Mostrando entradas con la etiqueta menéame. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta menéame. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de julio de 2022

domingo, 3 de julio de 2022

El día en el que entendimos un cuadro de Goya gracias a una vieja fotografía

   

 Uno de los mejores cuadros de Goya es 'Perro semihundido' estuvo a punto de desaparecer. El dueño de la finca, un aristócrata francés que compró la finca a los herederos del pintor, tuvo la idea de arrancar las pinturas de la pared mediante la técnica del strappo (arranque). Lo quisieron vender en Francia y nadie pujó por él. Así que su dueño lo donó al museo del Prado. Hoy está considerado una obra maestra y todos dudan de su significado. Pero si nos detenemos a contemplar las fotografías que le hizo Jean Laurent en 1874, entenderemos todo...Continuar leyendo: https://www.meneame.net/m/cultura/dia-entendimos-cuadro-goya-gracias-vieja-fotografia

lunes, 27 de septiembre de 2021

El insecto que España vendía al mundo y que valía más que el oro y la plata americanos

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/5d/Jornalero_de_la_cochinilla_%28Gran_Canaria%29.jpg
Jornalero de la cochinilla con un cuchillo canario al costado, Gran Canaria (1928). Al fondo se aprecian tuneras, como se llaman las chumberas en la isla.

La cochinilla (‘Dactylopius coccus’) es un blanco y regordete pulgón procedente sobre todo de México y de Perú. Un animal parásito (para vivir necesita plantas del género Opuntia) que desde hace más de 2.000 años se usa en América para teñir ropajes y dar color a la comida. En el siglo XVI los españoles comenzaron su exportación a Europa, donde alcanzó un desorbitado precio como colorante para paños y para el uso de los pintores. Posteriormente, los españoles la introdujeron en Canarias, donde su cultivo se convirtió en un importante recurso económico para las islas.

Hasta que la aparición de los colorantes artificiales dio al traste con este comercio, la cochinilla –llamada grana entre los españoles– fue uno de los productos mexicanos de exportación más valiosos, entre 1650 hasta 1860, tan solo superado por el oro. No en vano, su uso como colorante natural se remontaba a las civilizaciones precolombinas. La cultura Paracas, que habitaba la costa del actual Perú hace unos 2.000 años, y los aztecas –en el actual México–, ya conocían las propiedades de este insecto. Cuando los españoles conquistaron México en 1521, vieron a los indígenas recoger insectos de los nopales y no tardaron en darse cuenta de sus excepcionales propiedades como pigmento natural.

Durante toda la Edad Media, en Europa había una gran obsesión por conseguir el pigmento rojo perfecto. Los tintoreros medievales, que estaban organizados en gremios, eran capaces de producir muchos colores ricos, pero el rojo resultaba sumamente difícil de obtener. Las sedas de los ricos color carmesí y escarlata eran teñidas con kermes –un pigmento rojo derivado de los cuerpos deshidratados de las hembras de otro insecto, uno procedente de la familia Coccoidea– en centros ubicados en Italia y Sicilia. Con el descubrimiento de América, la cochinilla desplazó al kermes puesto que producía un rojo más fuerte a menor cantidad.

Rápido aumento de la demanda y la oferta

Para la década de los 1570, la industria textil europea había pasado a depender del uso de la cochinilla. Según las fuentes del periodo, en el año 1580 a nivel de todo el territorio de la Nueva España (la actual zona de México) ya se producían alrededor de 133 toneladas de grana, siendo la región oaxaqueña de Nochixtlán una de las más importantes zonas productoras en esos tiempos. Su crecimiento no dejó de ir en aumento en los siguientes siglos.

Como el insecto de la cochinilla no se podía cultivar en Europa, los rivales de España encontraron otro motivo para procurar apoderarse de las posesiones hispanas. Junto al oro y la plata, el objetivo prioritario de los piratas y de los enemigos de España eran los barcos cargados de insectos secos de cochinilla. En la famosa batalla de Rande de 1702, donde una flota combinada de holandeses e ingleses atacaron una flota procedente de Nueva España, se perdieron casi todos los barcos del bando Borbón y sus mercancías, pero los españoles se cuidaron en desembarcar la plata, oro y cuarenta pequeñas arcas de cochinilla en Redondela, lo cual da cuenta del valor que tenía el insecto.

La Cochinilla de Canarias queda incluida en el PDR 2014-2020. - Agroaldea
https://agroaldea.es/la-cochinilla-de-canarias-queda-incluida-en-el-pdr-2014-2020/

 Las buenas condiciones climáticas de las Islas Canarias permitieron a la Corona española asentar allí las plantas de los nopales donde se cría el insecto de la cochinilla. En la actualidad, pese a que los colorantes artificiales han desplazado al insecto de la cochinilla, las recientes limitaciones para uso alimentario y cosmético de algunos colorantes sintéticos ha vuelto a dar alas a una actividad que todavía se desarrolla minoritariamente al norte de Lanzarote, en Canarias.

 Fuente:https://www.meneame.net/story/insecto-espana-vendia-mundo-valia-mas-oro-plata-americanos

miércoles, 18 de agosto de 2021

Una historia que comenzó hace mucho tiempo: por qué los talibanes derrocaron al Gobierno de Afganistán en una semana

«Estamos aquí para ayudar a los vietnamitas porque dentro de cada uno de ellos hay un americano intentando salir», dice un coronel enfurecido al soldado protagonista de la película ‘La chaqueta metálica’ (Full Metal Jacket), de Stanley Kubrick. Los vietnamitas poco tienen que decir al respecto. Los que aparecen en esta escena está muertos en una fosa llena de cadáveres. El coronel utiliza la palabra ‘gook’ para referirse a los vietnamitas, un término despectivo empleado por los soldados norteamericanos para referirse a ellos.

Es sólo la frase de una película, cuyo guión fue escrito por dos periodistas que conocían bien esa guerra –Michael Herr y Gustav Hasford–, pero resume bastante bien la actitud de EEUU en la mayoría de sus intervenciones militares desde 1945. Con la dosis pertinente de poder militar y ayuda económica, todos los pueblos del mundo pueden convertirse en pequeños norteamericanos y adoptar las mismas estructuras políticas de Estados Unidos. Sólo tienen que desearlo y el tío Sam se ocupará de todo lo demás. Los antecedentes históricos y religiosos no pueden ser un obstáculo. Cualquier otro desenlace es inimaginable.

Para entender el rápido hundimiento del Estado afgano que EEUU crió y amamantó durante dos décadas es necesario observar los muy documentados acontecimientos que han ocurrido en ese país desde 2001. Sin embargo, también hay que remontarse a Vietnam y otros conflictos en la Guerra Fría en los que Washington intentó extender su sistema político a países de varias zonas del mundo para que no cayeran bajo la influencia soviética. El patrón se repitió con frecuencia: si los grupos insurgentes comunistas eran derrotados militarmente, la implantación de la democracia liberal y del capitalismo era sólo cuestión de tiempo. Con el fin de obtener el premio, ni siquiera suponía un problema tener como aliados a gobiernos dictatoriales.

Después de la victoria comunista en China, la derecha norteamericana promovió un debate que se definía en la pregunta ¿quién perdió China? como forma de adjudicar la responsabilidad a las administraciones de Roosevelt y Truman. En los próximos meses, veremos en los medios de comunicación de EEUU muchos artículos que se preguntarán quién perdió Afganistán. Como si el país hubiera sido alguna vez propiedad de EEUU.

«Asumimos que el resto del mundo nos ve como nos vemos a nosotros mismos», dice un teniente coronel retirado con experiencia en Afganistán citado estos días en un artículo de The Washington Post. «Y creemos que podemos moldear el mundo a nuestra imagen utilizando nuestras armas y nuestro dinero». Ignorando mientras tanto la historia y la cultura de Afganistán.

Lo que es indudable es que el Estado afgano no podía sobrevivir sin el poder militar norteamericano. Cuando este desapareció, sólo quedaban cenizas.

Ni siquiera con una total superioridad de medios, es posible ganar una guerra sin una estrategia definida. Un Ejército extranjero depende de aliados locales con credibilidad e inteligencia que puedan sentar las bases de un Estado moderno, muy o poco democrático, que pueda garantizar un mínimo de seguridad y progreso. No vale con crear una clase social o profesional cuyo futuro depende de la supervivencia de ese Gobierno. Eso también lo consiguieron los soviéticos en los años ochenta en Afganistán y corrieron el mismo destino.

La sorpresa por el fulgurante avance talibán y su victoria final en ocho días está justificada. Pero no hay que sorprenderse por el desenlace. Todo estaba bastante claro en los documentos oficiales publicados por el Post en diciembre de 2019 a partir de un extenso informe elaborado por la Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán, conocido por las siglas SIGAR. La persona que dirigió el proyecto que buscaba aprender las lecciones de la intervención militar, John Sopko, llegó a la conclusión de que «se ha mentido de forma constante al pueblo norteamericano».

En un estilo casi idéntico a lo ocurrido en Vietnam, las estadísticas se distorsionaban por razones políticas. «Cada dato era alterado para presentar la mejor imagen posible», dijo en el informe Bob Crowley, teniente coronel y asesor de operaciones de contrainsurgencia.

Los testimonios recogidos en el estudio incidían en la falta de un conocimiento real de la realidad política de Afganistán: «Carecíamos de una comprensión básica sobre lo que es Afganistán. No sabíamos lo que estábamos haciendo», dijo en 2015 el general Douglas Lute, que dirigió el programa antidrogas en ese país.

Los mandos militares informaban constantemente de progresos en el campo de batalla como muestra evidente de su éxito. Cuando los talibanes llevaban a cabo ofensivas en varias regiones, se decían que lo hacían al estar «desesperados». Ante las malas noticias que ofrecía la realidad, la respuesta de los gobiernos de Bush, Obama y Trump era más propaganda.

Con los datos de la producción de droga, ni siquiera era posible esconder la realidad. Afganistán fue el origen en 2018 del 82% de la producción global de opio, según datos de la ONU. La extensión cultivada era cuatro veces superior a la de 2002. La droga era la segunda industria del país, por detrás de la propia guerra. Los talibanes se aprovechaban de ella cargando impuestos a los productores locales de la amapola. Tenía su lógica. Era la única actividad económica que daba beneficios en amplias zonas del país.

Era falsa la imagen de un país estable con el mayor grado de libertades de su historia, sólo alterado por una insurgencia rural condenada a ser derrotada. Una ilusión o una ficción, como ha explicado Mònica Bernabé, periodista española que pasó varios años en Afganistán: «Era una ficción todo lo que Estados Unidos nos vendía sobre Afganistán: ni se había instaurado una democracia, ni las mujeres tenían derechos, ni el Ejército afgano tenía capacidad para frenar el avance de los talibanes, como ha quedado demostrado en los últimos días».

El Ejército contaba supuestamente con más de 300.000 tropas. La cifra era otra ficción. Muchos eran ‘soldados fantasma’. Aparecían en los registros porque sus mandos se embolsaban sus salarios o porque no querían admitir a los superiores los fracasos ni las derrotas ni las deserciones. Lo mismo había ocurrido en Irak, donde el Gobierno iraquí llegó a descubrir en 2014 que estaba pagando los salarios de 50.000 soldados que no existían.

Además, la moral de combate de los soldados afganos reales era muy reducida y muchos no contaban con el entrenamiento adecuado. Antes del hundimiento final, se calculaba que sólo un 10% –los 30.000 que formaban las fuerzas especiales– estaba en condiciones de plantar cara al enemigo. Insuficientes e incapaces de combatir por sí solos sin el apoyo aéreo norteamericano. En los últimos días, no es que no recibieran el armamento y munición que necesitaban. Tampoco agua y comida.

El Ejército afgano no llegó a combatir en agosto, excepto en puntos muy concretos. Es una constante en la historia de las guerras afganas. Cuando un bando ve cerca la derrota, es habitual que negocie la rendición con el enemigo. Los ancianos que forman parte de los consejos tribales en pueblos o ciudades hacen de intermediarios para que no se produzca un baño de sangre. Es lo que hicieron los talibanes en 2001, por ejemplo en Kunduz. Sus dirigentes pactaron su rendición y obtuvieron a cambio la posibilidad de huir en avión hacia el sur, punto intermedio antes de escapar a Pakistán.

Las tropas gubernamentales que veían cómo cada día caían dos o tres ciudades en manos de los talibanes sabían que no merecía la pena morir por un Gobierno agonizante.

En Jalalabad, una de las últimas grandes ciudades que cayó en sus manos, los talibanes habían pasado dos meses negociando con responsables políticos y militares para que se rindieran prometiendo a cambio que no habría represalias. El periodista afgano Bilal Sharwary ha contado que esos contactos en secreto existieron en varias regiones del país.

La Casa Blanca no parecía tener esa información, lo que demuestra que una de las peores consecuencias de la propaganda es que sus creadores terminan creyéndosela. El 8 de julio, hace sólo un mes y una semana, Joe Biden continuaba creyendo que el Estado afgano sobreviviría a la salida definitiva de las tropas norteamericanas. Le preguntaron en una rueda de prensa si la victoria talibán era inevitable: «No, no lo es. Porque tienes a 300.000 soldados afganos bien equipados, tan buenos como los de cualquier Ejército en el mundo, y una Fuerza Aérea, contra unos 75.000 talibanes. No es inevitable».

Años de constantes promesas del alto mando militar sobre la victoria inminente si se aprobaba un nuevo aumento de las tropas en Afganistán habían convertido a Biden en un profundo escéptico sobre la capacidad de persuasión de los generales. «Escúcheme, jefe», le dijo a Obama. «Puede que lleve demasiado tiempo en esta ciudad, pero si algo sé es cuando esos generales intentan acorralar a un nuevo presidente». Pero no le hizo inmune a su propaganda, como se ha visto estos días.

La cúpula militar de EEUU se había enamorado de su estrategia contrainsurgente. Al igual que una empresa que no puede dejar de vender el mismo producto, aunque nadie quiera comprarlo, se dedicaba a invertir aún más en publicidad. En este caso, significaba aumentar la presión sobre la Casa Blanca y el Congreso y advertir de que si se rechazaban sus planes de enviar más soldados la victoria sería imposible.

Su misión había comenzado siendo la eliminación de Al Qaeda y luego pasó a ser un programa de reconstrucción nacional en el que los militares tuvieron todo el dinero necesario a su disposición. De vez en cuando, se agitaba el miedo a una repetición del 11S, a pesar de que los talibanes afganos nunca han promovido la realización de atentados en países occidentales, como explicaba hace unos años el periodista Ahmed Rashid.

Otra de las justificaciones empleadas fue la que sostenía que el despliegue militar era esencial para mantener los avances sociales conseguidos por la desaparición del régimen talibán en 2001. Lo que se ha dado en llamar el intervencionismo humanitario. Eso obvia que es imposible construir una sociedad democrática a golpe de fusil. Eso desgraciadamente vale también para los derechos de las mujeres o de las minorías. No hay ninguna posibilidad de éxito a largo plazo si no creas un Estado viable con un Parlamento que apruebe leyes que amplían derechos y unos tribunales que vigilen la aplicación de esas leyes. No es posible hacerlo si la corrupción desprestigia al Estado, si la gente sabe que los caudillos regionales roban a discreción los fondos públicos para financiar sus mansiones y su red clientelar de empleos.

Incluso si en el mejor de los casos el Ejército conseguía expulsar de una provincia a los insurgentes, la tarea de mantener el orden recaía después en la policía. La corrupción en las fuerzas de seguridad era completa y alcanzaba hasta los mandos más inferiores.

La corrupción hace a los gobiernos menos eficaces en situaciones de emergencia. Se vio en Afganistán con la pandemia. Lo que ya no estaba previsto era que los talibanes –un movimiento fundamentalista que en el pasado había atacado las campañas de vacunación– se tomaran más en serio la pandemia que el Gobierno de Kabul.

La modernización de un país no funciona si esos derechos sociales dependen de la presencia de un Ejército extranjero. Ningún país del mundo quiere ser invadido o que las elecciones presidenciales sean manipuladas para que puedan ganar Karzai o Ghani. El nacionalismo pastún, una fuerza con gran apoyo popular en Afganistán desde el siglo XIX, no iba a quedarse eternamente de brazos cruzados mientras los extranjeros les decían cómo debía ser gobernado su nación. Británicos y rusos lo descubrieron cuando ya era demasiado tarde, y ahora les ha ocurrido a los estadounidenses.

John Sopko compareció a finales de julio ante los periodistas y ofreció el mismo balance pesimista sobre la situación de Afganistán que aparecía en su informe de 2019. Con un añadido: «No crean a los generales o los embajadores o la gente en el Gobierno cuando dicen que nunca haremos esto otra vez (sobre las guerras interminables que culminan en el fracaso de una misión de reconstrucción nacional). Eso es exactamente lo que dijimos después de Vietnam: nunca haremos esto otra vez. Y luego lo hicimos en Irak. Y lo hicimos en Afganistán. Volveremos a hacerlo otra vez».

No importa el fracaso de Vietnam o el de Afganistán. Hay lecciones que un imperio raramente aprende. Supondría dejar de ser un imperio y reconocer que ya no puedes modelar el mundo a tu imagen y semejanza.

Fuente: https://www.meneame.net/story/historia-comenzo-hace-mucho-tiempo-talibanes-derrocaron-gobierno

martes, 15 de septiembre de 2020

Noam Chomsky: "La supervivencia de la democracia está en juego"

.
Chomsky advierte sobre los desafíos y las crisis que enfrenta la humanidad.
Chomsky advierte sobre los desafíos y las crisis que enfrenta la humanidad.

 El pensador norteamericano definió a las elecciones presidenciales de noviembre próximo en su país como "las más importantes en la historia de la humanidad" y habló del deterioro de la democracia y la catástrofe medioambiental en una entrevista exclusiva con Télam. El lingüista y politólogo estadounidense Noam Chomsky, uno de los intelectuales más elocuentes para leer los escenarios complejos que se articulan por debajo de la pandemia que hoy paraliza al mundo, sostiene que estamos ante una confluencia crítica generada por el deterioro de la democracia, la inminencia de una catástrofe medioambiental y la amenaza de una guerra nuclear: la evolución de ese panorama depende de las próximas elecciones en su país, a las que define en una entrevista exclusiva con la Presidenta de Télam como "las más importantes no sólo en la historia de Estados Unidos sino también en la historia de la humanidad".
A los 91 años, el brillante pensador y autor de obras como "El nuevo orden mundial (y el viejo)" o "Poder y terror" mantiene la potencia de su voz disidente y antibelicista que a lo largo de más de sesenta años lo llevó a compatibilizar sus aportes académicos con intervenciones públicas que le han valido represalias de los sucesivos gobiernos de su país, como ser detenido por condenar la guerra de Vietnam, figurar en la lista negra del ex presidente Richard Nixon o recibir duros cuestionamientos por denunciar la guerra sucia de Ronald Reagan.
Acusado a veces de "antiamericano" por la dureza de sus críticas, Chomsky tiene un rol activo en causas colectivas -hace pocos meses firmó junto a 150 intelectuales un manifiesto donde alertan sobre el riesgo de la censura a los contenidos que no se ajustan a los parámetros impuestos por la corrección política- sin dejar de atizar sus cruzadas personales: el combate a las multinacionales, al neoliberalismo y al actual presidente Donald Trump, a quien caracteriza en una entrevista con Télam, vía Zoom desde su casa en Tucson (Arizona), como "una especie de dictador de pacotilla que ha creado en Washington un pantano de corrupción".

El lingüista y politólogo estadounidense Noam Chomsky, uno de los intelectuales más elocuentes para leer los escenarios complejos que se articulan por debajo de la pandemia que hoy paraliza al mundo, sostiene que estamos ante una confluencia crítica generada por el deterioro de la democracia, la inminencia de una catástrofe medioambiental y la amenaza de una guerra nuclear: la evolución de ese panorama depende de las próximas elecciones en su país, a las que define en una entrevista exclusiva con la Presidenta de Télam como "las más importantes no sólo en la historia de Estados Unidos sino también en la historia de la humanidad".
A los 91 años, el brillante pensador y autor de obras como "El nuevo orden mundial (y el viejo)" o "Poder y terror" mantiene la potencia de su voz disidente y antibelicista que a lo largo de más de sesenta años lo llevó a compatibilizar sus aportes académicos con intervenciones públicas que le han valido represalias de los sucesivos gobiernos de su país, como ser detenido por condenar la guerra de Vietnam, figurar en la lista negra del ex presidente Richard Nixon o recibir duros cuestionamientos por denunciar la guerra sucia de Ronald Reagan.
Acusado a veces de "antiamericano" por la dureza de sus críticas, Chomsky tiene un rol activo en causas colectivas -hace pocos meses firmó junto a 150 intelectuales un manifiesto donde alertan sobre el riesgo de la censura a los contenidos que no se ajustan a los parámetros impuestos por la corrección política- sin dejar de atizar sus cruzadas personales: el combate a las multinacionales, al neoliberalismo y al actual presidente Donald Trump, a quien caracteriza en una entrevista con Télam, vía Zoom desde su casa en Tucson (Arizona), como "una especie de dictador de pacotilla que ha creado en Washington un pantano de corrupción"

Dr. Chomsky, mientras una parte importante de la humanidad pareciera centrada en el impacto del Coronavirus y sus consecuencias, usted redobla la apuesta y advierte que la sobrevivencia de nuestra especie humana es lo que verdaderamente está en peligro.

Debemos reconocer que este es un momento histórico notable. Estamos en medio de una confluencia de crisis existenciales: la de la catástrofe medioambiental, la de la guerra nuclear, la crisis del deterioro de la democracia, que es el único medio para combatir estas crisis. Y, además, las crisis de pandemias. El Covid-19 en particular -del que saldremos- tendrá un costo innecesario, terrible. Pero no será el último. Hemos tenido mucha suerte hasta ahora porque las repetidas epidemias de coronavirus que hemos vivido lograron contenerse. El Ébola, por ejemplo, fue altamente letal pero no demasiado contagioso. El SARS es muy contagioso, pero no muy letal. La próxima pandemia que se presente podría ser ambas: altamente contagiosa y altamente letal. Entonces nos enfrentaremos a algo así como la Peste Negra del siglo XIV. Podemos prevenirlo, pero hay que hacerlo.

¿Por qué tenemos una pandemia hoy?

Es una pregunta importante para hacer. Tuvimos la epidemia de SARS en 2003, un virus muy similar. Los científicos advirtieron que vendrían otros, que debíamos prepararnos y sabíamos cómo hacerlo: aislar los virus, planificar cómo desarrollar una vacuna, fortalecer un sistema de prevención de pandemias. Todo está bastante claro. Pero no basta con tener la información, alguien tiene que hacerlo. Las grandes empresas farmacéuticas tienen los recursos, los laboratorios, etc. No lo hacen, sin embargo, porque hay algo que se llama Capitalismo. El capitalismo dicta que siempre intentes aumentar tus ganancias. No gastas dinero en algo que podría suceder dentro de diez años y en lo que no se ganará mucho dinero, de todos modos. Tienes la vacuna, la gente la usa, se acabó. Las compañías farmacéuticas invierten en cosas que puedan seguir vendiendo mañana.

¿Tal vez las crisis están mostrando la necesidad de que el Estado retome su protagonismo?

El gobierno tiene recursos inagotables, laboratorios maravillosos, pero no puede hacerlo por algo llamado neoliberalismo. Como lo expresó Ronald Reagan en su discurso inaugural, “el gobierno es el problema, no la solución”. Esto significa que las decisiones tienen que pasar de las manos del gobierno al poder privado. ¿La razón? Ellos creen que el gobierno es una institución defectuosa porque responde a la población, al menos en parte, y ese es un problema grave. No podemos permitirlo. Por tanto para ellos es necesario trasladar las decisiones a tiranías privadas que no rinden cuentas al público en absoluto. Se llama “libertad” en el discurso orwelliano contemporáneo. Volviendo a la pandemia, significa que el gobierno no pudo intervenir, porque nunca pensaron en la gente. Así que no hubo esfuerzos para desarrollar la vacuna y así sucesivamente. No obstante, hubo algunos avances.

¿Se refiere a las políticas del presidente Obama y su propuesta de seguro médico? Cuánto devastó Trump de ese legado?

La administración Obama puso en funcionamiento un plan de respuesta ante una pandemia que era bastante esperable que estallara. Hubo investigaciones conjuntas entre científicos estadounidenses y chinos para tratar de identificar coronavirus en cuevas de China e intentar secuenciar los genomas. Se ejecutaron programas de demostración para ver qué pasaría si el virus se propagaba. Todos estas iniciativas sucedieron hasta enero de 2017. Si bien no eran suficientes, al menos eran algo.

A los primeros días de asumir, Trump desmanteló estos proyectos. Todos los años ha intentado retirar los fondos. La última vez fue en febrero de 2020. Cuando la pandemia se desata, el presidente recorta los gastos relacionadas con la salud pública, incluidos los del Centro para el Control de Enfermedades. Como resultado, Estados Unidos estaba singularmente mal preparado cuando golpeó la pandemia. Ha habido todo tipo de incompetencia y malicia en relación a su manejo.

Lo que aparecen como serios desatinos del presidente Trump ha contado, en realidad, con respaldos institucionales sólidos.

El Congreso Republicano ha aprobado cientos de esfuerzos legislativos para acabar con la ley de atención asequible, la ley de Obama, y no dejar nada en su lugar. La ley algo avanzó. No se acerca a lo que tienen otros países, pero al menos fue un adelanto y quieren matarla, porque para ellos ,no debería existir nada fuera del mercado. Si puedes sobrevivir bien o si no mal. Se llama “Libertario”, lo que es una broma de mal gusto. Es totalitario. Te están diciendo que si eres lo suficientemente rico para sobrevivir, genial; si no lo eres, mala suerte. Eso se está manifestando en la crisis del COVID-19. Hay mucha gente que se niega a hacerse la prueba porque es demasiado cara. Me refiero a que técnicamente el gobierno paga pero luego la gente recibe copagos que su compañía de seguros no pagará. Los ciudadanos de los Estados Unidos son el cuatro por ciento de la población mundial y el 25 por ciento de los casos. No hay mejoría. De hecho, está empeorando. Yo no he salido de mi casa en cuatro meses.

¿Hay un momento en que estas ideas tomaron mayor fuerza?

Echa un vistazo a los hospitales, especialmente desde Reagan. Los programas neoliberales de Reagan fueron realmente duros con la población en general. Los hospitales funcionan con un modelo comercial, deben ser eficientes, solo tienen los recursos a utilizarse en una situación normal. Se asemejan a una línea de montaje en la empresa Ford Motors. Con los recursos justos. Cuando se presenta cualquier situación excepcional, el desastre es total. De hecho, este modelo de negocio Reaganiano tuvo un efecto en todo el mundo. Esas son las batallas que se libran internamente en Estados Unidos, pero lo mismo está sucediendo en todas partes. Los movimientos populares están tratando de moverse hacia una sociedad viable y habitable. Y la pregunta es ¿quién va a ganar?

¿Como revertirse algunas de estas políticas frente a tantas urgencias?

Por supuesto que es mucho lo que puede hacerse, pero hay que superar barreras serias. Hay que superar la lógica capitalista, hay que superar la plaga neoliberal y hay que superar el liderazgo malévolo; tres barreras principales. No va a ser fácil, pero no es imposible. Las otras crisis: calentamiento global, guerra nuclear, deterioro de la democracia, sabemos cómo afrontarlas y es imprescindible hacerlo. No queda mucho tiempo.

¿En este contexto, ¿El resultado electoral del próximo 3 de noviembre puede ser la bisagra para superar o agravar las distintas crisis que viene enumerado y describiendo?

Claro, las elecciones de 2020 son probablemente las más importantes que ocurran no sólo en la historia de Estados Unidos sino también en la historia de la humanidad, por una razón que no se discute y que es en sí misma asombrosa. Es la pregunta más importante que hoy enfrenta la humanidad y, de no se responderse pronto, podría significar el fin de la vida humana organizada en la Tierra. Se trata de la catástrofe medioambiental que se avecina. No está lejos, no se puede retrasar y debemos decidir si la vamos a enfrentar. Este es el tema principal que está en juego en la elección. El presidente Trump y su partido han dejado muy claro que quieren acelerar la carrera hacia el desastre. Quizás sea una señal de que la especie humana es simplemente inviable, si no puedes lidiar con un problema como este. Y no es el único. La segunda cuestión crucial que enfrentan los seres humanos -y que tampoco se menciona- es la creciente amenaza de guerra nuclear. Es muy alta, mayor que durante la Guerra Fría según los principales expertos en el tema, y sigue elevándose considerablemente. Tenemos que preguntarnos en qué tipo de sociedad vivimos. Qué clase de especie somos si no estamos dispuestos a parar estos desastres.

¿Cuál es la razón para que estos temas tan vitales y urgentes no sean la prioridad en la agenda política estadounidense?

Estados Unidos es un país muy libre, más que cualquier otro en el mundo. Por otro lado, es la más empresarial de las democracias occidentales. Los empresarios estadounidenses tienen una elevada conciencia de clase. Son marxistas hasta la médula, en una especie de marxismo vulgar invertido. Libran conscientemente una guerra de clases, sin descanso, sin retroceder, sin detenerse nunca. Y hay resultados.

Las instituciones financieras son tan poderosas que no permiten resolver estos temas porque para ellos no son un problema. La población lo quiere, pero cada vez que se hace algo las instituciones financieras vienen y lo aplastan. Bueno, ¿por qué deberían existir? ¿Por qué deberíamos tener el 40 por ciento de las ganancias en Estados Unidos en manos de instituciones depredadoras, que no hacen nada por la economía y probablemente la perjudican? ¿Por qué deberíamos tener una industria de combustibles fósiles, que cumplió su función en las primeras etapas del desarrollo capitalista, pero ahora es una institución que se dedica a matar personas y destruir la vida en la Tierra? ¿Por qué conservarla? ¿Por qué no hay un rechazo masivo? Ni siquiera sería tan caro actualmente con el precio del petróleo a la baja. Por mucho menos gasto del que se dedica a otras cosas, el gobierno podría acabar con la industria de los combustibles fósiles. Por qué no tapar los pozos que tienen fugas de metano o avanzar hacia una energía sostenible?. Son tareas factibles, pero antes que nada deben elevarse al nivel de conciencia.

El líder demócrata Bernie Sanders promueve la conformación de una Internacional Progresista.
El líder demócrata Bernie Sanders promueve la conformación de una Internacional Progresista.

En este sentido, se observa el surgimiento de nuevos tipos de activismo político sumados a las protestas masivas, con una intensa participación de los jóvenes, o fenómenos como el movimiento Black Lives Matter. ¿Qué significa la aparición de estos nuevos factores y actores en la política estadounidense?

Es muy significativo. Black Lives Matter después del asesinato de George Floyd no se parece a nada en la historia de Estados Unidos, literalmente. Nunca ha habido un movimiento social que se haya desarrollado a tal escala con un enorme respaldo popular. Dos tercios de la población lo apoyaron, eso es más que lo que Martin Luther King logró en pleno apogeo. Es solidaridad entre negros y blancos, marchando del brazo, buscando temas importantes que abordar; no solo los ataques policiales contra los negros -que ya es bastante escandaloso- sino también problemas mucho más profundos. Si bien es un cambio notable en la sociedad estadounidense no es un fenómeno aislado. Es uno de los muchos signos de una conciencia creciente acerca de los problemas más enraizados y complejos. Han transcurrido 400 años desde que trajeron esclavos a los Estados Unidos; 400 años de continua violencia y opresión sin tregua hasta el presente, con un lúgubre legado. Y finalmente se está considerando con bastante seriedad. Hace un par de meses el New York Times publicó una serie muy significativa llamada “1619” (fecha del comienzo del trafico de esclavos), en la cual se exponía los crímenes atroces de la esclavitud y la post esclavitud hasta el presente. Hace unos años hubiera sido inimaginable, ni siquiera se le hubiera ocurrido a alguien hacerla.

¿Cuánto influye el racismo y antirracismo en las próximas elecciones del 3 de noviembre?

Está teniendo un efecto sustancial. Para la administración Trump, para el Partido Republicano, es la pieza absolutamente central de su campaña. Hacen hincapié abiertamente sobre la supremacía blanca. El tema central es mostrar una América cristiana blanca en peligro; mientras disminuye su número y crece sobre ella la amenaza de personas de color, de minorías, de sectores con ideas progresistas, hay que preservar la América cristiana supremacista, blanca y racista. Ese es el tema abierto de la campaña. Nunca ha existido nada parecido. He visto corrientes subterráneas de este tipo a lo largo de la historia de Estados Unidos, pero nada tan abiertamente racista. No es solo la campaña, son los tweets, los comentarios, cada declaración que está haciendo Trump es una incitación a la supremacía blanca, al odio blanco. Su base son ahora los evangélicos, ese 25 por ciento de la población que es republicana, rural, tradicional, conservadora, cristiana blanca.

Hoy se refleja en el clima social un nivel de polarización que no se veía desde hace décadas. Una parte importante esta movilizada con cuestionamientos profundos. ¿Las protestas pueden ser el motor del cambio?

Si, es posible con un activismo popular comprometido. Es el tipo de cosas que se están viendo en las calles después del asesinato de Floyd. Ese tipo de movilización intergeneracional y multiétnica puede generar cambios. De hecho, ha llevado a todos los cambios positivos que han tenido lugar a lo largo de la historia: abolición de la esclavitud, derechos de la mujer, oposición a la agresión, lo que sea; siempre ha venido del mismo lugar y eso puede pasar ahora. Pero hay que hacerlo. Todo lo que hemos mencionado tiene soluciones que no son utópicas, están al alcance. Es necesario que alguien recoja la pelota y corra con ella. Algunas de las formas de hacerlo es manifestarse en las calles u ocupando oficinas del Congreso, como lo hizo el grupo de jóvenes Sunrise Movement con la oficina de Nancy Pelosi. Bueno, obtuvieron apoyo de los representantes jóvenes elegidos en la ola de Sanders, especialmente Alexandria Ocasio-Cortez, y se logró poner un New Deal Verde en la agenda legislativa por primera vez. Ese es un prerrequisito para la supervivencia, la enorme oposición en los centros de poder, la industria de combustibles fósiles, las industrias financieras, los bancos, etc. Es el tipo de cosas que ofrecen esperanza de una supervivencia y una vida digna. Se puede hacer, pero no ocurre por sí solo.

¿Como juega el Partido Demócratas en este nuevo escenario político y con un panorama electoral en el que lleva ventaja pero puede ser imprevisible?

Los movimientos populares son tremendamente significativos, también al interior del Partido Demócrata. Cuál se impondrá? El partido de la base popular, que es una especie de socialdemócrata, o el de los clintonistas, orientado hacia los donantes, particularmente los más ricos. La oposición demócrata está dividida entre estas dos tendencias y sus diferencias se plasman en muchos temas importantes. Uno, por ejemplo, el cambio climático. Joe Biden y Kamala Harris, los nominados a la presidencia y vicepresidencia, pedían el fin de los subsidios para las empresas de combustibles fósiles, demanda explicitada en la plataforma electoral de 2016. La idea de que el gobierno subsidie a las empresas que se comprometen a destruir la vida en la Tierra está más allá de las palabras. Y no solo en los Estados Unidos, sucede en todo el mundo. El Partido Demócrata, dirigido por burócratas seguidores de Clinton, la eliminó del programa, ante el riesgo de que estas empresas dejarán de contribuir a la campaña.

¿Cuán profundas son las diferencias entre el ala más “progresista” y la “burocracia recaudadora”, como usted llama a los seguidores de Clinton?

Echa un vistazo a la campaña de Sanders. Las posiciones de Bernie son condenadas en un espectro amplio, incluso por liberales que dicen: “son agradables, son buenas, pero el país no está preparado para ellas”. Repasemos el programa para el que el país “no está preparado”. Sanders tiene dos propuestas principales: una es la atención médica universal. ¿Se te ocurre algún país que no tenga salud universal? No, existe en todas partes. Entonces, lo que se afirma en todo el espectro mediático es que es demasiado radical decir que Estados Unidos podría llegar al nivel de cualquier otro país avanzado, incluso al de los países pobres. “Es imposible. No podemos llegar tan alto ”.

El otro programa es la educación superior gratuita. Está en todas partes; en los países capitalistas más avanzados, aquellos con mayores récords y logros: Alemania, Finlandia, Francia, dondequiera que mires hay educación superior gratuita. Los países pobres también la tienen. Pero suena como algo demasiado radical para los estadounidenses. Para los clintonistas -burócratas, conservadores, preocupados por los donantes ricos - estas propuestas no se pueden permitir. Para la base popular son fundamentales; desean elevarse al nivel del resto del mundo.

Casi habiendo terminado su primer mandato, ¿Qué cree que ha significado la presidencia de Trump para la democracia estadounidense?

Abrís los periódicos casi todos los días, por ejemplo, en el New York Times, y ves un titular que dice “¿Es este el fin de la democracia estadounidense?”, “¿Es esta la última elección estadounidense?”. No son teorías conspirativas marginales. La supervivencia de la democracia está en juego. La democracia no se basa solo en reglas y leyes. Se basa en la buena fe y la confianza. La democracia moderna más antigua, Gran Bretaña, tiene 350 años, su constitución se puede escribir en una pequeña tarjeta, es una oración o dos. Y ha existido gracias a la buena fe y la confianza. Cuando Boris Johnson prorrogó el Parlamento, para poder aprobar su versión del Brexit, hubo un gran alboroto en Inglaterra y la Corte Suprema reaccionó. Eso no sucedería en Estados Unidos con la Corte que tenemos. Lo que está haciendo Trump es mucho más extremo. El Poder Ejecutivo ha sido casi totalmente depurado de cualquier voz crítica o incluso independiente. Quienes quedan son sólo aduladores, como Mike Pompeo o Mike Pence. Constitucionalmente, los nombramientos realizados por el presidente deben ser ratificados por el Congreso, por el Senado. No está sucediendo. Ni siquiera los envía para su confirmación. Simplemente los nombra en un puesto temporal. Trump ha creado en Washington un pantano de corrupción. Es como una especie de dictador de pacotilla.

¿En la era Trump no solo se redujeron derechos, también se vio afectada la calidad institucional de una democracia que aparecía como “ejemplar”?

¿Qué queda de la democracia? No demasiado. Hay mucho de qué culpar a los demócratas. Mucho. Pero lo que está pasando en el Partido Republicano nunca ocurrió en la historia de la Democracia Parlamentaria, bajo el liderazgo de un dictador de pacotilla. El Senado en manos de Mitch McConnell, cómplice cercano del Presidente, simplemente se niega a actuar. No hace nada más que aprobar leyes para enriquecer a la porción del electorado súper rico de Trump: recortes de impuestos, exenciones corporativas, etc. También se dedica a copar de lleno el poder judicial, con abogados jóvenes de ultraderecha que permanecerán por más de una generación y podrán bloquear cualquier legislación que se aleje de sus posiciones extremadamente reaccionarias. Este es el Senado. El Poder Ejecutivo se acabó.

Como ha señalado muy claramente, en Estados Unidos conviven un gobierno que se va corriendo cada vez más a la extrema derecha del espectro político, con enormes movimientos políticos de participación masiva en medio de esta profunda crisis de salud, que ha agudizado muchas de las contradicciones subyacentes. En ese contexto, ¿Cómo imagina el mundo post-covid-19?

Quienes produjeron la crisis en la que estamos ahora (la pandemia, el calentamiento global -que es mucho más grave-, la amenaza de una guerra nuclear, la destrucción de los procesos democráticos, básicamente todo el programa neoliberal) están luchando sin descanso para asegurarse que el sistema que crearon, del que se han beneficiado, persista de una forma aún más dura, con mayor vigilancia y control. Una tendencia mundial que se ejemplifica en la política exterior de Trump. No es fácil encontrar demasiada coherencia en el caos de la administración actual, aunque destacan algunas ítems. En asuntos internacionales la intención descrita abiertamente por Steve Bannon (uno de los principales estrategas de Trump en los primeros años) ha sido crear una internacional reaccionaria; una internacional de los Estados más derechistas del mundo, dirigida por la Casa Blanca. Eso significa en Medio Oriente alentar las dictaduras familiares del Golfo, MBS [Mohammad bin Salman, príncipe de Arabia Saudita] y el resto. O apoyar la peor dictadura en la historia de Egipto, (Trump la llama su dictadura favorita), o que Israel se haya movido muy a la derecha. En el hemisferio occidental, respaldar países como el Brasil de Bolsonaro o a otras figuras de ultraderecha. Moviéndonos más hacia el este tenemos la India de Modi, que intenta desmantelar la democracia secular. El grupo gobernante radical hindú es su candidato preferido. En Europa, Victor Orban de Hungría, quien atenta contra el sistema democrático y además de otros ejemplos que abundan por el mundo. Básicamente, una iniciativa internacional reaccionaria de la Casa Blanca.

Se trata de una estrategia global que se combina a nivel nacional con los programas neoliberales que han perjudicado gravemente a la población y han beneficiado enormemente a una minoría minúscula. Persistirán en una forma aún más dura, esa es una tendencia internacional.

¿Que alternativas hay frente a esto? ¿Cuál sería la respuesta?

En todo el Planeta hay fuerzas populares que dicen “ese no es el mundo que queremos”, “ese no es un mundo en el que la gente pueda vivir una vida digna, en el que la sociedad pueda sobrevivir, en el que habrá políticas dirigidas a las necesidades no lucrativas”. Se están reuniendo de hecho. En unos días se realizará el primer encuentro de La Internacional Progresista. Fue fundada por la gente de Bernie Sanders en los Estados Unidos, Young 25 en Europa con la gente de Varoufakis (ex ministro de economía de Grecia), un movimiento europeo transnacional que está tratando de preservar lo que es valioso en la Unión Europea y superar sus serias fallas. Tienen candidatos en el Parlamento Europeo y han traído voces del Sur Global. La primera reunión tendrá lugar en Islandia, el Primer Ministro es miembro de la organización. Eso representa otra fuerza en distintos lugares del mundo. Representa una especie de guerra de clases a escala internacional, enfrentando riesgos que nunca han existido en la historia de la humanidad. Son colosales. Se trata literalmente de la supervivencia de la humanidad. Esa es la situación que tenemos ahora mismo, no se puede hacer una predicción.


Si sabemos muy bien cómo actuarán las fuerzas reaccionarias. Tienen recursos económicos, poder estatal, tienen programas, están comprometidos. La pregunta es cómo reaccionará la población general del mundo. Tienen opciones, tienen posibilidades, tienen números. La pregunta es si pueden montar una fuerza contraria que de alguna manera permita a la humanidad escapar de la actual confluencia de crisis que enfrentamos.

¿Qué tipo de liderazgos políticos se requiere en estas circunstancias? ¿Cuales imagina emergiendo de esta pandemia?

Ahora mismo es difícil ser particularmente optimistas al respecto, pero sabemos qué tipo de liderazgo político nos gustaría que saliera. La cuestión es si podemos hacer que asuman. Tomemos la Internacional Progresista. Creo que gente como Bernie Sanders y Yanis Varoufakis y otros asociados con su movimiento, AOC [Alexandria Ocasio-Cortez] en los Estados Unidos, y algunos otros con este perfil, serían el tipo de líderes políticos que podrían lidiar con estas grandes crisis. No solos, por supuesto. Los líderes políticos no pueden hacer nada [solos]. Primero necesitan un apoyo popular masivo. Y luego tienen que romper el poder que poseen las instituciones y que controlan la sociedad. Hay que recordar que vivimos en mundos de Estado-Capitalismo y cada país tiene una forma u otra de Estado-Capitalismo. Eso significa una concentración extrema de poder en instituciones privadas con enorme voluntad y poder enorme y que suelen tener una gran influencia en todo lo que sucede. Eso tiene que ser eliminado.

Dr. Chomsky, una pregunta final. En lo que respecta a América Latina, en la cual vemos esta batalla entre gobiernos más progresistas y gobiernos de derecha o extrema derecha como es el caso del Brasil de Bolsonaro. ¿Qué mensaje le gustaría transmitir a la Región en este momento?

Brasil envía mensajes muy claros. El Banco Mundial, que no es una organización particularmente de izquierda, hizo un análisis detallado de la economía en 2016, un par de años después de que Lula dejará el cargo. Calificaron los años de Lula como una década dorada en la historia de Brasil, con fuertes reducciones de la pobreza, incorporación de gran parte de las poblaciones que habían sido marginadas, inclusión, grandes avances en el desarrollo social. Dijeron que fue una década dorada, nada comparable. En ese momento Brasil fue probablemente el país más admirado del mundo, estaba en foros internacionales, era una voz para el Sur Global, estaba uniendo a Sudamérica. Lula era probablemente la figura política más respetada del mundo. ¿Qué es ahora? Brasil es simplemente objeto del desprecio y el ridículo del mundo, dirigido por un payaso virulento, una persona que apoya la dictadura militar, que busca destruir. La devastación de la selva amazónica aumentó aproximadamente el 30% sólo en el último año. Acabemos con todo, enriquezcamos aún más a los ricos, matemos a quien no nos guste, dejemos que la pandemia continúe. Es el gobierno quizás más reaccionario en la historia de Brasil. Un objeto de burla en todo el mundo. Bueno, esas son lecciones. Contamos con un plazo de diez años. La lección es que tienes el futuro en tus manos. Puedes hacerlo de una manera, puedes hacerlo de otra manera. No hay forma de predecirlo. Eso es Brasil, se podría aplicar lo mismo a los demás.

Fuente: https://www.meneame.net/story/noam-chomsky-supervivencia-democracia-esta-juego