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lunes, 23 de junio de 2014

Brujas

William SHAKESPEARE


ESCENA III

Truenos. Aparecen las tres brujas

PRIMERA BRUJA
 ¿Dónde habéis estado hermana?

SEGUNDA BRUJA
  Matando puercos.

TERCERA BRUJA
  ¿Y vos hermana?

PRIMERA BRUJA
  Con la mujer de un marinero, que recogía castañas de su
                                                                                [falda
  y mascaba, y mascaba y mascaba. "Dadme una", dije yo.
  Y ella, mostrando el trasero gordo y roñoso, gritó:
  "¡Apartaos de aquí, bruja!"
  Su marido zarpó hacia Alepo al mando del Tigre
  Pero yo le alcanzaré navegando como un cedazo,
  y como una rata sin rabo,
  acabaré con él, acabaré con él.

SEGUNDA BRUJA
  Yo os daré un viento bueno.

PRIMERA BRUJA
  Sois amable. 

TERCERA BRUJA
  Y yo otro.

PRIMERA BRUJA
  Todos los otros los tengo yo;
  también los puertos de donde soplan
  y los cuadrantes que dan su rumbo
  según las cartas de navegación.
  Lo dejaré más seco que el heno;
  día y noche impediré que se resguarde el sueño
  bajo el ático de sus párpados.
  Vivirá como un proscrito.
  Por nueve veces nueve semanas
  de insomnio se irá extenuando,
  lánguido y demacrado; y aunque el barco no se hunda
  lo sacudirá la tempestad. ¡Mirad lo que tengo aquí!

SEGUNDA  BRUJA
  Mostrad, mostrad.

PRIMERA BRUJA
  De un piloto es el pulgar,
  que naufragó cuando volvía a su hogar.
    Tambores

TERCERA BRUJA
  ¡Un tambor se oye sonar!
  Macbeth está al llegar.

TODAS
  Agoreras de la tierra, agoreras del mar,
  las Hermanas Fatídicas, las manos enlazadas,
  giran y giran sin parar.
  Tres vueltas por ti, por mí van tres más,
  más tres y son nueve vueltas bien dadas.
  Consumado el hechizo. ¡A callar!


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La tragedia de Macbeth
William Shakespeare

 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Puro teatro

Greek Apollo mask
Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “persona” proviene del latín persōna, cuyo significado es el de “máscara de actor” o “personaje teatral”. Asimismo, el término deriva del etrusco phersu y éste, a su vez, del griego πρόσωπον (léase “prósoopon”).

La etimología de este vocablo podría sugerir que las personas son, por ejemplo, personajes que interactúan en una vasta obra de teatro llamada vida, una gran representación de principio y fin desconocidos en donde cada uno desempeña un papel para el que nos dotamos de plena libertad a la hora de interpretarlo. A veces jugamos a la despreocupación, a la apacible y mesurada dicha de la rutina ordinaria, y nos colocamos una careta hecha a base de sonrisas y ojos risueños prefabricados en la perfeccionista manufactura del día a día. No es ningún tipo de hipocresía normalizada; es autodefensa, y también el estilo interpretativo más extendido de esta corriente teatral, que no se estudia en los colegios pero que todos aprehendemos tarde o temprano.
 
La máscara que camufla nuestras preocupaciones, nuestro pesar o nuestro tedio nos protege del ambiente adverso en el que se desarrolla nuestra representación. Porque ¿a qué histrión se le ocurriría acaso abandonar su actuación y mostrarse tal y como es, arrojando la máscara al suelo y dejando de lado su trabajo para con los demás? Sería una provocación que encendería el rechazo del resto de artistas, que empezarían a preguntarse qué diantres hace un aficionado como ése sobre el escenario. La existencia no está hecha para quienes no saben desenvolverse en ella. En esta obra, en la que los espectadores son también actores en una suerte de performance colaborativa, cada uno debe aprenderse bien su papel si quiere cobrar protagonismo en las próximas representaciones y no quedar relegado a un mero figurante del que no puede exprimirse ni una sola gota de convicción.

Así, por las viejas tablas no paran de circular persona[je]s: unos se muestran excelentes, otros son sencillamente execrables, y algunos hacen su trabajo sin ovaciones pero tampoco con tomatazos como respuesta. Se pasean ante nuestros ojos de actor-espectador, pero no podemos estar seguros de por cuánto tiempo declamarán con nosotros. ¿Será sólo un pequeño sketch? ¿A lo mejor un acto? En el mejor de los casos puede ser una escena completa (varias incluso) pero nunca todas en las que salgamos nosotros. Sin embargo, no podemos hacernos estas preguntas durante la interpretación porque, sino, ni la haremos tan bien como pretendemos ni la disfrutaremos tanto, si es que puede llegarse a tal cosa. Y mucho menos podemos pedirles que sigan en el escenario con nosotros cuando ya les toca marcharse. Unas veces se van despacio, casi sin darnos cuenta, esparciéndose entre los juegos de luces y sombras del decorado; otras, con una música atronadora seguida de unos destellos terribles. En algunas ocasiones, hasta se acuerdan de nosotros y nos dedican una reverencia que nos da tiempo de aplaudir y corresponder.

La máscara nos es precisa, sí, pero llegado el momento puede antojársenos insoportable, y entonces necesitamos arrancárnosla antes de que se nos quede pegada y nos consuma el rostro genuino. Cuando nos deshacemos temporalmente de ella, y no suele ser a menudo, la mayoría de las veces consideramos hacerlo mejor entre bastidores y sólo ante uno o dos intérpretes más (y nunca al mismo tiempo), pero siempre ante uno mismo con un espejo de mano por delante. Puede parecer un procedimiento infausto, pero es más significativo que formar parte de un público que se niega a participar.