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jueves, 19 de noviembre de 2015

El cadáver en el banquillo del acusado

   

    Lo repugnante puede resultar atractivo a veces. Aterrador, amenazante, pero también tentador. Como cuando nos acercamos a algo que huele mal, pero no podemos dejar de aspirar el hedor.
    En el Museo de Bellas Artes de Nantes hay un cuadro curioso, pintado en 1870 por el artista francés Jean-Paul Laurens. Es un óleo hábilmente ejecutado, nada más. Está pintado según la tradición de la época, que, con cierta corrección limitada, ilustra un suceso histórico.
    En el cuadro de Nantes se ve a un papa sentado en el trono con toda la pompa. A su lado, totalmente vestido de negro, hay un joven sacerdote con barba que escucha a un hombre que, indignado, parece dirigir sus acusaciones contra el papa.
    Es una imagen del llamado "Concilio cadavérico", celebrado en la Basilica Salvatoris de Roma en el año 897, durante unos días de invierno de un frío extremo. Hoy día, la iglesia se conoce con el nombre de basílica  Laterana o de San Juan de Letrán. El concilio se denominó también "Synodus horrenda", lo cual resulta comprensible cuando averiguamos más de él.
    Si observamos detenidamente el cuadro de Laurens descubrimos que el papa es un muerto. Un cadáver. Es el papa Formoso -muerto nueve meses antes-, el único papa que ha llevado ese nombre, al que sacaron del ataúd para que pudiera oír las acusaciones de su sucesor, Esteban VI. Se supone que el sacerdote de negro -cuyo nombre no nos ha dejado la historia- que se encuentra junto al papa muerto es su defensor, aunque la sentencia del juicio está clara desde el principio.
    El hedor en la iglesia era terrible. Después de nueve meses de descomposición, podemos imaginar el olor que emanaba del cadáver.
    En aquel entonces, no era habitual embalsamar a los muertos. Gran parte de la sabiduría que la Iglesia católica heredó de la capacidad de los faraones egipcios para conservar cadáveres se había perdido por aquella época. La tradición romana era otra: colocar el cadáver en un sarcófago en la tierra. La palabra "sarcófago" procede del griego y significa "que consume la carne". Los fabricaban de piedra caliza, que supuestamente aceleraba el proceso de transformación del cadáver en un esqueleto limpio gracias al trabajo de los gusanos.
    En condiciones normales, un cadáver de nueve meses se encuentra en pleno proceso de descomposición. Sin embargo, en un sarcófago bien cerrado, a pesar de la supuesta influencia de la piedra caliza, debía de estar más o menos entero cuando abrieron el ataúd. El clima seco de Roma hizo que el cuerpo se hubiera secado, y que la piel se hubiera endurecido y se hubiera vuelto casi como el cuero, como una corteza negra. Pero el amasijo denso de órganos internos en descomposición debía de despedir un olor insoportable, incluso para unas personas que estaban acostumbradas a los malos olores.
    El pobre sacerdote debió de sufrir todos los horrores del infierno mientras, en medio del hedor, trataba de rebatir las acusaciones que dirigían contra el cadáver que ocupaba la silla papal. al fondo se hallaban los obispos y sacerdotes que formaban el jurado de aquel juicio macabro.
    El juicio se celebró porque Esteban VI quería defenderse. Había hecho lo mismo que su antecesor y no quería arriesgarse a  que un día lo desenterraran y lo llevaran ante la ley. Pretendía que se declarase  que a Formoso lo nombraron papa por procedimientos espurios, por lo que a todas sus decisiones y nombramientos debía declararse nulos. e este modo, Esteban VI tendría el campo libre y la posibilidad de elegir a sus amigos y colaboradores más próximos para unos puestos que le garantizasen el poder sobre la Iglesia y, naturalmente, sobre su economía.
  Tuvo que ser un espectáculo tan horrendo como absurdo en aquellos días gélidos del año 897 en Roma. El hedor debió de quedar en el interior de la iglesia mucho tiempo después de que terminara.
    No se sabe si fue por el olor a cadáver o porque ya estuviera amañado de antemano, pero el caso es que el jurado, víctima de las náuseas, no tardó más que unos días en declarar a Formoso culpable de las acusaciones que se le imputaban. Su papado se declaró nulo.
    No obstante, Formoso recibió un castigo más macabro que el de la declaración de nulidad: le retiraron la ropa a su cadáver y sólo le dejaron la saya, que se le había quedado pegada a la carne en estado de putrefacción. Además, le quitaron de la mano derecha los tres dedos que utilizaba para bendecir. Más tarde, lo enterraron en un cementerio de peregrinos.
    Ignoramos lo que ocurrió después. Existen documentos que indican que, al cabo de un tiempo. Esteban VI mandó que volvieran a desenterrar a su antecesor para arrojarlo al Tíber. Entonces el pueblo se hartó de él, lo apresaron y lo ahorcaron en la prisión, en julio o agosto del año 897. Su reinado como guía de la Iglesia católica duró menos de un año.
   Aquel espectáculo macabro puede antojársenos totalmente incomprensible. Esteban VI gritando y señalando con el dedo en la basílica; los obispos y los sacerdotes del jurado; las acusaciones sin sentido; y la sentencia dictada. ¿Cómo pudieron comportarse de aquel modo unos hombres que eran la conciencia religiosa de millones de personas, los mensajeros de un dios en el que creían y al que temían? Ya sabemos que la vanidad, el odio y otras fuerzas destructivas pueden impulsar a los hombres a cometer acciones inexplicables, pero debería existir un límite que no pudiera transgredirse.
    El sacerdote anónimo, ¿qué pensaría rodeado de aquel hedor? ¿Qué fue de él? ¿Cómo pudo seguir viviendo después de haberse visto obligado a participar en aquel juego macabro del poder religioso?
    Cuando por fin pudo salir de la basílica, lo primero que debió de hacer fue intentar liberar su cuerpo y su ropa de aquel olor a cadáver. Me lo imagino como un hombre que ha pasado mucho tiempo inmerso en las burbujeantes aguas de una ciénaga y que, por fin, consigue pisar tierra otra vez. Y me lo imagino afeitándose la barba y el pelo para librarse del olor.
    La imagen que da el ser humano es y será siempre extraña. Lo incomprensible parece una sombra que jamás se va.


Henning Mankell

viernes, 13 de noviembre de 2015

El gran descubrimiento

  
 En el caos emocional en que me encontré inmerso de repente después de que la tortícolis se convirtiera en cáncer, me di cuenta de que la memoria me llevaba no pocas veces a la niñez.
   Sin embargo, tardé en darme cuenta de que la memoria me ayudaría a comprender, a crear un punto de partida para encontrar el modo de enfrentarme a la catástrofe que me había sobrevenido.
    En algún punto tenía que empezar, simplemente. Tenía que elegir. Y me convencí cada vez más de que el punto de partida se hallaba en los primeros años de mi vida.
    Por fin, elijo una noche de invierno de 1957. Cuando abro los ojos aquella mañana, lo hago sin saber que ese día me desvelará un gran secreto.
    Muy temprano, voy surcando la oscuridad camino del colegio. Tengo nueve años. Precisamente aquella mañana Bosse, mi mejor amigo, está enfermo. Yo siempre paso a recogerlo por la casa que se encuentra a unos minutos de la casa del juzgado, donde vivo yo. Su hermano Göran me abre la puerta y me dice que a Bosse le duele la garganta y que no va a ir al colegio. Así que esa mañana tengo que recorrer el camino yo solo.
   Sveg es un pueblo pequeño. No hay distancias largas. A pesar de que han transcurrido cincuenta y siete años, recuerdo hasta el menor detalle de aquel día de invierno. Las escasas farolas, que se mecen despacio al vento, racheado pero no intenso. El farol que hay en la fachada de la tienda de pintura, cuya pantalla se ha quebrado. Ayer no estaba rota. Es decir, ha ocurrido durante la noche.
    Debe de haber nevado por la noche, mientras yo dormía. Delante de la tienda de muebles han retirado ya la nieve. El padre de Ing-Britt, seguramente. Él es el propietario de la tienda de muebles. Inga-Britt también está en mi curso. Pero ella es niña, nunca vamos juntos al colegio. Aunque es muy rápida corriendo. Nadie le gana.
    Recuerdo incluso lo que soñé aquella noche: estoy en un témpano de hielo en el río Ljusnan, que discurre entre meandros justo a los pies de la casa donde vivo. El témpano va hacia el sur en su deriva, en pleno deshielo. Es primavera. Encontarse solo encima de un témpano debería ser una experiencia aterradora, puesto que es muy peligroso. Tan sólo unos meses atrás, un chico unos años mayor que yo se ahogó al abrirse en el hielo un agujero inesperado y traicionero en un lago cercano al pueblo. El agua lo absorbió  y todavía no lo han encontrado, a pesar de que los bomberos han estado dragando las aguas. En su pupitre del colegio, la maestra ha pintado una cruz. Todavía sigue allí. Todos los niños de la clase tienen miedo de los agujeros en el hielo, y de los accidentes y los fantasmas. Todos tienen miedo de esa cosa incomprensible que se llama Muerte. La cruz que hay en el pupitre es un horror.
    Pero en el sueño, el témpano es seguro. Sé que no me voy a caer..
    Desde la tienda de muebles cruzo la calle y me paro delante de la Casa del Pueblo. Allí hay dos postes con paneles acristalados. Varias veces a la semana,cambian la película en el cine. Llegan en cajas de cartón marrón que reciben en el almacén de mercancías del ferrocarril. O bien llegan en el tren de Orsa, que viene del sur, o las trae el ferrobús de Östersund. El transporte desde la estación todavía corre a cargo de un coche tirado por un caballo. Engman, que es el conserje de la Casa del Pueblo, coge una de las cajas. Yo lo intenté una vez y no lo conseguí. Pesaban demasiado para un niño de nueve años. Las cajas contienen una película del Oeste de las malas, que veo más tarde. Una de esas películas B o C, en las que la gente habla sin parar y luego, al final, se bate en un duelo que apenas dura nada. Y poco más. Y todo ello en colores muy raros. La gente tienen la cara de color chillón y el cielo parece más verde que azul.
    Ahora veo que Engman va a poner El sehriff valiente, que no parece muy atractiva, y también una película sueca de Nils Poppe. La única ventaja de esa película es que también es para niños. No tengo que colarme por la ventana del sótano en la que Bosse y yo hemos hecho una trampilla secreta para poder pasar por ella cuando ponen películas para mayores.
    Y estando allí esa fría mañana de hace cincuenta y siete años, vivo uno de esos instantes decisivos que marcarán mi vida para siempre. Recuerdo la situación con una claridad casi excesiva. Es como si tuviera el recuerdo grabado a fuego en la memoria. De repente me sobreviene una certeza inesperada. Como una descarga eléctrica. Las palabras se organizan solas en la cabeza.
    "Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo."
    En ese instante adquiero mi identidad. Antes, mis pensamientos eran tan infantiles como cabía esperar. Ahora se materializaba un estado totalmente distinto. La identidad presupone conciencia.
    Yo soy yo y ningún otro. No pueden sustituirme por nadie. La vida se torna de pronto una cuestión seria.
    Ignoro cuánto tiempo me quedé así, en medio de aquel frío y aquella oscuridad, con aquella certeza tan desconcertante. Lo único que recuerdo es que llegué tarde. La maestra, Rut Prestjan, ya estaba tocando el armonio cuando abrí la puerta del colegio. Dejé el abrigo en el perchero y esperé. Estaba  terminantemente prohibido entrar si llegabas tarde y ya habían empezado el salmo y la oración matutina.
    Por fin se terminó, oí el arrastar de bancos y llamé a la puerta. Dado que rara vez llegaba tarde, la señorita Prestjan me miró con curiosidad y me indicó que entrara. Si hubiera sospechado que llegaba tarde por pereza  o por vagancia no me habría permitido entrar.
    -Bosse está enfermo -dije-. Le duele la garganta y tiene fiebre hoy no vendrá a clase.
    Luego me senté en mi pupitre. Miré alrededor. Nadie había descubierto el gran secreto que yo llevaba tan dentro desde aquella mañana de 1957.



Arenas movedizas
Henning Mankell