El catedrático de psicología de la Universidad de Oviedo,
Marino Pérez, es uno de los referentes de este país en su campo. Desde una perspectiva contextual acaba de publicar junto a
José Carlos Sánchez y Edgar Cabanas La vida real en tiempos de la felicidad
(Alianza Editorial), donde se enfrenta a la concepción actual de la
felicidad: individualista, hedonista, medicalizada y propia de una
sociedad de consumo. De hecho, pocos días después de la realización de
esta entrevista su conferencia en Vélez-Málaga sobre el Trastorno de
Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en la infancia
fue censurada por parte del Ayuntamiento y el Servicio Andaluz de Salud
por criticar la construcción social de dicho trastorno y la
medicalización del mismo. Nos sentamos en Noviciado, en el bar “La
Gloria”, con silencio feliz, y comenzamos a charlar.
—Este libro recorre muchas cosas, como las recorre la propia felicidad.
—No es un libro de autoayuda por el cual uno vaya a encontrar la
felicidad sino, más bien, al contrario. De hecho, una de las
conclusiones del libro es que no hay tal cosa como «buscar la
felicidad»: no hay una ciencia de la felicidad que derive en reglas,
estrategias o técnicas para encontrar la felicidad. En ese sentido, este
libro está en contra de la búsqueda de la felicidad como algo que
pudiera buscarse y encontrarse con estrategias. Eso sí, puede ser de
ayuda en la medida en que desenmascara y desmonta la tendencia actual de
tratar de ser feliz a través de la psicología positiva o de supuestas
técnicas psicológicas.
—Hay un tipo de felicidad que se ha convertido en central en nuestra época histórica.
—La
felicidad, como se entiende y se usa hoy día, tiene que ver con el
desarrollo exacerbado del individualismo en nuestra sociedad. El
desarrollo del individualismo lleva a buscar ser feliz dentro de una
sociedad donde la felicidad parece que fuera algo democrático que
pudiéramos alcanzar cualquiera. La preponderancia que tiene la búsqueda
de la felicidad en nuestra sociedad pone de relieve, precisamente, que
no vivimos en una sociedad que facilite la felicidad. Seguramente la
insistencia en buscar la felicidad pone de relieve que no vivimos
tiempos tan felices. Si lo fueran, no se necesitaría buscarla. Esto
tiene que ver con el exacerbamiento del individualismo desde siglos
atrás y que en nuestro tiempo conecta con el liberalismo y la sociedad
del consumo hedonista, donde se convierte a la felicidad en una especie
de bien más al que los individuos tienen derecho y que, por tanto,
podrían supuestamente buscar.
Aunque haya preocupado en épocas
anteriores, como es conocido, la felicidad de la época clásica griega,
de los estoicos, de la Edad Media, etcétera… no tiene gran cosa que ver
con la felicidad de hoy en día, que se reduce prácticamente a una
especie de bienestar subjetivo de satisfacción de uno consigo mismo, al
margen de cómo sea el mundo o de cómo les vaya a los demás, una especie
de salvación individual-individualista dentro de un mundo en
competencia, en lucha, donde se ofrece una gran cantidad de
posibilidades pero que luego no se convierten en probabilidades que
tengan los individuos. La felicidad se ofrece, por tanto, como una
salvación individual dentro de un mundo que te da muchas promesas que no
se satisfacen de la manera que se supone, mientras que la felicidad en
otras épocas estaba ligada a la virtud: a contribuir con aportaciones
que beneficiasen a otros, a la sociedad. Por ejemplo, en la época griega
se intentaba beneficiar a la polis a costa del bienestar personal. La
felicidad estaba ligada a la virtud y a las aportaciones para los demás.
Y ahora, por el contrario, está ligada al bienestar personal subjetivo,
al margen de cómo funcione el mundo.
—Una idea central en su libro: la contradicción entre el
sentimentalismo personal y el utilitarismo de las competencias
impersonales que se exigen en el mundo profesional. Ahí salta el
conflicto psicológico absoluto: porque en la profesión donde funciona la
persona se le valora la despersonalización y, a la vez, a esta se le
refuerza en privado la necesidad de exacerbar su «yo» más íntimo. ¿Cómo
se puede conciliar esta locura?
—La búsqueda de la felicidad está ligada también al sentimentalismo, a
la preponderancia que han tomado en nuestra sociedad los sentimientos y
las emociones como algo que suponga bienestar, disfrute o hedonismo.
Actualmente se diferencia entre emociones supuestamente positivas, que
se refieren en realidad a emociones confortables, frente a las
negativas, que serían las disconfortables, las que se tratan de
desechar. Esta diferenciación pasa por alto que emociones discordantes
como el miedo, la vergüenza o la culpa son fundamentales en el ser
humano y tienen funciones naturalmente adaptativas y sociales. Pero
nuestra sociedad favorece o selecciona únicamente las “positivas” para
referirse a aquellas que contribuyen al bienestar personal.
La
felicidad está vinculada a ese sentimentalismo porque se refiere siempre
a los sentimientos que implican satisfacción. Tiene mucho que ver con
el consumismo de esta sociedad donde se supone que todos somos
consumidores, que el consumidor tiene que estar satisfecho, que los
productos que compra le tienen que satisfacer y que tiene que estar todo
medido por la satisfacción y el bienestar que produce. Entonces la
felicidad se convierte en una mercancía más y en un aspecto más de ese
individualismo subjetivista hedonista.
Frente a todo esto se
impone la realidad de las cosas: que hay diferencias entre los
individuos dentro de una sociedad, que hay enfermedades, que hay
pérdidas, que los cuerpos envejecen, que muchas cosas son posibles pero
pocas son probables… Entonces hay una gran contradicción entre esa
supuesta felicidad a la que uno pudiera acceder por sí mismo y el mundo
real que no se corresponde con ella. Por eso el libro lo titulamos
La vida real en tiempos de la felicidad.
—Son
significativas las encuestas de satisfacción: actualmente no existen
encuestas de satisfacción como las que se podrían plantear a mi abuelo. A
mi abuelo no tenía ningún sentido preguntarle con una encuesta de
satisfacción, como ocurre actualmente, al instante en el que compraba
unos zapatos, sino que se me ocurriría preguntarle a los dos años para
que dijese si los zapatos le siguen funcionando. Pero hoy eso no tiene
ningún sentido. La satisfacción siempre debe ser medida al instante.
—Ese ejemplo nos da un poco la medida de los tiempos. Tú acabas de
comprar un producto y ya te piden que midas la satisfacción con la
atención y el producto cuando éste no lo has, ni siquiera, desenvuelto.
Esas encuestas supuestamente miden la felicidad al instante en el que te
están haciendo esa entrevista, donde se quiere que el individuo haga
una especie de balance o de abstracción de todos los aspectos reales de
la vida y que diga, tomando todo en consideración, cuán feliz se
considera de cero a diez, siendo diez lo más feliz que se pueda
imaginar. Y efectivamente, la gente en esos contextos hace una especie
de resumen al alza y las encuestas suelen poner de relieve que la mayor
parte de la gente es muy feliz, en gran medida, a nivel de ocho sobre
diez. Pero cuando se hacen estudios más despacio y si a los individuos
que acaban de responder que son felices se les entrevista durante una
hora o más en profundidad, pues esa gente tiene los problemas que tiene
todo el mundo. Tiene conflictos, tiene dificultades, tiene
preocupaciones, tiene dolencias, tiene las cosas de la vida real.
Sorprende a los propios entrevistadores cómo acaban de decir que su vida
es feliz de una forma tan elevada, cuando realmente tienen los
problemas que nos depara la vida y que no darían para declararte feliz
como lo has hecho. Y luego eso tiene que ver a su vez con el ejemplo que
ponía del consumidor que le preguntan si está satisfecho antes de haber
estrenado el bien. Creo que si fuéramos rigurosos a la hora de medir la
vida basándonos en la felicidad, sería algo que habría que medir al
final de la vida.
—Como debería ocurrir con “tu media naranja”. “La media
naranja” no tiene ningún sentido. Uno debería valorar si ha tenido esa
cursilería con otra persona cuando se esté muriendo. «Usted ha sido mi
media naranja», «usted ha sido el amor de mi vida», “usted ha sido mi
pitiminí” o estas cosas horribles, ya de forma responsable en el lecho
de muerte.
—Hay una expresión brillantísima de Clarín, el de la novela de la ciudad nuestra
(nos reímos, ambos somos de Oviedo), referida al matrimonio. Decía que el matrimonio no debiera considerarse tal sino es
post mortem.
Ahí es cuando se puede decir que esto ha sido un matrimonio, porque si
no es desde el final no podríamos estar seguros nunca de él. En el caso
de la felicidad aplicada a la valoración de la vida tendríamos que hacer
lo mismo. Hay también una expresión de uno de los Siete Sabios de
Grecia, Solón, que dice que uno no debiera declararse feliz hasta
después de muerto. ¡Claro!
—
Hay una cosa que describen en
su libro: la envidia porque hay gente más feliz que tú, o mejor dicho,
que se declara más feliz que tú. Y otro fenómeno alucinante: la envidia
por no vivir en países más felices que el tuyo. Citan el caso danés.
—Están
las dos escalas: la escala individual donde uno se mide en relación con
otros, que pueden ser tanto celebridades que se ofrecen como modelos
aunque estén muy alejadas de la posición de uno, como comparaciones con
otros iguales a uno. Hoy día cada uno tiene sus redes donde se expone y
se está comparando, con la impresión de que los otros son más felices
que él y que él podría ser todavía más feliz que lo que es, etcétera…
—Pero
el propio medio, la red social, ¿no le parece que provoca esto? No es
tanto que nosotros seamos «así» sino que el medio premia estos
comportamientos. Como si se tratase de un programa de condicionamiento,
con sus reforzamientos muy bien distribuidos.
—Las redes sociales no sólo facilitan sino que promueven la continua
comparación de uno con otros y su mecanismo lleva a uno a revisar si es
tan feliz, por qué no es tan feliz como los otros y cómo podría ser más
feliz. Lo que está ahí operando por el medio es la envidia. Son medios
que promueven la envidia en el sentido de estar continuamente midiéndose
y valorándose todo por lo feliz que eres o que podrías ser.
Y
luego está la escala supranacional: se te señalan países que
supuestamente son más felices que otros, como si luego la supuesta
felicidad que tienen esos países fuera exportable. Estudiamos también la
felicidad danesa con el caso del
hygge. El
hygge se
refiere a veladas danesas donde se reúne gente en torno al fuego o la
estufa con un jersey de cuello subido, donde fuera hay una tormenta, o
si está nevado ¡pues tanto mejor! y donde hay una especie de cohesión,
de armonía y de satisfacción con lo que está ocurriendo allí. Pero
cuando se analiza más despacio, más que cohesión y una especie de
armonía natural lo que hay ahí es una coerción donde está prohibido o
está excluido que se hable de cosas serias, de cosas políticas o de
cosas en las que los individuos pudieran tener opiniones distintas.
Entonces todo está armonizado de una forma artificiosa. Es una especie
de felicidad para tontos.
Esto no se compadece con que los daneses
son los principales consumidores de psicofármacos y depresivos, que los
índices de suicidios y de alcoholismo allí son altísimos, o que el
maltrato de las mujeres existe en Dinamarca y por tanto la violencia no
está exenta en esos ambientes. Este último año el país de mayor
felicidad parece ser que sería Suecia, todavía por encima de Dinamarca.
Pero la forma de vida en Suecia es una vida que a los latinos nos
debería llamar la atención por ser una vida de gente solitaria, por el
morir solos en casa, por el no hablar nadie con nadie. Digamos que es
una especie de armonía artificiosa donde se pueden encontrar individuos
hablando con los árboles, buscándose espacios artificiosos para entrar
en contacto unos con otros o simulando esa relación. Como vemos, esto no
se corresponde con que supuestamente sea el país o la nación más feliz.
Desde otro punto de vista, ciudadanos de otros países podríamos decir
«si esa es la felicidad, pues preferimos ser unos desdichados».
—Me acuerdo del caso de Bután. Bután es quien propone a la
ONU el «Día Mundial de la Felicidad» (20 de marzo). Un país que valora
más la Felicidad Nacional Bruta que el Producto Interior Bruto pero que
si analizas su situación política en el momento que instauró el día es
horrenda. En el país no había voto para las mujeres, tiene una monarquía
religiosa y totalitaria asquerosa… Pero me da la sensación de que si
preguntásemos en Occidente por esta iniciativa la gente respondería
entusiasmada, como si fuese más importante para el mundo la felicidad
que el voto de las mujeres. La palabra «felicidad» lo oculta todo y
vende mucho. En el fondo esto es «turismo Bután» pero más allá está la
autoayuda y está el coaching. Este libro intenta ser un mazazo contra ellos.
—Efectivamente. El
coaching es también otro desarrollo asociado a ese sentimentalismo, al auge del neoliberalismo y a la felicidad de placebo. Los
coaches
son, en cierta manera, los nuevos predicadores urbanos. Van predicando
la salvación individual en el mundo actual, competitivo, que promete
cosas que no están al alcance, etcétera… Ellos tratan de infundirte una
motivación y para ello han adoptado y expandido un tipo de lenguaje que,
a poco que repares en él, es muy sofista, muy engañoso: «de los
despidos del trabajo o de las enfermedades sacar oportunidades», » una
pérdida es un paso adelante»…
—»Si te esfuerzas, lo consigues», «no pares de tener sueños»…
—“Lo que tú pienses, lo que lo que tú te propongas, lo consigues”. Y
acaso si no lo has conseguido es porque no lo has tomado en serio, no
has creído en ti mismo suficientemente, etcétera… De manera que se
devuelve al individuo la responsabilidad de no ser feliz, no estar
motivado o no conseguir las cosas que supuestamente podría conseguir.
Así la sociedad siempre queda a salvo. El mundo se ofrece como una
especie de supermercado de oportunidades y eres tú el que tiene que
acceder a ellas, y por eso, si no accedes es porque no sabes o porque no
has creído en ti suficientemente. Al final eres tú el responsable y el
culpable de no aprovecharte de esas oportunidades. Y si uno fracasa
suficientemente en eso, pues entonces entra a funcionar ahí la
patologización de tus propios esfuerzos, de tus propias desgracias o de
tus pérdidas. Entonces, ahí entran a funcionar los diagnósticos, las
enfermedades, la depresión, la ansiedad, los traumas que ahora te están
impidiendo que consigas lo que te propones. De manera que el fracaso
personal en el que te han metido, ahora se salva naturalizándolo,
convirtiéndolo en un proceso natural. Son los genes, son los traumas que
han alterado tu cerebro los que están impidiendo que tu vida vaya bien.
Ni siquiera eres tú ahora.
Esa culpabilidad inicial que tenías te
la quitan porque el culpable sería un culpable impersonal, no
responsable de nada: serían los genes, sería una enfermedad mental que
tú tienes, etc. Es una especie de armonización que tiene la sociedad del
fracaso personal en el que te ha metido la propia dinámica social, la
propia sociedad, haciéndote creer que tú puedes conseguir todo con tal
de creértelo.
—
Eso conduce a una solución en general: la medicalización de la vida en lugar de la reconducción de la vida.
—Exactamente:
es la patologización y medicalización de los problemas cotidianos,
incluyendo los esfuerzos que te han inculcado para mejorar tu vida, para
que seas feliz. Si has fracasado en eso, que probablemente has
fracasado, pues entonces se naturaliza o se convierte eso en una
enfermedad que se supone que es una realidad natural de tu cerebro, de
tus genes. Entonces la sociedad queda a salvo, incluso tu autoestima o
tu responsabilidad en cómo organizas tu vida también queda a salvo
porque tienes una enfermedad. Esto forma parte de esta ideología
neoliberal que naturaliza los problemas en los que la propia sociedad
mete a la gente y, al final, nadie es responsable: ni la sociedad, que
es un conjunto de oportunidades, ni los individuos que han hecho
esfuerzos para aprovechar esas oportunidades pero si han fracasado es
por el trauma o por los genes.
—Hay impases entre en un estadio, el fracaso, y el otro, la
medicalización: la infelicidad. Porque actualmente no hay nada peor
visto que un infeliz. Incluso es preferible pasar desapercibido que
demostrarte como infeliz.
—Una de las razones de que en
las encuestas la mayor parte de la gente se declare muy feliz,
incluyendo no solo a los suecos, es que declararte infeliz sería tanto
como declararte un fracasado. ¿Cómo puedes ser infeliz si hay tantas
oportunidades? Es que no quieres o no crees en ti mismo suficientemente.
Entonces ser infeliz se convierte fácilmente en un estigma y se
patologiza.
Fácilmente se convierte eso en que entonces tienes depresión
o tienes un trastorno que es el que explica que tú no seas un ser
feliz. Creo que eso es un mecanismo perverso que tiene la sociedad de
explicar todo.
Las contradicciones a las que las que se ven
envueltos los individuos a resultas del funcionamiento de la sociedad
reciben también una explicación naturalista. Queda a salvo la propia
sociedad que crea los problemas. Podemos decir que la ciencia de la
felicidad, el
coaching y demás tienen funciones ideológicas, en
el sentido de que enmascaran la realidad de las cosas y tratan de
esquivar las contradicciones y darles una explicación apolítica.
—Hablamos
siempre de países occidentales, de sociedades de consumo, de ahí la
importancia del contexto. Siempre digo, si me permite la broma, que en
Burundi no hay depresión.
—Efectivamente. Yo creo que en los países, como se dice desde
Occidente, menos desarrollados o en vías de desarrollo se da la paradoja
de que no tienen los problemas psicológicos que son tan frecuentes en
nuestra sociedad. Empiezan a tenerlos ahora con el proceso de
globalización y con la extensión de las maneras patologizantes que tiene
Occidente. Allí tienen otros problemas perentorios o más importantes
que los problemas psicológicos de la sociedad del bienestar. La paradoja
es que una sociedad del bienestar, como sería la nuestra, es la que más
malestar genera y que se traduce en la prevalencia de trastornos
psicológicos como la ansiedad, la depresión, las fobias e, incluso, la
esquizofrenia, etcétera, que no se dan en los países en los que están
peor.
—Que, por cierto, viven una serie de ansiedades
mayores, como pisar una mina abandonada en la última guerra. No creo que
pudiese vivir en un país más ansioso que Liberia tras la última guerra.
Pero no ocurre así con los habitantes de Liberia: viven con una
tranquilidad inusual, lo puede ver en el segundo capítulo de Larry Charles’ Dangerous World Of Comedy
en Netflix. No ocurre y pone en duda, disculpe este ejemplo tan obvio,
el cerebrocentrismo. Si todos los cerebros humanos son similares, ¿cómo
se puede sostener que influya en diferencias psicológicas tan notables
entre personas? Frente a los habitantes del Tercer Mundo, tranquilos
ante la posibilidad de pisar una mina, hay personas en Occidente que no
pueden vivir sin acudir al psicólogo cinco días por semana.
—Ese
hábito no es concebible más que en una sociedad individualista,
subjetivista, vuelta sobre sí misma, en la que muchos problemas están
cubiertos por el desarrollo de las comodidades, de los servicios de
alimentación, etcétera, etcétera, que lleva a malestares subjetivos que
necesitan continuamente ser analizados y revisados y que ellos mismos,
según analizan y resuelven en unos aspectos, van generando otros desde
dentro de la propia masa psicológica. Lo que llamaría Gustavo Bueno «el
charco subjetivo». Hay un encharcamiento de subjetividad, propio de
estas sociedades, y que no existe ciertamente en sociedades que no han
alcanzado el desarrollo. Como si dijéramos que nuestro pleno desarrollo
al que nos referimos ha de incluir malestares psicológicos, neurosis y
demás.
Las crisis psicóticas en los países menos desarrollados
tienen infinitamente mejor pronóstico que en Occidente, con todos sus
servicios de salud, medicación, etcétera. En principio es una paradoja,
pero cuando se analiza pues no es tal paradoja, sino que en aquellos
contextos las crisis que puedan darse se resuelven en el propio
contexto, no se da la estigmatización que aquí tienen un diagnóstico y
no se entra en las soluciones protocolarias: ir a urgencias, medicación
continuada… Los países menos desarrollados se nota que están menos
desarrollados en que no desarrollan una esquizofrenia más grave
(nos reímos).
—Una
idea que repiten en su trabajo: se resuelve el problema de la vida en
la vida, en comunidad. Y no en un proceso ajeno donde se reconduce hacia
otro lado. El problema de la vida se resuelve en el mismo barro donde
fue construido.
—Cuando se producen catástrofes en países asiáticos, por ejemplo, el
tsunami
de 2004 o la fuga de la central de Fukushima, de acuerdo con las
concepciones occidentales se supondría que iba a haber una cantidad
tremenda de traumas en todos los supervivientes. En el caso del
tsunami,
nada más que ocurrió la catástrofe, miles de voluntarios occidentales,
europeos, también norteamericanos, de Canadá… Psicólogos, psiquiatras,
trabajadores sociales fueron allí a ayudar con los traumas que iban a
ocurrir. Se encontraron con dos cosas: una es que la gente no tenía
traumas o no tenía los traumas que se supone. Y dos: cuando la gente
trataba de ayudarlos de acuerdo con la concepción de trauma que llevaban
desde Occidente, pues la gente no entendía, no le servía de ayuda. Y la
prensa local de aquellos sitios se refirió al «segundo
tsunami»
para destacar la cantidad de voluntarios científico-técnicos que venían
de Occidente a ayudar a superar el trauma pero que, al final,
perturbaron más a los supuestos traumatizados. Aquella gente claro que
tenía problemas, pero ese tipo de problemas se resolvían en términos
comunitarios. Al final, si acaso ayudaron los occidentales fue a través
de las instituciones de allí, no a través de la “ciencia universal”
cerebrocentrista que llevaron hasta esos lugares.
En el caso de
Fukushima, a los españoles nos debiera llamar la atención que allí no
fueron un equipo de psicólogos a atender a aquella gente. No los
necesitaban. Todas las ayudas surgían de la propia comunidad, de los
propios supervivientes, donde incluso los más ancianos eran los que más
se arriesgaban o los que más se acercaban a las zonas peligrosas por
cuanto que, precisamente por ser ancianos, eran los que tenían menos que
perder.
—Regresaban al concepto de felicidad clásica del que hablábamos: de pérdida propia en beneficio de la comunidad.
—Exactamente.
El que ponía en riesgo su vida podría decir que ha sido feliz porque
los demás le pueden reconocer que ha sido feliz muriendo por una causa
supraindividual.
—Una la frase estupenda de su libro: “De
la felicidad también se sale”. Pero ¿cómo se sale de esta cultura de la
felicidad tan absorbente, que invade todo, hasta lo más racional? En el marketing
de las cosas más racionales se incluye la felicidad, se incluye el
corazón. Y ya en la política es tremendo: el corazón ya no solo es
Podemos, es PSOE… ¿Cómo nos libramos de esta lacra? No soy optimista.
—Soy optimista de que esto no tiene mucha solución
(nos reímos).
Utilizamos esa frase irónica de que «de la felicidad se sale» pero yo
no veo que sea fácil de salir, porque nos envuelven estructuras
políticas.
Quizá una manera de salir de la vorágine de la
felicidad, que al final trae el efecto de que la persona es cada vez más
infeliz y está continuamente hiriéndose, hiperreflexionando y teniendo
envidia y etcétera etcétera, quizá una manera de salir, y eso sería una
especie de ayuda que ofrecería este libro, sería tener claro de una vez
que no existen técnicas para ser feliz, que no existen reglas que
derivaran de ninguna ciencia a partir de las cuales uno pudiera
conseguir la felicidad. Si uno tuviera claro eso ya tendría mucho
ganado. Y dos: si uno se pone a vivir la vida de acuerdo con las
condiciones que se le ofrecen y los esfuerzos que uno tenga que poner en
juego, si uno se pone a vivir sin tener como objetivo la felicidad o
sin medir todo por la felicidad que le reporta, entonces estaríamos
saliendo clarísimamente de la felicidad.
Y no sería partidario de prohibir la palabra «felicidad» pero deberíamos reservarla como algo
post mortem.
«Mi vida fue feliz», si fueras tan cursi como para medirlo así. Feliz
por lo que tú también hayas contribuido a los demás independientemente
de las satisfacciones puntuales que tú tuvieras. Hay una frase de Stuart
Mill que se cita a menudo: «Vale más ser un Sócrates infeliz que un
cerdo satisfecho». ¿Qué quiero ser? ¿Un cerdo feliz que que suponemos
que lo es cada vez que acaba de comer
ad libidum o ser como
Sócrates, que es una figura reconocida por ir planteando cuestiones más
allá de las cosas obvias y que voluntariamente se dejó morir en la
cárcel en vez de volver a casa? Aunque mi tesis es que fue porque estaba
casado con Jantipa, que debió de ser muy petarda…
(nos reímos)
Fuente: https://www.zendalibros.com/marino-perez-la-insistencia-en-buscar-la-felicidad-pone-de-relieve-que-no-vivimos-tiempos-tan-felices/