El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el
desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y
especialmente a las clases dominantes de los países del Norte. El medio
de dominación más poderoso es actualmente la deuda.
Warren Buffet, considerado por la revista estadounidense Forbes como uno
de los hombres más ricos del mundo, hace algunos años declaró a la CNN:
"There's a class warfare, all right , but it's my class that's making war, and we're winning". O sea: "De acuerdo, existe una guerra de clases, pero es mi clase la que la hace y la está ganando".
El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas comienza con estas
palabras: "Nosotros, el pueblo de las Naciones Unidas". Por lo tanto, la
tarea de proteger y garantizar los intereses colectivos de los pueblos,
el bienestar universal, corresponde a la ONU —y más exactamente a los
Estados aliados que firmaron esa carta el 20 de junio de 1945, en San
Francisco—. Pero, actualmente, esos intereses se ven atacados por
doquier por la clase de los plutócratas, la de los Warren Buffet. A los
Estados les quitaron su capacidad normativa y su eficacia. De alguna
manera lograron que los tenedores del capital financiero mundializado
los hayan derrotado.
Mi más reciente combate, el que llevé contra los
fondos buitre
en el seno de las Naciones Unidas, ilustra esta realidad de forma
paradigmática. Miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos
de la ONU desde 2008, confieso no ser, ni por un instante, neutro en mi
trabajo. Los derechos humanos son un arma formidable en manos de
aquellos que quieren cambiar el mundo, aliviar los sufrimientos del
otro, vencer a los depredadores. Y progresar en ese combate supone
formar alianzas.
El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el
desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y
especialmente, a las clases dominantes de los países del Norte. El medio
de dominación más poderoso es actualmente el servicio de
la deuda.
Los flujos de capitales Sur-Norte tienen excedentes en relación a los
flujos Norte-Sur. Los llamados países "pobres" pagan anualmente a las
clases dirigentes de los países ricos mucho más dinero del que reciben
de ellas, ya sea como inversiones, préstamos, ayuda humanitaria o la
llamada ayuda al "desarrollo". El servicio de la deuda mantiene a los
pueblos en la esclavitud y saquea sus recursos.
Este expolio aún se vio agravado, durante estas últimas décadas, con la
aparición de los fondos buitre, llamados así por su característica de
rapaces y carroñeros. Son fondos de inversiones especulativas,
registrados en los paraísos fiscales, y que están especializados en la
compra de deudas, que desde hace largo tiempo se venden por debajo de su
valor nominal, con el fin de obtener máximos beneficios. Estos fondos
especulativos son propiedad de individuos extremadamente adinerados, que
se cuentan entre los más terribles depredadores del sistema
capitalista. Logran disponer de botines de guerra de miles de millones
de dólares. Comandan batallones de abogados capaces de abrir
procedimientos en los cinco continentes, durante diez o quince años, si
fuese necesario.
Los fondos buitre matan. Os damos un ejemplo: en 2002, y debido a una
sequía espantosa, el hambre provocó la muerte de decenas de miles de
seres humanos en Malawi. De los 11 millones de habitantes de ese país
del sudeste de África, 7 millones se encontraban gravemente
subalimentados. El gobierno era incapaz de ayudar a las víctimas porque
algunos meses antes había tenido que vender en el mercado los stocks de
reserva de maíz (¡40.000 toneladas!) para pagar a un fondo buitre. Ese
fondo había obtenido de un tribunal británico la condena de Malawi a
pagar varias decenas de millones de dólares.
El editorialista del Financial Times, Martin Wolf, quien no es realmente
lo que se puede llamar un revolucionario; sin embargo, escribió:
"It is unfair to the real vultures to name the holdouts such since at least the real vultures perform a valuable task",
o sea: "Dar el nombre de buitres a esos fondos es un insulto para los
buitres, ya que éstos desempeñan una valiosa tarea". Y tiene razón: los
buitres limpian los esqueletos de los animales muertos en las sabanas y
evitan de ese modo la difusión de epidemias…
Bajo el impulso de Argentina, una de las víctimas de los fondos buitre,
el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas pidió al Comité
Asesor, por su resolución 27/30 del 26 de septiembre de 2014, un informe
que responde a esta doble pregunta: "¿En qué medida y de qué manera las
actividades de los fondos buitre violan los derechos económicos
sociales y culturales de los pueblos agredidos? Llegado el caso, ¿qué
nueva norma del derecho internacional habría que crear para acabar con
esas actividades?".
Fui nombrado relator del Comité para responder a esa doble
interrogación. Raramente en mi vida trabajé tanto como durante esos dos
años: 2014 y 2015. Entregué mi informe el 15 de febrero de 2016. En el
mismo explicaba que las actividades de los fondos buitre contravienen
por definición la regla de la buena fe presente prácticamente en las
legislaciones de los Estados de todo el mundo.
Como testimonio, el
ejemplo del código civil suizo: "Todas las personas tienen el deber de
ejercer sus derechos y de ejecutar sus obligaciones según las normas de
la buena fe. El abuso manifiesto no está protegido por la ley".
El Palacio de las Naciones en Ginebra, y la ONU en general, están
plagados de espías. Todos los servicios secretos del mundo, sobre todo
aquellos ligados a las grandes potencias, escuchan las conversaciones
mejor protegidas, fotocopian documentos, pagan a funcionarios y actúan
bajo la máscara de la diplomacia acreditada. Nada más normal, por lo
tanto, que los agentes de los servicios occidentales (y otros) hayan
estado informados de la más breve de mis conversaciones y del desarrollo
de todas mis sesiones de trabajo.
La votación en el Consejo de
Derechos Humanos de la ONU estaba prevista para la sesión de septiembre
de 2016. En la fortaleza de la embajada estadounidense de Pregny [cantón
de Ginebra], a algunos centenares de metros del Palacio de las
Naciones, sonó la alarma. Nuestros enemigos eran perfectamente
conscientes de que se arriesgaban a una derrota. Conocían mis
recomendaciones. Sabían que, muy probablemente, éstas serían aprobadas
por el Consejo.
Entonces, nuestros enemigos cambiaron de táctica,
abandonaron el terreno de las Naciones Unidas, y se replegaron en otra,
ancestral, menos complicada y bien comprobada: la corrupción. Las
elecciones tuvieron lugar en diciembre de 2015. El candidato designado
por la coalición de izquierda, que debía proseguir el combate contra los
fondos buitre, era el favorito según todas las encuestas. Pero
finalmente fue derrotado por un político local de derecha. Éste había
gastado sumas astronómicas para ganar la elección. Ni bien asumió su
cargo, el nuevo presidente de Argentina, Mauricio Macri declaraba querer
pagar sin retardo todas las demandas provenientes de los fondos buitre.
¡Y eso fue lo que hizo!
La prosperidad de los fondos buitre ilustra de manera caricaturesca
el poder de la plutocracia. La acumulación de las mayores riquezas entre
las manos de unos pocos, y por consiguiente la desigualdad que deriva,
es posible gracias a la eliminación de la normativa estatal, la
abolición del control a los bancos, la institución de monopolios
privados, la proliferación de paraísos fiscales, etc. Dicha desigualdad
conduce inexorablemente a la destrucción de la relación de confianza
entre los ciudadanos y sus dirigentes. Cuando los Estados se debilitan y
los oligarcas sin fe ni ley gobiernan el planeta, cuando un orden
criminal sustituye al estado de derecho, ¿Quién podría tener todavía la
pretensión de proteger el bien público y el interés general?
Como
lo escribe el sociólogo alemán Jürgen Habermas: "El desalojo de la
política por el mercado se traduce en el hecho de que el Estado nacional
pierde progresivamente su capacidad de recaudar impuestos, estimular el
crecimiento y garantizar mediante esas medidas las bases esenciales de
su legitimidad, no obstante esa pérdida no está compensada por ningún
equivalente funcional […]. Afrontados al riesgo de ver fugarse los
capitales, los gobiernos nacionales se comprometen en una carrera loca
hacia la desregulación para la disminución de costes, de donde resultan
beneficios obscenos y diferencias inéditas entre los salarios, el
crecimiento del desempleo y la marginación social de una población pobre
siempre en aumento. A medida que las condiciones sociales de una amplia
participación política son destruidas, las decisiones democráticas, aun
adaptadas de un modo formalmente correcto, pierden su credibilidad".
Habermas
plantea, siguiendo su razonamiento, la cuestión de transferencia de la
soberanía: ¿Existen instituciones interestatales, capaces de tomar el
relevo a los Estados debilitados y asumir la protección del bien
público? Habermas piensa sobre todo en Europa. No estoy de acuerdo con
él. Me parece evidente que la Unión Europea (UE) no puede aspirar al
título de "democracia continental".
Tal como está organizada actualmente —y cualesquiera que hayan sido las
ambiciones de sus fundadores— la UE es esencialmente un organismo de
clearing, de coordinación y de potenciación de los intereses de las
compañías transnacionales privadas. Numerosos signos lo acreditan,
comenzando por el hecho de que la Comisión Europea esté, en la
actualidad, presidida por Jean-Claude Junker, que asume hasta la
caricatura su papel de buen servidor del capital transnacional. De 2002 a
2010, el hombre fue al mismo tiempo Primer ministro de Luxemburgo, su
ministro de Finanzas y presidente del Eurogrupo. En sus funciones,
negoció 548 acuerdos fiscales secretos, llamados
tax rulings, con numerosas sociedades multinacionales bancarias, comerciales, industriales y de servicios. Esos
tax rulings, como se les llama púdicamente, apuntan a favorecer la evasión fiscal.
Escribo estas líneas mientras centenares de miles de refugiados huyen de
las carnicerías de las guerras de Siria, Iraq y Afganistán. El 28 de
julio de 1951, los Estados del mundo ratificaron la convención relativa
al estatuto de los refugiados, llamada Convención de Ginebra, con la que
se creó un nuevo derecho humano universal: el derecho de asilo.
Quienquiera que esté perseguido en su país de origen por razones
políticas, religiosas o raciales tiene el derecho inalienable de
atravesar las fronteras y de presentar una demanda de protección y de
asilo en un Estado extranjero. Pero, en estos momentos la Unión Europea
está liquidando ese derecho. Se erigen muros, se impide que hombres,
mujeres y niños que huyen de la tortura, la mutilación y la muerte
puedan presentar una demanda de asilo. Habermas está equivocado.
Evidentemente, la UE no cumple con la función de guardiana transestatal
del bien público.
Para abordar esas cuestiones, quiero colocarme bajo la autoridad de
Antonio Gramsci y de su "optimismo de la voluntad". Ciertamente, la ONU
no va bien. También es cierto, que uno se cruza en su sede con
personajes infernales, detestables o malhechores. Y, luego, está esa
legión de taciturnos burócratas, parásitos con salarios más que
generosos. Toda esa gente, en la sombra, timorata, eternamente indecisa.
Sin embargo, en su seno también se activan numerosas mujeres y hombres
respetables, valientes y obstinados.
La ONU se mantiene
potencialmente como la única fuente viva de la normalidad internacional.
En sus predicaciones, a Lacordaire le gustaba citar esa evidencia,
enunciada en El Contrato social de Jean-Jacques Rousseau: "Entre el
débil y el fuerte, es la libertad que oprime y la ley la que libera".
Sí, los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas y la
Declaración universal de los derechos humanos siempre serán el horizonte
de nuestra historia, la utopía que guía nuestros pasos.
Unas
últimas palabras sobre los fondos buitre. José Martí hacía esta
constatación: "La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse
jamás". Paul Singer, a la cabeza de varios fondos buitre, ganó
ciertamente contra el pueblo argentino y contra muchos otros pueblos de
África, Asia y el Caribe. Pero él y sus semejantes fueron sacados de las
sombras, puestos en evidencia. Se creó conciencia. Bajo las brasas
acecha el fuego. Un día, otros llevarán el combate más lejos.
sociólogo y miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU