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jueves, 12 de mayo de 2022

¿Que si me avergüenzo de escribir en ‘Russia Today’?

Ha llegado el momento de insistir en un trato equitativo y plantear las mismas preguntas cruciales a Rusia y a Occidente", pide Slavoj Žižek

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Concentración de manifestantes a favor de Julian Assange. REUTERS / HENRY NICHOLLS

 ¡No, por supuesto que no! He aquí la razón principal. 

Mientras todos los ojos estaban puestos en la guerra de Ucrania, se produjo una noticia que pasó prácticamente inadvertida: desde el 20 de abril de 2022, Julian Assange está un poco más cerca de la extradición a Estados Unidos, donde se le reclama para juzgarlo al amparo de la Ley de Espionaje. En una audiencia celebrada ese miércoles, un tribunal londinense emitió una orden formal de extradición que deja en manos de la ministra del Interior británica, Priti Patel —la misma que propuso enviar a Ruanda a todos los refugiados que lleguen al Reino Unido— la decisión de autorizar o denegar su traslado a Estados Unidos.

Si fuera hallado culpable, Assange se enfrentaría a una pena de hasta 175 años de cárcel… De modo que sí, debemos brindar todo nuestro apoyo a la resistencia ucraniana, y sí, debemos defender las libertades de Occidente —¡me estremezco sólo de pensar qué le habría pasado a Chelsea Manning si fuera rusa!—, pero la libertad de la que disfrutamos en Occidente también tiene límites que nunca deberíamos perder de vista, especialmente en momentos como el actual, cuando la «lucha por la libertad» está en boca de todos. 

Estos días se oye a menudo la exigencia de llevar a Putin ante el tribunal de La Haya por los crímenes de guerra cometidos por Rusia en Ucrania. De acuerdo, pero ¿cómo puede Estados Unidos exigir algo así cuando no reconoce la legitimidad de la corte penal internacional para juzgar a sus propios ciudadanos? Y lo que es todavía más sangrante: ¿cómo puede exigir la extradición de Assange cuando este no es ciudadano estadounidense ni tomó parte en ningún acto de espionaje contra Estados Unidos, cuando lo único que hizo fue sacar a la luz lo que sin duda fueron crímenes de guerra (no hay más que recordar el famoso vídeo de los francotiradores estadounidenses matando a civiles iraquíes)?

Assange se enfrenta a la amenaza de una pena de ciento setenta y cinco años de cárcel por el mero hecho de revelar delitos cometidos por Estados Unidos sin justificación posible. ¡Y eso por no mencionar la larga lista de delitos que pesan sobre varios presidentes estadounidenses! Si Putin debe ser juzgado en La Haya, ¿por qué no Assange? ¿Por qué no Bush y Rumsfeld (dejando a un lado que este último ha muerto), que ordenaron el bombardeo de Bagdad con el fin de sembrar «conmoción y estupor»? Es como si la política exterior estadounidense de las últimas décadas se rigiera por un extraño retruécano del famoso lema de los ecologistas: «actúa globalmente, piensa localmente».

Esta postura contradictoria quedó clara ya en 2003, cuando Estados Unidos ejerció una doble presión sobre Serbia: los representantes estadounidenses exigieron al gobierno serbio que entregara los sospechosos de crímenes de guerra al tribunal de La Haya y, al mismo tiempo, que firmara un acuerdo bilateral por el que se comprometía a no entregar a ningún organismo internacional (es decir, a la misma corte penal de La Haya) a los ciudadanos estadounidenses sospechosos de haber cometido crímenes de guerra u otros delitos de lesa humanidad. No es de extrañar que Serbia reaccionara con una mezcla de ira y perplejidad. 

Hay cosas —no solo sobre Assange, sino también sobre las debilidades de las democracias liberales, la política israelí de apartheid en Cisjordania, las aberraciones cometidas en nombre de la corrección política, entre muchas otras— de las que solo he podido escribir en inglés en Russia Today. La moraleja es que las democracias occidentales también tienen su lado turbio, su propia censura, por lo que tenemos todo el derecho a obligar a las dos superpotencias a mirarse de frente, a confrontarlas sin piedad. Lo que venía escribiendo en Russia Today y lo que ahora escribo en decidido apoyo de Ucrania son para mí dos caras de la misma lucha. Del mismo modo, no veo contradicción alguna entre condenar el antisemitismo y condenar lo que Israel está haciendo con los palestinos en Cisjordania. Si nos vemos obligados a escoger entre Ucrania y Assange, estamos perdidos, porque ya habremos vendido nuestra alma al diablo. Lejos de representar una postura utópica, esta necesidad de una lucha compartida se basa en el hecho indiscutible de que el sufrimiento extremo tiene consecuencias devastadoras. En un pasaje memorable de Seguir viviendo, libro que recoge su experiencia del Holocausto, Ruth Klüger relata una conversación con un grupo de «aventajados alumnos de doctorado» en Alemania: 

«Uno de ellos cuenta que, en Jerusalén, conoció a un viejo judío húngaro que, pese a haber sobrevivido a Auschwitz, maldecía a los árabes y los despreciaba profundamente. “¿Cómo puede hablar así alguien que ha logrado salir con vida de Auschwitz?”, se pregunta el alemán. Yo entro al trapo y le replico, quizá con más vehemencia de la necesaria: “¿Qué esperabas? Auschwitz no era precisamente una institución educativa […]. Allí no se aprendía nada, y mucho menos valores como la humanidad y la tolerancia. De los campos de concentración no salió absolutamente nada bueno”, me oigo decir, levantando la voz, y me pregunto si mi interlocutor espera una catarsis, una purga, la clase de espectáculo por el que acudimos al teatro. Los campos eran los lugares más inútiles y absurdos que nadie pueda imaginar.»

En resumidas cuentas, el horror inenarrable de Auschwitz no lo convertía en un lugar capaz de purificar a los supervivientes transformándolos en sujetos éticamente sensibles, liberados de todo afán mezquino y egoísta; muy al contrario: parte del horror de Auschwitz es que también deshumanizó a muchas de sus víctimas, convirtiéndolas en supervivientes brutales e insensibles, haciendo que les fuera imposible practicar el arte del juicio ético equilibrado. La lección que debemos extraer de todo esto es triste y de lo más deprimente: hay que abandonar la noción de que las experiencias extremas conllevan cierta emancipación, que nos permiten deshacer el embrollo y abrir los ojos a la verdad absoluta de una situación determinada. O, como habría expresado de forma concisa Arthur Koestler, el gran converso al anticomunismo: «El poder corrompe, pero lo mismo podría decirse de su opuesto; la persecución también corrompe a las víctimas, aunque quizá de un modo más sutil y trágico».

Ha llegado el momento de insistir en un trato equitativo y plantear las mismas preguntas cruciales a Rusia y a Occidente. Sí, ahora mismo todos somos ucranianos, en el sentido de que todos los países tienen el derecho a defenderse como lo hace Ucrania. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2022/05/10/que-si-me-averguenzo-de-escribir-en-russia-today/

sábado, 5 de marzo de 2022

¿Qué significa defender a Europa?

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GEOFFROY VAN DER HASSELTAFP via Getty Images

 LIUBLIANA – Tras el ataque ruso a Ucrania, el gobierno esloveno proclamó de inmediato que estaba dispuesto a recibir a miles de refugiados ucranianos. Como ciudadano de Eslovenia, sentí orgullo, pero también vergüenza.

Cuando hace seis meses Afganistán ante los talibanes, este mismo gobierno se negó a aceptar refugiados afganos, con el argumento de que debían quedarse en su país y luchar. Y hace un par de meses, cuando miles de refugiados (en su mayoría kurdos iraquíes) trataron de entrar a Polonia desde Bielorrusia, el gobierno esloveno aseguró que Europa estaba siendo atacada y ofreció ayuda militar para colaborar con el vil intento de Polonia de rechazarlos. En la región han aparecido dos clases de refugiados. Un tuit del gobierno esloveno publicado el 25 de febrero puso en claro la distinción: «Los refugiados de Ucrania proceden de un entorno que en sentido cultural, religioso e histórico es algo totalmente diferente del entorno del que proceden los refugiados de Afganistán». Tras el escándalo que siguió el gobierno se apresuró a borrar el tuit, pero la verdad obscena ya estaba a la vista de todos: Europa debe defenderse de lo no europeo. Esta idea será catastrófica para Europa en la competencia mundial que se está librando por la influencia geopolítica. Nuestros medios y élites la presentan como un conflicto entre una esfera «liberal» occidental y una esfera «eurasiática» rusa, pasando por alto el conjunto mucho más grande de países (en América Latina, Medio Oriente, África y el sudeste de Asia) que están mirándonos con mucha atención. Ni siquiera China está dispuesta a dar apoyo total a Rusia, pero tiene planes propios. En un mensaje al líder norcoreano Kim Jong‑un, un día después del inicio de la invasión rusa a Ucrania, el presidente chino Xi Jinping dijo que China está lista para colaborar en el desarrollo de una relación de amistad y cooperación con la RPDC «conforme a una nueva situación». Hay temor a que China use la «nueva situación» para «liberar» a Taiwán. Lo que debería preocuparnos ahora es que la radicalización que vemos (más evidente en el caso del presidente ruso Vladímir Putin) no es sólo retórica. Muchos integrantes de la izquierda liberal, convencidos de que ambos lados sabían que no podían permitirse una guerra total, pensaron que cuando Putin acumulaba tropas en la frontera con Ucrania se estaba echando un farol. Incluso cuando al gobierno del presidente ucraniano Volodímir Zelenski como una «banda de drogadictos y neonazis», la mayoría esperó que Rusia sólo ocuparía las dos «repúblicas populares» escindidas, controladas por separatistas rusos con respaldo del Kremlin, o a lo sumo que extendería la ocupación a toda la región del Donbás en Ucrania oriental. 

 Y ahora algunos que se dicen izquierdistas (yo no los llamaría así) culpan a Occidente por el hecho de que el presidente estadounidense Joe Biden haya tenido razón respecto de las intenciones de Putin. El argumento es bien sabido: que la OTAN fue rodeando lentamente a Rusia, fomentó revoluciones de colores en su vecindario e ignoró los temores razonables de un país que durante el último siglo recibió ataques desde Occidente. Por supuesto que aquí hay un elemento de verdad. Pero decir solamente eso es equivalente a justificar a Hitler echándole la culpa al injusto Tratado de Versalles. Peor aún, implica otorgar que las grandes potencias tienen derecho a esferas de influencia, a las que todos deben someterse por el bien de la estabilidad global. El supuesto de Putin de que las relaciones internacionales son una competencia entre grandes potencias se ve reflejado en su repetida afirmación de que no tuvo más alternativa que intervenir por la fuerza militar en Ucrania. ¿Es verdad eso? ¿Se trata en realidad de un problema de fascismo ucraniano? Esa pregunta hay que dirigirla a la Rusia de Putin. El autor de cabecera de Putin es Iván Ilyín, cuyas obras se están reimprimiendo y se distribuyen entre apparatchiks estatales y conscriptos. Tras su expulsión de la Unión Soviética a principios de los años veinte, Ilyín propugnó una versión rusa del fascismo, donde el Estado es una comunidad orgánica guiada por un monarca paternal y la libertad consiste en conocer el lugar que a cada cual le corresponde. Para Ilyín (y para Putin), se vota para expresar apoyo colectivo al líder, no para legitimarlo ni elegirlo. Aleksandr Dugin, el filósofo de la corte de Putin, sigue muy de cerca los pasos de Ilyín, añadiéndole un complemento posmoderno de relativismo historicista: «(…) las así llamadas verdades son cuestión de creencia. Creemos en lo que hacemos, creemos en lo que decimos. Y ese es el único modo de definir la verdad. Nosotros tenemos nuestra verdad especial rusa, y ustedes tienen que aceptarla. Si Estados Unidos no quiere iniciar una guerra, tienen que reconocer que Estados Unidos ya no es más el único amo. Y [con] la situación en Siria y Ucrania, Rusia está diciendo “ustedes ya no son el que manda”. Es la cuestión de quién domina el mundo. En realidad, sólo la puede decidir una guerra». Pero ¿qué hay de la gente en Siria y Ucrania? ¿Pueden también decidir su propia verdad o son sólo un campo de batalla para aspirantes a dueños del mundo? La idea de que cada «modo de vida» tiene una verdad propia es lo que vuelve a Putin atractivo para populistas de derecha como el expresidente de los Estados Unidos Donald Trump, que dijo que la invasión rusa de Ucrania era obra de un «genio». Y el sentimiento es mutuo: Putin habla de «desnazificar» Ucrania, pero no hay que olvidar que apoya a la Agrupación Nacional de Marine le Pen en Francia, a la Liga de Matteo Salvini en Italia y a otros movimientos neofascistas reales. La «verdad rusa» es sólo un mito conveniente para justificar la visión imperial de Putin, y el mejor modo que tiene Europa para contrarrestarla es tender puentes con los países en desarrollo y emergentes, muchos de los cuales tienen una larga lista de quejas justificadas contra la colonización y la explotación por parte de Occidente. No basta «defender a Europa». La verdadera tarea es persuadir a otros países de que Occidente puede ofrecerles mejores opciones que Rusia o China. Y el único modo de lograrlo es cambiarnos a nosotros mismos, mediante una erradicación implacable del neocolonialismo, incluso cuando se presenta en la forma de ayuda humanitaria. ¿Estamos listos para demostrar que al defender a Europa luchamos por la libertad en todas partes? Nuestra vergonzosa negativa a dar trato igualitario a todos los refugiados envía al mundo un mensaje muy diferente.  
 

Fuente: https://www.project-syndicate.org/commentary/europe-unequal-treatment-of-refugees-exposed-by-ukraine-by-slavoj-zizek-2022-03/spanish

viernes, 30 de octubre de 2020

“La dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder”

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Slavoj Zizek, en el salón del libro de Leipzig (2015).

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”.

En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.

En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?

Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”. 

Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…

Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia liberal capitalista. 

¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales? 

Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles. Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto, conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por supuesto, distópica.

¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?

Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?

Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición. 

Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción “completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.

La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.

Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.

¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?

Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la diferencia entre una violencia física o mental necesaria para reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas. La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a romper sus propias reglas. 

En El coraje de la desesperanza, decía que había que abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?

Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo. 

¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?

Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente. Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden. Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.

Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI? 

El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental. 

Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.

Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad. 

Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta liberar, sigue siendo complicado. 

La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí: ¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”, pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción (sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando tenga en sus manos la “cosa en sí”. 

¿Es feminista?

Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.

A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca? 

Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20201001/Politica/33852/Constanza-Michelson-entrevista-Slavoj-Zizek-dignidad-respuesta-popular-neoliberalismo.htm

viernes, 8 de mayo de 2020

Los efectos de la crisis según Zizek: “No habrá ningún regreso a la normalidad”

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El filósofo Slavoj Zizek ha publicado ‘Pandemia’ (Ulf ANDERSEN / Getty)
 Con su inconfundible mezcla de Marx, el psicoanálisis de Lacan y la cultura popular de las series, películas y novelas actuales, Slavoj Zizek (Liubliana, 1949) se ha convertido en uno de los filósofos europeos más solicitados de las últimas décadas. Y era imposible que la pandemia causada por el coronavirus no fuera objeto de su reflexión. En un tiempo récord. 

Anagrama publica online en castellano y catalán Pandemia , un sucinto ensayo que repasa los efectos de la crisis tanto en nuestras mentes como en un sistema socioeconómico que, dice, ya no funcionaba. La salida a un desastre que no es pasajero, señala, pasa por alguna forma de comunismo, como muestran estos extractos del libro.

¿Aprenderemos algo?
Hegel
Hegel
“Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia, así que dudo que la epidemia nos haga más sabios. Lo único que está claro es que el virus destruirá los cimientos de nuestras vidas, provocando no sólo una enorme cantidad de sufrimiento, sino un desastre económico posiblemente peor que la Gran Recesión. No habrá ningún regreso a la normalidad, la nueva normalidad tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas (...) Tendremos que aprender a sobrellevar una vida mucho más frágil y comprender que no somos más que seres vivos entre otras formas de vida”.

China, ¿más vivos que muertos?
“Porque no basta con crear algún tipo de asistencia sanitaria global para los seres humanos, hay que incluir la naturaleza entera (...) el cierre por el coronavirus en China salvó más vidas que las que mató (si hemos de fiarnos de las estadísticas oficiales): (...) con la reducción de la polución sólo en China se han salvado las vidas de 4.000 niños de menos de cinco años y más de 73.000 adultos de más de 70”.

El sentido de la epidemia
“Deberíamos analizar las condiciones sociales que han hecho posible la epidemia. Los sospechosos habituales hacen cola para ser interrogados: la globalización, el mercado capitalista. Pero deberíamos resistir la tentación de tratar la epidemia como si tuviera significación más profunda: el castigo justo pero cruel de la humanidad por la desaforada explotación de otras formas de vida de la tierra. Si buscamos un mensaje oculto nos situamos en la premodernidad: tratamos nuestro universo como algo que se comunica con nosotros (...) Lo difícil es aceptar el hecho de que la epidemia es resultado de la pura contingencia”.

Vista de un par de sandalias con sendos cactus en su interior, durante una protesta simbólica contra la crisis climática
Vista de un par de sandalias con sendos cactus en su interior, durante una protesta simbólica contra la crisis climática (RONALD WITTEK / EFE)
Frente al populismo
“Ha llegado el momento de abandonar el lema de ‘EE.UU. (o el país que sea) primero’. Como dijo Luther King hace más de medio siglo: ‘Puede que todos hayamos llegado en diferentes embarcaciones pero ahora estamos todos en el mismo barco”.

Putogan y el peligro para Europa
“El barco llamado Europa está mucho más cerca que los demás del naufragio. Tres tormentas se están juntando. Las dos primeras no son específicamente europeas: el impacto físico directo de la epidemia de coronavirus y sus efectos económicos, que serán peores en Europa que en ninguna otra parte, pues el continente ya está estancado y es más dependiente. A esas dos tormentas hemos de añadir el virus Putogan (...) Putin y Erdogan siguen en posición ideal para presionar a Europa: controlan el suministro de petróleo y el flujo de refugiados (...) ambos deberían ser tratados como criminales de guerra que utilizan el sufrimiento de millones de personas para perseguir sus fines de manera implacable, entre ellos destruir una Europa unida”. 

Putin y Erdogan en imágenes de archivo
Putin y Erdogan en imágenes de archivo (AP)
Una forma de comunismo
“La solución no será el aislamiento ni la construcción de nuevos muros y posteriores cuarentenas. Hace falta una plena solidaridad incondicional y una respuesta coordinada a nivel global, una nueva forma de lo que antaño se llamó comunismo. Si no orientamos nuestros esfuerzos en esa dirección, entonces el Wuhan de hoy puede acabar siendo lo habitual en las ciudades futuras (...) Si los Estados se aíslan, comenzarán las guerras (...) Como expresa Will Hutton: ‘En la actualidad está agonizando cierta forma de globalización de libre mercado y desregulada, con su propensión a las crisis y a las pandemias. Pero está naciendo otra forma que reconoce la interdependencia y la primacía de la acción colectiva de base empírica’” .

Solidaridad egoísta
“No apelo a una solidaridad idealizada. La crisis actual demuestra que la solidaridad y la cooperación global tienen como finalidad la supervivencia de todos y cada uno de nosotros, y que obedecen a una pura motivación racional y egoísta”.

(YVES HERMAN / Reuters)
Barbarie política
“Más que la pura barbarie, me da miedo la barbarie con rostro humano: implacables medidas de supervivencia que se imponen con pesar e incluso mostrando simpatía (...) El verdadero mensaje del poder es que tenemos que reducir los pilares de nuestra ética social: el cuidado de los ancianos y débiles”.

El comunismo está en marcha
“Tal como reza el dicho: en una crisis somos todos socialistas. Incluso Trump se ha planteado una forma de renta básica universal. Este socialismo forzado, ¿será un socialismo para los ricos, como el rescate de los bancos en 2008? (...) Ahí es donde aparece mi idea de comunismo, no como un sueño inconcreto, sino como el nombre de lo que ya está sucediendo (...) el gasto de billones para ayudar no sólo a las empresas, sino también a los individuos se justifica como medida extrema para mantener la economía en funcionamiento y evitar la pobreza, pero lo que ocurre es más radical: con esas medidas, el dinero ya no funciona al modo capitalista tradicional, sino fuera de las restricciones de la ley del valor (...) No es la visión de un futuro luminoso, sino más bien un comunismo del desastre como antídoto al capitalismo del desastre”. 

Ensayando la gran crisis
“Latour acierta al recalcar que la crisis del coronavirus es un ensayo general para el inminente cambio climático, que va a ser ‘la próxima crisis, aquella en que la reorientación de las condiciones de vida se planteará como reto para todos’”.
New age y capitalismo bárbaro
“¿Y si los representantes del orden capitalista global existente se están dando cuenta de lo que los analistas marxistas críticos llevan señalando hace tiempo: que el sistema se halla sumido en una crisis profunda? ¿Y si están explotando de manera despiadada la epidemia para imponer una nueva forma de gobernanza? El resultado más probable de la epidemia será que acabará imponiéndose un nuevo capitalismo bárbaro (...) No deberíamos perder el tiempo con meditaciones espiritualistas New Age acerca de cómo ‘la crisis del virus nos permitirá centrarnos en lo esencial de nuestras vidas’”.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Bienvenidos al desierto viral

La propagación del coronavirus ha disparado también una vasta epidemia de virus ideológicos
Es posible que se difunda otro mucho más altruista: el de pensar una sociedad alternativa, una sociedad que esté más allá del estado nación
¿No estaría dándonos la epidemia la lección de que tendríamos que comenzar a organizar algún tipo de red global de cuidados para la salud?


Coronavirus
Las mujeres con mascarillas por el brote de coronavirus en la Grand Place de Bruselas en Bruselas, Bélgica. EFE / EPA / JULIEN WARNAND   
 
 
La propagación de la epidemia del coronavirus actualmente en marcha ha disparado también una vasta epidemia de virus ideológicos que permanecían en estado latente en nuestra sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas, explosiones de racismo… La bien fundada necesidad médica de tomar medidas de confinamiento ha hallado eco en la presión ideológica de establecer fronteras claras y de poner en cuarentena a los enemigos que representen una amenaza a nuestra identidad.

Pero también es posible que se difunda otro virus ideológico mucho más altruista y, con suerte, nos infecte: el virus de pensar una sociedad alternativa, una sociedad que esté más allá del estado nación, una sociedad que se realice en las formas de la solidaridad y la cooperación globales. Con frecuencia se especula hoy con que el coronavirus podría terminar provocando la caída del gobierno comunista de la misma manera en que (como lo admitió el mismo Gorbachov) la catástrofe de Chernobyl fue el acontecimiento que desencadenó el fin del comunismo soviético. Pero hay una paradoja en esto: el coronavirus también nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza en la gente y en la ciencia.

En la escena final de Kill Bill 2 de Tarantino, Beatrix inhabilita al malvado Bill y lo vence con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón”, el golpe más letal de todas las artes marciales. El movimiento consiste en una combinación de cinco golpes asestados con la punta de los dedos en cinco puntos de presión diferentes del cuerpo del contrincante quien da cinco pasos tambaleantes antes de que el corazón le explote y caiga al suelo. Semejante ataque es parte de la mitología de las artes marciales pero no es algo posible en un combate real mano a mano. De modo que, volviendo al filme, Bill con toda calma hace las paces con ella, da cinco pasos y muere… Lo que hace que el ataque sea tan fascinantes es el lapso entre el momento del golpe y el de la muerte: durante ese tiempo puedo mantener una agradable conversación siempre que me siente sosegadamente, pero en todo momento soy consciente de que en el instante en que empiece a caminar, mi corazón explotará y caeré muerto. Y la idea de quienes especulan sobre cómo el coronavirus llevaría al derrumbe del gobierno comunista de China no es que la epidemia de coronavirus funciona como una especie de versión social del ataque con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón” contra el régimen comunista chino: este puede estarse sentado, observar y tomar los recaudos usuales de cuarentena, etcétera, sino que todo cambio real en el orden social (como confiar realmente en la gente) llevará a su caída… Mi modesta opinión es mucho más radical: la epidemia de coronavirus es una especie de ataque con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón” contra el sistema capitalista global, una señal de que ya no podemos seguir marchando por el camino que hemos seguido hasta ahora, de que es necesario producir un cambio radical.

Hace años, Fred Jameson llamó la atención sobre el potencial utópico que tenían las películas sobre una catástrofe cósmica (un asteroide que amenaza la vida en la tierra, un virus que mata a la humanidad...): tales amenazas globales daban paso a la solidaridad global, nuestras mezquinas diferencias se volvían insignificantes, todos trabajábamos juntos para hallar una solución y en esto estamos hoy, en la vida real. Se trata, no de disfrutar sádicamente de la diseminación ocurrida hasta ahora en la medida en que contribuya a nuestra causa, sino, por el contrario, de reflexionar sobre el triste dato de que tiene que ocurrir una catástrofe para que nos decidamos a repensar las características básicas mismas de la sociedad en la que vivimos.

El primer modelo algo difuso de una coordinación global semejante es la Organización Mundial de la Salud que hoy no nos transmite sus habituales tonterías, sino precisas advertencias proclamadas sin pánico. Debería darse más poder ejecutivo a estas organizaciones. Los escépticos se mofan de Bernie Sanders cuando este aboga porque en Estados Unidos se instaure un sistema de salud universal, sin embargo, ¿no estaría dándonos la epidemia de coronavirus la lección de que se necesita más que eso, que tendríamos que comenzar a organizar algún tipo de red global de cuidados para la salud? Al día siguiente de que el ministro de salud iraní Iraj Harirchi convocara a una conferencia de prensa para desestimar la gravedad de la difusión del coronavirus y afirmar que no era necesario aplicar cuarentenas masivas, emitió una breve declaración en la que admitía que había contraído el virus y se había aislado voluntariamente (ya durante su primera aparición en la televisión, súbitamente había exhibido signos de fiebre y debilidad). Harirchi agregó: “Este virus es democrático y no distingue entre pobres y ricos ni entre hombres de estado y ciudadanos comunes y corrientes”. En esto, el ministro estaba absolutamente en lo cierto: estamos todos en el mismo bote.

Y no tenemos que enfrentarnos únicamente a amenazas virales; otras catástrofes se ciernen en el horizonte o ya están ocurriendo: sequías, olas de calor, tormentas masivas, etcétera. En todos estos casos, la respuesta no es el pánico sino el trabajo intenso y urgente para establecer alguna clase de coordinación global eficiente. La primera ilusión que hay que descartar es la que formuló Trump durante su visita a la India: la epidemia retrocederá rápidamente, sólo tenemos que esperar el pico y luego la vida volverá a su curso normal… China ya se está preparando para ese momento: sus medios anunciaron que cuando pase la epidemia, habrá que trabajar sábados y domingos para recuperar el tiempo perdido… Contra todas estas esperanzas demasiado optimistas, lo primero que hay que hacer es aceptar que la amenaza está aquí para quedarse: aun cuando esta ola se retire, reaparecerá en algún momento con formas nuevas y tal vez aún más peligrosas.

Por esta razón, es esperable que la epidemia viral afecte nuestras interacciones más elementales con las personas y los objetos que nos rodean, inclusive los movimientos de nuestros propios cuerpos: evitar tocar cosas que podrían estar (invisiblemente) “sucias”, no tocar pasamanos, no sentarnos en inodoros públicos ni en los bancos de las plazas, evitar abrazarse y darse la mano y hasta poner especial cuidado en controlar nuestros propio cuerpo y sus gestos espontáneos: no te pases el dedo por la nariz ni te refriegues los ojos, en suma, no te toques. De modo que no serán únicamente el estado y sus diversos organismos quienes nos controlarán, ¡deberíamos aprender a controlarnos y disciplinarnos nosotros mismos! Tal vez sólo la realidad virtual se considerará un lugar seguro y moverse libremente en un espacio abierto quedará reservado para los ultra ricos que posean sus propias islas. Pero aún allí, en el nivel de la realidad virtual e internet, deberíamos recordar que, en las últimas décadas, los términos “virus” y “viral” se han utilizado principalmente para designar programas informáticos que estaban infectando nuestro espacio en la red y de los que no éramos conscientes, al menos hasta que se liberaba su poder destructivo (digamos, el poder de destruir nuestros datos o nuestro disco duro). Lo que vemos ahora es un retorno masivo al significado original literal del término: las infecciones virales están trabajando en conjunto, en el plano virtual y en el real.

Otro fenómeno extraño que podemos observar es el retorno triunfante del animismo capitalista, la tendencia a tratar los fenómenos sociales tales como los mercados o el capital financiero como si fueran entidades vivas. Si leemos nuestros grandes medios de comunicación masiva, tenemos la impresión de que deberíamos preocuparnos, no tanto por los miles de personas que ya han muerto (y los millares más que morirán) como por el hecho de que “los mercados se están poniendo nerviosos”: el coronavirus está perturbando cada vez más el delicado funcionamiento del mercado mundial y, como hemos oído decir, el crecimiento puede caer entre un 2 y un 3 por ciento… ¿No está todo esto señalando claramente la urgente necesidad de reorganizar la economía global en un sistema que ya no esté a merced de los mecanismos del mercado? No estamos hablando aquí del comunismo a la antigua usanza, por supuesto, sino simplemente de algún tipo de organización global que pueda controlar y regular la economía así como limitar la soberanía de los estados nación cuando haga falta. Los países pudieron hacerlo cuando hubo situaciones de guerra y todos nosotros estamos hoy acercándonos efectivamente a un estado de guerra médica.

Tampoco está mal observar algunos efectos secundarios potencialmente benéficos de la epidemia. Uno de los símbolos de la epidemia son los pasajeros atrapados (y puestos en cuarentena) en grandes cruceros de placer: una buena oportunidad de decirle adiós a la obscenidad de tales viajes, me siento tentado a decir. Sólo tenemos que tener cuidado de que los viajes a islas solitarias u otros centros turísticos exclusivos no vuelvan a ser privilegio de unos pocos ricos, como ocurría hace años con los vuelos. La producción de automóviles se ha visto gravemente afectada: bien, esto puede incitarnos a pensar en alternativas a nuestra obsesión por los vehículos individuales… La lista puede extenderse a voluntad.

En un discurso reciente, Viktor Orban dijo “No existe eso que llamamos un liberal. Un liberal no es más que un comunista con un diploma”¿Y si lo opuesta fuera verdad? Si designamos como “liberales” a quienes se preocupan por nuestras libertades y llamamos “comunistas” a aquellos que son conscientes de que sólo pueden protegerse esas libertades con cambios radicales puesto que el capitalismo se está acercando a una crisis, luego, deberíamos decir que, hoy, quienes se reconocen como comunistas son liberales con diploma, liberales que estudiaron seriamente por qué nuestros valores liberales están amenazados y son conscientes de que sólo un cambio radical puede salvarlos.

Fuente: https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/03/09/bienvenidos-al-desierto-viral-slavoj-zizek/

Más información:  El coronavirus nos obliga a decidir entre el comunismo global o la ley de la jungla

miércoles, 27 de abril de 2016

El análisis de Zizek sobre los Panamá Papers




Lo único realmente sorprendente sobre los Panamá Papers es que no hay ninguna sorpresa en ellos: ¿no sabíamos de modo preciso lo que esperábamos aprender allí? Aunque una cosa es saber sobre las cuentas bancarias offshore en general y otra, tener pruebas concretas. Es como sospechar que nuestra pareja nos engaña; uno puede aceptar el conocimiento abstracto, pero saltamos de dolor cuando accedemos a los detalles más escabrosos. Y cuando uno tiene fotografías de lo que está pasando… Así que con los Panamá Papers ya estamos frente a las imágenes más sucias de la pornografía financiera del mundo de los ricos, y ya no podemos pretender que no sabemos.

En 1843 el joven Karl Marx afirmó que el antiguo régimen alemán “sólo imaginaba que creía en sí mismo y exigía al mundo que debía imaginar la misma cosa.” En tal situación, avergonzar a quienes están en el poder se convierte en un arma en sí . O, como continuaba Marx, “la presión real debe ser más apremiante si se le añade la conciencia de esa presión, la vergüenza debe ser más vergonzosa mediante su publicidad.”

Esta es nuestra situación hoy día: enfrentamos el cinismo descarado del orden mundial existente, cuyos agentes sólo imaginan que creen en sus ideas de democracia, derechos humanos, etcétera, y a través de movimientos como WikiLeaks y las revelaciones de los Panamá Papers, la vergüenza –nuestra vergüenza por tolerar tal poder sobre nosotros–, se hace más vergonzosa mediante su publicación

Un rápido vistazo a Panamá Papers revela una característica positiva y sobresaliente y otra negativa. Lo positivo es la solidaridad total entre los participantes: en el sombrío mundo del capital global, todos somos hermanos. El mundo occidental desarrollado está allí, incluyendo a los escandinavos no corruptos, quienes se dan la mano con Vladimir Putin. Y el presidente de China, Xi, Irán y Corea del Norte también están ahí. Los musulmanes y los judíos intercambiar guiños amigables, es el verdadero reino del multiculturalismo, donde todos son iguales y todos diferentes. La característica negativa: la contundente ausencia de los Estados Unidos, que le presta cierta credibilidad al reclamo de Rusia y China de que hay involucrados en la investigación intereses políticos particularizados.

Entonces, ¿qué vamos a hacer con todos estos datos? La primera y predominante reacción es la explosión de furia moralista, por supuesto. Pero debemos cambiar de tema de inmediato, de la moral a nuestro sistema económico: los políticos, los banqueros y gerentes siempre fueron codiciosos, así que ¿qué es lo que nuestro sistema legal y económico les facilitó para que se realizaran en esa avaricia de manera tan desmedida?

Desde la crisis financiera de 2008 en adelante, las figuras públicas, del Papa hacia abajo, nos bombardean con mandatos para luchar contra la cultura de la codicia excesiva y el consumo. Como lo dijo uno de los teólogos cercanos al Papa: “La crisis actual no es una crisis del capitalismo, sino una crisis de la moral.”

Incluso hay sectores de la izquierda que siguen ese camino. No falta anti-capitalismo hoy día: las protestas de Occupy estallaron hace un par de años, e incluso asistimos a una sobrecarga de la crítica de los horrores del capitalismo: libros, investigaciones pormenorizadas y reportajes de televisión abundan en empresas sin piedad, en la contaminación de nuestro medio ambiente, en los banqueros corruptos que obtienen gordas bonificaciones mientras que sus bancos tienen que ser salvados por el dinero público, de los talleres clandestinos que funcionan con horas extras de trabajo infantil.

Hay, sin embargo, un retén a todo este desborde de la crítica: lo que por regla general no se cuestiona es el marco democrático-liberal de lucha contra estos excesos. El objetivo explícito o implícito es democratizar el capitalismo para extender el control democrático sobre la economía a través de la presión de los medios, las investigaciones gubernamentales, leyes más duras, y las investigaciones policiales honestas. Pero el sistema como tal no se cuestiona y el marco institucional democrático del Estado de Derecho sigue siendo la vaca sagrada, incluso las formas más radicales de este “anti-capitalismo ético”, como el movimiento Occupy, no lo toca.

El error a evitar aquí se ejemplifica mejor con la anécdota, acaso apócrifa, sobre el economista izquierdista-keynesiano John Galbraith, quien antes de un viaje a la Unión Soviética, a fines de 1950, escribió a su amigo anticomunista Sidney Hook: “No te preocupes, no me dejaré seducir por los soviéticos para regresar a casa diciendo que tienen socialismo”. A lo que Hook le respondió de inmediato: “¡Pero lo que me preocupa es que regreses alegando la URSS NO es socialista.” Lo que más preocupaba a Hook era la ingenua defensa de la pureza del concepto: si las cosas van mal con la construcción de una sociedad socialista, esto no invalida la idea en sí, sólo significa que no se implementó del modo correcto. ¿No detectamos la misma ingenuidad hoy en día en boca de los fundamentalistas del mercado?

Cuando hace un par de años, durante un debate televisivo en Francia, el intelectual francés Guy Sorman afirmó que la democracia y el capitalismo necesariamente van de la mano, no pude resistir hacerle la pregunta obvia: “¿Pero qué pasa con la China actual” Sorman espetó : “¡En China no hay capitalismo!” Para el Sorman, fanáticamente pro-capitalista, si un país no es democrático, significa simplemente que no es de verdad capitalista, sino que ejerce su versión desfigurada; de la misma exacta manera que una democracia estalinista comunista no es una forma auténtica de comunismo.

El error subyacente no es difícil de identificar, es el mismo que en el célebre chiste: “Mi novio nunca llega tarde a una cita, porque en el momento que llegue tarde ya no es más mi novio.” Así es como los apologistas actuales del mercado, en un secuestro ideológico inaudito, explican la crisis de 2008: no fue el fracaso del libre mercado lo que lo causó, sino la excesiva regulación estatal, es decir, el hecho de que nuestra economía de mercado no era verdadera, que todavía estaba en las garras del Estado de Bienestar. La lección de los Panamá Papers es que, precisamente, este no es el caso: la corrupción no es una desviación contingente del sistema capitalista global, es parte de su funcionamiento básico.

La realidad que surge de los PP es la de la división de clases, tan simple como eso. Los documentos nos enseñan cómo los ricos viven en un mundo separado en el que se aplican reglas diferentes, en el que el sistema legal y la autoridad se inclinan a su favor y no sólo los protegen, sino que siempre están preparados para torcer sistemáticamente las leyes para acomodarlos

Ya hay muchas reacciones de la derecha liberal a los Panamá Papers que ponen la culpa en los excesos de nuestro Estado de Bienestar, o lo que queda de él. Dado que la riqueza está tan fuertemente gravada, no es de extrañar que los propietarios traten de moverla a lugares con menores impuestos, ya que en última instancia no hay nada ilegal. Ridículo como esta excusa es que este argumento tiene algo de verdad, y trae dos puntos dignos de mención. En primer lugar, la línea que separa las transacciones legales de las ilegales es cada vez más difusa, y con frecuencia se reduce a una cuestión de interpretación. En segundo lugar, los dueños de la riqueza que se trasladó a cuentas en el extranjero y a los paraísos fiscales no son monstruos codiciosos, sino individuos que simplemente actúan como sujetos racionales que tratan de salvaguardar su riqueza. En el capitalismo no se puede tirar el agua sucia de la especulación financiera y mantener sano al bebé de la economía real. El agua sucia es efectivamente la línea de sangre, el linaje del bebé sano.

No debemos temer aquí llegar hasta el final. El sistema jurídico capitalista global es en sí, en su dimensión más fundamental, la corrupción legalizada. La cuestión sobre dónde comienza el crimen (cuáles operaciones financieras son ilegales) no es una cuestión legal, sino una cuestión eminentemente política, atañe a la lucha por el poder.

Entonces, ¿por qué miles de hombres de negocios y políticos hacen lo que documentan los Panamá Papers? La respuesta es la misma que la del antiguo y vulgar enigma popular: ¿Por qué se lamen los perros? Porque pueden.



Fuente: http://www.attac.es/2016/04/18/el-analisis-de-zizek-sobre-los-panama-papers/

viernes, 25 de marzo de 2016

Minima Moralia


Refugiada en Idomeni. Fotografía: Gabriel Tizón

La verdad no está, en modo alguno, en la convicción íntima. En Minima Moralia, Adorno se refiere al ejemplo de una esposa que, mientras sostiene el abrigo de su marido, sonríe irónicamente a los que la rodean, y dice "Dejadle al pobre que piense que le estoy sirviendo, dejadle que tenga sus pequeñas alegrías, pero la que manda soy yo." ¿No es ésta la estrategia femenina fundamental, la de fingir una subjetivación sumisa? Pero ¿y si la verdad es justamente lo contrario? ¿Y si la distancia irónica de la mujer resulta ser falsa? ¿Y si la dominación patriarcal ya tiene en cuenta esta distancia, y no sólo la tolera sino que incluso la solicita como forma de subjetivación del sujeto femenino? Son muchos los académicos occidentales que abrazan algún ritual humanitario (ayudar a educar a los niños pobres, etcétera) como prueba de que, en los más profundo de su ser, no son sólo unos cínicos movidos sólo por su carrera profesional, sino seres humanos que tratan de ayudar a los otros sincera y desprendidamente. No obstante, hay que repetirlo, ¿y si esta actividad humanitaria es un fetiche, una falsa distancia que les permite continuar en sus luchas de poder y sus ambiciones con la clara conciencia de que en realidad no son "eso", de que su corazón está "en otra parte"? En otras palabras, cuando un cínico académico occidental explica que sus actividades humanitarias se desarrollan en otro lugar, no hay más que contestar sencillamente que ese "en otra parte" carece en absoluto de importancia para lo que se ventila aquí: su actividad no queda "redimida" de ninguna manera por ese "en otra parte", de la misma forma que, loable como es en sí misma, la actividad caritativa de Bill Gates, gigantesca en sus proporciones, no redime en modo alguno sus actividades económicas. De manera más general, la caridad es, en la actualidad, una parte del juego, en tanto que máscara humanitaria que oculta la explotación económica subyacente: en un chantaje del superyó de proporciones gigantescas, los países desarrollados están "ayudando"constantemente a los subdesarrollados ( con auxilios, créditos, etcétera), evitando así la cuestión medular, su complicidad en, y su responsabilidad por, la situación miserable de los subdesarrollados.


Slavoj Zizek

lunes, 27 de abril de 2015

Una aclaración con respecto al populismo

Slavoj Zizek
Filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural

Una entrevista que concedí hace poco, publicada primero en México y luego otra vez en la prensa latinoamericana y española, habría dado lugar a una idea por completo equivocada acerca de mi posición con respecto a la reciente tendencia populista de la política radical de izquierdas.


Si bien es cierto que la revolución Bolivariana en Venezuela puede ser objeto de muchas críticas, algunas de ellas merecidas, no deberíamos olvidar que también ha sido víctima de una campaña contra-revolucionaria muy bien orquestada; en especial de una larga guerra económica.

No se trata de una táctica novedosa. Unos años atrás, durante los tempranos setenta, el entonces asesor de seguridad estadounidense Henry Kissinger aconsejó a la CIA sobre la mejor manera de desestabilizar el gobierno democrático del presidente Salvador Allende en Chile. Tras una reunión con Kissinger y el presidente Nixon el 15 de septiembre de 1970, el entonces director de la CIA Richard Helms escribió en sus notas la instrucción sucinta recibida de éstos: “¡Hagan que la economía chilena grite de dolor!”. Altos representantes del gobierno estadounidense han reconocido que el mismo procedimiento está siendo aplicado en Venezuela.

Hace apenas un par de años, el antiguo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Lawrence Eagleburger, declaró ante el canal de noticias Fox que la relación entre el presidente Hugo Chávez y el pueblo venezolano “funcionará solamente si la población de Venezuela continúa percibiendo en su gobierno alguna capacidad para mejorar sus estándares de vida. Si en algún momento la economía comienza a ir mal, la popularidad de Chávez comenzaría a decrecer. Estas son las armas que tenemos contra él, y que deberíamos estar usando. Es decir, las herramientas económicas para hacer que la economía venezolana empeore, de manera que la influencia del chavismo en el país y la región se vaya a pique… Todo lo que podamos hacer para que la economía venezolana se encuentre en una situación difícil está bien hecho; pero hay que hacerlo de manera tal que no entremos en una confrontación directa contra Venezuela, si podemos evitarlo”.

Lo menos que se podría decir acerca de afirmaciones como esta es que dan credibilidad al argumento según el cual las dificultades económicas que enfrenta el gobierno bolivariano no son simplemente el resultado de su ineptitud en materia de política económica.

Este es el punto clave, políticamente hablando, que los liberales no pueden digerir: con toda claridad, no estamos tratando aquí con fuerzas de mercado ciegas o con reacciones naturales. Digamos por ejemplo, con los dueños de las tiendas y supermercados intentando obtener ganancias mayores mediante el acaparamiento, u ofreciendo sus productos en mercados más favorables. Antes bien, se trata de estrategias bien planificadas y muy sofisticadas. Si ello es así, ¿no se justifica entonces que el gobierno use la fuerza legítima –una suerte de terror, diríase – como medida defensiva? Por ejemplo, que la policía haga redadas en bodegas secretas, o detenga a los acaparadores y coordinadores de la guerra económica que causa escasez. Y cuando el 9 de marzo de este año el presidente Obama expidió una orden ejecutiva declarando a Venezuela una “amenaza contra la seguridad nacional” de los Estados Unidos, ¿no dio luz verde a quienes buscan “abreviar” el período del presidente Maduro, o llevar a cabo un golpe de estado? En un tono algo más moderado, más “civilizado”, es lo mismo que está ocurriendo con Grecia.

Nos enfrentamos hoy a la enorme presión de lo que deberíamos llamar sin vergüenza alguna “propaganda enemiga”. Según Alain Badiou, “el objetivo de la propaganda enemiga no es aniquilar a la fuerza adversaria existente (función que de manera usual le compete a la policía) sino, antes bien, aniquilar una posibilidad aún no realizada, ni siquiera percibida, en la situación actual”. Dicho de otra manera, están intentando asesinar la esperanza. El mensaje que este tipo de propaganda intenta propagar es la convicción resignada de acuerdo con la cual si éste no es el mejor de los mundos posibles por lo menos es el menos malo, así que cualquier intento de cambio radical tan sólo haría que las cosas fuesen mucho peores.

Es por ello que todas las formas de resistencia, desde Syriza en Grecia a Podemos en España, pasando por los “populismos” latinoamericanos, deben contar con nuestro más firme apoyo. Ello no quiere decir abstenernos de la más férrea crítica interna cuando ello sea del caso, pero debe tratarse estrictamente de una crítica interna, una crítica entre aliados. Como diría Mao Tse Tung, este tipo de crítica es propia de las “contradicciones al interior del pueblo” y no contradicciones entre el pueblo y sus enemigos.

La reacción del establishment europeo a la victoria de Syriza en Grecia está dando lugar, de manera gradual, a un ideal muy bien resumido en el título de una columna escrita por Gideon Rachman en el Financial Times en diciembre del 2014: “El eslabón más débil de Europa son los votantes”. Así que en un mundo ideal, Europa debería deshacerse de su “eslabón más débil” y dejar que los expertos asuman el poder para imponer de manera directa la política económica. Si acaso deban persistir las elecciones, su función sería tan sólo la de confirmar el consenso de los expertos.

La perspectiva de un resultado electoral “equivocado” provoca el pánico entre los miembros del establishment: tan pronto como esa posibilidad se asoma en el horizonte, nos pintan una imagen apocalíptica de caos social, pobreza y violencia. Y como resulta usual en tales casos, la prosopopeya ideológica hace su agosto: los mercados comienzan a hablar como si fuesen personas, expresando su “preocupación” acerca de lo que podría suceder si las elecciones no tienen como resultado un gobierno con mandato suficiente para continuar con los programas de austeridad fiscal y reforma estructural.

Recientemente, los medios alemanes caracterizaron al ministro de finanzas griego Yanis Varoufakis como un sicótico que vive en un mundo diferente al resto de nosotros. ¿Pero es él en verdad tan radical? Lo que les produce pánico no es tanto el radicalismo de Varoufakis sino su modestia pragmática y razonable. Por ello no es sorpresa que algunos sectores radicales de Syriza ya lo estén acusando de haber capitulado ante la Unión Europea.  Pero si se observan con cuidado las propuestas de Varoufakis, resulta imposible pasar por alto que se trata de medidas que cuarenta años atrás habrían hecho parte de cualquier agenda social-demócrata. De hecho, el programa del gobierno sueco o el chileno en los sesenta y setenta era mucho más radical.  Es un signo de la pobreza de nuestro tiempo el que hoy en día haya que pertenecer a la izquierda radical para abogar por medidas similares. Es un síntoma de la época oscurantista en que vivimos, pero también una oportunidad para que la izquierda pueda ocupar el lugar que en décadas anteriores ha venido ocupando la izquierda pacata y timorata de centro.

¿Qué sucedería si un gobierno como el de Syriza o la inspiración de Podemos fracasan? En ese caso sí sería cierto afirmar que las consecuencias serán catastróficas no solo para Grecia o España, sino para toda Europa: pues esa eventual derrota daría aún más peso a la opinión pesimista según la cual el trabajo paciente de las reformas está condenado a fracasar, y que el reformismo, antes que la revolución, constituye hoy la más inalcanzable de todas las utopías. En últimas, ello confirmaría que nos aproximamos a una era de lucha mucho más radical y violenta.

Fuente:  http://blogs.publico.es/otrasmiradas/4501/una-aclaracion-con-respecto-al-populismo/

jueves, 17 de abril de 2014

¿Está Europa a la altura de Ucrania?

Ahora que se acercan las elecciones al Parlamento Europeo, que tendrán lugar a finales de mayo, deberíamos recordar los últimos acontecimientos ocurridos en Ucrania. Las protestas que acabaron derrocando al presidente Víktor Yanukóvich y a los suyos en febrero fueron provocadas por la decisión que tomó el Gobierno de favorecer las buenas relaciones con Rusia por encima de la posible integración del país a la Unión Europea. 
SLAVOJ ŽIŽEK

De manera predecible, la reacción de muchas personas de izquierdas ante la noticia de las protestas masivas fue de condescendencia hacia los pobres ucranianos: "¡Qué engañados están; todavía siguen idealizando a Europa! No se dan cuenta de que está en decadencia ni de que, si entran a formar parte de la Unión Europea, se convertirán en una colonia económica de la Europa occidental, más o menos como Grecia".

No obstante, lo que esas personas ignoran es que los ucranianos no desconocen en absoluto la realidad de la Unión Europea; son completamente conscientes de sus problemas y de sus desigualdades. Pero querían enviar el mensaje de que su situación es mucho peor. Los problemas de Europa (su inestabilidad económica, su implacable paro) no dejan de ser problemas de ricos. Conviene recordar que, a pesar de la terrible situación de Grecia, siguen llegando refugiados africanos en masa, lo que desata la ira de muchos patriotas derechistas.

La cuestión es: ¿cuál es esa "Europa" que defienden los manifestantes ucranianos? Europa no se puede reducir a una sola visión: abarca, desde puntos de vista nacionalistas (e incluso fascistas), hasta ideas como lo que Étienne Balibar llama égaliberté, "igualibertad", la única contribución de Europa al imaginario político mundial, aunque cada día las instituciones europeas la traicionen más. Entre esos dos polos, solo los ingenuos confían en el capitalismo democrático liberal. Lo que Europa debería ver en las protestas ucranianas es, por tanto, lo mejor y lo peor de sí misma.

El nacionalismo de la derecha ucraniana forma parte de un populismo renovado anti-inmigrantes y prorreligioso que se presenta como la defensa de Europa. Ya en el siglo pasado, G.K. Chesterton percibió el peligro de esta nueva derecha y en su obra Ortodoxia explicó el punto de no retorno al que llegan los detractores de la religión: "Los que empiezan luchando contra la Iglesia en nombre de la libertad y de la Humanidad acaban dejando de lado la libertad y la Humanidad si solo pueden centrarse en derrotar a la Iglesia". ¿Acaso no se cumple lo mismo con los propios defensores de la religión? ¿Cuántos fanáticos religiosos comenzaron atacando con ferocidad la cultura secular contemporánea y al final se olvidaron de toda experiencia religiosa? ¿Acaso no se cumple también lo mismo con el reciente ascenso de los defensores de Europa frente a la "amenaza inmigrante"? En su fervor por proteger el legado cristiano de Europa, los nuevos fanáticos están dispuestos a renunciar al verdadero núcleo de dicho legado.

Entonces, ¿qué podemos hacer en una situación así? La mayoría de los liberales nos dicen que, si los valores democráticos básicos están en peligro por culpa de fundamentalistas étnicos o religiosos, todos nos deberíamos unir bajo el ideal democrático liberal en defensa de la tolerancia cultural, salvar lo que se puede salvar y abandonar el sueño de una transformación social más radical. Pero, ¿qué hay del sueño europeo capitalista democrático liberal por el que luchaban los manifestantes ucranianos? No se sabe del todo bien qué es lo que le espera a Ucrania dentro de la Unión Europea, pero está claro que las medidas de austeridad entran en el paquete.

Hay una broma que se hizo muy famosa durante la pasada década en la Unión Soviética sobre Rabinovich, un judío que quiere emigrar. En la oficina de inmigración, el funcionario le pregunta por qué y Rabinovich le contesta: "Tengo dos motivos. El primero es porque tengo miedo de que los comunistas pierdan poder en la Unión Soviética y entonces el nuevo poder nos eche la culpa a los judíos de los crímenes comunistas y vuelva a haber programas antijudíos...". "Pero", le interrumpe el trabajador, "no tiene ningún sentido; no hay nada que pueda cambiar en la Unión Soviética, ¡el poder de los comunistas durará para siempre!". "Bueno", responde Rabinovich con calma, "ese es mi segundo motivo".

Podríamos imaginarnos con facilidad una conversación similar entre un ucraniano crítico y un administrador financiero de la Unión Europea. El ucraniano se quejaría: "Hay dos cosas que nos atormentan en Ucrania. La primera, tememos que la UE nos abandone ante la presión rusa y deje que nuestra economía se derrumbe...". El administrador le tranquilizaría diciendo: "Pero puedes confiar en nosotros, no os abandonaremos; os controlaremos estrictamente y os aconsejaremos qué hacer". "Vale", respondería el ucraniano, "esa es la segunda cosa".

Efectivamente, los manifestantes del Maidán en la plaza de la Independencia de Kiev fueron héroes. Sin embargo, la verdadera lucha empieza ahora: la lucha por lo que será la nueva Ucrania. Este combate será mucho más duro que la lucha contra la intervención de Putin. La pregunta no es si Ucrania se merece a Europa, es decir, si es lo suficientemente buena para entrar en la UE; la pregunta es si la Europa actual es merecedora de las más profundas aspiraciones de los ucranianos.

Si Ucrania acaba como una mezcla de fundamentalismo étnico y capitalismo liberal, siendo los oligarcas los que muevan los hilos, al final será tan europea como lo es Rusia (o Hungría). Los analistas políticos afirmaron que la UE no estaba apoyando lo suficiente a Ucrania en su conflicto con Rusia y que la respuesta de la UE ante la ocupación rusa y la anexión de Crimea fue bastante tímida. Pero, además, faltó otro tipo de apoyo, incluso a mayor escala: a Ucrania nunca se le ha ofrecido una estrategia factible para acabar con su estancamiento socioeconómico. Para hacerlo, Europa debería primero transformarse y renovar su compromiso con la esencia emancipadora de su legado.

En sus Notas para una definición de la cultura, el gran conservador T. S. Eliot señalaba que hay momentos en los que la única posibilidad es la que se encuentra entre el sectarismo y el descreimiento, en los que la única forma de mantener viva una religión es llevar a cabo una ruptura sectaria del cadáver. Esta es nuestra única opción ahora: solo mediante una "ruptura sectaria" del cadáver en descomposición de la vieja Europa podremos mantener con vida el legado europeo de la égaliberté. Una ruptura así haría que nos replanteáramos las premisas que tendemos a aceptar como nuestro destino, como la prueba innegociable de nuestros apuros: el fenómeno llamado Nuevo Orden Mundial y la necesidad, a través de la "modernización", de acomodarnos a ello. Por decirlo sin rodeos, si el Nuevo Orden Mundial emergente es el destino innegociable de todos, Europa está perdida. Por tanto, la única solución para Europa es arriesgarse y romper el hechizo de nuestro destino. Ucrania solo podrá encontrar su lugar en una nueva Europa. No son los ucranianos los que deberían aprender de Europa, sino la propia Europa la que tiene que aprender a integrar el sueño que motivó a los manifestantes del Maidán.

Fuente:  http://www.huffingtonpost.es/slavoj-iek/esta-europa-a-la-altura_b_5145761.html

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La correspondencia entre Nadezhda Tolokonnikova de Pussy Riot y Slavoj Žižek

 2 de enero de 2013


Querida Nadezhda,
Espero que hayas podido organizar tu vida en prisión alrededor de pequeños rituales que la hagan tolerable, y que hayas tenido tiempo para leer. Aquí van mis reflexiones en relación a tu problema.

Lee las cartas de Nadezhda Tolokonnikova de Pussy Riot a Slavoj Žižek desde la cárcel  | PlayGround | Actualidad MusicalJohn Jay Chapman, un ensayista político americano, escribió esto sobre los radicales en 1900: “Realmente, siempre dicen lo mismo. No cambian; los demás son los que cambian. Son acusados de los crímenes más repelentes, de egoísmo y de obsesión por el poder, indiferencia por el destino de su causa, fanatismo, trivialidad, falta de sentido del humor, bufonería e irreverencia. But they sound a certain note. De ahí el poder práctico de los radicales persistentes. Aparentemente, nadie les sigue, pero todo el mundo se los cree. Usan un diapasón y suenan cómo un La, y todo el mundo sabe que es un La, pero con el tiempo nos damos cuenta que la nota era un Sol menor”. No crees que ésta es una buena descripción de los efectos de las performances de Pussy Riot? A pesar de todas las acusaciones, sonáis a una nota específica. Puede parecer que la gente no os siga, pero, secretamente, creen en ti, saben que estás diciendo la verdad o que, aún más, estás defendiendo la verdad.

Pero, ¿qué es la verdad? ¿Por qué son tan violentas las reacciones ante las actuaciones de Pussy Riot, no sólo en Russia? Todos los corazones estaban de tú lado mientras eras percibida como simplemente otra versión de las protestas liberal-democráticas contra el estado autoritario. En el momento en que se vio claro que rechazabais el capitalismo global, hablar sobre Pussy Riot se volvió mucho más ambiguo. Lo incomodo de Pussy Riot, en ojos de los liberales, es que hacéis visible la comunidad oculta entre el estalinismo y el capitalismo global contemporáneo.

[Žižek explora lo que ve como una tendencia global para limitar la democracia]. Desde la crisis de 2008, la desconfianza en la democracia, antes limitada únicamente al tercer mundo o a las economías post-comunistas en desarrollo, está aumentado en países occidentales. ¿Pero, y si esta desconfianza estuviera justificada? ¿Y si sólo los expertos pueden salvarnos?

Pero la crisis sirvió como prueba de que son estos expertos los que no saben qué están haciendo, no la gente. En la Europa occidental, estamos viendo como la élite dirigente cada vez sabe menos como dirigir. Mira el modo en que Europa está gestionando el caso de Grecia.

No me sorprende, pues, que Pussy Riot nos convierte a todos en aprensivos. Sabéis muy bien lo que no sabéis y no pretendéis obtener respuestas rápidas o fáciles, pero nos estáis diciendo que aquellos que están en el poder tampoco las tienen. Vuestro mensaje es que en la Europa de hoy los ciegos están guiando a los ciegos. Y por esto es tan importante que persistáis. Del mismo modo que Hegel, después de ver a Napoleón cabalgando a través de Jena, escribió que era como si hubiera visto el Espíritu del Mundo en el caballo, sois nada más y nada menos que la conciencia crítica de todos nosotros, sentada en la prisión.
Fraternarles saludos, Slavoj

Más información:  http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/actualidad-musical/lee-las-cartas-de-nadezhda-tolokonnikova-de-pussy-riot-a-slavoj-iek-desde-la-carcel-

jueves, 1 de agosto de 2013

Slavoj Žižek: “Las élites ya no saben cómo gobernarnos”

Los filósofos tienen fama de plomizos, herméticos y alérgicos a problemas prácticos. Marx y Engels cambiaron la percepción poniendo el mundo patas arriba con su ‘Manifiesto comunista’.El impacto de Zizek (Liubliana, 1949) no llega tan lejos, pero podemos decir que ha recuperado el gancho mediático que tuvieron pensadores disidentes como Jean-Paul Sartre yHerbert Marcuse.

“Me considero de izquierdas, pero mi trabajo es cuestionar las ilusiones fetichistas que sobreviven en la izquierda, por eso me odian muchos radicales”. ¿Su gran mérito? Sacudir el polvo de la teoría, aplicarla a batallas actuales y animar sus argumentos con metáforas sacadas de The matrix, la serie The wire oKung-fú panda. Su último libro, El año que soñamos peligrosamente(Akal, 2012), explora las posibilidades de emancipación social que ha abierto la crisis de 2008: “Nuestro principal problema, incluso ahora, es que nos resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

LA IZQUIERDA NECESITA FIGURAS COMO MARGARET THATCHER
“Vivimos tiempos muy locos. Hay que ser eficaces. No estoy defendiendo el legado de Thatcher, pero sí su capacidad para tomar decisiones. Los especuladores actúan en cuestión de minutos. ¿Cómo logró China manejar tan rápido la crisis de 2008? Con un Comité Central que tenía autoridad para tomar medidas muy rápido. Su poder centralizado les permitió ordenar a los bancos que no cortaran el crédito. No estoy pidiendo que se establezcan estados totalitarios, el próximo tabú que debemos romper es la idea de que los bancos deben funcionar sin control del estado. Muchos países capitalistas, países con gran éxito económico, tienen leyes que permiten controlar ampliamente el sector bancario. Pienso en Singapur o Corea del Sur”.

LAS ÉLITES YA NO SABEN CÓMO GOBERNARNOS
“Veo a la derecha confundida. Muchos dicen que Mitt Romney perdió las elecciones de 2012 por su incapacidad para centrarse, pero su fracaso radica en que no pudo ser más radical. El Tea Party nunca confió en él. En el Partido Republicano ya no hay lugar donde puedan encontrarse los hombres de Wall Street y los conservadores de la calle. En Europa también están desorientados: hace poco la derecha puso sobre la mesa una propuesta que parecía pensada por revolucionarios radicales. Querían que, en vez de recibir intereses al depositar dinero en un banco, tuvieras que pagar por dejar allí tu dinero. Es una medida sensata para que circule el crédito y fomentar inversiones. Si la izquierda hubiera lanzado eso, los medios dirían que era una ley comunista para castigar a los ricos. Otra paradoja: Alemania obtendría más dinero, si se acabase con la austeridad. Hoy aprietan tanto a Grecia que no van a poder devolver nada. La coalición de izquierdas Syriza es la única sensata: proponen reducciones de la deuda para que al menos recuperen algo. Lo mejor que les podría pasar a los especuladores es queAlexis Tspiras, líder de la Coalición de la Izquierda Radical, ganase las elecciones. Es firme, lo mejor de la izquierda en Europa”.

LOS INDIGNADOS DEBEN IR MÁS ALLÁ
“Estoy a favor de reuniones y protestas, pero no me convencen frases de sus manifiestos como ‘desconfiamos de toda la clase política’. ¿A quién se dirigen entonces cuando piden una vida digna? La izquierda social tiene un fetiche en la democracia directa. Supongo que imaginan algo como Porto Alegre [primera ciudad en el mundo en implantar con éxito el presupuesto participativo] pero también es el sistema que usan en Suiza, donde estos años se han aprobado medidas racistas contra los extranjeros o contra la construcción de minaretes en las mezquitas. Hace dos meses estuve en Brasil y comprobé que la democracia local directa no funciona sin apoyo estatal fuerte. Debemos volver a confiar en el estado. No me canso de repetirlo: el neoliberalismo no existe. Sólo es una ideología que casi nunca se lleva a la práctica. En los últimos años, el estado ha estado interviniendo constantemente en favor de las élites económicas. Lo que hay que intentar ahora es que trabaje para todos. En la crisis del 2008 salieron mejor parados los países donde el estado era más fuerte”.



"NO ME CONVENCEN LOS INDIGNADOS. DICEN: 'DESCONFIAMOS DE LA CLASE POLÍTICA'. ¿A QUIÉN SE DIRIGEN ENTONCES CUANDO PIDEN UNA VIDA DIGNA?"



SOY ATEO, PERO VEO POTENCIA POLÍTICA EN EL CRISTIANISMO
“Me interesa que millones de católicos tengan problemas para asimilar las palabras de Cristo. Por ejemplo: ‘Si no odias a tu padre, tu madre y tu hermana, no eres mi seguidor’. Por supuesto, Jesús no quiere que odies literalmente a tu familia, sólo dice que debes estar preparado para desafiar cualquier figura de autoridad. Lo que está proponiendo es un programa igualitario. Creo que el legado cristiano es valioso. Por contra, me asusta lo que llamo budismo occidental. Me dejó de piedra leer una encuesta que decía que más del cincuenta por ciento de los ejecutivos estadounidenses son budistas. El porcentaje aumenta entre los más jóvenes, sobre todo los directivos de las industrias digitales y creativas. El tipo de hedonismo que se impone hoy, mezcla de placer con un poco de iluminación espiritual, se ha convertido en la religión del capitalismo global contemporáneo. Y no es precisamente emancipadora”.