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lunes, 13 de septiembre de 2021

El otoño de la civilización (y la ruptura de la cadena de suministros)

 Hemos pasado el verano de la historia, en el que todo iba cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma

Campo de cereal
Campo de cereal / GETTY IMAGES

 Históricamente, en nuestras latitudes, el otoño era un tiempo de recogimiento. De frenar el ritmo trepidante del verano. De prepararse para el inevitable y crudo invierno. Pero eso era antes. En la actualidad hemos logrado difuminar las estaciones. Gracias a nuestro ingenio, hemos creado un desarrollo tecnológico que nos permite –a los privilegiados– habitar ambientes cálidos en inviernos fríos y viceversa. Las frutas y verduras ya nos llegan en todas las estaciones y de cualquier parte del mundo en cualquier momento, gracias a la complejidad de nuestro sistema. En uno de los grandes –quizá aparentes– avances de nuestra civilización, en cierta manera, hemos disciplinado a la fuerza de los ciclos naturales.

Sin embargo –habrá quien le encuentre un reverso poético a esto–, para lograr someter a los ciclos, hemos usado tal cantidad de combustibles fósiles que ya no solo los tiempos están cambiando. Las estaciones también. Nuestra pírrica victoria solo ha sido temporal. Temporal, como los que estamos desatando. No solo hemos diluido los ciclos, digamos, de puertas para dentro, sino que estamos creando un nuevo estado climático caótico que nos va a sorprender con fenómenos meteorológicos cada vez más abruptos, inesperados, potentes y frecuentes. Es la consecuencia de haber pretendido dominar los ciclos, sin antes comprenderlos.

A la cadena de suministros le está pasando algo que parece que tampoco comprendemos bien. Al principio fueron los microchips. No se producían los suficientes. Las fábricas de coches empezaron a parar algunos días para acomodar su producción. Después, la escasez de chips afectó a la PlayStation 5. Si quieres una nueva, tienes que encargarla y esperar unos meses.

Luego empezaron a escasear –y a aumentar de precio– muchos materiales de construcción: acero laminado, aluminio, cobre, cemento…hasta madera. También faltan ya algunos pigmentos, resinas epoxi y varios tipos de plásticos. La lista de materias primas que está escaseando es cada vez más larga, y eso empieza a afectar a las materias elaboradas a partir de las materias primas. Faltan recambios para algunos coches, o para bicicletas. Hay ordenadores e impresoras que discretamente han desaparecido del catálogo.

Pero el problema no se acaba en lo más anecdótico: ocurre que algunos alimentos comienzan también a escasear. Que este año la cosecha de trigo en Rusia será mala y el precio del trigo está aumentando. Que falta acero y aluminio para las latas, que los costes de los contenedores, de los transportes marítimos, se han multiplicado por diez o por veinte. Que falta de todo.

Pero eso no es todo, ojalá. De repente el precio de la electricidad también se ha disparado, y las familias y empresas lo sufren. Rápidamente los medios de distracción y los tertulianos han puesto el grito en el cielo, atacando al Gobierno o a las eléctricas, pero –aunque hay responsabilidades compartidas y el pulso del oligopolio a un ejecutivo blando pero que no controlan del todo es evidente–, poco a poco se empieza a escuchar cuál es la causa principal de la subida de la luz: falta gas natural. Y no falta solo en España: falta en toda Europa. Argelia, antaño suministrador fiable de gas a España, ahora solo nos envía menos de la mitad que hace unos años, y las energéticas han buscado gas en otros países. Obviamente, pagándolo a un precio mucho más caro. Incluso hemos llegado al punto en el cual compañías productoras de fertilizante están paralizando ya algunas de sus plantas en España y Reino Unido debido al creciente precio del gas. Habrá que vigilar bien esto: tras aquella “revolución verde” en la agricultura, que más bien fue negra, color crudo, la cadena alimentaria es absolutamente petrodependiente.

El mundo se ha vuelto loco. Después de la convulsión de la covid, cuando se esperaba la recuperación económica, todo parece irse al garete, así, por las buenas. Sin previo aviso.

¿Sin previo aviso?

En realidad, sí que hubo aviso. Y no uno: muchos. Y no solo recientes, sino algunos que vienen resonando desde hace décadas. Nada de lo que pasa es casual ni del todo inesperado. Se sabía que acabaría pasando. Se sabía, pero no se quería actuar, porque eso implicaba cambiarlo casi todo. Tantas cosas, que cada gobernante y cada consejero delegado decidió cerrar los ojos y esperar a que el problema se solucionase solo o lo solucionase otro. Tal vez llegara un milagro tecnológico, pensaron. Pero no vino otro que lo solucionase ni se resolvió solo. Y el milagro no llega.

Hace 16 años, en 2005, la producción de petróleo crudo tocó su máximo. Es lo que se conoce como cenit del petróleo convencional, el peak oil del petróleo más versátil y fácil de extraer. Desde entonces, se han introducido un montón de (malos) sucedáneos del petróleo para compensar el estancamiento y posterior caída de la cantidad de petróleo bueno que se producía cada año; así, se empezaron a producir biocombustibles obtenidos a través de cultivos, se extrajeron alquitranes en Canadá y Venezuela para combinarlos químicamente con gas natural y obtener algo vagamente parecido al petróleo. Por último, se impulsó la locura/burbuja del fracking en los EE.UU. Había que intentar rebañar las gotas dispersas de hidrocarburos degradados que se encuentran en algunas rocas. Todo prácticamente en vano. Estos sucedáneos, los petróleos no convencionales, son demasiado caros de extraer y tratar, y encima no son tan buenos. Algunos no valen ni para producir diésel.

Las compañías petroleras intentaron seguir en el negocio, pero tras años de pérdidas enormes a pesar de que el petróleo se vendía caro, en 2014 decidieron comenzar a arrojar la toalla. No merecía la pena seguir luchando. Desde 2014, las petroleras han reducido un 60% su inversión en la búsqueda y puesta en explotación de nuevos yacimientos. Ese frenazo tan rápido garantizaba que la producción de petróleo comenzaría a caer en breve, y así ha sido: desde diciembre de 2018 la producción va cayendo, problema que ha agravado en 2020 la covid. Ojo, importante: agravado. No provocado.

Como hemos dicho, este proceso de caída de la producción de petróleo es conocido desde hace décadas, se ha avisado de él con frecuencia. Y ya está pasando, con el carbón, el uranio y, en menor medida, con el gas natural. Hemos topado con los límites de muchos de los recursos naturales esenciales. Tal y como se avisó ya en 1972. Hemos entrado en el siglo de los límites. Durante décadas, geólogos, ingenieros de minas y científicos de diversos ramos habían advertido sobre la inevitable crisis energética y de materiales que causaría el peak oil. Y no se ha hecho nada. Se ha esperado a que la escasez comenzara a ser notoria.

Falta diésel desde 2015, y por ello, la extracción de minerales y el transporte marítimo se encarecen. Todas las carencias que se van desencadenando se retroalimentan y hacen el problema cada vez más grave: si hay menos plástico y menos cobre faltan cables, y entonces faltan máquinas, que disminuyen la producción de tantas otras materias primas y elaboradas. Si se extrae y transporta menos hierro por la falta de diésel y el encarecimiento de los portes marítimos, se fabrican menos contenedores y eso hace que los precios del transporte por mar se disparen aún más. El efecto mariposa de la complejidad, dentro de la propia cadena de suministros.

Europa se enfrenta a una crisis de suministro de gas natural en los próximos meses. Motivo: sus dos principales proveedores (Rusia y Argelia) llegaron a su máximo de producción, su peak gas, y su producción ya cae en este momento. Esto encarece la electricidad, pero también la fabricación de cemento, los fertilizantes y un largo etcétera. Las ramificaciones de la escasez de petróleo y de gas se extienden por todo el tejido industrial y productivo del mundo. Tanto el mundo empresarial como el político asisten aparentemente perplejos, no saben cómo reaccionar. Bueno, algunos en realidad sí saben: la compañía Maersk –el principal operador mundial de transporte marítimo de mercancías- ha multiplicado por 10 sus beneficios en el primer semestre.

La propia Agencia Internacional de la Energía, el organismo de referencia en su sector, aún no ha anunciado las conclusiones principales de su informe anual cuando falta un mes para su publicación: ni siquiera se han atrevido a abrir la compra previa –que en julio habitualmente ya estaba disponible–, seguramente porque no saben cómo tiene que continuar la historia para resultar creíble. Todo ello entremezclado además con el enorme reto climático que tantos sustos ha dado ya este verano: olas de calor por todas partes que llevan el termómetro a valores inéditos, incendios que arrasan casi países enteros, DANAS, inundaciones sin precedentes y trombas de agua en medio mundo. Por supuesto también en España. Hasta tornados estamos viendo en algunas zonas del interior de nuestro país. E incluso hemos asistido a un pequeño terremoto dentro del IPCC.

Volviendo a la cruda cuestión de la energía: no se puede resolver la crisis energética y de materias primas con más inversión. El problema es estructural. Los yacimientos han tocado máximos y decrecen inevitablemente. Cada vez costará más obtener petróleo, gas u otras materias primas.

Y como las materias primas ya escasean, no podremos implementar todos esos masivos parques de energías renovables que se proyectan en todas partes al mismo tiempo –presionando más la cadena de suministros–, y que requieren de ese neodimio, plata, disprosio y otros tantos materiales cada vez más buscados. Además, el abaratamiento de muchos de esos paneles o aerogeneradores (que tienen una vida útil determinada de unas pocas décadas y luego han de ser sustituidos) ha sido posible gracias a la globalización y a las economías de escala. Cuestionable, como mínimo, que se puedan mantener a medio plazo.

Deberíamos dejar de hablar de macroproyectos y tecnofábulas fantasiosas, y centrarnos en cosas más simples e imprescindibles. Garanticemos el suministro de alimentos, garanticemos el agua limpia, aseguremos las necesidades locales, relocalicemos el trabajo, trabajemos con materiales de proximidad y montemos los sistemas locales y resilientes que necesitamos, tanto de producción de energía como de todo lo demás. Dejemos de encandilarnos con las eternas promesas tecnológicas incumplidas y salvemos lo salvable. Adaptémonos a lo que ha de venir igualmente.

Repensemos el modelo Just In Time, ese modelo basado en la aceleración perpetua y evitar almacenar para ahorrar costes. Asumamos que solo fue posible mientras sobraba de todo. Que nos ha dado problemas durante la pandemia –ahora sabemos bien que las cosas no siempre llegan justo a tiempo– y que su influencia en la escasez creciente también es notoria. Al fin y al cabo, qué era el otoño sino el momento de almacenar para afrontar el duro invierno.

Hemos pasado el verano de nuestra civilización, en el que todo iba cada vez a más y mejor, en el que la abundancia material fue la norma. Como la cigarra de la fábula, no hemos aprovechado la bonanza del verano para hacer acopio para los malos tiempos. Ahora se acerca el otoño de la civilización.

El otoño siempre fue una especie de ruptura natural en la cadena de suministros. De repente, pasado el cénit energético del verano, se llegaba a un punto en el que se empezaba a tener menos, y había que adaptarse para afrontar el invierno. Aún tenemos tiempo para hacer preparativos, para tomar medidas adecuadas con determinación, para evitar lo peor. Pero no podemos esperar más, porque de hecho ya llegamos tarde. Estos preparativos tardíos de otoño no serán tan efectivos como habrían podido serlo en pleno verano.

El otoño de la civilización no es ni más ni menos que nuestro inexorable regreso –en principio lento– a vivir dentro de unos ciclos que nunca debimos dar por vencidos. En tiempos que cada vez serán menos complejos, pero más difíciles, vamos a tener menos energía para aclimatarnos a un invierno profundo que puede durar décadas, incluso siglos. Y ni la primavera ni el siguiente verano aparentemente invencible están asegurados. Habrá que ganárselos. Benedetti, a su manera, también lo vio venir: aprovechemos el otoño / antes de que el invierno nos escombre […] aprovechemos el otoño / antes de que el futuro se congele / y no haya sitio para la belleza /porque el futuro se nos vuelve escarcha.

 Fuente:https://ctxt.es/es/20210901/Firmas/37191/civilizacion-escasez-trigo-petroleo-gas-suministros-antonio-turiel-juan-bordera.htm

martes, 9 de febrero de 2021

Cómo se genera un consumidor, por Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman (Poznan, 1925 – Leeds, 2017)1​2​ fue un eminente sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío. Su obra se ha ocupado de cuestiones como las clases sociales, el socialismo, el Holocausto, la hermenéutica, la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza.

Zygmunt Bauman fotografiado en su casa de Londres en abril de 2013. IONE SAIZAR
En años recientes, representantes de todo el espectro político hablaban al unísono, con añoranza y deseo, de una «recuperación dirigida por los consumidores». Se ha culpado con frecuencia a la caída de la producción, a la ausencia de pedidos y a la lentitud del comercio minorista por la falta de interés o de confianza del consumidor (lo que equivale a decir que el deseo de comprar a crédito es lo bastante fuerte como para superar el temor a la insolvencia). La esperanza de disipar esos problemas y de que las cosas se reanimen se basa en que los consumidores vuelvan a cumplir con su deber: que otra vez quieran comprar, comprar mucho y comprar más. Se piensa que el «crecimiento económico», la medida moderna de que las cosas están en orden y siguen su curso, el mayor índice de que una sociedad funciona como es debido, depende, en una sociedad de consumidores, no tanto de la «fuerza productiva del país» (una fuerza de trabajo saludable y abundante, con cofres repletos e iniciativas audaces por parte de los poseedores y administradores del capital) como del fervor y el vigor de sus consumidores. El papel —en otros tiempos a cargo del trabajo— de vincular las motivaciones individuales, la integración social y la reproducción de todo el sistema productivo corresponde en la actualidad a la iniciativa del consumidor.

Habiendo dejado atrás la «premodernidad» —los mecanismos tradicionales de ubicación social por mecanismos de adscripción, que condenaban a hombres y mujeres a «apegarse a su clase», a vivir según los estándares (pero no por encima de ellos) fijados para la «categoría social» en que habían nacido—, la modernidad cargó sobre el individuo la tarea de su «autoconstrucción»: elaborar la propia identidad social, si no desde cero, al menos desde sus cimientos. La responsabilidad del individuo —antes limitada a respetar las fronteras entre ser un noble, un comerciante, un soldado mercenario, un artesano, un campesino arrendatario o un peón rural— se ampliaba hasta llegar a la elección misma de una posición social, y el derecho de que esa posición fuera reconocida y aprobada por la sociedad.

Inicialmente, el trabajo apareció como la principal herramienta para encarar la construcción del propio destino. La identificación social buscada —y alcanzada con esfuerzo— tuvo como determinantes principales la capacidad para el trabajo, el lugar que se ocupara en el proceso social de la producción y el proyecto elaborado a partir de lo anterior. Una vez elegida, la identidad social podía construirse de una vez y para siempre, para toda la vida, y, al menos en principio, también debían definirse la vocación, el puesto de trabajo, las tareas para toda una vida. La construcción de la identidad habría de ser regular y coherente, pasando por etapas claramente definidas, y también debía serlo la carrera laboral. No debe sorprender la insistencia en esta metáfora —la idea de una «construcción»— para expresar la naturaleza del trabajo exigido por la autoidentificación personal. El curso de la carrera laboral, y la construcción de una identidad personal a lo largo de toda la vida, llegan así a complementarse.

Sin embargo, la elección de una carrera laboral —regular, durable y continua—, coherente y bien estructurada, ya no está abierta para todos. Sólo en casos muy contados se puede definir (y menos aún, garantizar) una identidad permanente en función del trabajo desempeñado. Hoy, los empleos permanentes, seguros y garantizados son la excepción. Los oficios de antaño, «de por vida», hasta hereditarios, quedaron confinados a unas pocas industrias y profesiones antiguas y están en rápida disminución. Los nuevos puestos de trabajo suelen ser contratos temporales, «hasta nuevo aviso» o en horarios de tiempo parcial [part-time]. Se suelen combinar con otras ocupaciones y no garantizan la continuidad, menos aún, la permanencia. El nuevo lema es flexibilidad, y esta noción cada vez más generalizada implica un juego de contratos y despidos con muy pocas reglas pero con el poder de cambiarlas unilateralmente mientras la misma partida se está jugando.

Nada perdurable puede levantarse sobre esta arena movediza. En pocas palabras: la perspectiva de construir, sobre la base del trabajo, una identidad para toda la vida ya quedó enterrada definitivamente para la inmensa mayoría de la gente (salvo, al menos por ahora, para los profesionales de áreas muy especializadas y privilegiadas).

Este cambio trascendental, sin embargo, no fue vivido como un gran terremoto o una amenaza existencial. Es que la preocupación sobre las identidades también se modificó: las antiguas carreras resultaron totalmente inadecuadas para las tareas e inquietudes que llevaron a nuevas búsquedas de identidad. En un mundo donde, según el conciso y contundente aforismo de George Steiner, todo producto cultural es concebido para producir «un impacto máximo y caer en desuso de inmediato», la construcción de la identidad personal a lo largo de toda una vida y, por añadidura, planificada a priori, trae como consecuencia problemas muy serios. Como afirma Ricardo Petrella: las actuales tendencias en el mundo dirigen «las economías hacia la producción de lo efímero y volátil —a través de la masiva reducción de la vida útil de productos y servicios—, y hacia lo precario (empleos temporales, flexibles y parttime )».

Sea cual fuere la identidad que se busque y desee, esta deberá tener —en concordancia con el mercado laboral de nuestros días— el don de la flexibilidad. Es preciso que esa identidad pueda ser cambiada a corto plazo, sin previo aviso, y esté regida por el principio de mantener abiertas todas las opciones; al menos, la mayor cantidad de opciones posibles. El futuro nos depara cada día más sorpresas; por lo tanto, proceder de otro modo equivale a privarse de mucho, a excluirse de beneficios todavía desconocidos que, aunque vagamente vislumbrados, puedan llegar a brindarnos las vueltas del destino y las siempre novedosas e inesperadas ofertas de la vida.

Las modas culturales irrumpen explosivamente en la feria de las vanidades; también se vuelven obsoletas y anticuadas en menos tiempo del que les lleva ganar la atención del público. Conviene que cada nueva identidad sea temporaria; es preciso asumirla con ligereza y echarla al olvido ni bien se abrace otra nueva, más brillante o simplemente no probada todavía.

Sería más adecuado por eso hablar de identidades en plural: a lo largo de la vida, muchas de ellas quedarán abandonadas y olvidadas. Es posible que cada nueva identidad permanezca incompleta y condicionada; la dificultad está en cómo evitar su anquilosamiento. Tal vez el término «identidad» haya dejado de ser útil, ya que oculta más de lo que revela sobre esta experiencia de vida cada vez más frecuente: las preocupaciones sobre la posición social se relacionan con el temor a que esa identidad adquirida, demasiado rígida, resulte inmodificable. La aspiración a alcanzar una identidad y el horror que produce la satisfacción de ese deseo, la mezcla de atracción y repulsión que la idea de identidad evoca, se combinan para producir un compuesto de ambivalencia y confusión que —esto sí— resulta extrañamente perdurable.

Las inquietudes de este tipo encuentran su respuesta en el volátil, ingenioso y siempre variable mercado de bienes de consumo. Por definición, jamás se espera que estos bienes —hayan sido concebidos para consumo momentáneo o perdurable— duren siempre; ya no hay similitud con «carreras para toda la vida» o «trabajos de por vida». Se supone que los bienes de consumo serán usados para desaparecer muy pronto; temporario y transitorio son adjetivos inherentes a todo objeto de consumo; estos bienes parecerían llevar siempre grabado, aunque con una tinta invisible, el lema memento mori [recuerda que has de morir].

Parece haber una armonía predeterminada, una resonancia especial entre esas cualidades de los bienes de consumo y la ambivalencia típica de esta sociedad posmoderna frente al problema de la identidad. Las identidades, como los bienes de consumo, deben pertenecer a alguien; pero sólo para ser consumidas y desaparecer nuevamente. Como los bienes de consumo, las identidades no deben cerrar el camino hacia otras identidades nuevas y mejores, impidiendo la capacidad de absorberlas. Siendo este el requisito, no tiene sentido buscarlas en otra parte que no sea el mercado. Las «identidades compuestas», elaboradas sin demasiada precisión a partir de las muestras disponibles, poco duraderas y reemplazables que se venden en el mercado, parecen ser exactamente lo que hace falta para enfrentar los desafíos de la vida contemporánea.

Si en esto se gasta la energía liberada por los problemas de identidad, no hacen falta mecanismos sociales especializados para la «regulación normativa» o el «mantenimiento de pautas»; tampoco parecen deseables. Los antiguos métodos panópticos para el control social perturbarían las funciones del consumidor y resultarían desastrosos en una sociedad organizada sobre el deseo y la elección. Pero ¿les iría mejor a otros métodos novedosos de regulación normativa? La idea misma de una regulación, ¿no es, al menos en escala mundial, cosa del pasado? A pesar de haber resultado esencial para «poner a trabajar a la gente» en una comunidad de trabajadores, ¿no perdió ya su razón de ser en nuestra sociedad de consumo? El propósito de una norma es usar el libre albedrío para limitar o eliminar la libertad de elección, cerrando o dejando afuera todas las posibilidades menos una: la ordenada por la norma. Pero el efecto colateral producido por la supresión de la elección —y, en especial, de la elección más repudiable desde el punto de vista de la regulación normativa: una elección, volátil, caprichosa y fácilmente modificable— equivaldría a matar al consumidor que hay en todo ser humano. Sería el desastre más terrible que podría ocurrirle a esta sociedad basada en el mercado.

La regulación normativa es, entonces, «disfuncional»; por lo tanto, inconveniente para la perpetuación, el buen funcionamiento y el desarrollo del mercado de consumo; también es rechazada por la gente. Confluyen aquí los intereses de los consumidores con los de los operadores del mercado. Aquí se hace realidad el viejo eslogan: «Lo que es bueno para General Motors, es bueno para los Estados Unidos» (siempre que por «los Estados Unidos» no se entienda otra cosa que la suma de sus ciudadanos). El «espíritu del consumidor», lo mismo que las empresas comerciales que prosperan a su costa, se rebela contra la regulación. A una sociedad de consumo le molesta cualquier restricción legal impuesta a la libertad de elección, le perturba la puesta fuera de la ley de los posibles objetos de consumo, y expresa ese desagrado con su amplio apoyo a la gran mayoría de las medidas «desreguladoras».

Una molestia similar se manifiesta en el hasta ahora desconocido apoyo — aparecido en los Estados Unidos y muchos otros países— a la reducción de los servicios sociales (la provisión de urgentes necesidades humanas hasta ahora administrada y garantizada por el Estado), a condición de que esa reducción vaya acompañada por una disminución en los impuestos. El eslogan «más dinero en los bolsillos del contribuyente» —tan difundido de un extremo al otro del espectro político, al punto de que ya no se lo objeta seriamente— se refiere al derecho del consumidor a ejercer su elección, un derecho ya internalizado y transformado en vocación de vida. La promesa de contar con más dinero una vez pagados los impuestos atrae al electorado, y no tanto porque le permita un mayor consumo, sino porque amplía sus posibilidades de elección, porque aumenta los placeres de comprar y de elegir. Se piensa que esa promesa de mayor capacidad de elección tiene, precisamente, un asombroso poder de seducción.

En la práctica, lo que importa es el medio, no el fin. La vocación del consumidor se satisface ofreciéndole más para elegir, sin que esto signifique necesariamente más consumo. Adoptar la actitud del consumidor es, ante todo, decidirse por la libertad de elegir; consumir más queda en un segundo plano, y ni siquiera resulta indispensable.

  Texto de Bauman, publicado por primera vez en su libro Work, consumerism and the new poor en el año 1998.

Fuente_ https://culturainquieta.com/es/pensamiento/item/17791-como-se-genera-un-consumidor-por-zygmunt-bauman.html

lunes, 16 de noviembre de 2020

Investigadores muestran que se puede vivir bien en 2050 con la demanda de energía de los años 60

 A día de hoy, el consumo sigue estando relacionado con el comportamiento de la economía (a mayor crecimiento económico, más demanda energética). En el cálculo de los científicos, esa relación se rompe 
 
"I dannati" ("los condenados") del escritor y pintor italiano Lorenzo Paolini: una metáfora del consumismo y de la barbarización de la cultura. Encarcelado queriendo ser libre, y donde ya no se puede parar porque un retraso tal vez pueda significar la muerte.

Una vida digna para todos los habitantes del planeta en 2050 sería posible con un 60% menos de la energía que usamos hoy. Según los cálculos de un grupo de investigadores de la Universidad de Leeds en el Reino Unido, con un gasto de energía global similar al de los años 60, la población mundial, que se estima que se habrá triplicado para entonces, podría satisfacer todas sus necesidades materiales básicas para llevar un estilo de vida con comodidades propias de los países desarrollados. 

Para ello sería necesario, apunta el estudio publicado en la revista científica Global Environmental Change, implementar en todos los ámbitos la tecnología disponible para conseguir más eficiencia, reducir drásticamente el consumo global y acabar con las desigualdades.

La investigación, que calcula el gasto energético global mínimo para cubrir las necesidades básicas para una población de unos 10.000 millones de habitantes, asegura que el nivel de vida que podría conseguirse con un gasto en energía reducido es mucho más generoso de lo que solemos pensar.

"Nuestro trabajo responde a las objeciones que dicen que los ecologistas solo proponen volver a las cuevas", comentan con ironía los autores en su estudio; y matizan: "Quizá, pero se trata de unas cuevas con bastantes lujos en las que se ofrecen servicios altamente eficientes para cocinar, mantener los alimentos o lavar la ropa; 50 litros de agua por persona al día con 15 litros de agua caliente para el baño, una temperatura en los hogares de 20 °C todo el año, acceso a ordenadores conectados a las tecnologías de la información, y una red de transporte que proveería entre 5.000 km y 15.000 km al año por persona, además de un servicio de sanidad universal y una educación gratuita para todos entre 5 y 19 años".

Para los investigadores, el estudio no solo desmonta la idea de que no hay suficientes recursos para todos los habitantes del planeta, sino que demuestra que se podría conseguir un nivel de vida con muchas comodidades con menos energía de lo que pensamos.

La manera de lograrlo sería implementar ese nivel de suficiencia con comodidades a toda la población. Con ello, la energía necesaria supondría menos de la mitad de lo que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) prevé que se podría conseguir en su modelo de desarrollo sostenible. "En la estimación de la AIE se acepta que los países más pobres subirán su demanda al salir de la pobreza, pero los países más ricos seguirán consumiendo como ahora", dice Joel Millward-Hopkins, el principal investigador del estudio. "Ellos ponen un límite mínimo al consumo por abajo pero no por arriba, y nosotros asumimos que toda la población puede vivir en este umbral donde se supera la pobreza pero no hay grandes lujos".

En su modelo ideal, con el consumo limitado por persona y tecnología eficiente en todos los sectores, el gasto anual por habitante podría reducirse a 15 Gigajulios (GJ) frente a los 80 GJ que se consume en el mundo hoy en día. Esto supondría que la demanda de energía se podría cubrir mucho más fácilmente.

"Nuestro estudio muestra otro mundo diferente", explica por teléfono una de las autoras, Julia Steinberger, "y esto puede ser una motivación para alcanzarlo".

Como ellos mismos reconocen, sin embargo, el estudio no aborda los pasos políticos y sociales para conseguirlo. El modelo que se propone implica que los habitantes de los países desarrollados reduzcan drásticamente su consumo, y que la energía se distribuya de forma equitativa y eficiente para que tenga como fin ofrecer una vida digna a toda la población. Pero, insisten, lo que ellos hacen es mirarlo de forma distinta.

"Muchos gobernantes acusan a los activistas ambientales de 'amenazar nuestro estilo de vida'", dice Steinberger, "sin embargo, merece la pena observar en detalle lo que ese estilo de vida representa. Ha habido una tendencia a simplificar la idea de la buena vida con la noción de que cuanto más mejor".

Millward-Hopkins acepta que uno de los mayores problemas es definir qué es una vida digna. "Es un concepto subjetivo que varía entre diferentes culturas y cambia con el tiempo", nos explica por correo electrónico. "Aunque hay algunas variables, como la alimentación o la temperatura cómoda para nuestros hogares, que son más objetivas".

En su documento, los autores han usado los criterios de investigadores como Narasimha Rao y Jahoon Min, en el que no solo se incluyen las necesidades básicas como la higiene o la alimentación, sino también los medios que permiten desarrollar otros aspectos esenciales para los humanos como su vida política y social. Por ejemplo, se incluye una capacidad de transporte que pueda incluir desplazamientos de ocio, un ordenador por hogar con conexión a Internet de alta velocidad o un teléfono móvil para cada persona mayor de 10 años.

Sin embargo, admite, han dejado fuera aspectos como el ocio o la innovación. "Es una de las limitaciones del estudio aunque si añadiéramos la energía de estos sectores seguiría estando por debajo del 50% de nuestra demanda global actual", dice Millward-Hopkins.

 "Nuestro modelo solo quiere mostrar un posible destino, nada más", continúa. "Confirma que ya existen soluciones tecnológicas para reducir el consumo de energía hasta niveles sostenibles. Lo que nosotros añadimos es que los sacrificios materiales que se necesitan para conseguir esto son mucho más pequeños que lo que muchas narrativas populares creen". 

Fuente: https://www.eldiario.es/ballenablanca/365_dias/investigadores-muestran-vivir-2050-demanda-energia-60_1_6431271.html

viernes, 31 de julio de 2020

“No somos esclavas”. Huelgas de trabajadoras en las maquilas globales


<p>Protesta de las trabajadoras de la fábrica Rui Ning en Myanmar.</p>

Protesta de las trabajadoras de la fábrica Rui Ning en Myanmar. @cleanclothes


Las mujeres protagonizan la lucha obrera desde la península indochina a Ciudad Juárez. Largas jornadas laborales, bajos salarios y escasa mecanización. El verdadero secreto detrás de los grandes emporios de la moda

Desde los suburbios empobrecidos de la península indochina hasta las barriadas obreras de Ciudad Juárez, capital del feminicidio y la maquila mundial, ¿qué experiencias comunes unen las vidas de las trabajadoras precarias a un lado y otro del mundo? ¿Qué rebeliones y resistencias dan forma a una nueva clase obrera global, feminizada y racializada, que produce para grandes emporios capitalistas?

La historia de Soy Sros me pareció tan increíble que necesité leerla varias veces y tuve que comprobar la información en distintas fuentes. La joven camboyana trabaja en la fábrica Superl, que confecciona carteras de lujo para marcas como Michael Kors, Jimmy Choo o Versace. El 31 de marzo, al conocerse el despido de un centenar de trabajadoras, Soy Sros cogió su teléfono y publicó el siguiente mensaje en Facebook: “Superl está incumpliendo las instrucciones de Hun Sen, el primer ministro del Gobierno camboyano. Ha rescindido los contratos de las trabajadoras de la fábrica, incluyendo una trabajadora embarazada, alegando la falta de materia prima debido a la covid-19”. El revuelo generado obligó a la empresa a dar marcha atrás con los despidos el mismo 1 de abril y a continuación Soy Sros borró el post de sus redes sociales. Pero la cosa no terminó allí. Dos días después, la trabajadora fue detenida por la policía, acusada por la empresa de “incitar disturbios sociales”, “difamar” y “difundir fake news”. Estuvo 55 días en una celda de 10x20 metros, hacinada con otras 70 prisioneras, sin condiciones de higiene, en medio de la pandemia. Eran tantas mujeres amontonadas allí, que no podían recostarse al mismo tiempo para descansar, debían hacerlo por turnos. Soy Sros tuvo febrícula varias veces, pero no recibió asistencia sanitaria. Dice que la ayudaron otras presas, que compartieron medicinas con ella.

Madre soltera de dos hijos, Soy Sros es referente del Sindicato Colectivo del Movimiento de Trabajadores (CUMW) de Camboya e intenta organizar a sus compañeras contra un sistema laboral basado en la precariedad y los abusos patronales. Superl Leatherware Manufacturing es un emporio textil creado en 2012, que emplea a 18.000 trabajadores y trabajadoras en sus plantas de China, Filipinas y Camboya, para la exportación a Europa y Estados Unidos. A unos metros de la Gran Vía de Madrid, en una tienda de Michael Kors, se puede comprar un pequeño bolso de piel con logotipo de la marca y tiras decorativas por 365 euros. Es más que lo que cobran mensualmente las compañeras de Soy Sros. 

Se calcula que hay entre 40 y 60 millones de trabajadoras y trabajadores en la industria textil de exportación a nivel global. Son empresas especializadas en subcontratar grandes talleres con mano de obra barata en países pobres que fabrican ropa para marcas conocidas. La mayoría de las ocupadas en la industria textil son mujeres –esto es algo que se mantiene desde los orígenes del capitalismo–, y, en muchos casos, son ellas la principal fuente de ingresos en sus hogares. Largas jornadas laborales, bajos salarios y escasa mecanización; es la despiadada extracción de plusvalía absoluta, el verdadero secreto detrás de los grandes emporios de la moda. 

La pandemia hizo colapsar en pocos días las cadenas internacionales de suministros, descargando la crisis con especial virulencia sobre las trabajadoras del sur global. De un lado, el freno de las exportaciones chinas impidió la llegada de materias primas a numerosos países. A su vez, grandes marcas europeas y norteamericanas suspendieron las órdenes de compra, dejando muy tocadas a las empresas proveedoras, cuando no al borde de la quiebra. Como resultado, cientos de miles de trabajadoras fueron despedidas o perdieron sus jornales en las maquilas de Bangladesh, Vietnam, Camboya, México o Centroamérica. 

“No somos esclavas”

En medio de esta catástrofe, se está desarrollando una dura lucha de clases: las empresas aprovechan la excusa de la covid para barrer las nuevas organizaciones sindicales, y las trabajadoras están respondiendo con huelgas, concentraciones y protestas

En mayo, 300 trabajadoras de la fábrica Rui-Ning de Myanmar fueron despedidas, poco después de haber registrado un sindicato. Un caso similar se vivió en la fábrica Huabo Times, donde 100 trabajadoras y trabajadores fueron enviados a la calle después de formar una organización sindical. Estas fábricas birmanas producen ropa para marcas como Zara y Primark. Las trabajadoras escribieron una carta al dueño de Inditex, exigiendo la readmisión y denunciando las condiciones laborales: “Cuando comenzó la pandemia, muchos trabajadores como nosotros continuaron fabricando su ropa, incluso cuando la dirección de la fábrica inicialmente no nos concedió medidas de seguridad como mascarillas y distanciamiento social para protegernos a nosotros y a nuestras familias de la covid-19. Ahora, la dirección ha aprovechado la crisis mundial como una oportunidad para destruir nuestros sindicatos, despidiendo masivamente a los afiliados”.

Amancio Ortega acumula una fortuna personal de 62 mil millones de euros y se encuentra en el podio de los 10 hombres más ricos del mundo. Pero poco se dice acerca de las bases de su fortuna, ese trabajo en condiciones semi esclavas. La buena noticia es que, después de varias semanas de concentrarse en las puertas de la fábrica y apoyadas por una campaña internacional de solidaridad, las trabajadoras de Rui-Ning lograron que las reincorporaran a sus puestos de trabajo.

En otra fábrica, que confecciona bolsos para los ordenadores Dell, las trabajadoras mantuvieron un piquete de huelga durante varios días. En sus redes sociales, compartieron un mensaje muy claro: “Nosotras hacemos vuestros bolsos en Myanmar. Hemos tratado de organizar un sindicato para pedir protección ante la covid-19 y hemos sido inmediatamente despedidas. No somos esclavas”.

Andrew Tillett-Saks es organizador sindical y vive en Myanmar. Conversamos sobre este proceso, tras intercambiar algunas opiniones en las redes sociales. Para él estas protestas han empezado a lograr algunos frutos: “Las trabajadoras de la fábrica de Rui-Ning ganaron la reincorporación y derrotaron al consorcio patronal con dos armas: acciones directas del sindicato dentro de la fábrica, y la solidaridad de otras organizaciones de trabajadores a nivel internacional”. El internacionalismo en este caso es algo muy concreto: “Dado que la producción y los mercados capitalistas son tan globales ahora, los trabajadores y sus luchas deben serlo también si quieren tener alguna oportunidad. En la industria de la confección, por ejemplo, los trabajadores producen en un país, el propietario de la fábrica suele tener su sede en un segundo país, y las marcas y los consumidores suelen tener su sede en un tercer país. Sin solidaridad y coordinación internacional se hace muy difícil ganar las luchas de los trabajadores”. 

Los nudos que enlazan patriarcado, racismo y explotación laboral son el entramado del modelo capitalista en la industria maquiladora. “El capital utiliza el racismo tanto para facilitar la sobreexplotación de ciertos segmentos de la clase trabajadora, como políticamente para dividir a los trabajadores entre sí, y vemos ambas cosas en la industria de la confección”, asegura Tillett-Saks. 

Lo novedoso es que todo indica que estamos ante una importante ola de conflictividad laboral, protagonizada por miles de trabajadoras en condiciones muy duras. Luchas que nos recuerdan a aquellas de principios del siglo XX, cuando las obreras organizaban huelgas salvajes en los centros del capitalismo mundial. Desde el terreno, Tillett-Saks nos confirma esta intuición:

“En los últimos dos años, el sector manufacturero de Myanmar ha experimentado una enorme oleada de huelgas. Casi el 90% de las trabajadoras son mujeres jóvenes, de entre 18 y 25 años, y casi todas las huelgas son autoorganizadas por las trabajadoras. A menudo son trabajadoras no sindicalizadas que se declaran en huelga por cientos de miles, y forman sindicatos mientras están en huelga. Se concentran en gran medida en la industria de la confección, pero también en otras manufacturas ligeras. En Myanmar, cada semana durante los últimos dos años, hubo nuevas y grandes huelgas. La prensa apenas lo cubre, pero es una lucha enorme que francamente empequeñece las luchas sindicales que están lanzando los sindicatos en cualquier otro país que yo haya visto. Las mujeres, por supuesto, siempre han trabajado y siempre han participado en la organización de sindicatos, pero las jóvenes que encabezan esta oleada de huelgas demuestran que las trabajadoras serán fundamentales para dirigir la lucha del siglo XXI por un movimiento obrero más fuerte y un mundo mejor”.

Paraíso capitalista, infierno de precarización laboral

Más de 15.000 kilómetros separan la capital birmana de Ciudad de Juárez, México, en el desierto de Chihuahua. Pero la experiencia vital de una trabajadora de las maquilas, a un lado y otro del mundo, se encuentra mucho más próxima. 

“Paraíso capitalista, infierno de precarización laboral, emergente protesta obrera”. Así describe Pablo Oprinari, sociólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, la situación de la industria maquiladora en este país en medio de la pandemia. El control estatal de las fronteras, abiertas para la circulación de materias primas y mercancías, pero cerradas para las personas, permite a las multinacionales aprovechar las desiguales condiciones a un lado y otro del muro, utilizando una mano de obra cada vez más feminizada y racializada. En las últimas décadas, industrias norteamericanas se han deslocalizado al otro lado de la frontera, creando nuevas ciudadelas obreras en medio del desierto, un desarrollo combinado de tecnología avanzada y mano de obra sobreexplotada.

En el pico de la pandemia, entre el 60% y el 80% de la industria maquiladora mexicana se mantuvo produciendo, sin tomar medidas de protección para las trabajadoras y trabajadores. El norte de México se transformó así en un foco del virus, tal como había ocurrido en el norte industrial italiano. En este contexto, en el mes de abril se multiplicaron las huelgas en la maquila, con la consigna: “¡Queremos vivir!”.

Por vía telefónica, conversamos con Yessica Tzunalli Morales, quien responde nuestras preguntas desde Ciudad Juárez. Ella tiene 27 años y trabajó un tiempo en la maquila, forma parte del colectivo de mujeres Pan y Rosas. 

“Los trabajadores y las trabajadoras se empezaron a contagiar de covid dentro de las fábricas. Por eso hubo protestas, “paros locos” [huelgas salvajes], porque querían que las mandaran a cuarentena. Hay un video muy famoso de una obrera que dice que ella no quiere contagiar a su hija, que es un bebé. Entonces, las mujeres fueron las que más pelearon para que la industria parara y las primeras en salir a manifestarse a decir: ‘¡Respeta mi vida!’”. 

Como en otras partes del mundo, las grandes empresas maquiladoras se basan en una mano de obra muy feminizada: “Hay más de 350.000 obreras y obreros laborando en la maquila, y la mayoría son mujeres. Y de esas mujeres, muchas, la mayoría, son madres solteras. Hay una desigualdad social muy profunda, que la pandemia vino a develar aún más. Estas mujeres también cargan con el trabajo doméstico”. Ahora, con la “nueva normalidad”, muchas empresas han reorganizado los horarios: “Todo el día haciendo trabajos repetitivos, producción, producción. Doce horas dentro de la fábrica, con sueldos raquíticos. Es una explotación muy tremenda”, explica.

La maquila destroza los cuerpos. En Ciudad Juárez los cuerpos de las mujeres envejecen más rápido, hay cuerpos doloridos, cuerpos que desaparecen y cuerpos de mujeres asesinadas. Yessica Tzunalli Morales y otras activistas de Ciudad Juárez lo vienen denunciando: “Durante la pandemia el feminicidio no ha parado. Las trabajadoras salen de sus casas a las 4 de la mañana para tomar el camión de transporte de personal, pero estos no entran a las colonias, y en muchas ocasiones las obreras tienen que caminar largas distancias, atravesar parques a oscuras, solas. En ese tramo que ellas caminan, se han cometido feminicidios y han desaparecido mujeres. Por eso nosotras sostenemos que la industria maquiladora en Ciudad Juárez es caldo de cultivo para el feminicidio, por estas condiciones estructurales”.

La maquila devora cuerpos de mujeres, pero también genera nuevas olas de protestas y resistencia. “¡No somos esclavas!”, “¡Queremos vivir!”, son los gritos de insubordinación de una nueva clase obrera global, cuya mitad son mujeres. Ellas retoman los hilos rojos y morados de quienes mucho antes ya lucharon. 

En 1912, las trabajadoras textiles de Lawrence, en Estados Unidos, protagonizaron la huelga de “pan y rosas”. La mayoría no estaba sindicalizada, pero comenzaron a hacerlo, apoyadas por la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo). Miles de mujeres pararon las fábricas contra las condiciones laborales de superexplotación, largas jornadas y bajos salarios, sabiendo que podían caer presas. Crearon un comité de huelga donde se hablaba 25 idiomas, incorporando a las trabajadoras inmigrantes. Las huelguistas también organizaron de forma colectiva los cuidados, con comedores sociales, guarderías y enviando a sus hijos a otras ciudades, donde serían acogidos temporalmente por familias obreras. Después de dos meses de piquetes, enfrentamientos con la policía y enormes muestras de solidaridad (por ejemplo, los estudiantes de Harvard organizaron cajas de resistencia), la huelga logró su objetivo. Se redujo la jornada laboral y se consiguió un aumento de salario. 

Desde entonces, el poema de James Oppenheim se identificó con la lucha de aquellas mujeres. Hoy lo seguimos cantando: 

Mientras vamos marchando, marchando, gran cantidad de mujeres muertas / van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan; / sus espíritus fatigados no conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza / ¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

Mientras vamos marchando, marchando, a través del hermoso día/ un millón de cocinas oscuras y miles de grises hilanderías / son tocados por un radiante sol que asoma repentinamente / ya que el pueblo nos oye cantar: Pan y rosas! ¡Pan y rosas!

lunes, 20 de julio de 2020

El precio ambiental de la moda rápida

Venere degli stracci (Venus de los trapos), 1967-1974, de Michelangelo Pistoletto
A la industria de la moda cabe atribuir el 10% de la contaminación global mundial; es, tras la aviación, el segundo sector económico más contaminante. La razón de que su impacto sea tan grande es doble. Por un lado, su cadena de suministro es larga y compleja; empieza en la agricultura (fibras vegetales) o la fabricación petroquímica (fibras sintéticas), sigue por la manufactura para, pasando por la logística, terminar en la venta al por menor. Y, por otro lado, es un sector que ha experimentado un crecimiento enorme durante los últimos años, debido a la emergencia de lo que se puede denominar fast fashion (“moda rápida”), por analogía con la expresión “fast food”. Su impacto ambiental se produce a través de cuatro componentes: el agua que se consume, los materiales que se emplean (y se desechan), el uso y eliminación de productos químicos de potenciales efectos dañinos, y el gasto de energía.

Veamos unos datos para ilustrar la magnitud de sus efectos. La industria de la moda produce anualmente más de 1.700 millones de toneladas de CO2, lo que representa cerca del 10% de las emisiones globales de este gas. Su consumo de agua es el segundo más grande, con unos 1.500 millones de metros cúbicos; es responsable del 20% de la contaminación industrial de agua, debido a las actividades de tratamiento textil y de tintado. Contribuye en algo más de un tercio a la acumulación de microplásticos de los océanos, con una cantidad anual de 190.000 toneladas. Y genera unos deshechos textiles –incluida ropa que no se llega a vender- de más de 92.000 toneladas anuales, parte importante de las cuales termina en vertederos o es incinerada.

Si nos fijamos en el último medio siglo, la producción de ropa se elevó de forma paralela al aumento de la población hasta aproximadamente el año 2000. Sin embargo, en los veinte años transcurridos desde entonces, la producción textil ha crecido más que la población. De hecho, entre 1975 y 2018 la producción ha pasado de 6 a 13 kg por persona; en otras palabras, se ha más que duplicado. Se estima que la demanda de este tipo de moda crece en la actualidad a razón de un 2% anual.

Ese crecimiento tan grande se ha debido a la capacidad de la industria para ofrecer a los consumidores productos nuevos mucho más baratos y con más frecuencia que antes. Los principales productores han desplazado a compañías tradicionales basadas en la distribución a través de pequeños establecimientos y se han beneficiado de las posibilidades de comercialización a través de internet. Como consecuencia, las marcas de éxito ponen en el mercado hoy el doble de colecciones de las que ponían antes del 2000, cuando comenzó el fenómeno de la moda rápida.

Ha crecido tanto la eficiencia de la producción, que a pesar del aumento en el consumo, el gasto por persona en ropa ha pasado en Europa de representar el 30% de la cesta de la compra en los años 50 del siglo pasado, al 12% en 2009 y al 5% en 2020. Y esa reducción facilita que se compre más ropa porque se adquiere con mayor frecuencia. En los Estados Unidos se adquiere hoy una pieza de ropa cada 5’5 días. Y en Europa se ha reducido el tiempo de uso en un 36% en los últimos quince años.
La industria de la moda ha orientado sus esfuerzos a reducir costes y disminuir los tiempos de entrega, porque ello supone un elemento fundamental de su atractivo y éxito, pero la humanidad paga un precio por ello.

Fuente: https://culturacientifica.com/2020/07/19/el-precio-ambiental-de-la-moda-rapida/

miércoles, 7 de agosto de 2019

“El capitalismo verde que venden las grandes empresas es un oxímoron”

Celia Ojeda (Valladolid, 1979) es doctora en Biología especializada en reservas marinas con más de 15 años de actividad a favor del delicado equilibrio medioambiental del planeta. Empezó combatiendo la sobrepesca y trabajando en la protección de los océanos en Greenpeace y ahora coordina las campañas contra el consumismo desmesurado que tiene en los plásticos, la verdadera bestia negra de los grupos ecologistas, uno de los factores que están agotando la paciencia de Gaia, la madre Tierra. “El problema al que nos enfrentamos es que ha llegado la hora de cambiar la forma en que vivimos, comemos, conducimos. No podemos mantener las cosas como están. Ya no tenemos mucho tiempo”, asegura. Y como bióloga que trata de dar sentido a la vida hace un recorrido por los formidables latigazos que el hombre asesta a la naturaleza, las secuelas letales de su depredación, desde los campos de hielo de los polos, que nunca se habían convertido en agua, hasta la carrera desatada para perforar los fondos marinos sin importar los efectos catastróficos que acarrea. Más leña al fuego de un planeta que se consume al calor de la codicia humana pero amenaza con acabar con todos los sueños.

El consumo es uno de los referentes de los economistas clásicos para evaluar el crecimiento de un país. Si cae, saltan las alarmas. ¿Hay otra alternativa?
No estoy nada de acuerdo con esa afirmación. De hecho me resulta pobre medir la riqueza de un país por su Producto Interior Bruto (PIB). Es tan inexacto que hay países que han dejado de utilizarlo. ¿Por qué? Porque el consumo o el consumismo, que no es lo mismo, está íntimamente relacionado con la extracción intensiva de los recursos naturales. Si a esto unimos que la población mundial sigue creciendo, y crecerá mucho más en las grandes ciudades durante los próximos años, parece evidente que es incongruente continuar midiendo la riqueza o la pobreza de un país en función de su nivel de consumo. Hay que cambiar ya esas variables si queremos tener alguna posibilidad de salvar el planeta.

Pero el concepto de consumo parece unido al de la felicidad.
Sí, es cierto. Tenemos la sensación de que sólo podemos ser felices si compramos, si consumimos, si poseemos, si pasamos las vacaciones muy lejos de casa. Es como si el propio concepto de felicidad pueda ser comprado. Mi pregunta es: ¿acaso no se puede ser feliz haciendo pequeñas cosas, estando con personas cercanas o disfrutando de un entorno natural? 

Entonces, ¿somos rehenes del marketing consumista? 
De alguna manera, sí. Las grandes compañías tienen su producción y sus ventas, sus intereses de mercado, y nosotros somos la herramienta. Luchar contra ese bombardeo de mensajes que nos lanzan incesantemente, mensajes del tipo “compra este producto y serás el más fashion de la playa” es realmente difícil, es cierto, pero no nos queda otra opción que cambiar porque nos estamos jugando la vida en el planeta. Algunas empresas ya han empezado a ser conscientes de todo esto.

Pero, ¿cómo disputar al mercado las necesidades de la gente? 
Ofreciendo alternativas. Por ejemplo, todavía es normal ver por la calle a gente con una botella de plástico con agua cuando no hace muchos años llevábamos cantimploras. Vivimos rodeados de una mercadotecnia consumista desmesurada donde no caben conceptos como la reparación, el intercambio o el mercado de segunda mano. Creo que cuando las empresas comiencen a proponer estas opciones comenzará a cambiar el modelo y podremos decrecer, que es el único camino viable contra el cambio climático. 

¿Es posible convencer a una multinacional de que la única manera de salvar el planeta es que paren las máquinas?
Ese es nuestro trabajo. En general, las empresas miran la rentabilidad a corto plazo y no creo que les preocupe mucho el beneficio de no hacerlo. Recuerdo que cuando trabajaba en el área de pesca de Greenpeace mucha gente me preguntaba por qué los países no detenían las capturas de pescado cuando era evidente que los stocks se estaban agotando. La respuesta que encontré siempre fue la misma: porque el sentido de la existencia de las grandes corporaciones es el business, el negocio puro y duro. Las consecuencias de su negocio suelen ser secundarias. Así que no es extraño que, cuando no ven excesiva rentabilidad en el pescado, empiecen a fabricar botellas de plástico o se dediquen a otra cosa hasta agotar las existencias. El medioambiente es accesorio. El problema al que nos enfrentamos es que aún no somos capaces de generar una conciencia social de que consumir es como votar. Es cierto que con nuestra forma de comprar y gastar decidimos quién queremos que gobierne el mundo. ¿Las multinacionales y las grandes empresas contaminadoras? ¿O aquellas que funcionan con parámetros de producción limpios y un comportamiento laboral ético?

La vida es cada vez más urbana, ¿de qué manera afecta a la manera de luchar o de ignorar el cambio climático?
Ignorarlo en las ciudades es muy fácil. En Greenpeace llevamos un año con un programa dedicado exclusivamente al consumo urbano pero hay otras muchas organizaciones que llevan trabajando con fuerza en este ámbito desde hace algún tiempo, como C40 o las ciudades que se han unido en el Pacto de Milán por la salud alimentaria. Eso demuestra que hay una preocupación extrema por crear conciencia porque las ciudades son las grandes catedrales del consumo mundial y los lugares donde se produce mayor CO2. Es también donde más se consume y más basura se genera. Y satisface sus necesidades absorbiendo todos los recursos del mundo rural, a donde devolvemos los desechos que generamos. Si logramos cambiar esta dinámica y los grandes núcleos urbanos reducen su consumo de energía, de moda, de tecnología, si favorecen una movilidad sostenible y gestionan adecuadamente sus propios residuos la mejora medioambiental en el planeta sería brutal. Para eso es imprescindible que los gobiernos municipales apliquen medidas contundentes que favorezcan un cambio en los hábitos consumistas.

¿Con proyectos como Madrid Central?
Por supuesto. La única explicación que encuentro al intento del alcalde de Madrid de dejarlo en suspenso es la de contentar a sus votantes. Es un proyecto imprescindible para hacer frente a las emisiones de CO2 y a la contaminación de la ciudad porque se enmarca dentro de un plan de movilidad sostenible mucho más amplio que llega al extrarradio, por ejemplo a las carreteras radiales, con el fin de favorecer el transporte público y otras formas de tránsito ajenas al vehículo privado que ya funcionan en otras ciudades europeas. La muestra del rechazo popular que suscitaron las alegaciones del nuevo alcalde fue la manifestación que hubo en junio. Fue algo extraordinario porque era un sábado de calor sofocante que mucha gente suele aprovechar para salir de la ciudad. ¿Quién hubiera imaginado hace unos años que tantas personas pudieran movilizarse en defensa del derecho medioambiental o que una ministra hable tan decididamente sobre la transición energética? Algo ha empezado a cambiar en este país aunque es cierto que existe una mayor concienciación social en Europa que en España. Aún estamos a años luz de Alemania o Suecia.

Pero en Noruega siguen cazando ballenas
Sí y muchas empresas petroleras siguen perforando en el Ártico pese a que su conciencia medioambiental es mucho mayor que la nuestra. Se mueven en bicicleta, reciclan los plásticos o no los utilizan. Muchas veces no coincide lo social y lo político

¿Cómo desembarcó en Greenpeace?
Tuve la suerte de que el director de mi tesis en biología marina consideraba que debía preparar algo funcional. Cada vez que hacía un estudio sobre cómo mejorar, por ejemplo, la efectividad de una reserva marina o cómo optimizar su vigilancia me iba a la administración y presentaba los resultados. Pero como eran muy lentos o, simplemente, incapaces de ejecutar los planes que desde la ciencia indicábamos, me volví más activista de lo que ya era. Salió una plaza en Greenpeace, me presenté, les gusté y aquí estoy.  

Celia Ojeda.

¿Le molesta que se politice la lucha contra el cambio climático?
Yo creo que es una lucha de todos y de todas, que trasciende la política. El cambio climático no puede servir a una determinada ideología. Ni siquiera debería ser la apuesta de un gobierno. Todos los partidos deberían ver que la emergencia climática es una realidad que nos va a afectar al conjunto de la población, seamos de derecha o de izquierda, verdes o blancos. No hay que politizarla en ese sentido aunque las medidas que se adopten para combatirlo sí lo sean. Más importante que la salud del planeta es cómo la gestionamos.  

Uno de los focos del movimiento internacional contra el cambio climático es el Green New Deal, un acuerdo global que aboga por la transformación económica a gran escala y que fractura los intentos neoliberales de liderar el debate con cortinas ecológicas. ¿Es posible el capitalismo verde?
El capitalismo verde que venden las grandes empresas es un oxímoron. Es imposible continuar con los niveles productivos actuales y con la demanda consumista que generan si se renuncia al extractivismo de los recursos naturales y se apuesta por la sostenibilidad. Por eso son conceptos incompatibles en esencia aunque intentan generar confusión con su estrategia de greenwashing, esas campañas de marketing ideadas por las grandes corporaciones para limpiar su imagen respecto al medio ambiente cuando, en realidad, no lo respetan. Lo que sí podrían hacer es iniciar una transición de su modelo de crecimiento infinito hacia el decrecimiento paulatino porque es la única forma de frenar el deterioro climático. De ahí que una de nuestras exigencias a los Estados en la lucha global contra la emergencia climática es que no limiten sus actuaciones a simples declaraciones de intenciones, donde estampan la firma y se acabó.

Muchos se preguntan para qué sirven los tratados internacionales sobre el cambio climático si su cumplimiento es lento e impreciso. Incluso el acuerdo de París deja la puerta abierta a un calentamiento de la Tierra para 2050 de 3 grados, algo que sería catastrófico según los científicos. ¿Le sorprende la falta de instinto de supervivencia del ser humano?
Lo que no me sorprende es la falta de instinto de supervivencia de nuestros políticos. Los tratados se rubrican para ser cumplidos. Es una obviedad. Y por eso puedo entender el recelo que estos acuerdos multilaterales suscitan en mucha gente, porque es verdad que los países buscan herramientas para saltárselos. Pero firmarlos es importantísimo. El problema son los políticos y las políticas a quienes, en ocasiones, les cuesta mucho tomar medidas audaces para combatir esta amenaza global. Un ejemplo es las reticencias a cerrar la producción de coches diesel. Comprendo que tomar una decisión drástica a este respecto es difícil porque afecta a muchos empleos e incrementa la sensibilidad social, pero hay que buscar una solución urgente. 

Hay más contradicciones. La última es la firma del tratado comercial entre la UE y Mercosur.
Es un acuerdo comercial que pone en peligro la Amazonía entre otras cosas por la importación de soja contemplada para el consumo de ganado europeo y la exportación de carne a otros mercados. Nosotros ya hemos manifestado nuestra oposición. Es la cara y la cruz de esta Europa tan contradictoria que, por un lado, intenta liderar la lucha contra el cambio climático y, por el otro, firma un acuerdo de estas características. Es lo que decía antes sobre la falta de determinación de nuestros políticos para adoptar medidas comerciales congruentes con el medio ambiente. Y a veces no sólo es la política sino son las empresas. Vivimos un momento de transformación donde hay muchos intereses en juego que provoca muchas contradicciones.

¿También en Greenpeace?
Por supuesto que tenemos contradicciones.  Explicar todo esto de decrecer y desconsumir no es tarea fácil. Por ejemplo, ¿cómo le dices a un país africano que no crezca porque es malo para el clima? ¿O que crezca bajo unas determinadas condiciones? Muchos pueblos no quieren que les den agua sino que prefieren aprender a sacarla. Que aquí hayamos visto las orejas al lobo no significa que todos tengan que hacer lo mismo que hacemos nosotros. Si en el Global north, el nombre que ahora se utiliza para referirse a las economías de Europa y Estados Unidos, no somos capaces de saber cómo queremos avanzar en materia de sostenibilidad ante los retos que tenemos por delante, ¿cómo vamos a pedirle a los países del Sur que adopten medidas de control drásticas? 

Una muestra de la gravedad climática está en el Ártico, donde este verano se está viviendo una situación inaudita.
Efectivamente, la temperatura ha subido tanto que el deshielo ha alcanzado límites desconocidos, el permafrost está desapareciendo y los incendios se han multiplicado por 10 respecto a hace una década. Y es curioso observar cómo los países del norte de Europa han empezado a preocuparse de todo esto porque han empezado a padecer los efectos del cambio climático. Jamás habían sufrido inundaciones ni grandes incendios ni olas de calor. Ahora que los desastres naturales se están haciendo más relevantes han activado las alertas. Para que te des cuenta de la magnitud del desastre, barcos de 42.000 toneladas han empezado a trazar nuevas rutas de navegación a través del polo por culpa del deshielo. Y en lugar de llevarnos las manos a la cabeza, hay quien lo considera genial porque los trayectos se han acortado. Me resulta incomprensible tanta irresponsabilidad porque los océanos, el Ártico y la Antártida se encargan de enfriarnos el planeta. El equilibrio térmico de la Tierra depende de ellos y por eso deberían ser nombrados espacios protegidos sin dilación. ¿Alguien no entiende esto?  

Y mientras llega ese momento, la industria minera elabora planes para explotar comercialmente los fondos marinos. ¿A qué coste?
Incalculable porque ni siquiera conocemos el hábitat de estas zonas. ¡Es que tenemos más información de la superficie de la Luna y de Marte! Desde Greenpeace hemos lanzado una alerta global tras comprobar que la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA, por sus siglas en inglés), un organismo de la ONU responsable de regular la industria minera de aguas profundas, está priorizando los intereses corporativos por encima de la protección marina. A título personal me sorprende que una entidad como Naciones Unidas, que ahora negocia el Tratado de los Océanos para aguas internacionales, no les diga a esas multinacionales mineras que dejen tranquilo al mar porque tenemos los días contados. Los daños de sus perforaciones podrían ser irreversibles. 

¿Decepcionada con la ONU?
No, para nada. Los tratados medioambientales de Naciones Unidas son muy potentes. Si conseguimos que en las negociaciones sobre los océanos se acepte proteger el 30% de las aguas internacionales para 2030 –ahora sólo está el 1%– será un éxito estratégico porque puede servir de amortiguador para gestionar de forma racional y sostenible el 70% restante. 

¿Quién es Celia Ojeda?
Pfff. No sé qué decir. Soy una mujer con una trayectoria en defensa del medio ambiente, con bastantes contradicciones, que no duerme bien por las noches porque tiene un hijo pequeño, que cuando va al supermercado se pone enferma por la cantidad de plásticos que utilizamos y que a veces se pelea hasta con la cajera, ¡pobre cajera que no tiene culpa de nada! (risas) Soy una persona muy normal.


miércoles, 5 de junio de 2019

Francia prohibirá la destrucción de cualquier producto que no se venda

La medida, que ya se aplica en alimentos, entrará en vigor en 2023 y busca acabar con un “despilfarro escandaloso”

Varios niños juegan entre desechos de comida y plástico cerca de la costa del mar Arábigo, en la playa de Mahim, en Bombay (India)
Varios niños juegan entre desechos de comida y plástico cerca de la costa del mar Arábigo, en la playa de Mahim, en Bombay (India) EFE
El primer ministro francés, Édouard Philippe, asegura que es una “primicia mundial”. En cualquier caso, será una medida que buscará acabar con un “despilfarro escandaloso”, el de los millones de productos no alimentarios —desde ropa a productos higiénicos y cosméticos o electrodomésticos— que cada año son destruidos porque no se venden. Francia pretende prohibir a partir de 2023 esta práctica, ampliando así una medida que ya se aplica a los alimentos. En vez de tirar y destruir, reciclar o donar. Esa es la consigna que el Gobierno francés quiere convertir en ley para cumplir con  el espíritu de economía circular de estos tiempos.

Según cálculos del Ejecutivo, cada año se tiran o destruyen en Francia 650 millones de euros en productos no perecederos. “Es un despilfarro que choca, que desafía la comprensión”, dijo Philippe al anunciar este martes la normativa junto con la secretaria de Estado de Transición Ecológica, Brune Poirson. Ella es la autora de una ley de economía circular y contra el despilfarro en la que se incluirá la nueva prohibición y que se prevé sea presentada en consejo de ministros el mes que viene, aunque todavía no hay una fecha para su paso por la Asamblea Nacional. Sin embargo, sí se ha fijado ya cuándo se implantará: la medida será aplicada a partir de finales de 2021 en todos los productos para los que exista ya una planta de colecta y reciclaje y, para el resto, a partir de 2023.

Según se ha adelantado, las empresas deberán o bien donar los productos no vendidos a asociaciones, o reutilizarlos o reciclarlos, bajo pena de una sanción si no lo hacen.

La destrucción de productos es una práctica habitual tanto entre los grandes distribuidores como entre las marcas de lujo, que buscan así proteger la propiedad intelectual y dificultar la falsificación. Según la Agencia France Presse, se prevé adaptar la normativa al sector del lujo, que teme que surja un mercado paralelo con productos rebajados. Aun así, según las nuevas consignas, el producto nuevo que no haya sido vendido deberá en cualquier caso ser reciclado y no destruido o llevado a los vertederos.

“No es necesario este despilfarro. Podemos encontrar un modelo económico viable y que todo lo que no sea vendido no se elimine, sino que sea donado para favorecer la economía social y solidaria, o transformado en piezas de recambio para recomponer otros objetos y alargar su vida”, subrayó Philippe, para quien “el reciclaje, la economía circular, son elementos absolutamente indispensables para la protección del medio ambiente”.

La medida, de fuerte carácter ecológico, ha sido anunciada a poco más de una semana de que los ecologistas del partido EELV de Yannick Jadot fueran la gran sorpresa de las elecciones europeas al convertirse en la tercera fuerza más votada en Francia, tras el ultraderechista Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y la propia lista del presidente, Emmanuel Macron.

Philippe aseguró, sin embargo, que la normativa surge del “gran debate nacional” que organizó el Gobierno durante los dos primeros meses del año en respuesta a las protestas de los chalecos amarillos. “En el gran debate, muchos franceses dijeron que estaban dispuestos a participar en la transición ecológica necesaria, que querían acciones y que querían que les acompañáramos en esa transición ecológica, pero no solo mediante impuestos”, dijo al respecto. Medidas como la ahora anunciada, dijo, contribuyen a “favorecer la economía circular” y a crear un modelo de crecimiento que evite la sobreproducción y el consiguiente despilfarro.

Fuente: https://elpais.com/sociedad/2019/06/04/actualidad/1559662749_277494.html?id_externo_rsoc=TW_CM