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jueves, 4 de agosto de 2022

Capitalismo vegano: multinacionales alimentarias y BlackRock

 Tras seducir a la población con las supuestas maravillas de la dieta vegana, las transnacionales de producción de carne y los grandes fondos de inversión aterrizaron en la industria de los alimentos que se presentan como sustitutos

 

Industria cárnica Juan Soto

Hasta no hace mucho tiempo, seis o siete décadas atrás, la alimentación mayoritaria de la población rural era austera, equilibrada y sujeta a las posibilidades de sus territorios. En paralelo al desarrollismo y a la concentración de la población en las ciudades, desde centros de estudios, universidades y revistas de prestigio –en coordinación con la industria alimentaria– se difundió el mensaje de la necesidad de mejorar los patrones alimentarios, aumentando el consumo de proteínas, especialmente las de origen animal. A fuerza de mucha publicidad y propaganda, pensemos en el caso del fastfood, el mensaje permeó culturalmente y se instaló en el imaginario como el patrón a seguir. Para satisfacer esta demanda “creada”, se justificó, se agradeció y se encumbró a la industria alimentaria capaz de producir mucha leche, carne y sus derivados a precios baratos, sin contemplar ni preocuparse por sus desmedidas externalidades. Se llegó a despreciar y ridiculizar la alimentación y la agricultura tradicional, afectando cuerpos y territorios. De comprar y cocinar alimentos frescos se pasó a los ultraprocesados recalentados en el microondas y la industria salió claramente vencedora. Algo tan íntimo como nuestra alimentación ha acabado delegándose en pocas megaempresas controladas por fondos de inversión.  

Sabiendo de lo ocurrido, y ahora que las tendencias alimentarias veganas están alcanzando cuotas importantes, ¿puede ser que se esté repitiendo la historia? ¿Es un éxito inducido culturalmente? Y, si fuera así, ¿son nuevos actores o los de siempre?

Aunque pueda parecer contradictorio, las principales empresas transnacionales de producción industrial de carne son quienes están detrás de los alimentos que, basados en vegetales o en proteínas cultivadas en laboratorios, se presentan como sustitutos de la carne, el pescado, los huevos y la leche. En el informe Proteínas y Políticas de la entidad Ipes-Food o en las páginas de la plataforma científica ALEPH2020 se puede encontrar mucha información sobre esta realidad. Por ejemplo, la empresa Vivera, muy conocida en Alemania, Holanda y Reino Unido por sus más de cien referencias tipo salmón vegano o pollo kebab vegano, pertenece a la brasileña JBS, la mayor productora del mundo de carne avícola y de vacuno y la número dos en producción de carne de cerdo. En la cartera de JBS también descubrimos que es la accionista mayoritaria de la española BioTech Foods, dedicada al sector de la carne cultivada. En Estados Unidos, dos de las principales empresas cárnica del país, Tyson Foods y Smithfield, han creado divisiones propias para producir sus nuggets y salchichas a base de vegetales para competir con las dos líderes en el sector, Impossible Foods (asociado con Burger King) y Beyond Meat. En España nos encontramos con el mismo fenómeno. La mayor integradora del país, líder en macrogranjas de pollos y cerdos, Vall Companys, lanzó en 2019 el proyecto empresarial Zyrcular Foods para elaborar sucedáneos de carne a partir de guisantes, trigo o soja llegada de muy lejos, del cual ya podemos encontrar productos en diferentes supermercados con su marca blanca. Y su expansión seguirá si se les concede los 134 millones de euros presentados a los fondos de recuperación Next Generation para abordar nuevos retos en este campo. 

Si seguimos desmenuzando el mercado vegano, acabamos encontrando a más empresas multinacionales que desde hace décadas controlan la alimentación mundial, como Cargill, Nestlé, Danone, etc. Además, también encontramos fondos de inversión como BlackRock, el mayor del mundo (apoyando a Tyson o JBS entre otras), o Breakthrough Energy Ventures presidido por Bill Gates (participando activamente en Impossible Foods y Beyond Meat).

El aterrizaje de las multinacionales alimentarias en este “segmento” no podía hacerse sin la seguridad de haber seducido previamente a la población. Como siempre han hecho empresas tan competitivas entre ellas, no tienen ningún problema para encontrar lugares comunes, como la plataforma EAT, gracias a la cual –con “la ciencia” amaestrada y los inversionistas mencionados– se encargan de transmitir y cabildear a favor de estos nuevos patrones alimentarios. Repitiendo cual mantras las maravillas de esta dieta vegana para frenar la crisis climática y garantizar la salud eterna, han conseguido imponer un relato que ha calado en la población y en las administraciones. Y lo cierto es que reducir la solución de todos nuestros males a retirar de nuestras dietas la proteína animal no solo es un relato reduccionista, también es incorrecto. ¿Por qué no abordan las diferencias en los modelos productivos de proteína animal, sabiendo como se sabe de la importancia de los herbívoros en el ciclo de los nutrientes, el aprovechamiento que hacen de alimentos que no compiten con la población humana, su papel de fertilizadores de la tierra, etc.? ¿Ignoran que una alimentación a base de proteínas de guisantes, soja, maíz o trigo es replicar el mismo modelo de monocultivos responsables de los problemas que dicen quieren solucionar? ¿Por qué no se reconoce la dependencia del petróleo para tanto procesamiento, viajes y plásticos que visten a estos pseudoalimentos? 

¿Creíamos que el veganismo era un éxito del trabajo de sensibilización de algunas oenegés? Cárnico o vegano, el capitalismo alimentario de siempre nos aleja de la soberanía que urge recuperar y que solo puede establecerse adaptando nuestra dieta a los ciclos de la abundancia de la tierra que campesinas y campesinos, pastores y pastoras de nuestros territorios correspondientes saben gestionar: en sus huertos y en sus granjas. Lo sencillo es hermoso. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20220801/Firmas/40511/#.YuuwVephVOQ.twitter

viernes, 24 de junio de 2022

Hambre y propaganda de guerra en Ucrania


 Las sanciones occidentales contra Rusia son mucho más dañinas que el bloqueo ruso de puertos ucranianos para el anunciado incremento del hambre en el mundo

“Para que el trigo valga dinero: agua, sol… Y guerra en Sebastopol”, se decía en Castilla. Imagino que el dicho se estrenó a mediados del XIX, tras la guerra de Crimea, y recuerda el gran papel de las ricas llanuras ucranianas y sus tierras negras en la producción de cereal y la dinámica de los precios.

Hoy, la guerra de Ucrania y las sanciones de respuesta que la invasión rusa ha recibido de parte de Estados Unidos y la Unión Europea han creado una situación ejemplar. Hay un peligro de hambre en zonas del sur global sobre el que advierte el Programa Alimentario de la ONU (WFP).

Digo ejemplar por la evidente y conocida relación entre los desastres de la guerra y el hambre (según el WFP, el 60% de los hambrientos viven en zonas afectadas por la guerra y la violencia) que, en el caso ucraniano, incrementará el colectivo de los que sufren hambre aguda en el mundo en 47 millones. Es decir, el número de hambrientos pasará este año de 276 millones (nivel de preguerra) a 323 millones, según esa fuente. Pero ejemplar también por cómo se utiliza este problema con fines belicistas en un contexto de propaganda de guerra.

La guerra de Ucrania complica los impactos ya generados por otros conflictos: la pandemia, la crisis climática y los costes encarecidos por un incremento del precio del grano, que ya venía de antes, y por el transporte. El África subsahariana será el área más afectada. Egipto, Túnez, Turquía, Líbano, Siria, Argelia, Marruecos, Somalia, Etiopía y Sudán recibirán menos, y además más caro.

Este informe del WFP se publicó en marzo, pero la mayoría de nuestros medios de comunicación solo se hicieron eco de él en junio. Y con frecuencia, informaron mal.

Rusia y Ucrania responden por el 30% de la exportación global de trigo. Ambas son también grandes exportadoras de cebada, maíz, semillas de girasol y aceite de girasol. Gran parte de esa exportación va al sur, en Asia, Oriente Medio, África del Norte y subsahariana, donde se localizan algunos de los países más pobres del mundo, que ya estaban al límite por los efectos de las subidas de precios, el estrés producido por la pandemia y las habituales lacras: guerra, corrupción, desigualdad, mala administración...

Desde la OTAN se dice que el bloqueo ruso de los puertos ucranianos es el motivo del aumento cuantitativo del hambre que ONU y WFP anuncian y contabilizan. Pero Rusia exporta mucho más que Ucrania: el 20% del trigo, harinas y derivados, frente al 8,5% de Ucrania. Por eso, lo que no dice la OTAN, la UE y EE.UU. –y con ellos, el grueso de nuestros medios de comunicación– es que en la génesis de ese peligro las sanciones occidentales contra Rusia son mucho más significativas que el bloqueo ruso de puertos ucranianos.

Las sanciones impuestas a Rusia impiden la exportación del grano ruso. El 50% de ese grano –que es mucho más que todo lo que Ucrania exportaba desde sus puertos– se exportaba desde el puerto ruso de Novorosisk, en la costa oriental del Mar Negro. Como consecuencia de las sanciones, los barcos no pueden acceder a ese puerto a cargar. Las compañías de seguros no cubren el tráfico de esos barcos, y los barcos con bandera rusa no pueden usar las infraestructuras portuarias. Además, Rusia no puede cobrar ese comercio de grano, porque los sistemas de pago están bloqueados y los bancos internacionales cerrados para su actividad.

Las sanciones financieras impiden que Rusia cobre esas exportaciones e introducen el riesgo de que los pagos a través de bancos y sistemas controlados por los sancionadores sean confiscados, como ha ocurrido con los 300.000 millones de dólares rusos que estaban depositados en Estados Unidos (y con los 9.000 millones afganos, cuya apropiación, en revancha por la debacle militar en Afganistán, agrava el hambre en aquel desgraciado país, y con los miles de millones iraníes robados en respuesta a la revolución de 1979, y…).

El segundo aspecto por el que las sanciones agravan la situación tiene que ver con los fertilizantes. Su precio se ha incrementado a causa del aumento del precio del gas con el que se producen. Rusia y Bielorrusia son el primer y el sexto productor mundial de ellos, respectivamente. Juntas representan el 20% de la producción global. Y ambas están sometidas a sanciones.

Así que todo eso afecta a los precios. Y la subida de precios repercute directamente en las posibilidades de los más pobres para pagar sus alimentos: muchos de los que antes iban justos ahora no llegan, advierte el WFP.

No puede decirse, por tanto, como afirma el bloque UE/OTAN y EE.UU., que el responsable es Rusia, o que es solo Rusia. Obviamente hay una clara responsabilidad rusa por haber iniciado la invasión, responsabilidad inseparable de las circunstancias que la propiciaron también desde fuera de Rusia. Lo más diplomático que se puede decir es que hay una responsabilidad compartida. Y lo más objetivo es decir que las sanciones occidentales contra su adversario geopolítico en este conflicto son un factor de incremento del hambre más importante que el bloqueo de los puertos ucranianos, que los rusos están dispuestos a levantar bajo determinadas condiciones.

Pese a eso, el mensaje que nos envían los políticos atlantistas y sus medios de comunicación es inequívoco. El 24 de mayo, en Davos, la inefable presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que “Rusia está bombardeando silos en Ucrania, bloqueando barcos cargueros ucranianos llenos de trigo y girasol y acaparando su propia exportación de alimentos como una forma de chantaje. Eso es usar el hambre y el grano como recurso de poder”. (Wall Street Journal, 24 de mayo: “Ukraine-Russia War Is Fueling Triple Crisis in Poor Nations”).

“Debemos garantizar que esos cereales se envían al mundo, de lo contrario millones de personas pasarán hambre”, dice la ministra de exteriores canadiense, Melanie Joly.

Lo que se abre paso con estas declaraciones es una campaña para romper militarmente el bloqueo ruso de la costa ucraniana alegando “catástrofe humanitaria”. Es decir, una escalada militar aún más peligrosa.

Al día siguiente de la declaración de von der Leyen, el editorial del WSJ explicaba de lo que se trata bajo el titular, “Romper el bloqueo alimentario de Putin”: “El mundo necesita una estrategia para romper el bloqueo ruso de los puertos ucranianos para que se pueda exportar alimentos y otros productos, y eso significa un plan para usar barcos de guerra que escolten cargueros mercantes fuera del Mar Negro” (…) “el mundo civilizado deberá actuar pronto para evitar una crisis humanitaria aún mayor”. Putin está usando la “presión alimentaria global para que la OTAN y otras naciones accedan a una paz en sus términos”. Y el diario proponía “una coalición internacional de barcos de guerra” independiente de la OTAN para llevarla a cabo sin que Rusia pueda denunciar provocación.

La guerra va para largo. Los centros de poder y medios de comunicación occidentales abogan claramente por su eternización. El Kremlin tampoco está interesado en una negociación mientras no tenga un claro, o aparente, resultado de éxito militar que presentar como desenlace. Cualquier pretexto “humanitario” será, y es, explotado en ese contexto belicista. El incremento del hambre en el Sur no importa en Bruselas, ni en Washington, ni en Wall Street. Y para Moscú es un “efecto colateral” de las mal calculadas sanciones occidentales contra Rusia.


Fuente: https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/40036/#.YrRaJjRcaQQ.twitter

sábado, 14 de mayo de 2022

Corine Pelluchon: «Comer carne todos los días simplemente no es viable»

 La filósofa francesa acudió a Madrid para presentar su último libro, ‘Reparemos el mundo’, y debatió con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga sobre el lugar que ocupamos los humanos en el planeta. 

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La filósofa francesa Corine Pelluchon. Foto: FLORIAN THOSS

Corine Pelluchon trabaja con propósitos a largo plazo. La filósofa francesa es vegana y autora, para más señas, del Manifiesto animalista, pero sabe que no conseguirá que los humanos dejen de comer carne de la noche a la mañana. Es partidaria de la transición energética, pero opina que este proceso sólo puede desarrollarse en un periodo dilatado, sin revoluciones ni cambios radicales de paradigma. Su meta, como anuncia el título de su último ensayo, Reparemos el mundo (publicado por Ned Ediciones y traducido por Sion Serra Lopes), también es una tarea lenta, ya que trata de reconciliar al ser humano con el mundo natural. Sobre estas ideas dialogó con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga en el Institut Français de Madrid.

Todo el pensamiento de Pelluchon está articulado en torno a la, a su juicio errónea, contraposición entre derechos humanos y derechos animales (en los que podríamos englobar a toda la naturaleza). La Ilustración colocó al ser humano en la cima de la pirámide. El resto de los seres vivos, en ese esquema, estaban por debajo. «Pero no somos ni mejores ni peores», explica Pelluchon. «Simplemente vivimos existencias heterogéneas».

Como aclara Arsuaga, «la especie humana sólo era una especie más hasta hace 11.000 años. Es verdad que pintábamos bisontes en las paredes y que uno puede sentirse superior desde el punto de vista artístico o intelectual, pero en el ecosistema nuestra especie sólo era una más, sin ningún impacto especial, sin gran capacidad de transformación. Todo esto cambia con un invento: la domesticación de los animales y de las plantas. Ese es el gran cambio. No es un cambio biológico ni evolutivo. Es la misma especie de siempre, pero que empieza a cultivar y a criar ganado».

En opinión de Pelluchon, «hay que modificar la concepción del sujeto que sirvió de base a las filosofías de los siglos XVII y XVIII que representaron al hombre como un imperio dentro de un imperio, y a la naturaleza como un mero fundamento». Entre los conceptos que la autora cree que debemos modificar está «el dualismo cultura-naturaleza». Reconfigurar esta perspectiva es vital para hacer frente al desafío climático. «Y no hay un manual para hacerlo. Esto no es como reparar un coche», avisa. «No hay recetas, hay una actitud. Lo que yo propongo para poner la ecología en el centro de la política es, digámoslo así, una revolución antropológica. Se trata de promover un medio de desarrollo menos deshumanizador, menos injusto para los humanos y los no humanos, más sostenible. Hay que hacer un cuestionamiento de nuestro pensamiento, de toda nuestra educación, que nos hace creer que los otros seres vivos son simples medios para nuestros fines».

Pelluchon ha bautizado este orden (de alguna manera, antinatural) como «esquema de la dominación». Este esquema «lo transforma todo», asegura. «La agricultura, la ganadería, nuestra relación con los otros, la política, el trabajo… Todo lo transforma en guerra. Es una dominación, no sólo de los demás, sino de la naturaleza externa, de los ecosistemas, y también de nuestra propia naturaleza interior». La clave de la reconciliación entre nosotros y la naturaleza es «el reconocimiento de nuestra finitud, de nuestra vulnerabilidad y de nuestra condición terrestre. Y el conocimiento de nuestra interacción con otros seres vivos». A su juicio, esta toma de conciencia tiene un «impacto en nuestros afectos, en nuestra vida emocional. Cambia nuestra manera de actuar y también nuestras aspiraciones y deseos». Ella sitúa este cambio no sólo a nivel individual (que también) sino a «nivel civilizatorio».

El reto de la carne

Entre los cambios que el ser humano debe acometer frente a la emergencia climática está el de la alimentación. En este asunto Pelluchon hace una distinción entre el veganismo y el vegetarianismo de orden filosófico y el que imponen los límites del planeta. «Yo suscribo el primero, porque creo que arrebatarle la vida a un animal que quiere vivir, y que a veces es un simple bebé, no es algo que se pueda hacer alegremente», explica Pelluchon. «A ese veganismo ético hay que añadir otro ligado a las condiciones actuales. Cuando yo era niña había 3.000 millones de personas en el mundo y en mi casa comíamos carne dos veces por semana. Entonces era una cantidad aceptable. Hoy tenemos otras condiciones demográficas, ecológicas y sociales. Comer carne todos los días, cuando pronto seremos 8.000 millones de personas, simplemente no es viable».

Entre las razones que enarbolan los enemigos del vegetarianismo está el hecho de que siempre hemos comido carne, incluso de que nuestro desarrollo cerebral, a lo largo de la evolución, está ligado al consumo de carne. Podría ser cierto, aunque en la Prehistoria había unos condicionamientos físicos que ahora no sufrimos.

«Los yacimientos están llenos de huesos de herbívoros consumidos por nuestros antepasados, eso es una evidencia», explica Juan Luis Arsuaga. Y el fenómeno se da en mayor medida «en latitudes con climas estacionales, como la nuestra. En esas condiciones sólo se podía ser carnívoro porque no había ningún alimento vegetal disponible para un ser humano durante tres cuartas partes del año. Sí lo había en la época de la fructificación, pero entonces los árboles frutales no eran como los de ahora, que han sido modificados a lo largo de siglos de selección artificial. Un manzano silvestre, por ejemplo, da un fruto muy pequeño. Las bellotas no eran consumibles. Castañas había muy pocas. Sí había, por ejemplo, bayas y arándanos, pero todo en cantidades pequeñas y limitadas a un periodo de tiempo».

¿Puede usarse este argumento histórico para seguir consumiendo carne? En absoluto, y menos en las cantidades en las que los humanos lo hacemos en la actualidad. «Se consume demasiada carne», afirma Arsuaga. «La mayor parte de las proteínas animales que consumimos van directamente a la orina en forma de metabolitos. No se asimila. Una persona adulta, con una actividad normal, necesita muy pocos gramos de proteínas al día, y esto incluye las proteínas vegetales, claro. El equivalente sería apenas una loncha de jamón. Consumimos un exceso de grasas animales que no sólo no son beneficiosas sino que son perjudiciales para la salud. Y para el planeta más. Porque hay una cosa que se llama pirámide trófica y en cada uno de los escalones se pierde la mayor parte de la energía. Por eso es preferible consumir vegetales que consumir animales que se alimentan de vegetales. El hecho inobjetable es que se produce muchísima carne. No un poco más sino varios órdenes de magnitud más de la que es necesaria. Por eso se debería reducir. Esto no admite discusión. Es un hecho».

Pelluchon, a pesar de su compromiso animalista, no busca culpabilizar a los consumidores de carne. Cree, más bien, en un proceso de sensibilización que conduzca al reconocimiento de que «la matanza inducida de un animal para alimentarse o vestirse es moralmente problemática». Y para ello funciona mejor la emoción que la razón.

Es precisamente este exceso racionalista heredado de la Ilustración el que combate en sus libros. Con muchos matices, claro. Tantos que corre el riesgo de no ser entendida en una sociedad polarizada que quiere explicarlo todo en 280 caracteres. La razón, como explicaba en su libro Les Lumières à l’âge du vivant, debe ser defendida con uñas y dientes pero no puede ser reducida a un mero instrumento de cálculo y explotación. De la Ilustración, como de todos los procesos desarrollados en el pasado, «deben recuperarse algunas cosas y desechar otras», explica.

Los peligros de la nostalgia

Arsuaga coincide con ella en el peligro que entraña la nostalgia, que no es algo actual, ni mucho menos: «Todas las culturas y civilizaciones han creído en el mito de un pasado mejor en armonía con la naturaleza. Es el mito del buen salvaje de Rousseau, en pocas palabras. Hay que recordar que en el siglo XIX la esperanza de vida era de 30 años y que la mitad de los niños se moría antes de cumplir cinco años. ¿Acaso hay alguien que tenga nostalgia de la mortalidad infantil? Para algunos parece ser el ideal en cuanto a sostenibilidad, pero lo cierto es que eran sociedades patriarcales en las que la libertad no existía. Cuidado con estas nostalgias agrarias o ruralistas. En general, las soluciones a los problemas del presente están en el presente, no en el pasado. No vamos a desinventar el avión. Lo que se inventa no se puede desinventar. Las tecnologías, y aquí podríamos incluir también el gran cambio que se produjo con la agricultura, no se desinventan. En todo caso se desarrollan. Habrá que ver cómo nos desplazamos con avión, o sin él, pero de una manera que sea lo menos lesiva para el medioambiente».

En cuanto al desafío climático, Arsuaga se mostró optimista. «El pesimismo es una excusa para no hacer nada, para no comprometerse. Pensar que las cosas se pueden cambiar es una obligación moral», aseguró. En realidad, «no hay ninguna razón científica para decir que es imposible que las próximas generaciones puedan vivir en este planeta vidas plenas, felices y en armonía con la naturaleza. No la hay. Las razones para negar esa posibilidad no son de orden científico, son de carácter político. En Sumatra se están sustituyendo los bosques originales por plantaciones de palma que no son para el consumo de los indonesios sino para el de los habitantes del Occidente opulento. En el fondo del problema ecológico está la injusta distribución de la riqueza, que está en manos de unos pocos».

Pelluchon comparte esta visión, pero se esfuerza, en todas sus intervenciones, en desideologizar la causa ecologista. Esta postura, sin duda repelente a primera vista, tiene su explicación. Convertir la emergencia climática en munición para la batalla cultural desatada por la derecha global podría conducirnos al desastre. La ciudadanía, sobreexcitada por un ecosistema mediático y digital conservador (cuando no ultra), vota frecuentemente en contra de sus propios intereses. Es un hecho que las condiciones materiales de vida ya no constituyen un argumento sólido en ningún proceso electoral. Y las naturales o las ecologistas mucho menos. «Desconfío de las llamadas a la revolución. La única cosa que yo quisiera eliminar es el dogmatismo», explica. «No porque yo sea una persona amable sino porque tengo un sentido muy desarrollado para la tragedia. Creo que la violencia y el mal son tentaciones constantes».

En cualquier caso, la filósofa francesa no pierde de vista las implicaciones sociales de la necesaria transición energética: «Es un proceso que hay que colocar en un contexto social, geográfico y cultural. Y es perfectamente realizable. Por ejemplo, ¿podemos cambiar el modo de producción ganadero? Por supuesto. Yo soy abolicionista, pero hasta que llegue el día del fin de la explotación animal creo que habría que dar un salario de compensación a las personas que se dediquen a esa actividad de forma extensiva, a pequeña escala y respetuosa con el medioambiente. Porque, además, tienen un papel en la composición del paisaje. Pero las decisiones no pueden tomarse desde arriba, de forma vertical y tecnocrática. Y, con más motivo aún, debemos huir de la tentación autoritaria. La mayor parte de los políticos están de rodillas ante el poder del dinero. Alimentan un sistema extractivista y productivista. Es normal que los jóvenes estén enfadados. Yo también comparto esa cólera. El problema es saber qué hacemos con ella. Porque, a veces, la cólera puede ser mala consejera».

Fuente; https://www.climatica.lamarea.com/corine-pelluchon-carne-humanos/

martes, 2 de noviembre de 2021

En 1775 nadie en Europa comía patatas. Hasta que un truco publicitario las puso de moda

En 1775 nadie en Europa comía patatas. Hasta que un truco publicitario las puso de moda

 Ha ocurrido en varias ocasiones a lo largo de la historia de los alimentos. Productos de la tierra con mala fama, sin tradición culinaria, que se consumen primero por los pobres debido a las hambrunas extremas para luego subir a la categoría de producto gourmet. Es el caso de las langostas, los percebes o las nécoras y centollos. Criaturas marinas que alimentaban a los pescadores y trabajadores de los puertos hasta mediados del siglo XX, momento a partir del cual irían adquiriendo fama y popularidad en los restaurantes de élite.

La historia de la patata es parecida, aunque no exactamente igual. Sabemos que este tubérculo que trajeron los exploradores de las Américas a finales del siglo XVI fue para Europa un producto esencial para eliminar las hambrunas que asolaban al continente. Pero tuvieron que pasar dos siglos desde su llegada hasta que su consumo se normalizase entre los humanos. Y todo fue gracias a un farmacéutico, agrónomo y publicista accidental llamado Antoine Augustin de Parmentier.

Hasta principios del siglo XVIII la patata que había llegado a Francia y otros países de alrededor se empleaba esencialmente como alimento para el ganado. Por ejemplo, se las encontraba en los grandes pastos agrícolas, y las vacas se comían sólo la planta de la patata, con lo que el fruto se quedaba en la tierra y volvía a brotar por sí sola, por lo que era muy cómodo para los campesinos. Servía como abono de otras plantas y de adorno para jardines palaciegos. Los aldeanos también le ofrecían este bien a los mendigos.

Era como el último recurso alimenticio, el nivel más bajo que podía ocuparse en la escala digestiva. Y ahí entra en escena nuestro héroe. Hombre culto instruido en ciencias químicas y de la salud, vivió cautivo siete años en un presidio prusiano por su actuación como militar en la Guerra de los Siete Años. Algo debió ocurrir en la psique de este francés durante su estancia en la cárcel cuando se le inició en la cultura gastronómica de la patata de los prusianos.

patatas

Aunque la patata no era en Prusia el manjar que conocemos hoy en día, sí estaban más abiertos que en su país de origen. El rey Federico II de Prusia había forzado a los campesinos de su país a propagar esta planta en sus cultivos, y para ello el Estados proveía de esquejes a los agricultores. De forma paralela el Parlamento francés aprobaba leyes que limitaban el cultivo de esta cuestionable planta en su territorio, tal era el recelo de sus posibilidades por parte de las autoridades.

Así, cuando Parmentier salió de la cárcel y volvió a ejercer su influencia en la corte gala, animó a Luis XVI a considerar las propiedades nutritivas del producto.

Por favor, róbame

El rey, que veía el creciente problema de hambruna de su pueblo (provocado en gran parte por el enorme gasto militar del Estado en guerras extranjeras), tuvo un par de gestos públicos en favor de la patata. Portó en alguna ocasión la flor de la patata en la solapa de su chaqueta, y también introdujo, junto a su esposa, el plato en las comidas de la corte. La idea era que, si se trataba de un alimento digno para los más acaudalados, tendría que serlo aún más para los campesinos, y su bajo precio en los mercados franceses terminaría por asentar su consumo.

Luis XVI no era el personaje más querido por la opinión pública, y no se sabe si la influencia de estos actos fueron cruciales para la popularización de la patata. Lo que sí se conoce es que Parmentier cultivaba su producto en unos terrenos situados en Sablons (a los pies de la actual Torre Eiffel) y Grenelle (muy cerca del Arco del Triunfo), dos zonas abiertas a la población general. Parmentier utilizó una avanzada práctica del márketing: la exclusividad, o cómo conferirle una pátina de deseo a tu producto.

patatas
  Comedores de patatas, de Van Gogh.
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Estos jardines de patata estaban vigilados por guardias de la corte, pero sólo durante el día. Se instruyó a los guardias a permitir que los ciudadanos asaltaran los huertos por las noches a cambio de nada, también aceptando los sobornos que los ciudadanos quisieran darles a cambio del preciado tesoro. Para 1775 todo el mundo sentía de pronto una irremediable atracción por un producto que, justamente por su alto rendimiento agrícola y facilidad de cultivo, se había despreciado hasta el momento.

Así, a la vez que se imprimían folletos sobre cómo cultivar la patata y sus aplicaciones culinarias, estas "manzanas de la tierra" se convirtieron en un alimento digno, un producto que, junto a la máquina de vapor, facilitaría después la revolución social y económica de la Europa contemporánea. La patata de Parmentier palió los efectos de la hambruna que sumió Francia en unos años de malas cosechas e inequitativo reparto de los recursos. Pero su amistad personal con Luis XVI le llevaría a ser repudiado durante la Revolución, cayendo en el ostracismo.

Por suerte, se han conservado muchos de sus descubrimientos. El que fue nombrado inspector de Salud Pública había escrito numerosos trabajos sobre productos como el maíz, el opio y las conservas, puso en marcha varios planes de higiene alimentaria y ayudó al descubrimiento de la vacuna de la viruela. Pero al final, por lo que se conoce a Parmentier es precisamente por eso, por ser "parmentier", pues ese nombre recibió durante un tiempo a finales del XVIII la patata en Francia.

Como podrás ver en las cartas de los restaurantes galos más elitistas, es también el nombre de una variedad de platos en los que se utiliza la patata. La sopa, la tortilla (sí, ya había una tortilla de patatas en Francia), con huevos revueltos o como guarnición. El más conocido de todos sus platos es el Hachis Parmentier, una especie de pastel hecho con capas de puré de patatas y carne picada.

Al menos su figura ha sido reconocida con el tiempo, y hoy en día, algunos visitantes que acuden en París al cementerio de Père Lachaise donde se encuentran sus restos, dejan sobre su lápida patatas tributo. No es ninguna tontería. Puede que sin la intervención de este hombre no tendríamos patatas fritas, tortillas de patatas, patatas asadas, patatas panaderas, patatas rellenas, patatas gajo, ñoquis... En fin, tantos y tantos platos que sólo nos queda decir dos cosas: una, Parmentier fue el hombre que amó las patatas antes de que todos los demás lo hiciéramos; y dos, yo sí como patata.

Fuente: https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/1775-nadie-europa-comia-patatas-que-truco-publicitario-puso-moda

martes, 7 de septiembre de 2021

La escasez de Reino Unido es tan bestia que los supermercados están retirando estantes y pasillos

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@MrsABC321

 El mundo vive una crisis logística sin precedentes en la era moderna. A la paralización de la cadena de distribución global durante buena parte de 2020, fruto de las restricciones y de los confinamientos, le siguió un repunte de la demanda. Millones de personas estaban interesadas en comprar todo aquello que no habían podido comprar durante meses. La suma de ambos factores provocó retrasos en la cadena de fabricación... Y un atasco enorme en la cadena de distribución.

O lo que es lo mismo, escasez y precios elevados. Pero en unos países más que en otros.

El precedente. Reino Unido es quizá el ejemplo extremo de todo lo relatado en el primer párrafo. A los rigores de la pandemia y de una economía aún renqueante debemos sumar las barreras autoimpuestas del Brexit. Aunque haya quedado enterrado en el olvido, 2021 marcó la ruptura definitiva entre Reino Unido y la Unión Europa. Mucho antes de que la crisis logística afectara a todo el mundo, los británicos vivían una propia con largas hileras de camiones en la frontera y pescado podrido.

A lo grande. La situación hoy es peor. Lo manifiestan estas imágenes: resignados a una escasez que no cesa, los supermercados del país han comenzado a retirar estantes y pasillos de sus superficies. La alternativa era mostrarlos vacíos, una estampa más deprimente. Tesco ha sido una de las cadenas más prominentes en la decisión. Algunos de sus tiendas evocan los austeros economatos del bloque comunista, mucho antes que los boyantes supermercados del capitalismo hiperconsumista.

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@MrsABC321

 "Pingdemia". Como vimos hace un mes, la prensa ha bautizado el fenómeno como "pingdemia". El término resumía la mezcla de catastróficas desdichas que habían asolado a la economía local británica: una cadena de distribución global paralizada; ausencia de trabajadores cualificados por culpa del Brexit; y un protocolo de aislamiento por contacto estrecho que había hundido el consumo directo y las ventas en los principales establecimientos. Ni había productos ni había suficientes trabajadores disponibles ni había consumidores capaces de comprarlos.

Sin camioneros. La atención de la prensa se ha centrado en la carestía de mano de obra. A finales del pasado mes, la patronal de distribuidores y suministradores británica cifraba en 14.000 el número de trabajadores necesarios para recuperar la normalidad (el 15% de su fuerza laboral). No hay camioneros. Sin ellos, las fábricas han reescalado sus operaciones: la producción de pollo ha caído un 10%; McDonalds ha dejado de comercializar batidos; y Nando's, una popular cadena, ha cerrado 45 establecimientos al quedarse sin su plato estrella.

Todas las miradas apuntan a la política de "auto-aislamiento" promovida por el gobierno. El criterio para considerar "contacto estrecho" a una persona es tan bajo que ha confinado a miles y miles de transportistas, gente en contacto con muchas personas a lo largo de un día. Sin acceso a mano de obra extranjera (ejem), no hay sustitutos.

Navidad, cerveza. La crisis es tan profunda que amenaza con trastocar dos de los pilares de la cultura británica: la cerveza y la campaña de Navidad. Sobre la primera habla The Washington Post, recogiendo las amargas quejas de muchos pubs, cada vez más desabastecidos de Carling o Coors. Sobre la segunda hablan ya todos los medios: los distribuidores asumen que la crisis se prolongará durante el último trimestre del año, si no más. Se requieren a 100.000 transportistas, de los cuales 20.000 eran ciudadanos europeos que han abandonado el país post-Brexit.

Va para largo. La idea de una Navidad de nuevo hipotecada por el coronavirus se extiende al resto del planeta. Los diez puertos más ajetreados del planeta siguen funcionando a medio gas por los protocolos anti-covid; el precio de los contenedores, un bien hoy escaso, se ha disparado; y las colas y las largas esperas son ya la norma para cualquier intercambio comercial entre un lado del mundo y otro. Y a Reino Unido todo esto le afecta por partida doble. Otro hito del Brexit.

Fuente: https://www.meneame.net/story/escasez-reino-unido-tan-bestia-supermercados-estan-retirando

 

lunes, 31 de mayo de 2021

Nestlé reconoce en un documento que el 60% de sus productos no son saludables

 En el documento interno elaborado por la empresa de alimentos más grande del mundo no se incluyen la leche de fórmula para bebés, los alimentos para mascotas, el café ni la división de ciencias de la salud

Fotografía Nestlé
Fotografía Nestlé
L.I

La empresa de alimentos más grande del mundo, Nestlé, ha reconocido en un documento interno que más del 60 por ciento de sus productos de alimentos y bebidas no cumplen con una "definición reconocida de salud" y que algunas de sus categorías y productos "nunca lo serán". Así lo reconocería una presentación que circuló a principios de año entre los altos ejecutivos de la compañía y a la que ha tenido acceso el 'Financial Times'.

En el documento en cuestión se reconoce que solo el 37 por ciento de los alimentos y bebidas de Nestlé en términos de ingresos logran una calificación superior a 3,5 según la calificación de estrellas de salud de Australia. Este sistema califica los alimentos con cinco estrellas y es utilizado en investigaciones por grupos internacionales como la Access to Nutrition Foundation. Nestlé describe el umbral de 3,5 estrellas como una "definición reconocida de salud".

En ese 60% de alimentos que no alcanzan el umbral mínimo de lo que se considerarían como alimentos saludables no se incluyen ni la leche de fórmula para bebés ni los alimentos para mascotas. Tampoco el café y la división de ciencias de la salud, que elabora alimentos para personas con afecciones médicas específicas. 

De acuerdo con la información publicada por 'FT', alrededor del 70 por ciento de los productos alimenticios de Nestlé no alcanzaron ese umbral, según la presentación, junto con el 96 por ciento de las bebidas, excluyendo el café puro, y el 99 por ciento de la cartera de productos de confitería y helados de Nestlé. El agua y los productos lácteos obtuvieron mejores resultados: el 82% de las aguas y el 60% de los lácteos alcanzaron el umbral.

84.416 millones de euros en ingresos afectados

“Hemos realizado mejoras significativas en nuestros productos. . . [pero] nuestro portafolio aún tiene un desempeño inferior en comparación con las definiciones externas de salud en un panorama donde la presión regulatoria y las demandas de los consumidores se están disparando ”, asegura la presentación a la que ha tenido acceso el diario financiero británico. Todos estos productos representan aproximadamente la mitad de los ingresos anuales de Nestlé, que ascienden en total a 92.600 millones de francos suizos (alrededor de 84.416,65 millones de euros).

La noticia se ha hecho pública cuando los fabricantes de alimentos se enfrentan a un impulso global para combatir la obesidad y promover una alimentación más saludable. Nestlé ocupó el puesto más alto entre los grandes fabricantes de alimentos y bebidas del mundo en un índice de 2018 que mide los esfuerzos para fomentar mejores dietas y que elabora la Access to Nutrition Foundation, aunque la fundación advirtió que "todas las empresas deben hacer mucho más". 

Nestlé dijo: “En los últimos años, hemos lanzado miles de productos para niños y familias que cumplen con criterios de nutrición externos. También hemos distribuido miles de millones de dosis de micronutrientes a través de nuestros asequibles y nutritivos productos ". Añadió: “Creemos que una dieta saludable significa encontrar un equilibrio entre el bienestar y el disfrute. Esto incluye tener algo de espacio para comidas indulgentes, consumidas con moderación. “Nuestra dirección no ha cambiado y es clara: continuaremos haciendo que nuestra cartera sea más sabrosa y saludable”. 

Fuente: https://www.meneame.net/story/nestle-reconoce-documento-60-productos-no-son-saludables

sábado, 5 de septiembre de 2020

Hacia las ciudades 100% comestibles

Los ‘Guerrilla Grafters’ injertan ramas de árboles frutales en los ornamentales para conseguir que la ciudad produzca mucha comida sana y accesible a todos

La ciudad está para comérsela, árboles incluidos
La ciudad está para comérsela, árboles incluidos Ian Baldwin vía Unsplash

  ¿Para qué sirve un árbol en la ciudad? Desde los despachos municipales seguramente muchos argumentarían que los árboles tienen muchas razones de existir: combaten el cambio climático, brindan sombra en la canícula y cobijo ante el chaparrón ocasional. Permiten oxigenar el tejido urbano y generan espacios de relax y sosiego para el transeúnte estresado entre tanto cemento y asfalto. Sin olvidar que son también objetos decorativos.

De un tiempo a esta parte más y más personas y movimientos sociales sostienen que la naturaleza urbana está ahí sobre todo por otra razón de ser: para comérsela, y más en tiempos revueltos como los que nos tocan vivir. Y que ya no son solo los despachos municipales quienes pueden y deben decidir sobre la verdura ciudadana. ¿De quién es ese parterre del parque público? ¿Quién decide y en base a qué criterios sobre las próximas plantaciones urbanas? Hablamos hace unos meses de los Jardineros Enmascarados, que se han lanzado a recuperar terreno baldío en mi pequeña ciudad de Francia y en otras ciudades francesas también sin permiso de nadie pero sin que nadie tampoco les barra el paso.

Es el mismo espíritu que impulsa a los Guerrilla Grafters, un movimiento que surgió en San Francisco (EEUU) en el 2012 con el objetivo de promover que personas anónimas injerten ramas de árboles frutales en otros árboles también frutales pero solo ornamentales, es decir que no dan fruto. Y así conseguir que, rama a rama, al final la ciudad produzca mucha comida sana, fruta libre y accesible a todos. Según se lee en su página web, tienen por objetivo convertir las ciudades en “bosques de comida” y “desarmar la civilización capitalista de rama en rama”.

De hecho, los injertadores actúan en San Francisco y su bahía a hurtadillas, a menudo de noche. Y es que la ciudad tiene prohibidos los árboles frutales para evitar atraer animales o ensuciar aún más las aceras, y también para evitarse los procesos judiciales que podrían derivarse de todo ello. La masa forestal de la ciudad se compone por lo tanto de árboles ornamentales y a lo mejor frutales pero en todo caso estériles.

La historia dio un tumbo en 2012 gracias a la iniciativa individual de una mujer, Tara Hui, quien quiso en un principio plantar algunos perales, cerezos y otros árboles frutales para proporcionar algo de fruta fresca y gratis en su barrio popular, donde no había tiendas de comida. Lo explicó por aquel entonces Los Angeles Times, quien tituló la historia como “un proyecto secreto da fruto”. No creo que Tara Hui pudiera imaginarse hace ocho años que el fruto de su pequeña semilla llegaría tan lejos en el tiempo y en el espacio.

Hui y todos sus seguidores no quieren hacer público dónde intervienen por miedo a las represalias de los funcionarios locales, que no ven con buenos ojos que se viole la ley aunque los transgresores tengan en el fondo buenas intenciones. A pesar de la persecución local han recibido el aplauso en el exterior: los Guerrilla Grafters participaron por ejemplo en la 13ª Bienal de Venecia como parte del pabellón de los EEUU.

Movimiento perseguido en casa y alabado de puertas para afuera: participaron en una Bienal de Venecia
Movimiento perseguido en casa y alabado de puertas para afuera: participaron en una Bienal de Venecia Macu Ic vía Unsplash
Y según cuentan en su página de Facebook, estos últimos meses varias personas desde Francia les contactaron pidiendo que tradujeran su material. Y es por eso que el movimiento está aterrizando recientemente en Francia gracias a la traducción al francés del texto que explica cómo realizar la susodicha operación de injerto. 
 

lunes, 17 de agosto de 2020

El no tan saludable cultivo de los superalimentos

Considerados como pilares de las actuales dietas saludables de Occidente, superalimentos como el aguacate, la quinoa o la leche de coco atesoran historias tan turbias como denunciables en sus países de origen. Conocemos las diferentes miradas desde Tailandia a México, con escala en los salares de Bolivia.

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Acto del ex-presidente de México, Enrique Peña Nieto, con productores de aguacate en Uruapan, Michoacán en 2014. Foto: Presidencia de la República de México

 A menudo lo vemos en Instagram. Bowls colmados de yogur, cacahuetes y frutas tropicales bajo hashtags como #foodporn que viralizan una determinada tendencia o alimento. De Nueva York a Hong Kong; de Helsinki a Tel Aviv. En la era de lo masivo, la demanda de un producto puede dispararse en cuestión de horas, especialmente cuando prima el espíritu de vida sana que encuentra respuesta en ciertos alimentos antaño desconocidos en un mundo desglobalizado. Y hoy, los más cotizados son los llamados superalimentos.

Producto de marketing o no, el Santo Grial de la comida sana se compone de ciertos alimentos como el aguacate, la quinoa o la leche de coco convertidos ya en referentes del estilo de vida occidental dadas sus muchas propiedades. Sin embargo, esta voraz demanda también suscita daños colaterales (y directos) en diferentes rincones del mundo.

Lugares donde cultivos antaño reservados a las pequeñas familias hoy se expanden hasta el horizonte al mando de grandes multinacionales y todas las consecuencias que ello supone.

Cuando los cocoteros son demasiado altos 
Todas las mañanas, Kulap despierta en la trastienda de una vieja fábrica del sudeste asiático. Antes del amanecer, ya viaja en el remolque de una furgoneta para ser conducido a un campo de palmeras donde desempeñar una misión que nunca eligió: recolectar los cocos de las copas de los árboles que no alcanzan los humanos. Kulap es un mono, uno de los muchos utilizados como esclavos agrícolas en la provincia de Chumphon, al sur de Tailandia.

El uso de monos amaestrados para la recolección de cocos supone una antigua tradición cuyos vestigios aún laten en las zonas rurales del país asiático. Así al menos lo demuestra un documental grabado con cámara oculta y difundido por PETA, la organización de derechos de los animales más poderosa del planeta. La grabación, alentada por un previo encuentro entre activistas de la organización y diferentes granjas de cocos en julio de 2019, muestra la realidad de muchos de estos animales: algunos lucen encadenados en jaulas a merced de las lluvias tropicales, mientras otros son golpeados por terratenientes impasibles que les susurran órdenes al oído.

“Según nuestros informes, muchos monos son secuestrados ilegalmente de sus familias y hogares cuando tan solo son bebés”, cuenta a El Salto Elisa Allen, Directora de PETA. “Monos como Kulap son equipados con rígidos collares de metal y permanecen atados durante largos períodos bajo la lluvia, en granjas o enormes vertederos. Además, son obligados a realizar duras tareas desde altas alturas y, si se rebelan, pueden llegar incluso a extraerles los dientes caninos”, continúa. Una realidad que doblega al medio sin tener en cuenta los efectos: “Cuando a los monos se les niega la libertad de movimiento o relacionarse con otros semejantes van perdiendo la cabeza poco a poco hasta enloquecer. De hecho, un mono en su hábitat natural puede llegar a vivir hasta 25 años. Bajo estas condiciones, apenas supera los 15 años de vida.”

La presencia del documental de PETA no solo ha suscitado la ira del gobierno de Tailandia, el cual ha tildado de “fraude” el material, sino que más de 15.000 tiendas en Reino Unido ya han retirado de sus estantes diferentes marcas de leche de coco. Concebido como uno de los principales superalimentos al ser rico en fibra y minerales, la leche de coco supone más de 400 millones de dólares para la industria de Tailandia, el principal exportador de esta bebida utilizada en típicos zumos y platos de foodies e influencers. A miles de personas abiertas al consumo de productos llegados, de forma masiva, desde cualquier lugar del mundo.

El impacto del documental de PETA ha llevado también a numerosos establecimientos a rechazar ciertas marcas y apostar por otras como Theppadungporn, productora de marcas como Chaokoh o Mae Ploy que sí emplean equipos humanos para recolectar cocos de las copas de los árboles.

“Tanto en otras zonas de Tailandia como en regiones de países como Brasil o Colombia, los cocos se cosechan utilizando métodos humanos como elevadores hidráulicos, sistemas de cuerdas y escaleras. Incluso hay personas que escalan los árboles o plantan cocoteros de menor tamaño”, continúa Elisa. “Los estudios demuestran que estos métodos son superiores al uso de monos, ya que estos no pueden distinguir entre los cocos maduros e inmaduros, y los maduros suelen romperse en cuanto caen al suelo”.

Quinoa: el superalimento vulnerable
Si aterrizas en Medellín y preguntas a un taxista dónde probar el mejor café de Colombia, posiblemente te conteste “en Nueva York”. Algo que también sucede con otros productos como el açai de Brasil, los plátanos de Honduras o, especialmente, la quinoa real que se cultiva entre los altiplanos y salares de Bolivia.

Antaño tildado como “plato de indios”, la conocida como “quinua” por la población quechua es hoy un famoso grano integral oriundo del territorio inca cuya importancia es evidente: cuenta con el doble de proteína que el arroz y aporta calcio, magnesio, potasio, sodio, fósforo y vitaminas B y C.

Un diminuto superalimento que desde principios del siglo XXI se ha convertido en un obligado en los platos de medio Occidente, especialmente tras su introducción por parte de los mejores chefs y su posterior auge en las dietas fit.

El cambio climático supone el principal problema para el cultivo de la quinoa, un superalimento típico del altiplano boliviano donde las lluvias ya no son tan previsibles, las altas temperaturas ahogan cosechas enteras y las plagas agujerean esta planta milenaria.

Cultivada en el departamento de Potosí, no lejos del turístico Salar de Uyuni, la quinoa se nutre de un suelo acariciado por llamas y flamencos cuyas condiciones son idóneas para su cultivo: temperaturas entre – 4º y 38 º y un margen de humedad entre el 40% y 70%. Características propias de un microcosmos a 4.000 mil metros de altura rico en suelos salinos y volcánicos rebosantes de nutrientes. Un margen vulnerable dilatado estos últimos años por el nuevo enemigo de los cultivos: el cambio climático.

Aunque décadas atrás los agricultores eran capaces de anteponerse a los caprichos del clima, hoy el altiplano potosí sucumbe a inclemencias impredecibles, en las que un mismo mes las heladas pueden enlazar con lluvias y el aumento de polillas o mariposas devorar plantaciones enteras en apenas unos días.

 “También tenemos problemas con el agua, ya que algunas zonas no cuentan con la cantidad de lluvia suficiente y esto implica que los suelos con bajas humedades pierdan porcentaje de producción de la quinoa. También el aumento de las temperaturas combinadas con lluvia producen granizo y las plagas agujerean las plantaciones. Todos estos problemas siempre han existido, pero ahora se han incrementado con el cambio climático.”

Aunque décadas atrás los agricultores eran capaces de anteponerse a los caprichos del clima, hoy el altiplano potosí sucumbe a inclemencias impredecibles, en las que un mismo mes las heladas pueden enlazar con lluvias y el aumento de polillas o mariposas devorar plantaciones enteras en apenas unos días.

“Actualmente el altiplano boliviano vive afectado por fuertes corrientes de viento y cambios extremos de temperatura que congelan la planta de la quinoa obstruyendo el ciclo”, cuenta Maxi Noel López, productor de quinoa en Potosí. “También tenemos problemas con el agua, ya que algunas zonas no cuentan con la cantidad de lluvia suficiente y esto implica que los suelos con bajas humedades pierdan porcentaje de producción de la quinoa. También el aumento de las temperaturas combinadas con lluvia producen granizo y las plagas agujerean las plantaciones. Todos estos problemas siempre han existido, pero ahora se han incrementado con el cambio climático.”

Aguacate: la naturaleza es secundaria

El pasado 13 de enero, el activista mexicano Homero Gómez González desapareció sin dejar rastro. Dos semanas después, su cadáver fue hallado en un pozo agrícola en el municipio de Ocampo, en el estado de Michoacán, México. Homero era un fiel protector de la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el mayor reducto de este insecto de todo el mundo ubicado en esta zona. El activista llegó a denunciar en múltiples ocasiones el daño que el cultivo masivo estaba provocando en este ecosistema, algo que quizás no gustó a las muchas personas interesadas en las 125.000 toneladas de aguacates exportadas a Estados Unidos para la Superbowl de 2020.

El ya conocido como “oro verde” es uno de los superalimentos más codiciados del mundo. Estrella de las principales recetas veganas e ingrediente esencial del guacamole que hace años se coló en la liga del fast food, el aguacate es un alimento tan versátil como adorado gracias a sus ingestas cantidades de “grasa buena”, además de propiedades como fibra o potasio.

México abastece un 75% de las exportaciones de aguacate de Estados Unidos, concretamente desde el mismo estado de las mariposas monarca: Michoacán, donde el auge de las exportaciones en los años 90 introdujo los conocidos como “testículos de los dioses” por los antiguos aztecas en la carrera occidental de la exportación. Hoy, zonas como Uruapan, el principal epicentro del aguacate de Michoacán, adolece de un sobrecultivo que ha absorbido parte de sus lagos y bosques.

“El impacto del cultivo masivo en Michoacán es negativo y brutal sobre los ecosistemas. Por poner un ejemplo, en los últimos años se han pasado de 3 millones de hectáreas de bosques a 1.182.000; se ha perdido un 68% de nuestros bosques y la principal causa es el monocultivo del aguacate”, cuenta a El Salto Pavel Guzmán, coordinador del Consejo Supremo Indígena de Michoacán, una de las víctimas que ve su tierra mutar sin que nadie haga nada: “La situación es compleja porque ninguna autoridad federal, estatal o municipal quiere enfrentarse a este problema. Dejan al pueblo y las comunidades locales abandonadas. Además, se suspenden las asambleas generales, impidiendo a los agricultores el cambio de uso de suelo o el cultivo por cuenta propia”.

Además de la erosión medioambiental, durante los últimos años otro frente se suma al interés por los cultivos de Michoacán: los cárteles como principal nexo entre el reparto de esta tierra fértil y los intereses de las grandes empacadoras. En verano de 2019, 9 cuerpos mutilados aparecieron colgados en un puente de la ciudad de Uruapan bajo el cartel “¡Gente bonita, siga con su rutina!”. El asesinato fue atribuido por el propio Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el cual domina ciertas zonas de Michoacán. Un primer atisbo de que las matanzas ya no son resultado exclusivo de las guerras por la droga, sino por un dominio del control de la tierra donde crecen los nuevos “diamantes” verdes del planeta tan codiciados por las naciones avanzadas.

"El gran beneficiario de la siembra masiva de aguacate son las grandes multinacionales que acaparan el fruto y que imponen los mercados, precios y las políticas agroindustriales en Michoacán”, asegura Pavel. “El oro verde, el dinero. Eso es lo único que parece importar.”
 

lunes, 24 de febrero de 2020

Así se consigue que los niños quieran comida basura

Escuelas de California tienen publicidad en sus pasillos para paliar los recortes. Las notas de un colegio de Florida lucen el logotipo de McDonald’s. El abogado Tim Wu explica por qué la atención sale tan cara

Así se consigue que los niños quieran comida basura
Magnum Photos
 En 2011, el distrito escolar de Twin Rivers, en el centro de California, tuvo que afrontar una situación complicada. Aunque nunca había sido pudiente, se vio profundamente afectado por la crisis inmobiliaria de principios de la década de dos mil y el colapso financiero del Gobierno estatal. Para la década siguiente, los colegios estaban recortando no solo en actividades extraescolares, sino también en ciertas necesidades básicas, como la calefacción. Un día, en invierno, un alumno publicó una fotografía del termostato de la clase, que marcaba 44 grados Fahrenheit (unos 6,7 grados centígrados).

Así estaban las cosas cuando una empresa llamada Education Funding Partners (EFP) contactó con el consejo de Twin Rivers. EFP ofrecía una manera tentadora y novedosa de ayudar a resolver los problemas financieros del distrito por medio de lo que llamaban “el poder de los negocios para transformar la educación pública”. La empresa, que actuaría como corredor de bolsa, prometía procurar al distrito hasta 500.000 dólares anuales de inversión privada. Y, según recalcaron, sus servicios no tendrían coste alguno. “Dado que EFP se financia exclusivamente gracias a aportaciones empresariales, en el fondo lo que hace es prestar servicio a los distritos de forma gratuita”, explicaba la oferta.

A cambio de esa generosidad gratuita, el consejo realmente no tenía que hacer nada. Solo debía entender algo: que los activos con los que contaban de por sí los colegios eran más lucrativos que cualquier actividad para recaudar fondos. Esos activos, en resumidas cuentas, eran los propios alumnos, a quienes la educación obligatoria convertía en público prisionero. Si los colegios podían captar su atención con el fin de educarlos, ¿por qué no vender parte del pastel para mejorar la experiencia educativa? Lo que proponía EFP, más concretamente, era que Twin Rivers permitiera la presencia de publicidad empresarial dentro de los colegios. Más aún —explicaba EFP—, uniría a los estudiantes de Twin Rivers con los de otros distritos escolares de todo el país para apelar a marcas más importantes y con bolsillos más llenos (las de la lista Fortune 500).

EFP prometía al distrito dinero gratis, pero su oferta a los anunciantes empresariales era igual de seductora: “Abriremos las puertas de los colegios”, decía, y prometía “acceso de verdad y un engagement o vinculación profunda por parte del público del entorno escolar”. Los anunciantes llevaban tiempo codiciando tener acceso directo a los jóvenes, que son muy impresionables y más influenciables. Establecer una relación cordial con Coca-Cola o con McDonald’s a edades tempranas puede proporcionar beneficios que duren toda la vida o, como se dice en el sector, “dirigir las decisiones de compra y generar conciencia de marca”. A fin de cuentas, eso era lo que EFP brindaba a sus clientes: “Un sistema sin parangón para entablar relación con el mercado del sector educativo”; es decir, la oportunidad de moldear a los consumidores del futuro.

Twin Rivers no tardó en empezar a entenderlo. “Necesitamos ser innovadores con respecto a los bienes que tenemos y descubrir cómo atraer más ingresos”, afirmó una portavoz. En otras regiones del país, la posibilidad de abrir los colegios a la publicidad comercial había suscitado un debate público. No ocurrió así en Twin Rivers, donde los administradores parecieron asumir como un deber la firma del acuerdo, que tuvo lugar en 2012. “Con la crisis económica, los estudiantes confían en que encontremos, ahora más que nunca, la forma de sacar el máximo partido a nuestros recursos”, aseguró el director ejecutivo. EFP, por su parte, prometió que todos los mensajes serían “responsables” y “educativos”. Y así fue como se abrieron de par en par las puertas de los colegios.
Twin Rivers no es más que uno de los numerosos distritos escolares de Estados Unidos —sobre todo, de zonas pobres o de clase media— para los que vender el acceso a sus alumnos se ha convertido en una de las fuentes principales de ingresos. Algunos colegios cubren de anuncios las taquillas de los estudiantes o el suelo de los pasillos. En Florida, un consejo escolar aprobó un acuerdo para poner el logo de McDonald’s en los boletines de calificaciones (quien sacara buenas notas se ganaba un Happy Meal). En los últimos años, muchos colegios han instalado en los pasillos pantallas enormes que combinan anuncios internos y publicidad. El lema del proveedor de una de las pantallas reza así: “Lleva a tu colegio a la era digital: tiene ventajas para todos”.

Lo que quizá resulte más escandaloso sobre la introducción de publicidad en los colegios públicos es que no ha despertado ninguna controversia en los agentes implicados, sino que se ha entendido como una solución lógica. Existe la creencia de que los acuerdos resultan ventajosos para todos: reportan unos ingresos que habría sido casi una irresponsabilidad rechazar. Sin embargo, las cosas no han funcionado siempre de esa manera. Hubo un tiempo en que, debido a la costumbre o a las limitaciones tecnológicas, muchos ámbitos de la vida —el hogar, la escuela y sus correspondientes interacciones sociales— eran sagrados y estaban resguardados de la publicidad y del comercio. No obstante, a lo largo del último siglo hemos aprendido a aceptar una situación muy diferente, según la cual en la medida de lo posible se explotan comercialmente casi todos los ámbitos de la vida. Como adultos, no estamos casi nunca en una posición inalcanzable; siempre tenemos cerca algún tipo de pantalla; rara es la vez que no se apela a nosotros o se nos vende. Desde esta perspectiva, lo único que está haciendo la administración escolar es dar a los alumnos una lección de realidad al exponerlos a lo que, al fin y al cabo, es normal para los adultos, pero ¿de dónde ha venido esta normalidad? Y ¿hasta qué punto es normal?

La situación actual es la consecuencia del espectacular e impresionante auge de una industria que hace un siglo apenas existía: la de los comerciantes de atención. Desde sus inicios, la industria de la atención, en sus múltiples variantes, ha exigido y acaparado cada vez más horas de nuestra vida, siempre a cambio de nuevas ventajas y distracciones, por medio de un gran acuerdo que ha transformado nuestra vida. En el proceso, tanto a escala social como a escala individual, hemos aceptado una experiencia vital que está mediada en todas sus dimensiones (económica, política, social y cualquiera otra que se te pueda ocurrir) de una manera nunca vista en la historia de la humanidad. Y, aunque al considerar cada acuerdo por separado pueda parecer que todo el mundo gana, la suma de todos ellos ha llegado a ejercer una influencia más ambigua pero muy profunda en nuestro modo de vida.

¿Quiénes son exactamente estos comerciantes de atención? La industria es relativamente reciente. Su origen se remonta al siglo XIX, cuando se crearon en Nueva York los primeros periódicos que dependían por completo de la publicidad, y cuando en París un nuevo tipo de arte comercial, deslumbrante, captó por primera vez la atención de la gente por la calle. Sin embargo, el auténtico potencial de este modelo de negocio que transforma la atención en ingresos no se entendería del todo hasta principios del siglo XX, cuando los responsables de la propaganda de guerra británica —y no las entidades comerciales— descubrieron el poder de la atención de las masas.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2020/02/20/ideas/1582214401_815122.html

miércoles, 10 de abril de 2019

El intercambio de alimentos entre Amèrica y Europa

¿Qué sería de la pizza sin el tomate? ¿Y de la paella sin un poco de pimiento? ¿Un hervido sin patatas? ¿Un mundo sin chocolate? Esos son algunos de los alimentos procedentes de América que transformaron la alimentación en occidente.

LA REVOLUCIÓN ALIMENTARIA            La época clave en relación con importantes metamorfosis en el campo de la alimentación se sitúa entre los siglos XIV y XVII. A lo largo de este período tienen lugar los viajes de Marco Polo al Lejano Oriente, así como la serie de expediciones geográficas y empresas coloniales iniciadas por los navegantes portugueses y que prosiguieron con los viajes a América que iniciara Cristóbal Colón en 1492. Los relatos del comerciante y viajero veneciano abrieron los ojos de los europeos no sólo a los recursos orientales, sino también a las costumbres asiáticas, particularmente las maneras como se alimentaban en aquellos lejanos países. Precisamente, la búsqueda de las fuentes de las que provenían las especias fue el motor de las grandes expediciones de exploración y de conquista que fueron el preludio de las grandes empresas coloniales europeas.



El desarrollo del comercio colonial que siguió a las expediciones europeas hacia América, África y Asia reforzó la corriente de alimentos y de condimentos exóticos hacia el Viejo Mundo. Así, llegaron, entre otros productos, el maíz, la patata, el boniato, la habichuela, el tomate, el pimiento, el girasol, el pavo ..., de tal modo que la alimentación cambió profundamente y continuó transformándose a medida que aumentaron los espacios conquistados y se aseguraron y mejoraron las comunicaciones entre las colonias y las metrópolis.

Después del siglo XVI, las cocinas africanas y europeas fueron transformadas como consecuencia de la introducción de numerosas plantas importadas de América. La introducción de la patata en la alimentación de los irlandeses, la llegada del tomate a los Estados Unidos, "patria del Ketchup", o del maíz y la mandioca a África son fenómenos relativamente recientes. Resulta difícil, por ejemplo, imaginar la cocina italiana sin las pastas (procedentes de China, pasando por Alemania, hacia el siglo XV) y sin la salsa de tomate, procedente éste de América.


Àrbol de la quina
      La llegada de los conquistadores a América produjo una transmigración de especies alimenticias, realizándose, primeramente, un intercambio regional entre los diversos cultivos que los españoles habían incorporado a su dieta lo que implicaba un traslado de plantas de unas zonas a otras que enriqueció una oferta alimenticia que se vio aumentada con la incorporación de especies trasplantadas de Europa.

América ofreció al mundo europeo una variedad de productos hasta entonces desconocidos pero, a su vez, recibió especies inexistentes en el nuevo mundo. Las especies vegetales domesticadas que América ofreció a Europa constituyen el 17% de todas las cultivadas en el mundo. En Europa muchas de ellas pasarían a incorporarse a la dieta cotidiana de sus habitantes. La patata fue aceptada más lentamente que otros productos tropicales pero, aún así, llegaba a los países del norte de Europa a fines del siglo XVI. Pronto se convirtió en el componente principal de la dieta de los pobres, y en el siglo XVII las hambrunas pudieron ser superadas gracias a ella.

El maíz, demostrada su capacidad para alimentar poblaciones densas, fue aceptado rápidamente por los europeos. La batata, boniato o camote, de rápido crecimiento y producción elevada, se introdujo en España al principio como golosina, se vendía en trozos y confitada y se le atribuyeron propiedades afrodisíacas. Otras plantas de rápida difusión fueron los frijoles, el cacahuete, los tomates, los pimientos, el chile o ají, las chirimoyas, aguacates, piñas, mamey, papaya y otros frutos tropicales.

Entre las plantas medicinales se adoptaron la quina, la zarzaparrilla y otras. La aceptación del cacao con el que mayas y mexicas fabricaban el preciado chocolatl, fue muy rápida; y junto con él fue transmitida la utilización de la vainilla.

El tabaco no cosechó una rápida acogida, en el siglo XVI se afirmaba que tenía virtudes curativas contra diversas enfermedades; pero finalmente se convirtió en importante consumo social y cuyo origen se debe buscar entre los indígenas americanos. Desde principios del siglo XVII, el uso de tabaco se había extendido, a través de los marineros, a todos los pueblos portuarios europeos, donde los hombres más jóvenes adoptaron la moda. Los soldados de la Guerra de los Treinta Años, que utilizaban la hoja para paliar el frío, el hambre y el cansancio, contribuyeron a extender su uso. Las formas típicas de consumir tabaco en el siglo XVII, como fumar en pipa de cerámica y masticarlo, eran propias de campamentos del ejército y de tabernas, no del buen comportamiento en sociedad. No obstante, la moda del rapé perfumado del siglo XVIII, especialmente cuando se llevaba en una elegante cajita, creó una forma de consumo de tabaco aceptable entre las damas y los caballeros de la más alta alcurnia.

La creciente popularidad de la planta atrajo, de forma inevitable, la atención de los ministros de Finanzas, que pronto descubrieron que la demanda de este "vicio" soportaría gravámenes de varios cientos por cien. A finales del siglo XVII, con el fin de asegurarse las recaudaciones deseadas, la mayoría de los países europeos habían convertido el tabaco en monopolio de la Corona, prohibiendo o restringiendo severamente el cultivo doméstico.

La tradición de la huerta peninsular culminó con el traslado a tierras americanas de muchas legumbres procedentes del viejo mundo. Desde el siglo XVI, las casas de personajes principales y de misioneros en América poseían ya su propio huerto de cultivos europeos, donde prosperaban el trigo, los guisantes, las judías, hortalizas, naranjos, limoneros, olivos e incluso vides. También se difundieron especies como el ajo y plantas forrajeras para alimentar la ganadería que los españoles introdujeron en un continente donde no existían demasiados animales de labor. Así, hasta la llegada de los españoles, el caballo era desconocido para los indígenas.


La caña de azúcar, llevada por los españoles, tendría un rápido rendimiento en las islas del Caribe y en Centroamérica. Durante la antigüedad, el azúcar constituyó una rareza exótica. Hasta finales de la Edad Media, su uso fue extremadamente restringido y se despachaba "sólo en las farmacias", a un precio que se correspondía con las virtudes curativas, casi milagrosas, que la imaginación le atribuía. Su propio uso como medicamento desacreditaba al azúcar como alimento y, a su vez, era clasificado en la categoría de las drogas sospechosas. En el siglo XVII, el azúcar todavía constituía un género de lujo, utilizado para regalos refinados (como hoy los bombones).

La caña de azúcar, llevada por los españoles, tendría un rápido rendimiento en las islas del Caribe y en Centroamérica. Durante la antigüedad, el azúcar constituyó una rareza exótica. Hasta finales de la Edad Media, su uso fue extremadamente restringido y se despachaba "sólo en las farmacias", a un precio que se correspondía con las virtudes curativas, casi milagrosas, que la imaginación le atribuía. Su propio uso como medicamento desacreditaba al azúcar como alimento y, a su vez, era clasificado en la categoría de las drogas sospechosas. En el siglo XVII, el azúcar todavía constituía un género de lujo, utilizado para regalos refinados (como hoy los bombones).

 DE AMÉRICA A EUROPADE EUROPA A AMÉRICA
Maíz Algodón 
 Frijoles Cebada
 Patata Trigo
 Cacao-chocolate Arroz
 CacahueteCaña de azúcar 
Tomate  Vid-uvas
 Calabaza Plátanos
Piña Café
 Aguacate Naranjas y limones
Maguey-pita  Aceite de oliva
Tabaco Mango 
Yuca-mandioca  Caballo
 BatataVaca 
 PavoCerdo 
 OroCabra 
 PlataOveja 
 Maderas finasUtilización del hierro 

 El pavo comienza a popularizarse en Europa desde el primer cuarto del siglo XIX. Cuando los campesinos franceses querían agasajarse en las largas noches de invierno se asaba un pavo. En la mayor parte de Europa, el "gallo de indias", fue hasta hace unas décadas el exquisito plato con el que las clases medias celebraban el ágape de Navidad. En la actualidad se ha desacralizado y se ha convertido en una carne relativamente barata y que va sustituyendo, por su mejor precio, a la ternera. Esto ha sido debido a las manipulaciones genéticas realizadas con el animal, creando aves monstruosas que producen gran cantidad de carne, consiguiendo así una producción en masa.


Fuente:  https://sites.google.com/site/historiaalimentacion/el-intercambio-de-alimentos-entre-amrica-y-europa