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viernes, 9 de septiembre de 2022

Lo que los inuits nos enseñan sobre economía y sociedad

Grupo de inuit en Douglas Harbour Fisher Bay (Canadá). Fotografía de Albert Peter Low, 1897. Wikimedia Commons / Canadian Museum of History, CC BY-SA

El filósofo Francisco Fernández Buey señalaba que había que prestar más atención a las formas en las que los pueblos originarios han interactuado con los ecosistemas. No quería decir con ello que todos deberíamos convertirnos en unos “primitivos”, lo cual sería una ingenuidad. Quería decir que deberíamos aprender cómo otros pueblos han resuelto los problemas ecológicos y demográficos de nuestro planeta.

En estos tiempos de creciente desigualdad socioeconómica y depredación ambiental a nivel mundial, los antropólogos han mostrado la organización de los pueblos originarios como un tipo de diseño cultural alternativo por medio de una ingeniería social única en la construcción de sociedades más equilibradas con respecto al entorno natural.

El sociólogo alemán Ulrich Beck popularizó la categoría de “riesgo” asimilándola con el riesgo medioambiental. El riesgo, la posibilidad de que algo malo ocurra, es definido en cada cultura de forma distinta. En occidente lo relevante es que si, por ejemplo, invierto en un negocio, en la bolsa, en vivienda o en bitcoins, he de asumir el riesgo que conlleva perder o ganar capital. No importa que ello genere desigualdad socioeconómica y que otras personas mueran de hambre, de enfermedades o víctimas de una guerra.

Pero hay otros pueblos que tienen un concepto diferente del riesgo. R. F. Spencer estudió una comunidad inuit del noroeste de Alaska en los años 50. Y los inuits nos enseñan que el riesgo no solo es empresarial como piensan los economistas, sino que también puede ser un concepto social en términos, no de utilidad o beneficio económico, sino de cohesión social. Por eso, los inuits nunca hacen cosas que pongan en riesgo la unión de la sociedad.

El riesgo es natural, no depende de otros elementos como una maquinaria o un producto, sino que depende de factores ecológicos. Por ello, no se arriesgan a salir de caza si las condiciones ambientales no son buenas, ya que pondrían en peligro a los miembros de la sociedad. El inuit es un tipo de emprendedor que valora el riesgo de estas situaciones que son marginales y extremas según las circunstancias.

Riesgo y marginalismo

La teoría marginalista en economía propuesta por L. Walras, W. Jevons, J. B. Clark y C. Menger plantea la racionalidad de la utilidad marginal y decreciente: producir y consumir en las peores condiciones posibles extendiendo los márgenes de la economía. Se trata, por ejemplo, de las uvas cultivadas en las peores tierras de una región vitivinícola; de la última hora del día en el trabajo de un camionero, en las peores circunstancias; de las últimas unidades producidas de un coche que ya está desfasado respecto a sus competidores, pero que se puede seguir vendiendo porque da beneficios marginales; de lo que está caducado o no lo está, pero que todavía se puede ofrecer en el mercado, como un teléfono móvil “tonto” o reacondicionado, o un yogur a punto de caducar y en oferta en el supermercado; de una prenda textil fabricada con tecnología obsoleta en un país pobre, en las peores condiciones, pero que un consumidor occidental todavía adquirirá en la tienda.

El marginalismo es el beneficio más menguante en contextos más marginales. Pero todavía produce algún beneficio, ya que se puede arriesgar y apurar hacia los márgenes y los extremos del sistema económico.

A la inversa, para los inuits el riesgo es no cooperar con el resto de los miembros de una sociedad por un beneficio individualista. No encontramos la desigualdad de ingreso entre ellos porque no hay pobres. A lo sumo, lo que encontramos es la desigualdad de protagonismo cuando unos individuos pueden ser más líderes que otros y capitanear una embarcación para pescar focas. El aspirante a capitán entrega regalos a los posibles tripulantes para convencerlos de que participen en la expedición de caza, pero no están obligados a aceptar. Y si una de las tripulaciones de una embarcación no cazó ese día, otros miembros de otras embarcaciones comparten y distribuyen la caza para que nadie se quede sin alimento. El riesgo equivale a una situación antisocial y no tiene nada que ver con expectativas de beneficios monetarios y comerciales.

Pescadores inuit en Nome, Alaska, fotografiados por Lomen Brothers en 1919. Wikimedia Commons / University of Washington
Desigualdad y beneficio incontrolable

En cambio, la economía occidental es un sistema cerrado que solo crea riqueza y al que la sociedad tiene que adaptarse. Arriesgarse, apostar, emprender es considerado una opción económicamente racional. En la bolsa, en los negocios, en la lotería o en el juego. Y tampoco existe una teoría económica del entorno natural ni del equilibrio población-recursos. Solo está basada en el beneficio incontrolable y en la desigualdad de ingresos. Este es un prisma más abstracto.

La economía inuit es un tipo de economía que se acompaña de un complemento marginal: lo que no se hace un día se puede hacer otro día. Si hoy hizo mal tiempo no se pone en riesgo a las personas y se saldrá a cazar otro día. Estas decisiones son imposibles para nuestros cultivos agrícolas ya que la productividad se desestabiliza si no se recolecta a tiempo.

Los inuits tienen una idea del costo de las oportunidades y un cálculo de la productividad marginal, pero supeditada al beneficio colectivo. Y por ello evitan el riesgo, la productividad marginal y la generación de recursos en las peores condiciones.

Su economía tiene bases empíricas, incluida la racionalidad y el equilibrio tanto demográfico como ecológico. Por ejemplo, pueden cazar ballenas, pero no lo hacen en ciertas épocas del año. Una consecuencia de esto es que los inuits no trabajan en función del mercado, sino del medioambiente, ya que han sido educados para familiarizarse con el ecosistema. Están culturalmente predispuestos a cultivar la paciencia, el cálculo, la tranquilidad y el entrenamiento de supervivencia. Los inuits tienen poco riesgo financiero y, en cambio, arriesgan mucho más cuando se casan y forman nuevas familias entre diversas comunidades.

Responsabilidad colectiva

La idea fundamental es que, si bien la economía occidental se basa en la responsabilidad individual del trabajo, la economía inuit se basa en la responsabilidad colectiva. Es un tipo de economía que no tiene interés en acumular o generar ganancias de capital como la nuestra. Este tipo de problemas se han resuelto políticamente entre los inuits, de forma que su economía está concebida para crear sociedad, no riqueza, en equilibrio ecológico con el medioambiente.

El ejemplo de los inuits contribuye a repensar las formas de sostenibilidad que provienen de sociedades históricamente más cooperativas que la nuestra y que están siendo absorbidas por el capitalismo global. Y justamente esto es lo que invoca David Harvey en el último capítulo de Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo: la necesidad de modelos de producción y de organización social más cooperativos para una sociedad más justa y equitativa. Algo que los inuits llevan practicando desde hace siglos.

Fuente: https://theconversation.com/lo-que-los-inuits-nos-ensenan-sobre-economia-y-sociedad-187946

viernes, 19 de agosto de 2022

El capitalismo infiltrado en nuestros cuerpos: una reflexión desde la historia cultural

 El pasado nos sirve para entender que la aceleración de nuestras vidas no es una fatalidad ni responde a fragilidades individuales. Su explicación habría que buscarla en las condiciones que impone el sistema económico

‘Tiempos Modernos’ (Charlie Chaplin, 1936).

Vivimos sacudidos por la prisa. También aquejados por síndromes conceptualizados como hiperactividad, trastorno de déficit de atención, adicciones, estrés, burnout, cansancio crónico. ¿Qué hay detrás de este creciente número de afecciones mentales? El estudio de la cultura material del presente y del pasado nos permite pensar cómo los objetos que acompañan nuestra cotidianeidad condicionan nuestra psicología, nuestros comportamientos y el modo en que nos relacionamos con el mundo. 

Quizás el ejemplo más evidente sean las pantallas. El uso generalizado de tablets y smartphones además de generar adicciones, nos mantienen en continuo en estado de alerta, con notificaciones que nos avisan de cambios de estado, al tiempo que propician un consumo acelerado de contenidos al incitarnos a responder a varias aplicaciones, o incluso pantallas, simultáneamente. En Inglaterra, el diario británico The Guardian señalaba que después del confinamiento de los primeros meses de pandemia los alumnos no se acostumbraban a las clases magistrales tradicionales. Los contenidos a los que accedían en streaming a una velocidad de 1,5 volvían lentas las clases teóricas al uso. La velocidad se ha convertido en un componente más de nuestra cotidianeidad. Vivimos más deprisa, fruto de la exigencia constante de nuestra atención, y somos cada vez más impacientes, producto de la cultura de la inmediatez en que estamos insertos. 

Hace casi medio siglo, una de las escritoras que mejor ha sabido captar los vericuetos de la cotidianeidad en nuestra lengua, Carmen Martín Gaite, advertía ya de esta enfermedad de la prisa y, en particular, del peligro que supone entender que este estado rutinario de velocidad pudiera naturalizarse: “Y es que cuando vemos que a todo el mundo le pasan las mismas cosas no nos paramos a pensar por qué, ni si podrían dejar de pasarle. Nos abandonamos a la inercia de aceptar que lo que ocurre siempre es porque tiene fatales raíces en la esencia de lo humano” (Recetas contra la prisa, 1973).

Esa inercia fatal que nos aqueja, que Martín Gaite formulaba con juiciosa intuición, ha sido cuestionada por la perspectiva histórica. Los modos en que sentimos no están radicados “en la esencia de lo humano” sino anclados históricamente, condicionados de forma histórica y geográfica. Ser conscientes de ello nos permite desuniversalizar y desnaturalizar ciertas prácticas y formas de sentir y actuar. Así, por ejemplo, tendemos a entender el estrés como un condicionante forzoso en nuestras vidas cuando, en cambio, se encuentra inextricablemente unido a unas condiciones de trabajo, las regidas por la productividad del sistema capitalista que somete nuestro mundo. De hecho, los primeros casos de estrés fueron identificados a finales del siglo XIX, en el momento en que se consolidaba la economía industrial, como han demostrado recientemente colegas británicas. No es casual que el consumo de drogas se popularizase entonces, como paliativo ante la aparición de enfermedades nerviosas.

La hiperestimulación a la que se somete el individuo con el surgimiento de la metrópolis moderna y su impacto sobre la psicología del urbanita fueron advertidos a finales del siglo XIX, en plena modernidad capitalista, por el sociólogo Georg Simmel. Lo formuló del siguiente modo, señalando que la cultura objetiva –las producciones materiales– se imponen sobre la subjetividad –la vida mental de los individuos–, es decir, las producciones materiales nos acaban definiendo como individuos. Simmel identificó que la metrópolis moderna ejercía un impacto en la psicología del individuo con su sobrevenir de estímulos: escaparates cambiantes repletos de objetos en transformación, anuncios publicitarios dispuestos en el mobiliario y en el transporte urbanos, o las nuevas relaciones interpersonales definidas por el contacto estrecho y fugaz entre desconocidos. La economía capitalista creaba así las condiciones para una demanda continua de atención que buscaba seducir con sus productos. Todo ello suponía que la cultura objetiva tuviese un impacto definitivo en la psicología del individuo moderno, cuya memoria de sí mismo y su identidad se presentaban inestables por primera vez en la historia a finales del XIX. 

Como componente fundamental de la experiencia perceptiva moderna se sumaba a ello el empleo de tecnologías en constante renovación. El propio nacimiento del capitalismo es consustancial a un artefacto tecnológico: el reloj, que con la Revolución Industrial pasó a convertirse en un objeto necesario en la sincronización del trabajo, y los empleados priorizaban entre sus adquisiciones en cuanto mejoraban sus niveles de vida. 

La tecnología aparece asociada a la ideología del progreso decimonónica. Para un individuo de finales del siglo XIX resultaba evidente que el cambio, la transformación histórica, equivalía a progreso. Eran precisamente la tecnología y las comunicaciones los ámbitos en los que de forma más palpable este se manifestaba. Unas tecnologías ya en el siglo XIX asociadas a la idea de obsolescencia, lo cual exigía, y exige, de sus compradores un adiestramiento constante. Unas tecnologías que se renuevan para mantener vivo el interés en su adquisición, lo que favorece a su vez el consumo, que desde el capitalismo industrial aparece asociado a otro fenómeno contemporáneo como es el fomento de la compra por capricho, innecesaria: de ahí el papel crucial de la publicidad, el escaparatismo y otras técnicas de marketing.

Las tecnologías nacen en el siglo XIX bajo la utopía de hacernos la vida más fácil: evitarnos la escritura mediante el dictado de la voz o ahorrarnos el desplazamiento a los conciertos trayéndonos la reproducción de música a casa. Ambas situaciones planeaban en el imaginario de finales del siglo XIX como utopías realizables en el año 2000. 

Hoy tal vez sea el momento de imaginar nuevos escenarios de futuro. El buceo en el pasado nos sirve para entender que la aceleración de nuestras vidas no es una fatalidad, ni responde únicamente a fragilidades individuales. Su explicación habría que buscarla más bien en las condiciones que impone nuestro sistema económico, que no son las únicas posibles. En efecto, desde el origen del capitalismo existían zonas en el planeta ajenas a la economía capitalista en las que sus habitantes disponían de las necesidades materiales básicas: alimento y cobijo. Sin apelar a evocaciones nostálgicas ni al retroceso tecnológico, pueden ser imaginadas otras condiciones de producción y consumo que den cita a una tecnología más humana y confortable, posicionada en torno al bienestar del individuo. Cambiar las condiciones supondría cambiar nuestra salud y también la de un planeta que flaquea ante el crecimiento económico desmedido y la esquilma de sus recursos. Quizás así podamos volver a sentirnos dueños de nuestros cuerpos y más conectados con nuestro entorno. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20220801/Firmas/40512/sonsoles-hernandez-barbosa-estres-capitalismo-relojes-aceleracion-vital.htm

lunes, 15 de agosto de 2022

Cómo ha colapsado el Capitalismo en mi país, Sri Lanka

Abdul Harik Azeez
Desde que se sacó esta foto, en 2015, han surgido aun más templos del Capitalismo, y el dios al que estaban dedicados se ha venido completamente abajo. Fotografía: Abdul Harik Azeez.

 El Capitalismo ha colapsado por completo en Sri Lanka, y el país se ha quedado sin petrodólares y, en consecuencia, sin petróleo. Los coches serpentean por la ciudad en colas gigantes ante las gasolineras, cual dinosaurios alineados ante una charca de agua vaporizada por el asteroide. Aún no lo saben, pero ya se han extinguido. Yo paso por allí subido en mi bicicleta, un mamífero que antes resultaba patético y que ahora se mueve más rápido que estos fósiles.

Cojo prestado un coche eléctrico para llevar a los chicos a algún lado y conducimos a través de la Isla de los Esclavos. Tiene semejante nombre porque la gente blanca solía rodear aquí a los esclavos con cocodrilos. Ahora se parece al estado en el que se encuentra todo el país, rodeado por banqueros internacionales y su matón rompe-piernas, el FMI.

La Isla de los Esclavos solía ser el hogar de una hermosa comunidad, pero los echaron a patadas para construir residencias de lujo para nadie y autopistas elevadas hacia ninguna parte. Ahora las residencias están sin terminar y las autopistas están simplemente tiradas en la calle. Enormes pilares permanecen de pie, como los pies de Ozymandias. Su tamaño grita: «¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!». Pero «Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia / de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas / se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.» 

Abdul Halik Azeez
Hay una desabastecimiento de alimentos mientras la comida se pudre porque las furgonetas no se pueden mover. Fotografía: Abdul Halik Azeez.

 Digo que esto es un colapso del Capitalismo porque, vamos a ver… mirad alrededor. Las inversiones inmobiliarias son los templos del Capitalismo, casas que permanecen tan vacías y bien equipadas como si fueran tronos, para albergar no a seres humanos sino a los ausentes dioses de la avaricia. Los coches son los avatares del Capitalismo, letales piezas de capital que viajan a velocidades sobrehumanas atravesando los cuerpos humanos y las calles.

Durante décadas hemos construido este esquema piramidal, cada vez más alto, por la promesa de una vuelta en coche, una hipoteca a treinta años sobre un hogar. Pero ahora se está viniendo todo abajo, dejándonos bloques de piedra muerta en la carretera, tirados en el medio. Yo los rodeo, en un coche prestado sobre un tiempo prestado. Ahora se ha terminado. El Capitalismo se ha quedado sin gasolina en los extremos del imperio, y está consumiendo humo para funcionar en el resto de lugares. Es toda una diferencia de temporización. Tal como dijo William Gibson, «el futuro ya está aquí. Sólo que está distribuido desigualmente.»

En una era de extinción, por supuesto, los fósiles son los que tienen más suerte. Por lo menos queda alguien para recordarlos. Lo que no ves son todas las vidas —todas las formas de vida— completamente arrasadas por la caída. Todos los cuerpos simplemente devorados por carroñeros, sus huesos blanqueándose al sol para acabar al final desintegrándose. Yo no soy uno de ellos, pero puedo verlo. Todos los fantasmas del apocalipsis vienen a llamar a mi puerta.

Abdul Halik Azeez
El país ya no puede recargar el depósito de sus aviones. Fotografía: Abdul Halik Azeez.

 La gente que menos lo merece es la que se está llevando lo peor. El conductor de tuk-tuk, acarreando mercancías y gente para alimentar a su familia. Tienen que esperar por los pocos litros de combustible que les dan, detrás de un jeep que consume docenas de litros más. El conductor del tractor, que cultiva comida, la furgoneta que lleva mercancías, la familia apilada encima de una motocicleta, la fábrica que intenta conseguir gasóleo para su generador. El colapso del Capitalismo no es una inconveniencia para esta gente, el tema para un artículo. Son los trabajadores que hacen que todo el tinglado funcione, y que cuando este cae, lo hace encima de ellos los primeros.

Los ricos sobrevivirán de algún modo con sus coches eléctricos, sus bicicletas y cascos —ahora más caros—, su posibilidad de irse al extranjero. Los pobres sencillamente se morirán aquí, sin poder cubrirse siquiera con sedimentos, sus huesos descubiertos. Durante las últimas crisis del petróleo en los años 1970, teníamos un gobierno socialista que introdujo el racionamiento para mantener viva a la gente. Ahora tenemos unos fantásticos economistas que nos dicen que liberalicemos (o sea, que subamos) los precios aun más, mientras la gente en realidad se está muriendo de hambre. Así es un colapso bajo el capitalismo. Los carnívoros que nos comían vivos ahora simplemente nos comen muertos. Es la hora de la comida para los economistas de la carroña.

Yo conozco el hambre porque la gente llama a mi puerta pidiendo comida. Lo puedo ver en los ojos de mi gente. Y pese a todo aún nos alimentamos los unos a los otros en las colas interminables, todavía nos damos unos a otros lo poco que tenemos. La vieja cultura, la de antes de que intentásemos ser como los colonizadores, aún persiste. Como las oraciones a los antiguos dioses de la isla, la generosidad aún persiste, incluso a la sombra de los templos de la avaricia blanca. Nos alimentamos unos a otros desesperadamente, con lo poco que tenemos, mientras todo lo que nos prometió el Capitalismo se convierte en ceniza en nuestras bocas.

Vistas a la prosperidad, siempre en la distancia. Abdul Halik Azeez.
Vistas a la prosperidad, siempre en la distancia. Abdul Halik Azeez.

 Colombo es una ciudad sin combustibles fósiles pero llena de fósiles. Los coches serpentean alrededor de los abrevaderos secos, las autopistas yacen muertas encima de las carreteras, las residencias nos miran con ojos muertos, como brontosauros que aún no han terminado de derrumbarse. Colombo es una ciudad cada vez más desprovista de energía, más allá del empuje de una bicicleta de pedales, del fuego de una cocina de leña o de la amabilidad del alma humana. No es mucho, casi no es suficiente, pero tampoco es nada. Pienso en esto mientras salgo de la ciudad en mi bicicleta, o meto a mis hijos en el autobús, aunque en el fondo me siento horriblemente.

Lo triste del Capitalismo es que por mucho que obviamente sea una mierda, la mayoría de nosotros nunca quiso que se acabase, tan sólo queríamos ascender dentro de él. Esta era la promesa del desarrollo internacional: si aguantábamos lo suficiente siendo esclavos podríamos vivir como los amos. Esto por supuesto era imposible, y los rojeras nos lo dijeron, pero no les escuchamos. No queríamos escucharles. Y ahora somos la prueba viviente. El fin del Capitalismo está cerca y la penitencia por el pecado es la muerte.

Lo cierto es que el asteroide ya nos dio en el momento en que el hombre blanco dio con el oro negro. Cabalgaron una ola de destrucción a través del globo y lo llamaron crecimiento, pero era canceroso. Nos ha llevado unos cuatrocientos años, pero los cascotes al final están atragantando la atmósfera y el evento de extinción está llegando fuerte. Plantas, animales y países enteros están empezando a desplomarse. Los más pobres primero.

Puedo verlo donde vivo, a medida que los activos mortíferos se convierten en activos muertos, a medida que los petrodólares y los productos petrolíferos se secan. A nosotros nos ha pasado por razones que son únicas, pero las causas subyacentes son mundiales. El Capitalismo ha colapsado en Sri Lanka y está colapsando por todas partes. Ahora lo puedes ignorar, pero al final hará colapsar el ecosistema en su conjunto, y entonces ¿qué? No tenemos otro planeta. En lugar de eso vamos a tener un planeta cambiado por aquí, uno que se parece a este por el que te he acompañado a dar una vuelta. Bienvenidos al futuro, supongo. Ahora está desigualmente distribuido de una manera salvaje, pero dale un segundo geológico, y verás cómo se reparte.

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2022/08/14/como-ha-colapsado-el-capitalismo-en-mi-pais-sri-lanka/