 |
| Slavoj Zizek, en el salón del libro de Leipzig (2015). |
El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los
protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes
cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año
afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y
una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del
filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso
sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los
estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como
“dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias
contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay
quienes no lo saben”.
En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen
resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la
violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.
En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos
sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy
concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que
surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?
Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la
violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que
estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan
regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en
Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la
dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones
económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba
tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular
al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter
Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no
es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y
no obstante, lo siguen haciendo”.
Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…
Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta
misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso
de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet
era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente
autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia
liberal capitalista.
¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales?
Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años
oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas
de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales
occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas
mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto
liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter,
Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación
entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga.
En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez
que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le
queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos
que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga
cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles.
Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a
la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles
por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal
del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la
mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que
su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema
capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la
arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto,
conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos
cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se
esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay
signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente
desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por
supuesto, distópica.
¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?
Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción
de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino
Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque
parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los
máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que
prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una
disociación entre la circulación y especulación financiera con la
producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué
tipo de poscapitalismo nos encontraremos?
Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas
estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son
los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en
transición.
Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder
surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción
“completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos
violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto
que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de
acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la
clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa
caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra
bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que
está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta,
simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo,
hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo?
No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya
están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo
saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología
en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en
serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su
corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque
suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto
significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del
poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la
violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan
las reglas del diálogo democrático y los cambios.
La violencia en las protestas es justamente lo que genera un
problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la
política institucional. No logran tomar posición.
Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco
debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de
votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino
conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La
violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa)
para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los
nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de
que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder
provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a
favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría
es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas
donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro
sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer
nada.
¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?
Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la
diferencia entre una violencia física o mental necesaria para
reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero
que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas
democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más
violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las
cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para
que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su
objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de
desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias
relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento
que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico
del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas.
La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a
la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a
romper sus propias reglas.
En El coraje de la desesperanza, decía que había que
abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y
aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?
Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me
refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que
no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas
básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra
democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando
perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece
demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está
transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo.
¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en
las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara
Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?
Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi
punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los
Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente.
Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas
demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la
pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por
lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden.
Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló
Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando
el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué
vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.
Ha sido muy crítico con la culturalización de la política,
también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la
política del siglo XXI?
El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que
marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de
una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha
terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy
debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y
sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos
estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización
transparente de la sociedad que excluya la alienación y la
re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que
finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de
París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror
comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se
hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué
pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación
de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente,
nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena
alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones
“alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de
nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar
libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no
transparente de nuestra vida mental.
Pero da la impresión de que la idea de que no somos
transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de
extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte
en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.
Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que
también se basa en el progreso histórico general que conduciría al
comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la
Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero
creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert
Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”.
¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un
espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la
premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final
resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía
general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que
sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad
orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la
fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío,
el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en
terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría
haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino
directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en
el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción
que es una condición positiva de nuestra libertad.
Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se
planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta
liberar, sigue siendo complicado.
La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de
digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran
que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la
sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran
en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore
que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí:
¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un
suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente
como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”,
pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una
pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está
constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana
está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y
fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción
(sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis
fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como
apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta
brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las
fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o
explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta
misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro
que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando
tenga en sus manos la “cosa en sí”.
¿Es feminista?
Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de
género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta
por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa.
Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en
el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia
“imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales
intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo
contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha
demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo
estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal:
debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de
poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero
debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder
en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están
subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.
A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de
la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en
consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos
toca?
Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico
verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e
implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras
figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la
conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje
sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará
este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a
plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de
la filosofía.
Fuente: https://ctxt.es/es/20201001/Politica/33852/Constanza-Michelson-entrevista-Slavoj-Zizek-dignidad-respuesta-popular-neoliberalismo.htm