Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934.
Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City
Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender
plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de
Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la
raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia
inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”.
Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado
tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de
conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida,
esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas.
Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue
asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más
tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores
militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand
Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en
toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de
querer un país menos injusto.
El voto y el veto
Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la
dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se
llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó
encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le
prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por
ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de
cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el
pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que
Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para
dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los
campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:
-Recite la lección.
Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que
desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres
amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los
profesores dan por perdido el examen.
La coartada demográfica
A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No
bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el
embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el
problema:
-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede. Y se rió.
Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó
las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más
superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania:
tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.
En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la
miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los
pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está
superpoblado… de artistas. En realidad, la coartada demográfica es más o
menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales
hablaban más claro.
La tradición racista
Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se
retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y
derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a
los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado,
justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza
negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia
inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”.
Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado
tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de
conservar la civilización que habían dejado los franceses”.
Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia:
una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu
de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El
azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su
producción. Dichos esclavos son
negros
desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es
casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un
ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un
cuerpo enteramente negro”.
En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los
negros
eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la
naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo
debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba
el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl
von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con
precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de
costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David
Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas
habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.
La humillación imperdonable
En 1803 los
negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta
humillación
infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las
Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero
tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón
y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los
hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y
serán inferiores.
La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana
había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las
calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la
población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La
nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba,
nadie le vendía, nadie la reconocía.
El delito de la dignidad
Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de
firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había
podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya
España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno
haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con
la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que
al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este
compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran
Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a
las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero
invitó a Inglaterra.
Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de
la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de
la anatomía, descubría en París que los
negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras
dictaduras
militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la
deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a
Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber
cometido el delito de la dignidad.
La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del
racismo en la civilización occidental.
www.ecoportal.net
Eduardo Galeano
Fuente:
http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Globalizacion/los_pecados_de_haiti