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sábado, 6 de junio de 2015

Robert Capa, el día D

Desembarco de Normandia
ROBERT CAPA/MAGNUM
70 años. Un mundo entero. Si hoy tuviera lugar el desembarco de Normandía, a los 35 kilos de peso en material que llevaban los soldados aliados a su espalda habría que añadir necesariamente algo más de 100 gramos. Lo que pesa un teléfono móvil.

Con la luz del amanecer, la suficiente para dibujar el terror en sus corazones, los 150.000 soldados que participaron, habrían encontrado más de una pausa para grabar su hazaña y enviársela a su novia de Arkansas. ¿Se imaginan? 150.000 cámaras disparando sin cesar para tortura de los sargentos, en aquel infierno del 6 de junio de 1944.

Pero estaba lejos la era digital y Robert Capa, el fotógrafo de guerra más famoso de todos los tiempos, no necesitó competir con todo un ejército de aficionados. Sólo tuvo que preocuparse de solucionar el mayor problema con el que se enfrenta todo buen reportero gráfico: cómo estar el primero en el momento adecuado, en el lugar adecuado.

Omaha Beach. Pescadores franceses observan los cuerpos de algunos de los hombres muertos durante los desembarcos del Día D. Los dirigibles visibles al fondo se anclan sobre la zona del desembarco para confundir a los aviones enemigos e impedir que puedan volar a baja altura

Y no era fácil. Sólo tres más fueron elegidos para inmortalizar aquel acontecimiento histórico: Bert Brandt, con las tropas anfibias americanas, George Rodger, con las británicas y Robert Landry, con los paracaidistas.

Para entonces, Capa ya había demostrado en las colinas y ciudades de España durante la Guerra Civil, en las llanuras de China, frente a las tropas japonesas, y en las playas del norte de África y del sur de Italia frente a los alemanes, que necesitaba plasmar, en primera línea, el sufrimiento descarnado del ser humano. Por eso se jugó la vida una y otra vez en una ruleta rusa que acabó con él un 25 de mayo de 1954, en lo que más tarde se llamaría Vietnam.

El día D, el día del desembarco aliado en la costa francesa, era una ocasión grandiosa e irrepetible. Y allí estaba él con sus cámaras. Una Rolleiflex de las que se sostienen en la cintura, con negativos de 6x6 cm, para los momentos de calma de los preparativos. La otras, más versátiles, Contax de 35 mm (lo de Capa y la Leica es una leyenda urbana) para capturar con rapidez los instantes decisivos de la batalla.

Desembarcó en la playa más complicada y sangrienta, la denominada Omaha, la que se atragantó a las tropas americanas y donde murieron buena parte de los 9.369 que caerían en la batalla de Normandía. Y allí estaba, a las 6.30h. de la mañana, con la segunda oleada entre una lluvia de proyectiles, explosiones y trampas.

Apenas si estuvo en tierra menos de una hora y media. El tiempo suficiente para tomar un carrete con cada una de sus Contax y volver hacia los barcos de retaguardia por donde había venido. No intentó recargar sus cámaras, una operación muy difícil en aquellas circunstancias, hasta que se encontró de regreso en una lancha de desembarco rumbo hacia un barco nodriza. Había tomado 72 imágenes.

Ya en el barco, continuó haciendo fotos, sobre todo con su Rollei, de los primeros heridos que eran evacuados.

 
No le sirvieron de mucho sus precauciones por salvar el material. En la oficina de Life de Londres, sucedió la tragedia. El laborante, Edward Reagan, agobiado por las prisas, quemó en la secadora los negativos que Capa había mandado con un enlace militar, y que tenían que ser revisadas por la censura antes de ser enviadas a la oficina central de Life en Nueva York.
Sólo se salvaron once fotos, conocidas como "las once magníficas". Y aquella tragedia, una vez más, jugó a favor de Capa. Cuantas menos fotos, más importancia adquirían las que se salvaron. Y además estaban justo ligeramente movidas y desenfocadas, el consejo que daba a sus compañeros para que sus imágenes adquirieran mucho mayor dramatismo de cara a los editores.

Se publicaron por primera vez en Life el 19 de junio de 1944. Son apenas trazos borrosos de aquellas escenas apocalípticas. Sólo en una de ellas, la más famosa, se puede identificar un rostro, el del soldado de primera clase Huston S. Riley, que sobrevivió para establecerse en una isla cerca de Seattle.

Capa volvió a la playa Omaha dos días más tarde, el 8 de junio. Se harían célebres sus imágenes de una misa de campaña, con un Jeep como altar, junto a un cementerio improvisado en el que ya reposaban más de 1.000 muertos estadounidenses. Durante tres meses, seguiría tomando fotografías contando la angustia de los conquistadores victoriosos, en suelo francés. La leyenda crecería a su alrededor. Su muerte, al pisar una mina diez años más tarde, puso la última guinda amarga al pastel de puro periodismo gráfico que cocinó en su maravillosa vida.
Cerca de Omaha Beach, 6 Junio 1944. Soldados alemanes capturados por las fuerzas estadounidenses entierran a algunos de los hombres muertos durante los desembarcos del Día D



Fuente:  http://www.elmundo.es/internacional/2014/06/06/538eb6f8268e3ec65a8b456b.html

viernes, 6 de junio de 2014

Ligeramente desenfocado


El desayuno inmediatamente anterior al desembarco se sirvió a las tres de la mañana. Los chicos de cocina del U.S.S. Chase, de inmaculada chaqueta blanca, sirvieron tortitas, salchichas, huevos y café con un celo y atención inusuales. Pero los estómagos previos a la invasión estaban preocupados, y la mayor parte de sus nobles esfuerzos quedaron en los platos.

 A las cuatro se nos reunió en la cubierta superior. Las barcazas se balanceaban colgadas de sus grúas, esperando ser descargadas. Dos mil hombres formaban en perfecto silencio a la espera del primer rayo de sol. Lo que quiera que pensaran parecía una especie de letanía.

  Yo permanecí en pie también en silencio. Pensé un poco en todo: en campos verdes, nubes rosadas, ovejas pastando, en todos los buenos momentos, y también en conseguir las mejores fotos que pudiera. Ninguno parecía en absoluto impaciente y diría que a nadie habría importado permanecer así, en la oscuridad, durante un buen rato más. Pero el sol no tenía forma de saber que este día era distinto a los demás, y siguió su horario habitual. Los de la primera oleada comenzaron a abordar su barcaza, que descendió hasta la superficie del agua como un ascensor a cámara lenta. El mar estaba encrespado y todos quedamos empapados antes incluso de que la barcaza se separara del buque nodriza. Estaba claro que Eisenhower no conseguiría guiar a su gente a través del canal con los pies secos, no con nada seco en realidad.

  Los hombres empezaron a vomitar al instante. Pero ésta era una invasión cuidadosamente preparada y en la que primaba la buena educación: se habían dispuesto bolsas de papel al efecto. Pronto las náuseas se aplacaron. Yo imaginé que estábamos ante la madre de todos los Días D de la historia.

  La costa de Normandía estaba aún a millas de distancia cuando oímos el primer zumbido inconfundible. Nos agachamos, cara a la mezcla de agua y vómito que cubría el piso de la barcaza, así que ya no vimos más la cada vez más cercana orilla. La primera barcaza, que ya había descargado sus tropas en la playa, se cruzó con nosotros de camino al Chase. El piloto, un negro de sonrisa feliz, nos saludó con el signo de la victoria. Ya había luz suficiente para hacer fotos, así que saqué mi primera cámara Contax con su protección de hule. El fondo plano de la barcaza embistió suelo francés y el piloto hizo descender la compuerta de acero. Ahí, entre grotescos obstáculos de acero que erizaban el agua, se extendía una fina franja de tierra cubierta de humo: nuestra Europa, la playa Easy Red.

  Mi bella Francia se ofrecía sórdida y poco acogedora. No tardó en aguarme el regreso una ametralladora alemana que pronto comenzó a acribillar la barcaza. Los soldados se sumergieron hasta la barbilla. El agua por la cintura, los fusiles de asalto listos para disparar y los obstáculos y el humo de la playa como trasfondo formaban una escena perfecta para el fotógrafo. Me detuve un segundo en la pasarela con la intención de tomar la primera foto seria de la invasión. El piloto, con una comprensible prisa por salir pitando de allí, pensó que estaba sufriendo una comprensible inseguridad y me ayudó a decidirme con una patada muy bien ajustada al culo. El agua estaba fría y la playa quedaba a más de cien metros. Las balas abrían pequeños huecos en el agua a mi alrededor. Intenté alcanzar el primer obstáculo de acero. Un soldado se cobijó tras él a la vez que yo, y por unos minutos compartimos refugio. El le quitó el impermeable al fusil y comenzó a disparar sobre la playa humeante sin esforzarse demasiado en apuntar. El sonido de su fusil le dio el coraje necesario para avanzar y me dejó el refugio para mí solo. Ahora tenía medio metro más de espacio, y me sentía más seguro como para hacer fotos de los otros muchachos, que se escondían como yo.

  Era todavía muy temprano y había poca luz para obtener buenas fotos, pero el gris del mar y el cielo volvieron muy eficaces a los muchachos, que seguían esquivando balas desde los surrealistas obstáculos fruto de los cerebros a los que Hitler había encomendado diseñar medidas antiinvasión.

  Terminé mis fotos. El agua se sentía helada bajo los pantalones. No muy convencido, intenté salir detrás de mi escondrijo de acero, pero en cada intento una ráfaga me perseguía. Cincuenta metros más adelante asomaba por encima de la superficie uno de nuestros vehículos anfibios, medio quemado. Decidí que ése sería mi próximo parapeto. Calibré la situación. Mi elegante chubasquero, que ya pesaba en el brazo, no tenía mucho futuro. Lo tiré y salí en busca del anfibio. Llegué a él abriéndome paso entre cadáveres flotantes. Me detuve para tomar unas pocos fotos más y luego reuní fuerzas de flaqueza para dar el último salto hasta la playa.

  La orquesta alemana atacaba ahora el tema con todos sus instrumentos. Yo no encontraba hueco entre las balas y los obuses que barrían los últimos veinticinco metros hasta la playa. Me quedé detrás de mi anfibio repitiendo una frasecita en español que había aprendido en los días de la Guerra Civil.: "Es una cosa muy seria. Es una cosa muy seria".

  La marea estaba subiendo y el agua ya empapaba la carta de despedida que llevaba en el bolsillo de la pechera. Llegué por fin a la playa escudándome en los dos últimos soldados. Me tiré boca abajo y toqué con ella la arena de Francia. Besarla no me apetecía.

  Jerry tenía todavía mucha munición y yo deseaba fervientemente que me tragara la tierra y salir un rato después. Las posibilidades de que aquello ocurriera eran cada vez menores. Giré la cabeza y me encontré nariz con nariz con un teniente que había estado sentado a mi mesa la última noche de póker. Me preguntó si yo sabía lo que él estaba viendo. Le respondí que no y que no creía que pudiera divisar mucho más allá de mi cabeza. "Te voy a decir lo que veo -susurró-, veo a mi madre en el porche de mi casa, saludándome y agitando mi póliza de seguro"


Ligeramente desenfocado
Robert Capa