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domingo, 1 de marzo de 2020

Antisemitismo de ida y vuelta

El auge de los discursos de odio en todo el mundo y dos atentados contra sinagogas en 2018 y 2019 han dado la voz de alarma ante el crecimiento del antisemitismo. Pero también se produce un fenómeno contrario: la acusación de antisemitismo y la identificación de las críticas al Estado israelí como críticas al pueblo judío están siendo utilizadas para desacreditar protestas legítimas.

Antisemitismo Ida Vuelta
Manifestación en Nueva York contra la ocupación de Gaza. Heri Rakotomalala
El alcalde de Madrid tenía una respuesta preparada contra el pequeño escándalo que generó la cesión de un edificio en pleno centro de Madrid para la construcción de un museo por parte de una entidad privada cuyo vicepresidente es un compañero de partido. José Luis Martínez Almeida capeó las críticas acusando de antisemitismo a los colectivos que criticaban una decisión con impacto emocional para la izquierda —el edificio había albergado hasta noviembre de 2019 el centro social La Ingobernable—. Una izquierda que “ha hecho del antisemitismo quizá una de sus razones de ser”, sintetizó el alcalde popular.

Las respuestas al comodín que había sacado de su manga Martínez Almeida no tardaron en llegar. La Red Internacional Judía Antisionista emitió un comunicado defendiendo el trabajo de La Ingobernable y cuestionando la pertinencia de un Museo Judío en una ciudad que cuenta ya con el Centro Sefarad-Israel, de titularidad pública. Antes había respondido JCall, una organización europea que hace un año abrió un espacio de debate en Barcelona, que añadió una crítica a la acusación lanzada por el alcalde de la capital: “Denunciamos que se utilice la acusación partidista de antisemitismo contra todos aquellos que protesten por el uso privado del edificio”, a lo que sumaban su preocupación por el uso “injusto e irresponsable” de ese término para criticar legítimas protestas.
Jonás Benarroch, portavoz de Jcall Barcelona, califica como una “infamia” las declaraciones de Martínez Almeida. Alejandro Baer, profesor de Sociología y director del centro de estudios sobre el genocidio y el holocausto en la Universidad de Minnesota, coincide en que la acusación de antisemitismo “se ha vuelto un arma en política para descalificar al adversario” y que las palabras del alcalde de Madrid y de los promotores del museo a las críticas son un mal punto de partida para el museo en tanto son una “banalización del antisemitismo y su instrumentalización política”.

Antes de la “izquierda madrileña” a la que vagamente se refirió el alcalde de Madrid, otros políticos han sido criticados bajo la misma acusación. Ada Colau, Pablo Iglesias, el PSOE del Ayuntamiento de Jaén o el alcalde de Cádiz, José María González ‘Kichi’, son solo algunos de los cargos de responsabilidad que han tenido que afrontar críticas por su supuesto odio hacia el pueblo judío, las mismas que en la esfera internacional se han vertido sobre Jeremy Corbyn —para quien la acusación fue una losa durante toda su campaña— o el senador de Vermont y judío asquenazí, Bernie Sanders.

David Hatchwell, presidente de la Fundación Hispano-Judía, la entidad beneficiada en la cesión del edificio del Paseo del Prado por parte del Ayuntamiento de Madrid, ha sido especialmente explícito en su condena del “antisemitismo” de la izquierda al escribir que “Podemos es un movimiento chavista cuyo odio enfermizo y obsesivo contra Israel y su cercanía al régimen terrorista iraní negacionista de la Shoá lo han convertido en una amenaza existencial para la vida judía en España”.

Antisemitismo de la izquierda
 
Sí, existe antisemitismo en la izquierda, aunque solo sea por el hecho de que la izquierda participa de una prolongada tradición histórica que ha sido antijudía, “que pervive como resabio en el lenguaje, en la cultura popular y religiosa”, defiende Alejandro Baer. Una serie de tópicos a los que se añadieron los prejuicios que definen el antisemitismo moderno: el del judío poderoso y conspirador, “alguien que socava por dentro el orden de las naciones europeas”, ambicioso y artero. Un imaginario racista que también cala, explica Miquel Ramos, periodista y editor del mapa Crímenes de Odio, “en personas que se consideran de izquierda” y tienen prejuicios o han sido influenciados por los discursos de odio, “sean antisemitas, islamófobos, machistas o contra los gitanos”. Ramos considera que la sustitución en determinados discursos de la retórica antijudía por propaganda de odio islamófoba no ha evitado una combinación de ambos odios. Este periodista denuncia la construcción identitaria occidental y su poso supremacista como algo transversal a las ideologías.

Laura, una española residente en Jerusalén, cree que es innegable la existencia del antisemitismo en todo el mundo e introduce un elemento que define la actual controversia en torno al uso y abuso de los discursos sobre antisemitismo: “Supongo que no será difícil para un israelí joven pensar ‘si a mi abuelo lo odiaban y lo perseguían en Europa por ser judío, los europeos que me critican a mí ahora por defender mi país lo hacen porque soy judío y no porque esté violando no sé cuántas leyes internacionales’. Es un pensamiento totalmente natural”, explica Laura, que abunda en el hecho de que una inmensa mayoría de la población israelí cree que, en la base de las críticas internacionales a Israel, subyace un antisemitismo histórico no superado: “Las voces nacionales que ponen algún pero a esa asociación de ideas provienen de la izquierda, que es bastante pequeña ahora mismo entre la población judía israelí (más o menos el 10%)”, resume esta trabajadora española.
Desalojo La Ingobernable
Desalojo de La Ingobernable Pablo Rivas
Esa identificación entre Israel y el pueblo judío es motivo de preocupación para comunidades judías en la diáspora. Grupos como Jcall en Europa, Jstreet o Jews Voice for Peace, que agrupa a más de 70.000 personas en Estados Unidos, están en alerta ante una sinécdoque —tomar el todo por la parte— que, consideran, amenaza la propia diversidad judía. La pensadora feminista Judith Butler, que forma parte de Jews Voice for Peace junto a otras referencias del pensamiento crítico como Noam Chomsky o Naomi Klein, señalaba en un vídeo de 2016 el hecho de que el Estado de Israel “solo representa a su mayoría demográfica”, que representa cada vez menos, según Butler, a los judíos de la diáspora, y que niega derechos de ciudadanía al millón y medio de personas palestinas que residen en Israel o en los territorios ocupados de Gaza.


BDS
 Laura ha decidido permanecer en el anonimato para responder al cuestionario de El Salto. Su cautela viene por el especial celo que ponen las autoridades israelíes para controlar la expansión y los vínculos de ciudadanos israelíes con el Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones, más conocido por sus siglas BDS, que plantea una protesta de rechazo a Israel desde el consumo, en el ámbito académico, y desde el punto de vista del derecho internacional por la ocupación de Palestina. El BDS es el enemigo número uno del Estado de Israel en Occidente. Como explica Laura, el boicot se considera como profundamente antisemita por la mayoría de la ciudadanía, con las pocas excepciones de Merez, el partido de izquierdas, que protesta matizadamente contra el uso que se utiliza del concepto “antisemitismo”, y de la oposición frontal de la minoría de israelíes que se moviliza contra la ocupación en el interior del país. 
 
Fuera de Israel, el BDS ha generado controversia y ha sido motivo de debates institucionales sobre el supuesto “discurso de odio” que lo encarna. En el Congreso de Estados Unidos, el Estado de Massachusetts, o el Parlamento alemán se han discutido mociones para la condena penal de aquellas organizaciones o empresas que lleven a efecto acciones de boicot —no así a quienes “llamen” simplemente al boicot— sobre la base de que es un movimiento antisemita. Héctor Grad, que participa en el BDS de Madrid, recuerda que hace pocas semanas el Parlamento valenciano admitió a trámite una moción de esas características a instancias de Toni Cantó, diputado de Ciudadanos.

Rabbi Brant Rosen, militante de Jews Voice for Peace, explicaba en una entrevista en Jacobin Magazine hasta qué punto el movimiento BDS ha asustado al Estado israelí, algo que queda revelado por la coerción que está ejerciendo hacia las personas que apoyan el movimiento de Boicot, que, al menos en Estados Unidos, son judías en su mayoría. Para Judith Butler, el BDS es un movimiento legítimo de boicot equiparable al veto que supuso el fin del régimen de apartheid de Sudáfrica.
Alejandro Baer, por el contrario, es muy crítico con el BDS entre otros motivos por su “visión parcial de la historia y la realidad Israelí-Palestina”, pero cree que hay muchas razones para oponerse a dicho movimiento, “sin necesidad de censurarlo automáticamente de movimiento antisemita”.

Israel ha dedicado millones de euros para perseguir la campaña de boicot y desinversiones a través de la oficina de Hasbará —literalmente de “esclarecimiento”— dependiente directamente del Gobierno. Héctor Grad cree que, más que el boicot a uno o a varios de sus productos, el Estado de la estrella de David teme las sanciones, en cuanto suponen un cuestionamiento de su política exterior.

El proceso de primarias demócratas en Estados Unidos y las declaraciones de Bernie Sanders y Elisabeth Warren sobre la necesidad de revisar la relación con Israel han multiplicado las protestas por parte del American Israel Public Affairs Committee — AIPAC, el principal lobby dedicado a la relación EE UU-Israel— y sus medios de comunicación asociados, al tocar algunas “líneas rojas” de la relación histórica entre los dos países.

Supremacismo
 Mientras en la arena de las primarias del Partido Demócrata se discute sobre el alcance de las sanciones, el Gobierno de Benjamin Netanyahu cultiva inmejorables relaciones con la administración republicana de Donald Trump. Asociaciones como Jews Voice for Peace denuncian cómo se omite la escalada del discurso supremacista que se ha instalado a raíz de la llegada de Trump a la Casa Blanca.
Como explica Miquel Ramos, la gran mayoría de la ultraderecha occidental —Trump, Bolsonaro, Wilders, Salvini, Vox o AfD— “son declarados amigos de Israel, incluso han visitado el país y mantienen muy buenas relaciones con la ultraderecha israelí en el gobierno y los think tanks sionistas de todo el mundo. Ambos comparten la misma concepción identitaria y excluyente de Occidente, amenazado por la islamización y la migración. Israel, en este caso, actúa como puerta de Occidente frente al peligro del Islam”.

Medios y personalidades judías opuestos a la visión de AIPAC han denunciado con estupor cómo Trump y el que fuera su lugarteniente, Steve Bannon, exeditor también de Breitbart, el medio de referencia del neofascismo estadounidense, han liberado en los últimos años el discurso supremacista y del llamado “nacionalismo blanco”. Un discurso que ha tenido un correlato trágico en matanzas como las de las sinagogas de Halle (Alemania) en octubre de 2019 o la de 2018 en Pittsburgh.

Alejandro Baer incide en cómo se ha producido un repunte de movimientos que defienden la teoría conspirativa del “genocidio blanco”, según la cual hay un programa secreto para la sustitución de la población blanca por poblaciones no caucasianas. Una retórica nativista y xenófoba que confluye con los discursos de la extrema derecha y que está siendo omitida por las organizaciones pro-israelíes pese a que reproduce —en versión soterrada— algunos de los discursos tradicionales contra los judíos, como la crítica al “globalismo”, a las élites financieras—particularmente al inversor George Soros—, a quienes define como “pulpos” y se acusa de “mover los hilos” de esa supuesta conspiración anti-blancos.

Educación y diálogo 
Para Benarroch, superar el antisemitismo pasa por favorecer la educación y el debate, “también por parte de la izquierda”. No olvidar los episodios de persecución y genocidio que tuvieron lugar ya antes de la II Guerra Mundial y en la Shoá —el holocausto—, pero tampoco las razones de la creación del Estado de Israel y promover un diálogo honesto sobre la ocupación de Palestina son los pasos en un camino difícil y largo.
 La propia definición de antisemitismo es hoy parte de la controversia. A través de la organización International Holocaust Remembrance Alliance se ha propuesto una revisión del concepto que, según dicen sus críticos, puede abrir la puerta a que se califiquen como antisemitas expresiones y opiniones legítimas “como pueden ser la crítica a la política colonial y a la ocupación”, concluye Héctor Grad.

En un momento de eclosión de los discursos del odio, los debates sobre antisemitismo deben partir, según explicaba Judith Butler, de una conciencia profunda de lucha contra todo tipo de discriminación: “Si el antisemitismo es una más entre todas las formas de racismo, entonces la lucha contra el antisemitismo no tiene sentido fuera de la lucha contra todo tipo de racismo, y eso incluye el racismo de Estado”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/racismo/auge-antisemitismo-supremacismo-blanco

lunes, 22 de abril de 2019

La tiranía que crece en el corazón de Europa

El primer ministro húngaro ha sido reelegido tres veces consecutivas con un discurso centrado en la etnia y el miedo a los inmigrantes. La pensadora Agnes Heller, que lo considera un “tirano moderno”, explica qué podemos aprender de Hungría antes de que sea demasiado tarde

Protestas en Budapest contra el Gobierno de Orbán, el pasado mes de febrero.
Protestas en Budapest contra el Gobierno de Orbán, el pasado mes de febrero. GETTY IMAGES
Diversos factores han contribuido a la instauración del régimen de Vik­­tor Orbán en Hungría, entre ellos la falta de tradición democrática, la decepción de muchos ciudadanos tras el advenimiento de este sistema político, los errores de los Gobiernos o el intento fallido de golpe de Estado en 2006. Luego está el miedo al caos o a la ausencia de liderazgo. Seguramente, todo ello influyó en la primera (o segunda) victoria del Fidesz-Unión Cívica Húngara en 2010. Ahora bien, ¿qué pasó entonces en las elecciones de 2014 y 2018?

La respuesta habitual señala a la nueva ley electoral aprobada por un Parlamento dominado por el partido de Orbán, que ha convertido en prácticamente imposible una victoria de la oposición. Esto es cierto, pero no lo explica todo. Otro factor a tener en cuenta es que las fuerzas políticas de la oposición se han profesado un odio mutuo mayor que el que sienten por el Fidesz, y, hasta ahora, se niegan a unirse. Pero esta respuesta tampoco es satisfactoria del todo; habría bastado con que tres candidatos de la oposición se hubiesen apartado y dejado paso a un cuarto para que el Fidesz no hubiese conseguido dos tercios de los escaños en 2018. Esto sigue sin explicar por qué los más pobres, los perdedores —como, por ejemplo, la mayoría de los gitanos—, votaron a Orbán.

En el siglo pasado, muchas sociedades europeas continentales vivieron procesos similares. Algunos periodistas, sociólogos y politólogos han calificado la “democracia no liberal” de Orbán de “fascismo”, “autocracia”, “Estado mafioso” e incluso de “nacionalsocialismo”, pero yo creo que en Hungría nos encontramos ante un fenómeno nuevo. Por eso he utilizado el término políticamente neutro de “tiranía”. A pesar de ser resultado de numerosas contingencias y aunque se pueda entender en el contexto del pasado nacional, el caso húngaro no es único. La calificación de fascista aplicada al régimen de Orbán es fácil de rebatir. En Hungría hay partidos de la oposición y no existe la pena capital. De hecho, el régimen no es totalitario. Cuando recibe el calificativo de autocrático también es fácil objetar que las autocracias, incluidas las dictaduras militares, suelen sustentarse en una clase social que las respalda. “Populismo”, el término empleado con más frecuencia para describir el actual régimen húngaro, es igualmente poco preciso. Los partidos populistas no crean oligarquías, aunque bajo su dirección la corrupción y el robo puedan alcanzar grandes proporciones.

La nueva modalidad de tiranía aún no tiene nombre, pero es posible caracterizarla. La Hungría de Orbán puede servir de modelo para ello. De hecho, los sistemas de los mejores amigos del primer ministro húngaro, como Putin y Erdogán, guardan similitudes con ella. Las diferencias obedecen a las diferentes tradiciones históricas y al hecho de que Hungría es miembro de la Unión Europea, mientras que Turquía y Rusia no lo son. Aun así, la importancia de analizar el imperio de Orbán como modelo no reside en su similitud con otras democracias no liberales “realmente existentes”, sino en la atracción que este ejerce sobre otros países gobernados hasta ahora por democracias liberales.

Hannah Arendt, en su obra Los orígenes del totalitarismo, fue una de las primeras en analizar la transformación de las sociedades de clases en sociedades de masas. En el territorio bajo dominio soviético, esta transformación sucedió de forma repentina y violenta, y concluyó rápidamente. En otras partes de Europa ocurrió de forma más lenta, pero también se produjo. También en otros lugares las sociedades de clases se convirtieron en sociedades de masas. En las democracias liberales el voto cambió. Italia o Francia pueden servir de ejemplo. Allí, a lo largo de muchas décadas, los mismos partidos compitieron por el apoyo del electorado. La pertenencia a una clase social y la tradición familiar eran los factores más decisivos para los electores, y así los partidos desarrollaban sus campañas en consecuencia (sus programas abordaban salarios, impuestos, empleo, etcétera). Pero de repente ningún partido tradicional puede continuar haciendo estas propuestas; ni siquiera la promesa de renovar el Estado de bienestar consigue atraer a los votantes. Los viejos eslóganes ahora suenan vacíos. Los pobres no son una clase, no tienen intereses de clase. Las formaciones políticas convencionales, y otras organizaciones políticas, surgen de la nada. Se ha perdido la estabilidad del sistema; todo se vuelve fluido, maleable. Las ideologías sustituyen a los intereses del electorado.

La victoria en las elecciones gracias al apoyo de la mayoría en las urnas legitimaba a un Gobierno, justificadamente. Pero hoy, en muchos lugares del mundo, los mismos tiranos son elegidos y reelegidos por la mayoría. Estos regímenes no son democracias, sino tiranías. Hoy, solo las democracias liberales, es decir, los Estados con división de poderes y un sistema de controles y equilibrios, en los que se respetan y se practican las libertades civiles, pueden ser calificados de democracias. La “democracia iliberal” no es democracia.

Si los viejos partidos se derrumban y nuevas formaciones sin tradición surgen de la nada; si los tiranos pueden ser elegidos una y otra vez por la mayoría; si la riqueza se redistribuye a la inversa, ¿qué es lo que mueve a la gente? La respuesta es simple: la ideología combinada con las políticas de la identidad. Francis Fukuyama, en Identidad, su último libro, apunta a la abrumadora influencia de las políticas de identidad, y no solo en las tiranías. Estas políticas (en plural) difieren mucho unas de otras, dependiendo de la clase de “identidad” en la que se fundamenten. Puesto que me estoy refiriendo al caso húngaro, tengo en mente las políticas de identidad europeas más características y tradicionales. Desde la I Guerra Mundial, la identidad dominante en Europa es el Estado-nación, la “identidad nacional”, que puede fundamentarse en la nacionalidad, aunque en el caso húngaro (y en la mayoría de los países europeos) su base es la etnia.

Cartel en Bruselas con el mensaje: “Primero quiso nuestro dinero, ahora la unidad de Europa está en juego”.
“Primero quiso nuestro dinero, ahora la unidad de Europa está en juego”. REUTERS
 Las ideologías pueden ser positivas. Por “positivas” no quiero decir buenas, progresistas, ni nada por el estilo. Las ideologías positivas son las que contienen una promesa de futuro, ya sean cambios radicales, una sociedad sin clases, un mundo sin contaminación, el dominio mundial, el Estado del bienestar o la felicidad universal. Las ideologías positivas (las beneficiosas y las peligrosas) tienen sus propios ideólogos intelectuales y cuentan con el apoyo de científicos, poetas y filósofos, que forman una especie de élite cultural. Pero las ideologías de las tiranías modernas son negativas. No tienen una élite intelectual.

Orbán se dirige a la etnia húngara y, dentro de ella, exclusivamente a sus seguidores. No considera que los miembros de la oposición sean húngaros. En su opinión, los liberales, los socialistas y los demás miembros de la oposición traicionan al país, por ejemplo, al votar en contra de Hungría (o sea, del Fidesz) en el Parlamento Europeo. La esencia de la ideología dominante podría resumirse brevemente así: los húngaros son los mejores, los más inteligentes, los más trabajadores, los más demócratas, y siempre son malinterpretados por los abominables liberales y comunistas. Pero no hay por qué preocuparse. El Fidesz, es decir, Orbán, te protege, siempre tendrá en mente los intereses del pueblo, defenderá el glorioso pasado, la cultura tradicional, y demás. Si apoyas a Orbán, apoyas a Hungría.

En las elecciones de 2014, la campaña ideológica giró en torno a la defensa de los húngaros frente al aumento del precio del gas y de la electricidad, que reporta “beneficios adicionales” a los intereses extranjeros. Fidesz estableció un precio fijo y los húngaros podían ver en sus facturas cuánto les había ahorrado el Gobierno. El subtexto era obvio: los húngaros tenemos un padre, Orbán, que nos defiende a nosotros, sus hijos, así que obedezcámosle.

La crisis de los refugiados fue una fantástica oportunidad para el Gobierno del Fidesz. Orbán nunca hablaba de refugiados, ni siquiera de inmigrantes, sino de las hordas de inmigrantes. Prometió que defendería nuestro país, la cristiandad y la cultura europea de los invasores musulmanes ilegales, que violarían a nuestras mujeres, que eran terroristas, nos quitarían el trabajo y destruirían nuestra tradición. Nada de esto tenía que ver con el verdadero problema de la inmigración. En Hungría no hay “inmigrantes” ilegales. Pero Orbán y sus “mamelucos” consiguieron persuadir a una parte enorme de la población de que millones de individuos de color, hambrientos y peligrosos, estaban a punto de invadirnos. De modo que los húngaros empezaron a odiar a esos “inmigrantes”. A personas muy pobres —quienes más perdieron con el régimen de Orbán— se les preguntó por qué le votaban, y todas respondieron que porque nos protege de la invasión de inmigrantes. No habían visto ni uno solo.

Los tiranos también aprenden unos de otros. En Turquía, Erdogán eligió un rostro para utilizarlo como blanco del odio. Orbán también lo buscó y lo encontró en George Soros, un multimillonario judío de origen húngaro. Se convirtió en la personificación perfecta del diablo. Soros ha escrito sobre la emigración y es un conocido activista político. Los carteles del demonio Soros desempeñaron un papel importante en la campaña electoral de Fidesz de 2018. Muchos han señalado que esta vivificación tenía una motivación antisemita, pero no es así. Orbán no es antisemita, no tiene ninguna convicción firme, ni positiva, ni negativa. Lo único que le interesa es acrecentar al máximo su poder, y por eso utilizará cualquier ideología (incluido el antisemitismo) que le sirva para fortalecer su autoridad y satisfacer su ansia de acumular cada vez más.

La “ideología negativa” también es llamada nihilista por Nietzsche. Es la ideología del “último hombre”. Tras las elecciones de 2018, el Fidesz lanzó un Kulturkampf, una batalla cultural que nada tiene que ver con la cultura, sino con el poder.

La batalla cultural llegó a la Academia Húngara de Ciencias. Esta vieja y hasta ahora autónoma institución no solo reúne a la comunidad de los científicos punteros, sino que sus miembros forman los eslabones de la cadena de organismos de investigación científica. El Gobierno decidió que esto no puede seguir así. La investigación científica tiene que estar controlada por el Estado, porque si no, los científicos no sabrán cuáles deben ser las prioridades ni qué es más útil. (...) La ideología no puede producir resultados científicos, ni escribir poemas ni novelas. El reconocimiento no llega bajo demanda. Rákosi [primer ministro de 1945 a 1956] no pudo, Kádár [de 1956 a 1958 y de 1961 a 1965] no pudo, y Orbán tampoco podrá.

La batalla cultural se ha librado en distintos campos, en universidades y escuelas, es decir, contra las escuelas y las universidades. Se espera que las escuelas produzcan individuos buenos y obedientes, y con la excusa de que los libros de texto que reciben los alumnos son gratuitos, su contenido está determinado por la propaganda del Fidesz, sobre todo en las asignaturas de historia y literatura húngara. En lo que respecta a las universidades, el Estado nombra al denominado canciller, situado por encima del rector elegido, para que se ocupe de lo relacionado con la enseñanza. Aunque no todos los cancilleres obedecen órdenes, y entre ellos hay personas cultas y bienintencionadas, la autonomía de las universidades públicas está limitada. Los padres que se lo pueden permitir mandan a sus hijos a universidades privadas o al extranjero. Cuando acaban el bachillerato, muchos estudiantes se marchan a Londres, Viena, Estados Unidos o alguna ciudad alemana. Esto entra dentro de lo normal, pero si las circunstancias no cambian, estos estudiantes nunca volverán. Y aunque no forme parte directamente de la batalla cultural, vale la pena señalar que alrededor de medio millón de húngaros viven y trabajan en el extranjero. Dado que son, sobre todo, estudiantes e intelectuales altamente cualificados, el país sufre una grave escasez de médicos, enfermeros y otros profesionales, incluidos trabajadores especializados.

Las tiranías siempre acaban cayendo, pero aún está por ver si los húngaros saldrán de esta con la suficiente cordura, al menos, para poder empezar de nuevo. La Unión Europea es la última oportunidad que tiene la Europa continental de seguir siendo un actor política y culturalmente decisivo en la escena mundial. Si la Unión fracasa, Europa tendrá un pasado, pero no un presente y menos aún un futuro. Se transformará en un museo.


Fuente:  https://elpais.com/elpais/2019/04/18/ideas/1555585620_542476.html