Esta tormenta pasará. Sin embargo, las elecciones que haremos nos cambiarán la vida en los próximos años
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| Un control de temperatura de los pasajeros en un aeropuerto asiático en una crisis anterior (Dimas Ardian / Getty) |
La humanidad se enfrenta a una crisis mundial.
Quizá la mayor crisis de nuestra generación.
Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas
semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán
los sistemas sanitarios, sino también la economía, la política y la
cultura. Debemos actuar con rapidez y resolución. Debemos tener en
cuenta, además, las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Al
elegir entre alternativas, hay que preguntarse no sólo cómo superar la
amenaza inmediata, sino también
qué clase de mundo queremos habitar una vez pasada la tormenta.
Sí, la tormenta pasará, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de
nosotros seguiremos vivos... pero viviremos en un mundo diferente.
Muchas medidas a corto plazo tomadas durante la emergencia se
convertirán en parte integral de la vida. Esa es la naturaleza de las
emergencias. Aceleran los procesos históricos. Decisiones que en tiempos
normales llevarían años de deliberación se aprueban en cuestión de
horas. Tecnologías incipientes o incluso peligrosas se introducen a toda
prisa, porque son mayores los riesgos de no hacer nada. Países enteros
hacen de cobayas en experimentos sociales a gran escala. ¿Qué ocurre
cuando todo el mundo trabaja desde casa y se comunica sólo a distancia?
¿Qué ocurre cuando escuelas y universidades dejan de ser presenciales?
En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y los juntas educativas
no aceptarían nunca llevar a cabo semejantes experimentos. Pero
no son estos tiempos normales.
En
este momento de crisis, nos enfrentamos a dos elecciones
particularmente importantes. La primera es entre vigilancia totalitaria y
empoderamiento ciudadano. La segunda es entre aislamiento nacionalista y
solidaridad mundial.
Vigilancia “hipodérmica”Con el fin de detener la epidemia, toda la población debe
seguir ciertas pautas. Hay dos formas principales de lograrlo. Un método
es que el gobierno vigile a la población y castigue a quienes incumplan
las reglas. Hoy, por primera vez en la historia humana,
la tecnología hace posible vigilar a todo el mundo todo el tiempo.
Hace cincuenta años, el KGB no podía seguir a 240 millones de
ciudadanos soviéticos las 24 horas del día, ni aspirar a procesar de
modo eficaz toda la información reunida. Debía recurrir a agentes y
analistas humanos y le resultaba sencillamente imposible colocar a un
agente tras cada persona. Sin embargo, ahora los gobiernos pueden
recurrir a ubicuos sensores y potentes algoritmos, por lo que no
necesitan espías de carne y hueso.
En su batalla contra la epidemia del coronavirus, varios gobiernos
han desplegado ya las nuevas herramientas de vigilancia. El caso más
notable es
China. Escudriñando los teléfonos de los ciudadanos,
haciendo uso de cientos de millones de cámaras con reconocimiento facial
y obligando a las personas a controlar su temperatura y situación
médica e informar sobre ellas, las autoridades chinas no sólo son
capaces de determinar rápidamente quiénes son los posibles portadores
del coronavirus, sino también de
seguir sus movimientos e
identificar a quienes entran en contacto con ellos. Toda una gama de
aplicaciones para el móvil advierten a los ciudadanos de la proximidad
de personas infectadas.
Esa clase de tecnología no se limita a Asia oriental. El primer ministro israelí
Benjamin Netanyahu autorizó
recientemente el despliegue por parte del Servicio de Seguridad General
de la tecnología de vigilancia normalmente reservada a la lucha contra
el terrorismo para seguir a pacientes con coronavirus. El
correspondiente subcomité parlamentario se negó a autorizar la medida,
pero
Netanyahu la impuso con un “decreto de emergencia”.
Hay que elegir entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano; y entre aislamiento nacionalista y solidaridad mundialCabría argumentar que todo esto no tiene nada de nuevo. En
los últimos años, los gobiernos y las empresas han recurrido a
tecnologías cada vez más sofisticadas para
rastrear, vigilar y manipular a
las personas. Sin embargo, si no tenemos cuidado, la epidemia podría
marcar un importante hito en la historia de la vigilancia. No sólo
porque cabe la posibilidad de que normalice el despliegue de los
instrumentos de vigilancia masiva en países que hasta ahora los habían
rechazado, sino también porque supone una drástica transición de una
vigilancia “epidérmica” a una vigilancia “hipodérmica”.
Hasta la fecha, cuando tocábamos la pantalla del móvil y clicábamos
sobre un enlace, el gobierno quería saber sobre qué clicaba exactamente
nuestro dedo. Sin embargo, con el coronavirus, el objeto de atención se
desplaza.
El gobierno quiere saber ahora la temperatura del dedo y la presión sanguínea bajo la piel.
El pudin de emergenciaUno de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de
comprender en qué punto nos encontramos en relación con la vigilancia es
que
ninguno de nosotros sabe exactamente cómo somos vigilados ni
que ocurrirá en los próximos años. La tecnología de la vigilancia se
desarrolla a una velocidad de vértigo y lo que parecía ciencia ficción
hace 10 años es hoy una noticia desfasada. Hagamos un experimento
mental. Imaginemos un hipotético gobierno que exige a todos los
ciudadanos que llevemos una pulsera biométrica para vigilar la
temperatura corporal y el ritmo cardíaco las 24 horas del día. Los
algoritmos estatales almacenan
y analizan los datos resultantes. De ese modo sabrán que estamos
enfermos antes incluso de que lo sepamos nosotros mismos, y también
sabrán dónde hemos estado y con quién nos hemos reunido. Sería posible
reducir de modo drástico las cadenas de infección e incluso frenarlas
por completo. Presumiblemente semejante sistema sería capaz de detener
en seco la epidemia en un plazo de días. Maravilloso, ¿verdad?
El inconveniente, claro está, es que legitimaría un nuevo y
espantoso sistema de vigilancia. Si alguien sabe, por ejemplo, que he
clicado en un enlace de
Fox News en lugar de hacerlo en uno de la
CNN,
aprenderá algo acerca de mis opiniones políticas y quizás incluso de mi
personalidad. Ahora bien, si puede vigilar lo que me sucede con la
temperatura corporal, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco mientras
veo las imágenes, puede aprender lo que me hace reír, lo que me hace
llorar y lo que realmente me enfurece.
Resulta crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el
amor son fenómenos biológicos como la fiebre y la tos. La misma
tecnología que identifica la tos podría también identificar las risas.
Si las empresas y los gobiernos empiezan a recopilar
datos biométricos en masa,
pueden llegar a conocernos mucho mejor de lo que nos conocemos nosotros
mismos, y entonces no sólo serán capaces de predecir nuestros
sentimientos sino también manipularlos y vendernos lo que quieran, ya
sea un producto o un político. Semejante vigilancia biométrica haría que
las tácticas de hackeo de datos de
Cambridge Analytica parecieran de la Edad de Piedra. Imaginemos a
Corea del Norte en
2030, cuando todos los ciudadanos deban llevar una pulsera biométrica
las 24 horas del día. Si al escuchar un discurso del Gran Líder la
pulsera capta señales de ira, ya podemos despedirnos de todo.
Es posible, por supuesto, defender la vigilancia biométrica como
medida temporal adoptada durante un estado de emergencia. Una medida que
desaparecería una vez concluida la emergencia. Sin embargo, las medidas
temporales tienen la desagradable costumbre de durar más que las
emergencias; sobre todo, si hay siempre una nueva emergencia acechando
en el horizonte. Mi país natal,
Israel, por ejemplo, declaró durante su
guerra de independencia de 1948 un
estado de emergencia con el que se justificaron una serie de medidas
temporales, desde la censura de prensa y la confiscación de tierras
hasta unas normas especiales para hacer pudin (no es broma). La guerra
de independencia se ganó hace mucho tiempo, pero Israel nunca ha
suspendido el estado de emergencia y no ha logrado abolir muchas de las
medidas “temporales” de 1948 (clementemente, el decreto de emergencia
acerca del pudín se abolió en 2011).
Incluso cuando las infecciones por coronavirus se reduzcan a cero,
algunos gobiernos ávidos de datos podrían argumentar que necesitan
mantener los sistemas de
vigilancia biométrica porque temen una segunda oleada de la epidemia, o porque una nueva cepa de ébola se está extiendo por el
África central,
o porque... ya ven por dónde va la cosa. En los últimos años se está
librando una gran batalla en torno a nuestra intimidad. La crisis del
coronavirus podría ser el punto de inflexión en ella. Porque, cuando a
la gente se le da a elegir entre la intimidad y la salud, suele elegir
la salud.
La policía del jabónEn el hecho de pedir a la gente que elija entre intimidad y
salud reside, en realidad, la raíz misma del problema. Porque se trata
de una falsa elección. Podemos y debemos disfrutar tanto de la intimidad
como de la salud. Es posible proteger nuestra salud y detener la
epidemia de coronavirus sin tener que instituir regímenes de vigilancia
totalitarios, sino más bien empoderando a los ciudadanos. En las últimas
semanas, algunos de los esfuerzos que más éxito han tenido a la hora de
contener la epidemia han sido los organizados por
Corea del Sur,
Taiwán y
Singapur.
Aunque esos países hicieron uso de las aplicaciones de seguimiento, han
confiado mucho más en las pruebas exhaustivas, la información veraz y
la cooperación voluntaria de una población bien informada.
La vigilancia centralizada y los castigos severos no son la única
forma de hacer cumplir unas pautas beneficiosas. Cuando se comunica
hechos científicos a la población y ésta confía en que las autoridades
públicas les transmitirán esos hechos, los ciudadanos pueden hacer lo
correcto sin necesidad de la vigilancia de un
Gran Hermano. Una población automotivada y bien informada suele ser mucho más poderosa y eficaz que una población controlada e ignorante.
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| Un grupo de operarios desinfectando el aeropuerto de Wuhan el viernes pasado
(Getty Images / Getty)
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Consideremos, por ejemplo, el hecho de lavarnos las manos con jabón. Ha sido uno de los mayores avances de la
historia de la higiene humana.
Ese sencillo acto salva millones de vidas todos los años. Aunque es
algo que damos por hecho, no fue hasta el siglo XIX cuando los
científicos descubrieron la importancia de lavarse las manos con jabón.
Antes, incluso médicos y enfermeras pasaban de una
operación quirúrgica a
otra sin lavarse las manos. Hoy miles de millones de personas lo hacen
diariamente, no porque tengan miedo de la policía del jabón, sino porque
entienden los hechos. Me lavo las manos con jabón porque sé cosas
acerca de los virus y las bacterias, entiendo que esos pequeños
organismos causan enfermedades y sé que el jabón puede acabar con ellos.
Sin embargo, para lograr tal nivel de conformidad y cooperación, se
precisa confianza. La gente tiene que confiar en la ciencia, las
autoridades públicas y los medios de comunicación. En los últimos años,
los políticos irresponsables han
socavado de forma deliberada la confianza en
la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación.
Ahora esos mismos políticos irresponsables podrían verse tentados de
tomar la senda del autoritarismo, argumentando que no cabe confiar en
que la población haga lo correcto.
Si gobiernos y empresas reúnen datos biométricos en masa, sabrán más de nosotros que nosotros mismosPor lo general, una confianza que se ha erosionado durante
años no puede reconstruirse de la noche a la mañana. Sin embargo, no son
éstos tiempos normales. En un momento de crisis,
las mentes también pueden cambiar con rapidez.
Podemos mantener amargas discusiones con nuestros hermanos durante
años, pero cuando ocurre alguna emergencia descubrimos de repente una
reserva oculta de confianza y amistad, y corremos a ayudarnos
mutuamente. En lugar de construir un régimen de vigilancia, no es
demasiado tarde para reconstruir la confianza de la gente en la ciencia,
las autoridades públicas y los medios de comunicación. No cabe duda de
que debemos hacer
uso también de las nuevas tecnologías, pero
esas tecnologías deberían empoderar a los ciudadanos. Estoy a favor de
controlar mi temperatura corporal y mi presión sanguínea, pero esos
datos no deberían utilizarse para crear un gobierno todopoderoso. Esos
datos deberían hacer que yo pueda tomar decisiones personales más
informadas, y también que el gobierno responda de sus decisiones.
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| Un científico presenta un test en el Instituto de Tecnología Fotónica de Leibniz
(Jens Meyer / AP)
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Si pudiera hacer un seguimiento de mi propia situación médica las 24 horas del día, no sólo sabría si me he convertido en un peligro para la salud de otras personas, sino también qué costumbres contribuyen a mi propia salud. Y si pudiera acceder a estadísticas fiables sobre la propagación del coronavirus y analizarlas, me encontraría en capacidad de juzgar si el gobierno me está diciendo la verdad y si está adoptando las políticas adecuadas para combatir la epidemia. Siempre que se hable de vigilancia, debemos recordar que la misma tecnología de vigilancia no sólo puede utilizarse por los gobiernos para vigilar a los individuos, sino también por los individuos para vigilar a los gobiernos.
Por lo tanto, la epidemia de coronavirus constituye un
importante test de ciudadanía.
En días venideros, la elección de todos debería ser confiar en los
datos científicos y los expertos en salud, en lugar de hacerlo en
teorías conspirativas sin fundamento alguno y en políticos interesados.
Si no tomamos la decisión correcta, quizá nos encontremos renunciando a
nuestras más preciadas libertades, convencidos de que ésa es la única
manera de salvaguardar nuestra salud.
Necesitamos un plan mundialLa segunda elección importante a la que debemos enfrentamos es
entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad mundial.
Tanto la propia epidemia como la crisis económica resultante son
problemas mundiales. Sólo pueden resolverse eficazmente mediante la
cooperación mundial.
En primer lugar, para derrotar el virus necesitamos ante todo
compartir globalmente la información. Es la gran ventaja de los seres
humanos sobre los virus. Un coronavirus en China y un coronavirus en
Estados Unidos no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a los humanos. Sin embargo,
China puede
enseñar a Estados Unidos muchas lecciones valiosas sobre los
coronavirus y cómo tratarlos. Lo que un médico italiano descubre en
Milán a primera hora de la mañana puede salvar vidas en
Teherán por la tarde. Cuando el gobierno del
Reino Unido
duda entre diversas políticas, puede obtener consejo de los coreanos
que ya se enfrentaron a un dilema similar hace un mes. Ahora bien, para
que eso suceda, necesitamos un espíritu de cooperación y confianza
mundial.
Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma
abierta y buscar humildemente asesoramiento, y ser capaces de confiar en
los datos y las ideas que reciben. También
necesitamos un esfuerzo mundial para
producir y distribuir equipos médicos; sobre todo, kits de pruebas y
respiradores. En lugar de que cada país trate de actuar localmente y
acumule todos los equipos que pueda acaparar, el
esfuerzo mundial coordinado
aceleraría enormemente la producción de equipos susceptibles de salvar
vidas y aseguraría una distribución más justa. Así como los países
nacionalizan sectores clave durante una guerra, la guerra humana contra
el coronavirus nos exige que “humanicemos” las cadenas de producción
cruciales. Un país rico con pocos casos de infectados debería estar
dispuesto a enviar los preciados equipos a un país más pobre con muchos
casos, convencido de que, si más tarde necesita ayuda, otros países se
la brindarán.
Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma abiertaConsideremos un esfuerzo mundial similar para
reunir personal médico.
Los países hoy menos afectados podrían enviar personal médico a las
regiones más afectadas del mundo, tanto para ayudarlos en sus momentos
de necesidad como para adquirir una valiosa experiencia. Si más adelante
el foco de la epidemia se desplaza, la ayuda podría empezar a fluir en
la dirección opuesta.
La cooperación mundial es esencial también en el
frente económico.
Dada la naturaleza global de la economía y las cadenas de suministro,
si cada gobierno obra por su cuenta haciendo caso omiso de los demás, el
resultado será el caos y el agravamiento de la crisis.
Necesitamos un plan de acción mundial, y lo necesitamos sin tardanza.
Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. No parece que haya adultos en la sala
Otro requisito es alcanzar un acuerdo mundial sobre los viajes. La suspensión de todos los viajes internacionales durante meses causará tremendas dificultades y obstaculizará la guerra contra el coronavirus. Los países deben cooperar para permitir que al menos un pequeño grupo de viajeros esenciales sigan cruzando las fronteras: científicos, médicos, periodistas, políticos, empresarios. Se puede conseguir mediante un acuerdo mundial sobre preselección de viajeros en el país de origen. Si sólo se permite subir a un avión a viajeros cuidadosamente seleccionados, se estará más dispuesto a aceptarlos en el país de destino.
Por desgracia, los países apenas toman hoy alguna de esas medidas. Una
parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional.
No parece que haya adultos en la sala.
La celebración de una reunión de emergencia de los dirigentes mundiales
para trazar a un plan de acción común habría sido deseable hace ya
muchas semanas. Sólo a mediados de marzo lograron los dirigentes del G-7
organizar una videoconferencia, sin que por otra parte saliera de ella
ningún plan en ese sentido.
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| El preidente de EE.UU., Donald Trump, en una rueda de prensa esta semana
(Kevin Dietsch / Bloomberg L.P. Limited Partnership)
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En anteriores crisis mundiales (como la crisis
económica de 2008 y la epidemia del ébola de 2014), Estados Unidos
asumió el papel de
líder mundial. Sin embargo, el actual gobierno estadounidense ha renunciado a la labor de liderazgo. Ha dejado bien claro que la grandeza de
Estados Unidos le importa mucho más que el futuro de la humanidad.
Esa administración ha abandonado incluso a sus aliados más estrechos. Cuando prohibió todos los viajes procedentes de la
Unión Europea,
ni siquiera se molestó en notificarla con antelación, y mucho menos en
llevar a cabo una consulta sobre una medida tan drástica. Ha
escandalizado a
Alemania ofreciendo supuestamente mil millones de
dólares a una empresa farmacéutica de ese país para comprar los
derechos monopólicos de una nueva vacuna contra la
covid-19.
Incluso si el actual gobierno estadounidense cambiara finalmente de
rumbo y presentara un plan de acción mundial, pocos seguirían a un
dirigente que nunca asume ninguna responsabilidad, nunca admite ningún
error y que acostumbra a atribuirse siempre todos los méritos y achacar
toda la culpa a los demás.
Toda crisis es una oportunidad: speremos que la actual epidemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del peligro que supone la desuniónSi el vacío dejado por Estados Unidos no es ocupado por otros
países, no sólo será mucho más difícil detener la actual epidemia, sino
que su legado seguirá envenenando las relaciones internacionales en los
próximos años. Sin embargo,
toda crisis es también una oportunidad. Esperemos que la actual epidemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del grave peligro que supone la desunión mundial.
Debemos tomar una decisión. ¿Viajaremos por la senda de la desunión o tomaremos el camino de la solidaridad mundial?
Elegir la desunión no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro.
Elegir la solidaridad mundial no sólo será una victoria contra el
coronavirus, sino también contra todas las futuras crisis y epidemias
que puedan asolar a la humanidad en el siglo XXI.
Fuente:
https://www.lavanguardia.com/internacional/20200405/48285133216/yuval-harari-mundo-despues-coronavirus.html