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domingo, 15 de marzo de 2015

Los comerciantes del engaño

De toda la variedad de las capacidades humanas una de las más misteriosas es la de negar la evidencia, la de cerrar los ojos a lo irrefutable. Hay profesionales en favorecer esa ceguera

Columna de humo sobre una fábrica de acero en la localidad china de Tangshan. / Reuters

La manera más segura de no ver algo es empeñarse en no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. De toda la variedad de las capacidades humanas una de las más misteriosas es la de negar la evidencia, la de cerrar los ojos a lo irrefutable, o incluso mantenerlos abiertos sin aceptarlo. “Caminamos guiados por la fe y no por nuestros ojos”, dice con orgullo san Pablo. Parece que no mirando las cosas se logra que no existan, o que si se aprietan un rato los párpados con fuerza suficiente lo que da miedo o incomoda habrá desaparecido cuando vuelvan a abrirse.

A los aficionados a la divulgación científica nos gusta enterarnos de cómo se descubrieron leyes de la naturaleza o se comprendieron enigmas que habían permanecido insolubles durante siglos; pero una historia igual de aleccionadora sería la de todos los descubrimientos que hubieran podido hacerse y no se hicieron, todas las cosas evidentes que estaban a la vista y no se llegaron a ver. Aristóteles sostenía que las mujeres tienen menos dientes que los hombres. Con solo pedirle a una que abriera la boca habría corregido su error, si bien al precio incómodo de contradecir su teoría sobre la inferioridad de las mujeres, tan evidente para él como la de los esclavos.

El cirujano suizo Ignaz Semmelweis observó, hacia 1840, que si se lavaba las manos antes de atender un parto era menos probable que la nueva madre muriera de fiebres puerperales. En su hospital los médicos hacían autopsias y después atendían a partos, y entre una tarea y otra conservaban la misma ropa formal y desde luego no se lavaban las manos. Lavarse las manos parecía cosa de criados. Cuando Semmelweis insistió en la conveniencia de esa medida tan poco fatigosa de higiene —a la que había llegado por pura observación empírica, ya que faltaba mucho para que Pasteur identificara la naturaleza microbiana de las infecciones—, sus compañeros ofendidos lo sometieron al boicot y al escarnio, y continuaron asistiendo a mujeres que daban a luz sin lavarse antes las manos. Dudar de la limpieza de un médico, ¿no era tanto como dudar de sus conocimientos, de su mismo honor? Semmelweis murió pobre y desacreditado unos años después.

A no ver lo evidente ayudan mucho la soberbia, la cobardía, la pereza, el instinto gregario. También ayudan esas dos grandes formas de manipulación del siglo XX que se han vuelto más eficaces todavía en el XXI, la propaganda y la publicidad, por separado o juntas. Hay personas predispuestas a no ver la realidad, y hay otras que se dedican profesionalmente a favorecer esa ceguera, o a hacer pasar por hechos de la realidad las invenciones del delirio.

A no ver las cosas y a hacer lo posible por que no se vean ayuda también mucho los beneficios colosales que se pueden obtener gracias a la explotación de la mentira. Durante muchos años las compañías tabaqueras americanas tuvieron la certeza, gracias a sus propias investigaciones internas, de la toxicidad de los cigarrillos. Mucho antes que los ministerios de Sanidad, los laboratorios de las tabaqueras descubrieron el riesgo del cáncer y de las enfermedades coronarias y las propiedades adictivas de la nicotina. Lo descubrieron y lo ocultaron. Y cuando ese conocimiento comenzó a difundirse peligrosamente entre el público, una máquina poderosísima de relaciones públicas se puso en marcha, primero para negar lo evidente, y luego para emprender una maniobra más sutil y todavía más tramposa: extender la idea de que los datos científicos no eran concluyentes, que había dudas y controversias entre los mismos expertos. En los años cincuenta, médicos con bata blanca aparecían en los anuncios de televisión sonriendo con un cigarrillo encendido en la mano celebrando los efectos beneficiosos del tabaco. Treinta años después, cuando las pruebas ya eran demoledoras y los cigarrillos habían matado a millones de personas, expertos a sueldo de las corporaciones tabaqueras propagaban la mercancía de la duda. Por cada fumador que no se decidía a dejarlo, por cada día que pasaba sin prohibiciones contundentes, los beneficios seguían siendo monstruosos. Al comercio de la muerte le ayuda mucho el de la mentira.

Exactamente las mismas técnicas que usaron los relaciones públicas de las tabaqueras se emplean ahora en la negación de una evidencia todavía más visible, más comprobada, la de la conexión entre el calentamiento global y el consumo de combustibles fósiles que expulsan a la atmósfera cantidades masivas de dióxido de carbono y metano. Para fortalecer la fe de los oscurantistas más extremos basta la negación del cambio climático, como les bastaba a los fumadores vocacionales, a los más militantes, que también los había. Pero más efectivo que negar resulta de nuevo fingir que las cosas no están claras, que existe un desacuerdo entre grupos de científicos, que hay dos caras en el asunto, igualmente respetables, como en esos debates binarios de la televisión que se resuelven a gritos, entre aplausos y abucheos, como si fueran igual de respetables la teoría de la evolución y la creencia en el diseño inteligente, o la astronomía y la astrología.

Acaba de estrenarse un documental de Robert Kennel que traza esta genealogía desvergonzada del embuste, Merchants of Doubt, basada en el libro del mismo título de Naomi Oreskes y Erik Conway. En él están los que ven antes que nadie y dan la alarma, y los que cierran los ojos más fuerte a cada nueva prueba, y los comediantes y los impostores que urden las mentiras palabreras de las “relaciones públicas” y las “estrategias de comunicación”, y los grandes halcones del dinero que dominan el mundo y no tienen límite en su codicia destructiva. La compañía petrolífera Exxon Mobile gasta cientos de millones en pagar a charlatanes que niegan o ponen en duda el cambio climático. Pero cuando al fundirse los hielos polares se hacen factibles las prospecciones en el Ártico, el presidente de Exxon Mobile firma un acuerdo con Vladímir Putin para asegurarse el acceso a los futuros yacimientos. Un senador republicano afirma que el problema no es que los osos polares corran peligro al destruirse su hábitat: muy al contrario, el problema es que hay demasiados osos polares. Mi héroe en la película es James Hansen, el meteorólogo de la NASA que estableció antes que nadie la conexión entre el ascenso global de las temperaturas y la acumulación de CO2 en la atmósfera, y que a los setenta años todavía se deja gallardamente detener y esposar por manifestarse frente a la Casa Blanca pidiendo medidas efectivas contra el cambio climático.

Pero también es un héroe, de otra manera, ese antiguo congresista republicano, de Carolina del Sur, Bob Inglis, que, al contrario de casi todo el mundo, puso su decisión de observar la realidad por encima de sus convicciones ideológicas. Inglis estudió informes, habló con científicos, incluso viajó al Ártico en busca de datos de primera mano. Con esa dura integridad americana que a veces nos desconcierta a los mediterráneos, Bob Inglis declaró públicamente su nueva convicción, sabiendo que arruinaba su carrera política. Ya no ha vuelto a salir elegido. Se ha convertido en un traidor para sus antiguos votantes. Al que no quiere ver, nada le irrita tanto como que le señalen su ceguera.

 Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/10/babelia/1426003966_632660.html

jueves, 17 de abril de 2014

Todo lo que era sólido

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  Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir cosas sólidas, a perseguir delincuentes, a juzgar delitos, a investigar en laboratorios, a cultivar la tierra, a ordenar libros en las bibliotecas, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país y mucho más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las candidaturas olímpicas y las exposiciones universales, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibicionismo de los políticos que las inauguraban y al halago paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas, el de los canales autóctonos de televisión destinados con plena desvergüenza y despilfarro sin límite a la propaganda sectaria y a la exaltación de la más baja vulgaridad transmutada en orgullo colectivo.

  Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara a algo superfluo: porque ni en las épocas de más abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la suya para protegerlas.[...]

  El trabajo fértil y bien hecho nunca les importó porque sus frutos tardan en llegar, y porque cuando llegan no suelen ser espectaculares y no les ofrecen a ellos la posibilidad de exhibirse como benefactores o salvadores. Querían salir en el periódico y escenificar inaugaraciones fastuosas en vísperas de alguna campaña electoral. Lo importante era comunicar bien. [...]. En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público.  Cuanto más razonablemente funciona un país o una ciudad menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan,  casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también podrá achacar oportunamente cualquier contratiempo.

  En los últimos treinta y tantos años, al mismo tiempo que se iban levantando por todas partes las arquitecturas más inútiles y más caras de Europa, han surgido y se han agigantado también en España figurones de la política que han cultivado con éxito y sin ningún escrúpulo el populismo más barato, a veces paternal y a veces chulesco, o las dos cosas juntas, exhibiendo una zafiedad que se defendía o se disculpaba como llaneza, la cercanía del hombre o la mujer campechanos que no ocultan su origen ni se andan con formalidad ni sutilezas elitistas; el alcalde despechugado que se mezcla con la gente del pueblo que lo sigue eligiendo una y otra vez, el que logra que se construyan urbanizaciones y campos de golf y polideportivos de dimensiones olímpicas, el que por sus cojones trae a las fiestas al artista más famoso más caro, a quien además podrá ver todo el mundo sin pagar entrada, el que escarnece en público a los vecinos que se quejan del ruido inhumano de los bares o a los ecologistas que protestan contra el martirio de una vaquilla, contra la tala de un bosque para plantar una urbanización.

  Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaban de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos levantados para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias, y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras, conservadas no por el apego a la tradición sino por la cruda persistencia del atraso.  Es triste que en un país la idea de la fiesta incluya con tanta regularidad la ocupación vandálica de los espacios comunes, el ruido intolerable, las toneladas de basura, el maltrato a los animales, el desprecio agresivo por quienes no participan en el jolgorio: mucho más triste es que la autoridad democrática haya organizado y financiado esa barbarie, la haya vuelto respetable, incluso haya alentado la intolerancia hacia cualquier actitud crítica. ....

Todo lo que era sólido
Antonio Muñoz Molina

miércoles, 27 de marzo de 2013

“Una sociedad cínica está enferma”

ESCRITOR EN TRANCE. “Escribo dejándome llevar”, dice Muñoz Molina.

La madre del guionista Rafael Azcona decía, cada vez que escuchaba risas en casa en los terribles años de la posguerra española, que algún día pagaríamos esa fiesta. Hace treinta años empezó en España un jolgorio que estamos pagando ahora. La fiesta de la burbuja inmobiliaria, junto a otras fiestas acumuladas por la riqueza engañosa que se empezó a vivir al calor de la política, está en el principio del presente malestar español.

Antonio Muñoz Molina, escritor, académico, nacido en Ubeda en 1956, publicó sus primeros libros cuando la transición hizo boom y parecía que en España todo iba a ser sólido y para siempre, y el optimismo rompió los diques de cualquier sosiego político o administrativo. La inundación ha sido equivalente a las puertas construidas para guardar tesoros que luego resultarían de barro, igual que muchos de los monumentos que nacieron al amparo de la riqueza de papel que ahora ya está tachado o diluido.

Ahora, más de treinta años después de aquel resplandor, Muñoz Molina ha visitado la historia de estos escombros y ha descrito, con sosiego pero también con estupor, los argumentos de ese desastre. El libro en el que refleja sus conclusiones personales sobre esta crisis colectiva que padece su país es Todo lo que era sólido.

La lectura del libro es sobrecogedora; para el que vive aquí y para quien nos visita. Refleja un ruido interior que ahora es clamor; suspende el aliento a veces, refresca la memoria con la más inclemente de las aguas, las de la culpa compartida: estábamos viéndolo pero no lo decíamos, o lo decíamos mientras lo aceptábamos e incluso lo aplaudíamos. Ahora el libro nos sume “en un estado de atónita incredulidad”. ¿Eso pasó, eso estaba pasando?

Como en la mayor parte de sus libros, los más narrativos, los más poéticos o los más periodísticos, para hacer este Todo lo que era sólido, Muñoz Molina ha mantenido la esencia de su estilo, que combina memoria, y por tanto melancolía, y vigor, obligación personal de decir lo que piensa a riesgo de ser llamado “aguafiestas”. Pero su estilo es él, inconfundible. “Escribo dejándome llevar”, dice. “El propio acto de escribir desata a la vez los argumentos y los recuerdos. La urgencia de comprender y de intentar explicarme a mí mismo el presente me devuelve fragmentos del pasado”.

Esa es la esencia de su modo de decir, y en Todo lo que era sólido reaparece Muñoz Molina como el pensador, el narrador, el poeta que ha dedicado toda su vida a fijarse con una mirada que es tan personal que ya no se puede decir que haya frontera entre lo que siente y lo que escribe. El es sus libros, y en grado sumo Antonio Muñoz Molina es el ciudadano que ha escrito este libro perturbador e imprescindible.

A partir de este libro he conversado por mail (él está en Nueva York, donde pasa temporadas) con el lúcido autor de Sefarad, días después de que recibiera en Israel el prestigioso Premio Jerusalén.

-En los 80 del siglo XX parece que España anuncia una explosión de entusiasmo. Pronto regresa la aspereza civil, la violencia verbal. ¿Es una condena que padece este país?
-No hay condenas a nada, igual que no hay garantías de nada. El entusiasmo de los ochenta, mezclado con la inexperiencia de los que construían la democracia, ocultó errores que se estaban cometiendo, y que desde el principio lastraron el sistema, incluso cuando se estaban haciendo reformas de importancia histórica. Visto a distancia, tres errores fundamentales fueron: descuido de la educación, politización de las administraciones públicas y entrega de un poder excesivo a los aparatos de los partidos políticos.

-Dices que la lectura de lo que pasó en 1936 es como un calco virtual de lo que estaba pasando en 2006. “El presente era una niebla de palabras arcaicas”. ¿Esa sensación produce hastío, miedo? ¿En qué sensaciones te has movido escribiendo esta desolada carta a tus compatriotas (y a los que no lo son)?
-Una puntualización: no hay ninguna semejanza entre 1936 y 2006, ninguna, salvo la violencia del lenguaje político, que en cualquier caso en 2006 era mucho menor, a pesar de todo. Lo que había, en 2006, era una obsesión por 1936 que impedía ver en muchos casos lo que estaba pasando precisamente en 2006. Que se usaran entonces términos del pasado lejano –rojo, fascista– era una prueba del estado de alucinación política en que se vivía.

-La evidencia de la que parte este libro podría ser: “Todo lo que era sólido se desvanece en el aire”. En algún momento recuperas la fe, cierta ilusión contemporánea. ¿Qué queda en pie? ¿Instituciones, proyectos, personas? ¿Las artes?
-Quedan en pie, por ahora, muchas más cosas de las que parece, justo aquellas que se hicieron bien, sobre todo el sistema público de salud. Un país que logra eso, que logra un sistema nacional de transplantes líder en el mundo, no es un país condenado a la corrupción o la ineficiencia. Queda la educación universal, que además de universal tiene que ser mejor. Queda el trabajo decente de millones de personas, en el campo público y privado, que hacen bastante bien lo que tienen que hacer. Es importante no dejarse llevar ni por el esencialismo ni por el pesimismo incondicional, que son hábitos mentales muy frecuentes en nuestro país. Estoy convencido de que hay posibilidades formidables que ahora mismo no salen a la luz ni se desarrollan porque el ambiente las malogra: por el recelo hacia el mérito, por ejemplo.

-España desembocó “en la edad del delirio”, conducida por gente que no era experta en economía “sino en brujería”. Se empobreció el país, y nos quedamos “en un estado de atónita incredulidad”. La pesadilla continúa. ¿Es un fracaso irreversible?
-Los expertos en brujería han actuado y actúan en todo el mundo, y en los sitios más prestigiosos. Alan Greenspan, el que fue presidente de la Reserva Federal, era tratado, más que como un economista, como un brujo omnisciente, una especie de papá infalible y enigmático. Y vuelvo a insistir: no hay fracaso irreversible, no hay fracaso total. Nos hace falta ponernos de acuerdo, cambiar cosas fundamentales en el sistema político, dotarnos de una administración profesional, austera y eficiente, por ejemplo en campos tan decisivos y tan abandonados como el de la justicia. Pero hacer las cosas bien a veces es incluso menos trabajoso que hacerlas mal.

-Narras una visita a La Moncloa, al núcleo del poder. Tu sensación allí es que el poder se desmigaja. Y es hablando del exilio con el presidente de entonces, Zapatero, donde percibes que el poder no entiende el poder intelectual, político, sociológico, del exilio. ¿España desaprovechó esa energía?
-La España democrática no ha sido generosa con los exiliados ni con muchos de los damnificados por el franquismo. La afición por la memoria llegó un poco tarde: cuando la mayor parte de las personas que podrían haberse beneficiado del reconocimiento ya estaban muertas. Y la gran cultura republicana, con su insistencia en la instrucción pública, fue arrinconada casi completamente, ignorada, por la superstición de modernidad a toda costa que imperó en los ochenta.

-En ese marco de la política que se desarrolla en España se inscribe esta consideración: “En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público”.
-Es que hay que tener mucho cuidado con el populismo, esa enfermedad a la que parecen tan proclives las sociedades hispánicas. Te descuidas y tienes a un salvador de la patria arengando a la multitud desde un balcón, y presentándose como el enviado de la Providencia, sea ésta de derechas o de izquierdas.

-Deploras la falta de receptividad que la crítica, o el desacuerdo, recibe en España. Al que discrepa se le llama “aguafiestas”, y se le despacha. Es evidente que has sentido en ti mismo esa reacción. ¿Qué efecto tiene esta actitud en el ánimo general del país?
-Crea conformidad y doble lenguaje. Uno se calla para no meterse en líos, para no ser señalado. Y si habla no le hacen caso. ¿Alguien hizo caso a las pocas personas que se atrevían a disentir de las obras faraónicas? Y por otra parte, mucha gente dice en privado en España lo contrario de lo que dice en público. Eso es cinismo, claro. Una sociedad cínica está enferma.

-Tu mirada sobre el nacionalismo, los nacionalismos, es especialmente crítica. ¿Pudo haberse hecho de otro modo el Estado que nació de 1978?
-Se hizo bastante bien una parte: el reconocimiento explícito de la singularidad nacional del País Vasco, Cataluña y Galicia, aunque a mí el régimen de recaudación propia del País Vasco no me parece solidario. Se hizo mal en generalizar y en no marcar límites. Y sobre todo en resaltar a cualquier precio las diferencias y las pertenencias esencialistas, sin compensarlas con la defensa de un proyecto común, que no es nada místico, ni patriótico, sino solidario: España como un ámbito de libertades y solidaridad entre unos y otros, entre los que tienen más y los que tienen menos.

-Dices, citando a Borges, y hablando del nacionalismo, que los irlandeses vivían “dominados por la extraña pasión de ser incesantemente irlandeses”. El nacionalismo español (y los nacionalismos españoles) es especialmente irritante. ¿Y retardatario?
-Es muy cansino, sobre todo. Estar siempre buscando esencias invariables que se remontan al paleolítico o al neolítico, buscando enemigos exteriores, celebrando lo propio a toda costa, echando las culpas de todo lo que va mal al enemigo... Es como una negativa permanente a aceptar la responsabilidad adulta.

-“2007 es un país salvaje”. 2013 parece que no le va a la zaga. ¿Somos una sociedad condenada?
-En 2007, España era un país salvaje en un sentido muy concreto: la proliferación de la burbuja en la construcción era tan exagerada que lo arrasaba todo a su paso. Campos de golf, urbanizaciones, destrucción de paisajes, corrupción descarada. Leer el periódico de esa época es una lección tremenda. Pero insisto en que me niego a los esencialismos, a las condenas, a los destinos irremediables. Las cosas pueden hacerse mejor o peor. En España, incluso en lo peor del delirio, había gente extraordinaria haciendo muy bien lo que le tocaba. Aprendamos de ellos y busquemos con atención qué es lo que está mal y cómo puede arreglarse.

-“El principal trabajo de la memoria es olvidar”, dices citando a William James. ¿Olvidar, se puede olvidar?
-Claro que se puede olvidar. Se está olvidando siempre. Mucho más de lo que parece. Se olvida lo que ocurrió hace treinta años y lo que ocurrió el año pasado. ¿Se acuerda alguien ahora de cuando el terrorismo era el problema más importante para los españoles? ¿Se acuerda alguien del último asesinado por la ETA? Como el olvido es tan fácil, hay que elegir qué recordamos, y hay que asegurarse que se recuerda la verdad y uno una mentira consoladora.

-“Ha terminado el simulacro”. ¿Cabe esperar algo? ¿La literatura nos puede salvar, como alguna vez nos recuerdas que dice Saul Bellow?
-Cabe esperar que un número suficiente de personas, en ámbitos públicos y privados, opten por la racionalidad y no por la locura. La literatura no salva. Tan sólo sirve para aprender algo sobre el lugar de las personas en el mundo, sobre las vidas individuales, sobre el valor de las palabras. Ya es bastante. En tiempos de corrupción del lenguaje, la literatura es un servicio público.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Antonio-Munoz-Molina-Todo-era-solido_0_887911225.html