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sábado, 17 de diciembre de 2022

¿Por qué es tan estable el sistema neoliberal de dominación? | Byun Chul Han

 "La ideología de "comunidad" o "bienes comunes de colaboración" conduce a la capitalización total de la existencia. Hace que sea imposible ser amigable sin un propósito. En una sociedad de retroalimentación mutua y continua, la amistad también se comercializa."

Hace un año, respondí a la presentación de Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, donde chocaron dos críticas al capitalismo. Negri se había entusiasmado con la resistencia global al "Imperio", el sistema neoliberal de dominación. Se presentó como un revolucionario comunista y se refirió a mí como un académico escéptico.

Celosamente, invocó a la "Multitud", la masa en red de protesta y revolución en la que claramente confiaba para llevar al Imperio a una caída. El punto de vista del revolucionario comunista me pareció demasiado ingenuo y alejado de la realidad.

En consecuencia, traté de decir por qué la revolución ya no es posible hoy.

¿Por qué es tan estable el sistema neoliberal de dominación? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué la resistencia que ocurre tan rápidamente queda en nada? ¿Por qué, a pesar de la división cada vez mayor entre ricos y pobres, la revolución ya no es posible? Para explicar este estado de cosas, necesitamos una comprensión precisa de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Cualquiera que desee instalar un nuevo sistema de reglas debe eliminar la resistencia. Lo mismo vale para el orden neoliberal. Implementar un nuevo sistema de dominio requiere una instancia de poder que postula; a menudo, esto implica el uso de la fuerza. Sin embargo, la potencia que plantea un sistema no es idéntica a la potencia que estabiliza un sistema internamente. Como es bien sabido, Margaret Thatcher, la abanderada del neoliberalismo, trató a los sindicatos como "enemigos internos" y los combatió violentamente. Por todo eso, usar la fuerza para establecer la agenda neoliberal no equivale a un poder para preservar el sistema.

El poder de preservación del sistema no es represivo, sino seductor.

En la sociedad disciplinaria e industrial, el poder de preservación del sistema era represivo. Los trabajadores de las fábricas fueron brutalmente explotados por los dueños de las fábricas. Tal explotación violenta del trabajo de otros implicaba actos de protesta y resistencia. Allí, fue posible que una revolución derribara las relaciones permanentes de producción. En ese sistema de represión, tanto los opresores como los oprimidos eran visibles. Había un oponente concreto, un enemigo visible, y uno podía ofrecer resistencia.

El sistema de dominación neoliberal tiene una estructura completamente diferente. Ahora, el poder de preservación del sistema ya no funciona a través de la represión, sino a través de la seducción, es decir, nos lleva por mal camino. Ya no es visible, como fue el caso bajo el régimen de disciplina. Ahora, ya no hay un oponente concreto, ningún enemigo suprime la libertad que uno pueda resistir.

El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en un contratista libre, un empresario de sí mismo. Hoy, todos son trabajadores autoexplotadores en su propia empresa. Cada individuo es maestro y esclavo en uno. Esto también significa que la lucha de clases se ha convertido en una lucha interna con uno mismo. Hoy, cualquiera que no tenga éxito se culpa a sí mismo y se siente avergonzado. La gente se ve a sí misma, no a la sociedad, como el problema.

El sujeto subyugado ni siquiera es consciente de su subyugación.

Cualquier poder disciplinario que gaste esfuerzos para forzar a los seres humanos a entrar en una camisa de fuerza de mandamientos y prohibiciones resulta ineficiente. Es significativamente más eficiente asegurar que las personas se subordinen a la dominación por sí mismas. La eficacia que define el sistema hoy en día se debe al hecho de que, en lugar de operar a través de la prohibición y la privación, su objetivo es complacer y cumplir. En lugar de hacer que las personas cumplan, se esfuerza por hacerlas dependientes. Esta lógica de eficiencia neoliberal también es válida para la vigilancia. En la década de 1980, por citar un ejemplo, hubo protestas vehementes contra el censo nacional alemán. Incluso los escolares salieron a las calles.

Desde la perspectiva de hoy, la información solicitada en ella (profesión, niveles de educación y distancia del lugar de trabajo) parece casi ridícula. En ese momento, las personas creían que se enfrentaban al estado como una instancia de dominación que arrebataba los datos de los ciudadanos contra su voluntad. Ese tiempo ya pasó. Hoy, las personas se exponen voluntariamente. Precisamente esta sensación de libertad es lo que hace imposible la protesta. En contraste con los días del censo, casi nadie protesta contra la vigilancia. La libre revelación y la autoexposición siguen la misma lógica de eficiencia que la libre explotación. ¿Contra qué hay que protestar? ¿Uno mismo? La artista conceptual Jenny Holzer ha formulado la paradoja de la situación actual: "Protégeme de lo que quiero".

Es importante distinguir entre el poder que postula y el poder que preserva. Hoy, el poder que mantiene el sistema asume una apariencia "inteligente" y amigable. Al hacerlo, se vuelve invisible e inexpugnable. El sujeto subyugado ni siquiera reconoce que ha sido subyugado. El sujeto piensa que ella es libre. Este modo de dominación neutraliza la resistencia con bastante eficacia. La dominación que reprime y ataca la libertad no es estable. El régimen neoliberal se muestra estable al inmunizarse contra toda resistencia, porque hace uso de la libertad en lugar de reprimirla. Suprimir la libertad rápidamente provoca resistencia; explotar la libertad no.

Después de la crisis financiera asiática, Corea del Sur quedó paralizada y conmocionada. El FMI intervino y otorgó crédito. A cambio, el gobierno tuvo que hacer valer su agenda neoliberal por la fuerza. Este era un poder represivo que postulaba, del tipo que a menudo resulta violento y difiere del poder de preservación del sistema, que logra hacerse pasar por libertad.

Según Naomi Klein, el estado de conmoción social tras catástrofes como la crisis financiera en Corea del Sur, o la crisis actual en Grecia, ofrece la oportunidad de reprogramar radicalmente a la sociedad por la fuerza. Hoy, apenas hay resistencia en Corea del Sur. Todo lo contrario: prevalece un vasto consenso, así como depresión y agotamiento. Corea del Sur ahora tiene la tasa de suicidios más alta del mundo. Las personas ejercen violencia sobre sí mismas en lugar de buscar cambiar la sociedad. La agresión dirigida hacia afuera, que implicaría la revolución, ha dado lugar a la agresión dirigida hacia adentro, contra uno mismo.

Hoy en día, no existe una multitud colaborativa en red que pueda surgir en una masa global de protesta y revolución. En cambio, el modo de producción predominante se basa en autoemprendimientos solitarios y aislados, que también están separados de sí mismos. Las empresas solían competir entre sí. Dentro de cada empresa, sin embargo, podría ocurrir solidaridad. Hoy, todos compiten contra todos los demás, y también dentro de la misma empresa. Aunque tal competencia aumenta la productividad a pasos agigantados, destruye la solidaridad y el espíritu comunitario. Ninguna masa revolucionaria puede surgir de individuos agotados, depresivos y aislados.

El neoliberalismo no puede explicarse en términos marxistas. La famosa "alienación" del trabajo ni siquiera ocurre. Hoy, nos sumergimos ansiosamente en el trabajo, hasta que nos agotamos. La primera etapa del síndrome de burnout, después de todo, es la euforia. El agotamiento y la revolución son mutuamente excluyentes. En consecuencia, es un error creer que la Multitud desechará el parásito del Imperio para inaugurar una sociedad comunista.

La economía compartida conduce a la comercialización total de la vida.

¿Cómo están las cosas con el comunismo hoy? "Compartir" y "comunidad" se invocan constantemente. Se supone que la economía compartida reemplaza la economía de la propiedad y la posesión. Compartir es cuidar es la máxima de los "Circlers" en la reciente novela de Dave Eggers: compartir es curar, por así decirlo. La acera que conduce a la oficina corporativa de Circle está adornada con lemas como Community First y Humans Work Here. Un lema más honesto sería, Caring is Killing.

Los centros de viajes compartidos digitales, que nos convierten a todos en taxistas, también publicitan con atractivos para la comunidad. Pero se equivoca al afirmar, como Jeremy Rifkin en su último libro, The Zero Marginal Cost Society, que la economía compartida ha sonado el fin del capitalismo e inauguró una sociedad orientada a la comunidad en la que se valora más el compartir que el poseer. Lo opuesto es el caso: la economía colaborativa conduce finalmente a la comercialización total de la vida.

El cambio que celebra Rifkin, de poseer a "acceso", no nos ha liberado del capitalismo. Las personas sin dinero todavía no tienen acceso a compartir. Incluso en la era del acceso, todavía vivimos dentro de lo que Didier Bigo ha denominado el "Ban-opticon", y aquellos sin medios permanecen excluidos. "Airbnb", el mercado computarizado que convierte cada hogar en un hotel, incluso ha convertido la hospitalidad en una mercancía.

La ideología de "comunidad" o "bienes comunes de colaboración" conduce a la capitalización total de la existencia. Hace que sea imposible ser amigable sin un propósito. En una sociedad de retroalimentación mutua y continua, la amistad también se comercializa. Las personas son amigables para obtener mejores calificaciones.

La lógica dura del capitalismo prevalece incluso en el corazón de la economía colaborativa. Por agradable que sea compartir, nadie regala nada gratis. El capitalismo alcanza su plenitud cuando vende el comunismo como una mercancía. El comunismo como mercancía marca el fin de la revolución.

Fuente: https://www.bloghemia.com/2022/12/por-que-es-tan-estable-el-sistema.html?m=1

martes, 7 de julio de 2020

Presión para producir

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Surrealismo Internacional: Lou Dubois, buscador de estrellas
Lou Dubois
   La creciente atomización de la sociedad afecta también a la gestión de sus sentimientos. Cada vez se generan menos sentimientos comunitarios. A cambio predominan los sentimientos pasajeros y las pasiones transitorias como estados de un individuo aislado en sí mismo.
   A diferencia de las emociones y las pasiones, los sentimientos son capaces de hacerse comunitarios. La comunicación digital es manejada predominantemente por las pasiones. Propicia una descarga emocional inmediata. Twitter ha demotrado ser un medio emocional. La política es razón y mediación. La razón, que necesita mucho tiempo, retrocede hoy cada vez más frente a las pasiones a corto plazo.
   El régimen neoliberal individualiza a los hombres. Al mismo tiempo se evoca la empatía. La sociedad ritual no necesita empatía, pues es una caja de resonancia. Es justamente en una sociedad atomizada donde se exige ruidosamente la empatía. La actual promoción a lo grande de la empatía obedece sobre todo a motivos económicos. La empatía se aplica como eficiente medio de producción. Sirve para influir y manejar emocionalmente a la persona. En el régimen neoliberal no solo se explota el tiempo laboral, también la persona entera. La gestión emocional resulta ser aquí más eficaz que la gestión racional. [...]
   La comunicación sin comunidad se puede acelerar, ya que es aditiva. Por el contrario los rituales son procesos narrativos, no permiten ninguna aceleración. Los símblos están detenidos, las informaciones no. Las informaciones existen en la medida en que circulan. El silencio no significa otra cosa que detención de la comunicación. El silencio no produce nada. En la época posindustrial el ruido de las máquinas deja paso al ruido de la comunicación. El aumento de información y de comunicación promete un incremento de la producción. Así es como la presión para producir se expresa como una presión para comunicar....

La desaparición de los rituales
Byung-Chul Han

lunes, 15 de junio de 2020

Byung-Chul Han: la desaparición de los rituales nos ahoga

Entrevistar a Byung-Chul Han es todo un ritual. Sólo acepta preguntas por escrito y sólo responde en alemán. Como si se asegurara de que su interlocutor está dispuesto a sortear complicaciones. Nació en Seúl, en Corea del Sur, en 1959, y no llegó a Alemania hasta sus 26 años. El alemán no es su primera lengua pero sí en la que se asienta el pensamiento de un filósofo que transmite sus ideas con gran claridad, en libros breves pero intensos que no precisan de una erudición sobrehumana para ser asimilados. Como si supiera a qué tipo de realidad se está enfrentando, una en la que las personas están cansadas, en muchos casos explotadas y en la que los matices entre público y privado se desdibujan hasta casi desaparecer.

Esta cualidad premonitoria de Han tiene en 2020 algo de catártico pues acaba de publicar en España un libro, La desaparición de los rituales (editorial Herder) -Alemania lo leyó el año pasado- que adelantaba lo que ahora sabemos: «que los rituales dan estabilidad a la vida y son en el tiempo lo que una vivienda en el espacio". Sus querencias, el narcisismo exacerbado de la sociedad moderna, la muerte del deseo y la omnipotencia del consumo se analizan desde este ángulo, dibujando un panorama que, más que nunca, exige la rápida actuación del ser humano.

Dice en su último libro que nos han vendido un estilo de vida intenso, y señala que quien espera siempre lo nuevo, lo estimulante, pasa por alto lo que ya existe. ¿Puede la pandemia reconducirnos a una vida distinta?

Algunos sociólogos ya están difundiendo un romanticismo del coronavirus. Hablan de desaceleración o de sosiego. Según ellos, esta sería una oportunidad. Volveríamos a tener tiempo para prestar atención al canto de los pájaros o para detenernos a oler el aroma de las flores. Pero conviene mantener un cierto escepticismo. Lo que probablemente sucederá es que tras la epidemia el capitalismo avanzará aún con mayor ímpetu y que nosotros viajaremos aún con menos escrúpulos. La presión para aportar rendimiento, para optimizarnos y para competir seguirá aumentando. En este momento el capitalismo no está siendo desacelerado, sino retenido. Reina una paralización nerviosa, una calma tensa. No nos abandonamos al sosiego, nos han obligado a una inactividad. La cuarentena no es un tiempo de tranquilidad. No se producirá ninguna revolución viral.

¿Acepta que se ha acelerado lo que usted plantea en su libro, que los rituales están desapareciendo?

La pandemia remata la desaparición de los rituales. También el trabajo tiene aspectos rituales. Uno va al trabajo a las horas fijadas. Y el trabajo se hace en comunidad. También el coworking o trabajo cooperativo apunta al carácter comunitario. Pero en el teletrabajo, al que la pandemia obliga, esta dimensión ritual se pierde por completo. En El principito de Saint-Exupéry el pequeño príncipe le pide al zorro que lo visite siempre a la misma hora, para que la visita se convierta en un ritual. El principito le explica al zorro qué es un ritual. Los rituales son en el tiempo lo que una vivienda es en el espacio. Hacen habitable el tiempo, como si fuera una casa. Ordenan el tiempo y de este modo hacen que tenga sentido para nosotros. El tiempo carece hoy de una estructura firme. No es una casa, sino un flujo inconstante. Antes era también todo un ritual ver un programa de televisión un determinado día de la semana a una determinada hora, toda la familia. Hoy se puede ver un programa a cualquier hora, cada uno por su cuenta. Eso no significa directamente que tengamos cada vez más libertad. La flexibilización total de la vida también acarrea pérdidas. Los rituales no son simples restricciones de la libertad, sino que dan estructura y estabilidad a la vida. Consolidan en el cuerpo valores y órdenes simbólicos que dan cohesión a la comunidad.

En los rituales experimentamos corporalmente la comunidad, la cercanía comunitaria. La digitalización descorporiza el mundo. Y a esto se suma ahora la pandemia. Ella agudiza la pérdida de la experiencia corporal comunitaria.

Otra consecuencia es la pérdida de imagen pública. ¿Podría el rostro convertirse en una prerrogativa de la intimidad?

No me gustaría recibir los últimos sacramentos de un sacerdote que lleva puesta una mascarilla protectora. La pandemia está poniendo de manifiesto que vivimos en la sociedad de la supervivencia. Sobrevivir lo es todo, como si nos halláramos en un estado de guerra permanente. Todas las fuerzas vitales se emplean hoy para prolongar la vida. En vista de la pandemia la sociedad de la supervivencia prohíbe las misas incluso en Pascua. Hasta los sacerdotes practican la distancia social y llevan mascarillas protectoras. Sacrifican completamente la fe a la supervivencia. ¿La caridad? Se expresa guardando la distancia. El virus derroca a la fe. Todo el mundo está pendiente de lo que dicen los virólogos, que adquieren así el monopolio absoluto de la interpretación. La narrativa de la resurrección queda totalmente desbancada por la ideología de la salud y de la supervivencia. Ni siquiera el Papa Francisco es una excepción. San Francisco abrazaba leprosos...

El ritual que más ha visto acelerada su desaparición con la Covid-19 ha sido el del duelo.

En los ritos de duelo la aflicción se mancomuna. Facilitan el proceso individual. La ceremonia funeraria se aplica como un barniz protector sobre la piel, que la aísla para preservarla de las atroces quemaduras ante la muerte de una persona amada. Y los últimos sacramentos facilitan la muerte, dan apoyo al moribundo. Los rituales son también dispositivos de protección. Cuando desaparecen, nos sentimos a la intemperie. Por eso he escrito que los rituales son técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el estar en el mundo en un estar en casa. Convierten el mundo en un lugar fiable.

Algo positivo es que, mascarillas de por medio, cobran mayor importancia las miradas: ¿incidirán en un regreso a la seducción y hacia la empatía?

Hoy ya solo miramos nuestro smartphone. Cada vez nos miramos menos entre nosotros. Incluso la madre está mirando permanentemente su smartphone en lugar de devolverle la mirada al niño. En la mirada de la madre el niño encuentra apoyo, confirmación y comunidad. La mirada de la madre infunde una confianza primordial. La falta de mirada provoca un trastorno en la relación consigo mismo y con los demás, y es también causante de la actual pérdida de la empatía. En mi libro La expulsión de lo distinto escribí que el otro se revela sobre todo como mirada. El smartphone y la digitalización hacen que vivamos en una sociedad sin mirada. La comunicación digital tiene consecuencias negativas en nuestra relación con el otro. Cada vez perdemos más empatía. Hace 10 años, la famosa artista de performances Marina Abramovic hizo una memorable en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que consistía en un ritual de la mirada. Durante tres meses permaneció sentada en una silla, ocho horas al día, mirando fijamente a los ojos a la persona que estaba sentada enfrente. Fue un evento muy emocional. Algunos se sintieron tan sobrecogidos por la penetrante mirada de la artista que rompieron a llorar. Pienso que la mirada puede sanar, que puede sacarnos del aislamiento narcisista. Imagínese usted que a causa del coronavirus Marina Abramovic llevara puesta una mascarilla durante su performance. Su mirada no produciría ningún efecto. Pienso que el rostro enmascarado aísla a las personas sin que lo noten y acelera la desaparición de la empatía.

Hay quienes dicen que, tras la pandemia, el mundo, o el ser humano, será otro. Y quienes mantienen que seguiremos mostrando la misma miseria de siempre. ¿Habrá cambios que se mantengan o todo depende de la vacuna?

De una manera imperceptible la distancia social acabará dejando sus huellas. Ya se está convirtiendo en un acto de distinción social. Solo los ricos se pueden permitir la distancia social. Se retiran a sus villas en el campo, mientras que los pobres siguen teniendo que viajar al trabajo desde los suburbios en trenes repletos. La pandemia amenaza a nuestro liberalismo. Pronto se impondrá la evidencia de que, para combatirla, conviene centrar la mirada en el individuo. Pero el liberalismo no permitirá que esto se produzca sin más. Una sociedad liberal consta de individuos con libertad de movimiento, que no toleran la intervención estatal. La protección de datos impide la vigilancia de los individuos y, como la sociedad liberal no cuenta con la posibilidad de tomar al individuo particular como objeto de la vigilancia, lo único que le queda es un shutdown o cierre total con enormes consecuencias económicas. Occidente pronto se dará cuenta de una verdad fatídica: que lo único que puede impedir ese shutdown es una biopolítica, una vigilancia digital del cuerpo que permita acceso irrestricto al individuo. Pero darse cuenta de esto significa el final del liberalismo.

Usted quiso estudiar literatura, dice que ya que ya nadie lee poesía y que esto es otro síntoma de la pérdida de rituales.

En los poemas juega el lenguaje. Al hacer poesía, jugamos con el lenguaje. También el ritual es un juego. Uno de los motivos, y no el menos importante, por los que hoy apenas leemos poesía es que hemos olvidado lo lúdico. A cambio, leemos muchas novelas de intriga. Las novelas de suspense proporcionan un desvelamiento progresivo de la verdad, como si fuera un destape. Ese desvelamiento es pornográfico. En la pornografía, la verdad es el sexo. No leemos poemas aguardando la verdad final. No tienen nada que desvelar, no permiten una lectura pornográfica. También en la sexualidad hemos dejado de jugar, lo que cuenta hoy es el rendimiento. También en el amor se está perdiendo lo lúdico. En la época de Tinder ya no hay seducción ni rituales de seducción, se va directamente al asunto. Pero lo erótico es el juego con las cosas secundarias. Librémonos de la idea de que todo placer procede del cumplimiento de un deseo. Solo la sociedad de consumo se rige por los deseos. En un juego compartido yo no trato de satisfacer mi deseo. No estoy afirmando que debamos regresar al pasado. Más bien abogo por inventar nuevas formas de actuar y de jugar en común, formas que se desarrollen más allá del ego, más allá del deseo, más allá del consumo, y que generen una comunidad. Mi libro apunta a una sociedad venidera. Con la pandemia experimentamos hasta qué punto son importantes los juegos y los rituales. Ni siquiera se nos permitía comer juntos. Juntarse para comer no se puede digitalizar».

Fuente: https://elmanifiesto.com/cultura/726891239/Byung-Chul-Han-la-desaparicion-de-los-rituales-nos-ahoga.html

lunes, 23 de marzo de 2020

El filósofo Byung-Chul Han sobre la pandemia: El COVID-19 no vencerá al capitalismo

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han es, sin duda, uno de los filósofos más famosos y respetados de la actualidad. Es un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo.

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras.

Compartimos con vosotros el análisis del filósofo de origen coreano y residente en Berlín, a propósito de la pandemia desatada por el el coronavirus COVID-19.

byung chul han cultura inquieta
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han

Entre los varios análisis y artículos de opinión y reflexión que sin duda muchos esperábamos a propósito del momento en que vivimos se encuentra el de Byung-Chul Han, un filósofo especialmente agudo e inteligente y en quien destaca una capacidad de síntesis pocas veces vista en la historia de la disciplina.

A Han le debemos algunos conceptos particularmente útiles para entender nuestra época, entre otros, los de la “sociedad del cansancio”, el “sujeto del rendimiento” y la idea de “positividad” como una característica fundamental de nuestras sociedades (para Han vivimos en un “infierno de lo igual”, en donde el afán de efectividad y optimización hace que todo tienda a parecerse).

Este 21 de marzo, el diario El País publicó un texto en el que Han examina algunos de los efectos que ha tenido la crisis sanitaria, social y geopolítica desatada por el coronavirus COVID-19, surgido en China pero que a la fecha se encuentra ya en todo el mundo. El filósofo se detiene en algunos fenómenos puntuales provocados por esta pandemia.

Han comienza por señalar el regreso de la soberanía al que se asiste en Europa, el cual se manifiesta en los actos del cierre de fronteras, la prohibición del paso a inmigrantes y otros que, a decir del filósofo, son anacrónicos, pues corresponden a una idea pasada y sin vigencia tanto del “soberano” (en el sentido de dirigente de un país) como de la soberanía de un Estado.

Por otro lado, Han esgrime algunos elementos sobre la superioridad de la respuesta de los gobiernos asiáticos frente a la epidemia (en comparación con los gobiernos europeos), que se explica según Han por el uso que han dado éstos al “big data”, esto es, al enorme cúmulo de datos e información que proviene sobre todo del uso de los teléfonos inteligentes, las tarjetas de crédito y el Internet en general, lo cual ha permitido rastrear con un detalle inusitado los movimientos de personas contagiadas de COVID-19 o en riesgo de contagio.

Según el filósofo, esta estrategia sería impensable en los países europeos, donde las ideas de “privacidad”, “intimidad” e “individualidad” se combinan para crear una gran resistencia social al uso de los datos personales. “Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa”, dice contundentemente el filósofo.

Finalmente, Han intenta dar respuesta a la que sin duda es una pregunta que muchísimas personas tienen ahora en mente: ¿por qué si el virus no es tan letal (su tasa de mortalidad continúa alrededor del 4%, esto es, cerca de 4 personas fallecidas por cada 100 infectados), por qué entonces la respuesta del mundo ha sido tan desmedida, en especial la respuesta simbólica: la respuesta emocional colectiva, la de los mercados financieros, la de los discursos políticos, etc.? En términos generales puede decirse que se ha creado un ambiente general de pánico excesivo que no parece corresponderse del todo con las cifras absolutas del daño provocado por el coronavirus? “Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía”, dice Han. ¿Por qué?

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El filósofo surcoreano Byung-Chul Han
 A decir del filósofo, esta reacción puede comenzar explicarse con la hipótesis de que “hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos”, una idea quizá un tanto arriesgada o que podría percibirse como alejada del problema pero que, en el sistema de pensamiento del filósofo, guarda coherencia con varias de sus exposiciones previas. Escribe Han:
"En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas.

Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo.

Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital.

La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo.

Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva.

La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo."

Y continúa:
"Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus.

Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera.

El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente."

Hasta este punto, la perspectiva de Han se asienta, como vemos, en su idea de la “positividad”: dado que las sociedades contemporáneas han tendido (voluntaria e involuntariamente) a expulsar todo indicio de negatividad, de diferencia y de otredad (en aras de conservar únicamente lo funcional, lo útil, lo eficaz, etc., lo cual en última instancia deriva en “lo mismo”), ahora que se presenta un elemento que justamente reúne todas esas características: es ajeno, es imprevisible, es nuevo (y, por lo tanto, diferente), es nocivo…

En fin, es la negatividad condensada en un sólo agente. No resulta extraño entonces que, desde la hipótesis de Han, en sociedades como las actuales, tan acostumbradas a únicamente dar cabida a lo “positivo”, la irrupción de este nodo de negatividad sea recibido con reacciones tan excesivas en el orden simbólico.

A esta idea Han añade otro elemento que es igualmente interesante y necesario para pensar la situación contemporánea, no sólo al respecto de la epidemia sino a la forma en que habitamos la realidad; dice el filósofo:
"Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa.

La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia.

Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción.

La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad."

En la tendencia hacia la positividad hemos creado un recelo hacia todo lo que implique contradicción, conflicto, desencuentro, siendo que, como sugiere Han entre líneas, estos y otros son estados propios de nuestra relación con la realidad.

El filósofo lo resume con maestría: “la realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece”.
Dicho con otras palabras, no hay ni experiencia ni conocimiento de la realidad si no aceptamos que, por definición, ésta se nos resiste.

Paradójicamente, en nuestra resistencia a esa resistencia, es decir, en nuestra reticencia a aceptar que para experimentar y conocer la realidad tenemos que lidiar con las contradicciones propias de ésta, con sus conflictos y los desencuentros que emanan de ella.

De otro modo, nos estamos negando a experimentar lo que vivimos, creándonos una barrera de falsedad en la percepción que se interpone entre la realidad y nuestra experiencia de ésta.

¿Necesitamos, entonces, de un enemigo? Expresada así, la idea suena quizá un tanto radical. Pero es claro, si seguimos la argumentación de Han, que el mundo necesita de la negatividad (en todas sus expresiones) para despertar del letargo en el que ha vivido al menos desde el fin de la Guerra Fría.
Las inercias derivadas del capitalismo en las que viven ahora las sociedades de prácticamente todo el mundo –la ganancia económica como objetivo señero de toda acción, el individualismo, el racionalismo aplicado a ultranza y en todos los campos posibles, la pretendida primacía de la ciencia como único saber válido, etc.– tienen que detenerse en algún punto.

Y no es que el virus sea ese punto. Como dice Han: contrario a lo que piensa Slavoj Zizek, “el virus no vencerá al capitalismo”. Pero sí, en todo caso, esta crisis inicialmente sanitaria está dejando ver todos esos ámbitos en donde es necesario reconsiderar nuestras formas de ser y estar en el mundo.

A este respecto, Han termina su texto de este modo:
"Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta."

Texto completo de Byung-Chul Han: La emergencia viral y el mundo de mañana, en El País

Fuente: https://culturainquieta.com/es/pensamiento/item/16613-el-filosofo-byung-chul-han-sobre-la-pandemia-el-covid-19-no-vencera-al-capitalismo.html

jueves, 27 de diciembre de 2018

El tiempo bueno

Resultado de imagen de Die Austreibung des Anderen


Lo que Momo podía hacer mejor que nadie era escuchar. Eso no es nada particular, dirá quizá algún que otro lector, escuchar es algo que puede hacer cualquiera. Pero eso es un error. Escuchar de verdad es algo que solo muy pocos hombres pueden hacer. Y el modo en que Momo sabía escuchar era singular. 
Momo. Michael Ende

...
   La escucha tiene una dimensión política. Es una acción, una participación activa en la existencia de otros, y también en sus sufrimientos. Es lo único que enlaza e intermedia entre hombres para que ellos configuren una comunidad. Hoy oímos muchas cosas, pero perdemos cada más la capacidad de escuchar a otros y de atender a su lenguaje y a su sufrimiento. Hoy, de alguna manera, cada uno se queda a solas con su sufrimientos y sus miedos. El sufrimiento se privatiza y se individualiza, pasando a ser así objeto de una terapia que trata de curar el yo y su psique. Todo el mundo se avergüenza, pero cada uno se culpa solo a sí mismo de su endeblez y de sus insuficiencias. No se establece ningún enlace entre mi sufrimiento y tu sufrimiento. Se pasa por alto la sociabilidad del sufrimiento.
   La estrategia de dominio consiste hoy en privatizar el sufrimiento y el miedo, ocultando con ello su sociabilidad, es decir, impidiendo su socialización, su politización. La politización significa la transposición de lo privado a lo público. Lo que hoy sucede es más bien que lo público se disuelve en lo privado. La esfera pública se desintegra en esferas privadas.
   La voluntad política de configurar un espacio público, una comunidad de la escucha, el conjunto político de oyentes, está menguando radicalmente. La interconexión digital favorece este proceso. Internet no se manifiesta hoy como un espacio de la acción común y comunicativa. Más bien se desintegra en espacios expositivos del yo, en los que uno hace publicidad sobre todo de sí mismo. Hoy internet no es otra cosa que una caja de resonancia del yo aislado. Ningún anuncio escucha.[...]
   La alborotada sociedad del cansancio es sorda. A diferencia de ella, la sociedad venidera podría llamarse una sociedad de los oyentes y de los que atienden. Hoy es necesaria una revolución temporal que haga que comience un tiempo totalmente distinto. Se trata de redescubir el tiempo del otro. La actual crisis temporal no es la aceleración, sino la totalización del tiempo del yo. El tiempo del otro no se somete a la lógica del incremento del rendimiento y la eficiencia, la cual genera una presión para acelerar. La política temporal neoliberal elimina el tiempo del otro, que por sí mismo sería un tiempo improductivo. La totalizacción del tiempo del yo viene acompañada de la totilización de la producción, que hoy abarca todos los ámbitos vitales y conduce a una explotación total del hombre. La política temporal neoliberal elimina también el tiempo de la fiesta, el sublime tiempo nupcial, que no se somete a la lógica de la producción. Conduce a la eliminación de la producción. A diferencia del tiempo del yo, que nos aísla y nos individualiza, el tiempo del otro crea una comunidad. Por eso es un tiempo bueno.

La expulsión de lo distinto
Byung-Chul Han

viernes, 9 de marzo de 2018

Protégeme de lo que quiero


LOUI JOVE
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  Hoy vivimos en un sistema neoliberal que elimina estructuras estables en el tiempo, que para incrementar la productividad fragmenta el tiempo de vida y hace que lo vinculante y obligatorio se vuelva obsoleto. Esta política temporal neoliberal genera miedo e inseguridad. Y el neoliberalismo individualiza al hombre convirtiéndolo en un aislado empresario de sí mismo. La individualización que acompaña a la pérdida de solidaridad y a la competencia total provoca miedo. La pérfida lógica del neoliberalismo reza: el miedo incrementa la productividad.[...]
   En el régimen neoliberal la explotación ya no se produce como alienación y desrealización de sí mismo, sino como libertad, como autorrealización y autooptimización. Aquí ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar y aliena de mí mismo. Más bien, yo me exploto a mí mismo voluntariamente creyendo que me estoy realizando. Esta es la pérfida lógica del neoliberalismo. Así es también la primera fase de euforia del proceso de burnout o "síndrome del trabajador quemado". Me lanzo eufórico a trabajar, hasta que me derrumbo. Me mato a realizarme. Me mato a optimizarme. Tras el espejismo de la libertad se esconde el dominio neoliberal. El dominio se consuma en el momento en que coincide con la libertad. Esta sensación de libertad resulta fatídica en la medida en que vuelve imposible toda resistencia, toda revolución ¿Contra qué debería dirigirse la revolución? Al fin y al cabo, no existen otros de quienes provenga una represión. La perogrullada de Jenny Holzar, "protégeme de lo que quiero", expresa de manera certera este cambio de paradigma.
   Hoy está surgiendo una nueva forma de alienación. Ya no se trata de una alienación en relación con el mundo o con el trabajo, sino de autoalienación destructiva, de una alienación de sí mismo. Esta autoalienación se produce justamente en el curso de los procesos de autooptimización y autorrealización. En el momento en que el sujeto que se siente forzado a aportar rendimientos se percibe a sí mismo -por ejemplo su propio cuerpo- como un objeto funcional que hay que optimizar, entonces se va alienando progresivamente de él.  No solo la autoexplotación resulta autodestructiva, también esa autoalienación que se expresa patológicamente como trastorno en la percepción neuropsicológica del organismo. La anorexia, la bulimia o el trastorno de sobreingesta compulsiva son síntomas de una progresiva alienación de sí mismo. Al final uno ya no siente su propio cuerpo.....


Byung-Chul Han

miércoles, 7 de febrero de 2018

“Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo, explica en Barcelona sus críticas al “infierno de lo igual”

El filósofo Byung-Chul Han, ayer en Barcelona. Massimiliano Minocri / epv

Las Torres Gemelas, edificios iguales entre sí y que se reflejan mutuamente, un sistema cerrado en sí mismo, imponiendo lo igual y excluyendo lo distinto y que fueron objetivo de un atentado que abrió una brecha en el sistema global de lo igual. O la gente practicando binge watching (atracones de series), visualizando continuamente solo aquello que le gusta: de nuevo, proliferando lo igual, nunca lo distinto o el otro... Son dos de las potentes imágenes que utiliza el filósofo Byung-Chul Han (Seúl, 1959), uno de los más reconocidos diseccionadores de los males que aquejan a la sociedad hiperconsumista y neoliberal tras la caída del muro de Berlín. Libros como La sociedad del cansancio, Psicopolítica o La expulsión de lo distinto (en España, publicados por Herder) compendian su tupido discurso intelectual, que desarrolla siempre en red: todo lo conecta, como hace con sus manos muy abiertas, de dedos largos que se juntan mientras cimbrea una corta coleta en la cabeza.

“En la orwelliana 1984 esa sociedad era consciente de que estaba siendo dominada; hoy no tenemos ni esa consciencia de dominación”, alertó ayer en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), donde el profesor formado y afincado en Alemania disertó sobre la expulsión de la diferencia. Y dio pie a conocer su particular cosmovisión, construida a partir de su tesis de que los individuos hoy se autoexplotan y sienten pavor hacia el otro, el diferente. Viviendo, así, en “el desierto, o el infierno, de lo igual”.

Autenticidad. Para Han, la gente se vende como auténtica porque “todos quieren ser distintos de los demás”, lo que fuerza a “producirse a uno mismo”. Y es imposible serlo hoy auténticamente porque “en esa voluntad de ser distinto prosigue lo igual”. Resultado: el sistema solo permite que se den “diferencias comercializables”.

Autoexplotación. Se ha pasado, en opinión del filósofo, “del deber de hacer” una cosa al “poder hacerla”. “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”, y si no se triunfa, es culpa suya. “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”. Y la consecuencia, peor: “Ya no hay contra quien dirigir la revolución, no hay otros de donde provenga la represión”. Es “la alienación de uno mismo”, que en lo físico se traduce en anorexias o en sobreingestas de comida o de productos de consumo u ocio.

‘Big data’.“Los macrodatos hacen superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual... Estamos en pleno dataísmo: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino que es resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba; lo vemos en China con la concesión de visados según los datos que maneja el Estado o en la técnica del reconocimiento facial”. ¿La revuelta pasaría por dejar de compartir datos o de estar en las redes sociales? “No podemos negarnos a facilitarlos: una sierra también puede cortar cabezas... Hay que ajustar el sistema: el ebook está hecho para que yo lea, no para que me lea a mí a través de algoritmos... ¿O es que el algoritmo hará ahora al hombre? En EE UU hemos visto la influencia de Facebook en las elecciones... Necesitamos una carta digital que recupere la dignidad humana y pensar en una renta básica para las profesiones que devorarán las nuevas tecnologías”.

Comunicación. “Sin la presencia del otro, la comunicación degenera en un intercambio de información: las relaciones se reemplazan por las conexiones, y así solo se enlaza con lo igual; la comunicación digital es solo vista, hemos perdido todos los sentidos; estamos en una fase debilitada de la comunicación, como nunca: la comunicación global y de los likes solo consiente a los que son más iguales a uno; ¡lo igual no duele!”.

Jardín. “Yo soy diferente; estoy envuelto de aparatos analógicos: tuve dos pianos de 400 kilos y durante tres años he cultivado un jardín secreto que me ha dado contacto con la realidad: colores, olores, sensaciones... Me ha permitido percatarme de la alteridad de la tierra: la tierra tenía peso, todo lo hacía con las manos; lo digital no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está... Es la abolición de la realidad; mi próximo libro será ese: Elogio de la tierra. El jardín secreto. La tierra es más que dígitos y números.

Narcisismo. Sostiene Han que “ser observado hoy es un aspecto central de ser en el mundo”. El problema reside en que “el narcisista es ciego a la hora de ver al otro” y sin ese otro “uno no puede producir por sí mismo el sentimiento de autoestima”. El narcisismo habría llegado también a la que debería ser una panacea, el arte: “Ha degenerado en narcisismo, está al servicio del consumo, se pagan injustificadas burradas por él, es ya víctima del sistema; si fuera ajeno al mismo, sería una narrativa nueva, pero no lo es”.

Otros. Es la clave de sus reflexiones más recientes. “Cuanto más iguales son las personas, más aumenta la producción; esa es la lógica actual; el capital necesita que todos seamos iguales, incluso los turistas; el neoliberalismo no funcionaría si las personas fuéramos distintas”. Por ello propone “regresar al animal original, que no consume ni comunica desaforadamente; no tengo soluciones concretas, pero puede que al final el sistema implosione por sí mismo... En cualquier caso, vivimos en una época de conformismo radical: la universidad tiene clientes y solo crea trabajadores, no forma espiritualmente; el mundo está al límite de su capacidad; quizá así llegue un cortocircuito y recuperemos ese animal original”.

Refugiados. Han es muy claro: con el actual sistema neoliberal “no se siente temor, miedo o asco por los refugiados sino que son vistos como carga, con resentimiento o envidia”; la prueba es que luego el mundo occidental va a veranear a sus países.

Tiempo.Es necesaria una revolución en el uso del tiempo, sostiene el filósofo, profesor en Berlín. “La aceleración actual disminuye la capacidad de permanecer: necesitamos un tiempo propio que el sistema productivo no nos deja; requerimos de un tiempo de fiesta, que significa estar parados, sin nada productivo que hacer, pero que no debe confundirse con un tiempo de recuperación para seguir trabajando; el tiempo trabajado es tiempo perdido, no es tiempo para nosotros”.

 Fuente: https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html?id_externo_rsoc=TW_CM