiedad, soberanía y pueblo. Así que tenemos estas dos
dimensiones en torno al movimiento feminista, que conlleva por un lado,
el ataque al autoritarismo, pero también al patriarcado de la propiedad
de la familia y de la educación. Esto me parece completamente central,
aunque este elemento antifeminista no se dé con tanta violencia en los
gobiernos actuales en Europa. No hay de momento ningún ministro europeo
que se haya presentado poniendo en tela de juicio todos los derechos que
las mujeres han conquistado.
En su obra la reflexión sobre el común tiene un papel
destacado, ¿podríamos decir que el feminismo se ha convertido en el
movimiento fundamental de reconstrucción del común?
En mis trabajos el discurso feminista es bastante reciente, y aquí
tengo que hacer autocrítica. En realidad lo conozco desde los años 70,
cuando las compañeras con las que trabajaba en Potere Operaio teorizaron
sobre el salario para el trabajo doméstico. Desde entonces pienso que
la lucha de clases tiene que comprender no solo el trabajo de
producción, sino también el trabajo de reproducción. Pero desde aquellos
años –y aunque he introducido el punto de vista feminista en mi
investigación– he hecho un discurso que ha estado fundamentalmente
vinculado a la producción. Cuando he hablado de la reproducción siempre
lo he hecho en general, a veces con una especie de miedo benévolo a
afrontar problemas que se remitían a lo femenino porque en nuestra
historia muchas veces nos hemos encontrado con el feminismo de la
diferencia italiano y su actitud de exclusividad y de rechazo respecto a
cualquier utilización del discurso feminista. Esta es mi experiencia:
aún entendiendo las conexiones he tenido que limitar mi discurso, porque
me he encontrado con esta situación de bloqueo, de limitación, donde se
nos venía a decir: “tú a tu discurso, que nosotras hacemos el nuestro”.
Pero esta expresión nueva y formidable que se ha producido ahora con
el movimiento feminista, ha sido para mí un suspiro de alegría, porque
se presenta la posibilidad de reanudar un discurso que espero que pueda
ser común. En los años 70, uno de los mayores pasos adelante dados por
el operaismo en aquel periodo se dio precisamente a través de la
introducción del discurso sobre el trabajo femenino. Para la hipótesis
del paso del obrero masa al obrero social fueron determinantes las
elaboraciones feministas y poscoloniales. El feminismo y la teoría
poscolonial nos dieron una gran perspectiva para avanzar: la perspectiva
de la socialización de la explotación y, por lo tanto, de una
valorización basada no tanto sobre la producción sino también sobre la
circulación y la reproducción.
¿Cómo analiza la emergencia de nuevas figuras políticas como
la de los “Gilets jaunes” (chalecos amarillos) y cuál es su relación con
un régimen neoliberal que se está radicalizando? ¿Qué nos dice esa
revuelta sobre el presente de las luchas y hacia dónde apunta esta
protesta?
Francia es el país en el que el neoliberalismo ha intentado con
Macron poner en marcha un proyecto radical, a pesar de que la crisis del
neoliberalismo ya se había hecho sentir y habían aparecido fuerzas
populistas a derecha e izquierda, donde la de derechas es
particularmente peligrosa.
Muchos consideran que este intento de Macron podía aportar una
continuidad de las reformas neoliberales, solo que el coste se ha
revelado insoportable. No se trata solo de las grandes reformas que ha
impuesto: las pensiones, la reforma laboral, etc., sino que se trata de
lo que en Italia se llama la
pidocchieria (cicatería): un
método fiscal de pequeña sustracción de rentas. Se retiran a cada
salario 10, 15, 50 euros para otros proyectos: una especie de método
propio de un patrono de fábrica pero aplicado al Estado y a la sociedad
de una manera injuriosa y cínica. La miseria existente, sumada al
rechazo de ese cinismo, han creado esta explosión impresionante. Cuando
lees que el 70% de la población aprueba las acciones violentas de los
“chalecos amarillos” –en un país que no es en absoluto un país
fanático–, significa que hay algo que verdaderamente no funciona. Los
“chalecos amarillos” suponen la denuncia de una crisis profunda de la
regulación neoliberal, algo que está sucediendo en todas partes en
Europa. La gente no aguanta más.
Otro elemento positivo es la unidad que se ha producido en relación a
dos reivindicaciones irrenunciables: la reintroducción del impuesto
sobre las grandes fortunas –que fue eliminado por Macron– y el aumento
del salario –del poder adquisitivo–. Creo que no se ha llegado a la idea
de una renta básica pero está virtualmente ahí, apoyada en la idea de
igualdad que está presente en el movimiento: “hay que quitar a los ricos
para dar a los pobres”. Se ha logrado el aumento del salario mínimo y
se ha superado el techo de déficit público y fiscal: se ha vulnerado el
pacto fiscal, pero no es suficiente, el movimiento continúa y crece.
Ahora mismo el sistema constitucional está siendo puesto en tela de
juicio por un contrapoder activo que no se reconoce en la
representación, que por ahora se niega a convertirse en partido y que
busca nuevas formas de organización, de expresión. Esta es hoy la
situación francesa: una situación absolutamente explosiva.
¿Qué enseñanzas podemos extraer de la apuesta institucional
que hicieron una parte de los movimientos sociales surgidos con el 15M
en España y que sentaron las bases de la emergencia de Podemos y de las
experiencias municipalistas?
Yo creo que las luchas preceden siempre a los movimientos del
capital, y no cabe duda de que en este caso nos encontramos con esta
anticipación institucional. ¿Podía representarse el movimiento del 15M
de manera distinta de la forma partido? Yo esperaba que sí, porque me
parecía que era una fuerza que podía expresarse a través de dos formas
de contrapoder difuso: por un lado el municipalismo y, por el otro, las
Mareas articuladas en torno a problemas específicos. Me parecía que esto
podía ser una clave para evitar la aceleración que la construcción del
partido ha producido sobre la madurez del movimiento: una aceleración
que ha quemado muchas posibilidades. Esa aceleración podría justificarse
si ese partido hubiera mantenido un articulación amplia con el
movimiento. El partido, por el contrario se ha cerrado inevitablemente.
El sistema representativo no es un sistema de representación, sino de
gestión del poder. Mientras no entendamos esto, no conseguiremos
inventar una democracia que funcione. Hay que superar el sistema de
representación tal y como está hecho porque ha sido un sistema inventado
por los liberales, un sistema adecuado a una sociedad basada en la
organización de la extracción de la ganancia. Hoy con los sistemas
mediáticos que tenemos esta forma de gobierno es indestructible desde
dentro, no se puede atravesar. Esto es algo que sabíamos desde hace
muchos años y que los teóricos liberales mismos teorizaron en este
sentido.
En este contexto, una parte de la izquierda europea responde
con una apuesta por lo nacional-popular. En España, por ejemplo, se está
teniendo un debate sobre si la respuesta a la ultraderecha y al
neoliberalismo tiene que pasar por enarbolar la bandera de la nación y
de la soberanía nacional...
¡Bueno esto sí que es “la imaginación al poder”!: el intento de
recomponer sobre la nostalgia del pasado –porque se trata de formas
nostálgicas– algo que hoy es completamente diferente. Lo
nacional-popular se basaba en la hegemonía de un partido que era un
partido bolchevique, y ese partido poseía los instrumentos para
subordinarse los mecanismos de producción de hegemonía cultural, como
por ejemplo los sindicatos. Poseía en cierto modo las claves de la
intermediación social. Esa intermediación social era posible en una
realidad sumamente estratificada y en una sociedad –esto no hay que
olvidarlo– completamente atrapada dentro del mecanismo reformista,
porque sin reformismo no tiene sentido hablar de lo nacional popular.
Era una sociedad reformista keynesiana, fordista, en la que había
fuerzas sociales que podían ser mediadas a través de un discurso que, en
el caso concreto de los partidos comunistas europeos, era un discurso
puramente reformista de mantenimiento del orden en el interior del
desarrollo capitalista basado en el crecimiento. Decidme cuáles de estas
condiciones existen hoy para crear un proyecto nacional-popular: hoy no
existe ninguna de las condiciones que permitirían recrear un modelo de
ese tipo.
El problema organizativo radica hoy en la organización de la
multitud, en grandes movimientos transversales como son el movimiento
feminista, los movimientos del sindicalismo social, los movimientos de
los jóvenes, etc. porque la sociedad misma ya no está estratificada,
sino que el valor de la sociedad es extraído y organizado en el plano
financiero. No se puede pensar sin esta dimensión, si no contemplamos la
crisis del liberalismo en el plano financiero, si no pensamos la
extracción del valor, la financiarización del valor y todo lo que
vincula las cosas que se producen en el plano local con el ámbito
mundial, con la logística mundial. El mundo hoy funciona como dos
muñecas rusas, una dentro de la otra. La primera es la globalización
física del mundo: hoy la globalización ya no es una idea, sino que es
algo físico, es un orden financiero, son los bancos, etc. Luego están
todas las redes de energía, la energía que circula a través de tubos y
cables y que es también algo físico. Por otra parte está la
comunicación, la producción y circulación del dinero: un mundo que se
produce con sus propias fuerzas. Pero hay algunos que creen que pueden
reducir el mundo a su propio jardín soberanista y hacerse su propia casa
sin tener en cuenta estos dos mundos. Dos mundos que giran en
direcciones contrarias y el problema es hacer que giren juntos, que
giren en la misma dirección: volver a vincular la globalización material
–la estructura– a todo lo inmaterial que gira a su alrededor. Por
supuesto, hoy está también la temática ecológica que atraviesa todo
esto, pero sobre todo tenemos encima la guerra como un riesgo cercano.
Las revueltas que se producen en el 68 fueron objeto de una
“contrarrevolución neoliberal” –en palabras de Paolo Virno–, aunque
algunos de sus componentes de revuelta subjetiva han dado lugar a
conquistas en derechos y formas de vida alternativas. Hoy el 68 es
impugnado tanto por parte de la derecha más reaccionaria –en el nuevo
fascismo de muchas partes del mundo hay componentes antifeministas,
contra los derechos LGTBI, etc.– como por parte de cierta izquierda cuyo
análisis es que los movimientos sociales que se han derivado en buena
manera del 68 han fragmentado la clase obrera –con un concepto estático
de la clase obrera – y han hecho diluirse el horizonte de emancipación.
¿Qué piensa de estas impugnaciones?
Frente a estas críticas la única respuesta es que no es cierto que el
68 haya fragmentado lo social ni nada por el estilo. El 68 fue un gran
proceso de luchas obreras. En Francia hubo un millón de estudiantes en
lucha, pero también diez millones de obreros industriales en huelga
general durante un mes. Se trató de la última gran batalla defensiva
frente al proyecto capitalista de destruir la fábrica como elemento
central en la producción. Lo mismo ocurrió en Italia. Así que no fue el
68 el que fragmentó la clase obrera, antes al contrario: el 68 fue un
gran movimiento de los estudiantes y de las capas intelectuales que se
dirigieron a la fábrica precisamente para defenderla.
Yo creo que estas críticas se dirigen más al post 68. En el post 68
se produce una gran mutación cultural a partir de un desarrollo de las
capacidades productivas de los componentes sociales de la multitud. No
tiene sentido lamentarse de que la clase obrera se haya disuelto en la
sociedad, porque a través de esa disolución, de ese devenir multitud, la
clase obrera se ha hecho más rica en términos de productividad y ha
transformado la propia producción –que estaba directamente sometida al
poder de mando de los patronos en la fábrica– en algo difuso, cuyo
elemento fundamental ha sido la cooperación social. Esto ha traído
consigo que los instrumentos de una clase obrera que se había unificado
en la fábrica hayan estallado y hayan desaparecido.
El gran defecto del movimiento obrero consistió en no haber percibido
que esa diferencia estaba formándose, en no haber tenido la capacidad
de adecuarse a ella. Por el contrario, los grandes movimientos autónomos
siempre han seguido la pista de estas transformaciones, las han
representado a pesar de toda la confusión y todas las dificultades que
se han dado. ¿Por qué hoy nos quedamos estupefactos ante acontecimientos
como el 15M o como los “chalecos amarillos”? ¿Quién se los esperaba?
Ante estas cosas, en los movimientos autónomos siempre hemos dicho :
“nosotros no las hemos creado, pero hemos organizado lo que ha venido
después”.
Europa ha tenido siempre un papel importante en su
pensamiento, ¿considera que todavía puede ser un espacio o una
herramienta para combatir las amenazas del imperialismo, la guerra y el
fascismo?
Soy un hombre del siglo XX y para mí Europa sigue siendo, a pesar de
todo, un paso adelante porque creo que el significado de Europa como
punto final de la guerra es algo que permanece. Ha habido demasiados
muertos, muchos jóvenes que fueron a morir por nada. Esa angustia está
antes que nada en la raíz de mi adhesión a Europa. Luego el proyecto
europeo se ha convertido en un elemento de represión de las necesidades y
los deseos, y esto supone una enorme decepción. Y hay que luchar contra
esto, pero hay que luchar de manera realista, desde dentro. Tenemos que
pensar que vivimos en un mundo en el que, si cae Europa, las potencias
que están por encima no tardarán en comérsela. Se merendarán cada uno de
nuestros países como la Troika se ha merendado a Grecia.
Europa sigue siguiendo un terreno común, de manera mucho más realista
que cualquier discurso soberanista. Hasta los fascistas franceses, que
eran los más duros contra el euro, se han dado cuenta de que no se puede
estar en contra. Para nosotros se trata de empezar a luchar dentro en
términos continentales y considerando que somos hermanos y compartimos
una historia y rasgos culturales comunes. Desde el punto de vista de
nuestras pasiones y necesidades, los europeos somos algo próximo. Pero
es fundamental cambiar el neoliberalismo, ir más allá. Hoy la batalla no
es contra Europa, sino contra el neoliberalismo y tenemos que construir
alianzas en este terreno. No creo que se puedan hacer en términos de
populismo o de nacional-populismo, donde los diferentes modelos de
soberanismo tendrían que ponerse de acuerdo. Cuando los soberanistas
italianos han tratado de conseguir el apoyo de los austríacos para
resolver algún problema se los han encontrado de frente. Es un propósito
completamente contradictorio.
Para encontrar una unidad hay que reanudar un discurso de reformismo
duro y radical en Europa. Este es el único camino que podemos recorrer.
Hay temas como los que están surgiendo ahora con la lucha de los
“chalecos amarillos” que habría que recuperar a nivel europeo: una
justicia fiscal radical –no puede ser que los patronos no paguen
impuestos–que implique una progresividad altísima de los impuestos; una
elevación del salario medio y de las rentas del trabajo y la
introducción de una renta básica de ciudadanía. Estos son los elementos
con los que debemos buscar el acuerdo en Europa y son también los
primeros pasos para la construcción del común. El comunismo consiste en
poner en común esas formas de vida en las que nos encontramos
cooperando, en hacerlas capaces de un esfuerzo, de una lucha y de una
construcción. Porque hoy el problema es el de la construcción del común.
Cuando hoy trabajas en red, sabes perfectamente lo que es el común.
¿Cómo se gobierna esa red? Los patronos la gobiernan individualizando,
se trata de gobernarla comunalizándola. Y este es un problema que parece
difícil, pero en realidad no lo es tanto, pero pasa por una toma de
conciencia. El común en sí ya existe, el común para sí hay que
inventarlo o mejor dicho, hay que inventar el pasaje de uno a otro. Lo
importante es afirmar que no será el para sí liberal el que terminemos
alcanzando. De eso no cabe duda.
Fuente:
https://ctxt.es/es/20190116/Politica/23956/Antonio-Negri-entrevista-fascismo-europa-operaismo-Nuria-Alabao-Raul-Sanhcez-Cedillo.htm