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sábado, 6 de agosto de 2022

El horror de Hiroshima: un millón de grados en el aire y gente que se evaporó y dejó su sombra impresa en el cemento

La bomba nuclear lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 provocó 80 mil muertos en un solo segundo (Europa Press)

 Hubo 80 mil muertos en el acto. El aire se incendió, muchas de las víctimas se disolvieron y miles sufrieron horribles heridas. A finales de 1945 habían muerto otros 60 mil habitantes. La bomba atómica, y su gemela que estalló tres días después en Nagasaki, hizo entrar al mundo en la era nuclear, apuró la rendición de Japón, puso fin a la Segunda Guerra Mundial y fue el brutal disparo inicial de la Guerra Fría

En un segundo, Hiroshima había muerto. A las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945, la hora y el día en los que el mundo entró en la era atómica, una bomba lanzada por un avión B-29 del Grupo Mixto 509, 313 Brigada Aérea de la Agrupación Táctica de Bombardeo del XX Cuerpo Aéreo, detonó el equivalente a quince toneladas de TNT sobre la ciudad, fundada en 1589 sobre la costa del mar interior de Seto y sobre el delta del río Ota, con siete brazos que dividían a la ciudad en seis islas, como una gigantesca mano extendida.

En un segundo, pero un segundo de tiempo real, en la zona cero del estallido, la temperatura alcanzó un millón de grados centígrados. Ochenta mil personas murieron en el acto: entre el treinta y el cuarenta por ciento de los habitantes. Muchas de ellas se evaporaron. Se disolvieron. Algunas dejaron su halo de vida impreso en la pared en la que se apoyaban, o en el banco de piedra en el que estaban sentadas, como el siniestro negativo de una fotografía.

La explosión atómica creó, entre muchos otros, un efecto extraño: incendió el aire, creó una bola de fuego de doscientos cincuenta y seis metros de diámetro que, en el primer segundo que siguió al estallido, ya había recorrido doscientos setenta y cuatro metros cuadrados. El aire hecho fuego dio origen a miles de incendios espontáneos que también arrasaron la ciudad y sus alrededores hasta más de once kilómetros a la redonda. Además de los muertos, otras treinta y cinco mil personas quedaron heridas, con espantosas quemaduras, muchas murieron días después. Para fin de año, otros sesenta mil habitantes de Hiroshima habían muerto por sus lacerantes heridas, o por envenenamiento radiactivo.

La "sombra" de una víctima en unos escalones de un edificio, después del bombardeo atómico de la ciudad japonesa de Hiroshima. La persona estaba sentada en los escalones cuando el calor de la explosión quemó la superficie de la piedra alrededor del cuerpo de la víctima que se evaporó (Keystone/Hulton Archive/Getty Images)
La "sombra" de una víctima en unos escalones de un edificio, después del bombardeo atómico de la ciudad japonesa de Hiroshima. La persona estaba sentada en los escalones cuando el calor de la explosión quemó la superficie de la piedra alrededor del cuerpo de la víctima que se evaporó (Keystone/Hulton Archive/Getty Images)

 De los noventa mil edificios de Hiroshima, la bomba dejó en pie sólo a veintiocho mil, muchos de ellos dañados porque el estallido, que se escuchó a sesenta kilómetros, rompió vidrios y cristales en dieciséis kilómetros a la redonda. En total, el sesenta y nueve por ciento de los edificios de Hiroshima fue destruido o deñado. Los análisis posteriores, fríos y distantes, dijeron que a trescientos sesenta metros del punto cero, había quedado destruida toda forma de vida; a cuatro kilómetros y medio a la redonda, la mitad de quienes habían sobrevivido a la explosión murieron luego por la radiación; a once kilómetros a la redonda, decenas de miles de personas sufrieron quemaduras de tercer grado a causa de la radiación térmica; a ocho kilómetros setecientos metros alrededor del punto cero los edificios o habían caído o estaban severamente dañados. Media hora después del estallido cayó sobre la ciudad una extraña lluvia negra, cargada de suciedad, polvo hollín y partículas radiactivas, que provocó una contaminación mayor y en zonas más alejadas.

En medio de la devastación, yacía otro drama: de los doscientos médicos registrados en Hiroshima, habían sobrevivido sólo veinte. Y de las mil setecientas ochenta enfermeras que podrían haber ayudado a las decenas de miles de heridos, sólo habían sobrevivido ciento cincuenta. De todos modos, eran poco lo que podían hacer: la mayor parte de los hospitales, clínicas y centros médicos, con todos sus equipamientos, estaban destruidos; casi como un símbolo, la bomba, destinada a estallar a seiscientos metros de altura sobre la ciudad y sobre el puente Aioi, alcanzó esa altura determinada para su explosión cincuenta y cinco segundos después de ser lanzada por el B-29, pero los vientos laterales la desviaron casi doscientos cuarenta y cuatro metros y estalló sobre la Clínica Quirúrgica Shima. En Hiroshima, no quedaba un solo sitio en pie en el que fuese posible socorrer a los heridos.

Además, era casi imposible velar por los sobrevivientes: médicos y enfermeras no tenían idea de los efectos que provocaba la radiación, ni sabían cómo tratar a las personas que acudían a ellos con espantosas quemaduras, ni conocían la importancia que tenía la calidad y la cantidad de radiación recibida por cada ser humano, ni cuáles serían sus efectos tardíos. Ese espanto, era nuevo. Dos días después, los desolados locutores de Radio Tokio informaban sobre Hiroshima: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanas y animales, se quemaron hasta la muerte”.

A casi diez mil metros de altura, el B-29 que había lanzado la bomba, a la que llamaban “Little Boy”, intentaba escapar del horror. Era el Enola Gay, el avión insignia del Grupo Mixto 509, al que su comandante, el coronel Paul W. Tibetts, había bautizado hacía tiempo de esa forma en honor a su madre. Toda la tripulación del Enola Gay ignoraba qué tipo de bomba iba a lanzar. Les habían dicho que era un arma especial, pero nada más. El Grupo Mixto 509 había estado ligado siempre a “Little Boy” y al estallido nuclear, pero sin saberlo.

Una madre japonesa, herida en la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, se inclina para ajustar un vendaje a su pequeño hijo, con su cabeza y cara quemadas. Ambos están acostados en el piso de un edificio bancario dañado en el centro de la ciudad, donde se tratan casos de quemaduras y fracturas debido a la ausencia de instalaciones hospitalarias que quedaron destruidas por la explosión (Hulton-Deutsch/Hulton-Deutsch Collection/Corbis vía Getty Images)
Una madre japonesa, herida en la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, se inclina para ajustar un vendaje a su pequeño hijo, con su cabeza y cara quemadas. Ambos están acostados en el piso de un edificio bancario dañado en el centro de la ciudad, donde se tratan casos de quemaduras y fracturas debido a la ausencia de instalaciones hospitalarias que quedaron destruidas por la explosión (Hulton-Deutsch/Hulton-Deutsch Collection/Corbis vía Getty Images)

 En la primavera boreal de 1945, setenta y cinco pilotos elegidos por sus habilidades y conocimientos técnicos, por su experiencia en combate y, acaso, por su sangre fría, recibieron órdenes de viajar a Wendover, Utah, donde se integraron al Grupo Mixto 509, que dependía de la XX Cuerpo Aéreo. Todos eran voluntarios, pero cuando quisieron saber para qué los habían convocado, recibieron como toda respuesta: “Se les va a encomendar algo distinto”. No falta hacía que se los dijeran. Lo habían descubierto, o intuido con certeza, por las maniobras de entrenamiento que les ordenaban: simular un ataque aéreo a gran altura, mientras otros dos bombarderos ensayaban estudiar eventuales cambios en la atmósfera; los B-29 del Grupo Mixto, llamados “súper fortalezas volantes”, no estaban equipados con un poderoso arsenal de bombas, sino por un artefacto de forma rara, pesado y armado con explosivos comunes. Ignoraban qué era ese cacharro raro, que era una copia fiel de la bomba atómica que se ultimaba en Los Álamos, a miles de kilómetros de Utah. Otra cosa que sí habían deducido los pilotos era que, lo que fuere que se iba a lanzar, sería contra Japón: la guerra en Europa había terminado a inicios de mayo de ese año.

Confirmaron que el blanco sería Japón cuando todo el grupo fue destinado a la isla de Tinian, en las Islas Marianas del Norte: desde allí, Tokio entraba en el radio de acción de los B-29. Pero los pilotos del Grupo Mixto siguieron con sus extraños vuelos de entrenamiento, alejados del combate: despegaban para hacer maniobras y ponían rumbo a Japón, pero regresaban horas después, sin haber disparado un solo tiro, ni descargado una sola bomba. Les habían pedido, eso sí, que usaran en vuelo unas antiparras protectoras, como las que usan los soldadores, y les habían recomendado que, cuando les tocara hacerlo, nunca miraran al blanco una vez descargada la misteriosa bomba.

En Nuevo México, Robert Oppenheimer, el científico a cargo del Proyecto Manhattan que así se llamó en secreto el desarrollo de la bomba atómica, había buscada una sustancia resistente a los neutrones, un material de alta densidad para fabricar lo que llamaban “la envoltura”, el blindaje entre los dos núcleos de uranio. El oro pudo ser uno de esos metales y Oppenheimer consideró con seriedad la posibilidad de colocar una “envoltura” de ese metal para evitar infortunios. Dieron con otra aleación que daba iguales resultados, aunque nada era seguro. Revistieron a los dos hemisferios de U-235 y rellenaron el exterior, capa tras capa, con cascos de metralla, que de eso había de sobra, hasta que “Little Boy”, que tenía poco de “little” y nada de “boy”, quedó encajada en el compartimento de bombas de un B-29. Así viajó a Japón.

Una víctima japonesa de la bomba sobre Hiroshima: su cuerpo quedó cubierto de cicatrices queloides de la brutal quemadura cuando el aire se incendió (US Army Signal Corps/FPG/Getty Images)
Una víctima japonesa de la bomba sobre Hiroshima: su cuerpo quedó cubierto de cicatrices queloides de la brutal quemadura cuando el aire se incendió (US Army Signal Corps/FPG/Getty Images)

 La bomba era el resultado de una prueba exitosa hecha en el desierto de Nuevo México, cerca de Alamogordo el 16 de julio de ese año por el equipo de Oppenheimer, que consistió en fusionar dos núcleos de uranio instalados en una torre de hierro, que se disolvió con el estallido. Así nació el telegrama que llegó a las manos del presidente Harry Truman y que decía: “El niño ha nacido bien”. Truman estaba en Potsdam, junto a Winston Churchill y a José Stalin, para ultimar los detalles de la capitulación de Japón, que se negó a aceptar su rendición incondicional. El 2 de agosto, en el crucero de guerra Augusta, que lo llevaba de regreso a Estados Unidos, Truman ordenó usar la bomba atómica.

El domingo 5 de agosto, “Little Boy” ya estaba instalada en el compartimento del Enola Gay. Instalada, pero no montada. Recién entonces la tripulación supo que por fin, tenía una misión: dejar caer ese artefacto en uno de los cinco o seis blancos designados para el ataque. Siguieron sin saber con exactitud de qué se trataba. El que explicó qué era en verdad aquel trasto con forma de ballena fue el general Thomas Farrell, segundo del general Leslie Groves, director militar del Proyecto Manhattan que encabezaba Oppenheimer en Nuevo México. Le reveló el secreto a una sola persona, el capitán William Parsons, experto en armamento de la armada americana; le sugirió que el Enola Gay hiciera una brusca maniobra evasiva para no quedar expuesto a la onda expansiva de la bomba, y le anticipó que se iba a producir una gran nube de humo denso con forma de hongo.

Parsons tenía una duda, un pequeño interrogante para el que no había respuesta, a menos una respuesta lógica. ¿Qué sucedía si, con la bomba montada y los dos núcleos de uranio ya sin “envoltura”, el B29 se estrellaba al despegar? “Volamos todos –dijo Farrell– Hay que rezar para que eso no pase”. Parsons entonces propuso trepar al Enola Gay en su viaje a territorio japonés y armar la bomba en vuelo. Farrell quiso saber si Parsons había ensamblado alguna vez algo semejante. “Nunca –respondió el marino– pero tengo toda la tarde para aprender”.

A la una cuarenta y cinco de la mañana del 6 de agosto, tres B-29 despegaron de Tinian hacia Japón Tenían como misión estudiar la meteorología de las zonas pasibles de ser blanco de la todavía misteriosa bomba. Una hora después despegó una segunda terna de súper fortalezas volantes, encargada de abrir camino al Enola Gay. Recién después despegó el Enola Gay. Dos aviones escolta se le unirían en la vertical de la isla de Iwo Jima, a las cinco cincuenta y dos, que fue cuando Parsons armó la bomba en pleno vuelo. El copiloto del avión de Paul Tibbetts, capitán Robert Lewis, escribió en su bitácora, con letra nerviosa y de difícil lectura: “El capitán Parsons está terminando de armar la bomba. Ahora vamos cargados. La bomba está dispuesta. Es una sensación bastante extraña eso de saber que la tenés justo a tu espalda. Hemos puesto el automático. Volamos a la altura adecuada. Muchachos, eso está al caer”.

A seis mil quinientos metros de altura sobre Hiroshima, Tibbetts soltó a “Little Boy” e hizo que su B-29 plateado girara de modo brusco hacia la izquierda, para alejarse lo más posible y lo más rápido de la onda expansiva que iba a desatar aquel trasto misterioso. Cuando estalló la bomba, un minuto después, el Enola Gay estaba a veinticinco kilómetros del epicentro y alejándose, y a unos seis mil metros de altura, pero igual fue sacudido, estremecido por el efecto del estallido. Tras sus gafas protectoras, lo primero que vieron sus tripulantes, que sí giraron la vista hacia el blanco, fue un puntito de fuego rojo púrpura que en milésimas de segundos se expandió y formó una bola de fuego de colores cárdenos y de ochocientos metros de ancho. El fuego ascendió en grandes anillos de humo gris hasta llegar a los tres mil metros de masa hirviente que tomó la forma de un hongo.

El copiloto Lewis dijo: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?” No podían ni imaginarlo. El sargento George Caron, desde su puesto de artillero de cola del Enola Gay describió así lo que vio: “Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de líquido viscoso y burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación”.

No era verdad, como se pensó, o se dijo, que Hiroshima no tenía interés militar. En la ciudad estaba acuartelado el Segundo Ejército japonés. La mayor parte de sus tropas hacía ejercicios de guerra en un amplio campo de entrenamiento, mientras otra de sus unidades hacía ejercicios gimnásticos en un predio vecino. La bomba no dejó huella alguna de aquellos militares.

Dieciséis horas después del ataque, el presidente Truman anunció desde Washington que Estados Unidos había usado una bomba atómica. Truman era un hombre un poco tosco, acaso inexperto en diplomacia, que había heredado la Casa Blanca y el final de la guerra tras la muerte de Franklin D. Roosevelt, y que estaba un poco harto de la intransigencia suicida de Japón y del accionar de Stalin en la Europa del Este, sobre la que el ruso hacía flamear sus aires de conquistador. En los últimos meses, Truman había tenido un encuentro duro con el canciller de la URSS, Viascheslav Molotov, que tampoco había egresado de una universidad de buenos modales. Truman, a su modo y con su verba encendida de Missouri, su estado natal, le había reprochado con dureza algunos puntos no cumplidos del acuerdo de Yalta entre la URSS, Estados Unidos y Gran Bretaña. Molotov le contestó, indignado: “¡Es la primera vez en mi vida que me hablan de ese modo!”. Y Truman: “Cumpla con lo pactado y nadie volverá a hablarle así.”.

Cuando estalló la bomba, un minuto después, el Enola Gay estaba a 25 kilómetros del epicentro y alejándose, y a unos 6 mil metros de altura, pero igual fue sacudido por el efecto del estallido. Tras sus gafas protectoras, lo primero que vieron sus tripulantes fue un puntito de fuego rojo púrpura que en milésimas de segundos se expandió y formó una bola de fuego de colores cárdenos y de 800 metros de ancho (Getty Images)
Cuando estalló la bomba, un minuto después, el Enola Gay estaba a 25 kilómetros del epicentro y alejándose, y a unos 6 mil metros de altura, pero igual fue sacudido por el efecto del estallido. Tras sus gafas protectoras, lo primero que vieron sus tripulantes fue un puntito de fuego rojo púrpura que en milésimas de segundos se expandió y formó una bola de fuego de colores cárdenos y de 800 metros de ancho (Getty Images)

 Esa fue la impronta con la que Truman se dirigió a los estadounidenses para decirles: “Hace dieciséis horas un avión americano arrojó una bomba sobre Hiroshima. Consiste en el aprovechamiento de las fuerzas elementales del Universo. La fuerza de la que el Sol deriva su energía ha sido liberada contra aquellos que provocaron la guerra en el Lejano Oriente. (...) Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento de destrucción, a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. Estamos produciendo estas e incluso están en desarrollo otras más potentes. (…) Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, sus fábricas y sus comunicaciones. No nos engañemos, vamos a destruir completamente el poder de Japón para hacer la guerra (…) El 26 de julio elaboramos en Potsdam un ultimátum para evitar la destrucción total del pueblo japonés. Sus dirigentes rechazaron el ultimátum inmediatamente. Si no aceptan nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra”.

Tres días después, Estados Unidos hizo estallar otra bomba atómica sobra la ciudad de Nagasaki que provocó un desastre similar al de Hiroshima. Japón aceptó la rendición incondicional el 15 de agosto y la firmó el 2 de septiembre. La Guerra en el Pacífico, la última llama de la Segunda Guerra Mundial, se apagó para siempre.

En medio de la destrucción, en Hiroshima quedó en pie, casi un milagro porque está a sólo ciento cincuenta metros de la zona cero, el edificio conocido como Cúpula Genbaku, o Cúpula de la Bomba Atómica. Esas ruinas fueron renombradas como Monumento de la Paz de Hiroshima. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por Naciones Unidas en 1996, con la objeción de Estados Unidos y China.

 Fuente: https://www.infobae.com/historias/2022/08/06/el-horror-de-hiroshima-un-millon-de-grados-en-el-aire-y-gente-que-se-evaporo-y-dejo-su-sombra-impresa-en-el-cemento/

martes, 19 de octubre de 2021

Barcos hundidos en la Segunda Guerra Mundial emergen por la actividad volcánica en Japón

Los movimientos de la corteza provocados por el volcán submarino Fukutoku-Okanoba han sacado a flote embarcaciones que no sobrevivieron a la batalla de Iwo Jima

 La erupción de La Palma no es la única que deja imágenes para el recuerdo. El pasado 13 de agosto, el volcán submarino Fukutoku-Okanoba, situado en las islas Ogasawara, en Japón, creó un islote de roca y ceniza con forma de pezuña. Era la primera vez que ocurría en 35 años, pero lo más llamativo de todo es que estos movimientos de la corteza han sacado a flote barcos hundidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Según se aprecia en las imágenes recogidas por la cadena All-Nippon News (ANN), cuyos reporteros han sobrevolado el terreno en avión junto a un geólogo, se trata de una decena de grandes embarcaciones; o, mejor dicho, lo que queda de ellas, que han emergido en la vecina isla de Iwo Jima. Allí se libró una cruenta batalla naval el 19 de febrero de 1945, clave para los intereses estadounidenses en el frente del océano Pacífico. De hecho, historiadores consultados por los medios japoneses apuntan a que probablemente los barcos emergidos formaran parte de un puerto que Estados Unidos estaba tratando de construir para controlar la isla.

El tiempo que permanezcan a flote los barcos dependerá de la evolución de la actividad sísmica. Hay tres volcanes próximos a la zona: Nishinoshima, Fukutoku-Okanoba e Iwo Jima. Setsuya Nakada, director del Centro de Investigación de Volcanes japonés, explica a Asahi TV News que existe la posibilidad de que cualquiera de ellos entre en erupción próximamente: "Iwo Jima es el volcán que cambia más rápidamente entre los 110 volcanes activos de Japón. Especialmente en esta época del año, Nishinoshima, Fukutoku Okanoba e Iwo Jima están activos al mismo tiempo. Creo que existe la posibilidad real de una gran erupción"

 El destino de los barcos podría ser tan fugaz como el islote formado por Fukutoku Okanoba, aunque el terreno de Iwo Jima es mucho más estable 'a priori'. Cada cierto tiempo surgen nuevos islotes en el archipiélago de Ogasawara, pero la mayor parte de ellos desaparece a causa de la erosión del agua y el viento. Así ocurrió en 1904, en 1906, en 1986... y va camino de repetirse ahora, pues el islote formado el pasado agosto ha perdido ya gran cantidad de su superficie. 

Fuente_ https://www.elconfidencial.com/cultura/2021-10-18/formacion-islote-volcanico-japon-barcos-guerra-mundial_3308456/

viernes, 6 de agosto de 2021

La ONU pide la destrucción total de las armas nucleares

Imagen

 Guterres ha denunciado que no hay avances en el tema.

El Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, ha mostrado su preocupación por la falta de avance en el objetivo de conseguir un planeta libre de armas nucleares.

A través de su cuenta de Twitter, Guterres ha hecho un llamado a todos los países que cuentan con este tipo de armas para que “adopten medidas de reducción de riesgos, individual y conjuntamente”.

En el breve comunicado, el titular de Naciones Unidas ha confirmado que la ”única garantía es su total eliminación”.

 

Esta es la traducción de la publicación:

“Estoy tremendamente preocupado por la falta de avances hacia un mundo libre de armas nucleares. Hago un llamado a los países que cuentan con armas nucleares que tomen medidas para reducir riesgos, indivualmente y en conjunto. La única garantía contra el uso de las armas nucleares es su total eliminación”

 Fuente https://www.huffingtonpost.es/entry/la-onu-pide-la-destruccion-total-de-las-armas-nucleares_es_610d1afbe4b0cc1278bad604?f4l=

lunes, 15 de junio de 2020

Anfetaminas y kamikazes

Kiyoshi Ogawa - Simple English Wikipedia, the free encyclopediaLas anfetaminas son unos potentes estimulantes del sistema nervioso central. Actúan como agonistas indirectos de los receptores presinápticos para noradrenalina. La anfetamina se une a estos receptores y los activa, induciendo la liberación de los neurotransmisores alojados en las vesículas presinápticas. De esta manera, las anfetaminas incrementan las concentraciones de los respectivos neurotransmisores en el espacio sináptico, promoviendo la transmisión del impulso nervioso en las redes neuronales dopaminérgicas y noradrenérgicas, aumentando selectivamente la actividad neuronal. El resultado es, a dosis terapéuticas, euforia, excitación sexual —por eso se usan también como afrodisíaco—, incremento de la sensación de alerta y un mayor control cognitivo. También tienen otros efectos como disminuir los tiempos de respuesta, aumentar la resistencia a la fatiga e incrementar la fuerza muscular. A dosis mayores, que son las habituales cuando se usan como drogas recreativas, pueden producir lesiones musculares y alteraciones de las funciones cognitivas, episodios psicóticos (delirios y paranoia), insomnio y adicción.

Las anfetaminas fueron sintetizadas por primera vez en 1887 por el químico rumano Lazăr Edeleanu que trabajaba en la Universidad de Berlín y que las denominó fenilisopropilaminas. Posteriormente, las cambió el nombre a alfa-metilfeniletilamina, un término químico que se simplificó a anfetamina. Seis años más tarde, el químico japonés Nagai Nagayoshi sintetizó un derivado, la metanfetamina y tres décadas después, otro japonés, el farmacólogo Akira Ogata sintetizó el hidrocloruro de metanfetamina, la sal cristalina o “crystal meth” que fabrican los protagonistas de Breaking Bad.

Benzedrine_inhaler_for_wiki_articleLas anfetaminas no se comercializaron hasta 1932, cuando suscitaron el interés del gigante farmacéutico Smith, Kline and French (SK&F) que las vendió bajo el nombre comercial de Bencedrina siendo recomendadas para el tratamiento de la congestión nasal causada por las alergias y los constipados y como dilatador bronquial para el asma. En menos de tres años se recetaban para 39 problemas médicos diferentes, del hipo a la esquizofrenia. Más tarde, una vez comprobados sus efectos excitadores se empezaron a recomendar para el tratamiento de la narcolepsia y para otros problemas clínicos para los que no resultaba realmente útiles como la adicción a sustancias opioides. Con el tiempo se han usado para el abordaje terapéutico de la obesidad y la depresión refractaria pero ya a los pocos años de su salida al mercado se convirtieron también en sustancias de abuso y en 1939 las anfetaminas se incluyeron en un listado de sustancias tóxicas y potencialmente dañinas realizado en el Reino Unido.

hiropon1Ese mismo año, en 1939, y a pesar de esa clasificación como tóxicos se inició otro campo de acción para las anfetaminas: los conflictos bélicos. En septiembre de ese año, Otto Ranke, director del Instituto de Fisiología General y de la Defensa de la Academia de Medicina Militar de Berlín, probó la metanfetamina en 90 estudiantes universitarios comprobando que aumentaba la confianza en sí mismos, la concentración y la disposición a asumir riesgos, al mismo tiempo que aumentaba su umbral para el dolor, el hambre y la sed y conseguían aguantar muchas horas, incluso tres o cuatro días seguidos, sin dormir. Ranke pensó que había encontrado -otro de esos temas recurrentes en la historia de la Humanidad- la fórmula para conseguir supersoldados. Con el inicio de la II Guerra Mundial, millones de pastillas de anfetaminas fueron repartidas entre la tropa de ambos bandos para luchar contra la fatiga, subir la moral, mantener el estado de alerta, aguantar con pocas horas de sueño y aumentar la agresividad. El Pervitin, una metanfetamina fabricada por la compañía farmacéutica berlinesa Temmler se distribuyó entre las tropas alemanas que las denominaron Panzerschokolade (el chocolate de los Panzer), Stuka-Tabletten (las tabletas de los Stuka, un avión de caza) y las Hermann-Göring-Pillen, las píldoras de Hermann Göring, el comandante supremo de la Luftwaffe, la fuerza aérea. Las anfetaminas también era usadas por las autoridades civiles y se ha dicho que el historial médico de Hitler recoge que recibía ocho inyecciones diarias de metanfetamina una droga que genera paranoia y un comportamiento impredecible cuando se administra en esas dosis altas.

En el otro frente principal, el del Pacífico, ambos bandos, americanos y japoneses, repartieron también anfetaminas. En particular, se dice que los pilotos kamikazes, tomaban Philopon (pronunciado Hiropon), el hidrocloruro de metanfetamina, antes de realizar su último vuelo. Antes de montar en aviones obsoletos imposibles de reparar y cargados de media tonelada de explosivos aquellos adolescentes participaban en una ceremonia cuasireligiosa con vasos de sake, ramos de flores, senninbari -cintas bordadas por mil mujeres, donde cada una había dado una puntada- y, en algunos casos, una dosis alta de Hiropon inyectable. Unos 3.860 pilotos kamikazes murieron por el emperador y en torno a un quinto de ellos consiguieron estrellarse contra un barco americano.

El origen del mito kamikaze se sitúa en la época de las grandes invasiones mongolas que llegaron hasta Centroeuropa y que prepararon dos flotas, en 1274 y en 1281 para la conquista de Japón. Los barcos de Kublai Khan, contra los que Japón no disponía de una defensa eficaz, fueron destruidos por un tifón, al que se denominó Viento Divino, mal leído por unos traductores estadounidenses como Kami Kaze. Para los habitantes del archipiélago nipón fue una demostración de que Japón era el país elegido por los dioses y que ellos se encargarían de que su suelo sagrado nunca fuese invadido.

525px-USS_Bunker_Hill_hit_by_two_KamikazesCuando el desarrollo de la guerra del Pacífico se empezó a torcer y la marina estadounidense empezó a machacar a los barcos japoneses y a conquistar isla tras isla, se volvió a pensar en Kami Kaze. En los primeros combates aeronavales hubo pilotos, en ambos bandos, que con el avión gravemente dañado chocaban deliberadamente contra un barco enemigo. Estos suicidios eran decisiones individuales tomadas sin pensarlo mucho por hombres que estaban mentalmente preparados para morir, pero el mando japonés decidió convertirlo en una estrategia militar, diseñando vehículos cargados de explosivos pilotados por soldados, las llamadas unidades de ataque especial o tokkotai. Los ataques suicidas se dieron entre los soldados de infantería, las llamadas cargas Banzai; en el mar, con lanchas Shin’yo, los torpedos tripulados Kaiten (Retorno hacia el cielo) y los Fukuryu (Dragón agarradizo) o buzos suicidas y por supuesto, en la aviación, tanto aviones Zero como cohetes Ohka (flor de cerezo). A estos cohetes kamikazes los americanos les pusieron un nombre en clave –Baka- que significaba subnormal (moron) o gilipollas (asshole). Esa era la opinión de alguien que se metía en una bomba y se lanzaba contra un portaaviones. Como cualquier nueva arma, fue eficaz al principio: los ataques hundieron varios buques de guerra y los marinos estadounidenses estaban aterrorizados pero nuevas defensas se pusieron en marcha. Las escoltas de destructores de los portaaviones se adelantaron, se intensificaron las patrullas aéreas preventivas, los radares permitían localizar los aviones enemigos a 100 km de distancia, los nuevos aviones Helicat derribaban muchos de camino y al llegar a la cercanía de los buques, los kamikazes y sus cacharros voladores eran recibidos por una lluvia de disparos de cañones de alta repetición de las baterías navales. Aun así, los kamikazes hundieron 34 barcos, dañaron otros 368, mataron a 4.900 marinos e hirieron a otros tantos. Dicho todo ello, los ataques kamikaze no cambiaron el curso de la guerra que terminó como todos sabemos.
Yasukuni_Jinja_7_032-recSe ha dicho que los kamikazes estaban drogados, bebidos o atados a sus asientos. No es así. Algunos tomaban Hiropon para mejorar su estado de alerta pero otros decían que conseguían los mismos efectos tomando fruta o algunas verduras y otros no tomaban nada. La mayoría eran adolescentes asustados y desconcertados, atiborrados de propaganda que si dudaban eran ayudados a subir al avión por unos compañeros. Si el piloto tokkotai no encontraba ningún barco enemigo se le permitía salvar el avión y la vida regresando a la base pero a la novena vez que ello se producía, era ejecutado. Con respecto al alcohol, en realidad era tan solo una copa de sake con la que se brindaba con los pilotos por su pronta conversión en Eirei, espíritus guardianes del país. De todas formas, las anfetaminas, que antes de la guerra solo se utilizaban para el tratamiento psiquiátrico, se distribuyeron ampliamente los soldados y eso generó auténticos problemas en la posguerra donde almacenes repletos de Hiropon se sacaron al mercado libre y fueron recomendadas para los veteranos del conflicto bélico, los trabajadores exhaustos y los jóvenes con dificultades para adaptarse al formidable cambio social del nuevo Japón. Entre 1945 y 1960 se publicaron miles de artículos en los periódicos nipones recogiendo delitos atroces cometidos por adictos a las metanfetaminas.

Pilotos Kamikazes Japoneses - La Segunda Guerra
Los pilotos kamikaze tenían un entrenamiento escaso pero extenuante y estaban sometidos a continuos castigos físicos. Tampoco es cierto que todos fueran voluntarios. Al principio hubo más del doble de voluntarios que de aviones y algunas misiones volaban con tripulantes extra para animar al piloto durante el vuelo y compartir su destino.

Posteriormente, el Alto Mando tuvo que solicitar a algunas unidades que enviasen pilotos para las misiones tokkotai. Los comandantes de algunos escuadrones rechazaron cumplir esa orden pues necesitaban a sus pilotos o o simplemente la traspapelaron para ganar tiempo e intentar que sus hombres llegasen con vida al final de la guerra.

Yushukan es un museo tokiota adjunto al santuario Yasukuni y dedicado a las almas de los soldados que murieron combatiendo por el emperador. Ha sido blanco de distintas controversias pues hay quien piensa que glorifica el imperialismo agresivo de Japón, da una visión edulcorada o directamente omite en su discurso museográfico algunas de las atrocidades cometidas bajo la bandera del Sol naciente y es el lugar de reposo de algunos militares calificados como criminales de guerra. Muchos kamikazes morían esperanzados pensando que su alma residiría en Yasukuni, el único lugar donde el emperador iba dos veces al año a honrar a hombres comunes.

 Evidentemente Yushukan cuenta la otra parte de la historia, la que en nuestro mundo, dominado por los producciones cinematográficas norteamericanas, apenas nos han relatado: historias como en todos los museos militares del mundo de sufrimiento, de heroísmo, de unión nacional, de amor a la patria. Las películas bélicas de Hollywood deshumanizan a los japoneses, nos los muestran como insectos, enjambres de seres idénticos con espadas y bayonetas como aguijones que se arrojaban en grupo lanzando gritos contra las ametralladoras de los marines -las cargas Banzai. En Yushukan ves el lado humano de esos soldados (fotos de niñas y una mujer en kimono en una cartera), el trabajo en equipo (una maroma de barco tejida con los cabellos de miles de mujeres para apoyar a los marinos) y el lado místico (el libro con los nombres de las almas que pueblan el santuario y que visitan los dioses). Lo que más me llamó la atención en Yushukan eran unas preciosas muñecas vestidas de novia. Muchos de los pilotos kamikazes eran muy jóvenes, de 17, 18 o 19 años y nunca habían estado con una mujer antes de morir ni habían conocido el amor. Tras su sacrificio, sus madres llevaban esas muñecas al templo para que sus hijos no estuvieran solos, para que tuvieran una pareja que les acompañase en la eternidad.

JD.3L

Fuente: https://jralonso.es/2014/10/07/anfetaminas-y-kamikazes/

miércoles, 5 de febrero de 2020

Ante la falta de energía nuclear por el desastre de Fukushima, Japón abrirá 22 plantas de carbón y da marcha atrás en la lucha contra la contaminación

Ante la falta de energía nuclear por el desastre de Fukushima, Japón abrirá 22 plantas de carbón y da marcha atrás en la lucha contra la contaminación

El mundo está perdiendo la guerra contra el carbón. Pese a ser una de las formas de generar energía que más CO2 producen, la quema de carbón es también una de las formas más económicas y funcionales. Según el acuerdo de París, países como Japón se han comprometido a controlar sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030, pero lejos de cumplir estos objetivos, el gobierno nipón está apostando por nuevas plantas a carbón.

22 nuevas plantas en 17 lugares diferentes durante los próximos cinco años, justo en el momento en que la lucha contra el cambio climático pide poner freno a esta forma de generar energía. Y es que una de las consecuencias del desastre nuclear de Fukushima en 2011 fue el cierre del programa de energía nuclear en Japón, algo que ha provocado que el país tenga que optar por otras formas para poder abastecer de energía a su población. Porque como en Alemania, sin energía nuclear y sin poder basarse enteramente en energías renovables, las distintas variedades de carbón siguen suponiendo un gran porcentaje de la industria energética.

 22 nuevas plantas de energía basadas en el carbón durante los próximos 5 años

Plantas Tepco
Algunas de las plantas de carbón propuestas, según recoge la web Japan Coal Plant Tracker.

A través del portal Japan Coal Plant Tracker es posible observar cuáles son las plantas planeadas para los próximos años. Podemos ver cómo algunas han sido finalmente canceladas mientras que otras están ya bajo construcción, previstas para ser iniciadas a partir de 2022.

Según describen vecinos de Yokosuka al New York Times: "Es lo peor que podrían construir". Y es que estas 22 centrales juntas emitirían casi la misma cantidad de dióxido de carbono anual que todos los coches que se venden en un año en los EE.UU. Una cantidad de contaminación enorme que contrasta con el mensaje de Japón de intentar conseguir los JJ.OO 2020 lo más ecológicos posibles.

Tepco
Mapa de las actuales centrales de Tepco en la Bahía de Tokio. Fuente: Tepco Fuel & Power

En Yokosuka la empresa Tokyo Electric Power Company, más conocida simplemente como Tepco, ya disponía de una central eléctrica en el mismo lugar donde se planea la construcción de dos de estas nuevas centrales a carbón. Pero la construcción ha generado mucha controversia entre los grupos ambientalistas. Según explica el NYT, Tokyo Electric declaró que las nuevas centrales no necesitaban una revisión ambiental completa, porque estaban siendo construidas en el mismo sitio que las instalaciones de quema de petróleo.

Para grupos ambientalistas como No Coal Japan, el problema es que se ha aceptado el proyecto sin una evaluación ambiental adecuada y se pone en peligro no solo a los vecinos de la zona, también al resto del planeta al contribuir al cambio climático.

Pikachu Cumbre
Activistas japoneses disfrazados de Pikachu durante la Cumbre del Clima en Madrid. Vía 3DJuegos
"Japón promociona unas Olimpiadas de bajas emisiones, pero en el mismo año, comenzará a operar cinco nuevas centrales eléctricas de carbón que emitirán muchas veces más dióxido de carbono que cualquier cosa que las Olimpiadas puedan compensar", explicaba la activista Kimiko Hirata, directora de Kiko Network, durante la COP25.

En el pasado, la nuclear llegó a suponer un tercio del tipo de energía producido
Japón depende del carbón en más de un tercio de su energía. En el pasado, la energía nuclear llegó a suponer un porcentaje parecido, pero debido al desastre de Fukushima se reduce drásticamente hasta representar únicamente el 3% en 2017.

Japan Eia
Energía eléctrica generada por Japón. Fuente: EIA

El carbón, junto al gas natural y el petróleo, representa aproximadamente el 80% de la generación de energía. Es decir, la mayoría de la energía en Japón se produce a partir de combustibles fósiles y únicamente el 16% se basa en energías renovables, con la hidroeléctrica como la más utilizada entre ellas, según los datos de EIA.

La crisis energética de Fukushima ha promovido esta apuesta de Japón por el carbón, pero no es el único motivo. El gobierno ha seguido manteniendo la creencia de que las empresas públicas del país deben seguir invirtiendo en combustibles fósiles para mantener una mezcla diversificada de fuentes de energía. Y es que la construcción de estas nuevas plantas de carbón no solo significa ampliar la producción, también renovar las plantas de carbón más antiguas.

Japón depende de las importaciones para la mayor parte de la energía, pero además de Fukushima, en la década de los 70 también decidieron abandonar parte del petróleo extranjero a raíz de la crisis del petróleo. Esto ha llevado a que desde hace años, Japón ha ido lenta pero progresivamente ampliando su apuesta por el carbón.

Tepco Fabrica

Países como Reino Unido, Francia o España tienen entre sus objetivos eliminar el uso del carbón para 2025 y por ejemplo en nuestro país, el uso del carbón representa menos del 14%. Pero como explica Yukari Takamura, experto en política climática del Instituto de Futuras Iniciativas de la Universidad de Tokio: "Japón es una anomalía entre las economías desarrolladas. La era del carbón está terminando, pero para Japón, está resultando muy difícil renunciar a una fuente de energía en la que ha dependido durante tanto tiempo".

Shinjiro Koizumi, Ministro de Ambiente y Energía de Japón, ha explicado que el país nipón "no puede declara una salida del carbón inmediata", aunque sí ha declarado que "el país se moverá constantemente hacia hacer de las energías renovables su principal fuente de energía". Unas promesas que contrastan con los planes de construcción de estas nuevas centrales basadas en el carbón. Para contrarrestarlo, el gobierno también ha explicado que Japón invertirá en tecnologías de captura y almacenamiento para limpiar las emisiones generadas por el carbón. Una tecnología que por el momento sigue sin estar disponible.

Fuente: https://www.xataka.com/energia/falta-energia-nuclear-desastre-fukushima-japon-da-marcha-atras-lucha-contaminacion-apuesta-carbon

jueves, 9 de enero de 2020

Cosas que hacen latir de prisa el corazón...

Esta pequeña joya escrita por Sei Shonagon, dama de la corte de la emperatriz Sadako en el Japón del siglo X. Cosas que hacen latir deprisa el corazón. "El libro de la almohada". Traducción de María Kodama 

Nieve horizontal 1944, por la artista japonesa Uemura Shōen


Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un lugar donde juegan niños. Dormir en una habitación donde se ha quemado incienso. Advertir que un elegante espejo chino está un poco empañado. Ver a un caballero que detiene su carruaje frente a nuestro portón y ordena a sus servidores que lo anuncien. Lavarse el pelo, acicalarse y ponerse ropas perfumadas. Aunque nadie lo vea, sentimos un íntimo placer. 
   Es de noche y uno espera una visita. De pronto nos sorprende el sonido de las gotas de lluvia que el viento arroja a las persianas.

Vía: @literlandweb1

martes, 6 de agosto de 2019

¿Por qué la Segunda Guerra Mundial terminó con hongos nucleares?


 “Lunes, 06 de agosto 1945, 8:15 AM, la bomba nuclear “Little Boy” fue lanzada sobre Hiroshima por un bombardero estadounidense B-29, el Enola Gay, matando directamente a unas 80.000 personas. A finales del año, los daños por la radiación aumentaron las bajas entre 90,000-140,000.”[1]

“El 9 de agosto de 1945, a las 11:02 am, Nagasaki fue el blanco del segundo ataque con bomba atómica del mundo, cuando el norte de la ciudad fue destruido se calcula que 40.000 personas murieron por la explosión de la bomba apodada "Fat Man". El número de muertos por el bombardeo atómico totalizó 73.884 víctimas, así como 74.909 heridos y otros cien mil enfermos y moribundos por causa de la lluvia radiactiva y otras enfermedades causadas por la radiación". [2]
En el Teatro Europeo, la Segunda Guerra Mundial terminó a principios de mayo de 1945 con la capitulación de la Alemania nazi. Los “Tres Grandes” en el lado de los vencedores – Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética – ahora se enfrentaban con el complejo problema de la reorganización de la posguerra en Europa. Estados Unidos había entrado en la guerra más bien tarde, en diciembre de 1941, y apenas había comenzado a hacer una contribución militar verdaderamente significativa para la victoria aliada sobre Alemania con los desembarques de Normandía en junio de 1944, menos de un año antes del fin de las hostilidades. Sin embargo, cuando la guerra contra Alemania terminó, Washington ocupó con firmeza y confianza parte en la mesa de los vencedores, decididos a lograr lo que podría denominarse como: “objetivos de guerra”.

Así, el país que había hecho la mayor contribución y sufrido, con mucho, las mayores pérdidas en el conflicto contra el enemigo común nazi, la Unión Soviética, pidió importantes pagos en reparación desde Alemania y seguridad contra la agresión potencial en el futuro, en forma de la instauración en Alemania, Polonia y otros países de Europa oriental de gobiernos que no fueran hostiles a los soviéticos, como había sido el caso antes de la guerra. Moscú También previó una indemnización por las pérdidas territoriales sufridas por la Unión Soviética en el momento de la Revolución y la Guerra Civil, así finalmente, los soviéticos esperaban que, tras la terrible experiencia de la guerra reciente, serían capaces de retomar el proyecto de construir una sociedad socialista. Los líderes estadounidenses y británicos conocían estos objetivos soviéticos y habían explícita o implícitamente reconocido su legitimidad, por ejemplo en las Conferencias de los Tres Grandes en Teherán y Yalta. Ello no significó que Washington y Londres estuvieran entusiasmados con el hecho de que la Unión Soviética fuera a recoger estos premios por sus esfuerzos de guerra, y allí, sin duda, se escondía un potencial conflicto con las propias de los principales objetivos de Washington, a saber, la creación de una “puerta abierta” para las exportaciones de EE.UU. y las inversiones en Europa occidental, en la Alemania derrotada, y también en Europa central y oriental, liberados por la Unión Soviética. En cualquier caso, los dirigentes americanos, y los políticos e industriales – incluyendo a Harry Truman, quien sucedió a Franklin D. Roosevelt como presidente en la primavera de 1945 – mostraron poca comprensión y simpatía incluso con las expectativas más básicas de los soviets. Estos líderes aborrecían la idea de que la La Unión Soviética pudiera recibir reparaciones considerables de Alemania, porque tal sangría eliminaría Alemania como un mercado potencialmente muy rentable para las exportaciones de EE.UU. y las inversiones. En cambio, las reparaciones permitirían a los soviéticos reanudar el trabajo, posiblemente con éxito, en el proyecto de una sociedad comunista, un “contra-sistema” al sistema capitalista internacional en el que los EE.UU. se habían erigido como el gran campeón. 

Las élites políticas y económicas americanas eran, sin duda, también muy conscientes de que las reparaciones alemanas a los soviéticos implicaban que las plantas de la rama alemana de corporaciones de EE.UU., como Ford y GM, que habían producido toda clase de armas para los nazis durante la guerra (y hecho un montón de el dinero en el proceso [3]) tendrían que producir para el beneficio de los soviéticos en vez de continuar de enriqueciendo a propietarios y accionistas en EE.UU.

Los "Tres Grandes" en la Conferencia de Teherán de 1943

Las negociaciones entre los Tres Grandes, obviamente, nunca forzaron a la retirada del Ejército Rojo de Alemania y Europa Oriental antes de que los objetivos soviéticos de las reparaciones y de seguridad se cumplieran en parte. 

Sin embargo, el 25 de abril 1945, Truman se enteró de que la EE.UU. dispondría pronto de una nueva arma poderosa, la bomba atómica. La posesión de esta arma abrió todo tipo de impensables pero extremadamente favorables perspectivas, y no es de extrañar que el nuevo presidente y sus asesores cayeran bajo el hechizo de lo que el renombrado historiador estadounidense William Appleman Williams ha llamado una “visión de la omnipotencia”.[4] Sin duda, ya no se consideró necesario realizar difíciles negociaciones con los soviéticos. Gracias a la bomba atómica:
Sería posible obligar a Stalin, a pesar de los acuerdos previos, a retirar el Ejército Rojo de Alemania y a negarle decidir en los asuntos de posguerra de ese país, y para instalar la “pro-occidentalidad”, e incluso el “anti-sovietismo” en los regímenes en Polonia y en otras partes de Europa del Este, y en último término tal vez para abrir la propia Unión Soviética al capital de inversión estadounidense, así como a la política de Estados Unidos y su influencia económica, volviendo de esta forma a este hereje comunista al seno de la iglesia universal capitalista.
En el momento de la rendición alemana en mayo de 1945, la bomba estaba casi -pero no del todo- preparada. Truman por tanto, se estancó el mayor tiempo posible antes de que finalmente acordó asistir a una conferencia de los Tres Grandes en Potsdam en el verano de 1945, donde se decidiría el destino de la posguerra en Europa. El presidente había sido informado de que la bomba era probable que estuviera lista para entonces –preparada, quiso decir, para ser utilizada como “un martillo”, como él mismo declaró en una ocasión, como una ola “sobre las cabezas de los niños en el Kremlin".[5] 

Conferencia de Potsdam. Nuevos rostros entre los Aliados, a la izquierda Clement Attlee electo primer ministro en sustitución de Winston Churchillñ en el centro Harry S. Truman que sustituyó al fallecido Franklin D. Roosevelt; a la derecha Josep Stalin.

En la Conferencia de Potsdam, que duró del 17 de julio al 02 de agosto 1945, Truman, efectivamente, recibió el mensaje tan esperado de que la bomba atómica había sido probado con éxito el 16 de julio en Nuevo México. A partir de entonces, ya no se molestó en presentar propuestas a Stalin, sino que hizo todo tipo de demandas; al mismo tiempo que rechazó de plano todas las propuestas presentadas por los soviéticos, por ejemplo respecto a los pagos de reparación de Alemania, incluidas las propuestas razonables sobre la base de anteriores acuerdos entre los Aliados. Stalin faltó a la esperada disposición a capitular, sin embargo, ni siquiera cuando Truman trató de intimidarlo susurrándole al oído ominosamente que América había adquirido una nueva arma increíble. La esfinge soviética, que sin duda ya se había informado sobre la bomba atómica estadounidense, escuchó en silencio. Algo desconcertado, Truman llegó a la conclusión de que sólo una demostración real de la bomba atómica serviría para convencer a los soviéticos a ceder. En consecuencia, no se podía llegar a acuerdos generales en Potsdam. De hecho, poco o nada de fondo se decidió allí. “El principal resultado de la conferencia”, escribe el historiador Gar Alperovitz, “fueron una serie de decisiones que no se acordaron hasta la próxima reunión”.[6]
Mientras tanto los japoneses luchaban en el Lejano Oriente, A pesar de que su situación era totalmente desesperada. Estaban, de hecho, dispuestos a renunciar voluntariamente, pero insistieron en una condición, a saber, que el emperador Hirohito garantizaría la inmunidad. Esto contravenía la demanda estadounidense de una capitulación incondicional. A pesar de esto hubiera sido posible poner fin a la guerra sobre la base de la propuesta japonesa.
De hecho, la rendición alemana en Reims tres meses antes no había sido totalmente incondicional. (Los americanos habían convenido en una condición alemana, a saber, que el armisticio sólo entraría en vigor después de un retraso de 45 horas, un retraso que permita al mayor número de unidades del ejército alemán como fuera posible escapar del frente oriental, a fin de entregarse a los estadounidenses o los británicos, muchas de estas unidades realmente se mantendrán preparados –de uniforme, armados, y bajo el mando de sus propios funcionarios– para su posible uso contra el Ejército Rojo, como Churchill admitió después de la guerra.)[7] En cualquier caso, la única condición de Tokio estaba lejos de ser esencial. De hecho, más tarde – después que una rendición incondicional había sido arrancada a los japoneses – los americanos nunca se molestarían por Hirohito, y fue gracias a Washington que iba a ser capaz de seguir siendo emperador por muchas décadas más.[8]

El Acta de Rendición de Alemania, firmada el 7 de mayo de 1945 en Reims, el General Alfred Jodl rubrica el documento.

Los japoneses creen que todavía podían permitirse el lujo de agregar una condición a su oferta de rendición, porque la fuerza principal de su ejército de tierra se mantuvo intacta, en China, Donde había pasado la mayor parte de la guerra. Tokio pensó que podría utilizar este ejército para defender el propio Japón, haciendo así a los estadounidenses pagar un alto precio por su victoria final ciertamente inevitable, pero este sistema sólo funcionaría si la Unión Soviética se mantenía fuera de la guerra en el Extremo Oriente; una URSS implicada en la guerra, en cambio, hacía precisar las fuerzas japonesas en China continental. La neutralidad soviética, en otras palabras, permitía a Tokio una pequeña dosis de esperanza, no la esperanza de una victoria, por supuesto, pero la esperanza para la aceptación por parte de EE.UU. de su condición relativa al emperador. Hasta cierto punto la guerra con Japón se prolongó, pues, debido a que la Unión Soviética aún no participaba en ella. Ya en la Conferencia de los Tres Grandes en Teherán en 1943, Stalin había prometido declarar la guerra a Japón en el plazo de tres meses después de la capitulación de Alemania, y había reiterado este compromiso tan recientemente como el 17 de julio 1945, en Potsdam. 

En consecuencia, Washington contaba con un ataque soviético contra Japón a mediados de agosto y por lo tanto sabía muy bien que la situación de los japoneses era desesperada. (“Finí japoneses cuando eso ocurra”, confió Truman en su diario, refiriéndose a la esperada participación soviética en la guerra en el Lejano Oriente.)[9] Además, la marina estadounidense, aseguró Washington, era capaz de evitar que los japoneses trasladaran su ejército de China con el fin de defender la patria contra una invasión norteamericana. Dado que la Marina estadounidense fue, sin duda, capaz de poner a Japón de rodillas por medio de un bloqueo, una invasión no era necesaria. Privados de necesidades importadas, como los alimentos y combustibles, de Japón se podía esperar una capitulación sin condiciones, tarde o temprano.

Para terminar la guerra contra el Japón, Truman tenía era una serie de opciones muy atractivas. No sólo podía aceptar la trivial condición de los japoneses en lo que se refería a la inmunidad de su emperador, sino que también hasta podía esperar que el Ejército Rojo atacara a los japoneses en China, lo que obligaría a Tokio a aceptar una rendición incondicional, después de todo, también podrían matar de hambre a Japón por medio de un bloqueo naval que hubiera obligado a Tokio a pedir la paz, tarde o temprano.

Truman y sus consejeros, sin embargo, no optaron por ninguna de estas opciones, sino que se decidieron a atacar Japón con la bomba atómica. Esta decisión fatal, que iba a costar la vida de cientos de miles de personas, la mayoría mujeres y niños, ofrecía a los estadounidenses ventajas considerables. 
En primer lugar, la bomba podría obligar a Tokio a rendirse antes de que los soviéticos se involucraran en la guerra en Asia, por lo que no sería necesario conceder a Moscú voz y voto en las decisiones procedentes sobre el Japón de la posguerra, y sobre los territorios que habían sido ocupados por Japón (como Corea y Manchuria), y en el Lejano Oriente y la región del Pacífico en general. Los EE.UU. a continuación, gozarían de una hegemonía total sobre esa parte del mundo, algo que se puede decir que fueron los verdaderos (aunque no expuestos) objetivos de la guerra de Washington en el conflicto con Japón. Fue a la luz de esta consideración que la estrategia de bloqueo, con la consiguiente rendición de Japón fue rechazada, ya que la rendición podría no haber estado disponible hasta después de –y posiblemente mucho después – la intervención en la guerra de la URSS. (Después de la guerra, el estadounidense Strategic Bombing Survey señaló que “seguramente antes del 31 de diciembre de 1945, Japón se habría rendido, incluso sin el uso de las bombas atómicas”.)[10]
En cuanto a los líderes estadounidenses se refiere, una intervención soviética en la guerra en el Lejano Oriente amenazaba con ofrecer a los soviéticos la misma ventaja que había producido la intervención de los yankees -relativamente tarde- en la guerra en Europa para los Estados Unidos, a saber, un lugar en la mesa redonda de los vencedores, que permitiría negociar sobre el enemigo derrotado, ocupar zonas de su territorio, cambiar las fronteras, determinar las estructuras socio-económicas y políticas de posguerra, y con ello se derivarían enormes beneficios y prestigio. 
La tripulación del Enola Gay que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima.

Washington rechazaba absolutamente que la Unión Soviética pudiera disfrutar de este tipo de concurso. Los estadounidenses estaban al borde de la victoria sobre Japón, su gran rival en esa parte del mundo. No le gustaba la idea de ser la cauda de un nuevo rival potencial, uno cuya detestable ideología comunista pudiera llegar a ser peligrosamente influyente en muchos países asiáticos. Al lanzar la bomba atómica, los estadounidenses esperaban terminar, acabar con Japón instantáneamente e ir a trabajar en el Lejano Oriente como el caballero solitario, es decir, sin estropear su victoria dando parte a los  infiltrados soviéticos indeseables. 
El uso de la bomba atómica ofreció a Washington una segunda importante ventaja. La experiencia de Truman en Potsdam le había convencido de que sólo una demostración real de esta nueva arma haría a Stalin lo suficientemente flexible. Había que reventar una ciudad del Japón, preferentemente una “virgen”, donde el daño sería especialmente impresionante, con lo que se cernía útil, como medio para intimidar a los soviéticos e inducirlos a hacer concesiones con respecto a Alemania, Polonia, Y el resto de Europa Oriental.
La bomba atómica fue preparada justo antes de que los soviéticos se involucraran en el Lejano Oriente. Aun así, la pulverización nuclear de Hiroshima el 6 de agosto 1945, llegó demasiado tarde para impedir la entrada de los soviéticos de la guerra contra el Japón. Tokio no tiró la toalla de inmediato, como los norteamericanos habían esperado, y el 8 de agosto 1945 – exactamente tres meses después de la capitulación alemana en Berlín – los soviéticos declararon la guerra a Japón. Al día siguiente, el 9 de agosto, el Ejército Rojo atacó a las tropas japonesas estacionadas en el norte de China. Washington misma había pedido tiempo para la intervención soviética, pero cuando ocurrió la intervención finalmente, Truman y sus consejeros estaban muy lejos del éxtasis por el hecho de que Stalin había cumplido su palabra. Si los gobernantes japoneses no respondían de inmediato a los bombardeos de Hiroshima con una capitulación incondicional, podía haber sido debido a que no podían saber de inmediato que sólo un avión y una bomba habían hecho tanto daño. (Muchos bombardeos convencionales habían producido resultados igualmente catastróficos; un ataque con miles de bombas en la capital japonesa del 9 al 10 marzo 1945, por ejemplo, en realidad habían causado más víctimas que el bombardeo de Hiroshima). En cualquier caso, pasaría algún tiempo antes de una capitulación incondicional próxima, y en razón de este retraso la URSS se involucró en la guerra contra Japón después de todo. Esto hizo que Washington se pusiera impaciente: el día después de la declaración de guerra de los soviéticos, el 9 de agosto 1945, una segunda bomba fue lanzada, esta vez en la ciudad de Nagasaki

Un capellán del ejército estadounidense indicó después: “Yo soy de la opinión de que esta fue una de las razones por las que una segunda bomba fue lanzada: porque no había prisa. Querían obligar a los japoneses a capitular antes de que los rusos se presentaran" [11] (El capellán puede o no haber sido consciente de que entre los 75.000 seres humanos que fueron “incinerados, carbonizados y evaporados al instantante” en Nagasaki muchos eran católicos japoneses y un número indeterminado de presos de un campo de prisioneros de guerra aliados, de cuya presencia se había informado al comando del aire, sin ningún resultado.)[12] Tuvieron que pasar otros cinco días, es decir, hasta el 14 de agosto, antes de los japoneses pudieran llegar a capitular. Mientras tanto, el Ejército Rojo fue capaz de hacer progresos considerables, para gran disgusto de Truman y sus consejeros.

Y así, los estadounidenses se quedaron con un aliado soviético en Lejano Oriente después de todo. ¿O acaso lo eran? Truman se aseguró de que no lo fueran, haciendo caso omiso de los precedentes establecidos anteriormente con respecto a la cooperación entre los Tres Grandes en Europa. El 15 de agosto 1945, Washington rechazó la solicitud de Stalin para una zona de ocupación soviética en el país derrotado del sol naciente
Cuando el 2 de septiembre de 1945, el general MacArthur aceptó oficialmente la rendición japonesa en el acorazado estadounidense Missouri en la Bahía de Tokio, los representantes de la Unión Soviética – y de otros aliados en el Lejano Oriente, como Gran Bretaña, Francia, Australia, y los Países Bajos – se les permitió estar presentes sólo como extras insignificantes, como espectadores. A diferencia de Alemania, Japón no fue dividido en zonas de ocupación. EE.UU. derrotó a su rival e iba a ser ocupado por los norteamericanos solamente, y como único “Virrey” americano en Tokio, el general MacArthur se aseguraría de que, independientemente de las aportaciones realizadas a la victoria común, ningún otro poder tuviera voz y voto en los asuntos de la posguerra de Japón.

Truman no necesitó usar la bomba atómica para poner a Japón de rodillas, pero no tenía razones para no querer usar la bomba. La bomba atómica permitió a los estadounidenses forzar a Tokio a rendirse sin condiciones, sirvió también para mantener a los soviéticos lejos del Lejano Oriente y – por último pero no menos importante – para forzar que Washington también estaría en el Kremlin. Hiroshima y Nagasaki fueron borrados por estas razones. Muchos historiadores norteamericanos cuenta algo de ello; Sean Dennis Cashman, por ejemplo, escribe:

Con el paso del tiempo, muchos historiadores han concluido que la bomba fue utilizada por razones políticas… Vannevar Bush [el jefe del Centro Americano para la investigación científica] indica que la bomba “se entregó también a tiempo, de modo que no hubo necesidad de hacer concesiones a Rusia al final de la guerra". El Secretario de Estado James F. Byrnes [Gobierno de Truman] nunca negó una declaración atribuida a él sobre que la bomba había sido utilizada para demostrar el poderío estadounidense a la La Unión Soviética con el fin de hacerla más manejable en Europa.[13]

El mismo Truman declaró hipócritamente, sin embargo, en su momento, que el objetivo de los dos bombardeos nucleares había sido “para devolver los chicos a casa”, es decir, para terminar rápidamente la guerra sin más pérdidas de vidas humanas del lado americano. Esta explicación fue transmitida acríticamente en los medios de comunicación estadounidenses y se convirtió en un mito propagado con entusiasmo por la mayoría de los historiadores y los medios de comunicación en los EE.UU. y en todo el mundo “occidental”. 
Ese mito, que, dicho sea de paso, también sirve para justificar posibles ataques nucleares contra objetivos futuros, como Irán y Corea del Norte está todavía muy vivo – con solo revisar su diario general el 6 y 9 de agosto lo comprobará-

por  Dr. Jacques R. Pauwels
Autor de valiosos libros como "El mito de la Guerra Buena: América en la Segunda Guerra Mundial" (2002); "La Gran Guerra de Clases. 1914-1918" (2014), entre otros.

Fuente: http://www.detectivesdeguerra.com/2019/08/por-que-la-segunda-guerra-mundial.html