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martes, 3 de agosto de 2021

Thomas Bernhard y los Wittgenstein: neurosis sobre neurosis

Ilustración de portada de 'El sobrino de Wittgenstein', a cargo de Ángel Jové a partir del cuadro 'Aprés le dîner', de Pierre Bonnard (c. 1920).

El escritor austriaco conectó con el clan desquiciado de la familia del filósofo, un enjambre de suplicios y tragedias al que da cuerpo un ensayo de Alexander Waugh

 Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la inversa, los sanos a los enfermos,  y ese conflicto es a menudo un conflicto mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto así basta para poner a menudo enfermo.
El sobrino de Wittgenstein
Thomas Bernhard

El Festival de Salzburgo es una buena ocasión para llevar en el bolsillo 'El sobrino de Wittgenstein', un relato autobiográfico de Thomas Bernhard que persevera en su concepción fatalista y sarcástica de la existencia. Y que evoca su convivencia con el sobrino del filósofo. Y del sobrino del pianista, pues el clan de los Wittgenstein, además de suicidas, de monstruos y de criaturas descarriadas, aportó un solista virtuoso que perdió la mano derecha entre los avatares de la Gran Guerra.

Bernhard escribe siempre desde la desproporción y desde la prosa opresiva. Y cuenta que Wittgenstein 'el loco' se dedicaba fundamentalmente a sabotear los conciertos y las óperas a las que asistía. Más años cumplía, más radicalizaba su aversión a los artistas, de forma que únicamente terminó tolerando al maestro Otto Klemperer. Y, por la misma razón, vociferando contra cualquier espectáculo al que asistía en la Ópera de Viena, mayormente si conocía la obra de memoria, a semejanza de un melófobo ilustrado.

No era una bravuconada. Nos cuenta Bernhard que Paul Wittgenstein podía cantar con su voz cascada en la calle 'La valquiria' y 'Sigfrido', del mismo modo que ansiaba llevar a escena él mismo una versión definitiva de 'La mujer sin sombra', de Strauss, a bordo de una plataforma flotante. 

 Esta clase de delirios únicamente se los participaba a sus allegados, pero la beligerancia de Paul el espectador comprometía las grandes veladas operísticas. Su entusiasmo podía arrastrar el criterio de la audiencia como podía hacerlo su oposición: "Soy capaz de fabricar un éxito, cuando quiero y cuando se dan los requisitos necesarios, y siempre se dan, y puedo igualmente fabricar un fracaso total, cuando se dan los requisitos, y siempre se dan".

 Durante decenios, escribe Bernhard desde posiciones hiperbólicas, los vieneses no se dieron cuenta de que el autor de los triunfos en la Ópera era a fin de cuentas Paul, lo mismo que era Paul el autor de los naufragios, los cuales, cuando él quería, arbitrariamente, no hubieran podido ser más aniquiladores ni más radicales. Muchos directores de orquesta cayeron en su trampa.

Con excepción de Karajan. Paul Wittgenstein lo odiaba. Y Thomas Bernhard no lo odiaba, incurriendo en una de sus muchas contradicciones. O diferenciando entre el símbolo del poder que representó el maestro y su dimensión artística, que Bernhard conoció (ambas) en la vecindad salzburguesa al abrigo del festival veraniego. 

Odiaba el escritor Salzburgo. Se odiaba a sí mismo. Odiaba la sociedad poshitleriana en su impunidad. Pero no se entienden Bernhard ni su literatura sin el estímulo creativo que supusieron semejantes aversiones, resumidas todas ellas en un pasaje de 'El sobrino de Wittgenstein' que bien podría haber sido su propio epitafio: "Quiero estar donde no estoy". Y no se refería a la tumba, sino a la desolación y a la frustración de la vida.

El nexo de Bernhard y los Wittgenstein no hace otra cosa que redundar en la neurosis y en la angustia, como una feroz redundancia y como un ejercicio de ensimismamiento psicótico. Por eso, tiene sentido iniciarse en el ensayo más distante y académico que escribió Alexander Waugh ('La familia Wittgenstein'), nieto del autor de 'Retorno a Brideshead' —Evelyn Waugh— y heredero de una saga donde proliferaron la endogamia y hasta el incesto.

Nos cuenta Waugh que los Wittgenstein eran una familia incomparable, matizando que el adjetivo no contiene demasiada carga positiva. No puede tenerla, en efecto, porque la dinastía se malogró en la psicosis y la autodestrucción, descoyuntándose en el umbral de la II Guerra Mundial un imperio metalúrgico que Karl Wittgenstein, padre del filósofo Ludwig y del pianista Paul, había empezado a construir vendiendo raíles al imperio ruso en la emergencia del conflicto bélico contra los turcos.

Pudo permitirse Karl amontonar siete pianos de cola en su palacio vienés y reunir nueve hijos. Todos ellos instruidos en la música, como si la música fuera el único lenguaje en que pudieran entenderse o en que pudieron entenderse. 

Liberaba así la prole la brutalidad de un padre autoritario y autócrata, feroz y castrense, hasta el extremo de que la leyenda familiar apunta a que la primera palabra de su homónimo hijo Karl fue precisamente 'Edipo'.

Se explica así que la tentación del parricidio anidara entre los vástagos, aunque tres de ellos decidieron suicidarse de manera prematura. Empezando por Rudi, un joven homosexual reprimido que disolvió cianuro en un vaso de leche para desayunar por última vez y resarcirse de los traumas aberrantes de la familia.

Parece ser que su hermana Helen no llegó a tener nunca relaciones sexuales porque le aterraba el contacto carnal. Y está demostrado que otra de las hijas de Karl, Gretl, acudió a la consulta del doctor Freud para intentar curarse de la frigidez.

Este opresivo y atormentado contexto familiar fue el mismo en que nació Ludwig Wittgenstein. Puede que el filósofo más importante del siglo XX. Y el único de los nueve hijos en intuir que cualquier expectativa de salvación consistía en alejarse del volcán paterno.

Fue providencial su exilio londinense, el hallazgo de la amistad con Bertrand Russell, la inclinación hacia una vida ascética, desprovista de la opulencia y de los lujos que habían sepultado a la familia en el fascinante y depresivo periodo de entreguerras.

Paul participó en la primera de ellas, ya lo hemos dicho. En parte por convicciones patrióticas. Y en parte como una escapatoria al yugo paterno, aunque el compromiso militar le provocó una herida irreparable que le hizo perder el brazo derecho.

Había sobrevivido Paul a la captura de los rusos y a la deportación en Siberia. Una prueba de su resistencia y de su obstinación que se prolongaron cuando quiso reemprender su carrera de pianista a pesar de las discapacidades.

Disponía de mucha voluntad para lograrlo. Tenía mucho dinero aún para conseguirlo, de forma que la chequera y las presiones pusieron a cavilar a los grandes compositores de la época para desafiar el prodigio de la mano izquierda.

No le gustaron demasiado los resultados. Introdujo correcciones y florituras al de Ravel, despreció el de Prokofiev porque le parecía demasiado frío. Rectificó la orquestación de la obra de Korngold y, peor aún, enterró en un cajón el concierto de Hindemith.

Allí permaneció hasta 2004, tres años después de la muerte de su viuda, cuya resistencia a cualquier intromisión en la fortaleza familiar de Long Island redundó en el misterio de Wittgenstein y custodió la peripecia del clan en el exilio neoyorquino. Paul hubo de escapar de Austria al hilo de las persecuciones antisemitas. La familia se había convertido al cristianismo desde tres generaciones anteriores, pero el apellido y la fortuna la transformaban en trofeo de caza ejemplar.

Unos y otros detalles forman parte del interesante documental que ha realizado Michael Beyer para el canal Arte. Emerge un retrato contradictorio y severo de Karl Wittgenstein. Nos lo presenta como un tipo tiránico y ególatra. Y como un epígono de Saturno. Porque devoró a sus hijos con la misma ferocidad del cuadro de Goya.

El pianista Paul Wittgenstein.
El pianista Paul Wittgenstein.

Fuente: https://www.elconfidencial.com/cultura/2021-07-30/thomas-bernhard-wittgestein_3205771/ 

domingo, 9 de febrero de 2020

Tres días

Resultado de imagen de thomas bernhard
Thomas Bernhard på Café Bräunerhof, 1984. Foto Sepp Dreissinger.
Antigua llaga que en mis huesos cría,
no deja resollar el buen deseo.
Juan Boscán   


....
  Mi madre me había dado a criar. Me veo en Holanda, en Rotterdam, durante un año entero, con una mujer en un barco de pesca. Mi madre venía a verme cada tres o cuatro semanas. No creo que entonces se ocupara mucho de mí, aunque eso cambió más tarde. Tenía un año cuando partimos para Viena. Sin embargo, mi desconfianza no se disipó sino en casa de mi abuelo; éste me quiso realmente y yo le correspondi bien. Luego nuestros paseos, se encontrará la huella más tarde, en mis escritos; y esos personajes, personajes masculinos, que se parecían a mi abuelo materno. No es posible formarse más que solo; solo, se estará siempre; la conciencia de que uno no puede salirse de sí mismo; el resto no es más que ilusión, duda. Nada cambia...

Durante los estudios, completamente solo. Se tiene un compañero de banco, pero se está solo. Se discute con la gente, se está solo, se tienen opiniones diferentes, personales, y se está solo, siempre. Y cuando se escribe un libro, por lo menos como yo lo hago, se está aun más solo...[...] 

  Joven todavía, hacia los dieciséis o los dieciocho años, no odiaba nada tanto como los libros. Vivía entonces en los de mi abuelo que escribía mucho y poseía una inmensa biblioteca. Y estar todo el tiempo en medio de libros, tener que atravesar la biblioteca cada día era para mí casi un suplicio... Y verosímilmente... En verdad, ¿por qué motivo me puse a escribir? ¿Por qué escribo libros? Por puro espítitu de contradicción con respecto a mí mismo, por oposición a un estado de hecho, porque resistir expresa a mis ojos TODO. Deseaba vivir en estado de permanente oposición. He ahí por qué escribo prosa...


Thomas Bernhard

domingo, 6 de agosto de 2017

Un abuelo anarquista

Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos
Pedro Salinas

Con su abuelo, Johannes Freumbichler, el día de su confirmación (Traunstein 1943) [ Foto: Thomas Bernhard Nachlabverwaltug GambH]

   No hay en la vida de Thomas Bernhard persona más importante que su abuelo materno: "Mi abuelo, al que quería más que a nada en el mundo". Bernhard, privado de padre y en relación siempre tensa con su madre, se vuelca sobre esa figura patriarcal, y no es de extrañar que al evocarlo su reconocida capacidad mitificadora se desboque. "El abuelo era la autoridad ante la que todos se inclinaban, el que conciliaba lo que había que conciliar y cuya palabra inaplelable era la primera y la única. El juez. Quien dictaba sentencia."
  Bernhard escribe, a fragmentos, la versión oficial de la vida de su héroe:"Mi abuelo procedía de una familia de campesinos, pequeños comerciantes y posaderos"; pero"ya hacia los veinte años había renunciado a todo lo que tendría que recibir". En El origen cuenta una historia romántica: los padres de su abuelo lo enviaron al seminario de Salzburgo, pero él se escapó y "se fue a Basilea, para llevar allí una peligrosa existencia de anarquista, como Kropotkin, y luego con su mujer, mi abuela, fue anarquistas durante decenios en las condiciones más horribles, siempre buscado y a menudo detenido y encarcelado". Unos años más tarde, en Un niño, Bernhard se muestra más comedido y dice que su abuelo huyó "del seminario a Suiza, donde hizo estudios técnicos y se unió a algunos anarquistas de sus mismas ideas". En Basilea se dejó crecer el pelo y "llevaba los pantalones deshilachados, como prueban las fotos que se han conservado, y en la nariz los famosos y mal afamados quevedos anarquistas. Pero no orientaba sus energías hacia la política, sino hacia la literatura". También admite que, cuando él tuvo uso de razón, su abuelo había perdido buena parte de su ímpetu revolucionario: "si se consideraba objetivamente, a mi abuelo le gustaba el caos, era anarquista, aunque sólo de espíritu".
   Johannes Freumbichler aparece también en los libros de Bernhard como un gran paseante,siempre con traje de hilo, jipijapa y un bastón. Y pasear con él era, para su nieto, la mayor de las felicidades "Mis recuerdos más hermosos son esos paseos con mi abuelo, caminatas de horas e medio de la Naturaleza, y las observaciones hechas en esas caminatas, que él supo desarrollar en mí poco a poco, convirtiéndolas en un arte de la observación." Sin embargo, reconoce que "no siempre me dejaba acompañarlo en sus paseos, la mayor parte del tiempo quería estar solo y no ser molestado".
    Johannes Freumbichler fue, sencillamente, un escritor nato que en un momento dado decidió sacrificarlo todo (y a todos) por su carrera literaria. Por eso, cada madrugada, se ataba una manta de caballo alrededor del cuerpo para combatir el frío y escribía desaforadamente en busca de la gloria. Sin embargo, el sacrificio de Johannes Freumbichler fue también el de las personas de su entorno. Y la verdad es que los seres que lo rodeaban -no sólo Thomas Bernhard- eran incapaces de resistirse a la fascinación de aquel hombre, que los tiranizaba de forma inmisericorde. Hablando de su madre, Bernhard dice que ella "veneraba a un déspota que era su querido padre, y que, como es natural, sin tener conciencia de ello, tendía a su destrucción". Y de su propio abuelo escribe que "hasta los cincuenta y cinco años no ganó prácticamente nada. Vivía de su mujer y de su hija, que creían en él sin reservas, y finalmente también de su yerno".
   La influencia del abuelo en Benhard es decisiva: "Fue la persona que más me iluminó, la primera la más importante, en el fondo la única". Las ideas de su abuelo serán en gran parte las de Bernhard. ("La Iglesia católica era para él un movimiento de masas totalmente vil, nada más que una asociación embrutecedora de los pueblos y explotadora de los pueblos para recaudar incesantemente el mayor capital imaginable." Los maestros no eran más que deformadores, destructores, demoledores." " A Alemania, cuando estaba de mal humor, viniera o no a cuento, la ponía de vuelta y media." Y Bernhard dice de una forma tajante:"Él fue el único de mis maestros para mí reconocido y, en muchos aspectos, lo sigue siendo hasta hoy"....

  Thomas Bernhard
           Una biografía
                   Miguel Sáenz


martes, 28 de mayo de 2013

"El origen soy yo mismo"


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  La mirada ideal es la que lo ve todo. Y, naturalmente, el ser humano picotea como una gallina las cosas sabrosas, que son naturalmente los defectos. Lo demás no tiene interés. El pico no tendría nada que picar...Lo idiota es que uno se pueda ver tan poco a sí mismo, porque habría que ponerse ante uno mismo y utilizar esa mirada penetrante. Siempre se apartan los ojos de uno mismo, y por eso los seres humanos son tan mentirosos la mayoría de las veces.

¿Usted se mira a sí mismo, o cómo es eso?
 Es muy difícil, porque habría que ponerse ante un espejo, un espejo invisible, que lo reflejara, y se lo arrojara a la cara.

  Y eso no le gustaría tanto?
  ¿A quién le gusta eso? Uno mismo sabe ya cómo es. En ningún caso mejor que otro. Pero lo interesante son los otros. Ellos tienen el mismo derecho, pueden mirarme a mí a su vez. Sin embargo, la mayoría aparta la vista cuando me ve, y por eso muy pocos se dan cuenta de mis defectos. 

  ¿En qué sentido apartan la vista?
  Cuando voy por Viena y me encuentro con colegas, siempre apartan la vista. Salgo de paseo tranquilamente y veo a alguno, porque tengo buena vista, que ciento cincuenta metros antes se precipita de una forma totalmente absurda en un estanco, aunque no fuma, sólo para evitarme. Es una lástima. Se vive con seres humanos a los que, en realidad, se quisiera abrazar, por lo amables que son. Pero lo evitan a uno todo el tiempo. Cuando estoy ante una librería, mirando el escaparate, y el librero está dentro, al principio sigue ordenando todo muy amablemente, pero luego me ve y se va enseguida, se da la vuelta y se va.

  ¿A qué lo atribuye?
  Bueno, a mí mismo, naturalmente. Uno mismo es el origen de todos los males, se dice, pero gracias a ello se tiene siempre también la vía libre, resulta mucho más agradable. Si a uno lo quisieran, tendría que abrirse paso a través de la muchedumbre, como el Papa, al que le rompen la túnica cada vez que aparece. Eso no me pasa a mí, la mayoría de las veces sólo veo espaldas. En el sentido físico y anímico. Así, con el tiempo, he adquirido realmente una especie de visión de espaldas, conozco las espaldas mucho mejor que la parte delantera de la gente.

  ¿Le ha ocurrido con más frecuencia en los últimos tiempos?
  Bueno, desde hace decenas de años siempre ha sido así. En mi casa ya me pasaba. Cuando me veían, se precipitaban afuera, porque esperaban algo desagradable, aunque yo era el niño más amable que se pueda imaginar, de veras. Era encantador, con rizos grandes largos, bonito de ver y con una voz agradable, pero a uno no le dejan ser feliz. Si hace así y abre los brazos, "venid todos", no viene nadie, y si no quiere ver a nadie, seguro que tendrá a varios delante de la puerta. ¡Todo eso es espantoso, chocante!
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Un encuentro (Conversaciones con Krista Fleischmann)
Tomas Bernhard