El gigante tecnológico se proyecta en servicios sociales básicos que en muchos países son propios del Estado
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| El logo de Google en la central de energía solar de Ivanpah en el
desierto de Mojave (California, EE.UU.) (Steve Marcus - Steve Marcus /
Reuters) |
Ricardo vive y trabaja en Londres, tiene 49 años, y por su empleo –es
director comercial de una empresa tecnológica– es usuario habitual del
smartphone, utiliza a menudo el
Google
maps y mail entre otras app, y lo hace bajo el paraguas del sistema
operativo Android, también de Google. Lo que no imaginaba es que sus datos
en el Sistema Nacional de Salud británico (NHS en sus siglas en inglés)
podrían acabar como ya acaban los de su móvil, en manos de la empresa
con sede en Silicon Valley. Pero durante un breve espacio de tiempo, así
fue. “Recuerdo la polémica. No fue muy cubierta aquí”, relata a La Vanguardia.
El caso es un ejemplo de lo que este gigante tecnológico toca fuera del radar de su muy popular buscador;
de sus tentáculos que ya afectan a cada faceta de nuestro día a día y
que buscan reinar incluso en pilares en la base del Estado como la sanidad, educación, vivienda, seguridad o transporte público.
En el Reino Unido la noticia llegó a los titulares cuando se descubrió que una de las empresas filiales de
Alphabet
, la matriz de Google, tenía un acuerdo con el sistema sanitario del
país para la gestión con inteligencia artificial de datos médicos. El
objetivo era mejorar su servicio, pero el contrato hizo que los
expedientes de más de un millón de personas fueron a parar –sin su
consentimiento expreso– a las manos de DeepMind.
Las dudas sobre la confidencialidad del paciente y la preocupación por
su uso para otros fines (por ejemplo publicitarios) la hicieron caer. Y
una polémica similar y con millones de afectados volvió a darse en
EE.UU. Google acordó con una aseguradora católica estadounidense,
Ascension, el acceso a millones de expedientes médicos en el país.
Uno y otro escándalo ponían así la lupa sobre un cambio que
va más allá del gran éxito público de Google sea en el sistema operativo
Android o de su buscador en Internet. Porque es tras la punta del
iceberg, y tal y como relatan los expertos, que la compañía de Mountain
View esconde una especie de nuevo Leviatán, en especial, en
Occidente. En general –como explica Andoni Alonso, profesor de la
Universidad Complutense especializado en filosofía de la tecnología–, en
sectores costosos y de pocos beneficios inmediatos, aunque ámbitos “que
son, a largo plazo, muy rentables, porque conforman nuestra vida cotidiana; porque son inelásticos, que dirían los economistas”.
Entre los nuevos intereses de Google está, como se ha mencionado, el
de la salud, ya sea para aplicar la inteligencia artificial en su
gestión a través de DeepMind (la empresa tras el escándalo en el Sistema
de Salud británico, pero que se dedica también a otros muchos
sectores), para crear en los laboratorios secretos de X lentes de contacto que monitoricen a los pacientes de diabetes y sus niveles de glucosa; o, sobre todo, para, a través de Calico, empresa creada en el 2013, intentar curar la muerte,
objetivo al que destina grandes sumas de dinero con el fin de
desarrollar tratamientos contra las enfermedades asociadas al
envejecimiento, ya sea el cáncer, alzheimer, etc. –y en parte por el
interés personal de Serguéi Brin, cofundador de Google y con
antecedentes en su familia.
Siete años después de fundarse, Calico sigue en pie aunque no abundan
sus publicaciones y sus trabajos continúan bajo un secretismo que lo
inunda todo. Sus investigaciones, eso sí, van de la mano de la
experiencia científica de su vicepresidenta, Cynthia Kenyon, una
mediática profesora que a principios de los años 1990 descubrió cómo
ciertas mutaciones en el gen daf-2 duplicaban la vida de un pequeño
gusano. Y es que, según José Luis Martínez, catedrático de la
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) especializado en
biotecnología, “no tengo conocimiento del trabajo de esta empresa, pero
en el campo biotecnológico no es sencillo desarrollar nuevas estrategias
y son trabajos por lo general a largo plazo. Calico parece estar
involucrada en estudios del envejecimiento, y estos son complejos porque
es difícil saber si se está ante causa o consecuencia además de que
requieren tiempo. Siete años no son tantos, especialmente si el objetivo
es terapéutico”.
Google también da el salto a la vivienda través de SidewalkLabs,
fundada en el 2015 y orientada a la innovación urbana por medio –cómo
no– de la tecnología, ya sea para la edificación, las infraestructuras o
el planeamiento urbanístico. Hasta el momento ha desarrollado sobre
todo planes piloto pero, más allá, ha participado junto a las
autoridades locales en la planificación y el desarrollo de una vasta
reconversión de los muelles de Toronto
en Canadá; proyecto ahora mismo paralizado por la incertidumbre
generada tras la crisis de la Covid-19. La empresa, sin embargo,
continúa con su trabajo. Porque como señala su director, Daniel L. Doctoroff,
desde esta filial de Google han salido “empresas innovadoras que
abordan la construcción con madera, las herramientas digitales de
planificación urbana, y seguimos con el objetivo de hacer de los
vecindarios un entorno totalmente eléctrico”. La smart city es desde el inicio su bandera.
La educación es otro de los pilares en la base del contrato social,
y, asimismo, otro de los sectores en los que Google se ha lanzado al
ruedo. Según anunció el vicepresidente de la compañía, Kent Walker, el
pasado mes de julio, empezará a impartir cursos específicos e
intensivos, de apenas unos meses, que se equipararán con los títulos
universitarios de cuatro años pero que en total serán a un precio menor a
los 1.000 euros. Lo harán en alianza con Coursera, serán totalmente
online –como lo son ya muchos títulos por la Covid-19 en la universidad
presencial–, sin necesidad de contar con un título previo, y
principalmente en inglés (aunque en alguno ya activo existe la
posibilidad de realizarlo en otras lenguas, como en español o en
portugués).
Google espera que el resto de empresas acepten y valoren sus
certificados como lo harán ellos, de tú a tú con el diploma de las
universidades tradicionales, lo que marcaría un antes y un después en el
sector. Porque su modelo –insisten– es parejo al dominio de la técnica y
especialidad profesional (sea en soporte técnico, data analytics, project management o user experience). Sus intenciones de futuro, con todo, se resumen en su propio nombre: de la mano de Grow with Google (crece con Google) se gestiona lo que en otras partes se llama la Google University.
Por si no fuera suficiente, su abanico de intereses llega incluso al ámbito de la seguridad de la mano de Chronicle Security,
su filial centrada en el análisis y aprendizaje de datos de seguridad
para prevenir las amenazas y que tiene acuerdos con compañías de toda
clase, desde industriales (Quanta), a culturales y de ocio (Aspen
Skiing) pasando por empresas en España como ElevenPaths, de Telefónica.
También al clásico think tank, con Jigsaw,
que desde el 2016 usa tecnología punta para rastrear los dilemas
geopolíticos en ámbitos como la censura, el extremismo, el acoso... O
cómo olvidarse de Waymo,
el proyecto de coches de conducción autónoma de Google que ha firmado
acuerdos para complementar el transporte público y así hacer de
lanzadera hasta las estaciones de bus y tren en grandes ciudades como
por ejemplo Phoenix. Eso sí, las pruebas piloto llegan a decenas de
urbes del país.
“Tras 20 años, Google [que se fundó en 1998] ha creado un auténtico
tecnofeudo digital, pero no sólo en Internet. Está fuertemente
involucrada en empresas militares en EE.UU., y también en financieras;
de hecho hace dos años pidió la licencia para operar como entidad
financiera global”, resume Javier Echeverría, catedrático del CSIC e
investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco especializado
en sociología, tecnología e innovación. Porque “el poder de Google”,
sigue, “está en una escala muy superior a la de cualquier Estado
europeo, y a la de cualquier empresa europea”.
Todo ello, y desde el 2015, se engloba en Alphabet, una estructura
empresarial por encima de Google que acumula decenas de siglas que hacen
de esta corporación multinacional un pulpo cada vez más grande.
El repaso a todas, divididas en las unidades propiamente de Google y las
que lo hacen en las calificadas como de otras apuestas del
grupo, poco o nada tienen que ver así con el popular buscador e incluso
con Internet. Su ambición es “cambiar el mundo y para ello aplican la
innovación en todo lo que se les ocurra. Llevan la tecnología a las
manos de la gente de la manera más sencilla. Y ante los desafíos,
plantean soluciones radicales. No están hechos para ganar dinero”,
explica a este diario Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología
de IE Business School. Con todo, y como recuerdan los expertos, Google
es una de las dos empresas del mundo con mayor capitalización en bolsa y
sus presupuestos anuales por ejemplo para I+D, son superiores a los de
Estados como Francia, y, de eso, hace años.
Es así que vivimos rodeados de tecnología y dependemos en gran medida
de ella. Pero de todas las grandes tecnológicas, es Google la que se
lleva la palma: reúne siglas y siglas que la hacen algo parecido a un Estado por
el que todos pasamos, en el que todos estamos y también del que todos
dependemos –aunque, a menudo, ni se sepa. Algo así como el nuevo
Leviatán que empezó como un simple buscador digital, pero ya escapa de
él. “Por cierto, el futuro pinta muy mal para la democracia. Tiene un
poder político considerable, pero su poder económico y social es mucho
mayor, sobre todo sobre los jóvenes. Y dicho poder es creciente, a
diferencia del poder de los Estados, que es menguante. Ahora bien,
ocurre que casi ninguno de los tecnofeudos informales es una
organización democrática…”, concluye Echeverría.
Más información: https://www.lavanguardia.com/vida/20200929/483642776619/google-asalta-universidad-urbanismo-salud-seguridad-transporte-publico-leviatan.html?facet=amp&__twitter_impression=true