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jueves, 8 de octubre de 2020

Los muertos que nos faltan

"Invertir en amortiguar el golpe psicológico de la pandemia debería ser una prioridad para preservar un tejido social fuerte capaz de enfrentarse al ingente crash que se avecina"

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Una trabajadora del aeropuerto de Lima saluda a un viajero. REUTERS / SEBASTIAN CASTANEDA

 Creo que estamos contando mal los muertos. Y eso que la obsesión por las cifras lo ocupa todo: cada día los medios nos ilustran con el número de fallecidos, de hospitalizados, de camas UCI ocupadas, de recuperados y de contagiados, en total, por ciudad, por comunidad o por país y por cada 100.000 habitantes. Hay estadísticas oficiales y datos a los que se suma el exceso de fallecimientos registrados en comparación a años anteriores, hay cifras y cifras hasta desnaturalizar los números y despojarlos de su importancia.

Porque las cifras, sin nombres ni apellidos o imágenes de la tragedia, no calan en nuestra mente ni alimentan nuestros miedos: son solo representaciones abstractas de una cantidad que no podemos ni queremos visualizar, supongo que obedeciendo a un instintivo sentimiento de autoprotección. Nadie puede imaginar lo que ocupa un millón de euros, ni lo que ocupa un millón de muertos.  

Nueve meses después del inicio de la pandemia del siglo XXI, que va camino de superar el coste en vidas de la Gripe de Hong Kong que se extendió entre 1968 y 1970, las previsiones son terribles. El negacionista en jefe, Donald Trump, sigue quitando importancia al coronavirus después de resultar infectado e infectar a parte de la Casa Blanca por su irracional decisión de no usar mascarilla. Lo hace aplaudido por acólitos como Jair Bolsonaro y Boris Johnson, que se curaron, como él, monopolizando a los mejores doctores y los mejores recursos sanitarios de sus países. Resultó que nos equivocamos y el coronavirus sí entendía –y mucho– de clases sociales. Como demuestra la milagrosa recuperación temporal de Trump gracias a un cóctel de fármacos de consecuencias imprevisibles e inaccesible para el común de los mortales, en lugar de homogeneizar, el virus aumentará la desigualdad. 

La mal llamada segunda oleadaese sinsentido dialéctico, dado que nunca salimos de la primera como advirtió la OMS– se cierne sobre el mundo con una virulencia extrema. Países como Australia, Japón o Israel, de comportamiento ejemplar en los primeros meses de pandemia, vuelven a registrar preocupantes cifras de contagios. Y tienen suerte: en otros lugares en los que la enfermedad pasó de puntillas, como Iraq, ahora se ceba sobre unos habitantes abandonados a su suerte, sin un sistema sanitario capaz de afrontar el reto: según Médicos Sin Fronteras, solo en el último mes se han confirmado más de 123.000 casos.

Desde mediados de agosto, se registran 4.500 contagios diarios y 500 muertes por semana. Las cifras comenzaron a subir en junio, cuando en Europa nos desconfinábamos para disfrutar de un verano que ha asfaltado el regreso a los confinamientos. 

Los números de la COVID-19 devoran los espacios informativos ocultando las otras múltiples muertes que arrastra. Todos aquellos enfermos de dolencias que no fueron atendidos en el hospitales durante el confinamiento, todos los fallecidos por ‘causas naturales’ cuyos tratamientos médicos fueron interrumpidos durante lo peor de la pandemia, todos los muertos no registrados –en buena parte del mundo, la administración no llega a todos los rincones–, las víctimas de violencia machista obligadas por el virus a convivir con sus agresores, las personas que se quitan la vida por depresión, por la angustia que genera la incertidumbre sanitaria pero, sobre todo, por la colosal crisis económica que se avecina….

Todos ellos no están siendo tenidos en cuenta. Y las previsiones son espeluznantes. Pongamos el ejemplo de Estados Unidos, a la cabeza de víctimas con más de 200.000 muertos. Una encuesta del Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC) publicada en agosto indicaba que 1 de cada 10 había considerado seriamente quitarse la vida en el mes anterior, el doble de quienes admitían haberlo hecho en 2019. Si solo nos fijamos entre los adultos de entre 18 y 24 años, la cifra se disparaba a uno de cada cuatro.

La revista The Economist recoge datos preliminares que alimentan los peores augurios: en Japón los suicidios aumentaron un 15,3% respecto al año pasado, la policía de Nepal ha reportado cinco veces más suicidios que en 2019 y las autoridades sanitarias tailandesas han expresado su temor a que las seis personas de cada 100.000 que se quitaron la vida el pasado año aumenten a nueve.

Talkspace, una empresa de Nueva York especializada en ayuda psicológica, ha confirmado que sus teleconsultas han aumentado un 250% durante la pandemia, y que la cantidad de pacientes con ansiedad severa ha aumentado en un 40%, un salto sin precedentes, según la revista. Un estudio de la revista médica The Lancet equipara un aumento del 1% en el desempleo con un aumento del 0,79% en el suicidio en Europa y del 0,99% en Estados Unidos. Ahora, extrapolemos los datos a la crisis financiera que no está haciendo más que comenzar.

Por eso es hora de olvidarse de ‘volver a la normalidad’, ese oxímoron con el que nos manipulan los políticos. No volveremos a ser los mismos, no tanto por el virus como por el varapalo económico tan colosal que se avecina. La OMS se ha anticipado al Día Mundial de la Salud Mental para destacar el impacto “devastador” de la epidemia. Según una encuesta realizada en 130 países, “la COVID-19 ha interrumpido o detenido los más importantes servicios de salud mental en el 93% de los países” pese que la desde el inicio de la pandemia, en marzo pasado, la demanda de servicios de salud mental ha ido en aumento.

“El duelo, el aislamiento, la pérdida de ingresos y el miedo desencadenan problemas de salud mental o agravan los existentes”, explicó la OMS en un comunicado, donde también advierte de que “muchas personas pueden estar enfrentando mayores niveles de consumo de alcohol y drogas, insomnio y ansiedad”. La salud mental lastra a las sociedades tanto como los conflictos mismos, de una forma pertinaz e indeleble. Invertir en amortiguar el golpe psicológico de la pandemia debería ser una prioridad para preservar un tejido social fuerte capaz de enfrentarse al ingente crash que se avecina.

 Fuente: https://www.lamarea.com/2020/10/07/los-muertos-que-nos-faltan/

sábado, 9 de mayo de 2020

La proximidad

«Va a ser un parámetro importante en el registro de la convivencia futura. De momento, divide a la gente con un criterio inédito: los convivientes y los sinvivientes»

Fernando Colina
Sucede a veces que, de improviso, algunas palabras corrientes adquieren un protagonismo especial. La de ‘proximidad’ en estos momentos se impone, nos rodea y nos proporciona en su interior una suerte de confinamiento verbal. Desde hace varias semanas todo trascurre en proximidad.

En este ambiente de estrecha cercanía muchos se encuentran como pez en el agua, y disfrutan teniendo a la gente cerca y yendo por la vida en grupo para combatir la amenaza siempre presente de soledad. Otros, en cambio, viven horrorizados bajo la presión y el peligro de sentir a los próximos tan cerca de continuo, como si, bastante antes que lo pueda hacer el virus anóxico, ya les faltara el aire para respirar. Algunos, incluso, seguro que sueñan con infectarse para por fin escapar de casa y cambiar de aires, aunque sea bajo el oxígeno de un hospital. Hasta ese punto lo exige su agobio y ese pellizco autodestructivo que todos guardamos en la faltriquera mental.

La función de proximidad va a ser un parámetro importante en el registro de la convivencia futura. De momento, divide a la gente con un criterio inédito. Unos, los llamados convivientes —palabra también rescatada del desuso—, viven con derecho a contacto y a una métrica corta y epidérmica. El resto, los sinvivientes —palabra desconocida, pero por otra parte exacta—, permanecen a uno o dos metros de distancia. Las consecuencias de este espaciamiento bimétrico, en caso de que se prolongue mucho, no sólo está llamado a modificar nuestros hábitos sociales sino que se proyectará también en la intimidad, en el corazón de cada uno. En el libro de la vida la piel es nuestra página principal, y sin que los demás la tienten será difícil incluirlos en nuestra novela personal. Sin tacto no hay escritura, pues nadie escribe sobre nosotros, y sin escritura no hay intimidad real. Sin tacto no hay amor, suscribieron los antiguos. Qué hayan de ser los amigos a uno o dos metros, eso está por ver. No hay precedentes en que nos podamos apoyar.

Si el nuevo juego de proximidad y distancia ha de tener importancia en el trato con las gentes, también tendrá su reflejo en nuestra relación con la realidad. Las grandes distancias puede que queden reducidas a la realidad virtual, y las cortas a la realidad material. La globalización se desarrollará probablemente con instrumentos digitales, algoritmos y visión empantallada, mientras que los desplazamientos físicos de los individuos, sea por ocio, por trabajo o por simple capricho, lo harán bajo un criterio de proximidad. La movilidad será más contenida y escasa. Volverá a ser absurdo coger el avión para ir a todas partes o dar la vuelta al mundo confinados en el casco de un navío. Amigos de proximidad, comercio de proximidad, viajes de proximidad. Esta es la cantinela que ya nos empiezan a facturar y que pronto despertará nuestras ansias de tener y comprar

Fuente: https://www.laotrapsiquiatria.com/2020/05/fernando-colina-la-proximidad/

lunes, 16 de marzo de 2020

La reflexión de la psicóloga italiana Francesca Morelli sobre el coronavirus



Piet Mondrian
"Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan qué pensar...

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando...

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya está bastante en deuda, y que esta epidemia nos lo está viniendo a explicar a caro precio.

Más información: https://culturainquieta.com/es/pensamiento/item/16580-la-reflexion-viral-de-la-psicologa-francesca-morelli-sobre-el-coronavirus.html

viernes, 23 de agosto de 2019

La obediencia



...
   El origen de la obediencia hay que buscarlo en los procesos que crean en nosotros al otro. Con la obediencia renunciamos a nuestros propios sentimientos y percepciones. Si a una persona se le obliga a avanzar en esa dirección durante el proceso de desarrollo de su identidad, su evolución transcurre según leyes que son completamente distintas a las que establece el pensamiento psicológico corriente hoy en día. Entonces, el apego a la autoridad se convierte en un precepto fundamental de la vida. Aunque uno odia esa autoridad, se identifica con ella. La represión de lo propio desata odio y agresiones que, sin embargo, no se pueden encauzar contra el represor, sino que se transfieren a otras víctimas. Es típico de esta evolución negar la propia condición de víctima. Pues el propio sufrimiento y el propio dolor formaron parte anteriormente de lo que nos convirtió en seres sin valor. Así, la condición de víctimas se convierte en el fundamento inconsciente de la condición de agresores. Al mismo tiempo, la obediencia se vuelve una institución social con la que se transmite esta enfermedad, de la que todos estamos afectados en mayor o menor grado, pero que no reconocemos como tal...

El extraño que llevamos dentro
El origen del odio y la violencia en las personas y sociedades
Arno Gruen

lunes, 17 de junio de 2019

Usted no odia a otros, se odia a sí mismo

El enemigo que vemos en los demás suele encontrarse originariamente en nuestro interior. Arno Gruen, uno de los psicólogos sociales más prestigiosos de Alemania, examina la raíz de la violencia humana

Un judío humillado en Munich, en 1933. El cartel dice: 'Soy judío pero no quiero quejarme de los nazis'.
Un judío humillado en Munich, en 1933. El cartel dice: 'Soy judío pero no quiero quejarme de los nazis'. HULTON (GETTY IMAGES)
 Klaus Barbie, el carnicero de la Gestapo en Lyon, quien torturó hasta la muerte al combatiente de la Resistencia francesa Jean Moulin, dijo en una entrevista con Neal Ascherson en 1983: “Cuando interrogué a Jean Moulin, tuve la sensación de que él era yo”. Es decir, lo que aquel asesino le hizo a su víctima se lo hizo en cierto modo a sí mismo

A lo que quiero llegar es a lo siguiente: el odio a los demás siempre tiene algo que ver con el odio a uno mismo. Si queremos entender por qué las personas torturamos y humillamos a otras personas, antes tenemos que analizar lo que detestamos en nosotros mismos. Pues el enemigo que creemos ver en otras personas tiene que encontrarse originariamente en nuestro propio interior. Queremos acallar esa parte de nosotros mismos aniquilando a ese otro que nos la recuerda porque se parece a nosotros. Solo de esa forma podemos mantener alejado aquello que en nosotros mismos se ha vuelto ajeno.

Solo así podemos vernos como personas dignas. Este proceso interior que intento describir es omnipresente y nos afecta de un modo u otro a cada uno de nosotros. Quisiera ilustrarlo ahora con un par de ejemplos de mi práctica profesional.

Un paciente me cuenta una vivencia de su infancia. Tenía cinco años cuando su padre se permitió gastarles una broma a dos conocidos que eran hermanos. El padre llamó a los dos hermanos (vivían en casas distintas) para comunicarles que el otro hermano había sufrido un accidente. Al parecer, le parecía gracioso imaginarse a los dos hermanos corriendo absolutamente aterrados para finalmente darse de narices el uno contra el otro a medio camino. Y eso fue exactamente lo que pasó.

Ese hombre, a quien todo el mundo apreciaba por ser un padre bueno y cariñoso, negaba sus motivaciones sádicas. Su dedicación y su cuidado eran solo una pose con la que encubría lo que en realidad caracterizaba la relación con su hijo, a saber, la falta de sensibilidad y de empatía. Aunque de niño el paciente fue expuesto a experiencias dolorosas e hirientes como la descrita, como adulto a menudo se comportaba exactamente igual que su padre. Un día fue invitado a cenar en casa de un hombre discapacitado. Ese hombre le contó una anécdota en la que un taxista le había ofendido a causa de su desvalimiento, y le habló del sentimiento de miedo y de desamparo que había tenido (el hombre era parapléjico). En la sesión de terapia el paciente contó, lleno de orgullo, que había demostrado a su anfitrión la agresividad con que se habría impuesto él en aquella situación. Ya no tenía acceso a su propia sensibilidad ni a su miedo; por el contrario, rechazaba esos sentimientos, al igual que su padre, por considerarlos una debilidad (…).

Una estudiante de un curso sobre terapia me pregunta durante una clase: “¿Cómo puede ser que yo misma, al trabajar con asilados, tenga de pronto pensamientos racistas? Anteayer hablé con un grupo de jóvenes albanos. Algunos dijeron: ‘Quiero una plaza de aprendiz’. Entonces tuve la sensación de que eran unos extranjeros arrogantes. Ahora, con su conferencia, de repente me ha vuelto a la mente algo antiguo y olvidado: me obligaban siempre a decir querría en lugar de quiero. Por eso odié a aquellos jóvenes albanos, por algo que aprendí a odiar en mí”.

“El combatiente”, escribe Barbara Ehrenreich en Ritos de sangre (1997), “busca al enemigo y encuentra personas que de forma determinante son reconocibles como él mismo”. En su libro El honor del guerrero (1998), Michael Ignatieff reproduce una conversación que tuvo con un guerrillero serbio en una casa de labranza en el este de Croacia: “Me atrevo a expresarle que no soy capaz de diferenciar entre un serbio y un croata, y le pregunto: ‘¿Por qué piensas que eres tan diferente?’. Él mira a su alrededor con desdén y coge un cigarrillo de su americana color caqui: ‘¿Lo ves? Esto son cigarrillos serbios. Allí enfrente (…) fuman cigarrillos croatas ’. ‘Pero ambas cosas son cigarrillos, ¿no? ’. ‘¡Los extranjeros no entendéis nada!’. Se encoge de hombros y se pone de nuevo a limpiar su metralleta Zavosto. Pero, al parecer, la pregunta le ha irritado. Pasados unos minutos, tira su arma sobre la cama que está entre nosotros y dice: ‘Quiero decirte cómo lo veo. Los de allí enfrente quieren ser señoritos. Se consideran europeos modernos. Pero te digo una cosa: todos somos mierda balcánica’.

Ignatieff sigue diciendo: o sea, primero me da a entender que croatas y serbios no tienen nada en común. Todo es diferente, hasta los cigarrillos. Pero un minuto más tarde dice que el problema real de los croatas es que se creen “mejores que nosotros”. Al final llega a esta conclusión: en realidad todos somos lo mismo.

En su ensayo El tabú de la virginidad, escribió Freud en 1918: “Precisamente las pequeñas diferencias (entre personas) son, cuando hay otras semejanzas, el origen de los sentimientos de extrañeza y hostilidad entre ellas”. ¿Por qué, se pregunta Ignatieff, los hermanos se odian con más vehemencia que los desconocidos? ¿Por qué los hombres y las mujeres siempre destacan sus diferencias, a pesar de que su material genético es idéntico, salvo uno o dos cromosomas? Su necesidad de marcar los límites entre sí parece ser tan grande que niegan coincidencias innegables, como la capacidad intelectual, y las presentan de otra forma, pese a que está demostrado desde hace tiempo lo contrario.

La pregunta que está detrás de todo ello es la siguiente: ¿por qué percibimos las pequeñas diferencias como una amenaza? ¿Cómo se llega a la paradoja de que vemos a otro ser como alguien extraño cuando es parecido a nosotros? Cuanto más cercanas son las relaciones entre grupos humanos, más hostiles son, previsiblemente, esos grupos unos con otros. Son los puntos en común los que hacen que las personas luchen entre sí, no las diferencias.

Ya sean genocidios, torturas o la humillación cotidiana que sufren los niños por parte de los padres, todos estos ejemplos de violencia y odio tienen algo en común: el sentimiento de repulsión ante lo otro, lo “extraño” o “ajeno”. Quienes lo perpetran se consideran “personas”, mientras que los demás no merecen este calificativo. El otro es degradado a Unmensch, al nivel de las bestias. Es como si, mediante este proceso, uno se purificara a sí mismo. Menospreciando y atormentando a otras personas, uno se libera de la sospecha de no ser inmaculado. El hecho de ser puro o de estar manchado pasa a ser una característica que diferencia a quienes son personas de aquellos que no lo son. Así, se desplaza la percepción a lo abstracto. El otro ya no es considerado en su condición humana individual. Ahora es únicamente componente de un grupo. Sus conductas, actitudes y sentimientos concretos desaparecen del campo visual y, en cambio, su personalidad se reduce a un solo atributo: la pertenencia al grupo. Esta abstracción imposibilita ver al otro con empatía.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2019/06/12/ideas/1560354138_794054.html?id_externo_rsoc=TW_CM

miércoles, 1 de mayo de 2019

«La insistencia en buscar la felicidad pone de relieve que no vivimos tiempos tan felices»

Marino Pérez: «La insistencia en buscar la felicidad pone de relieve que no vivimos tiempos tan felices»

 El catedrático de psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez, es uno de los referentes de este país en su campo. Desde una perspectiva contextual acaba de publicar junto a José Carlos Sánchez y Edgar Cabanas La vida real en tiempos de la felicidad (Alianza Editorial), donde se enfrenta a la concepción actual de la felicidad: individualista, hedonista, medicalizada y propia de una sociedad de consumo. De hecho, pocos días después de la realización de esta entrevista su conferencia en Vélez-Málaga sobre el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en la infancia fue censurada por parte del Ayuntamiento y el Servicio Andaluz de Salud por criticar la construcción social de dicho trastorno y la medicalización del mismo. Nos sentamos en Noviciado, en el bar “La Gloria”, con silencio feliz, y comenzamos a charlar.

—Este libro recorre muchas cosas, como las recorre la propia felicidad.
—No es un libro de autoayuda por el cual uno vaya a encontrar la felicidad sino, más bien, al contrario. De hecho, una de las conclusiones del libro es que no hay tal cosa como «buscar la felicidad»: no hay una ciencia de la felicidad que derive en reglas, estrategias o técnicas para encontrar la felicidad. En ese sentido, este libro está en contra de la búsqueda de la felicidad como algo que pudiera buscarse y encontrarse con estrategias. Eso sí, puede ser de ayuda en la medida en que desenmascara y desmonta la tendencia actual de tratar de ser feliz a través de la psicología positiva o de supuestas técnicas psicológicas.

—Hay un tipo de felicidad que se ha convertido en central en nuestra época histórica.
—La felicidad, como se entiende y se usa hoy día, tiene que ver con el desarrollo exacerbado del individualismo en nuestra sociedad. El desarrollo del individualismo lleva a buscar ser feliz dentro de una sociedad donde la felicidad parece que fuera algo democrático que pudiéramos alcanzar cualquiera. La preponderancia que tiene la búsqueda de la felicidad en nuestra sociedad pone de relieve, precisamente, que no vivimos en una sociedad que facilite la felicidad. Seguramente la insistencia en buscar la felicidad pone de relieve que no vivimos tiempos tan felices. Si lo fueran, no se necesitaría buscarla. Esto tiene que ver con el exacerbamiento del individualismo desde siglos atrás y que en nuestro tiempo conecta con el liberalismo y la sociedad del consumo hedonista, donde se convierte a la felicidad en una especie de bien más al que los individuos tienen derecho y que, por tanto, podrían supuestamente buscar.

Aunque haya preocupado en épocas anteriores, como es conocido, la felicidad de la época clásica griega, de los estoicos, de la Edad Media, etcétera… no tiene gran cosa que ver con la felicidad de hoy en día, que se reduce prácticamente a una especie de bienestar subjetivo de satisfacción de uno consigo mismo, al margen de cómo sea el mundo o de cómo les vaya a los demás, una especie de salvación individual-individualista dentro de un mundo en competencia, en lucha, donde se ofrece una gran cantidad de posibilidades pero que luego no se convierten en probabilidades que tengan los individuos. La felicidad se ofrece, por tanto, como una salvación individual dentro de un mundo que te da muchas promesas que no se satisfacen de la manera que se supone, mientras que la felicidad en otras épocas estaba ligada a la virtud: a contribuir con aportaciones que beneficiasen a otros, a la sociedad. Por ejemplo, en la época griega se intentaba beneficiar a la polis a costa del bienestar personal. La felicidad estaba ligada a la virtud y a las aportaciones para los demás. Y ahora, por el contrario, está ligada al bienestar personal subjetivo, al margen de cómo funcione el mundo.

 —Una idea central en su libro: la contradicción entre el sentimentalismo personal y el utilitarismo de las competencias impersonales que se exigen en el mundo profesional. Ahí salta el conflicto psicológico absoluto: porque en la profesión donde funciona la persona se le valora la despersonalización y, a la vez, a esta se le refuerza en privado la necesidad de exacerbar su «yo» más íntimo. ¿Cómo se puede conciliar esta locura?
—La búsqueda de la felicidad está ligada también al sentimentalismo, a la preponderancia que han tomado en nuestra sociedad los sentimientos y las emociones como algo que suponga bienestar, disfrute o hedonismo. Actualmente se diferencia entre emociones supuestamente positivas, que se refieren en realidad a emociones confortables, frente a las negativas, que serían las disconfortables, las que se tratan de desechar. Esta diferenciación pasa por alto que emociones discordantes como el miedo, la vergüenza o la culpa son fundamentales en el ser humano y tienen funciones naturalmente adaptativas y sociales. Pero nuestra sociedad favorece o selecciona únicamente las “positivas” para referirse a aquellas que contribuyen al bienestar personal.

La felicidad está vinculada a ese sentimentalismo porque se refiere siempre a los sentimientos que implican satisfacción. Tiene mucho que ver con el consumismo de esta sociedad donde se supone que todos somos consumidores, que el consumidor tiene que estar satisfecho, que los productos que compra le tienen que satisfacer y que tiene que estar todo medido por la satisfacción y el bienestar que produce. Entonces la felicidad se convierte en una mercancía más y en un aspecto más de ese individualismo subjetivista hedonista.

Frente a todo esto se impone la realidad de las cosas: que hay diferencias entre los individuos dentro de una sociedad, que hay enfermedades, que hay pérdidas, que los cuerpos envejecen, que muchas cosas son posibles pero pocas son probables… Entonces hay una gran contradicción entre esa supuesta felicidad a la que uno pudiera acceder por sí mismo y el mundo real que no se corresponde con ella. Por eso el libro lo titulamos La vida real en tiempos de la felicidad.

—Son significativas las encuestas de satisfacción: actualmente no existen encuestas de satisfacción como las que se podrían plantear a mi abuelo. A mi abuelo no tenía ningún sentido preguntarle con una encuesta de satisfacción, como ocurre actualmente, al instante en el que compraba unos zapatos, sino que se me ocurriría preguntarle a los dos años para que dijese si los zapatos le siguen funcionando. Pero hoy eso no tiene ningún sentido. La satisfacción siempre debe ser medida al instante.
 —Ese ejemplo nos da un poco la medida de los tiempos. Tú acabas de comprar un producto y ya te piden que midas la satisfacción con la atención y el producto cuando éste no lo has, ni siquiera, desenvuelto. Esas encuestas supuestamente miden la felicidad al instante en el que te están haciendo esa entrevista, donde se quiere que el individuo haga una especie de balance o de abstracción de todos los aspectos reales de la vida y que diga, tomando todo en consideración, cuán feliz se considera de cero a diez, siendo diez lo más feliz que se pueda imaginar. Y efectivamente, la gente en esos contextos hace una especie de resumen al alza y las encuestas suelen poner de relieve que la mayor parte de la gente es muy feliz, en gran medida, a nivel de ocho sobre diez. Pero cuando se hacen estudios más despacio y si a los individuos que acaban de responder que son felices se les entrevista durante una hora o más en profundidad, pues esa gente tiene los problemas que tiene todo el mundo. Tiene conflictos, tiene dificultades, tiene preocupaciones, tiene dolencias, tiene las cosas de la vida real. Sorprende a los propios entrevistadores cómo acaban de decir que su vida es feliz de una forma tan elevada, cuando realmente tienen los problemas que nos depara la vida y que no darían para declararte feliz como lo has hecho. Y luego eso tiene que ver a su vez con el ejemplo que ponía del consumidor que le preguntan si está satisfecho antes de haber estrenado el bien. Creo que si fuéramos rigurosos a la hora de medir la vida basándonos en la felicidad, sería algo que habría que medir al final de la vida.

—Como debería ocurrir con “tu media naranja”. “La media naranja” no tiene ningún sentido. Uno debería valorar si ha tenido esa cursilería con otra persona cuando se esté muriendo. «Usted ha sido mi media naranja», «usted ha sido el amor de mi vida», “usted ha sido mi pitiminí” o estas cosas horribles, ya de forma responsable en el lecho de muerte.
—Hay una expresión brillantísima de Clarín, el de la novela de la ciudad nuestra (nos reímos, ambos somos de Oviedo), referida al matrimonio. Decía que el matrimonio no debiera considerarse tal sino es post mortem. Ahí es cuando se puede decir que esto ha sido un matrimonio, porque si no es desde el final no podríamos estar seguros nunca de él. En el caso de la felicidad aplicada a la valoración de la vida tendríamos que hacer lo mismo. Hay también una expresión de uno de los Siete Sabios de Grecia, Solón, que dice que uno no debiera declararse feliz hasta después de muerto. ¡Claro!

Hay una cosa que describen en su libro: la envidia porque hay gente más feliz que tú, o mejor dicho, que se declara más feliz que tú. Y otro fenómeno alucinante: la envidia por no vivir en países más felices que el tuyo. Citan el caso danés.
—Están las dos escalas: la escala individual donde uno se mide en relación con otros, que pueden ser tanto celebridades que se ofrecen como modelos aunque estén muy alejadas de la posición de uno, como comparaciones con otros iguales a uno. Hoy día cada uno tiene sus redes donde se expone y se está comparando, con la impresión de que los otros son más felices que él y que él podría ser todavía más feliz que lo que es, etcétera…


—Pero el propio medio, la red social, ¿no le parece que provoca esto? No es tanto que nosotros seamos «así» sino que el medio premia estos comportamientos. Como si se tratase de un programa de condicionamiento, con sus reforzamientos muy bien distribuidos.
—Las redes sociales no sólo facilitan sino que promueven la continua comparación de uno con otros y su mecanismo lleva a uno a revisar si es tan feliz, por qué no es tan feliz como los otros y cómo podría ser más feliz. Lo que está ahí operando por el medio es la envidia. Son medios que promueven la envidia en el sentido de estar continuamente midiéndose y valorándose todo por lo feliz que eres o que podrías ser.

Y luego está la escala supranacional: se te señalan países que supuestamente son más felices que otros, como si luego la supuesta felicidad que tienen esos países fuera exportable. Estudiamos también la felicidad danesa con el caso del hygge. El hygge se refiere a veladas danesas donde se reúne gente en torno al fuego o la estufa con un jersey de cuello subido, donde fuera hay una tormenta, o si está nevado ¡pues tanto mejor! y donde hay una especie de cohesión, de armonía y de satisfacción con lo que está ocurriendo allí. Pero cuando se analiza más despacio, más que cohesión y una especie de armonía natural lo que hay ahí es una coerción donde está prohibido o está excluido que se hable de cosas serias, de cosas políticas o de cosas en las que los individuos pudieran tener opiniones distintas. Entonces todo está armonizado de una forma artificiosa. Es una especie de felicidad para tontos.

Esto no se compadece con que los daneses son los principales consumidores de psicofármacos y depresivos, que los índices de suicidios y de alcoholismo allí son altísimos, o que el maltrato de las mujeres existe en Dinamarca y por tanto la violencia no está exenta en esos ambientes. Este último año el país de mayor felicidad parece ser que sería Suecia, todavía por encima de Dinamarca. Pero la forma de vida en Suecia es una vida que a los latinos nos debería llamar la atención por ser una vida de gente solitaria, por el morir solos en casa, por el no hablar nadie con nadie. Digamos que es una especie de armonía artificiosa donde se pueden encontrar individuos hablando con los árboles, buscándose espacios artificiosos para entrar en contacto unos con otros o simulando esa relación. Como vemos, esto no se corresponde con que supuestamente sea el país o la nación más feliz. Desde otro punto de vista, ciudadanos de otros países podríamos decir «si esa es la felicidad, pues preferimos ser unos desdichados».

—Me acuerdo del caso de Bután. Bután es quien propone a la ONU el «Día Mundial de la Felicidad» (20 de marzo). Un país que valora más la Felicidad Nacional Bruta que el Producto Interior Bruto pero que si analizas su situación política en el momento que instauró el día es horrenda. En el país no había voto para las mujeres, tiene una monarquía religiosa y totalitaria asquerosa… Pero me da la sensación de que si preguntásemos en Occidente por esta iniciativa la gente respondería entusiasmada, como si fuese más importante para el mundo la felicidad que el voto de las mujeres. La palabra «felicidad» lo oculta todo y vende mucho. En el fondo esto es «turismo Bután» pero más allá está la autoayuda y está el coaching. Este libro intenta ser un mazazo contra ellos.
—Efectivamente. El coaching es también otro desarrollo asociado a ese sentimentalismo, al auge del neoliberalismo y a la felicidad de placebo. Los coaches son, en cierta manera, los nuevos predicadores urbanos. Van predicando la salvación individual en el mundo actual, competitivo, que promete cosas que no están al alcance, etcétera… Ellos tratan de infundirte una motivación y para ello han adoptado y expandido un tipo de lenguaje que, a poco que repares en él, es muy sofista, muy engañoso: «de los despidos del trabajo o de las enfermedades sacar oportunidades», » una pérdida es un paso adelante»…


 —»Si te esfuerzas, lo consigues», «no pares de tener sueños»…
—“Lo que tú pienses, lo que lo que tú te propongas, lo consigues”. Y acaso si no lo has conseguido es porque no lo has tomado en serio, no has creído en ti mismo suficientemente, etcétera… De manera que se devuelve al individuo la responsabilidad de no ser feliz, no estar motivado o no conseguir las cosas que supuestamente podría conseguir. Así la sociedad siempre queda a salvo. El mundo se ofrece como una especie de supermercado de oportunidades y eres tú el que tiene que acceder a ellas, y por eso, si no accedes es porque no sabes o porque no has creído en ti suficientemente. Al final eres tú el responsable y el culpable de no aprovecharte de esas oportunidades. Y si uno fracasa suficientemente en eso, pues entonces entra a funcionar ahí la patologización de tus propios esfuerzos, de tus propias desgracias o de tus pérdidas. Entonces, ahí entran a funcionar los diagnósticos, las enfermedades, la depresión, la ansiedad, los traumas que ahora te están impidiendo que consigas lo que te propones. De manera que el fracaso personal en el que te han metido, ahora se salva naturalizándolo, convirtiéndolo en un proceso natural. Son los genes, son los traumas que han alterado tu cerebro los que están impidiendo que tu vida vaya bien. Ni siquiera eres tú ahora.

Esa culpabilidad inicial que tenías te la quitan porque el culpable sería un culpable impersonal, no responsable de nada: serían los genes, sería una enfermedad mental que tú tienes, etc. Es una especie de armonización que tiene la sociedad del fracaso personal en el que te ha metido la propia dinámica social, la propia sociedad, haciéndote creer que tú puedes conseguir todo con tal de creértelo.

Eso conduce a una solución en general: la medicalización de la vida en lugar de la reconducción de la vida.
—Exactamente: es la patologización y medicalización de los problemas cotidianos, incluyendo los esfuerzos que te han inculcado para mejorar tu vida, para que seas feliz. Si has fracasado en eso, que probablemente has fracasado, pues entonces se naturaliza o se convierte eso en una enfermedad que se supone que es una realidad natural de tu cerebro, de tus genes. Entonces la sociedad queda a salvo, incluso tu autoestima o tu responsabilidad en cómo organizas tu vida también queda a salvo porque tienes una enfermedad. Esto forma parte de esta ideología neoliberal que naturaliza los problemas en los que la propia sociedad mete a la gente y, al final, nadie es responsable: ni la sociedad, que es un conjunto de oportunidades, ni los individuos que han hecho esfuerzos para aprovechar esas oportunidades pero si han fracasado es por el trauma o por los genes.

—Hay impases entre en un estadio, el fracaso, y el otro, la medicalización: la infelicidad. Porque actualmente no hay nada peor visto que un infeliz. Incluso es preferible pasar desapercibido que demostrarte como infeliz.
—Una de las razones de que en las encuestas la mayor parte de la gente se declare muy feliz, incluyendo no solo a los suecos, es que declararte infeliz sería tanto como declararte un fracasado. ¿Cómo puedes ser infeliz si hay tantas oportunidades? Es que no quieres o no crees en ti mismo suficientemente. Entonces ser infeliz se convierte fácilmente en un estigma y se patologiza.
Fácilmente se convierte eso en que entonces tienes depresión o tienes un trastorno que es el que explica que tú no seas un ser feliz. Creo que eso es un mecanismo perverso que tiene la sociedad de explicar todo.

Las contradicciones a las que las que se ven envueltos los individuos a resultas del funcionamiento de la sociedad reciben también una explicación naturalista. Queda a salvo la propia sociedad que crea los problemas. Podemos decir que la ciencia de la felicidad, el coaching y demás tienen funciones ideológicas, en el sentido de que enmascaran la realidad de las cosas y tratan de esquivar las contradicciones y darles una explicación apolítica.

—Hablamos siempre de países occidentales, de sociedades de consumo, de ahí la importancia del contexto. Siempre digo, si me permite la broma, que en Burundi no hay depresión.
—Efectivamente. Yo creo que en los países, como se dice desde Occidente, menos desarrollados o en vías de desarrollo se da la paradoja de que no tienen los problemas psicológicos que son tan frecuentes en nuestra sociedad. Empiezan a tenerlos ahora con el proceso de globalización y con la extensión de las maneras patologizantes que tiene Occidente. Allí tienen otros problemas perentorios o más importantes que los problemas psicológicos de la sociedad del bienestar. La paradoja es que una sociedad del bienestar, como sería la nuestra, es la que más malestar genera y que se traduce en la prevalencia de trastornos psicológicos como la ansiedad, la depresión, las fobias e, incluso, la esquizofrenia, etcétera, que no se dan en los países en los que están peor.

—Que, por cierto, viven una serie de ansiedades mayores, como pisar una mina abandonada en la última guerra. No creo que pudiese vivir en un país más ansioso que Liberia tras la última guerra. Pero no ocurre así con los habitantes de Liberia: viven con una tranquilidad inusual, lo puede ver en el segundo capítulo de Larry Charles’ Dangerous World Of Comedy en Netflix. No ocurre y pone en duda, disculpe este ejemplo tan obvio, el cerebrocentrismo. Si todos los cerebros humanos son similares, ¿cómo se puede sostener que influya en diferencias psicológicas tan notables entre personas? Frente a los habitantes del Tercer Mundo, tranquilos ante la posibilidad de pisar una mina, hay personas en Occidente que no pueden vivir sin acudir al psicólogo cinco días por semana.
—Ese hábito no es concebible más que en una sociedad individualista, subjetivista, vuelta sobre sí misma, en la que muchos problemas están cubiertos por el desarrollo de las comodidades, de los servicios de alimentación, etcétera, etcétera, que lleva a malestares subjetivos que necesitan continuamente ser analizados y revisados y que ellos mismos, según analizan y resuelven en unos aspectos, van generando otros desde dentro de la propia masa psicológica. Lo que llamaría Gustavo Bueno «el charco subjetivo». Hay un encharcamiento de subjetividad, propio de estas sociedades, y que no existe ciertamente en sociedades que no han alcanzado el desarrollo. Como si dijéramos que nuestro pleno desarrollo al que nos referimos ha de incluir malestares psicológicos, neurosis y demás.

Las crisis psicóticas en los países menos desarrollados tienen infinitamente mejor pronóstico que en Occidente, con todos sus servicios de salud, medicación, etcétera. En principio es una paradoja, pero cuando se analiza pues no es tal paradoja, sino que en aquellos contextos las crisis que puedan darse se resuelven en el propio contexto, no se da la estigmatización que aquí tienen un diagnóstico y no se entra en las soluciones protocolarias: ir a urgencias, medicación continuada… Los países menos desarrollados se nota que están menos desarrollados en que no desarrollan una esquizofrenia más grave (nos reímos).

—Una idea que repiten en su trabajo: se resuelve el problema de la vida en la vida, en comunidad. Y no en un proceso ajeno donde se reconduce hacia otro lado. El problema de la vida se resuelve en el mismo barro donde fue construido.
—Cuando se producen catástrofes en países asiáticos, por ejemplo, el tsunami de 2004 o la fuga de la central de Fukushima, de acuerdo con las concepciones occidentales se supondría que iba a haber una cantidad tremenda de traumas en todos los supervivientes. En el caso del tsunami, nada más que ocurrió la catástrofe, miles de voluntarios occidentales, europeos, también norteamericanos, de Canadá… Psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales fueron allí a ayudar con los traumas que iban a ocurrir. Se encontraron con dos cosas: una es que la gente no tenía traumas o no tenía los traumas que se supone. Y dos: cuando la gente trataba de ayudarlos de acuerdo con la concepción de trauma que llevaban desde Occidente, pues la gente no entendía, no le servía de ayuda. Y la prensa local de aquellos sitios se refirió al «segundo tsunami» para destacar la cantidad de voluntarios científico-técnicos que venían de Occidente a ayudar a superar el trauma pero que, al final, perturbaron más a los supuestos traumatizados. Aquella gente claro que tenía problemas, pero ese tipo de problemas se resolvían en términos comunitarios. Al final, si acaso ayudaron los occidentales fue a través de las instituciones de allí, no a través de la “ciencia universal” cerebrocentrista que llevaron hasta esos lugares.

En el caso de Fukushima, a los españoles nos debiera llamar la atención que allí no fueron un equipo de psicólogos a atender a aquella gente. No los necesitaban. Todas las ayudas surgían de la propia comunidad, de los propios supervivientes, donde incluso los más ancianos eran los que más se arriesgaban o los que más se acercaban a las zonas peligrosas por cuanto que, precisamente por ser ancianos, eran los que tenían menos que perder.

—Regresaban al concepto de felicidad clásica del que hablábamos: de pérdida propia en beneficio de la comunidad.
—Exactamente. El que ponía en riesgo su vida podría decir que ha sido feliz porque los demás le pueden reconocer que ha sido feliz muriendo por una causa supraindividual.

—Una la frase estupenda de su libro: “De la felicidad también se sale”. Pero ¿cómo se sale de esta cultura de la felicidad tan absorbente, que invade todo, hasta lo más racional? En el marketing de las cosas más racionales se incluye la felicidad, se incluye el corazón. Y ya en la política es tremendo: el corazón ya no solo es Podemos, es PSOE… ¿Cómo nos libramos de esta lacra? No soy optimista.
—Soy optimista de que esto no tiene mucha solución (nos reímos). Utilizamos esa frase irónica de que «de la felicidad se sale» pero yo no veo que sea fácil de salir, porque nos envuelven estructuras políticas.

Quizá una manera de salir de la vorágine de la felicidad, que al final trae el efecto de que la persona es cada vez más infeliz y está continuamente hiriéndose, hiperreflexionando y teniendo envidia y etcétera etcétera, quizá una manera de salir, y eso sería una especie de ayuda que ofrecería este libro, sería tener claro de una vez que no existen técnicas para ser feliz, que no existen reglas que derivaran de ninguna ciencia a partir de las cuales uno pudiera conseguir la felicidad. Si uno tuviera claro eso ya tendría mucho ganado. Y dos: si uno se pone a vivir la vida de acuerdo con las condiciones que se le ofrecen y los esfuerzos que uno tenga que poner en juego, si uno se pone a vivir sin tener como objetivo la felicidad o sin medir todo por la felicidad que le reporta, entonces estaríamos saliendo clarísimamente de la felicidad.

Y no sería partidario de prohibir la palabra «felicidad» pero deberíamos reservarla como algo post mortem. «Mi vida fue feliz», si fueras tan cursi como para medirlo así. Feliz por lo que tú también hayas contribuido a los demás independientemente de las satisfacciones puntuales que tú tuvieras. Hay una frase de Stuart Mill que se cita a menudo: «Vale más ser un Sócrates infeliz que un cerdo satisfecho». ¿Qué quiero ser? ¿Un cerdo feliz que que suponemos que lo es cada vez que acaba de comer ad libidum o ser como Sócrates, que es una figura reconocida por ir planteando cuestiones más allá de las cosas obvias y que voluntariamente se dejó morir en la cárcel en vez de volver a casa? Aunque mi tesis es que fue porque estaba casado con Jantipa, que debió de ser muy petarda… (nos reímos)

Fuente: https://www.zendalibros.com/marino-perez-la-insistencia-en-buscar-la-felicidad-pone-de-relieve-que-no-vivimos-tiempos-tan-felices/

martes, 14 de marzo de 2017

Cuando la memoria nos engaña


Cuando hablo de la memoria, a mis alumnos siempre les digo lo mismo cada curso: “nunca fiaros del todo de vuestros recuerdos“. Lo que hace que la memoria sea un tema tan interesante es que es un proceso cognitivo que, además de tener una función de supervivencia, muchas veces actúa al margen de la “voluntad” del individuo. Es decir, a veces recordamos informaciones que no deseamos recordar y otras veces olvidamos otras que sí queríamos conservar. ¿Por qué ocurre esto? Para ello he de hablaros de forma resumida de los cuatro mecanismos de olvido, es decir, las cuatro razones por las que las personas olvidamos una información.

– Primer mecanismo: La Información no ha tenido tiempo de procesarse

Es la típica situación donde intentas acordarte de un número de teléfono, pero al llegar a casa lo has olvidado. La razón está en que para que una información se almacene en la memoria a largo plazo, primero debe procesarse (registrase, codificarse) en la memoria a corto plazo. Entonces, para garantizar que una información se memorice, debemos estar expuestos cierto tiempo a dicha información para que le dé tiempo a codificarse.

Es lo que hacen los alumnos cuando estudian para un examen. Leen y releen una materia, la repasan una y otra vez, para que se les “fije” en la memoria. Es decir, están codificando la información para facilitar su almacenamiento (su recuerdo). Si no fuera así, bastaría con leer una sola vez la materia para recordarla, o seríamos capaces de recordar todos los libros que hubiésemos leído o todas las películas que hubiésemos visto, aunque solo fuera una vez. A la memoria no le interesa recordarlo todo. ¿Para qué recordar todo, si no todo es necesario para sobrevivir? La memoria es práctica.

– Segundo mecanismo: La información es poco relevante 
Es cuando estamos expuestos a una información un tiempo considerable, pero nuestra mente juzga que no es importante, por lo que no le presta atención, no la codifica y, en consecuencia, no la almacena. Es lo que en psicología se denomina “inhibición latente” o “ceguera perceptiva”. No recordamos todas las cosas que nos han pasado, sólo las que hemos juzgado (incluso a un nivel no consciente) como relevantes. Por ejemplo, puedes estar hablando una hora con alguien al que, obviamente, has tenido todo ese tiempo en tu campo perceptivo, pero eres incapaz de recordar de qué color llevaba la camisa. Lo has visto, pero no has atendido a ello porque el color de su camisa no era importante; lo relevante era lo que decía y eso sí lo recuerdas.

Entonces, las dos condiciones que por ahora hemos visto que deben cumplirse para que se pueda recordar una información son: 1) que se considere importante y 2) que se le preste atención un tiempo suficiente.

– Tercer Mecanismo: la información memorizada deja de ser útil
Pero incluso aunque una información se considere relevante y estemos expuestos a ella un tiempo razonable, esto es, aunque se memorice, no se garantiza que vaya a estar disponible en la memoria por tiempo indefinido. Por ejemplo, si hemos estudiado una materia como “los ríos de España” la recordamos durante un cierto tiempo, pero a la larga la olvidaremos porque no es una información que nos sea útil en el día a día (a menos que seas un geógrafo).

Aquí puede verse de nuevo la función práctica de la memoria. La mente, al margen de la voluntad del individuo, elimina aquella información que no se considera práctica. Es lo que se llama “efecto Zeigarnik”: las tareas que han cumplido su misión se olvidan porque ya no tiene sentido conservarlas almacenadas. Por eso, justo tras un examen, se nos suele olvidar gran parte de lo estudiado.

– Cuarto Mecanismo: La Información memoriaza está asociada a emociones negativas:
Si una información memorizada está asociada a una emoción negativa (tristeza, ansiedad, miedo, etc.), es más probable que se olvide, porque su función de supervivencia es menor. Es decir, es mucho más útil recordar lo bueno que nos ha pasado que lo malo, porque lo malo crea tensión y ese no es un estado óptimo para la supervivencia. Y, como ya sabéis, la mente es pragmática y funcional. Por eso se suele decir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero esto no es cierto, lo que ocurre es que tendemos a recordar mejor las experiencias positivas que las negativas (e incluso las recordamos mejor de lo que fueron en realidad). De igual modo, una información a priori poco interesante, superflua y a la que no prestamos demasiada atención, si se produjo en un estado de alegría o bienestar, quedará memorizada a pesar de que no cumplía las “condiciones” básicas para ser recordada.

Me viene a la mente una escena de la película “Ciudadano Kane”. En ella, un personaje dice en un momento determinado: “Cuando era niño vi en la estación de tren a una bella mujer vestida de blanco. Fue sólo un instante y nunca la conocí ni supe quién era. Sin embargo, no pasa un día de mi vida sin que recuerde a aquella mujer”.


Hasta aquí los cuatro mecanismos de olvido. Como hemos visto, el olvido no es necesariamente patológico (amnesias), más bien todo lo contrario: nos protege de nuestra propia experiencia y acumula la información que es realmente importante en cada fase de nuestra vida. Tal vez por eso hay un dicho que reza: “Para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria“.

Pero el asunto es mucho más interesante porque, si hay algo más que caracteriza a la memoria, es que ésta tiene “horror vacui” (horror al vacío) y odia los espacios en blanco. Por eso, si al intentar rememorar una información no la recordamos del todo, lo que hace la mente es “rellenar esos huecos” con otras informaciones de otras experiencias que hemos tenido en el pasado, o incluso las inventa dándolas por ocurridas. Este es un mecanismo psicológico denominado “paramnesia del recuerdo”, es decir, errores o distorsiones en los recuerdos. Y, en concreto, al proceso por el cual la memoria rellena huecos con experiencias no ocurridas se le llama “confabulación”. Por eso no debéis fiaros de vuestros recuerdos, ya que probablemente estén distorsionados y alterados: o bien no ocurrieron como realmente tuvieron lugar (dado que, como ya sabemos, se tiende a recordar mejor y de forma más resaltada las experiencias positivas) o, incluso, generamos recuerdos falsos que tomamos como reales.

Siempre pienso que si se inventara una máquina del tiempo y tuviéramos la ocasión de volver a revivir una experiencia de nuestro pasado, nos llevaríamos una sorpresa porque descubriríamos que no ocurrió exactamente tal y como la recordábamos. Eso nos inquieta porque nos produce falta de control (“vaya, no me puedo fiar ni de mis recuerdos”), pero es así como ocurre. No obstante, y como os he mencionado varias veces, el que la memoria funcione así tiene un sentido y una razón de ser.

Cómo la memoria genera recuerdos inexistentes está muy bien explicado en una escena de la película “Vals con Bashir”, donde se hace referencia al famoso experimento de Wade, Garry, Read y Lindsay (2003).

De todas formas, si no lo creéis, os propongo un pequeño experimento para terminar de convenceros. Dejad sobre vuestra mesilla de noche un papel en blanco y un bolígrafo. Una mañana que os despertéis recordando vívidamente lo que acabáis de soñar, antes de levantaros o hacer nada, escribid en el papel con todo lujo de detalles vuestro sueño. Ese papel lo guardáis y dejad pasar tres días. Al tercer día, en otro folio nuevo, escribid el sueño tal y como lo recordáis (sin consultar en papel anterior). Una vez que terminéis, comparad ambos textos. Os llevaréis una sorpresa.


Fuente:  http://lareplica.es/la_memoria_nos_engana/

sábado, 17 de octubre de 2015

Cómo leemos a los otros

Sus amables palabras no significan nada si su cuerpo pa-
rece estar diciendo algo distinto.                                        
JAMES BORG


 

A finales del verano de 1904, apenas unos pocos meses antes de que empezara el annus mirabilis de Einstein, el New York Times informó sobre otro milagro científico alemán, un caballo que "hace todo menos hablar". La historia, según aseguraba el periodista, no se había extraído de la imaginación sino que se basaba en las observaciones de una comisión designada por el ministro prusiano de Educación, además de las observaciones realizadas por el propio reportero. El sujeto del artículo era descrito como un semental, al que más tarde se apodaría Clever Hans (Hans el Listo) porque podía resolver problemas aritméticos e intelectuales de un nivel comparable al de nuestro actual tercer curso. Puesto que Hans tenía nueve años, ese sería el curso apropiado para su edad, si no su especie. De hecho, como cualquier humano corriente de nueve años, Hans había recibido cuatro años de instrucción formal, escolarizado en su propia casa por un tal Herr Wlhelm von Osten, su propietario. Von Osten enseñaba matemáticas en un Gymnasium local, y tenía fama de ser un excéntrico, pero también de no importarle en absoluto que se le viera como tal. Cada día, a una hora determinada, Von Osten se plantaba delante de Hans, a la vista de todos sus vecinos, e instruía al caballo con la ayuda de una pizarra y utilería diversa, y luego lo recompensaba con una zanahoria o un terrón de azúcar.
    Hans aprendió a responder a las preguntas de su maestro golpeando el suelo con su pezuña derecha. El reportero de New York Times describía cómo en cierta ocasión a Hans le enseñaron a golpear el suelo una vez para el oro, dos veces para la plata y tres veces para el cobre, y luego identificó correctamente monedas hechas con esos metales. De manera parecida identificaba sombreros de colores. Con la ayuda de aquel lenguaje de signos hecho con golpes de pezuña también podía dar la hora, identificar el mes y el día de la semana, indicar el número de cuatros en 8, 16 y 32; sumar 5 y 9, e incluso indicar el resto de dividir 7 entre 3. Para cuando el reportero presenció este despliegue, Hans ya se había convertido en una especie de celebridad. Von Osten lo había estado exhibiéndolo ante distintos publicos por toda Alemania, inlcuso en una actuación ante el propio káiser, y nunca había cobrado la admisión porque estaba intentando convencer al público del potencial de inteligencia de tipo humano que tenían los animales. Tanto interés generó el fenómeno de un caballo de tan alto CI que se constituyó una comisión para evaluar las pretensiones de Von Osten y había llegado a la conclusión de que en las hazañas de Hans no había truco. De acuerdo con la declaración emitida por la comisión, la explicación de las habilidades del caballo residían en los "excelentes métodos de enseñanza" utilizados por Von Osten, métodos que correspondían a los empleados por las propias escuelas elementales de Prusia. No está claro si con lo de "excelentes métodos de enseñanza" se refería al azúcar o a las zanahorias, pero según uno de los miembros de la comisión, "Herr von Osten ha logrado entrenar a Hans cultivando en él un deseo por las exquisiteces", y añadía: "dudo que el caballo realmente disfrute con el estudio".
    Pero no todo el mundo, estaba convencido de las conclusiones de la comisión. Una indicación reveladora de que en las hazañas de Hans podía haber algo más que un progreso metodológico en la educación equina fue que Hans a veces podía responder las preguntas de Von Osten aunque este no llegara a verbalizarlas. Es decir, el caballo de Von Osten parecía ser capaz de leerle la mente. Un psicólogo llamado Oskar Pfungst decidió investigarlo. Con el apoyo del propio Von Osten, Pfungst realizó una serie de experimentos. Lo que descubrió fue que el caballo podía responder a preguntas planteadas por personas diferentes de Von Osten, pero solo si quienes preguntaban conocían la respuesta, y solo si Hans podía verlos mientras golpeaba el suelo.
    Hizo falta una serie más de meticulosos experimentos para que Pfungst descubriera al fin que la clave de las hazañas intelectuales del caballo residían en señales que de manera involuntaria e inconsciente producía la persona que preguntaba. Pfungst descubrió que en el momento en que se formulaba una pregunta, quien preguntaba se inclinaba hacia delante de forma involuntaria y casi imperceptible, lo que incitaba a Hans a comenzar su golpeteo. Luego, a a medida que alcanzaba la respuesta correcta, otra leve expresión del lenguaje corporal señalaba a Hans que decía parar. Era un "tic", como diría un jugador de póquer, un cambio inconsciente de compostura que envía una señal sobre el estado mental de una persona. Pfungst observó que cada una de las personas que planteaban preguntas a Hans hacía unos "movimientos musculares parecidos" sin percatarse de que los estaba haciendo. 
    Al final, Pfungst demostró su teoría con una exhibición: desempeñó el papel de Hans y reunió a veinticinco sujetos experimentales para que le hicieran preguntas a él. Ninguno de ellos era consciente del propósito exacto del experimento, pero todos sabían que les observaban por si manifestaban señales que pudieran revelar la respuesta. Veintitrés de los veinticinco hicieron los movimientos delatores de todos modos, aunque todos negaron haberlos hecho. Von Osten, por cierto, se negó a aceptar las conclusiones de Pfungst y siguió su tour con Hans por Alemania, convocando muchedumbres entusiastas.
    Como bien sabrá todo aquel que alguna vez haya recibido de otro conductor un despliegue del dedo medio, la comunicación no verbal puede ser bastante obvia y consciente. Los científicos  le dan mucha importancia a la capacidad de los humanos para el lenguaje hablado, pero también tenemos una vía paralela de comunicación no verbal, y esos mensajes pueden revelar más que unas palabras cuidadosamente elegidas que a veces entran en conflicto con ellos. Dado que buena parte de la señalización y lectura de señales no verbales, si no toda, es automática y se realiza fuera de nuestra percepción y control conscientes, a través de nuestras señales no verbales comunicamos de manera involuntaria una gran cantidad de información sobre nosotros mismos y sobre nuestro estado mental. Los gestos que hacemos, la posición en que sostenemos el cuerpo, las expresiones que ponemos en la cara y las cualidades no verbales de nuestro discurso contribuyen a definir la manera en que nos ven los otros.


Leonard Mlodinow

viernes, 31 de octubre de 2014

Paranoia colectiva: La deformación contagiosa usada por políticos de convicción extrema para legitimar ideologías

La paranoia no es solo una deformación sicológica que afecta al individuo. Para el experto en sicoanálisis italiano Luigi Zoja, es un fenómeno altamente contagioso que llevado a situaciones históricas donde políticamente se busca la legitimación de una idea, este mecanismo puede derivar en todo tipo de crueldades como el exterminio nazi o las dictaduras latinoamericanas. En la actualidad la paranoia tiene su expresión en las llamadas "guerras preventivas" donde se ataca al enemigo antes de comprobar que realmente lo sea, teniendo como aliados a los medios de comunicación. 
 

Se licenció en Economía en su Italia natal, pero luego se fue a Zúrich a estudiar sicoanálisis en el C.G. Jung-Institut Zürich, una especialidad donde ha hecho una larga carrera y publicado una docena de libros.
En su última obra, “Paranoia. La locura que hace la historia”, Luigi Zoja (1943) señala el papel de este fenómeno en momentos tan diversos como la colonización de Norteamérica, los golpes militares latinoamericanos o la última guerra de Irak.

Zoja es una de las estrellas invitadas al festival Puerto de Ideas, que se realizará los próximos 7, 8 y 9 de noviembre en Valparaíso. Allí tendrá la posibilidad de hablar con el público sobre sus teorías.

Contra el otro
¿Qué tienen en común los tres fenómenos históricos anteriormente? Para Zoja, la “paranoia colectiva”. En la Norteamérica de los colonos europeos, los “indios” eran los “salvajes” que había que exterminar y confinar en reservas, tal como muestras las películas del Viejo Oeste de Hollywood. En los golpes militares latinoamericanos, el enemigo eran “los rojos”, que estaban dispuestos a imponer un baño de sangre (en Chile el ejemplo es el famoso “Plan Z”) para destruir la civilización “occidental y cristiana”. En Irak, el malo era el dictador Saddam Hussein, que poseía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo, cuando en realidad los que sí las tienen son las potencias sentadas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que lo atacaron.

En todos estos casos se extendió entre la población –ya fueran los colonos en el primer caso, argentinos en el Cono Sur o la opinión pública de la “comunidad mundial”- un miedo irracional que, sin carecer de elementos puntuales, era mayormente infundado y condujo al exterminio del otro.

 Luigi Zoja
En su libro, Zoja dice que la paranoia es un fenómeno “contagioso”. “Me refiero a que es una deformación sicológica que no sólo afecta al individuo”, señala este especialista, que prefiere hablar de “problemas” más que “enfermedades” mentales.

Para el experto, “todos somos potencialmente paranoicos”. Se trata, entonces, de una característica humana, que no sólo es individual, sino que puede volverse colectiva, lo que explica fenómenos como la famosa película “Las brujas de Salem”, donde en un pueblo por un caso de hechicería los habitantes comenzaron a ver brujas en todas las mujeres.

“Lo que distingue la paranoia de otras deformaciones mentales el hecho de que es forzada por la situación de masas”, explica. “Si se toman situaciones extremas, pero no poco frecuentes, como los linchamientos o los pogroms, ellas repiten inconscientemente rituales muy antiguos que existen en cualquier sociedad así llamada primitiva donde hay un chivo expiatorio. La gente se excita mutuamente y tienen un sentimiento de purificación. Simbólicamente no sólo se expulsa el mal, sino que se refuerzan los vínculos del grupo”.

Son momentos en que obviamente no hay un proceso judicial ni mucho menos. “Todos están convencidos. Si uno pudiera congelar el tiempo durante un linchamiento y preguntar a cada uno de los participantes por qué está matando a esa persona, la respuesta sería ‘él es malo’. Es una emoción muy contagiosa”.

Para los antropólogos, el chivo expiatorio existe en todas las culturas primitivas, donde se elige un portador que concentra la culpa colectiva por una mala cosecha, por ejemplo.

Para Zoja, este mismo mecanismo explica el exterminio de los judíos a manos del dictador nazi Adolfo Hitler, quien los acusó de todo tipo de calamidades. Sucedió en un país altamente cultivado e industrializado como Alemania, pero “no por ser Alemania, sino porque somos humanos. Le puede suceder a cualquier nación”.

Esto más allá de que individuos como Hitler o su par soviético José Stalin fueran personas fuertemente paranoicas, agrega. Una actitud que, por cierto, puede repetirse en menor medida en políticos actuales, especialmente aquellos de extrema derecha en Francia e Italia que se deben a grupos de votantes menos educados que son presa fácil de la paranoia colectiva en una época de inseguridad económica donde muchos temen perder su trabajo a manos de inmigrantes, por ejemplo, dice.

Zoja destaca que necesitamos “chivos expiatorios” tal como necesitamos “confianza, pero también desconfianza hasta cierto punto”, un mecanismo de sobrevivencia, de hecho. “Somos animales, y tenemos instintos agresivos como los animales. La diferencia es que hemos evolucionado, pero nuestro cuerpo y nuestro instinto son lo mismo. Y en las ciudades donde convivimos a diario con miles de extraños, esta desconfianza está constantemente activada”.

“No podemos confiar en todo, por lo cual la paranoia también tienen la función de dar una respuesta a la desconfianza”, agrega. E insiste: “Todos somos potencialmente paranoicos, en particular en una situación de pánico colectivo”, como suelen ser las guerras. Eso explica la cita que hace Zoja de Nietzsche en el libro, quien dijo que “en el individuo la deformación mental es la excepción, pero en las masas es más bien la norma”.

Va y viene
En un mundo globalizado de “guerras preventivas”, Zoja destaca que la paranoia colectiva no es un fenómeno nuevo, sino que como siempre en la historia que “va y viene todo el tiempo”.

Pone como ejemplo la Primera y Segunda Guerra Mundial, donde “la verdad oficial era totalmente paranoide”, con frases como “debemos destruir a los otros y así salvaremos el mundo”. En su libro, Zoja cita una frase del Ejército francés: “cualquier cosa puede ser verdad, excepto lo que dice el boletín militar oficial”.

Zoja reconoce que “puede haber razones objetivas para atacar primero. Eso es innegable, pero la actitud que nos empuja a un ataque preventivo es muy sintónica  y similar a la paranoia. Uno identifica al enemigo y lo ataca antes de probar que realmente es tu enemigo mortal”.

Para el sicoanalista, eso pasó con Irak y las famosas “armas de destrucción masiva”, que justificaron la invasión de 2003 y resultaron ser inexistentes.

En el caso de las dictaduras latinoamericanas, Zoja analiza en su libro el caso de Brasil y Argentina, y la paranoia existente entre los militares de ambos países. Y concluye que en el país vecino estaban “los realmente paranoicos, porque tenían una teoría, una ideología y un programa preventivo. Por eso mataron diez veces más gente que en Brasil, que es un país mucho más poblado”.

Como suele suceder con la paranoia, la mayor parte de las ideas de los militares eran una fantasía y una exageración del mecanismo del “chivo expiatorio”, según Zoja, “aunque algunos elementos fueran ciertos”.

La modernidad y los medios
Como puede inferirse, para Zoja la paranoia colectiva no es patrimonio de las sociedades primitivas. Al contrario. “De alguna forma, la modernidad requiere la paranoia colectiva como un instrumento de legitimación. En lo que los franceses llaman el Viejo Régimen, el rey no necesita una justificación. Todo está a la orden del rey”.

En cambio, tras la Revolución Francesa y el comienzo de la modernidad, “el poder político tiene que justificar sus acciones. Así que tiene que encontrar un chivo expiatorio”.

La modernidad tiene además un elemento adicional que favorece la difusión de la paranoia colectiva: los medios de comunicación de masas. “Obviamente los medios o la información en sí mismos no son malos. Estamos mejor informados que antes, sabemos más la verdad y somos más democráticos”, matiza.

Sin embargo, por su naturaleza reduccionista y simplificadora de la información –en vista de la necesidad de llegar a un gran público- pueden terminar al servicio de políticos “y uno de los mecanismos más simples, en particular para un político en busca de legitimación, es apuntar a un chivo expiatorio”.

En opinión de Zoja, la primera guerra donde los medios de comunicación fueron un elemento clave fue el conflicto entre Estados Unidos y España de 1898. “Los diarios prácticamente impusieron la guerra al gobierno, porque vendían una gran cantidad de diarios gracias a teorías de conspiración e inventos”.

Fuente:  http://www.elmostrador.cl/cultura/2014/10/30/la-paranoia-colectiva-la-deformacion-contagiosa-usada-por-politicos-de-conviccion-extrema-para-legitimar-ideologias/

domingo, 20 de julio de 2014

Ideología y Personalidad

Foto: David Sneider
En su libro Must-Have, Geoffrey Miller hace un estudio del consumismo desde el punto de vista de la psicología evolucionista. Nuestros cerebros de primate social evolucionaron para perseguir un objetivo principal social: lucir bien a los ojos de los demás, resultar atractivos (de ello depende al final nuestro éxito reproductor). La tesis central de Miller es que los objetos que consumimos sirven para “señalar” cosas a los demás de la misma manera que los colores de los pájaros o la cola del pavo real sirve también para señalar cualidades personales a los demás individuos de la especie (especialmente a los del otro sexo). Nosotros nos “adornamos” a nosotros mismos con iPhones, coches, ropa de marca, etc., para impresionar a los demás. Desde este punto de vista resulta que el materialismo consumista en el fondo no es tan materialista porque muchos productos (no todos) son primero “señales” y en segundo lugar objetos materiales.

Esta visión no es del todo nueva porque los expertos en márketing saben hace tiempo que los productos que compramos sirven para mostrar nuestra riqueza, estatus y gusto, pero Miller va más allá que todo eso y dice que muestran nuestra “fitness” en el sentido evolucionista, las cualidades que nos convierten en un buen conjunto de genes con el que conviene tener relaciones ( sexuales, de colaboración, etc). Y Miller incide especialmente en la capacidad de los productos para señalar a los demás nuestra inteligencia y nuestros rasgos de personalidad. Hay que decir que Miller sigue el modelo de personalidad de los Big Five, así que si no lo conoces échale primero un vistazo. Es decir, si yo me compro un Volvo estoy mostrando a los demás unos rasgos de personalidad (responsabilidad, estabilidad…) muy diferentes a los que mostraría si me compro un deportivo descapotable…

Pero en esta entrada voy a referirme a un apartado concreto entre lo mucho que habla Miller que me ha parecido muy interesante, muy políticamente incorrecto, contraintuitivo y provocador, pero que, creo, contiene una buena dosis de verdad: que la ideología es también una señal, un indicador de nuestra personalidad, en concreto de la dimensión agradabilidad o amabilidad. Si te interesa este asunto te puede interesar una entrada anterior sobre creencias e identidad en la que precisamente hablábamos de las creencias como marcador o señal de identidad grupal; ese post tiene que ver y complementa lo que hablaremos ahora.

Miller cuenta que en el año 1986 hubo en la Universidad de Columbia una manifestación y concentración de estudiantes en contra del Apartheid en Sudáfrica y los estudiantes pedían que la Universidad cortara todo tipo de relaciones comerciales con compañías que operaban en Sudáfrica (eran los tiempos cuando Mandela estaba todavía en la cárcel y el apartheid impedía a los negros votar y demás). El éxito de la protesta fue sorprendente y durante dos semanas los estudiantes ocuparon instalaciones, se sumó casi todo el mundo y los jóvenes se arriesgaron a ir a la cárcel por unas personas que no conocían y que se encontraban a miles de kilómetros de distancia. Cuenta Miller que el periódico conservador del campus pintó la protesta como un ritual de emparejamiento primaveral , de tintes dionísiacos, decorado con los eslóganes políticos arbitrarios de ese año. Evidentemente se trata de una deformación grosera, pero el retrato contenía, como dicen los anglosajones, un grano de verdad. Multitud de parejas se formaron en esa protesta, mucha gente empezó a salir con alguien que había conocido durante la protesta y, aunque todo acabó a tiempo para preparar los exámenes semestrales y la vida del campus siguió, las relaciones de pareja que allí se formaron duraron años en muchos casos (o toda la vida).

Puede parecer cínico decir que las manifestaciones públicas de ideología son rituales de cortejo y corremos el riesgo de trivializar el discurso político, pero merece la pena que profundicemos un poco en ello. Muchas veces vemos cómo la gente defiende ideologías que no se ajustan a la realidad. En el post que he comentado, veíamos la fascinante relación de las ideas con la identidad, pero aquí tenemos otra perspectiva: si la ideología es un indicador fiable de ciertos rasgos de personalidad entonces la verdad o no de esa ideología es irrelevante. De hecho, cuanto más extremas y costosas desde el punto de vista personal esas ideologías, mejor como indicadores fiables de personalidad ( toda la teoría de señales se basa en el principio del handicap, de Zahavi, de que las señales tienen que ser costosas para que sean fiables). Si contemplamos los beneficios individuales de las ideas políticas como sociales más que políticos podemos entender cosas o responder preguntas como las siguientes: ¿por qué según muchas encuestas los hombres son más conservadores, autoritarios, orientados a derechos y menos empáticos que las mujeres? ¿Por qué la gente se hace más conservadora con la edad? ¿por qué más hombres que mujeres se meten en política? o …¿por qué la mayoría de las revoluciones ideológicas son iniciadas por hombres jóvenes solteros?

Nada de lo anterior tiene sentido si interpretamos la ideología política de manera racional y centrada en el autointerés político. Desde el punto de vista económico, político y psicológico todo el mundo tiene intereses igual de fuertes por lo que todo el mundo debería estar comprometido o implicado en la misma medida en conductas ideológicas, si es que esta conducta sirviera, insisto, para conseguir unos objetivos políticos de autointerés. Pero si introducimos en la ecuación la selección sexual, es evidente que no todo el mundo tiene los mismos intereses reproductivos ( la vieja historia de que los machos tienen más que ganar de múltiples relaciones con muchas parejas al contrario que las hembras…). Los hombres jóvenes deberían buscar más el riesgo en su conducta reproductora porque tienen más que ganar y menos que perder, por ejemplo convirtiéndose en un político revolucionario. No sorprende tampoco que los hombres usen el conservadurismo político para publicitar su dominancia social y económica y su capacidad de ser buenos proveedores; las mujeres mostrarían su liberalismo político para anunciar sus capacidades cuidadoras, empáticas útiles en el cuidado de los niños y en la formación de redes sociales. El giro hacia el conservadurismo en la edad adulta refleja un un aumento en dominancia social y poder adquisitivo y económico, y no tanto un cambio racional en el autointerés político.

Dado que el emparejamiento es un juego social en el que el atractivo depende de lo que hagan los demás (y del número de los que lo hacen), la ideología política evoluciona dentro de la dinámica de la imitación social. Es decir, si un número suficiente de estudiantes pone en marcha la protesta y se acepta que estar ahí significa ser guay y atractivo, entonces los demás no tienen otro remedio que seguir la moda. Nos encontramos que se imita la ideología como se imita la ropa y que hay que estar al día con lo que se lleva…Esto me recuerda lo que me cuentan algunos amigos sobre la época en que acudían a los cine-clubs (uno es ya muy mayor) y se tragaban unas películas infumables de existencialistas franceses con la única intención de ver si podían ligar en las charlas…

Resumiendo, que para entender una buena parte de la conducta del consumidor debemos reconocer la naturaleza ideológica de muchas decisiones de compra, y que incluso la propia ideología se utiliza también de la misma manera que utilizamos otros productos, para publicitar nuestros rasgos de personalidad. Pero esto de la personalidad y la ideología da para mucho así que seguiremos hablando de ello.

Fuente:  http://evolucionyneurociencias.blogspot.com.es/2014/07/ideologia-y-personalidad.html?spref=tw

domingo, 15 de junio de 2014

El fracaso de los padres se llama Trastorno por Déficit de Atención

Debido a su alta propagación parecería que el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es un virus, lamenta Joseph Knobel Freud, psicoanalista infantil y fundador y docente de la Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes de Barcelona, España.

“En 1950 uno de cada 10 mil niños lo padecía, ahora lo tiene el 13 por ciento de la población. En 2011, tan sólo en Estados Unidos, el 10 por ciento de la población infantil padecía esta enfermedad, pero en 2012 se duplicó. En España hay primarias donde la mitad de su alumnado está consumiendo Ritalín, fármaco recetado por psiquiatras y neurólogos para inhibir la hiperactividad de niños diagnosticados con TDAH. En México, aunque no hay datos precisos, los diagnósticos con niños que padecen el trastorno y por ende, el consumo de la medicina, va al alza” lamenta este especialista.

El doctor Joseph Knobel Freud impartió un Seminario para profesionales de la salud mental del Centro de Especialización en Estudios Psicológicos de la Infancia (CEEPI), cuyo nombre fue ‘Desmedicalización Infantil: TDA, Negativismo Desafiante y otras Etiquetas’. La sede, el Hospital General Dr. Manuel Gea González.

“La verdadera pandemia es la medicación de la vida cotidiana y esto aplica a niños que con toda certeza no padecen TDAH. El trastorno es el resultado del fracaso de los padres de familia y de los maestros, porque son incapaces de observar que los niños están deprimidos por diversas razones y la hiperactividad que manifiestan es el efecto del problema. Lo más fácil es medicarlos, sin embargo, en unos años veremos que habrá sociedades de adultos dependientes y con altas probabilidades de ser adictos a las drogas”, explicó Knobel Freud.

El estudioso explicó que existen ejemplos de peso que sustentan sus teorías. “El 90 por ciento de los niños que fueron diagnosticados con TDAH a nivel mundial tiene a sus padres separados o divorciados. La  hiperquinesia de los niños es sólo una manera de expresar lo mal que se sienten por una realidad que no comprenden y les lastima. Los niños no han desarrollado el lenguaje adulto y no tienen palabras para expresar lo que sienten. No están enfermos sólo es que los adultos son incapaces de analizar que ellos mismos son el origen del problema. Lo que necesitan los niños, pero mucho más sus padres, es una terapia psicológica”, dijo.

Knobel Freud fue más allá. “El TDAH no existe como enfermedad, repito, el fracaso de los padres se llama TDAH. Pueden estar deprimidos y expresar una situación que implica abuso sexual o maltrato infantil. Es indispensable averiguar el origen del problema y verán que el padecimiento es inexistente”.

El terapeuta dijo que la supuesta existencia del TDAH ha permitido algo muy peligroso: que los profesores, mediante el Test de Colman, evalúen a un niño y digan si éste padece TDAH, situación anormal, porque su función es educativa, no de diagnóstico.

Freud pide a los padres de los niños diagnosticados con TDAH y medicados por esa razón que olviden los fármacos. “He visto chicos en consulta que no se mueven, que dan ganas de zarandearlos para que reaccionen porque están bajo el influjo de los medicamentos”.

Freud recuerda el caso de un chico a quien diagnosticaron con TDAH por su excesivo descontrol; el niño acudía a la consulta de las cuatro de la tarde casi dormido a causa de los medicamentos.

Durante la terapia Freud descubrió que el chico era inquieto debido a las fuertes y constantes peleas entre sus padres. Además, aprendió a controlar sus impulsos, “que es muy diferente a que no se mueva”.

Freud acepta la existencia de niños impulsivos pero no tolera que, lejos de averiguar qué motiva esa inquietud, se quiera tapar un problema medicando al pequeño. “Los psicoanalistas y los psicoterapeutas debemos averiguar el porqué de ese comportamiento; el chico de la terapia tenía miedo por la manera en que sus padres se trataban; tras una terapia familiar la situación mejoró y el niño se fue tranquilizando” cuenta.

Este método es paulatino. “No soy partidario de la rapidez, y debo decir que el cambio no se logró en un mes, casi tardamos un año, pero ese tiempo no tomó drogas, lo único que le metí fueron palabras. Los psicoterapeutas tenemos que defender la capacidad de las personas de hablar de sus problemas, no de taparlos con drogas”.

Freud, especialista en niños, sugirió a los padres de niños medicados por trastornos como el TDAH acercarse a terapeutas que entiendan que los fármacos son peligrosos. “Además de los efectos secundarios, los medicamentos son malos en algunos casos porque siguen la lógica de ‘voy a buscar un elemento químico, externo a mi propia química, que provoque un cambio que yo no consigo’; las medicinas están bien para un dolor de cabeza”.

Joseph resalta que los medicamentos para los niños con TDAH son conocidos como ‘la pastillita de portarte bien” pues los niños están más tranquilos aunque el padre le pegue a la  madre, pero, en el fondo, la intranquilidad persiste y como el chico no sabe cómo procesarla siempre está inquieto y los padres y los terapeutas tapan el síntoma con un medicamento.

“Cuando un padre le da al hijo un medicamento para acallar los síntomas le enseña la dialéctica de que algo de fuera te puede producir un estado mental diferente, así que cuando el joven fume marihuana el padre no podrá decirle que no pues desde que era un niño le administró metilfenidato para lograr el comportamiento deseado, le enseñó que es más fácil tomar un diazepam que aprender a relajarse” explica este especialista.

Freud insta a la gente interesada a buscar los manifiestos que apoyan el movimiento por la despatologización de la vida. “Las firmas de apoyo ayudan a la lucha contra las grandes empresas que quieren negociar con la salud de nuestros hijos, porque esto es un negocio, y eso es lo que más rabia da; si el Ritalín saliera de los árboles y fuera gratis le apuesto lo que quiera que no existiría el TDAH ni su respectivo  medicamento, hay un negocio detrás”.

 Fuente: http://ferriz.com.mx/te-recomendamos/el-fracaso-de-los-padres-se-llama-trastorno-por-deficit-de-atencion/