En el
desarrollo de una escena cómica hay un punto a partir del cual corre el
riesgo de convertirse en una escena dramática. El guionista de cine y
televisión lo tiene en cuenta al escribir humor con un personaje con
discapacidad o limitaciones físicas por accidente o genética. El autor
tiene dos opciones:
El personaje distinto es la víctima.
El personaje utiliza la discapacidad o el trastorno en beneficio propio.
El personaje con discapacidad o limitaciones como víctimaEs sencillo para un guionista colocar al personaje con limitaciones en situaciones que –por fuerza– resolverá mal.
Joe, el policía de Padre de familia (Family Guy), jamás conseguirá la moqueta perfecta.
En cualquier caso, la audiencia que ríe no lo hace por
maldad; ríe por el contraste entre las intenciones del personaje (en
este caso, limpiar) y los resultados. El gag raya el drama… Y Padre de familia lo fuerza a propósito:
Cuando Joe tira con violencia la aspiradora la comedia queda atrás.
La posible sonrisa queda ahogada en la compasión. Compartimos la frustración de Joe. Ignoramos por qué los guionistas de Padre de familia pasan al drama, pero encontramos una lección: un personaje débil o con discapacidad o una anomalía física no es gracioso cuando está frustrado.
En otro capítulo, Peter Griffin aúpa a Joe con la carretilla
montacargas para que el policía juegue a caminar. Peter colabora de
forma desinteresada.
No sabemos por qué Quackmire no quiere decir a Joe que perdió los
pantalones. ¿Quizá porque habló de forma cruel al niño? El tono de
Quackmire está entre el rencor y la indiferencia.
El público acepta el castigo de Joe, pero el guion corta a tiempo,
durante la canción del policía. El castigo no es tanto. Joe es feliz.
Queda fuera de cuadro el momento que descubre que no tiene pantalones,
lo que podría ser humillante.
El otro acierto de la escena es utilizar como verdugos a
Peter y Quagmire, dos personajes con apenas luces. A los personajes
estúpidos se les tolera actos que criticamos a otros personajes.
En Dos tontos muy tontos (Dumb and Dumber), Jim Carrey cuenta a Jeff Daniels que consiguió dinero vendiendo un pájaro muerto y sin cabeza a un niño ciego.
Dos tontos muy tontos – El niño ciego y el pájaro sin cabeza.
El plano es chocante. La risa inevitable. Pero ¿de qué nos reímos? ¿Del engaño? No de la ceguera. Otra
vez por el contraste entre las intenciones del niño (tener una mascota)
y los resultados (la mascota muerta). Los hermanos Farrelly, guionistas
y directores, cortan a tiempo para eludir la tragedia.
Si Carrey y Daniels no fueran imbéciles, el público hubiera considerado dramática la escena del pájaro. 2. Cuando el personaje utiliza la discapacidad o limitación física en propio beneficioEl personaje tetrapléjico de Intocable finge convulsiones para librarse de la policía:
El público aplaude el engaño, la broma, porque empatiza con el personaje. La escena de Intocable es un ejemplo clásico de cómo un personaje consigue alguna ventaja en situaciones corrientes.
El 7 de enero de 2015 los hermanos Kouachi entraron en el periódico
satírico ‘Charlie Hebdo’, en París, armados con rifles de asalto. Al
grito de “¡Alá es grande!”, mataron a 12 personas. El escritor y
periodista francés Philippe Lançon sobrevivió a terribles
heridas sufridas en el rostro. Vivió nueve meses en hospitales. Sufrió
18 operaciones. Y volvió a una vida que, admite, “ya no es la misma
porque yo ya no lo soy”. Luego lo contó todo en ‘Le lambeau’: un libro,
un exorcismo
AQUELLA MAÑANA DE invierno de 2015 Philippe Lançon,
que había publicado tres novelas y era uno de los periodistas y
críticos culturales de más peso en Francia, recibió dos tiros de
Kaláshnikov-357 Magnum en el rostro. Fue en la sala de redacción del
periódico satírico Charlie Hebdo, en la calle Nicolas-Appert del distrito XI de París. Varios de sus mejores amigos
—los dibujantes y columnistas Cabu, Wolinski, Charb y Bernard Maris,
entre otros— murieron en el atentado perpetrado por los hermanos Kouachi
al grito de “¡Allahu akbar!” (“¡Alá es grande!”). Él sobrevivió al
ataque yihadista pero se quedó sin cara del labio superior para abajo.
Estuvo ingresado nueve meses en los hospitales de la Salpêtrière y los
Inválidos. Va por la cirugía facial número 18. Los médicos trasladaron
su peroné al lugar que antes había ocupado su mandíbula. El calvario fue
prolongado. La morfina y Bach aplacaban el espanto. Se marchó de París.
Y publicó Le lambeau.
En sus 500 páginas, este hombre valiente que llama a las cosas por su
nombre y que no conoce el adorno relató un compendio de azares,
desgracias, sufrimientos, consecuencias, reflexiones y aprendizajes que
dejan al lector en estado de shock. Al mismo tiempo, al cerrar Le lambeau (Ediciones Gallimard para la versión original en francés, ediciones Anagrama el año que viene para la versión en español) a uno le entran algo
Philippe Lançon, en una imagen de 2013.Catherine Hélie / Éditions Gallimard
parecido a una irremisibles ganas de conocer a su autor.
Hoy se cumple ese deseo. Es un día de calor asfixiante en las colinas de Roma. Philippe Lançon está sentado en un precioso bar de la capital de Italia. Se retiró aquí junto a su compañera sentimental, huyendo de París y de las zonas menos apetecibles de la memoria. Escribió en Roma gran parte del libro. Que fue, primero, un tímido regreso de la muerte Y después, una vuelta a la vida, una vuelta a medias. Basta con escucharle.
LA CEREMONIA DEL REGRESO “Regreso poco a poco, con distancia, a una vida que ya no es la misma porque yo no soy el mismo”, explica en un perfecto español el escritor y periodista francés. “Hay un bolero cubano que dice ‘Contigo en la distancia’ y yo estoy un poco así. Por un lado estoy con aquel que fui, y por el otro con el que soy, hoy y aquí, en Roma. Hay varios ‘yo’: el que fui antes del atentado, el que fui en el año que siguió al atentado; el de la convalecencia, que arrancó un año después del atentado; el escritor, que es, como decía Proust, el producto de otro ‘yo’. Y por fin está el hombre que estoy volviendo a ser ahora, y que es una persona que todavía no conozco bien”.
El último capítulo del libro se titula precisamente así, Los regresos. En él se entrecruzan el inventario de lo ocurrido y el diagnóstico de lo que vendrá. Y no solo afecta a la víctima. “Es raro. A poca gente le toca renacer a los 50, que es lo que he hecho yo de verdad… y no creo que sea una construcción psicológica. La idiosincrasia del atentado es una irrupción violenta y totalmente imprevista que destruye la continuidad de la vida, a veces hasta la muerte, a veces solo hasta la herida, sea física o psicológica. Y renaces. Porque hay algo que quedó destruido, y aquí no hablo de lo físico sino de lo existencial. Un atentado produce una herida existencial. Es una herida individual pero también colectiva”, cuenta con voz tenue el escritor, que en sus páginas alude a “una violación colectiva”. “Porque está hecho precisamente para eso, y en ese sentido es una acción muy bien diseñada”.
- ¿Ha intentado entender a los terroristas que quisieron matarle y que mataron a sus amigos?
- La verdad es que no me interesan mucho, ni por el bien ni por el
mal. Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente, sin mente.
La redacción de Charlie Hebdo poco después del ataque.Le Monde
- ¿Qué puede ocurrir ahí, en una mente, para hacer algo así? ¿Lo ha pensado?
- Creo que en el vacío de sus cabezas entraron monstruos, fantasmas del estilo de los que pintaba Goya pero activados por personas concretas, esas sí, conscientes de lo que hacen, de servir al Estado Islámico y todo eso.
- Y ya nada fue igual…
- Cambiaron mi existencia, me cambiaron. Se acabó el otro Philippe
Lançon. Fue muy duro. No siento odio por los hermanos Kouachi, sé que
son un producto de este mundo, pero sencillamente, no acierto a
explicármelos.
- Su vida dejó de ser aquella vida. Murieron algunos de sus mejores amigos. Y el dolor físico… ¿Pensó en el suicidio?
- Jamás.
- ¿Es usted un titán?
- Nada de eso. El carácter se desarrolla con las circunstancias. LA CIRUGÍA Y LA ESCRITURA Philippe Lançon lleva 17 operaciones. Si todo va bien, la curación total –siempre que ese concepto exista en un caso como el suyo- llegará en cosa de un año. “Todavía me tienen que poner una nueva prótesis y en mi caso eso es complicado. La mandíbula fue completamente reconstruida utilizando el hueso del peroné y los implantes no se agarran tan bien como en una mandíbula normal. Y si no tienes implantes, no tienes prótesis”.
Entre su oficio, el de escribir, y el de sus cirujanos salvadores, el de recomponer, subyace, asegura, un común denominador que habla de procesos tortuosos. “Escribir es un camino muy largo y repararse la mandíbula también. En ambos hay que ser paciente; ahora los médicos me dicen que estoy ya en la recta final, y esto es un poco como afrontar la recta final de un libro. Corriges y corriges, quitas y pones cosas… aciertas y fallas… para mí hay un paralelismo muy evidente y muy íntimo entre la cirugía y la escritura”.
Saber quitar. Desbrozar. Minimizar. Ir recto a la esencia. Eso es
escribir según Philippe Lançon. También lo era para algunos de los
grandes genios que ama, Kafka por encima de todos. Empezó el libro y
tuvo que parar. “No me salía ser sencillo, estaba haciendo estilo,
estaba haciendo literatura, y no era eso lo que quería”, explica. ¿Y
hoy? “Me gustaría escribir cada vez más simple, quitar cada vez más
cosas, a menudo uno no tiene tantas cosas que decir, ¿sabes? O callarme.
Cuando uno se da cuenta de que realmente no tiene tanto que decir, se
calla. Quitar también es escribir. Tendemos a escribir más de la cuenta.
Quién sabe, a lo mejor también en este libro escribí demasiado…”.
LOS VAMPIROS
“El paciente es un vampiro”, escribe Philippe Lançon en Le lambeau,
refiriéndose a la exhaustiva e intensa gama de actitudes egoístas –en
un sentido literal del término- que toda persona sufriente en una
habitación de hospital observa con respecto a personal sanitario,
familiares, amigos… seguramente el egoísmo más justificado y
comprensible que quepa imaginar. Entonces cabe plantearle otro
paralelismo:
- ¿Y el escritor? ¿No es también un vampiro, lo mismo que ese paciente hospitalario del que habla?
- Claro que lo es, pero no en tiempo real. Hay una diferencia. El
paciente intenta nutrirse de todo lo que puede, y de todos, y en todo
momento. Por supuesto, el escritor lo chupa todo, pero se lo guarda para
más tarde. Yo no estaba en esa situación, yo vivía el momento, yo
estaba luchando por sobrevivir. El escritor chupa la vida porque su
misión es restituirla bajo una forma literaria. ¿Si no la chupa cómo la
va a escupir? La creación es eso.
Vargas
Llosa, Philippe Lançon y Rubén Gallo, en un coloquio en noviembre de
2015 en la Universidad de Princeton (EE UU). Es una de las escasas
imágenes del escritor tras el atentado.Jennifer Cabral
- ¿Y usted pensó en el hospital en transformar esa horrible experiencia en esa forma adecuada de creación de la que habla?
- Ni me lo planteé, para mí era imposible escribir una ficción a partir de eso. Pero a partir de cierto momento sí, surgió en mi cabeza un proyecto bajo la forma de un libro, pero para más tarde. No empecé a pensar en escribir un libro hasta un año después del atentado. Aunque en realidad empecé a escribirlo dos años después… EL PERIODISMO Y LA LITERATURA Le lambeau (que podría traducirse como “el jirón” o “el colgajo” y que Lançon tomó prestado de un texto de Racine -“Jirones llenos de sangre y miembros espantosos/ Que perros voraces se disputaban entre ellos”- no es una novela. Tampoco encaja en lo que podría considerarse un ensayo. Hay cierta poesía –feroz y sin rima aunque poesía- pero desde luego no es un poema. Tampoco una autobiografía ni una memoir en sentido estricto. Puede que a lo que más se acerque este artefacto literario, un auténtico fenómeno editorial en Francia, sea al género de la crónica. Datos, contexto, porqués, interpretación, declaraciones… una crónica, gigantesca, eso sí. Por cierto, así de duro es en las páginas del libro su juicio acerca del periodismo de hoy: “Hay muy pocos cronistas buenos, porque unos se someten a los temas importantes del momento y a la moral ambiente, y los otros lo hacen a un dandismo que les lleva a hacerse los listos y escribir a contracorriente. En resumen, unos se someten a la sociedad y los otros a su propio personaje”.
“Este libro es el producto de alguien que ha sido periodista durante
30 años, y que también es escritor”, zanja su autor. “Todo se mezcla en
él: el periodismo y la literatura. Lo que me ha dado el periodismo para
escribirlo es distancia. Desde que abrí los ojos en la sala de
reanimación, hubo una parte de mí que se convirtió en el periodista de
mi propia experiencia, no solo para contar lo que me ocurría a mí, sino
también a los que estaban a mi alrededor. He intentado brindar a los
lectores la experiencia de alguien que ha vivido desde dentro la
experiencia del terrorismo, pero sin compadecerse a sí mismo, escapando
del sentido de ese verso hermosísimo de Quevedo que dice “el llanto interior crece en diluvio”.
Fiel a su escuela y a quienes le enseñaron, primero, y le permitieron
disfrutar de su oficio, después, este cronista de arte, de libros, de
música y de teatro explica: “Creo que todo esto es el resultado de 30
años de periodismo en un lugar como Libération,
un diario donde puede desarrollarse lo mejor del periodismo: distancia,
precisión, investigación, ningún moralismo, escritura pegada a los
hechos, cierta alegría en la forma de escribir y de vivir, y sobre todo
restituir la vida de aquellos de quien nadie hablaba en los años 80 en
Francia: la marginalidad, los presos, los suburbios, las mujeres
maltratadas, los homosexuales…”.
“De pronto escuché unos ruidos secos, ¡crac!, ¡crac!, ¡crac!, como petardos, y ahí supe que alguien estaba matando a todos mis amigos”
EL ATAQUEComme un enfant que croit que nul ne le verra s’il fait le mort (como un niño que cree que nadie le verá si se hace el muerto).
Philippe Lançon escribe en la página 81 de Le lambeau: “Los
muertos casi se cogían de la mano. El pie de uno tocaba el vientre del
otro, cuyos dedos rozaban el rostro de un tercero, que se inclinaba
sobre la cadera de un cuarto, que parecía mirar el techo, y todos ellos,
así, en esa postura, como nunca y para siempre, se convirtieron en mis
camaradas”. Estas palabras pertenecen al capítulo Entre los muertos. Es el siguiente al titulado El ataque.
Solo un capítulo de los 20 que tiene el libro, solo 11 de sus 500
páginas, se centran en el horror en estado puro del momento del atentado
perpetrado por los hermanos Kouachi. Esto no es del todo exacto. El
horror –aun contado sin hipérboles- inunda el libro entero por la doble
vía del prolegómeno y de la consecuencia. El prolegómeno es terrible:
Lançon reconstruye fría, certera, casi científicamente, esa víspera de
la masacre, esa velada en el teatro viendo Noche de reyes de Shakespeare, esa indecisión acerca de si ir a Charlie Hebdo
aquella mañana o no, esos momentos previos que, leídos y pensados
ahora, se antojan una maldición retroactiva. Uno casi quisiera viajar en
la máquina del tiempo para agarrar del hombro a este hombre y
susurrarle al oído: “A Charlie no, a Charlie no, a Charlie no… no
vayas”. Pero sí fue. La consecuencia, todo el mundo la conoce. Y más que
nadie Philippe Lançon, a medio camino entre la carne violentada y la
psique devastada.
“Hasta el último segundo”, recuerda, “no decidí acudir a la reunión de Charlie Hebdo, tenía dos artículos que escribir en Libération,
no estaba de buen humor, no tenía ganas de ir… pero como era la primera
reunión del año, al final fui. Y claro, eso cambió por completo mi
vida. He pensado mucho en cómo sería mi vida ahora si yo me hubiera ido a
Libération y no a Charlie… es inevitable”.
Manifestación de apoyo a Charlie Hebdo en París.Ed Alcock
Y del prolegómeno, al presente de indicativo que nunca debió ser.
Este es el relato que Lançon construye de aquellos escasos dos
minutos. Su voz delicada se entremezcla con los trinos de los pájaros
que revolotean sobre el parque de enfrente y con el ruido de los pasos
sobre la madera de los clientes que entran en el bar romano donde
charlamos. “Fue todo como una película en cámara lenta. De pronto
escuché unos ruidos secos, ¡crac!, ¡crac!, ¡crac!, como
petardos, y ahí supe que había alguien que estaba matando a todos mis
amigos. Y que muy probablemente me iban a matar a mí. Decidí echarme,
pero muy lentamente, curiosamente tenía miedo de lanzarme de golpe y
hacerme daño. En una situación así, uno no se da cuenta de lo que pasa, y
cuando lo hace puede ser demasiado tarde. Yo me di cuenta de que de
verdad pasaba algo serio cuando vi a Frank intentado desenfundar su
pistola [se trataba de Frank Brinsolaro, el guardaespaldas de Stéphane Charbonnier, alias Charb, director deCharlie Hebdo:
ambos murieron en el atentado]. Veía por debajo de la mesa las piernas
de uno de los asesinos, que se acercaban. Yo abría un ojo y cerraba el
otro, estaba esperando el tiro de gracia. Allí se mezclaba lo irreal con
lo absolutamente real. ¿Me matarán? ¿Estoy ya muerto o sigo vivo? Todas
esas preguntas se mezclaban en mi cabeza”. LO QUE QUEDÓ EN EL TINTERO Siempre habrá, ante un libro así, quien piense que se ha ido demasiado lejos. Que hay cosas que no pueden ser dichas. Que ciertos detalles rozan lo insostenible, lo impublicable. Pero ocurre que, al margen del derecho moral que le asistía al hacerlo por razones obvias, Philippe Lançon se atuvo a una regla estricta, innegociable. Eso le obligó a contar ciertas cosas terribles y a dejar otras en el tintero. “Yo no lo he contado todo, básicamente por una razón ética. En el libro relato todo lo que vi directamente cuando estaba en la sala de redacción de Charlie Hebdo, el lugar del atentado, y solo lo que vi. Por eso hablo del cerebro de Bernard [Lançon relata con detalle, en el capítulo dedicado al ataque terrorista, cómo el cerebro de su amigo el economista y columnista Bernard Maris, salía fuera de su cráneo], porque es lo primero que vi y es como la puerta que abre al infierno y luego al purgatorio. Esa imagen, que me acompañó durante días y días, yo no podía no contarla porque es la puerta de entrada al resto del libro. En aquella sala de redacción había amigos míos muertos con las caras totalmente destruidas. Lo sé porque leí el informe policial, pero yo no las vi, y por eso no lo cuento, porque me habría parecido indecente. Tampoco cuento ciertas cosas del hospital porque son cosas íntimas que me confesaron mi cirujana, o las enfermeras, etcétera, y no tengo derecho a contarlas”.
EL SILENCIO Entre el atentado y la publicación del libro, Philippe Lançon solo concedió una entrevista, y de solo diez minutos, a la emisora France-Inter. Quería silencio: “Era esencial estar a solas con mi experiencia, entenderla y buscar la forma literaria de restituirla. No podía gastar mi energía en palabras que hubieran sido superficiales. Y tras la salida del libro apenas di dos o tres entrevistas, y ahora esta. Nada de televisión, por una razón muy concreta que me dio la Policía en 2015: ‘No aparezcas en la tele, no te hagas fotos, vas a vivir más tranquilo’. Y estoy de acuerdo con ellos”. Todo esto último resulta bastante lógico. Él confía en los policías como un ciego en su perro-guía. No en vano cuatro de ellos, armados con subfusiles, flanquearon durante ocho meses 24 horas al día la puerta de su habitación. El superviviente Philippe Lançon seguía siendo, técnicamente, un objetivo para los terroristas.
El silencio. El refugio. “No veía la televisión, ni escuchaba la radio, permanecía como encerrado en una especie de cocoon,
como si fuera un niño. Es que muchos medios de comunicación te dicen
cosas como ‘eres una víctima y tienes derecho a sentirte así, y quienes
te han hecho daño son tal y cual’… y no creo que eso hubiera sido
beneficioso para mí. Compadecerse de uno mismo no es bueno. Una víctima
del terrorismo tiene que ser fuerte, y no puede pensar que el grupo, el
Estado o la familia le van a dar todo. Hay que luchar. Pero es muy
difícil”. Lançon, que habla de “la soledad de estar vivo”, explica: “No
es fácil ser un superviviente; eres alguien dividido entre la felicidad
de seguir ahí y la culpabilidad de haberte salvado”. Sin embargo, nada
más lejos de su voluntad que convertirse en una víctima profesional: “No
tengo ninguna intención de convertirme en una especie de loro posado
sobre el cañón de una kalashnikov”.
Gérard Biard, Luz y Patrick Pelloux, con la portada del número que salió tras el atentado.Yoan ValatEfe
EL HOSPITAL En Le lambeau, el autor califica los hospitales como “lugares darwinianos”. El relato de su experiencia en La Salpetrière y en Los Inválidos estremece: “Yo estaba más armado que otros, pobres diablos sin muchas ideas en la cabeza que llegaban un día al hospital víctimas de lo que fuera, de un accidente, o de una pelea, y se encerraban en su habitación y no salían de ella, días, semanas, meses enteros viendo la tele y consumiéndose. Yo tenía cierta cultura, leía mucho, pensaba, tenía una familia que me ayudaba mucho… y utilizaba la seducción como arma. En el hospital yo seducía a la gente para obtener de ella lo que me interesaba. Trataba de caer bien. Pero para caer bien de verdad hay que querer a la gente. Si quería caerle bien a una jefa de enfermeras tenía que interesarme por ella, por su vida… y entonces la cosa funcionaba. Y de hecho, es gente que quiero, que sigo queriendo LA VÍCTIMA LLAMADA ‘CHARLIE HEBDO’ “La ausencia de solidaridad con Charlie Hebdo no fue solo una vergüenza profesional y moral. También contribuyó a hacer de Charlie, al aislarla y al señalarla, un objetivo parta los islamistas”.
Llegados a este punto, Philippe Lançon acude al título de una obra teatral de Sartre, La puta respetuosa (La putaine respectueuse), para dirigirse a los habituales “profesionales de la moral y el respeto o mejor, las prostitutas del respeto” que, tanto en el caso de los autores daneses de las caricaturas de Mahoma y de Charlie Hebdo, solo tuvieron un objetivo: “Hacernos creer que, para vivir tranquilos y sin problemas, lo mejor es no dibujar a cierto profeta”. Y ahí no hubo, sostiene, distinción de color político: “Tuve la ocasión de comprobar, una vez más, hasta qué punto el mundo de la extrema izquierda está dotado para el desprecio, el furor, la mala fe, la ausencia de matices y la invectiva degradante. En eso, al menos, no tiene nada que envidiar a la extrema derecha”.
Parece ser que, con buen criterio, a Joann Sfar le ha parecido que
apelar precisamente al sentimiento religioso y las oraciones, como se
está haciendo desde las redes con el curioso hashtag #PreyforParis, con
la presunta intención de solidarizarse con quien ha sufrido el fanatismo
religioso, quizá no era la mejor idea. Y como corresponde a un
dibujante, lo ha expresado de la mejor forma posible. Así:
Amigos de todo el mundo, gracias por #prayforParis, pero no necesitamos
más religión. ¡Nuestra fe está con la música! ¡Los besos! ¡La vida!
¡Champán y alegría! #parisisaboutlife
El terrorismo no es un enemigo. El terrorismo es un modus operandi.
Repetir “estamos en guerra” sin encontrar coraje para señalar a nuestros
enemigos no lleva a ninguna parte. Nuestros enemigos son los que aman
la muerte, bajo diversos uniformes están ahí desde siempre. La historia
les olvida bastante rápido. Y París permanece y es quien les manda a la
MIERDA.
Podéis encontrar las viñetas restantes en su cuenta de Instagram: enlace
Atentado contra la libertad de expresión en Francia. Dos hombres armados han atacado la sede del semanario satírico frances Charlie Hebdo, en París, causando varias víctimas mortales.
Según informa la cadena de televisión iTélé y la edición francesa de 20 Minutos, dos hombres armados con kalashnikov y vestidos de negro habrían entrado en el edificio y abierto fuego.
El ataque ha producido al menos 12 muertos, dos de ellos policías, y hay varios heridos, cuatro de ellos en estado grave.
El periodista, dibujante y director de Charlie Hebdo,
Charb, y otros tres de los principales dibujantes del semanario
satírico francés, Cabu, Tignous y Wolinski, figuran entre los 12
fallecidos.
Corinne Rey, Coco, trabajadora de Charlie Hebdo, ha contado a L'Humanité
que había salido a recoger a su hija a la guardería y "al llegar a la
puerta del edificio del periódico dos hombres encapuchados y armados nos
han amenazado brutalmente", informa Europa Press.
"Quería entrar,
subir. He tecleado el código. Han disparado contra Wolinksi, Cabu (...)
ha durado cinco minutos", ha explicado, citando a dos de los dibujantes
del semanario que figuran entre los fallecidos, entre los que también
está el director de la publicación.
"Me escondí debajo de un
escritorio (...) hablaban perfecto francés (...) se reivindicaban como
miembros de Al Qaeda", ha añadido la dibujante.
#JeSuisCharlie
El hashtag #JeSuisCharlie se está viralizando en las redes sociales en solidaridad con el semanario francés.
Muchos usuarios han cambiado su avatar y tuiteado este mensaje para expresar su condena al atentado.
La extensa jurisprudencia sobre cónyuges imbéciles juega a su favor
La misma estrategia utilizada por la ministra Ana Mato, o la esposa de Bárcenas, para desvincularse de la corrupción de sus esposos, ha sido la elegida por la Infanta Cristina para defenderse de las impertinentes acusaciones del juez Castro sobre su implicación en el caso Nóos. La concisa, pero letal expresión “Eso lo lleva mi marido”, junto con la no menos eficaz “Mi padre es el Rey” están bloqueando la mayoría de las ponzoñosas preguntas del juez.
Su abogado, el conocido parlamentario Miquel Roca i Junyent, había instruido a la Infanta para que memorizara una batería de respuestas alternativas que finalmente no han sido necesarias. “Mi hermano es muy alto”, “Mi madre sabe un montón de osos panda” y “No llevo bragas” eran algunas de las respuestas que finalmente se han quedado en el cajón. “Lo del síndrome de la esposa idiota es de puta madre”, ha dicho Roca.
Tampoco los saltimbanquis que ha enviado la Casa Real para que amenizaran la comparecencia de la Infanta han tenido tiempo de hacer más de media docena de piruetas ante la sala. Los lanzadores de cuchillos no han obtenido permiso para entrar en el juzgado. “Ya está bien, hostia”, ha dicho Castro.