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viernes, 8 de octubre de 2021

Dinamarca reutiliza viejas aspas de turbinas eólicas como estacionamientos para bicicletas

Recycling Wind Turbine Blades as Bike Garages

Las preocupaciones sobre el cambio climático han aumentando en los últimos años, por lo que muchos países han adoptado fuentes de energía renovable. Una de las opciones más populares entre estas alternativas sostenibles es la energía eólica. En el caso de Dinamarca, más de la mitad de su electricidad se generó a través de energía eólica y solar en 2019, por lo que las imponentes turbinas eólicas ya son un elemento familiar en el paisaje.

Sin embargo, la energía eólica aún tiene pros y contras, y en los últimos años han salido a la luz algunas de sus desventajas. El principal es qué hacer con las aspas de turbinas que han terminado su vida útil. Debido a la fuerza que las turbinas eólicas requieren para funcionar correctamente, sus aspas están fabricadas con un compuesto de materiales como fibras de vidrio, resinas y espumas, sustancias que generalmente no son biodegradables y, por lo tanto, son muy difíciles de reciclar.

Reusing Wind Turbine Blades as Bike Shelters

Con una vida útil de 20 años en promedio, una gran cantidad de aspas de turbinas eólicas dejarán de dar servicio pronto. De hecho, se estima que para 2050 habrá casi 40 millones de toneladas de desechos de la industria eólica a nivel mundial. La buena noticia es que varias empresas y grupos de investigación están en busca de formas más sostenibles de reciclar y reutilizar las aspas de turbinas eólicas que ya no sirven.

Uno de ellos es The Re-Wind Network. Esta organización ha empezado a reutilizar algunas aspas desechadas como estacionamientos para bicicletas en Dinamarca. El equipo de investigadores también está buscando formas de reciclar las aspas de las turbinas eólicas como elementos arquitectónicos para mejorar la infraestructura. Algunas de sus ideas incluyen el uso de las aspas para construir puentes peatonales, parques de patinaje y barreras acústicas para el tráfico en carreteras y autopistas.

“Estamos explorando la reutilización potencial de las aspas en la arquitectura y la ingeniería”, dice Lawrence C. Bank del Instituto de Tecnología de Georgia, una de las instituciones líderes involucradas en el estudio. “El desarrollo de tales métodos puede tener un efecto positivo en la calidad del aire y la calidad del agua al disminuir una fuente importante de desechos no biodegradables”.

Además de estos esfuerzos de reutilización, algunas empresas están buscando formas de diseñar aspas de turbinas eólicas que puedan desecharse de manera más eficiente y sostenible. Siemens Gamesa, una empresa líder en energía renovable, encabeza este esfuerzo con el desarrollo y lanzamiento de la “primera aspa de aerogenerador reciclable del mundo para uso comercial”. Estas aspas están hechas de un nuevo tipo de resina cuya estructura química hace que sea más fácil de separar de los otros componentes del aspa para que pueda reciclarse.

Recycling Wind Turbine Blades as Bike Garages

Por ahora, imaginar turbinas eólicas reutilizadas como parte del paisaje urbano también parece una solución muy buena. Sigue hacia abajo para ver más imágenes de los estacionamientos de bicicletas de turbinas eólicas en Dinamarca.

Fuente: https://mymodernmet.com/es/dinamarca-aspas-turbinas-reciclaje/

miércoles, 26 de febrero de 2020

MSC: De lo que no se habla en el Mobile World Congress

El Mobile Social Congress sigue adelante pese a la cancelación del MWC. La autora analiza la importancia de abordar un cambio urgente en el sector de la electrónica.

El MSC analiza los vertederos de residuos electrónicos como el de la imagen



Un año más, en su quinta edición, el Mobile Social Congress (MSC) tiene lugar en Barcelona. Un congreso paralelo al Mobile World Congress donde se dan a conocer los impactos sociales y medioambientales del sector de la electrónica, demandando a fabricantes y organismos políticos un cambio urgente en el sector con el objetivo de conseguir una electrónica ética y sostenible.

A pesar de la cancelación del Mobile World Congress de este año, el MSC sigue en pie. Defendemos la importancia de mantenerlo ya que es imprescindible seguir dando a conocer estos impactos y alternativas para conseguir soluciones. Y es que realmente pensamos que todo esto debería de preocuparle al Mobile World Congress más allá del coronavirus, pues hay muchas más personas afectadas por estos impactos del sector de la electrónica, aunque no sea algo contagioso. Sólo en la República Democrática del Congo se habla de más de seis millones de muertes desde 1998 en el conflicto que se vive en torno a la extracción de los llamados minerales de conflicto para la fabricación de dispositivos electrónicos.

Desde el MSC tratamos los impactos de todas las fases del ciclo de vida de los productos electrónicos. Empezando por la extracción de los minerales, siguiendo por la fabricación, uso, y por último fin de vida.

Los minerales son extraídos en países ricos en recursos naturales, muchos de ellos países en vías de desarrollo como la República Democrática del Congo. Estos recursos son explotados y las personas que trabajan en las minas, incluidos niños, lo hacen en unas condiciones de trabajo duras y peligrosas. Suelen ser minas militarizadas por el continuo conflicto que se vive en torno a esta extracción. Y esto está acompañado de violaciones, deforestación, residuos tóxicos y reducción del hábitat de animales como gorilas en peligro de extinción.

La fabricación se da principalmente en el sudeste asiático. En fábricas donde a menudo no se respetan los derechos humanos, produciendo aceleradamente en unas condiciones difíciles de soportar que han llegado incluso a acabar en suicidios. Además, son comunes las enfermedades por la manipulación de tóxicos, así como los vertidos de desechos hacia los ríos y entornos de las fábricas.
El impacto de la fase posterior de uso no es cuanto menos despreciable. Somos dependientes continuos de nuestros dispositivos electrónicos. Nos exponemos al control y manipulación de nuestros datos y de nuestra privacidad. Impactos sociales y sobre nuestra salud, pero también en el medio ambiente derivados de la energía consumida tanto localmente como remotamente a través de servidores que usamos con nuestros clics.

Por último está la fase de fin de vida del producto. Continuamente nos quejamos de que nuestros dispositivos cada vez duran menos. Generalmente los diseños de los fabricantes no suelen estar pensados para durar lo máximo posible, que debiera ser el objetivo. De hecho las reparaciones en muchos casos son más costosas económicamente que su renovación, y está demostrado que hay fabricantes que controlan la obsolescencia de sus productos.

Derivado de lo anterior, se calcula que se generan al año aproximadamente 50 millones de toneladas de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos en el mundo, de los cuales unos 10 millones de toneladas proceden de Europa. Además, sólo se reciclan adecuadamente un 20% aproximadamente.
Gran parte de estos residuos son exportados a países en vías de desarrollo, o sea que podemos decir que extraemos los recursos de estos países y luego se los devolvemos en forma de desechos.
Auténticos vertederos gigantes como Agbogbloshie en Ghana, donde las personas, muchas de ellas niños, extraen los metales pesados poniendo en riesgo su salud por el alto nivel de toxicidad de estos productos. Los desechos electrónicos además se acumulan en el medio ambiente, teniendo un grave impacto en el entorno y en la salud de las personas y animales que conviven en las zonas.

Está claro que es urgente replantear el sistema para conseguir una electrónica ética y sostenible a lo largo de todas las fases del ciclo de vida de estos productos. Y para ello, jugamos un papel importante tanto personas consumidoras como fabricantes y organismos políticos. Por ello, la sensibilización, entre ellas la del MSC, es el primer paso para seguir demandando una solución.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/msc-lucha-electronica-etica-sigue-adelante/

domingo, 14 de enero de 2018

Y ahora, ¿qué hacemos con las toneladas de plástico que China ya no quiere?

El gigante asiático, principal vertedero del mundo, ha prohibido la importación de basura extranjera, una decisión que obliga a los países exportadores a replantearse el modelo de consumo y reciclaje de plásticos.

Un trabajador recoge botellas de plástico en una de las plantas de reciclaje de China. FRED DUFOUR / AFP
Un trabajador recoge botellas de plástico en una de las plantas de reciclaje de China. FRED DUFOUR / AFP
 Es probable que en la imagen que encabeza esta información usted vea sólo una montaña de basura de algún lejano y contaminado país. Lo que no se intuye tan fácilmente es que se trata de su propia basura, la que usted arrojó al contenedor de su civilizada ciudad.

China, donde el fotógrafo Fred Dufour tomó esta instantánea en septiembre de 2015, era hasta hace dos semanas el gran vertedero del planeta. Hasta allí iban a parar cada año millones de toneladas de residuos, sobre todo papel y plásticos, que otros países –en su mayor parte desarrollados- no eran capaces de gestionar. El gigante asiático, ávido de materias primas, compraba el material para su reciclaje en fábricas altamente contaminantes y a menudo de condiciones precarias. Las naciones occidentales, por su parte, daban salida a unos desechos que no sólo les reportaban beneficios, sino que además les permitían lucir dignos porcentajes de reciclaje en sus estadísticas medioambientales. Hasta ahora.

Una nueva ley china que entró en vigor el uno de enero ha prohibido la importación de residuos desde terceros países, principalmente papel, plásticos, varios tipos de escoria de minas y restos textiles, en un intento del Gobierno de Pekín por mejorar su maltrecha reputación medioambiental. Pero la decisión supone un reto importante para los países exportadores, porque la dependencia de ese gran patio trasero de la basura -muy en especial del plástico- en el que se había convertido China, es enorme.

Un vistazo a los datos arroja cifras descomunales. Sólo el año pasado, China importó 7,3 millones de toneladas de residuos plásticos del exterior, sobre todo provenientes de Europa, EEUU y Japón. Reino Unido exporta allí el 65% de su plástico y en Irlanda la cifra alcanza el 95%. España, aunque en proporciones más pequeñas, también se ve afectada: según la Federación Española para la Recuperación y el Reciclaje, nuestro país derivó a China un millón de toneladas de residuos, de las que 138.417 (un 13%) eran plásticos. La pregunta ahora es: ¿qué hacemos con toda esa basura?

Mientras la industria del reciclaje mundial ve como “únicas alternativas viables” derivar estos excedentes a nuevos mercados como Turquía, India, Malasia, Vietnam o Tailandia –con mucha menos capacidad de recepción- no son pocos quienes interpretan la decisión china como una evidencia clara de los límites y defectos de un sistema que es necesario revisar.

“Esto lo que desvela es que el sistema no está funcionado. En lugar de plantearse el modelo de producción de plásticos o prohibir algunos materiales de mala calidad que en el 99% de los casos acaban en incineradoras, lo que se ha conseguido en las últimas décadas es incentivar el consumo, con la excusa del reciclaje”, denuncia Alodia Pérez, responsable del área de recursos de Amigos de la Tierra.

Aunque esta semana la Comisión Europea anunció por primera vez su intención de crear un impuesto al plástico para reducir su uso, las políticas europeas se han basado hasta ahora en un plan de economía circular enfocado sobre todo en el reciclaje.

Un informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente reconoce, de hecho, que “al fijar objetivos de reciclado”, la política de la UE ha terminado favoreciendo el traslado de residuos a terceros países. Entre 1995 y 2007, la cantidad de envases de plástico europeos que se reciclaron aumentó de 10 a 14 millones de toneladas, mientras que la cantidad de los que terminaban en Asia se había multiplicado por 11.

La otra gran asignatura pendiente está, según Julio Barea, de Greenpeace, en un “desastroso” modelo de reciclaje que termina siendo muy ineficaz.

Lo lógico sería pensar que la basura que uno deposita en el contenedor amarillo va directa al reciclaje. Pero esto no sucede exactamente así. Las plantas recogen ese material y lo almacenan en paquetes de plástico prensado. Pero para poder darle una segunda vida a todos esos desechos se necesita de alguien que quiera comprarlos para su reutilización. Y aquí surge el problema, porque muchos de ellos son de tan mala calidad o llegan tan mezclados y sucios, que el precio se encarece y no compensa reciclarlos. Es así como parte de ellos terminan en vertederos o exportados a países que sí estaban interesados, como China.

“Hay que reinventarse. Una manera es volver a vender los envases con un depósito, así te aseguras de que el 100% se va a recuperar, y lo que recoges tiene tan buena calidad que se puede reutilizar”, dice Barea. “Es una oportunidad de replantearnos qué está pasando, porque estamos utilizando recursos ilimitados en un planeta que es limitado. No hay ni un solo océano que esté libre de plásticos”, recuerda.

Fuente: http://www.publico.es/sociedad/plastico-toneladas-plastico-china-no-quiere.html