sábado, 27 de abril de 2019

Explotadas en nombre de Dios

Las supervivientes de los conventos holandeses de las Hermanas del Buen Pastor denuncian la violación de sus derechos humanos y piden al Gobierno disculpas y compensación

Anita Suuroverste, la segunda por la derecha, estuvo internada en el convento de Zoeterwoude, en el municipio de Leiderdorp, al oeste de Holanda.
Anita Suuroverste, la segunda por la derecha, estuvo internada en el convento de Zoeterwoude, en el municipio de Leiderdorp, al oeste de Holanda.
 El trabajo de lavandería y costura que se vieron forzadas a efectuar en Holanda cerca de 15.000 mujeres entre 1876 y 1978, en los conventos de la orden de las Hermanas del Buen Pastor ha llegado este martes al Congreso de los Diputados. Entraron en su adolescencia y juventud, y una representación de las supervivientes ha sostenido ante la Comisión de Justicia y Seguridad que el abuso sufrido violó sus derechos humanos. Piden una disculpa oficial, y a ser posible, una compensación económica, porque las encerraron contra su voluntad sin dar explicaciones. Y porque su esfuerzo enriqueció a unas monjas que les arrebataron su identidad, no les dejaron estudiar y cuando las devolvieron a la sociedad, cargaban con el estigma de una mala reputación. El viernes las esperan también en el ministerio de Justicia.

Joke Vermeulen tiene 64 años y la llevaron a los 14 a uno de los conventos del Buen Pastor. En La Haya, ante los diputados, se ha sumado a la petición de que se arbitre una disculpa oficial para todas las mujeres y que puedan ser compensadas. “Éramos esclavas en jornadas de trabajo de lunes a sábado y sin poder hablar entre nosotras ni hacer amigas. Todo estaba prohibido y no había escuela o cuidados médicos. De pequeña, hacia los 7 años, un conocido de mi madre abusó de mí. Ella lo sabía porque aquel hombre venía todas las semanas, pero no hizo nada. Desde entonces, fui de un internado religioso a otro, aunque nunca me habían maltratado. Entré en el Buen Pastor sin saber las razones del traslado”, dice. Durante la comparecencia, Jan van Dijk, experto en Ciencia de la Victimología, subrayó la responsabilidad del Estado en el abandono sufrido por las internas, y el hecho de que “tanto su internamiento como los trabajos forzados son delitos a escala internacional”.

Arriba, Joke Vermeulen de joven. Abajo, ella misma en primer plano, junto a Anita Suuroverste.
Las monjas recibían pupilas remitidas por los servicios sociales, protección del menor o los tribunales, de modo que las instituciones debían supervisar e inspeccionar las residencias. “Pero nos dejaron solas, cuando veníamos de familias rotas o con problemas. Acabamos siendo víctimas de unas monjas que ganaron mucho dinero con nuestro esfuerzo”. La ropa lavada, las camisas cosidas para el Ejército, los manteles y servilletas, eran encargos de tiendas, y también de organismos públicos que pagaban a la orden religiosa. A la página de Facebook abierta en 2018 para recoger los testimonios de otras víctimas, acudieron cerca de 140 mujeres, de las cuales 85 siguen así en contacto. Este mayo hay organizados encuentros regionales para conocerse, y se ha recordado a la comisión parlamentaria que no puede perder el tiempo.

“La más veterana de entre nosotras ha cumplido 85 años. Las hermanas del Buen Pastor que quedan son centenarias; la más joven tiene 75 años. La orden dice que lo ocurrido 'era producto de las costumbres de la época´, y que rezará por nosotras. Pero hay testimonios de adopciones forzadas de hijos de las internas, y también de abortos efectuados allí dentro, con un médico y en presencia de las monjas. Las mujeres que lo cuentan no mienten. Hay que actuar de una vez”, dice Joke. Cuando ella salió, a los 17 años, carecía de voluntad propia. “Me habían robado la identidad. Recuerdo que nos daban una pastilla cada noche, y por la mañana trabajaba más despacio. Las monjas te llamaban perezosa y podían castigarse en una celda de aislamiento. He conseguido avanzar con mucho esfuerzo. Me casé dos veces, tengo tres hijos y lo he hecho lo mejor que he podido, pero es difícil cuando nunca te dieron amor”.
Arriba, Joke Vermeulen de joven. Abajo, ella misma en primer plano, junto a Anita Suuroverste.
Explotadas en nombre de DiosAnnemie Knibbe, consejera holandesa de la Fundación de Mujeres para los Menores Víctimas de Abusos Eclesiales Históricos, y confidente de las supervivientes del Buen Pastor, ha ilustrado “el efecto anímico, social, de salud y económico que ha tenido en sus vidas el régimen impuesto por la Iglesia católica en connivencia con el poder político, en un entorno conservador”. “Cualquiera podía ser llevado al Buen Pastor, donde las chicas eran criminalizadas y no había protección ni caridad cristiana para ellas”, indica. Para el informe que ha preparado, apoya sus argumentos en la vulneración de los derechos humanos de las internas, que se prolonga mientras no se repara el mal causado. Sigue con ello la línea marcada por la investigadora Maeve O´Rourke, del Centro Irlandés de Derechos Humanos, con las Lavanderías de la Magdalena.

Eran aquellas unas instituciones para “mujeres caídas” donde había jóvenes irlandesas con todo tipo de problemas, no solo madres solteras [fueron 10.000 entre 1922 y 1996]. El Estado irlandés pidió perdón en 2013 y aceptó indemnizar a las supervivientes. En 2011, un informe del Gobierno holandés sobre los abusos sexuales en el seno del catolicismo local reveló 22.000 víctimas entre 1945 y 2010. “Ese estudio no abordaba el trabajo forzoso, y en 2013, después de que un examen negara su existencia, ayudé a entrevistar a 21 de las mujeres que padecieron abusos en centros religiosos de menores. Tres de ellas habían estado en el Buen Pastor, y se publicó un libro sobre lo ocurrido en la congregación. Muchas de las que nos llaman ahora lo han leído y se siente por fin comprendidas. El Estado consintió lo ocurrido, y estas mujeres tienen derecho a ver reconocida la tropelía sistemática padecida. La institución que administra la orden tiene propiedades valoradas en 28 millones de euros”, asegura Knibbe.

La cita con los políticos fue a puerta cerrada, y acudió asimismo Anita Suuroverste, de 65 años, que estuvo dentro entre 1967 y 1970. Pide lo mismo: justicia y reconocimiento para todas. De una familia de 17 hermanos y hermanas y padres divorciados, pasó por centros de acogida entre los 7 y los 13 o 14 años. Luego la llevaron al Buen Pastor. “No sabíamos que las monjas cobraban de las empresas, o el Estado, por nuestro trabajo”. En un documento compilado para que los diputados comprendan el régimen a que estuvieron sometidas, se recogen los relatos de decenas de mujeres. “La niña más pequeña que recuerdo tenía 10 años, pero en los conventos había internas de hasta de 32 años. Aunque te soltaban a los 18 o 21 años, dependiendo de la época para la mayoría de edad, las más mayores ya no podían reintegrarse a la sociedad. Estaban institucionalizadas, y las monjas las trataban igual de mal. Yo salí adelante, estudié, me casé y tengo hijos y un trabajo. Pero no fue gracias a las monjas, que no nos dieron nada. Por eso muchas mujeres siguen sintiendo vergüenza. Imagínese, por hablar podían meterte tres días en una celda sin ventana donde la comida entraba por una ventanilla. Hay quien tiene aún pesadillas. Éramos niñas, no criminales, y buscamos el reconocimiento de que esto nunca debió haber pasado”

Fuente: https://elpais.com/elpais/2019/04/23/planeta_futuro/1556019426_972298.html

viernes, 26 de abril de 2019

Atracción desde todas direcciones

 Luis Cámara

Cortas una flor en la Tierra y mueves la estrella más lejana.
Paul Dirac

Olor a guerra y miedo a lo invisible: las escalofriantes voces de Chernóbil

En 2015, la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich se convertía en la primera periodista ganadora del Premio Nobel de Literatura. Uno de sus libros más reconocidos es Voces de Chernóbil, que refleja los testimonios de decenas de afectados recogidos durante veinte años de trabajo. Este es un viaje por sus páginas cuando se cumplen tres décadas de la tragedia nuclear.

<p>María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko</p>
María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko
 El 26 de abril de 1986, en mitad de la noche, Liudmila Ignatenko oyó un ruido y despertó. Al mirar por la ventana vio a su marido salir de la casa y le oyó decir:
Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
La central era la central nuclear de Chernóbil, y esa noche se produjo la explosión en su cuarto reactor. Su marido, bombero, le dijo algo cierto: había un incendio y él iba a ser de los primeros en acudir a sofocarlo. A la vez también mintió, porque ya nunca regresó.

Al día siguiente, junto con el resto de compañeros que sobrevivieron, fue trasladado a un hospital de Moscú. Liudmila averigua el nombre del hospital y viaja hasta allí para estar con él, pero los supervivientes ‘arden’ de radiactividad y los médicos desaconsejan las visitas, más aún si son mujeres jóvenes y pueden estar o quedarse embarazadas.

Ella oculta su embarazo, soborna a algunas empleadas y pasa todo el tiempo que puede con él. Aun así le dicen:
No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es un marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recupere la sensatez.
Pero les ignora. Aunque lo colocan en una cámara hiperbárica, aunque usan instrumentos a distancia para evitar acercarse, ella duerme con él.

A los pocos días el marido muere. Dos meses más tarde ella da a luz a una niña con cirrosis y un defecto en el corazón. Apenas sobrevive cuatro horas. Cuenta que en su hígado había 28 roentgen de radiactividad y que los médicos no se la quieren dar. Reacciona así:
¿Cómo que no me la vais a dar? ¡Soy yo quien no os la voy a dar a vosotros! ¡La queréis para vuestra ciencia, pues yo odio vuestra ciencia! ¡La odio! Vuestra ciencia fue la que se lo llevó y ahora aún quiere más. ¡No os la daré!
*
Lo anterior es un resumen del primer capítulo de Voces de Chernóbil, el libro de testimonios sobre la tragedia escrito por Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015.

Con la ciencia de fondo borroso, los (en muchas ocasiones brutales) testimonios humanos, la falta de información, la psicología rusa, los entresijos del comunismo y, sobre todo, la amenaza invisible y latente de la radiactividad, pululan por un libro que funciona como una grabadora polifónica.

Si Truman Capote presumía de recordar “el 96% de sus conversaciones”, Aleksiévich no duda en calificarse como un “oído humano”. Un oído que más que datos parece registrar tonos. Los de las mujeres, los soldados, los científicos, algún político, los miembros de las distintas asociaciones, los evacuados, los pocos que retornaron, los niños.

Imagen relacionadaAl hojear el libro, compuesto por capítulos de coros y monólogos, uno se pregunta cómo transcribir todos esos testimonios si la autora solo usa su propia voz en un breve segundo capítulo. Cómo habrá sido su proceso para filtrar, ordenar, para componer desde su teórica invisibilidad. Seguramente, en ese collage de entrevistas hay una voz por encima de cada voz, pero apenas se hace evidente; cada testimonio adopta la misma altura.

Coros de voces horizontales y semianónimas recogidas durante 20 años describen lo que allí vivieron (y muchos siguen viviendo), y de ellas sobresalen las comparaciones con la guerra, el miedo y la temeridad ante un enemigo invisible; el tema del héroe y la víctima; la historia de un pueblo que busca en el pasado explicaciones a lo que Aleksiévich llama “una crónica del futuro”.

Un accidente civil teñido de guerra
Ya habían ocurrido Hiroshima y Nagasaki, pero cómo compararlos con Chernóbil. La explosión del reactor provocó niveles de radiactividad cientos de veces superiores a los de las bombas atómicas. Aquellas habían sido lanzadas deliberadamente, con devastadores efectos inmediatos. Esto era distinto, lo llamaban “el átomo para la paz”.

Sin embargo, ante la ausencia de referencias para explicarlo, casi todos los testimonios hablan de “una guerra”. Los rusos tiran de su pasado reciente (la II Guerra Mundial, las constantes revueltas entre las repúblicas de la entonces Unión Soviética) y no encuentran sino paralelismos: a pesar de tratarse de un accidente civil, es el ejército, armado incluso con tanques, quien acude a ocupar la zona; miles de personas son evacuadas, convirtiéndose así en refugiadas; empiezan, poco a poco, a acumularse las bajas; hay un vacío de información y el Gobierno minimiza la catástrofe.
En plena guerra fría, acusan a los países capitalistas de inventar una tragedia y entre medias desatienden consejos básicos, como repartir pastillas de yodo para prevenir el cáncer de tiroides, uno de los más relacionados con la radiación. No es de extrañar el paralelismo: aun sin enemigo, Chernóbil desprendía olor bélico.
Imagen relacionada
Los liquidadores, trabajando en el tejado del reactor - YouTube
 A pesar de ello, según Aleksiévich, “para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra, sino se diría que de otro planeta”. Un planeta del futuro.

Pero por entonces no se veía así. Para el exdirector del Instituto de Energía Nuclear de Bielorrusia: “Se debía hablar de física. Y, en cambio, se hablaba de enemigos. Se buscaba al enemigo”.

El riesgo invisible
A menos que se sobrevolara o se entrase en la central, la radiación no dejaba marcas físicas, no quemaba, era invisible.

Una residente de la zona preguntaba a Aleksiévich: ¿Y cómo es? Puede que se la hayan enseñado en el cine. ¿Usted la ha visto? ¿Es blanca o cómo? ¿De qué color?
Algunos vivían con el miedo de la amenaza constante: la dosis recibida, los posibles efectos acumulándose pero aún por aparecer. Pero para muchos otros la invisibilidad minimizaba o anulaba el riesgo. Algunos se resistieron a abandonar sus casas y volvieron a ellas tras ser evacuados. El Gobierno acabó permitiendo a más de 300 de ellos, todos mayores de 50 años, residir en la zona de exclusión.

Uno de ellos, consciente del riesgo, decía: Por envenenada que esté, con toda esta radiación, es mi tierra. Ya no hacemos falta en ninguna otra parte. Hasta los pájaros prefieren sus nidos.
Otra desplaza la atención hacia una amenaza distinta, constante en su memoria: Este miedo [a la radiación] no lo conozco. A quien temo es a los hombres. A la gente armada. 

Los liquidadores: héroes o víctimas
Hasta 600.000 personas llegaron a colaborar en las labores de descontaminación de la zona de Chernóbil. Eran los llamados ‘liquidadores’. Una mayoría procedían del ejército, pero en última instancia terminaron siendo una amalgama de militares, militantes (y no militantes) comunistas obligados por el partido, y voluntarios en general muy bien pagados.

Apenas fueron informados de los riesgos, no tenían protección adecuada y las mediciones de radiactividad que se les practicaban en muchas ocasiones se trucaban o directamente se les ocultaban. Las estadísticas fluctúan inconcebiblemente según los estudios, pero la principal organización de liquidadores estima que 60.000 han fallecido y más de 150.000 se encuentran discapacitados. Tras el desastre, les llovieron las condecoraciones.

¿Fueron héroes o víctimas? ¿Se puede hacer una clara distinción?
Un liquidador: Yo no vi héroes allí. Locos sí que vi, gente a la que le importaba un rábano su vida.
Un soldado: ¿Y si nos llevan a Chernóbil? Y sonó la orden: ¡A callar! Las expresiones de pánico serán juzgadas por un tribunal militar como en tiempo de guerra.

El vicepresidente de la asociación Escudo para Chernóbil habla de los liquidadores, gente anónima que vio en aquel momento la oportunidad de trascender:
Un día discutí con uno. El hombre me quería demostrar que una actitud como aquella se explicaba por el poco valor que le damos a la vida. Que era cosa de nuestro fatalismo asiático. (...) Es la añoranza de un papel. Hasta entonces era una persona sin texto; un figurante. Y aquí de pronto se convierte en el personaje principal. ¿Qué es nuestra propaganda? Le proponen a uno morir para dar un sentido a su vida. 

Aleksiévich parece en un momento deslizarse hacia la protesta y la identificación de los culpables políticos, pero inmediatamente amplía el foco. Muestra la historia como una sucesión de hechos de desidia, de traslado de responsabilidades.

El exdirector del Instituto de Energía Nuclear: No, no eran una pandilla de criminales. Más bien nos encontramos ante una combinación letal de ignorancia y corporativismo.
Pero, ante todo, siguen planeando el futuro.

Un soldado: Regreso a casa. Voy al baile. Me gusta una chica. Me presento. Soy tal. ¿Cómo te llamas?
-Para qué. Si ahora eres de los de Chernóbil. ¡Cualquiera se casa contigo!
Y los niños, la encarnación de ese futuro. Los más sensibles a la radiación.
Una pediatra: ¿Y sus juegos? Corren por las salas del hospital uno tras otros y gritan: ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación! Cuando mueren, ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos.

El futuro presente
Aleksiévich trata de permanecer ajena al baile de cifras que diversos estudios ofrecen sobre las víctimas. Prefiere la visión de la gente y su realidad. En el único capítulo en que alza su voz dice: Este libro no trata sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que denominado la historia omitida. 

Esa historia llega hasta hoy. En una página de internet se ofrecen excursiones a Chernóbil, asegurando que “durante dos días en la zona, el cuerpo humano recibe dosis de radiación equivalentes a una radiografía en el hospital o un vuelo intercontinental”.

En el epílogo del libro, Aleksiévich recoge recortes similares de periódicos bielorrusos. Dicen: “La experiencia no tiene punto de comparación con un viaje a las islas Canarias o a Miami. (…) El turismo nuclear goza de gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno”.

VOA_Markosian_-_Chernobyl03
Una turista en un viaje organizado a Chernóbil, 2011. / D. Markosian
 No es difícil imaginar a Aleksiévich, resignada, pensando que el futuro ha encontrado su tiempo.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Olor-a-guerra-y-miedo-a-lo-invisible-las-escalofriantes-voces-de-Chernobil

Lo que el movimiento Extinction Rebellion ha logrado con sus protestas

Han hecho que el mundo entero hable del problema del cambio climático, que miles de personas se unan a ellos y que el gobierno británico les escuche. Después de 10 días de acciones en Londres, han decidido hacer una pausa pero anuncian nuevas protestas "muy pronto".
Resultado de imagen de Extinction Rebellion
Los manifestantes bloquean el tráfico en Fleet Street durante la protesta de Extinction Rebellion en Londres, Gran Bretaña, 25 de abril de 2019 | REUTERS/ Peter Nicholls
 Se van porque ellos lo han decidido, no porque les hayan echado. Ni los hasta 1.500 policías que las autoridades han movilizado a diario para combatirlos ni las más de 1.000 detenciones que han llevado a cabo han podido con el movimiento ecologista Extinction Rebellion.

Diez días después de dar inicio a sus movilizaciones, ha sido la propia plataforma la que ha decidido hacer una pausa en sus acciones y ha desmontado voluntariamente los dos campamentos que mantenía aún en el centro de Londres. Como ellos mismos han dicho: "Dejamos las ubicaciones físicas pero en el mundo se ha abierto un espacio para decir la verdad".

El movimiento XR anunció que el jueves 25 de abril pondrá fin a sus bloqueos en Londres, tras once días de acciones para reclamar un 'estado de emergencia ecológico'. En la foto, un joven manifestante sostiene una pancarta mientras bloquean una carretera en el centro de Londres, miércoles 24 de abril de 2019.
https://elpais.com/elpais/2019/04/25/album/1556181655_606796.html#foto_gal_8
Pero que nadie se confíe porque en el acto de despedida, que ha tenido lugar el jueves por la noche en Hyde Park y ha reunido a centenares de personas, han avisado de que podría haber más acciones "muy pronto". Porque, como proclama Roger Hallam, uno de los fundadores del movimiento, "para cambiar el mundo hay que hacer ruido" y en palabras de sus portavoces "la hora de decir la verdad ha comenzado". De momento, ya han conseguido mucho. 

Han movilizado a miles de personas
Los portavoces de la plataforma aseguran que desde que comenzaron sus acciones en Londres, 40.000 personas se han presentado como voluntarios. También el número de donaciones que han recibido se ha multiplicado; no han sido grandes cantidades, la mayoría de entre 10 y 60 euros, pero según sus cuentas sólo en estos diez días habrían logrado recaudar más de 230.000 euros.
Además de en cantidad, el grupo ha crecido en diversidad. Dicen que han logrado atraer a un mayor número de personas de clase trabajadora y de minorías étnicas. También de todas las edades. La miembro del grupo juvenil de Exinction Rebellion, Alejandra Piazzolla, aseguraba a Público que los jóvenes son el colectivo que más está creciendo porque "somos los que menos culpa tenemos del cambio climático y los que más vamos a sufrirlo".

Pero ahí está gente como Phil Kingston, el abuelo de 82 años detenido el jueves por encaramarse al techo de un tren del distrito financiero durante una de las últimas acciones del movimiento: "Lo hago por mis nietos. Los quiero mucho y me rompe el corazón pensar el mundo que los estamos dejando", ha asegurado Kingston, que sólo unos días antes tomaba la palabra sentado junto a la activista Greta Thunberg en el escenario del campamento de Marble Arch.

Han logrado el respaldo de Greta Thunberg
Si hoy el cambio climático tiene un nombre propio, es el de Greta Thunberg, la joven sueca de 16 años que ha liderado las huelgas estudiantiles reclamando a los líderes mundiales que actúen para frenar sus efectos. Que el pasado fin de semana Greta cogiera un tren hasta Londres para mostrar su respaldo a los manifestantes de Extinción Rebellion, ante los que ha proclamado: "vamos a asegurarnos de que los políticos no lo ignoren más" ha sido un golpe de efecto fundamental para el movimiento.

Police arrest protesters as they block traffic at London's Oxford Circus [Vudi Xhymshiti/AP Photo]
Police arrest protesters as they block traffic at London's Oxford Circus [Vudi Xhymshiti/AP Photo]
Han exportado sus protestas a otros países
"La gente está hablando sobre el clima y la emergencia ecológica como nunca antes imaginamos", ha asegurado un portavoz del movimiento. Y no le falta razón porque las protestas de Londres traspasaron las secciones de internacional de los periódicos cuando centenares de activistas decidieron seguir sus pasos y organizaron sus propias acciones en Bruselas, Berlín o Lisboa. Según Extintion Rebellion, "la gente ha tomado las calles y ha dado la voz de alarma en más de 80 ciudades de 33 países".

Han conseguido que los políticos les escuchen
Si en el parlamento británico se ha hablado esta semana de cambio climático es gracias a las protestas de Extinction Rebellion. Ese es un mérito que nadie puede negarles. Lo ha reconocido hasta el Ministro de Medio Ambiente, Michael Gove, que ha respondido a sus acciones con un "hemos captado el mensaje" y ha planteado que es necesaria "una conversación seria sobre lo que podemos hacer para tratar este problema de manera colectiva". Aunque quienes más se han esforzado por salir en la foto junto a los manifestantes y han alabado sus acciones han sido los laboristas, hasta el punto de que su ex líder Ed Miliband ha hecho suya una de sus reivindicaciones del colectivo y ha reclamado al gobierno que declare la emergencia ecológica. Algo a lo que la Ministra de Energía, Claire Perry, se ha negado en rotundo.


Entonces, ¿han logrado alguna de sus tres demandas?
Que cuenten la verdad y declaren la emergencia climática y ecológica, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a cero para 2025 y la creación de una asamblea ciudadana por el clima y la justicia ecológica. Esas son las exigencias del grupo a los autoridades. ¿Han logrado que alguna de ellas se materialice? De momento, no. Por eso, como ellos mismos han asegurado, su lucha no acaba aquí y éste es solo "el comienzo del comienzo".


El mito del agua embotellada, la operación de márketing más exitosa de la historia


white plastic bottle lot
Jonathan Chng/Unsplash
 En una columna para el periódico inglés Daily Telegraph, el médico de cabecera, comediante y columnista Dr. Phil Hammond se preguntaba si todos nos hemos creído el "timo del agua": ¿acaso hemos perdido la razón?

La respuesta, o por lo menos en cuanto a la forma en que compramos y consumimos agua embotellada, es un rotundo sí. Existe la posibilidad de que en un futuro próximo en Estados Unidos el consumo agua embotellada supere al de las bebidas gaseosas no alcohólicas como la categoría de bebidas más consumida. Los estadounidenses se gastaron 11.800 millones de dólares en agua embotellada en 2012, un promedio de 140 litros por persona.

En el Reino Unido, el mercado ya mueve 1.600 millones de libras esterlinas al año y los británicos beben más agua embotellada que zumos de frutas o vinos y otras bebidas alcohólicas. El consumo por persona superó los 34 litros en 2012, frente a los 26,9 litros de 2001. Este aumento tampoco muestra signos de ir a menos, puesto que se prevé que el consumo alcance los 40 litros por persona a finales de década. 

Teniendo en cuenta que el agua del grifo en el Reino Unido está generalmente considerada mejor que la embotellada para el consumo y sujeta a controles de seguridad más estrictos, ¿por qué insistimos en comprar algo que es hasta 300 veces más caro que lo que sale del grifo? Según Richard Wilk, profesor de antropología de la Universidad de Indiana en Estados Unidos, el agua embotellada es mejor ejemplo para mostrarnos cómo funciona el mercado capitalista global hoy en día. "En cierto modo", dice: 
 La razón por la que compramos agua embotellada se explica, al menos en parte, por el éxito de la publicidad y el marketing. El agua embotellada se ha convertido en el complemento indispensable y accesible para aquellos que desean demostrar su salud y sofisticación. La marca Evian, por ejemplo, lleva mucho tiempo utilizando el eslogan Live Young ("vive joven") y según la empresa expresa los valores de la marca, entre los que se incluyen origen, salud y juventud. Las connotaciones de inmortalidad no están muy lejos de una marca que sugiere que el "agua naturalmente pura y mineral equilibrada mantiene la juventud de tu cuerpo".

Agua y plástico: historia de éxitoLa clave de la comercialización del agua embotellada es que es una alternativa saludable. ¿Pero una alternativa a qué? Como señala la experta en marketing Kathryn Hawkins, el agua embotellada no se vende como una alternativa al agua del grifo, sino como una alternativa a las bebidas gaseosas. Hawkins destaca la campaña Nestlé Pure Life, que intentaba persuadir a las madres para que sustituyeran una bebida azucarada cada día por los productos de agua de Nestlé.

Pero la verdad es que, tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos, el agua corriente pública es de una calidad excepcional. En julio de 2012, Drinking Water Inspectorate, el organismo británico que se encarga de la inspección de aguas, publicó muestras de 1,9 millones de pruebas en Inglaterra y Gales que mostraron un cumplimiento del 99,96% de las normas legales. Tal y como ilustraba la revista The Ecologist, la cifra lleva por encima del 99% durante casi 20 años.

Pero una imagen vale más que mil palabras, especialmente cuando se trata de vender algo que es esencialmente gratis, de ahí que el embalaje asuma una importancia primordial. Las campañas publicitarias para el agua mineral noruega Isklar han hecho hincapié en su calidad de "glaciar puro" helado y prístino, mientras que en Reino Unido Highland Spring se jacta de que "todo lo que hacemos es embotellar productos de agua de fuentes naturales. Es nuestro objetivo. Nuestra especialidad".

Esa publicidad contrasta implícitamente la pureza del producto con la artificialidad de la vida moderna. Comprar agua embotellada nos permite transmitir nuestra individualidad y la forma en la que cuidamos nuestro cuerpo y el medio ambiente.

Y aquí está el problema. El envasado y la comercialización del agua nos pueden sugerir la belleza del mundo natural, pero la realidad es que tiene graves consecuencias ecológicas. El movimiento BeCause Water para la sostenibilidad del agua afirma que casi tres millones de toneladas de plástico se utilizan para producir agua embotellada en todo el mundo, y el 80% termina en vertederos. El Océano Pacífico tiene ahora un área del doble del tamaño de Texas conocida como La Isla de Basura, compuesta por depósitos de plástico.

Existe la sensación de que las cosas podrían estar cambiando y de que los ecologistas podrían ganar la batalla a las multinacionales. El año pasado, la revista The Ecologist calificó de escándalo nacional la "obsesión" del público occidental con el agua embotellada. El profesor Paul Younger, especialista en recursos hídricos e ingeniería de aguas subterráneas, decía que "la industria del agua embotellada es en gran medida una estafa, y muy costosa, tanto en términos económicos como de emisiones contaminantes".

Es una opinión que comparte Elizabeth Royte, autora del libro Bottlemania: How Water Went on Sale and Why We Bought It ("Obsesión por las botellas: ¿Por qué se empezó a vender agua embotellada y por qué la compramos?"). La autora sostiene que, al igual que un iPod o un teléfono móvil, una botella de agua es un objeto "privado, portátil e individual". Si alguna vez ha existido un objeto más emblemático de la cultura desechable, supongo que es el agua embotellada.

Fuente: https://magnet.xataka.com/preguntas-no-tan-frecuentes/mito-agua-embotellada-operacion-marketing-exitosa-historia

jueves, 25 de abril de 2019

“La izquierda siempre ha sido importante y ahora lo es más que nunca”

<p>Boaventura da Sousa Santos.</p>
Boaventura da Sousa Santos.
José Luis Marín
 Boaventura de Sousa Santos (Coimbra, Portugal, 1940) es uno de los sociólogos y juristas más relevantes del panorama internacional, así como un referente ineludible para los estudios decoloniales por su dedicación a lo que ha dado en llamar las “epistemologías del Sur”, noción central en su obra y con la cual cuestiona y disputa la hegemonía del pensamiento occidental. Prolífico autor, entre sus libros recientes destacan Justicia entre saberes: Epistemologías del Sur contra el epistemicidio (Morata, 2017), La bifurcaciones del orden: Revolución, ciudad, campo e indignación (Trotta, 2018), Si Dios fuese un activista de los derechos humanos (Trotta, 2018) e Izquierdas del mundo, ¡uníos! (Icaria, 2018). Estos días prepara la publicación de El fin del imperio cognitivo: La afirmación de las epistemologías del Sur, que aparecerá en mayo en Trotta. Divide su trabajo entre la Universidad de Coimbra, como director del Centro de Estudios Sociales, y la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison, donde es profesor distinguido del Instituto de Estudios Legales. En sus viajes relacionados con la actividad académica, reparte su tiempo entre la universidad y el trabajo directo con movimientos sociales y activistas locales. Además de ser un pensador esencial para las ciencias sociales contemporáneas, Sousa Santos es un seductor del tiempo y del espacio allá donde va, cuya poderosa oratoria abduce por completo la atención de su interlocutor. Con motivo de su visita a la Universidad de Helsinki, conversamos sobre la actualidad de América Latina y los cambios en la región, especialmente en relación con las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, además de sobre las posibilidades para el proyecto emancipatorio de la izquierda ante este contexto global y los retos a los que se enfrenta.

Nos encontramos en un momento crucial para América Latina. Veníamos de un periodo en el que, de alguna manera, esta región se había convertido en un referente para los movimientos de emancipación, y parece que hay una reversión de todo eso en los últimos años. ¿Cómo entiende estos cambios en América Latina?
Pienso que estamos ante un retroceso grande. No es la primera vez que ocurre en el continente, pero este proceso tiene características muy especiales, sobre todo porque para algunos países es un retroceso no de años, sino de décadas o más. Por ejemplo, lo que está pasando en Brasil no es sólo la liquidación de la herencia de los gobiernos populares de Lula da Silva y Dilma Rousseff, sino de todo tipo de políticas sociales, de inclusión y derechos, que surgieron desde Getúlio Vargas, es decir, desde los años 40 y antes. Las oligarquías, que estaban de alguna manera durmientes y divididas, unas más modernizadoras y otras más reaccionarias, advirtieron en cierto momento que debían unirse para evitar un peligro emergente: que las clases populares empezaban a tener poder, a tener voz. Y esto podía tener un impacto enorme en las formas de acumulación de las élites, que siempre se han llevado a cabo por medio del despojo de la gente, combinando una explotación capitalista con otra colonial. La gran convergencia de estas oligarquías se ha dado para impedir el avance de las fuerzas populares. Argentina es un buen ejemplo, Brasil es otro…

Cada uno con sus particularidades…
Efectivamente. Colombia, por ejemplo, ha sido siempre muy especial porque es un país con una estructura muy distinta. Estuvo siempre en un proceso de estado de emergencia, pero con una vigencia democrática en lo formal. Tuvo una dictadura muy corta, al contrario que Argentina o Brasil. En Colombia lo que había era una lucha armada de 50 años, y se ha buscado un proceso de paz, que finalmente va a ser un proceso de postconflicto, donde se está de alguna manera reanimando otro conflicto que va a ser todavía más violento.

Pero, como ha dicho, no es la primera vez que estos retrocesos ocurren. ¿Qué hay de novedoso en el proceso que estamos viviendo?
Creo que hay dos novedades principalmente. La primera es un reflejo del declive del imperio de los Estados Unidos, expresado a través de su rivalidad con China. La segunda tiene que ver con cómo las élites oligárquicas reconfiguran, siempre que se sienten amenazadas, los instrumentos de dominación y eligen aquello que les puede servir mejor. En el pasado, ese instrumento fueron las fuerzas armadas, y para usarlas tuvieron que hacer una ruptura con la democracia formal, yendo a escenarios más excluyentes. En los procesos recientes vemos que el desplazamiento de los instrumentos de dominación tiene lugar dentro del marco de la democracia formal, y consiste en privilegiar al órgano de soberanía que está más aislado de la presión democrática: el sistema judicial.

¿Podría contextualizar cómo surgen y se relacionan cada una de estas novedades?
A mi modo de ver los Estados Unidos, durante la primera década del milenio, se distrajeron de América Latina porque estaban totalmente concentrados en Oriente Medio. Entonces asistimos, durante esa década, a una gran innovación política en el continente, porque se ejerció de una manera más libre, sin la gran tutela estadounidense. Dentro de esta innovación hubo, sin duda, algunas continuidades con el colonialismo, y eso acabó resultando muy problemático. Porque, por un lado, había una democracia liberal y representativa fortalecida, en la medida de lo posible, por mecanismos de democracia participativa, como el Presupuesto Participativo en Brasil y las formas de participación ciudadana en Ecuador, Bolivia y Venezuela, donde el poder comunal era realmente importante. Y, por otro lado, se utilizaba un modelo de desarrollo extractivista que, de algún modo, daba continuidad al modelo colonial. Así, la riqueza acumulada por la explotación de los recursos naturales era parcialmente distribuida entre las clases populares. Esto coincidió con un boom de las materias primas, un auge que ya pasó porque normalmente estos ciclos no duran más de diez años. Durante este tiempo las oligarquías también ganaron, porque los ricos se hicieron más ricos. Pero una parte de la riqueza, una migaja, podía ser distribuida entre las clases populares, y así fue. En el fondo no se cambió el sistema político, pero sí se generó una cierta distribución social, por medio del neoextractivismo, en contra de los designios de Estados Unidos. Pero las clases dominantes sabían que, si continuaba este modelo, iba a haber problemas cuando declinara el auge de las materias primas. Porque cuando pasara esa bonanza, la única solución para continuar con la redistribución social pasaba por quitarle a los ricos para darle a los pobres: es decir, por la vía tributaria. Y eso las oligarquías no lo permitirían de ninguna manera. Entonces, cuando el boom se vino abajo, surgió la contradicción. Porque este modelo de democracia, sin una reforma del sistema político (excepto en Venezuela, donde sí la hubo y por eso tenemos hoy una situación más complicada) no era lo suficientemente fuerte para aguantar esta caída de las materias primas. Así, cuando esto ocurrió, este tipo de democracia, más distributiva pero vieja, colapsó. Empezaron así todos los problemas con las oligarquías, y el imperio también tomó sus medidas: fake news, redes sociales, espionaje, manipulación de la deuda, por ejemplo, con los fondos buitres en Argentina, etc. Además, coincidió con el momento en que los Estados Unidos descubrieron un fenómeno nefasto para ellos en el continente, que no tenía que ver sólo con los miedos de las oligarquías: su rival, China, ya estaba en América Latina. Y Estados Unidos considera a América Latina como su patio trasero desde la Doctrina Monroe, que es del siglo XIX.

¿Cómo se manifiesta esta tensión entre China y Estados Unidos en América Latina? ¿Cuáles son sus consecuencias?
Cuando Estados Unidos descubre que China está en América Latina, también descubre que China es el gran inversor, no solamente en países como Argentina o Brasil, que son importantes consumidores de sus productos, sino también en Centroamérica. China había usado una estrategia muy inteligente: sabía que para esos países una pequeña inversión podía significar una gran diferencia para su economía y sus infraestructuras. Obviamente, esa pequeña inversión también podía poner a estos países de su lado, por ejemplo, con su voto en las Naciones Unidas. Y a China le convenía tener aliados comerciales para penetrar el continente, de una manera pacífica, comercial, pero que incidía en su rivalidad con Estados Unidos. Cuando Estados Unidos lo descubre, reacciona de la manera en que sabe hacerlo: intentando cambiar los gobiernos por medios antidemocráticos. Estados Unidos nunca ha promovido la democracia fuera de sus fronteras. Siempre buscó imponer gobiernos amigos, que organizaran la economía a su servicio, muchas veces dictatoriales. Pero aquí es donde surgen las novedades de las que hablaba. Empiezan con el golpe de Honduras contra Manuel Zelaya, en el 2009. Un hombre que no es que fuera socialista, sino bastante moderado, que trataba de hacer lo que Lula estaba haciendo en Brasil: permitir que la gente pudiera comer tres veces al día. Pero, con el golpe, no se logra, y ahora ves a los hondureños huyendo del país, como prisioneros del hambre, camino de los Estados Unidos, y en la prensa nadie establece la conexión entre el golpe de 2009 y lo que está pasando. Después viene el golpe a Fernando Lugo, que es en 2012. Y en 2016, a Dilma Rouseff. Y este caso es particularmente importante porque Brasil no era sólo el país más grande de la región, la sexta o séptima economía mundial, sino también un gran protagonista de los BRICS. Es decir, un país que junto a China, India, Rusia y Sudáfrica estaba intentando crear una alternativa al modelo capitalista occidental. No era una alternativa socialista, pero buscaba descentrar el capitalismo del Norte y de Occidente. Por primera vez, el dinamismo llevaba el capital de Occidente a Oriente. Estados Unidos entiende ahí que había que neutralizar esto de una manera brutal. Así surgen algunas estrategias novedosas, a propósito de la recomposición por parte de las élites de sus instrumentos de dominación.

¿Cuáles son estas estrategias?
Principalmente, no se usarán los militares y, en lugar de una dictadura al uso, se manipulará la democracia por medio de fake news, grandes inversiones en think tanks, en partidos aliados y en la creación de milicias que puedan intimidar a los movimientos sociales, pero todo dentro del “marco democrático”. Además, se va a usar un arma que habían desarrollado después de la caída del Muro de Berlín, en Rusia primero y después en Europa del Este: el sistema judicial. Se busca que el sistema judicial, opaco en su selectividad, se torne más activo. En el continente, ya lo habían utilizado en Colombia. Pero era algo novedoso para Brasil, y se va a utilizar para perseguir a aquellos que pueden ser rivales políticamente, contrarios a los intereses de Estados Unidos. Ésta es una manera neoliberal de atacarlos, porque no se justifica sobre cuestiones políticas, en que sean de izquierda o revolucionarios, sino porque son corruptos. Si observas los datos de Lava Jato, por ejemplo, contra Lula, te das cuenta de que no se ha probado nada en relación a un enriquecimiento personal ilícito. El presidente Lula es hoy el preso político más famoso del mundo, alguien por el que muchos hemos luchado para que pudieran darle el Premio Nobel de la Paz, pero a menudo este premio no se da a quien hace la paz, sino la guerra. Este arma nueva, centrada en la actividad selectiva del poder judicial contra la corrupción, que sí es endémica a los partidos latinoamericanos, y no sólo latinoamericanos, es la que se está usando, por ejemplo, también contra Cristina Kirchner, así como para despolitizar la lucha popular. Todos los datos son suministrados por los Estados Unidos: el Departamento de Justicia tiene acceso a todas las bases de datos porque allí están empresas como Google, Facebook o Microsoft, con nuestras compras, nuestras cuentas bancarias. Así, hoy existe la posibilidad de que en Brasil se utilicen estos medios para ilegalizar al MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) y el MTST (Movimiento de los Trabajadores Sin Techo), y sus líderes podrían ir presos. El sistema judicial pasa a sustituir a los militares. Esta es la estrategia, digamos, nueva. La vieja es la que se está utilizando en Venezuela.

¿En qué consiste esta estrategia?
Estados Unidos ha visto que no puede utilizar el sistema judicial en Venezuela, porque Venezuela ya impidió que fuera utilizado para eso durante el tiempo de Chávez. Tampoco puede utilizar los militares, no porque como se ha querido vender éstos se sientan bien económicamente con Chávez, sino porque Chávez organizó las milicias, organizó a la gente y la armó. Y por eso si alguna parte de los militares se rebelara tendría que enfrentarse a los milicianos. Entonces, ahora por lo menos, los militares tampoco están disponibles para Estados Unidos, y tienen que encontrar fantoches, payasos. El papel de Sérgio Moro en Brasil lo ejerce Juan Guaidó en Venezuela. Ambos fueron entrenados en los Estados Unidos para ser los nuevos líderes de América Latina. Hay un entrenamiento constante de jóvenes líderes, que invitan a las universidades, para desestabilizar a aquellos gobiernos que puedan tener una posición hostil a los intereses de Estados Unidos. Y aquí lo importante para Estados Unidos es que ganen las empresas multinacionales, porque los Estados Unidos fueron derrotados en Irak, pero las empresas estadounidenses están ahí explotando el petróleo. No ganaron en Libia, pero sus empresas explotan el petróleo. Puede que no ganen en Venezuela, pero van a hacer todo lo posible para que sus multinacionales exploten el petróleo venezolano. Es un modelo de dominación donde estas empresas mandan más que el propio estado. Y en Venezuela, como no pueden utilizar el sistema judicial ni el ejército, se está volviendo a lo que se hizo en Nicaragua en los 80: se están usando las contras. No es casualidad que Elliott Abrams, el hombre de la contra nicaragüense, sea de nuevo el encargado de esta misión para Venezuela. Están organizando pequeños grupos de sicarios altamente armados para llevar el terrorismo a Venezuela. Si tendrán éxito, no lo sabemos, pero esta es la situación en el continente, y es peligrosa porque puede impedir un desarrollo progresista durante las próximas décadas.

En Venezuela también hay elementos que recuerdan a los meses anteriores al golpe contra Salvador Allende, como el supuesto desabastecimiento, los apagones… ¿en qué se diferencian?
A corto plazo ahora hay, digamos, demasiado conocimiento de las cosas. Estados Unidos no puede reprimir sin consecuencias. Nadie sabe lo que va a pasar en Venezuela, pero los venezolanos tomaron muchas medidas para no colapsar de inmediato. Tienen aliados internacionales fuertes que Allende no tenía. Rusia está en el país con militares y consejeros, y han realizado maniobras militares con aviones que incluso pueden transportar armamento nuclear. China también está por medio de acuerdos comerciales muy importantes. Es decir, Venezuela le ha señalado a Estados Unidos que no pueden invadir sin más, porque entrarían en conflicto directo con Rusia y China. Entonces, Estados Unidos utiliza otras estrategias. Pero sobre éstas, Venezuela también sabe demasiado desde Nicaragua. Y, obviamente, también ha aprendido de resiliencia con Cuba, con ese orgullo antiimperialista tan fuerte que comparten con los cubanos. Cuba sabe que, si cae Venezuela, la próxima en caer será ella. Hay que salvar a Venezuela para que se salve Cuba. También hay un contexto internacional bastante más complejo, con Estados Unidos intentando entrar en el Mar de la China y militarizar Europa del Este para asediar a Rusia. Y Rusia y China están en América Latina mostrándole a Estados Unidos lo que ya le mostraron en Siria: que no pueden entrar y ganar. Porque Rusia ganó la guerra en Siria y han dejado a Estados Unidos en una posición ridícula, con una base cercada, lo que nunca les había pasado. Es una humillación de la que nadie habla porque los medios no hablan de las humillaciones del imperio. Pero indica que existe otro contexto internacional, donde Estados Unidos ya no puede mandar en América Latina como si fuera su patio trasero. Estamos en un momento muy complejo, fractal, que podría desembocar en una guerra. Es un momento al que debemos añadir el comportamiento incierto de un capital financiero totalmente desregulado, que puede crear muchos problemas, también a China, porque puede que haya una burbuja financiera allí. Es un mundo de muchas bifurcaciones, donde pequeños cambios pueden tener consecuencias muy graves. Lo que pasa en Venezuela puede agravar el conflicto con China o Rusia. Aún no lo sabemos.

Más allá del ámbito latinoamericano y del acceso a los recursos naturales que garantizan la reproducción del capital global, esta disputa se libra también en el ámbito del espionaje y el desarrollo del software, por ejemplo.
Es evidente que la inversión militar en Estados Unidos es mayor que la de todos los demás países juntos, sin embargo, eso no se ha traducido en que hayan ganado guerra alguna después de la Segunda Guerra Mundial. Es más, las perdieron todas. Algo va mal. Hay un complejo industrial-militar, con sus propios intereses en la venta de armamento al extranjero, que no hace a su ejército particularmente eficaz. Y esto hoy se agrava cada vez más, porque las guerras se combaten de una manera distinta de la que utiliza Estados Unidos con su superioridad. Evidentemente, aún pueden producir mucho dolor, muchos muertos, como vemos en Yemen con los drones: una guerra de exterminio contra todo un un país para hostigar a Irán y asegurarse el acceso al petróleo y que Arabia Saudí garantice el uso del dólar en las transacciones de éste. Va a ser un proceso largo. La rivalidad entre Estados Unidos y China tiene muchos aspectos que tienen que ver con la línea ascendente de China en las próximas décadas, sobre todo por la innovación en inteligencia artificial, robótica y automación, que de alguna manera determinará las nuevas formas de globalización. Todo lleva a pensar que China está bien preparada para estos cambios, quizás más adelantada y mejor posicionada comercialmente que Estados Unidos. Es sencillo de entender: mientras Estados Unidos tiene un discurso autoritario, de imposición, China siempre viene con acuerdos recíprocamente beneficiosos para aquel que negocia con ellos. Tienen tanta conciencia de su fuerza que pueden ofrecer contratos aparentemente entre iguales, aunque sepamos que no lo son, pero que dan cierta ventaja a los países donde se hace la inversión. Es el caso, por ejemplo, de la gran inversión en la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative), con conectividad entre China y el resto del mundo. Eso es lo que está en el horizonte.

Usted ha escrito que hasta el colapso soviético, la izquierda disponía de “una alternativa clara”, con todas las contradicciones que ésta misma daba. Y añade que “mientras no surja una alternativa creíble al capitalismo, la situación de los trabajadores, de los pobres, de los emigrantes, de los jubilados, de las clases medias siempre al borde de la caída abrupta en la pobreza, no mejorará de manera significativa”.
 La existencia del mundo soviético fue absolutamente fundamental para mantener domesticado al capitalismo, porque había una alternativa del otro lado que podía ser atractiva, y durante mucho tiempo lo fue para buena parte de la población mundial. Empezando por China, por ejemplo. Por eso existía la idea de que el capitalismo tenía que ser mejor que el comunismo, que debía mejorar la vida de todos e iba a permitir el desarrollo en paz y libertad. Algo que el sistema comunista, según la lectura de los capitalistas, no garantizaba. Y en algunos casos, con un desarrollo a toda costa y, por tanto, mucho sacrificio humano, eso fue cierto. Pero la alternativa estaba ahí, y de alguna manera su existencia mantenía viva la idea del socialismo. Era una idea reguladora de la emancipación, que señalaba la posibilidad de una regulación mejor que no sería capitalista, sino socialista. No tenía por qué ser el socialismo soviético, pero un tipo de socialismo, y por eso la división entre un socialismo revolucionario y otro democrático siempre se acababa reformulando. Y en eso, de nuevo, el caso de América Latina es paradigmático. Allende fue eso, un intento de socialismo democrático. Chávez también. Fue el hombre que organizó y ganó más elecciones libres, como certificó el Centro Carter. Buscaba una forma de socialismo democrático, bolivariano en su caso, en un momento en que se hablaba del “socialismo del siglo XXI”, como, en menor medida, lo fue el de Rafael Correa y lo es el de Evo Morales. Pero esta idea apareció cuando el “socialismo realmente existente”, soviético, había desaparecido, y esa desaparición fue la que permitió que el neoliberalismo, como la fase más brutal y salvaje del capitalismo tardío, empezara a manifestarse en todos los ámbitos. El incremento imparable de la desigualdad o el cuestionamiento de los derechos sociales ya venían de atrás, de los 70 y la primera crisis del petróleo, y esto se agravó tras la caída del Muro de Berlín, que es cuando la socialdemocracia empieza a caer cada vez más en el fundamentalismo de mercado a través del neoliberalismo hasta hoy, incluso en los países nórdicos. Entonces, fue en América Latina donde se reanimó esta idea del socialismo democrático por medio del “socialismo del siglo XXI”. El problema fue que, como ya dije, estas formas de socialismo democrático estaban basadas en dos pilares: una democracia liberal y representativa con algunos rasgos de democracia participativa, y un modelo de desarrollo extractivista. Y estas democracias, sin reformar el sistema político, al no soportar el declive de las materias primas con las que cubrían su política distributiva, colapsaron. El imperio y las oligarquías intervinieron para liquidar las perspectivas de un socialismo democrático, con un sistema judicial activo que, con su selectividad opaca, resulta el fin de la propia democracia. Tenemos ahora un impasse total, una democracia desacreditada en muchos países además de una crisis de las materias primas, quizás con la excepción de Bolivia. Creo que, como en el boxeo, la izquierda se ha llevado un puñetazo muy fuerte y está aturdida, no sabe por dónde ir. No existe esa otra alternativa creíble de la que hablaba para abordar estos problemas y reformular esa división entre un socialismo revolucionario y otro democrático. Hay que construir esa alternativa, que obviamente no será la del socialismo soviético, pero deberá tener esa claridad que se ha perdido.

Ante esta panorama, ¿cuál cree que es el espacio de actuación para los de abajo?
Es una situación de gran riesgo, y al mismo tiempo de oportunidad. Lo que propongo es, primero, confrontar esa noción de que no es relevante que haya izquierda. Hay gente que, en esta crisis, ha salido con la idea de que ya no hay distinción entre izquierda y derecha, que tenemos que encontrar otras formas de organización política. No. La izquierda siempre ha sido importante y ahora lo es más que nunca. Se trata de definir de qué lado estás: de la redistribución social o de las oligarquías. Evidentemente, ahora es más complicado, porque si quieres redistribución debes abordar una reforma política. Como he señalado, no puedes hacer una redistribución basada en el neoextractivismo, porque, entre otras cosas, vas a tener que perseguir a los indígenas y a otros desfavorecidos y criminalizarles. No puedes hacer eso. Las condiciones para una sociedad más justa son ahora mucho más difíciles. Y en esto los indígenas nos dan siempre una gran lección. Son los que mejor nos indican el futuro. Después de haber sido cercados y exterminados por la modernidad, el futuro que nos resta vendrá de la mano los indígenas, porque son los que mantienen viva la idea de una sociedad más justa, en armonía con la Madre Tierra, con la naturaleza, y nos pueden ayudar a reinventar la emancipación social a través de sus ideas del buen vivir. Creo que lo que deberíamos hacer es encontrar formas pragmáticas de articular las izquierdas, no para que los zapatistas sean socialdemócratas o los socialdemócratas peronistas, sino para buscar una convergencia mínima a través de la que poder organizar políticas comunes que mejoren la vida de la mayoría. El socialismo ahora no puede ser algo a realizar en muchas décadas, porque la gente está en una situación muy dolorosa, de hambre, inseguridad, violencia, y no hay tiempo para estar discutiendo cuál será el mejor sistema político del futuro. No se puede hablar de que vaya a haber un sistema. Va a haber lo que llamo una artesanía de prácticas socialistas, de diferentes orígenes y tipos, que deberán articularse. Sólo será posible si perdemos el dogmatismo y el sectarismo que ha dividido a las izquierdas, y organizamos las luchas, de una vez por todas. La izquierda sabe que esta lucha no puede ser únicamente contra el capitalismo, sino también contra el colonialismo, a través de las luchas contra el racismo, la xenofobia y la islamofobia, por ejemplo, y contra el patriarcado, que involucra también la lucha contra la homofobia y otras formas de segregación sexual. ¿Y cuál es el riesgo? Pues que si esta oportunidad no se formula políticamente a tiempo, las fuerzas antidemocráticas podrían acabar tomando la democracia. Es decir, el peligro es que las democracias mueran democráticamente.

Siempre digo que los sociólogos somos malos en prever el futuro y buenos en prever el pasado, y nunca ha sido tan difícil imaginar lo que pueda pasar, pero me parece que existe tanto un gran riesgo como una gran oportunidad. Hay que intentar minimizar el riesgo por medio de la articulación de las izquierdas, y con éstas generar nuevas oportunidades que traigan alternativas al desarrollo a través de una reforma del sistema político. Porque hay que proteger la política de un sistema económico que la está matando.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190424/Politica/25771/america-latina-venezuela-estados-unidos-alejandro-pedregal-boaventura-de-sousa-santos.htm#.XMCy9D8r84s.twitter

25 de Abril, Sempre!

The Köln Concert


miércoles, 24 de abril de 2019

Esparsa

Sigüenza. Sepulcro del Doncel

   Hallo que ningún poder
ni libertad en mí tengo,     
pues ni estó ni vo ni vengo
donde quiere mi querer.      

Jorge Manrique

martes, 23 de abril de 2019

Las razones secretas de algunos celibatos

...
Resultado de imagen de William-Adolphe Bouguereau
William-Adolphe Bouguereau
  Las razones secretas de algunos celibatos merecen ser conocidas. El poeta corso Lorenzo Mabili y su hermana Ester, vivieron juntos y estérilmente toda la vida, sacrificándose mutuamente esas ventajas que otros encuentran en el matrimonio. Las uniones entre estos solteros y estas solteras son en apariencia tristes, aunque en el fondo esconden una exquisita forma de felicidad. Un caso similar al de Lorenzo y Ester Mabili es el de C.P., un periodista romano, y de su hermana M., que conviven de manera perfecta y han renunciado a cualquier otra forma de asociación sentimental. Más singular aún, y quizá más exquisito, es el caso de los hermanos T., ingeniero naval el mayor y periodista el menor, que han unido sus celibatos y viven juntos comen juntos en el restaurante, van juntos al teatro, al cine, al café. Los hermanos T. son dos gigantes muy feos y lerdos Fafner y Fasolt, vestidos de paisano, con los brazos colgantes y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, como por una tendencia natural a recobrar la posición horizontal, deambulan solitarios por las calles de Roma, entran en los cines agachando la cabeza para no darse con la frente contra el marco de la puerta, pasan largas horas sentados en el café, observan a las mujeres volviendo lentamente la cabeza para seguirlas con mirada bovina y melancólica, y cuando una de esas mujeres así observadas desaparece por la esquina o se pierde entre la multitud, ellos acercan sus jetas y hacen comentarios en voz baja. La unión de esos dos gigantones no puede ser más locuaz. En cierta ocasión nos picó la curiosidad de averiguar sobre qué versaban esas animadas conversaciones, y nos sentamos en el restaurante en una mesa próxima a la suya. Y así descubrimos que los hermanos T. sólo tienen un tema de conversación: la mujer. Hablan entre ellos, y de manera confidencial, durante horas y horas, de la mujer, del cuerpo de la mujer, de ciertas partes del cuerpo de la mujer, de las partes más mullidas y carnosas del cuerpo de la mujer; y siempre lo hacen como quien intercambia secretos muy íntimos. Y mientras aluden a la parte trasera de la mujer redondeando los labios para formular mejor la redonda palabra, la expresión de su rostro es seria y preocupada. Como llegamos a saber más tarde, estos dos hermanos gigantescos  feos se sienten agobiados por el problema sexual, y, como ninguno de los dos ha logrado resolver este problema de forma natural, han asociado sus vidas con el fin de poder resolverlo teóricamente. Queda por señalar la extraña y sutil felicidad de estas uniones sustitutivas del matrimonio. El matrimonio tiene una finalidad sexual, una finalidad sentimental, una finalidad procreadora, pero tiene sobre todo la finalidad de completar y reforzar en este mundo la situación del hombre y de la mujer, así como de crear entre hombre y mujer una asociación que, aunque pequeña, sea segura, que permita afrontar, con una especie de "egoísmo doble", los peligros, los azares y ante todo la soledad de la vida. Y a este fin, mejor que la unión normal entre marido y mujer, sirven las uniones entre madre e hijo, entre hermano y hermana, entre hermana y hermana, y entre hermano y hermano....

Maupassant y "el otro"
Alberto Savinio

lunes, 22 de abril de 2019

Una mina en el paraíso y otras historias de La Raya

Estación de Hinojosa de Duero, inicio de la Ruta de los Contrabandistas.

"Resquebrájase la meseta en hondos desgarrones,
mostrando al descubierto sus berroqueñas entrañas,
pedernoso cimiento de la ceñuda tablada de Castilla.
El agua terca, que talla las rocas gota a gota con
singular trabajo, ha ido carcomiendo sus peñascoso lecho
y buscando salida entre esguinces y revueltas. A
la distancia nadie adivina el hondo tajo por donde el
Duero corre; la ondulante llanada parece ir a perderse
suavemente y sin solución alguna de continuidad en
las estribaciones de la sierra de la Estrella, que cierran,
hacia Portugal, el horizonte".

Miguel de Unamuno

En el año 2009, el profesor y escritor Luciano G. Egido publicó la novela Los túneles del paraíso (Tusquets). Cuando leí el libro yo no sabía prácticamente nada de la línea del ferrocarril que unía Salamanca con Oporto, una línea cuyas obras se iniciaron en 1881 y que llegó a la frontera con Portugal en 1887, muy poco tiempo si se tiene en cuenta que para el tramo final, el terrible descenso por el valle del río Águeda, se tuvieron que construir diecinueve puentes metálicos y veinte túneles. En su momento esta línea de tren representaba, como recogían los periódicos, la oportunidad para un «territorio de frontera», de romper «la brecha de su aislamiento y traspasar el umbral de la modernidad». Y se consiguió. No fue nada fácil, porque a los obreros que construían el ferrocarril les pasó de todo: riadas, epidemias, accidentes… Un buen número de muertos para que por fin «estas locomotoras arrastren las producciones de la agricultura y la industria hacia los mercados de Lisboa y Oporto y se establezca con aquellas dos poblaciones un comercio que aumente nuestra vida mercantil y nuestras relaciones, finalizado el camino que abriga la esperanza de reportar grandes beneficios a dos pueblos hermanos y facilite la prosperidad y el bienestar de las comarcas». Y sí, da gusto ver el optimismo que traía siempre la construcción de un ferrocarril. Pero por desgracia ese optimismo muchas veces era desmentido por la realidad. El tren llegó y pasó. Y murió sin pena ni gloria un frío enero de 1985, después de años de lenta e inexorable decadencia.

¿Y murió y punto final? No. Por suerte no. La línea de la Fregeneda es un muerto que se resiste, muy discretamente, a ser olvidado. Y que incluso pide, muy discretamente, porque aquí todo es así, sin estridencias, sin grandes golpes ruidosos, volver a la vida. Desde hace algunos años un puñado de vecinos está luchando para rescatar el ferrocarril. Empezaron por su cuenta, sin ningún apoyo oficial, e incluso con muchas reticencias por parte de la propietaria de la línea, entonces RENFE y ahora ADIF. Todo empezó a cambiar cuando todo el tramo, los setenta y ocho kilómetros de vía entre La Fregeneda y La Fuente de San Esteban, fue declarado Bien de Interés Cultural. Al mismo tiempo, los vecinos, que continúan con su lucha, han creado una asociación, y durante los últimos años se han dedicado, por su cuenta y riesgo, a limpiar y hacer transitable las vías. La idea, o una de las ideas, es hacer una especie de vía verde, sin quitar los carriles (que por cierto aún tienen las traviesas originales, lo que da una idea del poco mantenimiento que tuvo este ferrocarril), pero acondicionando los puentes y los túneles para que cualquiera pueda pasar por ellos sin peligro. Otros proyectos son un posible tren turístico, o colocar bicicletas sobre los raíles, como ya se ha hecho en otros sitios. Todo está abierto y la situación ha mejorado notablemente ahora que por fin la Diputación de Salamanca ha decidido intervenir y ha iniciado las obras de rehabilitación del tamo final, el que baja desde la meseta hasta las aguas del Duero, en pleno Parque Natural de los Arribes.

Si alguien se toma la molestia de conducir hasta allí, si alguien se toma la molestia de llegar hasta el punto donde el río Águeda se une al Duero, descubrirá una frontera que no existe, o que solo existe en los mapas, que desde luego no existe para el halcón que vuela de un lado a otro del río, una frontera desierta, donde un moderno puente de carretera nos permite pasar a lo que parece ser otro país. Aunque uno sospecha de inmediato que eso no es cierto, o es cierto solo en los mapas, y nos permite ver un valle tan hermoso como perdido, un valle que es exactamente igual al valle por el que hemos bajado, después de curvas y curvas, hasta el fondo de ese gran cicatriz en la dura meseta que divide dos países, aunque nunca dividió a los habitantes de los pueblos de la zona, de uno y otro lado de La Raya.

Puente internacional.
«Siempre hemos pasado por el puente, cuando estaba mal también pasábamos», me dice un vecino de Boada. Mientras tomo el café en el bar del pueblo, el que supongo que será el único bar del pueblo, me explica cómo llegar a la estación de la Fregeneda y me cuenta que cuando pasaban los túneles sus pies se hundían en un suelo blando y resbaladizo que no era más que una gran capa de mierda de murciélago. El puente al que se refiere, el puente internacional del ferrocarril, no es ninguna tontería. Como para pasarlo de noche y en mal estado… Si te caes al río lo tienes francamente muy mal. Pero aquí la frontera nunca ha sido una frontera, y por eso tenemos la Ruta de los Contrabandistas, que es un complemente perfecto para una excursión por la vieja vía de tren.

¿Y ya tenemos el final feliz? Pues no. Aún no lo tenemos. En Vitigundino, capital comarcal, me cuenta la dueña del hostal que «antes éramos tres mil quinientos vecinos, pero ahora somos dos mil quinientos». Si la capital comarcal pierde vecinos, ¿qué pasará en los pueblos más pequeños? La respuesta es muy evidente, y lo que pasa aquí no es nada que no pase en Soria, en Teruel o en el interior de Castellón. Pero aquí tienen ahora una esperanza de futuro, o eso es lo que piensan algunos, mientras otros les dicen que no, que ese no es el futuro que debería ser, el futuro que es el futuro bueno para ellos. En realidad, pienso yo, tienen dos esperanzas de futuro, pero las dos son totalmente incompatibles, me temo.

Pintada contra la mina en la estación de Bogajo.
Por un lado, la mina, una enorme mina de uranio, la que según cuentan sería la explotación minera a cielo abierto más grande de Europa de ese tipo, y repito, estamos hablando de uranio, que no es ninguna tontería. Por otro lado los arribes del Duero, el Parque Natural, la «vía verde» o la «FerroNatura: Vía Natural de la línea férrea de frontera hispano-portuguesa», a lo que se suma el balneario de Retortillo (curiosamente muy cerca de la futura mina), además de tener cerca una ciudad tan turística como Ciudad Rodrigo, y todo un patrimonio natural (la dehesa y los bosques caducifolios) y artístico-histórico muy poco explotado todavía (y que conste que el verbo «explotar» hay que juntarlo con mucho cuidado con el sustantivo «turismo», porque la cosa se nos puede ir de las manos y acabar fatal). En fin, turismo ecológico, turismo natural, turismo sostenible… Da igual cómo lo llamemos, la cuestión es que llegue gente y se quede una noche o dos, o tres o cuatro, y mantengan abiertos los bares, los hostales, las gasolineras, las tiendas, etc. etc. Eso o que la mina dé trabajo, como piden algunos, como esperan algunos. ¿Y cómo están los vecinos? Divididos, como no podía ser de otro modo. Veo muchos carteles y pintadas. Mina no. Mina no. De repente, encuentro un Mina sí. Pero sé que hay más. En la empresa minera están haciendo un gran esfuerzo de propaganda, lo cual es lógico, y si te metes en internet verás que lo mismo se convocan actos en contra de la mina como actos en apoyo de la mina. Y todo eso mientras el larguísimo proceso burocrático y judicial sigue su curso. Se pensaba abrir la mina en el 2018. Pero a día de hoy no se sabe si se abrirá o cuándo se abrirá

 Repetimos, es una mina de uranio, no es ninguna tontería. Y es una mina a cielo abierto, que tiene que arrasar un bosque entero. Y sí, luego, nos dicen, se puede volver a plantar, luego se puede repoblar y volver a tratar de dejar la naturaleza como estaba antes; y digo «tratar de dejar» porque los robles centenarios, las encinas centenarias que se arranquen no se recuperaran nunca. Esta zona, toda la frontera con Portugal, desde Zamora hasta Cáceres, ya sea por su aislamiento o por otras causas, está muy bien conservada. Ecológicamente hablando, paisajísticamente hablando, es una maravilla. Aquí la tierra es muy dura, estamos en la España silícea, la de el granito y la pizarra, y la ganadería ha sido durante muchos siglos la única actividad posible. El cambio es visible cuando, por ejemplo, se viene por la autovía que comunica Salamanca con Portugal, y de repente los enormes y llanos campos de cereal desaparecen y el terreno se vuelve ondulante y verde, con bosques y dehesas, y a veces prados y zonas de matorral espeso, y muy pocos pueblos y riachuelos inesperados que obligan a la carretera a trazar curvas sinuosas. 

Y mientras, como pasa siempre que se entra en las comarcas perdidas, en los huecos del mapa, uno va comprendiendo que aquí los kilómetros se pueden alargar y alargar y hacerse interminables, y se descubre de pronto, por una repentina intuición, que la frontera es esta, la frontera es el desvío de la autovía, la frontera es dejar de ver el amplio horizonte, los lejanos montes azulados, y perderse en lo inmediato, en la colina que tenemos delante, en lo que habrá detrás de la próxima curva. La frontera de verdad no es la frontera de ese río que no divide nada más que un pedazo de papel. La frontera es la frontera entre el campo y la ciudad. Entre Salamanca y lo que queda muy lejos de Salamanca. O entre Oporto y lo que queda muy lejos de Oporto, muy lejos del mar, muy lejos de la llanura. Los ingenieros que construían el ferrocarril de la Fregeneda quería eliminar una frontera con un puente, pero la frontera continua, porque la frontera es la frontera entre el territorio ocupado y el territorio desierto, entre el territorio que recibe toda la atención y todos los recursos, y el territorio que solo sale en la tele muy de vez en cuando, y casi siempre para quejarse de la falta de atención y la falta de recursos. 

Estado actual de la vía.
Todos los palacios tienen su sala de calderas y su desván, su basurero, sus sótanos. El capitalismo puede ser un trasatlántico muy lujoso, donde hay grandes banquetes y la orquesta no para de tocar, pero en otra parte del barco alguien trabaja en una ruidosa y sucia sala de máquinas. ¿Va a ser el campo nuestra sala de máquinas? ¿Nuestro desván? Todo lo que no nos gusta, las cárceles, los vertederos, los cementerios de residuos radioactivos, todo lo que hace falta para que la máquina no se pare, las centrales térmicas y nucleares, las minas, todo eso va al campo, a la parte trasera, a lo que no se enseña a las visitas y a los clientes, a los lujosos huéspedes de los camarotes de primera. ¿Es esto lo único que hay? ¿Tenemos alternativas? Miro la prensa. Como ahora se ha producido una gran manifestación en Madrid parece que se habla de ello. «Aquí viven dieciséis vecinos», leo en un titular. Pues eso es hoy. Mañana puede que sean quince. Y pasado mañana puede que sean catorce. Los dieciséis vecinos del titular son ancianos. Son los que nos cuidan la naturaleza. Nuestra naturaleza. Eso lo olvidamos siempre.

La tiranía que crece en el corazón de Europa

El primer ministro húngaro ha sido reelegido tres veces consecutivas con un discurso centrado en la etnia y el miedo a los inmigrantes. La pensadora Agnes Heller, que lo considera un “tirano moderno”, explica qué podemos aprender de Hungría antes de que sea demasiado tarde

Protestas en Budapest contra el Gobierno de Orbán, el pasado mes de febrero.
Protestas en Budapest contra el Gobierno de Orbán, el pasado mes de febrero. GETTY IMAGES
Diversos factores han contribuido a la instauración del régimen de Vik­­tor Orbán en Hungría, entre ellos la falta de tradición democrática, la decepción de muchos ciudadanos tras el advenimiento de este sistema político, los errores de los Gobiernos o el intento fallido de golpe de Estado en 2006. Luego está el miedo al caos o a la ausencia de liderazgo. Seguramente, todo ello influyó en la primera (o segunda) victoria del Fidesz-Unión Cívica Húngara en 2010. Ahora bien, ¿qué pasó entonces en las elecciones de 2014 y 2018?

La respuesta habitual señala a la nueva ley electoral aprobada por un Parlamento dominado por el partido de Orbán, que ha convertido en prácticamente imposible una victoria de la oposición. Esto es cierto, pero no lo explica todo. Otro factor a tener en cuenta es que las fuerzas políticas de la oposición se han profesado un odio mutuo mayor que el que sienten por el Fidesz, y, hasta ahora, se niegan a unirse. Pero esta respuesta tampoco es satisfactoria del todo; habría bastado con que tres candidatos de la oposición se hubiesen apartado y dejado paso a un cuarto para que el Fidesz no hubiese conseguido dos tercios de los escaños en 2018. Esto sigue sin explicar por qué los más pobres, los perdedores —como, por ejemplo, la mayoría de los gitanos—, votaron a Orbán.

En el siglo pasado, muchas sociedades europeas continentales vivieron procesos similares. Algunos periodistas, sociólogos y politólogos han calificado la “democracia no liberal” de Orbán de “fascismo”, “autocracia”, “Estado mafioso” e incluso de “nacionalsocialismo”, pero yo creo que en Hungría nos encontramos ante un fenómeno nuevo. Por eso he utilizado el término políticamente neutro de “tiranía”. A pesar de ser resultado de numerosas contingencias y aunque se pueda entender en el contexto del pasado nacional, el caso húngaro no es único. La calificación de fascista aplicada al régimen de Orbán es fácil de rebatir. En Hungría hay partidos de la oposición y no existe la pena capital. De hecho, el régimen no es totalitario. Cuando recibe el calificativo de autocrático también es fácil objetar que las autocracias, incluidas las dictaduras militares, suelen sustentarse en una clase social que las respalda. “Populismo”, el término empleado con más frecuencia para describir el actual régimen húngaro, es igualmente poco preciso. Los partidos populistas no crean oligarquías, aunque bajo su dirección la corrupción y el robo puedan alcanzar grandes proporciones.

La nueva modalidad de tiranía aún no tiene nombre, pero es posible caracterizarla. La Hungría de Orbán puede servir de modelo para ello. De hecho, los sistemas de los mejores amigos del primer ministro húngaro, como Putin y Erdogán, guardan similitudes con ella. Las diferencias obedecen a las diferentes tradiciones históricas y al hecho de que Hungría es miembro de la Unión Europea, mientras que Turquía y Rusia no lo son. Aun así, la importancia de analizar el imperio de Orbán como modelo no reside en su similitud con otras democracias no liberales “realmente existentes”, sino en la atracción que este ejerce sobre otros países gobernados hasta ahora por democracias liberales.

Hannah Arendt, en su obra Los orígenes del totalitarismo, fue una de las primeras en analizar la transformación de las sociedades de clases en sociedades de masas. En el territorio bajo dominio soviético, esta transformación sucedió de forma repentina y violenta, y concluyó rápidamente. En otras partes de Europa ocurrió de forma más lenta, pero también se produjo. También en otros lugares las sociedades de clases se convirtieron en sociedades de masas. En las democracias liberales el voto cambió. Italia o Francia pueden servir de ejemplo. Allí, a lo largo de muchas décadas, los mismos partidos compitieron por el apoyo del electorado. La pertenencia a una clase social y la tradición familiar eran los factores más decisivos para los electores, y así los partidos desarrollaban sus campañas en consecuencia (sus programas abordaban salarios, impuestos, empleo, etcétera). Pero de repente ningún partido tradicional puede continuar haciendo estas propuestas; ni siquiera la promesa de renovar el Estado de bienestar consigue atraer a los votantes. Los viejos eslóganes ahora suenan vacíos. Los pobres no son una clase, no tienen intereses de clase. Las formaciones políticas convencionales, y otras organizaciones políticas, surgen de la nada. Se ha perdido la estabilidad del sistema; todo se vuelve fluido, maleable. Las ideologías sustituyen a los intereses del electorado.

La victoria en las elecciones gracias al apoyo de la mayoría en las urnas legitimaba a un Gobierno, justificadamente. Pero hoy, en muchos lugares del mundo, los mismos tiranos son elegidos y reelegidos por la mayoría. Estos regímenes no son democracias, sino tiranías. Hoy, solo las democracias liberales, es decir, los Estados con división de poderes y un sistema de controles y equilibrios, en los que se respetan y se practican las libertades civiles, pueden ser calificados de democracias. La “democracia iliberal” no es democracia.

Si los viejos partidos se derrumban y nuevas formaciones sin tradición surgen de la nada; si los tiranos pueden ser elegidos una y otra vez por la mayoría; si la riqueza se redistribuye a la inversa, ¿qué es lo que mueve a la gente? La respuesta es simple: la ideología combinada con las políticas de la identidad. Francis Fukuyama, en Identidad, su último libro, apunta a la abrumadora influencia de las políticas de identidad, y no solo en las tiranías. Estas políticas (en plural) difieren mucho unas de otras, dependiendo de la clase de “identidad” en la que se fundamenten. Puesto que me estoy refiriendo al caso húngaro, tengo en mente las políticas de identidad europeas más características y tradicionales. Desde la I Guerra Mundial, la identidad dominante en Europa es el Estado-nación, la “identidad nacional”, que puede fundamentarse en la nacionalidad, aunque en el caso húngaro (y en la mayoría de los países europeos) su base es la etnia.

Cartel en Bruselas con el mensaje: “Primero quiso nuestro dinero, ahora la unidad de Europa está en juego”.
“Primero quiso nuestro dinero, ahora la unidad de Europa está en juego”. REUTERS
 Las ideologías pueden ser positivas. Por “positivas” no quiero decir buenas, progresistas, ni nada por el estilo. Las ideologías positivas son las que contienen una promesa de futuro, ya sean cambios radicales, una sociedad sin clases, un mundo sin contaminación, el dominio mundial, el Estado del bienestar o la felicidad universal. Las ideologías positivas (las beneficiosas y las peligrosas) tienen sus propios ideólogos intelectuales y cuentan con el apoyo de científicos, poetas y filósofos, que forman una especie de élite cultural. Pero las ideologías de las tiranías modernas son negativas. No tienen una élite intelectual.

Orbán se dirige a la etnia húngara y, dentro de ella, exclusivamente a sus seguidores. No considera que los miembros de la oposición sean húngaros. En su opinión, los liberales, los socialistas y los demás miembros de la oposición traicionan al país, por ejemplo, al votar en contra de Hungría (o sea, del Fidesz) en el Parlamento Europeo. La esencia de la ideología dominante podría resumirse brevemente así: los húngaros son los mejores, los más inteligentes, los más trabajadores, los más demócratas, y siempre son malinterpretados por los abominables liberales y comunistas. Pero no hay por qué preocuparse. El Fidesz, es decir, Orbán, te protege, siempre tendrá en mente los intereses del pueblo, defenderá el glorioso pasado, la cultura tradicional, y demás. Si apoyas a Orbán, apoyas a Hungría.

En las elecciones de 2014, la campaña ideológica giró en torno a la defensa de los húngaros frente al aumento del precio del gas y de la electricidad, que reporta “beneficios adicionales” a los intereses extranjeros. Fidesz estableció un precio fijo y los húngaros podían ver en sus facturas cuánto les había ahorrado el Gobierno. El subtexto era obvio: los húngaros tenemos un padre, Orbán, que nos defiende a nosotros, sus hijos, así que obedezcámosle.

La crisis de los refugiados fue una fantástica oportunidad para el Gobierno del Fidesz. Orbán nunca hablaba de refugiados, ni siquiera de inmigrantes, sino de las hordas de inmigrantes. Prometió que defendería nuestro país, la cristiandad y la cultura europea de los invasores musulmanes ilegales, que violarían a nuestras mujeres, que eran terroristas, nos quitarían el trabajo y destruirían nuestra tradición. Nada de esto tenía que ver con el verdadero problema de la inmigración. En Hungría no hay “inmigrantes” ilegales. Pero Orbán y sus “mamelucos” consiguieron persuadir a una parte enorme de la población de que millones de individuos de color, hambrientos y peligrosos, estaban a punto de invadirnos. De modo que los húngaros empezaron a odiar a esos “inmigrantes”. A personas muy pobres —quienes más perdieron con el régimen de Orbán— se les preguntó por qué le votaban, y todas respondieron que porque nos protege de la invasión de inmigrantes. No habían visto ni uno solo.

Los tiranos también aprenden unos de otros. En Turquía, Erdogán eligió un rostro para utilizarlo como blanco del odio. Orbán también lo buscó y lo encontró en George Soros, un multimillonario judío de origen húngaro. Se convirtió en la personificación perfecta del diablo. Soros ha escrito sobre la emigración y es un conocido activista político. Los carteles del demonio Soros desempeñaron un papel importante en la campaña electoral de Fidesz de 2018. Muchos han señalado que esta vivificación tenía una motivación antisemita, pero no es así. Orbán no es antisemita, no tiene ninguna convicción firme, ni positiva, ni negativa. Lo único que le interesa es acrecentar al máximo su poder, y por eso utilizará cualquier ideología (incluido el antisemitismo) que le sirva para fortalecer su autoridad y satisfacer su ansia de acumular cada vez más.

La “ideología negativa” también es llamada nihilista por Nietzsche. Es la ideología del “último hombre”. Tras las elecciones de 2018, el Fidesz lanzó un Kulturkampf, una batalla cultural que nada tiene que ver con la cultura, sino con el poder.

La batalla cultural llegó a la Academia Húngara de Ciencias. Esta vieja y hasta ahora autónoma institución no solo reúne a la comunidad de los científicos punteros, sino que sus miembros forman los eslabones de la cadena de organismos de investigación científica. El Gobierno decidió que esto no puede seguir así. La investigación científica tiene que estar controlada por el Estado, porque si no, los científicos no sabrán cuáles deben ser las prioridades ni qué es más útil. (...) La ideología no puede producir resultados científicos, ni escribir poemas ni novelas. El reconocimiento no llega bajo demanda. Rákosi [primer ministro de 1945 a 1956] no pudo, Kádár [de 1956 a 1958 y de 1961 a 1965] no pudo, y Orbán tampoco podrá.

La batalla cultural se ha librado en distintos campos, en universidades y escuelas, es decir, contra las escuelas y las universidades. Se espera que las escuelas produzcan individuos buenos y obedientes, y con la excusa de que los libros de texto que reciben los alumnos son gratuitos, su contenido está determinado por la propaganda del Fidesz, sobre todo en las asignaturas de historia y literatura húngara. En lo que respecta a las universidades, el Estado nombra al denominado canciller, situado por encima del rector elegido, para que se ocupe de lo relacionado con la enseñanza. Aunque no todos los cancilleres obedecen órdenes, y entre ellos hay personas cultas y bienintencionadas, la autonomía de las universidades públicas está limitada. Los padres que se lo pueden permitir mandan a sus hijos a universidades privadas o al extranjero. Cuando acaban el bachillerato, muchos estudiantes se marchan a Londres, Viena, Estados Unidos o alguna ciudad alemana. Esto entra dentro de lo normal, pero si las circunstancias no cambian, estos estudiantes nunca volverán. Y aunque no forme parte directamente de la batalla cultural, vale la pena señalar que alrededor de medio millón de húngaros viven y trabajan en el extranjero. Dado que son, sobre todo, estudiantes e intelectuales altamente cualificados, el país sufre una grave escasez de médicos, enfermeros y otros profesionales, incluidos trabajadores especializados.

Las tiranías siempre acaban cayendo, pero aún está por ver si los húngaros saldrán de esta con la suficiente cordura, al menos, para poder empezar de nuevo. La Unión Europea es la última oportunidad que tiene la Europa continental de seguir siendo un actor política y culturalmente decisivo en la escena mundial. Si la Unión fracasa, Europa tendrá un pasado, pero no un presente y menos aún un futuro. Se transformará en un museo.


Fuente:  https://elpais.com/elpais/2019/04/18/ideas/1555585620_542476.html